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viernes, 15 de abril de 2022

 

 

EL MUNDO     



            El mundo es la acción conjunta de la naturaleza y la sociedad. El ambiente. No es lo mismo vivir en un palacio que en un suburbio. Respirar aire limpio que los humos de una fábrica. Estar en un lugar lleno de cuestas que en el llano. En el campo que en la ciudad. Y no es lo mismo vivir en la prehistoria que en el siglo XX, en la guerra de los cien años que en un prolongado periodo de paz. No es lo mismo tener amigos que vivir solo. Los ermitaños han elegido vivir solos voluntariamente; pero hay gente que vive sola porque no tiene otra opción. Antaño la gente se moría de apendicitis; hoy casi es una cirugía menor. Y no es lo mismo vivir en el polo que en el trópico. En el desierto que en la sierra. Soportar un calor seco que un calor cargado de humedad. Es fácil que haya filósofos en unas regiones templadas. En la selva ecuatorial bastante tenemos con protegernos del clima y de las fieras. En el polo no hay más filosofía que cazar y levantar un iglú.

            En el mundo hay gente mala y gente buena. Gente que piensa y aprendices de brutos. Unos cultivan el pensamiento a costa del cuerpo y se vuelven pedantes, solitarios, ratones de biblioteca, gentes que abusan de los demás. Otros cultivan el cuerpo acosta del pensamiento, y se vuelven todo músculos, hércules de feria, obsesos del deporte, o de la guerra, fuerza bruta, glotones, borrachos, drogadictos, modelos, prostitutas, presumidos, objetos de consumo, víctimas de sí mismos y de la sociedad. Otros tienen un cuerpo fuerte con una cabeza amueblada, y cultivan el cuerpo con la cabeza, y saben hablar sin ofender a nadie, habilidades sociales, lo llaman, y son eruditos sin dejar de ser atletas, buscan la soledad cuando la necesitan, y cuando lo necesitan están con amigos, saben comer sin dañar al cuerpo, beber sin intoxicarse, divertirse sin degenerar. Gente equilibrada, gente que sabe vivir sin caer en los excesos.

            También hay gente  sin corazón. O con afectos. El corazón es la llave de la vida para sentir. Es raro que haya quien cultiva la mente y el corazón pero no el cuerpo; el cuerpo y el corazón pero no la cabeza; lo más normal es que, si alguien tiene buen corazón, armonice el poder de la cabeza con el del cuerpo aunque en esta armonía hay muchas gradaciones y muchos estilos, según le demos más importancia, desde el corazón, a la cabeza o al cuerpo. Ésta es la gente equilibrada. Una buena cabeza con un buen corazón hacen a la gente buena. Con un buen cuerpo, el corazón disfruta de las sensaciones. Pero entre disfrutar del alma y disfrutar del cuerpo hace falta que intervenga mínimamente la cabeza. Lo contrario de ser sentimental es ser malvado. Lo contrario de hedonista, depravado. Se cae del sentimentalismo a la maldad perdiendo grados de corazón en manos de la inteligencia; la misma pérdida de cordura nos lleva del hedonismo a la degradación. Entre todos los extremos hay muchos grados intermedios. Pero la conjunción perfecta de cabeza, cuerpo y corazón hace a  las personas equilibradas, sensatas, buenas y felices; aunque hay grados de felicidad según sea la proporción relativa de corazón, cuerpo o cabeza. 



            La cabeza sin corazón es maquiavélica. Con corazón, es buena. Hermanas del maquiavelismo son la avaricia y la soberbia; y de la bondad son hermanas el respeto, la confianza en sí mismo y la generosidad.

            El cuerpo sin cabeza es lujuria, gula, ira y pereza. Con cabeza es erótico, sibarita, paciente y trabajadora. Pero si además tiene corazón el erotismo es amor, el saber vivir, la generosidad, la paciencia, la comprensión; y el trabajo sirve para compartir aunque sea compitiendo, es eficacia y humanidad.

            El mundo es un lugar donde hay gente maquiavélica, codiciosa, soberbia, lujuriosa, glotona, iracunda, perezosa y esclava; pero también hay gente buena, respetuosa, confiada, generosa, exquisita, paciente, trabajadora, sana, comprensiva, colaboradora, eficaz y humana. El mundo es bueno en esta segunda mitad; malo en la primera. Y si somos buenos, sabemos encontrar lo bueno dentro de lo malo; malos, encontraremos cosas malas dentro de lo bueno. Que la vida sea buena o mala dependerá de lo que nos da el mundo en el que estamos y de lo que ponemos nosotros en él.

            Mundo, demonio y carne: ésos son los tres enemigos del alma. Carne es la perspectiva pecaminosa del cuerpo: no es que el cuerpo sea malo, lo que es malo es el cuerpo sin alma, es decir sin inteligencia: pero sobre todo sin corazón. El demonio es la falta de corazón en el cuerpo y el corazón es una moneda cuya otra cara es la inteligencia. Y el mundo es lo que nos rodea, las circunstancias en las que estamos: ya hemos visto que, sea el mundo bueno o malo, el verdadero enemigo del alma no es el mundo sino la maldad que nosotros ponemos en él, renunciando a ser buenos. El demonio es malo por definición porque es falta de corazón, pero el mundo y la carne no son enemigos; el único enemigo es el demonio, que los contamina cuando lo tenemos dentro. Así que no hay que engañarse: el único enemigo del alma es la falta de corazón y no hay más historias; lo demás es cuento.

 


 

viernes, 1 de abril de 2022

 

 

 

PECHOS SIN CORAZÓN    

 


 El amor es un tipo de atracción. Amar a una persona es sentir la necesidad de que esa persona sea feliz, de que nosotros seamos partícipes de esa felicidad y que la otra persona sea partícipe de esa necesidad. Amar una idea es necesitar que esa idea se realice. Al amor lo llamamos querer. Querer a una persona es lo mismo que amarla, lo mismo que querer que las cosas sean como las ideas buenas; pero querer una cosa es desearla. No es lo mismo el deseo que el querer. Cuando el querer es un deseo no lo llamamos querer porque sólo las cosas del corazón son las cosas del querer; al querer que es un deseo lo llamamos capricho, y el capricho es la necesidad de satisfacer una sensación; al amor, sin embargo, no lo llamamos sensación sino sentimiento; aunque el amor erótico es sensación adosada al sentimiento, o querer agarrado al deseo, que es lo mismo que es el deseo aferrado al querer.

            Dice Unamuno que creer en dios es querer que exista. De manera análoga, querer a una persona es lo mismo que creer en ella: si te quiero es porque creo en ti, creo que en ti hay bondad aunque tú no te portes bien conmigo, y que esa bondad está dormida y puede ser despertada; y creo que tú eres bueno porque eres igual que yo, que siento en mí el instinto de ser bueno; tu naturaleza es la misma que la mía y yo he sentido en mi naturaleza el instinto del amor. Querer a un perro, encariñarse con él es sentir su bondad para conmigo y desear disfrutar de ella al mismo tiempo que sentimos el impulso irresistible de que sea feliz, y de acariciarlo; aunque muchas veces necesitamos acariciarlo sin pensar que al perro pueden molestarle nuestras caricias, pero no sabemos o no queremos ponernos en su lugar: lo mismo sucede con las personas.

            El corazón es la metáfora del amor. Tener corazón es tener capacidad de amar y a veces tener corazón es sentir misericordia: sufrir con los sentimientos ajenos; a eso también lo llamamos piedad; sentir dolor por la miseria de otro cuando esa miseria la provocamos nosotros es apiadarse de él; cuando la provocan otros es ser generoso, solidario, altruista; y cuando ese sentimiento no implica inferioridad hacia los otros, también lo llamamos caridad.

            De modo que hay, como mínimo, tres clases  de amor: amor a nuestros amigos (una de sus variantes es la pasión erótica, que es la exaltación conjunta del deseo y del amor); amar a nuestros semejantes, sean amigos, enemigos o desconocidos (y eso es la piedad, solidaridad, generosidad o fraternidad: caridad bien entendida en sentido cristiano, compartir antes que dar); y amar las ideas (lo que las convierte en ideales). Querer a conocidos, querer a extraños o querer realizar un ideal. Lo contrario de estas tres cosas es, respectivamente, odiar, ser despiadado y no tener ilusión. Estos tres sentimientos nacen de tres instintos que surgen en algún lugar de nuestro cerebro; pero como nos hacen palpitar cuando los sentimos, decimos impropiamente que vienen del corazón.

            Cuando amamos a una persona ponemos la cabeza al servicio del corazón. De ahí que el cariño humano es distinto del que sienten los otros animales, porque nuestro cerebro emocional filtra sus impulsos a través de una enorme corteza de pensamiento, mientras que en el resto de los animales esa corteza es muy delgada; de ahí que algunos sentimientos, como la admiración, sean exclusivamente humanos. Un animal puede experimentar un sentimiento infinito cuando pierde una cría, porque el instinto del amor paterno o materno está profundamente arraigado en su ser, en esa parte de su ser que es su corazón; un gorila hembra llevó en sus brazos durante tres días a su cría muerta negándose a aceptar su muerte; una hiena hembra apartó a su cría, a la que estaban pegando las otras hienas, para ponerse ella en su lugar y que la pegasen a ella; y un león protegió a uno de los cristianos a los que se tenía que comer en el circo de Roma porque ese cristiano, años antes, le había salvado la vida en África. Cuando el ser humano ama puede llegar a experimentar el infinito sentimiento de los animales; pero la conversación le da a ese sentimiento una dimensión intelectual que no tienen los otros animales, porque los otros animales no son capaces de hablar. 



            Cuando amamos una idea sentimos la imperiosa necesidad de luchar por ella. También podemos amarla con las tripas y otras veces con las tripas y el corazón. Decimos que sentimos con las tripas cuando el cuerpo nos arrastra con su fuerza vital, que son las ganas de vivir, y de soltar energías, y de liberar el instinto. Si esa fuerza irresistible se vierte en el corazón, esas dos fuerzas mezcladas desencadenan una fuerza entrañable, impetuosa o tranquila, pero incontenible, acaparadora, potente. Si el corazón se aísla detrás de una corteza impenetrable, esa fuerza es despiadada. Y si el corazón siente y no recibe los vendavales del cuerpo, ese amor, que puede ser inmensamente profundo y doloroso, no puede expresar su júbilo porque le falta el impulso vital: y entonces es un amor impotente, inapetente y esclavo.

            Luchar por una idea que sentimos con el corazón, cuando ese instinto de lucha sale de sí, es luchar por un ideal; un ideal es un instinto, es decir un impulso del cuerpo, que pasa por el corazón. Y luchar por un instinto descorazonado no es amar una idea, porque entonces la palabras que empleamos para nombrarla no designan un ideal, sino la intelectualización del propio instinto: como cuando decimos que nuestro ideal de vida es la violencia, o el orgullo, o el robo disfrazado y sublimado en forma de conquista; cuando ni siquiera disfrazamos nuestros instintos despiadados en forma de ideales decimos que hacemos las cosas por huevos, porque nos da la gana o incluso la real gana, porque nos salen de las tripas, de ese lado del instinto al que el afecto no pone bajo su control.

            También podemos luchar por los demás. No por el ideal de la humanidad, sino por los seres humanos que sufren. Ojos que no ven, corazón que no siente: unas veces luchamos por aquellos a quienes vemos sufrir, aunque no sean de los nuestros. Corazón que siente sin ver: otras veces luchamos por el ideal humano aunque no veamos el sufrimiento de nadie, aunque lo imaginemos. Y a veces el ideal nos puede deshumanizar; pues empezamos luchando por el pobre y acabamos luchando contra él, como le pasó al comunismo de Stalin, de Mao, de Abimael Guzmán. Por eso sentía Miró Quesada que no hay que luchar contra nadie para defender una idea, sino luchar por todos a pesar de todas las ideas.

            El amor al prójimo es, pues, la misericordia, la piedad, la generosidad, el altruismo, la fraternidad. Pero también está el amor a sí mismo. Un amor generoso y bueno que nos dale del corazón. Cuando nos sale también de las tripas lo llamamos dignidad, amor propio, pundonor. Y cuando nos sale sólo ce las tripas pero no del corazón es la soberbia y el orgullo mal entendido, el desprecio, el deseo de aplastar al otro para sentirse superior. Las palabras “orgullo” y “soberbia” las empleamos en dos sentidos totalmente distintos, y lo supo ver bien Gustavo Adolfo Bécquer; unas veces el orgullo es simplemente orgullo, y otras es dignidad.

            La educación debe preocuparse por que en el cuerpo y en la cabeza eche sus raíces el corazón, porque hay mucha gente a quien la vida ha puesto en el corazón una corteza que no le deja expresarse. Gente que no ama porque no sabe amar, nadie le ha enseñado; o le han enseñado más bien a no hacerlo, aunque en su fuero interno, escondida y aplastada bajo toneladas de escombros, mantiene intacta su capacidad de amar. Hay quien ama sólo a quienes tiene al lado: a su familia, a sus amigos, a su tribu; es preciso enseñarles a amar a la humanidad. Otros no se quieren a sí mismos: la autoestima se les ha debilitado, y si no nos queremos nosotros mismos nosotros, tarde o temprano, dejaremos de querer a los demás. Otros no tienen ideales, porque han desarrollado un rencor por el odio que han recibido a lo largo de su vida: hay que enseñarles que también existe la gente buena, aunque ellos no hayan vivido esa experiencia y les parezca que el mundo se reduce sólo a las cosas que ellos han tenido la mala fortuna de vivir; y al revés, como dicen que le pasó a Buda. La educación debería cultivar las cosas del corazón: enseñar a amar, a tener ideales y creer en ellos, a sentirse solidario del mundo. Porque una cabeza sin corazón es maquiavélica y un cuerpo sin corazón es brutalidad; y mal nos iría en el mundo si, aliándose el malvado con el bruto, sólo regáramos en nuestro huerto la fuerzas del mal.

 


 

 

 

viernes, 26 de abril de 2019

EL SAPIENS DE HARARI





EL SAPIENS DE HARARI   
  

             Yuval Noah Harari es historiador de la universidad hebrea de Jerusalén. Con sólo 43 años ya tiene en su haber unos cuantos libros entre los que destacan especialmente tres: uno dedicado al pasado de la humanidad, otro que habla del presente y otro que se ocupa del futuro; el primero lleva por título Sapiens: de él vamos a hablar aquí. Pese a su juventud Harari es consultado por los principales líderes políticos del momento.
            Su estilo es sencillo y directo, fácil de leer y, sin embargo, cargado de datos; pero el arsenal científico queda relegado a unas cuantas notas llenas no tanto de citas como de referencias bibliográficas, y un índice alfabético de los principales términos empleados con mención de las páginas donde aparecen; el texto propiamente dicho está libre de la pesadez del aparato científico y metodológico, habitual en los libros de investigación, y se ofrece al lector como un relato interesante y ameno; sólo consiguen hacer agradable la erudición, desvistiéndola de ropajes eruditos, las grandes mentes como Ortega y Gasset, Francisco Miró Quesada Cantuarias, Jesús Mosterín y ahora Yuval Noah Harari.
Sapiens es un libro de historia; en él se recoge el pasado de la humanidad, prácticamente desde que el homo sapiens eliminara a las cuatro especies humanas que convivieron con él: los neandertales, los denisovanos, el homo floresiensis y el homo ergaster; pasó por tres revoluciones, la cognitiva, la agrícola y la científica, la primera de las cuales retrasa el origen de la historia en 70.000 años. El libro está construido en cuatro partes, tres dedicadas a estas tres revoluciones y otra, de la mano de los imperios, a la unificación de la humanidad. El autor rompe moldes defendiendo ideas provocadoras; así, la verdadera revolución del pensamiento es el cotillleo, el sapiens es un asesino ecológico, la agricultura fue un desastre y como somos esclavos de nuestros genes, jamás hemos podido ser felices a pesar de tanto progreso. Paralelamente plantea problemas que la historia se olvidaba siempre de tratar, como el maltrato animal, las teorías sobre la felicidad, la importancia del individuo dentro de la comunidad o la violencia de género.
Vamos a sobrevolar uno a uno los 19 capítulos que conforman el libro; al hilo de nuestros comentarios aflorará la originalidad de unos temas de los que todo el mundo ha oído hablar pero que rara vez han sido tratados como se merecen; por lo menos en un libro de estas características, divulgador y al mismo tiempo riguroso.


1. El cerebro se cuece en la cocina.

            Conocida es la tesis del órgano costoso: en nuestro cuerpo hay órganos que consumen mucha energía, que son el tubo digestivo y el cerebro; así que cuando el primero disminuye y se atrofian los músculos (lo que sucedió cuando empezamos a comer carne) la energía sobrante se destina a alimentar el cerebro. Harari siempre encuentra la metáfora perfecta: “al igual que un gobierno reduce el presupuesto de defensa para aumentar el de educación, los humanos desviaron energía desde los bíceps a las neuronas” (p. 21), y por eso sus músculos se atrofiaron. Después dominaron el fuego para cocinar los alimentos y nuevamente Harari tiene a mano una comparación muy gráfica: “mientras que los chimpancés invierten cinco horas diarias en masticar alimentos crudos, una única hora basta para la gente que come los alimentos cocinados” (p. 25).

2. La teoría del chismorreo.

            Las primitivas agrupaciones humanas eran tropillas como máximo de 50 individuos; cuando aparece el chismorreo llegan a 150, que es el máximo de personas que se pueden conocer íntimamente (p. 40): “hablar unos a espaldas de otros”, por paradójico que parezca, “es esencial para la cooperación en gran número” (p. 37). Ahora bien, para que se puedan comunicar más de 150 personas hace falta algo más que chismes: hacen falta mitos; los dioses, las naciones, el dinero y la justicia son mitos que no existen “fuera de la imaginación común” (p. 41). El chisme aparece hace 70.000 años y todavía estamos en él.

3. Desmontando prejuicios.

En el tercer capítulo Harari nos explica por qué nos hartamos de comida sin necesidad y a costa de nuestra salud; y lo hace con la “teoría del gen tragón” (p. 56), ya que “el instinto de hartarnos (…) está profundamente arraigado en nuestros genes”, porque hace 30.000 años, si una mujer no se comía todos los higos que tenía una higuera, luego venían los papiones y se los quitaban. También se discute (p. 57) si estamos o no genéticamente programados para la poligamia. Y se descubren cosas muy curiosas como que (p. 65), a pesar de la revolución científica “los cazadores-recolectores eran los mejor informados (…) de la historia”; hoy la humanidad en su conjunto sabe muchísimo más, pero individualmente cada uno de nosotros sabe infinitamente menos, puesto que con la aparición de la agricultura se abrieron “nichos para imbéciles”. Y frente al sobrepeso de los cazadores-recolectores, los agricultores (p. 67) tenían una dieta pobre, puesto que sólo comían trigo, patatas o arroz.

4. El homo sapiens es un asesino ecológico en serie.

            Este tema volverá a aparecer en el capítulo 18, y lo introducirá el autor con ejemplos clamorosos: cuando colonizó Australia desaparecieron los grandes animales (canguros gigantes, leones marsupiales, diprodontes y aves mayores que los avestruces actuales: p. 82); en el ártico se extinguieron los mamuts (p. 84) y, en fin, cada vez que los humanos colonizaban algún sitio arrasaban con la biodiversidad. Hubo, según el autor (p. 91), tres oleadas de extinción de origen antrópico: la de los cazadores-recolectores, la de los agricultores y la de la revolución industrial; así que le hacen reír “los ecologistas sentimentales que afirman que nuestros antepasados vivían en armonía con la naturaleza”.

5. El fraude de la revolución agrícola.

            Según la historia oficial los sapiens “abandonaron alegremente la vida agotadora, peligrosa y a menudo espartana de los cazadores-recolectores y se establecieron para gozar de la vida placentera y de hartazgo de los agricultores” (p. 97). En realidad fue al revés. Harari (p. 113) muestra una pintura egipcia donde se aprecia “la posición encorvada del labriego (…) quien, de manera parecida al buey, pasaba su vida realizando un duro trabajo que oprimía su cuerpo, su mente y sus relaciones sociales”. Lejos de domesticar al trigo, fue el trigo el que lo domesticó a él (p. 98), como si el sapiens fuese el esclavo escogido por la planta para creer y multiplicarse. “La esencia de la revolución agrícola” fue “la capacidad de mantener más gente viva en peores condiciones”, con lo que “la revolución agrícola era una trampa” (pp. 101-102). Consecuencia de ello fue que “los lujos tienden a convertirse en necesidades y a generar nuevas obligaciones” (p. 106) y el sapiens se vio atrapado en medio de una vorágine productora. Además, la agricultura apareció asociada a la ganadería, y ésta fue también una fuente de sufrimiento para los ganaderos y para el ganado. Harari cierra el capítulo con un lamento por el sufrimiento de los animales materializados en una ternera (p. 115): “después de nacer, la ternera es separada de su madre y encerrada en una minúscula jaula (…) para que sus músculos no se fortalezcan”, de manera que no puede andar ni jugar durante cuatro meses antes de ser sacrificada: así se fabrican “unos músculos blandos” que significan “un bistec blanco y jugoso”. La conclusión del autor es demoledora: “en términos evolutivos, el ganado vacuno representa una de las especies animales con más éxito que haya existido nunca”, pero están “entre los animales más desgraciados del planeta”.


6. Atrapados entre los mitos.

            “El espacio agrícola se encogía” (p. 119), porque si los antiguos cazadores-recolectores ocupaban decenas de kilómetros cuadrados, los campesinos vivían en un pequeño campo y una pequeña casa (p. 117); por su parte “el tiempo agrícola se expandía”, porque si los cazadores-recolectores “vivían precariamente” y por tanto preocupados por el presente, el agricultor tenía que predecir el futuro para llevar a buen término las cosechas (p. 119). Y como los miles y millones de personas que había en las sociedades agrícolas necesitaban del mito para la cooperación (eso que Harari llama “el orden imaginado”), viven abriendo sus mentes “a los cuentos de hadas, a los dramas, los cuadros, las canciones, a la etiqueta, a la propaganda política, la arquitectura, las recetas y las modas” (p. 132). Estamos atrapados en él como si fuera algo tan natural como las lluvias y las montañas. La conclusión también es lapidaria: estamos atrapados entre los mitos. “No hay manera de salir del orden imaginado. Cuando echamos abajo los muros de nuestra prisión y corremos hacia la libertad, en realidad corremos hacia el patio de recreo más espacioso de una prisión mayor” (p. 137): nueva metáfora pedagógica del autor, y muy gráfica.

7. La agricultura engendró el número, el número engendró la escritura y la escritura sustituyó el cerebro por la burocracia.

            La revolución agrícola hizo que las sociedades fueran más complejas y fue preciso contar para recaudar impuestos; como el cerebro humano no tenía mucha memoria, “las redes sociales humanas permanecieron relativamente pequeñas y sencillas” y eso duró miles de años (p. 141); hasta que los sumerios “inventaron un sistema para almacenar y procesar información fuera de su cerebro”: como una necesidad de los números apareció después la escritura, y entonces el cerebro fue sustituido por la burocracia y la asociación libre se sustituyó por la compartimentación: ahora las cosas están separadas (p. 149).

8. El triunfo del machismo contra todo pronóstico.

            Apareció la desigualdad de manera casual y luego se perpetuó por los intereses que se crearon en ella, pero los dominadores la justificaron como una necesidad de la naturaleza (p. 158); en la India “una persona puede casarse sólo en el seno de su casta, y los hijos de esta unión heredan su nivel social” (‘. 159): es lo que podríamos llamar el pecado original social. Después el autor pasa a explicar la jerarquía del género y otros problemas anejos. Afirma Harari que “tiene poco sentido que la función natural de las mujeres es parir, o que la homosexualidad es antinatural” (p. 169), porque los “conceptos ‘natural’ y ‘antinatural’ no se han tomado de la biología sino de la teología cristiana” (p. 168); si las alas de los mosquitos empezaron siendo paneles solares, sería antinatural que las usaran para volar; si la boca apareció para comer, sería antinatural usarlas para hablar y besar; y si los chimpancés utilizan el sexo para reforzar alianzas políticas, ¿sería esto antinatural? Nadie prohíbe lo que no es posible (eso es realmente lo antinatural, y por eso dice Harari, con mucho humor,  que nadie “se ha preocupado nunca de prohibir que los hombres fotosinteticen” o “que las mujeres corran más deprisa que la velocidad de la luz”, porque son cosas que no suceden nunca (p. 168). Harari desmonta por último las tres hipótesis que justifican el machismo: si se debiera a que “los hombres son más fuertes que las mujeres” (p. 175), ¿cómo se explicaría que los más fuertes sean los menos poderosos? Si fuera que los hombres son más agresivos ¿cómo se explica que los mejores emperadores fueron los que practicaron la virtud de la clemencia? (p. 179) Y si fuera por motivos genéticos ¿cómo se explica (p. 180) que los elefantes y bonobobos estén controlados por las hembras? Harari concluye con una pregunta: si “el sistema patriarcal se ha basado en mitos infundados y no en hechos biológicos, ¿qué es lo que explica la universalidad y estabilidad de este sistema?” (p. 181).


9. La sociedad parece fragmentarse, pero en realidad camina hacia la unidad.

            Define la cultura como una “red de instintos artificiales” (p. 185) y todas las culturas tienden a unificarse: lo que parece división en el corto plazo, en el largo plazo son unificaciones (p. 189) y se impone, finalmente, una “visión global” (p. 193); ésta se expandirá con el dinero, porque “para los comerciantes, todo el mundo era un mercado único” (p. 194).

10. ¿Qué es el dinero?

            ¿Qué sucedería si no hubiera dinero? Ese experimento se intentó hacer en la Unión Soviética mediante un sistema de trueque centralizado; el resultado fue que a todos “según sus necesidades” y de cada uno “según sus capacidades” se convirtió en “todos trabajarán tan poco como puedan y recibirán todo lo que puedan conseguir” (p. 200). Falló por falta de confianza. Ahora bien, “el dinero es un sistema de confianza mutua” porque “los dólares sólo tienen valor en nuestra imaginación común”; para decirlo con otras palabras, yo creo en el dólar porque mis vecinos creen en él, y mis vecinos creen en él porque yo creo en él (p. 203). De esta manera, dice Harari, al ser confianza universal, con el dinero como intermediario “dos personas pueden cooperar en cualquier proyecto”; y como es convertible, el dinero es un “alquimista” que puede “convertir la tierra en lealtad, la justicia en salud y la violencia en conocimiento” (p. 209); el experimento soviético falló porque sin el dinero no había ni confianza ni convertibilidad.

11. ¿Por qué los judíos no son judíos?

            Un imperio es un orden político que gobierna sobre más de dos pueblos y menos de veinte, tiene fronteras flexibles y un apetito sin límites (p. 214); puede devorar y digerir cada vez más naciones y, cuando los imperios caen, dejan “herencias ricas y perdurables”; el ejemplo que cita Harari es más que elocuente: los judíos ultraortodoxos no siguen “las tradiciones del antiguo reino de Judea”; por el contrario, siguen las costumbres de los imperios bajo los que vivieron: se visten como en Europa oriental, hablan un dialecto alemán (el yidish), discuten sobre un texto babilonio (el Talmud) y sobre los rollos de la Torá, que no existían en la antigua Judea (p. 217). De modo que si somos estrictos los judíos no son judíos.
            A pesar de eso para el caudillo escocés Calgaco los beneficios de los imperios parecen dudosos: “al pillaje, la matanza y el robo les dan el falso nombre de imperio; producen un desierto y lo llaman paz” (p. 217). Unos son gobernados por tiranos y otros, como el imperio británico, por democracias (p. 215). Hoy (p. 232) se está forjando un imperio global que “no está gobernado por ningún Estado o grupo étnico”; está gobernado por el gran protagonista de la historia del que hemos hablado: el dinero.


12. Los tres dioses a los que adoramos no vienen de la Biblia.

            Hay, según Harari, tres fuerzas unificadores de la humanidad: el dinero, el imperio y la religión (p. 234); ahora toca hablar de la religión. Después de hacer un recorrido histórico por el origen de las religiones, concluye que no vivimos, contrariamente a lo que parece, bajo el monoteísmo; hemos expulsado a los dioses por la puerta para dejarlos entrar por la ventana: los nuevos dioses son ahora nuestro panteón de santos, nuestro monoteísmo es en realidad un politeísmo. En opinión de Harari, hay tres religiones fundamentales en nuestro tiempo: el nacionalismo (que se verá en el capítulo 18), el capitalismo (que se verá en el 16) y el humanismo (que pasa a estudiar en el presente capítulo: p. 256). Hay un humanismo liberal (en donde la “humanidad” es una cualidad de cada individuo) y otro socialista (que cree que la “humanidad” es una cosa colectiva: p. 257); a estas dos sectas el autor ha añadido una tercera, la más peligrosa, cuyos representantes más famosos son los nazis: es el humanismo evolutivo (p. 258); para este último la “humanidad”, encarnada en la raza aria, no es universal y eterna, y “puede evolucionar hacia el superhombre o degenerar en un subhumano”. Ahora bien, dice Harari, “aunque el humanismo liberal santifica a los humanos”, en el fondo “se basa en creencias monoteístas” (p. 257): de ahí su éxito.

13. La cultura es un parásito para la humanidad.

            ¿Se puede predecir el futuro de la historia? No, porque es caótica. Ahora bien, hay dos tipos de sistemas caóticos: los de nivel 1 “no reaccionan a las predicciones sobre él”, como la meteorología; los de nivel 2 sí reaccionan: entre estos últimos está la historia. “¿Qué ocurrirá (p. 267) si desarrollamos un programa informático que prediga con un 100 por ciento de precisión el precio del petróleo mañana? El precio del petróleo “reaccionará” frente a la previsión y la cambiará; si sé que el autobús que estoy tomando va a tener un accidente mañana, dejaré de tomarlo y así no me pasará nada. Y si la historia es imprevisible resultará que lo que ha sucedido no tiene por qué ser lo que tenía que suceder, las culturas que han triunfado no son necesariamente las mejores, nada prueba “que el cristianismo fuera una mejor opción que el maniqueísmo, o que el imperio árabe fuera más provechoso que el de los persas sasánidas” (p. 269). Quizá las culturas sean infecciones, parásitos mentales que anidan en las personas, dañándolas; “se multiplican y pasan de un anfitrión a otro, alimentándose de sus anfitriones, debilitándolos  a veces incluso matándolos” (p. 270): es la teoría de los memes, que le debemos a Richard Dawking (rara vez cita Harari a sus autores; como ya hemos dicho, los reserva para un anexo al final del libro). Cita también al posmodernismo, para quien cada cultura extiende su propio discurso a costa, también, de las personas, que son sus víctimas. En cuanto a la teoría de juegos, sucede que los comportamientos que dañan a todos los jugadores son precisamente los que arraigan (por ejemplo, las carreras de armamentos llevan a la bancarrota y no suelen cambiar el equilibrio militar: p. 271). Todo parece invitar al pesimismo.

14. Saber es poder.

            La ciencia moderna es ignorancia convertida en observación gracias a la sed de poder; pero ¿por qué hubo que esperar tanto para comprender que al poder se llegaba mediante la investigación? (p. 278). Sí, porque la revelación sagrada fue sustituida por la revelación de la naturaleza, la tradición por el experimento, los relatos por las matemáticas (p. 283), pero ¿por qué no ocurrió antes? ¿Qué fue lo que hizo que la modernidad sustituyera lo uno por lo otro? Harari no da respuesta a esta pregunta; describe lo que sucedió pero no explica por qué sucedió así. Sin embargo cuando distingue la pobreza biológica (que mata a quienes tienen hambre) de la pobreza social (que no asegura entre todos la igualdad de oportunidades: p. 294), da algunas pistas: hoy ya no es tan importante la pobreza biológica como lo era antes (afirmación ésta cuando menos discutible) y la pobreza social está desapareciendo porque “la mayoría de los habitantes del mundo tienen tendida bajo ellos una red de seguridad” (p. 295); da un ejemplo muy gráfico: cómo, gracias a las matemáticas (la ley de los grandes números), se creó hace dos siglos un fondo de pensiones tan eficaz que dura hasta hoy (las “Viudas escocesas”: pp. 284-287). Bien acertado estaba Bacon: saber es poder. La ciencia puede incluso derrotar a la muerte, es la utopía del proyecto Gilgamesh (p. 295).


15. De cómo la ciencia no hubiera crecido sin el imperialismo.

            Pero la ciencia no era una pasión romántica del saber por el saber: la ciencia servía a los imperios y sin el dinero de los imperios nunca se habría desarrollado; y como los imperios crecían con las conquistas y las conquistas se hacían por mar, la ciencia inventó la dieta náutica para combatir el escorbuto (pp. 306-307); ahora bien, los chinos y los otomanos disponían de la misma tecnología que los europeos y el mismo afán de conquista, ¿por qué, entonces, no fue colonizada Australia por Husein Pasha ni Zheng He y sí lo fue por el capitán Cook? (p. 311). La respuesta de Harari es contundente: todos aquellos imperialismos disponían de la ciencia moderna, pero sólo Europa disponía de algo que marcó la diferencia: el capitalismo (p. 312). Según Harari, “el acontecimiento fundacional de la revolución científica” fue “el descubrimiento de América” (p. 319); a raíz de él se empezaron a hacer mapas vacíos; mapas con muchos espacios inexplorados que incitaban a explorar lo desconocido (la ignorancia como motor del saber), y así poco a poco los mapas se fueron llenando; es, dice Harari, como si “los puntos vacíos del mapa” fueran “imanes” que atraían a los europeos (p. 320); sigue el relato de Moctezuma, Atahualpa, Zhen He, el imperio inglés (donde la ciencia impulsó la conquista y la conquista impulsó la ciencia, fundiéndose con ella: el gran levantamiento de planos de la India, el descubrimiento de Mohenjo-daro, el desciframiento de la escritura cuneiforme, la hipótesis de los indoeuropeos (pp. 323-334). Harari concluye con los usos siniestros de la ciencia que hace el imperialismo, critica el racismo y su vertiente más light, el culturismo (pp. 333-334) y recuerda que hubo gente, como Rudyard Kipling, que embelleció con barniz altruista y épico lo que no dejaba de ser una explotación egoísta de los pueblos colonizados (p. 332): por ejemplo en “La carga del hombre blanco”.

16. El culto al crédito, o sea la fe en la fe.

            “Nadie quiere pagar impuestos, pero todo el mundo está contento a la hora de invertir” (p. 348): y sin embargo en ambos casos se trata de desprenderse de nuestra riqueza; pero mientras que en la economía premoderna se producía para ganar, en la economía moderna las ganancias se reinvierten para producir más (p. 345). ¿Y eso por qué? Porque si se confía en el futuro se obtiene crédito, y con el crédito se produce y se crece (p. 342). La propia palabra “crédito” significa creencia, fe, y está estrechamente emparentada con la confianza. Harari describe gráficamente “el círculo mágico del capitalismo imperial: el crédito financió nuevos descubrimientos; los descubrimientos condujeron a colonias; las colonias proporcionaron beneficios; los beneficios generaron confianza, y la confianza se tradujo en más crédito” (p. 349). Eso explica cómo Holanda, un país minúsculo, construyó un gran imperio frente al imperio de los Habsburgo: los beneficios permitieron a los holandeses devolver los préstamos (p. 350), lo que les hizo generar confianza y seguir consiguiendo crédito de los financieros; en cambio el rey de España (p. 353), mediante tributos y amenazas, “dilapidó la confianza de los inversores  y se fue arruinando poco a poco. El crédito funciona cuando lo mueve el egoísmo y no el altruismo (”el impulso egoísta humano de aumentar los beneficios privados es la base de la riqueza colectiva”, tal era el criterio de Adam Smith; lo que lleva a la paradoja de que “el egoísmo es el altruismo”: p. 343). Después (pp. 353-354) de exponer el éxito de la compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC) y Occidentales (WIC), pasa Harari a hablar de la burbuja del Mississipi (p. 356), la guerra del opio (p. 358), la independencia griega (p. 359), el auge de la esclavitud (p. 363), la gran hambruna de Bengala (p. 364) o el colonialismo abyecto de Leopoldo II de Bélgica (p. 365) como algunos de los grandes hitos del capitalismo. Si el crédito es la fe, está claro que el capitalismo es la gran religión del mundo moderno que tiene, evidentemente, sus infiernos; el mayor de ellos es el terror a que se detenga el crecimiento, para lo cual inyectan crédito barato “creando de la nada billones de dólares” (p. 347); y cuando la burbuja estalla, como pasó en el Mississipi en 1719 y con la burbuja inmobiliaria de Estados Unidos en 2007, se hunde el crédito y se produce la recesión (p. 361). Y habla Harari del otro gran infierno del capitalismo: “bien pudiera ser”, dice en la p. 366, que la especie humana y la economía global sigan creciendo, pero hay muchos más individuos que viven hambrientos y en la indigencia”. Aquí está el problema: el individuo contra la especie.


17. El lado oscuro del capitalismo.

            El diagnóstico es demoledor: “en 8.500 a.C. se podían verter amargas lágrimas a propósito de la revolución agrícola, pero era demasiado tarde para abandonar la agricultura. De manera parecida, puede que no nos guste el capitalismo pero no podemos vivir sin él” (p. 366). Todo empezó con la máquina de vapor. Sabido es que “la revolución industrial fue, por encima de todo, la segunda revolución agrícola” (p. 375): tractores, fertilizantes, medicamentos, hormonas, insecticidas; los animales ya no son animales sino máquinas: gallinas en jaulas tan pequeñas que no pueden levantarse, cerdas en cajas tan pequeñas que no pueden darse la vuelta, vacas que duermen sobre sus propios orines y excrementos (p. 376), pollitos asfixiados en cámaras de gas o introducidos por millones en trituradoras automáticas… el maltrato animal alcanza cotas indescriptibles, y eso cuando los experimentos con monos demuestran trágicamente que los bebés buscan más el cariño que la comida (pp. 378-381). Además, por primera vez en la historia la oferta superaba a la demanda: ¿quién iba a comprar el excedente? El capitalismo se reinventó a sí mismo: el sobrepeso, el consumismo; “en lugar de comer poco (…) la gente come demasiado y después compra productos dietéticos, con lo que contribuye doblemente al crecimiento económico” (p. 383).

18. Y sin embargo hoy vivimos mejor.

            En el mundo antiguo con individuos débiles se formaron comunidades fuertes (p. 396); hoy tenemos individuos fuertes, pero las comunidades se debilitan. Parece que nuestro mundo es sombrío, pero Harari nos invita al optimismo apoyándose en las estadísticas (pp. 402-403); y si la paz real no es ausencia de guerra sino improbabilidad de que la haya, nunca ha habido paz real en el mundo (p. 407): hasta hoy, en que “la humanidad ha roto la ley de la jungla” (p. 408); pero como la historia es imprevisible, no podemos saber (p. 411) si acabaremos bien o mal. Lo cierto es que ya los profesores no pegan a sus alumnos ni los padres venden a sus hijos (estamos hablando en términos generales); y, cada vez más, las mujeres se sienten protegidas de sus maridos por la ley (p. 403). El mundo es cruel hoy, pero si miramos atrás antes lo era mucho más.

19. La historia no se ha interesado por lo principal: nuestra felicidad.

            “Los historiadores (…) han investigado la historia de casi todo (política, sociedad, economía, género, enfermedades, sexualidad, alimentos, vestidos), pero raramente se han detenido a preguntar de qué manera estas cuestiones influyen sobre la felicidad humana” (p. 413). La especie humana ha salido ganando a lo largo de la historia, pero los individuos humanos han perdido mucho. El homo sapiens ha triunfado pero las personas no son felices. ¿Por qué? Examina Harari varias teorías de la felicidad, pero la más interesante es la biológica (pp. 423-424): “algunos expertos comparan la bioquímica humana con un sistema de aire acondicionado que mantiene la temperatura constante (…) Algunos sistemas de aire acondicionado se fijan a 25º (…) otros (…) a 20º. Los sistemas que acondicionan la felicidad humana también difieren de una persona a otra. En una escala de 1 a 10, algunas personas nacen con un sistema bioquímico alegre que permite que su humor oscile entre los niveles 6 y 10, y que con el tiempo se estabilice en el 8 (…) Otras personas están maldecidas con una bioquímica triste que oscila entre 3 y 7 y se estabiliza en el 5 (…) su cerebro no está construido para el alborozo, ocurra lo que ocurra”. Luego examina (p. 427) la perspectiva hedonista, la búsqueda de sentido y la solución propuesta por el budismo. “La mayor laguna” de la historia es que no sabemos cómo el genio de los pensadores, “la valentía de los guerreros, la caridad de los santos y la creatividad de los artistas” influyeron o no en la felicidad y el sufrimiento de los individuos (p. 434), y concluye: ya es hora de que nos preocupemos por la felicidad.


20. Salir de Darwin para crear seres darwinianos.

            Quizá ser feliz consiste en liberarnos de la tiranía de la naturaleza, por lo menos en parte; intuye Harari que “en los albores del siglo XXI” el homo sapiens “está empezando a quebrar las leyes de la selección natural, sustituyéndolas con las leyes del diseño inteligente”. Tres son los campos donde esto ha empezado a ocurrir: la ingeniería biológica (manipulando genes somos capaces de hacer patatas resistentes al frío, fabricar insulina para los diabéticos, engendrar ratones con una oreja en la espalda y hasta podremos revivir neandertales y mamuts (pp. 438-443); la ingeniería de ciborgs (combinando partes orgánicas o inorgánicas podemos crear manos y oídos biónicos y hasta controlar piernas biónicas con la mente, y quién sabe si podremos también crear mentes colectivas: pp. 443-447); y los seres informáticos, seres inorgánicos que pueden evolucionar independientemente de nosotros; pero si los virus y antivirus se expanden por el ciberespacio, ¿podríamos llegar a crear “una evolución no orgánica”? (p. 447). Quizá (p. 448) no estemos tan lejos de recrear un cerebro humano dentro de un ordenador. Harari termina con una pregunta inquietante: “puesto que pronto podremos manipular (…) nuestros deseos, quizá la pregunta real (…) no sea ‘¿en qué deseamos convertirnos?’, sino ‘¿qué queremos desear?’” (p. 454). No menos inquietante es la conclusión: “¿hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?” (p. 456). La profecía de Frankestein es que “si intentamos jugar a ser dioses y manipular la vida seremos severamente castigados” (p. 451).

Conclusión.

            Hemos hecho un recorrido por el libro de Harari y hemos descubierto, a la vez, la falsedad de dogmas imbatibles y la realidad de algunas ideas insólitas; la agricultura no ha sido un progreso sino una desgracia; la verdadera revolución no ha sido la creación de conceptos, sino de chismes; el machismo ha triunfado sin fundamento aparente; sospecharemos que el dinero no es más que fe y que los judíos no son judíos; que la cultura es menos amiga que enemiga nuestra; que el capitalismo de lado oscuro tiene siempre un vértice salvador; que escaparemos por fin a la tiranía de la naturaleza, y que todo lo hemos conseguido, o por lo menos casi todo, menos ser felices. Algunas críticas de Harari son estimulantes, otras provocadoras y algunas hasta escandalosas, pero no dejan indiferentes a nadie; y si la tarea que se imponía Unamuno era remover conciencias, ¿no es Yuval Noah Harari el más unamuniano de los historiadores? Sin ser hiperbólicos sí podremos decir, cuando menos, que en muchas de sus páginas hay, más que historia, filosofía de la historia; y que más que un relato de lo que ocurre en la superficie se dedica a hurgar en las profundidades de las causas ocultas, buscando siempre un porqué. Su realismo es tan descarnado que se vuelve pesimista, y sin embargo siempre encontramos un átomo de luz al final del camino. Harari es un optimista informado, es decir un pesimista. Y en sus análisis hay base para buscar las semillas de la salvación: bienvenido sea.
  





viernes, 1 de febrero de 2019



MOTIVACIÓN


            Decía un día Savater, siguiendo la voz popular, que aburrirse viene de burro. Nosotros también podemos decir que motivarse viene de mover, lo que nos mueve a actuar es, literalmente, nuestro motor interno, la fuerza motriz que nos pone en marcha; si aceptamos esta idea, motivación sería el motor que nos hace arrancar como cuando en un coche giramos la llave de contacto. Lo que llamamos pereza sería que en nuestra forma de ser tenemos encasquillado el motor de arranque; el haragán, el perezoso, el vago, no tienen la culpa de serlo; porque han nacido así; sin energía para arrancar, sin ganas de hacer las cosas, sin fuerza para motivarse.
            Entonces necesitamos que nos motiven. Cuando el motor que tenemos dentro no es capaz de encenderse solo, alguien debe hacer saltar la chispa que prenda en nuestro interior para que empiece a arder el carburante. Entendiéndolo de esta manera, motivar no tiene que ver nada con divertir; al contrario, la diversión puede ser desmotivadora (“desmovilizadora”), como cuando un programa de televisión nos divierte tanto que no tenemos ganas de levantarnos del asiento: nos incita a seguir quietos, mirando, tumbados en el sillón, sin deseos de trabajar; la diversión suele tener más que ver con la pereza que con el trabajo.
            Lo digo porque los alumnos suelen confundir las clases motivadoras con clases divertidas. Le echan la culpa al profesor diciéndole: “es que no nos motivas”, como si motivar fuera lo mismo que divertir y la diversión fuera capaz de llevarnos al trabajo. No: para motivar no hay que ponerse sombrero cordobés, cantar corridos y tocar las palmas. Si me apuras, un castigo bien dosificado (que no tiene nada de divertido) puede ser una buena motivación. Una cosa es que el aprendizaje sea agradable y otra que sea divertido: porque lo agradable da ganas y lo divertido te las quita, como tener gusto por aprender incita al estudio y pasarlo bien nos aleja de él.
Para que la motivación sea eficaz debe mover el deseo de trabajar, no el deseo de abandonar el trabajo. Cuatro latigazos y una torta te ponen en seguida en solfa como cuando los antiguos esclavos recogían caña: pero esa motivación era inhumana. Para darle humanidad al trabajo la motivación tiene que ser emocionante, y la emoción es una palabra que también relacionamos con el movimiento; nos emociona lo que, literalmente, mueve, agita, sacude nuestras capacidades de sentir; ahora bien, el sentimiento debe conectarse con la acción, de lo contrario se convertirá en el sentir inactivo de quien escucha una historia triste que no le incita a ayudar a quien la sufre, sino solamente a pasar el rato; como esos programas lacrimosos que en televisión sirven para llorar a moco tendido, escuchando historias desgraciadas, y olvidarnos de ellas un poco más tarde cuando apretamos el botón y lo apagamos.
      La motivación, pues, no tiene que ver ni con la diversión ni con el sufrimiento. Cuando nos divertimos no trabajamos y cuando sufrimos no trabajamos a gusto. Motivarse debería ser conectar el sentimiento (que nos hace agradables las cosas) para despertar el deseo de trabajar (que nos abre al sacrificio). Dice Goldman que una de las habilidades de la inteligencia emocional tiene que ver con la capacidad de motivarse, de sentir emoción en el movimiento para disfrutar trabajando: eso, cuando uno se motiva solo; cuando nos motivan los demás, como el profesor que motiva al alumno, su misión no es entretenernos (que eso sería cultivar la pereza), sino hacernos la tarea agradable, o lo que es lo mismo: sentir gusto por el esfuerzo; el profesor debe explicar bien las cosas para que el alumno las entienda, y entendiéndolas se anime a estudiarlas más y a trabajarlas; eso nada tiene que ver con ponerse sombrero y tocar las castañuelas. El profesor no está para entretener al alumno sino para despertar su fuerza de voluntad, sus ganas de hacer bien las cosas, su capacidad de sacrificio. Porque quien no se sacrifica se aburre, y ya lo decía Savater: aburrirse viene de burro.




EL CHASQUI


            Era el correo del inca y los indios no sabían escribir. Esto era un problema cuando, durante cientos y miles de kilómetros, había que llevar las noticias al Cuzco. Para que los chasquis no se cansaran, cada cierto tiempo había un relevo; el chasqui corría a su lado y, durante varios kilómetros, le contaba las mismas noticias que a él mismo le habían contado; el relevo, entonces, se las aprendía de memoria; luego le daría el relevo a otro chasqui que también esperaría más lejos.
            El chasqui tenía que memorizar bien lo que el otro chasqui le había dicho. Tenía que esforzarse en transmitirle al inca exactamente lo que le dijo el primer chasqui de la cadena al primer relevo, porque si lo hacía mal… lo llevarían a su pueblo, lo pondrían en la plaza y allí, delante de todos, le aporrearían la cabeza hasta morir; así castigaba el inca a los chasquis desmemoriados.
            Todos los chasquis tenían motivos para recordar, les iba la vida en ello. Seguramente se esmerarían en su trabajo, su eficacia sería legendaria y su memoria no tendría parangón; seguramente estarían motivados para no fallar, pero en cambio… el chasqui no era feliz.
            ¿De qué nos sirve tanto empeño si el trabajo bien hecho se hace a costa de la felicidad? ¿De qué nos sirve motivarnos tanto? ¿Siempre es bueno perder la tierra para ganarse el cielo?




viernes, 9 de marzo de 2018

PALABRAS PARA UN JOVEN QUE LEE A SAVATER




PALABRAS PARA UN JOVEN QUE LEE A SAVATER


             ¿Puedo ser feliz? ¿Cómo? Encontré la respuesta en un libro que Savater le había escrito a su hijo Amador. Si ser libre es lo mismo que ser feliz, no puede ser feliz quien ha renunciado a los placeres; y si el placer es bueno, el cuerpo, que es fuente de placer, no puede ser por naturaleza malo.

  1. El cuerpo.
Nosotros no tenemos cuerpo. No si entendemos que “tener” significa “poseer”. Muchos son los que dicen: “mi cuerpo es mío, yo hago con él lo que quiero”. Hablan como si su cuerpo fuera suyo. “Si me apetece emborracharme, me emborracho; si quiero copular, copulo; si quiero matarme, me mato”: y se quedan tan tranquilos. Hablan del cuerpo como si fuera una propiedad, una mercancía. Lo mismo que cuando compro un libro lo puedo usar como pisapapeles, si ése es mi deseo: del mismo modo cuando se trata de utilizar mi cuerpo también puedo estropearlo si quiero. Punto y aparte.
Hablar así es desconocer el significado de las palabras. Si le echamos un vistazo a un diccionario (el que sea), encontraremos que el primer significado de la palabra “tener” no es “poseer” (ése viene en sexto o séptimo lugar); antes que “poseer” significa “asir”, “gozar”, “mantener”, “contener” o “dominar”; también “guardar” y “hospedar”; de modo que “tener un cuerpo” no significa tenerlo en propiedad, sino en custodia; yo no soy el propietario de mi cuerpo, sino su guardián: él es mi huésped; a los huéspedes no se los mata ni se los estropea, sino que se los cuida; y “cuidar” significa también “dominar”, “contener”; si un niño se echa a correr cuesta abajo tendremos que contener sus bríos para que no se caiga por el barranco; y si pide muchos caramelos habrá que dominar sus deseos para evitar que le salgan caries en los dientes; el cuerpo se cuida, no se usa como si fuera una herramienta; lejos de ser nuestra propiedad (es decir, nuestro esclavo), el cuerpo es nuestro invitado; no hacemos con él lo que queremos, hay que tratarlo bien; emborracharse, drogarse, abusar sexualmente de él es la mejor forma de tratar mal al cuerpo; el cuerpo sólo nos proporciona un auténtico placer si nos enamoramos de él, como un amigo sólo se comporta como amigo si lo queremos de verdad; si nos dejamos ayudar por él, si lo ayudamos.
Además, nuestro cuerpo nos ha sido dado por nuestros padres. Si nosotros lo maltratamos ahora, no sólo nos maltrataremos a nosotros mismos, sino que también maltrataremos a nuestros padres; maltrataremos a nuestros amigos, que nos necesitan; y maltrataremos a cualquier desconocido, que a todos nos ofende y nos hace sufrir ver cuerpos enfermos, borrachos, sumidos en el exceso, mortecinos y débiles. El cuerpo no es una herramienta que usamos para gozar, sino el protagonista de nuestro placer; es un amigo, no una propiedad; es un ser íntimo que nos consuela, no un ser extraño.
¿Disfrutar? Por supuesto. Disfrutar con nuestro cuerpo, no a costa de él. Que la vida, al fin y al cabo, es alegría y la alegría es fuerza, salud que se consigue con el placer. ¿No habéis visto las caras tristes que deja en nuestro rostro el placer de la droga? El alcohol, cuyo exceso nos proporciona un falso placer, ¿no nos hace comportarnos como monos?


  1. El placer.
 La timidez y la falta de audacia son problemas que tienen que sufrir muchos jóvenes: no confían en sí mismos, miran de reojo, no se atreven, y muchos encuentran en el alcohol la solución a sus problemas. El alcohol te libera, te quita la vergüenza, te atreves a hablar y a bailar… También aumenta la alegría entre las personas.
Pero lo que tenemos ahora no es una cultura del vino, sino un culto al vino. Lo principal no es alegrarse, sino emborracharse. ¿Qué tal lo pasaste anoche? ¡Genial, me cogí una cogorza…! Genial, sí; es genial emborracharse a la media hora de salir de casa y estar tirado en una esquina mientras tus amigos se divierten; porque lo principal no es beber, sino presumir de que se bebe. Y presumir de que se aguanta. Nos reímos de quienes no pueden beber más de dos vasos sin emborracharse y no nos damos cuenta de que, si aguantamos seis, es porque ya estamos alcoholizados: confundimos intoxicación con resistencia. Presumir de borrachera es, entonces, una forma de sentirse fuerte; como si le echáramos un pulso al vino y creyéramos vencerlo cuando en realidad es él el que nos está venciendo.
Lo mismo pasa con el sexo: ya no se trata de disfrutar, sino de presumir; presume más quien antes empieza. ¿Lo has hecho?, te dicen a los trece años; y como digas que no, ya están llamándote ignorante, pardillo, anticuado, frustrado y hasta trastornado, si me apuras. Es como si el conocimiento estuviera dividido en dos mitades: saber de sexo y probarlo antes de tiempo (eso da prestigio); y saber latín y matemáticas (eso te lo quita). Es la antesala del maltrato para quienes estudian; los nuevos héroes son quienes prueban las cosas antes de estar preparados para probarlas: el alcohol, el sexo y el tabaco. Y hasta probar cosas que no hay que probar nunca: las drogas. El consumo nos hace más fuertes y más machos si somos chicos; más modernas y superadas si somos chicas.
Y es que hay jóvenes que no usan el cuerpo para buscar placer, sino poder. El poder nace cuando se muestra,  y no hay mejor forma de ser poderoso que aparentar serlo: hago como que domino el alcohol, y mostrar aguante significa, en realidad, que mi cuerpo ya no aguanta; hago como si el sexo para mí no tuviera secretos y cuanto más muestro mi experiencia más se muestra mi ignorancia; voy por ahí presumiendo de ser experto en drogas, hasta que me da una sobredosis y me mata.
Culto al cuerpo. En el cuerpo buscamos placer y lo encontramos en el alcohol, el tabaco, las drogas, el sexo y la comida rápida; pero también buscamos poder, y lo logramos compitiendo para ver si descubrimos nuevas fuentes de placer antes, mucho antes, que los demás; buscamos una imagen y la encontramos en el gimnasio; en el peircing, en los tatuajes, en las modas, en los símbolos de la tribu, en la ropa de marca. Placer, poder e imagen. En la imagen nos reconocemos, como si tuviéramos miedo de no gustarnos, de no disfrutar de lo que somos; le tenemos miedo al espejo; y, para no ver en él las miserias de nuestra desnudez, nos ponemos máscaras: los peircings, los tatuajes, los músculos hinchados en el gimnasio (aunque sea artificialmente, con anabolizantes), y los símbolos y ropas son imágenes: nos gustan para cubrir con ellas nuestra propia imagen, que no nos gusta. Así, presumimos de lo que no tenemos. No nos mostramos ante los demás como somos, sino como los personajes que nos hemos creado, con los disfraces que nos hemos puesto; cuando nos miramos al espejo no vemos nuestro rostro verdadero, sino el rostro de la sociedad, que se ha apoderado de nosotros; presumir de ser como quiere la moda es mostrar como fuerza lo que nos hace débiles: porque ser como Lady Gaga es la mejor forma de no ser ni ella, ni nosotros; esa manía de “ser como” es la mejor forma de no ser nada. ¿Qué hay detrás de ese culto al cuerpo? Una tremenda insatisfacción.


Buscar el placer, sí; es bueno, es bonito, pero tienen que ser placeres naturales (comer, beber, leer y escribir, ver cuadros y pintarlos, conversar con los amigos, pasear, escuchar música… buscando siempre la calidad, que nos llena por dentro; nos llena de satisfacción, de intensidad, de plenitud, de vida); no se trata de buscar placeres artificiales (alcohol, drogas, tabaco), que no nos llenan por dentro y son un exceso en sí mismos. La vida placentera nos llena de entusiasmo, de ganas de vivir, el trabajo se convierte en placer cuando lo vives con salud; pero los placeres tóxicos nos ponen la cara triste cuando nos reímos, la cara se nos queda demacrada a fuerza de disfrutarlos, nos quitan la ilusión y se nos apaga la fuerza de la vida. Hay que vivirlos con autenticidad, no imitando a los ídolos de los famosos; y ser auténticos es lo mismo que ser libres; hacer lo que queremos y no lo que quiere la moda; hacer nuestra voluntad y no nuestro capricho, porque el capricho no es más que la esclavitud de estar pendientes de que dirán los demás, de qué dirán los amigos. Ser auténtico es ser tú, con tus luces y tus sombras, tus virtudes y defectos, tus potencias, tus debilidades, un tesoro que hay dormido dentro de ti y tienes que despertarlo: no ser la cara que nos impone la sociedad y cuando la abres no hay ningún tesoro, está vacía; el mayor tesoro que tienes es poder disfrutar de lo que eres, disfrutar de tu imagen, tirando las máscaras pero sin olvidarte del mundo en el que vives; disfrutar de los placeres del cuerpo y de los del alma, sentirte fuerte porque no necesitas ninguna máscara, ningún tatuaje, ningún peircing, porque no necesitas ser un anuncio, te basta con ser tú mismo. Ni obedecer órdenes de la moda, ni dejarte arrastrar por los caprichos, ni ser esclavo de las tentaciones, y que tus costumbres obedezcan al corazón: y no ser un corazón encadenado a unas costumbres que te han dictado las máscaras de la sociedad: a través de la televisión, de internet, de las redes sociales, del móvil o del MP3, al servicio de los mitos. Si eres fuerte no necesitas presumir de lo fuerte que te sientes. Si te quieres a ti mismo no necesitas cuidar tu imagen, pues tu imagen se cuida sola. Y si sabes disfrutar no necesitas tentaciones, pues tú mismo sabrás elegir con qué cosas vas a motivarte, sin necesidad de que el mundo de la fama te diga lo que tienes que hacer: porque los famosos viven en un mundo que no es verdad, y, aunque disfrutemos alguna vez de ellos, no los necesitamos para vivir, necesitamos huir de sus mentiras. Ya lo decía Quevedo: atavío y afeite cuesta caro y miente.

  1. Nuestro prójimo.
 Podemos buscar la felicidad, el placer, el amor o la libertad y nos estaremos desarrollando como individuos: pero nos faltarán los amigos para desarrollarnos de verdad. Robinson Crusoe cambió radicalmente en su vida cuando se encontró con Viernes (porque estar con otra persona es estar en otro mundo; la compañía de una persona lo amplía todo y todo lo enriquece, nos cambia de cabo a rabo). El otro es un ser que al mismo tiempo que me potencia, me limita. Soy libre, pero mi libertad termina donde empieza la suya. El amor no tiene sentido si no tengo a una persona a quien amar. En cuanto a la felicidad, ¿cómo puedo ser feliz si no estoy rodeado de personas sino de cosas? Las cosas las puedo utilizar, a las personas no; en cambio las personas pueden darme satisfacciones que una cosa no me dará nunca. Estar con una persona quizá me permita hacer menos cosas, pero las cosas que hago tendrán, desde luego, mucha mayor calidad para mí; calidad humana, por lo menos.
Hoy en día utilizamos los móviles para comunicarnos (otros los llaman celulares, todo depende: en cada país los llaman de una manera distinta); y muchas son las personas que, teniendo amigos a su lado, no hablan con ellos sino con los móviles; o sea, que preferimos hablar con las máquinas antes que con las personas.


En el siglo pasado aparecieron los medios electrónicos de comunicación. El teléfono servía para hablar con las personas que estaban lejos; luego vino la radio para escuchar y entretenernos, no para hablar; cuando ibas al peluquero te callabas para escuchar la radio, o hablabas y la radio se convertía en un rumor de fondo, un ruido al que nos fuimos acostumbrando. Cuando llegó la televisión se convirtió en un huésped que rompió definitivamente todas nuestras conversaciones; huésped, porque, cuando volvías de trabajar, siempre estaba encendida, como un invitado más, aunque no la escucharas; plomo porque, como pasaba con los cortocircuitos, siempre saltaban los plomos de la conversación, y cuando estábamos todos a la mesa, la mirábamos y no hablaba nadie: pero al menos estábamos juntos. Hoy ya no vemos juntos la televisión. En algunos hogares cada uno tiene la suya y nos retiramos todos a nuestra habitación para verla: sin hablar con nadie. En otros hogares sólo hay una televisión para todos: pero entonces viene el móvil y cada uno está en lo suyo, sin interesarse por lo que hacen los demás. Antes veíamos una película juntos y la comentábamos. Ahora cada uno ve la suya y no comenta nada; nuestros cuerpos están juntos, pero nuestras mentes se han separado; estamos uno al lado del otro pero no  nos hablamos, preferimos hablar con las máquinas. Todavía habrá quien diga: “no, si yo no hablo con el móvil, sino con una persona que tengo al otro lado”. Y entonces nos preguntamos: “¿y qué tiene esa persona que está lejos para que prefieras hablar con ella y no conmigo, que estoy junto a ti?” Los medios de comunicación han nacido para incomunicarnos. Ya no compartimos cosas con los que están presentes, sino sólo con los ausentes, que no pueden acariciarnos, sonreírnos ni mirarnos; y el lugar donde estamos juntos ya no es un hogar, sino una casa.
Vas en el metro y la gente está leyendo. Pero lo que más ves es gente que usa el móvil. En ambos casos nos aislamos de cuantos nos rodean, pero es que en la parada del autobús, en el metro, en la calle, estamos rodeados de desconocidos; no es lo mismo que cuando nos aislamos con los que viven en casa. Por otro lado, los libros son comunicación con los ausentes, que son sus autores, sí: pero comunicación de calidad, llena de matices que alimentan nuestra fantasía, nuestra emoción, nuestro entendimiento; sin embargo pero los móviles wasapean con frases cortas, descuidadas, llenas de imprecisiones, faltas de matices y plagadas de faltas de ortografía, que nos introducen en conversaciones efímeras, en intrascendencias y banalidades; al cambiar el libro por el móvil también hemos salido perdiendo.
El hogar y la amistad son calor de vida que se alimenta comunicando. Los japoneses identifican al silencio con el diablo: de modo que, si seguimos esa forma metafórica de hablar, al meter en casa esos medios de comunicación que nos incomunican resultará que hemos metido en casa al diablo. Acordémonos de Robinson: cuando, en lugar de hablar con las cosas, pudo hablar con un semejante que compartía sus alegrías y sus tristezas, pudo darle a su vida un salto de gigante. Yo creo que ese sentimiento lo podríamos compartir. Rescatar a ese ángel que duerme dentro de nosotros, no al diablo del silencio, de la insolidaridad y de la incomunicación que también tenemos dentro. Sería bueno que el móvil nos ayudara a comunicarnos con los ausentes; no a sustituir a los presentes que tenemos a nuestro lado.


  1. La felicidad.
 Tanto gusto. Con esa frase de presentación nos invita Savater a saborear el placer. Los límites del placer son, por un lado, el exceso; los excesos nos traen pobreza espiritual y un cuerpo en un espíritu insatisfecho es, a la postre, también un cuerpo insatisfecho; el hastío; el hastío lo sentimos cuando lo hemos probado todo como quien come sin digerir, le hemos quitado a la vida el misterio que tenía y ya no nos satisface nada. Y si por abajo tenemos la puerta del empobrecimiento (que no deberíamos franquear nunca), por arriba tenemos otra puerta igualmente perversa: la del puritanismo, que es pensar que una cosa es mala sólo porque nos da placer. Entre esos dos límites, la permisividad y la prohibición, se extienden todas las formas del placer, todas sus gamas, allí tienes donde elegir; “tanto gusto”, dice Savater; que te aproveche.
Hay placeres que vibran en el cuerpo. Hay otros que vibran en el corazón. El cuerpo es un camino que lleva al corazón, y el temblor de la piel sólo es hermoso cuando escucha sus voces. “Haz lo que quieras”, dice Savater: pero sólo si lo haces por amor; porque, hagas lo que hagas, si es el amor el que te guía sólo puede ser bueno. Y en otro momento dice Savater: “tendrás que pensártelo”; el pensamiento sólo es bueno si late al unísono con el corazón. Yo puedo estudiar la radiactividad, pero no es lo mismo estudiarla para fabricar bombas que para combatir el cáncer. El corazón tiene que ponerse de acuerdo con la cabeza. Quererte a ti mismo es lo mismo que querer a los demás, que el egoísmo, cuando se transforma en empatía, no es más que generosidad. No es posible que una madre que se odia a sí misma pueda querer de verdad a sus hijos. No olvides lo que dice Frankestein cuando se encuentra con una niña; “¿por qué eres malo?”, le pregunta la niña; y Frankestein le contesta: “porque no soy feliz”. ¡Qué fácil es ser bueno! Basta solamente con ser feliz.
Toda la ética se resume una sola palabra: felicidad. Las personas que son felices nunca son malas, y para ser felices hay que disfrutar de los placeres (del alma, por supuesto, pero si tu cuerpo no disfrutara sería muy difícil que tu espíritu llegara también a disfrutar). Ni esclavizar el cuerpo con las cadenas del alma, como hacían los antiguos, ni esclavizar el alma con las cadenas del cuerpo, como algunos jóvenes lo están llegando a creer. El cuerpo y el alma deben ser libres y deben quererse, del amor entre ambos sale la verdadera felicidad. Y la felicidad, como todas las medallas, tiene dos caras: la otra es la justicia. Si quieres ser justo debes ser feliz y sólo los jóvenes que se realizan pueden ser felices de verdad. “¡Despierta, baby!”, dice Savater. Despertar al mundo es abrirle los brazos, y en el abrazo que tú das está también el abrazo que recibes: ser justo es ser feliz y si haces felices a los otros ¿quién te quitará el placer de ser bueno? ¿Quién te quitará las ganas de disfrutar?