viernes, 26 de marzo de 2021

TÉCNICA

 

 

TÉCNICA

 


             La filosofía, la ciencia, el saber vulgar, el mito y las matemáticas son formas de conocimiento. Pero cada una tiene sus propias formas de acción. Si conocer es descubrir cómo es el mundo, actuar sobre él es cambiarlo en beneficio nuestro. Saber cómo funcionan las cosas, o más bien como las podemos aprovechar, es estar al tanto de cómo podemos aplicar nuestros conocimientos para conseguir los fines que nos proponemos. Empecemos por la ciencia. Si llamamos ciencia al pensamiento que surge de la realidad y vuelve a ella, sólo pueden tener ese nombre las ciencias empíricas; las matemáticas, por mucho que sean exactas, serán conocimiento riguroso, pero no ciencia, por mucho que nos empeñemos en llamarlas ciencias formales; las matemáticas no pasan de ser un conocimiento formal de los fundamentos de la realidad, que son anteriores a la experiencia.

            La ciencia, en tanto que saber empírico, se ocupa de la naturaleza y del ser humano. La acción en las ciencias naturales recibe el nombre de técnica, y los técnicos han llegado a recibir el nombre de ingenieros. Si la física teórica se ocupa de cómo es la materia y la fuerza, la física aplicada se interesa por el rendimiento que podemos sacar de la naturaleza. Los griegos distinguían entre techné y poiesis; la primera se ocupa de cómo hacer las cosas, la segunda se ocupa de hacerlas: es la diferencia que hay entre la técnica y el trabajo.

            Pero la técnica no sólo se refiere al saber hacer, sino al manejo de los aparatos que hemos construido: aparatos como las alas de Ícaro, el tornillo sin fin de Arquímedes, el espato de Islandia que usaban los vikingos para orientarse en el mar, el arado romano, el arado normando, la sartén, la yesca y el pedernal, la bicicleta, el barco de vapor, el automóvil o el microscopio. Llamamos técnica al manejo de nuestros conocimientos para conseguir beneficio de la naturaleza; a la construcción de máquinas; y al manejo útil y eficaz de las máquinas. Desde la palanca hasta el automóvil ha habido un progreso enorme. Cuando las máquinas son muy complicadas y dependen enteramente de la ciencia ya no son simplemente técnica, sino tecnología; pero como llamamos tecnología lítica al arte de sacar lascas de las piedras (ya desde el homo habilis), nos hemos inventado el nombre de tecnociencia.

            Técnica, en el sentido de saber hacer, es lo mismo que arte. Podemos decir indistintamente técnica que arte de tallar piedras; y así hablamos del arte de amar para el conjunto de técnicas amatorias que arte de la guerra para las técnicas de lucha.

            El amor y la guerra ya no salen de las ciencias naturales, sino de las ciencias humanas (término, este, mucho más amplio que el de ciencias sociales). Llamamos estrategia al arte de manejar seres humanos; al arte de manejar objetos lo llamamos, simplemente, técnica; así, cuando un futbolista controla bien el balón decimos que domina la técnica del fútbol, pero cuando busca los espacios para llegar a la portería contraria lo que domina es la voluntad del adversario y su capacidad para frenar el ataque: entonces ya no se trata de cuestiones técnicas, sino de cuestiones tácticas; la estrategia es el arte de ganar guerras, pero la táctica es el arte de ganar batallas. Una estrategia es una campaña ofensiva que puede contener muchas batallas; y una batalla es un enfrentamiento entre dos colectivos que persiguen el mismo objetivo. Cuando se trata de matar al adversario lo llamamos guerra; cuando se lo quiere derrotar sin matarlo lo llamamos deporte; y cuando lo que se busca es que los demás nos obedezcan lo llamamos campaña publicitaria; si, por el contrario, pretendemos vencer las inercias que impiden nuestro desarrollo como personas lo llamamos educación; aunque muchas veces confundimos la educación con el proselitismo, o el adoctrinamiento, que es cuando el objetivo del maestro no es desarrollar al discípulo sino adaptarlo a la sociedad (enseñándole a obedecer y a respetar los valores imperantes). 



            La poiesis, en el sentido griego de hacer cosas, podría traducirse como “trabajo”. Cada oficio necesita dominar unas técnicas: son las técnicas de producción, que se prolongan en las habilidades productivas; uno puede conocer bien las técnicas pero no dominarlas; así, no basta con aprendernos la técnica de la escritura, que incluye caligrafía y ortografía, para escribir bien; tenemos mala caligrafía porque, aunque sabemos cómo se hacen las letras, no nos salen; y tenemos mala ortografía porque, aunque conocemos bien las reglas, no las hemos automatizado. Una forma de aprender a hacer bien las cosas (es decir, de transformar las técnicas en habilidades) es el ejercicio, el ensayo, la repetición, el entrenamiento; pero por mucho que ensayemos no pasamos de hacer las cosas bien, sin llegar a ser geniales, si no poseemos esa habilidad natural que llamamos don: el don de hacer bien las letras, el don de no torcerse aunque escribamos sin renglones, el don de manejar el torno del alfarero, el donde tener buenos reflejos y conducir bien un coche.

            Lo que llamamos humanidades es el conjunto de la filosofía y las ciencias humanas. Y aquí la poiesis se transforma en una forma especial de arte: que no busca la utilidad sino la belleza. El perfecto ladrón es el que es capaz de robar sin que le pillen. Y el perfecto músico es el que maneja perfectamente el instrumento aunando el ejercicio y sus dones naturales (virtuosismo), pero también tiene una sensibilidad especial, que lo mueve a buscar sentimiento y delicadeza y comunión con lo trascendente; a la atracción de las profundidades en el manejo de las formas lo llamamos belleza; pero quedarse en la atracción de la superficie no nos da cosas bellas, sino bonitas; la belleza es, por el contrario, hacer de las superficies de las cosas espejos de su esencia profunda; y hasta podemos encontrar profundidad sin belleza, refiriéndola siempre al sentir, no al conocimiento, y entonces no la llamamos ciencia, sino arte. Para distinguir el arte entendido como técnica de ese otro al que podemos llamar técnica inspirada hablamos más bien de bellas artes: expresión que solemos reservar para las artes visuales (pintura, escultura y arquitectura), pero que también valdría para la música y la danza, artes del oído y del movimiento, artes del tiempo. También hay artes mixtas como el teatro y la opera que incorporan, además, la palabra.

            Pero junto a la poiesis y la techné los griegos utilizaron la palabra “praxis”. Si la poiesis es la actividad que desemboca en la construcción de objetos, la praxis es esa actividad que no produce nada pero que desarrollamos para mejorar como personas: como podrían ser la ética, la política y el deporte. La técnica que transforma la naturaleza buscando utilidad en beneficio nuestro daría lugar a las artes aplicadas; la que persigue la recreación de la sensibilidad sería el territorio de las bellas artes o del arte, sin más (así, en plural y sin adjetivos; no el arte de… sino el arte, a secas); las artes aplicadas son esa producción que llamamos trabajo; la producción artística llena nuestro tiempo de ocio y sería a la vez un trabajo placentero (un hobby) y una pasión que nos hace flotar por encima del mundo; lo que hace el arte es mucho más que producir: es crear; la aplicación es crear nuevos objetos repitiendo, copiando, recreando un mismo modelo, pero la creación es producir modelos nuevos; crear es hacer camino al andar y aplicar es andar por los caminos trillados.

            Solemos llamar práctica (o entrenamiento) al ejercicio técnico (y así, el aprendizaje de un oficio se suele cerrar con un tiempo de prácticas). Al ejercicio artístico lo llamamos ensayo, y todo ensayo contiene una parte de entrenamiento (cuyo objetivo es el virtuosismo) y otra parte de inspiración (cuya meta es al mismo tiempo su motor: el escalofrío, el éxtasis). Pero al ejercicio práctico lo llamamos praxis. La praxis requiere entrenamiento y sensibilidad, aunque una sensibilidad que no se aleja de este mundo, como el éxtasis, sino que echa sus raíces en él y nos hace sentirnos en comunión con los demás, sufriendo con ellos y alegrándonos con sus cosas, reflejándonos en sus pensamientos y en sus emociones como si fueran nuestros: es la empatía, espejo de humanidad, reflejo de nosotros mismos en lo que son los otros, identificación de nuestra esencia humana desde nuestras diferencias históricas, desde nuestra existencia (cada uno tiene la suya). 



            Técnica, tecnología y tecnociencia en las ciencias empíricas de la naturaleza; táctica y estrategia en las ciencias humanas; todo ello constituye el mundo del trabajo. Pero la filosofía se aplica en la praxis. Y el arte se despierta en las humanidades. Aplicación, arte y praxis son estas tres formas de actividad. Aplicación en la ciencia. Praxis en la filosofía. Arte en las humanidades. No olvidemos que las humanidades incluyen a la filosofía y a las ciencias humanas.

            ¿Y en el mito? ¿Qué técnica podemos encontrar en él? La técnica mítica es la magia. Magia es el conjunto de técnicas que usamos para cambiar las cosas del mundo sin contrastarlas (igual que la filosofía)  Pero sin cuestionarlas (a diferencia de ella). Quien hace magia es el mago, la maga; el hechicero, el sacerdote, el chamán; el brujo; en los tiempos míticos en que no se ha inventado la medicina el mago es al mismo tiempo el curandero; también lo es quien conoce las hierbas medicinales (en muchos pueblos primitivos esa labor corresponde más bien a las mujeres). Hay magia blanca para vivir y magia negra para matar.

            En algunos lugares el mago toma hongos alucinógenos para entrar en trance, fundirse con el espíritu bueno y alejar los malos espíritus de las enfermedades: así cura a los enfermos. En otras partes exorciza al diablo para que salga del cuerpo del endemoniado. La magia vudú construye un muñeco y lo que le hacemos al muñeco (clavarle alfileres, arrancarle los ojos, retorcerle un brazo) también se lo estamos haciendo a la persona a la que hemos identificado con él. Hay sacerdotes que convierten bastones en serpientes para demostrar que su dios es el verdadero. Otros hacen pases mágicos para deshacer un conjuro. Hay técnicas para quitar el mal de ojo. Y trucos para crear falsas magias con ilusiones ópticas (doblar cucharas con el pensamiento, adivinar el futuro, hablar con los muertos, hacer aparecer conejos en una chistera). Los trucos mágicos son eso: técnicas: Pero no se contrastan con la realidad y sin embargo la gente crédula las da por buenas. Unas veces porque se formulan de una forma tan ambigua que son imposibles de contrastar. Como cuando se le atribuyó a Nostradamus la profecía de que el papa sería asesinado en Lyon y, después de visitar Lyon, no lo mató nadie; entonces los esotéricos se escudaron en que lo que Nostradamus dijo fue que el papa sería asesinado en una ciudad bañada por dos ríos, pero esa ciudad no tenía por qué ser Lyon: también podrían ser muchas otras; y así los adivinos nunca se equivocan. Otras veces predijeron el fin del mundo y no sucedió, pero el adivino vendió un millón de libros. Tal santo sacado en procesión se para ante la casa de una niña enferma: nadie sabe que la niña ya se estaba curando pero como tenía fiebre, no lo parecía; al día siguiente desaparece la fiebre y todos lo atribuyen a la visita del santo. El pensamiento mágico te hace creer que es el médico el que te ha puesto malo porque antes de ir a su consulta tú estabas bueno; y lo que no dices es que si has ido al médico, tú, que presumes de no creer en él, es porque ya te sentías mal de una enfermedad que aún no se te había declarado.

            Dos rasgos de la magia son, pues, el rechazo de la contrastación y la falsa causa. Falsa causa: hacer que se sucedan dos hechos (el paso de un gato negro y una alcantarilla rota) para que el primero parezca la causa del segundo (que hemos provocado nosotros). Rechazo de la contrastación: también lo podemos llamar ambigüedad; decir las cosas de tal manera que siempre va a ser verdad lo que decimos, tanto si sucede lo que vaticinamos como si no sucede. 



            El saber vulgar también tiene sus trucos, sus picardías, sus estratagemas, sus técnicas. Y tiene técnicas de verdad como el toque de la cocinera para que la comida salga buena, o cómo pegar dos tablas sin que se note, cómo hacer para quitar una mancha en la ropa, cómo empalmar un cable roto, cómo barrer por los rincones, cómo cuidar las macetas, cómo ahuyentar los mosquitos, cómo poner un ladrillo. Las tareas del hogar son, en su mayoría, tecnología aplicada a la vida cotidiana: a no ser que de la vida cotidiana salgan esas tecnologías que luego le sirven a la ciencia. El saber vulgar es un popurrí donde se mezclan conocimientos científicos, creaciones artísticas y trucos de magia; las recetas de cocina son experimentos repetidos ancestralmente y mejorados a través de las generaciones; las cocinas son auténticos laboratorios donde se juntan reactivos y se recogen productos; pero como no decimos cloruro sódico sino sal, ni ácido clorhídrico sino jugos gástricos, no tenemos la sensación de que las cocinas sean laboratorios. Lo que caracteriza al saber vulgar es que lo adopta todo, junta técnicas y métodos basados en procedimientos contradictorios y no se da cuenta; otras veces, por el contrario, hace gala de una precisión milimétrica y un realismo absoluto, y no lo valora. Si la ciencia forma teorías con leyes y técnicas precisas, coherentes y eficaces, las técnicas vulgares ponen contradicción en la coherencia, aproximaciones en la precisión, y se conforman con que algo funcione a veces sin probarlo siempre para llamarlo eficacia; aunque lo más curioso es que junto a esas generalizaciones fáciles el vulgo ha sabido construir, con un saber milenario, técnicas utilísimas de una eficacia abrumadora. El saber vulgar es un batiburrillo de conjeturas dadas por buenas, leyes exactas, técnicas eficaces y trucos baratos; de creencias y de pruebas; en el saber vulgar se confunde la cultura popular con los cultos y tradiciones, el arte y el mal gusto, la tecnología y la magia.

            Ya sólo nos quedan las matemáticas. El estudio de las formas innatas, intuitivo y lógico a la vez, tiene sus técnicas de cálculo progresivamente más eficaces; por ejemplo con los números romanos el cálculo tenía sus limitaciones, pero con las cifras arábigas se desarrolló mucho y cuando se inventó el cero su potencia dio un salto de gigante y la aritmética se convirtió en álgebra. El cálculo infinitesimal permitió operaciones de mayor alcance y con los números complejos se pudo manipular, en electricidad, la corriente alterna. La teoría de la relatividad necesitó técnicas que no había en Euclides, pero que se encontraban en Riemann. Por no hablar de las máquinas matemáticas que ideó Raimundo Lulio, exploró Pascal, desarrollaron los microprocesadores, avanzaron hacia la robótica y empezaron a moverse hacia la creación de sistemas que pueden aprender solos; sistemas expertos.

            Y podemos cerrar este capítulo planteando una pregunta: ¿habría que incluir a la técnica, entendida como aplicación del saber para mejorar la vida, dentro del método hipotético-racional? En ese caso constaría de cinco pasos: problema, hipótesis, predicción, contrastación y aplicación. Pero también podríamos pensar que nuestra acción sobre el mundo tendría dos caras: el saber y la transformación; el saber se abriría en abanico con la ciencia, la filosofía, el mito, el saber vulgar y las matemáticas; y la transformación de la naturaleza sería tecnología y estrategia, arte, praxis, magia, trucos y cálculo; los dos bloques, tanto el del saber como el de las transformaciones, utilizarían, con sus cojeras, los cuatro pasos del método hipotético-racional (y por ejemplo las predicciones de la ciencia se convertirían en profecías en el mito); y la técnica no sería el resultado de la ciencia sino que sería necesaria, desde el principio, para su desarrollo. No es, pues, que la técnica tenga que esperar a la ciencia para aplicar sus descubrimientos (como sí sucedería con la tecnología); sino que la acción del ser humano tiene esas dos caras, cognoscitiva y transformadora, que se simultanean desde el principio, se acompañan y se completan: aunque haya momentos en que haga falta ciencia para hacer técnica y momentos en que haga falta técnica para hacer ciencia. Lo mismo que es imposible distinguir la sensación del movimiento, lo mismo también conocer el mundo es, aunque no lo queramos, cambiarlo.

 


 

 

 

viernes, 19 de marzo de 2021

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

 

 

 

 

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

(PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN)

 


SOBRE LA JUSTICIA  

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito. Poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE EL CARIÑO

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS  

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar; pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo. 




ELENA        

 

Se había formado un corrillo en torno a Elena. Después de recoger su examen Elena volvió a su sitio mirando la nota fugazmente: tres con nueve. Se sentó. Estuvo unos segundos petrificada, con la mirada perdida, la cara de mármol. Después Juan sintió sus lágrimas. Las sentía mientras llamaba a los demás alumnos; uno por uno, examen por examen. El pesar de la chica fue tan grande que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, la chica sollozaba. Los sollozos hacían temblar su cuerpo y no pasó medio minuto antes de que Helga se acercara a ella. Juan sintió el brazo de Helga sobre los hombros de Elena, su mano apretándole el brazo, la mejilla junto a la suya, su ademán de consuelo: pero Elena parecía inconsolable. Después vino         Cristina, que se coló tras ella y se agachó poniéndole las manos sobre los hombros. Al cabo de un rato había cinco chicas en torno a Elena. Y los temblores se habían convertido en hipo; un hipo nervioso, incontrolado, convulso, a Juan le parecía que estaba fuera de lugar; y, sobre todo, era exagerado.

Siguió entregando los exámenes a los alumnos. Los alumnos se acercaban a su pupitre, uno por uno. Otras veces era él el que iba, entre las mesas, buscando sitio. Acabó de entregárselos a todos y, de soslayo, siguió escrutando con preocupación el llanto de Elena. Le pareció de mal gusto. Le pareció una presión inadmisible, un chantaje sentimental, un montaje encaminado a forzar la subida de la nota: no estaba dispuesto a transigir. Ningún alumno iba a sacarse el aprobado por su cara bonita. Juan se mantenía firme (con una firmeza férrea: el hierro de la justicia), y era su propósito distribuir los aprobados solamente sobre las bases del mérito. Ningún aprobado había de regalarse. Juan era amigo de sus alumnos, pero por encima de todo quería ser justo. Ninguna amistad debe ir creciendo contra la justicia. La amistad era un campo de flores sobre hierba de respeto, y la hierba no crece lejos del sol: el sol de la bondad, la consideración, el reconocimiento del mérito; no se puede ser bueno engañando a la gente, no se le puede hacer creer que se merece más de lo que se merece; la bondad, la energía, regada por el cariño, tiene en su corazón a la llama de la justicia; no se puede ser un profesor bueno sin ser un profesor justo; mal puede brotar el cariño donde el corazón no es bueno.

Los amigos se ayudan, se dicen las verdades, se quieren de verdad, se gastan bromas. La lealtad nos obliga a corregir, a aceptar las razones cuando uno se equivoca: querer es querer lo mejor para la persona querida, hacerla mejor de lo que es, abrirle los ojos: sólo un amigo puede ayudarte a ver. El profesor saca lo mejor de los alumnos; les dice en qué acertó, en qué se equivocaron; les premia sus aciertos, les castiga sus yerros. Ningún castigo es sufrimiento: sólo es un espejo; en él se reflejan los errores, en él puede el alumno enmendarlos y corregirse. Si él aprobaba a Elena, sería injusto que Elena no los viese: nunca se corregiría. Poner el profesor la respuesta para que el alumno la compare con la suya, como se pone la transparencia sobre el papel para ver que el dibujo es correcto.

No, no podía aprobar a Elena aunque quisiera. Era de justicia. Y Elena sollozaba. Sus amigas, como un coro compacto, la envolvían con sus voces y sus manos le arrullaban el sufrimiento; como si Elena hubiera sido objeto de una agresión injusta; como si hubiera sufrido un ataque despiadado. Juan quería a sus alumnos. Reía con ellos, pero sus bromas crecían sobre el suelo respetuoso donde se reconoce el valor, enemigas del engaño. Algunos alumnos se reían con Juan y decían: “¡qué majo es!” Y luego, si les suspendía, torcían el gesto: “¿y éste qué se ha creído? ¡Menudo impresentable!” La mirada se les volvía torva pero Juan no era simpático ni impresentable: era justo; o sea, bueno; y en justicia debía decir las cosas agradables como decía las desagradables cuando había que decirlas.

Había pasado ya media hora y Elena no paraba de llorar. La mesa de Juan estaba llena de alumnos. Juan los revisaba, ejercicio por ejercicio. Atendía las reclamaciones, unas veces corrigiéndose, las más ratificándose en su nota. Cada uno preguntaba sus dudas, unos porque las tenían realmente, otros porque las fingían para arañar un punto; o unas décimas (que les faltaban para llegar al aprobado). Juan les respondía a todos, ordenadamente, de uno en uno; y el coro que crecía en torno a él lo rodeaba con un halo de confusión parecido a la masa confusa que crecía en torno a Elena. Brazos que se mezclaban, manos que se cruzaban, cuerpos que se abrazaban, susurros superpuestos. Cuarenta y cinco minutos llorando. Juan tenía ya los plomos fundidos, el hígado hecho paté, estaba furioso; molesto, ofuscado, porque la chica no había ido a su mesa para preguntarle por sus dudas; para reclamar los comentarios de Juan, para ver sus fallos. Cuando sonó el timbre y el temblor de la chica persistía en el sollozo, vino una de sus amigas y le dijo:

-Es la que más estudia de nosotras. No se esperaba el suspenso.

Y cuando Juan se disponía a decir que no siempre el trabajo nos garantiza el éxito, vino otra y le dijo.

-Es la que mejor toma tus apuntes. Todo lo que tú explicas lo escribe ella: con esos apuntes hemos estudiado todas.

Pasó entre ellas otra chica y añadió:

-Elena es brillante. Saca sobresalientes en el instituto, en la escuela de idiomas, en el conservatorio. Es realmente trabajadora.

Entonces se  le encogió el alma. Temió que el corazón de ella estuviese asfixiado por el trabajo y su cuerpo, convertido en olla a presión, no estuviese listo para encajar los fracasos; los inevitables fracasos  que de vez en cuando nos depara la vida. Nadie es perfecto y aquí hasta el más brillante falla. Pero sintió preocupación y quiso enmendar sus errores (por si los hubiera tenido). Con preocupación le dijo:

-Dame tu ejercicio. Lo corregiré de nuevo para ver cómo te he calificado.

La chica se lo entregó. Con una sumisión que desarmaba. Estaba dispuesto a ser fuerte porque la ternura es la fuerza del carácter, y un cariño que cede contra la justicia es débil. El cariño, para ser fuerte, había de ser justo.

-¿Por qué no has venido a reclamar la nota? Llorar no es la solución. El que llora se resigna, y si tu reclamación es justa no tienes derecho a resignarte. ¡Hay que luchar!

            Pero el llanto –lo sabía bien- a veces no es signo de debilidad, sino de nerviosismo. Hay personas fuertes con temperamento débil y lloran cuando quieren pelear sin poder evitarlo. Juan deseó que Elena fuese de esos. Y pasó junto a ella, recogiendo su examen, al dirigirse al pasillo para dejar los libros; volvió de la sala de profesores y cambió de clase. Y entonces sonó el timbre.

 


 

 

viernes, 12 de marzo de 2021

LOS PINOS

 

LOS PINOS 

 



1.

 

            Los pinos. Los pinos se extienden ante nosotros, y entran en el mar de Castilla como entran las lenguas de tierra en el mar. Parecen istmos entre trigales. Los pequeños pinares forman islotes en la tierra, archipiélagos verdes humedecidos por el otoño, vellones de lana que se fueran cayendo de la piel de la estepa. Boga el coche por la carretera y a sus lados se levantan los pinos; como murallas que suben hacia atrás, y bajan a hacerse pequeños en el horizonte. El aire, húmedo, hincha los colores y oculta las ramas; y forma algodones verdes preñados de humedad, tal unas acuarelas de contornos suaves y redondos, de barrigas hinchadas, llenas de agua, dispuestas a durar.

 

2.

 

            Los pinos parecen un paisaje de las verdes tierras de Suecia, que navegan entre lagos, brumas del norte, tierras de ensueño, hechas para sentir. También en Baba hay brumas esta mañana. Es una cortina cenicienta que borra las figuras, nubla las imágenes y sólo deja los contornos; y es una silueta de copas hinchadas sin hojas, sin ramas, una silueta que surca el cielo como una sombra verde, bogando en un mar de cielo, sin nubes, sin aire, sin pájaros apenas... Sin perfiles. Una nube cansada se extiende en el horizonte, opaca y plomiza, envuelta en el desánimo y sin fuerzas para ascender. Y un fondo sin fondo borra los perfiles y sólo resalta con su silueta las cansinas marcas del pinar.

 




3.

 

            De pronto, un vuelco del corazón siembra maravilla en nuestros ojos. Vemos los verdes pinares de Suecia, altos, esbeltos, como a mí me gustaba imaginarlos; las densas brumas del norte desplomadas por el suelo, allá en Baba, y los ojos de la fantasía llenos de magia para ver lo que las almas prosaicas no son capaces de ver. En el corazón de la niebla, jirones de nubes exhalan alientos del suelo, como suspiros de hierba alzándose entre las piedras, buscando los pinos, tensando el aliento allí donde las almas empiezan a vibrar. Y es un furor de ensueño el que conmueve mi ser; que tiembla, como tiembla de calor el cuerpo enamorado, en súbitos arrebatos de alegría; arrebatos que nos barren por dentro, cegándonos y abstrayéndonos de la lógica, del cálculo, del suelo prosaico de la razón. Nuestro ser asciende entonces sobre un suelo gris entre la niebla. Se funde en la nada, jirones etéreos de nubes disueltas y vapor de agua, sustancia nutricia, presencia intangible de las cosas que nos envuelven de todas partes; y nos penetra toda ella, fundiéndonos consigo, haciéndonos aire, haciéndonos sueño, haciéndonos vida arrebatada y sublime, ensimismando la niebla como transida, por un mísero rayo de luz; y es la luz un misterio de sombra, halo de plenitud que nos desborda, un rebosar el alma entera, fragor de quimera que baña los ojos, fragor de lágrimas sembradas al azar; brotadas, como brotan los ríos profundos, en las mejillas donde se deslizan, y donde siembran ríos de vida, y donde las rachas de ensueño, torrentes que rugen, el ímpetu y los bríos, las altas torrenteras se desploman por la cara y la bañan y tienden de agua y de sal; y  brillan, como brillan las rocas en las olas, elevando a las alturas su ofrenda de risa sin explotar.

 

4.

 

            Las olas. Los pinos desfilan en el alma con sus melodías tristes; con sus notas aladas, sus alegres notas, sembrando nostalgia, la sed de regresar. Y allí están, allí, los alegres pinos de Suecia. Allí las tierras del norte repletas de luz. Allí los sueños, los bríos, las cenizas ardientes, el pasado que no fue; allí la infancia soñada, y la infancia que soñaba, las tenues siluetas, la niebla soñada, las rachas del alma, la niebla que mana, brotando a borbotones, brotando en torrentes, las luces del ansia, las fúlgidas miradas, los mil arrebatos, los campos fundidos en éxtasis de luz; teñidos de frío, sembrados de voces, las voces terrenas, las voces de niebla, las pálidas voces, las voces del mar; las tierras del norte sembradas de frío, de nieve y de cuerdas sacadas de sí; y pálidas cuerdas (arpas, guitarras, violines, canciones) con amplias baladas que oímos, soñando, de un más allá que veremos, voces del pinar; dúctiles voces, entrañas mías, dulces baladas y cantos sublimes; abetos, pinares, las tierras del norte, las blancas ventiscas, perdidos neveros, pálidas montañas, en Suecia, Noruega, buscando los fiordos, cruzando hasta el mar; la sierra que rompe las fuentes, que mana en las sienes, la música, los versos, las almas soñadas, las altas cumbres, las ciénagas, las cuerdas, los sueños tiritan sembrando pasión; y, transidos de vino, resueltos, borrachos, rompiéndose el pecho, rasgando gargantas, abriendo los vientos, entrando a cantar; el corazón arañado, los cantos, las uñas, los ámbitos de lejos, partiendo razones, hendiendo el aliento, la quilla, las rocas, mirando a lo lejos, retando horizontes, buscando en el mar.

 


5.

 

            Los pinos de Baba. Pinos que se visten de ensueño en los ojos llorosos, mojados de invierno; ojos que se bañan de enero, brotando en las nubes, sembrando  pinares, aullidos del alma, sedientos de andar. Y están sedientos de aventura estos ojos. Unos ojos tristes, sedientos de ideales, de viajes intangibles, de pálidas aventuras, de fúlgidos latidos, ansiosos de ver; surcando los mares del alma, saltando las cumbres nevadas, volando hasta los fiordos, allí, donde los mares se siembran; y siembran de aromas las leyendas del alma, y van navegando entre los pinos de Baba, y buscan en la niebla, y  tiemblan llorando de ansia y de frío; como éxtasis que nos saca de la ruina, fúlgidas aguas; pálidas brumas, álgidas nieves, ríos de savia y de agua, nos llevan los sueños muy lejos de aquí; pensares y sentires de la infancia, pensares y sentires del aire, los vientos que ululan en ríos sin fin; en las cumbres pobladas de barrancos, en la tempestad y el ímpetu, la vida; la necedad de vivir la maravilla, la indómita locura, los arrebatos arrancados a la nada, convertidos en viento, y la escarcha de ideas, la escarcha de nubes, la escarcha de estrellas, distancia y abismo torciendo las rocas, lanzándose al cielo, allí, donde habita el entusiasmo y la demencia se hiende de mil cuerdas nubladas; guitarras del cielo, violines de estrellas, las cuerdas del tiempo, el mundo desierto, vestidas de suelo, flotando en el mar.

 

6.

 

            He aquí los pinos de Baba. Estos son los sueños que despertaron de mí. Los pinos de Baba, pinares del tiempo, de un lugar sin tiempo, que hoy me arrastran la memoria y me llevan al recuerdo las cosas que vivo desde antes de nacer. Es el bosque del misterio; las profundidades extrañas de mi ser; las entrañas oscuras donde flota, como una extraña brisa, la naturaleza misteriosa del más allá. Los aires que respiraba yo antes de venir al mundo. Los pinos. Pinos rodeados de niebla, como un esquife sombrío de Castilla. Pinos flotando entre nieblas (una niebla sucia, gris, como el humo de la leña agolpada entre las llamas). Mis sueños han sido como luz que iluminaba la niebla. A veces la vemos por la mañana. Es una niebla oscura que se enciende, de repente, transida por una luz de adentro, y se viste de alegría y que pierde opacidad. Entonces se adivina, más que verse, un resplandor detrás de la niebla. Se divisa, entre nubes, un claro del bosque en invierno. Y es en la tierra la misma luz que ahora ha brotado de mi corazón: un resplandor de viento y alegría, una llamarada de tiempo, una voz profunda, una ráfaga de sueño, una niebla de ser.

 


 

 

viernes, 5 de marzo de 2021

DE LOS NOMBRES

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL

De los nombres

 


            Tener nombre es tener identidad, ser único. Caballeros andantes hay muchos pero Amadís de Gaula no hay más que uno. Si hablo de “ése” puedo estar hablando de muchas personas pero “ese que ama a Dulcinea” sólo puede ser don Quijote. Un individuo no nos interesa, pero un nombre nos llama la atención.

 

Cuando los romanos diezmaban a los ejércitos mataban a uno de cada diez soldados en la fila; cuando mataban a un hóplita su lugar lo ocupaba el que había detrás, y no importaba si se llamaba Antonio, Pepe o Juan o si era hijo de Reme, de Manuela o de Isabel. Ser un individuo, ocupar un lugar o no tener nombre es lo mismo que si lo que importara no fueras tú, sino el lugar que ocupas en la sociedad.

 

            Tener un nombre es ser alguien, de lo contrario no eres nada. Quien no tiene nombre es un cualquiera y se puede intercambiar por otro, como lo mismo da qué cuaderno me vendas porque todos me valen, todos me van a dar igual.

 

Y ser un don nadie es ser, como cantaba Jacques Brel, el siguiente de la lista, el siguiente del que viene después. ¿Quién eres tú? El siguiente. ¿Y tú quién eres? El que viene detrás. ¿Pero quién viene detrás? Da lo mismo, lo único que nos interesa es  que esté detrás. ¿Cómo se llama? “El siguiente”. Lo llamamos “el siguiente”. Aparte de ser el siguiente es un cero a la izquierda, un engranaje de la maquinaria, nada más; lo importante es la maquinaria, los engranajes los venden en la tienda y todos se pueden cambiar.

 

            Eres uno de tantos, uno cualquiera, el que no vale nada; el que si se pierde nadie lo echa de menos porque siempre va a haber quien ocupe su lugar. Y como no eres nadie sólo eres un lugar en el mundo, una mota de polvo, un grano de arena, no vales más que los otros y nada mereces, eres lo mismo que cualquiera que venga detrás.

 

            Nadie es más que nadie. De nacimiento. Ni Goya ni Cervantes ni Julio César, ni Cristo mismo en tanto que hombre, valen más de lo que valgo yo. Todos somos iguales.

 

Pero nadie es como yo. Ni el hombre más grande del mundo valdrá para mi madre lo que yo valgo porque si falto en el mundo, nadie en su pecho podrá ocupar mi lugar. Ninguno será como yo y nadie valdrá más (aunque tampoco valga menos) de lo que yo valgo; y aunque no merece morir nadie para que yo viva, mi historia es diferente de cualquier historia y mis méritos sólo son míos, y por eso merezco que me valoren por lo que soy y no por lo que otros hayan hecho o dejado de hacer; por eso no me valen los castigos colectivos.  

 


            Nadie es más que nadie por nacimiento, pero en la vida nadie es como yo. El mérito de ser digno me lo han regalado y por eso todos somos iguales, pero el mérito de ser único me lo he ganado yo y me lo ha entregado tu alma: por eso valgo más para los míos, y aunque yo sea igual que otros no por eso voy a ser uno cualquiera. Soy persona y no individuo, y el valor de haber nacido no puede confundirse con el valor de haber sido alguien para alguien.

 

            Eres un policía, ¿quién eres? Un número; es lo único que hay en tu placa de identidad. Estás en la cola, ¿quién eres? El siguiente: a nadie de la cola le importa otra cosa. Estás en el cine, ¿quién eres? Alguien que ha comprado una entrada, nada más le importa al portero. Quién seas es indiferente, lo único que importa es qué eres aquí: un policía, uno que está en la cola, un cliente, un espectador. Que seas Carmen, Antonio, Pedro o Inés no le importa más que a quien te importa; para los otros eres uno más.

 

            No ser anónimo es lo mismo que tener nombre. Dulcinea, don Quijote, Octavio, Sócrates son individuos porque cada uno es uno de tantos; también son personas porque ninguno vale más que otro; y son únicos porque don Quijote es el único que quiere a Dulcinea, Sócrates es el único que marcó a Platón y Octavio es el único que creó el imperio de Roma. Y aunque todos valen lo mismo como personas, como personajes unos valen más que otros y Sócrates y don Quijote fueron excelentes, y Octavio destacó por su grandeza en la ambición y por su instinto sanguinario, y destacó, en suma, por su ínfima catadura moral.

 

            Tener un nombre es ser importante, ser individuo y no sólo persona, poder ser juzgado por tus méritos, por tus acciones; la insignificancia de ser individuo se eleva hasta la grandeza de tener importancia individual: es cuando el individuo ya no será uno de tantos, y cuando sea único ya nadie podrá ocupar su lugar.

 

            He observado a muchas mujeres hablar de sus maridos sin nombrarlos. “Se me ha muerto”, dicen, “vino  borracho a casa”, “¿habrá llegado ya?” ¿Y quién se ha muerto, quién ha venido borracho, quién ha llegado ya? Él. ¿Quién es él? Nadie. En el fondo no es nadie. Uno cualquiera, uno que se casó contigo y desde entonces dejó de hacer méritos para ti. Por eso ahora no le pones nombre. Para ti no es más que “él”. Un ser anónimo que vive contigo y hace tiempo que dejó de tener nombre. Y aunque nunca lo vas a cambiar por otro (al fin y al cabo os une la costumbre de aburriros), ya no será nada para ti; y nunca te importará más que la escoba, el armario o la mesa, que están ahí porque están y no porque hayan hecho méritos; porque hay que ganarse el derecho de valer y el mérito de poder seguir estando donde se está.