viernes, 27 de julio de 2018

SOLIPSISMO





SOLIPSISMO


             Hay media Cataluña que quiere la segregación de la otra media. Pero lo curioso es que hace un par de años sólo una pequeña minoría quería segregarse; y aunque fuesen algunos más quienes la querían, sólo unos pocos pugnaban por ella; la defendían como principio, no como opción realista de gobierno; como sueño, no como realidad; ya sabemos lo que sucede cuando confundimos las realidades con los sueños.
            Hay una minoría exaltada que se ha atrevido a prender la mecha. La mecha ha prendido porque había gasolina. La gasolina es la mentalidad pacientemente construida por unos cuantos ideólogos; falseando la historia propia, ignorando la ajena, construyendo pacientemente al enemigo e identificándolo con el resto de España, y catapultando todas esas visiones desde la radio y la televisión catalanas; logrando que sus oyentes se nieguen a escuchar las radios ajenas, a ver televisiones ajenas y a leer (esto ya menos, porque la gente no lee) otra prensa y otra literatura que no sean las que se producen en casa; de esta manera se ignora lo ajeno y se desprecia lo que se ignora: bien lo decía Machado. ¿Cómo se ha conseguido cegar a las masas para que no vean lo que tienen delante? ¿Para que sólo crean lo que les enseñan? ¿Y para que sólo vean lo que creen? Muy sencillo: tomando algunos ejemplos de castellanos malos y catalanes buenos (que siempre los hay) y generalizando en una colosal falacia: todos los castellanos son malos; todos los catalanes son buenos. Y como, además, todos los catalanes sufren de la crisis, ya hemos resuelto la cuadratura del círculo: la culpa la tienen los castellanos; o sea, España; y como ellos son buenos y los españoles malos, pues ellos no son españoles. El silogismo es perfecto. Es verdad que los otros españoles también sufren, pero para enterarse de ello los catalanes tendrían que escucharlos; y no los escuchan, porque de ellos no hablan la radio y la televisión catalanas; o si hablan, es de otra manera; retratándolos, no como a personas que sufren y ríen, sino como enemigos malos; y como son malos hay que combatirlos; hostigarlos, dividirlos, castigarlos.
            Una vez que sólo se escucha lo que se dice en casa, ya no sirve de nada la libertad de opinión, la libertad de expresión, la libertad de conciencia. ¿De qué me sirve que haya otros periódicos, otros canales de televisión, otros libros?  De todas formas no los voy a leer. Pueden vender las librerías mil libros de fuera y uno de casa: yo sólo compro el de casa; a veces, hasta lo leo. Estamos en la forma más sibilina de censura. En lugar de que el gobierno prohíba que se publiquen cosas, cada uno se prohíbe a sí mismo leer lo que publican otros. Si soy del Madrid leo el Marca. Si soy del Barça leo el Sport. Y así, todos contentos. Cada cual se regodea con lo suyo y menosprecia lo ajeno. Es la dictadura perfecta. La que no necesita policías, porque cada uno es su propio policía. Y acabamos, como decía Unamuno, teniendo la inquisición en la cabeza. Ya no necesitamos hogueras. Cada mente es una hoguera donde se queman sus propias ideas. Y sólo nos quedan las creencias.


            Esto en filosofía se llama solipsismo. Creer que sólo existe uno mismo. Creer que todo lo que nos pasa existe sólo en nuestra cabeza. En psicología lo llamamos autismo. Hundirse uno dentro de sí, ser incapaz de comunicar. Pues bien: Cataluña es una realidad comunicadora y cosmopolita (Serrat, Barral, Gil de Biedma, García Márquez); pero el catalanismo es una forma de autismo; por lo menos este catalanismo; no el de Joan Maragall, Gaudí o Guimerá; sino el de Oriol Junqueras, Marta Rovira o los Jordis; el de Puigdemont.
            Cansa repetir una y otra vez lo que se han retorcido las palabras; llaman exilio a la fuga; a la desobediencia la llaman patriotismo; al imperio de la ley, opresión; los prisioneros se convierten en presos políticos. Jesús fue condenado como malhechor; si hubieran condenado a Barrabás lo habrían convertido en preso político. Al ataque contra la democracia lo llaman democracia (con lo que democracia es dictadura: os acordáis de las consignas de Orwell: “la  verdad es la mentira”). A la le defensa de la ley la llaman franquismo. Pasean su desgracia por los pasillos de Europa, ellos, que son los perseguidores de media Cataluña, dándoselas de perseguidos; quienes menospreciaron a los charnegos en su día reclaman su derecho a seguirlos menospreciando. (¿Recordáis? Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa. Preguntadle a cualquier andaluz, murciano o castellano que haya tenido que emigrar a Cataluña). Donde más caso les hacen en Europa es en los cenáculos del populismo, de la segregación, de la xenofobia. Y en España, la izquierda que defiende a los pobres también los defiende a ellos; esa izquierda se ha alineado con los ricos de Cataluña para que sigan molestando a los charnegos; por ricos hay que entender también a los pobres de Cataluña, que son menos pobres que los de fuera; y que se han alineado con los ricos de casa para burlarse de los pobres que no son de ellos.
            Entonces me acuerdo de Moustaki. Georges Moustaki, que le cantó a la libertad en la figura del charnego: del meteco; del que no es de aquí, pero se siente de aquí. Y ha abrazado, besado y llorado sin ser de fuera pero sin que le dejaran tampoco ser de dentro. Holandés errante, ser sin patria que pertenece a todas las patrias: cosmopolita, ciudadano del mundo. Que no se enorgullece de su boina, sino de su cabeza. Ni del espetec que hacen en casa, sino de todas las comidas. Ni confunde tampoco a su país con una bandera, ni abofetea a su vecino para colgar un trapo, ni expulsa a los músicos de casa porque para música ya le basta con una canción, la que le hicieron escuchar toda la vida. También me acuerdo de John Lennon: imagine. Y de Martin Luther King: I’ve got a dream. Y de Jesucristo: mi reino no es de este mundo. Nuestra tierra es de todos, aunque, como es lógico, cada uno tenga en ella su casa. Bien lo dice un antiguo refrán castellano: cada uno en su casa y dios en la de todos; lo que quiere decir que mi hogar es mío, pero no a costa de expulsar al vecino ni de confundir su casa con la mía: porque tengo la obligación de ayudarle a construir su propia casa para que no tenga necesidad de invadirme la mía. Nada humano me es ajeno: bien lo decía Terencio. Si confundimos la defensa de mi hogar con la expulsión del extranjero, es que no hemos entendido nada de nada. Mear fuera del orinal, desbaratarlo todo. Frente a los de la independencia yo defiendo a los charnegos; a los metecos; porque ellos también han ayudado a construir Cataluña. El día en que los catalanes abran los brazos y dejen de construir alambradas y muros, ideológicos o reales, los que fueron charnegos, no me cabe duda, abrirán también sus brazos y gritarán: ¡Visca Catalunya!
  



viernes, 20 de julio de 2018

LA MUDANZA




LA MUDANZA
  

            Introdujo la llave. Giró, no abría. La sacó un poco de la cerradura, volvió a girar. Lo volvió a intentar sacándola más, pero tuvo que introducirla de nuevo. Giró varias veces y otras tantas se atrancaba. Hasta que bruscamente, inesperadamente, se abrió. Dentro se respiraba silencio. Se detuvo, respiró el vacío, miró hacia la escalera, levantó la vista, la retuvo, allí, acurrucándose en el aire, flotando en el espacio, esfumándose en el silencio. La puerta se había cerrado y en sus cristales, transparentes, había ecos de vida.
            En aquel momento se sintió flotar. Era como si las cosas se hubieran detenido y estuvieran suspendidas; un lugar, fuera del espacio, donde no tuvieran sitio para descansar; un sitio que, en el tiempo, se encontrara flotando entre las cosas, como la isla envuelta entre aguas que permanece inmóvil mientras todo pasa. Aquel flotar fuera del tiempo y del espacio, rodeado de espacio y tiempo, era un ser sin carne, un lugar de la memoria, una isla sin río, envuelta en ríos sin erosión, una sensación de no ser nada: una memoria sin recuerdo.
            Fue un instante. Luego volvió en sí y sus ojos regresaron del país donde la mirada se nubla, donde el alma se expande, donde los pensamientos se detienen. Su corazón regresaba de un sentir sin sangre, de un querer sin sentido, de un ensueño sin objeto. Miró. Escaleras arriba, subiendo pocos peldaños, descansaba el edificio. Miró al buzón. Sobresalía un cuaderno arrugado de tapas blandas, de cartón con espiral, de bordes aplastados y deshechos.
            Lo sacó. Tuvo que forcejar con el buzón, metálico, y logró sacarlo arañando los bordes. Su mano derecha lo acarició mientras lo sujetaba su mano izquierda. Una nube de polvo le hizo estornudar. Lo abrió. Había un dibujo infantil, unos garabatos apenas, rellenos de lápices de colores mientras un letrero, mal hecho, encabezaba una redacción que se asomaba a las ventanas del dibujo. Eran líneas inseguras, mal orientadas, apretadas como aprietan el lápiz los niños cuando aprenden. En las hojas viejas, levantadas de tanto escribir, agarrándose a las letras, había un olor a escuela y a tiempo.
            Su mente soñadora se volvió a abstraer. Se olvidó del buzón, del cuaderno, del polvo, de las escaleras y del timbre. Y entonces volvió a la realidad. Levantó la vista hacia la baranda, guardó el cuaderno en la palma doblada, y sus pies maquinales ascendieron por la escalera. Su mano sopesó las llaves y las volvió a introducir hasta que dio con ella. Se abrió la puerta crujiendo levemente y se abrieron ante él, como dos fantasmas, las cortinas de la niebla. Tanteando a ciegas encontró la luz. La apretó, pero el interruptor no funcionaba. Entonces fue al salón, descorrió las cortinas, abrió los batientes y entró a raudales la luz del día. Sus pies pisaron algo. Fue una cosa alargada, metálica, como una pinza.


            La recogió. Al agacharse sus sentidos olieron a viejo. Sus aletas se movieron, olfateando. Estornudó. Su mano movía en el aire aquella pinza antigua, y la analizaba al trasluz; pero no al trasluz del espacio, sino del tiempo. Aquella pinza pertenecía a un niño que sujetaba los pantalones para que no se engancharan en la bicicleta. Aquel niño había ido, seguramente, con su padre a montar en bicicleta. Y el tiempo, que es el bisturí del espacio, la había dejado lejos de la corriente, del río de la vida donde navega todo, y cuando naufragan las cosas las arrastra, como cadáveres, en el flujo sin fin donde vagan las cosas y se convierten en huellas.
            Sopesó el cuaderno. En su pasta colocó la pinza. Los miraba, como huellas naufragadas, y miró la casa donde tenía que mudarse. De repente esa casa estaba llena de huellas. Quiso adivinar quién era aquel niño, adivinar quizás qué había hecho aquel día, cómo había salido al campo con su padre, como había peleado, cómo había corrido por la carretera. Así, así corre la vida, se nos escapa; y no tiene freno, se nos lleva sin que podamos pararla, por la carretera. Así él había sido niño y ahora, que el tiempo había pasado, sus ojos miraban el otoño, con la cadena. Adivinó que aquella cadena tenía los platos oxidados, los piñones secos, sin engranajes donde pasar, sin grasa. El niño. Aquel niño que vivía en la casa donde tendría que mudarse, porque la había alquilado. Sintió en el estómago un revuelo, un malestar, una náusea.
            Sacó de su bolsillo una pequeña linterna. Tenía una manivela que giró, durante un minuto, hasta que salió la luz para perforar la niebla. La enfocó hacia las paredes y la paseó, escalándolas, por la oscuridad; y vio que las paredes tenían polvo en el espacio, pero también en sus entrañas había, contenido en el misterio, polvo de tiempo. Y se detuvo en un armario. La luz de la linterna enfocaba, como un río de fuego, la madera vieja; un armario empotrado tenía los batientes desgastados  y en el pomo redondo, pulido como el cristal, había una mancha de grasa. En el pomo había restos de un brillo que en tiempos había sido transparente; pero ahora, ensuciado entre manchas y golpes, se había vuelto traslúcido. Examinó aquella mancha y le pareció grasa; una grasa que en su día resbaló, pastosa, pero ahora estaba seca. Su imaginación, imparable, le mostraba al niño cansado, apoyándose en las paredes con sus manos manchadas, mientras su padre cargaba, escaleras arriba, una tras otra, las dos bicicletas. Seguramente se fue a cambiar y el niño, antes de que le regañara su madre, agarró el pomo. Se bañó y comió y se puso el pijama.


            Un viento glacial le recorrió el corazón y sonó un ruido. Su oído se aguzó; un portazo. Volvió la vista. Regresó por el pasillo y su corazón agitado se le paró dentro. Miró, asustado, abriendo los ojos a un lado y a otro por desvelar el misterio. Llegó a la cocina. La puerta bailaba aferrada a sus goznes, y golpeaba el marco una vez y otra, con las bofetadas del viento. En seguida vio que era la ventana de la cocina y la cerró. Se le cayó la linterna al suelo. Se dio cuenta, de pronto, de lo absurdo que era necesitar linterna para tener una luz con la que poder buscar la linterna. Buscó a ciegas. Y su mano izquierda se agarró al borde de la mesa mientras con la derecha, agachándose, la buscaba. Su mano izquierda: la que sujetaba como un tesoro, para no perderlo, el cuaderno.
            Era frío. O miedo. Como un fantasma: había sentido un fantasma metérsele en su interior. Suspiró, contuvo el aliento. Sus dedos se paralizaron hasta que se levantó, decidido, a cerrar la ventana. Y cuando lo hizo con su pie tocó la linterna. Se volvió a agachar y la encendió de nuevo. Iluminó la mesa y sobre ella yacía, como un cadáver minúsculo, el objeto; aquel objeto que tocó los dedos, segundos antes, paralizándole el alma; una cuchara pequeña que venía del pasado; una cucharilla, silenciosa y cubierta de polvo, que extendía el miedo. Como ondas que emanaban de lejos, inundándolo todo como una crecida, el río de la vida. El que destruye el corazón y los movimientos y los convierte en huellas.
            Sin saber por qué, dejó de sentir miedo. De repente se llenó de una profunda tristeza, una pasión de amor, una melancolía. Veía al niño y se le partía el alma; y quería adivinar el rostro de aquella cara infantil, pero no la veía. Sus facciones se esfumaban en el polvo como la marca del tiempo. Como se esfuman los cadáveres incorruptos que han sido desenterrados muchos años después, al tocarlos. Aquel niño desayunó, al día siguiente, y se fue al colegio. En la cartera llevaba, seguramente, aquel mismo cuaderno. El cuaderno que él ahora tenía agarrado en el hueco de la mano.
            ¿Quién sería? Las casas tienen vida. Las alquilamos, las poseemos, instalamos en ellas la vida de nuestro corazón, los pensamientos que hay en el alma, la razón de nuestras manos. Lo llenamos todo de vida, se llenan las paredes de recuerdos, depositamos en ellas las vibraciones de la conciencia, nuestros sobresaltos inconscientes, nuestros amores, las vivencias que tenemos, nuestros deseos. Pero las casas tienen debajo la huella de otras vidas. Antes de instalarte tú vivió allí un niño. Antes de que tú desayunases ese niño había desayunado. Y ahora estás aquí, y el niño se ha ido. Y no sabes qué fue de él, por qué se fue de casa, qué padres ha tenido, qué deseos animaron sus pensamientos. Y ahora respiran las paredes y en ellas hueles su espíritu. Paredes que no son tuyas, porque en ellas están sus recuerdos; sus recuerdos, sus vivencias, las penas, las alegrías, sus silencios y sus gritos, paredes llenas de juegos, de presencias, de espíritus, de grasa de bicicleta y de niños antiguos, de sus padres, de los miedos.
            Tú estás aquí, pues has venido. En tus manos tienes las llaves, y en tus sienes una pregunta: ¿por qué se han ido? Aquí voy a vivir yo, pero aquí vivieron ellos: ¿por qué se han ido? Como una exhalación el río de la vida, en vez de llevarnos, nos arrastra: ¿por qué ahora, si ayer fuimos su tiempo, nos abandona? ¿Por qué ya no están en casa? ¿Por qué?
            Sus manos buscaron las huellas. Tocaron las paredes, quisieron sentir sus dedos, la huella de ellos. Él no podía instalarse porque estaban ellos. Esa casa no sería la suya, porque estaban ellos. La poblaban, la habitaban, sus cuerpos no estaban allí, y estaban sus recuerdos. Él lo sabía. Los sentía, los palpaba, y no los tocaban sus manos, pero los tocaba su aliento. En el armario, tirando del pomo de grasa, había un cartel. Un cartel rojo, desvencijado con los años, con una esquina hecha jirones, restos de una pancarta: “no pasarán”. Lo leyó en letras rojas, orondas, enormes letras de pulpa como una naranja: “no pasarán”. En las huellas estaba la historia de esa casa.


            Volvió al pasillo, desesperado. Una angustia le subía golpeándolo desde el vientre. No pasarán. Buscó a tientas la cerradura de la puerta. Agarró el pomo, abrió, salió para respirar. Una bocanada de aire le llenó los pulmones porque le faltaba aliento. Amarró el borde de la puerta para cerrar y se clavó las astillas. Tocó aquellos bordes con cuidado y estaban astillados. Los iluminó con la linterna y vio los golpes en la puerta. Las huellas. Las huellas del tiempo. La historia que asomaba a su puerta transportada por las huellas. La presencia. Los fantasmas.
            Quiso bajar y tocó barro con las suelas. Enfocó la linterna y había sangre. Y pasos en la sangre. Restos de huida que un día rompió el tiempo. ¡Dios mío! El niño. ¿Por qué huiría? ¿Qué le pasaría? ¿Tan abandonada estaba aquella casa que había alquilado? ¿Tantos años deshabitada? ¿Qué misterios se escondían allí? Avanzaba y cada paso era una huella de aquella historia. Restos de ropa deshilachada en los goznes. El buzón lleno de cartas sin abrir. Buscó la llave. Lo abrió. Entre folletos manchados y arrugados sobres, un papel de periódico. Lo abrió.
            Una casa desahuciada. Una familia en la miseria. El niño, con el cuaderno en la mano, iba al colegio. El  banco se lo había llevado todo. La bicicleta. La casa llena de vecinos. Los vecinos retratados con una pancarta: “no pasarán”. Las ventanas cerradas a cal y canto. Barricadas en las puertas. La policía. Alambradas cortadas con las cizallas. Golpes de martillos en la puerta. Astilladuras. Restos de sangre en el vestíbulo. Los vecinos corriendo, aporreados. Los zapatos manchándose en la sangre. El niño corriendo, tapándose la cabeza, junto a sus padres. Y la casa que se quedaba sin habitantes.
            Se paró. De repente su espíritu se llenó de una tranquilidad extraña. Porque los misterios, cuando se transforman en historias, se hacen cálidos vaciándose de miedo. Él estaba allí, abatido: pero sin miedo. Sabía que aquella casa era de ese niño. Del niño al que habían robado la bicicleta. Y supo que no podría estar allí. Porque aquella cara tenía su dueño. Sus paredes eran del niño, sus armarios, sus cucharas, el rincón donde guardaba la bicicleta. La vida interrumpida porque los bancos se llevaban su casa. Porque los padres, que no podían pagar, estaban sin trabajo. Fueron desahuciados como miles de padres eran desahuciados en España. Porque se perdían las casas a millares. ¿Adónde irían esos padres, esos niños? ¿En qué colegio estudiarían? ¿Acaso vivirían sin bicicletas?
            Mientras tanto, él, encaramado a la puerta, iba a mudarse a aquella casa. Y supo que sufriría pues sus paredes, sus armarios, sus ventanas, le recordarían continuamente la presencia de los niños; esos niños que estaban siendo desahuciados. Sus labios, entumecidos, se entristecían sin quererlo. Las paredes de la luz se harían blancas. Y en sus rayos estaría la derrota. Y sus ojos, desde la niebla, se encaramarían a la luz; unos ojos con el brillo de una lágrima.



viernes, 13 de julio de 2018

MÁS PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN



MÁS PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN
  

1. La escuela.

            Hay quien dice que lo principal es el amor de madre; ningún padre puede sustituir a una madre en casa; la madre se ha convertido en el símbolo del hogar.
            No es verdad. Lo que sí es verdad es que si la madre está en casa mientras el padre está en el bar, los hijos sólo le hacen caso a la madre. Pero si una madre se obsesiona con la casa y la cuida más que a sus hijos, no es extraño que ella cuente tan poco como el padre que está en el bar. Los hijos escuchan a quien juega con ellos; a quien habla con ellos; a quien los ayuda cuando hace falta; no a quien está sin preocuparse por ellos, esté en el bar o esté en la casa; mucho menos cuando no está.

            La mano que mece la cuna es la mano que  maneja el mundo.
                                                                                                                                             (Proverbio norteamericano)

            La escuela es el lugar donde se imparte la enseñanza; desde la infancia hasta la universidad. La primera escuela es la familia, aunque acostumbremos a distinguir entre familia y escuela por comodidad. El padre y la madre son los primeros maestros. Y cualquiera que está con ellos cuando el padre y la madre no están.
            Hay madres ansiosas de tener hijos: pero la naturaleza no se los ha dado. Hay padres que no han nacido porque sus hijos tampoco han nacido: y tienen nostalgia de niño. Mecer la cuna es una forma de imaginar al niño; es anhelo y es engaño; y es, en los dos sentidos de la palabra, ilusión.

            La pobre loca cuidaba la cuna, lavaba la ropa, limpiaba pañales. Preparaba biberones, calentaba la leche, hacía papillas... pero no tenía niño. Así también hay maestros que cuidan la escuela y se olvidan del alumno. Pero cuidar la cuna no es cuidar al niño.

            Y hay padres y madres que sólo quieren niño para mostrarlo. Para pasearlo ante la mirada de todos, dándole el biberón, jugando con él mientras parece que juegan para él, llevando el carrito. Un muñeco, no más, es el bebé; o una muñeca; hay madres que juegan con él como quien juega con la muñeca; y padres que ven machotes donde no hay más que niños; si son niñas las dejan con su madre, se marchan al bar y se olvidan de ser.

            Adoran la educación y no educan. Obligan a leer y no animan. Animan a disfrutar y desaniman. También se odia la lectura haciéndola presencia vacía, tarea olvidada, enseñanza vana; y es un ídolo lejano, un mito. El tiempo que se emplea en adorarla no es tiempo que se invierte en vivirla.


            Ha habido madres que han sido mujeres de su casa; y han tenido sujetos a los hijos mientras fregaban con tal de que no pisaran el suelo; les han prohibido sentarse en el sofá para no estropearlo; y no les han dejado salir a jugar porque ¿qué tendrá la calle que todos queréis salir?
            Se han olvidado de cuidar al niño para cuidar la casa. De enseñarle a hablar por reír sus gracias. De dejarle jugar por no manchar el vestido. De correr y trotar para no llenarse de tierra, ni arrugar la ropa planchada, ni deshacer el lacito en el pelo. Hay quien trata a los niños como si fueran un escaparate.
            Y hay escuelas que se ponen bonitas cuando llega el inspector. Para quedar bien cuando vienen a mirarlas. Para deslumbrar a los padres. Se acuerdan de enseñar cuando compiten por un premio; cuando enseñar no es más que ganar títulos; cuando ser maestro no es más que un diploma. A diferencia de aquellos otros que, enseñando bien, les da por apuntarse a concursos; y ganar no es el sustituto de enseñar; los papeles no sustituyen a la realidad; la realidad no es falsificada por representaciones; enseñar no es sólo tener un diploma; y preocupa más el niño que su vestido; el juego más que los lazos; la escuela no se pone guapa sólo para mostrarse; el mundo no se convierte sólo en escaparate; y el maestro no se olvida del niño porque está cuidando la escuela o porque se haya ido al bar.

            Enseñan la escuela tan limpia y bonita... pero es una momia. Es un armazón de huesos y pellejo cubierto de cristal y pintado con mimo... pero no tiene cuerpo. Tiene el pulso frío.



2. La maldad.

            Ser malo es no tener empatía. Hacer a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Estando sano. Ser malo es no ponerse en el pellejo de los demás. No sentirte tú en el otro. No tener misericordia, que misericordia es el corazón que late y sufre por las miserias ajenas; que son nuestras  propias miserias. Sentir es comprender el mal de los demás, es querer curarlo: no deleitarse morosamente en el sufrimiento, como hace la gente de televisión cuando muestra historias desgraciadas; como hacen los melodramas explotando nuestros sentimientos bajos: que es bajo querer llorar sin querer ayudar al desgraciado; como hace esa falsa solidaridad que es la caridad espectáculo.  
            Hay quien no se siente reflejado en los demás porque su egoísmo enturbia la visión del espejo que tiene en el alma: y en un espejo que no es transparente no se puede ver. Algunos tienen corazones translúcidos y opacos. Y son insensibles al sentimiento ajeno. Son fríos. Son impenetrables.
            Otros no sienten el dolor del prójimo porque los ciega su propio dolor. Tienen en su alma un espejo transparente, pero no miran en él. Están demasiado preocupados con mirarse a sí mismos. No, no tienen tiempo para mirarse; si se miraran verían al prójimo en sus propias carnes, se compadecerían de él. (Eso que ahora llamamos empatía se llamó en un tiempo compasión. Com-padecerse: sufrir con el sufrimiento de los demás. Y querer suprimirlo como queremos suprimir nuestro propio sufrimiento).
            Y entre las muchas clases de maldad está la del vago. La pereza es falta de energía para actuar, cuando queremos. Es como el coche que tiene el motor intacto, pero le falta gasolina. La pereza sabe que tiene que hacer las cosas, pero no puede; el motor de su cabeza le dice lo que tiene que hacer, pero a su cabeza le falta gasolina. Cuando quieres y no puedes porque tu voluntad es floja, te engañas y engañas a los demás diciendo que no quieres nada; y disfrazas la pereza con la abulia, como la fábula de la zorra; pero queremos las uvas aunque finjamos despreciarlas.
            El perezoso ve que otros consiguen lo que quieren porque su deseo es fuerte, pero su poder es flojo; y sienten envida. El envidioso quiere rebajar al poderoso a su impotencia ya que él no puede alcanzar el poder que el otro tiene: y, a falta de construir su mundo, quiere destruir el mundo de los demás; para que no sean el espejo en el que se mire, viendo que él no ha hecho cosas que los otros han podido. Por eso el envidioso es malo. Porque tiene cegado el espejo de la compasión: es despiadado con los demás a falta de ser compasivo consigo mismo; y entonces compadecerse no es salir de la desgracia, sino hundirse en ella.

            Son dos clases de maldad: la maldad de los vagos, la maldad de los malos. El vago se porta mal aunque sea bueno; el otro es malo.




viernes, 6 de julio de 2018

LA CIUDAD DE DIOS



Apuntes de filosofía.



LA CIUDAD DE DIOS
  

             Siempre se ha opuesto el reino de dios a nuestro mundo en la tierra. Se ha dicho, por ejemplo, que hay una realidad que escapa a las leyes de la naturaleza porque vive fuera de ella; esa existencia podía ser sobrenatural o  infranatural, pero se ha preferido lo primero (aunque probablemente las dos palabras signifiquen lo mismo); y ello, porque el prefijo “sobre-” indica más, con lo que dios es más que cualquiera de los seres de la tierra, y lo sobrenatural contiene más cosas y más valiosas que todas las cosas de la naturaleza. Dios es, pues, un ser sobrenatural que tiene todo lo que a nosotros nos falta, y su reino es una zona del espacio-tiempo donde todo lo bueno está en grado superlativo, desde la majestad hasta la felicidad; todo el mundo quiere conocer el reino de los cielos.
            San Agustín supuso que la ciudad de dios es ese mundo que supera con creces a la ciudad terrena. Amar a dios hasta el desprecio de sí mismo es la ciudad de dios; amarse a sí mismo hasta el desprecio de los otros es la ciudad terrena. La primera es Jerusalén, Roma, el reino de los cielos; la segunda es Caín, Babilonia, el imperio, el mundo del tiempo, el reino de los siglos. “Dad al César lo que es del César y a dios lo que es de dios”, había dicho Jesús; la obediencia a las leyes del mundo no debe hacernos olvidar que le debemos obediencia a la ley de dios.
            Podemos suponer que vivimos en dos ciudades. Una representa a nuestro corazón, la otra representa a nuestras tripas. Todos los países están divididos en esas dos mitades: la misma América que ha votado a Trump ha votado a Obama; la misma Italia que busca a Berlusconi se compadece de los refugiados; la misma Judea que subió a Jesús en la borriquilla lo crucificó prácticamente al día siguiente. Dos instintos, profundamente antitéticos, anidan en nuestros corazones: uno desprecia a los demás y persigue a los refugiados, dispara en la frontera contra los emigrantes, les niega la seguridad social a los pobres y les baja los impuestos a los ricos, escatima el dinero contra el cambio climático y se lo da al ejército para comprar más armas; y otro ayuda a quien lo necesita dando cobijo al refugiado, respetando al inmigrante, combatiendo el calentamiento y limitando en la calle el uso de las armas. Las dos mitades que laten en nosotros son instintos que miran en direcciones opuestas: uno se busca a sí mismo en los demás y siente el dolor ajeno, porque comprende que si él estuviera como ellos también sufriría como ellos sufren; y otro mira a los demás como seres extraños, seres cuyas muecas de dolor no corresponden a ningún dolor nuestro, y por mucho que se lamenten no conseguirán que veamos nunca el dolor causante de sus lamentos: porque estamos ciegos. Unos tienen corazones ciegos y otros ojos en sus corazones; y esos ojos son la voluntad: de modo que quien no ve es porque no quiere ver, porque tiene el corazón insensibilizado, inerte y frío, y no quiere poner calor en él porque le resulta más cómodo vivir sin estufa; aunque la misma estufa que no arde para los demás no arda tampoco para nosotros, y la gente que no da calor de su hogar tampoco lo recibe porque no lo tiene, y su existencia se vuelva fría, triste, gris, desolada, pobre, cuando no quiere calentarse en su hogar sólo porque no quiere que su hogar caliente a otros. “Tengo dos lobos dentro de mí”, decía el jefe indio, “uno bueno y otro malo; los dos están luchando: ¿cuál de ellos vencerá?” Aquel que tú alimentes”, le decía el hombre sabio.


            La ciudad terrena es la que contiene a los nuestros. Mi familia, mis vecinos, mis paisanos, mi partido, mi sindicato, mi equipo, todos ellos son mi ciudad; mi clan, mi pueblo: mi tribu.
            Luego está la otra ciudad: la que contiene a toda la gente, de mi pueblo o del pueblo de al lado. Todas las familias del mundo, porque en todas reconozco a los míos: que todos los padres quieren a sus hijos con la misma intensidad dolorosa con que yo quiero a mis hijos; y debe ganar el mejor siempre aunque no sea mi equipo y yo quiera que gane mi equipo; y si veo que mi partido o mi sindicato empiezan a decir tonterías, debo preferir que gane otro que sea mejor, aunque mi deseo se incline siempre por que gane el mío; y siento que el mundo entero es una tribu sin límites donde caben las tribus limitadas a las que pertenecemos cada uno; que no voy a votar al gobierno catalán sabiendo que es corrupto por el placer de ser explotado por uno de Barcelona y no por uno de Madrid: como si fuera preferible tener corruptos propios rechazando los ajenos, y al hacerlo rechazáramos también a los políticos ajenos aunque sean justos. El sentimiento de pertenecer a una tierra, a un trozo de tierra mezquino y estrecho, vale para algunos más que pertenecer al cielo, que sobrevuela por todas las tierras, todos los países, todos los trozos de mundo abrazándolos a todos con el mismo calor de hogar y el mismo sentimiento de ser uno y todos el mismo.
            Sentirte ciudadano del cielo es lo mismo que sentirte ciudadano del mundo; no de mi mundo, sino de todo el mundo; no sufrir con los míos, sino con todos los seres que nos miran diciendo para sí: estos que también me miran también son los míos; son mi familia aunque no sean de mi tribu; porque hay dos familias en el mundo: la familia de dios, en la que estamos todos, y la familia de mi tierra, en la que sólo están algunos. Mi familia terrena son los míos, a los que defiendo contra los otros con uñas y dientes. Mi familia celestial son todos, y los defiendo con uñas y dientes pero no contra todos, sino con todos; procurando que nadie viva siendo enemigo de nadie, y mucho menos siendo enemigo de sí mismo.
            La ciudad de dios es el mundo. La ciudad terrena es mi mundo. La ciudad terrena es la que construyo mirándome el ombligo; para construir la ciudad de dios necesito ver más allá de mi frente. Hay quien prefiere tener boina y no salir del pueblo a quitársela y correr a ver mundo por los caminos de dios. Y entre quienes ven mundo hay quien tiene la boina puesta porque lleva a su pueblo en el corazón, y quienes se empeñan siempre en no quitársela de la cabeza: que la llevan en la cabeza no porque en ella tengan las ideas, sino porque se la ven los demás, que es lo que les importa. Tener una bandera para marcar el territorio y que todos la puedan ver; y no la llevan en el corazón, y fingen en voz alta que aman a su pueblo, y lo odian en voz baja. Se puede querer al pueblo sin estar en él, porque esa frente libre como el viento tiene en su corazón un hogar, no una prisión que le corta las alas: ése es el sentido de la boina cordial, que se hunde en el sentimiento sin empeñarse en amarrar su libertad, cuando confundimos tener casa con estar preso.


            Ése es el sentido de la metáfora agustiniana. La ciudad de dios es el territorio de los ciudadanos del mundo. Dios representa el corazón, la boina que nos retiene y la libertad que nos lleva; dios es pasión de hogar y apego a la tierra (adonde a veces echamos el ancla), pero también apego al cielo (adonde echamos también las velas para zarpar). El mundo es el territorio donde no luchamos contra otros para defender mi mundo; donde la defensa de lo propio combate contra la agresión, no la crea; defender lo mío no es atacar lo ajeno y acoger al refugiado no significa perder tu casa, como dicen los exagerados; por eso mismo puedo comprender que una persona, cuando se hunde en la miseria, se salta la ley para sobrevivir: entonces es que la ley era mala y lo bueno era entonces ser un emigrante ilegal. Hay muchos emigrantes ilegales en el cielo. Y muchos emigrantes ilegales en el mundo. Porque ser ilegal es solamente vivir al margen de la ley, ser palabra sacada del texto, escrita en sus márgenes; y unos ilegales son caínes que trafican con inocentes para medrar a costa de ellos, y otros son corazones de un texto donde las mejores palabras se han escrito en sus márgenes: no es malo ser ilegal, lo que es malo es estar en los márgenes de Caín: no en los de los inocentes. “Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia”, dice Jesús: cuando la justicia es una palabra que empleamos para calificar a los injustos; y son injustos quienes persiguen a los inocentes en nombre de la justicia.
            Puede que no haya muchos inocentes. Que los mismos que ahora sufren se conviertan en perseguidores si un día dejaran de sufrir. Los mismos comunistas que pregonaban la solidaridad en Francia pregonaron después la expulsión de los inmigrantes, cuando empezaron a votar al Frente Nacional. Cuando empezó la crisis. Y también antes de que empezara. Quizá los que sufren hoy no sean inocentes, tampoco culpables: todos tienen un lobo bueno y otro malo; una ciudad de dios en pugna con una ciudad terrena; el mundo inscrito en su corazón mirándose en el pozo entrañable de su propio mundo. Caín dejará de matar cuando el mundo sea un campo de libertad donde podamos pasear con nuestro mundo: no un desierto de desolación donde la libertad se trueca en soledad, en pérdida. El mundo será entonces la ciudad de dios. Y nuestro mundo, iluminado por él, no se extraviará ya nunca en los recovecos de la ciudad terrena. Lo contrario de la solidaridad es la soledad, y quien no quiere a nadie es porque quiere estar solo; o porque está solo sin querer; o, sin darse cuenta, seguramente lo habrá hecho queriendo.
            La ciudad de dios es mi mundo y el tuyo. La ciudad terrena es sólo mi mundo: y no me importa, si yo estoy en el mundo, que tú te pudras sobre la tierra.