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viernes, 19 de noviembre de 2021

EL MUNDO DE HOMERO

 

 

EL MUNDO DE HOMERO

VIRTUDES…

 


            No sirve entonces ser astuto en el valor. En el valor hay que ser prudente, como Telémaco[1]. La prudencia (valor templado en la cabeza o cabeza templada en el corazón) no la tuvo Ulises. Ulises se creyó que bastaba con tener razón para ser justo, y la razón fue mala cuando quedó sembrada entre las tripas. Mientras tanto ¿qué hacia Penélope? Esperar: discreta Penélope[2]. Penélope, belleza y juicio[3]; el buen juicio, que al de Ulises lo perdió la vehemencia, y perdió el sentimiento a fuerza de sentir tanto. Penélope, virtuosísima[4], intachable esposa. Conservó la memoria de Ulises y ella perdurará constantemente en nuestra memoria. Lo bueno, lo que vale la pena recordar; la gente buena, será recordada por los siglos de los siglos.

            En el pecho nos gobierna el ánimo; bueno o malo, el ánimo agita el sentimiento en nuestro pecho[5]; y las cosas que resultan feas para los otros pueden ser gratas para mí, por haberme dado la naturaleza esa inclinación; “que no todos hallamos deleite en las mismas acciones”[6]. A unos les gusta el campo, a otros los remos; a unos la casa, a otros la pluma: cada cual tiene sus vocaciones, cada cual tiene sus fuerzas. Pero hay quienes tienen el ánimo excitado y aturdido el entendimiento y no todo es bueno en esos gustos; puede ocurrir que el ánimo esté deformado, y tenemos mal gusto. El vino, el vino vuelve loco nuestro ánimo[7]; el vino puede perturbar el entendimiento[8].

            De entre las cosas que ocurren, unas se recuerdan en nuestro mundo, otras se recuerdan en todos los mundos. Unas se transmiten a través de nuestro pueblo; otras atraviesan el alma de todos los pueblos. Unas son el alma de mi tierra, otras son el alma de la humanidad entera: sólo estas últimas son las virtudes; los vicios yacen escondidos entre ellas en las primeras. La virtud es un esfuerzo por hacernos mejores; pero algunos prefieren más que ser buenas personas, ser buenos guerreros. No se lo podemos reprochar a Ulises: ésa fue su época, y Ulises fue un sarmiento crecido entre las uvas de su tiempo.

            Hospitalidad. Amor. Inteligencia. Astucia. Mando. Fuerza. El ideal de la paz. Tales fueron las virtudes de los tiempos de Homero; que no sabemos si fueron también las virtudes de Ulises. El tiempo es una casa donde vivimos. Podemos mirar el mundo desde nuestra casa, y entonces lo que sucede como ha sucedido siempre es razonable. Pero también podemos mirar las cosas desde fuera de nuestra casa; y desde fuera de las otras casas que se levantan fuera de la mía. Estén cerca o estén lejos; podemos contemplar el mundo desde fuera de todas las épocas y de todos los lugares; es decir, desde ninguna parte; entonces nos parecerá razonable lo que sucede siempre, aunque no sea lo que siempre sucede en nuestra casa. Vivir es estar a caballo entre dos tiempos: el nuestro y el de la eternidad; el nuestro nos da las razones donde hemos crecido; el otro nos da las razones que lo eran antes de nacer. Por eso la vida es un viaje. Vivir es vagar y vagar es estar perdido; unas veces buscamos sin rumbo, otras veces erramos sin rumbo. Y cuando salimos de casa nos sentimos perdidos. Aunque a veces sentirse perdido es la primera señal de que estamos en el camino. La vida es una cuerda perdida entre la soledad y la pereza. 



            Pues las virtudes son las virtudes del mundo que hay fuera de las casas: algunas veces las rodea; otras las penetra. Virtudes de los tiempos homéricos. La hospitalidad. “Tan mal procede con el huésped quien le incita a que se vaya cuando no quiere irse, como el que lo detiene si le cumple partir”[9]. Palabras de Menelao. Antínoo. Los pretendientes quisieron quedarse pero Ulises los estaba echando. ¿Era Ulises poco hospitalario? Hospitalarios eran los feacios. Que, cuando Ulises quiso marcharse, lo acompañaron en uno de sus barcos.

            No. La hospitalidad era una costumbre de la casa de Ulises. Pero se levanta sobre una costumbre que comparten todas las casas. Que el huésped respete a su anfitrión; que si no están esos cimientos universales no podremos construir el edificio; que las virtudes de una época se construyen sobre las que atraviesan todas las épocas, sobre las virtudes de la humanidad.

            Inteligencia: “viendo la paja conoceréis la mies”[10]; veréis en las apariencias lo que late escondido en lo profundo; la inteligencia, unas veces, sirve para convencer; otras es el cemento del engaño. Y ahí se convierte en astucia. Ulises, astuto, engañó al cíclope que los avasallaba; y salió del antro donde los daban por muertos[11]. Pero también mató a inocentes engañándolos con su astucia: niños murieron en Troya junto a los combatientes; y también murieron mujeres y ancianos: atrapados en el caballo de Ulises, pérfido, injusto, desolador, y malvado. Sin embargo el saqueo estaba bien visto. Era una costumbre de su tiempo, y Ulises, al abrir una orgía de sangre, sólo pudo ser un héroe de su tiempo. Y se perdió la ocasión de ser el héroe de todos los tiempos.

            Mandar. Esclavizar. El jefe no es el guía de su pueblo, sino el que lo alimenta para esclavizarlo. “No toleraré que permanezca ocioso quien coma de lo mío”[12]: así vive Telémaco; y en sus palabras late el espíritu de la época y el de todos los tiempos. Como habla desde su época, dice: si quieres comer, obedece; y si hablara fuera de ella diría: si quieres vivir, trabaja: ése es el espíritu de todos los tiempos. Está en la fábula de Esopo. Un labrador dijo a sus hijos en su lecho de muerte: buscad debajo de la tierra, en ella hay un tesoro; los hijos cavaron todo el campo y no lo encontraron, pero aquel año la tierra dio sus mejores frutos; la fábula enseñaba que el trabajo es un tesoro; pero el trabajo es libre, y no se condena a la esclavitud dando la libertad en precio, a cambio de comida, para que obedezcas a quien no sabe mandar.

            Fuerza. La fuerza mana de la inteligencia, nunca contra ella; de lo contrario será violencia, furia, crueldad. La verdadera fuerza no se deja atrapar por la ira (Ulises cayó prisionero de ella). Fuerza del ánimo: los bríos. Fuerza del brazo: el vigor. Así lo dice Telémaco cuando habla con su padre: pues que “dicen que tu consejo es en todas cosas el mas excelente”, nosotros seguiremos tu consejo; “y no han de faltarnos bríos en cuanto lo permitan nuestras fuerzas”[13]. Así lo decía también don Quijote: “sus fueros, sus bríos; sus premáticas, su voluntad”; no hay leyes que no procedan de la fuerza, y no hay fuerza sana si no procede de la voluntad. De la voluntad, no del capricho, ni de la ira; ni de la mediocridad. Penélope nos recuerda que somos de vida corta; y mientras al cruel lo insultan después de muerto, al intachable le dan una fama que alarga su vida después de morir[14]; y si nuestra vida se ha de acabar un día, sólo la del bueno perdurará siempre en nuestra memoria; y hasta traspasará la barrera de nuestro tiempo; y seguirá vivo más allá de nuestro mundo, en los tiempos de los tiempos. Porque no será el héroe de la guerra, sino de la paz. “Ámense los unos a los otros”[15], dice Zeus; y que se olviden todas las matanzas; pero Zeus presupone que algunas matanzas son necesarias; Ulises era necesario en la sociedad de Homero. Nosotros no lo necesitamos hoy. Ulises se convirtió en un magnífico héroe para los griegos, pero perdió la oportunidad de convertirse en el mejor héroe de todos los tiempos.

 


…Y VICIOS

 

            La inteligencia nos sirve para despertar el ánimo, para inervar la fuerza, para cimentar el amor; no para dirigir la astucia en contra de nosotros. En Ítaca los pretendientes, soberbios, pronunciaban buenas palabras “revolviendo en su espíritu cosas malas”[16]; cuando el espíritu no es el reflejo de las palabras: dos caras, una distinta de la otra; hipocresía; para maquinar contra Telémaco “la muerte y el destino”[17]: lo mismo que contra los otros hacía su padre. ¡Oh, Ulises, fecundo en ardides! Cuando tu astucia maquina contra los otros eres sabio, pero cuando te lo hacen los otros a ti son crueles: y vas a jugar siempre con un doble rasero; bueno lo que te favorece, aunque a otros perjudique; malo lo que te perjudica, aunque beneficie a todos.

            Lo contrario de la soberbia es la timidez. Pero “al que está necesitado”, dice Homero, “no le conviene ser vergonzoso”[18]; y hay quien, “obligado por la necesidad”, cantaba ante los pretendientes: como el aedo Femio[19]; el mismo que, defendiéndose ante Ulises, decía:

            -No he entrado yo en esta casa de propio impulso, ni obligado por la penuria; me han forzado a que venga[20].

            Timidez, dignidad, soberbia: la fuerza o la penuria nos arrancan la timidez, el impulso nos lleva entre la dignidad y la soberbia; la pérdida de la dignidad nos lleva a la soberbia, y la ira es el vestíbulo por donde se va; de ahí que Homero nos recomiende paciencia. Hay que contener la cólera en el corazón[21], conservar la fuerza, pero sin perder la inteligencia: la única que puede convencer al ánimo[22]; evitar que el ánimo sea cruel, “más duro que una piedra”[23].

            Ser duro es no sentir, sentir es ablandar el ánimo. La envidia. La envidia es una sensibilidad ciega para lo que no sea nuestro. Arneo. Iro. El mendigo que intentó echar a Ulises de su propia casa, sin saberlo.

            -En este umbral hay sitio para los dos –dijo Ulises- y no hay por qué envidiar las cosas del otro[24].

            Y sin embargo las envidiaba. Quería todo el sitio para sí y no compartirlo con ningún mendigo. Pensar en sí, sin importarle el mundo; pensar en hoy, sin importar mañana; aquel mendigo era verdaderamente pobre; miserable; pobre de comida, y de espacio y tiempo. “¡Rústicos necios que no pensáis más que en lo del día!”[25] Sólo os preocupa lo inmediato, lo importante os deja fríos; no tenéis ideales, ilusiones, ni futuro; sólo os importa el momento, la comida; matáis de hambre vuestro espíritu preocupados sólo de alimentar vuestro cuerpo; os habéis vendido por un plato de lentejas. 



            Ahora se han caído las máscaras, estamos presenciando el ocaso de los ídolos. Penélope era injusta, Ulises cruel. No eran nobles en la fortuna, sino en el infortunio. Ulises era colérico, Penélope despreciativa. Ulises se desnudó de sus andrajos. Tensó el arco, disparó la flecha. La flecha pasó por el ojo de las segures. Y Penélope musitaba:

            -No voy a casarme contigo. No sería razonable.

            Momentos antes se había comprometido a casarse con quien lo hiciera. Y al ver que uno de ellos no era un príncipe, al punto precisó: contigo no. Porque no importaba que fuera bueno, lo importante era que, aunque malvado, fuera hijo de un rey, un príncipe. Penélope no miraba desde lejos para ver el bosque. Miraba desde dentro y sólo veía árboles. Y si lo razonable necesariamente era lo justo, allí, ante todo, tenía que ser la tradición y la costumbre; aunque no fuera lo justo; aunque valiera más un plebeyo que un noble. En la óptica de la nobleza era Penélope un espíritu mediocre: que prefería las cosas de su tiempo, hasta tal punto su tiempo la impregnaba; y su amor por la humanidad palidecía un poco, porque nos cuesta más mirar desde la óptica de todos los tiempos; la tradición es, para el espíritu, el mundo de las preocupaciones del día; la preocupación que vale está en el mundo de la humanidad entera; de las ilusiones puras; de los ideales.

            Todo es fruto de la dedicación. Del esfuerzo. Quien es “ducho en malas obras no querrá aplicarse al trabajo, antes irá mendigando”[26] ; mendigando para su vientre; su vientre insaciable.

 


 



[1] Homero, La Odisea, p. 196.

[2] Ibídem, p. 214.

[3] Ibídem, p. 237.

[4] Ibídem, p. 308.

[5] Ibídem, p. 227.

[6] Ibídem, p. 182.

[7] Ibídem, p. 241.

[8] Ibídem, p. 246.

[9] Ibídem, p. 191.

[10] Ibídem, p. 181.

[11] Ibídem, p. 259.

[12] Ibídem, p. 243.

[13] Ibídem, p. 296.

[14] Ibídem, p. 251.

[15] Ibídem, p. 315.

[16] Ibídem, p. 217.

[17] Ibídem, p. 264.

[18] Ibídem, p. 224.

[19] Idídem, p. 288.

[20] Ibídem, p. 289.

[21] Ibídem, p. 221.

[22] Ibídem, . 298.

[23] Ibídem, p. 295.

[24] Ibídem, pp. 231-232.

[25] Ibídem, p. 271.

[26] Ibídem, p. 221.

viernes, 5 de junio de 2020

LAS VIRTUDES DE LA VIDA




LAS VIRTUDES DE LA VIDA
  

Alma y espíritu.

            Mi alma no es una encrucijada entre el pensar y el sentir, sino una receta, una comida, un plato; cada alma es un plato distinto hecho con los mismos ingredientes, pero en distintas proporciones, y el mundo es un libro de recetas donde cada ser humano ocupa una página; luego cada página se llena en la cocina de la historia y se convierte en espíritu; y si cada alma es una forma distinta de combinar el sentimiento con la razón, cada espíritu es una forma distinta de vivirlos, porque las almas no pasan todas por los mismos sitios y tienen cada una su propia experiencia; y aunque haya personas que estén hechas más o menos de la misma forma, como si fuesen el mismo molde con muchas variantes, y cada molde distinto puede tener sus propias variantes, y encarnarse en personas distintas de distintas maneras: también la vida que llevan hace que las mismas variantes se expresen de forma muy variada; es como los coches, hay muchas marcas, cada marca tiene muchos modelos, y cada ejemplar del mismo modelo tiene su propia historia, y no tiene los mismos roces, sus dueños no tienen la misma forma de conducir, ni tienen las mismas cicatrices, ni han pasado por los mismos talleres.

Prudencia.

            El pensar se mejora buscando la prudencia. La prudencia es el empeño que tienen los pensadores por mejorar el uso que hacen de la razón. Podemos decir que ser prudente es poner los medios adecuados a los fines (ya sabemos que los fines no los pone la cabeza, sino el corazón); pues bien, si quiero un mundo pacifico no puedo buscarlo por medios violentos; si quiero que sea justo no puedo alcanzarlo con la injusticia; y si quiero que esté limpio no puedo hacerlo ensuciándolo.
            También podemos decir que la prudencia consiste en buscar los fines que tengan buenas consecuencias; el corazón busca los fines que están acorde con sus gustos, con sus estructuras motivacionales, con su vocación (y por encima de ellos, con la justicia, con el respeto, con el amor); pero la cabeza busca, partiendo de las metas que el corazón le marca (las metas del corazón son nuestro destino), los fines subordinados que tengan las consecuencias esperadas, aquellas que son acordes con las metas de la vida; si a mí me gusta la música y el corazón me adentra por la senda de la música, mi inteligencia debe buscar metas parciales que me ayuden a realizar mi objetivo: estudiar el lenguaje musical para empezar a tocar un instrumento, o aprender las dos cosas a la vez y mejorar el instrumento a medida que voy aprendiendo el lenguaje musical, escuchar también las cosas que me gustan, y escucharlas junto a las que no conozco para aprender composiciones nuevas que me gustarían ya si yo las conociera… La prudencia nos obliga a conseguir nuestros objetivos de la mejor manera, aprovechando el tiempo y llenándolo de satisfacciones. Y si ser prudente es buscar acciones que tengan buenas consecuencias y si éstas son las consecuencias que esperamos, entonces podemos decir que la prudencia está emparentada con la esperanza.
            Prudencia es también buscar los límites fuera de los cuales ya no es posible, ni sensato, ni razonable, el esfuerzo; ni tampoco el placer. Yo no puedo esforzarme en una carrera cuando estoy cansado, y no cejar en el empeño cuando mi cansancio es mayor, aunque me sienta agotado: hasta conseguirlo; pero nada más llegar a la meta me desplomo fulminado: se me ha partido el corazón; he conseguido llegar, pero forzando mi cuerpo hasta matarlo; la prudencia me dice que hay que tensar la cuerda sin que se rompa; cuál es la zona de peligro en que la cuerda se empieza a romper es algo que tenemos que descubrir (intuir más bien: atisbar o sospechar) después de informarnos.


Templanza.

            Ser prudente es sopesar nuestra conducta fuera del comer y el beber; en el beber, comer y embriagarnos la prudencia se llama templanza; hay que evitar, en el comer, las consecuencias contrarias a la salud; hacer compatibles los placeres con los límites de nuestra naturaleza; huir de la obesidad: también de la anorexia; ser goloso, pero apartarme de la gula, disfrutando de una manera saludable. Y lo mismo pasa con la sexualidad. El placer no debe ser obsesivo para que no nos quite el tiempo de disfrutar de otros placeres; o, si no es sensato disfrutar de todos los placeres por igual, adivinar la jerarquía de placeres que le da sentido a nuestra vida, guiada por nuestra forma particular del sentir, la que viene de nuestra naturaleza, que es nuestra vocación, donde se esconde la felicidad de cada uno en la forma particular que cada uno tiene de vivir la plenitud: de llenar de placer sus vocaciones; sus vocaciones, no sus apetitos; que no es lo mismo alimentar las tentaciones que atacan a nuestros gustos que alimentar la pasión que nos da sentido, las vocaciones que guían nuestro placer.

Justicia.

            Podríamos decir que la prudencia consiste en sopesar el esfuerzo, y la templanza, en sopesar el placer. Ya sabemos que el corazón es la fuente de donde manan la fuerza y el placer (y, en la medida en que los insertamos en el tiempo, la ambición); el espíritu donde se desarrolla nuestra fuerza es el ánimo, la moral alta, la valentía, la fortaleza, el coraje. Pues bien la prudencia, la fortaleza y la templanza son las tres virtudes básicas de Platón; las que constituyen el fundamente de nuestra vida moral; de la actuación coordinada entre ellas surge la justicia: vamos a ver lo que esto quiere decir.
            Si debo corregir un examen lo propio es que lo haga con la razón, intentando ser prudente; si lo hago movido por el placer (por ejemplo aceptando regalos y sobornos) y le pongo un aprobado a quien no se lo merece, esa nota será injusta; y si me mueve el coraje, el odio o el rencor, poniéndole mala nota a quien no me cae bien, aunque el examen sea bueno, mi valoración también será injusta. Los exámenes se deben corregir con la cabeza,  no con el corazón ni con las tripas; el placer como guía de la inteligencia no es buen consejero; ni lo es la fuerza con que sentimos nuestras obsesiones, como la rabia que le tenemos a una persona cuando no hay ninguna razón para odiarla.
            Platón asignaba cada virtud a una función social (no hay que confundir las funciones sociales con las clases sociales, aunque algunas veces se confunden). Los gobernantes deben ser prudentes; los soldados, valientes; y los sectores económicos, templados. Un soldado no debería gobernar, porque su misión no es mandar, sino defender el país: sería injusto, pues, usurpar las funciones de otro, dar un golpe de estado. Tampoco sería justo que gobernaran quienes se ocupan de la economía, porque no mandarían atendiendo a la razón, sino a sus propios intereses: el gobierno no debe pertenecer a ninguna oligarquía. Tampoco deben los ricos usurpar las funciones militares, ocupando los puestos de mando como privilegios, sin estar preparados: el mando debe estar reservado a quien sabe mandar, no a quien tiene dinero para comprarse títulos en las escuelas militares. Por último, también le corresponde al gobierno conducir la guerra; el gobierno debe ordenar la convivencia, pero la estrategia corresponde a los militares, que saben luchar; a menos que los gobernantes hayan aprendido también el arte militar; uno de los ejemplos más patéticos es el presidente Piérola, que, creyéndose soldado, dispuso toda la artillería donde creía que el enemigo iba a atacar, pero no atacó; y el lugar donde se produjo el ataque no tenía cañones para defenderlo.
            La justicia, según Platón, aparece cuando cada cual hace lo que le corresponde, sin meterse en las competencias de los demás. Por eso se puede resumir con la conocida frase: zapatero, a tus zapatos.


Confianza.

            La confianza es la fe. Esa palabra está en su raíz: fianza; nos fiamos de alguien cuando creemos en él, cuando tenemos fe en que no nos defraudará. Había un equipo de fútbol que casi nunca ganaba un partido, pero pensaba siempre que el próximo partido lo ganaría: era el equipo de Alcoy; así se forjó la expresión “tener más moral que el Alcoyano”, donde “moral” significa fuerza de ánimo, confianza en sí mismo, confianza en que el esfuerzo nos recompensará. La fuerza, en este caso, viene de la fe; si creemos que podemos ganar nos esforzaremos en conseguirlo.
            Hay un relato que cuenta cómo Yukón desplazó la montaña: carretilla a carretilla. Algo que parece imposible, como poner una montaña en otro sitio, se puede conseguir poco a poco, día tras día, sin desfallecer; si creemos que es posible, lo conseguiremos; en este caso tener fe es lo mismo que tener paciencia.
            Si quieres, puedes: es lo que se ha dicho siempre; no es verdad. Por mucho que quiera atar el sol con una cuerda (como dicen que hicieron los hermanos Ayar en la fundación del Cuzco, según la leyenda), no lo conseguiré; porque no forma parte de lo posible, y no es sensato perseguir imposibles; a menos que, como sucede muchas veces, llamemos imposibles a las posibilidades que cuestan esfuerzo y nos rendimos antes de empezar. Habría que decir: si quieres después de haberlo pensado, puedes; pero no quieras cosas que no puedes pensar: no las conseguirás; y pensar es razonar, intuir, recordar, sentir, imaginar.
            Un préstamo es un crédito. Los bancos nos prestan dinero si creen que se lo vamos a devolver. Esa creencia es la fe. Pero la fe que nos tienen los bancos es fianza, sólo se fían si les damos garantías de que les vamos a pagar, y una garantía es mucho más que una promesa: es pedirnos autorización para quedarse con nuestro coche, con nuestra casa, si no podemos satisfacer la deuda cuando venza el plazo; los romanos también se cobraban con nuestra libertad. De modo que dar un crédito, para los bancos, no es fiarse, no es creer en quien lo recibe, sino vender: te vendo dinero a cambio de que me pagues intereses o, si no puedes, me pagarás con tu coche, tu casa o tu libertad; la fianza no tiene que ver con la fe (de donde procede), sino con las garantías que tú le das; y recordemos que la garantía aquí no es una promesa sino una venta: un papel firmado que te compromete a cederle tus bienes al banco si no puedes pagar.
            Pero muchas veces los banqueros se fían de la fama, y entonces no necesitan pedir garantías. Si alguien tiene fama de rico y pide un préstamo para montar una empresa, el banquero, convencido de que es rico, se lo prestará sin garantías, convencido, además, de que los beneficios que dará la empresa superarán con creces el dinero que le habrá prestado; prestar, aquí, no es vender, sino confiar.
            ¿Y cuándo podemos confiar? Muchas veces necesitamos garantías para creer. Esas garantías pueden estar en el pasado, en la historia vivida en común: si yo he visto durante muchos años que tal persona es buena, me inclinaré a creer en ella, a confiar; en tales casos la experiencia compartida (la historia que nos une) es el fundamento de la fe. Cuando no hay un conocimiento previo de la persona, como es el caso de los bancos que prestan dinero, la confianza se cimenta en las garantías. Pero cuando no hay experiencia ni garantías no es sensato creer; de modo que la fe se apoya en la razón, en la prudencia. Si un desconocido nos pide que matemos al vecino porque está poseído por el diablo y, si no lo hacemos, nos llama gentes de poca fe; o si nos pide que creamos en dios y nos habla de un dios en cuyo nombre nos pide todos los meses nuestro sueldo, total o parcial; o si nos dice que no estudiemos porque la escuela es el foco del mal: si nos dice cosas como esas, gratuitas y sin explicarse, apelando sólo a la fe, ¿habremos de creerle? ¿No habremos de parapetarnos detrás del escudo de la razón, que es lo que dios, o la naturaleza, nos ha dado para defendernos de los demás? “Guardaos de los falsos profetas”, dice el mismísimo evangelio; porque la confianza no es la fe del fanático; sólo se puede creer apoyándose uno en la experiencia, en la garantía, o en la sensatez.


Esperanza.

            La esperanza es la hija de la confianza, y por tanto, de la fe. Si creo que puedo aprobar, espero aprobar, y mi esperanza será mayor cuanto más haya estudiado. Si crees que el mundo es bueno, confías en él, esperas que nadie te atacará: esperar es lo mismo que confiar y que creer. Cuando nos empeñamos en hacer algo solemos decir: “espero conseguirlo”, porque pondré mis fuerzas en el empeño; y esperar, como signo de confianza, es lo mismo que esforzarse.
            Otras veces tenemos esperanza dependiendo de que haya mayor o menor probabilidad de que se produzcan las cosas; por ejemplo, cuantos más números haya jugado, mayor esperanza tendré de que me toque la lotería. En este ejemplo vemos que la fe en la que se apoya la esperanza a veces contiene riesgos. Tenemos que esperar con prudencia, sí, pero a veces las cosas son probables, y no nos pueden dar mucha seguridad. Si estudio es posible que apruebe; es posible, no seguro; a veces por mucho que estudie todas las veces suspendo, y cuantos más intentos, más fracasos, y cuando hay muchos fracasos sobreviene la desesperación. No es sensato desesperarse si hemos elegido el camino correcto. Pero sí lo es si, valiendo para las matemáticas, hemos elegido estudiar lengua, y en el comentario de textos no tenemos talento; si nos empeñamos en hacer cosas para las que no tenemos vocación seremos infelices y, además, aunque lo logremos, resultará prácticamente difícil destacar. Lo bueno, lo sensato, será ajustar nuestros deseos a nuestra vocación: y entonces podremos tener esperanza, entonces no habrá mayor espejismo que la desesperación.

Amor.

            Muchas cosas se han dicho sobre el amor. Entre la amistad y el erotismo (y la pasión) se han establecido grados; pero también podemos suponer que amarse es lo mismo que desarrollarse, y amar a los demás es lo mismo que ayudarles a andar; yo me quiero tal y como soy, y, dentro de lo que soy, debo procurar ser siempre mejor; y no tenemos por qué querernos tal y como estamos en un momento determinado, porque nuestro estado no siempre coincide con nuestro ser: por ejemplo si estoy enfermo no quiere decir que mi naturaleza consista en estar enfermo; hay veces en que debemos salir de nuestro estado para volver a esa conexión interrumpida que teníamos con nuestro ser. Amar es entonces respetar la naturaleza de las cosas, empezando por la de uno mismo, y la mejor prueba de amor es huir de la degeneración y ser ambicioso con la superación; dentro, claro está, de los límites de la prudencia de los que ya hemos hablado. Lo que llamamos respeto es aceptar la naturaleza, no las jerarquías arbitrarias de la dominación. 


            Así pues, cuando cambiamos la maldad por la bondad estamos amando, y suele suceder que la maldad es la ignorancia: entonces la bondad coincidiría con el saber; pero también con el querer. Amar es querer, y querer es el deseo de realizar una vocación (en eso se distingue del capricho). El amor es un compromiso basado en un sentimiento, pues comprometerse sin sentir es automatismo propio de las máquinas; y el amor se cifra en el corazón, que es el sentir de la naturaleza, la felicidad que surge cuando actuamos como somos, la salud de ser lo que se es, la intimidad, la vida entrañable, el deseo de llenarnos de lo que nos pide nuestra vocación: eso es la plenitud; que se distingue del hartazgo en que en el hartazgo nos llenamos de cosas que nos dan placer sin satisfacer nuestro ser, nuestra naturaleza, nuestro sentimiento, lo que estamos llamados a ser.
El amor, pues, es el compromiso que emana del sentimiento, nos comprometemos porque nos queremos nosotros mismos y queremos a los demás. Porque los demás son nuestro espejo, y al verlos sufrir a ellos nos sentimos sufrir nosotros mismos, aunque no siempre sea con la misma intensidad. Querer a los demás es sentir sus sentimientos, sufrir sus sufrimientos, pensar como ellos aunque no compartamos sus pensamientos, ponernos en su lugar: en querer a quien sufre se cifra la piedad, que no es más que misericordia: de “cordis”, sentir las miserias ajenas con el corazón); es lo mismo que la compasión (“padecer con” los demás), y compadecerse es sentir la necesidad de ser generoso, porque la generosidad (la solidaridad, la caridad, el altruismo) es la necesidad y el deseo de ayudar. Y esto no tiene nada que ver con la compasión entendida como menosprecio (“no quiero tu compasión”), que no es el sentimiento de la pena, sino el deseo de degradar a la gente echándole en cara su pobreza, como si tuviera la culpa de ser pobre; cuando la pobreza no es producto de su pereza, sino de la mala suerte que ha tenido en la lucha por la vida. Eso mismo sucede a veces con la caridad, que se convierte fácilmente en espectáculo, representación en donde quien da construye su grandeza sobre la pequeñez de quien recibe, como si necesitara aplastarlo para sentirse fuerte: eso no tiene que ver con la verdadera caridad, el sentir fraterno que normalmente llamamos generosidad.

Las virtudes de la vida.

            Hay que modificar las cuatro virtudes de Platón: en ellas está la fortaleza que le faltaba a Nietzsche. Y modificar las virtudes teologales: en ellas está el amor que le sobraba a Nietzsche, y que también le faltaba a Platón. El amor y la fuerza son las dos caras del corazón: ninguna de ellas tiene sentido sin la otra; el amor no debe confundirse con la debilidad, con el servilismo, con la sumisión, y en todo caso es mucho más que la caridad; y la fuerza no debe confundirse con la soberbia, ni con la crueldad (como a veces le pasa a Nietzsche). Hay que levantar las virtudes de la vida, que es la reinterpretación de todas las anteriores: prudencia, fortaleza, fe, esperanza y amor. El amor es el vértice del edificio y la fortaleza la base que lo sujeta; la esperanza mana de la fe, que echa sus raíces en la prudencia y en el amor; y la prudencia es la compañera de viaje que se ha convertido en la cabeza del corazón. El corazón, con los pies puestos en la fuerza y provisto de unos ojos que sienten, tiene una cabeza que piensa y por eso puede creer, querer y esperar.
  


viernes, 29 de mayo de 2020

LA ENCRUCIJADA DE EUROPA




LA ENCRUCIJADA DE EUROPA


            Acabada la segunda guerra europea empezó la construcción de Europa. Unas mentes esclarecidas (o quizá una necesidad, quién sabe) se empeñaron en arreglar lo que unos niños habían destruido; unos niños egoístas, inconscientes y caprichosos. Querían unir las fuerzas que tiraban para sitios diferentes, hacer amigos a los antiguos enemigos, y evitar, tal vez, que la historia se repitiera. Alemania, que había invadido a Francia, se subió al mismo barco que los franceses. Y el Reino Unido, que se había enfrentado a Francia desde mucho antes de Napoleón, hasta se embarcó en el proyecto de unirse; el símbolo de esta concordia fue el avión supersónico que construyeron entre los dos: el Concorde.
            Después se acusó a la integración europea de ser un proceso meramente económico; la Europa de los mercaderes, se decía; su nombre era Comunidad Económica Europea, de modo que, desde sus propias señas de identidad, no tenía aparentes intenciones culturales, ni mucho menos políticas. Lo que se quería era derribar las fronteras, que circularan libremente las mercancías: no las personas. Las fuerzas centrífugas, en la izquierda, querían la Europa de los pueblos, y como eso no era posible, se oponían a ella; lo mismo pensaban en la derecha, desde la otra orilla.
            Todo cambió cuando el proyecto se abrió a la libre circulación de las personas. La Comunidad Económica Europea pasó a llamarse Unión Europea. Desaparecieron las fronteras no sólo para las mercancías, sino también para las personas; se facilitó el intercambio cultural y en el horizonte estaba, como una meta más o menos lejana, la unión política. Pero el proyecto de constitución europea, que impulsó desde Francia el antiguo presidente Giscard d’Estaing, fue rechazado en referéndum por los franceses; el mismo año que se aceptaba en España. Los Estados Unidos Europeos se convirtieron en una idea más lejana. Las fuerzas nacionales se fortalecían al tiempo que las de la unión se quedaban estancadas; Europa nunca tuvo una verdadera diplomacia común, los países se negaban a ceder soberanía, y hubo un compás de espera en donde lo centrípeto, en un equilibrio inestable, empezaba a conocer la parálisis frente a lo centrífugo.
            Luego vino la reacción del otro lado: los enemigos de la unión se hicieron más fuertes. En Francia los nacionalistas tiraban para dentro, luego en Austria; Italia se desgarraba por dentro, el norte rico no quería compartir nada con el sur pobre, y luego vendría formulado más claramente el rechazo de Europa; después vendría Holanda, Cataluña, hasta que el Reino Unido nos despertó a todos haciendo realidad la separación: el Bréxit puso racismo y xenofobia donde había habido convivencia; el nacionalismo catalán enfrentó a las comunidades menospreciando a los catalanes que vinieron de fuera y falseando la historia y lo que es peor: robando y corrompiéndose hasta la médula con los votos de buena parte del pueblo; si ha de haber ladrones (pensaban seguramente) mejor que sean de casa; pero no se les ocurría que pudieran luchar por un mundo sin ladrones, ni de dentro ni de fuera. La tensión nacionalista se contagió después a Hungría. A Polonia. A España. 


            Pero los europeos más esclarecidos siempre han abogado por la unión: dejemos a Carlomagno, a Carlos V, a Napoleón (y, por qué no, a Hitler) que quisieron hacerlo por las armas. Pensemos en la Europa de la paz. El camino de Santiago. Las universidades de la Edad Media. Erasmo. El camino de Santiago favoreció rutas de contacto, no sólo comerciales, entre los europeos. Durante la Edad Media los estudiantes podían enseñar y aprender en Bolonia, en Montpellier, el París, en Oxford, en Salamanca, y se entendían en latín: un espíritu infinitamente más cosmopolita que la España del año 2000, donde los padres se manifestaban para que el autobús no llevase a sus hijos al pueblo de al lado; y donde, para colmo del ridículo, se oponían a que se los llevaran, dentro de la misma ciudad, dos calles más abajo; esta estrechez de miras no tiene nada que ver con la amplitud de horizontes de la universidades medievales; en El nombre de la rosa Umberto Eco pone en escena a un profesor inglés, acompañado de un alumno alemán, viajando a una abadía que se encontraba en Italia; y en cuya biblioteca se deleitaban con los únicos ejemplares de algunos libros, en un mundo sin imprenta, que había en toda la cristiandad.
            Luego vendría Andrés Laguna. Abogaría por el entendimiento de las culturas, por el conocimiento de los pueblos, por la unión de los europeos. Porque más importante que las culturas son las personas, o, para decirlo con mayor propiedad, las culturas son el abono donde crecen, solidarias, las personas; las culturas, no los cultos; la razón y el sentimiento, no la exclusión y la ortodoxia; la apertura a lo que hay fuera, que es la lluvia que riega las tierras que han sido plantadas con el espíritu nacional. La única posibilidad de que los europeos no se mataran entre ellos era para Andrés Laguna que se unieran. Y con la inmensa variedad de sus territorios la cultura europea sería una de las más ricas del mundo. Cuando Stefan Zweig escribe sobre el fin del siglo XIX titula a su libro “Memorias de un europeo”; no de un austriaco, no, de un europeo. La apertura de miras siempre ha sido un abono excelente para la cultura. Hubo un tiempo en donde los griegos recuperaron la escritura, conocieron la moneda que facilitaba los intercambios, se fueron de la península a Jonia y de Jonia a Mesopotamia, conocieron a los egipcios, supieron de Gilgamesh y leyeron las tablillas babilonias, y entonces aprendieron de astronomía, de matemáticas y del mundo, y empezaron a observar: entonces empezó la filosofía; fue, dice la historia, cuando los griegos salieron de Grecia; entonces se hicieron más griegos.
            De todos los avatares que ha conocido Europa uno de los más duros ha sido la epidemia del año 2020. Que se fue convirtiendo en pandemia. Un microorganismo muy agresivo, una variedad de coronavirus, obligó a aislarse no ya a Europa, no ya a cada uno de los países, sino a las familias dentro de ellos. Las calles están desiertas. Las tiendas, cerradas, salvo las que son de primera necesidad. No hay bares, los hoteles no abren, se acabaron las aglomeraciones, las fiestas, no hay librerías y los libros se leen por internet. Se han interrumpido los intercambios, la policía intercepta a quienes hablan, sólo se puede salir a comprar o a pasear al perro. La crisis ha destruido los intercambios entre países, pero también dentro del mismo país, y como no es posible que los individuos vivan solos, los únicos intercambios presenciales se dan en la familia; luego están los intercambios virtuales, mucho bulo y poca esencia, y si antes encontrábamos algunas mentiras en la tele, hoy encontramos muchas mentiras en internet; antes la televisión era aprovechada por el poder para crear su farsa; hoy los wasaps y los tweets sirven para que todo el mundo cree su farsa, cada uno la suya, incluida la más peligrosa de todas, la del poder.
            Cuando hayamos derrotado al virus se acabará la crisis sanitaria; y por terrible que parezca sólo morirán unos cientos de miles de personas en el mundo; no diezmará la población como hizo la peste negra, y una pandemia no le llegará a la suela del zapato a aquella epidemia terrible: virtudes del progreso, contra el que muchas voces gritan. 


            Luego vendrá la crisis económica. Muchos vislumbran que será una crisis terrible, a todas luces devastadora. La experiencia nos dice que a todo desastre económico le suele seguir un desastre social, y que los millones de parados, excluidos del sistema, se ganarán la vida como puedan: en Estados Unidos se están vendiendo muchas armas porque la gente piensa que tendrá que defenderse de los robos que crecerán de manera descomunal. Pero los excluidos también pueden encontrar sueldo en las milicias de los desaprensivos, que se formarán para hacer estallar guerras terribles.
            Hay que evitar eso. Hay que ayudar a los parados, pero sobre todo crear empleo para que dejen de estar parados, y no sólo por humanidad: también por interés. Por humanidad: quienes tienen deberían sentir el deseo de ayudar a quienes no tienen. Por interés: si no lo hacemos viviremos en un mundo de destrucción. De modo que tanto por interés como por altruismo nos conviene ayudar a los demás.
            Ahora bien, esa ayuda no vendrá de la empresa privada. Habrá, sí, algunas acciones generosas, gente como Bill Gates o Amancio Ortega; pero la mayoría de los empresarios irán a lo suyo: la ganancia; ya lo están demostrando subiendo el precio de las mascarillas, que es un producto de primerísima necesidad para protegerse del coronavirus; y lo están haciendo en muchas farmacias.
            Es inverosímil, pues, que la solución venga de la iniciativa privada. Vendrá de los Estados. El padre fundador de la economía moderna, Adam Smith, lo dice bien claro en su biblia: el motor de la riqueza (y a eso lo llamamos liberalismo) es la ambición, el egoísmo, el interés; se trata de gastar lo mínimo y de ganar lo máximo. El Estado, por el contrario, tiene que gastar mucho y ganar poco, porque su misión no es hacerse rico, sino ayudar al indefenso. Evidentemente para gastar dinero antes hay que ganarlo, y eso puede hacerse de tres maneras: cobrando impuestos, volviéndose empresario o aliándose con la empresa privada; lo primero es necesario, pero doloroso; lo segundo tiene sus límites, porque las empresas públicas tienen vocación de servicio y eso limita sus ganancias; lo tercero sería ideal, pero tendríamos que saber cómo se hace. Y está también el gran problema de las empresas: la corrupción. Hay gestores públicos que meten mano en el dinero de todos y se llevan buenos bocados: eso es cierto, pero no habría que deducir de ahí que hay que acabar con las empresas públicas para acabar con el problema; la iniciativa privada también tiene sus corruptos, y sin necesidad de llegar a Julio César Arana o James Maddoz, podríamos recordar que hay empresarios que han esquilmado sus empresas, o dueños subordinados que han prosperado a costa de robar a los dueños principales, o dueños de bancos que han robado a sus propios bancos: como  hizo Mario Conde. Eso sin contar que, si no hay regulación de comercio, las prácticas comerciales pueden llegar a confundirse con las de los piratas. No, para combatir la corrupción pública no hay que acabar con la empresa pública, porque en la empresa privada también hay corruptos. La solución está en otra parte.
            El comunismo antidemocrático ha pretendido poner la economía al servicio del pueblo: los hechos hablan por sí solos. La economía liberal ha pretendido crear bienestar colectivo con el egoísmo privado: los hechos hablan también. Quizá la solución haya que buscarla en la postura de un Vargas Llosa suponiendo que en una economía liberal debe haber gente valiente (héroes) para corregir los errores y los excesos; o todavía mejor, en una postura intermedia: esos excesos no pueden ser corregidos por los individuos, sino por el Estado; y es la socialdemocracia, que viene de la mano de Keynes. La socialdemocracia también ha fracasado, ¿y por qué? Porque si se sostiene sobre la presión fiscal, el progreso hace la vida más atractiva y, para disfrutarla, las parejas cada vez tienen menos hijos; paralelamente el progreso hace que la gente viva más; el resultado es que cada vez nacen menos jóvenes y hay más viejos que mantener (porque el Estado ya se ha gastado lo que ellos aportaron en su día para que no los sostuviera nadie). El problema de la socialdemocracia es demográfico: el envejecimiento de la población; el Estado gasta más en los necesitados y cobra menos impuestos de la fuerza de los jóvenes. Hay que buscar la manera de hacer compatibles la calidad de vida y el crecimiento de la población; tener hijos no debería significar que renunciáramos a disfrutar; sobrevivir como especie no debería ser incompatible con vivir bien como individuos; que no sepamos hacerlo no quiere decir que no lo podamos hacer; es cierto que saber es poder, pero incurriríamos en una falacia si dedujéramos que seríamos impotentes si no supiéramos cómo actuar; la ignorancia de hoy puede ser el conocimiento del mañana. 


            Éstas son las bases sobre las que se mueve actualmente la sociedad. Sobre estas bases tendremos que buscar la solución al desastre económico que seguirá a la pandemia; una solución que evite la guerra europea. Lo primero que se nos ocurre es gastar: que los Estados inviertan mucho dinero. ¿Problemas? Que ese dinero se gastaría en ayudar a la población vulnerable, no tanto en producir. Y que eso endeudaría a los Estados: los cuales quedarían expuestos a la depredación de sus prestamistas, que, siguiendo las leyes del mercado, les cobrarían intereses abusivos. La solución podría estar en que los países ricos compraran deuda de los países pobres y que no los asfixiaran con sus intereses, y ahí es donde vuelve Europa.
            Si algún sentido tiene Europa es, hoy, la solidaridad. Sobre esa solidaridad se creará mañana el beneficio; la alternativa, si destruimos Europa, será la guerra de todos contra todos. Alemania y Francia volverán a ser enemigos. Francia y el Reino Unido se mirarán otra vez con desconfianza. Pero lo peor es que los países ricos no quieran compartir nada con los países pobres. Holanda, Austria, Alemania, Cataluña, el Reino Unido barrerán todos para sí. Nada importarán los vecinos, por más que estén llamando a la puerta, como decía un soneto de Lope de Vega: ¿cuántas mañanas llamaste a mi puerta? Y no te abrí. ¿Y cuántas otras contesté: mañana te abriremos, para lo mismo responder mañana?
            Aquí hay que mirar a los pueblos en relación con sus élites. Podríamos decir que el pueblo (así, simplificando mucho) es el que sufre la vida, tanto para bien como para mal, y que las élites son quienes, por tener resuelto el problema de la vida, no tienen que preocuparse de vivir y pueden pensar: me refiero a las élites políticas e intelectuales; sería ideal que pudiéramos incluir a las élites económicas, pero la realidad no dice que, salvo en casos aislados como Yunus, tal vez Soros y Bill Gates, no es realista hacerlo: los hechos hablan, pero no solamente los hechos; también la ideología de Adam Smith. Quizá lo que llamamos “pueblo” tenga que escindirse en varios grupos: el pueblo llano que disfruta y sufre, y a veces se muestra generoso y a veces vive el rencor; los poderosos que se creen más que nadie, y que les puede la avaricia y la soberbia pero a veces son generosos, y unas veces disfrutan y otras ni pueden ni saben disfrutar; y la mezcla de los dos.
            Supongamos que las élites políticas e intelectuales orientan a Europa sobre la senda de la solidaridad. Hay en Europa líderes capaces de hacerlo, el problema son sus pueblos. Imaginemos que un país rico, por ejemplo Alemania, lanza una política solidaria a escala europea; una política altruista, pero que redundaría, con el tiempo, en su propio interés, y la propia Alemania, que hoy hace un sacrificio, mañana acabaría ganando. Esa decisión esclarecida de las élites alemanas les costaría cara en unas próximas elecciones: pues el pueblo alemán, guiado por sentimientos mezquinos e intereses de corto alcance, es muy probable que barriera a esas élites y las sustituyeran por demagogos que esperan ahí, agazapados, aguardando su momento: el momento del egoísmo, de la soberbia, de la insolidaridad y de la exclusión. Europa se rompería y es probable que cada Estado acabara saliéndose para recuperar su soberanía: seguramente para ser león en su propio desierto; que aunque fuera desierto al menos sería propio; y con eso ya estarían contentos. 


            ¿Y si Europa no sigue la senda de la solidaridad? ¿Y si, para evitar que la rompieran los nacionalismos excluyentes, obligara a que cada uno saliera de la crisis por sus propios medios? Entonces se destruiría a sí misma, porque sus señas de identidad, sus ideales de apertura y libertad quedaría en entredicho y una realidad europea contraria a las miras de su ideal sería una realidad inviable. Esta destrucción ideológica de Europa, sumida en sus propias contradicciones, iría de la mano de su destrucción política, pues esta vez serían los países pobres los que se retirarían; acabarían pensando (y con toda lógica) que si no pueden obtener solidaridad de sus socios recuperarían la soberanía que les entregaron; o más bien (porque nadie entregó nada a nadie) lo que cedieron todos para construir el ideal europeo por el que se sintieron atraídos.
            Ésa es hoy la encrucijada de Europa. Por un lado estamos condenados a vivir juntos y por otro hay en cada uno de nosotros ese instinto de independencia que subsiste como una rémora del pasado; como una inercia. Pero en el pasado, cuando esta idea existía apenas, espíritus esclarecidos como Erasmo y Andrés Laguna ya supieron ver en el futuro; y se dieron cuenta de que si Europa no se unía sería el desastre; y lo fue; la guerra de los cien años, que les precedió, dio lugar a la guerra de los treinta años, a un divorcio radical más allá de las religiones, a diversos sobresaltos que nos llevaron después a dos guerras mundiales. Dos suicidios colectivos, tan descomunales como insensatos. Dos pandemias políticas.
            El pueblo, o más bien los individuos, la gente de la calle, siempre sufre las consecuencias. Por eso no vota con la cabeza sino con el estómago, y pone rabia donde debía poner sensatez, donde debía poner corazón pone tripas. Las élites, que normalmente no sufren de la necesidad, pueden pensar con el corazón y con la cabeza, ser prudentes y generosas, aunque muchos no lo sean: pero, en principio, pueden serlo; todo está en que sean unas élites esclarecidas, ilustradas, como quería Kant; en espera de que lo fuese el pueblo.
            El problema es que las élites son una minoría, y las élites ilustradas todavía más. Y que en unas elecciones puede sacar más votos la inconsciencia que la sensatez, aunque tenga motivos. El mundo camina en ese sentido: no olvidemos que Aznar, cuando se enfrentó a Felipe González, se presentó como uno de tantos, pretendiendo confundirse con la gente corriente frente al carisma con el que sobresalía Felipe González; también Donald Trump se presentó diciendo “yo no soy como ésos” (un político diciendo que no es político es como un médico presumiendo de no serlo, qué paradoja: y la gente le votó). Hoy asistimos al triunfo de lo mediocre sobre lo excelente y eso puede hacerle pagar un precio a la democracia. El pueblo alemán votó a Hitler. Los rusos retiraron su apoyo a alguien que tenía algo que decir en la escena política, Mihail Gorbachov, convirtiéndolo en un residuo. Y cuando la democracia se corrompe, renunciando a mejorar su cultura y renegando de la calidad, es capaz de condenar a muerte al mejor de los atenienses, a Sócrates, acusándolo de corromper a la juventud. Es necesario el pueblo para decirles a las élites que pasan hambre (aunque las élites no la pasen). Y son necesarias las élites para recordarle al pueblo que hay problemas que no tienen soluciones rápidas; y que no podemos dar hambre para mañana si nos obsesionamos de manera insensata en dar pan para hoy. Es necesario un equilibrio, un desarrollo político sostenible, lo que Hans Jonas llamaba imperativo de responsabilidad: que la necesidad de sobrevivir hoy no nos impida humanizarnos mañana. En las élites se encuentra mayoritariamente la calidad, aunque también la tenga mucha gente del pueblo; y en el pueblo se encuentra la cantidad democrática, medida en votos que no siempre contienen las mejores opciones. El problema de la democracia es el de equilibrar la cantidad con la calidad, y la democracia es el problema de Europa, una democracia de rostro humano: ésa es su encrucijada. Sería estupendo que lo que construyen los políticos por arriba, cuando es bueno, no lo derribara la gente por abajo: que el futuro no sucumbiera a manos del presente, que la prudencia no cayera empujada por la necesidad.
            Pero hoy los políticos no tienen buena fama. Hay malos políticos, es cierto, pero de que muchos políticos sean malos no se deduce que lo sean todos. Hay que tumbar prejuicios y ése es el primero de todos, porque si acabamos con los políticos ¿quién nos librará del propio pueblo si enloquece (y la política es el antídoto de la locura)? Europa es el punto de mira del mundo. De que Europa no se rompa depende el futuro de la humanidad. Porque en Europa está la cultura que hemos heredado antes de Grecia, echando sus raíces en Asia, y teniendo un pasado tan viejo, tiene el mejor trampolín del mundo para mejorar el progreso; para construir la justicia no solamente desde en sentimiento, sino, a todas luces, desde la razón.