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viernes, 14 de enero de 2022

LA PRAXIS

 

 

LA PRAXIS

 


Razón y racionalidad.

 

            La razón es la facultad de descubrir unas cosas dentro de otras y de hacer demostraciones (Aristóteles); y de distinguir lo verdadero de lo falso (Descartes); en todo caso, capacidad de llegar a lo desconocido a partir de lo conocido, de conocer unas cosas a partir de otras; si los sentidos nos muestran la realidad, la razón nos la demuestra, esto es, la deduce tomando como punto de partida realidades más evidentes y conexiones con otras realidades ya demostradas; así, la razón permite ver con el ojo del alma lo que no hemos podido ver con los ojos del cuerpo (Platón).

            La racionalidad es el uso que hacemos de la razón. La racionalidad teórica la usa para conocer el mundo; la racionalidad práctica, para cambiarlo. Podemos cambiar las cosas de dos maneras: o bien cambiando el mundo (poiesis) o bien cambiándonos a nosotros dentro del mundo (praxis); las formas que usamos para hacer cambios reciben el nombre de techné; así, frente a la razón contemplativa (theoréin) se levantan la técnica y el arte (techné y poiesis, respectivamente); pero también la ética, la política y el deporte (techné).

            No hay que confundir la actividad con la reflexión sobre la actividad; así, no es lo mismo el arte que la filosofía del arte (a la que llamamos estética); la política que la filosofía de la política; el deporte que la filosofía del deporte; la moral que la ética (la ética sería algo así como la filosofía de la moral).

 

Techné, poiesis y praxis.

 

            Ya hemos visto que la filosofía teórica puede ser racionalista o empirista, si miramos (gnoseología, epistemología) las formas que tenemos del conocer; y si nos fijamos en la naturaleza del mundo (metafísica), la filosofía puede ser platónica, realista o nominalista. La ética también puede ser racionalista o empirista: en el primer caso conocemos las normas por la razón; en el segundo, por el sentimiento; el intelectualismo moral (Sócrates como precursor de los estoicos) se enfrenta así al emotivismo moral (Hume). Destaquemos que el control racional de la moral, tal y como lo plantean los estoicos, se acerca a la ética socrática apartándose de su metafísica (pues Sócrates, entroncando con Anaxágoras, se fijaba en el espíritu mientras que los estoicos, desde la estela de Heráclito, eran más bien materialistas; de un materialismo de tipo nominalista).

            Poiesis es el arte de la producción. Designa el arte del alfarero, del carpintero o del herrero y no solamente el arte del poeta. En los primeros casos hay que tomar la palabra “arte” como sinónimo de “técnica” (y así, hablamos de las técnicas amatorias; lo mismo sucede con el arte del alfarero o el arte de la guerra). Pero el arte el pintor y del poeta contienen, aparte del dominio de una técnica (techné), también una actividad inspirada, una búsqueda de la belleza; la belleza es más que una sensación agradable.

            El pintor debe conocer la técnica de la proporción, del claroscuro, de la perspectiva. El poeta conocerá la técnica de la versificación y la métrica, el juego de las palabras y las figuras de estilo. Pero no basta saber manejar las rimas: además, hay que estar inspirado; sin inspiración la métrica es algo mecánico, sin alma, y las rimas sólo son ripios. 



            Pero la poética, o arte de escribir, no es lo mismo que la estética, que es la reflexión filosófica sobre la poética (y de modo general, sobre el arte). El arte se ocupa de construir belleza y la estética se interesa por saber en qué consiste la belleza; y para qué buscamos los objetos bellos. Así, no es lo mismo el artista que el filósofo. El filósofo reflexiona sobre la actividad del artista, de modo que todo filósofo preocupado por la estética debe preocuparse por los entresijos del arte, pero no todo artista debe hacer filosofía.

            Examinemos un ejemplo para darnos cuenta. Podemos preguntarnos: ¿tiene la estética un componente moral? Aristóteles afirmaba que sí (de ahí la utilidad de la catarsis), pero no nos aclaraba por qué; por lo menos, no nos lo aclaraba suficientemente; su poética es más una poética que una estética, una técnica teatral mucho más que una reflexión sobre el teatro. Admitamos que tenemos el deber de educarnos: ¿debe formar parte la estética de nuestra educación? El filósofo, para reflexionar, procedería, por ejemplo, de la siguiente manera:

 

Estética

 

El ser humano siente una atracción natural por la belleza.

 

Si alguien no disfruta con lo bello no es humano.

A veces el deseo de buscar la belleza está dormido.

Se despierta con la educación.

La educación de la belleza es ver cómo disfrutan de la belleza los demás y eliminar las trabas que nos impiden a  nosotros sentir lo mismo.

 

La educación en la belleza nos ayuda a humanizarnos.

Los objetos bellos pueden ser naturales o artificiales.

A los objetos artificiales que producen belleza los llamamos arte.

 

La belleza artificial es artística.

Al estudio de la atracción que produce la belleza en nosotros lo llamamos estética.

 

La estética se ocupa del arte y de la belleza natural.

La belleza produce admiración en nosotros.

Admiramos aquello que queremos imitar: la bondad, el valor o la belleza.

La imitación de la bondad y del coraje son formas éticas de admiración.

El deseo de buscar la belleza es admiración estética.

La belleza atrae o no atrae.

Si no nos atrae, no conocemos la admiración estética; no la sentimos.

Pero entonces nos faltaría una parte de nuestra humanidad.

Y sin embargo somos seres humanos.

 

Pues entonces nuestro sentimiento de placer estético está dormido.

Y tenemos la obligación de ser lo que somos, o sea de desarrollar nuestras capacidades, nuestra humanidad, y entre ellas, la de disfrutar con la belleza.

 

Por lo tanto tenemos el deber y el derecho de recibir una educación estética. De cultivar el buen gusto.

 


Praxis.

 

            Vayamos ahora a la ética. La ética es el arte de ser mejores. Uno puede ser mejor desarrollando una actividad o siendo buena persona: lo primero conduce a ser buenos en algo (un buen atleta, un buen escritor, un buen alfarero); y lo segundo, a ser buenos a secas (es decir, buenas personas). La ética se interesa por conocer el bien y el mal esenciales, independientemente de su utilidad.

            Ahora bien, si por ser buenos entendemos hacer lo que la sociedad nos pide que hagamos, entonces el bien y el mal no los captaremos de manera autónoma, sino que nos serán impuestos; ser bueno es para la sociedad lo mismo que ser obedientes. Los antiguos incas tenían tres mandamientos básicos: no seas ladrón, no seas ocioso, no seas mentiroso; y estaban encaminados al beneficio del Estado, no a la construcción de la personalidad. El Estado necesitaba del trabajo de sus súbditos: por eso se castigaba la pereza. También necesitaba cobrar impuestos, y el súbdito que no los pagaba era como si se los robara al Estado, de ahí el rechazo al ladrón. Tampoco se admitía que nadie defraudara declarando menos recursos de los que realmente tenía, de ahí la prohibición de mentir. Pero si reflexionáramos sobre estos tres mandamientos desde el punto de vista de la construcción de la persona, ¿podrían valer? ¿Podrían servir como imperativos éticos independientemente de la vocación política con que los utilizaba el imperio? Podría ser. Entreguémonos, a título de ejemplo, a un ejercicio de fundamentación ética de los tres mandamientos incaicos.

 

Moral incaica

 

No hay que robar, mentir ni ser vagos.

 

La pereza nos quita el ánimo.

El ánimo son las ganas de vivir.

Lo contrario de la vida es la muerte.

Y quien muere no puede luchar contra el robo, la mentira y la pereza.

Por lo tanto no hay que ser vagos. No es buena la pereza.

 

Mentir es decir cosas contrarias a la verdad.

La verdad nos lleva por caminos que conducen a la meta.

La meta de la vida es la lucha.

La mentira nos extravía en el camino de la lucha.

Luchar es enfrentarse a los obstáculos para vencerlos.

El robo, la mentira y la pereza son tres obstáculos.

Si nos perdemos por el camino no conseguiremos vencerlos.

Y la mentira nos extravía: nos amenaza con no llevarnos a la meta.

No hay que mentir.

 

Robar es quitarle a alguien lo que es suyo.

Lo que es propiedad nuestra nos sirve para vivir.

Si se lo robamos amenazamos sus posibilidades de vivir.

Y la vida es necesaria para luchar.

Pero para luchar es necesario estar vivo.

Luego vivir es lo mismo que luchar.

Y por lo tanto está prohibido robar.

 


Moral cristiana.

 

            Hagamos una reflexión parecida sobre el cristianismo. Los diez mandamientos de Moisés regulan la convivencia en la sociedad patriarcal de la época: ¿tienen también valor ético? Es decir ¿sirven para construir la personalidad de manera libre y autónoma? Si exceptuamos los cuatro primeros mandamientos, que predican el amor a dios y el respeto a los padres, los diez mandamientos de la ley de dios se reducirían a cuatro que regulan nuestra convivencia: no mentir, no robar, no matar y no cometer adulterio; examinemos, a partir de ellos, lo que podría ser un razonamiento ético:  

 

No hay que mentir, robar, matar ni cometer adulterio.

 

Lo contrario de la mentira es la verdad.

La mentira es mala.

La verdad es buena.

 

Robar es privar a alguien de lo que es suyo.

Es suyo lo que ha ganado voluntariamente con su esfuerzo.

No es propiedad suya lo que, sin esfuerzo, se ha ganado.

            (Por ejemplo, en el juego. Con engaños. O con otro robo).

 

La enfermedad no es propiedad del enfermo.

Por lo tanto el médico no roba al enfermo cuando le quita su enfermedad.

 

La enfermedad es lo contrario de la salud.

La falta de salud continuada nos puede matar.

Y matar es malo porque está prohibido.

Luego la vida es buena.

Y todo lo que es bueno se tiene que respetar.

Por lo tanto hay que respetar la vida de todos.

 

Y la mía también.

Ahora bien, este asesino me está amenazando con un arma.

Y yo no puedo defenderme sin matarlo.

Pero mi vida vale lo mismo que la suya.

Si tengo que elegir entre una y otra, tengo derecho a elegir la mía.

Por consiguiente tengo derecho a salvarme, si la única forma de hacerlo es matar a quien me va a matar a mí.

 

Vivir es alimentar los placeres que se encaminan al placer de vivir.

No debo alimentar los placeres que me matan.

 

Hay drogas que matan, bien lentamente, bien de manera instantánea.

No debo tomar esas drogas.

 

Esas drogas me crean adicciones.

El drogadicto está preso del deseo de tomar drogas y no puede decidir con libertad para rechazarlas.

La enfermedad de la adicción lo arrastra fatalmente al consumo de la droga que lo mata.

La única manera de que no la tome es que no tenga la posibilidad de tomarla.

Para eso tengo que decirle que no tenemos droga, aunque sea mentira.

Por lo tanto es bueno  mentir cuando la mentira es necesaria para la vida (siempre que para hacerlo no pongamos en peligro la vida de nadie más).

 


El adulterio.

 

            La prohibición sexual, en la Biblia, se centra en la prohibición del adulterio: no tomar a la mujer de otro. También se habla de actos impuros, pero ¿qué debemos entender por impureza? La limpieza corporal, por supuesto, pero también la limpieza del espíritu. El espíritu limpio es el que respeta los otros mandamientos: no miente para conquistar a la mujer, no la mata ni le roba su dignidad, es decir no al reduce a un mero objeto o juguete del deseo; y por supuesto, no le roba a nadie la mujer a la que desea, ni tampoco le roba a ella al hombre al que ella quiere. Veamos un ejemplo de razonamiento ético que podría girar en torno al adulterio:

 

No hay que cometer adulterio.

Adulterio es tener vida sexual fuera del matrimonio.

El matrimonio regula la decisión que tienen algunas parejas de ser felices viviendo juntos en el respeto.

Si un hombre pega a su mujer no la respeta.

Si no la respeta no cumple con todos los requisitos del matrimonio.

Entonces su matrimonio, aunque sea legal, no es legítimo.

La justicia prevalece por encima de la ley.

Por lo tanto, si la mujer quiere a otro, no comete adulterio.

 

El matrimonio dura hasta que falta el respeto, la convivencia o la felicidad.

La convivencia es el deseo de vivir juntos.

Si un matrimonio vive separado por causas ajenas a su voluntad, sigue conviviendo.

 

Un deseo debe ser libre.

La libertad es la ausencia de ataduras a la hora de decidir.

Los deseos ciegos y los que producen otras ataduras no son libres.

Por lo tanto no son deseos verdaderos.

 

La convivencia es un deseo verdadero, y por lo tanto libre.

El matrimonio es el deseo libre de vivir juntos.

 

A veces no hay convivencia (o porque falta el deseo de vivir juntos o porque falta la libertad de hacerlo).

Vivir juntos sin convivir no es matrimonio.

Las parejas que cohabitan sin libertad no están casadas.

Tener vida carnal con otras personas no es adulterio.

 

Conclusión general sobre la filosofía.

 

            Recordemos que la filosofía no es vida, sino reflexión sobre la vida; y la propia reflexión humana es también una parte de la vida. Esa reflexión puede fijarse en el ser y entonces es contemplación y teoría. O puede centrarse en el hacer y entonces es técnica, estética y ética. El instrumento fundamental de la filosofía es la razón, pero no hay que olvidar que la razón empieza a desplegarse desde la vida; una razón descarnada es una forma de hacer filosofía y así lo entendieron Platón, Descartes y Kant (la razón pura); pero la filosofía no puede renegar de la razón para someterse a la vida so pena de hundirse en la barbarie y la falta de humanidad; las grandes filosofías que, como en Nietzsche, han renegado de la razón, son, en el fondo, grandes construcciones racionales que piensan, por supuesto, con la razón, pero no desde ella; sino desde la vida.

 


 

viernes, 9 de octubre de 2020

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

 

 

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

Era el día en que me iba a jubilar. El azar quiso que tuviera clase con dos grupos que me iban a plantear problemas, los últimos de mi vida académica (pero no de mi vida de filósofo). Uno me implicaba como persona, el otro como estudioso, y ambas cosas son caras distintas del oficio de profesor; del profesor que se implica, por un lado, enseñando y aprendiendo, y por otro, poniéndole sentimiento a la razón. Voy a explicar brevemente lo que exigieron de mí estas dos últimas clases.


PENÚLTIMA CLASE

            Voy a llamarlo Guido. Por llamarlo de algún modo. Estaba escondido en un rincón, en la última fila, pegado a la ventana. Ni él me podía ver a mí ni yo lo podía ver a él porque todos estábamos escondidos en nuestras mascarillas; obligados por la pandemia del coronavirus, que estaba asolando el planeta. Acababa de pasar lista y ahora me dirigía a él.

            -Guido, ¿podrías dejar de mirar por la ventana? Lo que pasa dentro de la clase ahora es más importante que lo que pasa fuera.

            -Métete en tus asuntos; yo miro adonde quiera.

            Hice un esfuerzo por controlarme. Precisamente habíamos hablado de él en la evaluación cero. Las evaluaciones cero son esas juntas de profesores que se reúnen al mes siguiente de empezar el curso y su objetivo no es evaluar, sino conocer a los alumnos. Allí se había dicho que Guido había estado en residencias y casas de acogida; que sus padres estaban separados y cada uno por su lado lo había maltratado a su gusto, que había tenido experiencias traumáticas que no había que desvelar por no ser indiscretos, pero que estuviéramos seguros de que la vida no lo había tratado bien. Guido tenía un rencor escondido que escupía allí por donde pasaba, y que no intentáramos enfrentarnos con él, que iba a ser peor; que con comprensión y cariño conseguiríamos algo, pero con autoridad y razones, nada. 

            Allí no había motivo para darle palmaditas en el hombro, él me acababa de ofender. Aunque tampoco era el momento de sancionar nada: no era dueño de sí mismo y cuando hablaba, las palabras no venían cargadas de razones que intentaran convencer a nadie sino de odio que tenía intención de hacer daño. A una ofensa no se le responde con cariño, sino con razones, pero comprendiendo, no castigando; de esa manera mis palabras tendrían el cariño en las razones y no en el perdón (¿cómo iba a perdonar sus ofensas, si no quería retirarlas?); y su mejor castigo iba a ser el que él mismo se diera comprendiendo la maldad de lo que había hecho; yo le enviaba cariño que se expresaba con autoridad, pues no debía mostrarme débil, y razones comprensivas que él entendería aunque no las quisiera reconocer. En la pelea de gallos que él imponía, yo sabía que vencería la razón; pero él no reconocería esa victoria sino que la disfrazaría con su propia victoria insolente, que era la victoria de las apariencias; para él era importante quedar bien delante de los demás; y así, las derrotas injustas que él había sufrido se redimirían con la injusticia que él mismo impondría a los demás disfrazándola de fuerza; ofendiendo a una persona que él sabía que no lo iba a ofender; y sabía también que, debajo del teatro que veían todos, había también otro teatro escondido; uno donde la insolencia había perdido la batalla frente a la fuerza comprensiva de la razón. Me encaré con él.

            -¿Te he gritado? –Un silencio acusador-. ¿Entonces por qué me gritas? ¿Te he faltado al respeto? –Otro silencio retador-. ¿Entonces por qué me faltas al respeto? ¿Acaso no te estoy tratando con cariño? –Nuevo silencio-. ¿Entonces por qué me fulminas con la mirada, por qué me lanzas rencor, por qué me odias, si yo no te odio? 

            Hubo un silencio que él quiso que fuera breve; en el teatro del mundo las apariencias te dan la victoria si no te quedas callado, aunque te falten razones; si dices tú la última palabra; gana siempre quien manda callar al otro.

            -Me has gritado.

            -¿Yo? ¿Te he gritado yo? ¿Yo te he gritado?

            -Sí.

            Bajé los brazos derrotado; derrotado por la sinrazón, que es la expresión más clamorosa de la derrota.

            -Me gritaste el otro día.

            Me quedé mudo. Apabullado por la estupidez de aquel chico.

            -¡Ah! –dije-. Y lo que decimos ahora está marcado por lo que dijimos ayer. –Subrayé mi ironía acusándolo con un silencio y luego proseguí-. Yo no tengo costumbre de gritar a nadie, ya ves, y a veces la culpa no la tienen los demás. ¿Tú no tienes nunca la culpa? ¿Tú no metes nunca la pata? ¿Nunca te equivocas? Yo no tengo costumbre de gritar y ahora me has ofendido, y mientras tú me ofendes yo te estoy contestando con tranquilidad: de modo que algo habrías hecho el otro día para que yo te gritara; si es que te grité.

            Él guardó silencio con la boca pero habló con la mirada; y sus ojos lanzaban chispas bíblicas como fulminantes lenguas de fuego; todos lo pudieron ver.

            -Trátame con insolencia: yo no seré insolente contigo. Fáltame al respeto que yo a ti no te faltaré, ódiame si quieres: pero no conseguirás que te odie ni que se apague ni un ápice este cariño que te tengo. Pero quiero que tengas bien clara una cosa: que todo este afecto que siento no está hecho de sensiblerías vanas sino de fuerza; una fuerza cálida y comprensiva, la fuerza de la razón; que es también, por si quieres saberlo, la fuerza de la amistad.

            Y di la cuestión por zanjada. Luego seguí con la clase hasta que sonó el timbre; y supe que, en el secreto del teatro donde no hay victorias ni derrotas falsas, las razones habían removido algunas briznas de su pecho. Entonces cogí mi cartera y me dirigí al aula siguiente. 


ÚLTIMA CLASE

            La ética nos sirve para saber estar. Pero ¿cómo sabremos cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Cómo aprenderemos dónde, cuándo y cómo tendremos que estar en él? ¿Y por qué tenemos que estar así y no de otra manera? Hay una regla muy sencilla: estar en el lugar que te corresponde es comportarse como ese lugar te pide que te comportes. Tu lugar ante un semáforo en rojo está antes, y no después, del semáforo; porque ese semáforo te ordena que te quedes parado, te lo pide desde el código de la circulación; si estuviera en verde te pediría que avanzaras, y en ámbar te diría que te fijaras en el cruce, que tuvieras cuidado, pero ahora está en rojo. Los distintos lugares por los que pasamos nos hablan, nos dicen cómo tenemos que comportarnos. Estar bien en un sitio es comportarse como ese sitio quiere que nos comportemos.

            Estar bien en un váter público es usarlo sin mancharlo. Estar bien en el fútbol es jugar sin coger la pelota con las manos. Estar bien en clase es venir dispuesto a estudiar y no a jugar con la pelota. Estar bien en casa es respetar a tu familia. Estar bien como estás es cumplir con las normas de cada sitio, y estar en paz con las normas es obedecer a la lógica de las cosas, de los lugares: hacer lo que las cosas sirven para hacer, y no utilizarlas de manera absurda; un vaso sirve para beber, no para jugar a los dados, una biblioteca sirve para leer, no para comer, un comedor sirve para comer, no para leer, y un laboratorio no sirve para jugar sino para hacer experimentos; porque si comemos en las bibliotecas, leemos en los comedores, jugamos en los laboratorios y  miramos por los vasos, veremos mal cuando miramos, nos indigestaremos leyendo, se nos mancharán los libros y nos quemaremos con ácido. Y como hay veces que nos falta tiempo para hacer las cosas, es posible que tengamos que leer mientras comemos pero eso será excepción y no la regla; las excepciones ajustan la regla a las necesidades de cada día porque las normas sirven para vivir libres, no para encadenarnos; no es la vida la que se debe plegar a las normas, sino las normas las que se pliegan a la vida; toda norma es justa si nos facilita las cosas, y por lo tanto las que lo entorpecen todo no pueden ser normas justas.

            Pero ¿cómo podremos saber si una norma es justa? Saber estar en tu sitio, saber obedecer, saber estar en el mundo es la mejor manera de ser felices. Si necesito buscar trabajo es mejor que no vaya con la camiseta del Che, porque el empresario que me lo ofrece podría sentir la tentación de no dármelo. Si quiero jugar al fútbol es mejor que no toque la pelota con la mano, porque el árbitro pararía el juego y, si no dejo de hacerlo, me acabaría expulsando y entonces ya sí que no podría jugar. Y si utilizo un microscopio para mirar el cielo es seguro que no veré ni el cielo ni los microbios, ni las estrellas ni las células, que es para lo que está hecho el microscopio. El primer criterio para usar las cosas es la lógica, que me proporciona utilidad; el segundo, cuando no sabemos qué cosas son útiles, es la empatía

            Porque toda la ética se resume en un solo principio: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. No ensucies el váter de la estación porque no te gustaría que quien lo hubiera usado antes que tú te lo hubiera dejado sucio. No te saltes los semáforos en rojo porque no te gustaría que tú, que vas correctamente por tu sitio, te chocaras con un coche que se ha saltado el semáforo cuando tú pasabas. Y no comas mientras lees el libro que te han prestado porque a ti no te gustaría que otros comieran mientras leen el libro que tú les prestaste; y te lo mancharan.

            Ésa es la empatía: ponerte en lugar de los demás para sentir como sienten ellos, para pensar como ellos piensan. Kant lo llamaba imperativo categórico. Pero hay más. El imperativo categórico te dice qué cosas debes hacer. La asertividad te dice cómo debes hacerlas. Debes hacer las cosas (no te digo cuáles) las que a ti te gustaría que te hicieran. Y cuando te piden otras que no están bien debes rechazarlas sin enfadarte. Si insultas a quien te ofrece un cigarro que atenta contra tu salud, estás abusando de él, por insultarlo; le estás diciendo las cosas de mala manera; y si aceptas, estás dejando que abusen de ti porque, por no atreverte a decir que no, permites que los demás te obliguen a hacer cosas que tú no deberías nunca hacer por ellos; lo que tienes que hacer es aprender a decir que no sin ofender a nadie, pero sin dejar tampoco que nadie te ofenda.

            La agresividad le quita paz a la vida, la sumisión le quita libertad, y la única forma de vivir libre y en paz es siendo al mismo tiempo amable y firme: eso es ser asertivo. El imperativo categórico te dice cómo debes hacer las cosas; la asertividad, cómo debes renunciar a hacerlas; recházalas siempre pensando en los demás cuando piensas en ti y no hagas a los demás lo que a ti no te gustaría que te hicieran; y, sabiéndolo, no te hagas a ti lo que sabes que no les gustaría a los demás que les hicieras. Una balanza es un dispositivo que mide un peso con ayuda de otro peso (al que llamamos contrapeso). La balanza de la ética es el saber estar, que tiene la empatía (o dicho de otro modo, el imperativo categórico) como peso y la asertividad como contrapeso; esa conducta que nunca es agresiva, pero tampoco sumisa. Veámoslo ahora con un ejemplo: la persona a la que le gusta sufrir, el masoquista.

            Entre un masoquista y alguien que no lo es hay también un punto de coincidencia: y es que los dos quieren que les hagan cosas que a los dos les gustan, aunque no sea de la misma forma; aunque uno sienta placer sufriendo y otro lo sienta evitando el sufrimiento.  

El masoquista no debe hacer sufrir a los demás so pretexto de que eso es lo que a él le gusta; tiene que dar gusto a los demás con lo que les gusta a ellos, no con lo que le gusta a él. No hacer a nadie lo que a uno no le gustaría que le hicieran significa que si a ti te gusta sufrir, pero a los otros no, no tienes por qué darles ese sufrimiento: debes darles el gusto por el placer que ambos compartís, él sin sufrir y tú sufriendo; es un placer que conseguís ambos por distintos medios; que a mí me guste sufrir no significa que yo te tenga que hacer sufrir a ti, porque a lo mejor a ti no te gusta. Lo que hay que buscar en los demás es la necesidad de estar bien y no los medios con los que cada uno se procura ese bienestar. 

            Ahora bien: no sólo hay que saber estar, sino que también hay que aprender a ser uno mismo: sin intentar adulterarse, como se adultera la mantequilla cuando pasa el tiempo y se pone rancia. ¿Sabéis por qué se pone rancia? Porque no la hemos puesto en su sitio, que es el frigorífico. Saber estar en nuestro lugar es la mejor manera de saber ser lo que cada uno es, sin adulterarse. Quien sabe que vale para la pintura, su sitio es el taller, y quien vale para la música, su sitio es el conservatorio. Hay que aceptarse como se es y no rechazarse a sí mismo, eso es el respeto. O dicho de otro modo: no basta con saber estar, también hay que saber ser en la vida.

 Si yo soy bajo de estatura sería un iluso que pretendiera ser alto, porque tengo la obligación de aceptar lo que la naturaleza me ha dado. Mírate en el espejo: ése eres tú. Acéptalo. Hazte amigo de ése que ves ahí porque él será siempre tu mejor amigo. Acepta a ese ser que tienes dentro, búscalo, encuéntralo y quiérelo mucho, porque él es quien más te va a querer en la vida. No quieras cambiarlo: cualquiera que pongas en su lugar valdrá menos que tú, siempre estará adulterado. Y tú eres quien más vale para ti, que no te quepa duda. Podrás llevar la vida de otro pero nunca la llevarás como si fuera la tuya; podrás fijarte en los demás para mejorar, podrás imitarlos para sacar lo mejor que tienes dentro, los utilizarás a ellos de modelo, pero nunca podrás cambiarte por ellos; puede que quieras ser como Beethoven porque quieres superarte como se superó él, pero sólo te superarás haciendo tus propias cosas, no las que hizo Beethoven.

Así que ya lo sabes: vive tu propia vida y no vivas nunca la de los demás; para ser tú mismo tendrás que mirarte en los demás como en un espejo, sí, y en ese espejo habrá imágenes que seguramente te ayudarán, pero no olvides que esas imágenes no son tuyas aunque te parezcas a ellas; puedes estar en ellas pero tú eres más que una imagen, tú eres tu modelo; mejorarás imitando las virtudes ajenas pero imítalas solamente para que te ayuden a ser tú mismo. Porque si quieres cambiarte por ellos acabarás adulterándote, como la mantequilla, y tu vida se volverá rancia, y no serás auténtico. 

            No me sorprendió que me dieran un aplauso cariñoso a modo de despedida. Me sorprendió, sin embargo, que la persona que más aplaudía fuera la que siempre me había rechazado, o eso era lo que yo creía: siempre seria conmigo, severa, distante, desafiante y hasta agresiva, así la recordaba yo hacía años. Ahora resultaba que, como ella, quienes más se enfrentan a nosotros tal vez sean, a la larga, quienes más se empapan con nuestras palabras; esas palabras severas, inexorables, duras, terriblemente sinceras, y siempre cargadas de cariño que son, en definitiva, las palabras donde se esconde el secreto de la ética.


sábado, 19 de octubre de 2019

A VUELTAS CON SÓCRATES


  

A VUELTAS CON SÓCRATES   


 1. Sócrates.

            Para obrar bien hay que conocer el bien. “Conocer” significa varias cosas:

            a) Saber lo que pasa: a eso lo llamamos tener conciencia. Si yo me doy cuenta de que estoy en clase puedo decir que tengo conciencia de dónde estoy; si por el contrario no me doy cuenta de nada es porque estoy inconsciente (me he dormido, estoy bebido o me he mareado).
            b) Saber lo que debo hacer: a eso lo llamamos tener conciencia moral. Si me doy cuenta de que estoy copiando en un examen y sé que no debo hacerlo, tengo conciencia de dónde estoy pero también tengo conciencia moral; y si robo pero no sé que robar es malo es porque soy un inocente; y si sé que robar es malo y a pesar de todo robo soy un inconsciente. Somos inconscientes porque estamos enfermos (por ejemplo, porque somos psicópatas), o porque nos hemos distraído, o porque nos han educado mal o porque estamos mal acostumbrados.
            Sócrates seguramente se refería a lo segundo: conocer el bien es tener conciencia moral. Aunque también puede entenderse en dos sentidos:
(1) Saber hacer las cosas: son las destrezas adquiridas; saber montar en bicicleta, saber construir un puente, saber escribir. Se trata de conocer los medios necesarios para alcanzar el fin que buscamos (como saber leer y escribir para entender las cartas que nos manda nuestra familia).
(2) Saber qué cosas tenemos que hacer: éste es el conocimiento moral o, como diríamos igualmente, la conciencia moral. Todos tenemos este tipo de conocimiento pero a veces nos distraemos y no nos fijamos cuando hacemos las cosas, por eso Sócrates también decía:

            No existe gente malvada, sino gente ignorante.

            Ser malvado es olvidarse de pensar las cosas antes de hacerlas, perder la costumbre de pensarlas, o no haber sido enseñado de niños para reflexionar sobre todo; tener conciencia moral es sentir en nuestro fuero interno lo bueno y lo malo, con lo que darse cuenta de lo que está bien no es otra cosa que experimentar el goce de hacer el bien o el remordimiento (el arrepentimiento) que sentimos cuando hacemos cosas malas. Conocer es sentir.

2. Agustín de Hipona.

            Para obrar bien no basta con conocer el bien: además hay que quererlo.

            a) La conciencia puede ser de dos tipos: conciencia de lo que pasa y de lo que hacemos (por ejemplo, que estoy fumando) o conciencia de lo que puede pasar (por ejemplo, que si sigo fumando puedo enfermar de los pulmones; a esto último lo llamamos conocer las consecuencias de nuestros actos). Puede ocurrir que yo no conozca esas consecuencias (entonces si fumo es por ignorancia); y que, conociéndolas, siga fumando (porque me parecen tan lejanas que piense que nunca me van a pasar: “¡tan largo me lo fiáis!”, que dice Tirso de Molina): comportarse así es ser inconsciente.


b) La conciencia moral la tenemos cuando tenemos uso de razón; los niños pequeños parece que son inconscientes. Pero también hay inconscientes entre los adultos porque se han acostumbrado a hacer las cosas sin pensarlas, y son brutos; porque no sienten la diferencia entre el bien y el mal, y están enfermos. Hasta los brutos que tienen pocas luces tienen sentimiento moral, y son buenos.
Podemos distinguir, así, entre la inconsciencia perezosa (propia de quien sigue fumando aunque conozca los efectos del tabaco, sólo porque le da pereza dejar de fumar); y la inconsciencia afectiva (propia de quien no siente que algunas cosas están mal, como matar para el psicópata).
¿De cuál de estas dos formas de inconsciencia hablaba Agustín de Hipona? Tener conciencia afectiva es lo mismo que sentir el impulso de hacer el bien, como decía Sócrates: entonces con sólo conocerlo ya tenemos ganas de hacerlo, en eso consiste el instinto de hacer el bien, el instinto moral. Pero la conciencia perezosa no es un instinto, por eso conocer las consecuencias de las cosas no nos da un deseo irrefrenable de obrar bien; y fumamos aunque sepamos que no nos va a hacer bien.
¿De cuál de estas cosas hablaba Agustín de Hipona: de la conciencia perezosa o del instinto moral?

3. La conciencia.

            En resumen, podemos tener conciencia:

1. De lo que pasa (es decir, de los hechos). Estamos conscientes cuando nos damos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor; de lo contrario nos habremos desmayado, o estaremos borrachos, con fiebre, o drogados… en una palabra: estaremos inconscientes.
2. De lo que hacemos (o sea, de nuestros actos). Se trata de todo lo que hacemos de manera consciente: comer, estudiar, pasear, ducharnos, ir al teatro… Como en el caso anterior, estar consciente y sobrio es lo contrario de perder conciencia.
3. De lo que debe pasar (o sea, de las consecuencias de lo que nos pasa y de lo que hacemos). Consecuencias de los hechos: si hay actividad volcánica es señal de que temblará la tierra; si cae algo en un vaso de ácido sulfúrico se disolverá; si llueve olerá después a tierra mojada. Consecuencias de nuestros actos: si nos acostamos tarde nos levantaremos tarde; si le dedicamos demasiado tiempo a los juegos electrónicos no nos quedará tiempo para leer; si cenamos tarde tendremos el sueño pesado; si no miramos donde pisamos nos caeremos. No pensar en las consecuencias es propio de la inconsciencia perezosa: nos resulta más cómodo no pensar.
4. De lo que sabemos hacer (es decir de nuestras capacidades y destrezas). Si somos conscientes de nuestra pericia o nuestra torpeza sabremos en todo momento lo que podemos intentar o no; si no sé que debo protegerme las manos con guantes o quitar los plomos, no será prudente empalmar dos cables para que haya corriente eléctrica; si no sé conducir no será prudente ponerme al volante; si no sé cantar no tendrá sentido meterme en un coro.
5. De lo que debemos hacer (es decir tener conciencia de nuestro deber). Todos tenemos el instinto de hacer las cosas buenas, el instinto de hacer el bien: ayudar al necesitado, desarrollar nuestro potencial, ser felices, llevar una vida placentera sin dejarnos dominar por el placer, ser los dueños de nuestras vidas: a eso lo llamamos tener conciencia moral.


Cuando alguien hace las cosas sin medir sus consecuencias, o hace cosas que no sabe hacer o cosas que no debe, decimos que es un inconsciente; el inconsciente se mete a hacer mal las cosas o a hacer cosas malas; tampoco es previsor, porque no tiene costumbre de ver las cosas antes de que se produzcan (sobre todo cuando esas cosas son consecuencia de sus actos). No es lo mismo estar inconsciente que ser un inconsciente; en el primer caso no nos damos cuenta de las cosas que hacemos ni de las  que nos pasan; y en el segundo no nos damos cuenta de lo que puede ocurrir, ni de que no sabemos hacer bien las cosas ni que no sabemos hacer cosas buenas. Los inconscientes no deben confundirse con los dormidos; y estar dormido es lo mismo que desorientarse, delirar, estar desvanecido o haberse desmayado.

4. Ejemplos.

            Vivimos una época de crisis: crisis económica (desde 2008); crisis política (desde hace unas décadas); crisis cultural y crisis social (sobre todo en los últimos años). Podemos pensar que la razón de la crisis es nuestra inconsciencia; veámoslo con algunos ejemplos.
            James Maddoz estaba consciente y en sus cabales; conocía perfectamente el mundo de la bolsa y se daba cuenta de lo que hacía, pero no midió sus consecuencias; sabía, sí, que ganaría un dinero considerable y eso fue lo que sucedió; sabía también que se hundiría la economía del mundo y eso no le importó: porque le faltaba el instinto moral (actuó, aquí, como el ser inconsciente que era); pero no supo prever que lo encarcelarían ni que acabaría suicidándose, dejándoles a sus hijos una herencia bien penosa; por quererlo todo se quedó sin nada y por perder habrá perdido hasta la vida (y, por supuesto, hasta el honor).
            Donald Trump es consciente de lo que hace y a veces de las consecuencias de sus actos; actúa como si conociera toda la realidad y sólo conoce una mínima parte, y por esa fisura se le escapa buena parte de las consecuencias de lo que hace; sabe también cuáles son las destrezas que maneja y conoce sus capacidades, pero le falta el instinto moral; no tiene olfato, no tiene buen gusto, no tiene el sentimiento de su deber aunque sí lo tiene en lo referido a sus deseos y a su actos; es un egoísta en quien los niveles éticos están muy por debajo de lo que necesita la realidad.
            La gente que no tiene trabajo tiende a pensar que es por culpa del extranjero. Le gustaría cerrar sus fronteras y que no pasara nadie. Ve al de fuera como un enemigo, alguien que va a allanar su morada, que le va a robar en la calle, a quitarle su trabajo, y por quitar, le quita hasta el seguro de desempleo y la asistencia sanitaria. Si viviéramos aislados, si no pasara nadie, si las puertas estuvieran cerradas y nos quedáramos solos: entonces estaríamos protegidos de los de fuera.
            Vienen entonces políticos que levantan vallas. Construyen muros para que no se pueda pasar, alambradas de espino, patrullas de policía, y volvemos a la gran muralla. No nos damos cuenta de que los mismos muros que les impiden a ellos entrar nos impiden salir a nosotros; y nos quedamos solos, sin vecinos y sin amigos, sin poder salir de casa, encerrados entre nuestras cuatro paredes, aislados del mundo, sin poder viajar, cautivos de las puertas que les poníamos a los demás; porque mientras protegíamos nuestro hogar no nos dábamos cuenta de que con tanto muro lo estábamos convirtiendo en nuestra cárcel.


            Vivir seguros, aislados de todos; o vivir comunicados y por consiguiente libres. Ser libre no es ponerse vallas para que no pasen los que, amenazándote, nos van a quitar la libertad. Ser libre es diluir las fronteras para que pasen nuestros vecinos: porque si ven que les damos confianza, lo más normal es que nos la devuelvan; sólo nos quieren atacar quienes se sienten rechazados; aunque también hay, por desgracia, gentes rechazadas por otras y que nos atacan a nosotros; pero si acabamos rechazando a todo el mundo resultará que al final no nos atacarán de vez en cuando unos pocos: nos acabarán atacando todos. Si vamos por el mundo tratando a los demás como malvaos, todos los demás acabarán tratándonos como malvados también; no es lo mismo encerrar los brotes malvados en un mundo de bondad que construir un mundo malo donde quedarán atrapados algunos brotes buenos.
            La gente siente temor en tiempos de crisis. Sus buenos instintos conviven en su alma con el temor de los peligros que producen los tiempos malos. En medio de la gente que siente las cosas sin decidirse entre ellas, hay gente que decide sin sentir o, peor aún, decide habiendo sentido en su vida cosas malas; unos pocos deciden habiendo sentido también cosas buenas: son los líderes; los caudillos, los jefes, los que saben mandar; son las voluntades que guían a quien no tiene mucha voluntad, los guías.
            Los guías pueden movilizar los sentimientos buenos que hay en nosotros: son los buenos líderes, los que tienen conciencia del deber. También los hay que movilizan los bajos instintos que duermen entre la población y son líderes que carecen de conciencia del deber: los que ponen su voluntad al servicio de su pasiones brutas; brutas y, las más de las veces, brutales; esos líderes conectan su sed de poder con el hambre que tienen los pueblos de ser guiados; Atila, Hitler, Moussolini, Lundendorff, Borgia, Almanzor, Calvino, Puigdemont, Trump, Boris Johnson… o Salvini. O Stalin. Muchos de ellos sufrieron de niños y aprendieron a llenar el mundo con los abusos que ellos mismos padecieron: Saddam Husein, el propio Hitler, Franco. El dolor sufrido por culpa ajena lo riegan entre los demás porque es lo único que tienen, lo único que les enseñaron. “Por qué acusarme?”, dice Bécquer; “¿puedo dar más de lo que a mí me dieron?”

5. Hacer bien las cosas y hacer cosas buenas.

            Cuando dice Sócrates que para obrar bien hay que conocer el bien ¿a qué tipo de cocimiento se refiere? ¿Es un conocimiento teórico? (No hay que tocar el enchufe con las manos mojadas porque las sales del agua son buenas conductoras de la electricidad). ¿Técnicos? (Para cortar los racimos de uvas hay que tirar del pedúnculo hacia arriba). ¿Se trata, por el contrario, de conocer los principios éticos? (No está bien matar). Los conocimientos teóricos y técnicos se adquieren estudiando, pero los principios éticos se aprenden sin estudio, solo como mirar dentro de sí y ver lo que tenemos escrito dentro. La ciencia y la técnica se aprenden mirando fuera; los principios éticos, mirando dentro; la experiencia como fuente de conocimiento debe ser completada con la conciencia. Ahora bien, la teoría y la técnica se aprenden en la escuela, pero la ética ¿puede también aprenderse en la escuela? No, si lo que se aprende en la escuela procede del mundo exterior.
            Muchos estudiantes están sensibilizados con los problemas medioambientales: y muchos de ellos se olvidan de vivir de acuerdo con esta sensibilidad. Todos sabemos buscar la papelera, pero a la entrada de las escuelas hay muchas papeleras vacías y papeles en el suelo. Hay técnicas para dejar de fumar, pero aunque conocemos los efectos del tabaco, nos falta fuerza de voluntad para usarlas. Y sabemos también que copiar en los exámenes es desleal e insolidario, pero resulta más cómodo copiar que estudiar. El mundo no echará a andar correctamente mientras no aprendamos a comportarnos con corrección; es decir según nuestros principios, no según nuestros deseos (los principios son los deseos del espíritu; los llamados deseos, deseos del cuerpo; los primeros son en sí mismos fuerza de voluntad; los segundos, voluntad dormida cuando vislumbramos la sombra de los primeros); el desarrollo sostenible viene de quienes, pensando globalmente, son capaces de actuar localmente; y esa capacidad sólo la tienen quienes saben lo que está escrito en su corazón, lo mismo que en su cerebro; y quienes, sabiéndolo, saben también cómo hay que hacerlo; pero saber cómo hay que hacer las cosas no sirve de nada si no sabemos qué cosas tenemos que hacer; y eso es imposible sin mirar dentro de nosotros, puesto que hay gente que no puede mirar porque tiene tapados los orificios por donde salen las cosas buenas que tenemos dentro.


6. Consecuencias para la enseñanza de la moral.

            Para estar consciente hace falta estar despierto; despierto de cuerpo (que es lo que comúnmente se entiende por estado de vigilia); y despierto mentalmente (o sea, aparte de no estar dormido, eso significa no estar alterado, drogado ni bebido). A eso lo llamamos tener conciencia, y es necesario para tener conciencia moral, pero no es suficiente; tener conciencia moral es otra cosa.
            Ser un inconsciente es lo contrario de ser responsable. Una persona responsable se adelanta a los acontecimientos leyéndolos antes de que ocurran; ve en las cosas que ocurren (nubes bajas, viento, pájaros que vuelan bajo) signos de lo que va a suceder (lluvia). Pero también se preocupa de prever las consecuencias de sus actos (si robo, violo los derechos de otro y me pueden meter en la cárcel). Y le preocupa sobre todo si sus propios actos son buenos o malos (es decir, le debería preocupar más faltarles al respeto a los demás que ir a la cárcel).
            Uno aprende a leer en la naturaleza conociéndola y estudiándola; nos sirven para ello la experiencia y la enseñanza; es necesaria la enseñanza para ampliar nuestra experiencia, como un buen complemento del aprendizaje.
            Uno aprende a cambiar la naturaleza teniendo ideas propias y aprendiendo tecnología y matemáticas; la creatividad se desarrolla hasta que se topa con unos límites; para desarrollarla más hacen falta las escuelas técnicas, aunque ya se empiezan a aprender cosas en la enseñanza general, tanto en la escuela media como en la escuela secundaria.
            Pero es más difícil aprender en la escuela el sentido del deber. El deber es un sentimiento que procede, en parte, de las cosas que sabemos, pero sobre todo de nuestros sentimientos anteriores; la conciencia moral es semejante a un átomo cuya atmósfera electrónica se configura en sociedad, pero su núcleo está en el corazón, y ese corazón viene ya prefigurado antes de ir a la escuela; Hitler aprendió a pintar, pero el escaso valor que les dieron en Viena a sus pinturas no hizo de él un ser rencoroso, sino el sufrimiento que había vivido en su casa, lo mismo que le pasaba a Franco; los sucesivos dictadores norcoreanos se volvieron implacables porque los acostumbraron desde niños a que era bueno imponer su voluntad sagrada; los incas creían natural matar a toda la familia de su adversario, como hizo Atahualpa con Huáscar, eliminando a las más de mil personas que constituían su panaca y bebiendo, sin ningún tipo de remordimiento, en el cráneo vaciado de su hermano. Octavio Augusto tampoco tuvo remordimiento en sembrar de crucificados los caminos que llevaban a Roma; y los talibanes más crueles fueron aquellos niños desamparados, huérfanos de la guerra, que habían sido recogidos en las madrasas; los mismos que, en manos de maestros fanáticos (niños desamparados igual que ellos), comieron un trozo de pan y tuvieron un sitio donde dormir a cambio de aprender el Corán y perforar con dios su corazón vacío: vaciándolo de cualquier sentimiento de compasión o misericordia.
            La educación moral puede dar forma al sentimiento del deber, pero no puede crear ese sentimiento. Ese sentimiento germina en el corazón de los niños que han sufrido privaciones y excesos; la privación del abandono y la desolación; el exceso de poder que han recibido desde que nacieron, y que tapó, probablemente para siempre, su capacidad de amar y respetar a sus semejantes.
            En otras palabras, la conciencia moral no se crea, pero se desarrolla. La escuela puede esculpirla con bellas formas en quienes ya la tienen, pero no puede inocularla en quienes carecen de ella: unos porque están enfermos (como los que son psicópatas)  y otros porque han cegado sus sentimientos desde su más tierna infancia (ya sabemos que lo primero que aprendemos queda grabado en nuestro corazón con tinta indeleble: como los patos de Lorenz).
            Educar la conciencia moral es tarea imposible si no se viene a clase con una conciencia embrionaria; por eso Platón no pudo hacerlo con el hijo del tirano de Siracusa. Hay, en quienes han sufrido, corazones capaces de amar a pesar de todo y por eso tienen suerte; pero la mayoría han sentido cegarse en ellos los poros del corazón y ya no pueden cambiar aunque quieran. Es como el alfarero, que sólo puede moldear la arcilla tierna; con la arcilla seca ya no puede hacer nada. Para esculpir el granito hace falta cincel y martillo y el escultor puede romper, voluntariamente o por error, el granito dándole un mal golpe en un lugar donde ya no es posible rectificarlo; tampoco puede cincelar nada donde los detalles esenciales de la figura tenían que surgir de las partes del granito que estaban rotas. Las familias pueden cuidar el granito o romperlo. Luego la escuela lo cincela. Y ninguna escuela puede cincelar la conciencia moral de los niños, si sus familias han roto irremediablemente el material del que estaban hechos sus sentimientos.




viernes, 9 de junio de 2017

HISTORIAS DE VICENTE Y REA




HISTORIAS DE VICENTE Y REA 



1.

Juan Luis habló de la ética como el triunfo de la voluntad. La vida de todos los días, como el arte que nos rescata de lo cotidiano, despierta en nosotros la fibra sensible. La ética, sin embargo, despierta nuestras energías, nuestra fuerza constitutiva, nuestras ganas de actuar. Pidió a los chicos que escribiesen sobre ello y lo que más le gustó fue el trabajo que hizo Esmeralda. Estaba compuesto por dos historias y una coda: Juan Luis lo leyó para toda la clase. He aquí lo que leyó:

La historia de Vicente.
Érase un buen hombre, que tenía un buen corazón, que era buen ciudadano. Siempre cumplía con su deber. Un día anunció el gobierno que había que separar las basuras, y él cumplió con sus obligaciones religiosamente. Había un contenedor amarillo para echar el plástico. Otro de color azul para meter papel. Otro verde para los vidrios. Y había otro de color gris (a veces eran dos, porque ése se llenaba más que todos) para el resto de las basuras. Él separaba todos los días sus residuos. Los metía en bolsas de plástico y llevaba cada bolsa al sitio que le correspondía. Hasta que vio, un día, por casualidad, que todos los camiones de la basura vaciaban todos los contenedores en el mismo vertedero. Entonces su corazón se llenó de tristeza y, arrugando el ceño, se dijo que de qué servía separar las basuras. Desde entonces volvió a tirar todos los residuos juntos en el mismo contenedor de siempre.

Historia de Rea Justa.
Había una vez una chica llamada Rea Justa que era vecina de Vicente. Como él, supo un día que había que separar las basuras y, como estaba preocupada por el medio ambiente, las separó. Como él, descubrió que el camión de la basura juntaba en el mismo vertedero todos los deshechos que ella separaba. Pero al revés que él, todavía los siguió separando cuando hizo este descubrimiento. No le importó que las autoridades no cumplieran con su palabra. No le importó que los encargados de despertar conciencias no tuvieran conciencia. No le importó que por arriba se destruyera lo que pacientemente se estaba construyendo por abajo. Rea siguió separando las basuras, siguió trabajando por la naturaleza, siguió realizando el reciclado. Lo importante era afianzarse en sus creencias; fortalecer sus hábitos, reforzar sus convicciones. Cuando la idea de separar las basuras se hubiera hecho costumbre, y cuando esa costumbre fuera sólida como el acero, entonces Rea consideraría que estaba preparada para predicar. Entonces convencería a sus vecinos, escribiría en el periódico, hablaría por la radio, denunciaría que los que están arriba no cumplen con lo que hacen cumplir a los que están abajo. Convocaría manifestaciones y llenaría la calle de gente para obligar a cumplir a los de arriba. Y entonces no le habría pasado como a Vicente. Muchos Vicentes juntos desinflan el esfuerzo pionero que se abre camino entre la inercia. Pero muchas Reas juntas no sólo no lo desinflan, sino que impiden, con su acción, que los camiones en el vertedero deshagan lo que la gente hace en casa. Rea habrá conseguido que el pueblo eduque al gobierno, ya que el gobierno no sabe educar al pueblo.

Coda.
Vicente va donde va la gente. Rea consigue que la gente vaya adonde ella va. Rea Justa: al hacer justicia, reajusta lo que otros desajustaron. Rea Justa es una res gestae: alguien que cambia el mundo con su actividad. Los Vicentes, muebles inertes calentando asiento, no dejan nunca de ser res stantes. Actividad e inercia, cuerpos inertes frente a gestas heroicas, fe que se mueve, montañas que pesan: los dos polos del mundo de Ortega y Gasset.
La fe mueve montañas. El mundo está hecho de montañas de Vicentes y de Reas que esperan: porque tienen fe.
Fin.
           


2.

Rea Justa quería ser libre. Sintió que no lo era en el mundo donde estaba, se fue de él. Quería saber qué era tener las manos libres, sentirse a gusto, sin opresión, poder gozar sin problemas, andar sin ataduras, ser feliz. En este mundo siempre estaba oprimida; porque cuando no era libre por fuera, sentía por dentro que algo la oprimía.
            Se montó en una nave espacial. Y cuando llegó más allá de las nubes, allí, lejos de la tierra, se sintió flotar. No había nada que la apretase, nada que la constriñera, nada que tirara de ella hacia el suelo. No pesaba. Disfrutó su falta de peso como creyó que disfrutaban los niños la ingravidez del seno materno. El espacio era un líquido amniótico que nos acogía en su seno, pero le faltaba algo; le faltaba un tubo por donde respirar; el espacio era un vientre sin placenta donde no se podía vivir. Cuando pasó la alegría de flotar en el espacio libre, se dio cuenta de que no podía hacer nada; no podía disfrutar de sí misma porque le faltaba un medio donde agarrarse. Quería ser libre, pero no tanto. Libre sin salirse de madre.
Entonces volvió a la tierra y se subió a un avión. Desde allí se tiró al aire y cayó, cayó como un poseso; perdía pie continuamente, flotaba y no flotaba en el aire, caía porque no podía agarrarse a nada. Gozó de la adrenalina que le desbordaba por todos los poros de su ser, gozó de ser atraída por algo sin que ese algo la aplastara; sintiendo en su caída la resistencia del aire, el tirón de la ropa que quería arrancarse de su cuerpo, formando bolsas que tiraban por encima de ella. Hasta que, ya cerca del suelo, alguien tiró de una anilla y se abrió un paracaídas. Se detuvo el vértigo y se sintió caer flotando, como cuando había estado en el espacio. Se creía libre y estaba atada al paracaídas.
Se posó sobre el suelo; y aunque estaba amortiguada la caída, el paracaídas no la libró de darse un topetazo. Salió indemne de aquel revolcón. Primero el espacio y luego el aire, el flotar en el cielo no la había dejado libre de ataduras. Primero el tubo para respirar, luego el paracaídas; no había dejado de estar atada a algo. Se sumergió en un submarino. En un batiscafo donde explorar las profundidades. Primero había nadado y se había visto flotar en algo muy parecido al vientre de su madre; se sentía libre, pero, a diferencia de lo que pasaba en el espacio, podía dirigir su cuerpo surcando el agua con sus movimientos. Era libre, flotaba y también era dueña de fijar el rumbo; pero también estaba atada a un tubo para respirar. Además, pronto descubrió que el agua le pesaba sobre todo el cuerpo. Supo después que cada diez metros que descendía era como si la estuviera aplastando una atmósfera más, y el mar ya no era agua sino piedra. Tuvo que meterse en el batiscafo. Y le contaron después que, si de pronto entrara el agua en el sumergible, estallaría su cuerpo de manera fulminante; se destrozaría instantáneamente en miles de fragmentos diminutos, sería como estar dentro de una explosión. Volvió a la superficie.
Y regresó al mundo en el que siempre vivió sin sentirse libre. Sintió la alegría de sus ataduras de antaño, después de haber necesitado los mundos sin ataduras. Supo que no es posible la libertad sin estar agarrado a nada. Que no se puede flotar de verdad cuando uno no pesa. Que no existe libertad sin alegría, y que la libertad es simplemente flotar sin salir de madre.

3.

Subió al espacio y estaba sin ataduras. Pero no podía dirigir sus movimientos, no se sentía libre. El espíritu del cosmos le entregó una piedra que decía: en el equilibrio de tu cuerpo mando yo.
Se fue al aire y se sintió sin ataduras. Pero aunque parecía flotar, tampoco podía dirigir sus movimientos, tampoco se sentía libre. El espíritu del aire le susurró al oído: yo mando en las nubes, pero la tierra te arrastra; yo no te puedo retener.
Después bajó a las profundidades y estaba sin ataduras, pero las profundidades la querían aplastar. Tuvo que subir luchando con fuerza y en la superficie tuvo que nadar. El espíritu de las aguas le dijo: yo destruyo a quien busca, en el fondo, el secreto de la libertad.
La tierra entonces le dijo: yo te sujeto, aunque tienes que luchar con fuerza para vivir sobre mí. Yo te abrigo aunque parezca mentira, y en mis límites tú puedes navegar. En mi seno estás libre y protegida, tú me combates porque no estás sola, yo soy un árbol de caminos: en mis brazos tienes la libertad.