viernes, 30 de abril de 2021

LA CORRECCIÓN DEL EXAMEN

 

 

LA CORRECCIÓN DEL EXAMEN

 


            El mes pasado comentábamos el caso de Elena: Elena era una alumna brillante que no hizo bien el examen; decíamos que había que saber encajar las derrotas, eso también forma parte del triunfo. Ahora vamos a corregir el examen que hizo, pero primero recordaremos los aforismos que nos guiaban entre la justicia y la bondad.

 

PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN

(AFORISMOS)

 

SOBRE LA JUSTICIA

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito, poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE LA TERNURA

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar, pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo.

 


LA CORRECCIÓN DEL EXAMEN      

 

Juan se puso de acuerdo para hablar con Elena. Quedaron en verse al día siguiente, a la hora del recreo. El timbre acababa de sonar y habían salido todos los compañeros para ir a la calle; otros se quedaban en el patio, como un rosario, o dispersos en grupos como los racimos; habían ido pintando los pasillos y la clase se había quedado vacía en tan sólo unos minutos. Elena esperaba. Pero no tuvo que esperar mucho porque Juan vino en seguida.

          Juntaron dos mesas y se sentaron, uno a cada lado. Juan sacó el ejercicio: eran unas hojas garabateadas con tinta azul, de letra nerviosa y precipitada, redonda, inclinada hacia la izquierda, los rasgos a ratos superpuestos y apretados, fundidos unos con otros como las fotos que, al impresionarse juntas sobre el papel, hacen una cara fantasmagórica de varias caras; y a ratos separados, sin trazos de unión, como si las letras quisieran alejarse de las palabras. En aquellas líneas desparejas, fruto de la precipitación en su lucha contra el tiempo (siempre insuficiente para lo que se quiere escribir), Elena cifraba su examen.

            Era el comentario de un texto; del libro III de la Política de Aristóteles; trataba de definir en qué consiste la ciudad; la ciudad de los griegos, naturalmente: la ciudad-Estado. Juan lo leyó en voz alta. Elena, al oírlo, lo recordó de nuevo. Hablaba de que con un territorio no se construye una ciudad; ni con familias, ni con un número grande de habitantes, ni con un ejército, ni con el comercio; una ciudad necesita todo eso, pero desde luego hace falta que haya más.

            -Mira –dijo Juan; y levantó la vista del papel para mirarla, resuelto a convencerla-. La primera pregunta te pide que identifiques el problema; que digas de qué habla. ¿Habla de ciudades, de números, de plantas, de los astros? ¿De que habla? Mira, Elena, lee lo que has puesto.

            Elena leyó en voz alta la respuesta que había puesto en el papel.

            -“El problema que trata Aristóteles es la necesidad que tienen los seres humanos de vivir en sociedad; si viviéramos aislados, no nos humanizaríamos”.

            -¿Y es de eso de lo que habla?

            Elena se quedó callada, y su mirada era una pregunta más que una respuesta.

            -No –dijo Juan-. Desde luego, habla de la ciudad, de eso no hay duda; es demasiado evidente. ¿Pero qué dice acerca de la ciudad? No dice que sea necesaria para humanizarnos; lo que dice es que para que haya ciudad son necesarios varios requisitos; se trata de definir en qué consiste la ciudad.

            Elena suspiró preocupada y satisfecha; satisfecha porque lo que le decía Juan encajaba con el texto; preocupada porque eso no encajaba con lo que ella había escrito; y suponía una merma importante para su nota.

            -Contestar bien a eso te daba medio puto. Tú has dicho de lo que hablaba, pero no has acertado en lo que decía. Tienes, por lo tanto, 0’15 puntos; lo que te puse ayer cuando lo corregí.

            Elena asentía mudamente, sin mover la cabeza, como con temor

            -Mira ahora la siguiente pregunta: “sitúalo en su contexto”.

            Juan señalaba en el papel.

            -Tú has hablado de la vida de Aristóteles; has dicho que nació en Estágira, que vivió en el siglo –IV, que estudió en la academia de Platón, en Atenas; que Atenas fue arrasada por el rey Filipo, y que Filipo consiguió que Aristóteles le diera clase a su hijo, el futuro rey Alejandro Magno.

            Juan levantó la vista y apartó el dedo de las líneas donde Elena había respondido.

            -Pero eso no tiene nada que ver con el texto, Elena; lo que te pedía era que razonaras sobre la influencia que tuvo en el texto la época que le tocó vivir. Podrías haber puesto, por ejemplo, que Atenas, y toda Grecia, corrían peligro de desaparecer tras la invasión macedonia; y que era inconcebible para un griego vivir fuera de su ciudad, porque estaría tan desprotegido como… como un caracol sin su concha; o como una abeja fuera de su colmena; fíjate si la ciudad sería importante que Sócrates prefirió morir antes que vivir en el destierro. Los griegos se sentía unidos a su cuidad por unos lazos entrañables. 



            Juan suspiró, cogiendo aire antes de proseguir.

            -En ese contexto, pues, Aristóteles se empeñaba en salvar la ciudad, la polis; sin ella ya nadie tendría patria; de ser ciudadanos de su patria pasarían a ser ciudadanos del mundo: cosmopolitas; y el cosmopolitismo no era entonces que el mundo entero fuera su casa, sino que ya no hubiera casa en el mundo; el mundo era tan amplio que un griego se sintiría verdaderamente perdido. Como en una selva. Preocupado, Aristóteles se empeñaba a toda costa en salvar la ciudad; de ahí que escribiera textos como éste.

            Elena levantó el cuello, abriendo un poco la boca en señal de sorpresa: por lo que en ese instante estaba descubriendo.

            -La pregunta valía 0’5 puntos; yo te he puesto 0’1, pero igual me he pasado un poco; quizá he sido demasiado severo; puestos a buscar las relaciones del texto con el contexto, no he valorado suficientemente que también son interesantes los datos biográficos; lo dejaremos, entonces, en 0’25 puntos.

            Juan miró la hoja en el punto donde se enunciaba la tercera pregunta. Decía: “exponer la tesis o las tesis defendidas aquí por el autor (en el caso de que hubiera más de una)”.

            -Mira lo que has contestado -Juan empezó a leer-: “para explicar que el ser humano es un animal racional, político y social, se apoya en diversos ejemplos”. No, ésa no es la tesis que desarrolla el autor en este texto; la desarrolla, sí, pero en otros textos. Lee este fragmento de Aristóteles; léelo detenidamente.

            Elena volvió a leer aquel fragmento en voz alta. Decía así:

 

            Pues, aunque alguien pudiera reunir los territorios en uno solo, de forma que la ciudad de Megara y la de Corinto se juntaran con sus murallas, a pesar de ello no hay una única ciudad. Ni tampoco si contrajeran matrimonios unos con otros, por más que ésta sea una de las sociedades características para las ciudades. Igualmente tampoco, si algunos vivieran por separado, aunque no tan lejos que no pudieran comunicarse, y tuvieran leyes para no perjudicarse en sus intercambios, como por ejemplo, si uno fuera carpintero, otro campesino, otro zapatero y otro algún oficio similar, y fueran unos diez mil en número, pero no se comunicaran para nada más que asuntos como el comercio y la alianza militar, tampoco en ese caso hay una ciudad[1].

 

            -¿Y bien, mi querida neófita? ¿Hay una sola línea donde diga Aristóteles que el ser humano sea un animal racional?

            Elea tuvo que rendirse a la evidencia.

            -No.

            -Pero mira lo que dices después, sigamos tu respuesta: “luego habla de la sociedad que humaniza a los seres; si no viviéramos en sociedad no podríamos practicar el lenguaje, y por el lenguaje nos hacemos racionales, por lo que el ser humano también es un animal social”.

            -Un animal político.

            -Un animal político. –Juan carraspeó-. Desde luego, el texto no habla de eso. Ni de esto –Juan siguió leyendo la respuesta que había dado Elena-: “esto deriva en su política, donde son necesarias unas leyes; así, Aristóteles defiende la república como la mejor forma de gobierno”. Aquí no se habla de república; léelo todas las veces que quieras y no lo encontrarás. 



            El silencio de Elena se parecía al del reo momentos antes de oír la sentencia.

            -Pero hay algo más –prosiguió Juan dejándose ganar por la vehemencia-. Lee, lee aquí; mira lo que dice. –Cambiando el tono de voz, como lo cambia el narrador cuando se pone a hacer de personaje-. “Con ello, nos diferenciamos de los animales en que ellos se dejan llevar por la parte apetitiva del alma, mientras que nosotros buscamos la felicidad mediante la razón. Pero es necesario un término medio que nos aleje de los vicios: y es la justicia; es el término medio de la prudencia, la templanza…” Mira –insistió Juan- mira lo que hay ahí.

            Juan señaló sus propias anotaciones al margen con tinta roja. Elena las leyó con voz trémula:

            -“¡Qué manía con decir que el texto dice cosas que no dice! Como el Pisuerga pasa por Valladolid, hablemos del Pisuerga”.

            Tuvo que rendirse a la evidencia.

            -Lo que dice Aristóteles es esto: primero, que la ciudad requiere una unidad de territorio (pero eso sólo no basta); segundo, que también requiere de la existencia de familias (pero sigue siendo insuficiente); tercero, que la ciudad requiere un número mínimo de habitantes (pero hace falta algo más: las ciudad es más que una suma de aldeas); y cuarto, que para que haya ciudad hace falta que haya comercio y ejército, pero no sólo. Si hay ciudad habrá territorio, familias, multitud, comercio y ejército, pero sólo con estas cinco cosas no construimos una ciudad. ¿Qué otra cosa más hace falta?

            Elena buscaba calladamente la respuesta, dubitativa.

            -No busques –dijo Juan-, el texto no lo dice. El texto enuncia las cinco condiciones necesarias, pero no dice nada de la razón suficiente.

            Calló. Calló y miró a Elena, transmitiendo en su mirada el peso de la convicción. Prosiguió concluyendo.

            -Esta pregunta valía un punto. Yo te he puesto 0’25, y después de volverlo a corregir no veo motivos para cambiar esa nota. ¿Los ves tú?

            El “no” de Elena fue una respuesta insegura, maquinal; lo dijo por decir algo, ya que su profesor la instaba a que contestara; pero Elena estaba abrumada porque, después de lo que oía, ella seguramente se bajaría la nota.

            -Y llegamos –enlazó Juan- a la siguiente pregunta. Se trata de “examinar la consistencia de los argumentos”.

            Juan volvió a leer la respuesta de Elena.

            -“En conclusión, con todos estos argumentos el autor nos hace referencia al animal social, racional y político que es el ser humano”. Error. –Juan bajó la mano, posando la hoja sobre la mesa. Miró a Elena y le dio sus respuestas-. Te empeñas en contar lo que has estudiado, aunque no tenga que ver con el texto. Esto es un comentario: no una pregunta del temario. Acabamos de ver cinco condiciones necesarias, pero el texto no aclara cuál es la condición suficiente; sin embargo deja claro que esa condición existe; por ejemplo en la última línea. Hemos de concluir, por tanto, que el texto es coherente, porque ninguna frase contradice a otra en sus afirmaciones. 



            Juan hizo una pausa didáctica.

            -Medio punto. Aquí te he puesto un cero. Bueno –dijo como corrigiéndose esta vez-, quizá haya sido demasiado severo. Tú haces explícita esa famosa condición suficiente de Aristóteles omite aquí: “la ciudad”, dices, “tiene por misión lograr la felicidad humana”, y decir felicidad es decir perfección: “virtud”, como te encargas de destacar; de modo que quizá te podría poner en esta pregunta un 0’15; sobre el medio punto que vale la pregunta.

Juan volvió a coger la hoja para seguir leyendo.

-Ahora vienen las definiciones. Tenías que definir cinco palabras, y cada una valía medio punto.

Carraspeó un poco.

-Vamos con la primera.

Elena estaba en vilo, sin saber a qué atenerse. Y a pesar de que Juan se lo razonaba todo, su cuerpo no se había desprendido del miedo. Gustaba de aprender cosas nuevas, pero temía que esas cosas le reservaran un suspenso.

-“Matrimonio”. Tú has puesto que se trata de la familia, y es cierto; pero has añadido que la familia es “una de las clases sociales en que se divide la ciudad”, y eso no lo es. –Se paró, mirándola en tono de reproche-. Es una burrada: la familia no es una clase social. –Después, volviendo a las líneas garabateadas, prosiguió-: “el matrimonio es la unidad básica de la sociedad, producida por el enlace de un hombre y una mujer”. Es obvio. Para decir esto no hace falta estudiar filosofía. Pero lo más importante es lo que no has puesto: “para satisfacer las necesidades cotidianas”.

Juan calló. Su silencio no era para buscar ninguna palabra, sino para resaltar su sentencia.

-¡Cero! Bien es verdad que has dado media respuesta, aunque la mitad de la media sea una verdad de Perogrullo. –Se lo pensó empujando con un sonido continuo su pensamiento, como si el pensamiento fuera una melodía y el sonido de la garganta fuera una nota de pedal-. Creo que te podría dar 0’15 puntos; menos quizá sería injusto, y más seguramente también.

 Elena respiró aliviada. Inmediatamente Juan pasó a la segunda definición.

-“Aldea”. Vuelves a decir que Aristóteles divide la sociedad en distintas clases, como la familia y la comunidad; te recuerdo que ni la familia ni la comunidad son clases sociales. –Luego comentó con benevolencia-: creo que utilizas la palabra “clase” como sinónimo de “tipo”, resultado de una clasificación, no para referirte a una clase social. Pero debes manejar bien el vocabulario, que aquí es un vocabulario especializado, pues una cosa es lo que dices y otra lo que quieres decir.

Descansó para respirar.

-No obstante dices, luego, que la aldea es un conjunto de familias para satisfacer las necesidades no cotidianas. –Silencio-. Un cuarto de punto. Creo que es lo que merece tu respuesta.

Pasó a la siguiente palabra:

-“Ciudad”. Has puesto que “es el conjunto de aldeas dentro de una sociedad”. No. Se pueden juntar veinte mil aldeas y reunir en un mismo territorio a dos millones de personas, que eso no formaría una ciudad. Hace falta más. Tú dices después: “se trata de buscar el bienestar general de la polis”. No: no se trata de bienestar, sino de felicidad; y no es la ciudad la que debe ser feliz, sino los hombres que la componen. Te he puesto aquí un 0’15, pero creo que tus medios aciertos merecían algo más: dejémoslo en un 0’25.

Siguiente palabra.

-“Dialéctica”. Lee tú misma tu definición.

Elena giró el papel y empezó a leer.

-“Es el camino a través del cual accedemos del conocimiento sensible al universal. En esto influyen las matemáticas. Así, desde lo particular, de idea en idea, de hipótesis en hipótesis, obtenemos un conocimiento más general…”

-Lee lo que te he puesto en rojo.

Elena lo leyó.

-“Esto es en Platón”.

-Exacto. Esa definición de dialéctica corresponde a Platón. Para Aristóteles es un silogismo que parte de premisas probables.

-¡Ah…!

-Venga, lee lo que has puesto en la última palabra.

-“Silogismo científico: son tres proposiciones, la última de las cuales es demostrada a partir de las dos anteriores”.

-Lee en voz alta mi comentario.

-“Eso es un silogismo, no un silogismo científico”.

-Exacto. Un silogismo puede ser dialéctico si parte de premisas probables; y científico si sus premisas son verdaderas, evidentes y más conocidas que la conclusión.

Elena guardó silencio. El gusto que tenía por aprender se le aguaba con el disgusto de estar suspendiendo.

-Te he puesto un 0’1, y no creo que deba ponerte más. En la definición de la dialéctica te puse un 0’25 y te lo mantengo; he valorado el hecho de que conocieras la dialéctica de Platón, pero debo penalizar el que no conocieras la de Aristóteles.

Elena asintió, conforme; le parecía justo.

-Ahora –prosiguió su profesor –vamos a la siguiente pregunta. Es la pregunta de temario. Dice así: “explica” -Juan remachaba los acentos enfáticos con un golpe de la mano en el aire, la yema del pulgar posada sobre la yema del dedo índice-; “explica”, digo, “cómo desarrolla Platón su teoría política a partir de sus ideas filosóficas”.

Hubo un silencio mientras Juan la miraba, inquisitivo. Estaba desconcertada, porque no tenía ni idea de cómo reaccionaría él; si elogiando, censurando o comprendiendo. El hielo se rompió pronto.

-Mira. Tú respondes haciendo una lista de formas de gobierno según Platón. Hablas de la monarquía, de .la tiranía, de la aristocracia, de la timocracia y de la oligarquía; pero las explicas desordenadamente, sin mostrar cómo derivan naturalmente unas de otras; y además de no mostrar esta curiosa genealogía, defines equivocadamente la monarquía como el gobierno de un sabio. –Juan se paró, mirándola en silencio, poniendo una muda pregunta en la mirada-. Seguramente pensabas en el rey filósofo. Pero ¿aboga Platón por un filósofo-rey, o por varios? ¿Su gobierno ideal es una monarquía o una aristocracia? ¿Lo constituye un sabio o un consejo de sabios?

Elena tenía la mirada clavada en la hoja, cabizbaja. A veces fijamos la vista en un punto abstrayéndonos de todo lo demás, sin que haya concentración; o más bien sin concentración de la conciencia, sólo de la mirada; la mirada se funde en un punto y todo lo demás se vuelve borroso; el espacio se va llenando de oscuridad, como un fundido en negro, primero en el campo visual, luego en el mismo punto, hasta que el punto también se eleva en la región isotrópica donde el vacío se confunde en una turbulencia viva, dinámica, como un magma que flota ante nosotros, como un plasma; y nosotros mismos nos sentimos flotar, al final del todo, como si nuestro propio cuerpo se hubiera fundido en medio de ese plasma. Eso ocurre cuando nuestra concentración no viene del pensar, sino del sentir. Nos sentimos una nada disuelta en el mundo, que gira sobre nosotros como si nosotros estuviéramos inmóviles, con una inmovilidad inerte, contemplativa, como si, meros puntos ingrávidos e insignificantes, nos sintiéramos envueltos sin remisión por las nubes del destino; y uno se entrega, se abandona, se siente objeto de la fatalidad, padeciéndola sin poder reaccionar, tal la succión de un remolino poderoso, impotentes ante ella. Así presentan en el cine el abandono de los personajes ante lo inevitable, con la cámara girando sobre ellos y el paisaje dando vueltas sobre su inmovilidad; como el giro copernicano en el que Kant, dejando el mundo girar sobre nosotros, dejase de estar quieto sobre el observador que giraba. Elena se sentía así juguete del destino, impotente ante la nota que, inexorablemente, Juan, juguete también de la razón, le acabaría poniendo: un suspenso. 



-Mira, Elena –prosiguió tras verla sumida en el silencio, pero sin observar sus ojos nublados-. La pregunta no giraba en torno a la política de Platón, sino en torno a la forma como la política de Platón emerge, con toda naturalidad, de su filosofía; con la misma naturalidad con que el submarino emerge, cuando suelta agua, de los fondos marinos.

Juan cogió el lápiz y echó mano a un folio blanco para escribir la palabra “filosofía”; después hizo una flecha y la conectó con la palabra “política”.

-Mira. Lo que a nosotros nos interesa de su filosofía empieza en la caverna. Los prisioneros no ven la realidad, sólo imágenes deformadas de ella. Uno consigue escaparse y ve la realidad en toda su belleza. El prisionero liberado tiene dos opciones: seguir buscando belleza para disfrutar con su contemplación (y será filósofo), o volver a la caverna para contarles a los prisioneros lo que ha visto (y entonces será político). La política es una paideia: educación pura. En esa dimensión pedagógica de la política hay que tener en cuenta dos cosas: primero, que no basta con que el maestro enseñe para que el discípulo aprenda; hay que adaptarse a su ritmo, como le pasaba al prisionero que, al contemplar la luz por primera vez, no podía ver las cosas aunque las tuviera delante. Porque lo cegaba la luz. El maestro no debe enfadarse porque el alumno no comprenda lo que él explica; tiene que darle su tiempo para que los ojos de la mente estén preparados para comprender: y eso es pedagogía; la mayéutica; aquí, en Platón, se superpone el Sócrates del Menon –uno de sus diálogos de juventud-, guiando con sus preguntas al esclavo hasta que el esclavo acaba comprendiendo las cosas por sí mismo.

Juan hizo una pausa didáctica.

-Y aquí –prosiguió- podemos hablar de la educación tal como la entendía Sócrates (con Platón) y tal como la entendían los sofistas. Para los sofistas educar era meter cosas en la cabeza del discípulo; para Platón era sacarlas, hacer que el discípulo las descubriera, a la manera socrática, por sí mismo. Pues bien, si volvemos a la caverna, los prisioneros, rechazando lo que les dice su compañero, lo matan: ése es el destino del verdadero político; que el pueblo, acostumbrado a oír de sus políticos continuos cantos de sirena, se nieguen a admitir la verdad cuando la verdad es desagradable. Así le pasó a Sócrates; y al propio Platón, en sus continuos viajes a Siracusa.

Carraspeó.

-Así, pues, el político no se confunde con el demagogo. El demagogo utiliza al pueblo por interés; el político conduce al pueblo hacia la sabiduría: y aquí viene el símil de la línea; no voy a detenerme en ello, pero desde las sombras de la caverna hay una progresión en las formas de conocer hasta el verdadero conocimiento de las cosas, de lo que subyace tras la apariencia. Unos se quedarán en el nivel más bajo; es la mayoría del pueblo, que vive de la economía. Unos cuantos alcanzarán a conocer las cosas mejor, y serán soldados y policías. Pero sólo unos pocos alcanzarán en su pureza la visión de la verdad: serán los gobernantes; los reyes filósofos.

Juan se detuvo para respirar. 



-En la república de Platón estos cargos no son hereditarios. Dependen sólo del mérito. Un hijo de la clase trabajadora puede llegar a político filósofo, como un filósofo puede tener hijos que no merezcan el poder y vivan en el mundo de la economía. Acuérdate del mito de los hombres de oro, de plata y de bronce. Aquí puedes poner todo lo que sabes de la política: la igualdad entre hombres y mujeres; la supresión de la familia; el infanticidio; la expulsión de pintores y poetas; la propiedad privada reservada a la clase que se ocupa de economía. Puedes explicar, claro está, cómo las clases sociales dependen de las tres almas, y cómo cada alma tiene su virtud. Y cómo la justicia es el equilibrio, el hecho de que cada cosa esté en su sitio: cómo, por ejemplo, están prohibidos los golpes de Estado, porque la misión del ejército no es gobernar, sino servir al poder político. Y para evitarlo Platón prohíbe a guardianes y gobernantes tener riquezas ni posesiones; ellos viven a cargo del Estado, porque las riquezas nos corrompen, y hay que evitar que los políticos se corrompan.

Juan miró a Elena, como si la conminase a rendirse, como se rendía él, a las conclusiones inexorables de la razón; no era él quien la estaba suspendiendo, era la lógica de las cosas; la propia lógica defectuosa de lo que Elena había escrito.

-A partir de allí –concluyó- puedes hablar de las formas de gobierno, y de cómo se derivan unas de otras, como en una metamorfosis, siguiendo una genealogía política. Pero –volvió a remachar mirándola como un juez justo, pero no severo- lo que no puedes hacer es lo que has hecho: limitarte a hablar de las formas de gobierno sin explicar cómo surgen todas del mito de la caverna, que es la fuente de su filosofía; y sin desarrollar mínimamente la idea de las clases sociales, que procede de su teoría del alma.

Elena volvió en si. No tenía nada que decir. Estaba claro. Pero Juan calló por un momento, su mirada perdida como si, fuera de este mundo de luces y sombras, hubiera penetrado a través del espacio en un mundo de lógica y raciocinio, belleza y justicia, de ideas; y sobre ese mundo luciese, como un sol espléndido, la luz del bien. Tras unos segundos de meditación volvió a hablar.

-Quizá –dijo- he sido un poco severo al ponerte un 1’25 en esta pregunta, sobre un máximo de dos puntos y medio que valía; quizá merecieses algo más… 1’35, por ejemplo; es posible… No sé –dijo finalmente, dudando. Su empeño en no ser injusto le hacía dudar continuamente.

Pasó la hoja y llegó a la última pregunta. Había que relacionar a Aristóteles con otros autores. Estaba dividido en cuatro apartados: el primero valía un punto, los tres restantes valían medio.

-En cuanto a la relación con otros autores –dijo-, veamos lo que nos has puesto. –Sobrevoló el folio leyendo y deteniéndose en las anotaciones en rojo que él mismo había hecho-. Mira, aquí dices que el alma para Aristóteles es la sustancia: lo que da forma al cuerpo. –Levantó la vista-. No es así. La sustancia es la unión de materia y forma, de alma y cuerpo (acuérdate del hilemorfismo). El alma entra en unión sustancial con el cuerpo, pero en sí misma no es una sustancia. –Volvió los ojos al papel-. Aquí hablas de Parménides: lo que dices está bien. Pero, aparte de Parménides y Platón, no has comparado a Aristóteles con nadie más. Podrías haber hablado de Empédocles (por la teoría de los cuatro elementos), de los sofistas (a los que refuta)… Bueno, el 0’65 que te he puesto quizá se quede corto. Has hablado también de la ciencia, del alma, del universo… Lo dejaremos en un 0’75.

Pasó la hoja. Leyó lo que había en el otro folio.

-Después tenías que responder a otra pregunta más: “¿cómo resuelve Aristóteles el problema de Platón?” Platón había partido la realidad en dos mundos, y Aristóteles los vuelve a juntar en el hilemorfismo: materia (sensible) y forma (ideal) no pueden estar separadas; juntas conforman la sustancia: ésa es la solución de Aristóteles. Y tú ¿qué respondes? Dices que Aristóteles “no ve necesario”, leo lo que dices, “tener que inventarse otra realidad para poder explicar lo que hay en ésta”, pero no dices cómo lo evita; luego hablas del conocimiento a priori, de la anamnesis de Platón, rechazada por Aristóteles como filósofo empírico; en fin, das una respuesta pero no la justificas. El cuarto de punto que te he dado aquí creo que es merecido. Vamos a la siguiente pregunta.

Juan leyó el enunciado.

-¿Cómo resuelve Aristóteles el problema de Parménides? –La miró con una sonrisa y dijo: -a esta pregunta sí has contestado; pero no aquí, sino en una pregunta anterior; te la daré por buena.

Y llegó a la última pregunta del último apartado.

-“¿Qué autor de los que has estudiado ha recibido la influencia de la astronomía de Aristóteles? Justifícalo”. Aquí, tú no contestas nada. Se trata de Santo Tomás, quien tomó de Aristóteles la idea del motor inmóvil; el pensamiento que se piensa; dios. Recuerda que a Santo Tomás también lo hemos estudiado.

Juan recogió los folios y puso encima la primera hoja. Sumó las décimas que le había subido y le daba siete; que, sumados al 3’9 inicial, daba aproximadamente 4’6: aprobado. Elena, que había contemplado la corrección con escepticismo, no se lo podía creer.

 


           

 

 

 



[1] Aristóteles. Política. Libro III, capítulo IX, 293-306.

 

viernes, 23 de abril de 2021

MARÍA CORONEL

  

 

MARÍA CORONEL   

 


            José Luis Bartolomé ha sido profesor de literatura en tierras castellanas. Después de la literatura se interesó por la historia del arte y por la filosofía, cursando definitivamente estas tres carreras. Es poeta, dramaturgo y narrador, y después de hacer incursiones en el relato breve está embarcado actualmente en la redacción de varias novelas. Como dramaturgo ha escrito y representado El mojón, que forma parte de la trilogía de Tierra de Campos. María Coronel, una Bernardina para la historia le ha sido encargada para conmemorar el quinto centenario de la boda de María con Juan Bravo, el popular jefe comunero que tiene una estatua en la ciudad de Segovia.

 

RESUMEN.

 

            En 1492 se produce en España la expulsión de los judíos. El viejo consejero de la reina, Abraham Senneor, tiene que convertirse al cristianismo si quiere seguir viviendo en la tierra que le vio nacer; a partir de entonces se llamará Fernán Pérez Coronel. Su hija María se casará con Juan Bravo, el jefe comunero que, junto a Padilla y Maldonado, será decapitado en Villalar. María sólo ha tenido tiempo para disfrutar dos años de su matrimonio. Muerto Juan Bravo, será despojada de sus posesiones por el emperador y caerá en desgracia. Hasta que años más tarde le vuelva a ser restituido lo que se le arrebató. Ésta es la historia de María Coronel, que se casó en Bernardos y catapultó a este pueblo anónimo en volandas hacia la historia.

 


CRÍTICA.

 

            La referencia obligada es, para mí, El mojón: era aquélla una obra libre, de autor, mientras que ésta es una obra de encargo, de publicista, casi podría decir “de intelectual orgánico”; el objetivo de aquélla era la realidad descarnada de la tierra; el de ésta, su idealización y lucimiento; todo lo que había en aquélla de pintura realista es en ésta pincelada rendida y afán laudatorio. Puesto el marco en que se desarrolla la obra, vamos ahora con el cuadro.

            El cuadro es una loa a las virtudes admirables de María Coronel, vista no sólo como persona (que también), sino sobre todo como paisana. La historia evoluciona en cuatro actos y todos, excepto el último, tienen la misma estructura: en la primera escena aparece un juglar que canta, al igual que las canciones de Brecht (poniendo distancia con los personajes pero acercándonos a sus mitos para identificarnos con ellos), más al modo de los pliegos de cordel o cantares de ciego; en la segunda asistimos a un diálogo entre María y un hermano suyo (en él evocan el pasado y perfilan la historia); y en la tercera hay una escena con protagonistas y antagonistas donde ya ni cantan ni cuentan, sino que viven ante nosotros cuatro momentos cruciales de la historia: la conversión de Abraham Senneor, la ejecución de Juan Bravo y la restitución de los bienes confiscados; la última escena (la boda de María y Juan Bravo) se sitúa cronológicamente entre el primer y el segundo acto, pero se vive como un salto atrás al final de la obra porque el autor quiere que este episodio se reviva con todo su esplendor en los escenarios (la iglesia, la plaza) donde se cree que ocurrieron; la intención es una apoteosis final donde, al mismo tiempo que la protagonista, se luzcan como en un altar la propia iglesia y las calles del pueblo.

            El efecto está muy logrado. Los octosílabos del romance crean un animado espectáculo donde se recrean, a su vez, los antecedentes que necesita el espectador para entender la historia que se va a contar: éste es el equivalente del coro griego, sólo que en vez de insistir en el drama y la reflexión le dan a la historia aires lúdicos y épicos. Los diálogos entre los hermanos remedan el juego de las tragedias, donde se habla de las cosas que han sucedido sin que el espectador las vea. Y la escena con la que se cierran esas trilogías que son los tres primeros actos no dicen, sino que muestran: éste es el teatro de verdad, no los recuerdos; ni los cantos.

            Esta estructura es muy sencilla y está pensada para agradar al público, eliminando todo conato de crítica y favoreciendo esa identificación colectiva que arrastra a la gente en las grandes ocasiones. En esto el autor se muestra como el maestro que es. No obstante hay elementos de crítica velada: como cuando, pasando de puntillas, el autor dice por boca de su personaje que el movimiento comunero pudo ser una defensa de las clases marginadas, pero también un movimiento retrógrado que no iba con los tiempos (p. 30): el autor enuncia esas dos valoraciones sin tomar partido por ninguna, aunque se recrea en el sentimiento ingenuo de la gente que abrazaba la utopía soñando con igualdad y libertad, “sin tener en cuenta las consecuencias” (p. 31); y hasta se atreve a hacer una crítica silenciosa suponiendo que, si los comuneros hubieran ganado la guerra, nos hubiera ido peor. Pero se recrea en el espíritu del héroe; el héroe es el que sigue adelante aun cuando tenga la certeza de que la causa está perdida (p. 30). Esos aires épicos gustan de ser sazonados con declaraciones grandilocuentes: “seremos unos héroes a las puertas de la gloria” (p. 25); “traidores hacia los poderosos, mas no (…) para el pueblo”; en fin (parece como si hablara Fidel Castro), “la historia nos dará la razón” (p. 24). El autor hace que la realidad se desdoble: en la primera visión el corazón repite el eslogan en el que quiere creer el público con el optimismo de la voluntad; en la otra la cabeza muestra los argumentos que se imponen por sí solos con el pesimismo de la razón; y así, pareciendo decir lo que el público quiere oír, dice realmente lo que el sabio le tiene que recordar”.

            Es la historia de María Coronel un espectáculo con música, fiesta, escenografía y verso; pero debajo retumban, con un eco sordo, las voces sensatas que, lejos del espectáculo, se presentan como auténticas voces de la verdad. Parece que el autor dice lo que le piden que diga. Y al hacerlo suenan, como el eco de las voces, las razones que no quiere oír nadie pero que se oyen, acalladas por la fiesta. Porque el vino y el cordero y las vituallas y viandas son el espectáculo que parece apagar, sin conseguirlo, las voces que nos hablan desde la razón que está callada: y que se oye.

 

            En 1521 se produce la batalla de Villalar. Las tropas de Carlos V derrotan a los comuneros y sus principales cabecillas son decapitados.

Hoy se sabe que la lluvia mojó la pólvora y los cañones no pudieron disparar; quizá por eso los comuneros no ganaron la guerra y la historia de España no pudo seguir por otros derroteros. O no. Quién sabe si la monarquía autoritaria no se hubiera acomodado con las figuras de Padilla,  Bravo y Maldonado.

            Yo no envié a mis tropas a luchar contra los elementos.

 


 

 

 

viernes, 16 de abril de 2021

EL SABER

 


EL SABER

 


            “Saber”, en latín, se dice “ciencia”: “scientia”. En griego utilizamos la palabra “logos”. Y aunque originalmente significaron más o menos lo mismo, hoy llamamos lógica al estudio de las leyes del pensamiento y ciencia al de las leyes de la naturaleza. La misma lógica es una ciencia, la ciencia del pensamiento; la ciencia de la naturaleza se preocupa por saber cómo es el mundo, y como el mundo tiene muchas capas, lo mismo que si fuera una cebolla, cada capa es estudiada por una ciencia distinta; así aparecieron la física, la química, la biología… de modo que no podemos hablar de ciencia natural en singular, sino de una pluralidad de ciencias de la naturaleza. Y cuando queremos estudiar la naturaleza humana aparecen las ciencias humanas, que son ciencias naturales en su origen, pero luego acaban siendo otra cosa.

            Cada ciencia tiene su método. “Método” es una palabra que viene del griego “odos”, que significa “camino”: un método es un camino que recorremos para llegar a algún sitio, y el sitio al que quiere llegar la ciencia es el descubrimiento de la verdad. La ciencia de la lógica, de donde surgen las matemáticas, utiliza el método axiomático. Si la lógica estudia las leyes del pensamiento, podríamos decir que se ocupa de esa parte de nuestra experiencia mental que es nuestra forma de pensar, no los pensamientos que tenemos. Nuestros pensamientos surgen de la experiencia exterior: “experiencia” se dice en griego “empiría”, que significa sensación, o más bien percepción, y que se guarda en la memoria; por eso a las ciencias que estudian la realidad se las llama empíricas. Las cosas que observamos sólo se convierten en ciencia si las guardamos en la memoria; si olvidáramos lo que nos pasa tendríamos sensaciones, pero no recuerdos, y sin recuerdos no es posible estudiar nada; los libros son almacenes donde vamos apuntando, como si fueran memorias de papel, todo lo que descubrimos.

            Pues bien, si la lógica y las matemáticas utilizan el método axiomático, las ciencias de la naturaleza utilizan el método hipotético-deductivo. Pero hay otra clase de ciencias empíricas que son las ciencias humanas: las ciencias humanas pueden utilizar el método axiomático, como hacen también las ciencias de la naturaleza; pueden utilizar incluso el método hipotético-deductivo; pero lo más propio de ellas es el método hermenéutico: que es la interpretación de los textos; podemos buscar en los restos arqueológicos las causas de lo que ha ocurrido, pero sólo comprendemos de verdad cuando comprendemos los pensamientos de las personas: y en la historia, el derecho o la religión los pensamientos están contenidos en los textos que se han conservado a lo largo de los siglos.

            El método hipotético-deductivo es el que utilizan las ciencias naturales. Si el científico fuera un gato, el método sería comparable a un suelo desde el que saltamos para llegar cada vez más alto antes de volver al suelo, y caer nuevamente sobre nuestras cuatro patas; cuanto más alto saltemos mayor será el alcance de nuestra mirada; es más, con cada salto vemos construyendo nuevos balcones desde donde mirar para ver mejor y más ampliamente nuestro mundo

            El suelo desde el que saltamos es la realidad que estamos observando; y el suelo al que volvemos es la realidad a la que estamos probando; si observar es analizar, estudiar, desmenuzar nuestra experiencia, probar es provocar, tentar, obligar a la experiencia a que responda a nuestras preguntas; lo que empieza siendo una experiencia acaba siendo un experimento; es como si la realidad fuera un amigo al que estamos probando continuamente para asegurarnos de su amistad. 


            Pero nosotros no observamos las cosas así porque así; nos interesamos por ellas cada vez que tenemos un problema. Podemos pasar por una calle sin fijarnos en lo que tenemos alrededor; pero si hemos perdido las llaves la volveremos a recorrer prestando atención al suelo para ver si las encontramos; o si nos dicen que en esa calle hay un cine la recorreremos de nuevo fijándonos en los escaparates para ver si encontramos el cine; estudiar no es ver inconscientemente sin darnos cuenta de lo que vemos; sino mirar con atención para ve si encontramos lo que buscamos.

            Así, pues, nuestra experiencia debe ser consciente. Las cosas se guardan en nuestra memoria sólo si las tenemos en la conciencia; nuestra experiencia inconsciente no nos permite hacer ciencia. De modo que si tenemos un problema y nos damos cuenta de que lo tenemos, vamos a estudiar la manera de resolverlo. Yo veo un gato; me doy cuenta de que su piel, sedosa, tiene pelo. Otro día voy a casa de mi amigo y su perro, que me conoce, salta sobre mí y lo acaricio también. En el bosque veo ardillas, nutrias y ratones y todos esos animales tienen pelo. De repente tengo un flash: una luz que se enciende en mi interior y me hace ver lo que tenía delante y no me daba cuenta de que lo veía porque no lo estaba mirando: que todos esos animales amamantan a sus crías; todos son mamíferos; y todos esos mamíferos tienen pelo.

            Entonces me vienen a la mente dos preguntas, una exclusiva y otra inclusiva. Pregunta exclusiva: ¿hay animales que, aunque no sean mamíferos, también tengan pelo? Busco y encuentro: sí, las moscas tienen pelo. Pregunta inclusiva: ¿hay mamíferos que no tengan pelo? Entonces tengo que buscar entre los mamíferos más exóticos, los más alejados de mi experiencia, y comprobarlo. Busco entre los elefantes y los cetáceos, delfines, rorcuales, orcas y ballenas; y descubro que tienen pelo. Entonces se va afianzando poco a poco mi intuición anterior Y cada vez estoy más seguro de mi descubrimiento.

            Rebobinemos la película para ver cómo ha empezado todo. Primero vi, sin mirar (es decir sin observar), el pelo de un gato, un perro, una ardilla y un ratón. Luego descubrí, sin buscar, que aquellos animales peludos tenían mamas: fue un descubrimiento súbito, un flash, una sorpresa, una iluminación; solemos decir vulgarmente que se nos encendió la bombilla; el faro de la atención; a partir de entonces empezamos a fijarnos en las cosas que hemos estado viendo. Esa luz se ha encendido cuando, sin querer, hemos conectado dos hechos que antes percibíamos por separado: el pelo con las mamas; y se nos ha ocurrido la idea de que los animales que tienen mamas también tienen pelo; esos dos hechos se han conectado lo mismo que si hubiéramos conectado dos cables que salen de un generador; al unirse, han creado una corriente y se ha encendido la bombilla; y al unirse el pelo con las mamas se ha encendido una idea que teníamos en la mente, pero sin verla: que todos los mamíferos tienen pelo.

            Esa idea es una hipótesis: algo que sucede con unos cuantos mamíferos que hemos visto, pero no sabemos si sucede con todos; algo probable, pero no probado. La hipótesis, que ha surgido por iluminación, ha sido como una aparición, una revelación, un descubrimiento; y ha surgido en el momento en que hemos unido dos cosas que antes percibíamos por separado: el pelo en la piel y las mamas en la parte inferior (delantera, en el caso de la especie humana) del cuerpo.

            Antes de ocurrírsenos esa idea (esa que llamamos hipótesis) estábamos explorando, viviendo una experiencia (en el ejemplo que nos ocupa, todo ha sucedido casi sin darnos cuenta, pero en muchos otros casos la observación es consciente y premeditada). Pues bien, cuando estamos observando las cosas las separamos para verlas más detenidamente. Ese separar las cosas para verlas mejor de manera aislada, cada una por su lado, es el análisis; lo mismo que en un análisis de sangre separamos las plaquetas, los glóbulos y el plasma para verlos (y estudiarlos) cada uno por su lado. Analizar las cosas es mirarlas con un zoom hacia adelante, para aumentar el tamaño de su imagen y distinguirlas mejor una por una. 



            Pero la hipótesis es otra cosa. Imaginar una hipótesis es como echarnos hacia atrás y mirar las cosas una al lado de otra buscando, entre todas ellas, cuáles podemos juntar: a eso lo llamamos síntesis, es decir unión; si en el análisis separábamos las cosas para ver mejor el detalle, en la síntesis volvemos a juntarlas para ver mejor el conjunto; y el problema de la mente es, basándonos en lo que tenemos almacenado en nuestra experiencia anterior, cuáles son las cosas que deben ir juntas; no olvidemos que la experiencia es la memoria de las cosas que hemos vivido antes, las que hemos percibido y sentido, las que se han acumulado a lo largo de nuestros años. Ya no se trata de inducción, y mucho menos de deducción, se trata ahora de costumbre; de la costumbre de ver las cosas de una manera y no de otra; para dar saltos entre todas las posibilidades, y elegir, entre tantas variables posibles, cuáles son las que tendríamos que conectar, nos resulta muy útil la imaginación; la imaginación, muchas veces auxiliada por la lógica, o al revés; la experiencia anterior, sirviéndonos de modelo para las nuevas experiencias, puede descubrirnos la estructura antigua en la que podemos calcar los nuevos datos; por ejemplo, cuando la fórmula de Newton para la gravedad fue transformada por Coulomb para convertirla en la nueva fórmula que estudiaba el campo eléctrico.

            Y si el análisis de la realidad (es decir de los datos) funcionaba antes como un zoom hacia delante, la síntesis de la hipótesis funciona, ahora, como un zoom hacia atrás. La exploración termina en descubrimiento. Ese descubrimiento, al trabajar como un faro, lo podemos enfocar en direcciones distintas para encontrar nuevas conexiones y ahora no sólo con el dato inicial, sino sobre todo, también, con la hipótesis que hemos encontrado. Es como si la hipótesis abriera un radio de acción que contiene multitud de fenómenos compatibles con ella; entre todos hay que buscar los que, además de ser compatibles, son dependientes de ella; aquellos que son sus efectos, y que tienen, por lo tanto, a la hipótesis como causa. Lo que estamos buscando ahora son nuevos descubrimientos que puedan predecirse a partir de la hipótesis.

            Estos fenómenos pueden corresponder a la parte no visible de la hipótesis (como si estuviéramos viajando a la cara oculta de la luna). Volviendo a nuestro ejemplo: a la hipótesis de que todos los mamíferos tienen pelo hemos llegado a partir de unos cuantos mamíferos (perros gatos, ardillas, ratones) que forman parte de nuestra experiencia; se trata ahora de llegar a mamíferos ignotos: mamíferos extraños que no forman parte de nuestra experiencia; por ejemplo las ballenas; no hemos tocado nunca una ballena, no sabemos si su piel de mamífero tiene algún tipo de pelo. El razonamiento se expondría así:

 

            Si todos los mamíferos tienen pelo (hipótesis)…

            … también las ballenas, que son mamíferos, deberían tenerlo (predicción).

 

            En este ejemplo predecimos cómo deberían ser las características de algunos animales: pero también se pueden predecir acontecimientos nuevos; por ejemplo si se forman arco iris cuando llueve y hace sol (hipótesis), también podríamos construir fuentes donde la luz produjera arco iris (predicción): este descubrimiento se lo debemos a Descartes.

            Una vez que se ha predicho un fenómeno enfocándolo con la hipótesis sólo nos queda cotejarlo con los hechos: y es cuando el gato, que ha saltado desde el suelo, vuelve a él aterrizando sobre sus cuatro patas; como cuando se cae desde las alturas y, aunque tenga que hacer piruetas, se coloca sobre sus patas para caer al suelo sin hacerse daño. Una buena hipótesis produce predicciones que son como piruetas que nos devuelven al suelo sin rompernos ningún hueso; porque cuando eso sucede es porque la hipótesis, o sus predicciones, no eran buenas.

            Este método se desenvuelve, por consiguiente, en cuatro pasos: exploración, iluminación, enfoque y cotejo; o como se dice en la literatura científica: observación, hipótesis, consecuencias y contrastación.  



            Observación: es la exploración de una parte de la realidad; explorar es buscar cosas, o también buscar caminos para llegar a las cosas que nos interesan; cuando exploramos nos vamos acercando a las cosas para verlas bien en sus detalles, y acercarse a algo es como separar sus partes; yo veo una mosca y sus pelos parecen tupidos, pero si la miro con una lupa sus pelos se agrandarán, y también el espacio que hay entre ellos; y el efecto conseguido es como si los pelos se separaran. La observación, o exploración, es como una separación, una división: un análisis.

            Hipótesis: es la iluminación, la fusión de dos realidades (las mamas y el pelo) que parecían separadas pero que ahora descubrimos que van juntas; en esa conexión la realidad que estaba oculta se nos revela; conocíamos las mamas y el pelo, pero no conocíamos la relación que había entre ellos: y es como si apareciera una nueva realidad ante nosotros. Descubrir la unión de dos cosas que antes creíamos separadas es hacer una síntesis entre datos. Y para unir dos cosas tenemos que echarnos hacia atrás para ampliar el campo de visión, para ver el conjunto del que habíamos separado los detalles. Si en el análisis alcanzábamos primeros planos, con la síntesis miramos planos de conjunto.

            Consecuencias: las conseguimos variando el enfoque que damos a la hipótesis según lo que queremos mirar; enfoques que unas veces se hacen al azar y otras son guiadas por la costumbre (auxiliada, según los casos, por la imaginación o la lógica o por las dos a la vez). Si al enfocar en la dirección adecuada descubrimos consecuencias que se derivan de la hipótesis, entonces es como si una realidad (una predicción) se revelara dentro de otra (la hipótesis); como si dentro del bizcocho apareciera el relleno, o como si debajo de las ruinas de Troya aparecieran las ruinas de otra ciudad que era la misma Troya muchos años antes. El descubrimiento de nuevas predicciones se hace analizando la hipótesis y viendo cuáles son sus predicciones; frente a la observación, que es un análisis empírico, la búsqueda de predicciones (o lo que es lo mismo de consecuencias) es un análisis conceptual; pero un análisis conceptual que se inspira en las analogías de la hipótesis con otras experiencias distintas, y por eso su enfoque es una combinación de análisis de ideas (es el territorio de la lógica aplicada a los hechos) y de síntesis de fenómenos ya conocidos en otros lugares de la experiencia (y es aquí el lugar de la analogía).

            Contrastación: es el cotejo de las predicciones con la realidad, el experimento propiamente dicho. Se trata de comprobar si un producto de nuestra mente (la hipótesis), construido con materiales lógicos y analógicos que se añaden a las observaciones de la realidad (los datos), sigue perteneciendo a la realidad o se aleja de ella. Las hipótesis y sus consecuencias contienen una parte observada y otra parte inventada; si la parte inventada también es observada en la realidad, es porque nuestra hipótesis es atinada, acertada, y conforma a los hechos; en caso contrario no habremos tenido acierto. La hipótesis, y sus consecuencias, contienen al mismo tiempo especulaciones y datos; si la parte especulativa es mucho mayor que la parte empírica, las conjeturas serán menos realistas y más fantásticas, menos científicas y más artísticas; eso sólo se puede descubrir probando la hipótesis en el mismo sentido en que hablamos de probar una comida; demostrar una hipótesis, a diferencia de demostrar un teorema, es mucho más que someterla a la lógica, es confrontarla con la realidad: eso es lo que llamamos someterla a prueba.

            La parte del método que se ciñe a la realidad son el punto de partida (la exploración) y el punto de llegada (la prueba). La hipótesis y la deducción de consecuencias que hacemos a partir de ella son la parte especulativa: por eso a este método lo llamamos hipotético-deductivo. Pero habría que advertir que a las consecuencias se llega pensando, y no sólo pensamos deductivamente, sino también por hábito y por analogía; hipotético-racional sería una denominación más acertada. El método contiene, pues, un suelo empírico (la observación y la prueba) y un techo especulativo (constituido por la hipótesis y sus consecuencias).

            Lo que llamamos observación es una exploración de la realidad que se puede desencadenar, espontáneamente o motivada por algún problema que necesita resolverse. Espontáneamente: como el descubrimiento, inesperado, de que los mamíferos tienen pelo (y hasta por accidente, como cuando Fleming descubrió a penicilina). A causa de un problema: como cuando una epidemia obliga a buscar una vacuna. Pero hay una tercera causa que nos impulsa a observar las cosas: la curiosidad. Ya lo decía Aristóteles, la filosofía surge del asombro, de la curiosidad de ver cosas inexplicables que tenemos la necesidad de explicar. Espontaneidad, problema y curiosidad: tales son las motivaciones que nos proyectan hacia el mundo del saber.

 


 

viernes, 9 de abril de 2021

CANTO

 

 

            En los tiempos antiguos se invocaba a las musas. ¿Qué sería yo si, para escribir un relato, llamara a la inspiración? ¿A esos puntos donde se concentran sus fuerzas, espíritus enamorados, las musas? También ellas vendrían, me poseerían, las absorbería como esponjas y, empapándome de ellas, cantaría. Cantaría, por ejemplo, una rapsodia eterna. Y ellas hablarían por mi boca antigua.

 

CANTO

 


1.

 

            Y entre sueños un Juan crepuscular se oía decirse:

            ¡Cantad, musas, las tristezas blancas! Cantad las verdades que caen a tierra como copos de nieve. Cantad las sensaciones que llovieron como las hojas de otoño. Traed los sentimientos a mi corazón marchito, invocad en el fondo cósmico las expansiones del mundo: y que fluyan en mí por los cordones de la placenta, por las arterias del tiempo, por el ombligo del ser, las entrañas que hay más allá del espacio y del tiempo, en agujeros de gusano, disimulados al sentir. Sembrad en mí los recuerdos puros, la inquietud liberadora, los sentimientos limpios, las palabras justas. Barred la realidad con la poesía, quitad a escobazos las impurezas, desnudadla de sus trajes burdos; dejad las hojas limpias, las alfombras multicolores, la vida y la muerte, el verde, el amarillo, eliminad la hojarasca, templad la verdad. El otoño atraviesa la realidad con sus colores puros, la luz se baña en ellos y sus reflejos multicolores, vistiéndola de transparencia, saca naturaleza de su superficie alada, de sus entrañas dormidas. ¡Cantad, musas, la verdad y la vida! Sacad vida de la propia muerte, arrancad los colores de las entrañas sucias, plantadlas en el humus de la naturaleza, sembrad con sus viñas las leyendas del ser.

 


2.

 

            Y la musa despertó en su corazón recuerdos marchitos. Se abrieron a la luz las historias olvidadas y habló Clío. Manaron de él sensaciones vivas entre desnudos sentimientos y habló Euterpe. Se unieron en Juan la historia y la poesía. La historia que él vivió, las sensaciones que tuvo en ella, los sentimientos que le conmovieron, y todo, como un espectro, se levantó desde el sueño como una noche de difuntos. Se alzaron los espíritus, las aves del cuerpo levantaron el vuelo, cubrieron el cielo los fantasmas del pasado. En él se hicieron gotas, y llovieron tristemente en el corazón de la  gente buena. Se limpiaron de impurezas y fueron copos de nieve en el corazón de los niños. Todo lo malo que ocurrió se hizo bueno cuando la historia fluyó libremente transformada en poesía. Miles de rayos de luz fluyeron de las zonas oscuras donde el corazón guardaba los sueños. Y fueron ríos de tinta que llevaron frescura a las tierras áridas, las mismas que el corazón endureció con hiel.

 


3.

 

            Y la musa sembró en su corazón los puntos de vista. No le basta al poeta tener la verdad, tener sentimientos, materia donde sacar vida. También necesita ojos. El poeta cuenta lo que vive, no lo que vivieron otros: para eso necesita sus puntos de vista. La historia, deslizándose en el cielo, busca en los ojos del mundo el brillo de la noche. Las estrellas. Allí está la verdad inaccesible al poeta, para él los trae en su regazo la musa del tiempo. Los trae tomándolos del espacio y del tiempo en sus múltiples facetas; de los cristales rotos que vuelven la realidad poliédrica; de las entrañas del mundo que palpitan en corazonadas; de la verdad cordial, eterna, dulce, dolorosa en su propia dulzura; de los agujeros de gusano que fluyen del tiempo y de él sacan la luz, de las entrañas oscuras del ser: de una oscuridad luminosa sembrada de leyendas.

 


4.

 

            Y la musa le inspiró las palabras buenas. Para que el viento del mal no las prostituyera. Las dulces palabras de la poesía, aspirando alegría y risa sin que se contaminaran de realidades muertas; las que, convertidas en significado, en su vientre fértil se tuvieron que  transportar. Las musas sembraron en ellas, sobre el significado, sentido. Sembraron sobre el viento de la historia poesía. Las historias destilaron vapor libre sobre las cuevas del tiempo.

            Así se puso a escribir la mano de Juan. Sacó el relato de las cavernas de su memoria, sacó la verdad, sacó la belleza; y sacó la bondad, sacó el corazón, sacó sentimientos. El mundo pervertido le mandó sus perversiones y él tenía que contarlas. Tenía que transformarlas en expansiones del ser. Para eso necesitaba el auxilio de las musas. Y las musas lo oyeron.

            Sobre su pecho cayeron copos de nieve. Copos de historias, de pasión, de poesía, de leyenda. La historia se hizo legendaria y la leyenda se hizo bella. La poesía destilaba, en el pozo de la verdad (sobre las paredes del mundo), las caleidoscópicas caras del ser. Y la naturaleza era buena. Y la naturaleza era vida.