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viernes, 1 de abril de 2022

 

 

 

PECHOS SIN CORAZÓN    

 


 El amor es un tipo de atracción. Amar a una persona es sentir la necesidad de que esa persona sea feliz, de que nosotros seamos partícipes de esa felicidad y que la otra persona sea partícipe de esa necesidad. Amar una idea es necesitar que esa idea se realice. Al amor lo llamamos querer. Querer a una persona es lo mismo que amarla, lo mismo que querer que las cosas sean como las ideas buenas; pero querer una cosa es desearla. No es lo mismo el deseo que el querer. Cuando el querer es un deseo no lo llamamos querer porque sólo las cosas del corazón son las cosas del querer; al querer que es un deseo lo llamamos capricho, y el capricho es la necesidad de satisfacer una sensación; al amor, sin embargo, no lo llamamos sensación sino sentimiento; aunque el amor erótico es sensación adosada al sentimiento, o querer agarrado al deseo, que es lo mismo que es el deseo aferrado al querer.

            Dice Unamuno que creer en dios es querer que exista. De manera análoga, querer a una persona es lo mismo que creer en ella: si te quiero es porque creo en ti, creo que en ti hay bondad aunque tú no te portes bien conmigo, y que esa bondad está dormida y puede ser despertada; y creo que tú eres bueno porque eres igual que yo, que siento en mí el instinto de ser bueno; tu naturaleza es la misma que la mía y yo he sentido en mi naturaleza el instinto del amor. Querer a un perro, encariñarse con él es sentir su bondad para conmigo y desear disfrutar de ella al mismo tiempo que sentimos el impulso irresistible de que sea feliz, y de acariciarlo; aunque muchas veces necesitamos acariciarlo sin pensar que al perro pueden molestarle nuestras caricias, pero no sabemos o no queremos ponernos en su lugar: lo mismo sucede con las personas.

            El corazón es la metáfora del amor. Tener corazón es tener capacidad de amar y a veces tener corazón es sentir misericordia: sufrir con los sentimientos ajenos; a eso también lo llamamos piedad; sentir dolor por la miseria de otro cuando esa miseria la provocamos nosotros es apiadarse de él; cuando la provocan otros es ser generoso, solidario, altruista; y cuando ese sentimiento no implica inferioridad hacia los otros, también lo llamamos caridad.

            De modo que hay, como mínimo, tres clases  de amor: amor a nuestros amigos (una de sus variantes es la pasión erótica, que es la exaltación conjunta del deseo y del amor); amar a nuestros semejantes, sean amigos, enemigos o desconocidos (y eso es la piedad, solidaridad, generosidad o fraternidad: caridad bien entendida en sentido cristiano, compartir antes que dar); y amar las ideas (lo que las convierte en ideales). Querer a conocidos, querer a extraños o querer realizar un ideal. Lo contrario de estas tres cosas es, respectivamente, odiar, ser despiadado y no tener ilusión. Estos tres sentimientos nacen de tres instintos que surgen en algún lugar de nuestro cerebro; pero como nos hacen palpitar cuando los sentimos, decimos impropiamente que vienen del corazón.

            Cuando amamos a una persona ponemos la cabeza al servicio del corazón. De ahí que el cariño humano es distinto del que sienten los otros animales, porque nuestro cerebro emocional filtra sus impulsos a través de una enorme corteza de pensamiento, mientras que en el resto de los animales esa corteza es muy delgada; de ahí que algunos sentimientos, como la admiración, sean exclusivamente humanos. Un animal puede experimentar un sentimiento infinito cuando pierde una cría, porque el instinto del amor paterno o materno está profundamente arraigado en su ser, en esa parte de su ser que es su corazón; un gorila hembra llevó en sus brazos durante tres días a su cría muerta negándose a aceptar su muerte; una hiena hembra apartó a su cría, a la que estaban pegando las otras hienas, para ponerse ella en su lugar y que la pegasen a ella; y un león protegió a uno de los cristianos a los que se tenía que comer en el circo de Roma porque ese cristiano, años antes, le había salvado la vida en África. Cuando el ser humano ama puede llegar a experimentar el infinito sentimiento de los animales; pero la conversación le da a ese sentimiento una dimensión intelectual que no tienen los otros animales, porque los otros animales no son capaces de hablar. 



            Cuando amamos una idea sentimos la imperiosa necesidad de luchar por ella. También podemos amarla con las tripas y otras veces con las tripas y el corazón. Decimos que sentimos con las tripas cuando el cuerpo nos arrastra con su fuerza vital, que son las ganas de vivir, y de soltar energías, y de liberar el instinto. Si esa fuerza irresistible se vierte en el corazón, esas dos fuerzas mezcladas desencadenan una fuerza entrañable, impetuosa o tranquila, pero incontenible, acaparadora, potente. Si el corazón se aísla detrás de una corteza impenetrable, esa fuerza es despiadada. Y si el corazón siente y no recibe los vendavales del cuerpo, ese amor, que puede ser inmensamente profundo y doloroso, no puede expresar su júbilo porque le falta el impulso vital: y entonces es un amor impotente, inapetente y esclavo.

            Luchar por una idea que sentimos con el corazón, cuando ese instinto de lucha sale de sí, es luchar por un ideal; un ideal es un instinto, es decir un impulso del cuerpo, que pasa por el corazón. Y luchar por un instinto descorazonado no es amar una idea, porque entonces la palabras que empleamos para nombrarla no designan un ideal, sino la intelectualización del propio instinto: como cuando decimos que nuestro ideal de vida es la violencia, o el orgullo, o el robo disfrazado y sublimado en forma de conquista; cuando ni siquiera disfrazamos nuestros instintos despiadados en forma de ideales decimos que hacemos las cosas por huevos, porque nos da la gana o incluso la real gana, porque nos salen de las tripas, de ese lado del instinto al que el afecto no pone bajo su control.

            También podemos luchar por los demás. No por el ideal de la humanidad, sino por los seres humanos que sufren. Ojos que no ven, corazón que no siente: unas veces luchamos por aquellos a quienes vemos sufrir, aunque no sean de los nuestros. Corazón que siente sin ver: otras veces luchamos por el ideal humano aunque no veamos el sufrimiento de nadie, aunque lo imaginemos. Y a veces el ideal nos puede deshumanizar; pues empezamos luchando por el pobre y acabamos luchando contra él, como le pasó al comunismo de Stalin, de Mao, de Abimael Guzmán. Por eso sentía Miró Quesada que no hay que luchar contra nadie para defender una idea, sino luchar por todos a pesar de todas las ideas.

            El amor al prójimo es, pues, la misericordia, la piedad, la generosidad, el altruismo, la fraternidad. Pero también está el amor a sí mismo. Un amor generoso y bueno que nos dale del corazón. Cuando nos sale también de las tripas lo llamamos dignidad, amor propio, pundonor. Y cuando nos sale sólo ce las tripas pero no del corazón es la soberbia y el orgullo mal entendido, el desprecio, el deseo de aplastar al otro para sentirse superior. Las palabras “orgullo” y “soberbia” las empleamos en dos sentidos totalmente distintos, y lo supo ver bien Gustavo Adolfo Bécquer; unas veces el orgullo es simplemente orgullo, y otras es dignidad.

            La educación debe preocuparse por que en el cuerpo y en la cabeza eche sus raíces el corazón, porque hay mucha gente a quien la vida ha puesto en el corazón una corteza que no le deja expresarse. Gente que no ama porque no sabe amar, nadie le ha enseñado; o le han enseñado más bien a no hacerlo, aunque en su fuero interno, escondida y aplastada bajo toneladas de escombros, mantiene intacta su capacidad de amar. Hay quien ama sólo a quienes tiene al lado: a su familia, a sus amigos, a su tribu; es preciso enseñarles a amar a la humanidad. Otros no se quieren a sí mismos: la autoestima se les ha debilitado, y si no nos queremos nosotros mismos nosotros, tarde o temprano, dejaremos de querer a los demás. Otros no tienen ideales, porque han desarrollado un rencor por el odio que han recibido a lo largo de su vida: hay que enseñarles que también existe la gente buena, aunque ellos no hayan vivido esa experiencia y les parezca que el mundo se reduce sólo a las cosas que ellos han tenido la mala fortuna de vivir; y al revés, como dicen que le pasó a Buda. La educación debería cultivar las cosas del corazón: enseñar a amar, a tener ideales y creer en ellos, a sentirse solidario del mundo. Porque una cabeza sin corazón es maquiavélica y un cuerpo sin corazón es brutalidad; y mal nos iría en el mundo si, aliándose el malvado con el bruto, sólo regáramos en nuestro huerto la fuerzas del mal.

 


 

 

 

viernes, 1 de octubre de 2021

ACA FALA

 

ACA FALA. 

 


1.

 

            La estrella titilaba en el firmamento. Aca Fala estaba de pie, la cabeza levantada y los ojos dormitando, en el espacio lleno de estrellas: una llanura inmensa que no era llana sino profunda; y era un vientre de luces pálidas, plateadas como la luna, algunas con un brillo intenso, pero frío, brillo que no despertaba reflejos en la piel, sin calentar el cuerpo.  

            Miró aquella estrella. El mar batía el suelo y mojaba sus tobillos, en lentas oleadas, que iban y venían como lenguas; la sal se había metido en el aire y se impregnaba en el espacio invisible, lleno de humedad en la tierra mientras en el cielo titilaba más arriba, inabarcable, enigmático y seco.

            Caminó lentamente por la playa. La brisa le acariciaba la cara, la luna encendía pálidas voces iluminando el suelo y encima de ella, incrustadas en la lejanía, las estrellas; algunas eran faros cegadores que llenaban, con sus reflejos pálidos, el cielo.

Se detuvo.  Algo había rozado sus pies descalzos. Una lengua de mar depositaba hilos de sal entre sus dedos. Cercos de arena. Bajó los ojos y descubrió, varado en la playa, atenazado e inmóvil, sin atreverse a respirar, el cuerpo redondo de una estrella. Se había caído del cielo perdiendo su fulgor, convertida en cuerpo granuloso, anaranjado y áspero, una estrella de mar, una estrella sin techo. Ya no podría brillar. Sus brazos no tenían luz y les habían salido, ya que no flotaban, miríadas de patas para caminar sobre la tierra. La estrella de mar no flotaba ni en el agua ni en el cielo; y tenía que estar entre nosotros, pegada a la triste realidad donde tiene que pasear, en un mundo de fealdades, la belleza.

 

2.

 

            Aca Fala era bella. Demasiado bella para vivir entre cosas feas. Sus antepasados eran los antiguos soberanos yungas, dueña y señora de Túcume, entre el mar de agua y el de la selva, entre Chiclayo y Moyobamba, allí están las olas inmensas que sostienen Cajamarca y Chachapoyas, las olas de los Andes, las olas de piedra.

            Era la princesa de los yungas; de los habitantes de la tierra cálida, en la costa y en los valles profundos. La tierra del Perú es una columna que desciende de norte a sur como un tuétano de frío, desolación y piedra (la puna), rodeada de montañas como médula cubierta por vértebras (la quechua) sobre un cuerpo que se vierte al mar por un lado mientras por el otro anuncia la llegada de la selva: ésa es la yunga. Aca Fala era hermosa y todos suspiraban por sus ojos y sus labios, convertidos en palabras, cuando hablaba dulcemente; palabras que eran, más que palabras, el aliento de la música.

            Había suspirado por ella el rico dueño de Motupe, el joven Pono Rendo: Aca Fala lo había ignorado, ya cuando las palabras no eran conversación, sino cortejo. La había pretendido Fanquizán, bravo cacique  de Lambayeque, que tampoco tuvo mejor suerte. Aca Fala, esculpida en su belleza, era una estrella brillante entre los yungas; su brillo eran rayos de puntas majestuosas, la belleza, sí, por supuesto, la simpatía, la bondad, el deseo de libertad, el deleite de irradiar, los anhelos de estar en el cielo, alejada de las ruines mezquindades, entre las estrellas. Aca Fala ambicionaba un ideal y los ideales no están con nosotros en la tierra; quería vivirlo donde amar sólo fuera contemplar sin desgastarse, sin mezclarse con el mundo, porque el mundo mancillaba todas las cosas que tocaba, y las rompía.

 


3.

 

            Se puede sentir con el corazón y sentir con la piel. Con la piel sentimos por fuera, con el corazón por dentro; placer que viene de fuera o placer interior, ¿cuál es el placer del alma, cuál el del cuerpo? Las fuerzas del alma son deseos íntimos, instintos que calzamos sobre lo que tenemos fuera; también tiene fuerzas para el placer que duerme en el mundo y es capaz de despertarlos en nosotros, lo mismo que el cuerpo. Con el corazón sentimos amor y con los sentidos placer. La princesa Aca Fala tenía simpatía y era buena, y tenía, por qué lo íbamos a negar, un corazón de oro. Y los ojos, los oídos, las manos, los olores, los sabores los era capaz de disfrutar pero ella misma no los buscaba. Disfrutaba con el placer de amar, con el placer de apiadarse de las miserias ajenas, disfrutaba ayudando a quien lo necesitaba y amando a quien la quería; y es que el amor se vierte en los demás y es misericordia, se vierte en uno mismo y es supervivencia, se vierte en quienes tenemos ahí y entonces es cariño, y la primera persona a quien queremos somos nosotros mismos. Aca Fala era piadosa y su corazón era un paisaje de ríos, afluentes y manantiales que se podían atropellar en las rocas de la sierra o amansarse, cerca ya de la desembocadura, a punto de verter sus aguas.

            Su capacidad de amar no tenía límites. Ni de gozar. No gozaba de lo que tenía cerca como cuando se iba lejos, a lo más alto de los cerros, para disfrutar desde las alturas la majestad del paisaje. Sus ojos disfrutaban de los pocos árboles que la rodeaban, oía los escasos pájaros que tenía cerca, la embriagaban las flores del metro cuadrado donde estaba pero se embelesaba más con todas las cosas que había en la amplitud de la mirada; con el tordo que tenía cerca, sí, pero también con el cóndor que vencía las distancias, los aromas cercanos los disfrutaba y los más lejanos, si no traspasaban sus sentidos, los sentía ella misma con el alma. El latido sensorial fue placentero pero el corazón lo fecundaban sus placeres interiores, y entonces era más que placer, era belleza contemplada; embeleso y arrebato, el delirio de los artistas inspirados.

            Aca Fala estaba apegada a la belleza. Al placer que despertaban en su pecho las cosas que contemplaba. Dentro tenemos el corazón (el suspiro de eso que llamamos alma), y el mismo corazón que se deshacía en belleza cuando contemplaba las cosas se volvía amor si era a la gente a la que contemplaba; a la que no conocía y a la que la rodeaba. Amaba el paisaje humano que tenía al lado y también amaba al que estaba lejos; igual que gozaba, ya estuviese cerca, ya lejos, de las cosas bellas del alma. Las cosas nos dan placer o el placer nos lo da el alma, allí donde nacen los escalofríos de la belleza, los del amor: el deleite, la misericordia y el cariño,

            El amor suscita ternura. La belleza, admiración. Puede ser amor torrencial cuando tiemblan las entrañas o un amor tranquilo, cercano a la desembocadura de los ríos, cuando el mar está cerca. La belleza también nos puede arrebatar en el delirio o temblar pausadamente, bogando en una admiración serena, en los hogares del alma.

            Aca Fala amaba a la humanidad, y era buena. Pero no había conocido a nadie que supiera despertar en ella el temblor de la admiración, del arrebato. Aca Fala no se había enamorado: ni de Pono Rendo, ni de Fanquizán, ni de ninguno de los jóvenes que suspiraban por ella. Y no sintiéndose atrapada en los lazos del amor, ¿quién podría reprocharle no amar cuando la amaban y no corresponder, si la querían?

            Aca Fala amaba la belleza. Y no habiendo conocido el temblor de la obra de arte, si nadie compuso nunca ni música, ni cuadro, ni escultura ni templo que la satisficieran, si no había visto belleza mayor que la suya propia, ¿los había de engañar a todos diciendo que temblaba si no temblaba y que tiritaba de admiración, si no se conmovía?

 


4.

 

            En la tierra de los yungas los buitres se ensañaban con los lobos. He visto bandadas de buitres atacar a un lobo marino, acorralándolo entre las rocas, hundiéndole las garras, clavándoles el pico y arrancándole los ojos.

            En la tierra de los yungas los pescadores se ahogaban y se los comían los tiburones. Nadaban mar adentro y luego volvían, braceando y gritando y haciendo ruido, para que los peces huyeran hacia la orilla y se quedaran atrapados en las redes; y mientras los hombrees pescaban peces los peces pescaban hombres.

            En la tierra de los yungas había unas aves muy grandes que no tenían plumas. Salían al mar y andaban encima del agua, criándose entre peñascos con los buitres, con los peces y con los lobos marinos. Eran murciélagos. Los indios hacían telas con su pelo y se abrigaban como si ellos mismos fueran vampiros.

            A la tierra de los yungas llegó un hombre venido del mar. No tenía padre ni madre y fue engendrado por el mar, y les enseñó las formas de pescar y aprendieron a llamar a la abundancia arrancándoles los ojos, y comiéndoselos, a los primeros peces que habían pescado. Se llamaba Huiracocha.

            En la tierra de los yungas las casas no tenían techo. Eran unos cercados de caña bajo los árboles y por la noche, si alguien quería soñar, miraba entre las ramas y se veían las estrellas.

            En la tierra de los yungas había sacerdotes. Velaban sobre el cielo y la tierra y se cernían como buitres picando los ojos, tiburones comiendo pescadores, murciélagos oscuros volando sin plumas, como si no tuvieran alas. En la tierra de los yungas la mirada inquietante de los sacerdotes se cernía sobre tu vida y la de los otros. Su tiranía.

            En la tierra de los yungas los sacerdotes llamaron a Aca Fala.

 

5.

 

            -Han llegado a nuestros oídos cosas inquietantes sobre ti.

            La bella princesa se amaba a sí misma y su pensamiento se convirtió en palabras. Las palabras, como las lleva el viento, habían volado por todas partes y acabaron en los oídos de los sacerdotes.

            -Dicen las lenguas que no quieres a nadie, que sólo te amas a ti misma.

            -Yo, señor, siento cariño por mis vecinos y siento por quienes sufren. Quiero a mis padres y los respeto, adoro a mis hermanos y siento devoción por nuestro pueblo; pero desgraciadamente no he encontrado a un hombre que me atraiga tanto como para que pueda quererle.

            -¿No niegas, entonces, que no has amado a ninguno de tus pretendientes?

            -No lo niego, señor.

            -¿Ni haber dicho que no hay en el mundo belleza capaz de encandilar tus ojos?

            -No, señor, no lo niego.

            -¿Sabes que eres bella?

            -Eso dice la gente.

            -¿Y tú lo crees?

            -Con toda humildad, creo ser bella.

            -¿No has dicho que te gustaría ser como las estrellas y brillar en el cielo, luminaria entre las luces?

            -¡Y cómo me gustaría! Sueño por las noches con las estrellas, cuando las miro, antes de dormirme, echada en la cama, mirando hacia el cielo mientras pienso.

            El viejo sacerdote arrugó la frente, apretó los dientes, tensó el mentón y lanzó chispas por los ojos.

            -Has caído en la soberbia, princesa. Has caído en lo más bajo, te has hundido. No hay en tu belleza más que vanidad y no hay humanidad en tu hermosura. Te crees igual que la luna, semejante a Venus, tu luz natural no es luz de estrella pero te lo crees; no hay nadie fuera de ti, eres una mariposa sin sustancia, y un cóndor: dominas el espacio y no conoces la humildad, no tienes alma: princesa, tu amor no vale nada. ¡Te casarás irremediablemente antes de que salga la una!

            Su corazón se estremeció, su pecho se hizo más pequeño y sintió encogérsele hasta el aire. ¿Cómo hacerle comprender lo que sentía por la humanidad, por su destino, aunque no la viera? ¿El temblor del corazón por quienes sufren? Y si eso sentía por quienes ni oye ni ve ni toca, ¿qué no sentiría por quienes ve y oye y acaricia, por quienes viven con ella? Un sentimiento indescriptible, una pasión infinita, una ternura de porcelana, unas cuerdas que vibran dentro de sí, tan frágiles que pueden romperse, delicadas como el mismo corazón, tan dulces y entrañables, tan tiernas? ¿Cómo decir que lo mismo sentía hacia ella misma? ¿Cómo decir, sin que la condenaran, que lo mimo que sentía hacia los demás lo sentía también hacia ella?

            ¿Y cómo decir que le agradaba la lluvia, el color de mariposas y flores, el sabor del agua del mar, el olor de la tierra? ¿Y la belleza de una puesta de sol, de una noche estrellada, de los bosques frondosos, del vuelo del cóndor planeando sobre la sierra? ¿Cómo explicar que no había encontrado entre la gente la belleza que encontraba en la naturaleza? ¿Y cómo decir que ella, cuando se miraba en el espejo, se sentía bella? ¿Cómo decirlo sin que la condenaran? ¿Sin que convirtieran en vanidad lo que ella sentía que era instinto natural, una admiración inocente, una corazonada buena?

            Entonces se acordó de la flor blanca, abierta y delicada, como una campanilla; de su dulce elegancia, tan dulce como fatal, de su cuello de cisne; del fruto verde lleno de púas, como un erizo de mar creciendo en tierra; el mismo fruto abierto, con los tabiques rotos, amarillo y seco, mostrando las semillas: y llena de alcaloides como estaba, la planta era una invitación a la muerte; un viaje a través de un sueño alucinado hasta las puertas del sueño eterno; la datura.

            La tomaría y tardaría en morir menos de un día. Hierbas de las brujas. Convulsiones, depresión, arritmia, taquicardia, necesidad de respirar, colapso, todo… Todo lo que no quería pero tenía que tomar, puesto que atarla era, con la libertad, quitarle la vida. Y ¡qué ironía!, que por falta de amar muriera envenenada por un filtro de amor, el mismo que utilizaban en los tiempos oscuros, sacándolos de la datura. De la datura se saca la burundanga que te lleva a la amnesia; y ella quería amnesia, no quería acordarse de nada de este mundo, ahora sólo pensaba en la eternidad, mirando a las estrellas.

 


6.

 

            Aca Fala se había vestido con sus mejores joyas. Había serenidad en su rostro. Sus labios, carnosos como una estrella roja, atraían voluntades y corazones como la música de las sirenas. Sus ojos. Su piel tersa. Como el aire que no toca, como la brisa que acaricia, como el aturdimiento que adormece las voluntades ajenas. Su pelo negro. El color de la noche. Brillante como el sol, luz embriagadora, la luz más hermosa, luz que brilla en las tinieblas. Su hermoso penacho de plumas, torso delgado de formas puras, esculpidas en el taller de las nubes, cintura estrangulada bajo la suavidad de la falda, negra y larga, que bailaba con un vaivén en sus tobillos. Aca Fala se había recostado sobre el lecho de las emperatrices. La princesa Aca Fala, en toda su majestad, dulce y suave y tierna y adorable, amada, eterna, era, había sido siempre, la emperatriz de la belleza.

            Descansó. Dejó reposar su nuca sobre almohadones. Miró al cielo. Desde allí veía, inteligente y soñadora, el parpadeo de las estrellas. Puntos de luz, como puntos redondos, como luces, destellos; que salían del fondo de sí mismos formando una corona de rayos que iluminaban sin quemar. Eran luces frías, pero radiantes; fantasmagóricas e ignotas. Aca Fala las miraba y soñaba con convertirse en una de ellas. Así lo había querido toda la vida. Lejana, inaccesible, para que su luz fuera imposible de tocar, su piel fuera caricia del ojo y no de la mano y así flotando, sin consumirse, su belleza fuera un templo de los templos.

            Notó un leve temblor en su mano. En su vientre, en su cuello, sus piernas estaban temblando. Quiso levantarse pero no podía. Apartó las almohadas para que sus ojos, boca arriba, miraran las estrellas. ¿Cuánto tiempo estuvo así? No sabía. De repente entró en un sopor, se hundió su voluntad por debajo del sentimiento y en el pecho quedó un vacío sembrado de temblores y de dudas: el vacío de la nada. La invadió el sueño. Sus párpados se cerraban pero los restos de su voluntad los mantenían entreabiertos, o quién sabe, tal vez cerrados a medias; el mundo se vino abajo como una bóveda que se desplomaba dentro de su pecho. Durmió. Durmió sin dormir, su alegría se había ido, su fantasía se había hundido, su energía la había abandonado. Su cuerpo ingrávido como una pluma se vencía al venirse abajo el esqueleto de su voluntad; que flotaba derrotado, hundido, o más que flotar se arrastraba, sobre los restos de su vigor que reptaban por el suelo. Estaba sumida en una profunda depresión: su ánimo no era capaz de reír, sus piernas no eran capaces de andar, la pasión se le había ido y el corazón no sabía ya si respirar o detenerse.

            Aquel corazón se desbocaba como un corcel que no obedece a la brida, que no escucha razones. Luego se paraba cuando quería latir. Y se movía como las piernas que quieren correr cuando las frena la  lentitud del viejo que te lleva de su brazo; más que caminar, vacilaba. Entre latidos frenéticos y palpitares lentos aquel corazón, que había perdido el norte, se consumía.

            ¿Cuánto tiempo pasó? ¡Y cómo saberlo! Pero el cielo pintaba de rosa y las estrellas se habían marchado y ya la princesa Aca Fala, acercándose a la aurora, desaparecía en el crepúsculo de sus latidos. Había respirado con agitación pero ahora su pecho se movía apenas, respirando sin respirar, con la serenidad y parsimonia con que respiran los muertos. Aca Fala dejó de existir. Después de una noche de agonía, sangrando en su interior, tras ingerir aquel veneno.

 

7.

 

            Dice la leyenda que Aca Fala se convirtió en estrella. En estrella de  mar. Los astros, los más brillantes de los dioses, la castigaron. La volvieron estrella de mar para que necesitara patas puesto que no flotaba, estrella sin luz, sin gracia, sin belleza. Que lo hicieron para castigar su vanidad. Pero yo creo que lo hicieron por envidia: porque Aca Fala superaba en hermosura, rebosante de luz, hasta a las estrellas.

 


viernes, 5 de junio de 2020

LAS VIRTUDES DE LA VIDA




LAS VIRTUDES DE LA VIDA
  

Alma y espíritu.

            Mi alma no es una encrucijada entre el pensar y el sentir, sino una receta, una comida, un plato; cada alma es un plato distinto hecho con los mismos ingredientes, pero en distintas proporciones, y el mundo es un libro de recetas donde cada ser humano ocupa una página; luego cada página se llena en la cocina de la historia y se convierte en espíritu; y si cada alma es una forma distinta de combinar el sentimiento con la razón, cada espíritu es una forma distinta de vivirlos, porque las almas no pasan todas por los mismos sitios y tienen cada una su propia experiencia; y aunque haya personas que estén hechas más o menos de la misma forma, como si fuesen el mismo molde con muchas variantes, y cada molde distinto puede tener sus propias variantes, y encarnarse en personas distintas de distintas maneras: también la vida que llevan hace que las mismas variantes se expresen de forma muy variada; es como los coches, hay muchas marcas, cada marca tiene muchos modelos, y cada ejemplar del mismo modelo tiene su propia historia, y no tiene los mismos roces, sus dueños no tienen la misma forma de conducir, ni tienen las mismas cicatrices, ni han pasado por los mismos talleres.

Prudencia.

            El pensar se mejora buscando la prudencia. La prudencia es el empeño que tienen los pensadores por mejorar el uso que hacen de la razón. Podemos decir que ser prudente es poner los medios adecuados a los fines (ya sabemos que los fines no los pone la cabeza, sino el corazón); pues bien, si quiero un mundo pacifico no puedo buscarlo por medios violentos; si quiero que sea justo no puedo alcanzarlo con la injusticia; y si quiero que esté limpio no puedo hacerlo ensuciándolo.
            También podemos decir que la prudencia consiste en buscar los fines que tengan buenas consecuencias; el corazón busca los fines que están acorde con sus gustos, con sus estructuras motivacionales, con su vocación (y por encima de ellos, con la justicia, con el respeto, con el amor); pero la cabeza busca, partiendo de las metas que el corazón le marca (las metas del corazón son nuestro destino), los fines subordinados que tengan las consecuencias esperadas, aquellas que son acordes con las metas de la vida; si a mí me gusta la música y el corazón me adentra por la senda de la música, mi inteligencia debe buscar metas parciales que me ayuden a realizar mi objetivo: estudiar el lenguaje musical para empezar a tocar un instrumento, o aprender las dos cosas a la vez y mejorar el instrumento a medida que voy aprendiendo el lenguaje musical, escuchar también las cosas que me gustan, y escucharlas junto a las que no conozco para aprender composiciones nuevas que me gustarían ya si yo las conociera… La prudencia nos obliga a conseguir nuestros objetivos de la mejor manera, aprovechando el tiempo y llenándolo de satisfacciones. Y si ser prudente es buscar acciones que tengan buenas consecuencias y si éstas son las consecuencias que esperamos, entonces podemos decir que la prudencia está emparentada con la esperanza.
            Prudencia es también buscar los límites fuera de los cuales ya no es posible, ni sensato, ni razonable, el esfuerzo; ni tampoco el placer. Yo no puedo esforzarme en una carrera cuando estoy cansado, y no cejar en el empeño cuando mi cansancio es mayor, aunque me sienta agotado: hasta conseguirlo; pero nada más llegar a la meta me desplomo fulminado: se me ha partido el corazón; he conseguido llegar, pero forzando mi cuerpo hasta matarlo; la prudencia me dice que hay que tensar la cuerda sin que se rompa; cuál es la zona de peligro en que la cuerda se empieza a romper es algo que tenemos que descubrir (intuir más bien: atisbar o sospechar) después de informarnos.


Templanza.

            Ser prudente es sopesar nuestra conducta fuera del comer y el beber; en el beber, comer y embriagarnos la prudencia se llama templanza; hay que evitar, en el comer, las consecuencias contrarias a la salud; hacer compatibles los placeres con los límites de nuestra naturaleza; huir de la obesidad: también de la anorexia; ser goloso, pero apartarme de la gula, disfrutando de una manera saludable. Y lo mismo pasa con la sexualidad. El placer no debe ser obsesivo para que no nos quite el tiempo de disfrutar de otros placeres; o, si no es sensato disfrutar de todos los placeres por igual, adivinar la jerarquía de placeres que le da sentido a nuestra vida, guiada por nuestra forma particular del sentir, la que viene de nuestra naturaleza, que es nuestra vocación, donde se esconde la felicidad de cada uno en la forma particular que cada uno tiene de vivir la plenitud: de llenar de placer sus vocaciones; sus vocaciones, no sus apetitos; que no es lo mismo alimentar las tentaciones que atacan a nuestros gustos que alimentar la pasión que nos da sentido, las vocaciones que guían nuestro placer.

Justicia.

            Podríamos decir que la prudencia consiste en sopesar el esfuerzo, y la templanza, en sopesar el placer. Ya sabemos que el corazón es la fuente de donde manan la fuerza y el placer (y, en la medida en que los insertamos en el tiempo, la ambición); el espíritu donde se desarrolla nuestra fuerza es el ánimo, la moral alta, la valentía, la fortaleza, el coraje. Pues bien la prudencia, la fortaleza y la templanza son las tres virtudes básicas de Platón; las que constituyen el fundamente de nuestra vida moral; de la actuación coordinada entre ellas surge la justicia: vamos a ver lo que esto quiere decir.
            Si debo corregir un examen lo propio es que lo haga con la razón, intentando ser prudente; si lo hago movido por el placer (por ejemplo aceptando regalos y sobornos) y le pongo un aprobado a quien no se lo merece, esa nota será injusta; y si me mueve el coraje, el odio o el rencor, poniéndole mala nota a quien no me cae bien, aunque el examen sea bueno, mi valoración también será injusta. Los exámenes se deben corregir con la cabeza,  no con el corazón ni con las tripas; el placer como guía de la inteligencia no es buen consejero; ni lo es la fuerza con que sentimos nuestras obsesiones, como la rabia que le tenemos a una persona cuando no hay ninguna razón para odiarla.
            Platón asignaba cada virtud a una función social (no hay que confundir las funciones sociales con las clases sociales, aunque algunas veces se confunden). Los gobernantes deben ser prudentes; los soldados, valientes; y los sectores económicos, templados. Un soldado no debería gobernar, porque su misión no es mandar, sino defender el país: sería injusto, pues, usurpar las funciones de otro, dar un golpe de estado. Tampoco sería justo que gobernaran quienes se ocupan de la economía, porque no mandarían atendiendo a la razón, sino a sus propios intereses: el gobierno no debe pertenecer a ninguna oligarquía. Tampoco deben los ricos usurpar las funciones militares, ocupando los puestos de mando como privilegios, sin estar preparados: el mando debe estar reservado a quien sabe mandar, no a quien tiene dinero para comprarse títulos en las escuelas militares. Por último, también le corresponde al gobierno conducir la guerra; el gobierno debe ordenar la convivencia, pero la estrategia corresponde a los militares, que saben luchar; a menos que los gobernantes hayan aprendido también el arte militar; uno de los ejemplos más patéticos es el presidente Piérola, que, creyéndose soldado, dispuso toda la artillería donde creía que el enemigo iba a atacar, pero no atacó; y el lugar donde se produjo el ataque no tenía cañones para defenderlo.
            La justicia, según Platón, aparece cuando cada cual hace lo que le corresponde, sin meterse en las competencias de los demás. Por eso se puede resumir con la conocida frase: zapatero, a tus zapatos.


Confianza.

            La confianza es la fe. Esa palabra está en su raíz: fianza; nos fiamos de alguien cuando creemos en él, cuando tenemos fe en que no nos defraudará. Había un equipo de fútbol que casi nunca ganaba un partido, pero pensaba siempre que el próximo partido lo ganaría: era el equipo de Alcoy; así se forjó la expresión “tener más moral que el Alcoyano”, donde “moral” significa fuerza de ánimo, confianza en sí mismo, confianza en que el esfuerzo nos recompensará. La fuerza, en este caso, viene de la fe; si creemos que podemos ganar nos esforzaremos en conseguirlo.
            Hay un relato que cuenta cómo Yukón desplazó la montaña: carretilla a carretilla. Algo que parece imposible, como poner una montaña en otro sitio, se puede conseguir poco a poco, día tras día, sin desfallecer; si creemos que es posible, lo conseguiremos; en este caso tener fe es lo mismo que tener paciencia.
            Si quieres, puedes: es lo que se ha dicho siempre; no es verdad. Por mucho que quiera atar el sol con una cuerda (como dicen que hicieron los hermanos Ayar en la fundación del Cuzco, según la leyenda), no lo conseguiré; porque no forma parte de lo posible, y no es sensato perseguir imposibles; a menos que, como sucede muchas veces, llamemos imposibles a las posibilidades que cuestan esfuerzo y nos rendimos antes de empezar. Habría que decir: si quieres después de haberlo pensado, puedes; pero no quieras cosas que no puedes pensar: no las conseguirás; y pensar es razonar, intuir, recordar, sentir, imaginar.
            Un préstamo es un crédito. Los bancos nos prestan dinero si creen que se lo vamos a devolver. Esa creencia es la fe. Pero la fe que nos tienen los bancos es fianza, sólo se fían si les damos garantías de que les vamos a pagar, y una garantía es mucho más que una promesa: es pedirnos autorización para quedarse con nuestro coche, con nuestra casa, si no podemos satisfacer la deuda cuando venza el plazo; los romanos también se cobraban con nuestra libertad. De modo que dar un crédito, para los bancos, no es fiarse, no es creer en quien lo recibe, sino vender: te vendo dinero a cambio de que me pagues intereses o, si no puedes, me pagarás con tu coche, tu casa o tu libertad; la fianza no tiene que ver con la fe (de donde procede), sino con las garantías que tú le das; y recordemos que la garantía aquí no es una promesa sino una venta: un papel firmado que te compromete a cederle tus bienes al banco si no puedes pagar.
            Pero muchas veces los banqueros se fían de la fama, y entonces no necesitan pedir garantías. Si alguien tiene fama de rico y pide un préstamo para montar una empresa, el banquero, convencido de que es rico, se lo prestará sin garantías, convencido, además, de que los beneficios que dará la empresa superarán con creces el dinero que le habrá prestado; prestar, aquí, no es vender, sino confiar.
            ¿Y cuándo podemos confiar? Muchas veces necesitamos garantías para creer. Esas garantías pueden estar en el pasado, en la historia vivida en común: si yo he visto durante muchos años que tal persona es buena, me inclinaré a creer en ella, a confiar; en tales casos la experiencia compartida (la historia que nos une) es el fundamento de la fe. Cuando no hay un conocimiento previo de la persona, como es el caso de los bancos que prestan dinero, la confianza se cimenta en las garantías. Pero cuando no hay experiencia ni garantías no es sensato creer; de modo que la fe se apoya en la razón, en la prudencia. Si un desconocido nos pide que matemos al vecino porque está poseído por el diablo y, si no lo hacemos, nos llama gentes de poca fe; o si nos pide que creamos en dios y nos habla de un dios en cuyo nombre nos pide todos los meses nuestro sueldo, total o parcial; o si nos dice que no estudiemos porque la escuela es el foco del mal: si nos dice cosas como esas, gratuitas y sin explicarse, apelando sólo a la fe, ¿habremos de creerle? ¿No habremos de parapetarnos detrás del escudo de la razón, que es lo que dios, o la naturaleza, nos ha dado para defendernos de los demás? “Guardaos de los falsos profetas”, dice el mismísimo evangelio; porque la confianza no es la fe del fanático; sólo se puede creer apoyándose uno en la experiencia, en la garantía, o en la sensatez.


Esperanza.

            La esperanza es la hija de la confianza, y por tanto, de la fe. Si creo que puedo aprobar, espero aprobar, y mi esperanza será mayor cuanto más haya estudiado. Si crees que el mundo es bueno, confías en él, esperas que nadie te atacará: esperar es lo mismo que confiar y que creer. Cuando nos empeñamos en hacer algo solemos decir: “espero conseguirlo”, porque pondré mis fuerzas en el empeño; y esperar, como signo de confianza, es lo mismo que esforzarse.
            Otras veces tenemos esperanza dependiendo de que haya mayor o menor probabilidad de que se produzcan las cosas; por ejemplo, cuantos más números haya jugado, mayor esperanza tendré de que me toque la lotería. En este ejemplo vemos que la fe en la que se apoya la esperanza a veces contiene riesgos. Tenemos que esperar con prudencia, sí, pero a veces las cosas son probables, y no nos pueden dar mucha seguridad. Si estudio es posible que apruebe; es posible, no seguro; a veces por mucho que estudie todas las veces suspendo, y cuantos más intentos, más fracasos, y cuando hay muchos fracasos sobreviene la desesperación. No es sensato desesperarse si hemos elegido el camino correcto. Pero sí lo es si, valiendo para las matemáticas, hemos elegido estudiar lengua, y en el comentario de textos no tenemos talento; si nos empeñamos en hacer cosas para las que no tenemos vocación seremos infelices y, además, aunque lo logremos, resultará prácticamente difícil destacar. Lo bueno, lo sensato, será ajustar nuestros deseos a nuestra vocación: y entonces podremos tener esperanza, entonces no habrá mayor espejismo que la desesperación.

Amor.

            Muchas cosas se han dicho sobre el amor. Entre la amistad y el erotismo (y la pasión) se han establecido grados; pero también podemos suponer que amarse es lo mismo que desarrollarse, y amar a los demás es lo mismo que ayudarles a andar; yo me quiero tal y como soy, y, dentro de lo que soy, debo procurar ser siempre mejor; y no tenemos por qué querernos tal y como estamos en un momento determinado, porque nuestro estado no siempre coincide con nuestro ser: por ejemplo si estoy enfermo no quiere decir que mi naturaleza consista en estar enfermo; hay veces en que debemos salir de nuestro estado para volver a esa conexión interrumpida que teníamos con nuestro ser. Amar es entonces respetar la naturaleza de las cosas, empezando por la de uno mismo, y la mejor prueba de amor es huir de la degeneración y ser ambicioso con la superación; dentro, claro está, de los límites de la prudencia de los que ya hemos hablado. Lo que llamamos respeto es aceptar la naturaleza, no las jerarquías arbitrarias de la dominación. 


            Así pues, cuando cambiamos la maldad por la bondad estamos amando, y suele suceder que la maldad es la ignorancia: entonces la bondad coincidiría con el saber; pero también con el querer. Amar es querer, y querer es el deseo de realizar una vocación (en eso se distingue del capricho). El amor es un compromiso basado en un sentimiento, pues comprometerse sin sentir es automatismo propio de las máquinas; y el amor se cifra en el corazón, que es el sentir de la naturaleza, la felicidad que surge cuando actuamos como somos, la salud de ser lo que se es, la intimidad, la vida entrañable, el deseo de llenarnos de lo que nos pide nuestra vocación: eso es la plenitud; que se distingue del hartazgo en que en el hartazgo nos llenamos de cosas que nos dan placer sin satisfacer nuestro ser, nuestra naturaleza, nuestro sentimiento, lo que estamos llamados a ser.
El amor, pues, es el compromiso que emana del sentimiento, nos comprometemos porque nos queremos nosotros mismos y queremos a los demás. Porque los demás son nuestro espejo, y al verlos sufrir a ellos nos sentimos sufrir nosotros mismos, aunque no siempre sea con la misma intensidad. Querer a los demás es sentir sus sentimientos, sufrir sus sufrimientos, pensar como ellos aunque no compartamos sus pensamientos, ponernos en su lugar: en querer a quien sufre se cifra la piedad, que no es más que misericordia: de “cordis”, sentir las miserias ajenas con el corazón); es lo mismo que la compasión (“padecer con” los demás), y compadecerse es sentir la necesidad de ser generoso, porque la generosidad (la solidaridad, la caridad, el altruismo) es la necesidad y el deseo de ayudar. Y esto no tiene nada que ver con la compasión entendida como menosprecio (“no quiero tu compasión”), que no es el sentimiento de la pena, sino el deseo de degradar a la gente echándole en cara su pobreza, como si tuviera la culpa de ser pobre; cuando la pobreza no es producto de su pereza, sino de la mala suerte que ha tenido en la lucha por la vida. Eso mismo sucede a veces con la caridad, que se convierte fácilmente en espectáculo, representación en donde quien da construye su grandeza sobre la pequeñez de quien recibe, como si necesitara aplastarlo para sentirse fuerte: eso no tiene que ver con la verdadera caridad, el sentir fraterno que normalmente llamamos generosidad.

Las virtudes de la vida.

            Hay que modificar las cuatro virtudes de Platón: en ellas está la fortaleza que le faltaba a Nietzsche. Y modificar las virtudes teologales: en ellas está el amor que le sobraba a Nietzsche, y que también le faltaba a Platón. El amor y la fuerza son las dos caras del corazón: ninguna de ellas tiene sentido sin la otra; el amor no debe confundirse con la debilidad, con el servilismo, con la sumisión, y en todo caso es mucho más que la caridad; y la fuerza no debe confundirse con la soberbia, ni con la crueldad (como a veces le pasa a Nietzsche). Hay que levantar las virtudes de la vida, que es la reinterpretación de todas las anteriores: prudencia, fortaleza, fe, esperanza y amor. El amor es el vértice del edificio y la fortaleza la base que lo sujeta; la esperanza mana de la fe, que echa sus raíces en la prudencia y en el amor; y la prudencia es la compañera de viaje que se ha convertido en la cabeza del corazón. El corazón, con los pies puestos en la fuerza y provisto de unos ojos que sienten, tiene una cabeza que piensa y por eso puede creer, querer y esperar.
  


viernes, 2 de agosto de 2019

RECIPROCIDAD



RECIPROCIDAD


            La moral es una forma de vivir bien; sus reglas surgen de la vida y las valora la razón, aunque suele ocurrir que los instintos vitales tienen algo que decir a la hora de valorar las reglas morales. La reflexión sobre las reglas es lo que llamamos ética.
            Tanto la vida social como la solitaria reposan sobre la reciprocidad. La reciprocidad es una forma de igualdad, y en eso consiste la justicia. Si yo compro harina por valor de cien euros, justo es que me den el equivalente de su valor; si el vendedor moja la harina para que pese más y, al hacerlo, me da menos por más, me estará robando: eso es injusto; deberá darme mercancía que valga lo mismo que el dinero que le doy. Podemos distinguir dos formas de igualdad:
1. La justicia. El imperativo de justicia podría expresarse así: “devuelve el bien que te dan”. Si tú me tratas bien yo a ti también te trataré bien.
2. La venganza. Su imperativo se expresa así: “devuelve el mal que te hacen”. Si tú me haces daño, yo te hago daño a ti también: ojo por ojo y diente por diente; es la ley del talión.
      Hay un instinto natural hacia la venganza, pero también hacia la generosidad. Somos felices devolviendo el mal pero nos dura poco; también lo somos devolviendo el bien, y parece que esa felicidad nos dura más. La pasión de la venganza es más intensa y por eso nos arrastra con más fuerza, aunque sea efímera; la de la felicidad quizá lo sea menos; podemos decir que en nosotros hay instintos, fuerzas que nos empujan a actuar de un modo o de otro; como la satisfacción de esos instintos nos libera de tensiones podemos decir que, más que tratarse de instintos egoístas, la naturaleza del instinto es el egoísmo.
      Lo propio del instinto es ser una fuerza que nos arrastra desde nuestra naturaleza. También hay una fuerza que arrastra al instinto y nosotros la llamamos libertad: capacidad de hacer lo contario de lo que nos apetece. El agente de la libertad es la razón, mientras que el del instinto es el automatismo (que es una forma de espontaneidad); la espontaneidad de la razón es, por el contrario, autonomía: capacidad de darse a sí mismo leyes distintas de las del instinto. El instinto es reacción atada a una forma pasiva de vivir, mientras que la libertad es acción atada a la iniciativa de la razón, que establece prioridades entre los instintos según lo vaya pudiendo cada ocasión.



También hay dos formas de desigualdad:
A. La injusticia. Consiste en devolver el mal por el bien.
B. La generosidad. Consiste en devolver el bien por el mal, como en la obra de Muñoz Seca: el perdón por la venganza, o mejor todavía: ayuda a cambio de injusticia, que no es otra cosa más que el amor a los enemigos que predica el evangelio; es justo amar a tus amigos pero amar a tus enemigos es mucho más que justo, es generoso. Nos mueve a la generosidad la compasión, que hoy llamamos empatía, y es el sentimiento que nos impulsa a ponernos en lugar de los otros: pensar y sentir como ellos suponiendo que vivimos como ellos, pero sin perder la visión crítica que emana de la razón; o sea de la libertad.
El egoísmo mediado por la empatía nos hace espejos los unos de los otros; en el padecimiento ajeno nos vemos a nosotros mismos, y también en el nuestro vemos a los demás: es lo que se llama misericordia, que no es más que sentir la miseria ajena con el corazón nuestro (eso sí, sin dejar de pensarla con la razón: sin perder nunca el sentido crítico).
La formulación más conocida de la empatía se la debemos a Kant: es el imperativo categórico; no hagas a nadie lo que no te gustaría que te hicieran a ti, lo que supone varias cosas:
Primero, que debemos huir de la venganza (pus a nadie le gustaría recibir el mal que damos cuando nos vengamos).
Segundo, que debemos ser justos (pues a todos nos gustaría que nos trataran tan bien como tratamos nosotros a los demás).
Tercero, que hay que ser generosos (pues incluso cuando nos hacen daño tenemos el deber de comprender y perdonar antes que ignorar y condenar; la crítica ha de entenderse como generosidad: no como condena del mal que nos hacen, sino como redención de los malvados ayudándolos a liberarse de las cadenas del mal).
Eso es lo que quiere decir, para la ética, reciprocidad. Y hay que añadir otra cosa: la generosidad que damos debemos dárnosla también a nosotros (por el mismo principio de reciprocidad); eso significa no abusar de nadie (empatía), pero tampoco dejar que abuse nadie de nosotros (asertividad). Asertividad y empatía son las dos consecuencias de la reciprocidad entendida como justicia, y justicia crítica; si devolvemos el mal somos agresivos y, por ende, vengativos; si devolvemos el bien somos justos; y si devolvemos el bien por el mal seremos generosos; sólo siendo generosos podremos construir un mundo en el que cada vez haya más semillas del bien y menos semillas del mal.






viernes, 13 de julio de 2018

MÁS PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN



MÁS PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN
  

1. La escuela.

            Hay quien dice que lo principal es el amor de madre; ningún padre puede sustituir a una madre en casa; la madre se ha convertido en el símbolo del hogar.
            No es verdad. Lo que sí es verdad es que si la madre está en casa mientras el padre está en el bar, los hijos sólo le hacen caso a la madre. Pero si una madre se obsesiona con la casa y la cuida más que a sus hijos, no es extraño que ella cuente tan poco como el padre que está en el bar. Los hijos escuchan a quien juega con ellos; a quien habla con ellos; a quien los ayuda cuando hace falta; no a quien está sin preocuparse por ellos, esté en el bar o esté en la casa; mucho menos cuando no está.

            La mano que mece la cuna es la mano que  maneja el mundo.
                                                                                                                                             (Proverbio norteamericano)

            La escuela es el lugar donde se imparte la enseñanza; desde la infancia hasta la universidad. La primera escuela es la familia, aunque acostumbremos a distinguir entre familia y escuela por comodidad. El padre y la madre son los primeros maestros. Y cualquiera que está con ellos cuando el padre y la madre no están.
            Hay madres ansiosas de tener hijos: pero la naturaleza no se los ha dado. Hay padres que no han nacido porque sus hijos tampoco han nacido: y tienen nostalgia de niño. Mecer la cuna es una forma de imaginar al niño; es anhelo y es engaño; y es, en los dos sentidos de la palabra, ilusión.

            La pobre loca cuidaba la cuna, lavaba la ropa, limpiaba pañales. Preparaba biberones, calentaba la leche, hacía papillas... pero no tenía niño. Así también hay maestros que cuidan la escuela y se olvidan del alumno. Pero cuidar la cuna no es cuidar al niño.

            Y hay padres y madres que sólo quieren niño para mostrarlo. Para pasearlo ante la mirada de todos, dándole el biberón, jugando con él mientras parece que juegan para él, llevando el carrito. Un muñeco, no más, es el bebé; o una muñeca; hay madres que juegan con él como quien juega con la muñeca; y padres que ven machotes donde no hay más que niños; si son niñas las dejan con su madre, se marchan al bar y se olvidan de ser.

            Adoran la educación y no educan. Obligan a leer y no animan. Animan a disfrutar y desaniman. También se odia la lectura haciéndola presencia vacía, tarea olvidada, enseñanza vana; y es un ídolo lejano, un mito. El tiempo que se emplea en adorarla no es tiempo que se invierte en vivirla.


            Ha habido madres que han sido mujeres de su casa; y han tenido sujetos a los hijos mientras fregaban con tal de que no pisaran el suelo; les han prohibido sentarse en el sofá para no estropearlo; y no les han dejado salir a jugar porque ¿qué tendrá la calle que todos queréis salir?
            Se han olvidado de cuidar al niño para cuidar la casa. De enseñarle a hablar por reír sus gracias. De dejarle jugar por no manchar el vestido. De correr y trotar para no llenarse de tierra, ni arrugar la ropa planchada, ni deshacer el lacito en el pelo. Hay quien trata a los niños como si fueran un escaparate.
            Y hay escuelas que se ponen bonitas cuando llega el inspector. Para quedar bien cuando vienen a mirarlas. Para deslumbrar a los padres. Se acuerdan de enseñar cuando compiten por un premio; cuando enseñar no es más que ganar títulos; cuando ser maestro no es más que un diploma. A diferencia de aquellos otros que, enseñando bien, les da por apuntarse a concursos; y ganar no es el sustituto de enseñar; los papeles no sustituyen a la realidad; la realidad no es falsificada por representaciones; enseñar no es sólo tener un diploma; y preocupa más el niño que su vestido; el juego más que los lazos; la escuela no se pone guapa sólo para mostrarse; el mundo no se convierte sólo en escaparate; y el maestro no se olvida del niño porque está cuidando la escuela o porque se haya ido al bar.

            Enseñan la escuela tan limpia y bonita... pero es una momia. Es un armazón de huesos y pellejo cubierto de cristal y pintado con mimo... pero no tiene cuerpo. Tiene el pulso frío.



2. La maldad.

            Ser malo es no tener empatía. Hacer a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Estando sano. Ser malo es no ponerse en el pellejo de los demás. No sentirte tú en el otro. No tener misericordia, que misericordia es el corazón que late y sufre por las miserias ajenas; que son nuestras  propias miserias. Sentir es comprender el mal de los demás, es querer curarlo: no deleitarse morosamente en el sufrimiento, como hace la gente de televisión cuando muestra historias desgraciadas; como hacen los melodramas explotando nuestros sentimientos bajos: que es bajo querer llorar sin querer ayudar al desgraciado; como hace esa falsa solidaridad que es la caridad espectáculo.  
            Hay quien no se siente reflejado en los demás porque su egoísmo enturbia la visión del espejo que tiene en el alma: y en un espejo que no es transparente no se puede ver. Algunos tienen corazones translúcidos y opacos. Y son insensibles al sentimiento ajeno. Son fríos. Son impenetrables.
            Otros no sienten el dolor del prójimo porque los ciega su propio dolor. Tienen en su alma un espejo transparente, pero no miran en él. Están demasiado preocupados con mirarse a sí mismos. No, no tienen tiempo para mirarse; si se miraran verían al prójimo en sus propias carnes, se compadecerían de él. (Eso que ahora llamamos empatía se llamó en un tiempo compasión. Com-padecerse: sufrir con el sufrimiento de los demás. Y querer suprimirlo como queremos suprimir nuestro propio sufrimiento).
            Y entre las muchas clases de maldad está la del vago. La pereza es falta de energía para actuar, cuando queremos. Es como el coche que tiene el motor intacto, pero le falta gasolina. La pereza sabe que tiene que hacer las cosas, pero no puede; el motor de su cabeza le dice lo que tiene que hacer, pero a su cabeza le falta gasolina. Cuando quieres y no puedes porque tu voluntad es floja, te engañas y engañas a los demás diciendo que no quieres nada; y disfrazas la pereza con la abulia, como la fábula de la zorra; pero queremos las uvas aunque finjamos despreciarlas.
            El perezoso ve que otros consiguen lo que quieren porque su deseo es fuerte, pero su poder es flojo; y sienten envida. El envidioso quiere rebajar al poderoso a su impotencia ya que él no puede alcanzar el poder que el otro tiene: y, a falta de construir su mundo, quiere destruir el mundo de los demás; para que no sean el espejo en el que se mire, viendo que él no ha hecho cosas que los otros han podido. Por eso el envidioso es malo. Porque tiene cegado el espejo de la compasión: es despiadado con los demás a falta de ser compasivo consigo mismo; y entonces compadecerse no es salir de la desgracia, sino hundirse en ella.

            Son dos clases de maldad: la maldad de los vagos, la maldad de los malos. El vago se porta mal aunque sea bueno; el otro es malo.