viernes, 29 de mayo de 2020

LA ENCRUCIJADA DE EUROPA




LA ENCRUCIJADA DE EUROPA


            Acabada la segunda guerra europea empezó la construcción de Europa. Unas mentes esclarecidas (o quizá una necesidad, quién sabe) se empeñaron en arreglar lo que unos niños habían destruido; unos niños egoístas, inconscientes y caprichosos. Querían unir las fuerzas que tiraban para sitios diferentes, hacer amigos a los antiguos enemigos, y evitar, tal vez, que la historia se repitiera. Alemania, que había invadido a Francia, se subió al mismo barco que los franceses. Y el Reino Unido, que se había enfrentado a Francia desde mucho antes de Napoleón, hasta se embarcó en el proyecto de unirse; el símbolo de esta concordia fue el avión supersónico que construyeron entre los dos: el Concorde.
            Después se acusó a la integración europea de ser un proceso meramente económico; la Europa de los mercaderes, se decía; su nombre era Comunidad Económica Europea, de modo que, desde sus propias señas de identidad, no tenía aparentes intenciones culturales, ni mucho menos políticas. Lo que se quería era derribar las fronteras, que circularan libremente las mercancías: no las personas. Las fuerzas centrífugas, en la izquierda, querían la Europa de los pueblos, y como eso no era posible, se oponían a ella; lo mismo pensaban en la derecha, desde la otra orilla.
            Todo cambió cuando el proyecto se abrió a la libre circulación de las personas. La Comunidad Económica Europea pasó a llamarse Unión Europea. Desaparecieron las fronteras no sólo para las mercancías, sino también para las personas; se facilitó el intercambio cultural y en el horizonte estaba, como una meta más o menos lejana, la unión política. Pero el proyecto de constitución europea, que impulsó desde Francia el antiguo presidente Giscard d’Estaing, fue rechazado en referéndum por los franceses; el mismo año que se aceptaba en España. Los Estados Unidos Europeos se convirtieron en una idea más lejana. Las fuerzas nacionales se fortalecían al tiempo que las de la unión se quedaban estancadas; Europa nunca tuvo una verdadera diplomacia común, los países se negaban a ceder soberanía, y hubo un compás de espera en donde lo centrípeto, en un equilibrio inestable, empezaba a conocer la parálisis frente a lo centrífugo.
            Luego vino la reacción del otro lado: los enemigos de la unión se hicieron más fuertes. En Francia los nacionalistas tiraban para dentro, luego en Austria; Italia se desgarraba por dentro, el norte rico no quería compartir nada con el sur pobre, y luego vendría formulado más claramente el rechazo de Europa; después vendría Holanda, Cataluña, hasta que el Reino Unido nos despertó a todos haciendo realidad la separación: el Bréxit puso racismo y xenofobia donde había habido convivencia; el nacionalismo catalán enfrentó a las comunidades menospreciando a los catalanes que vinieron de fuera y falseando la historia y lo que es peor: robando y corrompiéndose hasta la médula con los votos de buena parte del pueblo; si ha de haber ladrones (pensaban seguramente) mejor que sean de casa; pero no se les ocurría que pudieran luchar por un mundo sin ladrones, ni de dentro ni de fuera. La tensión nacionalista se contagió después a Hungría. A Polonia. A España. 


            Pero los europeos más esclarecidos siempre han abogado por la unión: dejemos a Carlomagno, a Carlos V, a Napoleón (y, por qué no, a Hitler) que quisieron hacerlo por las armas. Pensemos en la Europa de la paz. El camino de Santiago. Las universidades de la Edad Media. Erasmo. El camino de Santiago favoreció rutas de contacto, no sólo comerciales, entre los europeos. Durante la Edad Media los estudiantes podían enseñar y aprender en Bolonia, en Montpellier, el París, en Oxford, en Salamanca, y se entendían en latín: un espíritu infinitamente más cosmopolita que la España del año 2000, donde los padres se manifestaban para que el autobús no llevase a sus hijos al pueblo de al lado; y donde, para colmo del ridículo, se oponían a que se los llevaran, dentro de la misma ciudad, dos calles más abajo; esta estrechez de miras no tiene nada que ver con la amplitud de horizontes de la universidades medievales; en El nombre de la rosa Umberto Eco pone en escena a un profesor inglés, acompañado de un alumno alemán, viajando a una abadía que se encontraba en Italia; y en cuya biblioteca se deleitaban con los únicos ejemplares de algunos libros, en un mundo sin imprenta, que había en toda la cristiandad.
            Luego vendría Andrés Laguna. Abogaría por el entendimiento de las culturas, por el conocimiento de los pueblos, por la unión de los europeos. Porque más importante que las culturas son las personas, o, para decirlo con mayor propiedad, las culturas son el abono donde crecen, solidarias, las personas; las culturas, no los cultos; la razón y el sentimiento, no la exclusión y la ortodoxia; la apertura a lo que hay fuera, que es la lluvia que riega las tierras que han sido plantadas con el espíritu nacional. La única posibilidad de que los europeos no se mataran entre ellos era para Andrés Laguna que se unieran. Y con la inmensa variedad de sus territorios la cultura europea sería una de las más ricas del mundo. Cuando Stefan Zweig escribe sobre el fin del siglo XIX titula a su libro “Memorias de un europeo”; no de un austriaco, no, de un europeo. La apertura de miras siempre ha sido un abono excelente para la cultura. Hubo un tiempo en donde los griegos recuperaron la escritura, conocieron la moneda que facilitaba los intercambios, se fueron de la península a Jonia y de Jonia a Mesopotamia, conocieron a los egipcios, supieron de Gilgamesh y leyeron las tablillas babilonias, y entonces aprendieron de astronomía, de matemáticas y del mundo, y empezaron a observar: entonces empezó la filosofía; fue, dice la historia, cuando los griegos salieron de Grecia; entonces se hicieron más griegos.
            De todos los avatares que ha conocido Europa uno de los más duros ha sido la epidemia del año 2020. Que se fue convirtiendo en pandemia. Un microorganismo muy agresivo, una variedad de coronavirus, obligó a aislarse no ya a Europa, no ya a cada uno de los países, sino a las familias dentro de ellos. Las calles están desiertas. Las tiendas, cerradas, salvo las que son de primera necesidad. No hay bares, los hoteles no abren, se acabaron las aglomeraciones, las fiestas, no hay librerías y los libros se leen por internet. Se han interrumpido los intercambios, la policía intercepta a quienes hablan, sólo se puede salir a comprar o a pasear al perro. La crisis ha destruido los intercambios entre países, pero también dentro del mismo país, y como no es posible que los individuos vivan solos, los únicos intercambios presenciales se dan en la familia; luego están los intercambios virtuales, mucho bulo y poca esencia, y si antes encontrábamos algunas mentiras en la tele, hoy encontramos muchas mentiras en internet; antes la televisión era aprovechada por el poder para crear su farsa; hoy los wasaps y los tweets sirven para que todo el mundo cree su farsa, cada uno la suya, incluida la más peligrosa de todas, la del poder.
            Cuando hayamos derrotado al virus se acabará la crisis sanitaria; y por terrible que parezca sólo morirán unos cientos de miles de personas en el mundo; no diezmará la población como hizo la peste negra, y una pandemia no le llegará a la suela del zapato a aquella epidemia terrible: virtudes del progreso, contra el que muchas voces gritan. 


            Luego vendrá la crisis económica. Muchos vislumbran que será una crisis terrible, a todas luces devastadora. La experiencia nos dice que a todo desastre económico le suele seguir un desastre social, y que los millones de parados, excluidos del sistema, se ganarán la vida como puedan: en Estados Unidos se están vendiendo muchas armas porque la gente piensa que tendrá que defenderse de los robos que crecerán de manera descomunal. Pero los excluidos también pueden encontrar sueldo en las milicias de los desaprensivos, que se formarán para hacer estallar guerras terribles.
            Hay que evitar eso. Hay que ayudar a los parados, pero sobre todo crear empleo para que dejen de estar parados, y no sólo por humanidad: también por interés. Por humanidad: quienes tienen deberían sentir el deseo de ayudar a quienes no tienen. Por interés: si no lo hacemos viviremos en un mundo de destrucción. De modo que tanto por interés como por altruismo nos conviene ayudar a los demás.
            Ahora bien, esa ayuda no vendrá de la empresa privada. Habrá, sí, algunas acciones generosas, gente como Bill Gates o Amancio Ortega; pero la mayoría de los empresarios irán a lo suyo: la ganancia; ya lo están demostrando subiendo el precio de las mascarillas, que es un producto de primerísima necesidad para protegerse del coronavirus; y lo están haciendo en muchas farmacias.
            Es inverosímil, pues, que la solución venga de la iniciativa privada. Vendrá de los Estados. El padre fundador de la economía moderna, Adam Smith, lo dice bien claro en su biblia: el motor de la riqueza (y a eso lo llamamos liberalismo) es la ambición, el egoísmo, el interés; se trata de gastar lo mínimo y de ganar lo máximo. El Estado, por el contrario, tiene que gastar mucho y ganar poco, porque su misión no es hacerse rico, sino ayudar al indefenso. Evidentemente para gastar dinero antes hay que ganarlo, y eso puede hacerse de tres maneras: cobrando impuestos, volviéndose empresario o aliándose con la empresa privada; lo primero es necesario, pero doloroso; lo segundo tiene sus límites, porque las empresas públicas tienen vocación de servicio y eso limita sus ganancias; lo tercero sería ideal, pero tendríamos que saber cómo se hace. Y está también el gran problema de las empresas: la corrupción. Hay gestores públicos que meten mano en el dinero de todos y se llevan buenos bocados: eso es cierto, pero no habría que deducir de ahí que hay que acabar con las empresas públicas para acabar con el problema; la iniciativa privada también tiene sus corruptos, y sin necesidad de llegar a Julio César Arana o James Maddoz, podríamos recordar que hay empresarios que han esquilmado sus empresas, o dueños subordinados que han prosperado a costa de robar a los dueños principales, o dueños de bancos que han robado a sus propios bancos: como  hizo Mario Conde. Eso sin contar que, si no hay regulación de comercio, las prácticas comerciales pueden llegar a confundirse con las de los piratas. No, para combatir la corrupción pública no hay que acabar con la empresa pública, porque en la empresa privada también hay corruptos. La solución está en otra parte.
            El comunismo antidemocrático ha pretendido poner la economía al servicio del pueblo: los hechos hablan por sí solos. La economía liberal ha pretendido crear bienestar colectivo con el egoísmo privado: los hechos hablan también. Quizá la solución haya que buscarla en la postura de un Vargas Llosa suponiendo que en una economía liberal debe haber gente valiente (héroes) para corregir los errores y los excesos; o todavía mejor, en una postura intermedia: esos excesos no pueden ser corregidos por los individuos, sino por el Estado; y es la socialdemocracia, que viene de la mano de Keynes. La socialdemocracia también ha fracasado, ¿y por qué? Porque si se sostiene sobre la presión fiscal, el progreso hace la vida más atractiva y, para disfrutarla, las parejas cada vez tienen menos hijos; paralelamente el progreso hace que la gente viva más; el resultado es que cada vez nacen menos jóvenes y hay más viejos que mantener (porque el Estado ya se ha gastado lo que ellos aportaron en su día para que no los sostuviera nadie). El problema de la socialdemocracia es demográfico: el envejecimiento de la población; el Estado gasta más en los necesitados y cobra menos impuestos de la fuerza de los jóvenes. Hay que buscar la manera de hacer compatibles la calidad de vida y el crecimiento de la población; tener hijos no debería significar que renunciáramos a disfrutar; sobrevivir como especie no debería ser incompatible con vivir bien como individuos; que no sepamos hacerlo no quiere decir que no lo podamos hacer; es cierto que saber es poder, pero incurriríamos en una falacia si dedujéramos que seríamos impotentes si no supiéramos cómo actuar; la ignorancia de hoy puede ser el conocimiento del mañana. 


            Éstas son las bases sobre las que se mueve actualmente la sociedad. Sobre estas bases tendremos que buscar la solución al desastre económico que seguirá a la pandemia; una solución que evite la guerra europea. Lo primero que se nos ocurre es gastar: que los Estados inviertan mucho dinero. ¿Problemas? Que ese dinero se gastaría en ayudar a la población vulnerable, no tanto en producir. Y que eso endeudaría a los Estados: los cuales quedarían expuestos a la depredación de sus prestamistas, que, siguiendo las leyes del mercado, les cobrarían intereses abusivos. La solución podría estar en que los países ricos compraran deuda de los países pobres y que no los asfixiaran con sus intereses, y ahí es donde vuelve Europa.
            Si algún sentido tiene Europa es, hoy, la solidaridad. Sobre esa solidaridad se creará mañana el beneficio; la alternativa, si destruimos Europa, será la guerra de todos contra todos. Alemania y Francia volverán a ser enemigos. Francia y el Reino Unido se mirarán otra vez con desconfianza. Pero lo peor es que los países ricos no quieran compartir nada con los países pobres. Holanda, Austria, Alemania, Cataluña, el Reino Unido barrerán todos para sí. Nada importarán los vecinos, por más que estén llamando a la puerta, como decía un soneto de Lope de Vega: ¿cuántas mañanas llamaste a mi puerta? Y no te abrí. ¿Y cuántas otras contesté: mañana te abriremos, para lo mismo responder mañana?
            Aquí hay que mirar a los pueblos en relación con sus élites. Podríamos decir que el pueblo (así, simplificando mucho) es el que sufre la vida, tanto para bien como para mal, y que las élites son quienes, por tener resuelto el problema de la vida, no tienen que preocuparse de vivir y pueden pensar: me refiero a las élites políticas e intelectuales; sería ideal que pudiéramos incluir a las élites económicas, pero la realidad no dice que, salvo en casos aislados como Yunus, tal vez Soros y Bill Gates, no es realista hacerlo: los hechos hablan, pero no solamente los hechos; también la ideología de Adam Smith. Quizá lo que llamamos “pueblo” tenga que escindirse en varios grupos: el pueblo llano que disfruta y sufre, y a veces se muestra generoso y a veces vive el rencor; los poderosos que se creen más que nadie, y que les puede la avaricia y la soberbia pero a veces son generosos, y unas veces disfrutan y otras ni pueden ni saben disfrutar; y la mezcla de los dos.
            Supongamos que las élites políticas e intelectuales orientan a Europa sobre la senda de la solidaridad. Hay en Europa líderes capaces de hacerlo, el problema son sus pueblos. Imaginemos que un país rico, por ejemplo Alemania, lanza una política solidaria a escala europea; una política altruista, pero que redundaría, con el tiempo, en su propio interés, y la propia Alemania, que hoy hace un sacrificio, mañana acabaría ganando. Esa decisión esclarecida de las élites alemanas les costaría cara en unas próximas elecciones: pues el pueblo alemán, guiado por sentimientos mezquinos e intereses de corto alcance, es muy probable que barriera a esas élites y las sustituyeran por demagogos que esperan ahí, agazapados, aguardando su momento: el momento del egoísmo, de la soberbia, de la insolidaridad y de la exclusión. Europa se rompería y es probable que cada Estado acabara saliéndose para recuperar su soberanía: seguramente para ser león en su propio desierto; que aunque fuera desierto al menos sería propio; y con eso ya estarían contentos. 


            ¿Y si Europa no sigue la senda de la solidaridad? ¿Y si, para evitar que la rompieran los nacionalismos excluyentes, obligara a que cada uno saliera de la crisis por sus propios medios? Entonces se destruiría a sí misma, porque sus señas de identidad, sus ideales de apertura y libertad quedaría en entredicho y una realidad europea contraria a las miras de su ideal sería una realidad inviable. Esta destrucción ideológica de Europa, sumida en sus propias contradicciones, iría de la mano de su destrucción política, pues esta vez serían los países pobres los que se retirarían; acabarían pensando (y con toda lógica) que si no pueden obtener solidaridad de sus socios recuperarían la soberanía que les entregaron; o más bien (porque nadie entregó nada a nadie) lo que cedieron todos para construir el ideal europeo por el que se sintieron atraídos.
            Ésa es hoy la encrucijada de Europa. Por un lado estamos condenados a vivir juntos y por otro hay en cada uno de nosotros ese instinto de independencia que subsiste como una rémora del pasado; como una inercia. Pero en el pasado, cuando esta idea existía apenas, espíritus esclarecidos como Erasmo y Andrés Laguna ya supieron ver en el futuro; y se dieron cuenta de que si Europa no se unía sería el desastre; y lo fue; la guerra de los cien años, que les precedió, dio lugar a la guerra de los treinta años, a un divorcio radical más allá de las religiones, a diversos sobresaltos que nos llevaron después a dos guerras mundiales. Dos suicidios colectivos, tan descomunales como insensatos. Dos pandemias políticas.
            El pueblo, o más bien los individuos, la gente de la calle, siempre sufre las consecuencias. Por eso no vota con la cabeza sino con el estómago, y pone rabia donde debía poner sensatez, donde debía poner corazón pone tripas. Las élites, que normalmente no sufren de la necesidad, pueden pensar con el corazón y con la cabeza, ser prudentes y generosas, aunque muchos no lo sean: pero, en principio, pueden serlo; todo está en que sean unas élites esclarecidas, ilustradas, como quería Kant; en espera de que lo fuese el pueblo.
            El problema es que las élites son una minoría, y las élites ilustradas todavía más. Y que en unas elecciones puede sacar más votos la inconsciencia que la sensatez, aunque tenga motivos. El mundo camina en ese sentido: no olvidemos que Aznar, cuando se enfrentó a Felipe González, se presentó como uno de tantos, pretendiendo confundirse con la gente corriente frente al carisma con el que sobresalía Felipe González; también Donald Trump se presentó diciendo “yo no soy como ésos” (un político diciendo que no es político es como un médico presumiendo de no serlo, qué paradoja: y la gente le votó). Hoy asistimos al triunfo de lo mediocre sobre lo excelente y eso puede hacerle pagar un precio a la democracia. El pueblo alemán votó a Hitler. Los rusos retiraron su apoyo a alguien que tenía algo que decir en la escena política, Mihail Gorbachov, convirtiéndolo en un residuo. Y cuando la democracia se corrompe, renunciando a mejorar su cultura y renegando de la calidad, es capaz de condenar a muerte al mejor de los atenienses, a Sócrates, acusándolo de corromper a la juventud. Es necesario el pueblo para decirles a las élites que pasan hambre (aunque las élites no la pasen). Y son necesarias las élites para recordarle al pueblo que hay problemas que no tienen soluciones rápidas; y que no podemos dar hambre para mañana si nos obsesionamos de manera insensata en dar pan para hoy. Es necesario un equilibrio, un desarrollo político sostenible, lo que Hans Jonas llamaba imperativo de responsabilidad: que la necesidad de sobrevivir hoy no nos impida humanizarnos mañana. En las élites se encuentra mayoritariamente la calidad, aunque también la tenga mucha gente del pueblo; y en el pueblo se encuentra la cantidad democrática, medida en votos que no siempre contienen las mejores opciones. El problema de la democracia es el de equilibrar la cantidad con la calidad, y la democracia es el problema de Europa, una democracia de rostro humano: ésa es su encrucijada. Sería estupendo que lo que construyen los políticos por arriba, cuando es bueno, no lo derribara la gente por abajo: que el futuro no sucumbiera a manos del presente, que la prudencia no cayera empujada por la necesidad.
            Pero hoy los políticos no tienen buena fama. Hay malos políticos, es cierto, pero de que muchos políticos sean malos no se deduce que lo sean todos. Hay que tumbar prejuicios y ése es el primero de todos, porque si acabamos con los políticos ¿quién nos librará del propio pueblo si enloquece (y la política es el antídoto de la locura)? Europa es el punto de mira del mundo. De que Europa no se rompa depende el futuro de la humanidad. Porque en Europa está la cultura que hemos heredado antes de Grecia, echando sus raíces en Asia, y teniendo un pasado tan viejo, tiene el mejor trampolín del mundo para mejorar el progreso; para construir la justicia no solamente desde en sentimiento, sino, a todas luces, desde la razón.
  



viernes, 22 de mayo de 2020

DE NECIOS E IGNORANTES




DE NECIOS E IGNORANTES
  

            -Pues lo mismo le pasa al ignorante. Él no tiene la culpa de ser ignorante, cuando en su infancia no tuvo a nadie que le enseñara. Pero vos, señor alcalde, que habéis tenido todos los maestros, vos tenéis la culpa de ser grosero porque os enseñaron a ser educado.
            La humanidad pesaba menos que la jerarquía: excepto en el soldado.
            -Yo, señor, no tengo la culpa de ser ignorante; la tendría si me complaciera vivir en la ignorancia. Pues debéis saber que hay dos clases de necios: los que no saben y los que no quieren saber; para los primeros guardo mis respetos, y entre ellos se encuentra el soldado; deberíais elegir entre cuál de ellos os gustaría estar.
            El silencio grave, profundo, dio paso a la ofensa; de la autoridad ofendida se podría esperar cualquier castigo.
            -Entended, señor, todos somos ignorantes aunque unos sepamos más que otros; a pesar de nuestra ciencia, todos somos necios: hasta el más sabio; pero no lo somos todos en el mismo grado. Solamente dios lo sabe todo: ¿alguien puede atreverse a ser más que dios?
            Aquella disertación paralizó cualquier represalia; y el señor Ayzaga, alcalde de la Granja, se vio desarmado en su venganza. El sargento Gómez aprovechó aquella parálisis para proseguir.
            -Somos como los niños que aprenden cosas; nuestra vida es una larga aventura de aprendizaje que no se detiene hasta la muerte; aprendemos con los libros, es verdad, pero también con la experiencia; el gran libro del mundo, que decía Descartes.
            La alusión a Descartes sonó a ofensa en algunos de aquellos oídos que nunca fueron ilustrados. El sargento Gómez los apabullaba, vengaba a su joven soldado, estaba dispuesto a no dejarles respirar; especialmente al alcalde de la Granja.
            -El niño no tiene la culpa de ser pequeño; la tendría si se negara a crecer.
            Años más tarde lo llamarían complejo de Peter Pan.
            -Yo sé muy poco, pero quiero aprender; y hay mucha gente que, sepa o no sepa, considera que no le hace falta estudiar.
            La gravedad de la reina le daba un aire doctoral: por la curiosidad que había en sus ojos. Su gesto serio no era severo, sino amable; en la blancura de su traje irradiaba toda su serena majestad.
            -¡Atrévete a saber! –dijo el sargento-. ¡Ten coraje de servirte de tu propio entendimiento! –Lo dijo mirando a los soldados, para justificar el tuteo; que no paraba de ser, si alguien era lo bastante inteligente para entenderlo, un tuteo didáctico; de ninguna manera desacato-. No te conformes con ser listo: ¡atrévete a pensar! –La mano del sargento se levantaba, sobre el codo doblado a media altura, con los dedos tensados, curvados como una garra; en señal de arenga. –Que la inteligencia sin conocimiento nunca logrará hacernos sabios.
            -Sabes mucho para ser un sargento –dijo el duque de Arteaga, menos con ironía que con fastidio; estaba buscando la manera de provocar.
            -Esas palabras no son mías; son de Kant.
            -¿De Kant?


            -Bueno, no son citas literales. Lo he dicho con mis palabras, pero las ideas son suyas. La ilustración no es conocimiento, es valor; yo puedo ser ignorante, pero tengo el valor de salir de mi ignorancia, tengo el valor de estudiar. Bien es verdad que sólo dios puede llamarse ilustrado, porque él y sólo él lo sabe todo; pero los que queremos saber estamos llenos de curiosidad; la ilustración es la fábrica de ilustrados, sabiendo que cuanto más sepamos, más conscientes seremos de lo que nos falta por aprender. La ilustración es la educación. La instrucción. El estudio. La curiosidad. Primero con maestros; luego solos: autodidactas.
            -Y… ¿dónde has oído hablar de Kant?
            -En Alemania, señor; pasé allí un corto lapso de tiempo.
            Un hombre muy serio se deslizó entre los oyentes. Tenía el pelo sobre la frente, como en desorden, a la manera del rey Fernando y de Napoleón. Las guías de los bigotes estaban levantadas; sobre su cara, unas largas patillas; las gafas le brillaban a la luz de la vela y no era posible verle los ojos.
            -Y ahora –dijo el sargento- voy a demostraros que este soldado no es tonto; aunque sea ignorante.
            Se giró hacia él y lo llamó con su mirada.
            -¿De dónde eres, soldado?
            -De Lugo.
            -De Lugo… ¿Qué recuerdas tú de Lugo?
            El soldado calló intentando recordar.
            -La playa de las catedrales -dijo en seguida.
            El sargento paseó la mirada en un movimiento panorámico.
            -¿Alguien conoce la playa de las catedrales?
            Nadie contestó.
            -Yo tampoco: no he estado allí; ni he leído esos libros. –Una breve pausa-. Y ahora, soldado, dinos algo que te recuerde la playa de las catedrales.
            El soldado dijo sin vacilar.
            -El escarapote.
            -¿Qué es el escarapote?
            -Es un pez que se entierra en la arena. Si lo pisas cuando andas por el agua te puede clavar sus pinchos; duele mucho.
            -¿Y tú cómo lo sabes?
            -Picome uno.
            -¡Ah! –dijo el sargento girándose nuevamente-. ¿Alguien conoce el escarapote?
            -No creo que lo conozcan; fuera de Lugo lo llaman ariego.
            Todos callaban. A los labios del sargento asomaba una sonrisa.
            -De modo que el soldado conoce la playa de las catedrales, que no conoce ninguno de los ilustrados que están aquí presentes; conoce el escarapote, que tampoco conoce nadie aquí; y también sabe que entre nosotros el escarapote es el ariego. ¿Alguien lo sabía?
            Se masticaba el silencio.        
            -Sin embargo eso no me da derecho a llamarte ignorante. A nadie. Las autoridades aquí presentes, ciertamente ilustradas, saben muchas cosas, pero ignoran otras; este soldado ignora cuanto nuestras autoridades han aprendido en los libros, pero sabe otras que le ha enseñado la experiencia; este hombre, pues, aunque ignore cosas, no es ignorante; también, a su manera, es un sabio; también, como nosotros, tiene cultura, pero no es la nuestra, no es la cultura de los libros: es la suya; también él, a su manera, es culto.
            Calló. Fue la suya una pausa didáctica. Aprovechó el silencio. 


            -Creo haber demostrado que este hombre no es ignorante. Ahora voy a demostrar que no es tonto; que no es necio. Soldado, ¿sabes tú lo que es el diámetro?
            -Es el ancho de las ruedas. 
            El sargento sonrió, sorprendido por la sencillez de su respuesta; que fue certera.
            -Muy bien. –Buscó entre las cosas que había en la sala y reparó en un sombrero-. Señor marqués, ¿seríais tan amable de prestarme vuestro sombrero?
            -¡Cómo no! –dijo.
            Luego sacó una cuerda de su bolsillo y se la dio al soldado.
            -Aquí tienes. ¿Podrías medir con esta cuerda el diámetro de este sombrero?
            El soldado la midió y se quedó señalando con el dedo el punto de la cuerda que indicaba aquella longitud.
            -Ahora ten la bondad de medir el borde del sombrero; a ver cuántas veces cabe el diámetro en su circunferencia.
            El soldado lo hizo.
            -Tres y me sobra un cacho –dijo.
            -Bien. Ahora haz lo mismo con esta moneda. –Sacó una moneda y pidió a uno de los presentes un trozo de hilo; el resultado fue el mismo que con el sombrero. Luego lo mandó hacer con un botón ancho, con una rueda que había en una estatua y con un ornamento de la pared.
            -En todos los círculos –concluyó el soldado- el borde mide tres veces lo que mide el diámetro, y a todos les sobra un poco.
            -Mide algo así como 3’1.
            -Más o menos.
            -De acuerdo. Ahora supón que necesites una palabra breve para nombrar a ese número, cuando tengas que nombrarlo: ¿cómo lo llamarías?
            -No sé.
            -Di algo.
            Apremiado varias veces, el soldado replicó.
            -Ro.
            -¿Por qué?
            -Porque así es como llamo a mi hermano Rodrigo.
            El sargento se relajó, abriendo los brazos y girándose hacia todos con una amplia sonrisa. Luego se dirigió otra vez al soldado.
            -¿Ves? Nosotros lo llamamos pi; por puro capricho.
            Inmediatamente aprovechó para dar la lección.
            -¿Dónde has aprendido matemáticas, chaval?
            -En ningún sitio; nunca he ido a la escuela.
            -Y sin embargo sabe matemáticas; a poco que le ayudemos a pensar; por lo tanto no es tonto, porque sin instrucción piensa rectamente por sí solo. Hace un rato demostré que no era ignorante, ahora acabo de demostrar que tampoco es necio; sólo necesita una escuela para igualarnos.
            Ahora se extendió el silencio de admiración. Pero, como es lógico, no se lo celebraron las autoridades, cuya razón yacía presa de su sentimiento de casta; los soldados, sin embargo, aplaudieron.
            -¿Esto también lo has aprendido de Kant? –interrumpió el hombre de las gafas que brillaban.
            -No, señor: de Platón; léase el Menón; se lo recomiendo.



                                               (De La sinfonía del nuevo mundo, páginas 39 a 45).

viernes, 15 de mayo de 2020

A PRIORI Y A POSTERIORI




DICCIONARIO DE FILOSOFÍA:
A PRIORI Y A POSTERIORI
  
          
            Los sofistas eran personas que habían estudiado mucho y sabían, por consiguiente, muchas cosas; su erudición hacía de ellos unos auténticos ilustrados; a los sofistas les debemos la expansión cultural de Atenas durante el siglo de Pericles, aunque ya enseñaban sus conocimientos durante el siglo –VI; porque eran extranjeros y careciendo, por tanto, de derechos políticos, se ganaban la vida dando clases; los sofistas cobraban por enseñar.
            ¿Y qué es enseñar? Meter cosas en la cabeza de los alumnos, llenarla de conocimientos, como el minero llena las vagonetas con el carbón que extrae de las minas. Y eso es lo que hacen los profesores hoy: sueltan sus conocimientos para que los aprendan los alumnos, o, como los alumnos dicen, “sueltan el rollo”; cuando habla uno para que escuchen los demás se dice que está dando un discurso: eso es lo que hacen los profesores de geografía, de historia, de literatura, de biología o de química. El discurso era la herramienta con la que trabajaban los sofistas. Pero ellos, además de enseñar cosas, enseñaban a hablar en público; y también enseñaban cuestiones de moral: hoy decimos que la degeneración de la moral (la moralina) convierte los discursos en sermones o monsergas, y las monsergas, unidas a los discursos aburridos, son rollos. Pues bien, los sofistas procuraban enseñar bien sin soltar rollos. Enseñaban conocimientos, procedimientos y valores.
            Sin embargo Sócrates enseñaba de otra forma. Decía que la mente no era un almacén que teníamos que llenar, sino una facultad dormida que había que despertar; enseñar no era meter conocimientos en la mente de los alumnos sino sacarlos de ella; y lo demostró logrando que un esclavo al que nadie había enseñado nada resolviera por sí solo un problema de geometría; Sócrates, preguntándole cosas, iba guiando su pensamiento hasta que el esclavo solo encontró la respuesta; no se trata de enseñar cosas sino de enseñar a pensar, y eso es lo que hacen los profesores de matemáticas: que en lugar de demostrar teoremas les piden a los alumnos que los demuestren ellos. Esto tiene mucho que ver con el aprendizaje por descubrimiento: en lugar de enseñarles cosas a los alumnos ellos las tienen ellos que descubrir; el profesor ya no es una enciclopedia ambulante que nos enseña lo que sabe: sino un animador y un guía que nos ayuda a aprender. El profesor tiene que hacer las preguntas adecuadas para que el alumno descubra lo que sabe, no confundirlos con sus preguntas (que es lo que hacen quienes “van a pillar”). El arte del maestro ya no es el discurso, como en los sofistas, sino el diálogo; en el diálogo socrático (que se llama mayéutica) el maestro pregunta y el discípulo, después de unas cuantas preguntas, encuentra la respuesta. 


            Platón hacía lo mismo que Sócrates: la dialéctica (o arte del diálogo) pretendía que el discípulo aprendiera solo (eso sí, guiado por el maestro): por eso no escribía tratados, sino diálogos. Aristóteles, por el contrario, hacía lo mismo que los sofistas: era un erudito y enseñaba todo lo que sabía, y lo hacía escribiendo tratados; los tratados son discursos escritos. En matemáticas se enseña a pensar, en geografía se enseñan conocimientos, y la física tiene una parte que es discurso (pues hay que conocer las características de la materia y las leyes que rigen su comportamiento) y otra parte que es mayéutica (cuando el profesor nos pide que deduzcamos fórmulas nuevas de las viejas fórmulas que ya conocemos). La química, la biología, pero también la historia, la geografía o la literatura tienen, junto a los conocimientos que adquirimos, una parte de mayéutica, pues las cosas que aprendemos nos ayudan también a pensar; por ejemplo, conociendo los factores del clima y el lugar donde se encuentra cada pueblo, podemos deducir el clima que hará en cualquier parte del mundo; conociendo los estilos literarios, el lector podrá descubrir la estructura de una novela y la época en que ha sido escrita; y la historia no se conforma con enseñar hechos, también nos pide que entendamos sus causas y consecuencias.
            Empeñado en enseñar cosas, Aristóteles era un observador, y se pasaba la vida estudiando animales, plantas, estrellas y constituciones; Aristóteles era médico. Pero Platón era matemático. ¿Cómo podemos estudiar la zoología? Abriendo puertas y ventanas, abriéndose al mundo, saliendo a la calle, abriendo los ojos y empapándose de lo que vemos. ¿Cómo podemos estudiar matemáticas? Cerrando las ventanas, aislándose uno del mundo, buscar en la mente y ver lo que tiene uno en ella. Aristóteles estudiaba lo que hay fuera, lo que formaba parte de su experiencia, y como “experiencia” se dice en griego “empiría”, lo que descubrimos observando el mundo se dice que son conocimientos empíricos. Pero Platón estudiaba lo que tenemos en la cabeza, esos conocimientos con los que hemos nacido sin que nos los haya enseñado nadie: los conocimientos matemáticos, que sabemos antes de nacer, pero los tenemos dormidos y ahora toca despertarlos, como el gallo nos despierta con su canto: los descubrimientos matemáticos son conocimientos innatos. Si Platón se preocupa por lo innato, Aristóteles se preocupa por lo aprendido. Es la diferencia que hay entre lo que llamamos hoy ciencias formales (matemáticas y lógica) y lo que llamamos ciencias empíricas (todas las demás).
            En la Edad Media la principal preocupación de los estudiosos era demostrar que Dios existe. Unos decían que teníamos a dios dentro de la cabeza y que nadie nos la había enseñado, habíamos nacido con ella; demostrar la existencia de dios no era más que sacarla de nuestro pensamiento, despertarla como nos despierta el gallo, hacerla hablar, como Sócrates hacía hablar a nuestra mente dormida: es lo que hacían Agustín de Hipona y Anselmo de Canterbury, vulgarmente conocidos como San Anselmo y San Agustín.
            Tomás de Aquino, por el contrario, quería llegar a dios por medio de la observación de la naturaleza (y seguía, al hacerlo, el camino de Aristóteles). Tener a dios en la cabeza no era saber que dios existe, como saber que alguien llama a la puerta no es saber que quien llama es Pedro. Y si no podemos sacarlo de nuestra cabeza aunque lo tengamos dentro, el único camino que nos queda es observar el mundo y sacar de él al ser que lo había hecho; al mundo se le llamaba “creación” en la Edad Media, y a dios, el creador; nosotros, que formamos parte del mundo, somos sus criaturas. La mayéutica socrática pasa ahora a llamarse demostración propter quid, y la observación aristotélica demostración quia; aunque más lejos que los aristotélicos fueron, en su afán por observarlo todo, los nominalistas; nosotros conocemos a un nominalista famoso: Guillermo de Occam, el protagonista de El nombre de la rosa (pero Umberto Eco le cambió el nombre por el de Guillermo de Barkerville). 


            Ya en el siglo XVII la mayéutica socrática, o dialéctica platónica, que no es otra cosa que el método propter quid de Santo Tomás, la volvemos a encontrar en Descartes; curiosamente Descartes, como Platón, es un amante de las matemáticas; inventó las coordenadas que llevan su nombre, descubrió la geometría analítica y se dedicó a deducir las leyes de la naturaleza en vez de observarlas; pero como este método, que vale para las matemáticas, no vale para la física, se equivocó en casi todo. Los conocimientos innatos a partir de entonces se llamaron a priori, es decir que son anteriores a toda experiencia, los que teníamos ya en la mente antes de que empezáramos a aprender nada: como el principio del tercio excluso.
            Y en el siglo XVIII, con el desarrollo del empirismo inglés (cuyos principales representantes son Locke y Hume), los conocimientos que aprendemos por observación, pasarán a llamarse conocimientos a posteriori: y es que los adquirimos después de nacer, “posteriormente” al nacimiento, en contacto con la experiencia: son los viejos conocimientos empíricos de Aristóteles. Si para el racionalismo cartesiano nuestra mente nace con conocimientos que no pueden venir de ninguna experiencia previa puesto que todavía no hemos nacido, para el empirismo inglés en nuestra mente no hay nada que no hayamos aprendido; y como sólo podemos aprender por los sentidos, un niño que hubiera nacido sin ellos (ciego, sordo, mudo, sin olfato, sin gusto y sin tacto) tendría la mente vacía; esa mente que, según los empiristas, no viene al mundo con ideas anteriores al nacimiento sino que es una tabula rasa, una pizarra vacía, y en ella no hay nada más que lo que vamos escribiendo a lo largo de nuestra vida con la tiza de la experiencia. A diferencia de Descartes, Newton descubrió las leyes de la naturaleza observando, inquiriendo, experimentando: y acertó.
            Ésta es la diferencia que hay entre lo a priori y lo a posteriori: lo innato y lo aprendido, lo pensado y lo memorizado, lo formal y lo empírico, lo platónico y lo aristotélico. Todos los filósofos y científicos se siguen escindiendo entre estas dos corrientes. A título de ejemplo, podemos decir que en la órbita de Platón, y por lo tanto del pensamiento a priori, no encontramos solamente matemáticos sino también científicos; científicos que, o bien hacen experimentos ideales sólo matematizando el mundo, o bien se ven obligados a prescindir de la experiencia porque la parte de la naturaleza que ellos estudian no se puede observar; es lo que pasa con la física cuántica o la teoría de cuerdas, cuyas únicas herramientas son las matemáticas, a falta de poder hacer experimentos; otros científicos platónicos son Copérnico, Kepler, Giordano Bruno, Chomsky o Galileo.
            En cambio Skinner, Pavlov, Bacon, Mendeleiev o Darwin se pueden clasificar como empíricos preocupados por los conocimientos a posteriori, en la medida en que no creen que podamos saber nada acerca del mundo si no es experimentando con él; son, por lo tanto, empíricos aristotélicos y hasta nominalistas. Bertrand Russell, que en una etapa de su vida había sido platónico, acabó sus días abandonando el platonismo. Y buena parte de la física cuántica abrazó un pitagorismo emparentado con Platón. Aunque en Newton el ideal platónico no tuvo más remedio que plegarse, a través del experimento, a la realidad empírica de los hechos, que son tozudos. También le había pasado a Galileo unos años atrás.
  



viernes, 8 de mayo de 2020

LA PEREZA




LA PEREZA           


1. Primeras definiciones.

1.1.  El vigor.

El vigor son las ganas de trabajar y a la falta de ganas la llamamos pereza. Hay gente que viene al mundo dotada de una gran cantidad de energía y es gente laboriosa; otras, en cambio, nacen con muy poca fuerza en la reserva y les cuesta mucho trabajar. No es que unos sean esforzados y otros no se esfuercen, sino que unos tienen fuerza y otros no la tienen, unos son fuertes y otros flojos; o sea, la persona esforzada no lo es por un esfuerzo de la voluntad, sino porque padece de su debilidad; la persona trabajadora no tienen ningún mérito en serlo, sino que se esfuerza porque es así; y el vago no es culpable de su pereza, sino víctima de su falta de fuerza.
Entonces ¿qué es el esfuerzo? El esfuerzo es el ánimo que nos da la fuerza con la que hemos nacido. A mí me gusta la filosofía y si he nacido vigoroso me empeño en filosofar y estudio y escribo y el esfuerzo, más que costarme trabajo, me da placer: disfruto trabajando; lo que no le pasa a la persona floja que, aunque disfrute con lo que hace, no le echa horas de trabajo. Fijémonos en un deportista: si, además del gusto por el ejercicio físico, es una persona enérgica, será un deportista sacrificado que goza y sufre en los entrenamientos, sacándoles rendimiento a las fuerzas que tiene; si, por el contrario, es flojo, sólo jugará para pasárselo bien, y maldecirá siempre el momento en que tenga que entrenar, esforzarse y superarse, cuando tiene que sacar fuerzas de dentro para ser mejor, no para disfrutar. En el fútbol hay gente que tiene cualidades y las desarrolla y gente que sólo las utiliza para divertirse; gentes, como Messi y Ronaldo, que son jugadores sacrificados cuya pasión es trabajar siempre para ser mejores, y otros, como Ronaldinho, que estropean siempre todo su potencial pensando sólo en ir de fiesta.

1.2.  La fuerza y el valor.

Tampoco hay que confundir ser esforzado con ser valiente. La persona esforzada tiene espíritu de sacrificio, ganas de trabajar, porque ha nacido motivada para hacer lo que le gusta (al revés de lo que le pasa al vago). Pero la persona valiente tiene espíritu de lucha, ganas de vencer a la adversidad, de superar las dificultades. Nos puede gustar la guitarra y pasar muchas horas tocando, pero a la menor dificultad nos venimos abajo. Hércules es esforzado porque no repara en gastos, tanto físicos como mentales, a la hora de trabajar; pero Héctor es valiente, porque está dispuesto a desplegar toda la fuerza que tiene (que es menor que la de Aquiles y él lo sabe) para pelear con Aquiles; a sabiendas de que no podrá derrotarlo.
Hay que distinguir, pues, entre dos formas de fuerza: la que tenemos almacenada en el cuerpo y la que tenemos almacenada en el ánimo; Aquiles tiene más fuerza que nadie y por eso es invencible; Héctor tiene más capacidad de aceptar retos, aunque sean imposibles, y por eso es valiente; Aquiles es fuerte y Héctor valiente; el valor, como fuerza del ánimo, es la capacidad de cumplir con nuestro deber aunque al hacerlo estemos abocados a la derrota. Aquiles es fuerte pero se comporta como un cobarde, y su fuerza moral es la de una persona poco recomendable; Héctor, en cambio, es un modelo de virtud; Aquiles es capaz de poner en peligro la guerra de Troya por no saber frenar su cólera; Héctor, en cambio, está dispuesto al sacrificio con tal de cumplir con su deber.
Hay que distinguir, pues, entre fuerza y valor. Fuerza es la cantidad de energía que tenemos dentro. Valor es la capacidad de enfrentarnos a la adversidad, independientemente de nuestras posibilidades de éxito. Y si el cuerpo es un almacén de fuerza, el ánimo es un almacén de sacrificio; y el sacrificio es la capacidad de emplear la fuerza no en beneficio propio, ni siquiera en beneficio de los demás, sino en beneficio de todos, que es cuando cumplimos con nuestro deber. El desánimo es la debilidad moral, y se ha visto a gente tener un ataque de cólera porque no ha tenido fuerza suficiente para cumplir con su deber.


1.3.  Resistencia y fuerza.

Fijémonos en cómo funciona un coche. Un coche puede tener más fuerza porque tiene más gasolina que otro; pero también porque tiene un motor más potente, con mayor capacidad de crear fuerza; y así, el que tiene más gasolina tiene menos fuerza que el que tiene más caballos de vapor; la gasolina te asegura que vas a sostener tu esfuerzo por más tiempo, pero tu potencia te garantiza que tu esfuerzo va a tener más intensidad, y la fuerza que despliegas va a ser mucho mayor; es más, la potencia suele ir en relación inversa de la duración, porque los motores potentes gastan más gasolina que los que son más débiles y flojos. Consideraciones parecidas podemos hacer en lo que respecta a la fuerza moral.
            Podemos decir, así, que la resistencia es la capacidad de persistir en el esfuerzo, sea porque nuestro esfuerzo dura más en el tiempo o porque, consumiéndose en menos tiempo, es capaz de contrarrestar una fuerza mayor.

2. Hacia una definición de la pereza.

2.1. Sacrificio.

            Llamamos vigor a la fuerza. Fuerza física es la capacidad de acción que hay en  nosotros. Fuerza anímica es el deseo de acción que tenemos dentro, que es, en tanto que deseo, búsqueda de placer, y en tanto que despliegue de fuerza, esfuerzo o sacrificio; es, por tanto, espíritu de superación en el que se sufre al mismo tiempo que se disfruta. Este deseo de enriquecerse aunque cueste sacrificio es la ambición de verdad, es anhelo de plenitud, de ser cada vez más uno mismo.

2.2. Pereza.

            La ausencia de fuerza física es debilidad, escasez de capacidad de acción. Pero esa otra forma de debilidad en que consiste la debilidad moral (a la que también podríamos llamar debilidad anímica) es la pereza: búsqueda de placer sin esfuerzo o sacrificio, que es falta de ambición; mediocridad, justamente lo contrario del espíritu de superación.

2.3. Potencia.

            Podemos distinguir entre potencia y duración. La potencia de un coche es la cantidad de fuerza que puede desplegar, concentrándola en cada segundo, y se mide en caballos de vapor; la potencia es, entonces, acción sobre el mundo; acción: capacidad de cambiar las cosas y capacidad de iniciar ese cambio. Así, ese vigor al que hemos caracterizado como fuerza anímica, ambición esencial, deseo de plenitud o búsqueda de superación, puede ser más potente si puede hacer más cosas en menos tiempo; y en todo caso lo hace por propia iniciativa, por deseo de ser cada vez más y mejor.


2.4. Inteligencia.

            La duración del esfuerzo es la cantidad de tiempo que podemos mantener desplegada nuestra potencia; en un coche corresponde a la cantidad de gasolina que tiene, a la cantidad de combustible. A mayor potencia menor duración, porque consumimos nuestras energías en menos tiempo: como le pasa al guepardo, que es capaz de correr a cien kilómetros por hora pero si, en poco tiempo, no es capaz de cazar una presa, se queda agotado y tiene que resignarse a pasar hambre. Una persona dotada de gran fuerza moral y de una gran potencia debe tener la inteligencia de dosificar su fuerza, so pena de perecer consumido por el despliegue de su propio esfuerzo.

2.5. Reacción.

            Pero la potencia no se opone solamente a la persistencia, es decir a la duración. También es lo contrario de la resistencia, es decir de la reacción; la reacción es lo contrario de la iniciativa, a la que solemos llamar a veces (de modo incorrecto) acción; incorrecto, porque la reacción es también una forma de acción (precisamente la que no ha llevado la iniciativa).
            Pues bien, la reacción es la forma de vida que tiene la persona no vigorosa, es decir inerte (que lo mismo es no hacer nada como ser un peso muerto): la que pone inercia donde debía poner iniciativa, y se limita a responder a las preguntas del entorno en lugar de hacer ella sus propias preguntas.
            Resumiendo: vamos a condensar la diferencia entre vigor y pereza.

A. Vigor. Una persona vigorosa es la que, independientemente de que tenga fuerza física o no, disfruta superándose, se supera esforzándose, y esa forma de plenitud es el motor de sí misma: la ambición de ser, no de estar, y por lo tanto el espíritu de iniciativa; y tiene la inteligencia (la llamaríamos prudencia) de dosificar su esfuerzo para no romperse en el empeño de ser más y mejor. A eso es a lo que llamamos echarle ganas a la vida, y, en tanto que vida con iniciativa, disfruta del esfuerzo sin dejarse llevar por el viento: porque él mismo se mueve gracias al motor interior.

B. Pereza. El perezoso es un abandonado. Una persona de ánimo débil y poca entereza moral: que vive de forma mediocre porque se empeña en disfrutar sin esforzarse, huyendo siempre del sacrificio y dejándose llevar en todo momento por la falta de ambición; puede tener potencia de acción, pero, carente de iniciativa, emplea toda su vida en reaccionar frente a los ataques del mundo sin afán de hacerse mejor en la resistencia; sino conformándose con poco, que es la vida cómoda, y para ello escatima esfuerzos y busca continuamente la forma en que pueda lo más pronto posible dejar de resistir.


3. Ejemplos.

3.1. La cigarra y la hormiga.

            La cigarra se pasa el día cantando, tumbada en su rama, disfrutando del momento y  olvidándose del mañana. Sólo le interesa disfrutar, dejarse llevar, vivir sin esfuerzo y no hacer nada, si por no hacer nada entendemos hacer sólo lo que le apetece.
            La hormiga se pasa el verano trabajando, esforzándose siempre y empeñándose en pensar en el mañana; su meta no es disfrutar, sino acumular alimento para tener qué comer cuando llegue el otoño. Sólo piensa en el futuro, y por preparar el futuro se olvida del presente; y se pasa la vida haciendo lo que no le gusta sin dejar de sacrificarse; pues sacrificar es renunciar al placer por asegurarse la supervivencia; y para sobrevivir mañana hay que dejar de vivir hoy, si por vivir entendemos algo más que sobrevivir: disfrutar.
            La cigarra hace sin esfuerzo lo que le gusta, disfruta, porque disfrutar es dejarse llevar por la naturaleza, haciendo lo que le sale solo.
            La hormiga se esfuerza en hacer lo que no le gusta, empeñada, no ya en vivir, sino en durar; pero ni disfruta mientras se prepara para el invierno, perdiendo la alegría del verano, ni cuando ya ha pasado el verano, empeñada en un invierno reducido a la supervivencia, donde la vida no tiene alegría ni placer.
            La cigarra es alegría. La hormiga es sacrificio. La fábula nos obliga a elegir entre trabajar sin disfrutar o disfrutar sin trabajar; como si la ambición de la hormiga no tuviese plenitud y la alegría de la cigarra estuviera vacía de ambición.
            No existe el placer sacrificado. Sólo existe el placer sin esfuerzo y el sacrificio sin placer. Y gozar, para la fabula, es lo mismo que ser perezoso; mediocridad, inercia, falta de vigor y de fuerza, un ser disminuido y carente de naturaleza, confundir el dejarse ser con el dejarse llevar.
            La fábula confunde el placer con la pereza, la vida con la supervivencia, la alegría con la inercia, el goce con la desgana y con el deseo de no hacer nada: eso representa la cigarra. Y la hormiga representa otro tipo nefasto de confusión: el trabajo con el sufrimiento, la iniciativa con la tristeza, el sacrificio con la renuncia y el hastío, y la inercia con el instinto de hacer sin disfrutar.
            Pero hay una alternativa para el trabajo bíblico. Para el trabajo concebido como una cadena, una condena, una prisión. Se puede trabajar sin sufrir y se puede desfrutar sin ser vago. Gozar, vivir y cantar no tiene que ser verse convertido en cigarra perezosa, sino esforzada en disfrutar. Y trabajar, sobrevivir y sacrificarse no tiene por qué convertirnos en hormigas sufridas que se han olvidado de disfrutar.
            El placer no es lo mismo que la pereza. El trabajo no es lo mismo que el sacrificio. Entre la cigarra y la hormiga hay una tercera forma de vivir.


3.2. Los tres cerditos.

            Tres cerditos se querían construir una casa. Uno, tocando el violín, junta unas pocas ramas que se lleva el viento por no dejar nunca de tocar. Otro, disfrutando con la flauta, trabaja un poco más aunque toque menos, y a cambio le dedica más tiempo a la casa, y la construye juntando piedras y troncos que resisten más. El tercero se la construye con argamasa y ladrillo, juntando cemento, yeso, materiales duros y utilizando la paleta, la llana, el nivel, la plomada y la técnica del albañil: pero no tiene tiempo de disfrutar de la música; se pasa la vida construyendo su casa sin pensar en nada más.
            Luego viene el lobo y sopla sobre las ramas del primer cerdito, que tiene que salir corriendo a refugiarse en casa de su hermano mayor; desbarata a golpes y patadas las piedras y los troncos del segundo, que tiene que salir corriendo también; pero cuando llega a casa del albañil ni los soplidos ni las patadas del lobo consiguen derribar una casa tan bien construida. La moraleja es que si te pasas la vida divirtiéndote no trabajas y  te quedas sin casa; tienes que elegir entre ser vago o trabajador.
            Pero el cerdito trabajador no disfruta de la vida. Se pasa todo el tiempo trabajando como un esclavo, y nunca tuvo tiempo de deleitarse con la música. Como una hormiga.
            El cerdito perezoso nunca tuvo casa. Se pasó las horas muertas tocando y disfrutando y nunca hizo nada por construir su seguridad. Como una cigarra.
            La solución está aquí en el cerdito de en medio: pero la historia está mal desarrollada, como si los dos primeros cerditos representaran grados distintos de pereza y sólo el tercero fuera el cerdito trabajador. Visto así, cualquier grado que adoptemos en la escalada de la pereza estará mal elegido; sólo elegiremos bien cuando nos decantemos por trabajar, y no por pasarlo bien.
            La salvación está aquí en el cerdito de en medio, pero hay que cambiar la historia para hacerla hablar mejor. Ni cerdito que se divierte sin trabajar como la cigarra perezosa que nunca tendrá una casa; ni cerdito que trabaja sin divertirse como la hormiga que se construye una casa envidiable pero nunca tuvo tiempo para disfrutar; sino cerdito que se construye una casa sólida trabajando con sacrificio pero sin perder la ocasión de tocar en ella y disfrutarla. Entre la hormiga sacrificada y la cigarra perezosa el cerdito de en medio nunca confunde el placer con la pereza. El placer es una forma de trabajo en la que nos dejamos llevar, y el sacrificio es esa otra forma de trabajo con la que guiamos nuestro esfuerzo, y que nos lleva.
            La vida está hecha de placer perezoso que nos arrastra a lo que nos gusta. Y de trabajo sacrificado con el que debemos combatir nuestras inercias, siempre que sean inercias peligrosas para la supervivencia. Debemos ser cigarras y hormigas a la vez. Seres sacrificados capaces de disfrutar. No seres condenados al sacrificio ni vagos prisioneros del placer, como la hormiga que nunca fue cigarra ni la cigarra que supo ser hormiga para sobrevivir. No hay que elegir entre el trabajo y el placer, como si el placer fuera lo mismo que la pereza. Hay un trabajo placentero que riega nuestras aficiones y nuestros gustos y un trabajo esclavo que nos impide disfrutar. La vida es una urdimbre de aficiones y sacrificios en la que nos vamos construyendo: como una tela de hermosos colores que debe someterse a una regla para lanzar su libertad al viento, o como la melodía que se construye libremente sometiéndose a la disciplina del compás.


3.3. ¿Qué hacemos con la pereza?

            Nosotros utilizamos la palabra “pereza” en dos sentidos: por un lado la concebimos como creatividad, o más bien libertad, pues no puede crear nada la persona que no se siente libre; y por otro lado significa desgana, falta de energía, inactividad. En el primer sentido confundimos la pereza con la libertad. En el segundo la utilizamos como sinónimo de falta de vigor. La libertad, que es, por definición, trabajadora, nos satisface y enriquece, nos llena de plenitud. La pereza, que es falta de ganas de trabajar cuando sentimos la necesidad y el instinto de hacer cosas, nos hunde en el hastío, en el aburrimiento. O hay que confundir la energía libre con la desgana y la creación con la falta de energía, como ya lo decía Quevedo: la libertad ha engendrado en mi pereza la pobreza.
            Hemos nacido para ser libres.
            Y hemos nacido para el sacrificio.
            Pero no hemos nacido para aburrirnos.
            La ley del mínimo esfuerzo nos hace libres. La necesidad y el instinto de apasionarnos en la construcción de nosotros mismos nos hace amar el sacrificio. Sólo el perezoso deja de apasionarse en la pereza de no hacer nada porque, como un día recordaba Savater, aburrirse viene de burro. Sólo se aburre quien no hace nada porque le da pereza, porque no quiere hacer ningún esfuerzo por divertirse. Y ser un burro, ya lo sabemos, significa dos cosas: por un lado es ser tonto; por otro es ser vago; y al vago, ya lo sabemos, no le interesa a zanahoria: sólo sabe trabajar con el palo.