viernes, 31 de agosto de 2018

LAS IDEOLOGÍAS



LAS IDEOLOGÍAS


            Quizá el rasgo más característico de toda ideología sea que todo gira en torno a un núcleo sagrado; por sagrado entiendo lo que no se puede tocar, ni criticar, lo que es absoluto e incuestionable, lo que escapa, por tanto, al poder de la razón. Ser sagrado es lo mismo que ser tabú: ni se toca ni se habla de ello, a veces ni siquiera para dorarlo; lo innombrable, lo prohibido. La revolución. La raza. La nación. Dios. Una ideología es una construcción de sensaciones, sentimientos, razones y palabras, que se levanta para apuntalar un sentimiento supremo que le da sentido a todo. Si quitamos ese sentimiento (que está más allá de toda duda) se desmorona todo.
            Una ideología es el retrato de un mundo ideal al que aspiramos. Su punto de partida es el análisis del mundo real, en el que vivimos, y la identificación de lo que queremos que cambie para convertirlo en un mundo mejor. Su meta, el retrato de ese mundo mejor al que queremos llegar. Entre ambos mundos hay un camino que tenemos que trazar para saber cómo llegar del uno al otro. Estas tres facetas de la ideología, que son como sus tres caras, son, respectivamente, la realidad, el ideal y la estrategia. La realidad se estudia mediante la razón que produce deseos, iluminada ella misma por el deseo. El ideal se construye mediante el deseo iluminando a la razón. Y la estrategia puede ser razonable (si la razón le marca el camino al deseo) o delirante (si es el deseo el que conduce a la razón hasta ahogarla).
            Así, una ideología tiene un cuerpo racional obedeciendo a un sentimiento intocable. Es una cabeza al servicio de un corazón, hoy diríamos que un córtex esclavizado por un sistema límbico. El cuerpo racional es la doctrina. El ideal es la luz que la ilumina. Si la doctrina fuera un barco, el ideal sería el faro que lo guía; y si la doctrina fuera filosofía o ciencia, el ideal sería el mito: un mundo crítico sosteniendo a una realidad incuestionable, la ciencia y la técnica al servicio de la magia y el rito, el intelectual obedeciendo al sacerdote, los doctores de la ciencia escuchando a los doctores de la Iglesia, una escuela racional dando cobertura a la escuela de la fe: ambas juntas configuran una escolástica, un entramado de mentalidades y razones al que Kuhn ha llamado paradigma.


            Tomemos, como ejemplo, un  comunismo de ideología marxista: los dioses incuestionables son los grandes apóstoles de la doctrina (Marx, Engels y Lenin o Mao, según venga al caso); el ideal es la revolución socialista, la diosa suprema, dogmáticamente caracterizada por esos apóstoles; la realidad es la sociedad capitalista, que ellos analizaron y criticaron; y la estrategia sería, según los resultados de ese análisis, la alianza de la clase obrera con el campesinado, o bien el campesinado solo: arrancando en las ciudades o batiendo las ciudades desde el campo, según se trate de Lenin o Mao; y en todo caso por la violencia, después de haber comprobado que la vía pacífica siempre es ahogada en sangre por los capitalistas. Una vez conquistado el triunfo, el poder se erige en sacerdote de la diosa, y se limita a glosar la doctrina de los apóstoles con sus intelectuales orgánicos; los otros intelectuales tienen una línea roja que no deben traspasar con la crítica: la que marca la escolástica revolucionaria. Y así, la crítica es buena si sirve para apuntalar los dogmas fundacionales; en caso contrario será perseguida por desviacionista, porque nadie puede desviarse de los principios; por revisionista, porque nadie tiene derecho a revisar esos principios, que deben ser acatados con fe ciega; y por herejía, porque nadie puede salirse de la ortodoxia. Ya lo decían los filósofos en la edad Media: la razón debe estar al servicio de la fe.
            Esa estructura es el retrato robot de todas las ideologías; el esqueleto que todas tienen en común, algo así como el patrón compartido por todas. Lo que varía es la carne que le ponemos a ese esqueleto. La cara que le ponemos a esa calavera, lo particular y accesorio, el folklore; un folklore que puede mostrar grandes diferencias de unos a otros (desde el culto a la vida hasta el culto a la muerte, tal y como lo vemos en la Unión Soviética o en el Estado Islámico); pero todos comparten el mismo culto a la personalidad (en unos casos, del amado líder; en otros, del dios todopoderoso e inagotable). Regímenes como el de Stalin, Franco o Kim Il Sung son del primer tipo; movimientos como la ETA o el independentismo catalán lo son del segundo; en unos casos se adora al caudillo, en otros al dios que está por encima de todos los caudillos.
            Lo propio de la ideología es que persigue, en una primera fase, a la razón que se rebela contra los ídolos, pero en una fase ulterior acaba persiguiendo cualquier manifestación de la razón misma. La ideología se parece mucho a la paranoia: el paranoico puede tener una lucidez asombrosa, pero sus razonamientos giran en torno a una idea delirante y obsesiva, en eso estriba su locura; y es más peligroso cuanta más inteligencia tiene, todo el mundo sabe que el peor enemigo de todos es el más listo. Ahora bien, el paranoico es listo en sus razones y tonto en su delirio: como dice lapidariamente un conocido refrán, el paranoico es listo de la cabeza y tonto del culo. En este sentido las ideologías (laicas o religiosas) son paranoias; y lo más grave es que las razones sirven para justificar los delirios, y en los delirios, junto con los ideales y las ilusiones, está la realidad de las maldades, las crueldades, los atropellos y los abusos; una ideología es una coartada para justificar la violación de los derechos humanos: del derecho natural, como se decía en los tiempos antiguos. Cualquier dolor infligido a un semejante, aunque sea con ardor sádico, si es por la causa, está perdonado, no ya permitido.


            De modo que una ideología es como una mercancía que queremos vender: bella por fuera, fea por dentro. Como una tentación, como el canto de las sirenas, que detrás de la fascinación nos reserva la muerte. O como una medalla o una moneda, que detrás de su cara tiene su cruz. Lo malo de las ideologías es que su núcleo sagrado deslumbra de tal manera que borra en los adeptos la capacidad de razonar, y los lleva al fanatismo;  no es que no sepan pensar, es que no pueden pensar de otro modo: porque el magnetismo los ciega. Y no todos son tontos de la cabeza, pero sí son tontos del culo.
            Sin embargo las ideologías son necesarias. Son el motor de la historia, nada habría sucedido en el mundo sin una ideología que lo sustentara. El científico, el filósofo, estudian la realidad, y cuando proyectan en ella sus deseos siempre son deseos controlados por la razón: ellos ayudan a avanzar los ideales, pero desgraciadamente nadie los escucha. Sólo cuando la ciencia o la filosofía caen en manos de un ideólogo las ideas se encarnan en la sociedad y se ponen en movimiento. De modo que si no hubiera ideologías los científicos y filósofos se escucharían sólo entre ellos, y con reservas, y aparte de ellos no los escucharía nadie; la sociedad se dividiría en una minoría ilustrada y una mayoría embrutecida, la primera que tiene cosas que decir y la segunda que no quiere escucharlas: porque no pueda; porque su fe le ciega el sentimiento. Gracias a la ideología, el embrutecimiento se vuelve ilustrado y la sociedad avanza, por una sucesión de ideologías, desde las más abyectas a las más humanas: no habría habido revolución francesa si no hubiera habido atrocidades ilustradas; el ser humano no habría salido de las cavernas de no saber retrocedido las glaciaciones… y avanzado las ideologías.
            Pero las ideas tienen efectos perversos además de ser sueños bonitos. El más bondadoso de los ideales acaba produciendo crueldad sin límites (durante unos siglos también le pasó al cristianismo): pero también es cierto que del mismo tronco del que salió Torquemada salieron San Francisco, los mercedarios y el propio Jesucristo. Y si las ideologías son necesarias, será preciso limar sus asperezas, ablandarlas en lo que tienen de duro, cuidar las rosas y quitar espinas. No faltará quien diga que las espinas están para proteger a las  rosas, pero si nos atrevemos a quitar cada vez más espinas (no todas de golpe, por supuesto), llegará un momento en que cada vez haya también menos enemigos de los que protegerlas. Dijo Adriano: si quieres la paz, prepárate para la guerra. Quizás haya que decir más bien: si quieres la paz, aleja de la guerra a tu enemigo. Y aunque siga habiendo ejércitos, cada vez serán menos numerosos y agresivos.  Bosnia Herzegovina se desarmó en señal de paz: y se la comieron sus vecinos, que estaban armados hasta los dientes; por eso quizá no sea sensato desarmarse unilateralmente; el desarme debe ser concertado y realista, y hay que ir sentando las bases para ponerse de acuerdo. Pero, como un antídoto, lo que sí tenemos que hacer es ir desarmando las ideologías. Eso se consigue con la clarificación ideológica. En ella deben intervenir la ciencia y la filosofía. “Guardaos de los falsos profetas”, dice Jesús; para saber si un profeta es falso hay que usar la razón, no el fanatismo; y la fe debe ser racional, no una fe ciega; en síntesis, el propio Jesús viene a decirnos que para que nadie hable falsedades en su nombre hay que pensar las cosas desde una fe amorosa, y creer amorosamente desde la razón, no predicar la fe desde el odio ni extender el odio atizándolo racionalmente: que la propia Iglesia puede ser invadida por sus impostores y atacar a los infieles con la espada, cuando el propio Jesús le quitó a San Pedro la misma espada con la que San Pedro le iba a defender. No a la guerra para defender la religión, ése es su mensaje. El verdadero mensaje de Cristo no es matar a los infieles, sino amar a tus enemigos. Y lo que haya que combatir, lo haremos siempre con la razón; y con la fe; pero ambas guiadas por el amor (razón amorosa y fe amorosa, y amor razonable y fiel, en las antípodas del amor ciego: que amar apasionadamente no es lo mismo que cerrar los ojos para amar).


            ¿Y cómo combatiremos con la razón? Sometiendo a su dictamen al núcleo duro de las ideologías. Claro, hay un núcleo duro en esta ideología que estoy planteando: ese núcleo es el amor. Pero la razón tiene argumentos para defenderlo. Y entonces será ya un ideal, no un dogma de fe: lo propio del ideal es que nos anima y entusiasma; lo propio del dogma, que nos obliga con miedo. Necesitamos menos dogmas y más ideales. Hay que dejar que la razón entre en el templo de los ideales. Del mismo modo que en Einstein todo era relativo menos la velocidad de la luz, en la crítica ideológica todo se puede cambiar menos el amor; porque su cordura resiste bien a la crítica y sale siempre airosa de sus ataques, a diferencia del odio, que sale mal parado; como el egoísmo. Imaginemos a un maestro que enseña que cualquier arma es válida con tal de conquistar el poder; entonces su discípulo, siguiendo sus enseñanzas, lo matará para quitarle el poder cuando haya aprendido: éste es el destino de los maestros sith a manos de sus aprendices; de sus padawan. Pero si enseña que el amor es la fuente del poder, crearemos una sociedad donde la gente conquiste cada vez más poder sin necesitad de matar a quien lo detenta: la razón se lo aumentará a unos y se lo disminuirá a otros, y lo hará siempre mediante el diálogo. Una sociedad donde todos se matan acabará destruyéndose a sí misma en una guerra de todos contra todos. Pero una sociedad donde todos se aman se reforzará cada vez más, pues el amor a las personas se reforzará con el amor a la razón: con la crítica.
            Nos hacen falta ideologías, sí. Que analicen la realidad con la cordura, con el auxilio de la razón, con la lucidez del análisis. Y que sepan querer con amor y no con odio, rechazar las crueldades. Y que construyan utopías donde el suelo empírico, que se resquebraja en las visiones del futuro, se refuerce con el ideal de la razón, alimento de los otros ideales. Y que los ideales no se vuelvan dogmas y se puedan discutir. Y que no haya guardianes de la ortodoxia sino vigilantes de su coherencia, para corregirla todas las veces que haga falta. Donde no se llame traición a la crítica ni debilidad al amor, y donde todas las fuerzas sean vitales y no violencias ciegas, que conducen a la muerte, a la que adoran sin pensar: porque sean fuerzas irracionales; brutales y suicidas, y primitivas, sí, y aunque los instintos primitivos son buenos, sólo se desvirtúan si se alejan de la razón, que los vigila. Vigilancia, sí: pero no para meter preso a nadie sino para ser libres. Nuestros únicos ideales, que son el amor y la razón, están en el corazón y en la cabeza, en nuestro córtex y en nuestro sistema límbico. Y, lo mismo que la energía nuclear, las ideologías pueden servir para curar o para hacer bombas, y sólo la razón amorosa puede alejarnos de las bombas y pensar sólo en curarnos: aunque para eso las ideologías deben estar siempre vigilantes, vigilarse a sí mismas para asegurarse de que no se apartan nunca de la razón, que avanza, ni del amor, que, como un faro, las alumbra en el camino. Hacen falta ideologías, sí, pero más falta nos hace la crítica ideológica: para protegernos de los accidentes y de las desgracias.





viernes, 24 de agosto de 2018

POEMAS



POEMAS



PIENSO

   Oigo. Me encuentro solo.
Quieto, guardo la resaca
de querer pensarlo todo.
No hay nadie. Mi destino
se pierde en la existencia
difusa de los destinos.
Y leo y pienso y quiero
una respuesta a la duda:
pero nunca la consigo.
Entre las letras del libro
pierdo esencias que no encuentro.
Pienso. Pero, oculto el lobo
de la psiquis que me come,
quedo sin él. Pienso sólo.


SE HA ROTO

   Cuando un hombre y una mujer se han dejado
se quedan solos.
Cuando un hombre y una mujer se encuentran
sólo hay miedo.
Cuando ya un hombre y una mujer no andan juntos
es que se ha roto
una vez más una estrella en el firmamento.
Es que ya el firmamento mismo se ha roto.
Cuando un hombre y una mujer se quedan solos.



A LOS POETAS ELEGIDOS

   Si escucháis por la noche en el otoño
esa brisa que os devuelve la esperanza.
Si escucháis… ¿A qué miraros? Hay
en el cielo gris de la pereza
mil suspiros entregados a la nada.


NADA

Escuchad los ruidos de la noche
cuando no dice nada.
Escuchad los ecos de las nubes
cuando están lloviendo.
Escuchad los ruidos del silencio
cuando está llorando.
Nada queda ya en la noche.
Yo, que de puro pobre, me he hecho viejo.




viernes, 17 de agosto de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA SER DE IZQUIERDA?




¿QUÉ SIGNIFICA SER DE IZQUIERDA?  


             Durante mucho tiempo hemos creído que ser de izquierdas era preocuparse por el pueblo. Y muchas veces, afirmando pertenecer al pueblo de izquierdas, hemos admitido sin darnos cuenta que también existía un pueblo de derechas; con lo que tenemos que concluir, si queremos ser consecuentes, que ser de izquierdas es preocuparse por el pueblo de izquierda y por el de derecha.
            Todo está en saber qué entendemos por pueblo: y ahí empiezan los problemas; en el imaginario popular el pueblo son los pobres; pero en sentido amplio somos todos; podemos decir que la palabra “pueblo” se refiere al conjunto de la población pero connota pobreza; de esa distorsión en su significado arrastra la teoría muchos problemas. Ser de izquierdas puede significar dos cosas: ocuparse de los pobres y ocuparse de todos.

1. El populismo.

            Empecemos por la primera acepción. El sueño de una persona de izquierda sería que desapareciera la pobreza; y si no es un ideal, por lo menos podemos considerarlo como su meta. ¿Cómo se llega a ella? Hay muchos caminos para llegar a un mismo lugar. Sucede con frecuencia que un líder que se dice de izquierda sea una persona provocadora, despreciativa, altanera y chulesca: ahí tenemos el caso de Hugo Chávez, por ejemplo; peor aún, su sucesor en la autoproclamada revolución bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, parece salido literalmente de un concurso de payasos.
            Sus manifestaciones verbales no tienen desperdicio. En cierta ocasión Hugo Chávez interrumpía constantemente al presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y el rey Juan Carlos le tuvo que decir: “¿por qué no te callas?” Lo que quería el rey era que se respetara su turno de palabra. Lo que dijo Chávez que el rey pretendía era mandar callar a la joven república venezolana, en un gesto imperialista que pretendía ningunear a su antigua colonia. Nada que ver con la realidad. Es como si yo te pregunto si tienes agua y tú me acusas de querer quitarte el agua del río.
            Otro ejemplo: Nicolás maduro dijo una vez que iba a ganar las elecciones de España porque, según él, salía más en la televisión española que Rajoy. Una respuesta que denota megalomanía (creerse más que nadie); reduccionismo (presuponer que salir en la televisión es suficiente para ganar una elecciones); y desprecio (les hablaba a sus conciudadanos como si fuesen tontos). Podría haber sido una broma graciosa, nos habríamos reído un poco, pero suele suceder que los déspotas no tienen sentido del humor; el caso es que lo decía completamente en serio; y en todo caso era una broma de mal gusto, como todas bromas que buscan reírse a costa de los demás.
            Lo que vale para políticos de izquierda también vale para quienes se presentan como defensores del pueblo; ésos que utilizan al pueblo de comparsa para jalearlos en lugar de hablar en serio con él. Chulerías y payasadas las encontramos en todos los populismos: Donald Trump, Berlusconi, Musolini, Yirinovski. La primera tarea sería entonces separar el izquierdismo del populismo: ser populista es pretender defender un objetivo popular a cualquier precio; ser de izquierdas es, por el contrario, un ideal: un sueño y un talante (no se puede buscar el bien sin ser bueno); el populismo se preocupa por la pobreza como motor para las masas; la izquierda, porque es injusta. El problema es encontrar un solo movimiento de izquierda que no sea populista (y en el punto de mira está Pablo iglesias, el rutilante líder de “Podemos”).
            Marx lo había dicho hace unos cuantos años: los extremos se tocan. Trump se preocupa por el pueblo desde la derecha más extrema; Marine Le Pen dice querer salvar a Francia desde la extrema derecha; Trump y Berlusconi tienen en común su desprecio por las mujeres (que no debería  ser, en principio, un valor de la izquierda); Lenin y Estalin dieron el poder al pueblo para quedarse con él, desde la izquierda revolucionaria; una entrega nominal que servía de tapadera para concentrar todo el poder en una única persona; se llegó al culto a la personalidad, cuya expresión más patética es el último dictador de Corea del Norte. Incluso Fidel Castro, que fue tomado en serio durante mucho tiempo, obligaba a las multitudes a soportar discursos de cuatro o cinco horas: una extraña y soporífera verborrea.


2. La democracia aristocrática.

            Vayamos a la segunda acepción de la palabra: ser de izquierda sería preocuparse por el bienestar de todo el pueblo, no sólo de los pobres. Esta izquierda no basaría su razón de ser en enfrentar a una parte de la sociedad contra la otra, sino en buscar la justicia sin ignorar a nadie, contando con todos. Dicho de otro modo: sería una izquierda democrática. En democracia hay que preocuparse más por los que más necesitan, y por consiguiente tendría que trabajar necesariamente por sacar a los pobres de su pobreza. Ahora bien, esto puede hacerse de muchos modos; se puede hacer con prisas o con paciencia (siempre que la paciencia no sea una excusa para olvidarse del problema). Imaginemos una reforma agraria: la tierra para quien la trabaja; bien. En Portugal, durante la revolución de los claveles, así se hizo; y los campesinos, que pasaban hambre, se comieron las vacas y la cosecha y después ni quedaban vacas ni se supo hacer la siembra; como se suele decir algunas veces: fue pan para hoy y hambre para mañana.
            Podría haberse hecho de otro modo. Formar a los campesinos para que aprendieran a administrar sus tierras, a cultivarlas racionalmente: a planificar y sopesar los medios, garantía de que el trabajo seguiría siendo eficaz en el futuro. Para eso habría que haber aplazado la privatización; o haberla convertido en cooperativa donde pudiesen seguir trabajando los ingenieros, a ser posible; y evitar que sucedieran cosas que sucedieron en el Perú del general Velasco, donde se nacionalizaron las minas y sus propietarios se llevaron los planos. Se trata de buscar la colaboración y no la confrontación. Y si esto no es posible porque un de las partes no quiere, ir despacito y con pies de plomo. Nelson Mandela quiso hablar, cuando tomó el poder, con la mismísima extrema derecha afrikáner; y se lograron contener las iras de todos.
            Las soluciones radicales no suelen ser buenas. Por “radical” solemos entender inmediato; lo queremos todo, ahora, ya; lo queremos todo, no una parte; y nos olvidamos de que nunca se consiguen las cosas de golpe, sino siempre trabajándolas poco a poco. Recuerdo una piscina que fue privatizada en beneficio del pueblo: antes servía para el descanso de los ricos, después dejó de servir para el descanso de los pobres (porque, precisamente, ¡curiosa paradoja!, ahora podían descansar también los pobres); el caso es que los ricos se fueron y los pobres se desentendieron de su mantenimiento; en poco tiempo tenía las aguas sucias, los desagües atascados, los trampolines rotos, los bordes sin pintar y las paredes desconchadas. Se la habían quitado a los ricos, pero no se la habían dado a los pobres; porque dar no significa sólo entregar, sino preparar a quienes la van a recibir para que quieren, puedan y sepan cuidarla. Nacionalizar no es sólo dárselo a los pobres, sino que los pobres estén preparados para seguirlo cuidando; porque ahora el cuidado no tiene que ser de todos para unos pocos, sino de todos para todos. El problema es que nadie, ni los pobres ni los ricos, quiere ya cuidar de lo que posee con los demás, sino solamente de lo que posee él solo. No sentimos como nuestra la propiedad comunal; sólo cuidamos como propia nuestra propiedad privada.


3. Conclusión.

            Ser de izquierdas no es quitárselo a los ricos para dárselo a los pobres: es acostumbrar a los ricos  a querer compartirlo con los pobres. Si quitamos a los ricos y los pobres no lo cuidan después, es como si hubiéramos roto el juguete del rico para dárselo al niño pobre: el resultado no es que el pobre juega, sino que ahora el rico tampoco puede jugar (pues nadie juega con un juguete roto). Lo mismo pasa con las tierras, el ganado, las granjas y las fábricas.
            Lo popular es contar el dinero de los ricos, dividirlo entre los pobres y repartirlo: a eso lo llaman ser de izquierdas. Pero si alguien dice que repartir dinero no es incentivar las inversiones lo critican como si fuera de derechas; preparar hoy el beneficio de mañana es menos popular que gastar hoy lo que producíamos ayer; perdida en esa confusión o en esa negativa a ver el dinamismo de las cosas, la izquierda pierde el norte; y acabamos confundiendo la política con el bandolerismo romántico.
            Pongamos un ejemplo: un hombre ha puesto una tienda que le reporta unos pingües beneficios; al mismo tiempo a sus empleados les paga unos sueldos de miseria. Llega un gobierno de izquierda y dice: le vamos a quitar la tienda al dueño; ahora los beneficios los vamos a repartir entre todos. Muy bien. ¿Y luego, qué? ¿De quién era la iniciativa de invertir, de rentabilizar la tienda, de emprender mejoras? ¿De quién eran las ideas? ¿De quién era el interés, la ilusión, el empeño? Ahora la tienda no es de nadie. Bueno, sí, es de todos, pero ninguno la siente como suya. No pasará mucho tiempo antes de que la veamos abandonada.


            El mundo es un complejo de materia y energía. La materia es energía almacenada y, por tanto, paralizada; y el movimiento es energía desplegada, activa, materia transformándose. Si decimos: aquí está el dinero, vamos a quitárselo a los ricos, queremos entregárselo a los pobres; si hacemos eso, lo único que hacemos es cambiar de manos unos billetes para que sus nuevos propietarios compren cosas con ellos; y el dinero se gasta: habremos transferido materia destruyendo las energías. Si, por el contrario, buscamos energías para mover ese dinero y crear riqueza, después entregaremos dinero para poner en marcha esas energías y consensuar cómo se va a repartir después. En el primer caso se reparten las existencias. En el segundo los beneficios. Lo primero produce un efecto teatral, muy vistoso por cierto, muy aparatoso, como un teatro que tiene su público y actúa para recibir los aplausos. Lo segundo no se exhibe, sino que trabaja muchas veces lejos de la vista del público y nadie aplaude. ¿Es mejor repartir la riqueza que tenemos o crear riqueza para seguir repartiéndola después? En el primer caso es regalar un pez; en el segundo, enseñar a pescar. En el segundo caso es seguir haciendo pan, y en el primero es pan para hoy y hambre para mañana. También en el segundo caso habría que apañárselas para que mañana siguiera habiendo peces que pescar.
            La gente confunde ser de izquierdas con repartir la riqueza: la tierra para quien la trabaja. Pero la verdadera izquierda tendría que hacer el reparto pensando en que mañana tiene que seguir habiendo riqueza para repartir. A cada uno según sus necesidades; de cada uno según sus capacidades (se dice desde la órbita de Marx). Y Aristóteles, que estaba de acuerdo con ello, añadía también: a cada uno según sus méritos; ése es el tema del que el viejo marxismo se había olvidado; por eso no funcionó; entre las necesidades humanas no está solamente la supervivencia, sino también el éxito y, con los debidos controles y contrapesos, el poder. La izquierda bien entendida no puede identificarse con una dictadura.
            Sucede  que se quiere vencer antes que convencer: lo mismo en la izquierda como en la derecha. La izquierda quiere repartir sin preocuparse tanto por la producción; la derecha quiere producir para ganar, no para repartir; en el término medio estaría la solución; habría que repartir sin dejar de producir, y merecer nuestros beneficios sin olvidarse del reparto. La riqueza de bienes crecería junto a la riqueza de méritos y habría que vigilar las riquezas coyunturales, inmerecidas: sujetarlas, pero no prohibirlas.
            Es difícil. El pueblo quiere soluciones fáciles, vistosas, teatrales, no sabe si eficaces: ése es su ideal. Pero el ideal verdadero es pensar en el mañana, que no se ve, no sólo en el hoy, que tenemos a la vista. El pueblo votaría teatralidad y no cosas reales, y el ideal crecería a costa del talante. Así, tendría líderes presumidos, vistosos, chulos hasta la náusea; y la democracia se convertiría en demagogia olvidándose de que el mismo esfuerzo que exige tenacidad, también requiere paciencia; porque no basta con empeñarse en sembrar para que crezcan las patatas: hace falta también esperar a que crezcan, que cada semilla tiene su ritmo y uno lo puede forzar sin quitarle su poder, sin desnaturalizarla.
            Ser de izquierdas debería ser tener talante para luchar por un ideal, no buscar el ideal a costa del talante: que un ideal sin honradez siempre acaba dejando de ser ideal para convertirse en pesadilla. ¿Fue Jesús de izquierdas, lo fue Sócrates, Salvador Allende, Nelson Mandela o el Mahatma Gandhi? ¿Lo fue Nicolás Maduro, lo fue Hugo Chávez? Cuando se pierde la decencia ya no hay diferencia entre derechas e izquierdas; y lo mismo da Vladimir Putin, Silvio Berlusconi, Donald Trump, Pablo Iglesias (el de la coleta), Fidel Castro o Hugo Chávez. O Esperanza Aguirre o Margarett Thatcher. Cuando perdemos el talante no pasará mucho tiempo entres de que se diluyan las diferencias. 





viernes, 10 de agosto de 2018

¿QUÉ QUIERE DECIR EDUCAR?




¿QUÉ QUIERE DECIR EDUCAR?  
  

            Muchas veces nos hemos preguntado qué es la educación. Sabemos que esta palabra procede del verbo “duco”, que en latín significa “guiar”, “conducir”; es el mismo significado que encontramos en la palabra “pedagogía”: de “paidos” (niño) y “agogé” (conducir). Si la educación, como la pedagogía, es el arte de guiar a los niños, la pregunta es: ¿hacia dónde los guiamos? ¿Cómo los llevamos, con qué objetivo?
            Con el mismo verbo se forma la palabra “demagogia”: el arte de guiar al pueblo; demagogia es conseguir que se vote democráticamente lo que tú querías que se votara, y para eso hay que seducir, maravillar a tu público, a veces embaucarlo; la demagogia es una desviación de la democracia donde el pueblo no vota lo que quiere sino lo que le da la gana; y le da la gana cuando se siente arrastrado por el verbo irresistible de un orador, que, como un corderillo, lleva al pueblo adonde quiere y hace creer que vota cuando la verdad es que se siente atraído como un imán: hacia ti, que eres el guía del pueblo. Guía, de “duco”, se dice “duce” en italiano, así llamaban en Italia a Musolini; Ceaucescu se hacía llamar “conducator”. ¿Es el educador un guía como Ceaucescu y Musolini, entendidos respectivamente como conducator y como duce? ¿Adónde conduce a los niños? ¿Qué tipo de guía es para ellos?
            Se conduce el coche para ir a algún sitio. Por ejemplo, yo quiero ir al museo del Prado. Pero James Mason también condujo a sus adeptos al suicidio. Hay sectas en las que se va adonde nos lleva el lider, y se hace lo que el lider quiere. ¿Es la educación un viaje en el que se va adonde nos lleva el educador? ¿Adónde nos quiere llevar? ¿En qué tipo de coche se emplea como conductor?
            La pregunta es: ¿de dónde salimos para realizar ese viaje? Si salimos de la escuela lo lógico es que se vaya a sitios como el museo del Prado. Si salimos de un entrenamiento es lógico que vayamos a jugar un partido. Si salimos del niño es lógico que vayamos adonde nos lleve la naturaleza del niño. Y ¿qué es un niño? La semilla de un adulto. Y ¿qué hay en esa semilla? Inteligencia, sensibilidad, hay un ser sociable, un cuerpo que crece, y voluntad. La educación no debe consistir en llevar al niño adonde nosotros queremos que vaya,  sino adonde su naturaleza quiere ir; que no suele coincidir con lo que el niño quiere. Un niño quiere grasa, pero su cuerpo pide verdura; quiere un móvil, pero su mente pide un libro; quiere lo que tienen los demás, pero su corazón le pide sólo lo que es suyo. Cuando le das a alguien lo que pide es demagogia; cuando le das lo que necesita (es decir, lo que le pide su naturaleza), aun en contra de su voluntad, entonces lo educas; educar es alimentar el espíritu como criar es darle alimento a su cuerpo.


            Sigamos con el símil de la democracia. En una verdadera democracia el pueblo no debería votar lo que quiere, sino lo que necesita; en caso contrario no sería democracia sino demagogia: y el pueblo, en lugar de ir adonde lo lleva su libertad, iría adonde lo llevan los políticos. Los niños todavía no saben hacer uso de su libertad, son menores de edad, no saben conducirse. Por eso necesitan un conductor, que es el maestro; el maestro no tiene por misión hacer a los niños a su imagen y semejanza, sino a imagen y semejanza de sí mismos. El maestro no es un cristal donde el niño tiene el modelo de lo que tiene que ser, sino un espejo donde él mismo se refleja. El buen maestro no te hace como él quiere que seas, sino que te deja crecer como tú eres.
            Hay maestros, y padres, que quieren que sus hijos sean unos cerebritos, y desarrollarán su mente olvidando que tienen cuerpo, y harán de ellos unos ordenadores, unos robots, unos sabios que no sabrán moverse, unos cuerpos paralíticos. Otros querrán convertirlos en atletas y desarrollarán su cuerpo, pero serán brutos. ¿Para qué lo desarrollarán? ¿Para ser felices, o para ganar títulos? ¿Se puede perder la infancia por culpa de una disciplina férrea que nos haga, como Nadia Comanechi, atletas de primer nivel? También los cerebritos participan en concursos, competiciones, olimpiadas del conocimiento. También ellos ganan títulos. ¿Para qué? ¿De qué te sirve la biblia en verso si te falta asertividad, empatía, inteligencia emocional, saber estar en tu saber ser?
            La semilla de los instintos éticos tiene que desarrollarse con ayuda del maestro. Y la autonomía, el niño tiene que aprender a estudiar solo a medida que vaya creciendo. También necesita desarrollarse en la sociedad: conocer el mundo en el que vive, saber adaptarse sin que el mundo se coma su libertad; hay que plegarse a la realidad que nos rodea porque si nos empeñamos en vivir en otra época distinta de la nuestra  la realidad se encargará de hacernos morder el polvo; pero también, como don Quijote, tenemos que aprender a luchar contra el mundo cuando el mundo te exige que dejes de ser libre y te impide el normal desarrollo de tu capacidad: que hay que luchar contra el mundo sin dejar de tener los pies en él, buscar en la tierra el suelo más favorable para nuestra semilla y que allí podamos plantarnos.
            Desarrollar nuestra inteligencia, no imitar el pensamiento de los otros (aunque lo podemos usar como modelo).  Desarrollar nuestro cuerpo, no hacerlo esclavo de objetivos contrarios a la naturaleza (aunque el mundo puede plantearnos nuevos retos). Desarrollar nuestro corazón, no inflar nuestro cerebro a costa de él: que seamos capaces de sentir pensando y de pensar sintiendo, y de creer en las cosas del corazón aunque a veces no las pueda explicar nuestra cabeza. Debemos desarrollar la inteligencia alimentándola con nuestro cuerpo, con nuestros sentidos, con la sensualidad, la piedad de la empatía, la seguridad en sí mismo, la firmeza: una mente bien asegurada está en un cuerpo bien completo; y no usa el ejercicio para combatir la masturbación, como se hacía antes, sino para equilibrar nuestros deseos; porque la educación, lejos de reprimir el desarrollo, lo que debe hacer es desarrollar lo que tenemos dentro.
            Y eso es, en definitiva, la educación: un viaje al interior de nosotros mismos, un camino donde alimentamos, para que crezca, la semilla de lo que somos. El mundo puede tirar de nosotros para que nos plantemos en él, y eso es bueno. El maestro debe ayudarnos a encontrar el camino cuando nos perdemos, llevarnos fuera para desarrollar nuestro ser: sacándolo fuera, sí, pero sacándolo de dentro. Educar es salir de sí para reencontrarse y hacer lo que nos recomendaba Nietzsche: ¡conviértete en lo que eres!








viernes, 3 de agosto de 2018

EL CASI NADA



EL CASI NADA


             Algunas veces me acuerdo de Vladimir Jankelévitch. Se inventó dos conceptos que conocía todo el mundo y que eran una banalidad, pero había que inventarlos: uno de ellos era el casi nada; el otro era el yo no sé qué; quiero hablar hoy del casi nada.
             Los químicos conocen bien el concepto de energía de activación. Supongamos (dicen ellos) que queremos tirar un saco por la ventana; lo primero que tenemos que hacer es levantarlo la altura de la ventana y puede ocurrir que lo consigamos casi, o que nos falte un milímetro…; por un solo milímetro el trabajo que hemos hecho, por grande que sea, se queda en nada; puede suceder que mi compañero lo levante un milímetro más que yo y, con esa diferencia (casi insignificante), consigue sacar el saco; dejarlo caer, luego, sobre el basculante del camión, lo puede hacer cualquiera. Una mínima diferencia puede hacernos, a unos, personas de éxito, a otros, fracasados; una diferencia insignificante; no es nada; es algo, pero es casi nada; es una insignificancia.
            Alguien me está molestando y hace crecer el mal humor que tengo dentro; yo aguanto y callo. Mientras me aguanto conservo la naturalidad, conservo la calma. Pero si traspasa (aunque sólo sea por un milisegundo) la barrera de mis límites, me hará estallar de cólera, y en ese preciso momento dejaré de ser el que era; soy como el cráter de un volcán donde la lava pugna por salir; en el momento en que rompe la corteza se desata la destrucción; el volcán lo arrasará todo a su paso, y si antes de la expresión todo era contenido, después ya todo se ha desatado; entre la subida de la presión y el estallido sólo mediaba un punto de ruptura, apenas un grado más, que es un casi nada.
            Tanto el Barça como el Madrid perdían por 3 a 0 las semifinales de la Champions; en el partido de vuelta, el Barça acabó siendo eliminado y el Madrid, en cambio, cuando al partido le faltaba apenas un suspiro, transformó un penalty y ese suspiro fue lo que separó la apoteosis de la catástrofe; fue sólo un suspiro; casi nada.
            Entre el héroe y el villano muchas veces no hay casi nada.  Entre el héroe y el perdedor. De no ser por ese suspiro, esa minucia, esa insignificancia, la épica triunfal de una batalla se habría quedado en trágica derrota; la gloria habría sido ignominia, el éxito habría sido catástrofe, el triunfo habría sido fracaso. Una diferencia microscópica separa, cuántas veces, al bueno del malo, al guapo del feo, al justo del crápula.
            A veces lo que marca la diferencia es el tiempo a escala humana. La reina Isabel, de haber muerto antes, habría pasado a la historia como la protectora de los judíos, no como la que los expulsó.
            Los momentos decisivos pueden ser lapsos o suspiros. Un puente, lo mismo que un lapso de tiempo, puede ser largo o corto, puede tardar más o menos en llevarnos de una orilla a la otra, pero un suspiro es fugaz como el rayo; un suspiro es, como dice la voz popular, el morro de un piojo; entonces decimos: “le faltó esto” (señalando con una uña el borde del dedo); o decimos también: “no le faltó nada”, que es lo mismo que decir que “le faltó una minucia”, por culpa de lo cual “casi lo logra”: pero no lo logró, ése es el caso.
            No nos precipitemos en juzgar a la gente a la primera de cambio; que entre el bien y el mal, el éxito o el fracaso, la gloria o la vergüenza, hay menos distancia que en un suspiro, que sin ser nada se convierte en todo; y, significándolo todo, es una insignificancia: un suspiro es efímero como un destello, como la oscuridad rasgada `por un fogonazo, rápido como la velocidad de la luz, apenas el ser: es un casi nada.