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viernes, 29 de mayo de 2020

LA ENCRUCIJADA DE EUROPA




LA ENCRUCIJADA DE EUROPA


            Acabada la segunda guerra europea empezó la construcción de Europa. Unas mentes esclarecidas (o quizá una necesidad, quién sabe) se empeñaron en arreglar lo que unos niños habían destruido; unos niños egoístas, inconscientes y caprichosos. Querían unir las fuerzas que tiraban para sitios diferentes, hacer amigos a los antiguos enemigos, y evitar, tal vez, que la historia se repitiera. Alemania, que había invadido a Francia, se subió al mismo barco que los franceses. Y el Reino Unido, que se había enfrentado a Francia desde mucho antes de Napoleón, hasta se embarcó en el proyecto de unirse; el símbolo de esta concordia fue el avión supersónico que construyeron entre los dos: el Concorde.
            Después se acusó a la integración europea de ser un proceso meramente económico; la Europa de los mercaderes, se decía; su nombre era Comunidad Económica Europea, de modo que, desde sus propias señas de identidad, no tenía aparentes intenciones culturales, ni mucho menos políticas. Lo que se quería era derribar las fronteras, que circularan libremente las mercancías: no las personas. Las fuerzas centrífugas, en la izquierda, querían la Europa de los pueblos, y como eso no era posible, se oponían a ella; lo mismo pensaban en la derecha, desde la otra orilla.
            Todo cambió cuando el proyecto se abrió a la libre circulación de las personas. La Comunidad Económica Europea pasó a llamarse Unión Europea. Desaparecieron las fronteras no sólo para las mercancías, sino también para las personas; se facilitó el intercambio cultural y en el horizonte estaba, como una meta más o menos lejana, la unión política. Pero el proyecto de constitución europea, que impulsó desde Francia el antiguo presidente Giscard d’Estaing, fue rechazado en referéndum por los franceses; el mismo año que se aceptaba en España. Los Estados Unidos Europeos se convirtieron en una idea más lejana. Las fuerzas nacionales se fortalecían al tiempo que las de la unión se quedaban estancadas; Europa nunca tuvo una verdadera diplomacia común, los países se negaban a ceder soberanía, y hubo un compás de espera en donde lo centrípeto, en un equilibrio inestable, empezaba a conocer la parálisis frente a lo centrífugo.
            Luego vino la reacción del otro lado: los enemigos de la unión se hicieron más fuertes. En Francia los nacionalistas tiraban para dentro, luego en Austria; Italia se desgarraba por dentro, el norte rico no quería compartir nada con el sur pobre, y luego vendría formulado más claramente el rechazo de Europa; después vendría Holanda, Cataluña, hasta que el Reino Unido nos despertó a todos haciendo realidad la separación: el Bréxit puso racismo y xenofobia donde había habido convivencia; el nacionalismo catalán enfrentó a las comunidades menospreciando a los catalanes que vinieron de fuera y falseando la historia y lo que es peor: robando y corrompiéndose hasta la médula con los votos de buena parte del pueblo; si ha de haber ladrones (pensaban seguramente) mejor que sean de casa; pero no se les ocurría que pudieran luchar por un mundo sin ladrones, ni de dentro ni de fuera. La tensión nacionalista se contagió después a Hungría. A Polonia. A España. 


            Pero los europeos más esclarecidos siempre han abogado por la unión: dejemos a Carlomagno, a Carlos V, a Napoleón (y, por qué no, a Hitler) que quisieron hacerlo por las armas. Pensemos en la Europa de la paz. El camino de Santiago. Las universidades de la Edad Media. Erasmo. El camino de Santiago favoreció rutas de contacto, no sólo comerciales, entre los europeos. Durante la Edad Media los estudiantes podían enseñar y aprender en Bolonia, en Montpellier, el París, en Oxford, en Salamanca, y se entendían en latín: un espíritu infinitamente más cosmopolita que la España del año 2000, donde los padres se manifestaban para que el autobús no llevase a sus hijos al pueblo de al lado; y donde, para colmo del ridículo, se oponían a que se los llevaran, dentro de la misma ciudad, dos calles más abajo; esta estrechez de miras no tiene nada que ver con la amplitud de horizontes de la universidades medievales; en El nombre de la rosa Umberto Eco pone en escena a un profesor inglés, acompañado de un alumno alemán, viajando a una abadía que se encontraba en Italia; y en cuya biblioteca se deleitaban con los únicos ejemplares de algunos libros, en un mundo sin imprenta, que había en toda la cristiandad.
            Luego vendría Andrés Laguna. Abogaría por el entendimiento de las culturas, por el conocimiento de los pueblos, por la unión de los europeos. Porque más importante que las culturas son las personas, o, para decirlo con mayor propiedad, las culturas son el abono donde crecen, solidarias, las personas; las culturas, no los cultos; la razón y el sentimiento, no la exclusión y la ortodoxia; la apertura a lo que hay fuera, que es la lluvia que riega las tierras que han sido plantadas con el espíritu nacional. La única posibilidad de que los europeos no se mataran entre ellos era para Andrés Laguna que se unieran. Y con la inmensa variedad de sus territorios la cultura europea sería una de las más ricas del mundo. Cuando Stefan Zweig escribe sobre el fin del siglo XIX titula a su libro “Memorias de un europeo”; no de un austriaco, no, de un europeo. La apertura de miras siempre ha sido un abono excelente para la cultura. Hubo un tiempo en donde los griegos recuperaron la escritura, conocieron la moneda que facilitaba los intercambios, se fueron de la península a Jonia y de Jonia a Mesopotamia, conocieron a los egipcios, supieron de Gilgamesh y leyeron las tablillas babilonias, y entonces aprendieron de astronomía, de matemáticas y del mundo, y empezaron a observar: entonces empezó la filosofía; fue, dice la historia, cuando los griegos salieron de Grecia; entonces se hicieron más griegos.
            De todos los avatares que ha conocido Europa uno de los más duros ha sido la epidemia del año 2020. Que se fue convirtiendo en pandemia. Un microorganismo muy agresivo, una variedad de coronavirus, obligó a aislarse no ya a Europa, no ya a cada uno de los países, sino a las familias dentro de ellos. Las calles están desiertas. Las tiendas, cerradas, salvo las que son de primera necesidad. No hay bares, los hoteles no abren, se acabaron las aglomeraciones, las fiestas, no hay librerías y los libros se leen por internet. Se han interrumpido los intercambios, la policía intercepta a quienes hablan, sólo se puede salir a comprar o a pasear al perro. La crisis ha destruido los intercambios entre países, pero también dentro del mismo país, y como no es posible que los individuos vivan solos, los únicos intercambios presenciales se dan en la familia; luego están los intercambios virtuales, mucho bulo y poca esencia, y si antes encontrábamos algunas mentiras en la tele, hoy encontramos muchas mentiras en internet; antes la televisión era aprovechada por el poder para crear su farsa; hoy los wasaps y los tweets sirven para que todo el mundo cree su farsa, cada uno la suya, incluida la más peligrosa de todas, la del poder.
            Cuando hayamos derrotado al virus se acabará la crisis sanitaria; y por terrible que parezca sólo morirán unos cientos de miles de personas en el mundo; no diezmará la población como hizo la peste negra, y una pandemia no le llegará a la suela del zapato a aquella epidemia terrible: virtudes del progreso, contra el que muchas voces gritan. 


            Luego vendrá la crisis económica. Muchos vislumbran que será una crisis terrible, a todas luces devastadora. La experiencia nos dice que a todo desastre económico le suele seguir un desastre social, y que los millones de parados, excluidos del sistema, se ganarán la vida como puedan: en Estados Unidos se están vendiendo muchas armas porque la gente piensa que tendrá que defenderse de los robos que crecerán de manera descomunal. Pero los excluidos también pueden encontrar sueldo en las milicias de los desaprensivos, que se formarán para hacer estallar guerras terribles.
            Hay que evitar eso. Hay que ayudar a los parados, pero sobre todo crear empleo para que dejen de estar parados, y no sólo por humanidad: también por interés. Por humanidad: quienes tienen deberían sentir el deseo de ayudar a quienes no tienen. Por interés: si no lo hacemos viviremos en un mundo de destrucción. De modo que tanto por interés como por altruismo nos conviene ayudar a los demás.
            Ahora bien, esa ayuda no vendrá de la empresa privada. Habrá, sí, algunas acciones generosas, gente como Bill Gates o Amancio Ortega; pero la mayoría de los empresarios irán a lo suyo: la ganancia; ya lo están demostrando subiendo el precio de las mascarillas, que es un producto de primerísima necesidad para protegerse del coronavirus; y lo están haciendo en muchas farmacias.
            Es inverosímil, pues, que la solución venga de la iniciativa privada. Vendrá de los Estados. El padre fundador de la economía moderna, Adam Smith, lo dice bien claro en su biblia: el motor de la riqueza (y a eso lo llamamos liberalismo) es la ambición, el egoísmo, el interés; se trata de gastar lo mínimo y de ganar lo máximo. El Estado, por el contrario, tiene que gastar mucho y ganar poco, porque su misión no es hacerse rico, sino ayudar al indefenso. Evidentemente para gastar dinero antes hay que ganarlo, y eso puede hacerse de tres maneras: cobrando impuestos, volviéndose empresario o aliándose con la empresa privada; lo primero es necesario, pero doloroso; lo segundo tiene sus límites, porque las empresas públicas tienen vocación de servicio y eso limita sus ganancias; lo tercero sería ideal, pero tendríamos que saber cómo se hace. Y está también el gran problema de las empresas: la corrupción. Hay gestores públicos que meten mano en el dinero de todos y se llevan buenos bocados: eso es cierto, pero no habría que deducir de ahí que hay que acabar con las empresas públicas para acabar con el problema; la iniciativa privada también tiene sus corruptos, y sin necesidad de llegar a Julio César Arana o James Maddoz, podríamos recordar que hay empresarios que han esquilmado sus empresas, o dueños subordinados que han prosperado a costa de robar a los dueños principales, o dueños de bancos que han robado a sus propios bancos: como  hizo Mario Conde. Eso sin contar que, si no hay regulación de comercio, las prácticas comerciales pueden llegar a confundirse con las de los piratas. No, para combatir la corrupción pública no hay que acabar con la empresa pública, porque en la empresa privada también hay corruptos. La solución está en otra parte.
            El comunismo antidemocrático ha pretendido poner la economía al servicio del pueblo: los hechos hablan por sí solos. La economía liberal ha pretendido crear bienestar colectivo con el egoísmo privado: los hechos hablan también. Quizá la solución haya que buscarla en la postura de un Vargas Llosa suponiendo que en una economía liberal debe haber gente valiente (héroes) para corregir los errores y los excesos; o todavía mejor, en una postura intermedia: esos excesos no pueden ser corregidos por los individuos, sino por el Estado; y es la socialdemocracia, que viene de la mano de Keynes. La socialdemocracia también ha fracasado, ¿y por qué? Porque si se sostiene sobre la presión fiscal, el progreso hace la vida más atractiva y, para disfrutarla, las parejas cada vez tienen menos hijos; paralelamente el progreso hace que la gente viva más; el resultado es que cada vez nacen menos jóvenes y hay más viejos que mantener (porque el Estado ya se ha gastado lo que ellos aportaron en su día para que no los sostuviera nadie). El problema de la socialdemocracia es demográfico: el envejecimiento de la población; el Estado gasta más en los necesitados y cobra menos impuestos de la fuerza de los jóvenes. Hay que buscar la manera de hacer compatibles la calidad de vida y el crecimiento de la población; tener hijos no debería significar que renunciáramos a disfrutar; sobrevivir como especie no debería ser incompatible con vivir bien como individuos; que no sepamos hacerlo no quiere decir que no lo podamos hacer; es cierto que saber es poder, pero incurriríamos en una falacia si dedujéramos que seríamos impotentes si no supiéramos cómo actuar; la ignorancia de hoy puede ser el conocimiento del mañana. 


            Éstas son las bases sobre las que se mueve actualmente la sociedad. Sobre estas bases tendremos que buscar la solución al desastre económico que seguirá a la pandemia; una solución que evite la guerra europea. Lo primero que se nos ocurre es gastar: que los Estados inviertan mucho dinero. ¿Problemas? Que ese dinero se gastaría en ayudar a la población vulnerable, no tanto en producir. Y que eso endeudaría a los Estados: los cuales quedarían expuestos a la depredación de sus prestamistas, que, siguiendo las leyes del mercado, les cobrarían intereses abusivos. La solución podría estar en que los países ricos compraran deuda de los países pobres y que no los asfixiaran con sus intereses, y ahí es donde vuelve Europa.
            Si algún sentido tiene Europa es, hoy, la solidaridad. Sobre esa solidaridad se creará mañana el beneficio; la alternativa, si destruimos Europa, será la guerra de todos contra todos. Alemania y Francia volverán a ser enemigos. Francia y el Reino Unido se mirarán otra vez con desconfianza. Pero lo peor es que los países ricos no quieran compartir nada con los países pobres. Holanda, Austria, Alemania, Cataluña, el Reino Unido barrerán todos para sí. Nada importarán los vecinos, por más que estén llamando a la puerta, como decía un soneto de Lope de Vega: ¿cuántas mañanas llamaste a mi puerta? Y no te abrí. ¿Y cuántas otras contesté: mañana te abriremos, para lo mismo responder mañana?
            Aquí hay que mirar a los pueblos en relación con sus élites. Podríamos decir que el pueblo (así, simplificando mucho) es el que sufre la vida, tanto para bien como para mal, y que las élites son quienes, por tener resuelto el problema de la vida, no tienen que preocuparse de vivir y pueden pensar: me refiero a las élites políticas e intelectuales; sería ideal que pudiéramos incluir a las élites económicas, pero la realidad no dice que, salvo en casos aislados como Yunus, tal vez Soros y Bill Gates, no es realista hacerlo: los hechos hablan, pero no solamente los hechos; también la ideología de Adam Smith. Quizá lo que llamamos “pueblo” tenga que escindirse en varios grupos: el pueblo llano que disfruta y sufre, y a veces se muestra generoso y a veces vive el rencor; los poderosos que se creen más que nadie, y que les puede la avaricia y la soberbia pero a veces son generosos, y unas veces disfrutan y otras ni pueden ni saben disfrutar; y la mezcla de los dos.
            Supongamos que las élites políticas e intelectuales orientan a Europa sobre la senda de la solidaridad. Hay en Europa líderes capaces de hacerlo, el problema son sus pueblos. Imaginemos que un país rico, por ejemplo Alemania, lanza una política solidaria a escala europea; una política altruista, pero que redundaría, con el tiempo, en su propio interés, y la propia Alemania, que hoy hace un sacrificio, mañana acabaría ganando. Esa decisión esclarecida de las élites alemanas les costaría cara en unas próximas elecciones: pues el pueblo alemán, guiado por sentimientos mezquinos e intereses de corto alcance, es muy probable que barriera a esas élites y las sustituyeran por demagogos que esperan ahí, agazapados, aguardando su momento: el momento del egoísmo, de la soberbia, de la insolidaridad y de la exclusión. Europa se rompería y es probable que cada Estado acabara saliéndose para recuperar su soberanía: seguramente para ser león en su propio desierto; que aunque fuera desierto al menos sería propio; y con eso ya estarían contentos. 


            ¿Y si Europa no sigue la senda de la solidaridad? ¿Y si, para evitar que la rompieran los nacionalismos excluyentes, obligara a que cada uno saliera de la crisis por sus propios medios? Entonces se destruiría a sí misma, porque sus señas de identidad, sus ideales de apertura y libertad quedaría en entredicho y una realidad europea contraria a las miras de su ideal sería una realidad inviable. Esta destrucción ideológica de Europa, sumida en sus propias contradicciones, iría de la mano de su destrucción política, pues esta vez serían los países pobres los que se retirarían; acabarían pensando (y con toda lógica) que si no pueden obtener solidaridad de sus socios recuperarían la soberanía que les entregaron; o más bien (porque nadie entregó nada a nadie) lo que cedieron todos para construir el ideal europeo por el que se sintieron atraídos.
            Ésa es hoy la encrucijada de Europa. Por un lado estamos condenados a vivir juntos y por otro hay en cada uno de nosotros ese instinto de independencia que subsiste como una rémora del pasado; como una inercia. Pero en el pasado, cuando esta idea existía apenas, espíritus esclarecidos como Erasmo y Andrés Laguna ya supieron ver en el futuro; y se dieron cuenta de que si Europa no se unía sería el desastre; y lo fue; la guerra de los cien años, que les precedió, dio lugar a la guerra de los treinta años, a un divorcio radical más allá de las religiones, a diversos sobresaltos que nos llevaron después a dos guerras mundiales. Dos suicidios colectivos, tan descomunales como insensatos. Dos pandemias políticas.
            El pueblo, o más bien los individuos, la gente de la calle, siempre sufre las consecuencias. Por eso no vota con la cabeza sino con el estómago, y pone rabia donde debía poner sensatez, donde debía poner corazón pone tripas. Las élites, que normalmente no sufren de la necesidad, pueden pensar con el corazón y con la cabeza, ser prudentes y generosas, aunque muchos no lo sean: pero, en principio, pueden serlo; todo está en que sean unas élites esclarecidas, ilustradas, como quería Kant; en espera de que lo fuese el pueblo.
            El problema es que las élites son una minoría, y las élites ilustradas todavía más. Y que en unas elecciones puede sacar más votos la inconsciencia que la sensatez, aunque tenga motivos. El mundo camina en ese sentido: no olvidemos que Aznar, cuando se enfrentó a Felipe González, se presentó como uno de tantos, pretendiendo confundirse con la gente corriente frente al carisma con el que sobresalía Felipe González; también Donald Trump se presentó diciendo “yo no soy como ésos” (un político diciendo que no es político es como un médico presumiendo de no serlo, qué paradoja: y la gente le votó). Hoy asistimos al triunfo de lo mediocre sobre lo excelente y eso puede hacerle pagar un precio a la democracia. El pueblo alemán votó a Hitler. Los rusos retiraron su apoyo a alguien que tenía algo que decir en la escena política, Mihail Gorbachov, convirtiéndolo en un residuo. Y cuando la democracia se corrompe, renunciando a mejorar su cultura y renegando de la calidad, es capaz de condenar a muerte al mejor de los atenienses, a Sócrates, acusándolo de corromper a la juventud. Es necesario el pueblo para decirles a las élites que pasan hambre (aunque las élites no la pasen). Y son necesarias las élites para recordarle al pueblo que hay problemas que no tienen soluciones rápidas; y que no podemos dar hambre para mañana si nos obsesionamos de manera insensata en dar pan para hoy. Es necesario un equilibrio, un desarrollo político sostenible, lo que Hans Jonas llamaba imperativo de responsabilidad: que la necesidad de sobrevivir hoy no nos impida humanizarnos mañana. En las élites se encuentra mayoritariamente la calidad, aunque también la tenga mucha gente del pueblo; y en el pueblo se encuentra la cantidad democrática, medida en votos que no siempre contienen las mejores opciones. El problema de la democracia es el de equilibrar la cantidad con la calidad, y la democracia es el problema de Europa, una democracia de rostro humano: ésa es su encrucijada. Sería estupendo que lo que construyen los políticos por arriba, cuando es bueno, no lo derribara la gente por abajo: que el futuro no sucumbiera a manos del presente, que la prudencia no cayera empujada por la necesidad.
            Pero hoy los políticos no tienen buena fama. Hay malos políticos, es cierto, pero de que muchos políticos sean malos no se deduce que lo sean todos. Hay que tumbar prejuicios y ése es el primero de todos, porque si acabamos con los políticos ¿quién nos librará del propio pueblo si enloquece (y la política es el antídoto de la locura)? Europa es el punto de mira del mundo. De que Europa no se rompa depende el futuro de la humanidad. Porque en Europa está la cultura que hemos heredado antes de Grecia, echando sus raíces en Asia, y teniendo un pasado tan viejo, tiene el mejor trampolín del mundo para mejorar el progreso; para construir la justicia no solamente desde en sentimiento, sino, a todas luces, desde la razón.
  



viernes, 1 de marzo de 2019





¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA “QUERER”?


             Querer, lo que se dice querer, significa muchas cosas. Algunos autores lo han llamado voluntad, y decían voluntad cuando querían decir instinto; Nietzsche, por ejemplo; Schopenhauer; la voluntad para ellos era el instinto irresistible que nos impulsa hacia la vida; Nietzsche, sin embargo, no se refiere a la lucha por la vida, que no pasa de ser algo biológico y, desde luego, miope; se refiere más bien a la lucha para la vida, eso que nos proyecta más allá de la naturaleza y nos hace seres supernaturales, que no es lo mismo que sobrenaturales; porque no se trata de rechazar este mundo para buscar otro más allá de éste, que eso es renuncia a vivir disfrazándola de deseo de vivir en otra vida; sobre todo otra vida que no depende de nosotros, sino de dios, que nos lo hemos inventado y luego nos hemos entregado a nuestro invento como si fuera él el que nos hubiera inventado a nosotros; se trata de ir más allá de la naturaleza pero sin salir de ella; porque el ser humano es un puente tendido entre el animal y la humanidad, y más precisamente entre la naturaleza humana y la supernaturaleza humana (Nietzsche dice “entre el hombre y el superhombre”). No se trata aquí de venir al mundo para obedecer a quien nos ha creado, sino para obedecernos a nosotros mismos, que somos libertad; entre el ser biológico que obedece ciegamente al instinto y el ser espiritual que obedece a su instinto libre, nuestra programación genética sólo es el trampolín desde el que nuestra libertad se proyecta al espíritu, a la creación, a la inspiración, al arte: que es un más allá del más acá; un más allá de la vida, no de la muerte disfrazada otra vida; otra vida sin valor a la que saltamos después de morir; pues la única vida es ésta en la que estamos, la única que tiene valor, la única que vale la pena.
            La voluntad es para Schopenahuer el instinto, que viene a ser esa fuerza irrefrenable de vivir. Y para Nietzsche es, mucho más que voluntad de vivir, voluntad de poder (y pasa previamente por la voluntad de querer); es decir que no se trata sólo de querer vivir, ni de desear cosas, sino de desear los medios para que esas cosas se realicen (que eso significa precisamente querer el poder); hay mucha gente que se pasa la vida diciendo “me gustaría hacer tal cosa” y no hace nada para realizar su deseo; lo que hay que hacer es creer en nosotros y crear el impulso para lograr lo que queremos; hay que transformar el “me gustaría” en “quiero”; dejar de soñar si por sueño entendemos evasión y renuncia, y vivir los sueños como si fueran creaciones: es decir esfuerzos titánicos para transformar los sueños en realidades. No es que el ensueño y el embeleso estén prohibidos, sino que se prohíben sólo los sueños del impotente: los que te paralizan y te desvían de tu meta reduciendo la creación a un  soñar que renuncia y se resigna, volando para no llegar.


            Cuvier y Bichat definieron la vida como el conjunto de fuerzas que resisten a la muerte: aparte de ser un círculo vicioso (pues igualmente podríamos definir la muerte como el conjunto de fuerzas que resisten a la vida), la vida no tiene mucho sentido si se limita solamente a no morir; empeñarse en no morir sin saber para qué no es más que un instinto vacío, y no hay nada más desesperante, insoportable y tedioso que vivir para nada; sólo sabemos que no nos queremos morir, la muerte nos asusta, pero no sabemos para qué queremos vivir: la vida como espera; espera de algo que no sabemos si llegará. Penélope se pasó la vida esperando a Ulises y todos sabemos que Ulises llegó, pero ¿y si no hubiera llegado? ¿Qué sentido habría tenido la vida? A veces nos pasamos la vida esperando a dios, pero ¿y si dios no existe? ¿Por qué, o para qué, esperamos a Godot? Si dios existe seguro que no nos ha creado para que lo esperemos; nos había creado para que nos superásemos, y en ese camino nos estaría esperando él: ayúdate y dios te ayudará. Dios sería malvado si ha creado un ser dinámico para paralizarlo después; si nos hace libres y luego nos corta las alas, atándonos a él, y luego nos echa la culpa del mal acusándonos de habernos apartado de él, como si nosotros lo hubiéramos creado cuando fue él quien nos trajo al mundo manchados con el pecado original; haciéndonos cargar, como si tuviéramos la culpa, con el pecado de Adán. También los americanos frustrados les echan a los españoles de ahora la culpa de lo que hace cientos de años hizo Colón.
            Así, querer no es solamente instinto ciego de vida; es, sobre todo, voluntad de vivir. Querer como voluntad. Pero la voluntad no es solamente un impulso creativo, un instinto de superarse, como decía Nietzsche; es también (y en eso nos encontramos con Aristóteles) capacidad de decidir después de haber pensado. Las decisiones no pensadas pueden ser rutinas, o sentimientos ciegos, o caprichos: difícilmente podemos decir que son actos voluntarios. Cuando decidimos por rutina nos dejamos llevar por las modas, o por las costumbres que hemos adoptado cada uno de nosotros; cuando decidimos por capricho hacemos las cosas sin pensarlas, movidos por deseos que nos tiranizan, y un capricho no es nunca un acto de voluntad; cuando decidimos cegados por el sentimiento, las pasiones ahogan el corazón de tal manera que ya no lo dejan pensar. El amor puede ser un sentimiento más grande que el capricho, pero no siempre le da sentido a la libertad. La libertad sin amor no es más que soledad, pero el amor sin libertad no es vida, sino prisión; puede sr una jaula dorada, como la isla de Circe, o una desesperación que nos hunde en las cárceles del alma, en los calabozos del sentimiento, pero una pasión tirana no es vida aunque la vida, para serlo, tenga que ser apasionada; la vida es pasión que resiste al sentimiento cuando su tiranía entra en conflicto con la libertad.


            Miguel de Unamuno insiste en que la voluntad no tiene nada que ver con la gana; parece que esta distinción la ha tomado de San Agustín. A veces confundimos el querer con el tener ganas. “Yo hago esto porque me da la gana”, decimos, y apostillamos por si a alguien le quedan dudas: “porque me da la real gana”. Al hacerlo somos reyes. ¿Reyes de qué? De nosotros mismos. ¿De verdad? ¿Haciendo lo que no queremos, cuando es nuestro capricho el que quiere en lugar de nosotros? La tiranía del capricho la tenemos entre las piernas. “Yo lo hago porque me sale de los cojones!” Es como lo dijo una vez un ministro de agricultura: “esto sale adelante por huevos”. Como si hubiera habido dentro de nosotros un golpe de Estado; como si los huevos se hubieran puesto en lugar de la cabeza y le hubieran quitado al pensamiento la capacidad de mandar; una tiranía es un lugar donde no manda la cabeza, sino los huevos; y eso, suplantar un órganos las funciones de otro, es lo que Platón llamaba injusticia; como cuando el ejército quita del poder a los políticos. San Agustín no lo llamaba voluntad sino noluntad: que quiere decir “no querer”; el que hace las cosas por huevos es el que no quiere hacerlas, y lo arrastra  un impulso irresistible a hacer lo que en realidad no quiere, y ese querer lo que no queremos es paradoja, es pura contradicción.
            De modo que la voluntad de los genitales sólo es capricho, no voluntad; es la gana, no el querer; no es abstenerse de azúcar porque queremos superar la diabetes, sino inflarnos de dulce porque tenemos ganas de comer, apetito, somos esclavos del capricho; queremos vivir pero nos falta fuerza para resistir las tentaciones, nuestra voluntad dice una cosa pero nuestro deseo va al contrario de la voluntad: querer significa desear en nuestro lenguaje cotidiano, pero también desear con la razón oponiéndonos al deseo del cuerpo: decimos “quiero chocolate” pero también decimos “quiero trabajar”, aunque no sintamos ganas o no nos sintamos atraídos por el trabajo. Al deseo de la razón lo llamamos prudencia. Al deseo de las tripas lo llamamos capricho. ¿Cómo llamamos al deseo del corazón?
            Amor. Pero también valor. Amar es querer a una persona, y querer a una persona es querer lo mejor para ella; por amor a mi hijo soy capaz de sacrificar lo que más quiero, que es mi propia vida: he aquí cómo el amor verdadero se confunde con el valor, con el heroísmo; ser valiente es lo mismo que amar. No existe la cobardía como vicio moralmente reprobable, lo que existe es una falta de amor. El cobarde es quien no ama, y suele ser cruel y violento porque no tiene brújula para el deseo.
            El amor, sin embargo, a veces nos nubla la razón: es el amor arrebatado, el eros platónico, el rapto, el éxtasis, el frenesí del alma; cuando el éxtasis viene del cuerpo, si no hay cariño, se confunde con el capricho. Luego está ese amor tranquilo del que nos hablaba Aristóteles: esa philía, que es esa forma de amor que llamamos amistad. El erotismo del cuerpo debe ser un arrebato del alma, aunque a veces se unen una amistad en el espíritu con un erotismo corporal. Pero hay una tercera forma de amor que quiere encarnar el amor cristiano: charitas, amor al próximo, entrega de sí mismo para ayudar al otro, solidaridad; la palabra “caridad” se ha devaluado convirtiéndose en espectáculo, pero una caridad entendida de manera no farisea es la verdadera generosidad.
            Quiero a mi esposa, a mi hijo, a mis padres, los quiero con la pasión del alma y, en el caso de mi esposa, con el frenesí del cuerpo también. Quiero a mis amigos, aunque a veces hay amistades tan grandes que el amor tranquilo puede volverse pasión. Quiero a la humanidad, el dolor de mi prójimo me duele, sufro cuando el otro no puede ser feliz. Quiero tener un orgasmo y comer chocolate, quiero de manera caprichosa, quiero esos deseos que no pasan por el corazón. Quiero ser prudente y no perderme, quiero hacer cosas sensatas, que la cordura enlaza la inteligencia con el corazón. Pero también quiero superarme, quiero levantar mi naturaleza casi por encima de mis posibilidades, pero sin salir fuera de ella: sin que esa felicidad exija de mí el deseo de morir, por lo menos de morirme antes de tiempo. Quiero vivir como los animales de Cuvier, con esa voluntad ciega que me impulsa a la creación como quería Schopenhauer. Schopenhauer, Cuvier, Platón, Aristóteles, Jesucristo, Aristipo, San Agustín, Nietzsche, todas esas formas reviste el significado del verbo querer. Seguramente todas ellas son necesarias para la vida, aunque parezca que algunas son incompatibles; porque si lo son, será bueno que se sucedan unas a otras a lo largo del tiempo y convivan, siempre que sea posible, algunas de ellas en el mismo momento. Lo que no es de recibo es que haya un golpe de Estado y se suplanten unas a otras: los huevos, en todo caso, no se pueden poner en el sitio donde tenemos el corazón.




viernes, 6 de julio de 2018

LA CIUDAD DE DIOS



Apuntes de filosofía.



LA CIUDAD DE DIOS
  

             Siempre se ha opuesto el reino de dios a nuestro mundo en la tierra. Se ha dicho, por ejemplo, que hay una realidad que escapa a las leyes de la naturaleza porque vive fuera de ella; esa existencia podía ser sobrenatural o  infranatural, pero se ha preferido lo primero (aunque probablemente las dos palabras signifiquen lo mismo); y ello, porque el prefijo “sobre-” indica más, con lo que dios es más que cualquiera de los seres de la tierra, y lo sobrenatural contiene más cosas y más valiosas que todas las cosas de la naturaleza. Dios es, pues, un ser sobrenatural que tiene todo lo que a nosotros nos falta, y su reino es una zona del espacio-tiempo donde todo lo bueno está en grado superlativo, desde la majestad hasta la felicidad; todo el mundo quiere conocer el reino de los cielos.
            San Agustín supuso que la ciudad de dios es ese mundo que supera con creces a la ciudad terrena. Amar a dios hasta el desprecio de sí mismo es la ciudad de dios; amarse a sí mismo hasta el desprecio de los otros es la ciudad terrena. La primera es Jerusalén, Roma, el reino de los cielos; la segunda es Caín, Babilonia, el imperio, el mundo del tiempo, el reino de los siglos. “Dad al César lo que es del César y a dios lo que es de dios”, había dicho Jesús; la obediencia a las leyes del mundo no debe hacernos olvidar que le debemos obediencia a la ley de dios.
            Podemos suponer que vivimos en dos ciudades. Una representa a nuestro corazón, la otra representa a nuestras tripas. Todos los países están divididos en esas dos mitades: la misma América que ha votado a Trump ha votado a Obama; la misma Italia que busca a Berlusconi se compadece de los refugiados; la misma Judea que subió a Jesús en la borriquilla lo crucificó prácticamente al día siguiente. Dos instintos, profundamente antitéticos, anidan en nuestros corazones: uno desprecia a los demás y persigue a los refugiados, dispara en la frontera contra los emigrantes, les niega la seguridad social a los pobres y les baja los impuestos a los ricos, escatima el dinero contra el cambio climático y se lo da al ejército para comprar más armas; y otro ayuda a quien lo necesita dando cobijo al refugiado, respetando al inmigrante, combatiendo el calentamiento y limitando en la calle el uso de las armas. Las dos mitades que laten en nosotros son instintos que miran en direcciones opuestas: uno se busca a sí mismo en los demás y siente el dolor ajeno, porque comprende que si él estuviera como ellos también sufriría como ellos sufren; y otro mira a los demás como seres extraños, seres cuyas muecas de dolor no corresponden a ningún dolor nuestro, y por mucho que se lamenten no conseguirán que veamos nunca el dolor causante de sus lamentos: porque estamos ciegos. Unos tienen corazones ciegos y otros ojos en sus corazones; y esos ojos son la voluntad: de modo que quien no ve es porque no quiere ver, porque tiene el corazón insensibilizado, inerte y frío, y no quiere poner calor en él porque le resulta más cómodo vivir sin estufa; aunque la misma estufa que no arde para los demás no arda tampoco para nosotros, y la gente que no da calor de su hogar tampoco lo recibe porque no lo tiene, y su existencia se vuelva fría, triste, gris, desolada, pobre, cuando no quiere calentarse en su hogar sólo porque no quiere que su hogar caliente a otros. “Tengo dos lobos dentro de mí”, decía el jefe indio, “uno bueno y otro malo; los dos están luchando: ¿cuál de ellos vencerá?” Aquel que tú alimentes”, le decía el hombre sabio.


            La ciudad terrena es la que contiene a los nuestros. Mi familia, mis vecinos, mis paisanos, mi partido, mi sindicato, mi equipo, todos ellos son mi ciudad; mi clan, mi pueblo: mi tribu.
            Luego está la otra ciudad: la que contiene a toda la gente, de mi pueblo o del pueblo de al lado. Todas las familias del mundo, porque en todas reconozco a los míos: que todos los padres quieren a sus hijos con la misma intensidad dolorosa con que yo quiero a mis hijos; y debe ganar el mejor siempre aunque no sea mi equipo y yo quiera que gane mi equipo; y si veo que mi partido o mi sindicato empiezan a decir tonterías, debo preferir que gane otro que sea mejor, aunque mi deseo se incline siempre por que gane el mío; y siento que el mundo entero es una tribu sin límites donde caben las tribus limitadas a las que pertenecemos cada uno; que no voy a votar al gobierno catalán sabiendo que es corrupto por el placer de ser explotado por uno de Barcelona y no por uno de Madrid: como si fuera preferible tener corruptos propios rechazando los ajenos, y al hacerlo rechazáramos también a los políticos ajenos aunque sean justos. El sentimiento de pertenecer a una tierra, a un trozo de tierra mezquino y estrecho, vale para algunos más que pertenecer al cielo, que sobrevuela por todas las tierras, todos los países, todos los trozos de mundo abrazándolos a todos con el mismo calor de hogar y el mismo sentimiento de ser uno y todos el mismo.
            Sentirte ciudadano del cielo es lo mismo que sentirte ciudadano del mundo; no de mi mundo, sino de todo el mundo; no sufrir con los míos, sino con todos los seres que nos miran diciendo para sí: estos que también me miran también son los míos; son mi familia aunque no sean de mi tribu; porque hay dos familias en el mundo: la familia de dios, en la que estamos todos, y la familia de mi tierra, en la que sólo están algunos. Mi familia terrena son los míos, a los que defiendo contra los otros con uñas y dientes. Mi familia celestial son todos, y los defiendo con uñas y dientes pero no contra todos, sino con todos; procurando que nadie viva siendo enemigo de nadie, y mucho menos siendo enemigo de sí mismo.
            La ciudad de dios es el mundo. La ciudad terrena es mi mundo. La ciudad terrena es la que construyo mirándome el ombligo; para construir la ciudad de dios necesito ver más allá de mi frente. Hay quien prefiere tener boina y no salir del pueblo a quitársela y correr a ver mundo por los caminos de dios. Y entre quienes ven mundo hay quien tiene la boina puesta porque lleva a su pueblo en el corazón, y quienes se empeñan siempre en no quitársela de la cabeza: que la llevan en la cabeza no porque en ella tengan las ideas, sino porque se la ven los demás, que es lo que les importa. Tener una bandera para marcar el territorio y que todos la puedan ver; y no la llevan en el corazón, y fingen en voz alta que aman a su pueblo, y lo odian en voz baja. Se puede querer al pueblo sin estar en él, porque esa frente libre como el viento tiene en su corazón un hogar, no una prisión que le corta las alas: ése es el sentido de la boina cordial, que se hunde en el sentimiento sin empeñarse en amarrar su libertad, cuando confundimos tener casa con estar preso.


            Ése es el sentido de la metáfora agustiniana. La ciudad de dios es el territorio de los ciudadanos del mundo. Dios representa el corazón, la boina que nos retiene y la libertad que nos lleva; dios es pasión de hogar y apego a la tierra (adonde a veces echamos el ancla), pero también apego al cielo (adonde echamos también las velas para zarpar). El mundo es el territorio donde no luchamos contra otros para defender mi mundo; donde la defensa de lo propio combate contra la agresión, no la crea; defender lo mío no es atacar lo ajeno y acoger al refugiado no significa perder tu casa, como dicen los exagerados; por eso mismo puedo comprender que una persona, cuando se hunde en la miseria, se salta la ley para sobrevivir: entonces es que la ley era mala y lo bueno era entonces ser un emigrante ilegal. Hay muchos emigrantes ilegales en el cielo. Y muchos emigrantes ilegales en el mundo. Porque ser ilegal es solamente vivir al margen de la ley, ser palabra sacada del texto, escrita en sus márgenes; y unos ilegales son caínes que trafican con inocentes para medrar a costa de ellos, y otros son corazones de un texto donde las mejores palabras se han escrito en sus márgenes: no es malo ser ilegal, lo que es malo es estar en los márgenes de Caín: no en los de los inocentes. “Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia”, dice Jesús: cuando la justicia es una palabra que empleamos para calificar a los injustos; y son injustos quienes persiguen a los inocentes en nombre de la justicia.
            Puede que no haya muchos inocentes. Que los mismos que ahora sufren se conviertan en perseguidores si un día dejaran de sufrir. Los mismos comunistas que pregonaban la solidaridad en Francia pregonaron después la expulsión de los inmigrantes, cuando empezaron a votar al Frente Nacional. Cuando empezó la crisis. Y también antes de que empezara. Quizá los que sufren hoy no sean inocentes, tampoco culpables: todos tienen un lobo bueno y otro malo; una ciudad de dios en pugna con una ciudad terrena; el mundo inscrito en su corazón mirándose en el pozo entrañable de su propio mundo. Caín dejará de matar cuando el mundo sea un campo de libertad donde podamos pasear con nuestro mundo: no un desierto de desolación donde la libertad se trueca en soledad, en pérdida. El mundo será entonces la ciudad de dios. Y nuestro mundo, iluminado por él, no se extraviará ya nunca en los recovecos de la ciudad terrena. Lo contrario de la solidaridad es la soledad, y quien no quiere a nadie es porque quiere estar solo; o porque está solo sin querer; o, sin darse cuenta, seguramente lo habrá hecho queriendo.
            La ciudad de dios es mi mundo y el tuyo. La ciudad terrena es sólo mi mundo: y no me importa, si yo estoy en el mundo, que tú te pudras sobre la tierra.




sábado, 9 de mayo de 2015

Las fuerzas de la vida.





LAS FUERZAS DE LA VIDA


a) La fuerza de London.

            La lectura de Jack London le había producido un auténtico shock. La llamada del bosque. La voz de la naturaleza. Esa naturaleza que es más profunda que nosotros mismos, “regresando hasta las entrañas del tiempo”[1]. Los instintos: “recuerdos de los antepasados convertidos en costumbres”[2]; adormecidos durante siglos; de repente se despertaban.
            Era la historia de un perro. Un perro que había vivido en casa del hombre, “marcado por generaciones de vida doméstica”[3]; pero no dejaba de ser “una criatura bravía, que llegaba de la naturaleza”[4]; debajo de la lealtad, que nace “junto al fuego y bajo techo”, estaba la astucia y la fiereza; debajo de “la influencia civilizadora” estaba “la fuerza de lo primitivo”; era “más viejo que los días que había vivido”[5]; “no era más que un perro”, pero tras él vivían las sombras de otros perros, “medio lobos y lobos salvajes”: ellos “le imponían sus costumbres, dirigían sus acciones”.
            Y de repente sintió la llamada, una auténtica vocación. “Del bosque le llegaba la llamada”[6], una llamada que no lograba comprender; eran “impulsos irresistibles”[7]. Fue un aullido prolongado… “y le resultó conocido y familiar: como un sonido ya escuchado”[8]; “murmullos del bosque, leyendo signos y sonidos igual que un hombre puede leer un libro; y vio al lobo gris”.
            “Lo llamaban estas sombras”… “Resonaba imperiosamente desde lo más profundo del bosque”[9]. Al fin respondió a la llamada; “los recuerdos de antaño acudían en tropel y lo conmovían como en otros tiempos lo habían conmovido de las realidades de los que en estos eran una sombra”[10]. Pero lo que más le inquietó fue que nosotros también estamos atados a “antiguos instintos”[11]; ellos también llaman a los seres humanos “a salir de las ruidosas ciudades y dirigirse a bosques y llanuras”; por debajo de la humanidad vive también la bestia.
 

b) La fuerza de Melville.

            Se acordó de lo que había enseñado años atrás en Fresneda. Educar era someter lo brutal a lo entrañable, aunque si reprimimos el sentir visceral para dedicarnos al sentir cordial algo en nosotros estará muriendo; es lo que le había pasado al perro de London. Sin embargo no aceptaba que por debajo de la humanidad palpitara la bestia; tenía que haber otros impulsos, otros sentimientos, otros instintos. Durante muchos días estuvo preocupado por este asunto; hasta que un día, hundido en el mundo e Herman Melville, la lectura de Moby Dick le dio la respuesta.
            El ser humano tiene también su propio instinto. Podremos ser necios, sórdidos, truhanes, asesinos, podremos “ser detestables colectivamente”[12] cuando nos disolvemos en nacionalidades; pero el ser humano “en cuando ideal, es algo tan noble y resplandeciente, una criatura tan elevada y luminosa”, que orienta como un faro la esencia crucial de cada individuo; “esta enmascarada humanidad la sentimos en nuestro interior” y le confiere una dignidad que es igual en todos, por encima de los reyes y vestiduras; es, para Herman Melville, “esa democrática dignidad que, presente en todas las personas”, es la “sustancia y centro de la democracia”[13]; él achaca su origen a dios, pero la depositaria de dios es inevitablemente la naturaleza.
            Así pues, la humanidad, la dignidad, son la sustancia misma de la naturaleza humana. Con ella se nace y la sentimos en nosotros, aunque nos olvidemos de ella y tengamos que volver a aprenderla. Por eso piensa Melville que hasta “los más sórdidos marineros, los renegados y los malhechores”, tienen “altas cualidades, aunque sombrías”; por eso ve posible tener con ellos unas “trágicas indulgencias”; porque “incluso los más sombríos, los más degradados quizá, se elevan a veces por sí mismos a las exaltadas cumbres”; don Juan se salvó a pesar de su depravación, Fausto se salvó con su soberbia, y hasta el temido bandolero se salva por su humanidad en “El condenado por desconfiado”. A pesar de todos los errores siempre hay “un manto de humanidad sobre todos” los de nuestra especie. Podremos degradarnos al existir, pero hay un tesoro inagotable en nuestra esencia.


*

            Aquello desató la imaginación de Juan. Y le dio sentido a todo lo que había dicho en Fresneda. Todos tenemos una doble naturaleza, un doble instinto. Como animales experimentamos un sentir visceral, y como humanos, ese instinto se llena de cordialidad; el sentir visceral brota del deseo y nos lleva a hacer lo que nos apetece, y el sentir cordial brota de la conciencia moral y nos induce a hacer lo que sentimos que está bien; el primero es la fuerza de lo primitivo, de London; el segundo es el sentimiento de humanidad, de Melville. Ambos son instintos: recuerdos de los antepasados convertidos en costumbres. Lo primitivo es míster Hyde en estado puro; lo segundo es el doctor Jekyll, mezcla de primitivismo y humanidad. Pero lo primitivo no es malo si no se rebela contra la humanidad que contiene (aunque Stevenson se confundiese con la supuesta maldad de mister Hyde). Por eso la ética, que es el control de la parte visceral por la parte entrañable, no debe alimentar al corazón a costa de las tripas: ni viceversa; por eso estaba Nietzsche tan acertado cuando lanzaba sus críticas contra esa inmoralidad de la moral; que ésa y no otra cosa es la humanidad cuando se brutaliza. El espíritu animal es amor a la prole, si me apuras a la tribu; el espíritu humano es amor a todas las tribus sin distinciones ni barreras.
            Es bueno que el instinto viva libre, tanto si es animal como si es humano. Porque si se le encadena pierde su naturalidad, y una naturaleza encadenada ya no es naturaleza. La educación, fruto y fuente de la cultura, tiene que respetar las sanas fuerzas naturales; el deporte sirve para hacernos mejores, no para reprimir nuestro impulso (por ejemplo sexual); de lo contrario la educación no desarrollará nuestras fuerzas sino que las desvirtuará. Se produce entonces la rebelión de la naturaleza. Que es, aparte de una desnaturalización de nuestras fuerzas, un hundimiento en la enfermedad.


c) La fuerza de Cela. La fuerza de Heathcliff.

            Tenía ante sí otro libro que había leído hacía poco: “Cumbres borrascosas”. Lo tenía subrayado como todos los libros: en el bolsillo de la camisa, una exposición de lápices; en la página 319, una cita de las de antes: “si a usted la hubieran criado en las condiciones en que él lo ha sido, no sería menos torpe. Él era un niño inteligente y despierto, y me duele que se le desprecie sólo porque el malvado Heathcliff le haya rebajado de tal manera”[14]. La cosa estaba clara: todos somos iguales al nacer, y en la vida somos lo que hace de nosotros la educación; en alguna ocasión había oído decir que las larvas de las abejas son todas iguales, pero que se convierten en reinas, zánganos u obreras dependiendo de la comida que les dan; si queremos reinas, habrá que darles jalea real.
            La educación es el alimento del espíritu. Como la jalea de las abejas, se puede educar a la gente de distintas maneras para obtener resultados diferentes; como decía Pascual Duarte[15], unos van “por el camino de los cardos y las chumberas” y se vuelven brutos; a otros se les hace “marchar por el camino de las flores”, y son delicados; unos “arrugan el ceño como las alimañas para defenderse”; otros “sonríen con la cara del inocente”. La educación nos hace distintos; sin embargo, “los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer”; y el que ha tenido que vivir como una alimaña reconoce en el fondo de su ser: “yo, señor, no soy malo”, y añade acto seguido: “aunque no me faltarían motivos para serlo”. Somos como dijo Rousseau: la naturaleza nos hace buenos, y es la sociedad la que nos pervierte. Vivir es educarse, y a veces la escuela nos saca de la vida para alejarnos del peligro mientras aprendemos; para que no nos pisen cuando aprendemos a volar, como los pájaros.
            Juan, en Fresneda, todavía pensaba que somos lo que hacen de nosotros con la educación. Las gentes no son malas ni buenas: aprenden a obrar bien o a comportarse mal, a diferencia de Pascual Duarte, que piensa que todos somos buenos al nacer; o de Herman Melville, que cree que ese fondo de humanidad late en todos nosotros, hasta en los más villanos. Pero Juan, en San Rafael, pensaba que no hay nada innato en la educación. Lo pensaba todavía en Chañe. En los días de Baba empezó a pensar, en vista de lo que sufrían los perezosos por su propia pereza, que quizá la pereza formara parte de la dotación genética; o de las circunstancias que nos rodearon al nacer; sea como fuere, empezaba a sospechar que algunos seres nacen con energía y otros carecen de ella; el haragán no tiene ni entusiasmo ni espíritu de sacrificio, que son dos cosas que se alimentan una a otra.
            En un principio rechazaba el determinismo de la naturaleza; la educación para él era producto de las circunstancias. Pero cuando, primero en Fresneda y luego en Baba, reflexionó sobre los tigres de Arkan (esa banda paramilitar que asesinaba a seres inocentes con inaudita crueldad), llegó a preguntarse un día: ¿por qué se convirtieron en asesinos? ¿Porque Arkan os empujó al asesinato? ¿O porque ya había instintos crueles en su naturaleza? ¿Sería que su humanidad estuviera atrofiada por un fallo en el código genético? ¿Sería cuestión de química, por casualidad?
            En su concepción, al nacer seríamos como una pizarra en blanco; la educación, la experiencia, dejaría en ella “tatuajes que nadie ha de borrar ya”; así pensaba Pascual Duarte. Esa concepción ya no se sostenía; había observado que por muchas matemáticas que le enseñáramos a un perro jamás las aprendería; y menos aún si le enseñáramos a una piedra. Había, pues, algo en la naturaleza que podía ser educado. Algo que podía ser desarrollado mediante la experiencia; alguna semilla que se desarrollara o no dependiendo del terreno en el que fuera plantada. Descartes pensaba que era la inteligencia; Pascual Duarte, que la bondad; para Herman Melville era la humanidad; para Jack London, el instinto primitivo. El recién nacido no podía ser una pizarra en blanco; debía venir al mundo con algo escrito en ella; un embrión que se pudiera desarrollar: alimentándolo con la misma jalea, para que en todos se desarrollara en su máxima potencia, no estableciendo niveles de desarrollo como las abejas.
            “El destino se complace en variarnos como si fuéramos de cera y en destinarnos por sendas diferentes”, dice Pascual Duarte: pero no somos de cera, aunque parece como si lo fuéramos; la cera no es más que una pizarra vacía, y en la pizarra humana, como dice Pascual Duarte, ya hay algo escrito antes de que el maestro se ponga a escribir cosas en ella. En Fresneda ya descubrió que, si bien la naturaleza no determina lo que vamos a ser, delimita los caminos que podemos recorrer, aunque no nos fije uno entre todo el repertorio; ya entonces veía a la naturaleza como un repertorio de potencias, y esas potencias se desarrollaban con el medio; con la educación; y si no existen esas potencias la educación no las puede desarrollar; como no podemos enseñar matemáticas a una piedra o a un perro.            
            Esas potencias son las capacidades que constituyen nuestra esencia; las posibilidades que traemos al mundo; son como figuras precortadas que una buena educación se encargará de recortar; y una mala educación, en lugar de cortar por ahí, cortará por otro sitio. Una existencia plena debe conseguir el desarrollo de nuestra esencia. Un instinto primitivo no debe desarrollarse a costa de otro más elaborado, o de lo contrario la fuerza se convertirá en violencia; lo mismo ocurre cuando nos empeñamos en desarrollar instintos complejos sacrificando a los más primitivos.     
            Todos estos pensamientos le venían mientras hojeaba “Cumbres borrascosas”. Y en una de sus páginas descubrió una anotación que había hecho a lápiz. El texto señalado ponía en boca de Heathcliff la siguiente reflexión[16]: “le he hecho todavía más vil de lo que su miserable padre quiso hacerme a mí”; hablaba de Hareton, hijo de Himley, de quien decía después: “le he acostumbrado a despreciar cuanto no es brutal, y llega al extremo de vanagloriarse de su rudeza”. En otras palabras: había alimentado en él el instinto de London matando de hambre al de Melville.
            Pero lo más sorprendente era lo que decía después. Heathcliff comparaba a Hareton con su propio hijo. Hareton, en quien se cebaba su venganza, “es oro en bruto que hace el papel de loza, y este otro es latón que hace menesteres de vajilla de plata”. Aseguraba sin ningún rubor: “el mío no vale nada, y sin embargo le haré que prospere todo cuanto se lo permitan sus cualidades. El otro tiene excelentes cualidades, que le he hecho desperdiciar”. Hay una educación que desarrolla al máximo lo poco que se tiene, y otra que atrofia lo mucho que se puede desarrollar. No es lo mismo educar que amaestrar.
            Pero este texto planteaba una nueva duda: las cualidades esenciales que nos hacen iguales a todos al nacer vienen vestidas con distintos trajes; unos son más capaces que otros, aunque todos tengamos capacidades idénticas; es como si cada persona las trajera al mundo recortadas en distintos niveles, como si el tope de unos se pudiera quedar más corto que el tope de otros. Esto hacía reaparecer el determinismo de la naturaleza, y Juan lo rechazaba. Su postura estaba más próxima a Descartes: que todos tenemos la misma inteligencia al nacer, pero unos nos volvemos más inteligentes que otros porque nos entrenamos más, y porque lo hacemos buscando distintos caminos (que llamamos métodos) en el laberinto del minotauro; y así, para él, quien tenía razón era Aristóteles: que veía en la virtud el grado de desarrollo de nuestras potencias, según fuera el grado de esfuerzo que estuviéramos dispuestos a desarrollar.
            Juan leyó en Heathcliff en qué consistía aquella falsa educación.
            “Me parece que Heathcilff no le había maltratado físicamente, a lo cual era opuesto por regla general. Parecía haber aplicado su malignidad a hacer de Hareton un bruto. No le había enseñado a leer ni a escribir, ni le reprendía por ninguna de sus costumbres censurables, salvo las que molestaban al propio Heathcliff. Nunca le ayudó a dar un paso hacia el bien ni a separarle un poco del mal[17].



[1] Jack London, La llamada de lo salvaje, Madrid, el país, 2004; p. 50.
[2] Ibídem, p. 60.
[3] Ibídem, p. 88.
[4] Ibídem, p. 38.
[5] Ibídem, p. 89.
[6] Ibídem, p. 106.
[7] Ibídem, p. 105.
[8] Ibídem, p. 106.
[9] Ibídem, p. 89.
[10] Ibídem, pp. 107-108.
[11] Ibídem, p. 50.
[12] Herman Melville, Moby Dick (I). Madrid, El País, 2004; p. 167.
[13] Ibídem, p. 168.
[14] Emily Brontë, Cubres borrascosas, p. 319.
[15] Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte, p. 1.
[16] Emily Brontë, ibídem, pp. 181-183.
[17] Emily Brontë, ibídem, p. 155.