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jueves, 28 de octubre de 2021

 

 

 

HISTORIAS, FÁBULAS Y MORALEJAS

 


1.

 

            Cuenta la leyenda que un hombre rico segó los campos y tuvo un montón de trigo. Vino otro pidiendo limosna y el avaro se la negó. Entonces el pobre dijo: “ojalá que ese montón de trigo se te convierta en montón de paja”; y así sucedió. La avaricia rompió la ilusión del rico pero también se rompió a sí misma, porque cuando quiere más de lo que puede, inevitablemente, la avaricia rompe el saco.

 

2.

 

            Decía Platón que si nos llenamos la barriga el cuerpo nos pesará, y con su peso acabará atrapando al espíritu, y el espíritu, encarcelado dentro del cuerpo, ya no podrá pensar en salir. Que el mucho comer no va de la mano del mucho pensar. El pensamiento necesita que a nuestra alma le salgan alas y sólo con un vientre ligero puede el alma pensar en volar.

 

3.

 

            Viridiana repartió entre los pobres lo que tenía. Los pobres, acostumbrados a comer sin arar, destrozaron su hacienda.

También los campesinos pobres, si pudieran disponer de las vacas, se las comerían; y no pensarían en el mañana cuando ya no les quedaran vacas por comer.

 

4.

 

            La cigarra se pasaba el día cantando. La hormiga se lo pasaba trabajando. Es de suponer que la cigarra, para poder comer, trabajaría también un poco; y podemos suponer que la hormiga, con tanto trabajar, algo comería también; pero el exceso de trabajo le quitaba tiempo para cantar.

A veces necesitamos ahorrar como las hormigas, pero no tanto como para que, preocupados por el mañana, nos privemos ahora de vivir. El canto es una flor que no crece sin savia y la savia es materia y su espíritu es el canto; el espíritu se divierte cantando pero necesita trabajar para comer: no para que el trabajo le quite las ganas de cantar.

 

5.

 

            Vale más ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho: lo dijo Stuart Mill. Los placeres de la carne sólo valen si no entierran a los del espíritu, o de lo contrario la prosperidad del cuerpo será la ruina de los placeres del alma; y en el alma tengo la marca más importante de lo que soy.

 

6.

 

            Que el placer de comer un plato no te quite nunca el de disfrutar de un cuadro.

 

7.

 

            Las macetas son el decorado de las paredes. La música, las artes plásticas, la danza, el cuento y la poesía son los decorados de la vida. Si no hay ladrillos no hay paredes y si no hay carne el espíritu ya no puede crecer.

Pero si las paredes son muy altas las macetas estarán demasiado lejos y no podríamos verlas; y si el vientre está muy lleno la cabeza se vaciará demasiado; entonces ya no la podría preñar el corazón.

 

8.

 

            Chopin tuvo una casa en la que vivía con George Sand. En ella compuso cosas hermosas y en ella también se inspiró George Sand para componer. Muertos de hambre no habrían podido componer, aunque sí con una vida precaria; con una casa lujosa también; porque el espíritu sólo vuela con la pasión que tiene dentro y no con la posesión de las riquezas del mundo; se alimenta, sí, de las cosas del cielo, pero a esas cosas sólo se llega cuando se impulsa con un trampolín desde la tierra donde está.

 

9.

 

            También Edward Grieg tenía una casa hermosa. En ella, confortablemente, compuso al amor del fuego rodeado de bellísimos paisajes. Pero no componía porque tuviera casa sino porque su casa tenía vida; y también porque había vida en la casa que tenía en el corazón. Allí se calentaba el espíritu, allí se acurrucó para soñar.

La pasión se embellece con el calor del espíritu y el espíritu sólo se enciende donde hay amor de hogar; con los amores dulces; en el confort de la casa que nos despierta las ganas de pensar.

 

10.

 

            También sin casas acogedoras se puede componer, pero sólo si el calor de la inspiración nos arrulla por dentro. Cervantes, Quevedo, Berlioz, Beethoven, Mozart compusieron bellísimas creaciones desde la privación y la necesidad, pero no eran plácidas como las otras sino dolorosas; melancólicas, arrebatadas y tristes, envueltas en lágrimas o a punto de llorar.

 


 

viernes, 29 de mayo de 2020

LA ENCRUCIJADA DE EUROPA




LA ENCRUCIJADA DE EUROPA


            Acabada la segunda guerra europea empezó la construcción de Europa. Unas mentes esclarecidas (o quizá una necesidad, quién sabe) se empeñaron en arreglar lo que unos niños habían destruido; unos niños egoístas, inconscientes y caprichosos. Querían unir las fuerzas que tiraban para sitios diferentes, hacer amigos a los antiguos enemigos, y evitar, tal vez, que la historia se repitiera. Alemania, que había invadido a Francia, se subió al mismo barco que los franceses. Y el Reino Unido, que se había enfrentado a Francia desde mucho antes de Napoleón, hasta se embarcó en el proyecto de unirse; el símbolo de esta concordia fue el avión supersónico que construyeron entre los dos: el Concorde.
            Después se acusó a la integración europea de ser un proceso meramente económico; la Europa de los mercaderes, se decía; su nombre era Comunidad Económica Europea, de modo que, desde sus propias señas de identidad, no tenía aparentes intenciones culturales, ni mucho menos políticas. Lo que se quería era derribar las fronteras, que circularan libremente las mercancías: no las personas. Las fuerzas centrífugas, en la izquierda, querían la Europa de los pueblos, y como eso no era posible, se oponían a ella; lo mismo pensaban en la derecha, desde la otra orilla.
            Todo cambió cuando el proyecto se abrió a la libre circulación de las personas. La Comunidad Económica Europea pasó a llamarse Unión Europea. Desaparecieron las fronteras no sólo para las mercancías, sino también para las personas; se facilitó el intercambio cultural y en el horizonte estaba, como una meta más o menos lejana, la unión política. Pero el proyecto de constitución europea, que impulsó desde Francia el antiguo presidente Giscard d’Estaing, fue rechazado en referéndum por los franceses; el mismo año que se aceptaba en España. Los Estados Unidos Europeos se convirtieron en una idea más lejana. Las fuerzas nacionales se fortalecían al tiempo que las de la unión se quedaban estancadas; Europa nunca tuvo una verdadera diplomacia común, los países se negaban a ceder soberanía, y hubo un compás de espera en donde lo centrípeto, en un equilibrio inestable, empezaba a conocer la parálisis frente a lo centrífugo.
            Luego vino la reacción del otro lado: los enemigos de la unión se hicieron más fuertes. En Francia los nacionalistas tiraban para dentro, luego en Austria; Italia se desgarraba por dentro, el norte rico no quería compartir nada con el sur pobre, y luego vendría formulado más claramente el rechazo de Europa; después vendría Holanda, Cataluña, hasta que el Reino Unido nos despertó a todos haciendo realidad la separación: el Bréxit puso racismo y xenofobia donde había habido convivencia; el nacionalismo catalán enfrentó a las comunidades menospreciando a los catalanes que vinieron de fuera y falseando la historia y lo que es peor: robando y corrompiéndose hasta la médula con los votos de buena parte del pueblo; si ha de haber ladrones (pensaban seguramente) mejor que sean de casa; pero no se les ocurría que pudieran luchar por un mundo sin ladrones, ni de dentro ni de fuera. La tensión nacionalista se contagió después a Hungría. A Polonia. A España. 


            Pero los europeos más esclarecidos siempre han abogado por la unión: dejemos a Carlomagno, a Carlos V, a Napoleón (y, por qué no, a Hitler) que quisieron hacerlo por las armas. Pensemos en la Europa de la paz. El camino de Santiago. Las universidades de la Edad Media. Erasmo. El camino de Santiago favoreció rutas de contacto, no sólo comerciales, entre los europeos. Durante la Edad Media los estudiantes podían enseñar y aprender en Bolonia, en Montpellier, el París, en Oxford, en Salamanca, y se entendían en latín: un espíritu infinitamente más cosmopolita que la España del año 2000, donde los padres se manifestaban para que el autobús no llevase a sus hijos al pueblo de al lado; y donde, para colmo del ridículo, se oponían a que se los llevaran, dentro de la misma ciudad, dos calles más abajo; esta estrechez de miras no tiene nada que ver con la amplitud de horizontes de la universidades medievales; en El nombre de la rosa Umberto Eco pone en escena a un profesor inglés, acompañado de un alumno alemán, viajando a una abadía que se encontraba en Italia; y en cuya biblioteca se deleitaban con los únicos ejemplares de algunos libros, en un mundo sin imprenta, que había en toda la cristiandad.
            Luego vendría Andrés Laguna. Abogaría por el entendimiento de las culturas, por el conocimiento de los pueblos, por la unión de los europeos. Porque más importante que las culturas son las personas, o, para decirlo con mayor propiedad, las culturas son el abono donde crecen, solidarias, las personas; las culturas, no los cultos; la razón y el sentimiento, no la exclusión y la ortodoxia; la apertura a lo que hay fuera, que es la lluvia que riega las tierras que han sido plantadas con el espíritu nacional. La única posibilidad de que los europeos no se mataran entre ellos era para Andrés Laguna que se unieran. Y con la inmensa variedad de sus territorios la cultura europea sería una de las más ricas del mundo. Cuando Stefan Zweig escribe sobre el fin del siglo XIX titula a su libro “Memorias de un europeo”; no de un austriaco, no, de un europeo. La apertura de miras siempre ha sido un abono excelente para la cultura. Hubo un tiempo en donde los griegos recuperaron la escritura, conocieron la moneda que facilitaba los intercambios, se fueron de la península a Jonia y de Jonia a Mesopotamia, conocieron a los egipcios, supieron de Gilgamesh y leyeron las tablillas babilonias, y entonces aprendieron de astronomía, de matemáticas y del mundo, y empezaron a observar: entonces empezó la filosofía; fue, dice la historia, cuando los griegos salieron de Grecia; entonces se hicieron más griegos.
            De todos los avatares que ha conocido Europa uno de los más duros ha sido la epidemia del año 2020. Que se fue convirtiendo en pandemia. Un microorganismo muy agresivo, una variedad de coronavirus, obligó a aislarse no ya a Europa, no ya a cada uno de los países, sino a las familias dentro de ellos. Las calles están desiertas. Las tiendas, cerradas, salvo las que son de primera necesidad. No hay bares, los hoteles no abren, se acabaron las aglomeraciones, las fiestas, no hay librerías y los libros se leen por internet. Se han interrumpido los intercambios, la policía intercepta a quienes hablan, sólo se puede salir a comprar o a pasear al perro. La crisis ha destruido los intercambios entre países, pero también dentro del mismo país, y como no es posible que los individuos vivan solos, los únicos intercambios presenciales se dan en la familia; luego están los intercambios virtuales, mucho bulo y poca esencia, y si antes encontrábamos algunas mentiras en la tele, hoy encontramos muchas mentiras en internet; antes la televisión era aprovechada por el poder para crear su farsa; hoy los wasaps y los tweets sirven para que todo el mundo cree su farsa, cada uno la suya, incluida la más peligrosa de todas, la del poder.
            Cuando hayamos derrotado al virus se acabará la crisis sanitaria; y por terrible que parezca sólo morirán unos cientos de miles de personas en el mundo; no diezmará la población como hizo la peste negra, y una pandemia no le llegará a la suela del zapato a aquella epidemia terrible: virtudes del progreso, contra el que muchas voces gritan. 


            Luego vendrá la crisis económica. Muchos vislumbran que será una crisis terrible, a todas luces devastadora. La experiencia nos dice que a todo desastre económico le suele seguir un desastre social, y que los millones de parados, excluidos del sistema, se ganarán la vida como puedan: en Estados Unidos se están vendiendo muchas armas porque la gente piensa que tendrá que defenderse de los robos que crecerán de manera descomunal. Pero los excluidos también pueden encontrar sueldo en las milicias de los desaprensivos, que se formarán para hacer estallar guerras terribles.
            Hay que evitar eso. Hay que ayudar a los parados, pero sobre todo crear empleo para que dejen de estar parados, y no sólo por humanidad: también por interés. Por humanidad: quienes tienen deberían sentir el deseo de ayudar a quienes no tienen. Por interés: si no lo hacemos viviremos en un mundo de destrucción. De modo que tanto por interés como por altruismo nos conviene ayudar a los demás.
            Ahora bien, esa ayuda no vendrá de la empresa privada. Habrá, sí, algunas acciones generosas, gente como Bill Gates o Amancio Ortega; pero la mayoría de los empresarios irán a lo suyo: la ganancia; ya lo están demostrando subiendo el precio de las mascarillas, que es un producto de primerísima necesidad para protegerse del coronavirus; y lo están haciendo en muchas farmacias.
            Es inverosímil, pues, que la solución venga de la iniciativa privada. Vendrá de los Estados. El padre fundador de la economía moderna, Adam Smith, lo dice bien claro en su biblia: el motor de la riqueza (y a eso lo llamamos liberalismo) es la ambición, el egoísmo, el interés; se trata de gastar lo mínimo y de ganar lo máximo. El Estado, por el contrario, tiene que gastar mucho y ganar poco, porque su misión no es hacerse rico, sino ayudar al indefenso. Evidentemente para gastar dinero antes hay que ganarlo, y eso puede hacerse de tres maneras: cobrando impuestos, volviéndose empresario o aliándose con la empresa privada; lo primero es necesario, pero doloroso; lo segundo tiene sus límites, porque las empresas públicas tienen vocación de servicio y eso limita sus ganancias; lo tercero sería ideal, pero tendríamos que saber cómo se hace. Y está también el gran problema de las empresas: la corrupción. Hay gestores públicos que meten mano en el dinero de todos y se llevan buenos bocados: eso es cierto, pero no habría que deducir de ahí que hay que acabar con las empresas públicas para acabar con el problema; la iniciativa privada también tiene sus corruptos, y sin necesidad de llegar a Julio César Arana o James Maddoz, podríamos recordar que hay empresarios que han esquilmado sus empresas, o dueños subordinados que han prosperado a costa de robar a los dueños principales, o dueños de bancos que han robado a sus propios bancos: como  hizo Mario Conde. Eso sin contar que, si no hay regulación de comercio, las prácticas comerciales pueden llegar a confundirse con las de los piratas. No, para combatir la corrupción pública no hay que acabar con la empresa pública, porque en la empresa privada también hay corruptos. La solución está en otra parte.
            El comunismo antidemocrático ha pretendido poner la economía al servicio del pueblo: los hechos hablan por sí solos. La economía liberal ha pretendido crear bienestar colectivo con el egoísmo privado: los hechos hablan también. Quizá la solución haya que buscarla en la postura de un Vargas Llosa suponiendo que en una economía liberal debe haber gente valiente (héroes) para corregir los errores y los excesos; o todavía mejor, en una postura intermedia: esos excesos no pueden ser corregidos por los individuos, sino por el Estado; y es la socialdemocracia, que viene de la mano de Keynes. La socialdemocracia también ha fracasado, ¿y por qué? Porque si se sostiene sobre la presión fiscal, el progreso hace la vida más atractiva y, para disfrutarla, las parejas cada vez tienen menos hijos; paralelamente el progreso hace que la gente viva más; el resultado es que cada vez nacen menos jóvenes y hay más viejos que mantener (porque el Estado ya se ha gastado lo que ellos aportaron en su día para que no los sostuviera nadie). El problema de la socialdemocracia es demográfico: el envejecimiento de la población; el Estado gasta más en los necesitados y cobra menos impuestos de la fuerza de los jóvenes. Hay que buscar la manera de hacer compatibles la calidad de vida y el crecimiento de la población; tener hijos no debería significar que renunciáramos a disfrutar; sobrevivir como especie no debería ser incompatible con vivir bien como individuos; que no sepamos hacerlo no quiere decir que no lo podamos hacer; es cierto que saber es poder, pero incurriríamos en una falacia si dedujéramos que seríamos impotentes si no supiéramos cómo actuar; la ignorancia de hoy puede ser el conocimiento del mañana. 


            Éstas son las bases sobre las que se mueve actualmente la sociedad. Sobre estas bases tendremos que buscar la solución al desastre económico que seguirá a la pandemia; una solución que evite la guerra europea. Lo primero que se nos ocurre es gastar: que los Estados inviertan mucho dinero. ¿Problemas? Que ese dinero se gastaría en ayudar a la población vulnerable, no tanto en producir. Y que eso endeudaría a los Estados: los cuales quedarían expuestos a la depredación de sus prestamistas, que, siguiendo las leyes del mercado, les cobrarían intereses abusivos. La solución podría estar en que los países ricos compraran deuda de los países pobres y que no los asfixiaran con sus intereses, y ahí es donde vuelve Europa.
            Si algún sentido tiene Europa es, hoy, la solidaridad. Sobre esa solidaridad se creará mañana el beneficio; la alternativa, si destruimos Europa, será la guerra de todos contra todos. Alemania y Francia volverán a ser enemigos. Francia y el Reino Unido se mirarán otra vez con desconfianza. Pero lo peor es que los países ricos no quieran compartir nada con los países pobres. Holanda, Austria, Alemania, Cataluña, el Reino Unido barrerán todos para sí. Nada importarán los vecinos, por más que estén llamando a la puerta, como decía un soneto de Lope de Vega: ¿cuántas mañanas llamaste a mi puerta? Y no te abrí. ¿Y cuántas otras contesté: mañana te abriremos, para lo mismo responder mañana?
            Aquí hay que mirar a los pueblos en relación con sus élites. Podríamos decir que el pueblo (así, simplificando mucho) es el que sufre la vida, tanto para bien como para mal, y que las élites son quienes, por tener resuelto el problema de la vida, no tienen que preocuparse de vivir y pueden pensar: me refiero a las élites políticas e intelectuales; sería ideal que pudiéramos incluir a las élites económicas, pero la realidad no dice que, salvo en casos aislados como Yunus, tal vez Soros y Bill Gates, no es realista hacerlo: los hechos hablan, pero no solamente los hechos; también la ideología de Adam Smith. Quizá lo que llamamos “pueblo” tenga que escindirse en varios grupos: el pueblo llano que disfruta y sufre, y a veces se muestra generoso y a veces vive el rencor; los poderosos que se creen más que nadie, y que les puede la avaricia y la soberbia pero a veces son generosos, y unas veces disfrutan y otras ni pueden ni saben disfrutar; y la mezcla de los dos.
            Supongamos que las élites políticas e intelectuales orientan a Europa sobre la senda de la solidaridad. Hay en Europa líderes capaces de hacerlo, el problema son sus pueblos. Imaginemos que un país rico, por ejemplo Alemania, lanza una política solidaria a escala europea; una política altruista, pero que redundaría, con el tiempo, en su propio interés, y la propia Alemania, que hoy hace un sacrificio, mañana acabaría ganando. Esa decisión esclarecida de las élites alemanas les costaría cara en unas próximas elecciones: pues el pueblo alemán, guiado por sentimientos mezquinos e intereses de corto alcance, es muy probable que barriera a esas élites y las sustituyeran por demagogos que esperan ahí, agazapados, aguardando su momento: el momento del egoísmo, de la soberbia, de la insolidaridad y de la exclusión. Europa se rompería y es probable que cada Estado acabara saliéndose para recuperar su soberanía: seguramente para ser león en su propio desierto; que aunque fuera desierto al menos sería propio; y con eso ya estarían contentos. 


            ¿Y si Europa no sigue la senda de la solidaridad? ¿Y si, para evitar que la rompieran los nacionalismos excluyentes, obligara a que cada uno saliera de la crisis por sus propios medios? Entonces se destruiría a sí misma, porque sus señas de identidad, sus ideales de apertura y libertad quedaría en entredicho y una realidad europea contraria a las miras de su ideal sería una realidad inviable. Esta destrucción ideológica de Europa, sumida en sus propias contradicciones, iría de la mano de su destrucción política, pues esta vez serían los países pobres los que se retirarían; acabarían pensando (y con toda lógica) que si no pueden obtener solidaridad de sus socios recuperarían la soberanía que les entregaron; o más bien (porque nadie entregó nada a nadie) lo que cedieron todos para construir el ideal europeo por el que se sintieron atraídos.
            Ésa es hoy la encrucijada de Europa. Por un lado estamos condenados a vivir juntos y por otro hay en cada uno de nosotros ese instinto de independencia que subsiste como una rémora del pasado; como una inercia. Pero en el pasado, cuando esta idea existía apenas, espíritus esclarecidos como Erasmo y Andrés Laguna ya supieron ver en el futuro; y se dieron cuenta de que si Europa no se unía sería el desastre; y lo fue; la guerra de los cien años, que les precedió, dio lugar a la guerra de los treinta años, a un divorcio radical más allá de las religiones, a diversos sobresaltos que nos llevaron después a dos guerras mundiales. Dos suicidios colectivos, tan descomunales como insensatos. Dos pandemias políticas.
            El pueblo, o más bien los individuos, la gente de la calle, siempre sufre las consecuencias. Por eso no vota con la cabeza sino con el estómago, y pone rabia donde debía poner sensatez, donde debía poner corazón pone tripas. Las élites, que normalmente no sufren de la necesidad, pueden pensar con el corazón y con la cabeza, ser prudentes y generosas, aunque muchos no lo sean: pero, en principio, pueden serlo; todo está en que sean unas élites esclarecidas, ilustradas, como quería Kant; en espera de que lo fuese el pueblo.
            El problema es que las élites son una minoría, y las élites ilustradas todavía más. Y que en unas elecciones puede sacar más votos la inconsciencia que la sensatez, aunque tenga motivos. El mundo camina en ese sentido: no olvidemos que Aznar, cuando se enfrentó a Felipe González, se presentó como uno de tantos, pretendiendo confundirse con la gente corriente frente al carisma con el que sobresalía Felipe González; también Donald Trump se presentó diciendo “yo no soy como ésos” (un político diciendo que no es político es como un médico presumiendo de no serlo, qué paradoja: y la gente le votó). Hoy asistimos al triunfo de lo mediocre sobre lo excelente y eso puede hacerle pagar un precio a la democracia. El pueblo alemán votó a Hitler. Los rusos retiraron su apoyo a alguien que tenía algo que decir en la escena política, Mihail Gorbachov, convirtiéndolo en un residuo. Y cuando la democracia se corrompe, renunciando a mejorar su cultura y renegando de la calidad, es capaz de condenar a muerte al mejor de los atenienses, a Sócrates, acusándolo de corromper a la juventud. Es necesario el pueblo para decirles a las élites que pasan hambre (aunque las élites no la pasen). Y son necesarias las élites para recordarle al pueblo que hay problemas que no tienen soluciones rápidas; y que no podemos dar hambre para mañana si nos obsesionamos de manera insensata en dar pan para hoy. Es necesario un equilibrio, un desarrollo político sostenible, lo que Hans Jonas llamaba imperativo de responsabilidad: que la necesidad de sobrevivir hoy no nos impida humanizarnos mañana. En las élites se encuentra mayoritariamente la calidad, aunque también la tenga mucha gente del pueblo; y en el pueblo se encuentra la cantidad democrática, medida en votos que no siempre contienen las mejores opciones. El problema de la democracia es el de equilibrar la cantidad con la calidad, y la democracia es el problema de Europa, una democracia de rostro humano: ésa es su encrucijada. Sería estupendo que lo que construyen los políticos por arriba, cuando es bueno, no lo derribara la gente por abajo: que el futuro no sucumbiera a manos del presente, que la prudencia no cayera empujada por la necesidad.
            Pero hoy los políticos no tienen buena fama. Hay malos políticos, es cierto, pero de que muchos políticos sean malos no se deduce que lo sean todos. Hay que tumbar prejuicios y ése es el primero de todos, porque si acabamos con los políticos ¿quién nos librará del propio pueblo si enloquece (y la política es el antídoto de la locura)? Europa es el punto de mira del mundo. De que Europa no se rompa depende el futuro de la humanidad. Porque en Europa está la cultura que hemos heredado antes de Grecia, echando sus raíces en Asia, y teniendo un pasado tan viejo, tiene el mejor trampolín del mundo para mejorar el progreso; para construir la justicia no solamente desde en sentimiento, sino, a todas luces, desde la razón.
  



viernes, 29 de noviembre de 2019

ESFUERZO



ESFUERZO



I.                    

            Sacrificarse es renunciar a una cosa a cambio de otra. Yo puedo dejar de divertirme hoy para aprobar el examen de mañana; quedarme sin tiempo de ocio para costear los estudios de mi hijo; no escatimar esfuerzos para conseguir un objetivo; echar el resto para ganar un partido; sacar fuerzas de flaqueza cuando me invade el desánimo; empeñarme en conseguir lo que me propongo cuando he dejado de creer en ello; sacar toda las fuerzas que hay en mí cuando he empezado a sentirme débil; renunciar a una parte de mi sueldo para pagar, con mis impuestos, la ayuda de quienes están en situación de necesidad; sacrificarse es elegir entre dos bienes buscando el que más vale, el que más urge y el que más falta; en la vida, como en el deporte, como en la ética, como en el arte, hay que tener espíritu de sacrificio.
            Pero sacrificarse no es renunciar. No es eso sólo. Es renunciar a algo por otra cosa que vale más. Entre estudiar hoy para aprobar mañana y divertirme hoy renunciando al futuro, yo tengo que elegir lo mejor. Lo mejor no es siempre sacrificar el presente a cambio del futuro. Ni prescindir de él en aras del pasado. Si no he vivido por pensar en el día de mañana, cuando llegue ese día me daré cuenta de que ya no puedo disfrutar porque he perdido el tiempo; me habré ganado el futuro perdiendo el presente, y el presente son los ladrillos del albañil, y sin ladrillos no podremos construir ninguna casa: sin presente no podemos ganar ningún futuro. Encerrarse en una biblioteca para ser el mejor de los profesionales es construir prosperidad con el vacío, ganar el cielo y perder la capacidad de disfrutarlo, conquistar el mundo sacrificando el placer de disfrutar de tu conquista.
            Hay quien pierde la vida (y la vida es el presente) renunciando a todo con tal de vivir en el pasado. Pensar que en lo que fue está la sustancia de lo que es sin ver tampoco que en lo que es está la sustancia de lo que será. No vivir por revivir es llenar tu vida con lo que ya se ha muerto, y es como un coche sin gasolina, muy bello por fuera, pero vacío por dentro. Se puede sacrificar el presente en el altar del pasado. También o sacrificamos algunas veces en el altar del porvenir. Y sacrificamos el futuro, muchas veces, adorando el momento presente, y en aras del presente sacrificamos otras veces lo que fue nuestro pasado. No es bueno adorar unas cosas para justificar que no hemos sabido cultivar otras más valiosas que se nos escapan de las manos. No hay que confundir el cultivo con el culto (un campesino no se queda inactivo adorando su arado, sino que lo pone a trabajar la tierra, arando). Cuando fracasamos, levantamos un ídolo y le rendimos culto para olvidar que hemos fracasado. El culto a la vida no es más que amor a la vida y no tiene más sustancia que vivir. Pero cuando no hemos sabido vivir disfrutamos del culto, lo que no es más que derrota; y le intentamos dar a la vida, como si con eso pudiéramos revivirla, esa apariencia de vida hueca, descorazonada y fría, que vemos en el culto a la muerte. Para vivir no hace falta buscar la muerte porque la muerte viene sola; morir por vivir, a no ser que llenemos la vida y que la muerte no tenga remedio, no es vivir de veras.


            La vida no es sacrificio, pero está llena de él. La vida es, por encima de todo, goce: de nada sirve el sacrificio si no es para gozar. Disfruto del aprobado de mañana cuando he sacrificado hoy mi ocio, pero no debo aplazar ese placer hasta pasado mañana: a menos que pasado mañana me espere otro sacrificio en aras de algo más importante; pero no he de pasarme a vida aplazando siempre el placer, porque un placer siempre aplazado no es vivir, sino vender mi alma al diablo.
            He sacrificado mi placer para costear los estudios de mi hijo: sí, pero sólo el placer que se paga. Si no he podido ir al baile, al concierto, al cine o al teatro, por lo menos he podido salir a pasear, y respirar aire limpio caminando los domingos por el campo, y escuchar en la radio los conciertos que no me he podido pagar, y sacar de la biblioteca las historias que no he podido disfrutar en el cine, que en un país libre, por muy pobre que sea, siempre hay bibliotecas que nos salen gratis.
            Toda mi vida he querido comprarme un huertecito, adquirir un coche, ser el dueño de mi casa, hacer una canción, pintar un cuadro, escribir un libro. Me he esforzado todo lo que he podido y poco a poco lo estoy consiguiendo. Pero no a costa de vivir el día a día, no a costa de tomar una cerveza o subir al monte, no a costa de echar una partida de cartas, no a costa de hablar con el vecino, no a costa de disfrutar de la compañía de quienes tengo a mi lado. Esforzarme por un objetivo es como hacer una carrera y llegar a la meta: que el presente que vivo en cada instante siempre es punto de apoyo para proyectarme hacia la meta que estoy buscando; y los puntos en los que me apoyo son el presente renovado que se construye y se refuerza alimentando con sueños y alegrías, con fantasías y placeres de carne y hueso, construyendo el futuro con la sustancia del presente que se apoya en mi pasado.


II.

            Sacrificar es renunciar a una cosa a cambio de otra.
            Conquistar el mundo no sirve de nada si no puedes disfrutar de tu conquista.

            El rico se pasa la vida amasando fortunas; pero ser dichoso es, mucho más que ser rico, disfrutar de la fortuna que ha amasado aunque sea pequeña; porque nunca ha dejado de gozar mientras la amasa. ¿De qué le sirve el oro cuando no puede comer el rey Midas?

            La vida es el presente.

            Pedro está ahorrando para tener un piso, ¿cuándo podrá gastar el dinero? Mañana. ¿Cuándo se irá de viaje, cuándo pisará el teatro, cuándo entrará en el cine? Mañana. ¿Cuándo dejará por fin de vivir con estrecheces? Mañana. Y así pasan los días como pasan los segundos, estériles y rutinarios, uno tras otro; y cuando llega el momento de vivir ya no será tiempo porque la vida se habrá ido. El hoy que convertimos en mañana. 


            Hay quien pierde la vida renunciando a todo con tal de vivir; otros renuncian con tal de vivir en el pasado.
            La vida no es sacrificio pero está llena de él. La vida es sobre todo goce; de nada sirve el sacrificio si no es para gozar.

            Sufrir por gozar es ilusión; sufrir por sufrir es tontería. Castigamos al reo para que le duela como le ha dolido a la víctima a la que pegó, y no hacemos nada. Unos lo llaman ley del talión. Otros socialización del sufrimiento. Otros, simplemente, venganza. Sufrir por sufrir es masoquismo. Disfrutar del sufrimiento ajeno es ser sádicos. Pero ni el sádico ni el masoquista disfrutan nunca de verdad: disfrutar es, por encima de todas las apariencias, no admitir más sufrimiento que el estrictamente necesario para gozar; como quitarte un diente para hacer que desaparezca este persistente dolor de muelas.

Un placer siempre aplazado no es vivir, sino vender mi alma e hipotecarla.
            El presente que vivo en cada instante siempre es punto de apoyo para proyectarme hacia la meta que estoy buscando.

            Juego a las cartas y me divierto. Mañana también, y al día siguiente; y al otro. Y entre juego y juego no hay nada. Es un tiempo congelado hecho de instantes que no se siguen unos a otros, sino que son idénticos: y por eso, siendo tiempo están parados. Es el vacío la perpetua diversión que no sirve para nada: para nada más que para repetirse sin sentido; el hueco, la nada, la vacuidad del eterno retorno.
            Juego a las cartas y me divierto. Después viene el tiempo del trabajo. Y luego otra vez el tiempo del juego. Y es también una extensión de instantes contiguos que no se suceden entre sí, un nuevo vacío del eterno retorno.
            Juego a las cartas y me divierto. Y luego reanudo lo que estaba haciendo (era sólo un alto en el camino: para descansar). Hasta que lo termino. Y en cada instante encuentro el goce de terminar lo que empecé antes y de empezar lo que viene luego, el tiempo que le da continuidad. El instante ya no es un vacío dentro del tiempo, sino un deposito que está lleno. El tiempo vacío es una sucesión de instantes vacíos, y por tanto detenido; el tiempo detenido es un tren que no avanza, que está parado, que sigue a la muerte en el mismo sitio donde nació, sin haberse movido de él, sin haber hecho nada. El vacío de la nada existencial, de haber vivido estando muerto, el vacío de ser, el hastío, la nada. Pero el tiempo lleno está vivo porque se mueve llenando de vida cada uno de sus instantes; y ese estar lleno no es saciedad y hastío, sino plenitud. El tiempo que avanza buscando el camino de la eternidad es el tiempo feliz: por eso vive cuando le llega la muerte; y no es vacío de no haber llegado a ser; no es el camino que no ha buscado la felicidad; no es la nada

            No hay sacrificio sin motivación.

            Yo renuncio a gozar sólo si tengo la promesa de gozar más que si no renuncio. Si a mí me animan a trabajar mi capacidad de sacrificio será mayor que si me obligan (que la promesa de un premio tiene más energía vital que la amenaza de un castigo). Si me amenazan trabajaré, pero estaré apagado, oscuro y gris, desanimado y triste; en cambio si me mueve el ánimo estaré feliz, aunque tenga que desgastar la misma cantidad de energía.


            Sacrificarse es sufrir, y sufrir es resignarse; pero uno no se resigna por abandono sino para conquistarse.

            Quiero ir de vacaciones y el viaje cuesta caro. Pero alguien se ha puesto malo en mi familia y la curación cuesta cara también: cuesta, más o menos, lo mismo que el viaje que me estaba comprando; debo elegir; elegir entre el viaje y el hospital; las dos cosas son buenas, pero una vale más que la otra aunque ambas tengan el mismo precio; curar es más caro (es decir más querido para mí), pero viajar… Desde hace mucho tiempo tenía ganas de viajar, ¿qué hago?
            Hay que renunciar. Hay que resignarse. Hay que elegir. No hay más remedio que sacrificar y elijo, entre cosas del mismo precio, la que más vale. Soy feliz porque he elegido la mejor, pero sufro porque me he quedado sin la otra: que la que me apetecía tanto. Una cosa tengo clara: que no me he resignado a dejar de vivir sino a vivir mejor; pues vale más el cariño que el paisaje, tener el corazón atado que el cuerpo libre, que amar es tener la libertad atada a un corazón libre siendo libre tu corazón también, y viajar sin corazón, por muy libre que seas, es la mayor prisión que puede haber en el mundo.
  






viernes, 23 de noviembre de 2018

EL JARDÍN SECRETO





EL JARDÍN SECRETO   


             Es un niño enfermo. Lo cuidan con mimo para que no se muera. Le cierran las ventanas para que no entren las esporas, que le tapan los pulmones: y vive en su casa, apartado de la luz, sin sentir el aire, condenado a no ver el cielo, ni las flores, ni las hojas, prisionero en su caverna.
            Un día llega una niña que se escapa de la caverna. De ese mundo de sombras donde no se puede salir, gobernado por un ama de llaves, implacable y férrea, empeñada en aislarlos de la vida para que sigan vivos. Para que su vida no corra peligro. La niña, al escapar, se mete en un jardín prohibido; un jardín donde algún día murió su tía, y su tío, sumido en la melancolía desde entonces, lo mandó cerrar a cal y canto y esconder la llave. En el jardín descubre que la naturaleza está viva. No hay flores, pero las ramas están creciendo: y brotarán cuando brote la naturaleza; cuando eso sucede todo es una borrachera de colores, un chorro de luz, una explosión de vida.
            El niño enfermo no conoce la luz: sólo a través de los cristales oscuros de su ventana. No conoce el aire: sino el aire viciado que oxida las paredes, encerrado y rancio, que rezuma por la casa. No conoce los colores: sino los tonos grises y duros que salen de los muebles, los volúmenes pesados, los espacios recargados, las maderas macizas, la vida marrón y oscura que gravita inmóvil en torno a las tinieblas.
            En el jardín, afuera, bailan los pétalos y pían los pájaros; de los capullos salen mariposas bellas, sublimes y alegres, con sus alas sin peso, con su danza etérea; las ovejas paren corderos que no saben andar, y tienen que aprender solos, renqueando, tropezando, desfalleciendo y cayendo, hasta que salen a la carrera. Pero uno imagina que entre el follaje hay arañas, culebras y escorpiones, ortigas y escolopendras; también hay cuervos y águilas, libres y bellas, pero cazadoras, agazapadas y aciagas; el peligro acecha tras la alegría, la libertad tiene un riesgo, hay setas de bellos colores cargadas de veneno, la muerte acecha entre la belleza.
            Mientras tanto el niño enfermo vive, protegiéndose de la vida, encerrado en un palacio, pesado, mortecino y ciego. Le tapan la boca con una máscara para no respirar aire puro, porque tiene esporas; lo tienen siempre en la cama porque no puede andar, y cuando anda lo hace, prisionero en su propia casa, atado en una silla de ruedas; apenas le dejan salir y cuando sale, asustados, mandan llenar la bañera de hielo y lo meten para que sufra porque es así como logrará vivir, dejando de vivir, alejándolo de los peligros y temiendo que le fallen las fuerzas. Porque ese niño morirá, lo saben todos; no llegará a mayor porque nació con la enfermedad, nació para ser enfermizo y vive para esperar, guardándolo de todos los peligros, la certeza inminente de la guadaña.
            Es la caverna de Platón. En ella está la falsedad, la pálida apariencia de las cosas, las sombras que son reflejos, una vida sin vivir, una vida atenuada, pesada y huera. Afuera está la verdad, el mundo  verdadero cuyas sombras penetran por las ventanas para oscurecerlas, no para reflejarlas como son, el mundo lleno de colores y de luz, y de espacios y libertad, y de alegría. Pero, ¡ay!, en ese mundo tan hermoso también hay peligros. Y en el mundo oscuro de la habitación no hay peligro alguno. Unos han elegido vivir a pleno pulmón aunque respiren los peligros de la vida, y otros prefieren aislar al niño de esos peligros aunque lo condenen a una vida disminuida. Hay que elegir. ¿No vivir por miedo a morir, o vivir aunque la vida sea riesgo? La vida sin peligros es una vida apagada, disminuida y velada, ensombrecida, mortecina.
            Porque el niño que descubre la realidad, la que le cierran el ama de llaves y los muros de su casa, ya no quiere volver al mundo de sombras en que lo criaron desde que nació; y, qué curioso, empieza a andar en cuanto prescinde de su silla de ruedas; a respirar a pleno pulmón en cuanto se libra de la máscara que lo protegía de las esporas; y su cuerpo se llena de energía en cuanto sale del mundo mortecino que lo protegía de la luz. Igual que el prisionero de Platón; el que se escapa de la caverna. El exceso de protección es un sinvivir, que es la vida que se atasca entre los muros de la cueva; porque vivir, vivir, es estallar de alegría en un mundo abierto donde los peligros acechan; que aislarse de la vida por no morir es mala solución para el peligro de vivir soltando todas las fuerzas; o morir en vida por miedo a la muerte, o vivir la vida aun a riesgo de perderla.
            Es el mundo de Alicia. Alicia en el país de las maravillas. Sólo que el mundo de Alicia está lleno de peligros. Su vida es un sueño de aventuras en lucha contra la locura y la arbitrariedad: también la arbitrariedad de la reina que corta cabezas. Si vives, tienes que luchar contra la vida: precisamente para vivir. De lo contrario estás condenado a no luchar para no arriesgar la vida y esto sí que es, desgraciadamente, un sinvivir; hay prisioneros que tienen miedo a salir de su caverna; porque les falta fuerza; porque tienen la poca energía que da la sombra, adonde no llega el sol, y los microorganismos fermentan o pudren las cosas creando una energía disminuida y de poco rendimiento; a diferencia del sol, que alimenta a las plantas produciendo en ellas borracheras de color y derroches energéticos.
            Es como el mito de Orfeo. Sólo que Eurídice entra en la cueva para no volver y aquí, cuando se sale al mundo, ya no se quiere volver a la cueva. La vida nos ha enseñado a reír, pero también a llorar, lo vemos al final de la historia: puro Nietzsche al final del cuento. Por eso esta película, además de estimulante, entretenida y hermosa, tiene su moraleja. Se llama El jardín secreto. De Agnieszka Holland. Una directora polaca que acabo de descubrir en el festival MUCES de Segovia. Recomendable por todos los conceptos. Y quien tenga luces, que la vea.  





viernes, 4 de mayo de 2018

EL GENARES EN RUSIA





EL GENARES EN RUSIA  
  

            Uno de aquellos jóvenes idealistas deseaba conocer en directo la revolución que estaba en marcha. Y se fue de viaje a Rusia (por aquellos tiempos, la Unión Soviética). Creyó que volvería contando las bondades del socialismo y volvió contando… que no le quisieron vender helados. Fue el caso que todos los españoles que estaba alojados en el hotel quisieron comprar helados por el mucho calor que hacía, y el camarada vendedor no quiso porque ya eran las ocho de la tarde: justo la hora a la que él cerraba su tienda. (En el viejo mundo capitalista el chiringuito habría seguido abierto media hora más, y hasta dos si hacía falta, para vender de golpe sesenta helados a sesenta turistas). Contó también que había visto regar los campos un día de lluvias torrenciales porque lo habían planificado desde hacía tiempo. Y que no pudieron visitar el país libremente porque las autoridades se encargaban de que sólo se visitase lo que ellas querían. Aun así, al volver se compraron un buen coche soviético; y como las soldaduras del Lada se caían a pedazos, acabaron comprándose un buen coche capitalista.
            También recuerdo cuando, siendo estudiante, trabajaba durante el verano para hacerme con algún dinerillo. Trabajé en los montajes, en una gran fábrica de productos químicos. Me tocó con un viejo comunista que había decidido ir aquel año de vacaciones a Yugoslavia: y ante el aburrimiento soberbio de un turismo espartano decidió, desde entonces, que pasaría siempre sus vacaciones en una buena playa capitalista. Tal otro había comprobado que en una fábrica soviética el obrero se escaqueaba de la tarea todo lo que podía (no le iban a pagar más: total, a él le daba lo mismo); y no sólo perdía el tiempo con un aburrimiento descomunal, sino que el desinterés y la desidia generaban productos de una calidad ínfima; luego pasaban al consumidor para no alegrarle la vida más de lo que un lingote de oro se la alegra a un perro. Recuerdo también que, estando trabajando en las carreteras, terminamos de asfaltar el camino que conectaba una casa con la carretera vecinal; y, como nos sobrase todavía medio camión de asfalto bien caliente, le preguntamos al dueño: ¿lo aprovechamos para asfaltar el pueblo? Total, el asfalto y la mano de obra ya estaban pagados, al pueblo le iban a salir gratis. A lo que el buen señor nos dijo: “que el ayuntamiento se lo pague si quiere, que esto es mío; así que lo vais a tirar ahí, en la cuneta”. Entre la falta de solidaridad de este campesino capitalista y la falta de implicación de aquel obrero soviético, o del camarada que vendía helados, ¿no había más semejanzas que diferencias? Al campesino le faltaba solidaridad, al camarada le faltaba motivación: el incentivo. El primero pensaba que, si él había asfaltado su casa con su trabajo, el ayuntamiento tendría que trabajar también para asfaltar el suyo; y el camarada pensaba que, trabajara más o trabajara menos, a él le iban a pagar lo mismo. El campesino, obsesionado con su trabajo, no podía concebir, aunque lo entendiera, que el trabajo no era un arte individual, sino un esfuerzo colectivo; y el camarada no sentía que en su trabajo estaba el bienestar de sus conciudadanos además del suyo. Los dos comprendían lo que era mejor para todos pero ninguno lo aceptaba: el uno porque creía que ayudar a los demás era sostener vagos, y el otro porque no sentía que su trabajo repercutiese en el bienestar de los demás y por lo tanto tampoco en el suyo; el primero creía sólo en él, y el segundo no creía en la sociedad: tampoco en sí mismo. El primero adoraba al dinero en el mismo altar en que le rendía culto al individualismo; y el segundo, en el altar del socialismo, no podía rendirle culto a la propiedad, y por lo tanto se desentendía de lo que no era suyo: igual que el campesino que no había querido regalarle al ayuntamiento el asfalto que le sobraba. Desde dos horizontes opuestos, capitalismo y socialismo, los dos acababan adorando al individuo: el primero estaba vacío porque era tan pobre que no tenía más que dinero; y el segundo vacío también, porque era tan pobre que no sabía aspirar más que al dinero: y no podía. Capitalismo y socialismo habían desembocado en la misma suerte de nihilismo: no creer en nada, no confiar en nada, nacer y vegetar sin esperar nada, consumidos en su riqueza el uno, el otro en su pobreza, y ambos en la misma miseria moral: la de vivir sin ilusión, el horizonte ciego, la pasión seca, la mirada vacía, la razón sin esperanza; vivir sobreviviendo, sin ninguna motivación; y la fe en un mundo mejor, desguarnecida.