viernes, 28 de enero de 2022

 

 

DE LA RAZÓN POÉTICA  

 


            Razón poética, dicen los partidarios de María Zambrano. Y dicen bien. Nadie puede arrogarse el derecho a ser infalible desde el púlpito de la ciencia. Ya no nos vale la razón ilustrada, la razón científica, la fe en el progreso. La lógica del progreso dice que la ciencia nos hará felices, y olvida que detrás de las máquinas está la automatización de la vida, detrás de la ciencia está la técnica, detrás de la técnica la producción, y detrás de la producción están las basuras. Nuestra época no es la era atómica ni la era digital, sino la de las basuras. Con la felicidad que disfrutamos a nuestros hijos les dejamos basura en herencia.

            Las basuras se acumulan en montones de desperdicios, montañas enteras emergen de las basuras en una nueva orogenia; las reciclamos, sí, pero no tenemos cuidado con el mercurio de las pilas; los vertidos tóxicos van directos de la fábrica al río, y del río al mar. Pero la basura no solamente ocupa el espacio, también ocupa el tiempo; la basura radiactiva durará miles de años antes de desaparecer, antes de reciclarse, y la heredarán no ya nuestros hijos y nietos, sino generación enteras que irán más allá de los nietos de nuestros nietos.

            Ante estos dislates se levantan voces que dicen: esto es por culpa de la razón; nos lo ha traído el progreso; cuando éramos ignorantes éramos felices; y no se acuerdan del hambre, del frío y de las guerras; y de la peste que llegó cobrarse en vidas la mitad de la población europea.

            Que este desastre nos lo haya traído la razón no quiere decir que renegando de la razón nos libremos del desastre. También se rompen los vasos cuando se caen al suelo y sin embargo con lanzar los trozos al aire no lograremos recomponer el vaso. La razón, no lo olvidemos, fue un tiempo razón ilustrada fruto del siglo de las luces; y las luces de la razón surgieron para combatir el oscurantismo de la Edad Media: que nos trajo la ignorancia, la superstición, el fanatismo y la intransigencia. Si la razón nos ha llevado a la desgracia ha sido pasando primero por la felicidad, y esto no se resuelve volviendo a una vida irracional, sino cambiando la razón mecánica por una razón poética; porque hemos confundido la razón con la lógica y nos hemos olvidado de que detrás de la lógica (y de los algoritmos) está la intuición (y el conocimiento directo, “toda ciencia trascendiendo”: así diría San Juan de la Cruz). “Poiesis”, en griego, es “crear”, “producir”, hacer innovaciones. La razón poética es una razón creativa y puede llevarnos incluso a la poesía. Pero aquí se eleva María Zambrano contra algunos de sus discípulos: que la razón poética es poética, sí, pero ante todo es razón: no lo olvidemos.

 


viernes, 21 de enero de 2022

 

 

 

PALLA HUARCUNA

 


1.

 

            Eran rojas. Rojas, sí, rojas. Como guisantes duros ensartados en un collar. Y entre bola roja y bola roja una bola manchada de negro: las cuentas de un collar. Los huairuros que crecen en la selva son semillas encerradas en una vaina; cuelgan de las ramas, salpicadas de hojas verdes brillantes como la laca, y su tronco, clavado en tierra, parece que quiere hablar: mirando.

            Huairuros en una rama. Decenas de miles de hojas en decenas de miles de ramas rodeadas de miles de hojas colgando como si fueran mascapaychas; como si cada rama fuese un inca y cada árbol miles de incas que miraran desde sus ramas el tiempo eterno que pasa. Huairuros. Cuentas de un collar que cuenta el tiempo, que no para de pasar como pasa ahora, inexorable, entre las tropas implacables de Túpac Yupanqui.

            Rojos huairuros que brillan a la luz del sol, semillas arrancadas de sus vainas; cuentas ensartadas en un hilo adornando el cuello de la cautiva. Túpac Yupanqui ha atravesado el océano, veinte mil hombres ha dirigido hasta Polinesia como hizo el rey Alejandro llevando sus tropas hasta el Indo; y arribaron a Tuamotú, donde hablarían las leyendas de las grandes balsas venidas del país donde nace el sol; a las islas Marquesas, donde hablarían de un caudillo llamado Tupa que vino del mar como Huiracocha; y que estuvo bogando entre islas, que vio explotar los volcanes, que vio brillar los atolones y, sorteando los corales, se fue.

            Túpac Yupanqui nació en Cuzco. Dieciséis años en el Coricancha. Y fue señor de los cuatro suyos, las cuatro regiones que tenía en sus dominios, el Tahuantinsuyo. Ahora se acordaba del Cuzco, la ciudad del puma; nostalgia, mucha nostalgia después de tanto tiempo pasado lejos, en el Antisuyo: la selva, las boas y los jaguares habían aterrorizado a sus hombres; vegetaciones enteras, mariposas y mosquitos los habían envenenado; habían descubierto el río de Paititi que luego se llamaría Madre de Dios y derrotaron a los rebeldes; a unos antisuyos que vinieron al Cuzco para pagar tributo y se fugaron, y el inca, furioso, tomó la afrenta, armó un ejército y atravesó la selva para someterlos. Los sometió. Ahora traía a una hermosa cautiva destinada a vivir en su harén, cuando llegara al Cuzco.

            Salía de la selva y se acordaba del Cuzco. La capital del imperio. Plantada entre las rocas, vestida de piedra, de hierba y de aire. Desde allí recordaba los valles, las quebradas, los riscos donde vuela el cóndor, los sitios donde había estado buscando una roca en la interminable silueta de los Andes, la roca de Manco Cápac: su antepasado. Y se acordaba de Pachacútec, su padre, que le había contado cuando era joven cómo había recorrido las misteriosas ruinas de Tiahuanaco donde se hundían sus raíces. Manco Cápac fundó el Cuzco, dio origen a la dinastía de los incas y luego, cuando murió, se convirtió en piedra; esa piedra estaba buscando su mente cuando recorría los paisajes hasta llegar al lugar donde estaba la huaca; la piedra sagrada, el cuerpo fugaz atravesado por el tiempo, perdurando mientras pasan las cosas, de Manco Cápac.

Pachacútc, su padre, había dotado de leyes al Tahuantinsuyo; y como hiciera Carlomagno en otra tierra siglos atrás, mandó que los hijos de los nobles fueran todos a la escuela, al yachayhuasi. Convirtió el templo del Sol (el Inticancha) en un patio de oro (el Coricancha) y allí lo mandó a él, Túpac Yupanqui, a pasar encerrado los dieciséis primeros años de su vida. Luego se convirtió en señor, cápac. En emperador, inca. Y reinó sobre los cuatro suyos multiplicándolos en la guerra.

Ahora volvía a su tierra donde le esperaban el Coricancha, el yachayhuasi, la fortaleza de Sacsayhuamán y los montes, las quebradas y las nieblas. El cansancio y la nostalgia se apoderaban de él. Y entonces se acordó del huairuro: el hermoso collar rojo y negro que descansaba sobre el cuello, de piel tersa y dorada, teñida por el sol y el pincel de la tierra, que brillaba bajo los ojos tristes, de la cautiva.

 


2.

 

            Las andas del inca. Silla de oro portada por cuatro hombres, anunciada por soldados victoriosos y envuelta en los cánticos de las esclavas; acariciada por frágiles lamentos. Los cánticos tienen voces luminosas que se clavan en los aires, y sombras de voces que se funden en la tierra; voces luminosas son los cantos que han aprendido, los himnos de gloria que se confunden con las estrellas; las sombras de sus voces son esos hilos desgarrados que salen de su garganta: lamentos que son voces auténticas y sólo las detectaría cualquiera que tuviera corazón, afinando el oído para oír la intimidad de sus ecos, las voces que resuenan como himnos forzados y alegrías impuestas: las que tienen como ropajes envolviendo du desnudez, y son como la piel que aparece por fuera debajo de lo que es: las entrañas.

            El inca te llevará a su palacio. Vivirás recluida en una cárcel de oro y no harán más que cuidar tu piel, enseñarte el amor, junto a sus cárceles, y pintarán tus ojos para camuflar tu tristeza; serás apariencia para servir al placer, el inca disfrutará hundiéndose en ti con sus huairuros de coral, con sus semillas; y nadie podrá evitar que la belleza transporte otro brillo imposible de esconder, nostálgico y triste: el de tu ausencia. Tus ojos velarán las lágrimas imposibles porque las tendrías que esconder para el placer del inca, y nadie podrá impedir que, aunque camuflada y oculta, haya melancolía en las mieles de tu risa; porque el inca gozará de ella, sí, de tu hermosura, de la dulzura de tus caricias, del encanto de tu voz, de tus perfumes y tu pelo enredado en el amor, y será todo apariencia; pues detrás de tu risa estará la pena, tus ojos brillantes por dentro estarán ciegos, tus caricias dulces las moverá un corazón sin alma, el enredo de tu pelo esconderá la pasión que no ha ardido, y el brillo falso, el iris de tus ojos, esconderá, en el mismo centro de tu mirada, tu pupila ajena, profanada, despintada, profunda y negra.

            He aquí la figura del inca. El penacho de plumas que simboliza su poder, la mascapaicha. Del uncu de colores como color de la nostalgia; color que no es del alma que no puede salir sino superpuesto. Ése es el color del vencedor en los estandartes irisados del Tahuantinsuyo: la bandera del arco iris, todo lo que pone apariencia en las luces apagadas de la realidad cuando el Sol brilla sobre la superficie del mundo; pero no es más que un espejo para el alma que ríe cuando hay ganas de llorar, porque allí dentro ya no hay brillo.

 

3.

 

            El collar de huairuros brilla en el pecho de la cautiva. Su corazón apasionado está roto y es del color de la sangre, rojo como la semilla del huairuro; la semilla de las hembras. También tiene el huairuro su semilla masculina, de color rojo manchado con una pincelada negra. ¿Dónde está el amado, aquel que lleva clavado en su corazón, el que representa las semillas rojas pintadas de negro de su collar? Está ahí. El inca también lo ha raptado, lo ha dejado vivo y no le ha arrancado el corazón, ni los pulmones, ni el hígado ni ninguna de las vísceras que necesita para vivir, sino que le ha quitado las alas: el corazón de la sangre le ha dejado pero no el corazón del alma, y el alma vive sólo cuando la mueve un corazón que siente: la libertad.

            También el dueño de su corazón está cautivo. Y aquella noche tomó de la mano a la cautiva, le dijo “mira, ven”, y la cautiva miró sin nube en los ojos por vez primera y sus ojos tuvieron brillo. La tomó de la mano y salieron de los dominios del inca y ya se acercaban a las puertas del mundo libre cuando el mazo de un soldado se abatió sobre la cabeza del amado. La cautiva los miró, llena de espanto. Allí estaban los soldados con sus orejeras de oro, con sus mazas de palo, con sus penachos de plumas. La llevaron hasta el inca y el inca dictaminó, inexorable:

            -Morirás bajo la sombra de los cerros que te miran.

            Y se volvió, mayestático sin majestad, poderoso sin autoridad, dejando que los aduladores lo adoraran como a un dios vivo: como el pájaro que sólo engaña a otro pájaro con la apariencia de sus plumas.

 


4.

 

            Cuando el placer nos viene de fuera se convierte en sensación; se nos despiertan los sentidos que vibran, llamados por los vientos del mundo, y llaman al mundo buscándolos a su vez y ése es el deseo: el movimiento del alma que orienta el cuerpo hacia el placer. La vista se recrea en los colores, el oído en los sonidos, disfrutamos los olores y sabores y la piel parece que va buscando la caricia.

            Cuando el placer sale de dentro es sentimiento que vibra movido por el corazón, y busca, y es instinto. El instinto no sabe lo que busca pero se orienta irremediablemente hacia las cosas porque las necesita aunque no las haya visto; buscamos la belleza y la encontramos en el mundo, cuando el mundo de las sensaciones recibe el abrazo de nuestro instinto y lo envuelven los vientos del corazón; y sentimos los cuerpos convertidos en placeres del alma, ya no es una imagen, es una pintura, ya no es el sonido, ahora es música, no es una caricia, ahora es amor; la belleza produce deleite y despierta admiración, como las hazañas de la gente buena y valiente, como las obras del sentimiento mirándose en otro sentimiento, como el ímpetu del carácter, como la paciencia que no claudica, como el tesón que insiste, apoyado en la inteligencia; y como el impulso que mueve al corazón a conectarse con otros corazones, cruzando o sin cruzar por el puente de los cuerpos, se extiende, como un arco iris, uniendo los extremos que nos hacen temblar de delirio si la brisa o el huracán se mueven entre dos corazones que se aman; y no se quedan en el cuerpo, sintiendo sacudidas ciegas porque empiezan y terminan en sí mismas sin el auxilio del alma, que les da sentido.

            Así sentía la cautiva. Los placeres de su tierra nativa los tenía clavados en el alma: las mariposas de colores, las libélulas, los tucanes, el agua de lluvia refrescante que chorreaba de los ojos, el olor de las flores, el rumor del viento, la caricia de la hierba, el deseo de poblar el mundo del  placer de los sentidos se agolpaban en su mente y le traían, todos juntos, el recuerdo de su tierra.

            La belleza de la luz traspasando los árboles, la persistencia en la memoria de tantas sensaciones juntas, un mundo sensorial, y hasta sensual, atrapado en el vello de su piel, que se alzaba movido por un escalofrío, que se erizaba; el embrujo de un amanecer entre la niebla, la belleza de la puesta del sol, el delirio de colores en un cuadro, desbrozando intensidades, fogonazos, claroscuros, delicadezas, matices y contrastes derramados en su sensibilidad como una borrachera; la sinfonía del sol y de las hojas, el murmullo del aire en los árboles, todo integrado en un concierto sutil, en una música callada, o en estruendo, a veces, los días de tormenta; todo despertaba admiración abriendo sus sentidos al fluir del alma; que trotaba como un río, desde el ímpetu de las fuentes en las montañas nevadas, todo roca, hasta el impulso de los valles donde corría: el alma, el río del alma, sembrando deleite y admiración en el instinto paralizado por el estupor, ante la contemplación transfigurada en el orgasmo, que detiene los instintos entregados al éxtasis de gozar, contemplando aquella belleza natural, aquel paisaje: convertido en arte, aquellas sensaciones elevadas por la admiración, aquellas pasiones del alma, aquel arte que viene del cuerpo pero va más allá de él, adentrándose en las regiones del espíritu, en sus ríos, sus montañas, sus nevados y sus aguas.

            El amor. Aquella cautiva recordaba el amor. La pasión del espíritu que unía su alma con el alma del amado, ahora muerto, y les hacía ser uno solo con el alma de los dos; y temblaban con el mismo viento y volaban con el temblor puestos al unísono, y llamaban a las caricias que iban, más allá del cuerpo, arrullando sus espíritus y sembrando bienestar en los laberintos del alma; sintiéndolo o no sintiéndolo, daba igual, en los laberintos del cuerpo, y transfigurando las cosas con esa luz del delirio interior que se contempla, deteniendo el tiempo, cuando mira por los ojos que se miran a través de otros ojos.

            El inca había dado muerte a la ternura. El inca había matado la belleza. El inca había muerto el placer. Y ahora ella maldecía los oropeles de aquella odiosa majestad, que se levantaba sobre la desgracia ajena, que habían creado todos los incas desde el primero al último: el siniestro Túpac Yupanqui, cuya sed de poder arrancaba de Manco Cápac, de Mama Ocllo, de Sinchi Roca, de Lloque Yupanqui, de Mayta Cápac, de Cápac Yupanqui, de Inca Roca, de Yahuar Huácac, de Huiracocha, de Pachacútec.

 


5.

 

            Los muertos se convierten en roca. Y así, aquel peñasco, aquel cerro, aquella piedra que sobresale, aquella quebrada son nuestros antepasados que han conseguido durar, atravesando el tiempo pero sin dejar pasar al tiempo por ellos; y velan por nosotros cuando sopla el viento de los Andes, en los veranos fríos o en los más duros inviernos, entre las rocas o sobrevolando la puna, mientras sopla el frío agitando las ramas de ichu; allí, en los desiertos fríos, son los espíritus que velan por nosotros; los montes vivos, los dioses metidos en los bloques de piedra, las presencias protectoras, los Apus. El espíritu de Manco Cápac. La piedra. Rumi. ¡Presencia imperturbable que permanece mientras las cosas pasan!

            También las estrellas acogen a veces a los muertos. Cuando importan. El mundo de arriba nos contempla con presencia serena, luminosa y permanente. Hanan Pacha. Donde vive el padre Sol, que atraviesa la bóveda celeste desde la aurora hasta el crepúsculo: allá donde la serpiente sagrada, la Yacu Mama, va escribiendo un río en los lugares por donde pasa. Allí está la gente que nos importa. Y que nos ama.

            El mundo inferior. El Ucu Pacha. Los muertos, las semillas, la vida expectante, las cosas nacidas están ahí, en sus oscuras galerías; en ellas destila la humedad, las cuevas de la tierra están llenas de vida que tiene que nacer y nacen, cuando otras vidas mueren, y se va sembrando un cuerpo para que nazcan otros; entonces viene al mundo por los agujeros de la tierra: las pacarinas; la gente nace por las bocas de las cuevas, por las grietas de los montes, por el túnel de las fuentes; también salen del agua como salieron Mamá Ocllo y Manco Cápac del lago Titicaca, de las regiones profundas de Tiahuanaco. El agua es vida: fuentes, ríos, lagos, chorros, aguas que corren buscando el mar, cascadas que se precipitan por las quebradas. Sobre ellas, majestuosamente, la silueta del cóndor planea sobre las cosas; ésa es la verdadera majestad, no la rigidez mayestática, asesina y poderosa, de Túpac Yupanqui; el único vuelo majestuoso es el alma libre.

            Que ahora el inca le había arrebatado. Era cautiva. El cuerpo de su amado quién sabe dónde está: lo habrán sembrado en el Ucu Pacha, en las tinieblas creativas de la tierra, para que salga otro. El mundo está lleno de una sustancia nutricia que da vida a las cosas, una fuerza invisible que lo traspasa todo: el camaquén. Hay lugares y cuerpos donde el camaquén es poderoso, donde se siente especialmente su presencia, donde refuerza su concentración; la cautiva siente que su amado está lleno de camaquén y por eso vive aunque ahora está muerto; y ella, aunque no sea verdad, se anima con la ilusión de que su amado vive; como todas estas fantasías que pueblan el universo de los incas; ella se anima con estos espíritus, despiertan en su ánimo la ilusión y aunque sólo espera la muerte, se engaña pensando que las montañas están llenas de espíritus, que en los lagos aún vive la belleza, la belleza de su tierra; que los mares de sensaciones laten ahí, expectantes, llenos de cuevas; y sus padres, sus hermanos, sus hermosos bosques y el aullido de la tierra son esas rocas que hay allí plantadas, ese cielo, esas nubes, esas cuevas, esos astros, los apus, las fuentes, los ríos, pacarinas, ecos de la tierra en el Ucu Pacha: y que ella misma es uno de ellos; y está llena de fuerza para buscar a su amado, allí, donde las cosas ya no viven, esa fuerza le da aliento para recobrar, allende la muerte, los ríos, los valles, el sol sobre los árboles, el delirio que envuelve el alma del tiempo, que la llena de fuego, el amor que tuvo, las caricias muertas. Las pasiones en el recuerdo están clamando por volver, como si no hubieran muerto. Todo es una sustancia sutil, fuerza sin cuerpo y pinturas y paisajes que llaman al placer, canciones y sinfonías que despiertan lo que hay dentro, y que te hacen vibrar, como vibra el arte, y se recuerda la presencia de los cuerpos donde moraba el amor; la cautiva está añorando esta presencia, esta fuerza sin fuerza que es, también, cuerpo sin cuerpo, duración y permanencia, frente a las cosas fugitivas que pasan, ímpetu de la roca: pero sin granito; fuerza que llena y que arrastra y resucita y que toca, pero sin tocar; como una presencia que no estuviera presente. Míralo, cautiva, te está mirando a los ojos, está llamando a tu puerta, es el camaquén.

 


6.

 

            Manco Cápac. Cápac: poderoso señor. Cuna: el plural de las cosas. La Cápac Cuna es la genealogía de los incas desde Manco Cápac hasta Atahualpa. El lago Titicaca fue la gran pacarina, la gran fuente del origen, la reserva anímica del mundo, el almacén del espíritu donde se conserva, esperando a que nazcan las cosas (como la pólvora en un polvorín), el camaquén: la sustancia viva del mundo, la misma que pone la diferencia entre un hombre y un cadáver. Huiracocha creó al ser humano haciéndolo de piedra igual que el dios bíblico lo hiciera de barro; y en vez de soplar para darle aliento lo animó poniéndole un nombre y llamándola. Del lago Titicaca sacó a Manco Cápac y Mama Ocllo.

            Camaquén. Vida. Cámac. Pachacámac: dios vivo y animador del universo. Fuerza de la tierra que tiembla en los terremotos, dios de la costa, dios que se estremece, dios que cuando está ebrio se pone a bailar cavando grietas y derribando montes. Pacha: la tierra, el tiempo, el espacio, pacha finalmente viene a ser el mundo. En él emerge la piedra: rumi, que es una palabra hermanada con ruru que quiere decir semilla; la humanidad se hizo de piedra. La piedra se anima cuando la penetra el camaquén, y tiene la fuerza de un dios, de un espíritu, de un animal; la piedra puede ser un dios, o la morada de un espíritu, o un animal humano saliendo de una cueva; y los dioses, los espíritus, las mujeres y los hombres, las plantas y los animales también pueden petrificarse; se quedan atrapados para siempre en su solidez indestructible.

            Túpac Yupanqui está comiendo ricas viandas. En todas ellas está presente el ají, esa especie de pimiento que tiene mil formas y sabores y que pica, a veces como un demonio: ají amarillo, ají panca, ají, rocoto… Grandes manjares había en la mesa del inca. Los orejones la adornaban y los sirvientes traían nuevas comidas y el viento soplaba y los tambores rugían con un temblor siniestro. La hermosa cautiva lloraba. Estaba condenada a muerte pero ahora lloraba por sus hermanos: a todos les habían arrancado la piel, los habían cosido formando globos y el pellejo de los brazos caía, inerme, atado a baquetas mortuorias; y cuando el viento soplaba movía los brazos y las baquetas chocaban contra el vientre y los tambores lejanos cantaban por el llano la terrorífica majestad del inca.

            He aquí el llanto de la cautiva. He aquí su pecho, ornado con un collar de huairuros, temblar con el estruendo de los tambores que era su pueblo masacrado y desnudo. Hacía un día frío. Las hojas volaban por los aires y el viento, sacudiendo con un ruido hueco las hileras interminables de indios, recordaba a la cautiva que la tragedia se había desplomado sobre su pueblo.

            Era conducida al suplicio. El inca, ajeno a la pena, se solazaba en el repique de los tambores. Una montaña retumbaba en el Cuzco. Allí estaba el Coricancha, el palacio del inca, las paredes del harén, Túpac Yupanqui; allí la majestad de las cosas vanas, el estruendo de las pieles rotas, el cantar de los pellejos, las poblaciones vencidas por el inca, la abrupta majestad que se asienta sobre la muerte.

            Avanzaba y mientras tanto pensaba en el Ucu Pacha. En las cavernas de la tierra sembradas de piedra, en el agua filtrada por los resquicios, en los rincones rotos, las pacarinas. Los cuerpos de los difuntos flotaban en ese suelo: sombras de vida que un día fueron, alumbradas por el Sol, reservas de energía; huella de voluntades que se impusieron allá arriba, y abajo están reducidas a fuerza sin energía que avanza sin poder andar, como los viejos; ecos de amor que un día amaron, y ahora son sensibilidades flojas, y sueños y éxtasis y trampolines disminuidos, que vagan como sombras pálidas de lo que un día fueron, y ahora no pueden ser, por mucho que quieran; y son poco para lo que podían ser, aunque no es verdad que tampoco sean nada.  

            La cautiva buscaba allí a su amado. Lo buscaba entre las sombras. Quería rememorar las músicas de antaño, evocar las pinturas hermosas, raptarse a sí misma y desaparecer, cautiva del arte (pero no de la fuerza bruta, no de Túpac Yupanqui), y en ese rapto encontrar el temblor del aliento ebrio que nos lleva a perder la noción de las cosas y sentirse como los dioses; y volar en escalofríos de vino que provoca la pérdida de noción que da el arrebato: cautiva del arte, y no cautiva del inca; ella traería a la realidad la música que podría encantar a su enamorado en las cuevas del Ucu Pacha, filtrarse en su cuerpo, llenarlo de vida y llevarlo al camaquén: como dicen que Orfeo les nublaba la razón a los dioses con su música, ella también quería ser el Orfeo de su amado; y despertarlo; y volver a la vida para llenarla de amor y ser, entre los Andes, la llama refulgente que de lejos marca el camino de los enamorados. Un canto al amor, eso era ella. Y en las paredes del Ucu Pacha, llenas de estalactitas, supurar gota a gota la inmensa majestad de los corazones que no se agotan nunca porque son corazones que aman.

            El sonido del pututu la sacó de su sueño. Ya ardía una hoguera ahí abajo y ella tenía las manos atadas. La ataron de los pies y la arrojaron boca abajo, a respirar el aliento del fuego que se mete por la nariz y en la boca se quema y quema por donde pasa. La joven cautiva estaba respirando el polvo de montones de ajíes que llevaban las llamas convertidas en humo que picaba: ají amarillo, ají panca, rocoto; y muchos ajíes peores que se meten en los pulmones y los tapan hasta explotar, bloqueando la laringe, bloqueando los bronquios, petrificando el respirar y poniendo en el rostro de la cautiva los colores rojos de los pechos tapados, de los labios ardientes, de las gargantas ahogadas. Ése era el castigo que les daban a las vírgenes del Sol, que habían perdido la virginidad, en el templo donde sólo las vírgenes pueden vivir si el inca lo manda. Lo último que vio la cautiva fue el rostro fantasmal de su amado que venía a consolarla en la agonía de sus convulsiones. Y antes había visto, en su sueño de humo, los huairuros del collar que bailaban, golpeándola en los labios con el vaivén de los ahorcados.

 

7.

 

            Hay en Huancayo una hilera de cerros que dibujan el perfil de las montañas. Como si la Cápac Cuna quisiera recortarse en el cielo, en las noches estrelladas, el cielo es una borrachera de luces y la luna parece que se quiere caer, arrojándose con su luz sobre la tierra. No las borra en las noches fértiles el mágico crepitar de la lluvia. El amor se vino a quedar entre estas piedras y hoy la majestad de los incas ha desaparecido y ya nadie la recuerda; sólo se recuerda que fueron crueles. La piedra se viste de sol, se viste de luna, la piedra borracha de amar se viste como la lluvia: lluvia de estrellas que se desparrama sobre el firmamento. Los hombres andan por esos caminos de dios, sobre los runas, y ya su sueño estoico ha vencido al orgullo de los incas. Y ahora el amor, que se hizo carne en una roca, es un cerro con forma de mujer y aún podemos ver su garganta adornada con el collar que pudo encandilar al inca; su magnífico collar de huairuros. Es una hermosa roca que recuerda que el amor vivió mientras todas las cosas morían; y se extiende sobre la majestad de la puna. Tiene forma de india y en su rostro está la voz de quienes supieron amar, los corazones libres. En las noches de luna se derrama su esplendor y los indios la llaman Palla Huarcuna. 



 


viernes, 14 de enero de 2022

LA PRAXIS

 

 

LA PRAXIS

 


Razón y racionalidad.

 

            La razón es la facultad de descubrir unas cosas dentro de otras y de hacer demostraciones (Aristóteles); y de distinguir lo verdadero de lo falso (Descartes); en todo caso, capacidad de llegar a lo desconocido a partir de lo conocido, de conocer unas cosas a partir de otras; si los sentidos nos muestran la realidad, la razón nos la demuestra, esto es, la deduce tomando como punto de partida realidades más evidentes y conexiones con otras realidades ya demostradas; así, la razón permite ver con el ojo del alma lo que no hemos podido ver con los ojos del cuerpo (Platón).

            La racionalidad es el uso que hacemos de la razón. La racionalidad teórica la usa para conocer el mundo; la racionalidad práctica, para cambiarlo. Podemos cambiar las cosas de dos maneras: o bien cambiando el mundo (poiesis) o bien cambiándonos a nosotros dentro del mundo (praxis); las formas que usamos para hacer cambios reciben el nombre de techné; así, frente a la razón contemplativa (theoréin) se levantan la técnica y el arte (techné y poiesis, respectivamente); pero también la ética, la política y el deporte (techné).

            No hay que confundir la actividad con la reflexión sobre la actividad; así, no es lo mismo el arte que la filosofía del arte (a la que llamamos estética); la política que la filosofía de la política; el deporte que la filosofía del deporte; la moral que la ética (la ética sería algo así como la filosofía de la moral).

 

Techné, poiesis y praxis.

 

            Ya hemos visto que la filosofía teórica puede ser racionalista o empirista, si miramos (gnoseología, epistemología) las formas que tenemos del conocer; y si nos fijamos en la naturaleza del mundo (metafísica), la filosofía puede ser platónica, realista o nominalista. La ética también puede ser racionalista o empirista: en el primer caso conocemos las normas por la razón; en el segundo, por el sentimiento; el intelectualismo moral (Sócrates como precursor de los estoicos) se enfrenta así al emotivismo moral (Hume). Destaquemos que el control racional de la moral, tal y como lo plantean los estoicos, se acerca a la ética socrática apartándose de su metafísica (pues Sócrates, entroncando con Anaxágoras, se fijaba en el espíritu mientras que los estoicos, desde la estela de Heráclito, eran más bien materialistas; de un materialismo de tipo nominalista).

            Poiesis es el arte de la producción. Designa el arte del alfarero, del carpintero o del herrero y no solamente el arte del poeta. En los primeros casos hay que tomar la palabra “arte” como sinónimo de “técnica” (y así, hablamos de las técnicas amatorias; lo mismo sucede con el arte del alfarero o el arte de la guerra). Pero el arte el pintor y del poeta contienen, aparte del dominio de una técnica (techné), también una actividad inspirada, una búsqueda de la belleza; la belleza es más que una sensación agradable.

            El pintor debe conocer la técnica de la proporción, del claroscuro, de la perspectiva. El poeta conocerá la técnica de la versificación y la métrica, el juego de las palabras y las figuras de estilo. Pero no basta saber manejar las rimas: además, hay que estar inspirado; sin inspiración la métrica es algo mecánico, sin alma, y las rimas sólo son ripios. 



            Pero la poética, o arte de escribir, no es lo mismo que la estética, que es la reflexión filosófica sobre la poética (y de modo general, sobre el arte). El arte se ocupa de construir belleza y la estética se interesa por saber en qué consiste la belleza; y para qué buscamos los objetos bellos. Así, no es lo mismo el artista que el filósofo. El filósofo reflexiona sobre la actividad del artista, de modo que todo filósofo preocupado por la estética debe preocuparse por los entresijos del arte, pero no todo artista debe hacer filosofía.

            Examinemos un ejemplo para darnos cuenta. Podemos preguntarnos: ¿tiene la estética un componente moral? Aristóteles afirmaba que sí (de ahí la utilidad de la catarsis), pero no nos aclaraba por qué; por lo menos, no nos lo aclaraba suficientemente; su poética es más una poética que una estética, una técnica teatral mucho más que una reflexión sobre el teatro. Admitamos que tenemos el deber de educarnos: ¿debe formar parte la estética de nuestra educación? El filósofo, para reflexionar, procedería, por ejemplo, de la siguiente manera:

 

Estética

 

El ser humano siente una atracción natural por la belleza.

 

Si alguien no disfruta con lo bello no es humano.

A veces el deseo de buscar la belleza está dormido.

Se despierta con la educación.

La educación de la belleza es ver cómo disfrutan de la belleza los demás y eliminar las trabas que nos impiden a  nosotros sentir lo mismo.

 

La educación en la belleza nos ayuda a humanizarnos.

Los objetos bellos pueden ser naturales o artificiales.

A los objetos artificiales que producen belleza los llamamos arte.

 

La belleza artificial es artística.

Al estudio de la atracción que produce la belleza en nosotros lo llamamos estética.

 

La estética se ocupa del arte y de la belleza natural.

La belleza produce admiración en nosotros.

Admiramos aquello que queremos imitar: la bondad, el valor o la belleza.

La imitación de la bondad y del coraje son formas éticas de admiración.

El deseo de buscar la belleza es admiración estética.

La belleza atrae o no atrae.

Si no nos atrae, no conocemos la admiración estética; no la sentimos.

Pero entonces nos faltaría una parte de nuestra humanidad.

Y sin embargo somos seres humanos.

 

Pues entonces nuestro sentimiento de placer estético está dormido.

Y tenemos la obligación de ser lo que somos, o sea de desarrollar nuestras capacidades, nuestra humanidad, y entre ellas, la de disfrutar con la belleza.

 

Por lo tanto tenemos el deber y el derecho de recibir una educación estética. De cultivar el buen gusto.

 


Praxis.

 

            Vayamos ahora a la ética. La ética es el arte de ser mejores. Uno puede ser mejor desarrollando una actividad o siendo buena persona: lo primero conduce a ser buenos en algo (un buen atleta, un buen escritor, un buen alfarero); y lo segundo, a ser buenos a secas (es decir, buenas personas). La ética se interesa por conocer el bien y el mal esenciales, independientemente de su utilidad.

            Ahora bien, si por ser buenos entendemos hacer lo que la sociedad nos pide que hagamos, entonces el bien y el mal no los captaremos de manera autónoma, sino que nos serán impuestos; ser bueno es para la sociedad lo mismo que ser obedientes. Los antiguos incas tenían tres mandamientos básicos: no seas ladrón, no seas ocioso, no seas mentiroso; y estaban encaminados al beneficio del Estado, no a la construcción de la personalidad. El Estado necesitaba del trabajo de sus súbditos: por eso se castigaba la pereza. También necesitaba cobrar impuestos, y el súbdito que no los pagaba era como si se los robara al Estado, de ahí el rechazo al ladrón. Tampoco se admitía que nadie defraudara declarando menos recursos de los que realmente tenía, de ahí la prohibición de mentir. Pero si reflexionáramos sobre estos tres mandamientos desde el punto de vista de la construcción de la persona, ¿podrían valer? ¿Podrían servir como imperativos éticos independientemente de la vocación política con que los utilizaba el imperio? Podría ser. Entreguémonos, a título de ejemplo, a un ejercicio de fundamentación ética de los tres mandamientos incaicos.

 

Moral incaica

 

No hay que robar, mentir ni ser vagos.

 

La pereza nos quita el ánimo.

El ánimo son las ganas de vivir.

Lo contrario de la vida es la muerte.

Y quien muere no puede luchar contra el robo, la mentira y la pereza.

Por lo tanto no hay que ser vagos. No es buena la pereza.

 

Mentir es decir cosas contrarias a la verdad.

La verdad nos lleva por caminos que conducen a la meta.

La meta de la vida es la lucha.

La mentira nos extravía en el camino de la lucha.

Luchar es enfrentarse a los obstáculos para vencerlos.

El robo, la mentira y la pereza son tres obstáculos.

Si nos perdemos por el camino no conseguiremos vencerlos.

Y la mentira nos extravía: nos amenaza con no llevarnos a la meta.

No hay que mentir.

 

Robar es quitarle a alguien lo que es suyo.

Lo que es propiedad nuestra nos sirve para vivir.

Si se lo robamos amenazamos sus posibilidades de vivir.

Y la vida es necesaria para luchar.

Pero para luchar es necesario estar vivo.

Luego vivir es lo mismo que luchar.

Y por lo tanto está prohibido robar.

 


Moral cristiana.

 

            Hagamos una reflexión parecida sobre el cristianismo. Los diez mandamientos de Moisés regulan la convivencia en la sociedad patriarcal de la época: ¿tienen también valor ético? Es decir ¿sirven para construir la personalidad de manera libre y autónoma? Si exceptuamos los cuatro primeros mandamientos, que predican el amor a dios y el respeto a los padres, los diez mandamientos de la ley de dios se reducirían a cuatro que regulan nuestra convivencia: no mentir, no robar, no matar y no cometer adulterio; examinemos, a partir de ellos, lo que podría ser un razonamiento ético:  

 

No hay que mentir, robar, matar ni cometer adulterio.

 

Lo contrario de la mentira es la verdad.

La mentira es mala.

La verdad es buena.

 

Robar es privar a alguien de lo que es suyo.

Es suyo lo que ha ganado voluntariamente con su esfuerzo.

No es propiedad suya lo que, sin esfuerzo, se ha ganado.

            (Por ejemplo, en el juego. Con engaños. O con otro robo).

 

La enfermedad no es propiedad del enfermo.

Por lo tanto el médico no roba al enfermo cuando le quita su enfermedad.

 

La enfermedad es lo contrario de la salud.

La falta de salud continuada nos puede matar.

Y matar es malo porque está prohibido.

Luego la vida es buena.

Y todo lo que es bueno se tiene que respetar.

Por lo tanto hay que respetar la vida de todos.

 

Y la mía también.

Ahora bien, este asesino me está amenazando con un arma.

Y yo no puedo defenderme sin matarlo.

Pero mi vida vale lo mismo que la suya.

Si tengo que elegir entre una y otra, tengo derecho a elegir la mía.

Por consiguiente tengo derecho a salvarme, si la única forma de hacerlo es matar a quien me va a matar a mí.

 

Vivir es alimentar los placeres que se encaminan al placer de vivir.

No debo alimentar los placeres que me matan.

 

Hay drogas que matan, bien lentamente, bien de manera instantánea.

No debo tomar esas drogas.

 

Esas drogas me crean adicciones.

El drogadicto está preso del deseo de tomar drogas y no puede decidir con libertad para rechazarlas.

La enfermedad de la adicción lo arrastra fatalmente al consumo de la droga que lo mata.

La única manera de que no la tome es que no tenga la posibilidad de tomarla.

Para eso tengo que decirle que no tenemos droga, aunque sea mentira.

Por lo tanto es bueno  mentir cuando la mentira es necesaria para la vida (siempre que para hacerlo no pongamos en peligro la vida de nadie más).

 


El adulterio.

 

            La prohibición sexual, en la Biblia, se centra en la prohibición del adulterio: no tomar a la mujer de otro. También se habla de actos impuros, pero ¿qué debemos entender por impureza? La limpieza corporal, por supuesto, pero también la limpieza del espíritu. El espíritu limpio es el que respeta los otros mandamientos: no miente para conquistar a la mujer, no la mata ni le roba su dignidad, es decir no al reduce a un mero objeto o juguete del deseo; y por supuesto, no le roba a nadie la mujer a la que desea, ni tampoco le roba a ella al hombre al que ella quiere. Veamos un ejemplo de razonamiento ético que podría girar en torno al adulterio:

 

No hay que cometer adulterio.

Adulterio es tener vida sexual fuera del matrimonio.

El matrimonio regula la decisión que tienen algunas parejas de ser felices viviendo juntos en el respeto.

Si un hombre pega a su mujer no la respeta.

Si no la respeta no cumple con todos los requisitos del matrimonio.

Entonces su matrimonio, aunque sea legal, no es legítimo.

La justicia prevalece por encima de la ley.

Por lo tanto, si la mujer quiere a otro, no comete adulterio.

 

El matrimonio dura hasta que falta el respeto, la convivencia o la felicidad.

La convivencia es el deseo de vivir juntos.

Si un matrimonio vive separado por causas ajenas a su voluntad, sigue conviviendo.

 

Un deseo debe ser libre.

La libertad es la ausencia de ataduras a la hora de decidir.

Los deseos ciegos y los que producen otras ataduras no son libres.

Por lo tanto no son deseos verdaderos.

 

La convivencia es un deseo verdadero, y por lo tanto libre.

El matrimonio es el deseo libre de vivir juntos.

 

A veces no hay convivencia (o porque falta el deseo de vivir juntos o porque falta la libertad de hacerlo).

Vivir juntos sin convivir no es matrimonio.

Las parejas que cohabitan sin libertad no están casadas.

Tener vida carnal con otras personas no es adulterio.

 

Conclusión general sobre la filosofía.

 

            Recordemos que la filosofía no es vida, sino reflexión sobre la vida; y la propia reflexión humana es también una parte de la vida. Esa reflexión puede fijarse en el ser y entonces es contemplación y teoría. O puede centrarse en el hacer y entonces es técnica, estética y ética. El instrumento fundamental de la filosofía es la razón, pero no hay que olvidar que la razón empieza a desplegarse desde la vida; una razón descarnada es una forma de hacer filosofía y así lo entendieron Platón, Descartes y Kant (la razón pura); pero la filosofía no puede renegar de la razón para someterse a la vida so pena de hundirse en la barbarie y la falta de humanidad; las grandes filosofías que, como en Nietzsche, han renegado de la razón, son, en el fondo, grandes construcciones racionales que piensan, por supuesto, con la razón, pero no desde ella; sino desde la vida.

 


 

viernes, 7 de enero de 2022

DE LA REPÚBLICA

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL

14. De la república.

 


            Los nombres son espejos cuando decimos “¡ay!” para retratar el dolor, “aires amorosos” para retratar el silbido y “¡oh!” para retratar la sorpresa; un calzonazos es un hombre sin voluntad, un angelito es un niño inocente, el cagaprisas no tiene paciencia y el Cid Campeador es un señor victorioso. A veces los nombres comunes se convierten en propios: Alfonso X el Sabio, Ramiro II el Monje o Alfonso el Batallador.

            Otras veces los nombres son máscaras si los usamos para esconder las cosas, no para mostrarlas. Los liberales llaman “comunistas” a quienes no son liberales (no a quienes son comunistas), y antes los comunistas llamaron “fascistas” a quienes no eran comunistas (aunque fueran demócratas); Guzmán el Bueno quizá no era bueno y llamamos Augusto a quien ha sido un sanguinario.

También decimos “república” cuando queremos decir “democracia”. Si “república” es la “res publica” (la “cosa pública”), entonces serían cosas públicas (y por lo tanto repúblicas) los parlamentos, las plazas, los mercados, los teatros, los bares, los cómicos y hasta las prostitutas; pero no es lo mismo un hombre público que una mujer pública. Es soberano quien manda en todos sin que nadie mande en él, y hemos acabado llamando república no a la cosa pública, sino al gobierno del pueblo (aquel donde el pueblo es soberano). Ahora bien, en la España de 1978 el soberano no es el rey, sino el pueblo; por lo tanto la monarquía española es una república precisamente porque es una democracia. Y defiende la soberanía pública de lo que sirve a los intereses de todos: la enseñanza pública y la sanidad pública, que garantizan la igualdad de las personas libres y solidarias.