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viernes, 13 de mayo de 2022

LA MIRADA RUSA SOBRE OCCIDENTE

 

 

LA MIRADA RUSA SOBRE OCCIDENTE   

 


            En los últimos años del siglo XX todo cambió en la Unión Soviética. El Estado se vino abajo, la economía estaba desabastecida y la población ansiosa de cambios. La gerontocracia ya no pudo aguantar, porque a un viejo le sucedía otro más viejo hasta que ya no quedaron viejos: Breznev, Andropov, Chernenko. Entonces fue cuando el propio partido decidió que había que morir si quería seguir viviendo: y eligió a un joven de ideas jóvenes, abierto al mundo, que quiso hacer lo que el viejo mundo ya no tenía más remedio que dejarle hacer. Perestroika. Cambio. Que se haría desde la transparencia. Glasnost. De repente un pueblo maniatado recobra la voz, se siente libre. Y lo más extraño es que el pueblo había dejado de ser libre en nombre de la libertad, estaba pasando penurias en nombre de la prosperidad (la misma que iba a  traer la emancipación de la clase trabajadora) y había dejado que gobernaran contra el pueblo en nombre del pueblo. Hasta que el mundo en el que estaban atadas las contradicciones se rompió de repente.

            Por Moscú soplaba un aire fresco. Un mosaico de opciones políticas ocupó la escena, partido del campo, partido de las mujeres, partido de no sé qué… La gente se asustaba de Yirinovski: un extremista megalómano que enarbolaba la bandera nazi. Las viejas estructuras de poder se removían, inquietas, las viejas estructuras aferradas a ideales prostituidos amenazaban con arrasarlo todo, y la vida estaba convulsa. La economía estaba hundida. La pobreza se enseñoreó de todo, hasta los profesores de la universidad tenían que tener un huerto si querían comer algo. Hubo un golpe de Estado. Gorbachov fue secuestrado. Los liberales, con Yeltsin a la cabeza, ganaron las elecciones. Los tanques asaltaron el parlamento porque el parlamento quería asaltar el poder. Pero había libertad, ya no se encerraba a los disidentes en los hospitales psiquiátricos; ahora a los que luchaban por la libertad les daban el premio que se llama como el más famoso de los disidentes, Shajarov.

            Pero la libertad no liberó solamente las energías de un pueblo, también liberó su lado oscuro; y fue el terreno donde creció la inseguridad, el desorden, la delincuencia; las mafias rusas se hicieron tan famosas como las italianas; las calles no eran seguras, a muchos no les importaba dejar de ser libres si a cambio les devolvían la seguridad. Hacía falta mano dura para acabar con el caos, la anarquía. Y lo que tenía que ocurrir, ocurrió.

            Yeltsin se corrompió hasta la médula. Es lo que les pasa a aquellos liberales que confunden el ser libres para todo con el serlo para que nadie los controle: y metieron las manos en las arcas del Estado. Yeltsin, además, era alcohólico. Y quería pasar sus últimos años (acaso tuviera cirrosis, pocos le quedaban ya) sin que a nadie le importara: nombró a un sucesor que acapararía el poder a cambio de que no persiguieran a Yeltsin; y Yeltsin murió.

            Para entonces la Unión Soviética se había desmembrado. Se independizaron los países bálticos. Georgia, Bielorrusia, Ucrania, Kazajistán. Hubo que hacer frente a la rebelión chechena: y Putin la aplastó; la aplastó a sangre y fuego. Vladimir Putin, el delfín de Yeltsin; antigua cabeza del KGB. Como espía, Putin conocía todas las armas arteras: y las empleó. 



            Putin puso orden en la casa; aplastando, si hacía falta, los derechos de las personas. Apareció en Rusia una misteriosa agencia experta en el hackeo informático; el Estado ruso siempre negó estar detrás de ello, siempre lo atribuyó a los piratas que escapaban a su control: pero era más que dudoso que la guerra informática no formara parte de la estrategia del Kremlin. Y cuando dentro todo estuvo en orden, el Kremlin empezó a mirar fuera.

            Si miramos un mapa de Europa anterior a la perestroika veremos que toda Europa del Este, hasta Italia, Suiza y la mismísima Alemania, estaba dentro del eje de influencia de Moscú. Si miramos el mapa posterior a la perestroika veremos que todos los antiguos países comunistas forman ya parte del mundo capitalista; hasta Ucrania ha abrazado el alejamiento de la antigua Rusia. Supongamos que la OTAN sea algo así como el ejército del mundo capitalista; si Ucrania pide su ingreso en la OTAN resultará que el ejército enemigo, que pasó de estar lejos a estar a las puertas de Rusia, ahora puede estar dentro de la antigua URSS; y Rusia, claro, se siente amenazada. Por eso amenaza con invadir Ucrania. Para que Ucrania nunca pertenezca a la OTAN.

            Ucrania significa “tierra de frontera”. Como lo era, en España, la Extremadura castellana; la de la Reconquista. Extremadura. Extremos del Duero; tierra fronteriza entre moros y cristianos; tierra de escaramuzas, tierra insegura. Ucrania es ahora la Extremadura de Rusia. ¿Dónde están los moros, dónde los cristianos? Putin ha desplazado a cien mil soldados a la frontera; amenaza con invadir.

            En el año 2014 se anexionó la península de Crimea. La razón esgrimida fue que allí estaban los silos nucleares. Aquel arsenal no podía estar en manos no rusas. Pase. Pero también envió armas ligeras y pesadas para los separatistas del Donbás, al este de Crimea; que no sabían manejar los misiles y le dieron, aparentemente sin querer, a un avión de pasajeros que pasaba por allí. La razón esgrimida fue la protección de la población rusa. Sin embargo, dicen algunos expertos que la mayoría de los rusos de Ucrania convive pacíficamente con la población. Como los cristianos y judíos antes de que viniera a separarlos la reina católica; así estaban las cosas en la ciudad de Segovia.

            Sigamos mirando el mapa. Descubriremos que en el oeste de Moldavia también hay rusos. Si Putin se anima a ocuparlo, entre Moldavia y Crimea está la costa del mar Negro, lo mismo que entre Crimea y el Donbás. Lo que sobrevuela en esta estrategia es posiblemente el control de mar Negro. En la frontera del Este está Kazajistán, gobernada por un régimen despótico; al que Rusia ha ayudado a aplastar la rebelión de una población descontenta.

            Sigamos con el mapa. Más al norte está Bielorrusia, gobernada por el dictador Lukashenko: al que Putin ayuda también contra su propia población. Lo mismo que Kazajistán, Bielorrusia conserva la lealtad hacia un país amigo; de un país que se siente subordinado. Y Bielorrusia es el pase natural hacia las repúblicas bálticas: Letonia, Lituania y Estonia. Con el acceso al mar Báltico y el control del mar Negro, Rusia puede abrir una pinza sobre Europa; Suecia ya ha enviado soldados a la isla de Gotland, un enclave estratégico frente a las repúblicas bálticas. 



            Según se mire, el órdago de Rusia puede interpretarse como defensa frente a la OTAN o como agresión hacia Europa. Y no olvidemos que Serbia, Albania y Montenegro hace años que alojan bandas desestabilizadoras; malhechores y borrachos, elementos violentos, gentes de mal vivir, que intentan socavar lentamente la democracia en esos lugares. Si algunos de esos países balcánicos llega  a desestabilizarse (ya hay una guerra ideológica, de corte nacionalista, que parece virulenta) el entorno de Serbia puede caer otra vez bajo la órbita rusa; y Serbia está muy cerca de Italia. ¿Qué es lo que se cuece en el desafío de Moscú? Posiblemente la reconstrucción de la antigua zona de influencia; la misma que Rusia perdió con la descomposición del bloque soviético. Reforzando sus fronteras con una zona tampón frente a Europa, sometidas las poblaciones díscolas, amarrados los países despóticos como Georgia y Bielorrusia, devotos de Moscú, ya todo estará listo para reconstruir el imperio ruso.

            Putin amenaza con hacer la guerra a la OTAN. Curiosa excusa, que para evitar una guerra haya que desencadenar la guerra: puro farol; Putin  no está loco. Todo forma parte de la partida de cartas que Rusia está jugando con Europa. En esas partidas ya se sabe, uno lanza desafíos para hacer creer al otro que tiene mejores cartas de las que tiene. Lo que sí es cierto es que Rusia no quiere formar parte de la casa común europea. Quiere vivir enfrentada a Europa.

            Pero si se mira bien, lo que realmente asusta a Moscú es otra cosa. Occidente es un mundo imperfecto, pero mucho más atractivo que Rusia. Es más próspero. Goza de una libertad que los rusos no tienen. Viven en una democracia imperfecta, pero no es democracia de apariencias. Su tarjeta de identidad son los derechos humanos que parece que en Rusia importan menos. Si en un día próximo en Ucrania llega a construirse una sociedad así, éste puede ser un espejo donde se miren los rusos y pueden despertarse las ansias de libertad. Esto sí que es peligroso para el Estado. Ni China ni Rusia son atractivas para los ciudadanos. La idea de progreso frente al despotismo asiático: eso es lo que verdaderamente está en juego; una forma de vivir, una forma de relacionarse, una forma de respetarse, la proyección humana de la cultura: tan rica en Rusia como triste, tan rebosante de espiritualidad, el alma rusa: tan sometida como excelsa. Lo que está en juego son dos modelos de civilización.

 


 

 

viernes, 25 de marzo de 2022

EL DESTINO DE EUROPA

 

EL DESTINO DE EUROPA 


            Políticamente hoy es Europa una potencia débil. Pero está hecha de esa debilidad que da la fuerza, porque, por respeto a la libertad de todos los Estados que la integran, tiene que pagar el precio de no hablar con una sola voz. Otras potencias hablan con una voz única pero tienen por dentro maniatadas sus voces; la fuerza que ejercen en la escena internacional es aparente, porque en el fondo son inmensamente débiles.

            Europa adolece también de una debilidad militar: sólo Francia es una potencia atómica; Europa tiene ejércitos menos poderosos que Rusia y China, y éstos los tienen aún menos que los Estados Unidos.

            Europa es una enorme potencia cultural. La fuerza de su cultura es descomunal. Los Estados Unidos son un país joven y ni de lejos pueden compararse con la enorme riqueza europea. Rusia tiene una cultura exquisita y la de China es de una riqueza milenaria. Ante mi ignorancia a la hora de compararlas me atrevería a decir que Europa, China y Rusia es posible que tengan sendas culturas de una fuerza equivalente.

            Pero Europa tiene una riqueza moral: eso no lo pueden decir ni Rusia ni China. China tiene filosofías que han marcado hitos en el pensamiento moral del mundo, pero Europa disfruta de un respeto a los derechos humanos como no lo tiene ningún país del planeta; y esto no tiene que ver con el hecho de que, coyunturalmente, promueva la violación de esos derechos un buen número de europeos. Es como el mar, cuyo oleaje puede desbaratarlo todo pero en sus fondos abisales, que son la identidad inconsciente de Europa, hay un sentimiento arraigado de respeto que es su tarjeta de presentación verdadera; que perdura mucho más que las efímeras tarjetas de atropellos que identifican por momentos a muchos europeos. En oposición a ellos, Estados Unidos parecen tener una doble identidad paradójica: en su medalla brillan, por un lado, los nobles ideales de Europa, y por el otro, la sombra de los fanatismos medievales, restos de un pasado que se niega a desaparecer.

            El primer tercio del siglo XXI es el del declive de Europa: militarmente va a ser arrinconada por Estados Unidos, Rusia y China y políticamente tiene escasa trascendencia (aunque la tiene). Pero hay un auge de Europa que viene de su esencia, de aquello que permanece, una riquísima cultura donde convive lo despótico con lo humano y una dimensión ética envidiable para cualquier país de la tierra. Por eso podemos decir que el declive de Europa puede ser una realidad coyuntural a lo largo de décadas, esperemos que no durante siglos; pero Europa es, en la cultura, uno de los grandes faros de la humanidad y en la moral, el único. Puede que las mareas bajas eclipsen los valores de Europa y sus realidades; pero su presencia será permanente en el enorme empuje que siempre tienen sus mareas vivas.

 


 

viernes, 29 de mayo de 2020

LA ENCRUCIJADA DE EUROPA




LA ENCRUCIJADA DE EUROPA


            Acabada la segunda guerra europea empezó la construcción de Europa. Unas mentes esclarecidas (o quizá una necesidad, quién sabe) se empeñaron en arreglar lo que unos niños habían destruido; unos niños egoístas, inconscientes y caprichosos. Querían unir las fuerzas que tiraban para sitios diferentes, hacer amigos a los antiguos enemigos, y evitar, tal vez, que la historia se repitiera. Alemania, que había invadido a Francia, se subió al mismo barco que los franceses. Y el Reino Unido, que se había enfrentado a Francia desde mucho antes de Napoleón, hasta se embarcó en el proyecto de unirse; el símbolo de esta concordia fue el avión supersónico que construyeron entre los dos: el Concorde.
            Después se acusó a la integración europea de ser un proceso meramente económico; la Europa de los mercaderes, se decía; su nombre era Comunidad Económica Europea, de modo que, desde sus propias señas de identidad, no tenía aparentes intenciones culturales, ni mucho menos políticas. Lo que se quería era derribar las fronteras, que circularan libremente las mercancías: no las personas. Las fuerzas centrífugas, en la izquierda, querían la Europa de los pueblos, y como eso no era posible, se oponían a ella; lo mismo pensaban en la derecha, desde la otra orilla.
            Todo cambió cuando el proyecto se abrió a la libre circulación de las personas. La Comunidad Económica Europea pasó a llamarse Unión Europea. Desaparecieron las fronteras no sólo para las mercancías, sino también para las personas; se facilitó el intercambio cultural y en el horizonte estaba, como una meta más o menos lejana, la unión política. Pero el proyecto de constitución europea, que impulsó desde Francia el antiguo presidente Giscard d’Estaing, fue rechazado en referéndum por los franceses; el mismo año que se aceptaba en España. Los Estados Unidos Europeos se convirtieron en una idea más lejana. Las fuerzas nacionales se fortalecían al tiempo que las de la unión se quedaban estancadas; Europa nunca tuvo una verdadera diplomacia común, los países se negaban a ceder soberanía, y hubo un compás de espera en donde lo centrípeto, en un equilibrio inestable, empezaba a conocer la parálisis frente a lo centrífugo.
            Luego vino la reacción del otro lado: los enemigos de la unión se hicieron más fuertes. En Francia los nacionalistas tiraban para dentro, luego en Austria; Italia se desgarraba por dentro, el norte rico no quería compartir nada con el sur pobre, y luego vendría formulado más claramente el rechazo de Europa; después vendría Holanda, Cataluña, hasta que el Reino Unido nos despertó a todos haciendo realidad la separación: el Bréxit puso racismo y xenofobia donde había habido convivencia; el nacionalismo catalán enfrentó a las comunidades menospreciando a los catalanes que vinieron de fuera y falseando la historia y lo que es peor: robando y corrompiéndose hasta la médula con los votos de buena parte del pueblo; si ha de haber ladrones (pensaban seguramente) mejor que sean de casa; pero no se les ocurría que pudieran luchar por un mundo sin ladrones, ni de dentro ni de fuera. La tensión nacionalista se contagió después a Hungría. A Polonia. A España. 


            Pero los europeos más esclarecidos siempre han abogado por la unión: dejemos a Carlomagno, a Carlos V, a Napoleón (y, por qué no, a Hitler) que quisieron hacerlo por las armas. Pensemos en la Europa de la paz. El camino de Santiago. Las universidades de la Edad Media. Erasmo. El camino de Santiago favoreció rutas de contacto, no sólo comerciales, entre los europeos. Durante la Edad Media los estudiantes podían enseñar y aprender en Bolonia, en Montpellier, el París, en Oxford, en Salamanca, y se entendían en latín: un espíritu infinitamente más cosmopolita que la España del año 2000, donde los padres se manifestaban para que el autobús no llevase a sus hijos al pueblo de al lado; y donde, para colmo del ridículo, se oponían a que se los llevaran, dentro de la misma ciudad, dos calles más abajo; esta estrechez de miras no tiene nada que ver con la amplitud de horizontes de la universidades medievales; en El nombre de la rosa Umberto Eco pone en escena a un profesor inglés, acompañado de un alumno alemán, viajando a una abadía que se encontraba en Italia; y en cuya biblioteca se deleitaban con los únicos ejemplares de algunos libros, en un mundo sin imprenta, que había en toda la cristiandad.
            Luego vendría Andrés Laguna. Abogaría por el entendimiento de las culturas, por el conocimiento de los pueblos, por la unión de los europeos. Porque más importante que las culturas son las personas, o, para decirlo con mayor propiedad, las culturas son el abono donde crecen, solidarias, las personas; las culturas, no los cultos; la razón y el sentimiento, no la exclusión y la ortodoxia; la apertura a lo que hay fuera, que es la lluvia que riega las tierras que han sido plantadas con el espíritu nacional. La única posibilidad de que los europeos no se mataran entre ellos era para Andrés Laguna que se unieran. Y con la inmensa variedad de sus territorios la cultura europea sería una de las más ricas del mundo. Cuando Stefan Zweig escribe sobre el fin del siglo XIX titula a su libro “Memorias de un europeo”; no de un austriaco, no, de un europeo. La apertura de miras siempre ha sido un abono excelente para la cultura. Hubo un tiempo en donde los griegos recuperaron la escritura, conocieron la moneda que facilitaba los intercambios, se fueron de la península a Jonia y de Jonia a Mesopotamia, conocieron a los egipcios, supieron de Gilgamesh y leyeron las tablillas babilonias, y entonces aprendieron de astronomía, de matemáticas y del mundo, y empezaron a observar: entonces empezó la filosofía; fue, dice la historia, cuando los griegos salieron de Grecia; entonces se hicieron más griegos.
            De todos los avatares que ha conocido Europa uno de los más duros ha sido la epidemia del año 2020. Que se fue convirtiendo en pandemia. Un microorganismo muy agresivo, una variedad de coronavirus, obligó a aislarse no ya a Europa, no ya a cada uno de los países, sino a las familias dentro de ellos. Las calles están desiertas. Las tiendas, cerradas, salvo las que son de primera necesidad. No hay bares, los hoteles no abren, se acabaron las aglomeraciones, las fiestas, no hay librerías y los libros se leen por internet. Se han interrumpido los intercambios, la policía intercepta a quienes hablan, sólo se puede salir a comprar o a pasear al perro. La crisis ha destruido los intercambios entre países, pero también dentro del mismo país, y como no es posible que los individuos vivan solos, los únicos intercambios presenciales se dan en la familia; luego están los intercambios virtuales, mucho bulo y poca esencia, y si antes encontrábamos algunas mentiras en la tele, hoy encontramos muchas mentiras en internet; antes la televisión era aprovechada por el poder para crear su farsa; hoy los wasaps y los tweets sirven para que todo el mundo cree su farsa, cada uno la suya, incluida la más peligrosa de todas, la del poder.
            Cuando hayamos derrotado al virus se acabará la crisis sanitaria; y por terrible que parezca sólo morirán unos cientos de miles de personas en el mundo; no diezmará la población como hizo la peste negra, y una pandemia no le llegará a la suela del zapato a aquella epidemia terrible: virtudes del progreso, contra el que muchas voces gritan. 


            Luego vendrá la crisis económica. Muchos vislumbran que será una crisis terrible, a todas luces devastadora. La experiencia nos dice que a todo desastre económico le suele seguir un desastre social, y que los millones de parados, excluidos del sistema, se ganarán la vida como puedan: en Estados Unidos se están vendiendo muchas armas porque la gente piensa que tendrá que defenderse de los robos que crecerán de manera descomunal. Pero los excluidos también pueden encontrar sueldo en las milicias de los desaprensivos, que se formarán para hacer estallar guerras terribles.
            Hay que evitar eso. Hay que ayudar a los parados, pero sobre todo crear empleo para que dejen de estar parados, y no sólo por humanidad: también por interés. Por humanidad: quienes tienen deberían sentir el deseo de ayudar a quienes no tienen. Por interés: si no lo hacemos viviremos en un mundo de destrucción. De modo que tanto por interés como por altruismo nos conviene ayudar a los demás.
            Ahora bien, esa ayuda no vendrá de la empresa privada. Habrá, sí, algunas acciones generosas, gente como Bill Gates o Amancio Ortega; pero la mayoría de los empresarios irán a lo suyo: la ganancia; ya lo están demostrando subiendo el precio de las mascarillas, que es un producto de primerísima necesidad para protegerse del coronavirus; y lo están haciendo en muchas farmacias.
            Es inverosímil, pues, que la solución venga de la iniciativa privada. Vendrá de los Estados. El padre fundador de la economía moderna, Adam Smith, lo dice bien claro en su biblia: el motor de la riqueza (y a eso lo llamamos liberalismo) es la ambición, el egoísmo, el interés; se trata de gastar lo mínimo y de ganar lo máximo. El Estado, por el contrario, tiene que gastar mucho y ganar poco, porque su misión no es hacerse rico, sino ayudar al indefenso. Evidentemente para gastar dinero antes hay que ganarlo, y eso puede hacerse de tres maneras: cobrando impuestos, volviéndose empresario o aliándose con la empresa privada; lo primero es necesario, pero doloroso; lo segundo tiene sus límites, porque las empresas públicas tienen vocación de servicio y eso limita sus ganancias; lo tercero sería ideal, pero tendríamos que saber cómo se hace. Y está también el gran problema de las empresas: la corrupción. Hay gestores públicos que meten mano en el dinero de todos y se llevan buenos bocados: eso es cierto, pero no habría que deducir de ahí que hay que acabar con las empresas públicas para acabar con el problema; la iniciativa privada también tiene sus corruptos, y sin necesidad de llegar a Julio César Arana o James Maddoz, podríamos recordar que hay empresarios que han esquilmado sus empresas, o dueños subordinados que han prosperado a costa de robar a los dueños principales, o dueños de bancos que han robado a sus propios bancos: como  hizo Mario Conde. Eso sin contar que, si no hay regulación de comercio, las prácticas comerciales pueden llegar a confundirse con las de los piratas. No, para combatir la corrupción pública no hay que acabar con la empresa pública, porque en la empresa privada también hay corruptos. La solución está en otra parte.
            El comunismo antidemocrático ha pretendido poner la economía al servicio del pueblo: los hechos hablan por sí solos. La economía liberal ha pretendido crear bienestar colectivo con el egoísmo privado: los hechos hablan también. Quizá la solución haya que buscarla en la postura de un Vargas Llosa suponiendo que en una economía liberal debe haber gente valiente (héroes) para corregir los errores y los excesos; o todavía mejor, en una postura intermedia: esos excesos no pueden ser corregidos por los individuos, sino por el Estado; y es la socialdemocracia, que viene de la mano de Keynes. La socialdemocracia también ha fracasado, ¿y por qué? Porque si se sostiene sobre la presión fiscal, el progreso hace la vida más atractiva y, para disfrutarla, las parejas cada vez tienen menos hijos; paralelamente el progreso hace que la gente viva más; el resultado es que cada vez nacen menos jóvenes y hay más viejos que mantener (porque el Estado ya se ha gastado lo que ellos aportaron en su día para que no los sostuviera nadie). El problema de la socialdemocracia es demográfico: el envejecimiento de la población; el Estado gasta más en los necesitados y cobra menos impuestos de la fuerza de los jóvenes. Hay que buscar la manera de hacer compatibles la calidad de vida y el crecimiento de la población; tener hijos no debería significar que renunciáramos a disfrutar; sobrevivir como especie no debería ser incompatible con vivir bien como individuos; que no sepamos hacerlo no quiere decir que no lo podamos hacer; es cierto que saber es poder, pero incurriríamos en una falacia si dedujéramos que seríamos impotentes si no supiéramos cómo actuar; la ignorancia de hoy puede ser el conocimiento del mañana. 


            Éstas son las bases sobre las que se mueve actualmente la sociedad. Sobre estas bases tendremos que buscar la solución al desastre económico que seguirá a la pandemia; una solución que evite la guerra europea. Lo primero que se nos ocurre es gastar: que los Estados inviertan mucho dinero. ¿Problemas? Que ese dinero se gastaría en ayudar a la población vulnerable, no tanto en producir. Y que eso endeudaría a los Estados: los cuales quedarían expuestos a la depredación de sus prestamistas, que, siguiendo las leyes del mercado, les cobrarían intereses abusivos. La solución podría estar en que los países ricos compraran deuda de los países pobres y que no los asfixiaran con sus intereses, y ahí es donde vuelve Europa.
            Si algún sentido tiene Europa es, hoy, la solidaridad. Sobre esa solidaridad se creará mañana el beneficio; la alternativa, si destruimos Europa, será la guerra de todos contra todos. Alemania y Francia volverán a ser enemigos. Francia y el Reino Unido se mirarán otra vez con desconfianza. Pero lo peor es que los países ricos no quieran compartir nada con los países pobres. Holanda, Austria, Alemania, Cataluña, el Reino Unido barrerán todos para sí. Nada importarán los vecinos, por más que estén llamando a la puerta, como decía un soneto de Lope de Vega: ¿cuántas mañanas llamaste a mi puerta? Y no te abrí. ¿Y cuántas otras contesté: mañana te abriremos, para lo mismo responder mañana?
            Aquí hay que mirar a los pueblos en relación con sus élites. Podríamos decir que el pueblo (así, simplificando mucho) es el que sufre la vida, tanto para bien como para mal, y que las élites son quienes, por tener resuelto el problema de la vida, no tienen que preocuparse de vivir y pueden pensar: me refiero a las élites políticas e intelectuales; sería ideal que pudiéramos incluir a las élites económicas, pero la realidad no dice que, salvo en casos aislados como Yunus, tal vez Soros y Bill Gates, no es realista hacerlo: los hechos hablan, pero no solamente los hechos; también la ideología de Adam Smith. Quizá lo que llamamos “pueblo” tenga que escindirse en varios grupos: el pueblo llano que disfruta y sufre, y a veces se muestra generoso y a veces vive el rencor; los poderosos que se creen más que nadie, y que les puede la avaricia y la soberbia pero a veces son generosos, y unas veces disfrutan y otras ni pueden ni saben disfrutar; y la mezcla de los dos.
            Supongamos que las élites políticas e intelectuales orientan a Europa sobre la senda de la solidaridad. Hay en Europa líderes capaces de hacerlo, el problema son sus pueblos. Imaginemos que un país rico, por ejemplo Alemania, lanza una política solidaria a escala europea; una política altruista, pero que redundaría, con el tiempo, en su propio interés, y la propia Alemania, que hoy hace un sacrificio, mañana acabaría ganando. Esa decisión esclarecida de las élites alemanas les costaría cara en unas próximas elecciones: pues el pueblo alemán, guiado por sentimientos mezquinos e intereses de corto alcance, es muy probable que barriera a esas élites y las sustituyeran por demagogos que esperan ahí, agazapados, aguardando su momento: el momento del egoísmo, de la soberbia, de la insolidaridad y de la exclusión. Europa se rompería y es probable que cada Estado acabara saliéndose para recuperar su soberanía: seguramente para ser león en su propio desierto; que aunque fuera desierto al menos sería propio; y con eso ya estarían contentos. 


            ¿Y si Europa no sigue la senda de la solidaridad? ¿Y si, para evitar que la rompieran los nacionalismos excluyentes, obligara a que cada uno saliera de la crisis por sus propios medios? Entonces se destruiría a sí misma, porque sus señas de identidad, sus ideales de apertura y libertad quedaría en entredicho y una realidad europea contraria a las miras de su ideal sería una realidad inviable. Esta destrucción ideológica de Europa, sumida en sus propias contradicciones, iría de la mano de su destrucción política, pues esta vez serían los países pobres los que se retirarían; acabarían pensando (y con toda lógica) que si no pueden obtener solidaridad de sus socios recuperarían la soberanía que les entregaron; o más bien (porque nadie entregó nada a nadie) lo que cedieron todos para construir el ideal europeo por el que se sintieron atraídos.
            Ésa es hoy la encrucijada de Europa. Por un lado estamos condenados a vivir juntos y por otro hay en cada uno de nosotros ese instinto de independencia que subsiste como una rémora del pasado; como una inercia. Pero en el pasado, cuando esta idea existía apenas, espíritus esclarecidos como Erasmo y Andrés Laguna ya supieron ver en el futuro; y se dieron cuenta de que si Europa no se unía sería el desastre; y lo fue; la guerra de los cien años, que les precedió, dio lugar a la guerra de los treinta años, a un divorcio radical más allá de las religiones, a diversos sobresaltos que nos llevaron después a dos guerras mundiales. Dos suicidios colectivos, tan descomunales como insensatos. Dos pandemias políticas.
            El pueblo, o más bien los individuos, la gente de la calle, siempre sufre las consecuencias. Por eso no vota con la cabeza sino con el estómago, y pone rabia donde debía poner sensatez, donde debía poner corazón pone tripas. Las élites, que normalmente no sufren de la necesidad, pueden pensar con el corazón y con la cabeza, ser prudentes y generosas, aunque muchos no lo sean: pero, en principio, pueden serlo; todo está en que sean unas élites esclarecidas, ilustradas, como quería Kant; en espera de que lo fuese el pueblo.
            El problema es que las élites son una minoría, y las élites ilustradas todavía más. Y que en unas elecciones puede sacar más votos la inconsciencia que la sensatez, aunque tenga motivos. El mundo camina en ese sentido: no olvidemos que Aznar, cuando se enfrentó a Felipe González, se presentó como uno de tantos, pretendiendo confundirse con la gente corriente frente al carisma con el que sobresalía Felipe González; también Donald Trump se presentó diciendo “yo no soy como ésos” (un político diciendo que no es político es como un médico presumiendo de no serlo, qué paradoja: y la gente le votó). Hoy asistimos al triunfo de lo mediocre sobre lo excelente y eso puede hacerle pagar un precio a la democracia. El pueblo alemán votó a Hitler. Los rusos retiraron su apoyo a alguien que tenía algo que decir en la escena política, Mihail Gorbachov, convirtiéndolo en un residuo. Y cuando la democracia se corrompe, renunciando a mejorar su cultura y renegando de la calidad, es capaz de condenar a muerte al mejor de los atenienses, a Sócrates, acusándolo de corromper a la juventud. Es necesario el pueblo para decirles a las élites que pasan hambre (aunque las élites no la pasen). Y son necesarias las élites para recordarle al pueblo que hay problemas que no tienen soluciones rápidas; y que no podemos dar hambre para mañana si nos obsesionamos de manera insensata en dar pan para hoy. Es necesario un equilibrio, un desarrollo político sostenible, lo que Hans Jonas llamaba imperativo de responsabilidad: que la necesidad de sobrevivir hoy no nos impida humanizarnos mañana. En las élites se encuentra mayoritariamente la calidad, aunque también la tenga mucha gente del pueblo; y en el pueblo se encuentra la cantidad democrática, medida en votos que no siempre contienen las mejores opciones. El problema de la democracia es el de equilibrar la cantidad con la calidad, y la democracia es el problema de Europa, una democracia de rostro humano: ésa es su encrucijada. Sería estupendo que lo que construyen los políticos por arriba, cuando es bueno, no lo derribara la gente por abajo: que el futuro no sucumbiera a manos del presente, que la prudencia no cayera empujada por la necesidad.
            Pero hoy los políticos no tienen buena fama. Hay malos políticos, es cierto, pero de que muchos políticos sean malos no se deduce que lo sean todos. Hay que tumbar prejuicios y ése es el primero de todos, porque si acabamos con los políticos ¿quién nos librará del propio pueblo si enloquece (y la política es el antídoto de la locura)? Europa es el punto de mira del mundo. De que Europa no se rompa depende el futuro de la humanidad. Porque en Europa está la cultura que hemos heredado antes de Grecia, echando sus raíces en Asia, y teniendo un pasado tan viejo, tiene el mejor trampolín del mundo para mejorar el progreso; para construir la justicia no solamente desde en sentimiento, sino, a todas luces, desde la razón.
  



jueves, 19 de diciembre de 2019

LAS MURALLAS





LAS MURALLAS    


             Para protegerse de los mongoles los chinos construyeron una gran muralla; sus dimensiones son tales que se puede ver a gran distancia desde el espacio.
            Berlín quedó dividido por un muro que separó a las familias desgarrando el sentimiento de mucha gente; muchos murieron intentando atravesarlo; a diferencia de la muralla china, el muro de Berlín no protegía a nadie de las invasiones.
            Durante la guerra de Cuba España dividió la isla con una barrera infranqueable: la trocha de Júcaro-Morón; pero fue cruzada incontables veces por el general Máximo Gómez teniendo apenas sólo una baja entre sus soldados.
            Melilla tiene una valla que impide el paso de los emigrantes a España. Donald Trump se propone levantar otra que aísle a la gente de Estados Unidos y Méjico. Israel ha construido otro muro que separa a judíos y palestinos. Otras barreras menos materiales separan a la gente, como la segregación en los Estados Unidos en tiempos de Martín Lutero King, la religión en los Balcanes o el apartheid en Sudáfrica.
            Durante mucho tiempo las ciudades, para defenderse de los saqueadores, tuvieron que protegerse levantando murallas: Lugo, Ávila, Segovia, Carcasona… Los castros también las tenían, y los fuertes del salvaje oeste, y las empalizadas de los campamentos romanos. Todas las fronteras separan a los países como otras tantas murallas.
            Durante los años sesenta se puso de moda el deseo de derribar las murallas. Lo hizo John Lennon con la canción Imagine, otra canción titulada San Francisco hablaba de casas cuyos habitantes habían tirado las llaves y la construcción de Europa se hizo borrando fronteras; podríamos encontrar ejemplos de países que se empeñaron en tirar todos los telones de acero.
            Los muros, en sí mismos, no son ni malos ni buenos. Cuando se construyen para evitar ataques tienen, cómo no, su razón de ser; pero si se levantan para no dejar pasar a la gente perseguida, pobre y desnutrida, ya es otra cosa; no es lo mismo poner la otra mejilla que dar de comer al hambriento; también es verdad que si damos cobijo a todo el mundo correremos el riesgo de quedarnos sin casa; la solidaridad con los de fuera no debería ser incompatible con el amor que les reservamos a los de dentro.


            Los muros protectores son bienvenidos; los insolidarios, aborrecibles; resolver los problemas de casa no es cerrar los ojos a nuestra realidad circundante, sino abrirlos para protegernos dentro sin menospreciar a los de fuera. ¿Y eso cómo se hace? Sólo sé que las columnas de niños hambrientos, madres desnutridas, jóvenes sin futuro y padres sin presente nada tienen que ver con las columnas de guerreros; las murallas de las ciudades amenazadas no tienen nada que ver con los muros que levantan, para que no pasen los hambrientos, los habitantes de las ciudades prósperas; querer confundirlas es poner una piedra donde tenemos el corazón, tratar como escoria a personas cuyo único pecado es pasar hambre y no tener un techo donde dormir: sobre todo en las noches de invierno.
            Cerremos las puertas quienes vienen con la espada en la mano; pero abrámoslas a quienes llegan con las manos abiertas; el problema es que la espada gusta de esconderse entre las manos desnudas, los guerreros sanguinarios se camuflan cobardemente entre la gente pacífica: pero son minoría; la gran mayoría es esa multitud de desharrapados que, después de estar padeciendo calamidades, sufren también la calamidad de que otros se disfracen de ellos; que vengan en nombre de dios es ya el colmo de las ironías, el colmo de las pesadillas.
            Los ejércitos, antes de combatir, deberían servir para evitar el combate; y eso se hace desenmascarando a quienes se hacen pasar por gente pacífica contaminando, con su presencia, a quienes son pacíficos de verdad: para eso sirve la inteligencia; no la fuerza bruta. No es de brutos darse cuenta de que si Londres se sale de una Europa que no la ha atacado es porque prefiere ver como enemigos a los amigos; sentirse superior a los iguales (que el Bréxit, igual que la independencia de Cataluña, es poner barreras donde no hacen falta y separar a las gentes de paz como si fueran gentes de guerra).
            Paz a los hombres de buena voluntad. (Que no. Que el lenguaje se ha levantado también como una barrera. Que en lugar de unir, separa. Es como si nos olvidáramos de las mujeres de buena voluntad, que están en la palabra de los hombres pero son invisibles, porque no se sienten amparadas en ella). Es tiempo de navidad, tiempo de paz, tiempo de luz. Que caigan los muros absurdos y sólo permanezcan los que de verdad son necesarios sobre la tierra.
  


  
ROMANCE NAVIDEÑO


   En Belén nació Jesús
desterrado entre los suyos
perseguido por Herodes,
enemigo de los niños;
y se tuvo que marchar
por desiertos y caminos
con María y con José,
extranjeros en Egipto.

   Encontraron un portal
y un pesebre allí, escondido,
y entre pajas fue a nacer
bajo un cielo gris oscuro;
lo alumbró una vieja estrella
que también buscó refugio,
astro errante sobre el cielo
con su cola y con su brillo.

   Lo arrullaron los pastores
y animales, que los hubo,
como el burro y como el buey
sobre un suelo viejo y duro.

   Desde entonces fue Jesús
renacer de un nuevo mundo,
un fulgor en la cultura
y un principio en otro culto
empeñado en enseñar 
a pensar y amar al mundo:
que este mundo es de los sabios,
no es el mundo de los brutos,
y ser sabio es cultivar
la palabra que se dijo
en la calle con la gente
y en las aulas con los libros.

   Quiera dios que en el portal
reine la paz de los libros
y decir “ven, navidad”
sea decir “hola” al mundo
donde vive la palabra
sobre gritos y susurros.

   ¡Feliz navidad! Alcemos
nuestras copas
encontrando el tiempo justo
de beber a la salud
de los buenos y los brutos;
y bebamos, pues hay sed,
sí, bebamos todos juntos
por aquellos extraviados
que aún caminan por el mundo. 



sábado, 16 de enero de 2016

El labrador y la serpiente




EL LABRADOR Y LA SERPIENTE

 

            Un labrador cogió una serpiente aterida un día. La metió en su pecho para darle calor hasta que volvió a la vida, y entonces la serpiente le mordió; la ingrata acabó matando al que la salvó del frío.

El judío errante.
            Hay largas masas de refugiados. Gentes sin casa, sin paz, sin lugar donde dormir, hombres, mujeres y niños, jóvenes y viejos recorriendo Europa en busca de un hogar; no buscan siquiera un mundo mejor, tan sólo buscan un mundo; donde nadie  muera y se pueda respirar y encontrar refugio: un mundo donde vivir.
            Hay niños que duermen a la intemperie. Niños que pasan frío y sed, hambre; niños que mueren sin sus padres y que lamen las olas de la playa, lejos de las barcas que los vieron venir; y dejaron su casa porque huían de las bombas, dejaron su país, cuando estar en un mundo mejor era simplemente estar vivos.
            Dinamarca quiere quitarles el dinero: el que llevan encima; sus ahorros para encarar la nueva vida: aparecen Estados piratas, Hungría los patea con cámaras de periodistas, las fronteras se llenan de alambradas, las estaciones se vacían de trenes, y, en el destierro, esperan un barco que posiblemente no llegue nunca.
            Y no es que haya que abrir las casas para meter a más gente de la que cabría; es lógico que Europa esté asustada, el fantasma que la recorre tiene el corazón partido; y no será solución acoger a todos, pero nada ganaremos robándole el dinero al que lo necesita. Europa nació libre y solidaria, equitativa: si perdemos solidaridad, ya no será Europa; será como el capitán Acab, que se volvió monstruoso cuando combatía al monstruo en su delirio.
            Ya no nos acordamos de cuando errábamos por el mundo. España se desparramó por Europa llenándola de emigrantes, se desparramó por América; Polonia se desplomó en los campos de concentración, y hasta los judíos, que sufrieron exterminio, ya no se acuerdan de ello cuando exterminan a los demás; que quitarles la tierra a los otros no es el mejor camino para volver a Sefarad.

 

El capitán Acab.
            Hay entre los refugiados hijos de Satanás haciendo infiernos en el mundo; cuando encuentran un país de acogida se vuelven contra él, y matan a sus vecinos: como la serpiente que mordió al labrador cuando tenía frío.
            En el mundo han anidado las fuerzas del mal. Las águilas terribles. Hoy se disfrazan de religión, mañana se vestirán de patriotismo. Viven de la muerte, están despertando al ser violento que espera dormido en el fondo de nosotros, el monstruo que no debe despertar nunca. Lo dijo el poeta cuando el monstruo había sido vencido: “todavía es fecundo el vientre de la bestia inmunda”.
            Gentes que viven de la muerte porque no les importa morir: para matar. Se alimentan de muerte como un narcótico que enciende su locura. El leviatán vencerá cuando el hombre al que hizo daño se vuelva diabólico también, no cuando nos mate aunque pueda; sino cuando consiga que dejemos de ser lo que fuimos; cuando lo queramos matar a él, que es lo que quiere: y Europa dejará de ser Europa, la solidaridad se volverá venganza, estaremos sedientos de sangre como el loco que nos atacó: y al hacerlo nos inyectó su veneno y consiguió que nos alimentáramos de la muerte; se habrá vuelto monstruoso matando al monstruo como le pasó al capitán, cuando se heló su sangre y mató a los suyos; perderemos nuestro ser para conservar la vida.

 

El buen samaritano.
            Samaria no se llevaba bien con Galilea. Eran, por así decirlo, enemigas: rencillas de los pueblos, que juegan a pegarse cuando están cerca como si no supieran ser vecinos; Palazuelos y Tabanera, San Rafael y El Espinar, España y Cataluña.
            Un hombre de Galilea fue socorrido por otro de Samaria. Sin guardarle rencor, sin preguntar de dónde era, sin esperar nada a cambio. Nada tenían el uno contra el otro salvo la barrera de sus orígenes, porque no se conocían. Pero mucha gente vive las fobias de sus ancestros como si fueran suyas; capuletos que odian a los montescos porque sus antepasados los odiaron; franceses con ingleses, indios con europeos, chinos con japoneses, suecos y noruegos, turcos y griegos, cartagineses y romanos. Y atacaron a Romeo y a Julieta; a los que amaban a sus enemigos; atacaron a Jean Jaurès, al buen samaritano. Amar a los amigos lo hace cualquiera, pero el amor verdadero, el grande, es el que se entrega a quien nos quiere hacer daño como si no fuéramos vecinos; al que se empeña en hacernos enemigos siempre. Se puede matar el huevo de la serpiente, sí, pero también se puede salvar a la serpiente; para que no piense ya en matar, y ser, por entonces, buenos vecinos.
            Hay un mundo nuevo entre el Mediterráneo y el polo, entre los Urales y el Atlántico, y ese mundo es Europa; espíritu de solidaridad, de buen samaritano: Europa creció acogiendo pueblos, reuniendo culturas, lanzando palabras: hoy quiere desconfiar de los que huyen, matar a quien la mata, y no es que los que vienen sean todos buenos, pero como decía el mismo dios: por uno solo que sea justo salvaré a todo el mundo. Europa es una idea que nació en el corazón del tiempo, cristalizando en un lugar: la idea de amor, la de bondad, la de pasión y tolerancia, la de entender a quien no piensa, y a quien no piensa igual que ella, y escuchar antes de hablar y nunca hablar a tiros: con palabras; con palabras pelearemos, con sentido. Ser Europa es acoger a todo el mundo, a todas las culturas y los cultos, resolver las diferencias sin que el desacuerdo sea la muerte: en Europa cabe el islam, cabe el cristianismo, el judaísmo y los ateos, en Europa caben todos. Vivir en paz con los que están en guerra, como el buen samaritano, enseñar a ser vecinos.
            Pero puede reventar si hay más gente de la que cabe. El problema de Europa no es que venga el islam, sino que deje de ser la misma. Una Europa que odia es el suicidio mismo de Europa: es el fin del ideal que con tanto esfuerzo construimos.

Coda.
            Desde luego que es perverso secar el manantial. Pero más perverso es envenenar el agua y matar la sed y pasar a matar a quien bebía. 

 




sábado, 27 de septiembre de 2014

Elogio y refutación de Occidente



ELOGIO Y REFUTACIÓN DE OCCIDENTE


            Cientos de europeos han ido a combatir en la Yihad. Hay varios tipos de europeos y la riqueza de un país es su diversidad, pero la diversidad, si queremos que sea fructífera, debe vivir en armonía; los europeos de los que hablamos son musulmanes nacidos en Europa. Todavía tenemos el recuerdo de los disturbios que incendiaron Francia no hace mucho tiempo: miles de magrebíes levantados contra el Estado en una verdadera insurrección; aquellos enfrentamientos fueron lo más parecido a una guerra: sólo faltaban las armas. Jóvenes en paro, en barriadas marginales, excluidos de la vida social, que hablaban francés pero tenían rasgos norteafricanos, eran lo que eran pero no estaban donde estaban. Eran… ¿qué eran? No eran musulmanes de nacimiento, sino simplemente personas. Aristóteles nos enseñó a no confundir lo que se nace con lo que se hace; nos hacemos de una cultura, pero nacemos todos iguales. Todos compartimos la misma naturaleza, todos al nacer somos humanos, con nuestras facultades y nuestros derechos, pero nos hacemos a imagen y semejanza del mundo donde estamos, unas veces en lucha contra él, otras haciéndolo nuestro; la fuerza más poderosa que tenemos para navegar por el mundo es nuestro carácter, nuestros sentimientos, nuestra inteligencia, nuestra voluntad. Nadie nace musulmán como nadie nace cristiano. Pero a todos nos educan en una cultura que marca nuestra identidad, aunque nuestra identidad no se disuelva en ella; y así, quien ha sido criado en un mundo cristiano tiende a ser cristiano aunque no tiene por qué serlo; los credos heredados son una tendencia y no una fatalidad, y lo único que serviría para construirnos son los credos que nosotros mismos nos forjamos; y se inspiran, cómo no, en los credos que nos rodean; en los que vivimos como en los que nacemos.
            Lo que somos depende, pues, de dónde estamos, pero eso no quiere decir que el mundo donde estamos determine el mundo que vayamos a ser: entre ambos mundos se extiende la libertad. Los jóvenes norteafricanos han llevado en Francia una vida de marginación, y eso quiere decir que estaban en Francia, pero no eran de Francia. Ser de un país significa ser aceptado por el país donde se está: los norteafricanos de Francia no lo eran. Por rechazo del país de acogida, claro está, pero también por rechazo del país de origen, que no ponía los medios para que los hijos que vivían en Francia adquirieran verdaderamente la cultura francesa. La escuela suele ser para los humildes una guardería, y su casa una escuela paralela donde los chicos aprenden otras tradiciones. La cultura se adquiere realmente a través de los relatos, decía MacIntyre, pero los relatos hay que vivirlos de manera crítica; cuando falta el sentido crítico ya no hablamos de cultura, sino de culto. He aquí algunas de las claves que explican el rechazo de Europa por parte de los jóvenes árabes. Europa es para ellos una cultura sin relato, y por lo tanto sin vida; el Islam es su relato vivo, pero acrítico: por lo tanto no es cultura, sino culto. La cultura, para decirlo con palabras de Ortega, no es deleite, y los jóvenes la rechazan. Luego nos sorprendemos de que abracen cultos que anulan su voluntad, porque les hacen vibrar desde dentro.
            La exclusión social también se explica desde la falta de protección. Nos decía Maslow que, después de las necesidades biológicas, lo que más necesitamos todos es seguridad: ¿en qué seguridad puede vivir una familia que está en paro? Luego el sentimiento de pertenencia: ¿qué apego a la sociedad pueden tener unos jóvenes que se sienten rechazados por ella? Vivimos bajo la égida de un liberalismo monoteísta, y por monoteísmo entendemos que su único dios es la libertad (o el dinero). Pero esa libertad no es real, es un espejismo. Mandad a un joven a recorrer mundo arrancándolo de su familia, de sus raíces, de sus amigos y de su mundo, y pronto la libertad se transformará en desolación y pena. El joven se buscará una familia para no sentirse solo, para no tener miedo. El mundo liberal no es la panacea para el mundo islámico. La protección que el liberalismo nos quita es sustituida por una red asistencial que, con mayor o menor fortuna, hace las veces de subsidio de desempleo inexistente, de sanidad ausente, de escuelas que cuestan dinero, en vez de una omnipresente ausencia de seguridad social. Pero esa asistencia social la ofrecen a menudo los radicales: ése es el problema. Del desempleo sólo se puede proteger a los hombres, porque el trabajo no es para las mujeres; la sanidad se les prohíbe a ellas, y en las escuelas casi sólo se enseña el Corán: un Corán memorístico, todo hay que decirlo. Cuando la gente vota a los islámicos vota también por la asistencia social de la que se ha visto despojada por el liberalismo.
            ¿Nos sorprende, entonces, que esos europeos vean a Europa como un escaparate que no les deja disfrutar de sus promesas, desde lejos? ¿Que se acerquen a un mundo islámico que los arropa, bien o mal, con una protección que Occidente está aprendiendo a no tener? Somos animales sociales. La sociedad europea tiene una cultura que nos impulsa a ser nosotros mismos, pero una economía que nos priva de las posibilidades de la cultura; y la cultura de Europa ha olvidado sus relatos y se ha vuelto árida, toda llena de conceptos, cristal de duras aristas, vena sin sangre, intelecto sin emoción. El problema es que ese vacío suele ser ocupado por relatos maravillosos y vibrantes que crecen a costa de nuestra libertad, alimentándose de ella, consumiéndola, empobreciéndola, consumiéndonos también como el enfermo se consume por el parásito que se alimenta de sus fuerzas. Ningún culto debería vivir a costa de la cultura. Todos deberíamos tener los cultos que sintiéramos como propios, pero nunca a costa de la crítica que subyace en el corazón de la cultura. Los cultos, decía con otras palabras Unamuno, son como zarzas que te impiden entrar en la cueva de Montesinos; en esa cueva donde está el verdadero tesoro, ése que late por debajo de las tradiciones: el de la cultura.  
            Pero las gentes que imponen los cultos por la fuerza de las armas, matando enemigos y asesinando inocentes, lo hacen con armas que vienen de Occidente; relojes fabricados en Occidente; navegando por un Internet que ha sido creado por Occidente; con videos de propaganda producidos según una depurada técnica occidental. Y nos encontramos con la paradoja de que, para combatir una cultura, necesitan utilizar una parte de la cultura a la que combaten: ahí está su talón de Aquiles. El mundo islámico vive en una contradicción insostenible. Necesita de la cultura a la que ha convertido en su enemiga. Por eso, detrás de la desesperación presente, late en su fondo una lejana esperanza: que ambas culturas están condenadas a entenderse; y que tarde o temprano, quiérase o no, tendremos que convivir, respetarnos, tratarnos como hermanos y, por lo tanto, dialogar dignamente.