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jueves, 17 de marzo de 2022

DE FAKE NEWS, DE EMBUSTES Y DE BULOS

 

 

DE FAKE NEWS, DE EMBUSTES Y DE BULOS

 


            Andrés Laguna se sumó a los médicos humanistas que querían conocer las cosas de visu (de vista) y no ex auditu (de oídas); no se trataba de saber lo que nos habían dicho sino lo que podíamos ver con nuestros propios ojos; y si se trataba de personas, había que saber (y oír) lo que esas personas habían dicho,  no lo que nos habían dicho sobre ellas.

            Se trata, en realidad, de conocer las cosas en directo. En diferido podemos alterar las voces y cambiar las imágenes, y poner en boca de la gente cosas que la gente nunca ha dicho. Porque todo lo que se ve y oye en diferido necesita un intermediario, que es la cámara tomavistas; y todo lo que se graba se selecciona después mediante las técnicas del montaje; y el montaje depende siempre de la gente que lo monta, de sus intenciones, inteligencia y sensibilidades. Parece entonces que para poder creernos las cosas tenemos que contemplarlas en directo.

            Ahora bien, el directo también puede ser manipulado. Trucado, falseado, deformado. Yo veo a un ilusionista en directo y estoy viendo palomas que salen de los sombreros, cintas sin fin que salen de la manga, personas cortadas con un cuchillo que luego vuelven a salir enteras; y hasta, si apuramos, podemos ver fantasmas y monstruos que no surgen de la verdad sino de holografías astutamente presentadas. Cuando vemos esas monstruosidades en el cine sabemos que son producto del montaje; cuando las vemos en directo nos las creemos, a menos que estemos acostumbrados a ver espectáculos de ilusionismo (nosotros decimos: “de magia”) y sepamos que hay truco aunque no sepamos qué trucos son y cómo hace el prestidigitador para que las cosas, sin serlo, parezcan reales.

            De modo que aunque estemos viendo las cosas en vivo y en directo no tenemos por qué fiarnos de ellas. Estamos acostumbrados a distinguir los números de prestidigitación de los otros espectáculos. Sabemos que en un número de magia hay truco; pero en un mitin político o un debate estamos dispuestos a creer que lo que oímos y vemos es verdad. Supongamos que sospechamos que los actos políticos también sean ilusionismo: no nos fiaríamos de lo que vemos, oímos ni respiramos; creemos que estamos viendo a un líder cuando vemos en realidad a otra persona maquillada, disfrazada como él; Saddam Huseín tenía varios dobles que se paseaban por Bagdad como si fuera él, para que los atentados se los hicieran a ellos y no al Huseín verdadero.

            De modo que no sabemos distinguir la copia del original. Ni siquiera nos podemos fiar de lo que vemos, todo lo que nos rodea con apariencias de realidad puede ser engañoso. No sabemos si es un mundo virtual creado por ordenador (como en Abre los ojos, Matrix o El show de Truman, por citar algunas películas famosas). No nos podemos fiar de lo que oímos decir a otros, porque puede ser mentira; ni de lo que vemos y oímos en vivo, porque puede ser ilusionismo y realidad trucada. La experiencia directa de las cosas hoy es imposible. Pudo no serlo en el paleolítico, donde las técnicas audiovisuales de reproducción casi eran inexistentes. Pero hoy sí. Hoy día ya no podemos fiarnos ni de lo que vemos ni tocamos. Se adulteran los sabores con saborizantes y potenciadores del sabor, y lo mismo podemos decir del olfato; en cuanto al tacto, sólo los ciegos conocen las cosas tocándolas; y no todos; los demás, aunque toquemos la mano de un político, no sabemos decir quién es. 



            Se ha dicho que es verdad lo que vemos, oímos y tocamos. Pero no es así. También se ha dicho que la verdad está en la coherencia de las palabras, no ya en la correspondencia de las palabras con los hechos. Si sé que tal político está en Nueva York y yo lo estoy viendo en mi pueblo, una de las dos cosas es mentira. Si me dicen que Ucrania ha cometido un atentado contra Rusia teniendo Rusia cien mil soldados a las puertas de Ucrania, yo sé que esa información no es verídica; porque cometer ese atentado sería un suicidio y Ucrania está intentando defenderse, no suicidarse.

            Unos dicen que Trump ha perdido las elecciones en el año 2021. Trump lo niega, dice que han montado una gran mentira. ¿Cómo saber quién dice la verdad? No escuchando la radio, porque los locutores pueden tener identidades falsas. Ni la televisión, porque puede ser un montaje. Ni viéndolo en vivo y en directo, porque las papeletas que me muestran pueden ser falsas. Tampoco puedo fiarme de lo que me dicen, porque lo que me dicen puede ser mentira (aunque quien me lo diga sea una persona de carne y hueso). Una mentira de Trump puede tener la misma fiabilidad que una verdad de su adversario; o viceversa. No hay en democracia pruebas exactas de la veracidad de lo que dicen los políticos.

            ¿Entonces por qué creer a unos antes que a otros? Se trata de actos de fe, no de cosas probadas. La gente de la calle no está acostumbrada a razonar, por eso no utiliza la lógica para distinguir la verdad de la mentira: lo que sería una auténtica demostración; y aun así podríamos también dudar de ella, porque hay juegos matemáticos donde la razón y el cálculo incurren en paradojas y parecen trucados. Si no se puede saber dónde está la verdad, sí se puede creer en ella; y la verdad está donde nosotros queremos.

            Dos personas están viendo un partido de fútbol. Han metido un gol. El partidario del equipo goleado dice que ha sido fuera de juego, el otro dice lo contrario; y aunque repiten la jugada a cámara lenta los dos siguen en sus trece, porque los dos ven lo que quieren ver, no lo que sucede realmente. Volvamos al ejemplo de Trump. Si sus partidarios aceptan, con él, que hay millones de votantes que no tenían derecho a votar, no están negando que esos votos sean contrarios a ellos, sino que sean legítimos, porque no emanan de verdaderos norteamericanos. ¿Y quiénes son ciudadanos verdaderos? ¿Los que se han nacionalizado no lo son? ¿Lo son solamente quienes han nacido allí? No, dicen algunos, solamente quienes han nacido de padres que ya eran ciudadanos. ¿Entonces Trump no lo es? Porque sus padres eran suecos. Pero sus partidarios están dispuestos a no contar los votos de muchos latinos aunque sí los de Trump. ¿Por qué?

            Porque el problema no es la verdad. Es verdad que Trump es de origen extranjero, al igual que los latinos, eso lo saben los partidarios de Trump. Pero la cuestión no es la verdad, ni tampoco quién tiene razón, ni siquiera quién tiene derecho y quién no: la cuestión es votar a quien dice las cosas que nosotros pensamos; el resto no importa. El problema no es la verdad sino la solidaridad; la fraternidad, que dicen los franceses, o, como dice el cristianismo, que todos somos hijos de dios y por tanto que todos somos hermanos. ¿Ah, que los republicanos son cristianos? ¿Que el cristianismo predica la fraternidad? ¿Y que ellos no la predican? ¿Y siguen siendo cristianos? ¿Y con ello se contradicen? No importa. Lo que importa no es la  coherencia, sino el egoísmo. América primero. Aunque de América excluyamos a la mitad de los americanos. Quién sea americano y quién no, eso lo dicen nuestros intereses, no la realidad, no la verdad, porque estamos dispuestos a defender una mentira a pesar de que la verdad de las verdades la conozcamos.

            Entonces el mundo no está dominado por las noticias falsas, por los bulos. Son los bulos los que están dominados por el interés. Somos nosotros quienes decidimos elegir qué cosas queremos creer, al margen de la verdad, si hace falta. El problema no es la verdad, es el corazón. Cuando la gente no tiene corazón se pone un velo delante de los ojos porque sabe que la verdad la tiene delante, pero no quiere mirarla; prefiere creer las mentiras que defienden sus intereses y al principio lo hace por egoísmo, pero se lo acaba creyendo.

            La pregunta es: ¿por qué antes creíamos a los políticos moderados y ahora preferimos creer a los extremistas? La respuesta podría ser: porque antes la verdad era favorable a nuestros intereses y ahora ya no. Antes no nos molestaban los extranjeros porque nosotros teníamos trabajo. Ahora ya no lo tenemos y por eso nos molestan; aunque hayan venido, llamados por nosotros, cuando nosotros los necesitábamos. Y en vez de intentar que todos tengan trabajo preferimos quitárselo a ellos aunque sufran como perros y los tratemos como animales; y aunque pocos de nosotros estén dispuestos a trabajar en las condiciones degradantes que a ellos les imponen; aunque pocos quieran trabajar por los bajos sueldos que les están dando.

 


 

viernes, 29 de mayo de 2020

LA ENCRUCIJADA DE EUROPA




LA ENCRUCIJADA DE EUROPA


            Acabada la segunda guerra europea empezó la construcción de Europa. Unas mentes esclarecidas (o quizá una necesidad, quién sabe) se empeñaron en arreglar lo que unos niños habían destruido; unos niños egoístas, inconscientes y caprichosos. Querían unir las fuerzas que tiraban para sitios diferentes, hacer amigos a los antiguos enemigos, y evitar, tal vez, que la historia se repitiera. Alemania, que había invadido a Francia, se subió al mismo barco que los franceses. Y el Reino Unido, que se había enfrentado a Francia desde mucho antes de Napoleón, hasta se embarcó en el proyecto de unirse; el símbolo de esta concordia fue el avión supersónico que construyeron entre los dos: el Concorde.
            Después se acusó a la integración europea de ser un proceso meramente económico; la Europa de los mercaderes, se decía; su nombre era Comunidad Económica Europea, de modo que, desde sus propias señas de identidad, no tenía aparentes intenciones culturales, ni mucho menos políticas. Lo que se quería era derribar las fronteras, que circularan libremente las mercancías: no las personas. Las fuerzas centrífugas, en la izquierda, querían la Europa de los pueblos, y como eso no era posible, se oponían a ella; lo mismo pensaban en la derecha, desde la otra orilla.
            Todo cambió cuando el proyecto se abrió a la libre circulación de las personas. La Comunidad Económica Europea pasó a llamarse Unión Europea. Desaparecieron las fronteras no sólo para las mercancías, sino también para las personas; se facilitó el intercambio cultural y en el horizonte estaba, como una meta más o menos lejana, la unión política. Pero el proyecto de constitución europea, que impulsó desde Francia el antiguo presidente Giscard d’Estaing, fue rechazado en referéndum por los franceses; el mismo año que se aceptaba en España. Los Estados Unidos Europeos se convirtieron en una idea más lejana. Las fuerzas nacionales se fortalecían al tiempo que las de la unión se quedaban estancadas; Europa nunca tuvo una verdadera diplomacia común, los países se negaban a ceder soberanía, y hubo un compás de espera en donde lo centrípeto, en un equilibrio inestable, empezaba a conocer la parálisis frente a lo centrífugo.
            Luego vino la reacción del otro lado: los enemigos de la unión se hicieron más fuertes. En Francia los nacionalistas tiraban para dentro, luego en Austria; Italia se desgarraba por dentro, el norte rico no quería compartir nada con el sur pobre, y luego vendría formulado más claramente el rechazo de Europa; después vendría Holanda, Cataluña, hasta que el Reino Unido nos despertó a todos haciendo realidad la separación: el Bréxit puso racismo y xenofobia donde había habido convivencia; el nacionalismo catalán enfrentó a las comunidades menospreciando a los catalanes que vinieron de fuera y falseando la historia y lo que es peor: robando y corrompiéndose hasta la médula con los votos de buena parte del pueblo; si ha de haber ladrones (pensaban seguramente) mejor que sean de casa; pero no se les ocurría que pudieran luchar por un mundo sin ladrones, ni de dentro ni de fuera. La tensión nacionalista se contagió después a Hungría. A Polonia. A España. 


            Pero los europeos más esclarecidos siempre han abogado por la unión: dejemos a Carlomagno, a Carlos V, a Napoleón (y, por qué no, a Hitler) que quisieron hacerlo por las armas. Pensemos en la Europa de la paz. El camino de Santiago. Las universidades de la Edad Media. Erasmo. El camino de Santiago favoreció rutas de contacto, no sólo comerciales, entre los europeos. Durante la Edad Media los estudiantes podían enseñar y aprender en Bolonia, en Montpellier, el París, en Oxford, en Salamanca, y se entendían en latín: un espíritu infinitamente más cosmopolita que la España del año 2000, donde los padres se manifestaban para que el autobús no llevase a sus hijos al pueblo de al lado; y donde, para colmo del ridículo, se oponían a que se los llevaran, dentro de la misma ciudad, dos calles más abajo; esta estrechez de miras no tiene nada que ver con la amplitud de horizontes de la universidades medievales; en El nombre de la rosa Umberto Eco pone en escena a un profesor inglés, acompañado de un alumno alemán, viajando a una abadía que se encontraba en Italia; y en cuya biblioteca se deleitaban con los únicos ejemplares de algunos libros, en un mundo sin imprenta, que había en toda la cristiandad.
            Luego vendría Andrés Laguna. Abogaría por el entendimiento de las culturas, por el conocimiento de los pueblos, por la unión de los europeos. Porque más importante que las culturas son las personas, o, para decirlo con mayor propiedad, las culturas son el abono donde crecen, solidarias, las personas; las culturas, no los cultos; la razón y el sentimiento, no la exclusión y la ortodoxia; la apertura a lo que hay fuera, que es la lluvia que riega las tierras que han sido plantadas con el espíritu nacional. La única posibilidad de que los europeos no se mataran entre ellos era para Andrés Laguna que se unieran. Y con la inmensa variedad de sus territorios la cultura europea sería una de las más ricas del mundo. Cuando Stefan Zweig escribe sobre el fin del siglo XIX titula a su libro “Memorias de un europeo”; no de un austriaco, no, de un europeo. La apertura de miras siempre ha sido un abono excelente para la cultura. Hubo un tiempo en donde los griegos recuperaron la escritura, conocieron la moneda que facilitaba los intercambios, se fueron de la península a Jonia y de Jonia a Mesopotamia, conocieron a los egipcios, supieron de Gilgamesh y leyeron las tablillas babilonias, y entonces aprendieron de astronomía, de matemáticas y del mundo, y empezaron a observar: entonces empezó la filosofía; fue, dice la historia, cuando los griegos salieron de Grecia; entonces se hicieron más griegos.
            De todos los avatares que ha conocido Europa uno de los más duros ha sido la epidemia del año 2020. Que se fue convirtiendo en pandemia. Un microorganismo muy agresivo, una variedad de coronavirus, obligó a aislarse no ya a Europa, no ya a cada uno de los países, sino a las familias dentro de ellos. Las calles están desiertas. Las tiendas, cerradas, salvo las que son de primera necesidad. No hay bares, los hoteles no abren, se acabaron las aglomeraciones, las fiestas, no hay librerías y los libros se leen por internet. Se han interrumpido los intercambios, la policía intercepta a quienes hablan, sólo se puede salir a comprar o a pasear al perro. La crisis ha destruido los intercambios entre países, pero también dentro del mismo país, y como no es posible que los individuos vivan solos, los únicos intercambios presenciales se dan en la familia; luego están los intercambios virtuales, mucho bulo y poca esencia, y si antes encontrábamos algunas mentiras en la tele, hoy encontramos muchas mentiras en internet; antes la televisión era aprovechada por el poder para crear su farsa; hoy los wasaps y los tweets sirven para que todo el mundo cree su farsa, cada uno la suya, incluida la más peligrosa de todas, la del poder.
            Cuando hayamos derrotado al virus se acabará la crisis sanitaria; y por terrible que parezca sólo morirán unos cientos de miles de personas en el mundo; no diezmará la población como hizo la peste negra, y una pandemia no le llegará a la suela del zapato a aquella epidemia terrible: virtudes del progreso, contra el que muchas voces gritan. 


            Luego vendrá la crisis económica. Muchos vislumbran que será una crisis terrible, a todas luces devastadora. La experiencia nos dice que a todo desastre económico le suele seguir un desastre social, y que los millones de parados, excluidos del sistema, se ganarán la vida como puedan: en Estados Unidos se están vendiendo muchas armas porque la gente piensa que tendrá que defenderse de los robos que crecerán de manera descomunal. Pero los excluidos también pueden encontrar sueldo en las milicias de los desaprensivos, que se formarán para hacer estallar guerras terribles.
            Hay que evitar eso. Hay que ayudar a los parados, pero sobre todo crear empleo para que dejen de estar parados, y no sólo por humanidad: también por interés. Por humanidad: quienes tienen deberían sentir el deseo de ayudar a quienes no tienen. Por interés: si no lo hacemos viviremos en un mundo de destrucción. De modo que tanto por interés como por altruismo nos conviene ayudar a los demás.
            Ahora bien, esa ayuda no vendrá de la empresa privada. Habrá, sí, algunas acciones generosas, gente como Bill Gates o Amancio Ortega; pero la mayoría de los empresarios irán a lo suyo: la ganancia; ya lo están demostrando subiendo el precio de las mascarillas, que es un producto de primerísima necesidad para protegerse del coronavirus; y lo están haciendo en muchas farmacias.
            Es inverosímil, pues, que la solución venga de la iniciativa privada. Vendrá de los Estados. El padre fundador de la economía moderna, Adam Smith, lo dice bien claro en su biblia: el motor de la riqueza (y a eso lo llamamos liberalismo) es la ambición, el egoísmo, el interés; se trata de gastar lo mínimo y de ganar lo máximo. El Estado, por el contrario, tiene que gastar mucho y ganar poco, porque su misión no es hacerse rico, sino ayudar al indefenso. Evidentemente para gastar dinero antes hay que ganarlo, y eso puede hacerse de tres maneras: cobrando impuestos, volviéndose empresario o aliándose con la empresa privada; lo primero es necesario, pero doloroso; lo segundo tiene sus límites, porque las empresas públicas tienen vocación de servicio y eso limita sus ganancias; lo tercero sería ideal, pero tendríamos que saber cómo se hace. Y está también el gran problema de las empresas: la corrupción. Hay gestores públicos que meten mano en el dinero de todos y se llevan buenos bocados: eso es cierto, pero no habría que deducir de ahí que hay que acabar con las empresas públicas para acabar con el problema; la iniciativa privada también tiene sus corruptos, y sin necesidad de llegar a Julio César Arana o James Maddoz, podríamos recordar que hay empresarios que han esquilmado sus empresas, o dueños subordinados que han prosperado a costa de robar a los dueños principales, o dueños de bancos que han robado a sus propios bancos: como  hizo Mario Conde. Eso sin contar que, si no hay regulación de comercio, las prácticas comerciales pueden llegar a confundirse con las de los piratas. No, para combatir la corrupción pública no hay que acabar con la empresa pública, porque en la empresa privada también hay corruptos. La solución está en otra parte.
            El comunismo antidemocrático ha pretendido poner la economía al servicio del pueblo: los hechos hablan por sí solos. La economía liberal ha pretendido crear bienestar colectivo con el egoísmo privado: los hechos hablan también. Quizá la solución haya que buscarla en la postura de un Vargas Llosa suponiendo que en una economía liberal debe haber gente valiente (héroes) para corregir los errores y los excesos; o todavía mejor, en una postura intermedia: esos excesos no pueden ser corregidos por los individuos, sino por el Estado; y es la socialdemocracia, que viene de la mano de Keynes. La socialdemocracia también ha fracasado, ¿y por qué? Porque si se sostiene sobre la presión fiscal, el progreso hace la vida más atractiva y, para disfrutarla, las parejas cada vez tienen menos hijos; paralelamente el progreso hace que la gente viva más; el resultado es que cada vez nacen menos jóvenes y hay más viejos que mantener (porque el Estado ya se ha gastado lo que ellos aportaron en su día para que no los sostuviera nadie). El problema de la socialdemocracia es demográfico: el envejecimiento de la población; el Estado gasta más en los necesitados y cobra menos impuestos de la fuerza de los jóvenes. Hay que buscar la manera de hacer compatibles la calidad de vida y el crecimiento de la población; tener hijos no debería significar que renunciáramos a disfrutar; sobrevivir como especie no debería ser incompatible con vivir bien como individuos; que no sepamos hacerlo no quiere decir que no lo podamos hacer; es cierto que saber es poder, pero incurriríamos en una falacia si dedujéramos que seríamos impotentes si no supiéramos cómo actuar; la ignorancia de hoy puede ser el conocimiento del mañana. 


            Éstas son las bases sobre las que se mueve actualmente la sociedad. Sobre estas bases tendremos que buscar la solución al desastre económico que seguirá a la pandemia; una solución que evite la guerra europea. Lo primero que se nos ocurre es gastar: que los Estados inviertan mucho dinero. ¿Problemas? Que ese dinero se gastaría en ayudar a la población vulnerable, no tanto en producir. Y que eso endeudaría a los Estados: los cuales quedarían expuestos a la depredación de sus prestamistas, que, siguiendo las leyes del mercado, les cobrarían intereses abusivos. La solución podría estar en que los países ricos compraran deuda de los países pobres y que no los asfixiaran con sus intereses, y ahí es donde vuelve Europa.
            Si algún sentido tiene Europa es, hoy, la solidaridad. Sobre esa solidaridad se creará mañana el beneficio; la alternativa, si destruimos Europa, será la guerra de todos contra todos. Alemania y Francia volverán a ser enemigos. Francia y el Reino Unido se mirarán otra vez con desconfianza. Pero lo peor es que los países ricos no quieran compartir nada con los países pobres. Holanda, Austria, Alemania, Cataluña, el Reino Unido barrerán todos para sí. Nada importarán los vecinos, por más que estén llamando a la puerta, como decía un soneto de Lope de Vega: ¿cuántas mañanas llamaste a mi puerta? Y no te abrí. ¿Y cuántas otras contesté: mañana te abriremos, para lo mismo responder mañana?
            Aquí hay que mirar a los pueblos en relación con sus élites. Podríamos decir que el pueblo (así, simplificando mucho) es el que sufre la vida, tanto para bien como para mal, y que las élites son quienes, por tener resuelto el problema de la vida, no tienen que preocuparse de vivir y pueden pensar: me refiero a las élites políticas e intelectuales; sería ideal que pudiéramos incluir a las élites económicas, pero la realidad no dice que, salvo en casos aislados como Yunus, tal vez Soros y Bill Gates, no es realista hacerlo: los hechos hablan, pero no solamente los hechos; también la ideología de Adam Smith. Quizá lo que llamamos “pueblo” tenga que escindirse en varios grupos: el pueblo llano que disfruta y sufre, y a veces se muestra generoso y a veces vive el rencor; los poderosos que se creen más que nadie, y que les puede la avaricia y la soberbia pero a veces son generosos, y unas veces disfrutan y otras ni pueden ni saben disfrutar; y la mezcla de los dos.
            Supongamos que las élites políticas e intelectuales orientan a Europa sobre la senda de la solidaridad. Hay en Europa líderes capaces de hacerlo, el problema son sus pueblos. Imaginemos que un país rico, por ejemplo Alemania, lanza una política solidaria a escala europea; una política altruista, pero que redundaría, con el tiempo, en su propio interés, y la propia Alemania, que hoy hace un sacrificio, mañana acabaría ganando. Esa decisión esclarecida de las élites alemanas les costaría cara en unas próximas elecciones: pues el pueblo alemán, guiado por sentimientos mezquinos e intereses de corto alcance, es muy probable que barriera a esas élites y las sustituyeran por demagogos que esperan ahí, agazapados, aguardando su momento: el momento del egoísmo, de la soberbia, de la insolidaridad y de la exclusión. Europa se rompería y es probable que cada Estado acabara saliéndose para recuperar su soberanía: seguramente para ser león en su propio desierto; que aunque fuera desierto al menos sería propio; y con eso ya estarían contentos. 


            ¿Y si Europa no sigue la senda de la solidaridad? ¿Y si, para evitar que la rompieran los nacionalismos excluyentes, obligara a que cada uno saliera de la crisis por sus propios medios? Entonces se destruiría a sí misma, porque sus señas de identidad, sus ideales de apertura y libertad quedaría en entredicho y una realidad europea contraria a las miras de su ideal sería una realidad inviable. Esta destrucción ideológica de Europa, sumida en sus propias contradicciones, iría de la mano de su destrucción política, pues esta vez serían los países pobres los que se retirarían; acabarían pensando (y con toda lógica) que si no pueden obtener solidaridad de sus socios recuperarían la soberanía que les entregaron; o más bien (porque nadie entregó nada a nadie) lo que cedieron todos para construir el ideal europeo por el que se sintieron atraídos.
            Ésa es hoy la encrucijada de Europa. Por un lado estamos condenados a vivir juntos y por otro hay en cada uno de nosotros ese instinto de independencia que subsiste como una rémora del pasado; como una inercia. Pero en el pasado, cuando esta idea existía apenas, espíritus esclarecidos como Erasmo y Andrés Laguna ya supieron ver en el futuro; y se dieron cuenta de que si Europa no se unía sería el desastre; y lo fue; la guerra de los cien años, que les precedió, dio lugar a la guerra de los treinta años, a un divorcio radical más allá de las religiones, a diversos sobresaltos que nos llevaron después a dos guerras mundiales. Dos suicidios colectivos, tan descomunales como insensatos. Dos pandemias políticas.
            El pueblo, o más bien los individuos, la gente de la calle, siempre sufre las consecuencias. Por eso no vota con la cabeza sino con el estómago, y pone rabia donde debía poner sensatez, donde debía poner corazón pone tripas. Las élites, que normalmente no sufren de la necesidad, pueden pensar con el corazón y con la cabeza, ser prudentes y generosas, aunque muchos no lo sean: pero, en principio, pueden serlo; todo está en que sean unas élites esclarecidas, ilustradas, como quería Kant; en espera de que lo fuese el pueblo.
            El problema es que las élites son una minoría, y las élites ilustradas todavía más. Y que en unas elecciones puede sacar más votos la inconsciencia que la sensatez, aunque tenga motivos. El mundo camina en ese sentido: no olvidemos que Aznar, cuando se enfrentó a Felipe González, se presentó como uno de tantos, pretendiendo confundirse con la gente corriente frente al carisma con el que sobresalía Felipe González; también Donald Trump se presentó diciendo “yo no soy como ésos” (un político diciendo que no es político es como un médico presumiendo de no serlo, qué paradoja: y la gente le votó). Hoy asistimos al triunfo de lo mediocre sobre lo excelente y eso puede hacerle pagar un precio a la democracia. El pueblo alemán votó a Hitler. Los rusos retiraron su apoyo a alguien que tenía algo que decir en la escena política, Mihail Gorbachov, convirtiéndolo en un residuo. Y cuando la democracia se corrompe, renunciando a mejorar su cultura y renegando de la calidad, es capaz de condenar a muerte al mejor de los atenienses, a Sócrates, acusándolo de corromper a la juventud. Es necesario el pueblo para decirles a las élites que pasan hambre (aunque las élites no la pasen). Y son necesarias las élites para recordarle al pueblo que hay problemas que no tienen soluciones rápidas; y que no podemos dar hambre para mañana si nos obsesionamos de manera insensata en dar pan para hoy. Es necesario un equilibrio, un desarrollo político sostenible, lo que Hans Jonas llamaba imperativo de responsabilidad: que la necesidad de sobrevivir hoy no nos impida humanizarnos mañana. En las élites se encuentra mayoritariamente la calidad, aunque también la tenga mucha gente del pueblo; y en el pueblo se encuentra la cantidad democrática, medida en votos que no siempre contienen las mejores opciones. El problema de la democracia es el de equilibrar la cantidad con la calidad, y la democracia es el problema de Europa, una democracia de rostro humano: ésa es su encrucijada. Sería estupendo que lo que construyen los políticos por arriba, cuando es bueno, no lo derribara la gente por abajo: que el futuro no sucumbiera a manos del presente, que la prudencia no cayera empujada por la necesidad.
            Pero hoy los políticos no tienen buena fama. Hay malos políticos, es cierto, pero de que muchos políticos sean malos no se deduce que lo sean todos. Hay que tumbar prejuicios y ése es el primero de todos, porque si acabamos con los políticos ¿quién nos librará del propio pueblo si enloquece (y la política es el antídoto de la locura)? Europa es el punto de mira del mundo. De que Europa no se rompa depende el futuro de la humanidad. Porque en Europa está la cultura que hemos heredado antes de Grecia, echando sus raíces en Asia, y teniendo un pasado tan viejo, tiene el mejor trampolín del mundo para mejorar el progreso; para construir la justicia no solamente desde en sentimiento, sino, a todas luces, desde la razón.
  



viernes, 7 de junio de 2019

A LOS ANTIGUOS ALUMNOS



            El mes de mayo hemos recibido una visita entrañable: la de un ejército de mujeres y hombres hechos y derechos, curtidos en las batallas de la vida, que estaban celebrando los cincuenta años de su último curso de bachillerato; lo hicieron entre estas paredes, en estas mismas aulas donde ahora están otros jóvenes que acaso un día volverán, cuando se cumplan sus cincuenta años, como ellos. Hoy son médicos, arquitectos, matemáticos, físicos, profesores; investigadores, músicos, poetas y cantantes; nos pidieron que les enseñáramos los viejos sitios y luego se reunieron, en nuestra amplia biblioteca, para hablar de sus cosas: y todo ello antes de proceder a diseccionar el estómago en aquella tremenda comilona que todavía recuerdan los anales de Segovia; al día siguiente salieron en el periódico.
            A mí me pidieron que les dijera unas palabras y cómo me iba a negar, si las paredes rezuman de los recuerdos que ellos dejaron, como fantasmas... Recuerdos que se unieron a otro fantasma más legendario del que algunos conocen sólo el nombre. Porque en estas paredes hay fantasmas, sí: ya lo creo que los hay. Apenas rascando un poco salen envueltos en nieblas añejas y viejas sábanas.
  

  DISCURSO DE BIENVENIDA A LOS ANTIGUOS ALUMNOS DEL INSTITUTO ANDRÉS LAGUNA, DE SEGOVIA
  

            Dicen que la reencarnación se produce cada vez que un alma se pasea por varios cuerpos: el alma de nuestro instituto se encarnó primero en la plazuela del conde Cheste, en 1845, donde se llamó Casa de Segovia; luego se trasladó al patronato de Ochoa Ondátegui, en 1869, y allí se acabó llamando instituto Mariano Quintanilla; y por último se instaló, en 1963, en la calle Conde Sepúlveda, donde tomó el cuerpo y el nombre de Andrés Laguna.
            Cuenta Platón en uno de sus mitos que un día se separó la parte masculina de la parte femenina: la parte masculina tomó la forma de Andrés Laguna, y la femenina la tomó de Mariano Quintanilla (que era por aquel entonces el instituto femenino de Segovia). Este recinto en el que estamos hoy es el hermano mayor de aquel primer instituto, como cuando una célula primitiva se divide por bipartición ; las células hijas, a su vez, se fueron partiendo en otros trozos, que son los distintos institutos que hay actualmente en Segovia.
            Vosotros habéis estudiado en este instituto, y ahora venís a reconocer los lugares por los que habéis pasado; a través de ellos buscáis también los espejos donde podréis miraros vosotros mismos. Nosotros también queremos saber quiénes somos y por eso, desde hace un año, hemos empezado a celebrar el día de Andrés Laguna. ¿Quién fue Andrés Laguna?
            Fue un médico. Y como médico, se sintió en la obligación de poner límites empíricos a lo que decían sus maestros; si Galeno decía que el hígado tenía cinco lóbulos y él, al diseccionar un hígado, sólo había visto tres, se entregó en cuerpo y alma a la experiencia, de ninguna manera a la autoridad de Galeno; y si le decían que había que sangrar al enfermo y él veía que las sangrías lo debilitaban, siempre se esforzaba en curar mucho y sangrar menos.  Eso era ser médico de verdad.
            Andrés Laguna era humanista. Esto significaba tres cosas: primero, que prefería el original a la copia; segundo, que tampoco se fiaba del original; y tercero, que había que reírse mucho y estar un poco loco. En aquel tiempo se practicaba la curación por las plantas; el gran libro de farmacia lo había escrito Dioscórides, que fue un médico que acompañaba a las legiones romanas por toda Europa catalogando todas las plantas que se encontraba. El Dioscórides había sido traducido al castellano pero Laguna no se fiaba de esas traducciones: así que buscó el texto original (que estaba escrito en griego) y lo volvió a traducir; entonces quiso saber si de verdad existían las plantas de las que había hablado Dioscórides, y empezó a viajar por toda Europa para comprobarlo.
            Por eso Andrés Laguna era viajero. Recorrió hasta el cansancio toda la geografía europea y llegó a decir que había matado más caballos viajando que sangrado enfermos cuando los curaba.
            Fue un ilustrado avant la lettre; por eso se fiaba sólo de la observación, que lo mantenía atado a la realidad, y de la razón, que le permitía llegar adonde no llegaban sus ojos. Por eso se empeñó en combatir el prejuicio y la superstición: y frente a la Inquisición, siempre sostuvo que era falso que existieran las brujas; y frente a la creencia popular, también sostuvo que el frenesí en el que se embarcaban las llamadas brujas no tenía nada que ver con el diablo, sino con el efecto alucinógeno de las drogas que tomaban. Cuenta en uno de sus relatos que unos brujos hicieron en una olla un ungüento verde mezclando cicuta, solano, mandrágora y beleño; con un bote de aquella mixtura mandó untar a una mujer de pies a cabeza, y la mujer abrió los ojos como un conejo (toda ella parecía una liebre cocida); entonces le dio un sopor que duró muchas horas, y cuando despertó le dijo al marido: “tacaño; has de saber que te he puesto el cuerno, y con un galán más mozo y más estirado que tú”; desde aquel día toda la gente quería que la untaran con aquella mixtura.
            Andrés Laguna fue un hombre europeo; y más que europeo, europeísta; en Colonia defendió la unidad de Europa frente al enemigo común, que en aquel momento eran los turcos; y sostuvo que Europa corría el riesgo de desaparecer, no porque el enemigo fuera fuerte (que sí lo era), sino porque ella misma, la propia Europa, estaba dividida; por eso su discurso en defensa de la unidad europea se titula precisamente Europa, que a sí misma se atormenta. 


            Y si hemos de creer a Marcel Bataillon, que atribuye a Laguna la autoría de una novela picaresca (el Viaje de Turquía), Laguna también sería el apóstol de la tolerancia; pues nos viene a decir que a los enemigos, en lugar de combatirlos (aunque a veces haya que combatirlos también), lo que hay que hacer sobre todo es conocerlos; conocerlos y comprenderlos; y que Turquía no sólo tiene cosas malas, sino también muchas cosas buenas; como el kefir, esa especie de leche agria tan buena para el estómago; y el comer muchas naranjas, que las hay en Turquía; y la costumbre de lavarse siempre, en una época en que los cristianos pasaban muchos meses sin cambiarse de ropa. Llegó a decir, como consejo para curar la peste, que no hay nada como la higiene para prevenirla y mantenerla lejos.
            Y cómo no, el sentido del humor hizo de Laguna nuestro gran médico humanista. Tradujo a Luciano de Samosata, que en la Tragopodagra parodiaba a la tragedia griega poniendo en escena un hilarante coro de gotosos. Tenía un verbo socarrón y corrosivo que enlazaba con lo más granado del Siglo de Oro. Sólo se me ocurre recordar una escena graciosísima donde un médico cura a un fraile de unas fiebres y a un joven de impotencia; el farmacéutico cambia las recetas por error y nos acabamos encontrando con un fraile empalmado que a duras penas puede ponerle freno a su virilidad; de las fiebres del enamorado, mejor hablamos otro día. Se ríe de todo el mundo: de las mujeres turcas que, según dice, son feas como la noche; del papa, que es de la hechura de una cebolla; y de los enfermos de gota, que sufren como dioses y gritan como mierdas. Uno de sus personajes se llama Pedro de malas artes, Pedro de Urdemalas; y otro que le da la réplica tiene por nombre Mata (abreviatura de Matalascallando). La mejor receta para no pasar frío, cuando no tienes con qué comprarte ropa, es hartarte de ajos crudos y de vino, que es brasero del estómago. En fin, he aquí lo que dice la gota, personificada en el diálogo de Luciano, cuando se entera de que el coro de gotosos la quiere matar:

                           ¡Venganza clamaré! Pues me he enterado
de todas las cosas que habéis traído
para matarme: musgos, ortigas,
lentejas, melocotón, zanahorias,
beleño, incienso, sodio,
repollo, ciprés, cagarrutas de cabra!
¡Sapos, ratones, lagartos,
antílopes, hienas, zorros y ranas,
masa de croquetas, puré de garbanzos,
pasas, sanguijuelas y algas de charca!
Con eso me queréis matar:
¡los dioses del Olimpo reclaman venganza!
             
            Laguna se sentía segoviano hasta la médula. Todos sus libros los firmaba como Andrés Laguna “Segoviensis”, y ser segoviano era, para él, tener un hogar al que volver después de haber recorrido mundo (mientras que para otros la patria es el lugar al que uno vive atado sin poder salir al mundo). Ser segoviano era para Laguna lo mismo que ser cosmopolita. En eso coincidía con esa otra segoviana ilustre cuyo nombre todos conocemos: María Zambrano.
            Este instituto está intentando rescatar las esencias más puras del lagunismo: el lagunismo es investigación, es comprobación, es empeño por ir a los orígenes, que es lo mismo que buscar en las fuentes; es ilustración, empirismo, racionalismo, europeísmo, casticismo,  tolerancia y cosmopolitismo; y sobre todo mucho humor. Cada año nuestro instituto dedicará el día de Andrés Laguna a un aspecto del segoviano cosmopolita con cuyo nombre nos identificamos.  
            Y vosotros, que habéis estado aquí hace algunos años, haced un poco de memoria: ¿os atrevisteis a contradecir alguna vez al profesor? ¿Siempre tuvisteis en la razón el antídoto contra las supersticiones? ¿Tuvisteis en la experiencia el antídoto contra la ignorancia? ¿Habéis viajado? ¿Habéis añorado vuestro hogar sin renegar nunca de aquel día feliz en que os marchabais de él? Y sobre todo ¿habéis reído hasta reventar sacándole punta al tiempo? ¿Haciéndole trastadas a la vida? ¿Habéis sido pícaros? ¿Habéis invertido vuestras hormonas en la formación de tretas, bromas, barrabasadas y trampas, a veces tan pesadas como inocentes, en las largas mañanas del invierno? ¿Habéis combatido la lentitud de los días eternos, en las aulas viejas que intentaban domar, sin éxito, a la fierecilla rebelde que todos teníais dentro? ¿Habéis vivido, como Andrés Laguna, como humanistas y científicos, pero también como Matalascallando y como Pedro de Urdemalas? Si la respuesta es sí, no lo dudéis: es porque habéis estudiado en el instituto Andrés Laguna.


            Miércoles, 23 de mayo de 2019, en la biblioteca del instituto.
(Mariano Martín Isabel, profesor de filosofía).

sábado, 26 de marzo de 2016

Andrés Laguna Segoviensis





ANDRÉS LAGUNA SEGOVIENSIS 

 

            Nació en Segovia en 1499 (algunos dicen que en 1511). Estudió con Domingo de Soto, hizo el bachillerato de artes en Salamanca y estudió medicina en París. Pasó 20 años en España y otros 27 recorriendo Europa: París, Londres, Gante, Metz, Colonia, Bolonia, Venecia, Pisa, Florencia, Nápoles, Génova, Trento y los Países Bajos. Fue médico del papa Julio III y del emperador Carlos V, pero también lo contrató el ayuntamiento de Metz: por eso se puede decir que fue médico de ricos y pobres.

 Escribió una Anatomía donde refiere las disecciones que practicó (desautorizando incluso a Galeno, al comprobar que el hígado no tenía cinco lóbulos). Su obra más importante fue el Dioscórides, que tradujo y comentó pormenorizadamente. También escribió el Discurso breve sobre la cura y preservación de la pestilencia y el Discurso de Europa (subtitulado Europa que a sí misma se atormenta). Se le atribuye el Viaje de Turquía. Murió en Guadalajara en 1559, cuando ya estaba de regreso a Segovia.

            Después de haberse pasado la vida viajando, regresó a casa. “Encontré el puerto”, reza una inscripción que hay en su capilla funeraria. Y Andrés Laguna, segoviensis, como él mismo gustaba de llamarse, siguió en sus postreros años el instinto de la tierra.


1. Dioscórides.

            En el Renacimiento vuelve el deseo de coleccionar plantas; también de revisar los textos de griegos y romanos para librarlos de las falsedades que les agregaron los copistas; y para someterlos a crítica; el instrumento necesario para traducir es el conocimiento de los idiomas, como se dice en un pasaje del Viaje de Turquía. Latín y griego (y, llegado el caso, árabe y hebreo); para la crítica son necesarias la observación y la lógica.
            Andrés Laguna pudo anticiparse a Vesalio en el estudio riguroso de la anatomía. Si Vesalio dijo de uno de sus maestros parisinos que “no sabía hubiera manejado el cuchillo más que a las horas de comer”, Laguna, mediante la disección, confirmará el descubrimiento de la válvula ileocecal que había hecho Variolo; también disecará los uréteres para demostrar el camino que seguía la orina hasta la vejiga, y desautorizará a Galeno comprobando que el hígado no tenía cinco lóbulos.
            Sin embargo lamentará no haber hecho más disecciones. Seguramente porque los otros países tenían un libro de farmacia y España no lo tenía: Andrés Laguna, haciéndose eco de esa necesidad, renunciará a la observación sistemática y se embarcará en la tarea de traducir el Dioscórides del griego. Pedazio Dioscórides, de Anarzaba, en Cilicia, recorrió Europa junto a las legiones romanas y recogió todos los caracteres botánicos que pudo, relacionándolos con sus aplicaciones a la medicina; entre sus predecesores botánicos estaba Teofrasto; entre sus sucesores, Plinio (Historia natural) y Columela (Libro de agricultura). En la Edad Media circularon las versiones griega, latina y árabe; se manejaron en Constantinopla, Munich, Bizancio o París; en 1516 ya estaba la edición de Alcalá con prólogo de Nebrija, pero fue Laguna el que depuró y comentó profusamente el Dioscórides; hasta 1906  no le dará Max Wellmann la versión definitiva. Andrés Laguna hizo más que traducirlo: coronó un dilatado trabajo de observación por los campos de Europa, para cotejar las descripciones del libro con la naturaleza real, de modo que en él se conjugan dos trabajos en uno: una traducción que hace como humanista, y un tratado de observación descriptiva que hace como médico.
            El Dioscórides de Laguna consta de seis libros: el primero, de 147 capítulos, trata de las plantas, las medicinas aromáticas y los ungüentos; el segundo, de 177, de los animales; el tercero y el cuarto, de las raíces y las hierbas medicinales; el quinto, de los vinos y minerales; y el sexto (69 capítulos), de los venenos. En aquel tiempo se consideraba que los animales eran alimento, las plantas medicina y los minerales veneno; por eso los reyes padecían gota y los médicos rechazaban que los minerales tuviesen virtudes curativas (un dogma contra el que se iban a levantar, años más tarde,  los iatroquímicos). He aquí algunos ejemplos:    

El paliuro:     
            Gran discrepancia se halla entre los escritores acerca del paliuro. Porque Dioscórides, Teofrasto, Agatocles y Plutarco le pintan cada uno a su manera; y así no es maravilla que no conste totalmente entre nosotros cual planta sea. Dado que el agrifolio, que en España llamamos acebo, de cuya corteza suele hacerse la liga para coger los pájaros, me parece a mí ser el legítimo paliuro.

La oxicanta:
            Hállase gran copia de aquesta planta por todas partes y principalmente en el valle del Tejadilla, que está junto a Segovia, mi tierra; a do me acuerdo, siendo muchacho haber ido a coger muchas veces majuelas, que así llaman el fruto de la oxicanta.

 

2. El discurso sobre la peste.

            Andrés laguna se suma a la costumbre de curar las enfermedades eliminando las causas, no los síntomas; pero adolece, como su época, de un vicio: querer extraer consecuencias de los hechos antes de buscarles explicación; y es que el interés terapéutico se adelanta al interés diagnóstico (que debería prevalecer para que la curación fuera eficaz). Si entre las causas de la enfermedad está la suciedad, conviene que “resplandezca una singular y estraña limpieza”; ya desde las Cruzadas moría gente por ignorancia de la higiene elemental, y en 1546 Fracastoro hablaba del contacto directo de las semillas de la enfermedad por el vestido y los utensilios, y de su infección a distancia; en 1377 se hicieron esfuerzos sistemáticos por aislar a los portadores de la enfermedad (la “trentena” que aplicó la ciudad de Ragusa); pero Laguna extiende esas medidas a quienes, sin ser actualmente portadores, corren riesgo de serlo: en consonancia con la cuarentena que empezaba a aplicar el hospital de Venecia.
            Bien es cierto que Laguna está lejos de las tablas baconianas. Si la peste viene asociada al calor húmedo, la suciedad, los cometas, anfibios, reptiles, ratones y otros animales inmundos como “las viruelas y el sarampión”, esta observación es lo más parecido a una tabla de presencias; pero se debe a una práctica empírica, no a una teoría inductiva. Bien es cierto también que el microscopio sólo se construye en 1600, cuando hace tiempo que Laguna ha muerto; y que se creyó todavía durante muchos años en la generación espontánea de Aristóteles (que sostenía que la materia viva surgía de la materia inerte): lo que impidió pensar en la continuidad vital (lo vivo procede necesariamente de una vida preexistente), y mucho menos en el contagium vivum (que admite que ciertas infecciones se deben a seres microscópicos). Laguna, falto de esos recursos, no podía escapar a los prejuicios médicos de su época: que veían, desde Hipócrates, que las causas próximas de las enfermedades, en este caso la peste (causas como la corrupción del aire), se debían a otras causas remotas como los terremotos, el clima y los influjos astrológicos.
            Tales fueron las condiciones en las que Andrés Laguna intentaría curar la peste en la ciudad de Metz. Fruto de esa experiencia fue su Discurso sobre la cura y preservación de la pestilencia: en él se contiene todo lo que se puede hacer (que no es poco) sin microscopio, sin teoría celular y sin teoría del contagium vivum; con una medicina limitada al estudio de la anatomía superficial, y con pocas o nulas posibilidades en parasitología y epidemiología. Obligado a hacer pronósticos sin diagnóstico, sin una física y una química que permitan saber en qué consiste esa causa que él llama “ayre infecto y corrupto”, a la que atribuye todos los efectos de la peste, Laguna insiste en la importancia de la higiene como factor de curación: esto de por sí ya es de gran importancia; en consonancia con las medidas que tomaban los médicos de la época.
            Pero hay que destacar, detrás de esas limitaciones, algunos méritos: como la primacía de la observación frente a la autoridad; el uso de la razón crítica (sin explicaciones sistemáticas) en su oficio de médico; algún atisbo de experimento; conciencia de la duda en las conjeturas médicas; énfasis de la higiene como factor preventivo; y, sobre todo, el abandono de la magia. Sólo por estos atisbos merece ser considerado como un precursor moderno de la medicina; y por haberse atrevido a curar la peste, en lugar de contentarse, como hizo Vesalio, con dedicarse a la anatomía: una actividad que, en aquella época, le habría proporcionado más éxito.


3. Discurso de Europa.

            Andrés Laguna es, en palabras de Marcel Bataillon, “un español europeísimo”. Se hablaba ya de la “República cristiana” que, “trascendiendo las soberanías territoriales (…) va, naturalmente, acompañada de un concepto jurídico supranacional de una más vasta comunidad sobre la tierra”. No obstante, en el siglo XVI Europa, si bien ya constituye una unidad cultural, no es todavía una unidad política; está dividida, pues la reforma protestante la ha arrojado a una espiral luchas intestinas; y mientras ella misma se desangra, afuera vigila el enemigo, que es potente: Turquía. El objetivo de Laguna es pedir la unidad y concordia de los príncipes cristianos para que Europa se levante de su postración; el recurso que utiliza, más que centrarse en hablar de Europa, es dejar que hable ella misma; el resultado no será, pues, un discurso sobre Europa, sino de Europa; Europa, que a sí misma se atormenta; Europa heauten timorumene.
            Fue pronunciado en Colonia, en el gimnasio de las artes, al anochecer; “haciendo gala de negras antorchas y de distintos rituales funerarios”. Europa está personificada en una mujer enferma. Entra en el aula magna y se desmaya. Después, el autor comunica sus avatares y peripecias. Luego viene el argumento, en el que el propio Laguna, en un estilo teatral, busca la benevolencia del público e insta a que los príncipes cristianos, enemigos de Carlos V y de Fernando II, busquen la concordia. Tras una última descripción de Europa (moribunda), y de un ejemplo que sirve de exhortación, se dirige al lector instándole a que comprenda.
            Laguna habla de “los enemigos de los cristianos”, pero en el Viaje de Turquía, lejos de considerar a los turcos como extraños, los intenta comprender. “Concebí a quienes habían de destrozar mis entrañas”, dice Europa; y frente a los separatismos étnicos o religiosos, el propio Dioscórides advertía de que “las plantas nos dan claro ejemplo para ejercer equidad y justicia, pues vemos que cada una de ellas permanece en su propio asiento en el cual fue transpuesta y sembrada, sin usurpar o invadir el sitio de sus vecinas”. Hace Laguna un inventario de los horrores de la guerra: destrucción y muerte (ciudades en ruinas, campos desolados, templos incendiados), y toma partido por el césar (el emperador) como garante de la paz, “digno de ser imitado”, dice él, “por los príncipes cristianos”. El ejemplo que ha utilizado le enseña que es indecoroso que aquellos a quienes la naturaleza unió los separe la ambición o el dinero; y que es incierto el resultado, pues en nuestras manos está el comenzarlo,  pero no su terminación; y como todos los bandos han de perder más de lo que ganen, concluye Laguna: “cede la mitad de lo tuyo, que yo cederé otro tanto de lo mío”. En las guerras, como en los pleitos, nunca hay un ganador.
            Por eso habla de “Europa, que a sí misma se atormenta”. La única solución es la unidad de todos. La unidad en la paz, no en la guerra. Y si hemos de creer en la autoría de Laguna, esta enseñanza se completa con la que nos da en el Viaje de Turquía: que la unidad de Europa sólo se cimenta con la convivencia pacífica de los pueblos que hay más allá de sus fronteras; aunque hoy se cuestione si Turquía forma parte de Europa o está en los márgenes de ella.

            Marchando yo, poco ha, a la gestión de mis asuntos privados, salió a mi encuentro una mujer, mucho más desdichada –a juicio mío- que cualquier otra, varones clarísimos, toda llorosa, triste, pálida, trunca y mutilada en sus miembros, hundidos los ojos y como escondidos en una caverna, extremadamente macilenta y escuálida, cual las viejas que a mí tantas veces suelen acudir consumidas por la fiebre de la tuberculosis.

 

4. Viaje de Turquía.

            Marcel Bataillon atribuye esta obra a Andrés Laguna. Nada es menos seguro. Si tal fuera el caso, Laguna habría aprovechado para hacer un ejercicio de autocrítica como Montesquieu lo hizo en las Cartas persas. Unos cautivos cristianos descubren con igual objetividad las luces y las sombras del imperio turco; y aprovechan para recordar que también la cristiandad, que tiene muchas luces, tiene muchas sombras. El Viaje de Turquía es a la vez una novela de costumbres y una novela picaresca.
            Este extenso diálogo cuenta la odisea de Pedro de Urdemalas, al que Marcel Bataillon no dudó en calificar de Ulises cristiano. Son tres los personajes: Pedro de Urdemalas (literalmente: “Pedro de malas artes”), astuto y observador, hombre de letras que entiende de medicina; Juan de Voto a Dios, judío errante que presume de lo que carece; y Matalascallando, socarrón, escéptico, burlón, desconfiado y amigo de contrastar las cosas: “si el oficio de médico es matar… ¿no lo hará mejor cuanto menos estudiare?”
            La autonomía de la razón pasa por la demolición de los dos pilares de la escolástica: los filósofos y la Iglesia; ambos están cautivos dentro del criterio de autoridad. En cuanto al filósofo, “si le preguntáis por qué es verdad esto, responderá con su gran simpleza y menos saber, que porque lo dixo Aristóteles”; en cuanto al fraile, la autoridad se da la mano con el rechazo de la experimentación: “plugiese a Dios (…) que muchos de los theólogos que andan en los púlpitos y escuelas midiendo a palmos y a jemes la potencia de Dios (…) supiesen por experiençia midir los palmos que tiene de largo el remo de la galera turquesca”. Bajo esta tónica mordaz e irreverente, propia de la picaresca, no late una falta de religiosidad, sino un deseo de que la religiosidad se acomode a la ciencia. Eran los tiempos de Erasmo. Cuando llegue Felipe II, rey de la Contrarreforma, las cosas cambiarán; primero fue Carlos V, príncipe del Renacimiento.
            Pedro de Urdemalas critica el método escolar de gramática y comentario pues, cuando se trata de aprender idiomas, “su fin no es saber fábulas (…) sino entender la lengua”. Y puestos a hablar, lo principal es pronunciar: “ninguna cosa hay para entender las lenguas (…) que la pronunciación”. Su programa de estudios es de rabiosa actualidad, pues reclama menos competencia lingüística (así lo llamamos hoy) y más competencia de comunicación. El conocimiento de las lenguas facilítale el espíritu de comprensión y tolerancia, y es una exhortación a dialogar entre las diversas culturas de la tierra.
            He aquí algunos de sus rasgos de humor:

            -¿Hay mugeres en Turquía?
            -No, que los hombres se nasçen en el campo como hongos.

*
            -Yo digo que la çinta puede muy bien ser causa que la muger se empreñe si se la saben çeñir.
            -¿Cómo se ha de çeñir?
(…)
            -El fraile más moço, a solas en su celda, y ella desnuda.

*
            -¿Cómo podías sin casa sufrir tanto frío y sin ropa?
            -Hartándome de ajos crudos, y vino, que es brasero del estómago.


5. Conclusión.

            Andrés Laguna fue un científico, pero también un humanista; un equilibrio casi perfecto entre literatura y ciencia (dos polos que, tradicionalmente, se han dado la espalda). En el siglo XIV se cultivó la ciencia: en el XV, el humanismo. En el XVIII fue la Ilustración: en el XIX, el positivismo. El empirismo lógico, en el XX, creyó que sólo había futuro dentro la ciencia: después la hermenéutica cambiaría el enfoque de nuevo. Ciencias y letras: dos “culturas”, como dijo Snow en 1959, apostando por la ciencia como garantía de futuro; y viendo en las letras, frente al progreso científico, una rémora para la humanidad. Antes había dicho lo contrario Jean Baptista Vico.
            Pero Andrés Laguna, antes que todos ellos, supo ver, como médico humanista, que el lastre más grande de todos era que las ciencias menospreciaran a las humanidades; y que las ciencias naturales también despreciaran a las ciencias humanas: éste es el legado que querríamos rescatar. Andrés Laguna: el diálogo entre humanismo y ciencia (columna vertebral sobre la que se edifica la cultura) es el eje sobre el que se desarrolla nuestra personalidad. Plenamente. El único que puede ofrecernos todas las garantías.