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viernes, 16 de octubre de 2020

DE LA DEMOCRACIA ARISTOTÉLICA

 

 

 

DE LA DEMOCRACIA ARISTOTÉLICA

            Cuando miramos las cosas con una lupa aumentamos el tamaño de su imagen y es como si la acercáramos a los ojos. El microscopio nos acerca las imágenes de lo que, aunque lo tengamos cerca, es tan pequeño que no lo podemos ver; la pequeñez es como la lejanía,  y aunque las cosas estén cerca sus imágenes están lejos. También la lejanía es como la pequeñez: las imágenes de las estrellas son pequeñas porque las estrellas, que son enormes, están muy alejadas de nosotros; los objetos, vistos al telescopio, son iguales que cuando los vemos a simple vista, pero sus imágenes no; sus imágenes cambian de tamaño, también cambian de color porque se tiñen del color del cristal. Y hay cristales de aumento que  se pueden mover: como la lupa, como los prismáticos; con los prismáticos podemos cambiar de lugar y ver las mismas cosas desde ópticas diferentes.

            La inteligencia es como un cristal. Cuando analiza el mundo lo acerca para verlo mejor, pero no puede verlo en sus imágenes sino en sus conceptos; los conceptos son imágenes mentales, entes que nos permiten ver muchas cosas a la vez; así, con el concepto de “insecto” yo veo todos los insectos a la vez, pero no en sus imágenes ópticas, veo sólo lo que tienen en común, y eso es la totalidad, y la abstracción; si los cristales ópticos nos dejan ver lo individual, que es también lo particular, con los cristales mentales vemos lo general, lo que no se puede ver con los otros ojos. Los conceptos son cristales que acercan al ojo del espíritu lo que no puede ver el ojo del cuerpo. Analizar es lo mismo que acercar, y es como si los conceptos estuvieran más cerca de la mente y revelaran otros  conceptos que antes no podíamos ver, y entonces la mente es como un teleobjetivo que selecciona una cosa y la muestra en sus detalles: eso es la inteligencia, un travelling de acercamiento, un zoom mental.

            Esa misma inteligencia también puede alejarse de los conceptos para verlos en medio de otros conceptos que les sirven de contexto y fondo: y es entonces una imagen panorámica, pero una imagen mental. Es como si miráramos los conceptos a través de un gran angular. Este travelling mental de alejamiento es la síntesis, otra forma de mirar. Si analizo el concepto de guerra veré dentro tácticas, estrategias y daños colaterales; y si lo estudio de manera sintética lo veré como una forma de violencia o como una extensión de la política, o como una consecuencia de las crisis económicas. Hoy vamos a usar cristales de aumento. Y los enfocaremos sobre el problema de la democracia, intentando aclarar de cerca lo que de lejos se ve borroso; mas para ver las cosas nítidas hay que enfocarlas bien.

            Si la democracia es el instrumento para que mande el pueblo, la veremos de una forma; y si sirve para que manden en él la veremos de otra; el pueblo que se deja mandar sólo se parece a la democracia si obedece por persuasión, no por violencia, que la demagogia no es lo mismo que el despotismo. Si nos atenemos a su significado etimológico, la república es la cosa de todos, y puede ser una democracia, una demagogia o un despotismo.

 


             El problema es que en democracia manda el pueblo, que es un ente abstracto. En la demagogia, en cambio, mandan sobre el pueblo una o varias personas concretas de carne y hueso: si es una sola, la llamaremos monarquía, y si son varias, oligarquía. Se puede construir una demagogia: basta con que la gente de carne y hueso se ponga a engañar para dirigir. Pero no es fácil construir una democracia porque quien piensa para ejercer el mando no son las personas concretas, sino una abstracción de ellas; yo cito a un demagogo y puedo hablar con él pero si cito al pueblo ¿quién vendrá a hablar?  ¿Todos? ¿O sólo sus representantes? Y los representantes ¿deben hablar por sí mismos o en nombre de los demás? ¿Se representan ellos o representan a sus electores? Los representantes de los profesores en un consejo escolar no estaban obligados a votar siguiendo la opinión de quienes los han elegido, sino siguiendo su propia opinión; y eran, al hacerlo, como espejos distorsionados, imágenes deformadas de la realidad; un representante que no dice lo que le mandan es como un espejo en el que uno se ve gordo estando delgado.

            En democracia todos pueden votar (siempre que se rijan por el sufragio universal). Pero cuando votan, cada uno se guía por su interés propio; o casi todos; son pocos quienes buscan el interés público, que surge del interés privado aplicándole la regla de la mayoría. Y las mayorías a veces no tienen en cuenta los derechos de las minorías, como cuando se vota en contra de que las mujeres, o los pobres, o los judíos, tengan poder de decisión; al hacerlo, aunque quienes votan sean mayoría, no les ocupa el interés general sino el interés de una parte a costa de la otra; que una decisión se tome por mayoría no quiere decir que esa decisión sea justa; las mayorías representan el egoísmo de los grupos, que es el egoísmo de una parte de los individuos sobre otra, y unas veces lo hacen por ignorancia y otras por interés. Las democracias deberían ser capaces de anular la ignorancia para que las decisiones fueran sensatas; y de humanizar el egoísmo para que la sensatez fuera compatible con la generosidad. Ignorancia. Egoísmo. Ésos son los dos grandes problemas de la democracia. La solución está en la sensatez y la generosidad, sí, pero entonces aparece un problema mayor: ¿cómo se llega a ellas? ¿Cómo convertimos el egoísmo en generosidad? ¿Cómo transformamos la ignorancia en sensatez? Parece como si buscáramos imposibles y los pusiéramos en manos de un alquimista.

            Empecemos por la ignorancia. Se ha puesto de moda pisotear la inteligencia, y la ciencia es una de sus manifestaciones. En el año 2020 los ignorantes votan si existe o no el cambio climático, si hay o no hay virus en el aire, y lo mismo que unos no darán ni un solo céntimo para combatir un cambio climático para ellos inexistente, otros se pasearán sin mascarilla buscando multitudes en plena crisis epidemiológica que ellos niegan. ¿Cómo es posible que en la ciencia manden, no ya quienes no son científicos, sino quienes niegan sus dictámenes? Lo propio de la ciencia son las dudas, no las certezas (o de lo contrario sería religión); y sus dictámenes son hipótesis probables para las que siempre se están buscando pruebas, pero es más razonable seguir posibilidades fundadas que certezas de humo que flotan en el aire.

            ¿Quién es el pueblo? La suma de sus individuos. He dicho la suma, no la integración. En esa suma hay muchos individuos ignorantes. Los ignorantes no deberían pronunciarse sobre cuestiones científicas. En esas cuestiones no deberían tener derecho de voto. ¿Cómo voy a votar quién quiero que sea mi médico si yo no entiendo nada de medicina? Puedo votar, entre varios médicos, quien me parece mejor, por las razones que sean; pero no puedo nombrar médico a quien no lo es, no tenemos derecho a nombrar médicos a los albañiles, profesores o arquitectos, si no han terminado también sus estudios de medicina. De la misma manera no deberíamos dejar que ni los políticos ni la gente profana tomara decisiones sobre las epidemias o el cambio climático; podemos escuchar sus opiniones, eso sí, y entre ellas seguro que habría algunas que a los expertos no se les habrían ocurrido; pero no deberíamos dejarles decidir.

 


            Ese tipo de decisiones debería incumbir sólo a los expertos. Los expertos son los que saben más, los mejores, los que están más y mejor preparados, informados y preparados: “mejor” se dice en griego “aristos”, de modo que el grupo de sabios constituye realmente una aristocracia: ellos son los mejores científicos  (otra cosa es saber si son las mejores personas). Una buena democracia debería dejar que se oyera la voz de todos en lo que tiene que ver con la experiencia, pero sólo la de los científicos en lo que tiene que ver con el experimento; la voz de todos es democracia; la de los expertos es aristocracia; la democracia debería ser aristocrática, esta idea ya se le ocurrió a Aristóteles; Nicolás de Piérola hablaba en el Perú de formar una república aristocrática, sólo que donde él decía “aristocracia” seguramente había que entender “oligarquía”; se trata de la aristocracia del mérito, no de la riqueza ni de la sangre; el hijo de un rico nace rico, el hijo de un noble nace noble, pero el hijo de un médico no nace médico y no lo será nunca a menos que estudie medicina.

            Dejemos para otro momento el problema de cómo se articula la democracia con la aristocracia. Cómo conjugamos democráticamente la decisión de la mayoría con la decisión de los expertos, sobre todo cuando la segunda no está de acuerdo con la primera: es un problema complejo. Lo que sí es cierto es que los expertos deberían ser científicos antes que técnicos: la aristocracia debería ser mucho más que tecnocracia. Sería el único camino para que no tomaran decisiones los ignorantes. El ignorante puede opinar mientras aprende, pero no decidir sobre lo que no sabe, lo mismo que la opinión de un zapatero sobre albañilería vale lo mismo que la de un religioso sobre política: que el religioso no debe ser político por ser religioso, sino porque se haya preparado para la política (al margen de la religión).

            El otro problema es el egoísmo. El interés no debería estar reñido con la generosidad. Buscar lo que a mí me conviene no debería hacerse a costa de lo que nos conviene a todos, sino que, entre todas las cosas que me podrían convenir, debería elegir las que también convienen a los demás. En su famoso documental sobre el cambio climático, Al Gore reconocía haber tomado conciencia de los perjuicios del tabaco después de ver morir por culpa del tabaco a uno de sus hermanos; y se cuestionó el sentido ético de esos cultivos en las enormes plantaciones que tenía en casa. Es cierto que no comprendemos las cosas hasta que las hemos vivido en carne propia; y que ojos que no ven, corazón que no siente; pero también lo es que podemos aprender a sentir y comprender cosas que no hemos vivido, porque las han vivido los demás: a eso lo llamamos empatía; los neurocientíficos lo relacionan con las neuronas-espejo, fuente de la capacidad de ser cada uno un espejo donde mira a los demás; y de sentir el sufrimiento ajeno, aunque nosotros no lo sintamos, como propio. La empatía es un cristal y cuando el egoísmo se mira en él, ve generosidad, y cuando el generoso también se mira, ve egoísmo; cuando suceda eso el egoísmo sólo será amor propio y amor fraterno, y de ninguna manera deseo de prosperar a costa de los demás.

            Cuando los ciudadanos sientan empatía serán capaces de sacrificarse por los demás. Si tengo que decidir sobre el destino de la industria del tabaco debería hacerlo sin pensar que mi padre, que trabaja en una plantación de tabaco, podría perder su trabajo; pero si pongo mi egoísmo al servicio del interés de todos, luego todos deberían poner su generosidad a mi servicio; y compensar a mi padre por la pérdida de su trabajo: esa solidaridad también forma parte de la democracia, democracia no es solamente capacidad de decidir, sino también necesidad de amar; y de ser amado.

 


            La pérdida de la ignorancia hace de nosotros buenos especialistas. Y la humanización del egoísmo nos convierte en buenas personas. Para ser buena persona hace falta una sólida cultura general, y una buena formación humanista, y para ser buen especialista hace falta una buena cultura científica, sobre todo en nuestra especialidad. Un científico humanista es un buen experto que también es buena persona, y eso, más que erudición, es sabiduría. Hemos dicho que en la democracia aristocrática los únicos que deberían decidir sobre cuestiones científicas son los científicos. Ahora vemos que los únicos científicos que deberían tomar esas decisiones son quienes sienten empatía por los demás: de lo contrario no se dejarían llevar por la ciencia, aunque fueran científicos, sino por sus propios intereses; en eso consiste la corrupción. En la película El fugitivo vemos que una empresa farmacéutica se quiere lucrar a costa de la salud de sus clientes, porque sabe que uno de sus fármacos no es bueno para la salud (pero sí lo es para sus intereses). Los intereses corruptos llevan a prácticas corruptas y no se detienen ante la amenaza, la extorsión o el asesinato. La ignorancia se cura con el saber, el egoísmo con la empatía, y lo mismo que sentir empatía no es dejar de ser egoísta (pues el egoísmo es necesario para la vida), de la misma manera ser sabio no es dejar de ser ignorante (puesto que no es posible llegar a saberlo todo); aunque sí arrinconar a la ignorancia con las pocas cosas que alcanzamos a saber. Nuestra ignorancia debería ser aristocrática para escuchar a los sabios, y humana para que sólo hablaran las buenas personas; y para que sólo las buenas personas escucharan; y nunca hicieran caso a los sordos, a esos sordos que no son los que no oyen, sino los que no quieren oír.

            Estos son los tres principios de la democracia aristocrática: democracia, aristocracia y humanidad. Estos tres principios son tres conceptos a los que nos hemos acercado mediante el análisis, que es el espejo de la inteligencia. Te miro a ti, amigo mío, que antes de ser espejo eras un cristal, y necesito que me acerques todas estas cosas a la inteligencia, necesito hacer un zoom que vaya más lejos desarrollando estas ideas; una mirada que alcance a ver cosas todavía más pequeñas y que por eso se ven lejanas: otro día miraré; pero ahora tengo la vista cansada y debo parar; y cuando paro, tengo la satisfacción de que algunas cosas están más claras porque ahora las he estado viendo a través de un cristal. 


 

 

viernes, 29 de mayo de 2020

LA ENCRUCIJADA DE EUROPA




LA ENCRUCIJADA DE EUROPA


            Acabada la segunda guerra europea empezó la construcción de Europa. Unas mentes esclarecidas (o quizá una necesidad, quién sabe) se empeñaron en arreglar lo que unos niños habían destruido; unos niños egoístas, inconscientes y caprichosos. Querían unir las fuerzas que tiraban para sitios diferentes, hacer amigos a los antiguos enemigos, y evitar, tal vez, que la historia se repitiera. Alemania, que había invadido a Francia, se subió al mismo barco que los franceses. Y el Reino Unido, que se había enfrentado a Francia desde mucho antes de Napoleón, hasta se embarcó en el proyecto de unirse; el símbolo de esta concordia fue el avión supersónico que construyeron entre los dos: el Concorde.
            Después se acusó a la integración europea de ser un proceso meramente económico; la Europa de los mercaderes, se decía; su nombre era Comunidad Económica Europea, de modo que, desde sus propias señas de identidad, no tenía aparentes intenciones culturales, ni mucho menos políticas. Lo que se quería era derribar las fronteras, que circularan libremente las mercancías: no las personas. Las fuerzas centrífugas, en la izquierda, querían la Europa de los pueblos, y como eso no era posible, se oponían a ella; lo mismo pensaban en la derecha, desde la otra orilla.
            Todo cambió cuando el proyecto se abrió a la libre circulación de las personas. La Comunidad Económica Europea pasó a llamarse Unión Europea. Desaparecieron las fronteras no sólo para las mercancías, sino también para las personas; se facilitó el intercambio cultural y en el horizonte estaba, como una meta más o menos lejana, la unión política. Pero el proyecto de constitución europea, que impulsó desde Francia el antiguo presidente Giscard d’Estaing, fue rechazado en referéndum por los franceses; el mismo año que se aceptaba en España. Los Estados Unidos Europeos se convirtieron en una idea más lejana. Las fuerzas nacionales se fortalecían al tiempo que las de la unión se quedaban estancadas; Europa nunca tuvo una verdadera diplomacia común, los países se negaban a ceder soberanía, y hubo un compás de espera en donde lo centrípeto, en un equilibrio inestable, empezaba a conocer la parálisis frente a lo centrífugo.
            Luego vino la reacción del otro lado: los enemigos de la unión se hicieron más fuertes. En Francia los nacionalistas tiraban para dentro, luego en Austria; Italia se desgarraba por dentro, el norte rico no quería compartir nada con el sur pobre, y luego vendría formulado más claramente el rechazo de Europa; después vendría Holanda, Cataluña, hasta que el Reino Unido nos despertó a todos haciendo realidad la separación: el Bréxit puso racismo y xenofobia donde había habido convivencia; el nacionalismo catalán enfrentó a las comunidades menospreciando a los catalanes que vinieron de fuera y falseando la historia y lo que es peor: robando y corrompiéndose hasta la médula con los votos de buena parte del pueblo; si ha de haber ladrones (pensaban seguramente) mejor que sean de casa; pero no se les ocurría que pudieran luchar por un mundo sin ladrones, ni de dentro ni de fuera. La tensión nacionalista se contagió después a Hungría. A Polonia. A España. 


            Pero los europeos más esclarecidos siempre han abogado por la unión: dejemos a Carlomagno, a Carlos V, a Napoleón (y, por qué no, a Hitler) que quisieron hacerlo por las armas. Pensemos en la Europa de la paz. El camino de Santiago. Las universidades de la Edad Media. Erasmo. El camino de Santiago favoreció rutas de contacto, no sólo comerciales, entre los europeos. Durante la Edad Media los estudiantes podían enseñar y aprender en Bolonia, en Montpellier, el París, en Oxford, en Salamanca, y se entendían en latín: un espíritu infinitamente más cosmopolita que la España del año 2000, donde los padres se manifestaban para que el autobús no llevase a sus hijos al pueblo de al lado; y donde, para colmo del ridículo, se oponían a que se los llevaran, dentro de la misma ciudad, dos calles más abajo; esta estrechez de miras no tiene nada que ver con la amplitud de horizontes de la universidades medievales; en El nombre de la rosa Umberto Eco pone en escena a un profesor inglés, acompañado de un alumno alemán, viajando a una abadía que se encontraba en Italia; y en cuya biblioteca se deleitaban con los únicos ejemplares de algunos libros, en un mundo sin imprenta, que había en toda la cristiandad.
            Luego vendría Andrés Laguna. Abogaría por el entendimiento de las culturas, por el conocimiento de los pueblos, por la unión de los europeos. Porque más importante que las culturas son las personas, o, para decirlo con mayor propiedad, las culturas son el abono donde crecen, solidarias, las personas; las culturas, no los cultos; la razón y el sentimiento, no la exclusión y la ortodoxia; la apertura a lo que hay fuera, que es la lluvia que riega las tierras que han sido plantadas con el espíritu nacional. La única posibilidad de que los europeos no se mataran entre ellos era para Andrés Laguna que se unieran. Y con la inmensa variedad de sus territorios la cultura europea sería una de las más ricas del mundo. Cuando Stefan Zweig escribe sobre el fin del siglo XIX titula a su libro “Memorias de un europeo”; no de un austriaco, no, de un europeo. La apertura de miras siempre ha sido un abono excelente para la cultura. Hubo un tiempo en donde los griegos recuperaron la escritura, conocieron la moneda que facilitaba los intercambios, se fueron de la península a Jonia y de Jonia a Mesopotamia, conocieron a los egipcios, supieron de Gilgamesh y leyeron las tablillas babilonias, y entonces aprendieron de astronomía, de matemáticas y del mundo, y empezaron a observar: entonces empezó la filosofía; fue, dice la historia, cuando los griegos salieron de Grecia; entonces se hicieron más griegos.
            De todos los avatares que ha conocido Europa uno de los más duros ha sido la epidemia del año 2020. Que se fue convirtiendo en pandemia. Un microorganismo muy agresivo, una variedad de coronavirus, obligó a aislarse no ya a Europa, no ya a cada uno de los países, sino a las familias dentro de ellos. Las calles están desiertas. Las tiendas, cerradas, salvo las que son de primera necesidad. No hay bares, los hoteles no abren, se acabaron las aglomeraciones, las fiestas, no hay librerías y los libros se leen por internet. Se han interrumpido los intercambios, la policía intercepta a quienes hablan, sólo se puede salir a comprar o a pasear al perro. La crisis ha destruido los intercambios entre países, pero también dentro del mismo país, y como no es posible que los individuos vivan solos, los únicos intercambios presenciales se dan en la familia; luego están los intercambios virtuales, mucho bulo y poca esencia, y si antes encontrábamos algunas mentiras en la tele, hoy encontramos muchas mentiras en internet; antes la televisión era aprovechada por el poder para crear su farsa; hoy los wasaps y los tweets sirven para que todo el mundo cree su farsa, cada uno la suya, incluida la más peligrosa de todas, la del poder.
            Cuando hayamos derrotado al virus se acabará la crisis sanitaria; y por terrible que parezca sólo morirán unos cientos de miles de personas en el mundo; no diezmará la población como hizo la peste negra, y una pandemia no le llegará a la suela del zapato a aquella epidemia terrible: virtudes del progreso, contra el que muchas voces gritan. 


            Luego vendrá la crisis económica. Muchos vislumbran que será una crisis terrible, a todas luces devastadora. La experiencia nos dice que a todo desastre económico le suele seguir un desastre social, y que los millones de parados, excluidos del sistema, se ganarán la vida como puedan: en Estados Unidos se están vendiendo muchas armas porque la gente piensa que tendrá que defenderse de los robos que crecerán de manera descomunal. Pero los excluidos también pueden encontrar sueldo en las milicias de los desaprensivos, que se formarán para hacer estallar guerras terribles.
            Hay que evitar eso. Hay que ayudar a los parados, pero sobre todo crear empleo para que dejen de estar parados, y no sólo por humanidad: también por interés. Por humanidad: quienes tienen deberían sentir el deseo de ayudar a quienes no tienen. Por interés: si no lo hacemos viviremos en un mundo de destrucción. De modo que tanto por interés como por altruismo nos conviene ayudar a los demás.
            Ahora bien, esa ayuda no vendrá de la empresa privada. Habrá, sí, algunas acciones generosas, gente como Bill Gates o Amancio Ortega; pero la mayoría de los empresarios irán a lo suyo: la ganancia; ya lo están demostrando subiendo el precio de las mascarillas, que es un producto de primerísima necesidad para protegerse del coronavirus; y lo están haciendo en muchas farmacias.
            Es inverosímil, pues, que la solución venga de la iniciativa privada. Vendrá de los Estados. El padre fundador de la economía moderna, Adam Smith, lo dice bien claro en su biblia: el motor de la riqueza (y a eso lo llamamos liberalismo) es la ambición, el egoísmo, el interés; se trata de gastar lo mínimo y de ganar lo máximo. El Estado, por el contrario, tiene que gastar mucho y ganar poco, porque su misión no es hacerse rico, sino ayudar al indefenso. Evidentemente para gastar dinero antes hay que ganarlo, y eso puede hacerse de tres maneras: cobrando impuestos, volviéndose empresario o aliándose con la empresa privada; lo primero es necesario, pero doloroso; lo segundo tiene sus límites, porque las empresas públicas tienen vocación de servicio y eso limita sus ganancias; lo tercero sería ideal, pero tendríamos que saber cómo se hace. Y está también el gran problema de las empresas: la corrupción. Hay gestores públicos que meten mano en el dinero de todos y se llevan buenos bocados: eso es cierto, pero no habría que deducir de ahí que hay que acabar con las empresas públicas para acabar con el problema; la iniciativa privada también tiene sus corruptos, y sin necesidad de llegar a Julio César Arana o James Maddoz, podríamos recordar que hay empresarios que han esquilmado sus empresas, o dueños subordinados que han prosperado a costa de robar a los dueños principales, o dueños de bancos que han robado a sus propios bancos: como  hizo Mario Conde. Eso sin contar que, si no hay regulación de comercio, las prácticas comerciales pueden llegar a confundirse con las de los piratas. No, para combatir la corrupción pública no hay que acabar con la empresa pública, porque en la empresa privada también hay corruptos. La solución está en otra parte.
            El comunismo antidemocrático ha pretendido poner la economía al servicio del pueblo: los hechos hablan por sí solos. La economía liberal ha pretendido crear bienestar colectivo con el egoísmo privado: los hechos hablan también. Quizá la solución haya que buscarla en la postura de un Vargas Llosa suponiendo que en una economía liberal debe haber gente valiente (héroes) para corregir los errores y los excesos; o todavía mejor, en una postura intermedia: esos excesos no pueden ser corregidos por los individuos, sino por el Estado; y es la socialdemocracia, que viene de la mano de Keynes. La socialdemocracia también ha fracasado, ¿y por qué? Porque si se sostiene sobre la presión fiscal, el progreso hace la vida más atractiva y, para disfrutarla, las parejas cada vez tienen menos hijos; paralelamente el progreso hace que la gente viva más; el resultado es que cada vez nacen menos jóvenes y hay más viejos que mantener (porque el Estado ya se ha gastado lo que ellos aportaron en su día para que no los sostuviera nadie). El problema de la socialdemocracia es demográfico: el envejecimiento de la población; el Estado gasta más en los necesitados y cobra menos impuestos de la fuerza de los jóvenes. Hay que buscar la manera de hacer compatibles la calidad de vida y el crecimiento de la población; tener hijos no debería significar que renunciáramos a disfrutar; sobrevivir como especie no debería ser incompatible con vivir bien como individuos; que no sepamos hacerlo no quiere decir que no lo podamos hacer; es cierto que saber es poder, pero incurriríamos en una falacia si dedujéramos que seríamos impotentes si no supiéramos cómo actuar; la ignorancia de hoy puede ser el conocimiento del mañana. 


            Éstas son las bases sobre las que se mueve actualmente la sociedad. Sobre estas bases tendremos que buscar la solución al desastre económico que seguirá a la pandemia; una solución que evite la guerra europea. Lo primero que se nos ocurre es gastar: que los Estados inviertan mucho dinero. ¿Problemas? Que ese dinero se gastaría en ayudar a la población vulnerable, no tanto en producir. Y que eso endeudaría a los Estados: los cuales quedarían expuestos a la depredación de sus prestamistas, que, siguiendo las leyes del mercado, les cobrarían intereses abusivos. La solución podría estar en que los países ricos compraran deuda de los países pobres y que no los asfixiaran con sus intereses, y ahí es donde vuelve Europa.
            Si algún sentido tiene Europa es, hoy, la solidaridad. Sobre esa solidaridad se creará mañana el beneficio; la alternativa, si destruimos Europa, será la guerra de todos contra todos. Alemania y Francia volverán a ser enemigos. Francia y el Reino Unido se mirarán otra vez con desconfianza. Pero lo peor es que los países ricos no quieran compartir nada con los países pobres. Holanda, Austria, Alemania, Cataluña, el Reino Unido barrerán todos para sí. Nada importarán los vecinos, por más que estén llamando a la puerta, como decía un soneto de Lope de Vega: ¿cuántas mañanas llamaste a mi puerta? Y no te abrí. ¿Y cuántas otras contesté: mañana te abriremos, para lo mismo responder mañana?
            Aquí hay que mirar a los pueblos en relación con sus élites. Podríamos decir que el pueblo (así, simplificando mucho) es el que sufre la vida, tanto para bien como para mal, y que las élites son quienes, por tener resuelto el problema de la vida, no tienen que preocuparse de vivir y pueden pensar: me refiero a las élites políticas e intelectuales; sería ideal que pudiéramos incluir a las élites económicas, pero la realidad no dice que, salvo en casos aislados como Yunus, tal vez Soros y Bill Gates, no es realista hacerlo: los hechos hablan, pero no solamente los hechos; también la ideología de Adam Smith. Quizá lo que llamamos “pueblo” tenga que escindirse en varios grupos: el pueblo llano que disfruta y sufre, y a veces se muestra generoso y a veces vive el rencor; los poderosos que se creen más que nadie, y que les puede la avaricia y la soberbia pero a veces son generosos, y unas veces disfrutan y otras ni pueden ni saben disfrutar; y la mezcla de los dos.
            Supongamos que las élites políticas e intelectuales orientan a Europa sobre la senda de la solidaridad. Hay en Europa líderes capaces de hacerlo, el problema son sus pueblos. Imaginemos que un país rico, por ejemplo Alemania, lanza una política solidaria a escala europea; una política altruista, pero que redundaría, con el tiempo, en su propio interés, y la propia Alemania, que hoy hace un sacrificio, mañana acabaría ganando. Esa decisión esclarecida de las élites alemanas les costaría cara en unas próximas elecciones: pues el pueblo alemán, guiado por sentimientos mezquinos e intereses de corto alcance, es muy probable que barriera a esas élites y las sustituyeran por demagogos que esperan ahí, agazapados, aguardando su momento: el momento del egoísmo, de la soberbia, de la insolidaridad y de la exclusión. Europa se rompería y es probable que cada Estado acabara saliéndose para recuperar su soberanía: seguramente para ser león en su propio desierto; que aunque fuera desierto al menos sería propio; y con eso ya estarían contentos. 


            ¿Y si Europa no sigue la senda de la solidaridad? ¿Y si, para evitar que la rompieran los nacionalismos excluyentes, obligara a que cada uno saliera de la crisis por sus propios medios? Entonces se destruiría a sí misma, porque sus señas de identidad, sus ideales de apertura y libertad quedaría en entredicho y una realidad europea contraria a las miras de su ideal sería una realidad inviable. Esta destrucción ideológica de Europa, sumida en sus propias contradicciones, iría de la mano de su destrucción política, pues esta vez serían los países pobres los que se retirarían; acabarían pensando (y con toda lógica) que si no pueden obtener solidaridad de sus socios recuperarían la soberanía que les entregaron; o más bien (porque nadie entregó nada a nadie) lo que cedieron todos para construir el ideal europeo por el que se sintieron atraídos.
            Ésa es hoy la encrucijada de Europa. Por un lado estamos condenados a vivir juntos y por otro hay en cada uno de nosotros ese instinto de independencia que subsiste como una rémora del pasado; como una inercia. Pero en el pasado, cuando esta idea existía apenas, espíritus esclarecidos como Erasmo y Andrés Laguna ya supieron ver en el futuro; y se dieron cuenta de que si Europa no se unía sería el desastre; y lo fue; la guerra de los cien años, que les precedió, dio lugar a la guerra de los treinta años, a un divorcio radical más allá de las religiones, a diversos sobresaltos que nos llevaron después a dos guerras mundiales. Dos suicidios colectivos, tan descomunales como insensatos. Dos pandemias políticas.
            El pueblo, o más bien los individuos, la gente de la calle, siempre sufre las consecuencias. Por eso no vota con la cabeza sino con el estómago, y pone rabia donde debía poner sensatez, donde debía poner corazón pone tripas. Las élites, que normalmente no sufren de la necesidad, pueden pensar con el corazón y con la cabeza, ser prudentes y generosas, aunque muchos no lo sean: pero, en principio, pueden serlo; todo está en que sean unas élites esclarecidas, ilustradas, como quería Kant; en espera de que lo fuese el pueblo.
            El problema es que las élites son una minoría, y las élites ilustradas todavía más. Y que en unas elecciones puede sacar más votos la inconsciencia que la sensatez, aunque tenga motivos. El mundo camina en ese sentido: no olvidemos que Aznar, cuando se enfrentó a Felipe González, se presentó como uno de tantos, pretendiendo confundirse con la gente corriente frente al carisma con el que sobresalía Felipe González; también Donald Trump se presentó diciendo “yo no soy como ésos” (un político diciendo que no es político es como un médico presumiendo de no serlo, qué paradoja: y la gente le votó). Hoy asistimos al triunfo de lo mediocre sobre lo excelente y eso puede hacerle pagar un precio a la democracia. El pueblo alemán votó a Hitler. Los rusos retiraron su apoyo a alguien que tenía algo que decir en la escena política, Mihail Gorbachov, convirtiéndolo en un residuo. Y cuando la democracia se corrompe, renunciando a mejorar su cultura y renegando de la calidad, es capaz de condenar a muerte al mejor de los atenienses, a Sócrates, acusándolo de corromper a la juventud. Es necesario el pueblo para decirles a las élites que pasan hambre (aunque las élites no la pasen). Y son necesarias las élites para recordarle al pueblo que hay problemas que no tienen soluciones rápidas; y que no podemos dar hambre para mañana si nos obsesionamos de manera insensata en dar pan para hoy. Es necesario un equilibrio, un desarrollo político sostenible, lo que Hans Jonas llamaba imperativo de responsabilidad: que la necesidad de sobrevivir hoy no nos impida humanizarnos mañana. En las élites se encuentra mayoritariamente la calidad, aunque también la tenga mucha gente del pueblo; y en el pueblo se encuentra la cantidad democrática, medida en votos que no siempre contienen las mejores opciones. El problema de la democracia es el de equilibrar la cantidad con la calidad, y la democracia es el problema de Europa, una democracia de rostro humano: ésa es su encrucijada. Sería estupendo que lo que construyen los políticos por arriba, cuando es bueno, no lo derribara la gente por abajo: que el futuro no sucumbiera a manos del presente, que la prudencia no cayera empujada por la necesidad.
            Pero hoy los políticos no tienen buena fama. Hay malos políticos, es cierto, pero de que muchos políticos sean malos no se deduce que lo sean todos. Hay que tumbar prejuicios y ése es el primero de todos, porque si acabamos con los políticos ¿quién nos librará del propio pueblo si enloquece (y la política es el antídoto de la locura)? Europa es el punto de mira del mundo. De que Europa no se rompa depende el futuro de la humanidad. Porque en Europa está la cultura que hemos heredado antes de Grecia, echando sus raíces en Asia, y teniendo un pasado tan viejo, tiene el mejor trampolín del mundo para mejorar el progreso; para construir la justicia no solamente desde en sentimiento, sino, a todas luces, desde la razón.