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viernes, 29 de noviembre de 2019

ESFUERZO



ESFUERZO



I.                    

            Sacrificarse es renunciar a una cosa a cambio de otra. Yo puedo dejar de divertirme hoy para aprobar el examen de mañana; quedarme sin tiempo de ocio para costear los estudios de mi hijo; no escatimar esfuerzos para conseguir un objetivo; echar el resto para ganar un partido; sacar fuerzas de flaqueza cuando me invade el desánimo; empeñarme en conseguir lo que me propongo cuando he dejado de creer en ello; sacar toda las fuerzas que hay en mí cuando he empezado a sentirme débil; renunciar a una parte de mi sueldo para pagar, con mis impuestos, la ayuda de quienes están en situación de necesidad; sacrificarse es elegir entre dos bienes buscando el que más vale, el que más urge y el que más falta; en la vida, como en el deporte, como en la ética, como en el arte, hay que tener espíritu de sacrificio.
            Pero sacrificarse no es renunciar. No es eso sólo. Es renunciar a algo por otra cosa que vale más. Entre estudiar hoy para aprobar mañana y divertirme hoy renunciando al futuro, yo tengo que elegir lo mejor. Lo mejor no es siempre sacrificar el presente a cambio del futuro. Ni prescindir de él en aras del pasado. Si no he vivido por pensar en el día de mañana, cuando llegue ese día me daré cuenta de que ya no puedo disfrutar porque he perdido el tiempo; me habré ganado el futuro perdiendo el presente, y el presente son los ladrillos del albañil, y sin ladrillos no podremos construir ninguna casa: sin presente no podemos ganar ningún futuro. Encerrarse en una biblioteca para ser el mejor de los profesionales es construir prosperidad con el vacío, ganar el cielo y perder la capacidad de disfrutarlo, conquistar el mundo sacrificando el placer de disfrutar de tu conquista.
            Hay quien pierde la vida (y la vida es el presente) renunciando a todo con tal de vivir en el pasado. Pensar que en lo que fue está la sustancia de lo que es sin ver tampoco que en lo que es está la sustancia de lo que será. No vivir por revivir es llenar tu vida con lo que ya se ha muerto, y es como un coche sin gasolina, muy bello por fuera, pero vacío por dentro. Se puede sacrificar el presente en el altar del pasado. También o sacrificamos algunas veces en el altar del porvenir. Y sacrificamos el futuro, muchas veces, adorando el momento presente, y en aras del presente sacrificamos otras veces lo que fue nuestro pasado. No es bueno adorar unas cosas para justificar que no hemos sabido cultivar otras más valiosas que se nos escapan de las manos. No hay que confundir el cultivo con el culto (un campesino no se queda inactivo adorando su arado, sino que lo pone a trabajar la tierra, arando). Cuando fracasamos, levantamos un ídolo y le rendimos culto para olvidar que hemos fracasado. El culto a la vida no es más que amor a la vida y no tiene más sustancia que vivir. Pero cuando no hemos sabido vivir disfrutamos del culto, lo que no es más que derrota; y le intentamos dar a la vida, como si con eso pudiéramos revivirla, esa apariencia de vida hueca, descorazonada y fría, que vemos en el culto a la muerte. Para vivir no hace falta buscar la muerte porque la muerte viene sola; morir por vivir, a no ser que llenemos la vida y que la muerte no tenga remedio, no es vivir de veras.


            La vida no es sacrificio, pero está llena de él. La vida es, por encima de todo, goce: de nada sirve el sacrificio si no es para gozar. Disfruto del aprobado de mañana cuando he sacrificado hoy mi ocio, pero no debo aplazar ese placer hasta pasado mañana: a menos que pasado mañana me espere otro sacrificio en aras de algo más importante; pero no he de pasarme a vida aplazando siempre el placer, porque un placer siempre aplazado no es vivir, sino vender mi alma al diablo.
            He sacrificado mi placer para costear los estudios de mi hijo: sí, pero sólo el placer que se paga. Si no he podido ir al baile, al concierto, al cine o al teatro, por lo menos he podido salir a pasear, y respirar aire limpio caminando los domingos por el campo, y escuchar en la radio los conciertos que no me he podido pagar, y sacar de la biblioteca las historias que no he podido disfrutar en el cine, que en un país libre, por muy pobre que sea, siempre hay bibliotecas que nos salen gratis.
            Toda mi vida he querido comprarme un huertecito, adquirir un coche, ser el dueño de mi casa, hacer una canción, pintar un cuadro, escribir un libro. Me he esforzado todo lo que he podido y poco a poco lo estoy consiguiendo. Pero no a costa de vivir el día a día, no a costa de tomar una cerveza o subir al monte, no a costa de echar una partida de cartas, no a costa de hablar con el vecino, no a costa de disfrutar de la compañía de quienes tengo a mi lado. Esforzarme por un objetivo es como hacer una carrera y llegar a la meta: que el presente que vivo en cada instante siempre es punto de apoyo para proyectarme hacia la meta que estoy buscando; y los puntos en los que me apoyo son el presente renovado que se construye y se refuerza alimentando con sueños y alegrías, con fantasías y placeres de carne y hueso, construyendo el futuro con la sustancia del presente que se apoya en mi pasado.


II.

            Sacrificar es renunciar a una cosa a cambio de otra.
            Conquistar el mundo no sirve de nada si no puedes disfrutar de tu conquista.

            El rico se pasa la vida amasando fortunas; pero ser dichoso es, mucho más que ser rico, disfrutar de la fortuna que ha amasado aunque sea pequeña; porque nunca ha dejado de gozar mientras la amasa. ¿De qué le sirve el oro cuando no puede comer el rey Midas?

            La vida es el presente.

            Pedro está ahorrando para tener un piso, ¿cuándo podrá gastar el dinero? Mañana. ¿Cuándo se irá de viaje, cuándo pisará el teatro, cuándo entrará en el cine? Mañana. ¿Cuándo dejará por fin de vivir con estrecheces? Mañana. Y así pasan los días como pasan los segundos, estériles y rutinarios, uno tras otro; y cuando llega el momento de vivir ya no será tiempo porque la vida se habrá ido. El hoy que convertimos en mañana. 


            Hay quien pierde la vida renunciando a todo con tal de vivir; otros renuncian con tal de vivir en el pasado.
            La vida no es sacrificio pero está llena de él. La vida es sobre todo goce; de nada sirve el sacrificio si no es para gozar.

            Sufrir por gozar es ilusión; sufrir por sufrir es tontería. Castigamos al reo para que le duela como le ha dolido a la víctima a la que pegó, y no hacemos nada. Unos lo llaman ley del talión. Otros socialización del sufrimiento. Otros, simplemente, venganza. Sufrir por sufrir es masoquismo. Disfrutar del sufrimiento ajeno es ser sádicos. Pero ni el sádico ni el masoquista disfrutan nunca de verdad: disfrutar es, por encima de todas las apariencias, no admitir más sufrimiento que el estrictamente necesario para gozar; como quitarte un diente para hacer que desaparezca este persistente dolor de muelas.

Un placer siempre aplazado no es vivir, sino vender mi alma e hipotecarla.
            El presente que vivo en cada instante siempre es punto de apoyo para proyectarme hacia la meta que estoy buscando.

            Juego a las cartas y me divierto. Mañana también, y al día siguiente; y al otro. Y entre juego y juego no hay nada. Es un tiempo congelado hecho de instantes que no se siguen unos a otros, sino que son idénticos: y por eso, siendo tiempo están parados. Es el vacío la perpetua diversión que no sirve para nada: para nada más que para repetirse sin sentido; el hueco, la nada, la vacuidad del eterno retorno.
            Juego a las cartas y me divierto. Después viene el tiempo del trabajo. Y luego otra vez el tiempo del juego. Y es también una extensión de instantes contiguos que no se suceden entre sí, un nuevo vacío del eterno retorno.
            Juego a las cartas y me divierto. Y luego reanudo lo que estaba haciendo (era sólo un alto en el camino: para descansar). Hasta que lo termino. Y en cada instante encuentro el goce de terminar lo que empecé antes y de empezar lo que viene luego, el tiempo que le da continuidad. El instante ya no es un vacío dentro del tiempo, sino un deposito que está lleno. El tiempo vacío es una sucesión de instantes vacíos, y por tanto detenido; el tiempo detenido es un tren que no avanza, que está parado, que sigue a la muerte en el mismo sitio donde nació, sin haberse movido de él, sin haber hecho nada. El vacío de la nada existencial, de haber vivido estando muerto, el vacío de ser, el hastío, la nada. Pero el tiempo lleno está vivo porque se mueve llenando de vida cada uno de sus instantes; y ese estar lleno no es saciedad y hastío, sino plenitud. El tiempo que avanza buscando el camino de la eternidad es el tiempo feliz: por eso vive cuando le llega la muerte; y no es vacío de no haber llegado a ser; no es el camino que no ha buscado la felicidad; no es la nada

            No hay sacrificio sin motivación.

            Yo renuncio a gozar sólo si tengo la promesa de gozar más que si no renuncio. Si a mí me animan a trabajar mi capacidad de sacrificio será mayor que si me obligan (que la promesa de un premio tiene más energía vital que la amenaza de un castigo). Si me amenazan trabajaré, pero estaré apagado, oscuro y gris, desanimado y triste; en cambio si me mueve el ánimo estaré feliz, aunque tenga que desgastar la misma cantidad de energía.


            Sacrificarse es sufrir, y sufrir es resignarse; pero uno no se resigna por abandono sino para conquistarse.

            Quiero ir de vacaciones y el viaje cuesta caro. Pero alguien se ha puesto malo en mi familia y la curación cuesta cara también: cuesta, más o menos, lo mismo que el viaje que me estaba comprando; debo elegir; elegir entre el viaje y el hospital; las dos cosas son buenas, pero una vale más que la otra aunque ambas tengan el mismo precio; curar es más caro (es decir más querido para mí), pero viajar… Desde hace mucho tiempo tenía ganas de viajar, ¿qué hago?
            Hay que renunciar. Hay que resignarse. Hay que elegir. No hay más remedio que sacrificar y elijo, entre cosas del mismo precio, la que más vale. Soy feliz porque he elegido la mejor, pero sufro porque me he quedado sin la otra: que la que me apetecía tanto. Una cosa tengo clara: que no me he resignado a dejar de vivir sino a vivir mejor; pues vale más el cariño que el paisaje, tener el corazón atado que el cuerpo libre, que amar es tener la libertad atada a un corazón libre siendo libre tu corazón también, y viajar sin corazón, por muy libre que seas, es la mayor prisión que puede haber en el mundo.
  






viernes, 1 de febrero de 2019



MOTIVACIÓN


            Decía un día Savater, siguiendo la voz popular, que aburrirse viene de burro. Nosotros también podemos decir que motivarse viene de mover, lo que nos mueve a actuar es, literalmente, nuestro motor interno, la fuerza motriz que nos pone en marcha; si aceptamos esta idea, motivación sería el motor que nos hace arrancar como cuando en un coche giramos la llave de contacto. Lo que llamamos pereza sería que en nuestra forma de ser tenemos encasquillado el motor de arranque; el haragán, el perezoso, el vago, no tienen la culpa de serlo; porque han nacido así; sin energía para arrancar, sin ganas de hacer las cosas, sin fuerza para motivarse.
            Entonces necesitamos que nos motiven. Cuando el motor que tenemos dentro no es capaz de encenderse solo, alguien debe hacer saltar la chispa que prenda en nuestro interior para que empiece a arder el carburante. Entendiéndolo de esta manera, motivar no tiene que ver nada con divertir; al contrario, la diversión puede ser desmotivadora (“desmovilizadora”), como cuando un programa de televisión nos divierte tanto que no tenemos ganas de levantarnos del asiento: nos incita a seguir quietos, mirando, tumbados en el sillón, sin deseos de trabajar; la diversión suele tener más que ver con la pereza que con el trabajo.
            Lo digo porque los alumnos suelen confundir las clases motivadoras con clases divertidas. Le echan la culpa al profesor diciéndole: “es que no nos motivas”, como si motivar fuera lo mismo que divertir y la diversión fuera capaz de llevarnos al trabajo. No: para motivar no hay que ponerse sombrero cordobés, cantar corridos y tocar las palmas. Si me apuras, un castigo bien dosificado (que no tiene nada de divertido) puede ser una buena motivación. Una cosa es que el aprendizaje sea agradable y otra que sea divertido: porque lo agradable da ganas y lo divertido te las quita, como tener gusto por aprender incita al estudio y pasarlo bien nos aleja de él.
Para que la motivación sea eficaz debe mover el deseo de trabajar, no el deseo de abandonar el trabajo. Cuatro latigazos y una torta te ponen en seguida en solfa como cuando los antiguos esclavos recogían caña: pero esa motivación era inhumana. Para darle humanidad al trabajo la motivación tiene que ser emocionante, y la emoción es una palabra que también relacionamos con el movimiento; nos emociona lo que, literalmente, mueve, agita, sacude nuestras capacidades de sentir; ahora bien, el sentimiento debe conectarse con la acción, de lo contrario se convertirá en el sentir inactivo de quien escucha una historia triste que no le incita a ayudar a quien la sufre, sino solamente a pasar el rato; como esos programas lacrimosos que en televisión sirven para llorar a moco tendido, escuchando historias desgraciadas, y olvidarnos de ellas un poco más tarde cuando apretamos el botón y lo apagamos.
      La motivación, pues, no tiene que ver ni con la diversión ni con el sufrimiento. Cuando nos divertimos no trabajamos y cuando sufrimos no trabajamos a gusto. Motivarse debería ser conectar el sentimiento (que nos hace agradables las cosas) para despertar el deseo de trabajar (que nos abre al sacrificio). Dice Goldman que una de las habilidades de la inteligencia emocional tiene que ver con la capacidad de motivarse, de sentir emoción en el movimiento para disfrutar trabajando: eso, cuando uno se motiva solo; cuando nos motivan los demás, como el profesor que motiva al alumno, su misión no es entretenernos (que eso sería cultivar la pereza), sino hacernos la tarea agradable, o lo que es lo mismo: sentir gusto por el esfuerzo; el profesor debe explicar bien las cosas para que el alumno las entienda, y entendiéndolas se anime a estudiarlas más y a trabajarlas; eso nada tiene que ver con ponerse sombrero y tocar las castañuelas. El profesor no está para entretener al alumno sino para despertar su fuerza de voluntad, sus ganas de hacer bien las cosas, su capacidad de sacrificio. Porque quien no se sacrifica se aburre, y ya lo decía Savater: aburrirse viene de burro.




EL CHASQUI


            Era el correo del inca y los indios no sabían escribir. Esto era un problema cuando, durante cientos y miles de kilómetros, había que llevar las noticias al Cuzco. Para que los chasquis no se cansaran, cada cierto tiempo había un relevo; el chasqui corría a su lado y, durante varios kilómetros, le contaba las mismas noticias que a él mismo le habían contado; el relevo, entonces, se las aprendía de memoria; luego le daría el relevo a otro chasqui que también esperaría más lejos.
            El chasqui tenía que memorizar bien lo que el otro chasqui le había dicho. Tenía que esforzarse en transmitirle al inca exactamente lo que le dijo el primer chasqui de la cadena al primer relevo, porque si lo hacía mal… lo llevarían a su pueblo, lo pondrían en la plaza y allí, delante de todos, le aporrearían la cabeza hasta morir; así castigaba el inca a los chasquis desmemoriados.
            Todos los chasquis tenían motivos para recordar, les iba la vida en ello. Seguramente se esmerarían en su trabajo, su eficacia sería legendaria y su memoria no tendría parangón; seguramente estarían motivados para no fallar, pero en cambio… el chasqui no era feliz.
            ¿De qué nos sirve tanto empeño si el trabajo bien hecho se hace a costa de la felicidad? ¿De qué nos sirve motivarnos tanto? ¿Siempre es bueno perder la tierra para ganarse el cielo?




viernes, 19 de octubre de 2018

PERSEVERANCIA




            PERSEVERANCIA


            Ser constante es seguir esforzándose sin desfallecer. Hay quien, de manera decidida, emprende una tarea y al poco tiempo se ha cansado. Uno puede ser decidido sin perseverar, y hay quien no se decide y es flojo; pero el más flojo de todos es quien no termina las cosas que empieza.
            Ser capaz de hacer las cosas hasta el final es tener tesón, pues el mero hecho de perseverar requiere una fuerza que muchas veces no tenemos; pero quien, terminando todo lo que empieza, lo hace sin ganas, no lo tiene. Hay dos formas de tener tesón: una consiste en no abandonar la tarea, la segunda en hacerla con empeño. Se puede empeñar uno en hacer las cosas porque se siente ilusionado, pero también por disciplina: surge la disciplina cuando uno siente la obligación de trabajar y es capaz de cumplir aunque no le ilusione.
Procedamos, según esto, a precisar nuestras definiciones:
Constancia es mantener el esfuerzo.
Perseverancia es mantenerlo cuando nos tenemos que esforzar más.
Tesón es persistir en el empeño con una fuerza mucho mayor; entre la constancia, la perseverancia y el tesón habría una diferencia de grado, de menor a mayor.
El empeño son las ganas que tenemos de terminar una tarea, aunque no nos guste; el empeño puede ser constante, perseverante o hacerse con tesón, y puede estar motivado por la ilusión o por la disciplina.
Ilusión es la energía que evita que el esfuerzo se haga pesado; por el contrario, lo vuelve alegre, agradable y ligero.
Disciplina es la energía que nos mueve a terminar las cosas aunque no disfrutemos con ellas; la disciplina es una forma de sacrificio.
Sacrificio es renunciar a una cosa que nos gusta por otra que nos conviene, o que vale más, aunque no nos guste o nos guste menos.


Ejemplo 1. La inactividad. La abulia. El nihilismo.

            Hay quien empieza a leer una novela y, como no se siente enganchado por ella, la abandona: ha tomado la decisión de leerla, con lo que estaba decidido; pero no ha sido constante porque no ha podido seguir leyendo si la novela no lo cautivaba, si no lo atrapaba en sus redes como atrapan las arañas a la mosca; esa persona no puede hacer las cosas que no le ilusionan, incapaz de obligarse si no siente placer, y no puede someterse a disciplina. Algunos psicólogos dirán que es una persona inactiva; las personas no activas no paran cuando hacen cosas que las apasionan, pero demoran siempre la tarea si tienen que hacer algo que no les gusta; un alumno apasionado por la biología puede sacar sobresaliente en biología y suspender en todo lo demás.

Ejemplo 2. El tedio, el hastío. El spleen.

            Después de una arenga puede uno sentirse arrastrado a trabajar, pero en menos de un día pierde la energía acumulada y se esfuman las ganas; y lo que tan apasionadamente ha empezado cae en la inactividad y degenera en abulia; y en aburrimiento, que es el tono anímico que tenemos cuando no queremos hacer nada.

Ejemplo 3. Dueños de nuestro destino.

            Final de la champions. El Real Madrid perdía por uno a cero: faltaban tres minutos para terminar. Si hubieran dado el partido por perdido lo habrían perdido. Pero no se rindieron: y empataron en el tiempo de descuento. Forzaron la prórroga y se hundió el Atlético de Madrid y el Real Madrid se alzó con el triunfo.
            “Hasta el rabo todo es toro”, dice el refrán popular. Si nos rendimos antes de que acabe la batalla renunciamos a vencer. Si abandonamos, podremos achacar la derrota a nuestra mala suerte, pero perderemos, en realidad, porque no hemos querido seguir luchando; en el último minuto podemos cambiarlo todo aunque todo parezca perdido, sólo hay que persistir en el empeño: sólo tenemos que perseverar.

Ejemplo 4. El abandono.

            Hay alumnos que estudian y suspenden y eso sucede montones de veces. Y algunos que piensan que si, después de estudiar, han suspendido, entonces ¿para qué estudiar? Sucede sin embargo que el estudio no te garantiza el aprobado, pero la falta de estudio sí te asegura el suspenso: con total seguridad.
            Si el estudio no te garantiza el éxito al menos te lo hace más probable; y si persistes es más probable todavía que acabes aprobando, sólo tienes que ser constante; si de tanto ir el cántaro a la fuente se acaba rompiendo, también es cierto que de tanto esperar en la cola tiene que llegar el momento en que te toque. Es, simplemente, una cuestión de paciencia: de no abandonar nunca por mucho que tarde en llegar el éxito; mantenerse en la lucha es el único secreto, a veces la lucha ha de ser paciente: y perseverar.



viernes, 25 de agosto de 2017

DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (1)





DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (1)


1.

            No se puede decir que un silencio recorriera la sala. Lo que sucedió más bien fue que la sala estaba en silencio. El silencio que reina cuando uno viene dormido, dispuesto a escuchar; cuando uno espera que se lo digan todo y no quiere preguntas, sino respuestas; así estaban los alumnos cuando iban a clase. Juan Luis ya no estaba para hacer experimentos que despertaran la participación de los alumnos. Se limitaba a exponer lo que sabía, poniendo todo el énfasis de que era capaz, haciéndolo atractivo, revistiéndolo de misterio; esperaba que la curiosidad se despertase en los alumnos con la simple escucha de lo que decía, con tal que su discurso no fuera un texto casposo, sino una apasionante aventura.
            Sin embargo los alumnos no reaccionaban. Escuchaban con la pasividad del espectador que viene al teatro para que la acción la pongan los actores, él ya ha tenido bastante con poner el dinero. Los alumnos, sin embargo, no ponían ni el dinero, porque la enseñanza era gratuita. Venían acostumbrados a que se lo dieran todo sin que ellos pusieran nada para merecerlo.
            Y así, en aquel instante, la sala permanecía en silencio. No que se hubiera quedado callada, es que no había empezado a hablar. No era silencio emocionado, no la mente enmudeciendo sobrecogida cuando la pasión del verbo nos deja sin voz. No: era el silencio del aburrimiento; de quien viene sin ganas de decir nada y sale sin nada que decir. Y no porque su clase estuviese aburrida, sino porque aquellos chicos nacieron aburridos y arrastraron la vida cargándola de angustia; de la angustia que mana de la falta de interés, de la atonía que nos llena de vacío, como se llena de aire la barriga cuando la inflamos de gaseosa; el desánimo de la nada que poblaba el corazón de aquellos jóvenes, acostumbrados a tener de todo sin luchar por nada; acostumbrados a no sentir emoción, a contemplar una obra de arte como quien ve jugar a las cartas, a aburrirse con la belleza, a ver veinte películas idénticas con los personajes y lugares cambiados, a tragarse doscientos pokemon que no sirven para nada, con sus características detalladas y bien aprendidas; luego son incapaces no ya de aprenderse la tabla periódica de los elementos, sino de distinguir entre el sujeto y el predicado.
            No sabría decir por qué, pero aquélla le parecía una generación perdida. Generación perdida es la que no tiene de nada por culpa de la guerra, pero aquella se perdía en la abundancia y nunca aprendió a valorar lo que tenía. Con una irónica paradoja lo supo decir José Luis Bartolomé:
Lo tienes todo ganado,
pero eres un perdido.
            Porque nada de lo que tienes tiene valor. El mundo para ti es un gran decorado, un escaparate donde puedes escoger de todo y nada te cuesta. En verdad era aquélla una generación perdida. Y la gente no lo reconocía. Sólo reconocemos la pérdida de lo que vemos, la pobreza de no tener nada, la ausencia de las cosas que se ven y tocan, la ausencia del cuerpo. Pero aquella generación sufría de tener de todo, y era la pobreza de tener lo que no reconocían como pobreza. Sí, aquello era una pobreza de espíritu. Habían alimentado su alma con desgana, con aburrimiento, con desinterés, y aquel sentimiento se convertía en desprecio; sus ademanes eran desdeñosos, su conducta intercambiable, y el no creer en nada había hecho de ellos unos rebeldes sin causa. Sólo creían en el dinero:
                                               Adiós, papá, adiós, papá,
                                               consíguenos un poco de dinero más. 


            Se reían con la canción de los Ronaldos. Aquel nihilismo había hecho de ellos unos seres desalmados; vivían del cuerpo, pero habían perdido el alma. Y el cuerpo, aunque ellos no lo supieran, tenía su alma también; su culto al cuerpo era vivir sin cultura corporal, entregados a la dejadez de los gimnasios, de la cosmética, de las dietas inconscientes, de los anabolizantes; del alcohol sin tino, las borracheras, las pastillas, la coca, las carreras por la noche, las peleas grabadas en el móvil, la nada. Vivían en un mundo que les habían regalado al nacer y ellos eran incapaces de apreciar; como despreciaban los viajes del instituto porque eran gratis, porque no les costaban nada; porque les abrían los ojos a la cultura y ellos sólo entendían de cultos; y sus maestros los abofeteaban con aquella otra deformación no menos perversa del culto a la cultura. Entre la vida desalmada de unos y la de los otros, los autobuses iban vacíos. Pero había que pagarlos. Y no eran ellos los que los pagaban. Ni los otros ni los unos. También los maestros estaban acostumbrados a que las cosas fueran gratis.
            Por eso no se podía decir que la sala la recorriera el silencio. Es que el silencio estaba en la sala y los alumnos habían escuchado, pero no tenían nada que decir. No tenían costumbre de pensar lo que decían, no eran productores de pensamientos sino consumidores de ideas. Juan Luis tan sólo había preguntado:
            -¿Qué quiere decir “ser bueno”?
            Y ante su insistencia, algunos empezaban a decir: “portarse bien”; “ser bien pensados”, decían otros, y otros corregían: “hacer bien las cosas”. Tuvo que intervenir el profesor:
            -Os he pedido el significado de un adjetivo, y vosotros me dais la misma palabra convertida en adverbio. “Ser bueno” y “portarse bien” contienen la misma palabra; “bien” replica el significado de “bueno”, y eso no sirve para nada; es como si me dijerais que lo blanco es la blancura.
            Entonces intervino Adriana, que tenía una lógica muy incisiva:
            -Lo importante no es el adverbio, sino el verbo. Ser bueno es obrar bien, pensar bien y trabajar bien.
            -De acuerdo, pero hay mezclados dos problemas y tenéis que ayudarme a distinguirlos. No basta con obrar, pensar y trabajar para ser bueno; para ser bueno hay que obrar, pensar y trabajar bien. Pero ¿qué significa la palabra “bien”? No me digáis que lo mismo que “bueno”, porque entonces estaremos dándole vueltas a lo mismo.
            Hubo un silencio, y esta vez sí fue de perplejidad.
            -¿Qué significa “ser bueno”? Seguramente “ser” es al mismo tiempo obrar, pensar y trabajar; pero ¿qué es ser “bueno”?
            Un silencio recorrió la sala. Ahora sí.
            -Os daré pistas –dijo Juan Luis para ayudarles a salir del atolladero-. Algo podría ser bueno si nos gusta; si nos atrae; si es deseable.
            Ahora el silencio significaba “sí”; “estamos de acuerdo”. Juan Luis los sacó ahora del conformismo. Buscó ejemplos en los que no estuvieran de acuerdo todos; buscó contraejemplos.
            -El chorizo nos gusta. La droga nos atrae. Deseamos hacer el vago. Pero no todos estamos de acuerdo en que todas esas cosas sean buenas. 


            Juan Luis recurrió al libro de Savater. Quiso zanjar así la cuestión, porque éste no era el debate que le interesaba.
            ¿Estaréis de acuerdo en que es bueno todo lo que no nos hace daño?
            El sí de la respuesta fue unánime en los alumnos.
            -Pero si yo ahora os pregunto que qué es el daño vosotros me lo relacionaréis con el dolor. Y si os pregunto por el dolor me diréis que es el sentimiento del daño. Y si os apuro un poco más, me diréis que es el sentimiento del mal. Y si queréis saber lo que es el mal, contestaréis que lo contrario del bien; y ya estamos liados otra vez; no salimos del círculo vicioso.
            Juan Luis ahora tomó carrerilla. Él tenía la sartén por el mango y los chicos ardían en deseos de saber cómo salir del atolladero.
            -Es bueno lo que produce placer. Y malo lo que produce dolor. El mal es lo contrario del bien como el dolor lo es del placer, y lo contrario del placer y el dolor es la indiferencia; a menos que penséis que la indiferencia es ya una forma de dolor. Ahora recurriremos a Savater; un placer es malo cuando te quita la posibilidad de disfrutar de los otros; la borrachera se disfruta mientras te estás emborrachando, pero luego te pierdes la fiesta, vomitas y te queda la resaca. Pero volvamos a la pregunta que os hice: ¿qué significa ser bueno?
            El silencio fue de nuevo el mensajero de la perplejidad. Pero Adriana, que sabía escarbar para buscar petróleo, dijo:
            -Bastará con que tomemos las definiciones que acabamos de hacer. Ser, según hemos dicho, es obrar, pensar y trabajar. Bueno es lo que se disfruta sin perder la capacidad de disfrutar después. Si unimos estas dos definiciones tendremos la respuesta a lo que preguntas; ser bueno será obrar, pensar y trabajar sin perder nunca la posibilidad de seguir disfrutando.
            Un suspiro de admiración recorrió las mesas donde se sentaban los alumnos. La sorpresa se notó en sus bocas abiertas. Juan Luis, acostumbrado a las piruetas dialécticas, no perdió tampoco su capacidad de sorprenderse; y le aplaudió la idea. Acto seguido pasó a comentarla.
            -Si yo trabajo bien soy un buen trabajador; un buen carpintero si hago buenas sillas, por ejemplo. Si pienso bien seré un buen pensador; en este caso un buen filósofo. Pero si obro bien seré bueno a secas. Una buena persona. Pues bien, ahora que estáis satisfechos os contaré algo que me pasó hace muchos años. Tenía yo la edad que tenéis vosotros ahora, y acababa de terminar el bachillerato. Yo era bueno en latín y en griego. Un compañero me pidió que le diera clases y se las di gratis. Y otro compañero, cuando se enteró, me dijo que yo era bueno. Añadió en seguida que no me lo decía como un cumplido. Al llamarme bueno me estaba llamando...
            -... tonto –respondió Raúl, que las cazaba al vuelo.
            -Efectivamente –concluyó Juan Luis-. Bueno también significa tonto, y tonto es el que se pierde la fiesta por estar ayudando a los demás; como la borrachera es la tontería del vino, así también la tontería es la borrachera del bien. Si es bueno lo que no te quita la posibilidad de disfrutar del resto de las cosas buenas, privarse del bien por ayudar a los demás no puede ser cosa buena; aquí entronca la filosofía de Nietzsche.
            Se paró, miró a los alumnos que estaban sentados y comprobó en sus miradas que se había despertado el interés. Prosiguió tranquilo.
            -La filosofía de Nietzsche es un alegato contra la moral: la moral entendida como forma de desvivirse por hacer el bien. Desvivirse; dejar de vivir. Si lo bueno te quita la vida no puede ser bueno. El sacrificio de sí mismo en aras de los demás es un absurdo; ¿tiene acaso más valor la vida de los demás que tu propia vida? Eso del amor cristiano, que sufre para gozar después de la muerte, no tiene sentido. La caridad que te doblega no es buena, porque no es caridad contigo. El amor al prójimo no está mal, siempre que no se asiente sobre el amor propio, sobre el desprecio de sí mismo; pues el amor propio no es esclavo del amor al prójimo como yo no soy esclavo de los demás. El amor, el bien, la vida, son buenos si no se suicidan. El sacrificio sólo tiene sentido si es en aras de un bien que se disfruta antes de morir; siempre que ese beneficio tenga más valor que los bienes que sacrificamos para llegar a él. Ahí está Nietzsche. Nietzsche no desprecia el amor, la generosidad, la solidaridad con el mundo; lo que desprecia es el sacrificio de la vida en el altar de la muerte, que vale menos; y después de esta vida ya no hay más. Dejar de vivir esta vida pensando en la otra no es soltar el pájaro de la mano por cazar los ciento que vuelan: es que no hay pájaros volando por el cielo, y el único que existe es el que tenemos en la mano. La vida es placer, sí, pero placer que requiere sacrificio: la vida es lucha; y la lucha por la vida se empeña en las cosas buenas que hay antes de morir; después habrá otras cosas, pero ya no será para nosotros; serán para otros seres que hayan empezado a vivir después. Nuestra vida existe antes de morirnos, y no podemos acceder a ninguna otra vida que no sea para seguir viviendo después; vivir nuestra vida es vivir lo que ya nos ha pasado; será nuestro eterno retorno.
 
2.
Intuición e inteligencia: lógica y razón.

            El eterno retorno... y las miradas se hundían en el ensueño. Nietzsche era el apóstol del eterno retorno, y nadie lo entendió. Porque no se expresaba bien.
            -Bueno, hay que ir con cuidado cuando se habla así. Nietzsche se expresaba muy bien, pero lo hacía con metáforas; y la metáfora, a diferencia del concepto, hace vivir las cosas que se dicen, y vivir es entender. Con el concepto se entienden las cosas sin vivirlas, y eso, valga la paradoja, es vivirlas. Con la metáfora vivimos las cosas aunque no las entendamos con la cabeza; pero las entendemos con el corazón; y con las tripas.
            -No entiendo nada –interrumpió Roberto.
            Juan Luis lo miró con el verbo interrumpido, y después hundió sus ojos en el vacío; como cuando quería buscar una idea y la perseguía por las nieblas de la conciencia.
            -¿Cómo te lo podría explicar?... Mira, imagina que tienes que explicarle el color verde a un ciego; si perdió la vista en un accidente, todavía se acordará del color; pero si nació ciego no habrá visto el verde en su vida. ¿Qué le dirías para que lo entendiera? ¿Que el verde es el color que hay entre el azul y el amarillo en el arco iris? ¿Le hablarías de su frecuencia y su longitud de onda para que lo entendiera? ¿Lo entendería si se lo explicaras así?
            Roberto abrió la boca sin contestar, como se quedan los que se quedan perplejos.
            -Si te dice Descartes que el color aparece en el arco iris cuando tu mirada, el agua y el sol forman un ángulo de 50 grados, ¿entenderías tú lo que es el arco iris? ¿Te darías por satisfecho?
            Roberto tardó un poco en contestar, y contestó sin estar seguro.
            -¿Qué te faltaría? –continuó Juan Luis-. ¿Qué necesitas saber que no te muestra la explicación del ángulo y los grados? ¿Por qué no tienes la sensación de haber comprendido?
            Roberto buscaba en su mente sin encontrar. Juan Luis le ayudó con otro ejemplo.
            -Fíjate: los electrones giran en torno al átomo en distintos niveles. Imagina que un nivel es una órbita, o un orbital, eso ahora nos da lo mismo; figúrate que cada órbita es una camino y que cada camino contiene un vehículo de dos plazas; por cada camino, por tanto, sólo puede circular un máximo de dos electrones. Si aparece un tercer electrón tiene que buscarse otro vehículo que irá por otro raíl, por otro camino, no pueden subir tres electrones en el mismo coche, no hay sitio para tanto. ¿Lo entiendes?
            -Sí, es fácil de entender: está claro.
            -Pero con esta explicación ¿entenderías del todo la realidad del electrón en el átomo?
            -Para nada.
            -¿Por qué? ¿No dices que lo has entendido?
            -Sí, he entendido que si por un camino sólo pueden circular dos, no es posible que pasen tres; pero lo que no entiendo es por qué no pueden circular más de dos.
            -Exactamente. Lo mismo pasa con el arco iris. Tú entiendes que cada color tiene su ángulo, pero ¿por qué ese ángulo precisamente? Tú entiendes que, partiendo de unas premisas, se dan obligatoriamente unas conclusiones. Pero ¿por qué hay que admitir esas premisas? ¿Por qué no pueden ser otras? ¿Siempre hay que aceptar el punto de partida? 


            -Sí, sí, estás en lo cierto. Es como si tu padre te dice “¡esta noche a las doce en casa!” Si aceptas esta imposición llegarás a determinadas consecuencias, ¿pero por qué tienes que aceptarla? ¿No puedes imponer tú otras condiciones?
-¡Pues eso es lo que os quería decir! –exclamó Juan Luis con alegría-. Una ecuación matemática, una descripción geométrica, te hacen entender las cosas desde un determinado punto de vista; pero si cambiamos el punto de vista la ecuación y el dibujo varían; habrán servido para que entendamos una perspectiva, pero no otras de las muchas perspectivas desde las que se puede enfocar el problema. Un matemático te explica las cosas desde un punto de partida que, sin querer, aceptamos. ¿Pero y si quieres entender esas mismas cosas desde una óptica diferente? ¿O independientemente del enfoque que le demos?
Juan Luis respiró. La respiración se hace presente, se insubordina, se impone, cuando uno la contiene para dejar pasar la inspiración.
-Cuando os hablo del modo de entender las cosas, os recuerdo que hay dos: uno es con la cabeza; el otro con el corazón. A la cabeza se llega con el concepto; al corazón, con la metáfora. Son dos ópticas diferentes, dos perspectivas; la cabeza entiende las cosas en el espacio, y el corazón las entiende en el tiempo. Cuando la cabeza quiere entender el tiempo lo parte en trozos y extiende cada uno en un lugar del espacio; asó lo entendía Bergson. El corazón, sin embargo, no entiende las cosas separándolas en partes, pero entiende el conjunto. Entender un conjunto sin entender las partes es intuición, entender las partes sin entender el todo es inteligencia. La intuición y la inteligencia son formas de la razón. La inteligencia comprende las cosas en sus límites, pero no entiende por qué hay límites, ni por qué hay unos límites y no otros; la intuición se salta los límites y vive lo que entiende, pero lo ve todo borroso; su entendimiento es difuso.
Ahí los chicos se perdían, y Juan Luis era consciente de ello. Pero se dejó llevar por el numen, que le estaba haciendo descubrir cosas nuevas; o perfilar cosas que intuía desde hacía tiempo, no sabría  decirlo. Pero aquél era un momento creativo en sus clases. A veces le pasaba. Explicaba cosas poniéndose en le mente de los chicos; pero al hacerlo, a veces las ideas se encadenaban solas y cobraban vida: y fluían. Su flujo era entonces creación como brota el agua de la tierra, como manan en la mente las ideas, como surge la luz desde las sombras; haciéndose manantial. Aquellos momentos tenían algo divino. Subyugaban a Juan Luis con su potencia. Llenándolo de energía, en una especie de éxtasis que une la idea con el corazón. Juan Luis se dejaba llevar por aquellos arrebatos dialécticos a pesar de que sabía que sus alumnos no lo entendían; pero había que dar a luz corazonadas e ideas y aquello requería su tiempo. Luego, cuando sentía que había terminado el parto, volvía a la realidad. Regresaba de nuevo con sus alumnos.
-Perdonadme. Sé que todo esto que acabáis de oír es ininteligible para vosotros. Rebobinemos la película y volvamos al principio. Os quería explicar por qué  Nietzsche se expresaba con imágenes mientras otros se han expresado con conceptos. Platón, el gran adversario de Nietzsche, también se expresaba con imágenes: con mitos, con metáforas, con vivencias. Curioso, ¿no? Pues bien, la metáfora surge cuando queremos entender las cosas más allá de lo que el concepto lo permite; entonces recurrimos al lenguaje poético, que nos hace sentir lo que no entendemos. Sentir, aunque sea no comprendiendo, es una forma de comprender. Se comprenden las cosas con el corazón, viviéndolas; metiéndote en ellas, no contemplándolas desde lejos. Por eso el lenguaje poético, que es más difícil de entender, parece fácil porque lo muestra todo como si fuera un juego de palabras, como si ese juego fluyera al margen de la razón, pero no es verdad. Nietzsche decía que lo suyo era irracional, pero no es cierto. La vida, que es lógica y sensibilidad, no se puede entender sólo con la lógica. Las razones del corazón podrán perecer ilógicas, pero no irracionales. Hablar es siempre expresarse con la razón; o de lo contrario no hablamos, sino que gritamos. Los seres humanos, decía Aristóteles, tienen palabra: a diferencia de los otros animales que sólo tienen voz. El ser humano es un animal que habla. Unos filósofos, como el propio Aristóteles, hablaban con la lógica de los conceptos, y sus palabras eran ordenadas, claras y precisas; y aunque fueran complicadas, se entendían bien. Otros, como Platón, hablaban con la intuición de las imágenes, y sus palabras parecían más hermosas y sencillas, pero todo era más complicado: porque no seguían un hilo claro y preciso, aunque tuvieran su orden; pero era un orden misterioso y escondido, un orden que el lector no encontraba señalizado, un orden que el lector tenía que encontrar. El lenguaje poético, que es mucho más bonito, nos permite entender muchas más cosas, pero con mucha mayor dificultad. Nietzsche no escribía como Aristóteles. Escribía como Platón.
Y Juan Luis se corrigió mentalmente cuando lo estaba diciendo. “No exactamente”, se decía a sí mismo. “No exactamente”. Pero para aquellos chicos aquellas palabras bastaban. No estaban listos para entrar en aguas de mayor profundidad.