viernes, 31 de mayo de 2019

Y EL ESPÍRITU DEL VIENTO HABLÓ POR ÉL




Y EL ESPÍRITU DEL VIENTO HABLÓ POR ÉL
  

1.

            -El viento será testigo de mi muerte.
            El brazo se detuvo en el aire apenas el tiempo de un suspiro. El palo tembló un instante, como si vacilara, pero era el aire que le hacía vibrar mientras dudaba; se abatió sobre la cabeza del pastor que se protegía, y sus ojos oscuros lo martillearon, y el gesto frenético le abrió la cabeza y de su frente manaba un hilo de sangre.
            El viento aullaba. Las ramas zumbaban, los brazos de los árboles golpeaban con furia y el palo se abatía y golpeaba y golpeaba sobre el pastor, y por el suelo se arrastraba el murmullo de la hojarasca. Un aire sin freno silbaba entre las piedras. Se escurría, siseando como las culebras, y el bulto caído sólo se movía porque lo movía el palo; un brazo obstinado sin impulso ya del pensamiento, impulsado por su propia inercia sin poder parar, golpe sin furia, agitado por un viento frenético.
            El palo ciego surcaba las ráfagas que golpeaban los árboles y abatían los troncos; y se descargaban sin odio como una ráfaga de la naturaleza. Por fin el hombre bajó los brazos y vio rodar arbustos y ramas y matorrales, que se ovillaban en sus espinas y se golpeaban con troncos y piedras hasta perderse lejos. El viento ululaba como si hubiera fantasmas metidos en él, como si una queja espantosa saliera del interior de su médula; era un aullido con ecos de llanto, una nube de polvo y una voz que cubría el espacio: era un alarido de niebla.
            -El viento será testigo de tu muerte. Y cómo me acusará,  y quién lo escuchará, y en qué juicio.
            Su boca se torció en una mueca de desprecio. Y no dejara de reír si no fuera porque el viento, con ese aullido interminable, le infundía miedo.
  

2.

            Dos hombres paseaban por la sierra. Iban envueltos en capas y tocados con sombreros y el frío del aire se juntaba con el de la tierra. El sol palidecía bajo el tenue ardor del invierno. La brisa apenas se movía, y cuando lo hacía, se clavaba en las mejillas y congelaba las orejas.
            -Créame, don Teódulo, los árboles nos miran, el aire nos oye, el cielo nos huele  y las piedras nos tocan. Las cosas se mueven y no ha de dejarse engañar porque parezca que están quietas. Hay una vida metida en ellas que las toca y las agita; un ser escondido que no podemos ver, pero se ve cuando abrimos los ojos y estiramos las orejas.
            Don Teódulo sonreía con una mueca escéptica.
            -Debiera usted llamarse Fidel, o Pío, o Teódulo como yo, porque se cree todas las consejas que cuentan en el pueblo; pero qué ironía, se llama usted Pedro: como el apóstol que negó tres veces a Jesús como si dudara de él. Yo, el escéptico, me llamo Teódulo y usted que se lo cree todo se llama Pedro: ¡qué ironía!
            -Sí, sí, ríase usted. Con las cosas del espíritu no se bromea. Hay un espíritu poderoso que se mete en las cosas y las posee; cuando uno oye silbar el viento, créame, no es el viento el que sopla, sino el espíritu; el espíritu que habla por el viento.
            -Y si lo quiere el espíritu, ¿se pueden meter unas cosas en otras?
            -Sí, créame. Ahora mismo usted está hablando pero puede pasar que no sea usted el que habla, sino que por su voz circule el viento, que es la voz de ese espíritu que habla por usted; cuando eso sucede usted, sin saberlo, traduce con sus palabras el lenguaje del viento que nadie puede entender.
            -Pero dígame: ¿cómo puedo saber si cuando hablo soy yo o es ese espíritu que habla por mi voz?
            -Eso no lo sabrá usted nunca. Hasta que se sepa. Porque a veces, amigo mío, se produce en nosotros como una transparencia como si fuéramos un espejo, y entonces es una revelación.
            Los dos hombres caminaban despacio apoyándose en sus bastones. A lo lejos, la sierra lucía un manto blanco del color del frío, y más abajo un bosque de abetos se espesaba ante ellos, separando la luz de la oscuridad. A sus pies se deslizaba un camino de tierra que iba, como una culebra silenciosa, a los primeros picachos que se alzaban sobre un abismo. A los lados, el suelo lleno de humus, y de vez en cuando un ovillo de zarzas rodaba lentamente, respetando el silencio, mientras los pájaros, escondidos en los árboles, chillaban; tomillo, romero, chaparro, jaras y retama.


            -Y dígame, don Pedro, ¿quién es ese espíritu que se mete en las cosas y se adueña de ellas sin que se den cuenta?
            -La naturaleza, querido Teódulo, es la naturaleza.
            -¿La naturaleza es un espíritu?
            Don Pedro se detuvo, volviéndose hacia él, afianzó su bastón y le miró con ojos profundos.
            -Es el espíritu que lo impregna todo. Es como un dios, sólo que no tiene cuerpo: es una fuerza, un anhelo, un vigor, una presencia; una presencia que no tiene cuerpo y toma prestados todos los cuerpos para manifestarse.
            -Ah, ya veo.
            Don Teódulo hizo esfuerzos para aguantarse la risa.
            -Mire, sin ir más lejos, ¿qué es eso que ve usted ahí?
            Don Teódulo miró, y por más que miró no pudo ver nada; a no ser que don Pedro hablara de…
            -Excrementos de lobo.
            -Eso es, sí. ¿Sabe usted –dijo don Pedro- lo que son esos excrementos?
            -La marca de su territorio; supongo.
            Entonces el aire les llevó un fuerte olor a orines.
            -Son los ojos de la naturaleza. La naturaleza nos ve. Nos está vigilando. Unas veces nos protege y otras nos ataca, depende de cómo nos comportemos nosotros con ella. Estos excrementos también son su boca. Nos está avisando.
            Don Teódulo no pudo evitar un temor supersticioso que se le metía a pesar de él, y sintió frío en el cuello.


3.

            Un rastro de sangre se perdió en el bosque. Quedó pintado en el suelo, sobre las piedras, entre las ramas. Ya no brillaban los helechos con sus hojas verdes, sus reflejos dorados. La tierra se llenaba de hiedra seca; los cantos rodados, en el lecho de los ríos, estaban cubiertos de musgo; a veces el musgo se volvía filamentoso y se vertía en la corriente como una baba.
            -¡Por ahí ha ido el lobo! ¡Por ese lado!
            Los hombres iban con palos, ataviados con sus boinas, cubiertos con pellizas, y a veces, cruzadas al pecho, colgaban sus zamarras. Unos tenían escopetas y habían cargado los gruesos cartuchos, que miraban por dos cañones, enfilados por dos gatillos, y las sujetaban, apoyadas en el hombro, por las raíces de las culatas.
            -Han hecho una lobada esta noche. Yo tenía diez ovejas en el aprisco y a las diez las han matado. Hay que encontrar al lobo, ese espíritu sanguinario que mata por matar; hay que matarlo.
            Los cazadores iban con los pastores, pero luego, a la entrada del bosque, se fueron desparramando.


4.

            Hubo un pastor metido en su casa. Guarnecido en una choza. Miraba pasar las nubes, cubierto con esa manta que pesa, la manta de los pastores, que pesa pero no abriga, según dicen, una manta a cuadros. Miraba los territorios del lobo, que se extendían allá a lo lejos, por la sierra de Peñalara.
            Tenía el ceño fruncido. La piel cuarteada, tostada por el sol, y el cuello cortado como si le hubieran dado navajazos, para un lado y para otro, cruzándose como cicatrices secas, duras y rasgadas. Sus ojos eran duros. La mirada, sombría. Los dedos de polvo y tierra, que se habían pegado a ellos como una segunda piel, eran la cara dura y triste del campo; sangre de Caín, pero de Abel también, a un tiempo víctimas y verdugos, sufrimiento de fríos, lluvia, tierra y nieve, que curten el corazón y lo vuelven duro, haciendo piedra de sus partes más sensibles. La vida esclava siembra esclavitud, la vida mala siembra maldad, arrastra al hombre que sufre y lo vuelve malo porque nadie le dio ropa seca cuando durmió empapado, una manta cuando los dedos abrió al frío, y el fuego que encendió, alimentándolo con leña mojada, al poco de encenderse, se había apagado. El hombre sería bueno si no viviera mal; si no fuera malo.
            El aire se levanta y arrastra un poco de polvo que araña la tierra, haciendo cicatrices en el campo. Se acuerda de un día. Su corazón duro, sin embargo, sufre. Hay un gusano que escarba dentro y le hace daño. Le roe, le consume, le remuerde. Dolor del pastor muerto cuando soplaba el viento, cuando sus manos se volvieron locas y le dieron golpes con un palo. No llora. El pastor que sufre a bofetadas tiene callos en los ojos, se atormenta y no encuentra la paz, pero no sufre. Es, vida entre piedras, una piedra más que se ha convertido en su duro paisaje, un hombre de piedra que no puede llorar; pero sufre.
            Se acuerda de aquel día. Un viento rabioso le rompió las mientes y su mano se puso a matar, con un palo. Se le nubló la frente y ya no pensó, ciego, duro, furioso y loco; y la cólera encendida le incendió los ojos, y las manos de rabia las volcó en un palo. Un día que mató por robar. El otro hombre tumbado en el suelo se enterró entre los aullidos del viento y en su frente corrió un hilo de sangre. El cielo soplaba con furia, duras bofetadas le sacudían la cara, lanzó aullidos que hundieron el cielo y por la sierra soplaban vientos huracanados. Pero el aire le daba bofetadas, ahora que lo recordaba todo, sin aullar. Los únicos aullidos venían del lobo.


5.

            ¡Allí se oye, allí! ¡Corramos monte arriba, por allá! ¡El lobo, el lobo, ahí están! Hombres atados a escopetas, manos atrapadas en palos, corazones envueltos en piedra, gargantas rojas de tanto fumar: ¡el lobo, el lobo, ahí está el lobo! Sonaron unos disparos y el eco de la pólvora incendió la tierra, se elevó al cielo, se hundió en la nariz y los montes acecharon por donde el lobo andaba. Con ellos venía un guardia civil. Tricornio de hierro, capa oscura, fusil al hombro, correa al mentón, nervio en cuerpo y fuego en la mirada.
            La tierra dura se disolvía en polvo, el aire suave se agitó con nervio, las ramas quietas se movieron algo, las zarzas de espinas se arrancaban del suelo y poco a poco el viento, que fue brisa antes que aire, se volvió vendaval. Sus ráfagas abofeteaban a los pastores y todos los espíritus del infierno parecieron flotar arrastrados por la turba, una turba de voces que arrojaba el cielo desde sus fauces y sus entrañas: parecían el aullido del lobo; un crepitar melancólico y un ulular desalmado, siniestro, y toda la sierra convertida en culebra pareció silbar.
            Los hombres se embozaban en sus mantas. El tricornio se cubrió con la capa de amplios vuelos que se abrió, desplegándose, y cerca, muy cerca, se oía el lobo. El lobo aullaba en el aullido del viento. El viento aullaba deslizándose entre las piedras, entre los troncos, entre las ramas: una mano para la manta y otra para la escopeta, para los cartuchos, para la nada. Se dispersaron los hombres y el aire se volvió niebla, el cielo se volvió ciego el viento se volvió polvo: por las ráfagas borrosas desaparecieron las formas, el cielo se manchó y en la nube de rama y polvo asomaron puntas difusas, borrosas, nebulosas y ciegas; y se fueron acercando sin que brillara el charol, porque el polvo cubre el brillo y el cielo que está sin sol se vuelve opaco.
            En la opacidad de la niebla emergió un tricornio y sus manos se agarraron a una roca, entre rodada y angulosa, con aristas que cortan. Sus dedos se agarraron a la roca y era un muro pétreo que se alzaba entre los árboles. Avanzaron por el granito y giraron donde la roca se hacía borde, por ese borde dobló el guardia civil y llegó a un claro donde había una cabaña. El fuego de la cabaña crepitaba pero el guardia, tapadas sus orejas por el viento, no lo oyeron.


6.

            El pastor rumiaba desesperación. Su corazón, sin duda, rezumaba rabia por los resquicios que había abierto la humedad, allí en el pecho, donde las lágrimas que los ojos no podían echar se vertían por dentro. Sufría. Sufría de remordimiento y era un sufrimiento atroz, que le pudría el alma, le escondía el sol, le rompía el pecho.
            Salió. Salió porque en la choza no podía estar, el espacio se le hacía estrecho y era que se le encogía el corazón, lo que se le encogía era el pecho, no la cabaña. Salió. El viento le azotó la cara y no quiso cubrírsela, se dejó ir como una mota de polvo en el aire, como una pavesa en el fuego, dejó que lo llevaran los vientos de fuera porque no quería sufrir, allí dentro donde tenía el pecho, sus propios vientos y tempestades.
            Salió. Se sentó en una piedra junto a la cabaña, insensible al frío. Sus ojos se tuvieron que cerrar, en contra de su voluntad, por una bofetada; las bofetadas del viento eran terribles, pero no más terribles que las que le daba el tiempo; remordimiento; deshecho en llanto sin lágrima y con los ojos secos a reventar, se apoyó en su cayado; y con el mentón apoyado en las manos se oyó decir, como una voz que sin querer salía de su boca:
            -Así soplaba el viento cuando maté al pastor.
            Y los ojos que temblaron bajo el tricornio soltaron un destello. La capa, como una manta enorme desplegada en el firmamento, fue bóveda y en su cénit soplaba la justicia; era una voz impasible, vengativa y dura, despiadada y cruel.


7.

            Cuando subió al cadalso tenía anudada al cuello la soga de las marionetas. Y al cerrarse el collar supo, de repente, que no era su voz la que había pronunciado las palabras; las que oyó el guardia civil momentos antes de hacerle preso; no era su voz, no, era una voz que se había filtrado por él subiéndole desde la garganta; hasta poblar la nuez que destrozaba el collar de hierro en este mismo momento; no era él, no, él era un poseso; fue la voz del remordimiento, yo no sé, otra voz que habló por su voz traduciendo lo que las otras voces decían; juraría que hablaron por su garganta, revestidas por el timbre de su voz, hablaron… hablaron quizá las voces del viento.
Y el espíritu del viento habló por él.





viernes, 24 de mayo de 2019

CATALUÑA, PROBABLEMENTE, NO PUEDE SEPARARSE DE ESPAÑA




CATALUÑA, PROBABLEMENTE, NO PUEDE SEPARARSE DE ESPAÑA


1.

Alquilar una casa es dejar que alguien viva en ella a cambio de dinero. Un alquiler es un contrato: tú aceptas dejarme tu piso y yo acepto pagarte una cuota mensual. Si un día decido marcharme te lo tengo que decir con antelación (normalmente un mes); luego me voy y ya está.
Supongamos ahora que estoy construyendo un barco. Cada uno de nosotros tiene una pieza (uno tiene la hélice, otro la quilla, otro la borda, otro el motor…) y decidimos ponernos de acuerdo para juntar todas las piezas y hacer el barco. Materializamos nuestro acuerdo en un contrato y en él decimos: que el barco lo vamos a usar entre todos; que navegaremos por los mares que convengan a  todos, en orden sucesivo, y que si alguien quiere llevarse su pieza no puede hacerlo unilateralmente porque dejaríamos sin barco a los demás: tendrían que ponerse todos de acuerdo para que el dueño del motor se lo llevara sin que el barco dejara de funcionar.
Cataluña quiere independizarse de España. No puede hacerlo unilateralmente. España no es una casa alquilada de la que uno se va cuando quiere, sino un barco compartido del que uno no se puede bajar sin hacer daño a los demás. También puede compararse a un solar: el dueño del solar no tiene derecho a llevárselo cuando hay casas construidas, levantadas sobre él; tendrá que contar con los dueños de las casas y con las personas que viven en ellas.
Si Cataluña no es dueña de marcharse cuando quiere, es porque su destino está unido al del resto de los españoles; no puede marcharse sin hacer daño a los demás; cuando firmó la constitución (y la firmó hace cuarenta años) aceptó contar siempre con el resto de los españoles. Puede romper ese contrato, eso es cierto, pero necesita contar con los dos tercios del resto de los españoles y si esos dos tercios no quieren, será porque su marcha rompería gravemente la vida de todos y se quebraría la convivencia. Hay contratos que no valen para dos días. No basta con que lo vote una mayoría, hay que consensuarlo. Y si el consenso no es posible, será porque quien se marcha busca una prosperidad que se asienta sobre el perjuicio de la mayoría; sería como comprarse un campo de golf en el terreno donde vivimos y echar a la gente para que yo pueda jugar los domingos.
¿Se puede romper el contrato? Sí, pero con tiempo suficiente; y con el consentimiento de una amplia mayoría (no solamente la mitad más uno). La política es el arte de lo posible, ¿se puede cambiar la constitución? Sí. ¿Se puede independizar Cataluña? Sí, pero hay que meterse una cosa en la cabeza: que la independencia de Cataluña es cosa de todos, no solamente de los catalanes; y si la mayoría no quiere, no hay independencia. Se pueden buscar otras formulas: ¿por qué no un Estado federal? Estados Unidos lo tiene y eso no ha dañado su integridad (ex pluribus unum). Y lo tiene Alemania. Dar poder a las partes no es quitarle al conjunto el poder de decidir unitariamente sobre las cosas que afectan a todos; cada vecino  tiene derecho a hacer obras en su casa, pero nadie puede quitar una columna; y no puede porque, por mucho que esa columna esté en su casa, si desaparece se puede venir abajo el edificio; de modo que hay cosas que están en nuestra casa pero no nos pertenecen a nosotros sólo, sino que les pertenecen igualmente a todos los vecinos. Lo mismo pasa con Cataluña y con España.
La vida es tiempo (o, cuando menos, se desarrolla en el tiempo). El tiempo que necesita una leona para parir no es el mismo que necesita una nutria; cada cosa a su tiempo, y si plantamos patatas y tomates no tardarán lo mismo en crecer unos que otros, y sería absurdo aplicarles a las zanahorias el mismo plazo de recolección que al trigo.
Las sociedades humanas también tienen su tiempo. No dura lo mismo la amistad de quienes se conocen en un viaje que la de unos colegas de trabajo, o unos compañeros de clase. Un gobierno no dura lo mismo que un Estado. Ni un colegio de abogados lo mismo que un parlamento. Las sociedades se juntan y separan respetando los ritmos de cada uno, o de lo  contrario las separaciones no serían espontáneas y no se harían de modo natural. Cuando una sociedad quiere ser rota por una de sus partes debe ajustarse el ritmo del conjunto, y si no, la ruptura sería traumática. Traumática. Forzada. Violenta. Antinatural. Y puede suceder que los mismos que querían separarse con tanto ahínco se den cuenta después de que se equivocaban y quieran volver a unirse, después de haberse separado.


2.

            Volvamos al principio: ¿qué es la política? El arte de la toma de decisiones. Cuando una empresa decide en qué sector invertir y para qué consumidores, cuando un colegio decide para quién enseñar, cuando un gobierno decide a quién favorecer: aprender no es lo mismo que dirigir, y la teoría no es lo mismo que la praxis.
            Según otra definición, la política es el arte de lo posible. Entre las decisiones que se toman, unas son realistas y otras no. La política que se está haciendo en Cataluña, entre quienes buscan la independencia, peca de fantasiosa porque se piden cosas imposibles, como cuando un niño quiere ir a la luna y sus padres le hacen razonar y el niño persiste: “pero es que yo quiero”. Podemos decidir cosas que nos convienen (como se hace en economía); o que nos interesan, ilusionan o apetecen (como se hace en política); pero si lo que queremos hacer es imposible estaremos persiguiendo quimeras, y las quimeras chocan con la realidad, y nos romperemos las narices porque la realidad es tozuda.
            Según un tercer criterio, unos dicen que la política debe perseguir la justicia, ajustándose a criterios éticos, y otros que no; entre los segundos está Maquiavelo. Si algunos catalanes quieren la independencia, y si la independencia no es posible respetando a los demás y para conseguirla hay que faltarles al respeto, entonces nos internaremos en los recovecos del maquiavelismo; si hay que poner unos cuantos muertos sobre la mesa (cien mejor que diez, y, si hace falta, mejor que diez, diez mil, como algunos han dicho), estaremos haciendo una política inmoral; y si, al correr del tiempo, se consigue la independencia a costa de muerte y destrucción, ¿habrá valido la pena? ¿Será sensato perder la paz y el entendimiento para conseguir una quimera de Maquiavelo? ¿Habrán hecho falta esas alforjas para hacer este viaje?


3.

            No es fácil separarse sin romperse la cabeza. Los ingleses llevan tres años queriendo materializar el bréxit y todavía están en el punto de partida; hasta muchos piden votar otra vez para ver si de verdad quieren separarse del resto de Europa. Supongamos que yo tengo un motor y me he puesto de acuerdo con otros para ponerlo en un barco. Supongamos que el día de mañana quiero llevarme el motor a casa: tendría que darles a mis socios otro barco para poderme llevar mi motor a casa con barco y todo; lo que no puedo hacer es dejarles el barco sin motor; porque cuando me comprometí a compartirlo con ellos me comprometí a no dejarlos unilateralmente con el culo al aire. Es como el mercader de Venecia: no puedes arrancar el corazón que te han prometido sin derramar una gota de sangre porque cuando en el contrato el otro se comprometía a darte su corazón, en ningún momento te autorizaba a derramar su sangre. Y si yo quiero llevarme a casa una columna del edificio porque en ella he puesto cantidades de oro que quiero recuperar, lo que debo hacer es comprarles el edificio a los vecinos y llevarme mi columna con edificio y todo; o comprarles otro edificio si yo me llevo el que tienen; lo que no puedo hacer es arrancarles la columna y dejarles el edificio dañado. Cataluña no puede marcharse de España porque con ello haría daño el resto de los españoles; es muy fácil abandonar un edificio dejándolo inhabitable para irse a una casa nueva que uno ha ido preparándose poco a poco.
            Y no puede porque se comprometió en 1978 firmando la constitución. Ese compromiso era solidario, es decir que no podía romper el contrato si los que firmaron en él no querían romperlo. Hay que tener la mente lúcida y distinguir cuándo alquilar una casa, firmar un contrato de trabajo o construir entre todos una casa en la que quepan todos; en los dos primeros casos puedes romper el contrato sin hacerle daño a nadie; en el último sólo puedes dejar el barco haciendo que se hunda con todos dentro, y nadie tiene derecho a buscar la ruina de otros como moneda de cambio para pagar su propia prosperidad; no sin ser perverso, insolidario y maquiavélico. Cataluña es una de las columnas que sostienen el edificio de España, pero ahora resulta que algunos catalanes han construido otra Cataluña nueva y quieren mudarse de casa. No, Cataluña no puede destruir un país entero para construirse otro, como nadie tiene derecho a demoler un templo románico para coger las piedras y hacerse una casa. Cataluña no puede marcharse de España. 




viernes, 17 de mayo de 2019

PRINCIPIOS PARA UNA TEORÍA GENERAL DEL JUEGO



PRINCIPIOS PARA UNA TEORÍA GENERAL DEL JUEGO


             Si nos atenemos a su etimología, el juego tiene varias raíces generadoras de significados. Como “ludus”, se refiere a cualquier cosa que no requiera esfuerzo; significa que algo es fácil, sin dificultad; se trata de diversiones, pasatiempos. Como fiesta, el juego se hace público: las carreras, los gladiadores, las diversiones colectivas son fiestas en tanto que juego público; lo mismo cabe decir de las loterías patrocinadas por el Estado. Si esto es así, también entrarían en esta categoría las artes, como por ejemplo la danza, los conciertos y el teatro.

Juego es en todo caso saber hacer: saber simular (en el caso de los actores); conocer el manejo y funcionamiento de algo, dominar una técnica (en todos los otros casos). Distinguiremos, así, entre juegos de imitación y juegos de ejercicio: los primeros consisten en reproducir situaciones e interpretarlas de forma placentera (actores, juegos de roles, ensoñaciones y fantasías, juego simbólico de los niños); y los segundos producen disfrute por el ejercicio de alguna habilidad o destreza (fútbol, ajedrez, atletismo, incluso el arte de la guerra y del negocio cuando se hacen por placer y no por conseguir beneficios). Pero hay una tercera categoría de juegos que no consisten en saber hacer algo, sino en poder sentir: son los juegos de sensación.

            El placer se obtiene, evidentemente, de dos formas: por el ejercicio y por la contemplación; por eso los deportes son a la vez juego y espectáculo. No hay que confundir el placer de contemplar lo que hacen otros (placer del espectador) con el que proporciona la contemplación de la realidad interior y trascendente (placer contemplativo o especulativo). El espectáculo y la contemplación son actividades totalmente diferentes.

            En una partida de cartas en el bar, en torno a la mesa de los jugadores se acumula gente para contemplar el juego; a fortiori si el juego está preparado para ser visto. En el caso de los naipes, cada jugador es espectador de sí mismo, dado que jugar es estar atento a las cartas que tiene cada cual, procurando adivinar las jugadas que cada cual tiene en la mente. Pero si esto es así con los juegos de pensamiento, no es así con los juegos musculares: el corredor está tan concentrado en su hazaña que apenas, de refilón, puede fijarse en la posición de los atletas a quienes quiere ganar. Otros juegos (es el caso del deporte) conjugan el pensamiento y el músculo: son juegos de inteligencia perceptual, a diferencia del ajedrez y similares, que son juegos de inteligencia conceptual y matemática.
           
Juegos apolíneos y dionisiacos. Todos los juegos que contienen sensación y ejercicio tienen que ver con la experiencia dionisiaca; los juegos de representación son por el contrario apolíneos. Pero ¿qué diferencia hay entre el juego y el arte? El arte nos hace vivir mentalmente vidas distantes, y el juego simbólico nos las hace vivir físicamente.


            A. El juego apolíneo (o de representación). Están las diversiones que proporciona la contemplación de objetos y mundos iguales o distintos del nuestro; placer de contemplar nuestro mundo desde la distancia (desprovistos de las preocupaciones y sufrimientos que contienen en la realidad), o de contemplar el encanto de mundos imaginarios y exóticos: piratas, extraterrestres, medievales, prehistóricos o de personajes y aventuras de novela o de película. Es el mundo de lo maravilloso y lo fantástico (exotismo); o el mundo de la distancia frente a lo cotidiano (que no es distanciación crítica al estilo brechtiano, sino alejamiento lúdico que abstrae penas dejando sólo alegrías).
            Se pueden contemplar las cosas desde fuera o desde dentro; esta última conduce a la contemplación participante. Uno se interna en una mina de la quimera del oro, en una cueva de piratas o en un valle de tiranosaurios como si fuera parte de la historia, pero sabiendo que está fuera de ella. Ese “como si” es la sustancia de la contemplación participante, en donde la participación es falsa porque no se puede participar de verdad en la historia que sólo se contempla; pero la contemplación tampoco es real, porque contemplar supone no participar. Uno no puede mirarse en el espejo para ver cómo son sus ojos cerrados, porque para mirar hay que abrir los ojos.
            La contemplación participante se distingue del espectáculo, la observación y la contemplación interior.

El deleite levanta el vuelo para producir encanto (lo maravilloso); o queda a ras de tierra y se transforma en risa; son, respectivamente, el arte y el humor. Como actividad colectiva de comunión en el deleite, se muestra a nosotros como fiesta.
            El juego se distingue de la tragedia en que es repetible: uno puede jugar a la guerra y morir de un golpe, pero acabado el juego “resucitas” y puedes volver a jugar, si lo deseas. Por el contrario la tragedia es única y no se puede volver a repetir: si te mueres, te mueres para siempre. A medio camino entre la tragedia y el juego está el drama. El juego, como el arte, produce deleite, ya sea mediante la risa (humor), ya mediante el éxito (ejercicio), ya mediante el desahogo (sensación), ya mediante el encanto. Entre el chiste y la comedia (dos formas de risa) no hay mucha diferencia si sus esfuerzos se agotan en reír; pero si se incorpora el interés por hacer reflexionar al espectador la comedia se transforma en arte. Si, además, se atenúa la distancia entre personaje y público, la reflexión adquiere mejores ropajes de sensibilidad, y tenemos las demás formas de arte.


            B. El juego dionisiaco de ejercitación. El juego en estado puro es ejercicio: uno disfruta ejecutando repetidas veces lo que le sale bien. El entrenamiento es preparación al juego, tensión previa que el juego consistirá en desplegar. Así, uno disfruta golpeando con fuerza con esos martillos de feria que miden la potencia muscular. Se disfruta resolviendo ecuaciones cuando por fin se ha aprendido a hacerlas. Dando toques a la pelota con el pie, para ver a cuántos se llega sin que la pelota caiga al suelo. Haciendo girar la pelota de baloncesto sobre el dedo índice para ver cuánto tiempo dura. Saltando en longitud, con pértiga, corriendo fondo, velocidad, con vallas, construyendo castillos con los naipes o ejercitando la inteligencia a las damas o al ajedrez.
            También disfrutamos con la contemplación: por ejemplo, mirándonos en los espejos deformantes (cóncavos y convexos) de la feria. Con frecuencia se trata de contemplar ejercicios: ver un partido de fútbol, ver a los gladiadores, contemplar a los leones comer gente o espiar las miserias ajenas en los programas de cotilleo, leer la prensa o ver cine y teatro: todo eso produce placer. Pero hay una diferencia entre contemplar imágenes (los espejos de feria) y contemplar historias (el circo o el teatro). Ahora bien, contemplar no es jugar.


C. El juego dionisiaco de sensación. Hay, también, placer en la búsqueda de nuevas sensaciones: lo podríamos llamar placer sensorial, que no es verdaderamente ni contemplación ni ejercicio, pero que también es juego (¿o deporte?). Tal sucede con el puenting, los fiordos, los tronquitos, la montaña rusa, que buscan sensaciones fuertes para descargar adrenalina y aliviar el cuerpo. El paracaidismo es mixto, porque consiste también en la ejercitación de capacidades físicas y mentales; lo mismo sucede con el alpinismo y otros deportes de riesgo.
Las sensaciones fuertes son las de contacto (que incluyen el gusto y, en un grado menor, el olfato). La vista y el oído permiten menos ejercitar que contemplar. El ocio sensorial puro no es, en principio, ni ejercicio ni contemplación: es sensación pura.
            Y están, cómo no, los juegos que aúnan ejercicio y contemplación participante (como gimkanas y juegos de rol que exigen la superación de distintas pruebas); y los que conjugan sensación y contemplación participante (como las montañas rusas en las que se vive una historia sacudida por desniveles y tirabuzones realmente impresionantes).
            En rigor no pueden ser llamados deportes: son atracciones. Lo propio de la atracción es ser ocio sensorial y contemplación participante (juntos o separados), y no separan a los asistentes en grupos de actores y grupos de espectadores. Esto sí sucede en los juegos, y también pasa con los juegos intelectuales y los juegos de mesa. Un caso paradigmático de los juegos de observación participante son los juegos de azar: se contempla con expectación la evolución de un objeto para ver cómo cae; es una mezcla de observación y misterio, y eso le da cierto toque fantástico y maravilloso: cautivador, en suma (en eso consiste su encanto).

            Conclusión. El juego como manejo y dominio de una técnica es un medio para conseguir nuestros objetivos, y eso pertenece a la teletaxia. El juego como fin en sí mismo es fuente de disfrute, y pertenece a la televida: hablaremos de juego, a secas, como complemento del arte, que busca la risa más que el encanto. Desde estas premisas estudiaremos, en un próximo capítulo, el papel del juego en la vida. 





viernes, 10 de mayo de 2019

LA SOBERBIA, LA ENVIDIA Y LA HUMILDAD



LA SOBERBIA, LA ENVIDIA Y LA HUMILDAD  
  

             La palabra latina “superbus” se refiere al que está por encima, y de ahí viene “soberbia”; sin embargo vivir en el piso de arriba no significa ser soberbio, ni viajar en avión ni destacar por encima de los demás, ya sea porque sea uno más alto o porque haga las cosas mejor que otro. No. Ser soberbio no es saberse superior, sino creérselo; creérselo en el sentido de comportarse de manera altanera por tener una ventaja, menospreciando a los demás; menospreciándolos, es decir tratándolos como gente que vale menos y hasta gente sin valor, como si ser bueno uno mismo fuera incompatible con que lo fueran los demás.

El orgulloso.

            Es un complejo de superioridad que, en el fondo, brota de un oculto complejo de inferioridad. El orgulloso se muestra superior pero se siente inferior; el orgullo no es, pues, una cuestión de sentimiento (sentirse superior no es malo), sino de voluntad: aplastar a los demás para sentirse superior a ellos es una forma de sentirse inferior; y esa inferioridad que uno siente no sólo se la oculta a los demás aparentando ser mejor que ellos, sino que se la oculta a sí mismo porque no quiere descubrir, ni mucho menos reconocer, que otros nos pueden ganar. La soberbia es un culto a la personalidad. Buscando halagos pretendemos creernos lo que otros nos dicen, aunque en el fondo sabemos que lo que dicen de nosotros, cuando nos halagan, es poco creíble. Pocas cosas hay tan patéticas como creerse las adulaciones de los otros sabiendo que son falsas y comportándose como si las creyéramos; porque en el fondo no nos las creemos aunque lo aparentemos y sabemos que son fingidas, y que quien las finge busca conseguir algo con sus halagos, y a eso le llamamos chuparnos las botas o hacernos la pelota; unas veces lo hacen para librarse de nuestras amenazas y otras para que les demos los que buscan.
            El orgulloso, pues, se muestra superior porque en el fondo se sabe inferior; aparenta lo que no es, crea un mundo ficticio que tape la realidad para que no se vea; que no la vean los otros, pero, en el fondo, que no la vean ellos mismos; y como los otros son el espejo donde miramos, la soberbia es parienta cercana de la envidia. Cuando la madrastra se mira en el espejo no se ve a sí misma, tal y como es, atractiva y bella, sino que ve a Blancanieves que es más bella todavía que ella; el espejo le dice que hay grados de belleza y que Blancanieves ocupa el más alto; y que ella, la madrastra, por alta que esté en el escalafón de la belleza, siempre estará un escalón por debajo del máximo: entonces quiere matarla; quiere hacerla desaparecer porque cree que desapareciendo Blancanieves ella será la más bella: eso es la envidia; la envidia no es querer ser tan bueno como el que más sino quitar al mejor para que ya no haya nadie por encima de ti, sin llegar a ser el mejor puesto que un día tú fuiste peor que aquel a quien has quitado.


El envidioso.

            Ése es el drama del envidioso. Blancanieves siempre será la más bella aunque haya muerto. Y la madrastra siempre estará un escalón por debajo aunque el escalón superior esté vacío; será, sí, la más bella de las que existen, pero no la más bella de las que existieron; aunque hoy sea la más bella, su belleza estará por debajo de la belleza superior, no importa que hoy por hoy ese sitio esté vacío. Ser el mejor no es ser mejor que los que te rodean (pues quizá el mundo en el que vives no sea bueno y tu tiempo sea un tiempo mediocre); tampoco es ser el mejor de todos los que han existido, como pretende, en su soberbia, Cristiano Ronaldo; no: ser el mejor es ser mejor que todos los que han existido o existirán, y eso es algo de lo que nadie puede presumir nunca porque nadie puede saber lo que nos deparará el futuro; todos los récords se superan, y el récord de hoy lo superarán mañana otros; el récord de hace cincuenta años hoy es un reto al alcance de principiantes, y el de hoy quizá sea punto de partida para los principiantes de mañana. Seguramente la naturaleza tiene un límite pero nosotros no lo conocemos. Nadie podrá decir nunca que él ha sido, definitivamente, el mejor.

El orgullo.

            También decimos cuando alguien toca extraordinariamente bien en un concierto que ha hecho una interpretación soberbia. Soberbio es aquí estar por encima de los demás, pero no creerse mejor que nadie, no comportarse como un divo, presumiendo de nuestra excelencia como si lo que hemos hecho nadie, nunca, pudiera volverlo a hacer. Una actuación soberbia es propia de actores soberbios, pero eso nada tiene que ver con la soberbia del actor; una cosa es ser excelente y otra comportarse como si nadie más pudiera ser excelente; como si nosotros fuéramos el grado superlativo de la excelencia, quitando de él a Blancanieves, que algún día llegará a hacer las cosas mejor.

La dignidad.

            Razón tenía Gustavo Adolfo Bécquer cuando nos advertía de no confundir el orgullo con la dignidad. La palabra “orgullo” tiene dos sentidos, uno bueno y otro malo; el bueno es sentirse orgulloso de lo que uno ha hecho cuando ha alcanzado la excelencia; el malo es querer que nadie haga nunca las cosas mejor que uno. Estar orgulloso de sí mismo es lo contrario de pavonearse con orgullo delante de los demás. Hacer cosas soberbias, o hacer soberbiamente las cosas, es lo contrario de mostrar soberbia cuando estamos en público. Tomados como criterio de calidad, el orgullo y la soberbia son buenos; tomados como ambición desmedida son malos. Referidos a nuestros actos son marcas de excelencia (estar orgulloso de sí mismo, hacer una actuación soberbia); referidos a nosotros mismos pueden ser buenos cuando miran a lo que hemos hecho (orgullo entendido como satisfacción, soberbia entendida como excelencia: un intérprete soberbio); y malos cuando sirven para calificarnos con independencia de nuestros méritos, porque entonces desaparecen los límites (el orgulloso, el soberbio que se creen que pueden hacerlo todo y hacerlo bien, sin que les veamos nunca hacer nada, y, mucho menos, cómo lo hacen).


            Pero pasearse con orgullo significa ir por el mundo con la cabeza bien alta: sobre todo cuando alguien nos quita nuestros méritos y nosotros defendemos con ahínco nuestra capacidad de hacer bien las cosas, aunque el reconocimiento público nos lo hayan quitado: esto es lo que llamamos dignidad. Mostrarnos dignos es, literalmente, sentirnos dignos de lo que hemos hecho, estar orgullosos de lo que podemos hacer, aunque nos quiten el mérito; Propp situaba en la estructura del cuento la figura del impostor, el falso héroe especializado en quitarles los méritos a los demás, que son los héroes verdaderos. En sentido peyorativo mostrarse digno es andar por ahí con aires de grandeza presumiendo de los méritos que no hemos ganado, con orgullo, soberbia y altanería, pretendiendo que nos rindan pleitesía sin merecerlo: es lo que hacen los falsos héroes. Héroe es todo aquel que hace grandes cosas; querer que te traten como a una persona grande sin hacer cosas grandes es, por el contrario, lo propio del impostor, del falso héroe; no es lo mismo ser un español grande (o un gran español) que ser un grande de España; lo segundo es un título que se hereda; lo primero depende del mérito; y a veces, quizá, llamamos también grande de España a alguien que ha recibido un título nobiliario por haber hecho grandes cosas: el duque de Vicente del Bosque, el duque de Suárez, por ejemplo; otras veces, las más, el reconocimiento a las grandes obras está en un premio, no en un título nobiliario: el premio Nobel, el premio Princesa de Asturias… Títulos, claro está, que tienen valor cuando son merecidos, no cuando está amañados.

El respeto.

            Ser digno de algo es ser merecedor de ello; la persona indigna no se lo merece. Pero hay un segundo sentido de la palabra “dignidad”: es el que utiliza Kant; tener dignidad es no poder ser tratado como un objeto, no ser considerado simplemente como algo de usar y tirar; porque merecemos respeto aunque ya no seamos útiles; una persona que pierde un dedo ya no puede ser un buen pianista y eso no significa que la gente tenga que perdernos el respeto; somos dignos de vivir, y de crear una vida buena para nosotros, y también para los demás, aunque no seamos dignos de aplauso como pianistas; la dignidad se manifiesta en que hemos sabido buscar nuevas posibilidades para crear nueva vida cuando hemos perdido, involuntariamente, las que teníamos; en ese sentido tener dignidad es lo mismo que ser creador; inventar nuevas cosas, salir adelante, no rendirse, buscar, cuando hemos perdido uno, los otros talentos que también tenemos.
            La dignidad es la madre de la excelencia, y de la propia satisfacción que da el saber hacer bien las cosas para las que valemos, aunque perdamos otras. Para conocer nuestras capacidades hay que conocerse bien, y esto es lo que llaman los psicólogos autoconcepto; ponerlas a trabajar y eso nos hace estar orgullosos de lo que hacemos; y el conocimiento de ese valor (valor del trabajo) nos hace querernos a nosotros mismos, y a eso le llaman autoestima; y tener amor propio, que eso es enfrentarse a las dificultades después de haber averiguado cómo superarlas: eso es dignidad. Dignidad no es otra cosa que tener la moral alta, poner a trabajar nuestras capacidades después der haberlas descubierto, y a ese trabajar en lo que nos gusta y para lo que valemos es a lo que llamamos motivación. No esperes a que te motiven pidiendo entretenimiento, motívate tú: busca entretenimiento en las entretelas de tus capacidades, las que tienes que buscar y conocer, anda por el fondo de ti mismo sin que te tengan que llevar de la mano: a eso lo llamamos autonomía.


La humildad.

            Una persona digna no es orgullosa ni envidiosa. No hace las cosas con soberbia, pero hace cosas soberbias. No envidia a nadie pero hace cosas envidiables. No hunde a nadie con su orgullo sino que su orgullo lo levanta a él y levanta a los demás, dándole valor a todo y volviéndolo todo ligero. No se siente inferior a nadie y por eso no necesita tampoco mostrarse superior. Ni deja tampoco que pisoteen sus derechos. Y ¿cómo llamamos a la persona que hace cosas soberbias y envidiables sin mostrarse envidioso ni soberbio, que aprecia en lugar de despreciar, que no presume nunca y se defiende siempre? ¿Cómo llamamos a esa virtud? La llamamos humildad. Modestia. Ser humilde no es aplastarse ante los demás, sino mostrarse grande sin empequeñecer a nadie. Una persona humilde es la discreción de la excelencia.

EL TRIGO NEGRO

            Había una vez un campo de trigo. El cielo estaba oscuro y se avecinaba una tormenta. Todas las espigas se agachaban para esperar al viento, todas menos una: que se erguía, orgullosa, presumiendo ante las demás, tiesa como un palo, hinchada en su vanidad, creyéndose más que nadie. Pero vino el viento y no pudo con las que estaban agachadas y resistieron: pero a ella la partió porque estaba tiesa; luego la quemó el rayo: y entonces fue trigo negro.
            Gran fuerza es la humildad, que lucha sin parecerlo. Muy débil la soberbia, que, queriendo aparentar, se rinde. Muy triste es el destino de la vanidad, la farsa inútil del trigo negro. Así nos lo contó Christian Andersen: más o menos. Y el evangelio insiste en la inutilidad de venderse a la apariencia: vanidad de vanidades, todo es vanidad; sólo es fortaleza la apariencia que contiene realidad, y lo demás es cuento.




viernes, 3 de mayo de 2019

DESPACITO




DESPACITO


             He pensado en una canción que escuchaba hace un año. ¿O fueron dos? Mi esposa me la hizo escuchar con aire dubitativo y después me dijo: ¿qué te parece? Yo le dije: ¡me encanta! Tiene ritmo, tiene letra, tiene vida, tiene gracia… ¡y es auténtica! Ella sonrió, tranquilizándose. ¿Por qué?, le dije; ¿no te gusta? ¡Oh, sí, mucho!, me respondió a su vez; pero es que hay gente que la está criticando. ¿Por qué?, me intrigué. Dicen que esa canción denigra a las mujeres, las trata como objetos… ¿Quééé? No la dejé terminar. ¿Quién dice eso? Algunas asociaciones de mujeres, respondió; algunos políticos; algunos ayuntamientos.
Ante el estupor que me produjo semejante estupidez no supe decir nada. Estaba flipando, me quedé mudo… y volví a escuchar la canción. Escucharla me reafirmó en mis impresiones primeras. En los pelos de mis brazos que se erizaban como escarpias. En su vitalidad. Me quité el sombrero (si no realmente, sí por lo menos de una manera imaginaria) y lo tiré al ruedo. ¡Va por ti, Luis Fonsi! ¡Para que nos vuelvas a encandilar!
            “Despacito”. Así se llamaba la canción. El vídeo empezaba con las olas del mar. Con los barrios pobres de Puerto Rico. Con el chico cuidando de las ocas y las gallinas. Con las casas pintadas de blanco, pintadas de azul, con el sol atravesando el aire y laminando el vacío y el cielo estallando de luz, y en la playa rumor de olas. Gente riendo y conversando, brazos golpeando el hombro y piernas bailando, la luz despedazando la oscuridad, estrellándose en los cuerpos ardientes, bronceados, los viejos agitando en alegrías los mil latidos de sus corazones, chorros de vida, batallas alegres en cuerpos que se asoman a los aires apagados. Los jóvenes. La alegría de la vida, los bailes, las guitarras, las palabras convertidas en sentidos, los sentidos que te ponen a cien, miles de sensaciones y de trotes y de gritos y de coros que se rompen al unísono con los sentidos disparados… He visto vibrar con ráfagas de luz, y olvidar que hace un rato fui humilde, abrasado en los latidos del corazón, bailando.
            Despacito. Cuando el baile te lleva al corazón de un cuerpo, ráfaga de un ritmo frenético, un cuerpo metálico y otro que es imán: despacito. Las pasiones del arrebato que crepitan, sin paciencia, y sólo se pueden desplegar conteniéndolos en una carrera vertiginosa que sólo se siente cuando se corre: despacito. Las ráfagas de la piel te llevan lejos pero no puedes marcharte, tienes que quedarte aquí aunque los bramidos de tu corazón sean potros desbocados; la única forma de disfrutar es contener la furia, soltándola pero conteniéndola, pasito a pasito, la piel de la mujer se abrasa en los besos, besos del sol, del mar, del vientre, de la arena, del fuego, del pecho, besos del abismo que sale del vientre volcado en llamaradas.


            Pasito a pasito. Quiero bailar contigo, me acerco a ti, mi piel vibra y respira sudores de sexo y tú lo sientes y te vuelves erotismo, discreto, abrasado y no lo puedes esconder, hay miles de escarpias en el vello de tu piel, no lo puedes decir pero lo dice tu cuerpo, quiero escribir en tu piel hasta convertirla en manuscrito…
            Pasito a pasito, suave, suavecito, nos vamos acercando, siempre despacito; tu cuerpo es un dardo que sopla en el mío, tu cuerpo es imán y el mío es metal, te busca temblando, te siente en el aire, te huele en la sal, el mar y la playa y el viento del alma deshecho en quejidos, gritando y bailando, buscando el laberinto, tu cuerpo se pierde en tu cuerpo y el mío y mi piel se desguaza, tu rompecabezas se monta en el mío, la pieza que falta ¡yo tengo esa pieza!
            Despacito. Tu cuerpo es un manuscrito. Enseña a mi boca a escribir pronto en ella, quiero descubrir tus lugares favoritos. Nos hemos acercado poquito a poco, tu piel, pegada a mi piel, desgarrando el aire y el vino que estalla y que brama, quiero que me enseñes tus zonas de peligro aquí, en la playa, que griten las olas, se rompa en el aire el imán que me abraza, los dos abrazados, tus brazos me enlazan, estoy apresado y yo a ti te atrapo y siento tus ansias, tus gritos, tus garras, la voz que me estalla, tu boca llenándose de aire del vientre que estalla en tus caderas… Esto pasa en Puerto Rico.
La vida que llama, el sol que se para, el cielo que estalla en jadeos, suspiros. Mi voz que se apaga, respiras ahogando y el aire te abraza, garganta que miro, la nuez de mi cuello, saliva que traga, pasión desbocada, estertores del alma que rompe esa muerte: la que el tiempo para, sentir que no estás mientras estás, abrazado a las lenguas del mar, la arena, la playa, la sal que jugaba, tus piernas, mis brincos.
Despacito. Lentamente, despacito. El ansia no espera, vamos a vivirla despacito. La vida se estrella en las rocas del tedio, se va en la pobreza, disuelve sus aguas, se va entre mis dedos, se va entre los tuyos que se crispa en los míos. Despacito. Es la vida que mana en Puerto Rico. Las ocas, las gallinas, las casas de los pobres, paredes azules, de un azul marino que atraviesa el frío: lo hace calor transfigurando el hielo como transfigura la pobreza en alegría el sol que siembra en ti sus rayos. La risa. La vida. El vuelo de la fuerza. Pasión, alegría, y el ritmo que hace llevadera la desgracia. Estoy en Puerto Rico, estás en mi cuerpo, estoy en tu abismo, la pieza que yo tengo se está abriendo en tu rompecabezas.


Despacito. Te busco, te miro, mi cuerpo que tiembla, impulsos salvajes duermen en mi testosterona. Que vengan políticos defendiendo a la mujer, y dicen que esto que pasó entre nosotros incita a violar y eso es un abuso: que lo digan, si quieren, diles tú lo que has sentido, yo les digo lo que siento, basta ya de confundir el bien con puritanismo. Que incita a la carne, que dicen, nos llama, nos tienta, nos mete de lleno en los rumores del sexo: ¡si! Mas no es violación, que tú te acercas cuando yo me acerco a ti, muy despacito. Un canto a la vida es mi cuerpo en tu cuerpo, tu cuerpo envolviéndome, Igor Stravinski, canción de primavera.
Despacito. Pasito a pasito, yo en ti vivo mis pasiones. Y tú, que las vives, las sientes en mi cuerpo, mi lengua en tu cuerpo esculpiendo un manuscrito: luego en la tuya, mi lengua en la tuya, mis dedos en tus dedos, le estamos haciendo un canto a la vida. Que es incitación, decís. Que es provocaros, decís, instinto sobre instinto: que sois puritanos, confundís el bien con la muerte, la violencia con la energía, el respeto con la vida sin vida, ser desvitalizado, decís que hay que huir de las canciones que incitan al sexo.
¿Y qué? ¿El sexo es malo? ¿Acaso es pecaminoso, exceso y abuso, acaso es malo estirar los músculos? Bien lo decía Brassens: no todos los días se nos quitan las arrugas de las nalgas. ¿Y qué? ¿Está prohibido ligar? ¿Hace daño comunicar tu pasión, despertar pasiones? ¿Acaso es violar compartir los abrazos y los besos? ¡No los confundáis con los besos robados, con abrazos que agarran, con los dedos que se clavan en vez de arañar, y arañazos que son garfios y cadenas! ¡No, no los confundáis! Dos corazones que se disparan, dos pieles que se queman, velo con velo que se erizan: ¡eso no es violar, que es compartir! Y todo empezaba con miles de preludios, el chico a la chica que nunca la forzó a lo bestia, que fue conquistando su piel y su antojo y su voz voluntaria, la voz que te busca, que tú no la fuerzas, que viene y te atrapa, se mete en tu lengua, tu voz y susurros, palabras y gritos.
Despacito. Lentamente despierta en el clímax, se va poco a poco la falta de fuerza, la falta de arrastre, la piel se despierta, las manos sin tono se tonifican hasta el grito. Nadie fuerza a nadie, los cuerpos se atraen, calor de una noche en el sol del Caribe, no es violar el ser salvaje cuando tú ardes también disuelto en salvajismo: salvaje es el macho, salvaje es la hembra, salvaje es el sol que enciende los cuerpos: explota, lo sabes, los cuerpos explotan, la piel que se estira, temblar en el pecho, sudor en las manos, pasión en las piernas, inmenso resplandor ardiendo en las pupilas. Hemos estallado… y al principio fue tierno. Nos hemos acelerado… y empezó despacito. Perdiendo el sentido… y éramos voz al principio que hablaba entre sentidos. Temblor en la frente, pensar sin pensar… y empezaba consintiendo nuestros bríos. No, no es violación lo que estamos haciendo, no hemos forzado, nadie fuerza a nadie, es fulgor que penetra en tu naturaleza. A ti y a ella, señores políticos, defended a la mujer sin quitarle el cuerpo. Que el respeto no es puritano, señores defensores de las mujeres, mujeres defensoras de sí mismas, contra la vida: no confundáis la pasión y el abuso. Que no hay abuso si te dejas llevar, si dejas sentir y decidir, te tomas tu tiempo y al llegar al éxtasis tú eras tu ser y consentir tus latidos, y eso te hace llegar, claro que sí… si haces el amor muy despacito.


Pasito a pasito, suave, suavecito, viva el verano, viva la canción, viva la piel que vibra en el sol latiendo al pensar que es fruto en tus bríos: los bríos de piel, piel y pensamiento, sabor consentido, y no apagar por confundir el descontrol con el latido… Pasito a pasito, suave, suavecito, no es violación si tú lo consientes, y es abandono en una noche ardiente: que viva la vida, que duerma el dolor, revivan las risas, no fuerza el amor si empieza despacito.
Que no es lo mismo respetar que apretar el culo, señores políticos: viva la vida, sagrada pasión, viva Stravinski, y en la primavera vive la danza en el ombligo; despacito; pasito a pasito; esculpiendo la vida, escribir con la boca el cuerpo ardiente convertido en manuscrito.
Despacito.
Cogiendo carrera hasta el estallido: el sol del instinto.
Despacito.
Así se despierta el sentido del ritmo creciendo y creciendo hasta el estallido.
Despacito. Viviendo y soñando, lamiendo la arena allá en Puerto Rico donde viven los pobres, y viven riendo y se alzan gritando en el vuelo del sino.
Poquito a poco. Sintiéndolo apenas, sembrando el olvido sobre el dolor, siguiendo tus pasos que se pierden en la arena.
Y se llevan al mundo donde todo cambia y muy lentamente, esculpiendo el destino, venciendo a la pobreza sin dejar de vivir: ¡nunca!
Despacito, en libertad.  
Besa el sueño y trabaja por despertar y despiértate siempre sin dejar de vivir.
Despacito, Fonsi, ponte a cantar.
Despacito. No dejes nunca de cantar y nunca dejes de reír.
Despacito.
Porque la risa un día estallaba en carcajada y la vida frenética y lenta se desparramó.
Despacito. Disuelta en el mar y libre de amar: la voz del destino.  Despacito.