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viernes, 16 de octubre de 2020

DE LA DEMOCRACIA ARISTOTÉLICA

 

 

 

DE LA DEMOCRACIA ARISTOTÉLICA

            Cuando miramos las cosas con una lupa aumentamos el tamaño de su imagen y es como si la acercáramos a los ojos. El microscopio nos acerca las imágenes de lo que, aunque lo tengamos cerca, es tan pequeño que no lo podemos ver; la pequeñez es como la lejanía,  y aunque las cosas estén cerca sus imágenes están lejos. También la lejanía es como la pequeñez: las imágenes de las estrellas son pequeñas porque las estrellas, que son enormes, están muy alejadas de nosotros; los objetos, vistos al telescopio, son iguales que cuando los vemos a simple vista, pero sus imágenes no; sus imágenes cambian de tamaño, también cambian de color porque se tiñen del color del cristal. Y hay cristales de aumento que  se pueden mover: como la lupa, como los prismáticos; con los prismáticos podemos cambiar de lugar y ver las mismas cosas desde ópticas diferentes.

            La inteligencia es como un cristal. Cuando analiza el mundo lo acerca para verlo mejor, pero no puede verlo en sus imágenes sino en sus conceptos; los conceptos son imágenes mentales, entes que nos permiten ver muchas cosas a la vez; así, con el concepto de “insecto” yo veo todos los insectos a la vez, pero no en sus imágenes ópticas, veo sólo lo que tienen en común, y eso es la totalidad, y la abstracción; si los cristales ópticos nos dejan ver lo individual, que es también lo particular, con los cristales mentales vemos lo general, lo que no se puede ver con los otros ojos. Los conceptos son cristales que acercan al ojo del espíritu lo que no puede ver el ojo del cuerpo. Analizar es lo mismo que acercar, y es como si los conceptos estuvieran más cerca de la mente y revelaran otros  conceptos que antes no podíamos ver, y entonces la mente es como un teleobjetivo que selecciona una cosa y la muestra en sus detalles: eso es la inteligencia, un travelling de acercamiento, un zoom mental.

            Esa misma inteligencia también puede alejarse de los conceptos para verlos en medio de otros conceptos que les sirven de contexto y fondo: y es entonces una imagen panorámica, pero una imagen mental. Es como si miráramos los conceptos a través de un gran angular. Este travelling mental de alejamiento es la síntesis, otra forma de mirar. Si analizo el concepto de guerra veré dentro tácticas, estrategias y daños colaterales; y si lo estudio de manera sintética lo veré como una forma de violencia o como una extensión de la política, o como una consecuencia de las crisis económicas. Hoy vamos a usar cristales de aumento. Y los enfocaremos sobre el problema de la democracia, intentando aclarar de cerca lo que de lejos se ve borroso; mas para ver las cosas nítidas hay que enfocarlas bien.

            Si la democracia es el instrumento para que mande el pueblo, la veremos de una forma; y si sirve para que manden en él la veremos de otra; el pueblo que se deja mandar sólo se parece a la democracia si obedece por persuasión, no por violencia, que la demagogia no es lo mismo que el despotismo. Si nos atenemos a su significado etimológico, la república es la cosa de todos, y puede ser una democracia, una demagogia o un despotismo.

 


             El problema es que en democracia manda el pueblo, que es un ente abstracto. En la demagogia, en cambio, mandan sobre el pueblo una o varias personas concretas de carne y hueso: si es una sola, la llamaremos monarquía, y si son varias, oligarquía. Se puede construir una demagogia: basta con que la gente de carne y hueso se ponga a engañar para dirigir. Pero no es fácil construir una democracia porque quien piensa para ejercer el mando no son las personas concretas, sino una abstracción de ellas; yo cito a un demagogo y puedo hablar con él pero si cito al pueblo ¿quién vendrá a hablar?  ¿Todos? ¿O sólo sus representantes? Y los representantes ¿deben hablar por sí mismos o en nombre de los demás? ¿Se representan ellos o representan a sus electores? Los representantes de los profesores en un consejo escolar no estaban obligados a votar siguiendo la opinión de quienes los han elegido, sino siguiendo su propia opinión; y eran, al hacerlo, como espejos distorsionados, imágenes deformadas de la realidad; un representante que no dice lo que le mandan es como un espejo en el que uno se ve gordo estando delgado.

            En democracia todos pueden votar (siempre que se rijan por el sufragio universal). Pero cuando votan, cada uno se guía por su interés propio; o casi todos; son pocos quienes buscan el interés público, que surge del interés privado aplicándole la regla de la mayoría. Y las mayorías a veces no tienen en cuenta los derechos de las minorías, como cuando se vota en contra de que las mujeres, o los pobres, o los judíos, tengan poder de decisión; al hacerlo, aunque quienes votan sean mayoría, no les ocupa el interés general sino el interés de una parte a costa de la otra; que una decisión se tome por mayoría no quiere decir que esa decisión sea justa; las mayorías representan el egoísmo de los grupos, que es el egoísmo de una parte de los individuos sobre otra, y unas veces lo hacen por ignorancia y otras por interés. Las democracias deberían ser capaces de anular la ignorancia para que las decisiones fueran sensatas; y de humanizar el egoísmo para que la sensatez fuera compatible con la generosidad. Ignorancia. Egoísmo. Ésos son los dos grandes problemas de la democracia. La solución está en la sensatez y la generosidad, sí, pero entonces aparece un problema mayor: ¿cómo se llega a ellas? ¿Cómo convertimos el egoísmo en generosidad? ¿Cómo transformamos la ignorancia en sensatez? Parece como si buscáramos imposibles y los pusiéramos en manos de un alquimista.

            Empecemos por la ignorancia. Se ha puesto de moda pisotear la inteligencia, y la ciencia es una de sus manifestaciones. En el año 2020 los ignorantes votan si existe o no el cambio climático, si hay o no hay virus en el aire, y lo mismo que unos no darán ni un solo céntimo para combatir un cambio climático para ellos inexistente, otros se pasearán sin mascarilla buscando multitudes en plena crisis epidemiológica que ellos niegan. ¿Cómo es posible que en la ciencia manden, no ya quienes no son científicos, sino quienes niegan sus dictámenes? Lo propio de la ciencia son las dudas, no las certezas (o de lo contrario sería religión); y sus dictámenes son hipótesis probables para las que siempre se están buscando pruebas, pero es más razonable seguir posibilidades fundadas que certezas de humo que flotan en el aire.

            ¿Quién es el pueblo? La suma de sus individuos. He dicho la suma, no la integración. En esa suma hay muchos individuos ignorantes. Los ignorantes no deberían pronunciarse sobre cuestiones científicas. En esas cuestiones no deberían tener derecho de voto. ¿Cómo voy a votar quién quiero que sea mi médico si yo no entiendo nada de medicina? Puedo votar, entre varios médicos, quien me parece mejor, por las razones que sean; pero no puedo nombrar médico a quien no lo es, no tenemos derecho a nombrar médicos a los albañiles, profesores o arquitectos, si no han terminado también sus estudios de medicina. De la misma manera no deberíamos dejar que ni los políticos ni la gente profana tomara decisiones sobre las epidemias o el cambio climático; podemos escuchar sus opiniones, eso sí, y entre ellas seguro que habría algunas que a los expertos no se les habrían ocurrido; pero no deberíamos dejarles decidir.

 


            Ese tipo de decisiones debería incumbir sólo a los expertos. Los expertos son los que saben más, los mejores, los que están más y mejor preparados, informados y preparados: “mejor” se dice en griego “aristos”, de modo que el grupo de sabios constituye realmente una aristocracia: ellos son los mejores científicos  (otra cosa es saber si son las mejores personas). Una buena democracia debería dejar que se oyera la voz de todos en lo que tiene que ver con la experiencia, pero sólo la de los científicos en lo que tiene que ver con el experimento; la voz de todos es democracia; la de los expertos es aristocracia; la democracia debería ser aristocrática, esta idea ya se le ocurrió a Aristóteles; Nicolás de Piérola hablaba en el Perú de formar una república aristocrática, sólo que donde él decía “aristocracia” seguramente había que entender “oligarquía”; se trata de la aristocracia del mérito, no de la riqueza ni de la sangre; el hijo de un rico nace rico, el hijo de un noble nace noble, pero el hijo de un médico no nace médico y no lo será nunca a menos que estudie medicina.

            Dejemos para otro momento el problema de cómo se articula la democracia con la aristocracia. Cómo conjugamos democráticamente la decisión de la mayoría con la decisión de los expertos, sobre todo cuando la segunda no está de acuerdo con la primera: es un problema complejo. Lo que sí es cierto es que los expertos deberían ser científicos antes que técnicos: la aristocracia debería ser mucho más que tecnocracia. Sería el único camino para que no tomaran decisiones los ignorantes. El ignorante puede opinar mientras aprende, pero no decidir sobre lo que no sabe, lo mismo que la opinión de un zapatero sobre albañilería vale lo mismo que la de un religioso sobre política: que el religioso no debe ser político por ser religioso, sino porque se haya preparado para la política (al margen de la religión).

            El otro problema es el egoísmo. El interés no debería estar reñido con la generosidad. Buscar lo que a mí me conviene no debería hacerse a costa de lo que nos conviene a todos, sino que, entre todas las cosas que me podrían convenir, debería elegir las que también convienen a los demás. En su famoso documental sobre el cambio climático, Al Gore reconocía haber tomado conciencia de los perjuicios del tabaco después de ver morir por culpa del tabaco a uno de sus hermanos; y se cuestionó el sentido ético de esos cultivos en las enormes plantaciones que tenía en casa. Es cierto que no comprendemos las cosas hasta que las hemos vivido en carne propia; y que ojos que no ven, corazón que no siente; pero también lo es que podemos aprender a sentir y comprender cosas que no hemos vivido, porque las han vivido los demás: a eso lo llamamos empatía; los neurocientíficos lo relacionan con las neuronas-espejo, fuente de la capacidad de ser cada uno un espejo donde mira a los demás; y de sentir el sufrimiento ajeno, aunque nosotros no lo sintamos, como propio. La empatía es un cristal y cuando el egoísmo se mira en él, ve generosidad, y cuando el generoso también se mira, ve egoísmo; cuando suceda eso el egoísmo sólo será amor propio y amor fraterno, y de ninguna manera deseo de prosperar a costa de los demás.

            Cuando los ciudadanos sientan empatía serán capaces de sacrificarse por los demás. Si tengo que decidir sobre el destino de la industria del tabaco debería hacerlo sin pensar que mi padre, que trabaja en una plantación de tabaco, podría perder su trabajo; pero si pongo mi egoísmo al servicio del interés de todos, luego todos deberían poner su generosidad a mi servicio; y compensar a mi padre por la pérdida de su trabajo: esa solidaridad también forma parte de la democracia, democracia no es solamente capacidad de decidir, sino también necesidad de amar; y de ser amado.

 


            La pérdida de la ignorancia hace de nosotros buenos especialistas. Y la humanización del egoísmo nos convierte en buenas personas. Para ser buena persona hace falta una sólida cultura general, y una buena formación humanista, y para ser buen especialista hace falta una buena cultura científica, sobre todo en nuestra especialidad. Un científico humanista es un buen experto que también es buena persona, y eso, más que erudición, es sabiduría. Hemos dicho que en la democracia aristocrática los únicos que deberían decidir sobre cuestiones científicas son los científicos. Ahora vemos que los únicos científicos que deberían tomar esas decisiones son quienes sienten empatía por los demás: de lo contrario no se dejarían llevar por la ciencia, aunque fueran científicos, sino por sus propios intereses; en eso consiste la corrupción. En la película El fugitivo vemos que una empresa farmacéutica se quiere lucrar a costa de la salud de sus clientes, porque sabe que uno de sus fármacos no es bueno para la salud (pero sí lo es para sus intereses). Los intereses corruptos llevan a prácticas corruptas y no se detienen ante la amenaza, la extorsión o el asesinato. La ignorancia se cura con el saber, el egoísmo con la empatía, y lo mismo que sentir empatía no es dejar de ser egoísta (pues el egoísmo es necesario para la vida), de la misma manera ser sabio no es dejar de ser ignorante (puesto que no es posible llegar a saberlo todo); aunque sí arrinconar a la ignorancia con las pocas cosas que alcanzamos a saber. Nuestra ignorancia debería ser aristocrática para escuchar a los sabios, y humana para que sólo hablaran las buenas personas; y para que sólo las buenas personas escucharan; y nunca hicieran caso a los sordos, a esos sordos que no son los que no oyen, sino los que no quieren oír.

            Estos son los tres principios de la democracia aristocrática: democracia, aristocracia y humanidad. Estos tres principios son tres conceptos a los que nos hemos acercado mediante el análisis, que es el espejo de la inteligencia. Te miro a ti, amigo mío, que antes de ser espejo eras un cristal, y necesito que me acerques todas estas cosas a la inteligencia, necesito hacer un zoom que vaya más lejos desarrollando estas ideas; una mirada que alcance a ver cosas todavía más pequeñas y que por eso se ven lejanas: otro día miraré; pero ahora tengo la vista cansada y debo parar; y cuando paro, tengo la satisfacción de que algunas cosas están más claras porque ahora las he estado viendo a través de un cristal. 


 

 

viernes, 9 de octubre de 2020

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

 

 

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

Era el día en que me iba a jubilar. El azar quiso que tuviera clase con dos grupos que me iban a plantear problemas, los últimos de mi vida académica (pero no de mi vida de filósofo). Uno me implicaba como persona, el otro como estudioso, y ambas cosas son caras distintas del oficio de profesor; del profesor que se implica, por un lado, enseñando y aprendiendo, y por otro, poniéndole sentimiento a la razón. Voy a explicar brevemente lo que exigieron de mí estas dos últimas clases.


PENÚLTIMA CLASE

            Voy a llamarlo Guido. Por llamarlo de algún modo. Estaba escondido en un rincón, en la última fila, pegado a la ventana. Ni él me podía ver a mí ni yo lo podía ver a él porque todos estábamos escondidos en nuestras mascarillas; obligados por la pandemia del coronavirus, que estaba asolando el planeta. Acababa de pasar lista y ahora me dirigía a él.

            -Guido, ¿podrías dejar de mirar por la ventana? Lo que pasa dentro de la clase ahora es más importante que lo que pasa fuera.

            -Métete en tus asuntos; yo miro adonde quiera.

            Hice un esfuerzo por controlarme. Precisamente habíamos hablado de él en la evaluación cero. Las evaluaciones cero son esas juntas de profesores que se reúnen al mes siguiente de empezar el curso y su objetivo no es evaluar, sino conocer a los alumnos. Allí se había dicho que Guido había estado en residencias y casas de acogida; que sus padres estaban separados y cada uno por su lado lo había maltratado a su gusto, que había tenido experiencias traumáticas que no había que desvelar por no ser indiscretos, pero que estuviéramos seguros de que la vida no lo había tratado bien. Guido tenía un rencor escondido que escupía allí por donde pasaba, y que no intentáramos enfrentarnos con él, que iba a ser peor; que con comprensión y cariño conseguiríamos algo, pero con autoridad y razones, nada. 

            Allí no había motivo para darle palmaditas en el hombro, él me acababa de ofender. Aunque tampoco era el momento de sancionar nada: no era dueño de sí mismo y cuando hablaba, las palabras no venían cargadas de razones que intentaran convencer a nadie sino de odio que tenía intención de hacer daño. A una ofensa no se le responde con cariño, sino con razones, pero comprendiendo, no castigando; de esa manera mis palabras tendrían el cariño en las razones y no en el perdón (¿cómo iba a perdonar sus ofensas, si no quería retirarlas?); y su mejor castigo iba a ser el que él mismo se diera comprendiendo la maldad de lo que había hecho; yo le enviaba cariño que se expresaba con autoridad, pues no debía mostrarme débil, y razones comprensivas que él entendería aunque no las quisiera reconocer. En la pelea de gallos que él imponía, yo sabía que vencería la razón; pero él no reconocería esa victoria sino que la disfrazaría con su propia victoria insolente, que era la victoria de las apariencias; para él era importante quedar bien delante de los demás; y así, las derrotas injustas que él había sufrido se redimirían con la injusticia que él mismo impondría a los demás disfrazándola de fuerza; ofendiendo a una persona que él sabía que no lo iba a ofender; y sabía también que, debajo del teatro que veían todos, había también otro teatro escondido; uno donde la insolencia había perdido la batalla frente a la fuerza comprensiva de la razón. Me encaré con él.

            -¿Te he gritado? –Un silencio acusador-. ¿Entonces por qué me gritas? ¿Te he faltado al respeto? –Otro silencio retador-. ¿Entonces por qué me faltas al respeto? ¿Acaso no te estoy tratando con cariño? –Nuevo silencio-. ¿Entonces por qué me fulminas con la mirada, por qué me lanzas rencor, por qué me odias, si yo no te odio? 

            Hubo un silencio que él quiso que fuera breve; en el teatro del mundo las apariencias te dan la victoria si no te quedas callado, aunque te falten razones; si dices tú la última palabra; gana siempre quien manda callar al otro.

            -Me has gritado.

            -¿Yo? ¿Te he gritado yo? ¿Yo te he gritado?

            -Sí.

            Bajé los brazos derrotado; derrotado por la sinrazón, que es la expresión más clamorosa de la derrota.

            -Me gritaste el otro día.

            Me quedé mudo. Apabullado por la estupidez de aquel chico.

            -¡Ah! –dije-. Y lo que decimos ahora está marcado por lo que dijimos ayer. –Subrayé mi ironía acusándolo con un silencio y luego proseguí-. Yo no tengo costumbre de gritar a nadie, ya ves, y a veces la culpa no la tienen los demás. ¿Tú no tienes nunca la culpa? ¿Tú no metes nunca la pata? ¿Nunca te equivocas? Yo no tengo costumbre de gritar y ahora me has ofendido, y mientras tú me ofendes yo te estoy contestando con tranquilidad: de modo que algo habrías hecho el otro día para que yo te gritara; si es que te grité.

            Él guardó silencio con la boca pero habló con la mirada; y sus ojos lanzaban chispas bíblicas como fulminantes lenguas de fuego; todos lo pudieron ver.

            -Trátame con insolencia: yo no seré insolente contigo. Fáltame al respeto que yo a ti no te faltaré, ódiame si quieres: pero no conseguirás que te odie ni que se apague ni un ápice este cariño que te tengo. Pero quiero que tengas bien clara una cosa: que todo este afecto que siento no está hecho de sensiblerías vanas sino de fuerza; una fuerza cálida y comprensiva, la fuerza de la razón; que es también, por si quieres saberlo, la fuerza de la amistad.

            Y di la cuestión por zanjada. Luego seguí con la clase hasta que sonó el timbre; y supe que, en el secreto del teatro donde no hay victorias ni derrotas falsas, las razones habían removido algunas briznas de su pecho. Entonces cogí mi cartera y me dirigí al aula siguiente. 


ÚLTIMA CLASE

            La ética nos sirve para saber estar. Pero ¿cómo sabremos cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Cómo aprenderemos dónde, cuándo y cómo tendremos que estar en él? ¿Y por qué tenemos que estar así y no de otra manera? Hay una regla muy sencilla: estar en el lugar que te corresponde es comportarse como ese lugar te pide que te comportes. Tu lugar ante un semáforo en rojo está antes, y no después, del semáforo; porque ese semáforo te ordena que te quedes parado, te lo pide desde el código de la circulación; si estuviera en verde te pediría que avanzaras, y en ámbar te diría que te fijaras en el cruce, que tuvieras cuidado, pero ahora está en rojo. Los distintos lugares por los que pasamos nos hablan, nos dicen cómo tenemos que comportarnos. Estar bien en un sitio es comportarse como ese sitio quiere que nos comportemos.

            Estar bien en un váter público es usarlo sin mancharlo. Estar bien en el fútbol es jugar sin coger la pelota con las manos. Estar bien en clase es venir dispuesto a estudiar y no a jugar con la pelota. Estar bien en casa es respetar a tu familia. Estar bien como estás es cumplir con las normas de cada sitio, y estar en paz con las normas es obedecer a la lógica de las cosas, de los lugares: hacer lo que las cosas sirven para hacer, y no utilizarlas de manera absurda; un vaso sirve para beber, no para jugar a los dados, una biblioteca sirve para leer, no para comer, un comedor sirve para comer, no para leer, y un laboratorio no sirve para jugar sino para hacer experimentos; porque si comemos en las bibliotecas, leemos en los comedores, jugamos en los laboratorios y  miramos por los vasos, veremos mal cuando miramos, nos indigestaremos leyendo, se nos mancharán los libros y nos quemaremos con ácido. Y como hay veces que nos falta tiempo para hacer las cosas, es posible que tengamos que leer mientras comemos pero eso será excepción y no la regla; las excepciones ajustan la regla a las necesidades de cada día porque las normas sirven para vivir libres, no para encadenarnos; no es la vida la que se debe plegar a las normas, sino las normas las que se pliegan a la vida; toda norma es justa si nos facilita las cosas, y por lo tanto las que lo entorpecen todo no pueden ser normas justas.

            Pero ¿cómo podremos saber si una norma es justa? Saber estar en tu sitio, saber obedecer, saber estar en el mundo es la mejor manera de ser felices. Si necesito buscar trabajo es mejor que no vaya con la camiseta del Che, porque el empresario que me lo ofrece podría sentir la tentación de no dármelo. Si quiero jugar al fútbol es mejor que no toque la pelota con la mano, porque el árbitro pararía el juego y, si no dejo de hacerlo, me acabaría expulsando y entonces ya sí que no podría jugar. Y si utilizo un microscopio para mirar el cielo es seguro que no veré ni el cielo ni los microbios, ni las estrellas ni las células, que es para lo que está hecho el microscopio. El primer criterio para usar las cosas es la lógica, que me proporciona utilidad; el segundo, cuando no sabemos qué cosas son útiles, es la empatía. 

            Porque toda la ética se resume en un solo principio: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. No ensucies el váter de la estación porque no te gustaría que quien lo hubiera usado antes que tú te lo hubiera dejado sucio. No te saltes los semáforos en rojo porque no te gustaría que tú, que vas correctamente por tu sitio, te chocaras con un coche que se ha saltado el semáforo cuando tú pasabas. Y no comas mientras lees el libro que te han prestado porque a ti no te gustaría que otros comieran mientras leen el libro que tú les prestaste; y te lo mancharan.

            Ésa es la empatía: ponerte en lugar de los demás para sentir como sienten ellos, para pensar como ellos piensan. Kant lo llamaba imperativo categórico. Pero hay más. El imperativo categórico te dice qué cosas debes hacer. La asertividad te dice cómo debes hacerlas. Debes hacer las cosas (no te digo cuáles) las que a ti te gustaría que te hicieran. Y cuando te piden otras que no están bien debes rechazarlas sin enfadarte. Si insultas a quien te ofrece un cigarro que atenta contra tu salud, estás abusando de él, por insultarlo; le estás diciendo las cosas de mala manera; y si aceptas, estás dejando que abusen de ti porque, por no atreverte a decir que no, permites que los demás te obliguen a hacer cosas que tú no deberías nunca hacer por ellos; lo que tienes que hacer es aprender a decir que no sin ofender a nadie, pero sin dejar tampoco que nadie te ofenda.

            La agresividad le quita paz a la vida, la sumisión le quita libertad, y la única forma de vivir libre y en paz es siendo al mismo tiempo amable y firme: eso es ser asertivo. El imperativo categórico te dice cómo debes hacer las cosas; la asertividad, cómo debes renunciar a hacerlas; recházalas siempre pensando en los demás cuando piensas en ti y no hagas a los demás lo que a ti no te gustaría que te hicieran; y, sabiéndolo, no te hagas a ti lo que sabes que no les gustaría a los demás que les hicieras. Una balanza es un dispositivo que mide un peso con ayuda de otro peso (al que llamamos contrapeso). La balanza de la ética es el saber estar, que tiene la empatía (o dicho de otro modo, el imperativo categórico) como peso y la asertividad como contrapeso; esa conducta que nunca es agresiva, pero tampoco sumisa. Veámoslo ahora con un ejemplo: la persona a la que le gusta sufrir, el masoquista.

            Entre un masoquista y alguien que no lo es hay también un punto de coincidencia: y es que los dos quieren que les hagan cosas que a los dos les gustan, aunque no sea de la misma forma; aunque uno sienta placer sufriendo y otro lo sienta evitando el sufrimiento.  

El masoquista no debe hacer sufrir a los demás so pretexto de que eso es lo que a él le gusta; tiene que dar gusto a los demás con lo que les gusta a ellos, no con lo que le gusta a él. No hacer a nadie lo que a uno no le gustaría que le hicieran significa que si a ti te gusta sufrir, pero a los otros no, no tienes por qué darles ese sufrimiento: debes darles el gusto por el placer que ambos compartís, él sin sufrir y tú sufriendo; es un placer que conseguís ambos por distintos medios; que a mí me guste sufrir no significa que yo te tenga que hacer sufrir a ti, porque a lo mejor a ti no te gusta. Lo que hay que buscar en los demás es la necesidad de estar bien y no los medios con los que cada uno se procura ese bienestar. 

            Ahora bien: no sólo hay que saber estar, sino que también hay que aprender a ser uno mismo: sin intentar adulterarse, como se adultera la mantequilla cuando pasa el tiempo y se pone rancia. ¿Sabéis por qué se pone rancia? Porque no la hemos puesto en su sitio, que es el frigorífico. Saber estar en nuestro lugar es la mejor manera de saber ser lo que cada uno es, sin adulterarse. Quien sabe que vale para la pintura, su sitio es el taller, y quien vale para la música, su sitio es el conservatorio. Hay que aceptarse como se es y no rechazarse a sí mismo, eso es el respeto. O dicho de otro modo: no basta con saber estar, también hay que saber ser en la vida.

 Si yo soy bajo de estatura sería un iluso que pretendiera ser alto, porque tengo la obligación de aceptar lo que la naturaleza me ha dado. Mírate en el espejo: ése eres tú. Acéptalo. Hazte amigo de ése que ves ahí porque él será siempre tu mejor amigo. Acepta a ese ser que tienes dentro, búscalo, encuéntralo y quiérelo mucho, porque él es quien más te va a querer en la vida. No quieras cambiarlo: cualquiera que pongas en su lugar valdrá menos que tú, siempre estará adulterado. Y tú eres quien más vale para ti, que no te quepa duda. Podrás llevar la vida de otro pero nunca la llevarás como si fuera la tuya; podrás fijarte en los demás para mejorar, podrás imitarlos para sacar lo mejor que tienes dentro, los utilizarás a ellos de modelo, pero nunca podrás cambiarte por ellos; puede que quieras ser como Beethoven porque quieres superarte como se superó él, pero sólo te superarás haciendo tus propias cosas, no las que hizo Beethoven.

Así que ya lo sabes: vive tu propia vida y no vivas nunca la de los demás; para ser tú mismo tendrás que mirarte en los demás como en un espejo, sí, y en ese espejo habrá imágenes que seguramente te ayudarán, pero no olvides que esas imágenes no son tuyas aunque te parezcas a ellas; puedes estar en ellas pero tú eres más que una imagen, tú eres tu modelo; mejorarás imitando las virtudes ajenas pero imítalas solamente para que te ayuden a ser tú mismo. Porque si quieres cambiarte por ellos acabarás adulterándote, como la mantequilla, y tu vida se volverá rancia, y no serás auténtico. 

            No me sorprendió que me dieran un aplauso cariñoso a modo de despedida. Me sorprendió, sin embargo, que la persona que más aplaudía fuera la que siempre me había rechazado, o eso era lo que yo creía: siempre seria conmigo, severa, distante, desafiante y hasta agresiva, así la recordaba yo hacía años. Ahora resultaba que, como ella, quienes más se enfrentan a nosotros tal vez sean, a la larga, quienes más se empapan con nuestras palabras; esas palabras severas, inexorables, duras, terriblemente sinceras, y siempre cargadas de cariño que son, en definitiva, las palabras donde se esconde el secreto de la ética.


viernes, 2 de agosto de 2019

RECIPROCIDAD



RECIPROCIDAD


            La moral es una forma de vivir bien; sus reglas surgen de la vida y las valora la razón, aunque suele ocurrir que los instintos vitales tienen algo que decir a la hora de valorar las reglas morales. La reflexión sobre las reglas es lo que llamamos ética.
            Tanto la vida social como la solitaria reposan sobre la reciprocidad. La reciprocidad es una forma de igualdad, y en eso consiste la justicia. Si yo compro harina por valor de cien euros, justo es que me den el equivalente de su valor; si el vendedor moja la harina para que pese más y, al hacerlo, me da menos por más, me estará robando: eso es injusto; deberá darme mercancía que valga lo mismo que el dinero que le doy. Podemos distinguir dos formas de igualdad:
1. La justicia. El imperativo de justicia podría expresarse así: “devuelve el bien que te dan”. Si tú me tratas bien yo a ti también te trataré bien.
2. La venganza. Su imperativo se expresa así: “devuelve el mal que te hacen”. Si tú me haces daño, yo te hago daño a ti también: ojo por ojo y diente por diente; es la ley del talión.
      Hay un instinto natural hacia la venganza, pero también hacia la generosidad. Somos felices devolviendo el mal pero nos dura poco; también lo somos devolviendo el bien, y parece que esa felicidad nos dura más. La pasión de la venganza es más intensa y por eso nos arrastra con más fuerza, aunque sea efímera; la de la felicidad quizá lo sea menos; podemos decir que en nosotros hay instintos, fuerzas que nos empujan a actuar de un modo o de otro; como la satisfacción de esos instintos nos libera de tensiones podemos decir que, más que tratarse de instintos egoístas, la naturaleza del instinto es el egoísmo.
      Lo propio del instinto es ser una fuerza que nos arrastra desde nuestra naturaleza. También hay una fuerza que arrastra al instinto y nosotros la llamamos libertad: capacidad de hacer lo contario de lo que nos apetece. El agente de la libertad es la razón, mientras que el del instinto es el automatismo (que es una forma de espontaneidad); la espontaneidad de la razón es, por el contrario, autonomía: capacidad de darse a sí mismo leyes distintas de las del instinto. El instinto es reacción atada a una forma pasiva de vivir, mientras que la libertad es acción atada a la iniciativa de la razón, que establece prioridades entre los instintos según lo vaya pudiendo cada ocasión.



También hay dos formas de desigualdad:
A. La injusticia. Consiste en devolver el mal por el bien.
B. La generosidad. Consiste en devolver el bien por el mal, como en la obra de Muñoz Seca: el perdón por la venganza, o mejor todavía: ayuda a cambio de injusticia, que no es otra cosa más que el amor a los enemigos que predica el evangelio; es justo amar a tus amigos pero amar a tus enemigos es mucho más que justo, es generoso. Nos mueve a la generosidad la compasión, que hoy llamamos empatía, y es el sentimiento que nos impulsa a ponernos en lugar de los otros: pensar y sentir como ellos suponiendo que vivimos como ellos, pero sin perder la visión crítica que emana de la razón; o sea de la libertad.
El egoísmo mediado por la empatía nos hace espejos los unos de los otros; en el padecimiento ajeno nos vemos a nosotros mismos, y también en el nuestro vemos a los demás: es lo que se llama misericordia, que no es más que sentir la miseria ajena con el corazón nuestro (eso sí, sin dejar de pensarla con la razón: sin perder nunca el sentido crítico).
La formulación más conocida de la empatía se la debemos a Kant: es el imperativo categórico; no hagas a nadie lo que no te gustaría que te hicieran a ti, lo que supone varias cosas:
Primero, que debemos huir de la venganza (pus a nadie le gustaría recibir el mal que damos cuando nos vengamos).
Segundo, que debemos ser justos (pues a todos nos gustaría que nos trataran tan bien como tratamos nosotros a los demás).
Tercero, que hay que ser generosos (pues incluso cuando nos hacen daño tenemos el deber de comprender y perdonar antes que ignorar y condenar; la crítica ha de entenderse como generosidad: no como condena del mal que nos hacen, sino como redención de los malvados ayudándolos a liberarse de las cadenas del mal).
Eso es lo que quiere decir, para la ética, reciprocidad. Y hay que añadir otra cosa: la generosidad que damos debemos dárnosla también a nosotros (por el mismo principio de reciprocidad); eso significa no abusar de nadie (empatía), pero tampoco dejar que abuse nadie de nosotros (asertividad). Asertividad y empatía son las dos consecuencias de la reciprocidad entendida como justicia, y justicia crítica; si devolvemos el mal somos agresivos y, por ende, vengativos; si devolvemos el bien somos justos; y si devolvemos el bien por el mal seremos generosos; sólo siendo generosos podremos construir un mundo en el que cada vez haya más semillas del bien y menos semillas del mal.






viernes, 19 de julio de 2019

VOCABULARIO EMERGENTE: FEMINISMO




VOCABULARIO EMERGENTE


 Feminismo.

La palabra “feminismo”, así, en singular, significa búsqueda de una sociedad donde la mujer tenga los mismos derechos que el hombre; si es así yo, y muchos hombres, no tendríamos ningún problema en llamarnos feministas. El problema es que hay varios feminismos y algunos de ellos no se ajustan a esa definición; llamarse feminista sería entonces correr el riesgo de ser confundido con ellos, y en esa amalgama no saldríamos ganando ni ellas ni nosotros.
También entiendo que el feminismo es el punto de vista de la mujer, con su sensibilidad, su experiencia y su forma de ser y pensar (si es que existe en estos territorios algo que podamos decir que es propio de la mujer). En este segundo sentido ningún hombre podría ser feminista ni aunque se lo propusiera. Vaya un ejemplo como botón de muestra: un hombre en una biblioteca intenta estudiar, pero muy cerca de él hay una mujer demasiado ligera de ropa ofreciendo un cuadro muy provocativo; si el hombre dice que preferiría estar en un entorno relajado, proclive a la concentración donde no hubiera provocaciones eróticas de tipo visual, la mujer le respondería, muy posiblemente, que están atentando contra su libertad y que ella tiene el derecho de vestirse como quiera; evidentemente no se ha puesto en lugar del hombre para intentar comprender lo que le dice, y ha preferido encorsetarse en su perspectiva femenina. Aparte de que podríamos discutir si no hay ahí una extraña falta de empatía, no ya de respeto, esa concepción del feminismo reclama, en la práctica, una perspectiva de mujer que vive el mundo de una manera muy diferente a como la vive el hombre desde su perspectiva propia.
De modo que la palabra “feminismo” puede tomarse por lo menos en dos sentidos: en su sentido universal (igualdad de derechos) puede ser adoptado sin problemas por los dos sexos; y en un sentido vital, como oposición de perspectivas, una masculina y otra femenina, sólo puede ser asumido por las mujeres, por lo menos por algunas de ellas. Así que conviene, para los hombres, evitar esa palabra por los muchos equívocos que suscita, y para evitar conflictos conviene que ningún hombre se diga feminista. Asumirá sin duda el postulado general del feminismo y sólo de manera empática podría intentar mirar el mundo desde la perspectiva de una mujer; pero el que quiera hacerlo no quiere decir evidentemente que lo consiga.
En la lucha por la igualdad de derechos uno podrá llamarse humanista: de ninguna manera feminista. Y no podrá decir nunca que está comprometido con la causa feminista sino, simplemente, con la causa de las mujeres. Es la única forma que se me ocurre de evitar en el futuro conflictos que se pueden producir por una mala interpretación de las palabras: porque las palabras tienen vida propia y algún día, independientemente de nuestra voluntad, acabarán significando cosas que nosotros mismos no sospechábamos cuando empezábamos a someternos a la tiranía de su uso.




viernes, 28 de junio de 2019

ELOGIO Y REFUTACIÓN DE LA URETRA



                       ELOGIO Y REFUTACIÓN DE LA URETRA


 Los riñones filtran las sustancias nocivas para verterlas, disueltas en agua, al exterior. Por los uréteres llevan estas toxinas a la vejiga y la vejiga las expulsa a través de la uretra; la uretra desemboca, en el caso de la mujer, en el meato urinario, situado por encima de la vagina; y en el hombre el orificio de salida, en el extremo del pene, es el mismo que el del semen; detengámonos un poco en la salida de la uretra en el caso del hombre.
Su disposición, a diferencia de las mujeres, es ideal para orinar de pie, y aquí surgen algunos problemas. Cuando el chorro es grueso y abundante se controla perfectamente, y proporciona una sensación de placer; pero cuando es fino y escaso la sensación de placer desaparece y, además, puede organizar algunos quebraderos de cabeza; el caso es que las paredes de la uretra, suponemos, en algunos casos están más pegadas que en otros; y, no sabemos por qué razón, imaginamos que por el capricho de sus pliegues, el chorro sale despedido hacia arriba por encima del borde del inodoro y otras, por el contrario, por debajo, abriéndose a veces en dos y hasta en tres chorros (en este último caso, si no sacamos el trasero, puede incluso mojar el pantalón); en el momento en que empezamos a orinar es imposible saber cómo va a venir  el chorro, de modo que, por mucho que nos preparemos, mancharemos el váter y el suelo sin querer.
Otras veces sale el chorro bien dirigido hacia el interior pero, por no sé qué extrañas circunstancias, mientras ese chorro describe una parábola otro chorro gotea, sin formar ninguna curva, a la vertical; y en ese caso tenemos uno que cae dentro y otro que cae fuera (o, en el mejor de los casos, en el borde); cuando ajustamos el tiro de modo que los dos caigan dentro ya es tarde para que, al menos en uno de ellos, se pueda evitar el estropicio.
Todo el mundo sabe que esa parte del cuerpo está revestida de abundante pelo. Igual que sucede con la cabeza (y eso se evidencia cuando nos lavamos), a veces queda algún pelillo suelto; y, por puro azar o puro capricho, alguno de esos pelillos queda pegado obturando la uretra; de modo que algunas veces orinamos en dos y hasta en tres chorros sin que podamos hacer nada para evitarlo; el estropicio en este caso es mucho mayor que en todos los casos anteriores. Resultado: que después de orinar dejamos parte del suelo cubierto con una charca, aunque sea pequeña.
¿Cuál es la visión de las mujeres? Que los hombres somos unos desastrados y, en el peor de los casos, disfrutamos regando el suelo en un movimiento panorámico de la uretra alrededor de su eje; todo con tal de regar suelo, váter (borde, interior y nuevamente borde) y otra vez suelo. Nada más alejado de la realidad. Los hombres no disfrutamos ensuciando las cosas sino que somos víctimas desgraciadas de nuestra propia anatomía. Me refiero a los hombres normales: no a esos desalmados que andan por ahí haciendo el gamberro.


De modo que, si la anatomía y la fisiología obligan una vez al mes a tomar medidas de higiene (lo que las mujeres resumen diciendo que son “cosas de mujeres”), la trayectoria del chorro, cual sutil artillería, también justifica el uso de la denominación de origen diciendo que son “cosas de hombres”. Todo es cuestión de perspectiva. La perspectiva de la mujer le da al fenómeno una interpretación incorrecta desde el punto de vista de la víctimas (puesto que las mujeres deben sentarse, cuando tienen sus necesidades, en el cubículo debidamente guarreado por los hombres); pero la perspectiva masculina no ve ensañamiento, sino torpeza, en un guarreteo del que los mismos hombres no son culpables, pero sí responsables.
¿Cómo resolverlo? Recurriendo a la empatía: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti; pero si tienes que vértelas con un chorro incontrolable, intenta, por lo menos, vencer el ángulo de tiro antes de disparar; y si lo debes corregir después de haberlo lanzado, limpia luego el suelo y el inodoro con suficientes cantidades de papel que tirarás luego a la papelera. Pero claro, con eso te cargas pronto el papel higiénico; y tendrá que pagar las consecuencias la persona que venga a usar el váter después de ti. Si eso sucede en tu propia casa, coges la fregona, dejas la ventana abierta y luego cambias el agua de la fregona; nadie te debe acusar de haber orinado en varios chorros, pero sí de no haberlo limpiado antes de marcharte.
¿Que eso es un rollo y, cada vez que vas a orinar, te supone un quebradero de cabeza? Orina, pues, como las mujeres; ellas lo evitan orinando sentadas. ¿Que así no orinan los hombres? ¿Que te sientes disminuido en tu masculinidad? Entonces el problema no lo tienes en la uretra, sino en la cabeza. Si por haber orinado siempre de pie el hombre piensa que así debe orinar siempre, incurre en lo que Hume dio en llamar falacia naturalista; es como si de haberse vestido siempre de azul sacáramos la conclusión de que los niños siempre deben vestirse de azul.
La naturaleza nos ha dado a los hombres la posibilidad y disfrute de orinar de pie, y no la tienen las mujeres. Hagámoslo así en el campo y disfrutemos cada vez que debemos hacerlo, también, en la carretera. Elogiemos, por permitirlo, a la uretra masculina. Pero censuremos que lo debamos hacer también en el retrete, tanto en casa como en los servicios públicos, si no ponemos los medios suficientes para evitar que quienes vengan después tengan que soportar la hechura masculina de nuestra naturaleza. Por eso a estas palabras, si tuviéramos que ponerles un título, no podría ser ningún otro que no fuera éste: “elogio y refutación de la uretra”.




viernes, 13 de julio de 2018

MÁS PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN



MÁS PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN
  

1. La escuela.

            Hay quien dice que lo principal es el amor de madre; ningún padre puede sustituir a una madre en casa; la madre se ha convertido en el símbolo del hogar.
            No es verdad. Lo que sí es verdad es que si la madre está en casa mientras el padre está en el bar, los hijos sólo le hacen caso a la madre. Pero si una madre se obsesiona con la casa y la cuida más que a sus hijos, no es extraño que ella cuente tan poco como el padre que está en el bar. Los hijos escuchan a quien juega con ellos; a quien habla con ellos; a quien los ayuda cuando hace falta; no a quien está sin preocuparse por ellos, esté en el bar o esté en la casa; mucho menos cuando no está.

            La mano que mece la cuna es la mano que  maneja el mundo.
                                                                                                                                             (Proverbio norteamericano)

            La escuela es el lugar donde se imparte la enseñanza; desde la infancia hasta la universidad. La primera escuela es la familia, aunque acostumbremos a distinguir entre familia y escuela por comodidad. El padre y la madre son los primeros maestros. Y cualquiera que está con ellos cuando el padre y la madre no están.
            Hay madres ansiosas de tener hijos: pero la naturaleza no se los ha dado. Hay padres que no han nacido porque sus hijos tampoco han nacido: y tienen nostalgia de niño. Mecer la cuna es una forma de imaginar al niño; es anhelo y es engaño; y es, en los dos sentidos de la palabra, ilusión.

            La pobre loca cuidaba la cuna, lavaba la ropa, limpiaba pañales. Preparaba biberones, calentaba la leche, hacía papillas... pero no tenía niño. Así también hay maestros que cuidan la escuela y se olvidan del alumno. Pero cuidar la cuna no es cuidar al niño.

            Y hay padres y madres que sólo quieren niño para mostrarlo. Para pasearlo ante la mirada de todos, dándole el biberón, jugando con él mientras parece que juegan para él, llevando el carrito. Un muñeco, no más, es el bebé; o una muñeca; hay madres que juegan con él como quien juega con la muñeca; y padres que ven machotes donde no hay más que niños; si son niñas las dejan con su madre, se marchan al bar y se olvidan de ser.

            Adoran la educación y no educan. Obligan a leer y no animan. Animan a disfrutar y desaniman. También se odia la lectura haciéndola presencia vacía, tarea olvidada, enseñanza vana; y es un ídolo lejano, un mito. El tiempo que se emplea en adorarla no es tiempo que se invierte en vivirla.


            Ha habido madres que han sido mujeres de su casa; y han tenido sujetos a los hijos mientras fregaban con tal de que no pisaran el suelo; les han prohibido sentarse en el sofá para no estropearlo; y no les han dejado salir a jugar porque ¿qué tendrá la calle que todos queréis salir?
            Se han olvidado de cuidar al niño para cuidar la casa. De enseñarle a hablar por reír sus gracias. De dejarle jugar por no manchar el vestido. De correr y trotar para no llenarse de tierra, ni arrugar la ropa planchada, ni deshacer el lacito en el pelo. Hay quien trata a los niños como si fueran un escaparate.
            Y hay escuelas que se ponen bonitas cuando llega el inspector. Para quedar bien cuando vienen a mirarlas. Para deslumbrar a los padres. Se acuerdan de enseñar cuando compiten por un premio; cuando enseñar no es más que ganar títulos; cuando ser maestro no es más que un diploma. A diferencia de aquellos otros que, enseñando bien, les da por apuntarse a concursos; y ganar no es el sustituto de enseñar; los papeles no sustituyen a la realidad; la realidad no es falsificada por representaciones; enseñar no es sólo tener un diploma; y preocupa más el niño que su vestido; el juego más que los lazos; la escuela no se pone guapa sólo para mostrarse; el mundo no se convierte sólo en escaparate; y el maestro no se olvida del niño porque está cuidando la escuela o porque se haya ido al bar.

            Enseñan la escuela tan limpia y bonita... pero es una momia. Es un armazón de huesos y pellejo cubierto de cristal y pintado con mimo... pero no tiene cuerpo. Tiene el pulso frío.



2. La maldad.

            Ser malo es no tener empatía. Hacer a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Estando sano. Ser malo es no ponerse en el pellejo de los demás. No sentirte tú en el otro. No tener misericordia, que misericordia es el corazón que late y sufre por las miserias ajenas; que son nuestras  propias miserias. Sentir es comprender el mal de los demás, es querer curarlo: no deleitarse morosamente en el sufrimiento, como hace la gente de televisión cuando muestra historias desgraciadas; como hacen los melodramas explotando nuestros sentimientos bajos: que es bajo querer llorar sin querer ayudar al desgraciado; como hace esa falsa solidaridad que es la caridad espectáculo.  
            Hay quien no se siente reflejado en los demás porque su egoísmo enturbia la visión del espejo que tiene en el alma: y en un espejo que no es transparente no se puede ver. Algunos tienen corazones translúcidos y opacos. Y son insensibles al sentimiento ajeno. Son fríos. Son impenetrables.
            Otros no sienten el dolor del prójimo porque los ciega su propio dolor. Tienen en su alma un espejo transparente, pero no miran en él. Están demasiado preocupados con mirarse a sí mismos. No, no tienen tiempo para mirarse; si se miraran verían al prójimo en sus propias carnes, se compadecerían de él. (Eso que ahora llamamos empatía se llamó en un tiempo compasión. Com-padecerse: sufrir con el sufrimiento de los demás. Y querer suprimirlo como queremos suprimir nuestro propio sufrimiento).
            Y entre las muchas clases de maldad está la del vago. La pereza es falta de energía para actuar, cuando queremos. Es como el coche que tiene el motor intacto, pero le falta gasolina. La pereza sabe que tiene que hacer las cosas, pero no puede; el motor de su cabeza le dice lo que tiene que hacer, pero a su cabeza le falta gasolina. Cuando quieres y no puedes porque tu voluntad es floja, te engañas y engañas a los demás diciendo que no quieres nada; y disfrazas la pereza con la abulia, como la fábula de la zorra; pero queremos las uvas aunque finjamos despreciarlas.
            El perezoso ve que otros consiguen lo que quieren porque su deseo es fuerte, pero su poder es flojo; y sienten envida. El envidioso quiere rebajar al poderoso a su impotencia ya que él no puede alcanzar el poder que el otro tiene: y, a falta de construir su mundo, quiere destruir el mundo de los demás; para que no sean el espejo en el que se mire, viendo que él no ha hecho cosas que los otros han podido. Por eso el envidioso es malo. Porque tiene cegado el espejo de la compasión: es despiadado con los demás a falta de ser compasivo consigo mismo; y entonces compadecerse no es salir de la desgracia, sino hundirse en ella.

            Son dos clases de maldad: la maldad de los vagos, la maldad de los malos. El vago se porta mal aunque sea bueno; el otro es malo.




viernes, 29 de septiembre de 2017

ÉTICA PARA AMADOR






         Dedicado especialmente a los alumnos del colegio Markham de Lima. Su profesora, mi amiga Tana (a la que ellos llaman cariñosamente Miss Burga), se dispone a empezar el curso con el estudio de un libro de Fernando Savater, y me ha pedido que les escriba un texto de bienvenida: aquí está; cada una de sus partes estará destinada a ser leída al final de cada capítulo del libro y en ellas se descubrirán, progresivamente, algunas de las fuentes donde ha sabido beber el autor en el momento de escribirlo.
         Desde España, para Perú, con mis mejores muestras de respeto y de cariño.



LAS FUENTES FILOSÓFICAS DE LA ÉTICA PARA AMADOR

         El hijo de Fernando Savater se llama Amador. Cuando entró en la adolescencia, hace ya unos cuantos años, su padre quiso darle unas sencillas nociones de ética para que aprendiera a moverse por la vida; el resultado fue este libro: Ética para Amador. En él están contenidos, de manera implícita, unos cuantos autores que son, desde hace tiempo, verdaderos clásicos del pensamiento universal. Savater no ha querido citarlos para no estropear la sencillez con la erudición, pero la amenidad no tiene por qué estar reñida con el conocimiento y se pueden escribir cosas eruditas, como quería Hume, sin dejar de decir cosas entretenidas. Los autores están ahí, desperdigados por el libro, pero no se ven (como si no existieran, o como si estuvieran ocultos); en las páginas que siguen voy a intentar ponerles nombre.

1. De qué va la ética. (Sartre).
         Kant distinguía entre naturaleza y libertad. La naturaleza está programada, la libertad no. Cuando soltamos una piedra, cae hacia abajo por efecto de la gravedad (siempre hacia abajo, nunca hacia arriba); cuando un átomo de oxígeno (al que le faltan dos electrones) se encuentra con dos de hidrógeno (que tienen cada uno un electrón) se unen en un enlace covalente; cuando entra el sol por la ventana, la maceta se orienta hacia ella por efecto de la fototaxia; y cuando huele un trozo de queso, el ratón corre a buscarlo movido por su instinto: todas estas cosas suceden por necesidad, y siempre son previsibles. Sin embargo, nadie puede prever cuál va a ser nuestra reacción ante un problema, porque nos lo vamos a tener que pensar antes de actuar y nadie puede conocer de antemano el resultado de nuestros pensamientos. Kant sostenía que la razón nos hace libres, porque, al obligarnos a pensar las cosas, nos evita que tengamos que reaccionar ante ellas de manera automática. Sartre llegó a decir por eso que estamos (valga la paradoja) condenados a ser libres.
         Precisamente porque somos libres podemos buscar en todo momento lo que nos conviene, y por eso dice Aristóteles que somos animales racionales; la parte animal que hay en nosotros debe ser guiada por la razón, y en eso consiste la ética. La ética es el arte de saber vivir.

2. Órdenes, costumbres y caprichos. (Horkheimer).
         A la libertad, Kant la llama autonomía: somos autónomos cuando seguimos los dictados de nuestra razón; pero cuando nos mueven a actuar las órdenes (por miedo), las costumbres (por comodidad) o los caprichos (por ganas), es como si no decidiéramos nosotros, como si tuviéramos dentro una especie de parásito moral que nos mueve a hacer las cosas sin pensarlas: a esa forma irreflexiva de actuar Kant la llama heteronomía (de héteros = otro, y nomos = norma: es como si las normas nos las impusiera otro ser que tenemos dentro, y que no somos nosotros).
         Horkheimer nos aclara un poco más cuál es el papel de la razón. Existe una razón instrumental, que nos dice cómo tenemos que hacer las cosas (por ejemplo, puede ser útil, para evitar que el barco naufrague, arrojar al mar a una parte de la tripulación); pero sólo la razón crítica nos dice si está bien hacerlo (en efecto, tirar a la gente para que se ahogue es inmoral, porque valen más las personas que las cosas y es preferible que se pierda la mercancía a que se pierda una sola vida humana). Aristóteles llamaba técnica (“techné”) a la razón instrumental, y ética (o “praxis”) a la razón crítica. El problema es que estamos invadidos por la técnica y vivimos esclavos de ella, porque no se nos ocurre filtrarla a la luz de la praxis; por ejemplo, aprendemos a hacer cosas nuevas pero no sabemos para qué las hacemos; aprendemos a manejar los móviles (los celulares) sin darnos cuenta de que los usamos para incomunicarnos (pues preferimos comunicarnos por WhatsApp con la gente que está lejos, ignorando a la que tenemos a nuestro lado); sabemos fabricar televisores y los utilizamos para no hablar con quienes comen a la misma mesa que nosotros, pues en lugar de mirarlos a ellos miramos la pantalla; y compramos cosas caras, que la publicidad convierte en caprichos, sin darnos cuenta de que, en realidad, no las necesitamos.

3. Haz lo que quieras. (San Agustín).
         Ésta es una frase de San Agustín: “dilige et quod vis fac” (o sea: “ama y haz lo que quieras”); si tus acciones están motivadas por amor, entonces no pueden ser malas (y, hagas lo que hagas, necesariamente tiene que ser bueno). Savater, como buen hedonista que es, asume explícitamente una cita de Rabelais: que las personas libres sienten por naturaleza el instinto de huir del vicio y de acogerse a la virtud.
         Y si la libertad consiste en no dejarse llevar por otros, uno tiene que darse cuenta de lo que está decidiendo, y tiene que informarse para decidir por sí mismo; el saber nos hace libres; la ignorancia nos hace obedientes. Esto tiene que ver con el intelectualismo moral de Sócrates, que se enuncia así: para obrar bien hay que conocer el bien, o lo que es lo mismo: no hay gente malvada, sino gente  ignorante; se porta mal quien no sabe reconocer el bien. Por eso se ha comparado a Sócrates con Jesucristo, que no consideraba malvados, sino ignorantes, a quienes disfrutaban con su sufrimiento: “perdónalos porque no saben lo que hacen”. 


4. Darte la buena vida. (Aristóteles).
         Después de aludir de pasada, implícita o explícitamente, a algunos de los autores que ya han sido mencionados (Kant, Sartre, Rabelais), Savater se centra en lo que le interesa: Aristóteles, que ha definido al ser humano como un animal racional; de ahí  tiene que deducir que es un animal que habla (el resto de los animales tienen voz, que sirve para expresar placer y dolor, y no palabra, que sirve para expresar lo justo y lo injusto). Ahora bien, no se puede hablar si no hay interlocutores, y escucharlos es tratarlos como a personas igual que nosotros; con lo cual llega la tercera definición que da Aristóteles del ser humano: un animal social (o lo que es lo mismo: un animal político). Al hablar aprendemos cosas, y por eso el lenguaje es la base de la cultura.
         Llegados a este punto Savater vuelve a Kant: una persona (dice Kant) es un ser que no puede ser utilizado como herramienta, como objeto; la prostitución, por ejemplo, es inmoral porque la mujer deja de ser persona para convertirse en objeto de placer. Hay otras versiones de la mujer objeto: la modelo que se instrumentaliza hasta ser esclava de su cuerpo, sin importarle adelgazar hasta volverse anoréxica; la que, en un concurso de misses, se anula a sí misma hasta no ser más que un modelo de belleza. El esclavo también es un hombre convertido en objeto: como tal, puede venderse y comprarse. Hay hombres que tratan a sus novias como sus propiedades, prohibiéndoles salir de casa cuando no están ellos.
         La buena vida, para Aristóteles, no es el placer desmedido de la juerga, sino el intento de mejorar cada día más como persona: eso requiere un esfuerzo; sobre todo un esfuerzo de la razón. Si yo valgo para tocar el piano porque tengo talento musical, debo ejercitar ese talento y practicar mucho; así me convertiré en un virtuoso del piano. La virtud, para Aristóteles, consiste en hacer las cosas bien, y hacerlas cada vez mejor; pero ¿qué cosas debemos perfeccionar? Las que están en nuestra naturaleza: la razón, el diálogo, la sociedad. Por eso darse la buena vida es lo mismo que dar la buena vida; y por eso Kane (el personaje de una película de Orson Welles: Ciudadano Kane), acostumbrado a comprarlo todo, nunca fue feliz: porque a su lado nunca tuvo personas, sino objetos.

5. ¡Despierta, baby! (Kant).
            Kant ha estado presente en todos los capítulos anteriores: éste parece estarle dedicado de manera especial. Siguiendo con el ejemplo de Ciudadano Kane, Savater insiste en que si tratamos a los demás como cosas, sólo cosas recibiremos de ellos; sólo si los tratamos como personas recibiremos lo que sólo una persona puede darnos: amistad, respeto, amor; porque eso se da entre iguales.
            Kant distinguía entre un yo empírico y un yo puro. Si veo que alguien pierde una joya muy valiosa y yo la recojo del suelo y me la llevo sin decirle nada, habré actuado por interés, por egoísmo, como el resto de los seres de la naturaleza: soy un yo empírico. Pero si, venciendo mi codicia, se la devuelvo, habré actuado libre de todo interés y egoísmo: y seré entonces un yo puro. Los caprichos son propios del yo empírico, que nos vuelve heterónomos, como las órdenes y las costumbres; pero la libertad, que hace de mí un ser desinteresado y autónomo, me convierte en un yo puro. Todos los animales actúan por interés: sólo el ser humano puede ser desinteresado al actuar. Si soy juez y debo juzgar a mi amigo y lo absuelvo a pesar de saberlo culpable, estoy actuando como un yo empírico; si soy justo y tengo que condenarlo aunque sea mi amigo seré, verdaderamente, un yo puro. Hay poca gente pura en el mundo en que vivimos. Eso pensaba Kant. En la película Los diarios de la calle vemos cómo unos jóvenes que se crían en guetos marcados por su origen étnico acaban teniendo problemas con la justicia; si uno de ellos tiene que ser sometido a juicio, los testigos de su etnia tienen la obligación de testificar a favor de ellos, aunque sean culpables; de lo contrario serán perseguidos por los propios miembros de la etnia a la que pertenecen. Lo que nos dice Kant es que sólo si actuamos de manera desinteresada seremos justos. 



6. Aparece pepito Grillo. (Sócrates).
            La conciencia es esa voz interior que nos dice lo que está bien y lo que está mal. Algunos quieren triunfar desoyendo la voz de su conciencia, haciendo cosas perversas; otros prefieren hacer cosas buenas aunque la gente no los aplauda: es lo que quería Sócrates. Hoy no está de moda ser bueno; por el contrario, la gente aplaude a los que son “mosca”, a los “vivos”, a los pillos, a los sinvergüenzas; incluso en el cine y la televisión los héroes suelen ser los ladrones, los asesinos y los corruptos; e incluso a veces, cuando te llaman bueno, en realidad te quieren llamar tonto; hasta el propio Antonio Machado tuvo que aclarar que era, “en el buen sentido de la palabra”, bueno; y Kant advertía con amargura que en este mundo a las personas malas les va bien y a las personas buenas les va mal, y eso es injusto: pero es así.
            La conciencia es ese olfato moral del que habla Savater; ese buen gusto moral con el que nacemos, y que se desarrolla con la práctica por si alguien se olvida de él. La conciencia es esa voz interior que nos habla sin engañarnos. Dice Savater que tener conciencia es pensar en sí mismo, y no tenerla es, por el contrario, convertirse uno mismo en su propio enemigo.

7. Ponte en su lugar. (Protágoras).
            Dice Frankestein que es malo porque es desgraciado; si eso es verdad resultará que si, cuanto más felices somos, también somos más buenos, será bueno para nosotros que quienes nos rodean también sean felices. Perseguimos a los malvados, pero rara vez nos paramos a pensar qué piensan y qué sienten; para comprender a los demás es necesario amarlos. Protágoras se esforzó en comprender al adversario e inauguró la técnica del doble discurso: consistente en defender lo contrario de lo que se piensa, ponerse en lugar del rival e intentar sentir y pensar como él. Esto se llama hoy empatía, pero antiguamente se llamaba compasión. Se trata de hacer un esfuerzo por ver las cosas como las ven los otros, y nos sorprenderá descubrir que detrás de todas las personas que hacen daño hay siempre una persona que está sufriendo. 



8. Tanto gusto. (Hedonismo).
            Hay quien piensa que sufrir es bueno: son los puritanos. Y quien piensa que lo que es bueno es el placer: son los hedonistas (“hedoné” en griego significa “placer”). El problema es que no sabemos qué son los placeres.
            Para Aristipo hay que buscar los placeres sensoriales: el placer del olfato (los perfumes), del gusto (los banquetes), del tacto (el erotismo)… Ahora bien, hay que tener un control de los placeres y no dejar que sean ellos los que nos controlen a nosotros. Savater recuerda que el uso de los placeres nos enriquece la vida, mientras que el abuso nos la quita; no hay que permitir (y en esto sigue los pasos de Montaigne) que un placer te quite la posibilidad de disfrutar de los otros; el tabaco te priva del sentido del gusto; el alcohol inhibe tu capacidad sexual; las drogas te incapacitan para seguir disfrutando, porque el síndrome de abstinencia es un continuo sinvivir. Cuando un placer te mata (dice Savater) es un castigo disfrazado de placer, mientras que el placer intenso, cuando es sano, disuelve la rutina y le pone emoción a nuestra vida.
            Aunque Epicuro no estaba de acuerdo con esta forma de ver las cosas. Para Epicuro el verdadero placer es la ausencia de necesidad (hay un refrán que dice: “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”). Los placeres sensoriales siempre acaban en dolor: la borrachera acaba en resaca, la comida en indigestión, la droga en dependencia, las competiciones siempre nos hacen sufrir por el ansia que tenemos de ganar… Hay que buscar, por el contrario, los placeres espirituales, que son también los  placeres tranquilos: la lectura, el paseo, la conversación de los buenos amigos, el arte… Se ha criticado a los epicúreos porque viven una moral de viejos: no beben porque tienen ácido úrico, no comen porque tienen colesterol, no compiten en el estadio porque sus músculos ya no tienen fuerza; Savater, en estas páginas, se muestra hedonista cirenaico, no epicúreo (Aristipo vivía en la ciudad de Cirene); a diferencia de los animales, tenemos que transformar la alimentación en gastronomía, el movimiento en atletismo, el sexo en erotismo: es necesario disfrutar.
            Pero añade, inmediatamente, que hay que poner el placer al servicio de la alegría; que la alegría es un sí espontáneo a la vida que nos brota de dentro; y que la vida no sólo es placer, sino que abarca placer y dolor; e introduce, en todas estas ideas, el planteamiento de Nietzsche. De ahí deduce que no hay que abstenerse de los placeres, sino supeditarlos a la templanza, y define la templanza como el arte de poner el placer al servició de la alegría; o sea, de la vida.
            No aparece aquí Stuart Mill cuando valora los placeres en cantidad (hay que buscar el máximo placer para el mayor número de personas), pero sí cuando los valora en calidad: hay que preferir los placeres superiores a los inferiores; entre beber una copa y admirar un cuadro, o entre Aquí no hay quien viva (infumable serie de televisión) o El acorazado Potemkin (una de las mejores películas de todos los tiempos), siempre es preferible lo segundo. No sólo hay que controlar los placeres, como decía Aristipo, sino que también hay que seleccionarlos. Stuart Mill lo resume en una expresión muy gráfica: “es preferible ser un hombre insatisfecho antes que un cerdo satisfecho”. 



9. Elecciones generales. (Maquiavelo).
            Ya había dicho Aristóteles que el ser humano es un animal social: por lo tanto la ética debe acompañar a la política. En este punto Fernando Savater hace un pequeño resumen de las cosas que ha ido tratando en este libro: hay que tratar a las personas  como a personas, porque tienen dignidad y no precio (Kant); ponernos en su lugar (Protágoras); vivir en comunidad (Aristóteles); amar a nuestros semejantes (San Agustín).
            Pero nos advierte que tengamos cuidado con el maquiavelismo: al separar la ética de la política, Maquiavelo admite (aunque la literalidad de esta expresión no sea suya) que el fin justifica los medios; que podemos cometer injusticias y atropellos si el fin que perseguimos es bueno; y que los derechos de las personas están subordinados a los intereses del Estado. Las bases del totalitarismo estaban ya en Maquiavelo (y, aunque Savater no habla de ello, también las encontramos en Platón).
            Lo que sí queda claro aquí son los tres valores fundamentales que defiende Savater: la libertad (la política coordina lo que muchos hacen con sus libertades); la igualdad (la dignidad de la persona nos hace iguales al obligarnos a admitir nuestras diferencias); y la solidaridad, que en otro tiempo fue una caridad bien entendida (asistencia, simpatía, compasión). Y si en la esfera privada Savater se nos presentaba como un hedonista convencido, en la esfera pública se nos muestra como un firme defensor de los tres valores encarnados en el lema de la Revolución francesa.

Epílogo.
            Como podemos ver, Ética para Amador es un compendio de algunas de las principales teorías que se han sucedido a lo largo de los tiempos. El siguiente paso sería ordenarlas y sistematizarlas un poco, pero eso ya queda para otro momento. Lo interesante ahora es comprender por qué este libro ha tenido tanto éxito: y es que en un lenguaje natural, sencillo, asequible y llano, ha sabido introducir los pilares más importantes de la historia de la ética; eso sí, sin nombrarlos; sin pedantería; sin presumir de ello; Fernando Savater ha sido catedrático de ética durante muchos años, primero en Deusto, luego en Madrid. Sólo quienes saben mucho pueden decir tanto en tan pocas palabras. Decía Ortega y Gasset que la claridad es la cortesía del filósofo. Y Vargas Llosa, en la presentación de su último libro, en Madrid, ha confesado que cuando era joven buscaba la complejidad, pero ahora es la claridad lo que más le interesa; y es que es un error pensar que la profundidad tenga que expresarse con oscuridades: se puede ser profundo sin llegar a ser oscuro, por lo menos en algunas cosas. Fernando Savater, con la humildad que le caracteriza, ha demostrado que no necesita hacer alarde de conocimientos y que vale más que los grandes autores lleguen el gran público con palabras claras y sencillas llenas de erudición, pero sin parecerlo. En eso estriba su calidad. En eso estriba su modestia. Pero levantando el caparazón donde yacían dormidos los datos históricos, he querido sacarlos a la luz: y los he puesto al desnudo.