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viernes, 1 de abril de 2022

 

 

 

PECHOS SIN CORAZÓN    

 


 El amor es un tipo de atracción. Amar a una persona es sentir la necesidad de que esa persona sea feliz, de que nosotros seamos partícipes de esa felicidad y que la otra persona sea partícipe de esa necesidad. Amar una idea es necesitar que esa idea se realice. Al amor lo llamamos querer. Querer a una persona es lo mismo que amarla, lo mismo que querer que las cosas sean como las ideas buenas; pero querer una cosa es desearla. No es lo mismo el deseo que el querer. Cuando el querer es un deseo no lo llamamos querer porque sólo las cosas del corazón son las cosas del querer; al querer que es un deseo lo llamamos capricho, y el capricho es la necesidad de satisfacer una sensación; al amor, sin embargo, no lo llamamos sensación sino sentimiento; aunque el amor erótico es sensación adosada al sentimiento, o querer agarrado al deseo, que es lo mismo que es el deseo aferrado al querer.

            Dice Unamuno que creer en dios es querer que exista. De manera análoga, querer a una persona es lo mismo que creer en ella: si te quiero es porque creo en ti, creo que en ti hay bondad aunque tú no te portes bien conmigo, y que esa bondad está dormida y puede ser despertada; y creo que tú eres bueno porque eres igual que yo, que siento en mí el instinto de ser bueno; tu naturaleza es la misma que la mía y yo he sentido en mi naturaleza el instinto del amor. Querer a un perro, encariñarse con él es sentir su bondad para conmigo y desear disfrutar de ella al mismo tiempo que sentimos el impulso irresistible de que sea feliz, y de acariciarlo; aunque muchas veces necesitamos acariciarlo sin pensar que al perro pueden molestarle nuestras caricias, pero no sabemos o no queremos ponernos en su lugar: lo mismo sucede con las personas.

            El corazón es la metáfora del amor. Tener corazón es tener capacidad de amar y a veces tener corazón es sentir misericordia: sufrir con los sentimientos ajenos; a eso también lo llamamos piedad; sentir dolor por la miseria de otro cuando esa miseria la provocamos nosotros es apiadarse de él; cuando la provocan otros es ser generoso, solidario, altruista; y cuando ese sentimiento no implica inferioridad hacia los otros, también lo llamamos caridad.

            De modo que hay, como mínimo, tres clases  de amor: amor a nuestros amigos (una de sus variantes es la pasión erótica, que es la exaltación conjunta del deseo y del amor); amar a nuestros semejantes, sean amigos, enemigos o desconocidos (y eso es la piedad, solidaridad, generosidad o fraternidad: caridad bien entendida en sentido cristiano, compartir antes que dar); y amar las ideas (lo que las convierte en ideales). Querer a conocidos, querer a extraños o querer realizar un ideal. Lo contrario de estas tres cosas es, respectivamente, odiar, ser despiadado y no tener ilusión. Estos tres sentimientos nacen de tres instintos que surgen en algún lugar de nuestro cerebro; pero como nos hacen palpitar cuando los sentimos, decimos impropiamente que vienen del corazón.

            Cuando amamos a una persona ponemos la cabeza al servicio del corazón. De ahí que el cariño humano es distinto del que sienten los otros animales, porque nuestro cerebro emocional filtra sus impulsos a través de una enorme corteza de pensamiento, mientras que en el resto de los animales esa corteza es muy delgada; de ahí que algunos sentimientos, como la admiración, sean exclusivamente humanos. Un animal puede experimentar un sentimiento infinito cuando pierde una cría, porque el instinto del amor paterno o materno está profundamente arraigado en su ser, en esa parte de su ser que es su corazón; un gorila hembra llevó en sus brazos durante tres días a su cría muerta negándose a aceptar su muerte; una hiena hembra apartó a su cría, a la que estaban pegando las otras hienas, para ponerse ella en su lugar y que la pegasen a ella; y un león protegió a uno de los cristianos a los que se tenía que comer en el circo de Roma porque ese cristiano, años antes, le había salvado la vida en África. Cuando el ser humano ama puede llegar a experimentar el infinito sentimiento de los animales; pero la conversación le da a ese sentimiento una dimensión intelectual que no tienen los otros animales, porque los otros animales no son capaces de hablar. 



            Cuando amamos una idea sentimos la imperiosa necesidad de luchar por ella. También podemos amarla con las tripas y otras veces con las tripas y el corazón. Decimos que sentimos con las tripas cuando el cuerpo nos arrastra con su fuerza vital, que son las ganas de vivir, y de soltar energías, y de liberar el instinto. Si esa fuerza irresistible se vierte en el corazón, esas dos fuerzas mezcladas desencadenan una fuerza entrañable, impetuosa o tranquila, pero incontenible, acaparadora, potente. Si el corazón se aísla detrás de una corteza impenetrable, esa fuerza es despiadada. Y si el corazón siente y no recibe los vendavales del cuerpo, ese amor, que puede ser inmensamente profundo y doloroso, no puede expresar su júbilo porque le falta el impulso vital: y entonces es un amor impotente, inapetente y esclavo.

            Luchar por una idea que sentimos con el corazón, cuando ese instinto de lucha sale de sí, es luchar por un ideal; un ideal es un instinto, es decir un impulso del cuerpo, que pasa por el corazón. Y luchar por un instinto descorazonado no es amar una idea, porque entonces la palabras que empleamos para nombrarla no designan un ideal, sino la intelectualización del propio instinto: como cuando decimos que nuestro ideal de vida es la violencia, o el orgullo, o el robo disfrazado y sublimado en forma de conquista; cuando ni siquiera disfrazamos nuestros instintos despiadados en forma de ideales decimos que hacemos las cosas por huevos, porque nos da la gana o incluso la real gana, porque nos salen de las tripas, de ese lado del instinto al que el afecto no pone bajo su control.

            También podemos luchar por los demás. No por el ideal de la humanidad, sino por los seres humanos que sufren. Ojos que no ven, corazón que no siente: unas veces luchamos por aquellos a quienes vemos sufrir, aunque no sean de los nuestros. Corazón que siente sin ver: otras veces luchamos por el ideal humano aunque no veamos el sufrimiento de nadie, aunque lo imaginemos. Y a veces el ideal nos puede deshumanizar; pues empezamos luchando por el pobre y acabamos luchando contra él, como le pasó al comunismo de Stalin, de Mao, de Abimael Guzmán. Por eso sentía Miró Quesada que no hay que luchar contra nadie para defender una idea, sino luchar por todos a pesar de todas las ideas.

            El amor al prójimo es, pues, la misericordia, la piedad, la generosidad, el altruismo, la fraternidad. Pero también está el amor a sí mismo. Un amor generoso y bueno que nos dale del corazón. Cuando nos sale también de las tripas lo llamamos dignidad, amor propio, pundonor. Y cuando nos sale sólo ce las tripas pero no del corazón es la soberbia y el orgullo mal entendido, el desprecio, el deseo de aplastar al otro para sentirse superior. Las palabras “orgullo” y “soberbia” las empleamos en dos sentidos totalmente distintos, y lo supo ver bien Gustavo Adolfo Bécquer; unas veces el orgullo es simplemente orgullo, y otras es dignidad.

            La educación debe preocuparse por que en el cuerpo y en la cabeza eche sus raíces el corazón, porque hay mucha gente a quien la vida ha puesto en el corazón una corteza que no le deja expresarse. Gente que no ama porque no sabe amar, nadie le ha enseñado; o le han enseñado más bien a no hacerlo, aunque en su fuero interno, escondida y aplastada bajo toneladas de escombros, mantiene intacta su capacidad de amar. Hay quien ama sólo a quienes tiene al lado: a su familia, a sus amigos, a su tribu; es preciso enseñarles a amar a la humanidad. Otros no se quieren a sí mismos: la autoestima se les ha debilitado, y si no nos queremos nosotros mismos nosotros, tarde o temprano, dejaremos de querer a los demás. Otros no tienen ideales, porque han desarrollado un rencor por el odio que han recibido a lo largo de su vida: hay que enseñarles que también existe la gente buena, aunque ellos no hayan vivido esa experiencia y les parezca que el mundo se reduce sólo a las cosas que ellos han tenido la mala fortuna de vivir; y al revés, como dicen que le pasó a Buda. La educación debería cultivar las cosas del corazón: enseñar a amar, a tener ideales y creer en ellos, a sentirse solidario del mundo. Porque una cabeza sin corazón es maquiavélica y un cuerpo sin corazón es brutalidad; y mal nos iría en el mundo si, aliándose el malvado con el bruto, sólo regáramos en nuestro huerto la fuerzas del mal.

 


 

 

 

viernes, 24 de septiembre de 2021

BELLEZA

 

 

VARIA (5)

Belleza.   

 


            Se ha dicho que lo bello es lo que no sirve para nada y, sin embargo, lo buscamos. Todo depende de lo que entendamos por “servir”. Sirve lo que es útil, útil para algo: ¿para qué? Si la belleza produce gusto (el gusto es una forma de placer), entonces es útil porque sirve para disfrutar. La belleza, por lo pronto, ya sirve para algo.

            Pero lo bello es más que lo agradable; es bello aquello que agrada a los sentidos y al pensamiento y, por lo tanto, al espíritu: al sentimiento, al corazón. Lo bello es sensación agradable que, acompañada de pensamientos buenos, produce también sentimientos buenos que agradan. Quien es capaz de experimentarlo tiene el sentido del gusto; quien no es capaz, tiene mal gusto o, simplemente, no tiene gusto.

            Una brisa marina nos resulta agradable cuando hace calor. También es agradable el sonido del lago de los cisnes, pero éste cuenta una historia y, al comprenderla, evoca en nosotros hermosos sentimientos.

Puede que no conozcamos el significado de El Moldava, de Smetana, pero despierta en nuestro pecho sentimientos de nostalgia y de ternura.

La mañana, de Edvard Grieg, nos sugiere, cuando no entendemos su significado, sentimientos de paz, de sosiego, como de un dulce despertar; de alegría suave y lenta; y una sensación agradable de armonía y bienestar.

En el caso de la literatura es al revés: lo primero no es la sensación, ni el sentimiento, sino el entendimiento; por el entendimiento se crean sensaciones en nuestro cuerpo y sentimientos en nuestra alma.

Y en la pintura, como en la escultura, primero es el sentimiento que crea y que conmueve nuestro pecho; a veces, como en la pintura abstracta, la sensación agradable precede al sentimiento, porque no media una clara interpretación del intelecto.

Para captar la belleza hace falta ser capaz de captarla. No puede captarla una piedra porque no tiene cerebro; ni puede ver ni oír porque no tiene ojos ni oídos; como tampoco podría notar los sabores quien careciera de lengua (en la Edad Media era frecuente cortarles la lengua a los ladrones). La capacidad de sentir no la tiene quien ha nacido sin ella (como las piedras) o quien, teniéndola, no la ha desarrollado (como quien no ha podido educar sus sentidos). Hace falta o capacidad innata, o no padecer lesión alguna, o educación.

No conoce las sensaciones quien no tiene sentidos. Ni puede pensar quien no tiene córtex. Ni puede sentir quien no tiene cerebro límbico. Los seres inertes no tienen sensaciones. Los cnidarios y reptiles tienen sensaciones burdas si los receptores sensoriales no tienen un cerebro donde procesarse (como los cnidarios); y tienen sensaciones más elaboradas si tienen cerebros sensoriales y bulbo olfatorio (como los reptiles y mamíferos). Los mamíferos tienen sentimientos (porque tienen hipocampo y amígdala). Los seres humanos, además, tienen sentidos refinados (porque tienen una corteza cerebral muy desarrollada): y también tienen sentido del gusto (capaz de sentir la belleza). 



La belleza, como las tartas, tiene una base sensorial (lo que en las tartas sería el bizcocho) y sobre ella tienen el par coordinado de pensamiento y emoción (lo que en las tartas será la nata, las fresas, el chocolate, tanto sobre el bizcocho como en el relleno). Las emociones sólo pueden refinarse si sobre el cerebro límbico (también llamado emocional) hay una gruesa capa de corteza cerebral: lo que sucede en el ser humano, pero no en los ratones; un ratón puede sentir apego a las crías, pero no admiración y placer de la belleza; y el amor y el sentido del bien no lo experimentan los gatos ni los perros, pero nosotros sí.

Pero del mismo modo que el bebé nace con inteligencia pero no es capaz de usarla hasta que madura, de igual manera no puede apreciar un buen vino quien no desarrolla su paladar sin educarlo. La maduración es inseparable del aprendizaje. Los niños salvajes no aprenden a pensar porque nadie les enseña; sin aprendizaje las capacidades no se desarrollan; de ahí la importancia del juego, que permite aprender imitando lo que nos rodea.

Suponemos que algunos nacen con una predisposición para disfrutar de los sabores dulces más que de los salados; del frío más que del calor; o de los sabores que no son ácidos ni amargos; podemos postular que tales personas no apreciarían un buen vino por mucho que los educaran; es un suponer. De igual manera, hay personas muy sensibles al sufrimiento ajeno y otras que no tienen esa capacidad ni, por tanto, podrían aprenderla. Se puede preferir un vino dulce espumoso o un buen vino lleno de matices o porque no se tiene pituitaria, o porque la pituitaria está dañada, o porque no se ha adquirido una cultura enológica, o porque nuestra pituitaria está cerrada para disfrutar del vino ácido y abierta para el goce del vino dulce.

Con la belleza puede que pase lo mismo. El sentido del gusto no estaría desarrollado en todos de la misma manera porque la naturaleza de todos, siendo esencialmente igual en todos, en cada uno no es exactamente la misma; todos los humanos podemos percibir olores, pero cada uno disfruta más con unos que con otros. Y lo mismo pasa con la música: unos disfrutan más con Verdi y otros con Wagner; a veces eso se debe a que nos hemos criado en ambientes wagnerianos o antiwagnerianos, y la educación imprime carácter; y otras veces se debe a que nuestra sensibilidad está más cerca de Wagner o de Verdi, y es que no todos tenemos la misma sensibilidad para las cosas. Sin embargo, todo wagneriano debería ser capaz de apreciar la calidad de la música de Verdi y viceversa.

A la predisposición para disfrutar más de unas cosas que de otras la podemos llamar aprioris. Hay aprioris de la cultura (cuando la educación ha sido capaz de formarnos el gusto). Y aprioris de la naturaleza (cuando, sin que medie la educación, preferimos instintivamente unas cosas antes que otras). Los aprioris naturales y culturales conforman el sentido del gusto.

Lo mismo pasaría con la ética (suponemos). La mayoría de los seres humanos es capaz de distinguir instintivamente el bien del mal. Muchos no lo sienten porque en su casa les han enseñado otra cosa. Y muchos otros porque tienen algo dañado en su cerebro; los aprioris naturales y culturales serían malformaciones de ese gran a priori de la naturaleza, común a todos, al que bien pudiéramos llamar el de los universales éticos.

 


 

viernes, 9 de octubre de 2020

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

 

 

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

Era el día en que me iba a jubilar. El azar quiso que tuviera clase con dos grupos que me iban a plantear problemas, los últimos de mi vida académica (pero no de mi vida de filósofo). Uno me implicaba como persona, el otro como estudioso, y ambas cosas son caras distintas del oficio de profesor; del profesor que se implica, por un lado, enseñando y aprendiendo, y por otro, poniéndole sentimiento a la razón. Voy a explicar brevemente lo que exigieron de mí estas dos últimas clases.


PENÚLTIMA CLASE

            Voy a llamarlo Guido. Por llamarlo de algún modo. Estaba escondido en un rincón, en la última fila, pegado a la ventana. Ni él me podía ver a mí ni yo lo podía ver a él porque todos estábamos escondidos en nuestras mascarillas; obligados por la pandemia del coronavirus, que estaba asolando el planeta. Acababa de pasar lista y ahora me dirigía a él.

            -Guido, ¿podrías dejar de mirar por la ventana? Lo que pasa dentro de la clase ahora es más importante que lo que pasa fuera.

            -Métete en tus asuntos; yo miro adonde quiera.

            Hice un esfuerzo por controlarme. Precisamente habíamos hablado de él en la evaluación cero. Las evaluaciones cero son esas juntas de profesores que se reúnen al mes siguiente de empezar el curso y su objetivo no es evaluar, sino conocer a los alumnos. Allí se había dicho que Guido había estado en residencias y casas de acogida; que sus padres estaban separados y cada uno por su lado lo había maltratado a su gusto, que había tenido experiencias traumáticas que no había que desvelar por no ser indiscretos, pero que estuviéramos seguros de que la vida no lo había tratado bien. Guido tenía un rencor escondido que escupía allí por donde pasaba, y que no intentáramos enfrentarnos con él, que iba a ser peor; que con comprensión y cariño conseguiríamos algo, pero con autoridad y razones, nada. 

            Allí no había motivo para darle palmaditas en el hombro, él me acababa de ofender. Aunque tampoco era el momento de sancionar nada: no era dueño de sí mismo y cuando hablaba, las palabras no venían cargadas de razones que intentaran convencer a nadie sino de odio que tenía intención de hacer daño. A una ofensa no se le responde con cariño, sino con razones, pero comprendiendo, no castigando; de esa manera mis palabras tendrían el cariño en las razones y no en el perdón (¿cómo iba a perdonar sus ofensas, si no quería retirarlas?); y su mejor castigo iba a ser el que él mismo se diera comprendiendo la maldad de lo que había hecho; yo le enviaba cariño que se expresaba con autoridad, pues no debía mostrarme débil, y razones comprensivas que él entendería aunque no las quisiera reconocer. En la pelea de gallos que él imponía, yo sabía que vencería la razón; pero él no reconocería esa victoria sino que la disfrazaría con su propia victoria insolente, que era la victoria de las apariencias; para él era importante quedar bien delante de los demás; y así, las derrotas injustas que él había sufrido se redimirían con la injusticia que él mismo impondría a los demás disfrazándola de fuerza; ofendiendo a una persona que él sabía que no lo iba a ofender; y sabía también que, debajo del teatro que veían todos, había también otro teatro escondido; uno donde la insolencia había perdido la batalla frente a la fuerza comprensiva de la razón. Me encaré con él.

            -¿Te he gritado? –Un silencio acusador-. ¿Entonces por qué me gritas? ¿Te he faltado al respeto? –Otro silencio retador-. ¿Entonces por qué me faltas al respeto? ¿Acaso no te estoy tratando con cariño? –Nuevo silencio-. ¿Entonces por qué me fulminas con la mirada, por qué me lanzas rencor, por qué me odias, si yo no te odio? 

            Hubo un silencio que él quiso que fuera breve; en el teatro del mundo las apariencias te dan la victoria si no te quedas callado, aunque te falten razones; si dices tú la última palabra; gana siempre quien manda callar al otro.

            -Me has gritado.

            -¿Yo? ¿Te he gritado yo? ¿Yo te he gritado?

            -Sí.

            Bajé los brazos derrotado; derrotado por la sinrazón, que es la expresión más clamorosa de la derrota.

            -Me gritaste el otro día.

            Me quedé mudo. Apabullado por la estupidez de aquel chico.

            -¡Ah! –dije-. Y lo que decimos ahora está marcado por lo que dijimos ayer. –Subrayé mi ironía acusándolo con un silencio y luego proseguí-. Yo no tengo costumbre de gritar a nadie, ya ves, y a veces la culpa no la tienen los demás. ¿Tú no tienes nunca la culpa? ¿Tú no metes nunca la pata? ¿Nunca te equivocas? Yo no tengo costumbre de gritar y ahora me has ofendido, y mientras tú me ofendes yo te estoy contestando con tranquilidad: de modo que algo habrías hecho el otro día para que yo te gritara; si es que te grité.

            Él guardó silencio con la boca pero habló con la mirada; y sus ojos lanzaban chispas bíblicas como fulminantes lenguas de fuego; todos lo pudieron ver.

            -Trátame con insolencia: yo no seré insolente contigo. Fáltame al respeto que yo a ti no te faltaré, ódiame si quieres: pero no conseguirás que te odie ni que se apague ni un ápice este cariño que te tengo. Pero quiero que tengas bien clara una cosa: que todo este afecto que siento no está hecho de sensiblerías vanas sino de fuerza; una fuerza cálida y comprensiva, la fuerza de la razón; que es también, por si quieres saberlo, la fuerza de la amistad.

            Y di la cuestión por zanjada. Luego seguí con la clase hasta que sonó el timbre; y supe que, en el secreto del teatro donde no hay victorias ni derrotas falsas, las razones habían removido algunas briznas de su pecho. Entonces cogí mi cartera y me dirigí al aula siguiente. 


ÚLTIMA CLASE

            La ética nos sirve para saber estar. Pero ¿cómo sabremos cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Cómo aprenderemos dónde, cuándo y cómo tendremos que estar en él? ¿Y por qué tenemos que estar así y no de otra manera? Hay una regla muy sencilla: estar en el lugar que te corresponde es comportarse como ese lugar te pide que te comportes. Tu lugar ante un semáforo en rojo está antes, y no después, del semáforo; porque ese semáforo te ordena que te quedes parado, te lo pide desde el código de la circulación; si estuviera en verde te pediría que avanzaras, y en ámbar te diría que te fijaras en el cruce, que tuvieras cuidado, pero ahora está en rojo. Los distintos lugares por los que pasamos nos hablan, nos dicen cómo tenemos que comportarnos. Estar bien en un sitio es comportarse como ese sitio quiere que nos comportemos.

            Estar bien en un váter público es usarlo sin mancharlo. Estar bien en el fútbol es jugar sin coger la pelota con las manos. Estar bien en clase es venir dispuesto a estudiar y no a jugar con la pelota. Estar bien en casa es respetar a tu familia. Estar bien como estás es cumplir con las normas de cada sitio, y estar en paz con las normas es obedecer a la lógica de las cosas, de los lugares: hacer lo que las cosas sirven para hacer, y no utilizarlas de manera absurda; un vaso sirve para beber, no para jugar a los dados, una biblioteca sirve para leer, no para comer, un comedor sirve para comer, no para leer, y un laboratorio no sirve para jugar sino para hacer experimentos; porque si comemos en las bibliotecas, leemos en los comedores, jugamos en los laboratorios y  miramos por los vasos, veremos mal cuando miramos, nos indigestaremos leyendo, se nos mancharán los libros y nos quemaremos con ácido. Y como hay veces que nos falta tiempo para hacer las cosas, es posible que tengamos que leer mientras comemos pero eso será excepción y no la regla; las excepciones ajustan la regla a las necesidades de cada día porque las normas sirven para vivir libres, no para encadenarnos; no es la vida la que se debe plegar a las normas, sino las normas las que se pliegan a la vida; toda norma es justa si nos facilita las cosas, y por lo tanto las que lo entorpecen todo no pueden ser normas justas.

            Pero ¿cómo podremos saber si una norma es justa? Saber estar en tu sitio, saber obedecer, saber estar en el mundo es la mejor manera de ser felices. Si necesito buscar trabajo es mejor que no vaya con la camiseta del Che, porque el empresario que me lo ofrece podría sentir la tentación de no dármelo. Si quiero jugar al fútbol es mejor que no toque la pelota con la mano, porque el árbitro pararía el juego y, si no dejo de hacerlo, me acabaría expulsando y entonces ya sí que no podría jugar. Y si utilizo un microscopio para mirar el cielo es seguro que no veré ni el cielo ni los microbios, ni las estrellas ni las células, que es para lo que está hecho el microscopio. El primer criterio para usar las cosas es la lógica, que me proporciona utilidad; el segundo, cuando no sabemos qué cosas son útiles, es la empatía

            Porque toda la ética se resume en un solo principio: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. No ensucies el váter de la estación porque no te gustaría que quien lo hubiera usado antes que tú te lo hubiera dejado sucio. No te saltes los semáforos en rojo porque no te gustaría que tú, que vas correctamente por tu sitio, te chocaras con un coche que se ha saltado el semáforo cuando tú pasabas. Y no comas mientras lees el libro que te han prestado porque a ti no te gustaría que otros comieran mientras leen el libro que tú les prestaste; y te lo mancharan.

            Ésa es la empatía: ponerte en lugar de los demás para sentir como sienten ellos, para pensar como ellos piensan. Kant lo llamaba imperativo categórico. Pero hay más. El imperativo categórico te dice qué cosas debes hacer. La asertividad te dice cómo debes hacerlas. Debes hacer las cosas (no te digo cuáles) las que a ti te gustaría que te hicieran. Y cuando te piden otras que no están bien debes rechazarlas sin enfadarte. Si insultas a quien te ofrece un cigarro que atenta contra tu salud, estás abusando de él, por insultarlo; le estás diciendo las cosas de mala manera; y si aceptas, estás dejando que abusen de ti porque, por no atreverte a decir que no, permites que los demás te obliguen a hacer cosas que tú no deberías nunca hacer por ellos; lo que tienes que hacer es aprender a decir que no sin ofender a nadie, pero sin dejar tampoco que nadie te ofenda.

            La agresividad le quita paz a la vida, la sumisión le quita libertad, y la única forma de vivir libre y en paz es siendo al mismo tiempo amable y firme: eso es ser asertivo. El imperativo categórico te dice cómo debes hacer las cosas; la asertividad, cómo debes renunciar a hacerlas; recházalas siempre pensando en los demás cuando piensas en ti y no hagas a los demás lo que a ti no te gustaría que te hicieran; y, sabiéndolo, no te hagas a ti lo que sabes que no les gustaría a los demás que les hicieras. Una balanza es un dispositivo que mide un peso con ayuda de otro peso (al que llamamos contrapeso). La balanza de la ética es el saber estar, que tiene la empatía (o dicho de otro modo, el imperativo categórico) como peso y la asertividad como contrapeso; esa conducta que nunca es agresiva, pero tampoco sumisa. Veámoslo ahora con un ejemplo: la persona a la que le gusta sufrir, el masoquista.

            Entre un masoquista y alguien que no lo es hay también un punto de coincidencia: y es que los dos quieren que les hagan cosas que a los dos les gustan, aunque no sea de la misma forma; aunque uno sienta placer sufriendo y otro lo sienta evitando el sufrimiento.  

El masoquista no debe hacer sufrir a los demás so pretexto de que eso es lo que a él le gusta; tiene que dar gusto a los demás con lo que les gusta a ellos, no con lo que le gusta a él. No hacer a nadie lo que a uno no le gustaría que le hicieran significa que si a ti te gusta sufrir, pero a los otros no, no tienes por qué darles ese sufrimiento: debes darles el gusto por el placer que ambos compartís, él sin sufrir y tú sufriendo; es un placer que conseguís ambos por distintos medios; que a mí me guste sufrir no significa que yo te tenga que hacer sufrir a ti, porque a lo mejor a ti no te gusta. Lo que hay que buscar en los demás es la necesidad de estar bien y no los medios con los que cada uno se procura ese bienestar. 

            Ahora bien: no sólo hay que saber estar, sino que también hay que aprender a ser uno mismo: sin intentar adulterarse, como se adultera la mantequilla cuando pasa el tiempo y se pone rancia. ¿Sabéis por qué se pone rancia? Porque no la hemos puesto en su sitio, que es el frigorífico. Saber estar en nuestro lugar es la mejor manera de saber ser lo que cada uno es, sin adulterarse. Quien sabe que vale para la pintura, su sitio es el taller, y quien vale para la música, su sitio es el conservatorio. Hay que aceptarse como se es y no rechazarse a sí mismo, eso es el respeto. O dicho de otro modo: no basta con saber estar, también hay que saber ser en la vida.

 Si yo soy bajo de estatura sería un iluso que pretendiera ser alto, porque tengo la obligación de aceptar lo que la naturaleza me ha dado. Mírate en el espejo: ése eres tú. Acéptalo. Hazte amigo de ése que ves ahí porque él será siempre tu mejor amigo. Acepta a ese ser que tienes dentro, búscalo, encuéntralo y quiérelo mucho, porque él es quien más te va a querer en la vida. No quieras cambiarlo: cualquiera que pongas en su lugar valdrá menos que tú, siempre estará adulterado. Y tú eres quien más vale para ti, que no te quepa duda. Podrás llevar la vida de otro pero nunca la llevarás como si fuera la tuya; podrás fijarte en los demás para mejorar, podrás imitarlos para sacar lo mejor que tienes dentro, los utilizarás a ellos de modelo, pero nunca podrás cambiarte por ellos; puede que quieras ser como Beethoven porque quieres superarte como se superó él, pero sólo te superarás haciendo tus propias cosas, no las que hizo Beethoven.

Así que ya lo sabes: vive tu propia vida y no vivas nunca la de los demás; para ser tú mismo tendrás que mirarte en los demás como en un espejo, sí, y en ese espejo habrá imágenes que seguramente te ayudarán, pero no olvides que esas imágenes no son tuyas aunque te parezcas a ellas; puedes estar en ellas pero tú eres más que una imagen, tú eres tu modelo; mejorarás imitando las virtudes ajenas pero imítalas solamente para que te ayuden a ser tú mismo. Porque si quieres cambiarte por ellos acabarás adulterándote, como la mantequilla, y tu vida se volverá rancia, y no serás auténtico. 

            No me sorprendió que me dieran un aplauso cariñoso a modo de despedida. Me sorprendió, sin embargo, que la persona que más aplaudía fuera la que siempre me había rechazado, o eso era lo que yo creía: siempre seria conmigo, severa, distante, desafiante y hasta agresiva, así la recordaba yo hacía años. Ahora resultaba que, como ella, quienes más se enfrentan a nosotros tal vez sean, a la larga, quienes más se empapan con nuestras palabras; esas palabras severas, inexorables, duras, terriblemente sinceras, y siempre cargadas de cariño que son, en definitiva, las palabras donde se esconde el secreto de la ética.


viernes, 29 de mayo de 2020

LA ENCRUCIJADA DE EUROPA




LA ENCRUCIJADA DE EUROPA


            Acabada la segunda guerra europea empezó la construcción de Europa. Unas mentes esclarecidas (o quizá una necesidad, quién sabe) se empeñaron en arreglar lo que unos niños habían destruido; unos niños egoístas, inconscientes y caprichosos. Querían unir las fuerzas que tiraban para sitios diferentes, hacer amigos a los antiguos enemigos, y evitar, tal vez, que la historia se repitiera. Alemania, que había invadido a Francia, se subió al mismo barco que los franceses. Y el Reino Unido, que se había enfrentado a Francia desde mucho antes de Napoleón, hasta se embarcó en el proyecto de unirse; el símbolo de esta concordia fue el avión supersónico que construyeron entre los dos: el Concorde.
            Después se acusó a la integración europea de ser un proceso meramente económico; la Europa de los mercaderes, se decía; su nombre era Comunidad Económica Europea, de modo que, desde sus propias señas de identidad, no tenía aparentes intenciones culturales, ni mucho menos políticas. Lo que se quería era derribar las fronteras, que circularan libremente las mercancías: no las personas. Las fuerzas centrífugas, en la izquierda, querían la Europa de los pueblos, y como eso no era posible, se oponían a ella; lo mismo pensaban en la derecha, desde la otra orilla.
            Todo cambió cuando el proyecto se abrió a la libre circulación de las personas. La Comunidad Económica Europea pasó a llamarse Unión Europea. Desaparecieron las fronteras no sólo para las mercancías, sino también para las personas; se facilitó el intercambio cultural y en el horizonte estaba, como una meta más o menos lejana, la unión política. Pero el proyecto de constitución europea, que impulsó desde Francia el antiguo presidente Giscard d’Estaing, fue rechazado en referéndum por los franceses; el mismo año que se aceptaba en España. Los Estados Unidos Europeos se convirtieron en una idea más lejana. Las fuerzas nacionales se fortalecían al tiempo que las de la unión se quedaban estancadas; Europa nunca tuvo una verdadera diplomacia común, los países se negaban a ceder soberanía, y hubo un compás de espera en donde lo centrípeto, en un equilibrio inestable, empezaba a conocer la parálisis frente a lo centrífugo.
            Luego vino la reacción del otro lado: los enemigos de la unión se hicieron más fuertes. En Francia los nacionalistas tiraban para dentro, luego en Austria; Italia se desgarraba por dentro, el norte rico no quería compartir nada con el sur pobre, y luego vendría formulado más claramente el rechazo de Europa; después vendría Holanda, Cataluña, hasta que el Reino Unido nos despertó a todos haciendo realidad la separación: el Bréxit puso racismo y xenofobia donde había habido convivencia; el nacionalismo catalán enfrentó a las comunidades menospreciando a los catalanes que vinieron de fuera y falseando la historia y lo que es peor: robando y corrompiéndose hasta la médula con los votos de buena parte del pueblo; si ha de haber ladrones (pensaban seguramente) mejor que sean de casa; pero no se les ocurría que pudieran luchar por un mundo sin ladrones, ni de dentro ni de fuera. La tensión nacionalista se contagió después a Hungría. A Polonia. A España. 


            Pero los europeos más esclarecidos siempre han abogado por la unión: dejemos a Carlomagno, a Carlos V, a Napoleón (y, por qué no, a Hitler) que quisieron hacerlo por las armas. Pensemos en la Europa de la paz. El camino de Santiago. Las universidades de la Edad Media. Erasmo. El camino de Santiago favoreció rutas de contacto, no sólo comerciales, entre los europeos. Durante la Edad Media los estudiantes podían enseñar y aprender en Bolonia, en Montpellier, el París, en Oxford, en Salamanca, y se entendían en latín: un espíritu infinitamente más cosmopolita que la España del año 2000, donde los padres se manifestaban para que el autobús no llevase a sus hijos al pueblo de al lado; y donde, para colmo del ridículo, se oponían a que se los llevaran, dentro de la misma ciudad, dos calles más abajo; esta estrechez de miras no tiene nada que ver con la amplitud de horizontes de la universidades medievales; en El nombre de la rosa Umberto Eco pone en escena a un profesor inglés, acompañado de un alumno alemán, viajando a una abadía que se encontraba en Italia; y en cuya biblioteca se deleitaban con los únicos ejemplares de algunos libros, en un mundo sin imprenta, que había en toda la cristiandad.
            Luego vendría Andrés Laguna. Abogaría por el entendimiento de las culturas, por el conocimiento de los pueblos, por la unión de los europeos. Porque más importante que las culturas son las personas, o, para decirlo con mayor propiedad, las culturas son el abono donde crecen, solidarias, las personas; las culturas, no los cultos; la razón y el sentimiento, no la exclusión y la ortodoxia; la apertura a lo que hay fuera, que es la lluvia que riega las tierras que han sido plantadas con el espíritu nacional. La única posibilidad de que los europeos no se mataran entre ellos era para Andrés Laguna que se unieran. Y con la inmensa variedad de sus territorios la cultura europea sería una de las más ricas del mundo. Cuando Stefan Zweig escribe sobre el fin del siglo XIX titula a su libro “Memorias de un europeo”; no de un austriaco, no, de un europeo. La apertura de miras siempre ha sido un abono excelente para la cultura. Hubo un tiempo en donde los griegos recuperaron la escritura, conocieron la moneda que facilitaba los intercambios, se fueron de la península a Jonia y de Jonia a Mesopotamia, conocieron a los egipcios, supieron de Gilgamesh y leyeron las tablillas babilonias, y entonces aprendieron de astronomía, de matemáticas y del mundo, y empezaron a observar: entonces empezó la filosofía; fue, dice la historia, cuando los griegos salieron de Grecia; entonces se hicieron más griegos.
            De todos los avatares que ha conocido Europa uno de los más duros ha sido la epidemia del año 2020. Que se fue convirtiendo en pandemia. Un microorganismo muy agresivo, una variedad de coronavirus, obligó a aislarse no ya a Europa, no ya a cada uno de los países, sino a las familias dentro de ellos. Las calles están desiertas. Las tiendas, cerradas, salvo las que son de primera necesidad. No hay bares, los hoteles no abren, se acabaron las aglomeraciones, las fiestas, no hay librerías y los libros se leen por internet. Se han interrumpido los intercambios, la policía intercepta a quienes hablan, sólo se puede salir a comprar o a pasear al perro. La crisis ha destruido los intercambios entre países, pero también dentro del mismo país, y como no es posible que los individuos vivan solos, los únicos intercambios presenciales se dan en la familia; luego están los intercambios virtuales, mucho bulo y poca esencia, y si antes encontrábamos algunas mentiras en la tele, hoy encontramos muchas mentiras en internet; antes la televisión era aprovechada por el poder para crear su farsa; hoy los wasaps y los tweets sirven para que todo el mundo cree su farsa, cada uno la suya, incluida la más peligrosa de todas, la del poder.
            Cuando hayamos derrotado al virus se acabará la crisis sanitaria; y por terrible que parezca sólo morirán unos cientos de miles de personas en el mundo; no diezmará la población como hizo la peste negra, y una pandemia no le llegará a la suela del zapato a aquella epidemia terrible: virtudes del progreso, contra el que muchas voces gritan. 


            Luego vendrá la crisis económica. Muchos vislumbran que será una crisis terrible, a todas luces devastadora. La experiencia nos dice que a todo desastre económico le suele seguir un desastre social, y que los millones de parados, excluidos del sistema, se ganarán la vida como puedan: en Estados Unidos se están vendiendo muchas armas porque la gente piensa que tendrá que defenderse de los robos que crecerán de manera descomunal. Pero los excluidos también pueden encontrar sueldo en las milicias de los desaprensivos, que se formarán para hacer estallar guerras terribles.
            Hay que evitar eso. Hay que ayudar a los parados, pero sobre todo crear empleo para que dejen de estar parados, y no sólo por humanidad: también por interés. Por humanidad: quienes tienen deberían sentir el deseo de ayudar a quienes no tienen. Por interés: si no lo hacemos viviremos en un mundo de destrucción. De modo que tanto por interés como por altruismo nos conviene ayudar a los demás.
            Ahora bien, esa ayuda no vendrá de la empresa privada. Habrá, sí, algunas acciones generosas, gente como Bill Gates o Amancio Ortega; pero la mayoría de los empresarios irán a lo suyo: la ganancia; ya lo están demostrando subiendo el precio de las mascarillas, que es un producto de primerísima necesidad para protegerse del coronavirus; y lo están haciendo en muchas farmacias.
            Es inverosímil, pues, que la solución venga de la iniciativa privada. Vendrá de los Estados. El padre fundador de la economía moderna, Adam Smith, lo dice bien claro en su biblia: el motor de la riqueza (y a eso lo llamamos liberalismo) es la ambición, el egoísmo, el interés; se trata de gastar lo mínimo y de ganar lo máximo. El Estado, por el contrario, tiene que gastar mucho y ganar poco, porque su misión no es hacerse rico, sino ayudar al indefenso. Evidentemente para gastar dinero antes hay que ganarlo, y eso puede hacerse de tres maneras: cobrando impuestos, volviéndose empresario o aliándose con la empresa privada; lo primero es necesario, pero doloroso; lo segundo tiene sus límites, porque las empresas públicas tienen vocación de servicio y eso limita sus ganancias; lo tercero sería ideal, pero tendríamos que saber cómo se hace. Y está también el gran problema de las empresas: la corrupción. Hay gestores públicos que meten mano en el dinero de todos y se llevan buenos bocados: eso es cierto, pero no habría que deducir de ahí que hay que acabar con las empresas públicas para acabar con el problema; la iniciativa privada también tiene sus corruptos, y sin necesidad de llegar a Julio César Arana o James Maddoz, podríamos recordar que hay empresarios que han esquilmado sus empresas, o dueños subordinados que han prosperado a costa de robar a los dueños principales, o dueños de bancos que han robado a sus propios bancos: como  hizo Mario Conde. Eso sin contar que, si no hay regulación de comercio, las prácticas comerciales pueden llegar a confundirse con las de los piratas. No, para combatir la corrupción pública no hay que acabar con la empresa pública, porque en la empresa privada también hay corruptos. La solución está en otra parte.
            El comunismo antidemocrático ha pretendido poner la economía al servicio del pueblo: los hechos hablan por sí solos. La economía liberal ha pretendido crear bienestar colectivo con el egoísmo privado: los hechos hablan también. Quizá la solución haya que buscarla en la postura de un Vargas Llosa suponiendo que en una economía liberal debe haber gente valiente (héroes) para corregir los errores y los excesos; o todavía mejor, en una postura intermedia: esos excesos no pueden ser corregidos por los individuos, sino por el Estado; y es la socialdemocracia, que viene de la mano de Keynes. La socialdemocracia también ha fracasado, ¿y por qué? Porque si se sostiene sobre la presión fiscal, el progreso hace la vida más atractiva y, para disfrutarla, las parejas cada vez tienen menos hijos; paralelamente el progreso hace que la gente viva más; el resultado es que cada vez nacen menos jóvenes y hay más viejos que mantener (porque el Estado ya se ha gastado lo que ellos aportaron en su día para que no los sostuviera nadie). El problema de la socialdemocracia es demográfico: el envejecimiento de la población; el Estado gasta más en los necesitados y cobra menos impuestos de la fuerza de los jóvenes. Hay que buscar la manera de hacer compatibles la calidad de vida y el crecimiento de la población; tener hijos no debería significar que renunciáramos a disfrutar; sobrevivir como especie no debería ser incompatible con vivir bien como individuos; que no sepamos hacerlo no quiere decir que no lo podamos hacer; es cierto que saber es poder, pero incurriríamos en una falacia si dedujéramos que seríamos impotentes si no supiéramos cómo actuar; la ignorancia de hoy puede ser el conocimiento del mañana. 


            Éstas son las bases sobre las que se mueve actualmente la sociedad. Sobre estas bases tendremos que buscar la solución al desastre económico que seguirá a la pandemia; una solución que evite la guerra europea. Lo primero que se nos ocurre es gastar: que los Estados inviertan mucho dinero. ¿Problemas? Que ese dinero se gastaría en ayudar a la población vulnerable, no tanto en producir. Y que eso endeudaría a los Estados: los cuales quedarían expuestos a la depredación de sus prestamistas, que, siguiendo las leyes del mercado, les cobrarían intereses abusivos. La solución podría estar en que los países ricos compraran deuda de los países pobres y que no los asfixiaran con sus intereses, y ahí es donde vuelve Europa.
            Si algún sentido tiene Europa es, hoy, la solidaridad. Sobre esa solidaridad se creará mañana el beneficio; la alternativa, si destruimos Europa, será la guerra de todos contra todos. Alemania y Francia volverán a ser enemigos. Francia y el Reino Unido se mirarán otra vez con desconfianza. Pero lo peor es que los países ricos no quieran compartir nada con los países pobres. Holanda, Austria, Alemania, Cataluña, el Reino Unido barrerán todos para sí. Nada importarán los vecinos, por más que estén llamando a la puerta, como decía un soneto de Lope de Vega: ¿cuántas mañanas llamaste a mi puerta? Y no te abrí. ¿Y cuántas otras contesté: mañana te abriremos, para lo mismo responder mañana?
            Aquí hay que mirar a los pueblos en relación con sus élites. Podríamos decir que el pueblo (así, simplificando mucho) es el que sufre la vida, tanto para bien como para mal, y que las élites son quienes, por tener resuelto el problema de la vida, no tienen que preocuparse de vivir y pueden pensar: me refiero a las élites políticas e intelectuales; sería ideal que pudiéramos incluir a las élites económicas, pero la realidad no dice que, salvo en casos aislados como Yunus, tal vez Soros y Bill Gates, no es realista hacerlo: los hechos hablan, pero no solamente los hechos; también la ideología de Adam Smith. Quizá lo que llamamos “pueblo” tenga que escindirse en varios grupos: el pueblo llano que disfruta y sufre, y a veces se muestra generoso y a veces vive el rencor; los poderosos que se creen más que nadie, y que les puede la avaricia y la soberbia pero a veces son generosos, y unas veces disfrutan y otras ni pueden ni saben disfrutar; y la mezcla de los dos.
            Supongamos que las élites políticas e intelectuales orientan a Europa sobre la senda de la solidaridad. Hay en Europa líderes capaces de hacerlo, el problema son sus pueblos. Imaginemos que un país rico, por ejemplo Alemania, lanza una política solidaria a escala europea; una política altruista, pero que redundaría, con el tiempo, en su propio interés, y la propia Alemania, que hoy hace un sacrificio, mañana acabaría ganando. Esa decisión esclarecida de las élites alemanas les costaría cara en unas próximas elecciones: pues el pueblo alemán, guiado por sentimientos mezquinos e intereses de corto alcance, es muy probable que barriera a esas élites y las sustituyeran por demagogos que esperan ahí, agazapados, aguardando su momento: el momento del egoísmo, de la soberbia, de la insolidaridad y de la exclusión. Europa se rompería y es probable que cada Estado acabara saliéndose para recuperar su soberanía: seguramente para ser león en su propio desierto; que aunque fuera desierto al menos sería propio; y con eso ya estarían contentos. 


            ¿Y si Europa no sigue la senda de la solidaridad? ¿Y si, para evitar que la rompieran los nacionalismos excluyentes, obligara a que cada uno saliera de la crisis por sus propios medios? Entonces se destruiría a sí misma, porque sus señas de identidad, sus ideales de apertura y libertad quedaría en entredicho y una realidad europea contraria a las miras de su ideal sería una realidad inviable. Esta destrucción ideológica de Europa, sumida en sus propias contradicciones, iría de la mano de su destrucción política, pues esta vez serían los países pobres los que se retirarían; acabarían pensando (y con toda lógica) que si no pueden obtener solidaridad de sus socios recuperarían la soberanía que les entregaron; o más bien (porque nadie entregó nada a nadie) lo que cedieron todos para construir el ideal europeo por el que se sintieron atraídos.
            Ésa es hoy la encrucijada de Europa. Por un lado estamos condenados a vivir juntos y por otro hay en cada uno de nosotros ese instinto de independencia que subsiste como una rémora del pasado; como una inercia. Pero en el pasado, cuando esta idea existía apenas, espíritus esclarecidos como Erasmo y Andrés Laguna ya supieron ver en el futuro; y se dieron cuenta de que si Europa no se unía sería el desastre; y lo fue; la guerra de los cien años, que les precedió, dio lugar a la guerra de los treinta años, a un divorcio radical más allá de las religiones, a diversos sobresaltos que nos llevaron después a dos guerras mundiales. Dos suicidios colectivos, tan descomunales como insensatos. Dos pandemias políticas.
            El pueblo, o más bien los individuos, la gente de la calle, siempre sufre las consecuencias. Por eso no vota con la cabeza sino con el estómago, y pone rabia donde debía poner sensatez, donde debía poner corazón pone tripas. Las élites, que normalmente no sufren de la necesidad, pueden pensar con el corazón y con la cabeza, ser prudentes y generosas, aunque muchos no lo sean: pero, en principio, pueden serlo; todo está en que sean unas élites esclarecidas, ilustradas, como quería Kant; en espera de que lo fuese el pueblo.
            El problema es que las élites son una minoría, y las élites ilustradas todavía más. Y que en unas elecciones puede sacar más votos la inconsciencia que la sensatez, aunque tenga motivos. El mundo camina en ese sentido: no olvidemos que Aznar, cuando se enfrentó a Felipe González, se presentó como uno de tantos, pretendiendo confundirse con la gente corriente frente al carisma con el que sobresalía Felipe González; también Donald Trump se presentó diciendo “yo no soy como ésos” (un político diciendo que no es político es como un médico presumiendo de no serlo, qué paradoja: y la gente le votó). Hoy asistimos al triunfo de lo mediocre sobre lo excelente y eso puede hacerle pagar un precio a la democracia. El pueblo alemán votó a Hitler. Los rusos retiraron su apoyo a alguien que tenía algo que decir en la escena política, Mihail Gorbachov, convirtiéndolo en un residuo. Y cuando la democracia se corrompe, renunciando a mejorar su cultura y renegando de la calidad, es capaz de condenar a muerte al mejor de los atenienses, a Sócrates, acusándolo de corromper a la juventud. Es necesario el pueblo para decirles a las élites que pasan hambre (aunque las élites no la pasen). Y son necesarias las élites para recordarle al pueblo que hay problemas que no tienen soluciones rápidas; y que no podemos dar hambre para mañana si nos obsesionamos de manera insensata en dar pan para hoy. Es necesario un equilibrio, un desarrollo político sostenible, lo que Hans Jonas llamaba imperativo de responsabilidad: que la necesidad de sobrevivir hoy no nos impida humanizarnos mañana. En las élites se encuentra mayoritariamente la calidad, aunque también la tenga mucha gente del pueblo; y en el pueblo se encuentra la cantidad democrática, medida en votos que no siempre contienen las mejores opciones. El problema de la democracia es el de equilibrar la cantidad con la calidad, y la democracia es el problema de Europa, una democracia de rostro humano: ésa es su encrucijada. Sería estupendo que lo que construyen los políticos por arriba, cuando es bueno, no lo derribara la gente por abajo: que el futuro no sucumbiera a manos del presente, que la prudencia no cayera empujada por la necesidad.
            Pero hoy los políticos no tienen buena fama. Hay malos políticos, es cierto, pero de que muchos políticos sean malos no se deduce que lo sean todos. Hay que tumbar prejuicios y ése es el primero de todos, porque si acabamos con los políticos ¿quién nos librará del propio pueblo si enloquece (y la política es el antídoto de la locura)? Europa es el punto de mira del mundo. De que Europa no se rompa depende el futuro de la humanidad. Porque en Europa está la cultura que hemos heredado antes de Grecia, echando sus raíces en Asia, y teniendo un pasado tan viejo, tiene el mejor trampolín del mundo para mejorar el progreso; para construir la justicia no solamente desde en sentimiento, sino, a todas luces, desde la razón.
  



viernes, 1 de marzo de 2019





¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA “QUERER”?


             Querer, lo que se dice querer, significa muchas cosas. Algunos autores lo han llamado voluntad, y decían voluntad cuando querían decir instinto; Nietzsche, por ejemplo; Schopenhauer; la voluntad para ellos era el instinto irresistible que nos impulsa hacia la vida; Nietzsche, sin embargo, no se refiere a la lucha por la vida, que no pasa de ser algo biológico y, desde luego, miope; se refiere más bien a la lucha para la vida, eso que nos proyecta más allá de la naturaleza y nos hace seres supernaturales, que no es lo mismo que sobrenaturales; porque no se trata de rechazar este mundo para buscar otro más allá de éste, que eso es renuncia a vivir disfrazándola de deseo de vivir en otra vida; sobre todo otra vida que no depende de nosotros, sino de dios, que nos lo hemos inventado y luego nos hemos entregado a nuestro invento como si fuera él el que nos hubiera inventado a nosotros; se trata de ir más allá de la naturaleza pero sin salir de ella; porque el ser humano es un puente tendido entre el animal y la humanidad, y más precisamente entre la naturaleza humana y la supernaturaleza humana (Nietzsche dice “entre el hombre y el superhombre”). No se trata aquí de venir al mundo para obedecer a quien nos ha creado, sino para obedecernos a nosotros mismos, que somos libertad; entre el ser biológico que obedece ciegamente al instinto y el ser espiritual que obedece a su instinto libre, nuestra programación genética sólo es el trampolín desde el que nuestra libertad se proyecta al espíritu, a la creación, a la inspiración, al arte: que es un más allá del más acá; un más allá de la vida, no de la muerte disfrazada otra vida; otra vida sin valor a la que saltamos después de morir; pues la única vida es ésta en la que estamos, la única que tiene valor, la única que vale la pena.
            La voluntad es para Schopenahuer el instinto, que viene a ser esa fuerza irrefrenable de vivir. Y para Nietzsche es, mucho más que voluntad de vivir, voluntad de poder (y pasa previamente por la voluntad de querer); es decir que no se trata sólo de querer vivir, ni de desear cosas, sino de desear los medios para que esas cosas se realicen (que eso significa precisamente querer el poder); hay mucha gente que se pasa la vida diciendo “me gustaría hacer tal cosa” y no hace nada para realizar su deseo; lo que hay que hacer es creer en nosotros y crear el impulso para lograr lo que queremos; hay que transformar el “me gustaría” en “quiero”; dejar de soñar si por sueño entendemos evasión y renuncia, y vivir los sueños como si fueran creaciones: es decir esfuerzos titánicos para transformar los sueños en realidades. No es que el ensueño y el embeleso estén prohibidos, sino que se prohíben sólo los sueños del impotente: los que te paralizan y te desvían de tu meta reduciendo la creación a un  soñar que renuncia y se resigna, volando para no llegar.


            Cuvier y Bichat definieron la vida como el conjunto de fuerzas que resisten a la muerte: aparte de ser un círculo vicioso (pues igualmente podríamos definir la muerte como el conjunto de fuerzas que resisten a la vida), la vida no tiene mucho sentido si se limita solamente a no morir; empeñarse en no morir sin saber para qué no es más que un instinto vacío, y no hay nada más desesperante, insoportable y tedioso que vivir para nada; sólo sabemos que no nos queremos morir, la muerte nos asusta, pero no sabemos para qué queremos vivir: la vida como espera; espera de algo que no sabemos si llegará. Penélope se pasó la vida esperando a Ulises y todos sabemos que Ulises llegó, pero ¿y si no hubiera llegado? ¿Qué sentido habría tenido la vida? A veces nos pasamos la vida esperando a dios, pero ¿y si dios no existe? ¿Por qué, o para qué, esperamos a Godot? Si dios existe seguro que no nos ha creado para que lo esperemos; nos había creado para que nos superásemos, y en ese camino nos estaría esperando él: ayúdate y dios te ayudará. Dios sería malvado si ha creado un ser dinámico para paralizarlo después; si nos hace libres y luego nos corta las alas, atándonos a él, y luego nos echa la culpa del mal acusándonos de habernos apartado de él, como si nosotros lo hubiéramos creado cuando fue él quien nos trajo al mundo manchados con el pecado original; haciéndonos cargar, como si tuviéramos la culpa, con el pecado de Adán. También los americanos frustrados les echan a los españoles de ahora la culpa de lo que hace cientos de años hizo Colón.
            Así, querer no es solamente instinto ciego de vida; es, sobre todo, voluntad de vivir. Querer como voluntad. Pero la voluntad no es solamente un impulso creativo, un instinto de superarse, como decía Nietzsche; es también (y en eso nos encontramos con Aristóteles) capacidad de decidir después de haber pensado. Las decisiones no pensadas pueden ser rutinas, o sentimientos ciegos, o caprichos: difícilmente podemos decir que son actos voluntarios. Cuando decidimos por rutina nos dejamos llevar por las modas, o por las costumbres que hemos adoptado cada uno de nosotros; cuando decidimos por capricho hacemos las cosas sin pensarlas, movidos por deseos que nos tiranizan, y un capricho no es nunca un acto de voluntad; cuando decidimos cegados por el sentimiento, las pasiones ahogan el corazón de tal manera que ya no lo dejan pensar. El amor puede ser un sentimiento más grande que el capricho, pero no siempre le da sentido a la libertad. La libertad sin amor no es más que soledad, pero el amor sin libertad no es vida, sino prisión; puede sr una jaula dorada, como la isla de Circe, o una desesperación que nos hunde en las cárceles del alma, en los calabozos del sentimiento, pero una pasión tirana no es vida aunque la vida, para serlo, tenga que ser apasionada; la vida es pasión que resiste al sentimiento cuando su tiranía entra en conflicto con la libertad.


            Miguel de Unamuno insiste en que la voluntad no tiene nada que ver con la gana; parece que esta distinción la ha tomado de San Agustín. A veces confundimos el querer con el tener ganas. “Yo hago esto porque me da la gana”, decimos, y apostillamos por si a alguien le quedan dudas: “porque me da la real gana”. Al hacerlo somos reyes. ¿Reyes de qué? De nosotros mismos. ¿De verdad? ¿Haciendo lo que no queremos, cuando es nuestro capricho el que quiere en lugar de nosotros? La tiranía del capricho la tenemos entre las piernas. “Yo lo hago porque me sale de los cojones!” Es como lo dijo una vez un ministro de agricultura: “esto sale adelante por huevos”. Como si hubiera habido dentro de nosotros un golpe de Estado; como si los huevos se hubieran puesto en lugar de la cabeza y le hubieran quitado al pensamiento la capacidad de mandar; una tiranía es un lugar donde no manda la cabeza, sino los huevos; y eso, suplantar un órganos las funciones de otro, es lo que Platón llamaba injusticia; como cuando el ejército quita del poder a los políticos. San Agustín no lo llamaba voluntad sino noluntad: que quiere decir “no querer”; el que hace las cosas por huevos es el que no quiere hacerlas, y lo arrastra  un impulso irresistible a hacer lo que en realidad no quiere, y ese querer lo que no queremos es paradoja, es pura contradicción.
            De modo que la voluntad de los genitales sólo es capricho, no voluntad; es la gana, no el querer; no es abstenerse de azúcar porque queremos superar la diabetes, sino inflarnos de dulce porque tenemos ganas de comer, apetito, somos esclavos del capricho; queremos vivir pero nos falta fuerza para resistir las tentaciones, nuestra voluntad dice una cosa pero nuestro deseo va al contrario de la voluntad: querer significa desear en nuestro lenguaje cotidiano, pero también desear con la razón oponiéndonos al deseo del cuerpo: decimos “quiero chocolate” pero también decimos “quiero trabajar”, aunque no sintamos ganas o no nos sintamos atraídos por el trabajo. Al deseo de la razón lo llamamos prudencia. Al deseo de las tripas lo llamamos capricho. ¿Cómo llamamos al deseo del corazón?
            Amor. Pero también valor. Amar es querer a una persona, y querer a una persona es querer lo mejor para ella; por amor a mi hijo soy capaz de sacrificar lo que más quiero, que es mi propia vida: he aquí cómo el amor verdadero se confunde con el valor, con el heroísmo; ser valiente es lo mismo que amar. No existe la cobardía como vicio moralmente reprobable, lo que existe es una falta de amor. El cobarde es quien no ama, y suele ser cruel y violento porque no tiene brújula para el deseo.
            El amor, sin embargo, a veces nos nubla la razón: es el amor arrebatado, el eros platónico, el rapto, el éxtasis, el frenesí del alma; cuando el éxtasis viene del cuerpo, si no hay cariño, se confunde con el capricho. Luego está ese amor tranquilo del que nos hablaba Aristóteles: esa philía, que es esa forma de amor que llamamos amistad. El erotismo del cuerpo debe ser un arrebato del alma, aunque a veces se unen una amistad en el espíritu con un erotismo corporal. Pero hay una tercera forma de amor que quiere encarnar el amor cristiano: charitas, amor al próximo, entrega de sí mismo para ayudar al otro, solidaridad; la palabra “caridad” se ha devaluado convirtiéndose en espectáculo, pero una caridad entendida de manera no farisea es la verdadera generosidad.
            Quiero a mi esposa, a mi hijo, a mis padres, los quiero con la pasión del alma y, en el caso de mi esposa, con el frenesí del cuerpo también. Quiero a mis amigos, aunque a veces hay amistades tan grandes que el amor tranquilo puede volverse pasión. Quiero a la humanidad, el dolor de mi prójimo me duele, sufro cuando el otro no puede ser feliz. Quiero tener un orgasmo y comer chocolate, quiero de manera caprichosa, quiero esos deseos que no pasan por el corazón. Quiero ser prudente y no perderme, quiero hacer cosas sensatas, que la cordura enlaza la inteligencia con el corazón. Pero también quiero superarme, quiero levantar mi naturaleza casi por encima de mis posibilidades, pero sin salir fuera de ella: sin que esa felicidad exija de mí el deseo de morir, por lo menos de morirme antes de tiempo. Quiero vivir como los animales de Cuvier, con esa voluntad ciega que me impulsa a la creación como quería Schopenhauer. Schopenhauer, Cuvier, Platón, Aristóteles, Jesucristo, Aristipo, San Agustín, Nietzsche, todas esas formas reviste el significado del verbo querer. Seguramente todas ellas son necesarias para la vida, aunque parezca que algunas son incompatibles; porque si lo son, será bueno que se sucedan unas a otras a lo largo del tiempo y convivan, siempre que sea posible, algunas de ellas en el mismo momento. Lo que no es de recibo es que haya un golpe de Estado y se suplanten unas a otras: los huevos, en todo caso, no se pueden poner en el sitio donde tenemos el corazón.




viernes, 1 de febrero de 2019



MOTIVACIÓN


            Decía un día Savater, siguiendo la voz popular, que aburrirse viene de burro. Nosotros también podemos decir que motivarse viene de mover, lo que nos mueve a actuar es, literalmente, nuestro motor interno, la fuerza motriz que nos pone en marcha; si aceptamos esta idea, motivación sería el motor que nos hace arrancar como cuando en un coche giramos la llave de contacto. Lo que llamamos pereza sería que en nuestra forma de ser tenemos encasquillado el motor de arranque; el haragán, el perezoso, el vago, no tienen la culpa de serlo; porque han nacido así; sin energía para arrancar, sin ganas de hacer las cosas, sin fuerza para motivarse.
            Entonces necesitamos que nos motiven. Cuando el motor que tenemos dentro no es capaz de encenderse solo, alguien debe hacer saltar la chispa que prenda en nuestro interior para que empiece a arder el carburante. Entendiéndolo de esta manera, motivar no tiene que ver nada con divertir; al contrario, la diversión puede ser desmotivadora (“desmovilizadora”), como cuando un programa de televisión nos divierte tanto que no tenemos ganas de levantarnos del asiento: nos incita a seguir quietos, mirando, tumbados en el sillón, sin deseos de trabajar; la diversión suele tener más que ver con la pereza que con el trabajo.
            Lo digo porque los alumnos suelen confundir las clases motivadoras con clases divertidas. Le echan la culpa al profesor diciéndole: “es que no nos motivas”, como si motivar fuera lo mismo que divertir y la diversión fuera capaz de llevarnos al trabajo. No: para motivar no hay que ponerse sombrero cordobés, cantar corridos y tocar las palmas. Si me apuras, un castigo bien dosificado (que no tiene nada de divertido) puede ser una buena motivación. Una cosa es que el aprendizaje sea agradable y otra que sea divertido: porque lo agradable da ganas y lo divertido te las quita, como tener gusto por aprender incita al estudio y pasarlo bien nos aleja de él.
Para que la motivación sea eficaz debe mover el deseo de trabajar, no el deseo de abandonar el trabajo. Cuatro latigazos y una torta te ponen en seguida en solfa como cuando los antiguos esclavos recogían caña: pero esa motivación era inhumana. Para darle humanidad al trabajo la motivación tiene que ser emocionante, y la emoción es una palabra que también relacionamos con el movimiento; nos emociona lo que, literalmente, mueve, agita, sacude nuestras capacidades de sentir; ahora bien, el sentimiento debe conectarse con la acción, de lo contrario se convertirá en el sentir inactivo de quien escucha una historia triste que no le incita a ayudar a quien la sufre, sino solamente a pasar el rato; como esos programas lacrimosos que en televisión sirven para llorar a moco tendido, escuchando historias desgraciadas, y olvidarnos de ellas un poco más tarde cuando apretamos el botón y lo apagamos.
      La motivación, pues, no tiene que ver ni con la diversión ni con el sufrimiento. Cuando nos divertimos no trabajamos y cuando sufrimos no trabajamos a gusto. Motivarse debería ser conectar el sentimiento (que nos hace agradables las cosas) para despertar el deseo de trabajar (que nos abre al sacrificio). Dice Goldman que una de las habilidades de la inteligencia emocional tiene que ver con la capacidad de motivarse, de sentir emoción en el movimiento para disfrutar trabajando: eso, cuando uno se motiva solo; cuando nos motivan los demás, como el profesor que motiva al alumno, su misión no es entretenernos (que eso sería cultivar la pereza), sino hacernos la tarea agradable, o lo que es lo mismo: sentir gusto por el esfuerzo; el profesor debe explicar bien las cosas para que el alumno las entienda, y entendiéndolas se anime a estudiarlas más y a trabajarlas; eso nada tiene que ver con ponerse sombrero y tocar las castañuelas. El profesor no está para entretener al alumno sino para despertar su fuerza de voluntad, sus ganas de hacer bien las cosas, su capacidad de sacrificio. Porque quien no se sacrifica se aburre, y ya lo decía Savater: aburrirse viene de burro.




EL CHASQUI


            Era el correo del inca y los indios no sabían escribir. Esto era un problema cuando, durante cientos y miles de kilómetros, había que llevar las noticias al Cuzco. Para que los chasquis no se cansaran, cada cierto tiempo había un relevo; el chasqui corría a su lado y, durante varios kilómetros, le contaba las mismas noticias que a él mismo le habían contado; el relevo, entonces, se las aprendía de memoria; luego le daría el relevo a otro chasqui que también esperaría más lejos.
            El chasqui tenía que memorizar bien lo que el otro chasqui le había dicho. Tenía que esforzarse en transmitirle al inca exactamente lo que le dijo el primer chasqui de la cadena al primer relevo, porque si lo hacía mal… lo llevarían a su pueblo, lo pondrían en la plaza y allí, delante de todos, le aporrearían la cabeza hasta morir; así castigaba el inca a los chasquis desmemoriados.
            Todos los chasquis tenían motivos para recordar, les iba la vida en ello. Seguramente se esmerarían en su trabajo, su eficacia sería legendaria y su memoria no tendría parangón; seguramente estarían motivados para no fallar, pero en cambio… el chasqui no era feliz.
            ¿De qué nos sirve tanto empeño si el trabajo bien hecho se hace a costa de la felicidad? ¿De qué nos sirve motivarnos tanto? ¿Siempre es bueno perder la tierra para ganarse el cielo?