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viernes, 7 de febrero de 2020

LA VOLUNTAD

  

LA VOLUNTAD


Cordura.

            Siempre que hacemos algo es por algún motivo. Algunas veces nos mueve el capricho (vemos una pastelería y compramos compulsivamente un dulce, movidos por la tentación); otras lo hacemos porque nos mandan, cumplimos órdenes (el soldado tiene la obligación de hacer lo que le dice el superior); otras, porque estamos acostumbrados a hacer siempre las mismas cosas (atendiendo a los dictados de la moda, las formas de hablar y comportarse de la gente de nuestro pueblo, nuestras propias rutinas adquiridas, etc.); habrá veces que actuemos de manera automática, movidos por nuestro temperamento (unos son impulsivos, otros tímidos, otros pesimistas); otros se dejarán llevar por reflejos aprendidos (cerrar la puerta después de entrar, apagar la luz al salir), por reflejos innatos (taparse la cara cuando nos tiran una piedra); otros, por el contrario, actuarán movidos por fantasías, desvaríos, quimeras (don Quijote dando estocadas a los pellejos de vino porque confundía los pellejos con enemigos y el vino con la sangre); y habrá también quien, desprovisto de toda motivación, se deje llevar por la abulia y no quiera nada; o porque le dé pereza arrancar a andar.
            Nos conviene siempre pensar lo que vamos a hacer para estar seguros de que lo interesante es beneficioso. Me pueden tentar los dulces pero tal vez sea diabético. Mis amigos beben más de la cuenta pero a mi salud no le conviene beber. Me gusta mucho el picante pero acaso mi estómago sufre. El jefe me manda abusar de otro pero eso repugna a mi conciencia. Hay cosas que no me conviene hacer, bien porque me harán daño (como abusar de los dulces), o bien porque chocan con mis instintos morales (como abusar del débil). Llamamos prudencia al arte de elegir siempre lo más conveniente y justicia al arte de elegir lo  que me manda mi conciencia; en ambos casos buscamos felicidad, pues no pueden ser feliz ni el imprudente ni el injusto. Admitamos que la unión de la prudencia, la felicidad y la justicia se llama cordura; que tiene mucho que ver con la cordialidad (“cordis” en latín significa “corazón”).

Eficacia.

            Una vez que hemos visto claro lo que queremos hacer conviene mirar bien cuáles son los mejores medios para conseguirlo. Si me empeño en hacer triplete tal vez lo pierda todo por querer ganarlo todo, quizá mis fuerzas no sean suficientes: ¿hacer triplete o ganar la liga? Acaso me convenga centrarme en la liga y olvidarme del resto, porque “quien mucho abarca poco aprieta”. Acaso sea preferible perder esta batalla si con ello conservo mis fuerzas intactas para ganar la guerra. Tal vez si me empeño en aprobarlo todo suspenda algo porque el nivel de exigencia sea demasiado alto, ¿quién sabe? O tal vez si lo hubiera intentado todo lo habría ganado todo (liga, copa y champions), y valía la pena arriesgar. Yo sé lo que puedo, pero puede que no sea consciente del nivel de lo que me exigen. O sí. Debo elegir lo que me gusta con toda libertad, y dentro de lo que me gusta, debo elegir lo que me conviene, y dentro de lo que me conviene, lo que me hace feliz, que siempre es inseparable de lo que hace felices a los demás; para eso a veces es necesario tener imaginación, pero sin abandonar el realismo; quizá a eso lo podamos llamar utopía; verdadera utopía: un terreno sólido para tomar impulso y una ligereza propia de quien aspira a volar. La utopía tiene que ver poco con la quimera; se trata de imaginar cosas que no existen, pero plantearlas para que puedan echar raíces (y raíces sanas) en la existencia; cosas que no existen pero que podrán existir.
            Buscar los medios más adecuados para conseguir lo que queremos bien puede también llamarse prudencia, pero no es aquí la prudencia de la ética (que tiene mucho que ver con la cordura) sino de la técnica, y es más bien cuestión de estrategia (que apunta a lo que llamamos eficacia). Plantearse metas sin medios o no sopesar los medios es inconsciencia, mientras que plantearse metas sin cordialidad y sin cordura es fanatismo. Contra el fanático no hay nada mejor que la duda, el escepticismo (nunca exagerado, siempre razonable); hay que cuestionar siempre lo que tenemos entre manos hasta borrar cualquier sombra de daño, tanto si nos lo podemos hacer a nosotros como a los demás.


Decisión.

            Ya tenemos claro lo que queremos hacer. Ahora tenemos que pensar en decidirlo. ¿Cuándo hemos terminado de pensar las cosas? ¿Cuándo podemos pasar a la acción? Hay quien lo piensa todo demasiado y no se decide nunca: son personas que disfrazan de prudencia su cobardía; parecen personas sensatas que van al fondo de las cuestiones, porque no paran de darles vueltas a las cosas, pero son en realidad personas indecisas, no se atreven nunca a tomar una decisión; analizar las cosas es como mirar un mapa cuando nos vamos de viaje; decidirse a realizar lo planteado es como encender el motor; mucha gente se pasa la vida viendo mapas e imaginando los viajes que se podrían hacer; pero no todos se atreven a hacer un viaje de verdad.
            Se trata de ser atrevido, tener valor, osadía, fuerza de voluntad. Decidirse es tensar la energía como se tensa el arco, y dispararla como se dispara la flecha después de haber apuntado. Llegar a una conclusión es, más que decidirse, dejarse llevar por la lógica de los hechos, pero decidirse es tomar el camino en el que el análisis ha concluido, para explorarlo y comprobar si es verdad lo que hemos analizado. La duda, que era una virtud mientras estábamos deliberando, ahora se convierte en un lastre; nada es tan pernicioso como vacilar continuamente cuando hemos decidido avanzar por un camino; si debíamos tomar ese camino u otro es algo que hemos sopesado mucho cuando estábamos pensando, pero ahora se trata de explorarlo y ya no hay que dudar sino decidirse; a menos que aparezcan peligros inesperados que hagan necesario reflexionar otra vez. Si hemos llegado a la conclusión de que para estudiar hemos de ajustarnos a un horario y si no hay nada que impida llevarlo a cabo, no sirve de nada contemplar el horario un día tras otro retrasándolo siempre: hay que decidirse a cumplirlo de una vez; hay que empezar a caminar.

            La deliberación requiere prudencia, la decisión requiere valor (que es justamente lo contrario): hay que ser paciente y esperar cuando se piensa, frenando nuestros ímpetus; pero cuando tenemos las cosas claras no hay que esperar más; si confiamos en nuestras razones hay motivos para tener esperanza, y esperar que se cumpla lo que creemos que va a pasar. Ser paciente es lo contrario de ser decidido, pero decidimos ser pacientes y eso es valentía, y después decidimos andar y eso es valentía también: paciencia en el primer caso y atrevimiento en el segundo; atreverse es desafiar a la suerte, enfrentarse a las dificultades, tener el valor y el deseo de vencer. Hay quien necesita obligarse a sí mismo para no sucumbir a la tentación de desfallecer: Cortés quemó las naves y aquel perezoso pagó en la universidad una matrícula muy cara para verse obligado a estudiar, so pena de perder el dinero que había invertido; es bueno nadar y guardar la ropa, pero cuando eso amenaza con derrumbar nuestra valentía es necesario lanzarse al agua sin cubrirse las espaldas: o de lo contrario no nos lanzaremos jamás; si hemos comprobado que el trampolín es seguro no tiene sentido seguir pensándolo veinte veces antes de dejarse caer; cuando la duda es motivada por la prudencia es necesario dudar, pero cuando es espoleada por el miedo, no.


Tenacidad.

            Ya hemos tomado nuestra decisión: ahora es necesario llevarla a cabo. Hay alumnos que deciden estudiar, pero cuando llega el momento de hacerlo siempre lo posponen para otro día: ahora la virtud que necesitamos es la constancia; y, si se presentan dificultades, tenacidad: justo lo contrario de la pereza. Si la falta de ganas de querer hacer cosas era abulia, la falta de ganas de hacer las cosas que queremos es pereza; por lo tanto la pereza no es aquí un ocio creativo, sino un lastre que impide la creación; y ya se sabe que los globos, para poder volar, necesitan arrojar lastre; liberarse de las trabas que los hacen pesados y tiran de ellos hacia abajo, quitándoles ligereza.
La pereza es como un peso que nos impide movernos, que nos quita la energía. El perezoso no es culpable de ser perezoso, sino víctima de su pereza; necesita hacer acopio de grandes dosis de energía para hacer tareas que otros hacen casi sin esfuerzo; puede, es verdad, salir de su inercia, paro le cuesta mucho hacerlo solo; necesita sentir la presión de los plazos que se cumplen (por eso lo hace todo a última hora), del jefe que le obliga (por eso sólo trabaja cuando se ve forzado), de la paga que no cobra (por eso no sabe trabajar si no hay un incentivo, si no lo empujan las amenazas, o los premios, o los castigos). Se acusa al perezoso por vago y no tiene la culpa de serlo; pero la tiene de no hacer nada para combatir su pereza. El vago, con el tiempo, es desgraciado, porque ve que todos van cumpliendo sus objetivos y él se va quedando en la cuneta.
De modo que la pereza es a la vez un castigo y un pecado; un castigo por una culpa que no tenemos, y un pecado que merece castigo cuando no hacemos nada por remediarlo; no somos responsables de estar en el agujero, pero sí lo somos de no salir de él. Eso, por supuesto, si nos referimos a la pereza congénita: la de quienes están en el agujero desde que nacieron. Luego está la pereza adquirida, de aquellos que han adquirido malos hábitos durante toda su vida y se han acostumbrado a la pereza: ellos han caído en el hoyo por preferir siempre lo fácil, cuando lo fácil te quita las fuerzas que tienes y te convierte en un ser desprotegido; el estudio te carga de herramientas que te van a servir porque cada herramienta aumenta tu energía, y el concurso de todas las herramientas coordinadas multiplica la fuerza de cada una, elevándola siempre a su máxima potencia.
El lastre es un peso que te quita la energía. La cultura es un peso que fabrica más energía de la que tienes, y consigue que, siendo cada vez más fuerte, cada vez consigas más ligereza. Hay que arrojar el lastre por la borda. Hay que llenar nuestros almacenes de máquinas culturales que refuercen y dinamicen nuestras capacidades psicológicas. Hay personas muy decididas, pero poco constantes; se emocionan fácilmente, pero se desinflan en seguida; tal estudiante pagó una matrícula cara para obligarse a estudiar, pero la pereza vació su combustible y cada vez flojeaba más, hasta que acabó tirando el dinero que había pagado. Muchas veces hay que cargarse de amigos que tiran de nosotros para salir de la pereza.


A modo de conclusión.

En fin, las cosas que hacemos no debemos hacerlas porque tengamos ganas sino porque pensemos en las ganas que tenemos; midiendo con sensatez los pasos que vamos a dar, y reajustándolos mientras los vamos dando; decidiéndonos con valor, y siendo constantes en el trabajo. Prudencia, crítica, decisión y tenacidad, tales son nuestras virtudes. Preferencia, deliberación, decisión y ejecución, tales son las fases del acto voluntario. Así lo entendía Aristóteles. Si tenemos la cordura de conjugarlas adecuadamente haremos las cosas bien, y pocas veces llegaremos a equivocarnos. La prudencia de la ética: cordura. La prudencia en la técnica: eficacia. La pasión en el valor: decisión. Y la constancia en el trabajo: tenacidad. Con estas virtudes nos enfrentaremos a la abulia, la inconsciencia, la cobardía y la pereza. El éxito nos esperará a la vuelta de la esquina aunque nos equivoquemos a veces. El mérito será nuestro y será obra nuestra cada una de las cosas que hagamos: no del azar; aunque el azar tenga, inevitablemente, una parte del protagonismo que se enfrenta al protagonismo que tenemos; y a veces es el antagonismo fiero al que tenemos que derrotar.







viernes, 1 de marzo de 2019





¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA “QUERER”?


             Querer, lo que se dice querer, significa muchas cosas. Algunos autores lo han llamado voluntad, y decían voluntad cuando querían decir instinto; Nietzsche, por ejemplo; Schopenhauer; la voluntad para ellos era el instinto irresistible que nos impulsa hacia la vida; Nietzsche, sin embargo, no se refiere a la lucha por la vida, que no pasa de ser algo biológico y, desde luego, miope; se refiere más bien a la lucha para la vida, eso que nos proyecta más allá de la naturaleza y nos hace seres supernaturales, que no es lo mismo que sobrenaturales; porque no se trata de rechazar este mundo para buscar otro más allá de éste, que eso es renuncia a vivir disfrazándola de deseo de vivir en otra vida; sobre todo otra vida que no depende de nosotros, sino de dios, que nos lo hemos inventado y luego nos hemos entregado a nuestro invento como si fuera él el que nos hubiera inventado a nosotros; se trata de ir más allá de la naturaleza pero sin salir de ella; porque el ser humano es un puente tendido entre el animal y la humanidad, y más precisamente entre la naturaleza humana y la supernaturaleza humana (Nietzsche dice “entre el hombre y el superhombre”). No se trata aquí de venir al mundo para obedecer a quien nos ha creado, sino para obedecernos a nosotros mismos, que somos libertad; entre el ser biológico que obedece ciegamente al instinto y el ser espiritual que obedece a su instinto libre, nuestra programación genética sólo es el trampolín desde el que nuestra libertad se proyecta al espíritu, a la creación, a la inspiración, al arte: que es un más allá del más acá; un más allá de la vida, no de la muerte disfrazada otra vida; otra vida sin valor a la que saltamos después de morir; pues la única vida es ésta en la que estamos, la única que tiene valor, la única que vale la pena.
            La voluntad es para Schopenahuer el instinto, que viene a ser esa fuerza irrefrenable de vivir. Y para Nietzsche es, mucho más que voluntad de vivir, voluntad de poder (y pasa previamente por la voluntad de querer); es decir que no se trata sólo de querer vivir, ni de desear cosas, sino de desear los medios para que esas cosas se realicen (que eso significa precisamente querer el poder); hay mucha gente que se pasa la vida diciendo “me gustaría hacer tal cosa” y no hace nada para realizar su deseo; lo que hay que hacer es creer en nosotros y crear el impulso para lograr lo que queremos; hay que transformar el “me gustaría” en “quiero”; dejar de soñar si por sueño entendemos evasión y renuncia, y vivir los sueños como si fueran creaciones: es decir esfuerzos titánicos para transformar los sueños en realidades. No es que el ensueño y el embeleso estén prohibidos, sino que se prohíben sólo los sueños del impotente: los que te paralizan y te desvían de tu meta reduciendo la creación a un  soñar que renuncia y se resigna, volando para no llegar.


            Cuvier y Bichat definieron la vida como el conjunto de fuerzas que resisten a la muerte: aparte de ser un círculo vicioso (pues igualmente podríamos definir la muerte como el conjunto de fuerzas que resisten a la vida), la vida no tiene mucho sentido si se limita solamente a no morir; empeñarse en no morir sin saber para qué no es más que un instinto vacío, y no hay nada más desesperante, insoportable y tedioso que vivir para nada; sólo sabemos que no nos queremos morir, la muerte nos asusta, pero no sabemos para qué queremos vivir: la vida como espera; espera de algo que no sabemos si llegará. Penélope se pasó la vida esperando a Ulises y todos sabemos que Ulises llegó, pero ¿y si no hubiera llegado? ¿Qué sentido habría tenido la vida? A veces nos pasamos la vida esperando a dios, pero ¿y si dios no existe? ¿Por qué, o para qué, esperamos a Godot? Si dios existe seguro que no nos ha creado para que lo esperemos; nos había creado para que nos superásemos, y en ese camino nos estaría esperando él: ayúdate y dios te ayudará. Dios sería malvado si ha creado un ser dinámico para paralizarlo después; si nos hace libres y luego nos corta las alas, atándonos a él, y luego nos echa la culpa del mal acusándonos de habernos apartado de él, como si nosotros lo hubiéramos creado cuando fue él quien nos trajo al mundo manchados con el pecado original; haciéndonos cargar, como si tuviéramos la culpa, con el pecado de Adán. También los americanos frustrados les echan a los españoles de ahora la culpa de lo que hace cientos de años hizo Colón.
            Así, querer no es solamente instinto ciego de vida; es, sobre todo, voluntad de vivir. Querer como voluntad. Pero la voluntad no es solamente un impulso creativo, un instinto de superarse, como decía Nietzsche; es también (y en eso nos encontramos con Aristóteles) capacidad de decidir después de haber pensado. Las decisiones no pensadas pueden ser rutinas, o sentimientos ciegos, o caprichos: difícilmente podemos decir que son actos voluntarios. Cuando decidimos por rutina nos dejamos llevar por las modas, o por las costumbres que hemos adoptado cada uno de nosotros; cuando decidimos por capricho hacemos las cosas sin pensarlas, movidos por deseos que nos tiranizan, y un capricho no es nunca un acto de voluntad; cuando decidimos cegados por el sentimiento, las pasiones ahogan el corazón de tal manera que ya no lo dejan pensar. El amor puede ser un sentimiento más grande que el capricho, pero no siempre le da sentido a la libertad. La libertad sin amor no es más que soledad, pero el amor sin libertad no es vida, sino prisión; puede sr una jaula dorada, como la isla de Circe, o una desesperación que nos hunde en las cárceles del alma, en los calabozos del sentimiento, pero una pasión tirana no es vida aunque la vida, para serlo, tenga que ser apasionada; la vida es pasión que resiste al sentimiento cuando su tiranía entra en conflicto con la libertad.


            Miguel de Unamuno insiste en que la voluntad no tiene nada que ver con la gana; parece que esta distinción la ha tomado de San Agustín. A veces confundimos el querer con el tener ganas. “Yo hago esto porque me da la gana”, decimos, y apostillamos por si a alguien le quedan dudas: “porque me da la real gana”. Al hacerlo somos reyes. ¿Reyes de qué? De nosotros mismos. ¿De verdad? ¿Haciendo lo que no queremos, cuando es nuestro capricho el que quiere en lugar de nosotros? La tiranía del capricho la tenemos entre las piernas. “Yo lo hago porque me sale de los cojones!” Es como lo dijo una vez un ministro de agricultura: “esto sale adelante por huevos”. Como si hubiera habido dentro de nosotros un golpe de Estado; como si los huevos se hubieran puesto en lugar de la cabeza y le hubieran quitado al pensamiento la capacidad de mandar; una tiranía es un lugar donde no manda la cabeza, sino los huevos; y eso, suplantar un órganos las funciones de otro, es lo que Platón llamaba injusticia; como cuando el ejército quita del poder a los políticos. San Agustín no lo llamaba voluntad sino noluntad: que quiere decir “no querer”; el que hace las cosas por huevos es el que no quiere hacerlas, y lo arrastra  un impulso irresistible a hacer lo que en realidad no quiere, y ese querer lo que no queremos es paradoja, es pura contradicción.
            De modo que la voluntad de los genitales sólo es capricho, no voluntad; es la gana, no el querer; no es abstenerse de azúcar porque queremos superar la diabetes, sino inflarnos de dulce porque tenemos ganas de comer, apetito, somos esclavos del capricho; queremos vivir pero nos falta fuerza para resistir las tentaciones, nuestra voluntad dice una cosa pero nuestro deseo va al contrario de la voluntad: querer significa desear en nuestro lenguaje cotidiano, pero también desear con la razón oponiéndonos al deseo del cuerpo: decimos “quiero chocolate” pero también decimos “quiero trabajar”, aunque no sintamos ganas o no nos sintamos atraídos por el trabajo. Al deseo de la razón lo llamamos prudencia. Al deseo de las tripas lo llamamos capricho. ¿Cómo llamamos al deseo del corazón?
            Amor. Pero también valor. Amar es querer a una persona, y querer a una persona es querer lo mejor para ella; por amor a mi hijo soy capaz de sacrificar lo que más quiero, que es mi propia vida: he aquí cómo el amor verdadero se confunde con el valor, con el heroísmo; ser valiente es lo mismo que amar. No existe la cobardía como vicio moralmente reprobable, lo que existe es una falta de amor. El cobarde es quien no ama, y suele ser cruel y violento porque no tiene brújula para el deseo.
            El amor, sin embargo, a veces nos nubla la razón: es el amor arrebatado, el eros platónico, el rapto, el éxtasis, el frenesí del alma; cuando el éxtasis viene del cuerpo, si no hay cariño, se confunde con el capricho. Luego está ese amor tranquilo del que nos hablaba Aristóteles: esa philía, que es esa forma de amor que llamamos amistad. El erotismo del cuerpo debe ser un arrebato del alma, aunque a veces se unen una amistad en el espíritu con un erotismo corporal. Pero hay una tercera forma de amor que quiere encarnar el amor cristiano: charitas, amor al próximo, entrega de sí mismo para ayudar al otro, solidaridad; la palabra “caridad” se ha devaluado convirtiéndose en espectáculo, pero una caridad entendida de manera no farisea es la verdadera generosidad.
            Quiero a mi esposa, a mi hijo, a mis padres, los quiero con la pasión del alma y, en el caso de mi esposa, con el frenesí del cuerpo también. Quiero a mis amigos, aunque a veces hay amistades tan grandes que el amor tranquilo puede volverse pasión. Quiero a la humanidad, el dolor de mi prójimo me duele, sufro cuando el otro no puede ser feliz. Quiero tener un orgasmo y comer chocolate, quiero de manera caprichosa, quiero esos deseos que no pasan por el corazón. Quiero ser prudente y no perderme, quiero hacer cosas sensatas, que la cordura enlaza la inteligencia con el corazón. Pero también quiero superarme, quiero levantar mi naturaleza casi por encima de mis posibilidades, pero sin salir fuera de ella: sin que esa felicidad exija de mí el deseo de morir, por lo menos de morirme antes de tiempo. Quiero vivir como los animales de Cuvier, con esa voluntad ciega que me impulsa a la creación como quería Schopenhauer. Schopenhauer, Cuvier, Platón, Aristóteles, Jesucristo, Aristipo, San Agustín, Nietzsche, todas esas formas reviste el significado del verbo querer. Seguramente todas ellas son necesarias para la vida, aunque parezca que algunas son incompatibles; porque si lo son, será bueno que se sucedan unas a otras a lo largo del tiempo y convivan, siempre que sea posible, algunas de ellas en el mismo momento. Lo que no es de recibo es que haya un golpe de Estado y se suplanten unas a otras: los huevos, en todo caso, no se pueden poner en el sitio donde tenemos el corazón.




sábado, 5 de noviembre de 2016

Los dilemas morales





LOS DILEMAS MORALES

 

1. El razonamiento moral.
            Hacen falta unas virtudes básicas en la toma de decisiones; para ello es preciso que las tentaciones y los instintos dejen hablar a la razón en aras de los instintos superiores. El razonamiento moral consta de tres pasos: estudio de la realidad, búsqueda de ideales (a la que Aristóteles llamaba “representación de los fines”) y deliberación. Luego, para llevar a cabo lo que hemos elegido, nos decidimos por fin y nos sometemos a nuestra propia disciplina. Vamos a exponer estos cinco pasos uno por uno.
1.1. Análisis de la situación. Lo primero que hay que hacer, antes de tomar cualquier decisión en la vida, es saber lo que pasa; asegurarnos bien de que conocemos el terreno, conocer las cosas: ése es el paso previo a cualquier transformación que queramos hacer; no podemos castigar a un chico por estar fuera de su clase si su profesor lo ha mandado a hacer un recado.
            El estudio de la realidad nos ayuda a plantear los problemas y resolverlos. Para hacerlo hay que comprender y comprobar lo que pasa. Comprender es observar y explicar; observamos los hechos cuando, al ver un conjunto de cosas, nos centramos uno por uno en los detalles para estudiarlos mejor, como un zoom hacia adelante (a eso lo llamamos análisis); y después volvemos a insertar el detalle en su conjunto para ver  si lo que zoom hacia atrás). Luego, si fuera necesario, volvemos a analizar más detalles, y los volvemos a insertar en su conjunto para entenderlos mejor; el proceso de análisis y síntesis puede durar tantas veces como sea necesario. La observación nos da una descripción de los fenómenos o hechos que estamos estudiando (describir las cosas es decir cómo son).
            La observación nos muestra como son las cosas; después hay que explicarlas, saber cómo son como son, y para eso hay que buscar las causas, las circunstancias y los motivos que han hecho que las cosas sean como son y no de otro modo. La explicación es la búsqueda del porqué de lo que estamos observando.
            Así pues, comprender es observar y penetrar, describir y explicar. Después de que hemos entendido las cosas hay que ver si nuestra interpretación es la correcta: hay que comprobar si lo que hemos pensado ha sucedido realmente; hay que ver si nuestras ideas encajan con los hechos; no basta con que tengamos una explicación, necesitamos también una prueba; necesitamos saber si nuestras explicaciones (nuestras hipótesis) encajan verdaderamente en la realidad, y que no son figuraciones y fantasías. 

 

1.2. Búsqueda de ideales. Una vez que comprendemos lo que ha sucedido, y que estamos ya con los pies en tierra, hay que buscar los ideales que ayudarían a resolver el problema que estamos estudiando: muchos los llaman valores; un ideal, o un valor, es la creencia de que una forma de ser es mejor que otra para llenar de sentido y satisfacción nuestra vida. ¿De dónde vienen esos ideales? ¿Del mundo? ¿De nosotros? ¿Quién manda en nosotros? ¿Quién tiene autoridad para decirnos lo que debemos hacer?
            Puede ser el mundo que nos rodea; el mundo que nos provoca tentándonos con una multitud de estímulos que excitan nuestros deseos: nosotros los llamamos tentaciones.
            Pueden ser nuestros caprichos: esos impulsos que nos vienen de las tripas (podemos llamarlos instintos). Nuestro instinto cede a las tentaciones de una manera irracional, acrítica; como cuando los marinos de Ulises se dejaban llevar por el atractivo de Circe sin saber que los convertiría en cerdos. También dispara impulsos que vienen de dentro de nosotros y que son independientes del medio en que vivimos; impulsos que, por estar desligados de la razón, son ciegos; como el impulso de correr sin mirar si lo que tenemos delante es un precipicio o un camino. Un capricho puede ser, o bien un impulso despertado por una tentación, o un impulso que se despierta solo sin necesidad de ser tentado.
            También puede ser que quien nos diga lo que hacer sea nuestra razón: hay razón en la lógica, motivos que surgen, no ya de los impulsos, sino de la conclusión de un razonamiento; nuestra mente nos obliga al razonamiento, no a los impulsos; como cuando decidimos usar botas si comprendemos que va a llover, aunque el cuerpo nos pida ir con un calzado más ligero. Dejarse llevar por la razón es ser capaz de ver las consecuencias de nuestros actos, anticiparnos a ellas, y abstenerse de hacer algo bueno cuando sus consecuencias pueden ser malas (incluso peores que el mal que intentan resolver): esta capacidad de ver más allá del presente y del lugar donde estamos, en el pasado y en el futuro y en otro espacio, con la razón y no con los sentidos, es lo que llamamos prudencia.
            Pero la razón también se expresa mediante la intuición: una intuición intelectual, no sentimental o afectiva; por ejemplo, puedo calcular la distancia del coche que tengo delante y el tiempo de frenada para no chocar con él si ese coche se para; y puedo hacerlo intuitivamente, con bastante aproximación, sin hacer cálculos; también puedo saber que si es de día no es de noche, sin que nadie me tenga que explicar el principio de no contradicción; ese principio se intuye, no podemos demostrarlo.
            También podemos dejarnos llevar por nuestro corazón: es una sensibilidad cordial; aquí somos sensibles a los sentimientos, no a las sensaciones como cuando hablábamos de los caprichos. Lo mismo que los caprichos son impulsos despertados y cegados por las tentaciones (podríamos hablar de pasiones sensoriales y viscerales), así también los impulsos del corazón tienen sus propias tentaciones (las pasiones cordiales, que se despiertan cuando vemos a una persona a la que queremos, odiamos, envidiamos o admiramos); pero también hay impulsos del corazón que no necesitan, para despertarse, ser tentados por la presencia de personas por las que sentimos cosas: por ejemplo sentimos la amistad, no al amigo: ésos son los sentimientos morales; un tipo de pasiones a las que Scheler llamaba valores.

 

            ¿Y qué es, entonces, la conciencia moral? Conciencia es darse cuenta de las cosas, cuando estamos despiertos (no dormidos, ni drogados, ni ebrios, ni inconscientes). Y conciencia moral es darse cuenta del bien y del mal, porque el bien nos obliga y el mal nos prohíbe, sentimos el deber de hacer el bien y la prohibición de hacer cosas malas. Pues bien: la razón moral nos protege contra las consecuencias adversas de nuestros actos (es la prudencia); el sentimiento moral nos obliga a cumplir con nuestro deber, aunque no nos apetezca (hay personas en quienes el impulso moral es más fuerte que el del capricho, aunque lo más frecuente es que suceda lo contrario): ésa es la justicia; un instinto moral emanado del corazón, no como los impulsos viscerales, que arrancan de las tripas. La conciencia moral es darse cuenta de lo que debemos hacer, que es cuando la justicia y la prudencia se hacen conscientes (¿quizá era eso lo que suponía el intelectualismo moral cuando lo vislumbraba Sócrates?). La conciencia moral selecciona, entre lo que más nos apetece (y a veces entre lo que menos) lo que es mejor para nosotros; para nosotros y para todo el mundo. Llamaremos cordura a la síntesis de la prudencia y la justicia; de la razón y el corazón; de las razones para actuar y los sentimientos entrañables que actúan.
            1.3. Deliberación. Hemos seleccionado unos fines para realizar los ideales que nos hemos marcado; ahora se trata de buscar los mejores medios para conseguir esos fines, y a eso es a lo que llamamos deliberación. Primero buscamos todos los medios que se nos ocurren para conseguir un fin: por ejemplo, para aprobar un examen podemos estudiar, hacer chuletas, pedirle a un compañero estudioso que se presenten en nuestro lugar o cualquier otra cosa semejante. Luego los comparamos entre sí, sopesando los pros y los contras de cada opción, como hemos hecho en el apartado 2: o sea, midiendo las consecuencias; por ejemplo, si hago chuletas aprobaré acumulando una ignorancia que, como una bola de nieve, se me echará encima impidiéndome afrontar con éxito exámenes futuros; la chuleta, pues, no es una buena opción. Por último, y después de haber sopesado todos los medios alternativos que hemos descubierto, elegimos los más adecuados.
            1.4. Decisión. Hacemos acopio de energía para atrevernos a hacer lo que hemos elegido; en eso consiste el valor; los griegos también lo llaman fortaleza. Siguiendo con nuestro ejemplo, hay gente que ha elegido estudiar para aprobar un examen; sabe lo que tiene que hacer, pero no acaba de decidirse a hacerlo.
            1.5. Ejecución. Y entonces viene el último paso: hacemos un despliegue de energía para mantener nuestra decisión; es la tenacidad, el espíritu de sacrificio, la constancia. No todo el mundo tiene fuerza para materializar en un horario, bien calculado y con unas rutinas razonables, el resultado de su decisión; es lo que llamamos disciplina. 

 
 
2. El dilema moral.
            Un dilema moral es un caso en que dos ideales entran en conflicto: ¿cuál de ellos debemos elegir? ¿Podemos elegir entre una novia y un amigo, entre el amor y la amistad? Para intentar entenderlo vamos a analizar el caso que exponemos a continuación:
            Pedro es muy amigo de Juan; ambos comparten gustos, diversiones y confidencias; confían plenamente el uno en el otro, se ayudan cuando hace falta, y si algo tienen claro es que el cemento de su amistad es siempre el respeto. Pedro sale con Lucía y ambos se quieren; sin embargo, en algún momento Lucía se acaba enamorando de Juan. Juan, al principio, la ignora por respeto a su amigo, pero poco a poco también se va enamorando de ella. Un día se da cuenta de que se encuentra desgarrado entre el amor de Lucía, a la que adora, y la amistad de Juan, al que quiere como si fuera su hermano. La situación se va volviendo insostenible y Juan no sabe qué hacer. Por más que lo piensa está hecho un lío, y tarde o temprano tendrá que tomar una decisión. ¿Qué debería hacer?
            Procederemos de la siguiente manera: primero analizaremos los hechos; luego buscaremos los valores en conflicto y los ordenaremos en una jerarquía; después tomaremos una decisión y, por último, comprobaremos si es la más adecuada. (La fase de ejecución no tiene lugar aquí, porque se trata de decidirse, no de realizar lo que hemos decidido; se trata de estudiar un dilema moral, no de realizar la acción moral sobre la que hemos decidido en el dilema. Veamos.
            2.1. Analizaremos la situación para mejor resolver el conflicto. Y como para resolver un conflicto primero tenemos que conocerlo bien, analizaremos los tres ejes que tiene el caso que nos ocupa:
a) Pedro y Juan son muy amigos. Comparten gustos, diversiones y confidencias; se ayudan y se respetan.
            b) Pedro y Lucía se quieren y salen juntos.
            c) Juan y Lucía rompen las dos relaciones anteriores: Lucía se enamora de Juan y Juan la ignora por respeto a su amigo Pedro, pero, al correr el tiempo, también acaba enamorándose de ella: entonces se siente desgarrado entre el amor por Lucía (a la que adora) y la amistad por Pedro (al que quiere como a un hermano); entre esos dos amores incompatibles Juan no sabe qué hacer.
            2.2. Valores en conflicto. En la relación entre Pedro y Juan, como hemos visto, sólo hay solidaridad (esto es, ayuda) y respeto; y en la relación entre Juan y Lucía hay amor y amistad; sólo hay estos cuatro valores: todo lo demás son hechos.
            2.3. Jerarquía de valores. Respeto, amor y amistad: por ese orden; no hay respeto sin amor ni amor sin amistad; estos dos últimos requieren solidaridad; puede haber solidaridad sin amor, pero no puede haber amor sin solidaridad. Ésta es, pues, la jerarquía que buscamos.
1. Respeto.
2. Amor.
3. Amistad.
4. Solidaridad.
            Aunque, según se dice, cada cual puede tener su propia jerarquía de valores, está por ver si eso es cierto. Lo importante es que al hacerlo no nos dejemos llevar ni por el mundo (que nos tapa los ojos del instinto moral con sus normas, sus costumbres y sus modas, con el velo del prejuicio inmovilizando nuestro juicio), ni por el capricho (que son esos instintos premorales despertados, a veces, también por las tentaciones del mundo); sino sólo por la cordura, que es armonía ritmada en un concierto a dos voces: la voz del corazón (cuando la escuchamos sentimos que detrás de las sensaciones, ordenando sus impulsos, nos guía el sentimiento); y la voz de la razón (que, cuando mis sentimientos son confusos, por ejemplo si hay conflicto de valores, también me ayuda a decidir, y cuando he decidido me ayuda a mantenerme firme en mi decisión). 

 

            2.4. Tomamos una decisión. En el caso que estamos estudiando yo, personalmente, elegiría el amor de Lucía, pero no a costa de la amistad de Pedro; amar a Lucía significa respetarla en su propia  toma de decisiones (que, si son contrarias a las mías, deben ser discutidas escuchando sus razones y las mías, y, si las mías no son más poderosas, debo sacrificar mi amor por ella en aras del respeto). Mi decisión tampoco debe tomarse a costa de la amistad que tengo hacia Pedro, que implica respeto hacia él, es decir que tengo la obligación de no traicionarlo; pero que lo obliga a él a respetar mi amor por Lucía si ha surgido de la espontaneidad, no de un plan deliberado por arrebatársela.
            Sería necesario, pues, que Lucía y yo nos quisiéramos noblemente (lo que, de hecho, sucede); que ambos habláramos con Pedro para explicarle la situación (la situación es que nos hemos querido muy a pesar nuestro; que no somos culpables de nuestro amor, sino más bien sus víctimas, puesto que ninguno de los dos lo hemos querido; y que le faltaríamos al respeto si se lo ocultáramos aunque fuera renunciando a nuestro amor, separándome de Lucía: pues entonces Lucía seguiría a su lado sin quererle, y eso sí que sería desleal). En fin, habría que velar por que esta situación dramática no suprimiera nuestra solidaridad recíproca, porque, aunque a partir de ahora, y para evitar sufrir y hacernos daño unos a otros, dejáramos de salir juntos, eso no significa que hubiera desaparecido nuestra amistad; en un futuro, cuando las heridas se hubiesen cerrado, ningún falso orgullo impediría que volviéramos a cultivarla de nuevo.
            2.5. Comprobamos si hemos elegido de acuerdo con nuestros ideales. Y sí: la decisión es coherente con la jerarquía de valores que hemos establecido. He tenido que sacrificar, muy a pesar mío, la amistad de Pedro, pero era necesario: no había otra salida. A veces hay que sufrir cuando se preserva el sentimiento de humanidad.
            Se puede admitir comúnmente que cada uno tiene su propia jerarquía de valores; y que cada uno toma decisiones diferentes según cuál sea esa jerarquía: no creo que sea acertado hablar así. Los valores morales son universales, y por tanto son los mismos para todos; no me vale decir que si tú pones el dinero por encima del amor tienes derecho a sacrificar el amor para conseguir riquezas, porque el amor nunca valdrá menos que el dinero; ni el respeto; ni la salud; ni la vida. Los valores morales están ordenados en una jerarquía que no depende de nosotros; de nuestros gustos, de nuestra voluntad, mucho menos de nuestra mentalidad o nuestro capricho. Si me he criado en un lugar donde el poder es un ideal más fuerte que el respeto, eso no significa que el poderío valga más.
            ¿Qué hacemos, entonces? ¿Negamos que cada uno pueda tener su propia jerarquía de valores? Por supuesto que lo negamos, si estamos hablando de valores morales; nadie está por encima der los derechos de los demás, porque esos derechos valen más que nuestra voluntad, aunque sea la voluntad de todos. Sí podemos jerarquizar esos valores, esos ideales, que dependen de nuestra naturaleza personal, no los que dependen de la naturaleza de todos; mis gustos, mis preferencias, mis instintos premorales, sí que se pueden jerarquizar a criterio de cada cual; pero no los instintos morales, que son intocables y que ninguna voluntad puede cambiar. Cada uno podrá tener sus propios valores estéticos, pero los valores morales son los mismos para todos; lo mismo cabe decir de la jerarquía en la que están ordenados.
            Por lo tanto el dilema moral que hemos dilucidado en este ejercicio no tiene tantas soluciones como personas intenten resolverlo. La solución para todos es la misma. Sólo podemos admitir diferencias de orden psicológico, de ninguna manera diferentes éticas; por ejemplo, si Pedro es una persona tan sensible que no podría estar junto a su amigo y su novia después de que su novio se hubiese ido con su amigo, habría que respetar su derecho a no verlos más; pero eso no significa que dejasen de ser amigos; otro carácter más fuerte, menos sensible a esas cosas, aceptaría sólo una separación temporal, como dicen que sucede en Islandia; su ruptura transitoria tampoco supondría la ruptura de su amistad.
3. Epílogo.
            Una última precisión de orden metodológico. Todo lo que precede puede considerarse una aplicación, e incluso una extensión, del método “cocer”; la “e” que viene después del conocimiento (“co”) comprensivo (“c”) es una comprobación de la existencia de lo que estamos investigando (algo que en el método hipotético-deductivo equivale al experimento); la búsqueda de la garantía de que lo que estamos observando son realidades y no visiones, existencias y no especulaciones, presencias y no castillos en el aire; el análisis de la situación, como primer paso de la resolución de un dilema moral, corresponde, pues, a la afirmación de que los conocimientos comprensivos que hemos adquirido se refieren a cosas que existen realmente. Pero la “e” tiene un doble significado: aparte de existencia indica también elección; aquí intervienen el segundo paso de la resolución de los dilemas morales (identificación de los valores en conflicto), el tercero (su organización jerárquica) y el cuarto (elección del que más importa entre todos ellos); la “r” final del método “cocer” nos advierte de que todas nuestras elecciones deben ser guiadas por el respeto, como si el respeto fuese el faro que ilumina el instinto moral que late dentro de nuestra conciencia. Para analizar la realidad (primer paso) es necesaria la metáfora; para identificar el ideal (en los tres pasos siguientes) necesitamos el ejemplo; el quinto y último paso nos obligan a comprender si la decisión que hemos tomado (cuarto paso) es coherente con la jerarquía de valores; teniendo en cuenta que esa jerarquía también es coherente (porque emana de ella) con la realidad del caso que hemos estudiado.