viernes, 30 de noviembre de 2018

LOS ARCOS CANTARINES





LOS ARCOS QUE CANTABAN
  

             Es una plaza, secreta y abierta, escondida en los rincones de la ciudad. Noche. Los coches duermen en sus lechos de piedra, alineados unos con otros, como camas de hospital. Hay una luz negra que se ha desplomado como una lona. Hay un desierto de gentes caminando en otras partes. Hay una torre desgarbada, alta, espigada como un adolescente, con las ventanas cegadas clavándose en el cielo. La iglesia de San Esteban. Engullida toda ella en la cueva del silencio. Luces. Hay luces que se reflejan en sus ventanas, tal vez la luna.
            Cruzamos el empedrado torciendo los pies; por los lados; como si intentáramos no caernos al cruzar un río, de piedra en piedra. El río de la calle. Las voces del silencio. Cruzamos. Sus ojos dulces me miran atrapados en los ecos del silencio. Sus labios me gritan sin hablar, suaves, místicos y cálidos. La quiero. Llegamos a las paredes del edificio que sostiene entre sus brazos un peso de siglos. Paredes de piedra. Muros que se pierden en los tiempos pretéritos. Cuando los bares no salpicaban la calle, las casas no tenían cemento, las piedras dormitaban en la soledad y se podía oír.
            Pero había ruidos bárbaros en el pozo de los tiempos. Un arco románico cegado por el cristal, como el arco de la torre lo cegaba la argamasa, los arcos viejos: los arcos ciegos. Ruidos de la tribu temblaban tras de las piedras. Golpeaban la noche, retumbaban en su vientre, herían el silencio. Dentro del cristal se oían voces, gritos que retumbaban en las carcasas de los coches como mazazos, o explosiones, obuses que hacen temblar el suelo, impactos de las bombas: música de los jóvenes que han llevado la barbarie hasta asesinar la melodía, exterminar armonías y ritmos, y dejar, desnuda la música, asesinándola quizá, en un esqueleto oscuro. Golpes que retumban en la noche como explosiones, como truenos. Murmullo de voces que suenan sin hablar, como si hubiera gente bailando detrás de los muros de la iglesia.


            Miro sus ojos dulces. Ella me mira: mis ojos están atónitos; se han abierto, han salido de su ceguera; como si se hubieran vaciado de argamasa, ahora miran en la noche con sus destellos oscuros y negros; negros y sin brillo; la torre que mira desde la Edad Media; los arcos mudos; la piedra comida por el tiempo, los viejos sillares, el viento clavado en la erosión, en el silencio. Una música suena en el interior del arco. Luces que manchan la oscuridad; un templo sin ventanas, o de tenerlas, con los ojos pequeños: así miran desde la historia los ojos del templo.
            ¿Será verdad? ¿Me engañarán mis oídos cuando oyen lo que no quiero? ¿Jóvenes okupas bebiendo, bailando, profanando con sus tambores las voces del silencio? ¡No es posible!
            Me echo hacia atrás, sin volverme. Se echa hacia atrás, sin mirarme. Sus ojos atónitos no pueden creerlo, no quieren, no quiero creer lo que oigo en el templo de la fe: retrocedemos. Sin dejar de mirar a la ventana (un pozo oscuro salpicado de reflejos extraños), retrocedemos. Hasta tocar nuestras espaldas con el muro de enfrente. Entonces oímos otros ruidos, otras voces; que son los mismos pero saliendo de atrás, más allá de las casas, al otro lado de la calle, de las mismas fauces de un bar: música nocturna, noche de fiesta. Yo la miro y ella me mira, mis ojos se abren en sus órbitas, mi boca se abre como la suya, incrédula, y nos reímos: entonces desaparece el misterio; se va, con la sonrisa, toda la tensión que nos había agarrotado, y comprendemos.
            Era el eco. El eco de los bares que hay fuera de la plaza. Se habían metido en los arcos del templo y sonaban allí, como si estuvieran poblados de jóvenes, rebotando en el pasado, poblando el silencio con sus ecos. Era toda una metáfora. La metáfora del tiempo. Del presente que se mete en su pasado, como si la muchacha se metiera en su útero, y suenan; ahora, que ya no tañen en los arcos mudos; porque se han vuelto sustancia del silencio y presencia ausente, ahora, que el corazón encogido late en las ausencias, y se han escondido en la noche de los tiempos.





viernes, 23 de noviembre de 2018

EL JARDÍN SECRETO





EL JARDÍN SECRETO   


             Es un niño enfermo. Lo cuidan con mimo para que no se muera. Le cierran las ventanas para que no entren las esporas, que le tapan los pulmones: y vive en su casa, apartado de la luz, sin sentir el aire, condenado a no ver el cielo, ni las flores, ni las hojas, prisionero en su caverna.
            Un día llega una niña que se escapa de la caverna. De ese mundo de sombras donde no se puede salir, gobernado por un ama de llaves, implacable y férrea, empeñada en aislarlos de la vida para que sigan vivos. Para que su vida no corra peligro. La niña, al escapar, se mete en un jardín prohibido; un jardín donde algún día murió su tía, y su tío, sumido en la melancolía desde entonces, lo mandó cerrar a cal y canto y esconder la llave. En el jardín descubre que la naturaleza está viva. No hay flores, pero las ramas están creciendo: y brotarán cuando brote la naturaleza; cuando eso sucede todo es una borrachera de colores, un chorro de luz, una explosión de vida.
            El niño enfermo no conoce la luz: sólo a través de los cristales oscuros de su ventana. No conoce el aire: sino el aire viciado que oxida las paredes, encerrado y rancio, que rezuma por la casa. No conoce los colores: sino los tonos grises y duros que salen de los muebles, los volúmenes pesados, los espacios recargados, las maderas macizas, la vida marrón y oscura que gravita inmóvil en torno a las tinieblas.
            En el jardín, afuera, bailan los pétalos y pían los pájaros; de los capullos salen mariposas bellas, sublimes y alegres, con sus alas sin peso, con su danza etérea; las ovejas paren corderos que no saben andar, y tienen que aprender solos, renqueando, tropezando, desfalleciendo y cayendo, hasta que salen a la carrera. Pero uno imagina que entre el follaje hay arañas, culebras y escorpiones, ortigas y escolopendras; también hay cuervos y águilas, libres y bellas, pero cazadoras, agazapadas y aciagas; el peligro acecha tras la alegría, la libertad tiene un riesgo, hay setas de bellos colores cargadas de veneno, la muerte acecha entre la belleza.
            Mientras tanto el niño enfermo vive, protegiéndose de la vida, encerrado en un palacio, pesado, mortecino y ciego. Le tapan la boca con una máscara para no respirar aire puro, porque tiene esporas; lo tienen siempre en la cama porque no puede andar, y cuando anda lo hace, prisionero en su propia casa, atado en una silla de ruedas; apenas le dejan salir y cuando sale, asustados, mandan llenar la bañera de hielo y lo meten para que sufra porque es así como logrará vivir, dejando de vivir, alejándolo de los peligros y temiendo que le fallen las fuerzas. Porque ese niño morirá, lo saben todos; no llegará a mayor porque nació con la enfermedad, nació para ser enfermizo y vive para esperar, guardándolo de todos los peligros, la certeza inminente de la guadaña.
            Es la caverna de Platón. En ella está la falsedad, la pálida apariencia de las cosas, las sombras que son reflejos, una vida sin vivir, una vida atenuada, pesada y huera. Afuera está la verdad, el mundo  verdadero cuyas sombras penetran por las ventanas para oscurecerlas, no para reflejarlas como son, el mundo lleno de colores y de luz, y de espacios y libertad, y de alegría. Pero, ¡ay!, en ese mundo tan hermoso también hay peligros. Y en el mundo oscuro de la habitación no hay peligro alguno. Unos han elegido vivir a pleno pulmón aunque respiren los peligros de la vida, y otros prefieren aislar al niño de esos peligros aunque lo condenen a una vida disminuida. Hay que elegir. ¿No vivir por miedo a morir, o vivir aunque la vida sea riesgo? La vida sin peligros es una vida apagada, disminuida y velada, ensombrecida, mortecina.
            Porque el niño que descubre la realidad, la que le cierran el ama de llaves y los muros de su casa, ya no quiere volver al mundo de sombras en que lo criaron desde que nació; y, qué curioso, empieza a andar en cuanto prescinde de su silla de ruedas; a respirar a pleno pulmón en cuanto se libra de la máscara que lo protegía de las esporas; y su cuerpo se llena de energía en cuanto sale del mundo mortecino que lo protegía de la luz. Igual que el prisionero de Platón; el que se escapa de la caverna. El exceso de protección es un sinvivir, que es la vida que se atasca entre los muros de la cueva; porque vivir, vivir, es estallar de alegría en un mundo abierto donde los peligros acechan; que aislarse de la vida por no morir es mala solución para el peligro de vivir soltando todas las fuerzas; o morir en vida por miedo a la muerte, o vivir la vida aun a riesgo de perderla.
            Es el mundo de Alicia. Alicia en el país de las maravillas. Sólo que el mundo de Alicia está lleno de peligros. Su vida es un sueño de aventuras en lucha contra la locura y la arbitrariedad: también la arbitrariedad de la reina que corta cabezas. Si vives, tienes que luchar contra la vida: precisamente para vivir. De lo contrario estás condenado a no luchar para no arriesgar la vida y esto sí que es, desgraciadamente, un sinvivir; hay prisioneros que tienen miedo a salir de su caverna; porque les falta fuerza; porque tienen la poca energía que da la sombra, adonde no llega el sol, y los microorganismos fermentan o pudren las cosas creando una energía disminuida y de poco rendimiento; a diferencia del sol, que alimenta a las plantas produciendo en ellas borracheras de color y derroches energéticos.
            Es como el mito de Orfeo. Sólo que Eurídice entra en la cueva para no volver y aquí, cuando se sale al mundo, ya no se quiere volver a la cueva. La vida nos ha enseñado a reír, pero también a llorar, lo vemos al final de la historia: puro Nietzsche al final del cuento. Por eso esta película, además de estimulante, entretenida y hermosa, tiene su moraleja. Se llama El jardín secreto. De Agnieszka Holland. Una directora polaca que acabo de descubrir en el festival MUCES de Segovia. Recomendable por todos los conceptos. Y quien tenga luces, que la vea.  





viernes, 16 de noviembre de 2018

PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN: LOS ESPEJOS



PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN:
LOS ESPEJOS

 
             Hay una ventana abierta al mundo. Por ella vemos lo que hay fuera pero a veces, también, nos vemos mirar; hay ventanas que son espejos y ventanas que son cristal.

El alumno es, para el maestro, un mundo al que se asoma y al mirar por la ventana el profesor mira al alumno y entonces… ¿qué ve?  


1.

            El cristal muestra lo que hay delante pero el espejo muestra a quienes ven.

            Cuando el profesor mira al alumno también se ve a sí mismo porque el alumno es un espejo y un cristal; mientras hace mejor al alumno también consigue que él mismo mejore como profesor.


2.

            Los programas educativos son cristales, muchas veces de aumento, que sirven, como microscopios, para que el alumno vea lo que le falta por saber; son, pues, fieles retratos del alumno, fieles negativos: buenas pinturas de lo que el alumno debe llegar a ser; de ninguna manera espejos que sirven para brillar.
Las cosas brillan cuando no dejan ver a través de ellas, y una educación que brilla, si brilla demasiado, está escondiéndose a sí misma. ¿Qué es la educación entonces? El colegio convertido en escaparate, los maestros desfilando en una pasarela, los niños transformados en espectáculo, el público aplaudiendo la representación.
Los programas son gafas para que el maestro vea y no parches que le quitan la vista.

 Los escaparates, al exhibirse, ocultan detrás de sus cristales las miserias de la mercancía; se exhiben, sin exhibirla, olvidando que es la mercancía lo que tienen que exhibir.


3.

            Bellarmino le dijo a Galileo: no hay que mirar la luna con el telescopio sino con los libros de Aristóteles. Un espejo, no un cristal, era el artefacto en que miraba: para no ver la realidad sino sus pensamientos; o los de Aristóteles (que no son peores por ser de Aristóteles, sino por ser ajenos). La ceguera crece cuando se mira con otras gafas, porque uno puede tener presbicia y las gafas que se pone acaso hayan sido hechas para la miopía. 

            Nuestras ideas son gafas. Nuestras emociones son gafas. Nuestros deseos son gafas. Gafas con las que miramos cuando no queremos ver lo que las cosas son, sino lo que nuestras ideas, nuestras emociones y nuestros deseos quieren ver.


 4.

            La realidad hay que verla con cristales dobles: que por un lado miran nuestros pensamientos y por otro las cosas que hay en el exterior. Dos caras tienen nuestras gafas, la de dentro y la de fuera. Dos caras hacen falta para ver.


5.

            La sociedad y la escuela son dos espejos que se miran; la escuela, al reflejar a la sociedad, se refleja a sí misma; se muestra como aparece, no tal y como es. En esa imagen la escuela brilla quitándoles la luz a los discípulos, que son los que la necesitan; la escuela, así, es un verdadero parásito; se alimenta de los hambrientos a los que tiene que alimentar.


6.

            Como los cristales de colores de las catedrales, la luz brilla en la escuela que ha sido creada para enseñar. Es la pintura que tiene fuera lo que brilla, no las luces negras de su interior. Los alumnos, que tenían que brillar con ellos, son luces apagadas en sus colores; por eso no los podemos ver.

            Los vitrales que brillan no llenan el suelo de colores; brillan porque no se proyectan fuera, porque se tragan el color. Así también la escuela que se exhibe se guarda para ella los colores: y tiene a los discípulos sumidos en la oscuridad.

            No es que esté prohibido que la escuela brille, pero nunca a costa de los alumnos que buscan su luz. Que el brillo de la escuela no tenga a los alumnos sumidos en la oscuridad.

7.

            Las escuelas no son cristales sino espejos: siempre reflejan lo que tienen fuera. Son edificios cerrados, estancias oscuras, cuerpos negros; son, en toda su extensión, recintos herméticos. Siempre quieren esconder el mundo, reducirlo a la última batalla, olvidar la vida, esconder la guerra. ¡Pobre del alumno que sufre y pena! Que sólo quedará en los anales la última nota, el último examen, el último esfuerzo. Si tropieza (porque el fracaso es sólo un tropiezo), la escuela se encargará de que su caída sea definitiva. De que no pueda levantarse. Limitará su reconocimiento a un simple aprobado en los exámenes de septiembre, aunque haya sacado un sobresaliente: porque lo persigue el estigma de haber suspendido antes (como si aprobar a la primera no fuera lo mismo que aprobar después). Todo es amputar cabezas, cortar alas, ahogar alientos; bajar el ánimo, poner zancadillas, empobrecer el éxito. Cuando fracase, no le darán espejos donde mirar su derrota para corregirse después. Le negarán el derecho a trabajar con sus exámenes. No tendrá unas gafas para aprender de sus errores, que es la única forma de no repetirlos: la única forma de aprender. 
            Ésa es la escuela que se exhibe en lugar de educar.
  


AL OTRO LADO DEL ESPEJO

8.

            La autoridad del profesor tiene tres caras: el saber, el querer y el amar. Ninguna de ellas vale sin las otras; hay que amar, querer y saber.
            Son como las tres dimensiones del espacio: las tres dimensiones de la educación.

            Saber para conocer el mundo; y para conocernos. Querer para hacer las cosas, tener dentro un motor y que no nos empujen otros, sino que empujemos nosotros mismos: la voluntad. Y amar: vibrar; la voluntad es fuerza y el amor delicadeza, el amor es temblor sublime de lo que la voluntad tensa, el amor es sensibilidad y la voluntad movimiento, y las dos caras del éxtasis son precisamente esas dos: el ensueño y el frenesí; las dos caras del corazón.
            Sabes lo que aprendes y sólo lo aprendes si te atrae: si te enamora, si te subyuga, si te arrastra; sólo lo sabes si lo amas y sólo si lo amas lo quieres aprender. Querer es un esfuerzo de la voluntad que, como un tren del alma, avanza por los carriles de la pasión: querer es un verbo cuyas dos caras son amor y esfuerzo, arrastrar y sentirse arrastrado, pues hace falta sentirse arrastrado por los cantos de sirena para querer sacrificarse por su canción: donde no hay magia no puede haber voluntad; o es disciplina, o es motivación.


9.

            Hacía de Robin Hood y sólo era Juan sin tierra.
            Estaba haciendo política. Sólo le faltaba el partido.

            Quieren hacerse los buenos y son malos; pavonearse sin plumas, presumir sin tener, andar por el mundo robando mientras se finge generosidad.


10.

            Te limitas a ordenar los factores externos, porque el organizador interno está en ti. Tú no lo notas porque lo sientes: pero quien no lo tiene añora siempre su ausencia.
           
A algunos el comentario de texto les sale sin esfuerzo; no se dan cuenta de lo difícil que es para quien no tiene esa facilidad.
Si el habla te sale sola no entenderás que algunos no tengan la facultad de hablar.
Si tienes el ritmo en la sangre no entenderás que haya gente que no sepa bailar.
Si el cálculo te sale solo no entenderás que a algunos les cueste calcular.
Es como el pájaro que vuela sin esfuerzo: no entiende cómo al elefante le resulta tan difícil volar. Es como el pez que nada sin esforzarse: no entenderá que al pájaro le resulte difícil nadar. Es, en fin, como el guepardo que corre a la velocidad del rayo; no entiende cómo a la tortuga le resulta difícil correr.

Quien tiene habilidades naturales no concibe que haya gente que no haga lo que él es capaz de hacer.

            Porque las cosas que salen solas nunca cuestan esfuerzo. No notamos las dificultades de estar erguido y andar, pero el chimpancé, que no puede hacerlo, se pasará la vida intentándolo y no lo logrará.


11.

            Tener razón, pero esto sólo no basta; hace falta también que venza la razón, que venza la justicia.


12.

            Se aprende repitiendo y sólo se repite lo que gusta; os enseñarán a la fuerza.

            Os enseñarán a la fuerza si no hacéis un esfuerzo por que os guste lo que necesitáis aprender.




CLAMOR MACHADIANO

13.

            Quien no entiende ni llora desprecia cuanto ignora.
            Quien entiende sin sentir, para él vivir es despreciar.


14.

            En unas ocasiones no se ha escrito lo que se ha hablado y en otras no se ha hecho lo que se ha escrito. La palabra, entonces, no sirve para expresar: sino para esconder.





viernes, 9 de noviembre de 2018

EL CID






EL CID



             Lucía la llama tenebrosa del crepúsculo. Sobre un cielo agitado se movían amenazantes nubarrones, se superponían y entrelazaban las nubes como suspiros (manchas de humo deshilachados, flecos aéreos penando, errantes por el cielo); las sombras le daban el aspecto desolado de un campo de batalla. El gris plomizo evocaba las nubes duras, densas, la fuerza en movimiento de enigmáticos fantasmas: el agrio fragor de los combates; como suspiros escapados de las bocas, las nubes parecían espíritus, almas en pena que surcaban el espacio, recuerdos atormentados, despiadada justicia. La pátina del viento.
            Abajo estaba la tierra, cubierta de hierba oscura. Un halo sombrío la hacía parecer inquietante, enigmática, siniestra; todo lo cubrían las flores del crepúsculo. En la inmensidad del océano telúrico, una sombra apareció como un lamento: una presencia tenebrosa, extraña, amenazante, pero serena. No se veía lo que acababa de surgir. Su aparecer no se debía a que aquella sombra marchase hacia nosotros, sino a un velo roto que se rasgaba entre la niebla; en el mismo aire se había empezado a formar la sombra. Era la tierra que paría fantasmas. El aire que se ensombrecía en un punto del espacio, y el cuerpo que se alumbraba por la mano de los  cielos.
            No vino a nosotros: se acercó, desde la lejanía, como si nosotros nos fuéramos acercando a él (flotando sin agua); en un mundo de espíritus en el que las cosas, de repente, hubiesen cobrado vida. Ahí está. Un jinete montado a caballo, clavado en el suelo, surgido de la presencia del cielo, manado de los rincones del espacio. El caballo estaba inmóvil; sus patas, poderosas, clavadas en tierra; el cuello del animal hundido en el suelo, sosteniendo como flecos sus crines blancas; pero la cabeza no se fundía con la tierra, no seguía el instinto del cuerpo, no buscaban sus dientes la fresca hierba: era furia. Sus belfos calientes resoplaban con ira, doblado el cuello sobre su lado derecho, vuelta la cabeza y tensada por la fuerza que desde dentro lo estaba minando.
            Sobre su grupa se levantaba el jinete. Su mano sostenía la brida mientras el cuerpo, tensado y duro como la piedra, yacía impasible a lomos del animal: como un centauro. Sobre su espalda se desplomaba una capa; una capa que se detenía, como en cascada, levantando la cerviz sobre los cuartos traseros del caballo, y penetraba en el caballero con su majestad sombría. El hombre de hierro. Los cueros claveteados, la sed de venganza, la espada, sujeta a las correas de la cintura, descansando serena y cortante a lo largo de la pierna de acero. El vestido granate era una sandía estampada (seco, oscuro, plúmbeo y cobrizo como un resplandor apasionado; pero furia contenida, gesto de amenaza, reproche poderoso, no violencia ni cataratas de batallas). En el pecho, el escudo de Castilla. Tizona palpitaba en su muslo como el respirar de un caballo, como la pasión que se contiene, como la imagen de la vida: como el temblor de la justicia agitado por la venganza.


            El jinete se contenía. Si nos acercamos a él, veremos en su cara el resplandor de la furia. Unas facciones atadas manteniendo la calma bajo la tormenta. Un ceño fruncido aplastado por el casco. El protector de nariz cambiaba el mundo de arriba por el de abajo (por abajo rasgaba el aire con un cuchillo que le partía la cara hasta la boca; por arriba flameaba apuntando hacia las nubes, dispuesto a surcar el cielo como las ojivas de los templos). La faz del cielo latía bajo su faz de hierro. Dos cortes implacables le rasgaban la cara, marcados con fuerza por el polvo del camino, marcados –bien claro estaba- por el polvo de las batallas. A ambos lados de su cara se desbordaban los pelos tupidos de la barba, explorando los surcos hasta los pómulos como exploran las semillas los surcos de la tierra; hurgando en sus posibilidades para sembrar maleza enredada. El mentón, que se prolongaba en lo más poblado de su barba, arrancaba entre mechones oscuros y matas blancas, agitándose como penachos a los lados, bajo los implacables muros que la partían. Dura cota de mallas que tenía enfundada en el cuello, desde la metálica sombra del casco, extendiéndose sobre el pecho que le cubría las clavículas como un escudo. Babero implacable que irrumpía, exultante, en el fragor de las batallas.
            El Cid Campeador. La figura mítica que amenaza desde el pasado (o desde las entrañas puras del ser) a toda la estirpe de los traidores. Tizona. La espada de la justicia. El Cid se contiene para no cometer injusticia haciendo de la justicia una defensa apasionada. El Cid se escuda frente a los ataques de la venganza. Sabe que la justicia le hierve, pero también el sentimiento lleva en su vientre un hijo terrible, un hijo que quizá no deberá nacer, un hijo que terminaría destrozándolo todo. La venganza es una estrella que espolea el caballo de la justicia, pero no debe matarlo. No existe la justicia insensible porque es de carne, y al buscar el bien busca también la destrucción de los malvados. Pero quien a hierro mata, a hierro muere. La bondadosa sed baja del cielo en el corazón profundo de las personas donde está clavada, pero no baja si la venganza no llama.
            La venganza. Voz que despierta a la justicia dormida, no brazo ejecutor que la suplanta. Como los glóbulos blancos se comen a sí mismos cuando deberían defenderse unos a otros, así también la justicia sucumbe muchas veces a manos de la venganza. La venganza es la leucemia de la justicia. Hay una tensión invisible uniendo los dos brazos, un mismo sometimiento brota del corazón viniendo de las tripas, y no puede abortarse quedándose en tripas sólo. Los glóbulos blancos que matan a sus compañeros son como los ejércitos que atacan a sus conciudadanos: el ejército, hecho para defendernos de los ataques, se pone a atacar a quien defiende; la venganza, nacida para despertar a la justicia, se vuelve contra ella. Es como un amigo que te roba, como un invitado hecho parásito, como un vampiro, una tenia, un chupón que saca sus fuerzas de las tuyas.
            La venganza es el parásito de la justicia. La indignación es la fidelidad de la venganza.


            No es el Cid histórico, el Cid de verdad, pero tampoco es el Cid literario: es el que está disuelto en nuestras almas. El Cid histórico era ambicioso, cruel, implacable, pero también leal compañero. El Cid literario defiende el honor, el amor, la fidelidad al rey (aun sufriendo su injusticia), la valentía, la magnanimidad. El Cid que hay dentro de nosotros es todo lo bueno que parió el espíritu, aferrado a la vida, sumido en sus entrañas. El Cid verdadero no nos gusta. El Cid que nos gusta no es verdadero. Pero el que hay en nosotros es bello y más puro que los cantares, pues no se deja llevar por la venganza sino por la justicia; una justicia que la venganza mueve.
            Las sombras de la noche giraban sobre el yelmo. El rostro duro, las manos pétreas, los ojos de fuego; la estatua clavada en el campo de honor de la justicia. La mano dura, enfundada en el guantelete; el pecho valeroso; los brazos fuertes, protegidos por su escudo, por su coraza, por su cota de mallas. Pero la dureza del guantelete guarda entre sus dedos una mano abierta. Pero bajo el valor del pecho luce un corazón que siente. Pero bajo la fuerza de su brazo yace el amor del abrazo. El Cid Campeador, paladín de la vida, es al mismo tiempo campeón de la justicia. Fuerza que abraza, dureza abierta, fiereza tierna, acción sentimental: el ideal del Cid que todos tienen dentro, no la fuerza débil sosteniendo el corazón: no el amor sin vida, el Cid sí, no el príncipe azul.
            Dos surcos implacables cortan su rostro cobrizo. Una silueta altiva, jirón potente de la naturaleza, era la fuerza imparable que brotaba en la estatua desde su quietud. Firmeza y seguridad en el fragor de las batallas, curtidas en los rayos potentes del sol, cegadores en la dureza de la calma. Abrasando la vida, luz que ciega y que engendra, luz que desvela las cosas, luz del sol y luz del alma, luces manadas de la niebla. Las luces que duermen en las profundidades del corazón.
            La faz del cielo latía en el fondo de la faz de hierro. Aquel penacho de crines, aleteando suavemente en el arco de su cuello, y la cola del caballo, retorcido, encabritado, salpicando el dolor de sus cuartos traseros, era la viva imagen naufragada del dolor. El Cid sintiente, el Cid apasionado, el Cid justiciero; el Cid poderoso cuya espada vigilaba (la mirada ceñida, rígido el semblante) sobre las cabezas de los traidores pululando por España, por la humanidad entera. Y por Baba, amigos míos, y por Baba. Por el triste y desdichado pueblo que sucumbió a la ambición de Paredes. A su venganza. A su sed de poder que arrasaba con todo como el caballo de Atila. A la camarilla estúpida que unió sus esfuerzos en la traición. A la pandilla de babosos que les chupaban el culo, en Baba. A la triste historia de gente corrompida por la pasión mermada de sus fuerzas (mandar sin dotes de mando, vencer sin fuerza, matar sin valor, felonía). Desde su atalaya de la noche oscura, y encaramada a su estatua de piedra, descorazonado, el Cid vencía.
            Gentes sin rostro temblaban bajo la vigilancia del Cid.






viernes, 2 de noviembre de 2018

DE LA DEMOCRACIA AFECTIVA





DE LA DEMOCRACIA AFECTIVA    


 1.

            Cuando la gente está desinformada piensa, dice y hace las cosas de acuerdo con las cosas que sabe; si sabe cosas falsas las toma por realidades; y como lo que sabemos es la fuente de nuestras creencias, creeremos unas cosas u otras dependiendo de las cosas que nos hayan enseñado; si creo lo que dice la Biblia de manera literal, consideraré adecuado sacrificar a mi hijo, si oigo voces que me lo mandan, como hizo Abraham; o me creeré con derecho a exterminar a los habitantes de una ciudad como pasó en Jericó, o en Sodoma, incluso me creeré con derecho a exterminar a una población entera como sucedió con el diluvio; pero si, frente a un dios inflexible y colérico, se levanta otro justo y bondadoso, ¿de cuál de las dos maneras tengo que actuar? ¿Cómo interpretar el antiguo testamento con el testimonio de los evangelios? ¿Cómo entender el mandamiento del amor con la cólera apocalíptica? ¿El San Juan del apocalipsis dice lo mismo que el del evangelio que hablaba de Jesús? ¿No es el evangelio la buena nueva? ¿No es ése su significado etimológico? ¿Puede ser buena una noticia de destrucción?
            Hay interpretaciones literales y metafóricas de la Biblia, y de todos los libros sagrados de todas las religiones, y de todos los libros políticos de todas las utopías; si hay que matar y robar por la causa, se roba y se mata, mas si no es por la causa eres un ladrón y un asesino. El militante que sigue la línea del partido y hace lo que el partido le manda obra bien: aunque el partido se equivoque; aunque la nueva doctrina de Estalin diga lo contrario de lo que dijo el Estalin del primer marxismo, e incluso de lo que dijo  Lenin.
            España nos roba. España es un país totalitario y fascista. España teme a la democracia, ataca a la gente que quiere votar, tiene un problema con las urnas. España lleva tres siglos sojuzgando al indefenso y pacífico pueblo catalán. Algunos catalanes que se le han enfrentado están en el exilio. Otros son presos políticos. El rey se ha puesto en contra del pueblo, ha tomado partido por la opresión. Todas esas afirmaciones, y otras menos confesables, forman parte de la verdad o son una mitología. Que son verdaderas lo dicen la televisión y la radio catalanas, parciales, sesgadas e independentistas. Para comprobarlo habría que tener acceso a la información, no a la propaganda; la propaganda camufla las cosas y la información las desnuda; la propaganda dice falsedades reales para convertirlas en verdades oficiales y la información quiere que sea verdad todo lo real, una auténtica verdad, sí, que pueda convertirse en oficial.
            Sucede, sin embargo, que la verdad se estrella contra la propaganda. Si uno está acostumbrado a tomar las mentiras por verdades luego le cuentan las verdades y no se las cree; porque la mentira se ha repetido muchas veces y la verdad una sola; además, a las mentiras de casa les hemos cogido cariño; y las verdades duelen, sobre todo si vienen de fuera; los mitos arraigados en el corazón tienden a convertirse en verdades de toda la vida y el corazón se resiste a dudar de todas las cosas hermosas que hemos creído; sobre todo si las hemos creído siempre; la información puede muy poco contra las historias y convicciones que forman el caldo de cultivo en el que hemos nacido y crecido.
            Nuestra mitología, nuestras creencias, la propaganda, han conformado nuestra manera de pensar. Son como una droga, que nos hace más daño cuanto más la tomamos, cuanto más la queremos: querer una droga es ser esclavos de ella y eso no es el verdadero cariño. Luego nos cuentan la verdad y no la creemos: porque tenemos mono de nuestros mitos. Por eso esa parte de la población catalana que se ha alimentado de sus mitos no se creería las verdades si las leyera en otros periódicos, porque las tomaría por infundios de sus enemigos; pero tampoco las leería en los periódicos de casa, porque creería que el enemigo los ha secuestrado obligándolos a decir mentiras; y aunque supiera que no están secuestrados, se creería que sus periodistas se han vuelto locos, como don Quijote, que negaba las evidencias argumentando que un mago nos ha quitado el seso haciéndonos creer que esos gigantes son molinos; aunque mis oídos y mis ojos me digan que no son gigantes, sino molinos.
            Como las drogas, necesitamos las informaciones falsas para no tener mono de ellas. Para desintoxicarnos de la propaganda profundamente arraigada en nosotros no basta con la verdad; habría que dosificar las verdades mezclándolas con las mentiras; aumentando la dosis de verdad a medida que disminuimos la de la mentira, como vamos disminuyendo la metadona después de haberla tomado en lugar de la heroína; porque nuestro cuerpo intoxicado soporta mejor un mal menor que un bien que se nos administra de golpe y porrazo: así también los espíritus drogados son incapaces de tolerar la verdad, cuando triunfa la libertad y pone las verdades en el lugar que ocupaban nuestros viejos mitos; porque creerán que son mentiras nuevas y les faltarán criterios para criticarlas, como les faltan para criticar los viejos mitos; sobre todo si tenemos en cuenta que no hay verdades puras, y que todas las verdades vienen acompañadas de un envoltorio, aunque sea delgado, de propaganda y de mitos; entonces, como dijo Machado, te dirán que mientes si dices media verdad; y si, criticándote a ti mismo, algún día dijeras la verdad completa, te dirían que mientes dos veces porque has dicho la otra mitad.


2.

            Algunos autores, como Adela Cortina, están embarcados en una teoría de la democracia deliberativa. Comparto ese punto de vista, pero sólo es aplicable a las personas que:

(1)   Están informadas o dispuestas a informarse.
(2)   Están dispuestas a debatir.
(3)   Están dispuestas a aparcar sus intereses y guiarse sólo por la razón.

Individualmente todos admiten el imperativo categórico; en cuanto a la acción comunicativa, suponemos que aceptan los requisitos exigidos por Habermas. Esto afecta a algunos profesionales de la política (pocos, porque la mayoría son correas de transmisión de las consignas de los partidos); y a una parte, más exigua que numerosa, de la opinión pública (pues la mayoría tiene la razón cegada por la necesidad o por la ignorancia, y algunas veces también por las consignas de los partidos que dicen defenderlos).
La mayoría de la población o se desentiende de la política o practica lo que podría llamarse una democracia afectiva: democracia, porque se expresa el pueblo; afectiva, porque el pueblo no hace caso a la razón, y escucha a veces al corazón pero sobre todo, la mayoría de las veces, escucha sólo la voz de las tripas: en lo que coincide con otra parte de los políticos y de la opinión pública, obnubilados, no ya por la necesidad (porque no la tienen), sino más bien por sus intereses y su avaricia.
            La información es uno de los motores de la acción. Pero la pasión por la verdad solamente dinamiza a una minoría; la mayoría se emociona por esas historias que tienen grabadas, en el estómago más que en la cabeza, y que se empeñan en elevar al rango de verdades aunque no resistan la comparación con los hechos ni con la lógica. La gran mayoría quizá no sea analfabeta, pero sí inculta; y, a falta de conocer y recordar la historia que ha estudiado, está dispuesta a aceptar como verdades afirmaciones interesadas y gratuitas; esas historias llegan a las tripas después de pasar por el corazón, y van engrosando el fanatismo. Por eso la historia se repite: porque sólo la recuerdan unos pocos expertos e intelectuales y los demás la reviven como si nadie nunca la hubiera vivido; los pasos que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial desde la crisis del 29 se vuelven a dar en parte con la crisis del 2008, pero para la mayoría de la población es como si nunca en la historia se hubiera transitado, después de una crisis económica, desde la depresión social primero, política luego, y por último una exaltación de la xenofobia y la agresividad como antesala de un nuevo totalitarismo.
            Los pueblos tienen la memoria corta; los expertos no; por eso la historia se repite. El motor de los corazones guiados por las tripas es la falsedad convertida en propaganda: y en esto la opinión pública tampoco quiere ni sabe muchas veces emplear la lógica para despertar el espíritu crítico: unos porque tienen demasiada hambre, otros porque los embrutece un trabajo que les roba el tiempo y no les da lo suficiente para vivir, y otros porque, por las razones que sea, están acostumbrados a no pensar. Estamos hablando de la gran mayoría: ¿qué importa que con una minoría sí funcione la democracia deliberativa? La decisión más sensata la puede derrumbar con su voto un pueblo enloquecido.
            Toda ideología tiene un núcleo afectivo que se considera sagrado, y por lo tanto intangible: dios en las religiones, la patria en el nacionalismo. Los mejores argumentos sólo valen cuando sirven para apuntalar este corazón emocionante de las ideologías; en la Edad Media los mejores filósofos sólo eran tenidos en cuenta cuando reforzaban los dogmas urdidos por los teólogos; en caso contrario eran perseguidos sin piedad. Hay que desear que, con la metadona de la crítica, la razón sea capaz de derrumbar los peligrosos prejuicios de Cataluña; los que han destruido la grandeza de su mundo; de los que han reducido la patria a una sardana, una senyera y una barretina; los que han enfrentado a los catalanes entre sí para defender los intereses de unos cuantos, encarnados en las tripas de una masa a la que espolean, como espitas peligrosas, sin darse cuenta de que son marionetas y sus déspotas son los que mueven los hilos; todo lo soportan con tan de que sea de casa; hasta el despotismo. Y la crítica, unida a la metadona de la razón, es la única que puede parar este delirio; pero lleva tiempo; quizá perdamos una generación, olvidándose de lo que importa y peleando, ¡qué ironía!, por absurdos que una mente sana identificaría rápidamente como payasadas de los circos.


Epílogo.

            Un ejemplo de conversación en cualquier lugar, en cualquier momento, impregnada por el virus de la propaganda, que carcome todos los brotes de la crítica:

            -Los catalanes tienen derecho a separarse del resto de España.
            -Pero no desobedeciendo a la constitución.
            -Hay que combatir las leyes con la libertad.
            -La constitución la votamos libremente entre todos, por una gran mayoría; la votó la mayoría de los catalanes.
            -Pero ahora no la quieren.
            -No la quiere la mitad; la otra mitad sí; y aunque no la quieran, no pueden dejar de cumplir con sus compromisos; ellos también firmaron la constitución y te recuerdo que dos de los padres de la patria eran catalanes.
            -Pero somos republicanos.
            -Tenemos un rey.
            -Un rey impuesto por Franco.
            -Ése no es el rey que tenemos; el que tenemos es el que puso la constitución, que casualmente es el mismo que puso Franco; y lo votaron los propios catalanes.
            -Pues ahora se sienten republicanos.
            -Entonces habrá que reformar la constitución; pero no por las bravas, sino por el diálogo.
            -Los catalanes tienen derecho a decidir.
            -Pero no violando la constitución.
            -La constitución la viola España.
            -¿Ah, sí? Explícamelo.
            -La constitución dice que no tiene que haber paro, y lo hay; por lo tanto el gobierno no respeta la constitución.
            -Te equivocas. Lo que dice la constitución es que hay que promover el pleno empleo, pero por mucho que lo intentemos nada nos garantiza que lo consigamos. Sería bonito que una constitución mandara crear una clase media y criticáramos a los gobiernos que no lo consiguen por mucho que lo intenten; la clase media no se crea por decreto, la constitución no es una varita mágica que hace realidades con los deseos; es como si un colegio quisiese que aprobaran todos los alumnos y luego sancionáramos a los profesores porque algunos han suspendido; a menos que consideres ético que se regale el aprobado general sin que los alumnos lo merezcan; lo que sí podemos hacer es criticar a los profesores que no hacen bien su trabajo, pero aunque se hagan las cosas bien, eso no nos garantiza el éxito en nuestros objetivos.
            Silencio. Luego vuelve a decir:
            -Pues en España hay paro: de modo que no se respeta la constitución.
            Zas: en la boca; como si esta conversación no hubiera servido para nada. El joven empecinado, al margen de la racionalidad, repite la consigna de su partido. Se queda tan oreado. Y no tiene sentido del ridículo.