viernes, 25 de febrero de 2022

NADAL

  

 

NADAL

 


            En Melbourne Rafael Nadal se convirtió en el mejor tenista de la historia. En el año 2022. Como todas las cosas son mejoradas por otros que las superarán después, así Nadal probablemente en un futuro deje de ser el mejor; pero lo fue algún día.

            ¿Cómo lo consiguió? Tiene 35 años y el pie roto (una lesión crónica que más pronto que tarde lo obligará a retirarse, como se retiró Federer). Hay jugadores más jóvenes con una técnica impresionante y una salud de hierro (Tsisipras, Medvedev). Y Nadal los superó a todos. Sacó, es el momento de decirlo, fuerzas de flaqueza (que es lo mismo que decir que sacó fuerzas de donde no las había). ¿Cómo lo hizo?

            Con una pasión de hierro. Con una constancia incontenible, portento de tenacidad. La fuerza del ánimo se metió en la debilidad del cuerpo y lo dirigió, como un cohete, cargado de carburante, hacia el espacio sideral. Y llegó a la meta. Recorrió el espacio. Vislumbró el destino que buscaba y que se iba acercando a medida que él avanzaba: y triunfó.

            Todos podemos hacerlo. En todos nosotros hay esa fuerza titánica, ese pundonor, ese empeño, esa ilusión inquebrantable, esa moral tan alta que no se rinde ante el dolor.

            Sí, pero hay que conocer los límites; por no tenerlos en cuenta hay jugadores que se han torcido, trabajadores que se han estropeado, artistas que se han roto y luchadores que han acabado mal; incluso muriendo. Aún recuerdo aquel maratón donde uno de los corredores estaba exhausto; quiso sacar fuerzas de flaqueza pero ya no las tenía, como las tuvo Nadal; y por forzar la maquinaria se le paró el corazón.

            Sacar fuerzas de flaqueza  es sacarlas de donde no las hay. Es un decir; en Nadal sí las había y las arrancó forzando la maquinaria; en el corredor que acabó muerto no las había y sucumbió en el esfuerzo cuando la quiso forzar. ¿Cómo saber si cuando desfallecemos aún tenemos fuerzas en la reserva? ¿Cómo saber si con más esfuerzo todavía tenemos de donde sacar? No lo sabemos. Es un riesgo forzar el agotamiento y nunca sabremos, si forzamos, cuándo nos espera la muerte y cuándo la victoria, como a Nadal.

 


 

 

 

domingo, 20 de febrero de 2022

 

 

 

LA SERPIENTE QUE SE ENROSCA

 


            Al principio no había luz. Y tampoco había sombra porque la sombra es el recorte de la luz y la luz se la había tragado la tierra. Lo que había era una tiniebla enorme, una oscuridad donde no se recortaban las formas porque las formas eran tijeras encendidas cortando sombras, y el mundo era oscuro como el fondo de un pozo sin bordes, como el sueño de unos ojos que no sueñan, como un cielo enorme sin estrellas: que parece que se va a caer porque la oscuridad de la noche pesa. Y vino Huiracocha y sacó la luz del mismo vientre de la tierra. Y la luz se derramó en el cielo y las gotas de luz se clavaron y fueron puntos mezclados con tierra, unos más, otros menos, y unos eran luminosos como el sol, otros pálidos como la luna, y en el firmamento, que era un telón negro, figuras de un teatro muerto donde las luces eran focos de la escena.

            El sol fue luz y salió de la tierra. La luna fue luz y salió del mismo lugar que el sol, pero estaba más enterrada y por eso era mortecina y brillaba menos; y luego salieron luces diminutas, diamantes, gemas, unas envueltas en más tierra y brillaban menos, otras, Huiracocha las había limpiado quitándoles el polvo y brillaban más, pero nunca como el sol, y esas piedras diminutas, irisadas, talladas con montones de caras, eran estrellas que se clavaron en el telón del cielo y fue el primer decorado que hubo en el teatro de la tierra.

            Pero las luces eran blancas. No había color y Venus no era azul, Marte no era rojo, el Sol no era amarillo y las nebulosas no eran caleidoscopios ni arco iris, ni era el iris de los ojos sembrado en el cielo como cuadros de Renoir, de Degas, como luces de Sorolla o lluvias de Turner desplomándose en días de tormenta. Todo el cielo era negro. Todas las luces eran blancas. Y entre el blanco y el negro todo era gris, gris blanco o gris negro o gris gris o gris gris y gris, pero el pincel de la oscuridad guardaba intensidades sin colores; sin alegrar el mundo, sin teñirlo de nostalgia, y la luz tenía más vida y las sombras tenían menos, pero no había manchas de colores que pusieran corazón en un mundo de tripas escondiendo cabezas incontables, almacenes de lógica donde dormitaba la inteligencia.

            En un lugar de la tierra había montañas de picos cortados como cráteres; y cada cráter era un pozo de lava fría y cada pozo tenía la lava de un color, y había miles de pozos con miles de colores diferentes; pero como los indios no sabían distinguir todos los colores, Huiracocha quiso que en un rincón de aquella sierra sólo estuvieran los picos del arco iris; que eran muy pocos. Nadie los había explorado y sólo los indios del crepúsculo tenían el color rojo y el amarillo y el rojo y el blanco los tenían los indios de la aurora. Los tenían guardados en cubos y los cubos estaban metidos en un almacén, cerrados con siete llaves. La llave del lunes, la del martes, y del miércoles y el jueves, las llaves de los cinco planetas y del sol y la luna, y de las estrellas.

            La culebra siseaba entre las plantas y el suelo, subiéndose a los árboles y amparándose de las rocas, o escondiéndose bajo ellas. La serpiente miraba al sol, abría sus escamas, aspiraba profundamente y se llenaba de fuerza. Huiracocha, padre del Sol, había dispuesto que todos los animales y las plantas obedecieran al Sol, que era el padre de las fuerzas que se guardaban en ellos. La serpiente, comiéndose al puma, le quitaba la fuerza al puma que se comía; y el puma se la quitaba a la llama; la llama se la quitaba a la hierba; y la hierba se la había quitado al Sol, comiéndose sus rayos con las hojas, que eran de un gris oscuro, a veces brillante, o a veces negro. 



            Pero el Sol sólo brillaba por el día. Inti lo llamaban los indios. El sol Inti se escondía por la noche y nadie podía encontrarlo, si buscaba su luz, para seguir viendo las cosas en los días de insomnio. La serpiente buscó con ahínco la luz de la noche. Anduvo por las selvas, quebradas, picachos, nubes y collados; buscó en la puna. Y encontró un día, amparados al abrigo de las rocas, enfundados en sus chullos y envueltos en sus ponchos, unos indios calentándose al fuego, un fuego que habían encendido arrebatándoselo al rayo, al que habían arrimado un haz de leña para que prendiera; y el fulgor de las llamas brillaba en la suela negra de sus ojotas.

            El fuego tenía luz. Y con su luz podía ver en plena noche como si fuese el día. Pero en la luz tenía calor y vio que si se acercaba mucho se quemaría. Y le dio miedo. Entonces se marchó porque al luz del fuego sólo podía servirle si la veía de lejos. Además, ahora dependía de los indios, que eran quienes encendían el fuego; y no lo encendían cuando quería la serpiente, sino cuando querían ellos; si antes dependía del Sol, ahora dependía de los indios, y ella lo que buscaba era una libertad independiente. ¡Promete, oh, Huiracocha, que encontraré la luz que dependía de mí solo y de nadie más! Huiracocha la miraba con ojos torvos, y pensaba en castigarla por querer ver la luz sin obedecer a sus leyes, porque no quería obedecer más que a sí misma, y lo demás le resultaba del todo indiferente.

            Siguió caminando y vio la luna, que le daba una luz pálida con la que podía ver, dentro de su corazón más que fuera de su pellejo, aunque también veía las cosas que había fuera, pero frías. Y le gustó. Vio que ya no dependía del Sol pero pronto descubrió, también, que ahora dependía de la luna; porque no salía cuando le apetecía a la serpiente sino a ella; y aun así, cuando salía entre las nubes no la podía ver y también dependía de las nubes, las mismas nubes que le ocultaban a veces las estrellas; su voluntad de serpiente no era nada sin la voluntad del Sol, y de la luna, y de las nubes.

            Siguió arrastrándose buscando la luz que dependiera sólo de ella. Anduvo por sendas, bosques, selvas, montes y valles. Estiraba su cuerpo haciendo ondulaciones, como los ríos, y a veces se ondulaba tanto que parecían meandros que quisieran salirse de la serpiente y formar islas, como los ríos. Hasta que llegó a un lugar del bosque. La noche era profunda y la intensidad de la sombra espesaba la bruma del cielo negro. No había sol. No había luna. Detrás de las nubes no brillaban las  estrellas. Y la serpiente vio, en el cuerpo sin cuerpo de la noche, puntos de luz que brillaban en el suelo. Como si fueran estrellas de tierra. No es que viera mucho, pero algo se veía; aunque sólo fuera por no depender del sol ni de la luna ni de las nubes, mirar por aquella luz diminuta, que alumbraba como faros invisibles, valía la pena; hasta que se dio cuenta de que ahora dependía de las luciérnagas; no era libre, no, su voluntad no dependía de sí misma, su voluntad dependía de fuera.

            Se quedó quieta. Estaba cansada y se durmió. Y en sus sueños, vio como un hilo de plata que alumbraba en la noche por los sitios donde había pasado, los sitios donde se había movido; eran como ríos que hubiera sembrado y ahora, si quería avanzar, sería como un río en la noche, un río que se mueve, un río cuyas aguas nunca estaban quietas aunque descansara. Se volvió a dormir. Y una voz, en la luna del sueño, le decía, cavernosa, desde el fondo de sí mismo:

            -¿De dónde viste a Huiracocha sacar la luz?

            Otra voz, en el inconsciente, contestaba:

            -De dentro de la tierra.

            La misma voz le preguntaba:

            -¿De dónde la habrás de sacar tú?

            La conciencia de la serpiente le decía:

            -Del fondo de mí misma. 



            Entonces pudo dormir, con una tranquilidad que no había conocido en toda su vida. En ese sueño vio que tenía dentro de los ojos un cristal, un cristalino; que si en los otros animales el cristalino cambiaba de tamaño, en el ojo de la serpiente se movía hacia adelante y hacia atrás y esto no dependía más que de sí misma. Pero este ojo necesitaba la luz para ver, necesitaba del sol, era esclavo de las nubes, dependía de la luna. A la serpiente le hacía falta un ojo que pudiera ver en la oscuridad. Un ojo capaz de ver el calor, no solamente la luz. Y se le ocurrió ponerse en los bordes de la boca unos ojos para ver el calor. Los ojos luminosos verían por el día y los ojos térmicos le darían visión nocturna. Y así fue. Ya no dependería del sol, ni de la luna, ni de las luciérnagas, ni de las nubes. Y es verdad. La serpiente boa tiene ojos en la cara que detectan las formas y ojos en la boca que detectan la variación del calor; la serpiente, que tiene fría la sangre, detecta la presencia de otros animales que son de sangre caliente aunque sea de noche y ya no se quedará sin ver, aunque no haya luz, como las serpientes subterráneas, las serpientes ciegas.

            Huiracocha se enfadó y su cólera fue profunda. Él había creado todo lo que hay para que dependiera de él, no para que se criaran voluntades ajenas. Y quiso castigar a la serpiente por atreverse a ser libre, a vivir sin él, a vivir su vida. No pudo soportar perder el control de una sola de sus criaturas y así hay padres que quieren a sus hijos bien atados, y les espanta la posibilidad, aunque sea remota, de que sus hijos sean más poderosos y mejores de lo que ellos han sido. Huiracocha lanzó un rayo invisible con su mano. Paralizó a la serpiente, la durmió, la estiró como una soga y la ató con grapas a la tierra; cuando despertó, su voluntad era libre pero estaba atada a su cuerpo, que había sido atado a la tierra, que estaba atada a Huiracocha, que no estaña atado a ninguna voluntad a no ser del dios Con, que reinó en los tiempos pasados, pero que ahora había desaparecido. El único color que había era el de la tierra, que era una variedad del gris, tenebroso, oscuro, que sacaba la luz que tenía dentro dejando una huella brillante cuando se arrastraba por el suelo. El río es una serpiente que camina.

 


            La serpiente, que era del color de la tierra, fue condenada a perder su color. La ataron, estirada sobre el suelo, para que no se moviera. Y aparecieron muchos indios con un cubo de agua y una brocha. Luego apareció una india que transportaba un cubo lleno de intensa pintura roja. Detrás vino un niño que llevaba en su mano un cubo de pintura amarilla.

            Se pusieron en fila todos los que llevaban cubos de agua, mirando a la serpiente, desde el primero, que estaba junto a la cabeza, hasta el último, que estaba junto a la cola. El dios Sol, hijo de Huiracocha, los miraba desde el cielo. Todos los indios tuvieron que vaciar la mitad del agua que había en sus cubos. Luego vino la mujer con su cubo rojo y pasó delante del primer indio sin decirle nada. Fue adonde estaba el segundo y echó en su cubo un vaso de la pintura que traía en el suyo. Luego fue al tercero y le echó dos vasos. En el cuarto cubo echó tres. En el quinto seis. Y el último indio tuvo que vaciar su cubo para dejar sitio a todos los vasos de pintura roja que le estaba echando la india.

            El primer indio mojó su brocha en el cubo y pintó la cabeza de la serpiente; como no había más que agua, la cabeza se quedó como estaba.

            El segundo le pintó el cuello, y como en el agua se había disuelto sólo un vaso de pintura roja, el cuello se tiñó de un rosado lejano, tan lejano que apenas parecía rosa.

            El tercero le pintó el primer anillo que tenía la serpiente después del cuello; un anillo invisible, como si la serpiente estuviera hecha de tubos de carne como vértebras, como cuentas de un collar, y a todas las cubriera una piel viscosa llena de escamas. El indio pintó ese anillo y, como en su cubo se habían disuelto dos vasos de pintura roja, el color rosado ahora se notaba un poco más.

            El cuarto indio le echó con la brocha una pintura rosa que se notaba más todavía.

            El quinto indio pintó el siguiente anillo y le dejó un color rosa todavía más intenso.

            Y así hasta que el último indio, que no tenía más que pintura roja en un cubo sin agua, le dejó el anillo pintado de un rojo tan intenso que parecía encarnado o carmesí, del color de los rubíes, de tonos granates.

            Luego vino el niño y en su mano tenía un cubo de pintura amarilla Pintó él mismo de amarillo el siguiente anillo de la serpiente. Luego vertió un vaso de pintura amarilla en el cubo de agua del primer indio, y le dijo que la removiera hasta que se mezclase toda: y parecía que se había teñido de un amarillo remoto, tan lejano era su parecido con el amarillo y tan grande su parecido con el agua. En el cubo del siguiente indio echó otro vaso, y como ya tenía un vaso de color rojo disuelto en el agua la pintura se volvió lejanamente naranja. En el siguiente cubo echó dos, y en el siguiente tres, y así hasta llegar al último; y en el último el color naranja se volvió pastoso e intenso.

            Los indios, entonces, siguieron pintando los anillos de la serpiente uno tras otro. Y cada anillo que pintaban tenía el color de las naranjas cada vez más fuerte y profundo. Y cuando terminaron, la cola estaba teñida de un color intensísimo mientras que la cabeza no tenía color ninguno, tal era la marca del agua; y en ella fulgían dos ojos vacíos pintados con una raya de miedo.

            Luego la desataron; recogieron sus cubos y se fueron todos; y la serpiente quedó pintada de tantas tonalidades que parecía un arco iris que se arrastraba por tierra bañada de todos los colores cálidos: el rojo, el naranja, el amarillo y el color de la tierra que había en su cabeza; que era, según se la mirase, un color cálido o un color frío; y por la noche la frialdad de su cabeza arrastraba un collar de colores que brillaban a la luz de la luna: así la verían todos los animales y aquellos de los que se alimentaba huirían al verla, y ya no los podría cazar y se moriría de hambre; pero Huiracocha había dispuesto que no se muriera nunca para que el hambre la atenazara durante la noche, mañana y tarde.

            También los animales que la atacaban la podrían ver y le clavarían las zarpas, los picos y los dientes y no se moriría nunca y tendría que arrastrar toda la vida, como un rosario de maldiciones, como una cadena, todos los males que la aquejarían como consecuencia de aquella condena. Y ya para toda la vida no se podría disimular, no se podría proteger y la verían todos: había sido castigada a no esconderse, pues tan grande fue su delito como su castigo.

 


            La serpiente se arrastraba sobre la tierra. Su cuerpo frío iba dejando una estela, una estela de agua como la baba de los caracoles, como una línea que avanzaba por donde ella avanzaba, y se veía brillar a la luz de la luna. Porque su vientre era blanco. Pero su espalda, llena de colores, espantaba a los animales que huían de ella para que ella no los cazara; y atraía a los animales que no huían para que la mordieran con sus colmillos, la pincharan con sus picos, la rajaran con sus zarpas. Un mapa de cicatrices acabó cubriendo la serpiente. Cuando se cansaba, muerta de hambre mientras dormía la selva, se enroscaba alrededor de su cola y ponía la cabeza en la última vuelta de la espiral de su cuerpo, la más grande, y parecía un remolino rojo que se volvía amarillo en el ojo estrecho que tenía en el fondo; allí donde el agua se hunde en las profundidades, atraída por la fuerza irresistible del remolino.

            Se despertó y volvió a dibujar con el vientre brillantes estelas blancas. Allí donde se había enroscado había dejado su huella un círculo brillante, un mar de agua: un lago. El río es una serpiente que camina. Y volvió a pasar hambre. Y volvieron los dientes afilados, los picos puntiagudos y las garras aceradas. La sangre volvió a salir por sus escamas, y era roja donde el cuerpo era rojo y amarilla donde amarillo. En todo su cuerpo se volvieron a abrir, trocha sobre trocha, los filos del machete, los surcos del arado.

            Se enroscó sobre una rama. Vio a unos indios comiendo papaya. Sin poder acercarse a ellos para que no la descubrieran, llena de colores como estaba, condenada a estar lejos y a no cazarlos, los miró. Un indio rajó la piel con su cuchillo y desnudó la papaya. Bajo aquella piel, amarilla teñida de verde, apareció la pulpa; de un amarillo intenso, y el indio la iba cortando y lentamente se la comía; y saboreaba sus jugos. Hasta que el último corte de su cuchillo abrió, bajo la pulpa, un pozo negro, negro como el ojo de un remolino, lleno de semillas que parecían gemas en el interior de una  geoda, como granos iridiscentes de cuarzo; sólo que eran redondos y negros y tapizaban las paredes de la cavidad que tenía la papaya en el núcleo, como ojos sombríos de una oscuridad tenebrosa, sin brillo.

            El otro indio cortó su papaya en dos mitades. Con la punta del cuchillo fue arrancando la pared membranosa del corazón hasta despegar sus tripas, llenas de pepitas, que tiró al suelo y quedó enredado entre las hojas, soltando gotas y jugos filamentosos que aún chorreaban, gota a gota, en las ramas. Entonces el indio empezó a arrancar la pulpa cortándola a trozos y se la iba comiendo y cuando rascó bien las paredes que cubrían la pulpa sólo quedaba una piel, y la tiró. Era la cáscara.

            ¿Ves? Un indio se comió la papaya de fuera adentro y el otro se la comió de dentro afuera; la primera fue del amarillo al negro y la segunda del negro al amarillo; y ahora pensó que se iba a enroscar rodeando la cabeza con su cuerpo y, después de tejer sobre ella un remolino de colores, en la última vuelta dejaría la cola; y sería un remolino amarillo que se volvería rojo hacia el centro de la espiral, allí donde el agua la sorbía desde abajo con su fuerza.

            Los colores estaban cambiados y los cambiaba ella según le apetecía. Levantó los ojos y vio una cascada cubierta por dos arco iris; el primero tenía los colores al derecho y el segundo al revés; y era, allá a lo lejos, donde la selva se hundía en el suelo y el agua se precipitaba como una pulpa hacia el centro de sí misma; en una tormenta de espuma que ponía estruendo sobre la nube líquida se deshacía en gotas, y las gotas en nubes, flotando sobre el suelo con un estrépito ensordecedor.

            También las rocas se hunden en el precipicio de los acantilados. En su caída, se desnudan al viento y todos pueden ver que también están hechas de capas como las papayas; se fueron llenando de abajo arriba y cubriendo los tiempos viejos con los nuevos, tapando, con estratos nuevos, los antiguos. Pero allá al fondo había un trozo de roca que se había plegado, como las hojas que se doblan dejando arriba el envés, y, doblada por la fuerza de la tierra y cortada por el cuchillo del viento, parecía un pastel con las primeras capas arriba dejando al fondo las últimas; como si la roca estuviera boca abajo; como si fuera una papaya cortada por la mitad y el indio la hubiera pelado de dentro afuera, de abajo arriba.

            La serpiente se durmió. Cansada, como estaba, de que todas las fieras le arrancaran los dolores del cuerpo cubriéndola de cicatrices; de que al día siguiente se secaran las cicatrices y nuevamente los dientes, picos y garras la volvieran a rajar. Un día se fijaron los indios en las roscas de la serpiente; se había formado un lago; sus aguas, teñidas de rojo por el sol, eran manchas sangrientas arrebatándose en llamaradas; llamaradas granates, amarillas y naranjas, sangre que manaba de las cicatrices y salpicaba el cielo como una borrachera de vino tinto, negro y morado, ebrio de dolor, rojo de cólera, contra la crueldad de Huiracocha.

            Volvió un nuevo día y las cosas volvieron de nuevo. El vientre de la serpiente, con su hilo blanco que brillaba (tal la tela de una araña) bajo el Sol, cavaba ríos que corrían y se estancaba en lagos en los sitios donde la serpiente había estado. Y un día le brotó una sonrisa malévola a la serpiente. Se le cubrieron los ojos de una mirada cruel, más cruel que Huiracocha, y se expandió su corazón al ver que había vencido. Sí, había vencido. No era el Sol el que pintaba los lagos con las luces del crepúsculo sino al revés: los lagos eran los pinceles del Sol. Agazapado en las sombras, con la pluma en la mano, garabateando en el papel, el poeta lo escribía. La serpiente se enroscó extendiéndose como un lago. Pero el agua del lago era blanca, blanca como el Sol, y no se llenó de colores hasta que la serpiente se hubo enroscado; y allí en el agua los colores de sus escamas brillaron hasta el cielo y en el espejo del Sol se pintaron todos, derramándose en pinceladas y brochazos, como la sangre de una herida (¿quién sabe?, dentelladas, picotazos y zarpazos), golpeada por la mano de un pintor loco. ¡Era la serpiente, que le daba sus colores al Sol! ¡No era el Sol el que pintaba las aguas del lago! ¡Había vencido a Huiracocha! ¡Su voluntad se había impuesto a la voluntad de un dios malo!

            Mira. Que el poeta, desde las sombras, mira. Mío es el triunfo, Huiracocha, no has podido conmigo, por más que sufro, te he vencido. Nada pueden el hambre ni los picos, ni los dientes ni las garras, José Santos Chocano. Soy artífice de la derrota de Huiracocha, del triunfo del río y la serpiente, del brillo de su cólera en el lago. Que el lago es la serpiente que se enrosca; y el río una serpiente que camina.

 


 

viernes, 11 de febrero de 2022

CABEZAS SIN CUERPO

 

CABEZAS SIN CUERPO  

 


            ¿Y si fuéramos sólo una cabeza? Una cabeza sin cuerpo, quiero decir. Un cerebro metido en una cuveta que hiciera de pila para cargarlo con electricidad. Un ordenador. Un ordenador es un cerebro electrónico que recibe datos, resuelve problemas y los manda a imprimir. Un ordenador no tiene cuerpo, ni corazón, ni se relaciona con nada que no tenga que ver con el pensar, ni tiene cultura sino sólo datos; el ordenador no lee para enriquecerse, sino para resolver problemas; no va al teatro, al cine, a la ópera, y cuando asiste virtualmente a esos espectáculos lo hace para ser un erudito y no un cerebro culto (¿se puede hablar de cultura donde no hay corazón?)

            Hay jóvenes que se parecen a ese cerebro. A esa cabeza sin cuerpo. Jóvenes que en los estudios sacan las máximas notas, menos en Educación Física. Jóvenes que no leen historias de amor. Que no van a bailar, que no han bebido nunca un trago, que no tienen amigos, que se saben todos los museos y todas las películas y todas las obras de teatro, pero no han disfrutado nunca de ellos; se lo aprenden todo porque se lo han mandado, por pedantería, ni siquiera quieren saber, sólo quieren triunfar sabiendo: ser los mejores de la clase, presumir de excelencia, saberlo todo. Esa gente es un aburrimiento porque, preguntes lo que preguntes, todo lo van a saber.

            Esos jóvenes no tienen amigos. Salen a la calle pero no se mezclan con la calle, no se divierten. No saben relacionarse con la gente, se encuentran a disgusto donde hay gente, muchas veces son tímidos, sienten pero se avergüenzan de sus sentimientos, no saben expresarlos, no saben expresarse, les gustaría confiar a alguien sus cosas pero no pueden contárselas a nadie o no saben, o no quieren, o no se atreven. Viven solitarios y no viven en el mundo, sino en su mundo; que es el mundo donde obedecen a quienes dicen que para ser bueno sólo hay que estudiar: que suelen ser los padres. Esos padres, cuando hablan de sus hijos, no dicen “éste es mi hijo” sino “ésta es mi fábrica de sobresalientes”.

            Hasta que se rompen. Blanco lo sabía todo, contestaba a todo, Blanco era un aburrimiento: no había cosa que le preguntaras que no te supiera responder. No distinguía entre ciencias y letras, era bueno en lengua y en matemáticas, en literatura y en física, en historia y en biología, en dibujo técnico, en inglés, en lo que hiciera falta… Menos en dibujo artístico, que para eso hace falta corazón. Hacía unos dibujos perfectos, pero sin vida; y aun así sacaba la máxima nota en dibujo y en pintura. Era torpe en Educación Física (entonces lo llamábamos gimnasia), pero como sobresalía en todo, también le daban un sobresaliente en gimnasia; porque, ya se sabe, ésa es una asignatura de relleno, la gimnasia es una maría, si eres bueno en lo que de verdad importa ¿cómo vas a suspender la gimnasia? Blanco acabó cum laude en el bachillerato. Estudió el primer año de carrera en matemáticas y antes de pasar a segundo… se rompió. Le dio una depresión que lo mantuvo alejado de los estudios varios años. Hoy es un empleado de oficina, resignado, triste, aburrido, cabizbajo y mal curado. De vez en cuando se acuerda de sus esperanzas frustradas de antaño. 



            Cristina era brillante. A los dieciséis años era la envidia del instituto, máximas notas en todo, educada, modosita y obediente, Cristina era un ejemplo para todos; se la restregaban en las narices a los gamberros. Y el último año de secundaria, a punto de prepararse para la universidad, tuvieron que hospitalizarla: se le metió en la cabeza una especie de tedio; a su cerebro sólo venían ideas negras, había perdido la esperanza, la alegría, la vitalidad, y con los libros ya no podía concentrarse. Sus padres se lamentaron: esta niña, nuestra hija, con lo bien que iba, que iba para comerse el mundo y mira lo que le pasa. ¡Qué mala suerte! Nos ha tenido que tocar a nosotros, ¿por qué nosotros, por qué precisamente a ella? (El destino no es una lluvia que se va regando por azar. Es una semilla que vamos sembrando con nuestras acciones).

            Aurora era la luz de su casa. Estaba acabando la universidad, nunca había conocido una nota que no fuera la máxima. De repente se rompe algo dentro de ella. Se hunde su ánimo, su optimismo desaparece, su moral está por los suelos, le vienen a la mente ideas negras. Un día le dice a su hermano: si yo no estuviera, ¿tú qué pensarías? La tienen que medicar, psiquiatras, hospitales, estudios abandonados, años perdidos. Ahora le ha dado por la poesía y anda por ahí escribiendo y dando recitales. ¿Sus estudios? Ya no le interesan. Nunca llegó a tener un título de nada, ahora es feliz al margen de todos los títulos. Tanto esfuerzo invertido, tanta juventud sacrificada, ¿para qué?

            Algo tienen en común Aurora, Cristina y Blanco. Los tres han sido educados como cerebros. Los tres han despreciado el cuerpo (por donde se desahoga uno), el corazón (por donde uno se llena) y el mundo (en el que uno hace amigos y se siente acompañado). Y como una olla a presión donde hemos acumulado vapor, están con una presión extrema pero ellos, a diferencia de la olla, no tienen válvula de escape; se las han cerrado todas; la válvula del cuerpo, la del dibujo, la de la música, la de las materias que no sirven para nada o mejor no sirven para la nota: pero sirven para soltar los malos humos, convertir la verborrea en enriquecimiento y la erudición en cultura, restablecer el equilibrio y conseguir la plenitud de una persona realizada. Las ollas a presión explotan si no regulamos el escape del gas. Los jóvenes también explotan cuando los convertimos en máquinas de pensar y no en pensamiento que alimenta al corazón, aliciente para la vida: que vivir es empaparse de cultura para flotar y no de datos que nos aplastan contra el suelo; porque no somos máquinas pensantes, sino pensamiento vivo que, apartado del cuerpo, del corazón y del mundo, no hace más que construir ordenadores sin alma y cuerpos robotizados.

            Cuando era tutor me preocupaba, cómo no, por los alumnos que tienen dificultades de aprendizaje. Pero también por los que tienen dificultades para sentir, para vibrar, para relacionarse porque el mucho estudio les quitaba las armas para combatir el tedio. Sus padres me miraban con ironía. ¿Para qué me preocupaba yo, si sus hijos sacaban las máximas notas y tenían que ser los dueños del mundo cuando dejaran de estudiar? Yo, triste, tenía que desistir cuando aquellos padres no querían comprender mis razones. Me preocupaba por los chicos, sí. Porque los chicos no son cerebros sin alma ni cabezas sin cuerpo; y porque, sin corazón y sin cuerpo, los mayores éxitos de la cabeza se acaban convirtiendo en el corazón en el más espantoso de los fracasos. 



 

viernes, 4 de febrero de 2022

DE LAS VACUNAS

  

DE LAS VACUNAS  

 


            Hubo un tiempo en que las máquinas hicieron el trabajo de la gente y la gente empezó a quedarse en paro. Fue en el siglo XIX. Entonces Jacques Ludd empezó a soliviantar a los obreros en contra de las máquinas. Y se formaron comandos que iban a las fábricas por la noche, cuando todo el mundo dormía, armados con mazos para destrozar todas las máquinas que encontraban: fueron los ludditas. Si a un luddita le hubieran preguntado para qué sirven las máquinas habría respondido: para no usarlas. O quizá hubiera preferido responder: para romperlas a martillazos; para destruirlas.

            Hace mucho que en los libros de historia el siglo XIX queda retratado en las estadísticas; la mortalidad infantil era enorme. Las estadísticas del siglo XX muestran, por el contrario, que ahora se mueren muy pocos niños. La razón hay que buscarla en la mejora de la higiene, en la mejora de las condiciones de trabajo, pero, sobre todo, en las vacunas; desde que hay vacunas ya no se muere la gente; la vacuna fue un gran salto adelante en la mejora de la humanidad.

            Sucede, sin embargo, que la ciencia no suele ser exacta; uno se toma un analgésico y es muy probable que desaparezca el dolor, pero no es seguro; lo que es casi seguro es que si no se lo toma le seguirá doliendo; eso no significa que sea un cobaya en manos del médico, como no es un cobaya quien usa un martillo averiado y se le rompe. La ciencia puede fallar a veces pero acierta casi siempre; pero el rechazo de la ciencia falla  casi siempre aunque a veces acierte; la diferencia es de talla.

            Se ha puesto de moda hacerle caso a cualquiera menos al médico; miles de personas creen con los ojos cerrados a cualquiera que no sea un especialista; le hacemos más caso al vecino que al mecánico, creemos más al peluquero que al maestro, oímos los consejos de un aficionado antes que los del arquitecto; y cómo no, de vacunas sabe más la calle que el hospital; si la calle dice que la vacuna es mala de poco servirá la opinión del médico; aunque en la calle se confunda el ARN con el ADN. Para no hacerle caso al experto nos inventamos la excusa perfecta: la vacuna le interesa a la industria farmacéutica, que se hace rica a costa nuestra; por lo tanto, ya no vamos a oír hablar de vacunas a quien entienda de vacunas, preferimos escuchar al ignorante porque él, claro, no trabaja para la industria farmacéutica.

            “Yo no vacuno a mis hijos bajo mi responsabilidad”, dice el ignorante. “Usted no los vacuna bajo su irresponsabilidad”, dice el médico. Pero, claro, como la ciencia no es perfecta, sólo el ignorante tiene la arrogancia de presumir de informaciones perfectas. Y, como los nuevos ludditas del siglo XXI, saca los martillos para destruir los laboratorios; como destruyen los talibanes las estatuas que no han hecho sus sacerdotes. Cuando les preguntamos para qué sirven las vacunas responderán, ufanos: para no usarlas. Y después de habérselo pensado responderán, más ufanos todavía: para destruirlas. Se cargarán, con la alegría del ignorante, los logros de miles de años de historia de la humanidad. Ya hubiera querido Miguelón, que tuvo la suerte de nacer y morir en el paleolítico lejos de la industria farmacéutica, ya hubiera querido tener, no una triste vacuna, sino una pequeña dosis de antibiótico; porque Miguelón murió de septicemia sólo porque alguien le había dado un golpe en la mandíbula.