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viernes, 9 de octubre de 2020

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

 

 

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

Era el día en que me iba a jubilar. El azar quiso que tuviera clase con dos grupos que me iban a plantear problemas, los últimos de mi vida académica (pero no de mi vida de filósofo). Uno me implicaba como persona, el otro como estudioso, y ambas cosas son caras distintas del oficio de profesor; del profesor que se implica, por un lado, enseñando y aprendiendo, y por otro, poniéndole sentimiento a la razón. Voy a explicar brevemente lo que exigieron de mí estas dos últimas clases.


PENÚLTIMA CLASE

            Voy a llamarlo Guido. Por llamarlo de algún modo. Estaba escondido en un rincón, en la última fila, pegado a la ventana. Ni él me podía ver a mí ni yo lo podía ver a él porque todos estábamos escondidos en nuestras mascarillas; obligados por la pandemia del coronavirus, que estaba asolando el planeta. Acababa de pasar lista y ahora me dirigía a él.

            -Guido, ¿podrías dejar de mirar por la ventana? Lo que pasa dentro de la clase ahora es más importante que lo que pasa fuera.

            -Métete en tus asuntos; yo miro adonde quiera.

            Hice un esfuerzo por controlarme. Precisamente habíamos hablado de él en la evaluación cero. Las evaluaciones cero son esas juntas de profesores que se reúnen al mes siguiente de empezar el curso y su objetivo no es evaluar, sino conocer a los alumnos. Allí se había dicho que Guido había estado en residencias y casas de acogida; que sus padres estaban separados y cada uno por su lado lo había maltratado a su gusto, que había tenido experiencias traumáticas que no había que desvelar por no ser indiscretos, pero que estuviéramos seguros de que la vida no lo había tratado bien. Guido tenía un rencor escondido que escupía allí por donde pasaba, y que no intentáramos enfrentarnos con él, que iba a ser peor; que con comprensión y cariño conseguiríamos algo, pero con autoridad y razones, nada. 

            Allí no había motivo para darle palmaditas en el hombro, él me acababa de ofender. Aunque tampoco era el momento de sancionar nada: no era dueño de sí mismo y cuando hablaba, las palabras no venían cargadas de razones que intentaran convencer a nadie sino de odio que tenía intención de hacer daño. A una ofensa no se le responde con cariño, sino con razones, pero comprendiendo, no castigando; de esa manera mis palabras tendrían el cariño en las razones y no en el perdón (¿cómo iba a perdonar sus ofensas, si no quería retirarlas?); y su mejor castigo iba a ser el que él mismo se diera comprendiendo la maldad de lo que había hecho; yo le enviaba cariño que se expresaba con autoridad, pues no debía mostrarme débil, y razones comprensivas que él entendería aunque no las quisiera reconocer. En la pelea de gallos que él imponía, yo sabía que vencería la razón; pero él no reconocería esa victoria sino que la disfrazaría con su propia victoria insolente, que era la victoria de las apariencias; para él era importante quedar bien delante de los demás; y así, las derrotas injustas que él había sufrido se redimirían con la injusticia que él mismo impondría a los demás disfrazándola de fuerza; ofendiendo a una persona que él sabía que no lo iba a ofender; y sabía también que, debajo del teatro que veían todos, había también otro teatro escondido; uno donde la insolencia había perdido la batalla frente a la fuerza comprensiva de la razón. Me encaré con él.

            -¿Te he gritado? –Un silencio acusador-. ¿Entonces por qué me gritas? ¿Te he faltado al respeto? –Otro silencio retador-. ¿Entonces por qué me faltas al respeto? ¿Acaso no te estoy tratando con cariño? –Nuevo silencio-. ¿Entonces por qué me fulminas con la mirada, por qué me lanzas rencor, por qué me odias, si yo no te odio? 

            Hubo un silencio que él quiso que fuera breve; en el teatro del mundo las apariencias te dan la victoria si no te quedas callado, aunque te falten razones; si dices tú la última palabra; gana siempre quien manda callar al otro.

            -Me has gritado.

            -¿Yo? ¿Te he gritado yo? ¿Yo te he gritado?

            -Sí.

            Bajé los brazos derrotado; derrotado por la sinrazón, que es la expresión más clamorosa de la derrota.

            -Me gritaste el otro día.

            Me quedé mudo. Apabullado por la estupidez de aquel chico.

            -¡Ah! –dije-. Y lo que decimos ahora está marcado por lo que dijimos ayer. –Subrayé mi ironía acusándolo con un silencio y luego proseguí-. Yo no tengo costumbre de gritar a nadie, ya ves, y a veces la culpa no la tienen los demás. ¿Tú no tienes nunca la culpa? ¿Tú no metes nunca la pata? ¿Nunca te equivocas? Yo no tengo costumbre de gritar y ahora me has ofendido, y mientras tú me ofendes yo te estoy contestando con tranquilidad: de modo que algo habrías hecho el otro día para que yo te gritara; si es que te grité.

            Él guardó silencio con la boca pero habló con la mirada; y sus ojos lanzaban chispas bíblicas como fulminantes lenguas de fuego; todos lo pudieron ver.

            -Trátame con insolencia: yo no seré insolente contigo. Fáltame al respeto que yo a ti no te faltaré, ódiame si quieres: pero no conseguirás que te odie ni que se apague ni un ápice este cariño que te tengo. Pero quiero que tengas bien clara una cosa: que todo este afecto que siento no está hecho de sensiblerías vanas sino de fuerza; una fuerza cálida y comprensiva, la fuerza de la razón; que es también, por si quieres saberlo, la fuerza de la amistad.

            Y di la cuestión por zanjada. Luego seguí con la clase hasta que sonó el timbre; y supe que, en el secreto del teatro donde no hay victorias ni derrotas falsas, las razones habían removido algunas briznas de su pecho. Entonces cogí mi cartera y me dirigí al aula siguiente. 


ÚLTIMA CLASE

            La ética nos sirve para saber estar. Pero ¿cómo sabremos cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Cómo aprenderemos dónde, cuándo y cómo tendremos que estar en él? ¿Y por qué tenemos que estar así y no de otra manera? Hay una regla muy sencilla: estar en el lugar que te corresponde es comportarse como ese lugar te pide que te comportes. Tu lugar ante un semáforo en rojo está antes, y no después, del semáforo; porque ese semáforo te ordena que te quedes parado, te lo pide desde el código de la circulación; si estuviera en verde te pediría que avanzaras, y en ámbar te diría que te fijaras en el cruce, que tuvieras cuidado, pero ahora está en rojo. Los distintos lugares por los que pasamos nos hablan, nos dicen cómo tenemos que comportarnos. Estar bien en un sitio es comportarse como ese sitio quiere que nos comportemos.

            Estar bien en un váter público es usarlo sin mancharlo. Estar bien en el fútbol es jugar sin coger la pelota con las manos. Estar bien en clase es venir dispuesto a estudiar y no a jugar con la pelota. Estar bien en casa es respetar a tu familia. Estar bien como estás es cumplir con las normas de cada sitio, y estar en paz con las normas es obedecer a la lógica de las cosas, de los lugares: hacer lo que las cosas sirven para hacer, y no utilizarlas de manera absurda; un vaso sirve para beber, no para jugar a los dados, una biblioteca sirve para leer, no para comer, un comedor sirve para comer, no para leer, y un laboratorio no sirve para jugar sino para hacer experimentos; porque si comemos en las bibliotecas, leemos en los comedores, jugamos en los laboratorios y  miramos por los vasos, veremos mal cuando miramos, nos indigestaremos leyendo, se nos mancharán los libros y nos quemaremos con ácido. Y como hay veces que nos falta tiempo para hacer las cosas, es posible que tengamos que leer mientras comemos pero eso será excepción y no la regla; las excepciones ajustan la regla a las necesidades de cada día porque las normas sirven para vivir libres, no para encadenarnos; no es la vida la que se debe plegar a las normas, sino las normas las que se pliegan a la vida; toda norma es justa si nos facilita las cosas, y por lo tanto las que lo entorpecen todo no pueden ser normas justas.

            Pero ¿cómo podremos saber si una norma es justa? Saber estar en tu sitio, saber obedecer, saber estar en el mundo es la mejor manera de ser felices. Si necesito buscar trabajo es mejor que no vaya con la camiseta del Che, porque el empresario que me lo ofrece podría sentir la tentación de no dármelo. Si quiero jugar al fútbol es mejor que no toque la pelota con la mano, porque el árbitro pararía el juego y, si no dejo de hacerlo, me acabaría expulsando y entonces ya sí que no podría jugar. Y si utilizo un microscopio para mirar el cielo es seguro que no veré ni el cielo ni los microbios, ni las estrellas ni las células, que es para lo que está hecho el microscopio. El primer criterio para usar las cosas es la lógica, que me proporciona utilidad; el segundo, cuando no sabemos qué cosas son útiles, es la empatía

            Porque toda la ética se resume en un solo principio: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. No ensucies el váter de la estación porque no te gustaría que quien lo hubiera usado antes que tú te lo hubiera dejado sucio. No te saltes los semáforos en rojo porque no te gustaría que tú, que vas correctamente por tu sitio, te chocaras con un coche que se ha saltado el semáforo cuando tú pasabas. Y no comas mientras lees el libro que te han prestado porque a ti no te gustaría que otros comieran mientras leen el libro que tú les prestaste; y te lo mancharan.

            Ésa es la empatía: ponerte en lugar de los demás para sentir como sienten ellos, para pensar como ellos piensan. Kant lo llamaba imperativo categórico. Pero hay más. El imperativo categórico te dice qué cosas debes hacer. La asertividad te dice cómo debes hacerlas. Debes hacer las cosas (no te digo cuáles) las que a ti te gustaría que te hicieran. Y cuando te piden otras que no están bien debes rechazarlas sin enfadarte. Si insultas a quien te ofrece un cigarro que atenta contra tu salud, estás abusando de él, por insultarlo; le estás diciendo las cosas de mala manera; y si aceptas, estás dejando que abusen de ti porque, por no atreverte a decir que no, permites que los demás te obliguen a hacer cosas que tú no deberías nunca hacer por ellos; lo que tienes que hacer es aprender a decir que no sin ofender a nadie, pero sin dejar tampoco que nadie te ofenda.

            La agresividad le quita paz a la vida, la sumisión le quita libertad, y la única forma de vivir libre y en paz es siendo al mismo tiempo amable y firme: eso es ser asertivo. El imperativo categórico te dice cómo debes hacer las cosas; la asertividad, cómo debes renunciar a hacerlas; recházalas siempre pensando en los demás cuando piensas en ti y no hagas a los demás lo que a ti no te gustaría que te hicieran; y, sabiéndolo, no te hagas a ti lo que sabes que no les gustaría a los demás que les hicieras. Una balanza es un dispositivo que mide un peso con ayuda de otro peso (al que llamamos contrapeso). La balanza de la ética es el saber estar, que tiene la empatía (o dicho de otro modo, el imperativo categórico) como peso y la asertividad como contrapeso; esa conducta que nunca es agresiva, pero tampoco sumisa. Veámoslo ahora con un ejemplo: la persona a la que le gusta sufrir, el masoquista.

            Entre un masoquista y alguien que no lo es hay también un punto de coincidencia: y es que los dos quieren que les hagan cosas que a los dos les gustan, aunque no sea de la misma forma; aunque uno sienta placer sufriendo y otro lo sienta evitando el sufrimiento.  

El masoquista no debe hacer sufrir a los demás so pretexto de que eso es lo que a él le gusta; tiene que dar gusto a los demás con lo que les gusta a ellos, no con lo que le gusta a él. No hacer a nadie lo que a uno no le gustaría que le hicieran significa que si a ti te gusta sufrir, pero a los otros no, no tienes por qué darles ese sufrimiento: debes darles el gusto por el placer que ambos compartís, él sin sufrir y tú sufriendo; es un placer que conseguís ambos por distintos medios; que a mí me guste sufrir no significa que yo te tenga que hacer sufrir a ti, porque a lo mejor a ti no te gusta. Lo que hay que buscar en los demás es la necesidad de estar bien y no los medios con los que cada uno se procura ese bienestar. 

            Ahora bien: no sólo hay que saber estar, sino que también hay que aprender a ser uno mismo: sin intentar adulterarse, como se adultera la mantequilla cuando pasa el tiempo y se pone rancia. ¿Sabéis por qué se pone rancia? Porque no la hemos puesto en su sitio, que es el frigorífico. Saber estar en nuestro lugar es la mejor manera de saber ser lo que cada uno es, sin adulterarse. Quien sabe que vale para la pintura, su sitio es el taller, y quien vale para la música, su sitio es el conservatorio. Hay que aceptarse como se es y no rechazarse a sí mismo, eso es el respeto. O dicho de otro modo: no basta con saber estar, también hay que saber ser en la vida.

 Si yo soy bajo de estatura sería un iluso que pretendiera ser alto, porque tengo la obligación de aceptar lo que la naturaleza me ha dado. Mírate en el espejo: ése eres tú. Acéptalo. Hazte amigo de ése que ves ahí porque él será siempre tu mejor amigo. Acepta a ese ser que tienes dentro, búscalo, encuéntralo y quiérelo mucho, porque él es quien más te va a querer en la vida. No quieras cambiarlo: cualquiera que pongas en su lugar valdrá menos que tú, siempre estará adulterado. Y tú eres quien más vale para ti, que no te quepa duda. Podrás llevar la vida de otro pero nunca la llevarás como si fuera la tuya; podrás fijarte en los demás para mejorar, podrás imitarlos para sacar lo mejor que tienes dentro, los utilizarás a ellos de modelo, pero nunca podrás cambiarte por ellos; puede que quieras ser como Beethoven porque quieres superarte como se superó él, pero sólo te superarás haciendo tus propias cosas, no las que hizo Beethoven.

Así que ya lo sabes: vive tu propia vida y no vivas nunca la de los demás; para ser tú mismo tendrás que mirarte en los demás como en un espejo, sí, y en ese espejo habrá imágenes que seguramente te ayudarán, pero no olvides que esas imágenes no son tuyas aunque te parezcas a ellas; puedes estar en ellas pero tú eres más que una imagen, tú eres tu modelo; mejorarás imitando las virtudes ajenas pero imítalas solamente para que te ayuden a ser tú mismo. Porque si quieres cambiarte por ellos acabarás adulterándote, como la mantequilla, y tu vida se volverá rancia, y no serás auténtico. 

            No me sorprendió que me dieran un aplauso cariñoso a modo de despedida. Me sorprendió, sin embargo, que la persona que más aplaudía fuera la que siempre me había rechazado, o eso era lo que yo creía: siempre seria conmigo, severa, distante, desafiante y hasta agresiva, así la recordaba yo hacía años. Ahora resultaba que, como ella, quienes más se enfrentan a nosotros tal vez sean, a la larga, quienes más se empapan con nuestras palabras; esas palabras severas, inexorables, duras, terriblemente sinceras, y siempre cargadas de cariño que son, en definitiva, las palabras donde se esconde el secreto de la ética.


sábado, 15 de octubre de 2016

La matrioschka del método "cocer" (y 4): elegir




LA MATRIOSCHKA DEL MÉTODO “COCER” ( y 4):
ELEGIR

 

            Dibujemos dos círculos concéntricos. Dentro del primero escribiremos la palabra “conocer”; dentro del segundo, la palabra “decidir”; dentro del conocer incluimos, como hemos visto, el comprender, solidario del criticar, en su doble aspecto analógico y lógico, es decir con metáforas y con deducciones; y dentro del decidir distinguiremos entre la atmósfera y las acciones, la identidad moral y la circunstancia, las decisiones esenciales y las circunstanciales.
            Tracemos luego una línea que corte horizontalmente ambos círculos por el centro: sobre esa línea escribiremos la palabra “sentir” y debajo de ella la palabra “pensar”; eso significa que conocemos y decidimos tanto por intuiciones y por instinto como por razones y por ejemplos.
            En este esquema se contiene el método “cocerse”. Obsérvese que la “r” está antes que la “s” y después de la “e”: lo que quiere decir que el respeto, que es el resultado de una elección, es también un requisito previo antes de elegir. Así mismo la “e” está también después de la “c”: lo que significa que a veces elegimos después de comprender con la inteligencia, y otras veces necesitamos reforzar el conocimiento con el corazón; por eso están juntas respectivamente las sílabas “ce” y “se”: conocer para entender y sentir para entender. 

 

            La voluntad es semejante a una fuente de agua: elegimos calentarla para que queme o esté templada; la temperatura de las tripas, y del corazón, la elegimos nosotros, pero la elegimos sobre la temperatura que había ya antes de que tomáramos esa decisión (no es lo mismo que la fuente esté construida sobre agua tibia, sobre un geiser o sobre aguas termales): la temperatura de partida es el temperamento; la que logramos, el carácter. Pues bien, éste es el ambiente en el que nos educamos; unos pueden vivir en ambientes cálidos, otros ardientes, y otros congelados. Ese ambiente puede estar en nosotros (es nuestra naturaleza, la temperatura del agua con la que nacemos) y puede estar en el ambiente (podemos vivir en ambientes fríos o cálidos, según sea la atmósfera en la que estamos).
            El agua que hay en esa fuente es champán. Echa burbujas. Cada burbuja es una acción, y en cada acción ponemos una parte de nuestra naturaleza y una parte del ambiente en el que vivimos. Cada burbuja es una acción. A lo largo de la vida estamos haciendo muchas cosas: bailamos, vemos al cine, bebemos, jugamos al ajedrez, hablamos con los amigos… soltamos muchas burbujas. Si esas acciones queman, es como si viviéramos esclavos de nuestros instintos. Pero si los enfría el aire que nos rodea, conseguiremos dominarlos; y ese aire que nos rodea estaba ahí en parte y en parte lo hemos refrigerado nosotros. Refrenamos los excesos de nuestros instintos, los educamos: es lo que pasa cuando la gente que nos educa nos ayuda a convivir con nuestra naturaleza; a refrenarla, a soltarla cuando nos enriquece o cuando nos hace daño; esa educación, por supuesto, viene de la escuela, de la calle, de los libros… de casa.
            Otras veces esas burbujas están templadas y estallan en una atmósfera que arde: entonces la sociedad nos hace malos. Lo normal es que las burbujas realimenten la temperatura de la fuente de donde manan. Pero a veces el ambiente las cambia. Quema lo visceral; lo cordial calma; la educación y la vida debieran ser una moderación de los ardores que nos matan.
            Fumar es una decisión vivencial: uno elige fumar o no fumar, y esa decisión gobernará nuestra vida. Pero fumar este cigarro es una decisión circunstancial: podemos ser no fumadores y llevarnos un pitillo a la boca durante una boda; por tontear; esa decisión no va a gobernar nuestra vida y será, solamente, un acto sin consecuencias. Lo vivencial conforma nuestras actitudes; lo circunstancial, nuestras conductas; y para guiarnos en ambos casos necesitaremos ejemplos.
            El ejemplo es la luz que nos alumbra, un faro que nos guía. Cuando alumbra al conocimiento, se vuelve metáfora; y cuando alumbra a la voluntad, es incitación (tentación, deseo, resistencia). La metáfora indica cómo son las cosas. El ejemplo, cómo tenemos que ser; y cómo elegir en cada momento.
            Un buen ejemplo de resistencia a las tentaciones es el cliente que no necesita comprar lo que el vendedor ha venido a ofrecerle. La atención y el interés por el producto deben despertar el deseo. Entre ellos está la inteligencia, pero la inteligencia sólo nos muestra una parte de la realidad: la que le conviene al vendedor; es la tentación; y el vendedor es para el cliente un Calipso, un Circe, una sirena; su empeño es cegar nuestra mente para que no veamos qué hay detrás de la tentación. Para que actuemos movidos por un deseo ciego.
            Después de haber comprado vendrá nuestra perdición, nos habremos entregado a la dulce esclavitud del consumo, encerrados en la isla de Calipso; nos habremos convertido en esclavos, perdiendo la alegría de vivir, en el territorio de Circe; o nos habremos arruinado, destruyendo nuestra economía, como si hubiéramos entrado en la isla de las sirenas.
            Los vendedores son calipsos, circes o sirenas disfrazadas; y al vendernos sus productos atacan nuestra economía. Para defendernos de ese ataque tenemos que ver las dos caras de la realidad, la que nos presentan ellos y la que se esconde detrás de esa apariencia; en una palabra, tendremos que luchar contra la ceguera moral; despertar la conciencia; eso lo conseguiremos siguiendo los pasos del método “cocer”: mejorarlo en su versión “cocerse” (que conocemos ya). Porque después  de conocer viene la crítica, mejor aún: nuestro conocimiento debe ser crítica a la vez, y criticar es simplemente mirar más allá de donde alcanzan los ojos, ver lo que no se ve; veremos el daño detrás de la tentación, el perjuicio escondido detrás del beneficio aparente, y será también un conocimiento sentido; así se unifican los métodos “cocer” y “coser”: comprender para elegir, elegir después de sentir).
            A la hora de decidir se pone a prueba nuestra fuerza moral. Si somos capaces de resistir la tentación, sabremos cuándo nos conviene comprar y cuándo no; y si el deseo es más fuerte que nuestra voluntad, sucumbiremos a los cantos de sirenas. El deseo es el ojo que ve de cerca; la voluntad es un ojo que ve muy lejos; un impulso sabio corrigiendo a un impulso ciego. Hay gente que no ha podido resistirse al deseo de comprar un coche, aun a sabiendas de que no tenía dinero suficiente para pagarlo, y ha hipotecado su vida; su vida y la de su familia.
            Hay que evitar la ceguera y la debilidad; que se combaten con la conciencia y con la fuerza moral. Los métodos de venta buscan cegar al comprador; el método “cocerse” le abre los ojos cuando tiene que comprar.
            Necesitamos metáforas para entender, y ejemplos para decidir. El alma del maestro para decidir es el ejemplo cribado por la razón. El cincel con el que se labra la voluntad. El vendedor, el predicador y el aprovechado utilizan ejemplos que fascinan, desprovistos de toda crítica; entre el deseo y la compra quieren desterrar, evidentemente, la inteligencia: esa planta que crece entre ellos y que los vendedores quieren cortar.
            Pues bien, nuestra vida gira en torno a tres ejes que la sujetan: yo, el estar y el ser: centrémonos en estos dos últimos; la ética consiste en un saber ser que nos produce bienestar (y, en último extremo, felicidad), pero también en saber estar en el mundo; un saber estar que no debe ser sólo cortesía, porque el respeto a las normas no debe crecer a costa del saber ser. La educación es, desde luego, mucho más que cortesía; es autenticidad, o lo que es lo mismo: el desarrollo de nuestra naturaleza en el mundo, no el desarrollo del mundo a costa de nuestra naturaleza; nuestra naturaleza, recordémoslo, también forma parte del mundo.
            De modo que lo primero es conocer: luego decidir; aunque decidir ya es una forma de conocerse. “Conócete a ti mismo”, decía el oráculo de Delfos; y conocerse es comprenderse, no solamente sentirse; la crítica es necesaria para entenderse; la autocrítica también.
            Luego viene el decidir. Están primero las decisiones circunstanciales, decisiones sobre el estar; ese estar en el mundo que es nuestra existencia; estas decisiones se extienden sobre dos universos complementarios: uno es situarse en el mundo; otro, relacionarse con los demás. Nos situamos cuando identificamos las tentaciones; cuando abrimos los ojos a las asperezas de Ítaca (porque el mundo, como Ítaca, es nuestro hogar, y nuestro hogar está lleno de retos entre los que nos desarrollamos, no de tentaciones entre las que se diluye la naturaleza que tenemos que desarrollar); nos situamos, en fin, cuando hacemos oídos sordos a los cantos de sirena que nos asaltan por doquier. Y nos relacionamos con nuestros semejantes cuando no somos brutos como Polifemo, cuando conocemos antes de decidir; cuando nos atrevemos a investigar las cosas. Sapere aude. Atrévete a pensar, como decía Kant.

 

            El tercer pilar de nuestra vida son nuestras decisiones sobre el ser: las que, como decisiones esenciales, se centran en el desarrollo del ser, de nuestro ser; y se manifiestan a la hora de aceptar una forma de ser. Decidimos elevar unos cuantos jalones que sostienen nuestra vida: el esfuerzo, propio de la libertad; la piedad, una forma de respeto que llamamos empatía; diálogo, que es saber escuchar antes de hablar; compartir, que es el instinto de no querer para sí lo que no se quiere para otro; amor, que quiere para otros lo que también quiere para sí; y respeto a la naturaleza, o cuidado del medio ambiente, que si mantienes limpia tu casa te mantienes limpio a ti mismo.
            Conocerse. Situarse. Relacionarse. Libertad. Piedad. Diálogo. Compartir. Amar. Respetar la naturaleza. Nueve instintos humanos. Nueve necesidades esenciales que, para preferirlas frente a todas las adulteraciones, más o menos caprichosas, se convierten en nueve mandamientos. Estos nueve mandamientos se resumen, como hemos visto, en tres: cuídate, cuida de los demás y cuida del mundo. Cuídate: conócete, ubícate, esfuérzate en ser tú mismo, es el cuidado de ti. Cuida de los demás. Sé piadoso, dialogante, sociable, comparte y ama. Y cuida al mundo para poder cuidar de ti.
            Estos tres mandamientos se resumen en uno: respeto. Como una mesa de nueve patas que se fundieron en tres, y esas tres finalmente se fundieron en una: una única pata central; sobre ella reposa, sólida como una mesa, el tablero de nuestra existencia. Cuantas menos patas había más robustas eran. El respeto es la más robusta de todas. El respeto consiste en aceptar el ser, pero no necesariamente el estar.
            Aceptar el ser de cada cual, aceptar a las personas como son; y no puede ser ciego, por eso respetar a las personas y a la realidad supone: primero, conocerla; luego, comprenderla; en tercer lugar, aceptarla; y por último, elegir, sobre esas bases, la manera de comportarse con ella.
            Pero no tiene por qué ser necesariamente aceptar el estar de cada cual. En efecto: unas veces tendremos que aceptar que una persona está enferma, pero otras rechazaremos que lo esté (y tendremos, en consecuencia, la obligación de curarlo); aceptamos el hecho de su enfermedad, pero rechazamos que su enfermedad sea deseable; porque la enfermedad es una degradación de la salud y la salud es el desarrollo de nuestro ser: por eso la salud es tan valiosa.
            En resumen: el respeto contiene nuestras decisiones, que son los ladrillos con que lo construimos, pero al mismo tiempo esas decisiones deben ser respetuosas; y eso, lejos de ser un círculo vicioso, es la fuente del deber: el respeto es principio y fin de la acción. Principio: está en el fondo de la matrioshka, en el fondo de nuestro ser. Fin: está en el meollo de la existencia, una vasija cuyas paredes se levantan desde ese fondo que las sujeta; ese fondo nos obliga a buscarlo a través de nuestras acciones. Veámoslo con un par de ejemplos.
            Primero: me he hecho un horario para estudiar todas las tardes. Segundo: he decidido pisotear los derechos de los demás. Ahora bien, es cierto que debo respetar los tiempos de estudio si me comprometo a ello, pero si decido no respetar a los demás eso no me da derecho a faltarles al respeto; la libertad de elección es la cara de una moneda en cuya cruz está la responsabilidad (y si elijo estudiar soy responsable de hacer lo que he decidido); pero todas las monedas, además de tener dos caras, también tienen canto, y el canto que conecta la libertad con la responsabilidad es el respeto: por eso no basta con responsabilizarme de mis decisiones si con ellas estoy violando los derechos de los demás.
            El respeto contiene nuestras acciones, y por eso no se puede decidir sin respetar; ni decidir, ni comprender, ni conocer. Ése es el principal axioma de la educación. 

 

Para concluir.
            Nuestra vida es, en definitiva, como una muñeca rusa; como una matrioshka. Vemos que una persona se comporta siempre de manera respetuosa. ¿Qué hay dentro del respeto? Decisiones. Decisiones que hemos ido tomando a lo largo de nuestra vida, y que han ido conformando (o no, según los casos) nuestra actitud respetuosa. Pero ahora abrimos la muñeca de nuestras elecciones, y ¿qué encontramos dentro? Otra muñeca: la del entendimiento; porque no solemos elegir entre las cosas antes de comprenderlas. Y para entenderlas hay que conocerlas primero: que es la última muñeca de nuestra vida, la que se esconde debajo del entender. De modo que todo empieza y termina en el sentimiento: empieza en un sentir sensorial y concluye con un sentir cordial; ése es el círculo de nuestra vida.
            Primero sé dónde está el hígado, qué forma tiene y con qué palabras lo designamos, y luego, según lo vamos abriendo, con qué palabras designamos cada una de sus partes. Luego lo comprendo todo cuando descubro que sirve para transformar las grasas en hidratos, y viceversa. Luego sé que no me conviene abusar de las grasas si quiero mantenerme sano, si quiero conservar el hígado en buen estado. Y a partir de ahí forjo mi voluntad, reforzando su resistencia (y, por supuesto, también su potencia) para obligarme a no abusar de las comidas grasas aunque me gusten; la voluntad se construye desde la razón, agarrada a la afectividad, frente a esa otra forma de afectividad, ignorante, endeble, que son los apetitos.
            Si respetamos a una persona es porque la conocemos, la comprendemos en su esencia y, a pesar de los avatares de su existencia, hemos decidido aceptarla con sus virtudes y sus defectos: y hemos elegido, también, enmendar sus errores; que son los defectos imputables a sus elecciones vitales y a sus estados naturales. Hemos elegido: pero cuando elegimos hacer una cosa en vez de otra es porque conocemos críticamente las opciones entre las que vamos a elegir. Y si criticamos las cosas (sopesando los pros y los contras de cada opción) es porque las conocemos. Toda actitud de desprecio o respecto empieza por el conocimiento o por la ignorancia; y en este mundo, como decía Machado, hay gente que desprecia cuanto ignora. Y hay que evitar el desprecio; para eso es necesario conocer; aprender lo que no sabemos; es necesaria la educación. Un instrumento para lograrlo es el método “cocerse”; que se abrevia, a la hora de nombrarlo, en el método “cocer”. Respetar. Elegir. Comprender. Conocer.
            El conocer está dentro del comprender: no se puede comprender sin conocer. El comprender está dentro del decidir: no debemos decidir sobre lo que no conocemos. El decidir está dentro del respetar: no debemos actuar faltándole a nadie al respeto. A nadie: ni a mí mismo, ni a mis semejantes, ni a la naturaleza; porque si ofendo al mundo, y el mundo es lo que me rodea, es como si me estuviera ofendiendo yo solo y llenara mi corazón de desgracia; pero mi instinto me mueve a llenarlo de felicidad.