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viernes, 6 de mayo de 2022

EL TRABAJO

 

 

EL TRABAJO     

 


            Para estar en el mundo debemos aprender a sobrevivir: es lo que llamamos ganarse la vida, buscarse la vida, ganarse el sustento; trabajar. Para entrar en el mundo hay que abrir una puerta y la llave es el trabajo. Estamos en una ciudad: hay autobuses, taxis, restaurantes, bares, comercios, teatros y cines; pero si no tenemos dinero no podemos entrar ni en el bar, ni en el comercio, ni en el transporte ni en el cine; el dinero es trabajo convertido en pasaporte para la ciudad y sin ese pasaporte la ciudad es la tierra prometida que dios le dio a Moisés (la verás, pero no la disfrutarás).

            En el paleolítico había una economía de subsistencia; la gente cazaba y recogía los frutos de los árboles. En el neolítico pudimos dedicarnos a otras cosas porque sabíamos almacenar la comida y  no teníamos que buscarnos todos los días el sustento: había comida para todos y muchos no necesitaban producir sus propios alimentos, sino que se los compraban a otros; los compraban con ese dinero que ganaban haciendo otras cosas que nada tenían que ver con el comer: escribir, inventar historias, contárselas a los demás, construir edificios, fabricar arados, joyas y armas, modelar vasijas de barro, había tantas cosas que hacer… Al cazador le sucedió el ganadero; al recolector, el agricultor; al curandero, el médico; al artesano, la división del trabajo; el sacerdote se siguió ocupando de las cosas del otro mundo; y el trabajo siguió siendo una forma de ganarse el sustento, pero cada uno se lo ganaba de muchas maneras diferentes.

            El trabajo que podemos convertir en dinero lo llamamos empleo. Hay muchos trabajos que no sirven para ganar dinero y son los hobbies, los caprichos, los entretenimientos; la mayoría de las sociedades han sido reacias a convertir en dinero el trabajo de las mujeres; las mujeres han trabajado incluso más que los hombres, pero nadie les pagaba por ello; las mujeres nunca han tenido la llave de la ciudad; y necesitaban, para disfrutar de ella, casi siempre del trabajo de los hombres. Manejar el dinero, igual que ganarlo, siempre ha sido un privilegio masculino; el único dinero que manejaban las mujeres era el salario que llevaban los hombres a casa; y siempre los ha habido que se gastaban en los bares la parte que no les daban a sus mujeres; a veces no les daban nada; o casi; y la mujer siempre ha estado atada al hombre convertida en ser dependiente, mientras el hombre vivía la libertad en el hogar; otra cosa era ser libre en la ciudad, que en ella los hombres dependían de sus jefes. 



            Hoy las escuelas nos preparan para el trabajo. Las primeras escuelas fueron aprendizaje de oficios. Hoy nos hemos inventado eso de poner la cabeza, el cuerpo y el corazón a desarrollarse, en el mundo, en el cúmulo de posibilidades que tiene el mundo donde vivimos, y a eso lo hemos llamado desarrollo personal: inseparable de la participación social. Hoy las cosas se han invertido; hoy decimos que la escuela sirve para facilitar el pleno desarrollo de la personalidad, y accesoriamente para formarnos para el empleo. Pero la realidad es que al alumno, casi siempre, le aburre el desarrollo personal y al final, cuando ha perdido el tiempo, se queda con lo único que puede ver, oír y tocar, que es el empleo. El alumno que se construye en la escuela como persona consigue normalmente un modo de vida más feliz, más satisfactorio: más humano; y quien se embrutece y se queda sólo con el empleo está abocado a una vida triste, pobre, dependiente y sin demasiadas ilusiones; los más pobres de todos son quienes ni siquiera han aprendido un oficio para vivir: y sobreviven como pueden; a veces los utilizan otras gentes para llevarlos a la guerra y pagarles un sueldo por matar.  

            El trabajo. Quien no tiene trabajo muchas veces se busca la vida en los bajos fondos. Donde no tiene control sobre sus pasiones y se deja gobernar por el cuerpo, en lugar de ser él quien mande en su cuerpo; vive rodeado de alcohol, de vicios, de compañeros que no son amigos, de drogas; y come cuando puede y cuando come también estropea su cuerpo; porque no sabe comer y aunque tenga dinero, no compra más que basura cara; placeres que le quitan la salud, azúcar, tabaco, colesterol: basura.

            El trabajo es la llave que nos abre la puerta de la ciudad. En la ciudad no se trata sólo de sobrevivir sino de vivir plenamente; de ser útiles, sí, pero sobre todo de desarrollar nuestras fuerzas haciendo cosas que nos permitan ser felices, aunque no sirvan para nada. Antes que aprender un oficio hay que saber buscar la felicidad (que no es el placer fácil, sino el placer conseguido con esfuerzo); que es alegría más allá del placer, que es sentimiento que viaja agarrado a la razón; y que es ilusión con ganas de desarrollar todo lo que tenemos en germen; y lo tenemos que sembrar. Hay quien tiene muchas semillas y no siembra nada. Quien podría ser feliz de muchas maneras y no lo consigue de ninguna: porque le gusta el placer gratis y quiere conseguirlo sin trabajar y en el mundo el placer no se da gratis, por lo menos el que no nos envenena; la pereza es cuando se rompe la llave que nos abre las puertas de la ciudad.

El trabajo es esa llave. Está hecho de dos materiales, uno de ellos es el empleo; el otro, la sinfonía concertada de cabeza, cuerpo, corazón y mundo donde estamos o estaremos algún día; con esos cuatro instrumentos el trabajo forma una orquesta; con ella  toca la sinfonía de la personalidad.

 


 

 

viernes, 29 de enero de 2021

LA TRAMPA DE LAS METÁFORAS

 

LA TRAMPA DE LAS METÁFORAS



            La semana pasada publiqué un artículo sobre Miguel Hernández. Su objetivo era comparar sus metáforas con las que Nietzsche había utilizado en su obra magna, Así habló Zaratustra. El bestiario de ambos autores tiene puntos en común, pero diverge también en algunos aspectos. El artículo de esta semana intenta explicar, en cada uno de esos autores, el simbolismo de los animales.

 

1. Nietzsche.

 

            El camello representa la sumisión; el espíritu que tiene miedo a la libertad y prefiere someterse a lo que le digan que piense o que haga. Contrariamente a las apariencias, es muy cómodo ser esclavo. Pero se puede ser esclavo de dos maneras: o perdiendo la libertad después de haber luchado o entregándola sin lucha; en el primer caso se trata de gente deseosa de ser libre, y en el segundo de gente que prefiere no tener responsabilidades; los negros que fueron arrancados de África para trabajar en las plantaciones son gente libre, sometida por otra gente que tiene más armas que ellos; y los capataces que les dan latigazos en las plantaciones suelen ser negros al servicio de los negreros, han comprado la libertad de moverse sirviendo a los amos que esclavizan a los otros negros. Llamaremos esclavos vencidos a los primeros y esclavos vendidos a los segundos.

            Los soldados derrotados en las batallas, los cautivos atormentados y deportados, los autóctonos encadenados por los colonos, los leones cazados en lucha agónica, los niños maltratados por sus padres, los obreros explotados en la revolución industrial, los ciudadanos chantajeados por las maffias, los seres libres que no pueden con la ley del más fuerte, los estudiantes que luchan contra el fracaso aunque suspendan los exámenes: todos esos son los esclavos vencidos.

            Quienes se rinden sin luchar en las batallas, quienes se venden al amo para ser cautivos ricos antes que pobres y libres, quienes traicionan a los amigos para obtener un beneficio, quienes se dejan cazar para no meterse en líos, quienes obedecen a sus padres cuando les mandan hacer cosas indignas, quienes (como los asesinos de Viriato o como Judas) traicionan a sus amigos por unas cuantas monedas, quienes resisten al chantaje y pierden la partida, quienes pisan al débil para servir al fuerte, quienes se rinden al fracaso y renuncian a seguir, sólo porque han suspendido un examen, y quienes, en fin, prefieren ser mayores en casa de sus padres antes que salir al mundo para ganarse la vida, quienes viven a costa de otros y se someten antes que tomar las riendas y salir adelante: ésos son los esclavos vendidos


            Nietzsche utiliza la figura del camello para representar a los esclavos vendidos. A todos aquellos que prefieren depender de la pereza antes que liberarse son su esfuerzo. A quienes están más cómodos chateando que conversando, copiando en el examen antes que estudiando, viendo la televisión antes que leyendo un libro, viendo una mala película antes que una buena, a quienes prefieren acosar a un amigo débil antes que enfrentarse al fuerte, a quienes prefieren pensar como los demás antes que  tener criterio propio y a quienes, en fin, prefieren ser veleta que mueve el viento antes que torre que se le resiste: a todos esos Nietzsche los llama camellos. El camello es el que dobla el espinazo y se inclina, servil, a que le pongan encima las cargas más pesadas, que él puede con todas; que resulta más fácil, aunque cueste más, cargar con lo que nos mandan que mandarse a uno mismo, ser capitán de nuestra alma, como decía William Henley, ser dueño de nuestro propio destino. Muchos prefieren seguir los caminos trillados antes que abrirse camino: abrir trocha, como se dice, y vencer al follaje con el machete; o, como decía Antonio Machado, hacer camino al andar.

            El león representa el espíritu indomable, infatigable y libre. Puede ser indómito cuando nadie le vence; pero, cuando no ha podido alzarse con la victoria, nunca será un arrastrado sino solamente un esclavo vencido: que perder una batalla no es perder la dignidad, sino solamente dar un paso atrás antes de saltar de nuevo; coger impulso. Nadal ha perdido algunas batallas pero ha ganado muchas; y ha sido tan indómito en las derrotas como generoso en el triunfo. Rafa Nadal es un león esforzado, un corazón agónico, un espíritu libre. El león representa para Nietzsche, más que la libertad, la liberación: la vida que se enfrenta a la muerte con valentía, el brío que no se rinde ante las adversidades y lucha, el espíritu que no baja la guardia y, como sucede en tiempos de pandemia, acepta al coronavirus como única forma de combatirlo: los negacionistas no son unos leones, sino unos camellos; son, como el avestruz, gentes que piensan que enterrando la cabeza para no ver el peligro desaparece, con la cabeza, el peligro.

            Pero Nietzsche nos advierte de un problema: que el león está tan empeñado en luchar que no sabe qué hacer con la victoria cuando la consigue. Hay locos que, como Nerón, quieren destruir el viejo mundo para construir un mundo nuevo y una vez que lo han destruido ya no saben qué hacer; han empleado sus energías en luchar y quemar y cuando han conquistado la libertad no saben usarla; por eso dice Nietzsche que el león es un señor, sí, pero un señor en su propio desierto; está solo y no tiene mundo en el que mandar, en el que ser su propio señor sin que nadie mande en él, pero sin que él tenga tampoco necesidad de mandar en nadie: eso sólo lo puede hacer un espíritu inocente que vea al mundo como un juego, que sepa crear, una mente limpia, enérgica, generosa y fuerte y al mismo tiempo delicada; que sepa amar sin odiar, corazón que diga sí a la vida y la convierta en obra de arte: un niño.

            Por eso Nietzsche nos dice que el espíritu fue primero un camello, rendido y traidor, y después fue un león liberándose de sus cadenas antes de convertirse al final, con la fuerza de la inocencia, en un niño.

 


2. Miguel Hernández.

 

            El gran poeta español tiene un poema en el que pinta el espíritu indómito y libre a través de la figura de los animales: se llama “Vientos del pueblo”. En un principio se ve que el buey incorpora el simbolismo del camello: 

 

Los bueyes doblan la frente

impotentemente mansa;

delante de los castigos

los leones la levantan.

 

            Está claro que para hablar del espíritu libre utiliza al león: la sintonía con Nietzsche es absoluta. Esto le da pie para sentenciar:

 

No soy de un pueblo de bueyes,

sino de un pueblo que embargan

yacimientos de leones,

desfiladeros de águilas

y cordilleras de toros

con el orgullo en el asta.

 

            Ahora la libertad se encarna en el león, el águila y el toro. Sólo que el águila, además de ser un animal libre, es un animal rapaz; y la rapacidad es un rasgo moral que asocia la libertad del vuelo (enseñoreándose majestuosamente de los desfiladeros) con la avaricia, la codicia, la ambición desmedida, y el robo. Hay aquí un desliz semántico por el que el poeta, sin darse cuenta, ensalza a un pueblo libre y sin escrúpulos. El águila también es un símbolo en Nietzsche. Y la serpiente, que representa la astucia. Y si en un principio nos sentíamos identificados con las palabras de Miguel Hernández, ahora sentimos que no es eso, no es eso. El significado se ha deslizado hacia asociaciones caprichosas que dicen cosas contrarias a las que queremos decir. Si seguimos leyendo el poema aparecerán otras cosas extrañas.

 

Nunca medraron los bueyes

en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo

sobre el cuello de esta raza?

 

            Hasta ahí, todo bien: el buey ara los campos en parejas uncidas por un yugo; en la medida en que está asociado al yugo, el buey representa la esclavitud del camello y se opone a su versión libre de yugos: al toro. Pero resulta que el toro es un animal esclavo destinado por su dueño a morir en la plaza en agonía trágica; el toro representa, pues, una versión del camello transida de patetismo, que si se manifiesta como buey aparece asociado a los yugos (es decir, a las cadenas) y si se manifiesta como toro, a las picas, estoques y banderillas (es decir a la muerte). Apelar al toro bravo es reivindicar la esclavitud hecha tragedia. España tiene forma de toro y su destino es glosado así por Rafael Alberti: “a aquel país se lo venían diciendo desde hace tanto tiempo… Tienes forma de toro, de piel de toro  abierto, tenido sobre el mar”. Miguel Hernández prosigue con su alegoría:

 

Crepúsculo de los bueyes,

está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos

De humildad y olor de cuadra;

las águilas, los leones

y los toros de arrogancia,

y detrás de ellos, el cielo

ni se enturbia ni se acaba.

La agonía de los bueyes

tiene pequeña la cara,

la del animal varón

toda la creación agranda.

 


            La cualidad propia del buey es la humildad; la del toro, la arrogancia. Al asociar humildad con esclavitud el poeta identifica libertad con arrogancia y previamente había dicho que España era el “crepúsculo de los bueyes”, cuando acaba diciendo lo contrario de lo que quiere decir: las metáforas lo han traicionado. Quería decir que prefiere la libertad a la esclavitud y dice, por el contrario, que prefiere la arrogancia a la humildad; siendo la arrogancia un vicio, como sabemos (la soberbia: un pecado capital) y la humildad una virtud, la virtud de no creerse más que los demás, la virtud de no ser arrogante; pero como resulta que a veces llamamos humildes a los que no se atreven (es decir a los cobardes) y arrogantes a los valientes, el buey, en tanto que humilde, puede parecer un esclavo vendido cuando es en realidad un esclavo vencido: lo mismo que el toro; la alegoría del poeta se derrumba como un castillo de naipes.

            Pero hay más. El poeta identifica a las águilas, los leones y los toros (que representan la fuerza y la valentía) con el animal varón; con lo que se supone que el buey (es decir la sumisión y la cobardía) pasa a ocupar el campo semántico referido a la mujer: la que sufre, la que llora, la que aguanta, la que esgrime, contrariamente a la lucha, la virtud de la mansedumbre (entendida ésta como claudicación) y la paciencia. Un sesgo sexista en línea con buena parte de la literatura, en este caso española; no olvidemos lo que se le dice a Boabdil cuando pierde Granada a manos de los Reyes Católicos: “no llores como mujer lo que no has sabido defender como hombre”. Está claro: la naturaleza del hombre es ser valiente; la de la mujer, ser cobarde. Esto no lo piensa, pero lo dice, Miguel Hernández; el poeta se halla cogido en su propia trampa.

            Matiza, claro; pero no puede evitar contradecirse. Admira las lágrimas  entre los andaluces, pero son torrenciales; rechaza la cuadra donde viven los bueyes, pero representan la paz mientras que los leones y los toros encarnan la guerra; ensalza la braveza de los asturianos, la piedra blindada de la que están hechos los vascos, el relámpago de los andaluces, la firmeza de los catalanes, la casta de los aragoneses, la dinamita de los murcianos: todos ellos valores varoniles, fuertes, valientes y libres.

            Pero también ensalza la alegría de los valencianos, el alma, la tierra y las alas de los castellanos, las guitarras de los andaluces, y las lágrimas; el centeno (la labranza) de los extremeños, y la lluvia, la calma de los gallegos, cualidades femeninas en lo que tienen de sensibilidad y delicadeza, pero se pueden volver masculinas si las asociamos con la fuerza: las alas de los castellanos se vuelven fuertes en el águila, las lágrimas, ya lo hemos visto, pueden ser torrenciales, la alegría puede ser eufórica, la calma de los gallegos puede llegar a ser firmeza… Pero hay una cualidad que le falta a la mujer: la fuerza; como si ser sensible fuera lo mismo que no ser fuerte. Aunque Miguel Hernández, atrapado en la trampa de sus metáforas, la ensalza en otro de sus poemas: “Rosario la dinamitera”.

            Pero lo que no admite el poeta es la esclavitud:

 

Yugos os quieren poner

gentes de la hierba mala,

yugos que habéis de dejar

rotos sobre sus espaldas.

 

            Y aquí está el simbolismo del  buey: el yugo. Sin embargo hay un doble campo semántico asociado al buey: el del yugo, claro está, que representa la  mansedumbre entendida como cobardía, el vivir arrastrado; pero también está el de la humildad, el de la cuadra, el de la vida pacífica y sin violencias, sin claudicaciones; y está en el alma de los castellanos, “airosos como las alas”: que no son las alas del águila (cualquiera diría que del buitre), sino del ruiseñor:

 

que hay ruiseñores que cantan

encima de los fusiles

y en medio de las batallas.

 

            No lo dice Miguel Hernández, pero así lo entendemos nosotros: el ruiseñor vendrá después del águila, como en Nietzsche al león le sucedía el niño; en los dos casos a la guerra le seguirá la paz, al no a la esclavitud le seguirá el sí a la vida, y la creación, y la libertad del artista, reinarán después de que reinara el león, en su desierto, solo. Miguel Hernández está diciendo lo mismo que Nietzsche: sólo le han traicionado las metáforas.

 


 

 

viernes, 1 de enero de 2021

CONOCIMIENTO ORDINARIO

  

DICCIONARIO DE FILOSOFÍA

CONOCIMIENTO ORDINARIO  

 


            Toda la lógica de Aristóteles gira en torno al término medio; su ética, a la virtud entendida como término medio entre dos extremos (que son, respectivamente, el vicio por defecto y el vicio por exceso); y su filosofía política, en torno a las clases medias. Podemos decir que Aristóteles tiene espíritu de sistema; que lo que dice en un sitio es coherente con lo que dice en otro; y que, en definitiva, no se contradice.

            La gente de la calle puede decir un día que “a quien madruga dios le ayuda” y si alguien responde que de nada sirve esperar la ayuda de dios, que “ayúdate y dios te ayudará”, le damos en seguida la razón sin caer en la cuenta de que antes habíamos dicho lo contrario; y si una tercera viene a decir que “no por mucho madrugar amanece más temprano” le damos la razón igualmente. Es decir que la gente de la calle puede decir una cosa y acto seguido decir lo contrario. Y luego lo llamamos sabiduría popular.

            La gente culta huye de la contradicción, evitando pensar inconsecuencias; no suele aceptar en física una teoría y en química otra que contradiga a la primera; y cuando descubre contradicciones en el sistema de sus conocimientos intenta siempre eliminarlas para que todo sea coherente. No tendría sentido que en ética Aristóteles buscara los excesos. Eso que llamamos experiencia popular y cotidiana, conocimiento ordinario o, simplemente, sabiduría popular, no es más que el intento de que todas nuestras ideas se apoyen unas en otras y se sujeten entre sí para mantenerse unidas y en equilibrio: pero no lo consigue; la gente de la calle se contradice sin darse cuenta y a veces, aunque se dé cuenta, tampoco le importa mucho.

            Otra característica del saber cotidiano es que toma sus deseos por realidades. Cuando los hinchas ven un gol en la tele dirán que es legal si lo ha marcado su equipo, y que ha habido falta si lo ha marcado el equipo contrario. Y cuando gana su partido las elecciones legislativas dirá que el pueblo es sabio y hay una racionalidad colectiva, pero si pierde dirá, por el contrario, que lo han engañado o que se ha equivocado y que la democracia, a veces, no funciona. Como podemos ver, la gente de la calle llama verdad a lo que coincide con sus intereses y a eso, con frecuencia, lo llamamos sabiduría popular.

            Un día hablaban dos campesinos y uno le decía al otro cosas que sabíamos por medio de refranes: “en abril, las aguas mil” (los refranes ponen en forma de proverbio o sentencia las experiencias que se repiten año tras año; si compruebo que todos los años llueve en primavera, lo convierto en refrán). Suelen ser los refranes producto de una inducción, como cuando observo que si llueve por la mañana la tarde es apacible, y si veo que año tras año sucede lo mismo, entonces lo convierto en refrán y digo: “mañanita de lluvia, tarde de paseo”. Y así, muchos refranes tienen naturaleza inductiva: “perro ladrador, poco mordedor”, “dime con quién andas y te diré quién eres”, o “quien mal anda mal acaba”.

            La sabiduría popular es inductiva, y sin embargo hay quien menosprecia las inducciones empíricas: “aquellos hombres no eran empíricos, sabían de lo que hablaban”, oí un día que le decía un vecino a otro; de modo que el verdadero saber no está en conocer las costumbres de la naturaleza (el conocimiento empírico), sino en tener conocimiento de la causa; la gente de la calle sabe que si tocas esa piedra te quemarás la mano, pero no sabe por qué; el porqué los saben los científicos, no la gente de la calle. Y, puestos a hablar de inducciones, las inducciones populares suelen ser precipitadas; si llueve dos o tres días seguidos se suele decir: “mañana lloverá” (lo que es una falacia); así surgen los estereotipos, que resisten, como los irreductibles galos, con ojos ciegos a todas las evidencias; los españoles son ardientes aunque yo haya visto que muchos de ellos son parados, y los catalanes serán siempre agarrados aunque todos los catalanes con los que he salido hayan pagado religiosamente las rondas que les correspondían. 



            La cultura popular es interesada, empírica y asistemática: esos son los rasgos que hemos venido viendo hasta ahora. Pero le falta uno: la cultura popular es el pensamiento conclusivo al que le falta el último paso del método, la contrastación; observa, especula y razona, pero no comprueba, no contrasta, no pone a prueba sus pensamientos; en esto se parece a la filosofía y al pensamiento mítico. Son tres formas de pensar que no tienen acceso a la contrastación aunque quisieran, pero con matices. Vamos a ver en lo que se diferencian.

            La filosofía se caracteriza por la libertad. Es libre de aceptar la duda cuando no tiene seguridad en lo que cree, y de esa duda se pueden buscar certezas racionales y empíricas, pero sus certezas empíricas no proceden de la experimentación, sino de la experiencia. Descartes, cuando llegó a la certeza del cogito, lo hizo pensando: no experimentando.

            El mito se caracteriza por la opresión. No tiene acceso a los experimentos, pero si los tuviera los rechazaría. Le tiene miedo a la verdad porque lo que busca no es la verdad, sino el poder; no el control de la realidad, sino el control de las mentes como forma de despotismo; si la filosofía es un pensamiento libre, el mito es un pensamiento atado.

            La cultura popular se caracteriza por la pereza. Se conforma con lo plausible aun pudiendo llegar a lo seguro, y es porque busca lo cómodo, lo que no supone esfuerzo, lo fácil. La gente de la calle se traga todas las noticias sin apenas criticar las fuentes, las garantías racionales, la fiabilidad; en el mundo de internet cree todos los bulos sin fundamento y, cuando ve que unos contradicen a otros, también los rechaza sin fundamento porque es un pensamiento pasivo, que pide certezas ya hechas, incapaz de construir las suyas propias; y vive la contradicción como un problema, no como una oportunidad; dispuesto siempre a dudar de todo por pura pereza, no por imposibilidad de alcanzar la verdad; pero es una duda dispuesta siempre a echarse en brazos de cualquier creencia; a diferencia de la filosofía y la ciencia que practican una duda razonada, el saber popular practica una duda fácil, una duda perezosa, que puede ser también una duda absurda: pues es absurdo dudar de todo por pereza para acto seguido creer en cualquier cosa, por pura pereza, solamente por comodidad (duda cómoda, y por lo tanto claudicante, pensamiento que se rinde, pensamiento que se niega a pensar). La consecuencia de todo esto es que el pensamiento popular es asistemático, ya que no tiene ningún problema en rechazarlo todo para luego creer en cualquier cosa por infundada que sea, y al mismo tiempo tolera las contradicciones sin inmutarse y sin excesivo sentido crítico; dispuesto a pensar, no ya con lógicas contradictoriales (que rechaza), sino con lógicas absurdas (con las que juega sin el menor pudor).

            Por eso no podríamos hablar de sabiduría popular, sino de saber popular; y más precisamente tendríamos que hablar de cultura popular, que es continua vacilación entre cultura y culto. La filosofía y la ciencia crean sus propias culturas, el mito se entrega al culto, pero el vulgo se mueve entre la cultura y el culto sin preocuparse demasiado, o adoptando para sí mismo cultos propios y rechazando la cultura de los otros: es lo que ocurre, por ejemplo, en el caso de los toros. Hay grandes sistemas científicos, filosóficos y religiosos, pero el pensamiento popular carece de sistema: es ecléctico, crédulo, cómodo y fragmentario. 



            Existe la sabiduría popular, sí: pero no se refiere al conocimiento ordinario; lo que llamamos sabiduría popular son filosofías anónimas y descubrimientos científicos de cuyos autores no sabemos nada. Los refranes, relatos didácticos, cuentos o fábulas son filosofías diversas que a veces están enfrentadas entre sí; y el vulgo, en lugar de considerarlos como teorías diversas, las adopta todas como si fueran parte de un mismo sistema, y por eso se contradice.

            En el saber popular podemos distinguir dos cosas: una cultura popular formada por el conjunto de filosofías, descubrimientos y hasta mitos antiguos que ya han perdido su poder coactivo; y el culto que eso que llamamos pueblo les rinde a los hábitos vitales, reflejos o automatismos que están vigentes (y que por eso, en vez de culturas, habría que llamarlos tradiciones): la obligación, acrítica y ciega, de obedecer al padre, concebido como pater familias o como jefe intocable; la censura para los hombres que llevan falda y las mujeres que llevan pantalón (hoy día las costumbres han cambiado, aunque no del todo); la obligación para las niñas de vestir de rosa y los niños de azul. La cultura es permeable a la crítica, las tradiciones (al igual que los cultos), no.

            De modo que el vulgo es un ente híbrido que oscila entre la cultura y el culto. Hasta en las universidades los mismos estudiantes que aprenden la ciencia creen, sin sonrojarse, o sonrojándose, en supersticiones, prejuicios y ocultismos. Por eso se llaman así: prejuicios; ideas que se toman por verdaderas antes de someterlas a juicio. Kepler, cuando creía en la astrología, lo hacía después de juzgar las especulaciones platónicas y pitagóricas; pero el vulgo cree en las cartas astrales sin preocuparse demasiado por su fundamento.

            El saber popular no incluye sólo conocimientos, sino también hábitos: costumbres; costumbres arraigadas en la sociedad y que se justifican a través de los mitos (mentalidades); y costumbres que alguien quiere introducir y se justifican mediante historias y teorías transformadoras (ideologías). La religión, la filosofía y hasta la ciencia pueden apuntalar mitos sociales (como que antes de bañarnos tenemos que hacer la digestión si no queremos morirnos); mitos que forman parte de las mentalidades; pero también de las ideologías (como el marxismo, el racismo y el darwinismo social).

            Lo que llamamos conocimiento ordinario o saber popular funciona, pues, como una esponja: lo absorbe todo; experiencias variadas, filosofías diversas, muchas de ellas obsoletas, conocimientos científicos refutados o no y hasta sincretismos religiosos; todo eso unido a un universo cotidiano de experiencias que depende de la geografía, la sociedad y los contactos culturales entre pueblos diversos; experiencias que destilan muchas veces costumbres diversas. Todo ese magma constituye lo que llamamos conocimiento ordinario o saber popular; que contiene, ya lo hemos visto, culturas y cultos.

            Llamamos cultura a cualquier conocimiento que admite la crítica. Una crítica que puede ser lógica (coherencia) o empírica (contrastación). Como en esta estrofa del acervo flamenco:

  Reniegas de ser cristiana

y te jincas de roílla

en cuanto suenan campanas.

            Llamamos culto (o tradición) a cualquier conocimiento, normalmente soporte de costumbres viejas y ancestrales, que rechaza la crítica. Hablamos de culto a los toros, culto al naturismo, a la muerte, no sólo a dios; y entre ellos se mueven las corrientes sociales, las modas y las diferentes tribus urbanas. Lo propio de los cultos no es que sean coherentes, sino que estén vigentes; uno puede demostrar que las vacunas ayudan a salvar millones de vidas, pero hay muchas personas que creen que la vacuna es perjudicial para la salud, y militan activamente en contra de ella. 



             Hay aforismos y refranes que forman parte de la sabiduría popular (“más vale tarde que nunca”; “antes de hacer algo piénsalo dos veces y después de haberlo pensado, vuélvelo a pensar”). Otros, sin embargo, forman parte de las tradiciones (“el hombre es como el oso: cuanto más feo, más hermoso”; “el buen paño en el arca se vende”).

            El buen paño en el arca se vende: la mujer es el paño y la casa es el arca donde se tiene que guardar, sin salir a la calle, si quiere casarse (el matrimonio aparece caracterizado entonces como una venta). Hay prejuicios contra la mujer que se transmiten a través de la música, como en la canción que lleva por título El preso número nueve; y hasta se presentan en forma atenuada, seudocrítica, aparentando rechazar lo que tiene connotaciones de vigencia (como las peleas en broma de Juanito Valderrama y Dolores Abril).

            Otros prejuicios valoran la velocidad como algo beneficioso (y se tiende a marginar a las personas lentas); o valoran el amor y el perdón como cosas preferibles al castigo (parábola del hijo pródigo). Hay enseñanzas,  fábulas y relatos que dan consejos (las moscas y la miel, la serpiente y la lima), otras sirven para el proselitismo (el grano de mostaza, el buen samaritano). Los refranes prácticos (“vale más pájaro en mano que ciento volando”) conviven con otros que reflejan actitudes ante la vida (“quien quiera peces, que se moje el culo”). Hay actitudes que, como ya hemos visto, se transmiten mediante canciones; como la misoginia, cuando se dicen de las mujeres cosas como ésta: 

  La que no es buena

lo parece algunas veces

y la que es buena

no lo parece.

            Cantares de gesta:

  Por besar mano de rey

no me tengo por honrado;

porque la besó mi padre

me tengo por afrentado.

            Obras de teatro:

  El honor es patrimonio del alma

y el alma sólo es de Dios.

            Novelas:

Sus fueros, sus bríos.

            La petenera:

  Al pie de un árbol sin fruto

me puse a considerar

qué pocos amigos tiene

el que no tiene que dar.

            Los equívocos, los juegos de palabras, las adivinanzas, la visión de los escritores en el acervo popular:

  Entre flores y rosas

su majestad escoja [es coja].

            Inducciones que sirven para dar nombre, como el de aclaradores; los aclaradores son esos insectos que, cuando se les ve en el agua de los ríos, son señal de que el agua está limpia. O que sirven para aprender de la experiencia; como el chiste aquel donde un hombre que se muere quiere fumarse un último pitillo pero no sabe encenderlo sin quemarse, y entonces llega un pastor y coge en su mano un poco de ceniza, luego pone sobre la ceniza un ascua y después se la ofrece al hombre para que encienda el cigarro; el hombre, después de una vida creyendo que los pastores eran ignorantes, muestra su sorpresa al decir:

                                               Muriendo y aprendiendo.

            La música. La literatura. Las bellas artes. El cine. Todas las manifestaciones culturales, unidas a las de los autores anónimos (los refranes, el romancero, el folklore), forman parte del saber popular: que unas veces es cultura, otras sabiduría y otras, decididamente, culto.

            Como vemos, el conocimiento ordinario es un batiburrillo donde cabe todo; si la cultura fuera comparable a un libro de recetas, el culto sería un almacén de ingredientes o una farmacia: la farmacia contiene medicinas para la hipertensión y la hipotensión, pero son el farmacéutico y el médico quienes nos dicen qué medicina debemos tomar. En la farmacia del saber popular a veces el vulgo tiene sus médicos y sus farmacéuticos; pero otras veces tales médicos tienen que venir de la filosofía y la ciencia, y hasta muchas veces de la religión.

            Pero es preferible hablar de conocimiento ordinario antes que de saber popular. Sobre todo porque no sabemos exactamente lo que es el pueblo. Para unos el pueblo estaría formado por todo el mundo, pero entonces los ricos también formarían parte del pueblo (y no se justificaría que se llamara pueblo sólo a quienes son explotados por los ricos; es decir sólo a los pobres y a los humildes); sin embargo en el lenguaje cotidiano suele ser lo que sucede. Otras veces se llama pueblo al conjunto de habitantes de un país, y como se admite que cada país tiene su espíritu, hay teóricos que han empezado a hablar del “espíritu del pueblo”: su existencia es más que dudosa, pero ha servido para fundamentar nacionalismos agresivos, de pueblos que menosprecian a otros pueblos: a los que llaman metecos, charnegos o maquetos. Y como no es posible saber a qué se refiere la televisión cuando dice que “ha votado el pueblo”, habrá que suponer que quienes se abstienen no forman parte del pueblo. En fin, para sortear esta palabra tan escurridiza habría que evitar la expresión “saber popular”; sería preferible hablar de “conocimiento ordinario”; de esta manera sortearíamos muchos equívocos y nos ahorraríamos los malentendidos. 




 

 

viernes, 8 de mayo de 2020

LA PEREZA




LA PEREZA           


1. Primeras definiciones.

1.1.  El vigor.

El vigor son las ganas de trabajar y a la falta de ganas la llamamos pereza. Hay gente que viene al mundo dotada de una gran cantidad de energía y es gente laboriosa; otras, en cambio, nacen con muy poca fuerza en la reserva y les cuesta mucho trabajar. No es que unos sean esforzados y otros no se esfuercen, sino que unos tienen fuerza y otros no la tienen, unos son fuertes y otros flojos; o sea, la persona esforzada no lo es por un esfuerzo de la voluntad, sino porque padece de su debilidad; la persona trabajadora no tienen ningún mérito en serlo, sino que se esfuerza porque es así; y el vago no es culpable de su pereza, sino víctima de su falta de fuerza.
Entonces ¿qué es el esfuerzo? El esfuerzo es el ánimo que nos da la fuerza con la que hemos nacido. A mí me gusta la filosofía y si he nacido vigoroso me empeño en filosofar y estudio y escribo y el esfuerzo, más que costarme trabajo, me da placer: disfruto trabajando; lo que no le pasa a la persona floja que, aunque disfrute con lo que hace, no le echa horas de trabajo. Fijémonos en un deportista: si, además del gusto por el ejercicio físico, es una persona enérgica, será un deportista sacrificado que goza y sufre en los entrenamientos, sacándoles rendimiento a las fuerzas que tiene; si, por el contrario, es flojo, sólo jugará para pasárselo bien, y maldecirá siempre el momento en que tenga que entrenar, esforzarse y superarse, cuando tiene que sacar fuerzas de dentro para ser mejor, no para disfrutar. En el fútbol hay gente que tiene cualidades y las desarrolla y gente que sólo las utiliza para divertirse; gentes, como Messi y Ronaldo, que son jugadores sacrificados cuya pasión es trabajar siempre para ser mejores, y otros, como Ronaldinho, que estropean siempre todo su potencial pensando sólo en ir de fiesta.

1.2.  La fuerza y el valor.

Tampoco hay que confundir ser esforzado con ser valiente. La persona esforzada tiene espíritu de sacrificio, ganas de trabajar, porque ha nacido motivada para hacer lo que le gusta (al revés de lo que le pasa al vago). Pero la persona valiente tiene espíritu de lucha, ganas de vencer a la adversidad, de superar las dificultades. Nos puede gustar la guitarra y pasar muchas horas tocando, pero a la menor dificultad nos venimos abajo. Hércules es esforzado porque no repara en gastos, tanto físicos como mentales, a la hora de trabajar; pero Héctor es valiente, porque está dispuesto a desplegar toda la fuerza que tiene (que es menor que la de Aquiles y él lo sabe) para pelear con Aquiles; a sabiendas de que no podrá derrotarlo.
Hay que distinguir, pues, entre dos formas de fuerza: la que tenemos almacenada en el cuerpo y la que tenemos almacenada en el ánimo; Aquiles tiene más fuerza que nadie y por eso es invencible; Héctor tiene más capacidad de aceptar retos, aunque sean imposibles, y por eso es valiente; Aquiles es fuerte y Héctor valiente; el valor, como fuerza del ánimo, es la capacidad de cumplir con nuestro deber aunque al hacerlo estemos abocados a la derrota. Aquiles es fuerte pero se comporta como un cobarde, y su fuerza moral es la de una persona poco recomendable; Héctor, en cambio, es un modelo de virtud; Aquiles es capaz de poner en peligro la guerra de Troya por no saber frenar su cólera; Héctor, en cambio, está dispuesto al sacrificio con tal de cumplir con su deber.
Hay que distinguir, pues, entre fuerza y valor. Fuerza es la cantidad de energía que tenemos dentro. Valor es la capacidad de enfrentarnos a la adversidad, independientemente de nuestras posibilidades de éxito. Y si el cuerpo es un almacén de fuerza, el ánimo es un almacén de sacrificio; y el sacrificio es la capacidad de emplear la fuerza no en beneficio propio, ni siquiera en beneficio de los demás, sino en beneficio de todos, que es cuando cumplimos con nuestro deber. El desánimo es la debilidad moral, y se ha visto a gente tener un ataque de cólera porque no ha tenido fuerza suficiente para cumplir con su deber.


1.3.  Resistencia y fuerza.

Fijémonos en cómo funciona un coche. Un coche puede tener más fuerza porque tiene más gasolina que otro; pero también porque tiene un motor más potente, con mayor capacidad de crear fuerza; y así, el que tiene más gasolina tiene menos fuerza que el que tiene más caballos de vapor; la gasolina te asegura que vas a sostener tu esfuerzo por más tiempo, pero tu potencia te garantiza que tu esfuerzo va a tener más intensidad, y la fuerza que despliegas va a ser mucho mayor; es más, la potencia suele ir en relación inversa de la duración, porque los motores potentes gastan más gasolina que los que son más débiles y flojos. Consideraciones parecidas podemos hacer en lo que respecta a la fuerza moral.
            Podemos decir, así, que la resistencia es la capacidad de persistir en el esfuerzo, sea porque nuestro esfuerzo dura más en el tiempo o porque, consumiéndose en menos tiempo, es capaz de contrarrestar una fuerza mayor.

2. Hacia una definición de la pereza.

2.1. Sacrificio.

            Llamamos vigor a la fuerza. Fuerza física es la capacidad de acción que hay en  nosotros. Fuerza anímica es el deseo de acción que tenemos dentro, que es, en tanto que deseo, búsqueda de placer, y en tanto que despliegue de fuerza, esfuerzo o sacrificio; es, por tanto, espíritu de superación en el que se sufre al mismo tiempo que se disfruta. Este deseo de enriquecerse aunque cueste sacrificio es la ambición de verdad, es anhelo de plenitud, de ser cada vez más uno mismo.

2.2. Pereza.

            La ausencia de fuerza física es debilidad, escasez de capacidad de acción. Pero esa otra forma de debilidad en que consiste la debilidad moral (a la que también podríamos llamar debilidad anímica) es la pereza: búsqueda de placer sin esfuerzo o sacrificio, que es falta de ambición; mediocridad, justamente lo contrario del espíritu de superación.

2.3. Potencia.

            Podemos distinguir entre potencia y duración. La potencia de un coche es la cantidad de fuerza que puede desplegar, concentrándola en cada segundo, y se mide en caballos de vapor; la potencia es, entonces, acción sobre el mundo; acción: capacidad de cambiar las cosas y capacidad de iniciar ese cambio. Así, ese vigor al que hemos caracterizado como fuerza anímica, ambición esencial, deseo de plenitud o búsqueda de superación, puede ser más potente si puede hacer más cosas en menos tiempo; y en todo caso lo hace por propia iniciativa, por deseo de ser cada vez más y mejor.


2.4. Inteligencia.

            La duración del esfuerzo es la cantidad de tiempo que podemos mantener desplegada nuestra potencia; en un coche corresponde a la cantidad de gasolina que tiene, a la cantidad de combustible. A mayor potencia menor duración, porque consumimos nuestras energías en menos tiempo: como le pasa al guepardo, que es capaz de correr a cien kilómetros por hora pero si, en poco tiempo, no es capaz de cazar una presa, se queda agotado y tiene que resignarse a pasar hambre. Una persona dotada de gran fuerza moral y de una gran potencia debe tener la inteligencia de dosificar su fuerza, so pena de perecer consumido por el despliegue de su propio esfuerzo.

2.5. Reacción.

            Pero la potencia no se opone solamente a la persistencia, es decir a la duración. También es lo contrario de la resistencia, es decir de la reacción; la reacción es lo contrario de la iniciativa, a la que solemos llamar a veces (de modo incorrecto) acción; incorrecto, porque la reacción es también una forma de acción (precisamente la que no ha llevado la iniciativa).
            Pues bien, la reacción es la forma de vida que tiene la persona no vigorosa, es decir inerte (que lo mismo es no hacer nada como ser un peso muerto): la que pone inercia donde debía poner iniciativa, y se limita a responder a las preguntas del entorno en lugar de hacer ella sus propias preguntas.
            Resumiendo: vamos a condensar la diferencia entre vigor y pereza.

A. Vigor. Una persona vigorosa es la que, independientemente de que tenga fuerza física o no, disfruta superándose, se supera esforzándose, y esa forma de plenitud es el motor de sí misma: la ambición de ser, no de estar, y por lo tanto el espíritu de iniciativa; y tiene la inteligencia (la llamaríamos prudencia) de dosificar su esfuerzo para no romperse en el empeño de ser más y mejor. A eso es a lo que llamamos echarle ganas a la vida, y, en tanto que vida con iniciativa, disfruta del esfuerzo sin dejarse llevar por el viento: porque él mismo se mueve gracias al motor interior.

B. Pereza. El perezoso es un abandonado. Una persona de ánimo débil y poca entereza moral: que vive de forma mediocre porque se empeña en disfrutar sin esforzarse, huyendo siempre del sacrificio y dejándose llevar en todo momento por la falta de ambición; puede tener potencia de acción, pero, carente de iniciativa, emplea toda su vida en reaccionar frente a los ataques del mundo sin afán de hacerse mejor en la resistencia; sino conformándose con poco, que es la vida cómoda, y para ello escatima esfuerzos y busca continuamente la forma en que pueda lo más pronto posible dejar de resistir.


3. Ejemplos.

3.1. La cigarra y la hormiga.

            La cigarra se pasa el día cantando, tumbada en su rama, disfrutando del momento y  olvidándose del mañana. Sólo le interesa disfrutar, dejarse llevar, vivir sin esfuerzo y no hacer nada, si por no hacer nada entendemos hacer sólo lo que le apetece.
            La hormiga se pasa el verano trabajando, esforzándose siempre y empeñándose en pensar en el mañana; su meta no es disfrutar, sino acumular alimento para tener qué comer cuando llegue el otoño. Sólo piensa en el futuro, y por preparar el futuro se olvida del presente; y se pasa la vida haciendo lo que no le gusta sin dejar de sacrificarse; pues sacrificar es renunciar al placer por asegurarse la supervivencia; y para sobrevivir mañana hay que dejar de vivir hoy, si por vivir entendemos algo más que sobrevivir: disfrutar.
            La cigarra hace sin esfuerzo lo que le gusta, disfruta, porque disfrutar es dejarse llevar por la naturaleza, haciendo lo que le sale solo.
            La hormiga se esfuerza en hacer lo que no le gusta, empeñada, no ya en vivir, sino en durar; pero ni disfruta mientras se prepara para el invierno, perdiendo la alegría del verano, ni cuando ya ha pasado el verano, empeñada en un invierno reducido a la supervivencia, donde la vida no tiene alegría ni placer.
            La cigarra es alegría. La hormiga es sacrificio. La fábula nos obliga a elegir entre trabajar sin disfrutar o disfrutar sin trabajar; como si la ambición de la hormiga no tuviese plenitud y la alegría de la cigarra estuviera vacía de ambición.
            No existe el placer sacrificado. Sólo existe el placer sin esfuerzo y el sacrificio sin placer. Y gozar, para la fabula, es lo mismo que ser perezoso; mediocridad, inercia, falta de vigor y de fuerza, un ser disminuido y carente de naturaleza, confundir el dejarse ser con el dejarse llevar.
            La fábula confunde el placer con la pereza, la vida con la supervivencia, la alegría con la inercia, el goce con la desgana y con el deseo de no hacer nada: eso representa la cigarra. Y la hormiga representa otro tipo nefasto de confusión: el trabajo con el sufrimiento, la iniciativa con la tristeza, el sacrificio con la renuncia y el hastío, y la inercia con el instinto de hacer sin disfrutar.
            Pero hay una alternativa para el trabajo bíblico. Para el trabajo concebido como una cadena, una condena, una prisión. Se puede trabajar sin sufrir y se puede desfrutar sin ser vago. Gozar, vivir y cantar no tiene que ser verse convertido en cigarra perezosa, sino esforzada en disfrutar. Y trabajar, sobrevivir y sacrificarse no tiene por qué convertirnos en hormigas sufridas que se han olvidado de disfrutar.
            El placer no es lo mismo que la pereza. El trabajo no es lo mismo que el sacrificio. Entre la cigarra y la hormiga hay una tercera forma de vivir.


3.2. Los tres cerditos.

            Tres cerditos se querían construir una casa. Uno, tocando el violín, junta unas pocas ramas que se lleva el viento por no dejar nunca de tocar. Otro, disfrutando con la flauta, trabaja un poco más aunque toque menos, y a cambio le dedica más tiempo a la casa, y la construye juntando piedras y troncos que resisten más. El tercero se la construye con argamasa y ladrillo, juntando cemento, yeso, materiales duros y utilizando la paleta, la llana, el nivel, la plomada y la técnica del albañil: pero no tiene tiempo de disfrutar de la música; se pasa la vida construyendo su casa sin pensar en nada más.
            Luego viene el lobo y sopla sobre las ramas del primer cerdito, que tiene que salir corriendo a refugiarse en casa de su hermano mayor; desbarata a golpes y patadas las piedras y los troncos del segundo, que tiene que salir corriendo también; pero cuando llega a casa del albañil ni los soplidos ni las patadas del lobo consiguen derribar una casa tan bien construida. La moraleja es que si te pasas la vida divirtiéndote no trabajas y  te quedas sin casa; tienes que elegir entre ser vago o trabajador.
            Pero el cerdito trabajador no disfruta de la vida. Se pasa todo el tiempo trabajando como un esclavo, y nunca tuvo tiempo de deleitarse con la música. Como una hormiga.
            El cerdito perezoso nunca tuvo casa. Se pasó las horas muertas tocando y disfrutando y nunca hizo nada por construir su seguridad. Como una cigarra.
            La solución está aquí en el cerdito de en medio: pero la historia está mal desarrollada, como si los dos primeros cerditos representaran grados distintos de pereza y sólo el tercero fuera el cerdito trabajador. Visto así, cualquier grado que adoptemos en la escalada de la pereza estará mal elegido; sólo elegiremos bien cuando nos decantemos por trabajar, y no por pasarlo bien.
            La salvación está aquí en el cerdito de en medio, pero hay que cambiar la historia para hacerla hablar mejor. Ni cerdito que se divierte sin trabajar como la cigarra perezosa que nunca tendrá una casa; ni cerdito que trabaja sin divertirse como la hormiga que se construye una casa envidiable pero nunca tuvo tiempo para disfrutar; sino cerdito que se construye una casa sólida trabajando con sacrificio pero sin perder la ocasión de tocar en ella y disfrutarla. Entre la hormiga sacrificada y la cigarra perezosa el cerdito de en medio nunca confunde el placer con la pereza. El placer es una forma de trabajo en la que nos dejamos llevar, y el sacrificio es esa otra forma de trabajo con la que guiamos nuestro esfuerzo, y que nos lleva.
            La vida está hecha de placer perezoso que nos arrastra a lo que nos gusta. Y de trabajo sacrificado con el que debemos combatir nuestras inercias, siempre que sean inercias peligrosas para la supervivencia. Debemos ser cigarras y hormigas a la vez. Seres sacrificados capaces de disfrutar. No seres condenados al sacrificio ni vagos prisioneros del placer, como la hormiga que nunca fue cigarra ni la cigarra que supo ser hormiga para sobrevivir. No hay que elegir entre el trabajo y el placer, como si el placer fuera lo mismo que la pereza. Hay un trabajo placentero que riega nuestras aficiones y nuestros gustos y un trabajo esclavo que nos impide disfrutar. La vida es una urdimbre de aficiones y sacrificios en la que nos vamos construyendo: como una tela de hermosos colores que debe someterse a una regla para lanzar su libertad al viento, o como la melodía que se construye libremente sometiéndose a la disciplina del compás.


3.3. ¿Qué hacemos con la pereza?

            Nosotros utilizamos la palabra “pereza” en dos sentidos: por un lado la concebimos como creatividad, o más bien libertad, pues no puede crear nada la persona que no se siente libre; y por otro lado significa desgana, falta de energía, inactividad. En el primer sentido confundimos la pereza con la libertad. En el segundo la utilizamos como sinónimo de falta de vigor. La libertad, que es, por definición, trabajadora, nos satisface y enriquece, nos llena de plenitud. La pereza, que es falta de ganas de trabajar cuando sentimos la necesidad y el instinto de hacer cosas, nos hunde en el hastío, en el aburrimiento. O hay que confundir la energía libre con la desgana y la creación con la falta de energía, como ya lo decía Quevedo: la libertad ha engendrado en mi pereza la pobreza.
            Hemos nacido para ser libres.
            Y hemos nacido para el sacrificio.
            Pero no hemos nacido para aburrirnos.
            La ley del mínimo esfuerzo nos hace libres. La necesidad y el instinto de apasionarnos en la construcción de nosotros mismos nos hace amar el sacrificio. Sólo el perezoso deja de apasionarse en la pereza de no hacer nada porque, como un día recordaba Savater, aburrirse viene de burro. Sólo se aburre quien no hace nada porque le da pereza, porque no quiere hacer ningún esfuerzo por divertirse. Y ser un burro, ya lo sabemos, significa dos cosas: por un lado es ser tonto; por otro es ser vago; y al vago, ya lo sabemos, no le interesa a zanahoria: sólo sabe trabajar con el palo.
  



viernes, 7 de febrero de 2020

LA VOLUNTAD

  

LA VOLUNTAD


Cordura.

            Siempre que hacemos algo es por algún motivo. Algunas veces nos mueve el capricho (vemos una pastelería y compramos compulsivamente un dulce, movidos por la tentación); otras lo hacemos porque nos mandan, cumplimos órdenes (el soldado tiene la obligación de hacer lo que le dice el superior); otras, porque estamos acostumbrados a hacer siempre las mismas cosas (atendiendo a los dictados de la moda, las formas de hablar y comportarse de la gente de nuestro pueblo, nuestras propias rutinas adquiridas, etc.); habrá veces que actuemos de manera automática, movidos por nuestro temperamento (unos son impulsivos, otros tímidos, otros pesimistas); otros se dejarán llevar por reflejos aprendidos (cerrar la puerta después de entrar, apagar la luz al salir), por reflejos innatos (taparse la cara cuando nos tiran una piedra); otros, por el contrario, actuarán movidos por fantasías, desvaríos, quimeras (don Quijote dando estocadas a los pellejos de vino porque confundía los pellejos con enemigos y el vino con la sangre); y habrá también quien, desprovisto de toda motivación, se deje llevar por la abulia y no quiera nada; o porque le dé pereza arrancar a andar.
            Nos conviene siempre pensar lo que vamos a hacer para estar seguros de que lo interesante es beneficioso. Me pueden tentar los dulces pero tal vez sea diabético. Mis amigos beben más de la cuenta pero a mi salud no le conviene beber. Me gusta mucho el picante pero acaso mi estómago sufre. El jefe me manda abusar de otro pero eso repugna a mi conciencia. Hay cosas que no me conviene hacer, bien porque me harán daño (como abusar de los dulces), o bien porque chocan con mis instintos morales (como abusar del débil). Llamamos prudencia al arte de elegir siempre lo más conveniente y justicia al arte de elegir lo  que me manda mi conciencia; en ambos casos buscamos felicidad, pues no pueden ser feliz ni el imprudente ni el injusto. Admitamos que la unión de la prudencia, la felicidad y la justicia se llama cordura; que tiene mucho que ver con la cordialidad (“cordis” en latín significa “corazón”).

Eficacia.

            Una vez que hemos visto claro lo que queremos hacer conviene mirar bien cuáles son los mejores medios para conseguirlo. Si me empeño en hacer triplete tal vez lo pierda todo por querer ganarlo todo, quizá mis fuerzas no sean suficientes: ¿hacer triplete o ganar la liga? Acaso me convenga centrarme en la liga y olvidarme del resto, porque “quien mucho abarca poco aprieta”. Acaso sea preferible perder esta batalla si con ello conservo mis fuerzas intactas para ganar la guerra. Tal vez si me empeño en aprobarlo todo suspenda algo porque el nivel de exigencia sea demasiado alto, ¿quién sabe? O tal vez si lo hubiera intentado todo lo habría ganado todo (liga, copa y champions), y valía la pena arriesgar. Yo sé lo que puedo, pero puede que no sea consciente del nivel de lo que me exigen. O sí. Debo elegir lo que me gusta con toda libertad, y dentro de lo que me gusta, debo elegir lo que me conviene, y dentro de lo que me conviene, lo que me hace feliz, que siempre es inseparable de lo que hace felices a los demás; para eso a veces es necesario tener imaginación, pero sin abandonar el realismo; quizá a eso lo podamos llamar utopía; verdadera utopía: un terreno sólido para tomar impulso y una ligereza propia de quien aspira a volar. La utopía tiene que ver poco con la quimera; se trata de imaginar cosas que no existen, pero plantearlas para que puedan echar raíces (y raíces sanas) en la existencia; cosas que no existen pero que podrán existir.
            Buscar los medios más adecuados para conseguir lo que queremos bien puede también llamarse prudencia, pero no es aquí la prudencia de la ética (que tiene mucho que ver con la cordura) sino de la técnica, y es más bien cuestión de estrategia (que apunta a lo que llamamos eficacia). Plantearse metas sin medios o no sopesar los medios es inconsciencia, mientras que plantearse metas sin cordialidad y sin cordura es fanatismo. Contra el fanático no hay nada mejor que la duda, el escepticismo (nunca exagerado, siempre razonable); hay que cuestionar siempre lo que tenemos entre manos hasta borrar cualquier sombra de daño, tanto si nos lo podemos hacer a nosotros como a los demás.


Decisión.

            Ya tenemos claro lo que queremos hacer. Ahora tenemos que pensar en decidirlo. ¿Cuándo hemos terminado de pensar las cosas? ¿Cuándo podemos pasar a la acción? Hay quien lo piensa todo demasiado y no se decide nunca: son personas que disfrazan de prudencia su cobardía; parecen personas sensatas que van al fondo de las cuestiones, porque no paran de darles vueltas a las cosas, pero son en realidad personas indecisas, no se atreven nunca a tomar una decisión; analizar las cosas es como mirar un mapa cuando nos vamos de viaje; decidirse a realizar lo planteado es como encender el motor; mucha gente se pasa la vida viendo mapas e imaginando los viajes que se podrían hacer; pero no todos se atreven a hacer un viaje de verdad.
            Se trata de ser atrevido, tener valor, osadía, fuerza de voluntad. Decidirse es tensar la energía como se tensa el arco, y dispararla como se dispara la flecha después de haber apuntado. Llegar a una conclusión es, más que decidirse, dejarse llevar por la lógica de los hechos, pero decidirse es tomar el camino en el que el análisis ha concluido, para explorarlo y comprobar si es verdad lo que hemos analizado. La duda, que era una virtud mientras estábamos deliberando, ahora se convierte en un lastre; nada es tan pernicioso como vacilar continuamente cuando hemos decidido avanzar por un camino; si debíamos tomar ese camino u otro es algo que hemos sopesado mucho cuando estábamos pensando, pero ahora se trata de explorarlo y ya no hay que dudar sino decidirse; a menos que aparezcan peligros inesperados que hagan necesario reflexionar otra vez. Si hemos llegado a la conclusión de que para estudiar hemos de ajustarnos a un horario y si no hay nada que impida llevarlo a cabo, no sirve de nada contemplar el horario un día tras otro retrasándolo siempre: hay que decidirse a cumplirlo de una vez; hay que empezar a caminar.

            La deliberación requiere prudencia, la decisión requiere valor (que es justamente lo contrario): hay que ser paciente y esperar cuando se piensa, frenando nuestros ímpetus; pero cuando tenemos las cosas claras no hay que esperar más; si confiamos en nuestras razones hay motivos para tener esperanza, y esperar que se cumpla lo que creemos que va a pasar. Ser paciente es lo contrario de ser decidido, pero decidimos ser pacientes y eso es valentía, y después decidimos andar y eso es valentía también: paciencia en el primer caso y atrevimiento en el segundo; atreverse es desafiar a la suerte, enfrentarse a las dificultades, tener el valor y el deseo de vencer. Hay quien necesita obligarse a sí mismo para no sucumbir a la tentación de desfallecer: Cortés quemó las naves y aquel perezoso pagó en la universidad una matrícula muy cara para verse obligado a estudiar, so pena de perder el dinero que había invertido; es bueno nadar y guardar la ropa, pero cuando eso amenaza con derrumbar nuestra valentía es necesario lanzarse al agua sin cubrirse las espaldas: o de lo contrario no nos lanzaremos jamás; si hemos comprobado que el trampolín es seguro no tiene sentido seguir pensándolo veinte veces antes de dejarse caer; cuando la duda es motivada por la prudencia es necesario dudar, pero cuando es espoleada por el miedo, no.


Tenacidad.

            Ya hemos tomado nuestra decisión: ahora es necesario llevarla a cabo. Hay alumnos que deciden estudiar, pero cuando llega el momento de hacerlo siempre lo posponen para otro día: ahora la virtud que necesitamos es la constancia; y, si se presentan dificultades, tenacidad: justo lo contrario de la pereza. Si la falta de ganas de querer hacer cosas era abulia, la falta de ganas de hacer las cosas que queremos es pereza; por lo tanto la pereza no es aquí un ocio creativo, sino un lastre que impide la creación; y ya se sabe que los globos, para poder volar, necesitan arrojar lastre; liberarse de las trabas que los hacen pesados y tiran de ellos hacia abajo, quitándoles ligereza.
La pereza es como un peso que nos impide movernos, que nos quita la energía. El perezoso no es culpable de ser perezoso, sino víctima de su pereza; necesita hacer acopio de grandes dosis de energía para hacer tareas que otros hacen casi sin esfuerzo; puede, es verdad, salir de su inercia, paro le cuesta mucho hacerlo solo; necesita sentir la presión de los plazos que se cumplen (por eso lo hace todo a última hora), del jefe que le obliga (por eso sólo trabaja cuando se ve forzado), de la paga que no cobra (por eso no sabe trabajar si no hay un incentivo, si no lo empujan las amenazas, o los premios, o los castigos). Se acusa al perezoso por vago y no tiene la culpa de serlo; pero la tiene de no hacer nada para combatir su pereza. El vago, con el tiempo, es desgraciado, porque ve que todos van cumpliendo sus objetivos y él se va quedando en la cuneta.
De modo que la pereza es a la vez un castigo y un pecado; un castigo por una culpa que no tenemos, y un pecado que merece castigo cuando no hacemos nada por remediarlo; no somos responsables de estar en el agujero, pero sí lo somos de no salir de él. Eso, por supuesto, si nos referimos a la pereza congénita: la de quienes están en el agujero desde que nacieron. Luego está la pereza adquirida, de aquellos que han adquirido malos hábitos durante toda su vida y se han acostumbrado a la pereza: ellos han caído en el hoyo por preferir siempre lo fácil, cuando lo fácil te quita las fuerzas que tienes y te convierte en un ser desprotegido; el estudio te carga de herramientas que te van a servir porque cada herramienta aumenta tu energía, y el concurso de todas las herramientas coordinadas multiplica la fuerza de cada una, elevándola siempre a su máxima potencia.
El lastre es un peso que te quita la energía. La cultura es un peso que fabrica más energía de la que tienes, y consigue que, siendo cada vez más fuerte, cada vez consigas más ligereza. Hay que arrojar el lastre por la borda. Hay que llenar nuestros almacenes de máquinas culturales que refuercen y dinamicen nuestras capacidades psicológicas. Hay personas muy decididas, pero poco constantes; se emocionan fácilmente, pero se desinflan en seguida; tal estudiante pagó una matrícula cara para obligarse a estudiar, pero la pereza vació su combustible y cada vez flojeaba más, hasta que acabó tirando el dinero que había pagado. Muchas veces hay que cargarse de amigos que tiran de nosotros para salir de la pereza.


A modo de conclusión.

En fin, las cosas que hacemos no debemos hacerlas porque tengamos ganas sino porque pensemos en las ganas que tenemos; midiendo con sensatez los pasos que vamos a dar, y reajustándolos mientras los vamos dando; decidiéndonos con valor, y siendo constantes en el trabajo. Prudencia, crítica, decisión y tenacidad, tales son nuestras virtudes. Preferencia, deliberación, decisión y ejecución, tales son las fases del acto voluntario. Así lo entendía Aristóteles. Si tenemos la cordura de conjugarlas adecuadamente haremos las cosas bien, y pocas veces llegaremos a equivocarnos. La prudencia de la ética: cordura. La prudencia en la técnica: eficacia. La pasión en el valor: decisión. Y la constancia en el trabajo: tenacidad. Con estas virtudes nos enfrentaremos a la abulia, la inconsciencia, la cobardía y la pereza. El éxito nos esperará a la vuelta de la esquina aunque nos equivoquemos a veces. El mérito será nuestro y será obra nuestra cada una de las cosas que hagamos: no del azar; aunque el azar tenga, inevitablemente, una parte del protagonismo que se enfrenta al protagonismo que tenemos; y a veces es el antagonismo fiero al que tenemos que derrotar.