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viernes, 9 de octubre de 2020

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

 

 

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

Era el día en que me iba a jubilar. El azar quiso que tuviera clase con dos grupos que me iban a plantear problemas, los últimos de mi vida académica (pero no de mi vida de filósofo). Uno me implicaba como persona, el otro como estudioso, y ambas cosas son caras distintas del oficio de profesor; del profesor que se implica, por un lado, enseñando y aprendiendo, y por otro, poniéndole sentimiento a la razón. Voy a explicar brevemente lo que exigieron de mí estas dos últimas clases.


PENÚLTIMA CLASE

            Voy a llamarlo Guido. Por llamarlo de algún modo. Estaba escondido en un rincón, en la última fila, pegado a la ventana. Ni él me podía ver a mí ni yo lo podía ver a él porque todos estábamos escondidos en nuestras mascarillas; obligados por la pandemia del coronavirus, que estaba asolando el planeta. Acababa de pasar lista y ahora me dirigía a él.

            -Guido, ¿podrías dejar de mirar por la ventana? Lo que pasa dentro de la clase ahora es más importante que lo que pasa fuera.

            -Métete en tus asuntos; yo miro adonde quiera.

            Hice un esfuerzo por controlarme. Precisamente habíamos hablado de él en la evaluación cero. Las evaluaciones cero son esas juntas de profesores que se reúnen al mes siguiente de empezar el curso y su objetivo no es evaluar, sino conocer a los alumnos. Allí se había dicho que Guido había estado en residencias y casas de acogida; que sus padres estaban separados y cada uno por su lado lo había maltratado a su gusto, que había tenido experiencias traumáticas que no había que desvelar por no ser indiscretos, pero que estuviéramos seguros de que la vida no lo había tratado bien. Guido tenía un rencor escondido que escupía allí por donde pasaba, y que no intentáramos enfrentarnos con él, que iba a ser peor; que con comprensión y cariño conseguiríamos algo, pero con autoridad y razones, nada. 

            Allí no había motivo para darle palmaditas en el hombro, él me acababa de ofender. Aunque tampoco era el momento de sancionar nada: no era dueño de sí mismo y cuando hablaba, las palabras no venían cargadas de razones que intentaran convencer a nadie sino de odio que tenía intención de hacer daño. A una ofensa no se le responde con cariño, sino con razones, pero comprendiendo, no castigando; de esa manera mis palabras tendrían el cariño en las razones y no en el perdón (¿cómo iba a perdonar sus ofensas, si no quería retirarlas?); y su mejor castigo iba a ser el que él mismo se diera comprendiendo la maldad de lo que había hecho; yo le enviaba cariño que se expresaba con autoridad, pues no debía mostrarme débil, y razones comprensivas que él entendería aunque no las quisiera reconocer. En la pelea de gallos que él imponía, yo sabía que vencería la razón; pero él no reconocería esa victoria sino que la disfrazaría con su propia victoria insolente, que era la victoria de las apariencias; para él era importante quedar bien delante de los demás; y así, las derrotas injustas que él había sufrido se redimirían con la injusticia que él mismo impondría a los demás disfrazándola de fuerza; ofendiendo a una persona que él sabía que no lo iba a ofender; y sabía también que, debajo del teatro que veían todos, había también otro teatro escondido; uno donde la insolencia había perdido la batalla frente a la fuerza comprensiva de la razón. Me encaré con él.

            -¿Te he gritado? –Un silencio acusador-. ¿Entonces por qué me gritas? ¿Te he faltado al respeto? –Otro silencio retador-. ¿Entonces por qué me faltas al respeto? ¿Acaso no te estoy tratando con cariño? –Nuevo silencio-. ¿Entonces por qué me fulminas con la mirada, por qué me lanzas rencor, por qué me odias, si yo no te odio? 

            Hubo un silencio que él quiso que fuera breve; en el teatro del mundo las apariencias te dan la victoria si no te quedas callado, aunque te falten razones; si dices tú la última palabra; gana siempre quien manda callar al otro.

            -Me has gritado.

            -¿Yo? ¿Te he gritado yo? ¿Yo te he gritado?

            -Sí.

            Bajé los brazos derrotado; derrotado por la sinrazón, que es la expresión más clamorosa de la derrota.

            -Me gritaste el otro día.

            Me quedé mudo. Apabullado por la estupidez de aquel chico.

            -¡Ah! –dije-. Y lo que decimos ahora está marcado por lo que dijimos ayer. –Subrayé mi ironía acusándolo con un silencio y luego proseguí-. Yo no tengo costumbre de gritar a nadie, ya ves, y a veces la culpa no la tienen los demás. ¿Tú no tienes nunca la culpa? ¿Tú no metes nunca la pata? ¿Nunca te equivocas? Yo no tengo costumbre de gritar y ahora me has ofendido, y mientras tú me ofendes yo te estoy contestando con tranquilidad: de modo que algo habrías hecho el otro día para que yo te gritara; si es que te grité.

            Él guardó silencio con la boca pero habló con la mirada; y sus ojos lanzaban chispas bíblicas como fulminantes lenguas de fuego; todos lo pudieron ver.

            -Trátame con insolencia: yo no seré insolente contigo. Fáltame al respeto que yo a ti no te faltaré, ódiame si quieres: pero no conseguirás que te odie ni que se apague ni un ápice este cariño que te tengo. Pero quiero que tengas bien clara una cosa: que todo este afecto que siento no está hecho de sensiblerías vanas sino de fuerza; una fuerza cálida y comprensiva, la fuerza de la razón; que es también, por si quieres saberlo, la fuerza de la amistad.

            Y di la cuestión por zanjada. Luego seguí con la clase hasta que sonó el timbre; y supe que, en el secreto del teatro donde no hay victorias ni derrotas falsas, las razones habían removido algunas briznas de su pecho. Entonces cogí mi cartera y me dirigí al aula siguiente. 


ÚLTIMA CLASE

            La ética nos sirve para saber estar. Pero ¿cómo sabremos cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Cómo aprenderemos dónde, cuándo y cómo tendremos que estar en él? ¿Y por qué tenemos que estar así y no de otra manera? Hay una regla muy sencilla: estar en el lugar que te corresponde es comportarse como ese lugar te pide que te comportes. Tu lugar ante un semáforo en rojo está antes, y no después, del semáforo; porque ese semáforo te ordena que te quedes parado, te lo pide desde el código de la circulación; si estuviera en verde te pediría que avanzaras, y en ámbar te diría que te fijaras en el cruce, que tuvieras cuidado, pero ahora está en rojo. Los distintos lugares por los que pasamos nos hablan, nos dicen cómo tenemos que comportarnos. Estar bien en un sitio es comportarse como ese sitio quiere que nos comportemos.

            Estar bien en un váter público es usarlo sin mancharlo. Estar bien en el fútbol es jugar sin coger la pelota con las manos. Estar bien en clase es venir dispuesto a estudiar y no a jugar con la pelota. Estar bien en casa es respetar a tu familia. Estar bien como estás es cumplir con las normas de cada sitio, y estar en paz con las normas es obedecer a la lógica de las cosas, de los lugares: hacer lo que las cosas sirven para hacer, y no utilizarlas de manera absurda; un vaso sirve para beber, no para jugar a los dados, una biblioteca sirve para leer, no para comer, un comedor sirve para comer, no para leer, y un laboratorio no sirve para jugar sino para hacer experimentos; porque si comemos en las bibliotecas, leemos en los comedores, jugamos en los laboratorios y  miramos por los vasos, veremos mal cuando miramos, nos indigestaremos leyendo, se nos mancharán los libros y nos quemaremos con ácido. Y como hay veces que nos falta tiempo para hacer las cosas, es posible que tengamos que leer mientras comemos pero eso será excepción y no la regla; las excepciones ajustan la regla a las necesidades de cada día porque las normas sirven para vivir libres, no para encadenarnos; no es la vida la que se debe plegar a las normas, sino las normas las que se pliegan a la vida; toda norma es justa si nos facilita las cosas, y por lo tanto las que lo entorpecen todo no pueden ser normas justas.

            Pero ¿cómo podremos saber si una norma es justa? Saber estar en tu sitio, saber obedecer, saber estar en el mundo es la mejor manera de ser felices. Si necesito buscar trabajo es mejor que no vaya con la camiseta del Che, porque el empresario que me lo ofrece podría sentir la tentación de no dármelo. Si quiero jugar al fútbol es mejor que no toque la pelota con la mano, porque el árbitro pararía el juego y, si no dejo de hacerlo, me acabaría expulsando y entonces ya sí que no podría jugar. Y si utilizo un microscopio para mirar el cielo es seguro que no veré ni el cielo ni los microbios, ni las estrellas ni las células, que es para lo que está hecho el microscopio. El primer criterio para usar las cosas es la lógica, que me proporciona utilidad; el segundo, cuando no sabemos qué cosas son útiles, es la empatía

            Porque toda la ética se resume en un solo principio: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. No ensucies el váter de la estación porque no te gustaría que quien lo hubiera usado antes que tú te lo hubiera dejado sucio. No te saltes los semáforos en rojo porque no te gustaría que tú, que vas correctamente por tu sitio, te chocaras con un coche que se ha saltado el semáforo cuando tú pasabas. Y no comas mientras lees el libro que te han prestado porque a ti no te gustaría que otros comieran mientras leen el libro que tú les prestaste; y te lo mancharan.

            Ésa es la empatía: ponerte en lugar de los demás para sentir como sienten ellos, para pensar como ellos piensan. Kant lo llamaba imperativo categórico. Pero hay más. El imperativo categórico te dice qué cosas debes hacer. La asertividad te dice cómo debes hacerlas. Debes hacer las cosas (no te digo cuáles) las que a ti te gustaría que te hicieran. Y cuando te piden otras que no están bien debes rechazarlas sin enfadarte. Si insultas a quien te ofrece un cigarro que atenta contra tu salud, estás abusando de él, por insultarlo; le estás diciendo las cosas de mala manera; y si aceptas, estás dejando que abusen de ti porque, por no atreverte a decir que no, permites que los demás te obliguen a hacer cosas que tú no deberías nunca hacer por ellos; lo que tienes que hacer es aprender a decir que no sin ofender a nadie, pero sin dejar tampoco que nadie te ofenda.

            La agresividad le quita paz a la vida, la sumisión le quita libertad, y la única forma de vivir libre y en paz es siendo al mismo tiempo amable y firme: eso es ser asertivo. El imperativo categórico te dice cómo debes hacer las cosas; la asertividad, cómo debes renunciar a hacerlas; recházalas siempre pensando en los demás cuando piensas en ti y no hagas a los demás lo que a ti no te gustaría que te hicieran; y, sabiéndolo, no te hagas a ti lo que sabes que no les gustaría a los demás que les hicieras. Una balanza es un dispositivo que mide un peso con ayuda de otro peso (al que llamamos contrapeso). La balanza de la ética es el saber estar, que tiene la empatía (o dicho de otro modo, el imperativo categórico) como peso y la asertividad como contrapeso; esa conducta que nunca es agresiva, pero tampoco sumisa. Veámoslo ahora con un ejemplo: la persona a la que le gusta sufrir, el masoquista.

            Entre un masoquista y alguien que no lo es hay también un punto de coincidencia: y es que los dos quieren que les hagan cosas que a los dos les gustan, aunque no sea de la misma forma; aunque uno sienta placer sufriendo y otro lo sienta evitando el sufrimiento.  

El masoquista no debe hacer sufrir a los demás so pretexto de que eso es lo que a él le gusta; tiene que dar gusto a los demás con lo que les gusta a ellos, no con lo que le gusta a él. No hacer a nadie lo que a uno no le gustaría que le hicieran significa que si a ti te gusta sufrir, pero a los otros no, no tienes por qué darles ese sufrimiento: debes darles el gusto por el placer que ambos compartís, él sin sufrir y tú sufriendo; es un placer que conseguís ambos por distintos medios; que a mí me guste sufrir no significa que yo te tenga que hacer sufrir a ti, porque a lo mejor a ti no te gusta. Lo que hay que buscar en los demás es la necesidad de estar bien y no los medios con los que cada uno se procura ese bienestar. 

            Ahora bien: no sólo hay que saber estar, sino que también hay que aprender a ser uno mismo: sin intentar adulterarse, como se adultera la mantequilla cuando pasa el tiempo y se pone rancia. ¿Sabéis por qué se pone rancia? Porque no la hemos puesto en su sitio, que es el frigorífico. Saber estar en nuestro lugar es la mejor manera de saber ser lo que cada uno es, sin adulterarse. Quien sabe que vale para la pintura, su sitio es el taller, y quien vale para la música, su sitio es el conservatorio. Hay que aceptarse como se es y no rechazarse a sí mismo, eso es el respeto. O dicho de otro modo: no basta con saber estar, también hay que saber ser en la vida.

 Si yo soy bajo de estatura sería un iluso que pretendiera ser alto, porque tengo la obligación de aceptar lo que la naturaleza me ha dado. Mírate en el espejo: ése eres tú. Acéptalo. Hazte amigo de ése que ves ahí porque él será siempre tu mejor amigo. Acepta a ese ser que tienes dentro, búscalo, encuéntralo y quiérelo mucho, porque él es quien más te va a querer en la vida. No quieras cambiarlo: cualquiera que pongas en su lugar valdrá menos que tú, siempre estará adulterado. Y tú eres quien más vale para ti, que no te quepa duda. Podrás llevar la vida de otro pero nunca la llevarás como si fuera la tuya; podrás fijarte en los demás para mejorar, podrás imitarlos para sacar lo mejor que tienes dentro, los utilizarás a ellos de modelo, pero nunca podrás cambiarte por ellos; puede que quieras ser como Beethoven porque quieres superarte como se superó él, pero sólo te superarás haciendo tus propias cosas, no las que hizo Beethoven.

Así que ya lo sabes: vive tu propia vida y no vivas nunca la de los demás; para ser tú mismo tendrás que mirarte en los demás como en un espejo, sí, y en ese espejo habrá imágenes que seguramente te ayudarán, pero no olvides que esas imágenes no son tuyas aunque te parezcas a ellas; puedes estar en ellas pero tú eres más que una imagen, tú eres tu modelo; mejorarás imitando las virtudes ajenas pero imítalas solamente para que te ayuden a ser tú mismo. Porque si quieres cambiarte por ellos acabarás adulterándote, como la mantequilla, y tu vida se volverá rancia, y no serás auténtico. 

            No me sorprendió que me dieran un aplauso cariñoso a modo de despedida. Me sorprendió, sin embargo, que la persona que más aplaudía fuera la que siempre me había rechazado, o eso era lo que yo creía: siempre seria conmigo, severa, distante, desafiante y hasta agresiva, así la recordaba yo hacía años. Ahora resultaba que, como ella, quienes más se enfrentan a nosotros tal vez sean, a la larga, quienes más se empapan con nuestras palabras; esas palabras severas, inexorables, duras, terriblemente sinceras, y siempre cargadas de cariño que son, en definitiva, las palabras donde se esconde el secreto de la ética.


viernes, 19 de junio de 2020

CIENCIA Y CREATIVIDAD



CIENCIA Y CREATIVIDAD


            El método hipotético-racional empieza con la observación de fenómenos: por ejemplo, cuando yo veo que los perros, los gatos, las nutrias y los ratones tienen pelo, dedos, esqueleto, mamas y dientes. Me llama la atención que todos tienen pelo. Mi pregunta es: ¿qué tipo de animales tienen pelo? Viene aquí una tanda de ejemplos y contraejemplos; en ella voy examinando las distintas características que se me ocurren.
            El esqueleto. Los animales que tienen huesos tienen pelo. Pero los lagartos también tienen huesos y no tienen pelo: esta hipótesis no me vale.
            Los dedos. Los animales con dedos en las extremidades tienen pelo. Pero los pájaros tienen patas con dedos y sin embargo no tienen pelo: esta hipótesis tampoco me vale.
            Las mamas. Los mamíferos tienen pelo. Ahora sí: todos los animales con pelo que he observado (perros, gatos, nutrias y ratones) tienen en común el ser mamíferos.
            Ahora tengo que hacer la pregunta al revés: ¿todos los animales que tienen pelo son mamíferos? Busco entre los animales con pelo hasta dar con alguno que no sea mamífero: las moscas.
            De modo que todos los mamíferos tienen pelo, aunque no todos los animales que tengan pelo son mamíferos. Me voy a quedar con los mamíferos: ése es el fenómeno que voy a estudiar.
            Recapitulemos. Lo que hemos hecho se puede condensar en los siguientes pasos:
            Primero: hemos observado que algunos animales que forman parte de nuestra experiencia (perros, gatos, nutrias y ratones) tienen pelo.
            Segundo: hemos hecho una lista de características que comparten esos animales; todos ellos tienen dedos, esqueleto, mamas y dientes.
            Tercero: hemos asociado una a una estas características con el pelo en la piel y hemos descartado estas asociaciones por medio de contraejemplos.
            Cuarto: cuando hemos encontrado alguna asociación sin contraejemplos la hemos convertido en nuestra hipótesis: los mamíferos tienen pelo.
            Quinto: ahora vamos a poner la oración al revés y preguntarnos si todos los animales con pelo son mamíferos, y hemos encontrado que no; porque las moscas, que tienen pelo, no son mamíferos. Decidimos estudiar todo lo que dice la hipótesis (que los mamíferos tienen pelo), pero nada más (es decir, no nos vamos a interesar por animales que, como la mosca, tienen pelo sin ser mamíferos). Vamos a buscar mamíferos desconocidos (o que no forman parte de nuestra experiencia) y buscar pelos en su piel. Nos fijaremos en los leones, los tigres, los elefantes, los hipopótamos y los cetáceos y estudiaremos su piel: a ver si tienen pelo.
            Si para formar la hipótesis hemos conectado la característica de tener pelo con alguna otra característica (tener huesos, dedos, dientes o mamas) y hemos postulado el binomio pelo-mamas, ahora debemos averiguar si este binomio se da también en animales desconocidos como los cetáceos, el dragón de Komodo, los hipopótamos o el pangolín.
            Hemos observado cierta cantidad de animales que compartían una cualidad: ser peludos.
            Hemos relacionado esta cualidad con otra: la de ser mamíferos.
            Ahora tenemos que ampliar la cantidad de animales observados para ver si la relación entre estas dos cualidades se mantiene. 


            Es decir que tenemos que pasar de unos pocos animales observados (algunos mamíferos tienen pelo) al conjunto de todos ellos (todos los mamíferos tienen pelo). O sea que junto a los animales que conocemos bien (el perro y el gato, por ejemplo) tenemos que observar animales que o bien no los conocemos (como el pangolín) o bien los conocemos mal (como el rinoceronte y los delfines). Si se comprueba que todos tienen pelo habremos comprobado (demostrado) nuestra hipótesis.
            Pero esta demostración no es definitiva, porque siempre nos quedarán mamíferos por conocer.
            Los pocos animales con pelo que tenemos a la vista comparten una serie de cualidades (dientes, pelo, huesos, mamas): ésa es la parte conocida. Luego hemos tenido que buscar cuál o cuáles de esas cualidades están relacionadas con el pelo: es la parte desconocida, que cuando acabamos conociéndola se convierte en descubrimiento (es la asociación pelo-mamas: descubrimos que la característica de tener pelo en la piel corresponde a los mamíferos). Y entonces el conocimiento de que mamíferos como el perro, el gato, la nutria o el ratón tienen pelo se convierte en la parte observada; a partir de ella tenemos que llegar a un nuevo descubrimiento, esta vez cuantitativo (decimos también: en extensión): descubrir mamíferos nuevos y comprobar si tienen pelo; cuantos más descubramos más corroborada estará la hipótesis, aunque nunca estará demostrada del todo (nunca sabremos si ya no nos quedan mamíferos por descubrir).
            A la parte conocida, tanto si es cuantitativa o en extensión (número de animales observados) como en comprensión, es decir cualitativa (cualidades o características observadas en esos animales), la podemos llamar de varias maneras: parte observada, datos, parte empírica o suelo empírico, realismo, exploración.
            A la parte desconocida, tanto cuantitativamente (número de animales que nos quedan por observar) como cualitativamente (cuáles son las cualidades que tenemos que relacionar, en este caso pelo-mamas), también la podemos llamar de varias maneras: parte inventada, especulación o parte especulativa, creación racional o incluso fantasía; techo especulativo, en definitiva.
            Al descubrimiento cuantitativo lo llamamos inducción, y normalmente las inducciones científicas suelen ser incompletas porque el número de individuos y de especies es potencialmente infinito: por muchos cuervos negros que hayamos visto siempre nos quedarán muchos otros por ver, y no sabemos si algún día aparecerá alguno que no sea negro.
            Al descubrimiento cualitativo lo llamamos creación o construcción especulativa, y podemos llegar a él por intuición, deducción, hábito o analogía; en todos estos casos puede ser de manera consciente (razonamiento) o inconsciente (imaginación, inteligencia intuitiva). El pensamiento inconsciente responde seguramente a lo que los psicólogos llaman insight o comprensión súbita y los metafísicos prefieren llamar iluminación, que es como una fulguración mental, una inspiración, una corazonada, un destello. 


            La observación con la que empiezan las investigaciones empíricas es la exploración previa de la realidad, y puede ser intencional o espontánea. Intencional: cuando quiero resolver un problema. Espontánea: cuando la realidad me plantea problemas percibiendo, en mi experiencia cotidiana, cosas por las que inicialmente no tenía ningún interés. Cuando nos fijamos mucho en las cosas lo que hacemos es escrutarlas, acercarlas a nuestra vista, desmenuzarlas: y eso es lo que habitualmente llamamos análisis.
            Lo que hemos llamado hipótesis viene a ser una iluminación, una revelación donde la realidad oculta se nos aparece, que puede tener más de creación (si la idea ha sido construida por nosotros) o de descubrimiento (si nos es más bien impuesta por la realidad, dada por los hechos). Se trata de síntesis a partir de los fenómenos observados, como cuando juntamos las características “pelo” y “mamas” para formar la proposición “todos los mamíferos tienen pelo”.
            Las predicciones son consecuencias deducidas de la hipótesis, a menudo como efectos causados por ella. Puede ser inductiva o creativa.
            a) Inducción. También se trata aquí de una revelación, pero mientras que en la hipótesis lo que se revela es una relación entre dos cualidades (pelo-mamas), en la predicción lo que se revela son cantidades nuevas de individuos, por ahora desconocidos, que comparten este binomio: y esto es lo que hemos llamado inducción.
            b) Creación. También, como en la hipótesis, pueden hacerse deducciones, inducciones, asociaciones creadas por el hábito y analogías; sólo que, en vez de partir de una característica (el pelo) para buscar otra (las mamas), aquí partimos de un par de características (pelo-mamas) para buscar una tercera (por ejemplo la crianza: los mamíferos crían a sus hijos, los reptiles y los peces no). El aspecto creativo, intuitivo, racional o imaginativo está en que no sabemos, de entre todas las cualidades en número elevado y a veces infinito, cuál es la que tenemos que elegir; y por eso la imaginación interviene tanto o más que la lógica en la creatividad; lo conseguimos variando el enfoque para mirar, porque si la hipótesis funciona como un faro que nos deja ver, la intuición (más que la inducción) nos va diciendo, razonadamente o por tanteo, hacia dónde tenemos que enfocarlo.
            Lo que llamamos contrastación es el cotejo de las hipótesis (o, si no se puede, de algunas de las consecuencias predichas por la hipótesis) con la realidad: esto es el experimento. Si la factura de la luz es menos cara en verano puedo suponer que es porque en invierno consume mucho la calefacción eléctrica; de ahí puedo predecir que cuando vuelva el invierno volveré a consumir más, y si eso sucede, será que mi previsión era acertada. Y si la lluvia quema los campos puedo imaginar que tal vez sea por el humo de las fábricas; dependiendo de los productos de desecho de la fábrica que hay al lado puedo anticipar que, analizada en el laboratorio, una gota de lluvia tendrá rastros del ácido correspondiente: si el resultado es conforme a lo predicho, el experimento habrá sido concluyente.
            Las predicciones que han sido comprobadas las vamos almacenando en un libro de leyes de la naturaleza. Cuando vamos descubriendo relaciones de dependencia entre unas leyes y otras descubrimos también unas pocas de las que se pueden deducir todas las demás, y entonces formamos una teoría; una teoría es un conjunto de conocimientos ordenados según una estructura determinada. Las teorías científicas se están comprobando continuamente. A menudo construimos estructuras matemáticas para ordenarlas mejor y las convertimos en teorías axiomáticas. Una teoría es un sistema que contiene un conjunto de elementos dotados de una estructura que los ordena; la teoría de Newton recoge las leyes de la mecánica de los sólidos; la de Darwin estudia la evolución de las especies explicada por selección natural; la de Fernand Braudel ordena los acontecimientos históricos a partir de la estructura de las tres temporalidades; y así sucesivamente.


viernes, 30 de septiembre de 2016

Sobre la tolerancia






SOBRE LA TOLERANCIA

 

  1.  

            Uno se siente orgulloso del dinero que ha ganado con su esfuerzo, con su trabajo. Muchos consideran justo disponer de él en beneficio propio; a otros, sin embargo, les perece bueno destinar una parte a aliviar la vida de quien no ha podido ganarlo. Los primeros valoran sobre todo la libertad de disfrutar, como les parezca, de lo que han ganado; un goce basado en el mérito, y un mérito obtenido a base de esfuerzo y sacrificio, que muchas veces consiste en tener iniciativa y audacia; pues tener iniciativa es ser creativo, tener ideas, ocurrencias, y realizarlas de forma responsable; y ser audaz, ya se sabe, es asumir riesgos. Los segundos, por el contrario, valoran más la solidaridad independientemente de que su dinero sea o no fruto de la iniciativa; lo más importante es que el necesitado también tenga posibilidades de disfrutarlo: llamo necesitado a quien no ha tenido oportunidades para ser audaz, no a quien carece de dinero (y aunque lo primero lleva necesariamente a lo segundo, lo segundo no siempre desemboca en lo primero).
            Los valores de la iniciativa se atribuyen tradicionalmente a la derecha (en el universo liberal); y los de la solidaridad suelen ser las señas de identidad de la izquierda: así, la derecha es más sensible al esfuerzo por crear riqueza, y la izquierda al esfuerzo por repartirla; y ambas (derecha e izquierda) son igualmente capaces de crear ideas.
Pero hay gente buena y gente mala. Llamo gente buena a quien es incapaz de hacer a los demás lo que sanamente no se haría a sí misma; y gente mala a quien es capaz de hacerlo. Hay una falacia, y es pensar que la búsqueda de la solidaridad es propia de la gente buena (y por tanto la izquierda es siempre buena); con lo que la búsqueda de la riqueza sería propia de la gente mala (y a la derecha no le quedaría más remedio que ser mala): nada más lejos de la realidad. Hay buenas personas en la derecha (yo no sé si Bill Gates sería buen ejemplo de ello) y buenas personas en la izquierda (por ejemplo Olof Palme). Y en la derecha ha habido gente mala y hasta muy mala (Hitler) como también la ha habido en la izquierda (Stalin).
Con esto intento hacer caer un viejo tópico: que la derecha siempre ha procurado explotar a los trabajadores y perseguirlos y matarlos y exterminarlos y esclavizarlos; afirmar esto supone no distinguir entre derecha moderada, derecha pura y extrema derecha; durante la transición española el líder comunista Santiago Carrillo solía distinguir entre derecha cavernícola y derecha civilizada; con la primera no se puede pactar (decía él) y con la segunda sí. Decir, ahora, que toda la derecha es igual y pretender taparle la boca es hacer gala de una intransigencia que no promete nada bueno; esa actitud desembocó en su día en la persecución a la Iglesia y en la quema de conventos; lo cual es comprensible porque la Iglesia también había llamado a los militares a reprimir cualquier aspiración de la gente pobre a ser feliz. Aquella derecha se entregó a una represión sangrienta y despiadada; pero hoy no todos son así. Aunque a algunos les gustaría volver a las andadas.
¿Qué es la intolerancia? No dejar hablar a quien no piensa igual que nosotros; el siguiente paso es no dejarle vivir. El intolerante divide el mundo en blancos y negros, y actúa como si los que no son blancos fueran negros: craso error, que reposa sobre una confusión lógica, la confusión entre contrariedad y contradicción. Lo negro es lo contrario de lo blanco: lo rojo, no; lo rojo no es su contrario, sino su contradictorio; los extremos se odian a muerte, lo que hay entre ellos convive sin odiarse: hay entre el blanco y el negro una infinita variedad de grises; y lo que no es blanco ni negro (es decir la contradicción) es inmensamente rico y permite el enriquecimiento recíproco. La intolerancia surge cuando pensamos que lo que no es blanco tiene por fuerza que ser negro, y que quien no está conmigo tiene necesariamente que estar contra mí. Pero cuando reconocemos que en medio de los extremos está la variedad de la vida, entonces la diferencia no nos empujará a la guerra, sino al diálogo: y estaremos viviendo en la tolerancia. La vida es lucha, sí, pero no con balas, sino con palabras; que a la dialéctica de Sócrates no sé quién le opuso la dialéctica de los puños y las pistolas. 

 

Contaba Buñuel una vieja broma. Decía que al salir a la calle vio un día un cura, y ante semejante provocación no pudo menos que darle un puñetazo. Aquella broma retrataba muy bien lo que es ser intolerante: el intolerante no sabe dirigirse al adversario si no es insultándolo y mandándole callar, cuando no matándolo. Pero quien no es intolerante sabe apreciar la infinita variedad de la vida; y quienes no piensan como él no son sus enemigos, sino sus adversarios; un adversario es el que saca de ti lo mejor que tienes, enfrentándose a ti con todas sus fuerzas; un enemigo es el que te mata. No hay cosa más enternecedora que dos deportistas dándose la mano después de haber luchado a brazo partido; en el tenis; en el rugby; y así debía ser en la política.
Yo pienso que las víctimas del franquismo deben ser sacadas del olvido, rescatadas en su dignidad, ya que fueron idealistas, leales y no forajidos. Tú piensas que ya está bien de remover el pasado, que el pasado está muerto. Yo te digo que no podemos dejar en paz a los muertos, como decía Gabriel Celaya, porque los muertos no están enterrados, sino desaparecidos. Tú me contestas con Celaya: “¡allá los muertos, que entierren como Dios manda a sus muertos!” Y yo te digo: “estamos de acuerdo, porque eso es precisamente lo que queremos: enterrarlos; para eso tenemos que encontrarlos primero, y luego conseguir que todo el mundo reconozca que no fueron traidores, sino leales al gobierno”. ¿Ves? Nos hemos puesto de acuerdo. Hablando. No disparando ni una sola bala. Aceptándonos, sin descalificaciones ni peleas. A esa actitud nosotros la llamamos tolerancia.
No estoy de acuerdo con lo que tú dices (decía Voltarie): pero me batiré hasta la muerte, si es preciso, hasta conseguir que puedas decirlo. La esencia de la democracia es el diálogo; y la esencia del diálogo no está en hablar, sino en escuchar. Si hablo yo solo y mando callar a quien no está de acuerdo conmigo eso ya no será diálogo, sino monólogo: o sea, tiranía; porque mis razones se estarán imponiendo por exclusión del otro. Dialogar es no excluir a nadie, sino aceptar al otro, escucharlo, porque todos tenemos derecho a la palabra: isegoría; ése es el lema de la democracia ateniense; nadie tiene por qué mandar callar a nadie, siempre que nadie impida que hablen los otros. Y no hablar con insultos, sino con razones.
Alguien ha dicho que la razón es lo contrario de la arbitrariedad. Hay que defender nuestras ideas con palabras: para eso necesitamos un adversario. Si tapamos la boca del adversario ya no tendremos con quién hablar: y entonces nos quedaremos solos; y acabaremos por parecernos a Hitler o a Stalin. Un adversario es alguien que nos aporta ideas que no habíamos pensado antes, porque nosotros pensábamos de otro modo. Un adversario es un espejo donde mirarnos, y al mirarnos nos vemos a nosotros mismos, y si no hay espejo no tendremos donde mirarnos. Un adversario es un amigo: que con sus críticas nos muestra lo que no veíamos, y gracias a él lo vemos ya, y desaparece la cara oculta de la luna. ¿Cuál es el mejor padre, la mejor madre: quienes  hacen lo que dicen sus hijos, o quien los critica cuando se equivocan para darles la posibilidad de cambiar? La crítica es lo contrario de la intolerancia. Criticamos lo que más queremos, porque silenciar nuestras críticas no seria amor verdadero.
¿Y qué ocurre  cuando nos tapan la boca? Que dejamos de ser libres. Los amigos, como los padres y los hijos, si dejan de ser libres de decir lo que piensan ya no son verdaderos amigos. Si, por no incomodar al otro, hacemos como si no hubiera pasado nada, la herida se estará cerrando en falso. ¿Debe cicatrizar una herida antes de limpiarla, cuando aún no hemos vencido el foco de la infección? Seguir como si nada hubiera pasado es dejar de ser amigos y dejamos de ser libres: porque el único límite que le ponemos a nuestra libertad son los derechos de los otros; mi libertad termina donde empieza la tuya.
Muchas veces he pensado en lo que sería un mundo libre. Antaño no podíamos hablar porque nos lo impedía el despotismo. Y ahora que no hay déspota nos convertimos en déspotas nosotros mismos. Lo decía Unamuno: tenemos a la inquisición metida en nuestra cabeza. Le hacía coro ortega y Gasset cuando nos animaba a desconfiar de aquel que no se esforzaba en comprender a sus enemigos. Y es que amar a sus amigos lo hace cualquiera; todos comulgan con su equipo y denigran al adversario, nos identificamos con nuestro partido, nuestro sindicato, y vapuleamos a los demás. Un Capuleto sólo puede amar a un Capuleto, y por eso Julieta siempre tendrá prohibido amar a Romeo. Ahora bien, amar a nuestros amigos es cosa fácil, lo difícil es amar a nuestros enemigos, y ése es el camino por el que debemos dirigir nuestros esfuerzos: lo decía un tal Jesús de Nazaret; por lo menos es lo que cuenta el evangelio.

 

2.

            Otra forma de intolerancia que tienen los jóvenes es la manía de etiquetar: éste es un friki, un hipster, un pijo, un sharpero, un skin, un grunge, una tribu urbana de tal y tal… y entonces, inmediatamente, queda marginado; ponerle una etiqueta a alguien es meterlo en un cajón con otras personas similares a él y tratarlos a todos por igual; y si esa categoría de personas no nos gusta, inmediatamente queda excluido de nuestro trato: excomulgado, incomunicado, aislado, solo. Pepe no es Pepe, es un pijo; Beatriz no es Beatriz, es una mujer; poner etiquetas es meter a una persona dentro de un grupo y juzgarla igual que juzgamos a todos los que pertenecen a ese grupo; querer que reaccione como todos los miembros de su grupo (no de manera personal, sino estereotipada); debe ajustarse a su cliché, como si todos los miembros del grupo fueran copias fieles del mismo cliché, clones idénticos unos a otros, individuos indiferenciados, no personas distintas; porque yo, aunque sea un hombre, no me comporto igual que todos los hombres, como supone el viejo cliché femenino: “todos los hombres sois iguales”.  
Acosar a una persona es aislarla, y la mejor forma de aislamiento es ponerle una etiqueta, que es como un muro o una valla con la que la separamos de los demás; con la etiqueta juntamos a todos los que se parecen en un campo de concentración, los tratamos como si fueran iguales y nos olvidamos de ese pequeño detalle que importa tanto: porque en ese casi nada está toda la diferencia. Y si tú eres un empollón y no te comportas como tal, recibirás burla y escarnio, porque una persona que estudia debe comportarse como un empollón (por cierto, ¿cómo se comportan los empollones?). Pero si te comportas como un empollón también recibirás burla y escarnio: no tienes escapatoria, vayas por donde vayas estás pillado. No sólo te catalogan con una etiqueta, sino que si no te ajustas a la etiqueta no pintas nada; y si te ajustas tampoco. Tienes una cruz: eres cristiano. Una estrella de David: eres un judío. Un martillo y una hoz: eres un comunista. O tienes una svástica: eres un nazi. Dejas de ser persona, te conviertes en una definición, un estereotipo, uno de tantos; en adelante sólo serás una etiqueta; ya eres un objeto, una cosa sin derechos, no una persona (que es un ideal que quiere realizarse), sino un individuo (que es uno más en un grupo donde todos son iguales); no eres un ideal, un sueño, sino una realidad que ya no puede soñarse. La persona ama, el individuo compra el amor en un prostíbulo. Cuando la prostituta ha acabado contigo en seguida te dice: “¡el siguiente!” Y Jacques Brel, cuando le cantaba al joven fracasado que había dejado los estudios para enrolarse en el ejército, lo mostraba formando en fila delante de los prostíbulos; y cuando por fin encuentra a una chica que le quiere, aún se despierta por las noches atacado por la fiebre, soñando que le dice, después de hacer el amor: “¡el siguiente!” Todos los siguientes del mundo deberían darse la mano, es lo que se dice el recluta en su deliro; y llorando su fracaso el poeta lo viene a compadecer, reivindicando a los individuos que sólo son uno de tantos, los que son iguales a los demás como madalenas sacadas del mismo molde, los que tienen una etiqueta como hormigas condenadas a ser números anónimos dentro del hormiguero, los que nunca serán ellos sino sólo una copia de los demás: eso es lo que nos dice Jacques Brel. Todos somos iguales en derecho, porque todos valemos lo mismo: valemos lo máximo; por eso nadie vale más que nadie, como dice el viejo refrán castellano; porque no se nos puede comprar ni con todo el oro del mundo, por eso tenemos valor, no precio; y como somos tan valiosos todos tenemos derecho a desarrollar nuestra vida siguiendo nuestro propio camino, sin que ese camino nos lo impongan nuestra tribu, nuestro sexo o nuestra religión. Lo decía Antonio Machado: se hace camino al andar; y por eso, iguales en derechos, somos profundamente diferentes en nuestros hechos, en nuestra naturaleza, en nuestras acciones; y ninguna etiqueta puede reflejar fielmente nuestra verdadera identidad. 

 

Lo que nos impide comprendernos es la distancia. Vemos las cosas desde lejos y es porque los toros se ven muy bien desde la barrera. Un poema tiene Machado donde se mete en el pellejo de un condenado a muerte, y se esfuerza en sentir como él debe sentirse y se compadece de él; y mientras tanto las turbas, tratándolo como asesino, lo insultan e increpan, y hasta algún exaltado, si le dejaran, le gustaría también tirarle piedras. A esta falta de corazón, a esta crueldad con el que se le hemos puesto la etiqueta de asesino (como aquel otro asesino al que le pusieron un INRI en la frente), abruma y desconcierta. Lo bueno es que el que más se exalta con el ataque al condenado suele ser el que tiene el corazón más sucio. Por eso dijo Jesús: “el que esté libre de culpa que tire la primera piedra”. Y esos culpables que se pasean con dignidad, porque nadie les ha puesto la etiqueta de culpables, son capaces de ver la paja en el ojo ajeno pero no pueden ver la viga que tienen en el suyo. O lo que es lo mismo, no son sensibles a la crítica; porque lo primero que debemos criticar es a nosotros mismos. Criticar es ver las cosas y para ver hay que mirar, y el intolerante no quiere mirar porque teme verlo todo de manera diferente a como él quiere verlo.
El terrorismo es deleznable, pero ¿nos hemos puesto alguna vez en la mente de un terrorista? Antes de condenarlo ¿sabemos por qué piensa como piensa, siente como siente, reza como reza? Nadie dice que haya que justificarlo, pero sí tenemos que comprenderlo. “Camada negra” es una interesante película de Manuel Gutiérrez Aragón; en ella se muestran las vivencias, frustraciones y desvaríos de un terrorista de extrema derecha: interesante ejercicio de comprensión. No se trata de tolerar la violencia: se trata de comprenderla; si la comprendemos, pondremos las bases de su erradicación, como cuando el médico que comprende una enfermedad ya está empezando a curarla. ¿Cómo voy a curar un melanoma igual que un grano? ¿Cómo podría yo curar ese lunar sangrante si no he comprendido el origen de esa sangre?
Tolerancia es aceptar las opiniones de los demás, y el límite de la tolerancia es cuando las opiniones incitan a la violencia. Y si con la violencia no debemos ser tolerantes, sí debemos ser comprensivos. Tolerar es respetar y respetar es aceptar, y no aislar ni a las personas ni a las ideas. Aceptamos a los demás cuando los escuchamos, no cuando los obligamos a que nos escuchen ellos. La mejor forma de respeto es el diálogo: un intercambio de ideas, sentimientos y experiencias desde la escucha.
Un sofista de nuestra época ha desarrollado un curioso argumento contra la tolerancia. “¿Os imagináis que yo le diga a mi mujer: te tolero? Sería absurdo. Tolerar a las personas no es amarlas, y yo a mi mujer la amo”. Por lo tanto concluía, muy ufano: “yo soy intolerante”. Y la gente aplaudía a rabiar. Luego, cuando salieron a la calle, se produciría un salto semántico; y de la tolerancia que es menos que amar desembocarían en la tolerancia que es lo contrario del amor. Conclusión insoslayable: si yo quiero amar, debo ser intolerante; o sea que debo practicar la violencia. La violencia es lo mismo que el amor: ésa es la paradoja que le gusta al intolerante.
Pero cuando nosotros hablamos de tolerancia no nos referimos a eso. La tolerancia de la que estamos hablando no consiste en soportar, apechugar o aguantarse. La tolerancia de la que queremos hablar consiste en respetar, y cuando la otra persona no nos respeta, lo que debemos hacer es comprenderla como única terapia. “¡No tolero tus insolencias!”, decimos a veces. Es verdad: no hay que tolerar la falta de respeto. Pero sí debemos tolerar las opiniones respetuosas que se dicen de forma respetuosa: tolerar, que en este segundo sentido (ya lo hemos visto) significa respetar, es lo mismo que aceptar a los demás, aceptarlos como son, sin obligarlos a que sean iguales que nosotros, como si nos sintiéramos inseguros y amenazados cuando todos los que nos rodean no están vestidos con nuestro mismo uniforme. Pero aún hay más: debemos aceptar también que los demás no son un bloque monolítico, sino que ellos también son diferentes entre ellos. Sin prejuzgarlos. Sin estereotipos. Sin querer que todos se comporten de la misma manera, sin obligarlos a todos a ajustarse al mismo modelo. Sin etiquetas. Que yo, antes que ser cristiano o judío o comunista o musulmán o liberal, soy y he sido yo mismo, y el grupo al que pertenezco me coloreará de manera diferente que a mi vecino, aunque mi vecino y yo tengamos el mismo credo: como el pintor no pone tampoco el mismo rojo en todos sus cuadros. No todos los cristianos son iguales. No todas las izquierdas son iguales. No lo son tampoco todas las derechas. Afortunadamente, yo no soy una hormiga idéntica a las demás hormigas, soy un ser humano, y como todos mis semejantes, humano, pero al igual que ellos, distinto: cada uno de nosotros es un mundo que tiene su propia forma de ver el mundo; el de los demás, sí, pero sobre todo nuestro mundo propio.

 
 
Epílogo

            Dos hombres caminan por la calle. Uno es viejo, encorvado y lento, y se apoya en la garrota y su andar es vacilante; el otro es su hijo. El hijo es fuerte, y su andar despacito le pone nervioso; al principio tiene paciencia pero luego, al cabo de dar pasos lentos con sus piernas rápidas, se cansa; no aguanta, se irrita, se enfada con su padre: acaba levantándole la voz y se molesta con él. Lo mismo le sucede a ese padre y esa madre que caminan con el niño que está empezando a andar: su espalda se curva, sus pasos son irregulares, de ritmo cambiante, tan pronto son lentos como atropellados, y andan agachados para evitar las caídas del niño. Y ese otro joven, flaco, alto y desgarbado, que lleva el carro de la compra y se enfada porque el carro es muy bajo y le obliga mucho a agacharse. El hombre, los padres y el joven son buenas personas, su corazón es justo y saben querer: pero cuando se les agota la paciencia ya se vuelven irritables, intolerantes y violentos.
Y es que a veces la tolerancia es paciencia; y quien, o porque es nervioso o porque está cansado, se impacienta, tiene ya poco aguante y entonces se vuelve intolerante. Otros se ponen así porque están tristes; o porque les ha ido mal, o porque les han enfadado, o porque están hundidos anímicamente y han perdido la moral, o porque les toca aguantar a gente muy pesada: entonces pierden los estribos, están fuera de sí y ya no pueden controlarse. También la tristeza o la cólera pueden volvernos intolerantes.
Somos intolerantes cuando no aguantamos, y si no aguantamos es porque hemos perdido fuerza: el intolerante es una persona debilitada, dominada por sus emociones; diríamos, más bien, que nos volvemos irritables. Pero cuando esta impaciencia se alimenta de ideas excluyentes y violentas, la intolerancia deja de ser un estado de ánimo para convertirse en un impulso moral: y entonces nos volvemos malos. No te dejes llevar por la impaciencia. Por el impulso. Por la intransigencia. Por la cólera. Por el odio. Una persona de natural impaciente puede llegar a convertirse, si no se sabe gobernar, en una bestia salvaje. No es lo mismo tener un natural intolerante que practicar la intolerancia moral; como no es lo mismo el temperamento que el carácter. Hay una leyenda india que lo explica muy bien.
Un niño le dijo a su padre: “padre, a veces siento que hay dos lobos que luchan dentro de mí; uno es bueno y otro malo. ¿Cuál de ellos vencerá?” El padre le contestó: “aquél que tú alimentes; el que tú quieras que se convierta en tu compañero de viaje”.