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viernes, 11 de febrero de 2022

CABEZAS SIN CUERPO

 

CABEZAS SIN CUERPO  

 


            ¿Y si fuéramos sólo una cabeza? Una cabeza sin cuerpo, quiero decir. Un cerebro metido en una cuveta que hiciera de pila para cargarlo con electricidad. Un ordenador. Un ordenador es un cerebro electrónico que recibe datos, resuelve problemas y los manda a imprimir. Un ordenador no tiene cuerpo, ni corazón, ni se relaciona con nada que no tenga que ver con el pensar, ni tiene cultura sino sólo datos; el ordenador no lee para enriquecerse, sino para resolver problemas; no va al teatro, al cine, a la ópera, y cuando asiste virtualmente a esos espectáculos lo hace para ser un erudito y no un cerebro culto (¿se puede hablar de cultura donde no hay corazón?)

            Hay jóvenes que se parecen a ese cerebro. A esa cabeza sin cuerpo. Jóvenes que en los estudios sacan las máximas notas, menos en Educación Física. Jóvenes que no leen historias de amor. Que no van a bailar, que no han bebido nunca un trago, que no tienen amigos, que se saben todos los museos y todas las películas y todas las obras de teatro, pero no han disfrutado nunca de ellos; se lo aprenden todo porque se lo han mandado, por pedantería, ni siquiera quieren saber, sólo quieren triunfar sabiendo: ser los mejores de la clase, presumir de excelencia, saberlo todo. Esa gente es un aburrimiento porque, preguntes lo que preguntes, todo lo van a saber.

            Esos jóvenes no tienen amigos. Salen a la calle pero no se mezclan con la calle, no se divierten. No saben relacionarse con la gente, se encuentran a disgusto donde hay gente, muchas veces son tímidos, sienten pero se avergüenzan de sus sentimientos, no saben expresarlos, no saben expresarse, les gustaría confiar a alguien sus cosas pero no pueden contárselas a nadie o no saben, o no quieren, o no se atreven. Viven solitarios y no viven en el mundo, sino en su mundo; que es el mundo donde obedecen a quienes dicen que para ser bueno sólo hay que estudiar: que suelen ser los padres. Esos padres, cuando hablan de sus hijos, no dicen “éste es mi hijo” sino “ésta es mi fábrica de sobresalientes”.

            Hasta que se rompen. Blanco lo sabía todo, contestaba a todo, Blanco era un aburrimiento: no había cosa que le preguntaras que no te supiera responder. No distinguía entre ciencias y letras, era bueno en lengua y en matemáticas, en literatura y en física, en historia y en biología, en dibujo técnico, en inglés, en lo que hiciera falta… Menos en dibujo artístico, que para eso hace falta corazón. Hacía unos dibujos perfectos, pero sin vida; y aun así sacaba la máxima nota en dibujo y en pintura. Era torpe en Educación Física (entonces lo llamábamos gimnasia), pero como sobresalía en todo, también le daban un sobresaliente en gimnasia; porque, ya se sabe, ésa es una asignatura de relleno, la gimnasia es una maría, si eres bueno en lo que de verdad importa ¿cómo vas a suspender la gimnasia? Blanco acabó cum laude en el bachillerato. Estudió el primer año de carrera en matemáticas y antes de pasar a segundo… se rompió. Le dio una depresión que lo mantuvo alejado de los estudios varios años. Hoy es un empleado de oficina, resignado, triste, aburrido, cabizbajo y mal curado. De vez en cuando se acuerda de sus esperanzas frustradas de antaño. 



            Cristina era brillante. A los dieciséis años era la envidia del instituto, máximas notas en todo, educada, modosita y obediente, Cristina era un ejemplo para todos; se la restregaban en las narices a los gamberros. Y el último año de secundaria, a punto de prepararse para la universidad, tuvieron que hospitalizarla: se le metió en la cabeza una especie de tedio; a su cerebro sólo venían ideas negras, había perdido la esperanza, la alegría, la vitalidad, y con los libros ya no podía concentrarse. Sus padres se lamentaron: esta niña, nuestra hija, con lo bien que iba, que iba para comerse el mundo y mira lo que le pasa. ¡Qué mala suerte! Nos ha tenido que tocar a nosotros, ¿por qué nosotros, por qué precisamente a ella? (El destino no es una lluvia que se va regando por azar. Es una semilla que vamos sembrando con nuestras acciones).

            Aurora era la luz de su casa. Estaba acabando la universidad, nunca había conocido una nota que no fuera la máxima. De repente se rompe algo dentro de ella. Se hunde su ánimo, su optimismo desaparece, su moral está por los suelos, le vienen a la mente ideas negras. Un día le dice a su hermano: si yo no estuviera, ¿tú qué pensarías? La tienen que medicar, psiquiatras, hospitales, estudios abandonados, años perdidos. Ahora le ha dado por la poesía y anda por ahí escribiendo y dando recitales. ¿Sus estudios? Ya no le interesan. Nunca llegó a tener un título de nada, ahora es feliz al margen de todos los títulos. Tanto esfuerzo invertido, tanta juventud sacrificada, ¿para qué?

            Algo tienen en común Aurora, Cristina y Blanco. Los tres han sido educados como cerebros. Los tres han despreciado el cuerpo (por donde se desahoga uno), el corazón (por donde uno se llena) y el mundo (en el que uno hace amigos y se siente acompañado). Y como una olla a presión donde hemos acumulado vapor, están con una presión extrema pero ellos, a diferencia de la olla, no tienen válvula de escape; se las han cerrado todas; la válvula del cuerpo, la del dibujo, la de la música, la de las materias que no sirven para nada o mejor no sirven para la nota: pero sirven para soltar los malos humos, convertir la verborrea en enriquecimiento y la erudición en cultura, restablecer el equilibrio y conseguir la plenitud de una persona realizada. Las ollas a presión explotan si no regulamos el escape del gas. Los jóvenes también explotan cuando los convertimos en máquinas de pensar y no en pensamiento que alimenta al corazón, aliciente para la vida: que vivir es empaparse de cultura para flotar y no de datos que nos aplastan contra el suelo; porque no somos máquinas pensantes, sino pensamiento vivo que, apartado del cuerpo, del corazón y del mundo, no hace más que construir ordenadores sin alma y cuerpos robotizados.

            Cuando era tutor me preocupaba, cómo no, por los alumnos que tienen dificultades de aprendizaje. Pero también por los que tienen dificultades para sentir, para vibrar, para relacionarse porque el mucho estudio les quitaba las armas para combatir el tedio. Sus padres me miraban con ironía. ¿Para qué me preocupaba yo, si sus hijos sacaban las máximas notas y tenían que ser los dueños del mundo cuando dejaran de estudiar? Yo, triste, tenía que desistir cuando aquellos padres no querían comprender mis razones. Me preocupaba por los chicos, sí. Porque los chicos no son cerebros sin alma ni cabezas sin cuerpo; y porque, sin corazón y sin cuerpo, los mayores éxitos de la cabeza se acaban convirtiendo en el corazón en el más espantoso de los fracasos. 



 

viernes, 10 de septiembre de 2021

LAS CUATRO NOTAS

 

            Ayer asistí al concierto de la banda sinfónica Tierra de Segovia. En el azoguejo. Entre muchas otras, tocaron el primer movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven y una escena de los carmina burana: la fortuna imperatrix mundi. Me gustaron mucho. Y aquellas notas inspiraron estas notas que escribí anoche. Ahora quiero leerlas. Como despedida.

 

LAS CUATRO NOTAS

 


Cuatro notas retumban como nudillos. Y al otro lado de la puerta está el destino. Cuatro golpes descarga la realidad. Y al otro lado de la realidad están los sueños. Los sueños vuelan, buscando ventanas donde salirse, burlando las estrecheces del mundo, levantando losas con la imaginación, ligera; y rompen las puertas de acero con la fantasía. Esas cuatro notas estallan como manotazos del destino. El destino es para el renacuajo ser rana, aunque no lo quiera. El destino es para nosotros ser otra cosa, si no queremos. El destino es para Beethoven ser sordo, aunque no quiera. Pero el destino no será nunca olvidar la música, si Beethoven no quiere. El destino del ser humano es ser libre. Y la libertad se expande en nosotros, se expande en el mundo, brota del corazón, disuelto en mil acordes que se pierden en el aire entre aldabonazos. Por fuertes que sean esos nudillos de acero, esa armazón de cemento, ese calabozo metálico, esa armadura, esa prisión de cuatro notas que estalla entre la orquesta; por fuerte que sea el peso de la realidad, la realidad no puede con nosotros y nosotros, seres reales, nos escaparemos a lomos de un sueño.

            Somos una orquesta. Nuestra vida es un vendaval de partituras, una tempestad de notas, un huracán de instrumentos y una eternidad de atriles. Cada instrumento suena por su lado, las partituras no están acompasadas; las notas mezclan disonancias, es un auténtico desastre, una algarabía: así son los primeros años de nuestra vida; así es también la adolescencia. Pero luego, no sabemos cómo, sale de nosotros un director de orquesta y ese ruido infame se vuelve música; y ese sonido se vuelve orden, se crean consonancias hasta de lo disonante, y entonces surge, desde lo informe, una sinfonía.

            ¿Dónde está ese director que hay en nosotros? En el corazón… ¿En la cabeza? Sólo sé que la sinfonía es sólo una frase mil veces repetida. Miles de variaciones, miles de apariciones después de haber desaparecido, miles de voces dispares que se ordenan en torno a una misma nota, una tónica dominante, un hilo conductor que vuelve siempre a nosotros, siempre con el rostro cambiado, pero siempre siendo el mismo. En una sinfonía miles de voces son arrojadas por el viento, dispersadas como el polen, y vuelan sin orden enredándose en remolinos, entre los avatares que pasamos, en las mil  caras que tiene la vida. Y un día, de repente, todas esas voces se juntan, como el gato sobre sus cuatro patas, y caen al suelo, abrazadas,  a plomo con la fuerza de la materia, pero con la ligereza que les da el espíritu: materia traspasada de energía como los sueños atraviesan esas cuatro notas, notas pesadas que quieren traspasarnos pero no pueden; los rayos X cruzan el cemento armado y el acero, como la materia acaba siendo traspasada por los sueños; por las ansias de la vida. 


 

           La vida es un sueño, una ilusión, un suspiro, o mejor: la vida son miles de sueños que nos cuidan. Empezamos siendo ruidos caóticos atropellándose en torrentes; pero no son ruidos informes si en el corazón del caos se esconde un hilo conductor: la sinfonía de nuestra vida; Concha se enamoró de la física, Juan Luis de la ciencia, José Antonio de la música, Reyes de la pintura; cada uno tenemos nuestro amor, nuestra pasión, nuestra fuente de inspiración, el hilo (como un hilo de Ariadna) que guía nuestra vida. Y ahora, que vamos a jubilarnos (¡quieran los dioses que yo lo haga pronto!), escuchamos tiempo atrás y entendemos los ecos sordos que nos miran; las voces de nuestra infancia, las de la juventud, las de cuando empezábamos siendo cada vez más viejos. Y los ecos que sonaban sin forma, sin tiempo, sin luz, sin entonación, sin rima; esas voces que parecían un desorden, un despropósito, una algarabía: esas voces se juntan ahora que nos vamos haciendo viejos, pero aún nos quedan muchos años de nuestra vida; y se juntan y se traban como hilos de plata, como hebras de oro de una misteriosa cota de mallas, transfiguradas por el corazón, transidas por el espíritu; esas voces se abrazan, se enroscan en sí mismas, se acarician, son las mil caras de una misma frase que ha sufrido miles de transformaciones, un hilo conductor, una misma nota, un do menor, una vieja tónica, que vuelve lejana de la infancia y es la misma que ahora vibra; en el desorden de la vida, ¡oh misterios de la música!, parecía todo caótico y ahora converge todo juntándose los hilos; forjando nidos de plata, entretejiendo una sinfonía.

            Cada uno tiene una vida. Cada vida suena de un modo. Cada modo es tan bello como los otros, pero distinto. Reyes y Concha no suenan igual, pero las dos son música. Unos se parecen a Wagner, otros a Beethoven, otros a Mozart, otros a Bach, otros a Schumann. Cada uno tiene sus hilos, cada uno sueña a su modo, a cada uno su sinfonía. Pero es lo esencial que la vida, sin orden ni concierto, al final encuentra su orden; cuando éramos niños parecía que el viento había hecho volar las partituras y todo sonaba mal; no nos sentíamos a gusto, no nos gustábamos nunca; pero bien es verdad que el tiempo ha reforzado los atriles, la edad ha sujetado las notas, las partituras están fijas con abrazaderas metálicas, y los instrumentos suenan ahora más sueltos que nunca. Y si la infancia era búsqueda de notas, la madurez es concierto de esas notas encontradas; las notas que definen mi persona; las que resumen las transcendencias de mi vida.

            Levantemos nuestras copas. Hoy, Reyes, Concha, están en el umbral de escribir cada una su sinfonía. Con el tiempo libre que no tuvieron antes, y que ahora se desparramará generosamente sobre sus vidas. ¡Silencio! ¿No oís? Es un estruendo de huracanes. Un rumor lejano de vientos que se atropellan, lejos, en el cielo lejano del mar, en las tierras ignotas de la geografía. Un estallido brutal. Una rueda, una diosa: la rueda de la fortuna. Un imperio nos arrolla queriéndonos aplastar, las fuerzas del azar, el reino de la nada, la necesidad que trina. La fuerza de la realidad se impone: impertinente y testaruda. Cuatro notas que te atrapan con el peso de la vida. Las notas del destino: te quieren agarrar con un aullido, arrastrarte en el torrente ciego, en la espuma de las aguas, arrastrarte en la esperanza y en los sueños, el temblor que vibra.

            Pero no pueden. Que los sueños son fuerza incontenible, espíritu vencedor en los átomos de luz, fotones sin cuerpo, destello sin tiempo, anhelo de inmortalidad, artística sangre, deseo de estudiar, vino que nos aturde, suerte: la suerte que tenemos de vivir en libertad, liberadas las energías de la carcasa de la materia; liberada por fin del corsé que la apretaba (las cuatro notas) cuando la voluntad se impone definitivamente sobre el destino. En el combate de Beethoven los sueños luchan contra la realidad (esas cuatro notas), y ahora vencen los sueños; y que atruenen las prisiones todo el tiempo que quieran. Ahora se nos antoja el trabajo cuatro notas; y la jubilación, victoria que ha liberado nuestros  sueños.

Amigos: levantemos nuestras copas porque ahora pueden echarse a volar los sueños de Reyes y de Concha. Y que esas ilusiones duren mucho tiempo. Ahora que empezáis una nueva vida, brindemos por ella. Y que los dioses os sean propicios. Y que el destino sea únicamente lo que vosotras queráis que sea. Y que no os venzan nunca esas cuatro notas. Y que podáis ser niñas con la sabiduría que da la experiencia. Y que seáis felices. Y que comáis perdices. Y que nos deis con el rabo en las narices. Porque, ¡qué caramba!, os queremos. Brindemos con el vino levantando nuestras copas. Levantemos nuestras copas aquí mismo. Brindemos por ellas ahora que tenemos tiempo. Brindemos por ese sueño. Brindemos.

 


 

viernes, 9 de octubre de 2020

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

 

 

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

Era el día en que me iba a jubilar. El azar quiso que tuviera clase con dos grupos que me iban a plantear problemas, los últimos de mi vida académica (pero no de mi vida de filósofo). Uno me implicaba como persona, el otro como estudioso, y ambas cosas son caras distintas del oficio de profesor; del profesor que se implica, por un lado, enseñando y aprendiendo, y por otro, poniéndole sentimiento a la razón. Voy a explicar brevemente lo que exigieron de mí estas dos últimas clases.


PENÚLTIMA CLASE

            Voy a llamarlo Guido. Por llamarlo de algún modo. Estaba escondido en un rincón, en la última fila, pegado a la ventana. Ni él me podía ver a mí ni yo lo podía ver a él porque todos estábamos escondidos en nuestras mascarillas; obligados por la pandemia del coronavirus, que estaba asolando el planeta. Acababa de pasar lista y ahora me dirigía a él.

            -Guido, ¿podrías dejar de mirar por la ventana? Lo que pasa dentro de la clase ahora es más importante que lo que pasa fuera.

            -Métete en tus asuntos; yo miro adonde quiera.

            Hice un esfuerzo por controlarme. Precisamente habíamos hablado de él en la evaluación cero. Las evaluaciones cero son esas juntas de profesores que se reúnen al mes siguiente de empezar el curso y su objetivo no es evaluar, sino conocer a los alumnos. Allí se había dicho que Guido había estado en residencias y casas de acogida; que sus padres estaban separados y cada uno por su lado lo había maltratado a su gusto, que había tenido experiencias traumáticas que no había que desvelar por no ser indiscretos, pero que estuviéramos seguros de que la vida no lo había tratado bien. Guido tenía un rencor escondido que escupía allí por donde pasaba, y que no intentáramos enfrentarnos con él, que iba a ser peor; que con comprensión y cariño conseguiríamos algo, pero con autoridad y razones, nada. 

            Allí no había motivo para darle palmaditas en el hombro, él me acababa de ofender. Aunque tampoco era el momento de sancionar nada: no era dueño de sí mismo y cuando hablaba, las palabras no venían cargadas de razones que intentaran convencer a nadie sino de odio que tenía intención de hacer daño. A una ofensa no se le responde con cariño, sino con razones, pero comprendiendo, no castigando; de esa manera mis palabras tendrían el cariño en las razones y no en el perdón (¿cómo iba a perdonar sus ofensas, si no quería retirarlas?); y su mejor castigo iba a ser el que él mismo se diera comprendiendo la maldad de lo que había hecho; yo le enviaba cariño que se expresaba con autoridad, pues no debía mostrarme débil, y razones comprensivas que él entendería aunque no las quisiera reconocer. En la pelea de gallos que él imponía, yo sabía que vencería la razón; pero él no reconocería esa victoria sino que la disfrazaría con su propia victoria insolente, que era la victoria de las apariencias; para él era importante quedar bien delante de los demás; y así, las derrotas injustas que él había sufrido se redimirían con la injusticia que él mismo impondría a los demás disfrazándola de fuerza; ofendiendo a una persona que él sabía que no lo iba a ofender; y sabía también que, debajo del teatro que veían todos, había también otro teatro escondido; uno donde la insolencia había perdido la batalla frente a la fuerza comprensiva de la razón. Me encaré con él.

            -¿Te he gritado? –Un silencio acusador-. ¿Entonces por qué me gritas? ¿Te he faltado al respeto? –Otro silencio retador-. ¿Entonces por qué me faltas al respeto? ¿Acaso no te estoy tratando con cariño? –Nuevo silencio-. ¿Entonces por qué me fulminas con la mirada, por qué me lanzas rencor, por qué me odias, si yo no te odio? 

            Hubo un silencio que él quiso que fuera breve; en el teatro del mundo las apariencias te dan la victoria si no te quedas callado, aunque te falten razones; si dices tú la última palabra; gana siempre quien manda callar al otro.

            -Me has gritado.

            -¿Yo? ¿Te he gritado yo? ¿Yo te he gritado?

            -Sí.

            Bajé los brazos derrotado; derrotado por la sinrazón, que es la expresión más clamorosa de la derrota.

            -Me gritaste el otro día.

            Me quedé mudo. Apabullado por la estupidez de aquel chico.

            -¡Ah! –dije-. Y lo que decimos ahora está marcado por lo que dijimos ayer. –Subrayé mi ironía acusándolo con un silencio y luego proseguí-. Yo no tengo costumbre de gritar a nadie, ya ves, y a veces la culpa no la tienen los demás. ¿Tú no tienes nunca la culpa? ¿Tú no metes nunca la pata? ¿Nunca te equivocas? Yo no tengo costumbre de gritar y ahora me has ofendido, y mientras tú me ofendes yo te estoy contestando con tranquilidad: de modo que algo habrías hecho el otro día para que yo te gritara; si es que te grité.

            Él guardó silencio con la boca pero habló con la mirada; y sus ojos lanzaban chispas bíblicas como fulminantes lenguas de fuego; todos lo pudieron ver.

            -Trátame con insolencia: yo no seré insolente contigo. Fáltame al respeto que yo a ti no te faltaré, ódiame si quieres: pero no conseguirás que te odie ni que se apague ni un ápice este cariño que te tengo. Pero quiero que tengas bien clara una cosa: que todo este afecto que siento no está hecho de sensiblerías vanas sino de fuerza; una fuerza cálida y comprensiva, la fuerza de la razón; que es también, por si quieres saberlo, la fuerza de la amistad.

            Y di la cuestión por zanjada. Luego seguí con la clase hasta que sonó el timbre; y supe que, en el secreto del teatro donde no hay victorias ni derrotas falsas, las razones habían removido algunas briznas de su pecho. Entonces cogí mi cartera y me dirigí al aula siguiente. 


ÚLTIMA CLASE

            La ética nos sirve para saber estar. Pero ¿cómo sabremos cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Cómo aprenderemos dónde, cuándo y cómo tendremos que estar en él? ¿Y por qué tenemos que estar así y no de otra manera? Hay una regla muy sencilla: estar en el lugar que te corresponde es comportarse como ese lugar te pide que te comportes. Tu lugar ante un semáforo en rojo está antes, y no después, del semáforo; porque ese semáforo te ordena que te quedes parado, te lo pide desde el código de la circulación; si estuviera en verde te pediría que avanzaras, y en ámbar te diría que te fijaras en el cruce, que tuvieras cuidado, pero ahora está en rojo. Los distintos lugares por los que pasamos nos hablan, nos dicen cómo tenemos que comportarnos. Estar bien en un sitio es comportarse como ese sitio quiere que nos comportemos.

            Estar bien en un váter público es usarlo sin mancharlo. Estar bien en el fútbol es jugar sin coger la pelota con las manos. Estar bien en clase es venir dispuesto a estudiar y no a jugar con la pelota. Estar bien en casa es respetar a tu familia. Estar bien como estás es cumplir con las normas de cada sitio, y estar en paz con las normas es obedecer a la lógica de las cosas, de los lugares: hacer lo que las cosas sirven para hacer, y no utilizarlas de manera absurda; un vaso sirve para beber, no para jugar a los dados, una biblioteca sirve para leer, no para comer, un comedor sirve para comer, no para leer, y un laboratorio no sirve para jugar sino para hacer experimentos; porque si comemos en las bibliotecas, leemos en los comedores, jugamos en los laboratorios y  miramos por los vasos, veremos mal cuando miramos, nos indigestaremos leyendo, se nos mancharán los libros y nos quemaremos con ácido. Y como hay veces que nos falta tiempo para hacer las cosas, es posible que tengamos que leer mientras comemos pero eso será excepción y no la regla; las excepciones ajustan la regla a las necesidades de cada día porque las normas sirven para vivir libres, no para encadenarnos; no es la vida la que se debe plegar a las normas, sino las normas las que se pliegan a la vida; toda norma es justa si nos facilita las cosas, y por lo tanto las que lo entorpecen todo no pueden ser normas justas.

            Pero ¿cómo podremos saber si una norma es justa? Saber estar en tu sitio, saber obedecer, saber estar en el mundo es la mejor manera de ser felices. Si necesito buscar trabajo es mejor que no vaya con la camiseta del Che, porque el empresario que me lo ofrece podría sentir la tentación de no dármelo. Si quiero jugar al fútbol es mejor que no toque la pelota con la mano, porque el árbitro pararía el juego y, si no dejo de hacerlo, me acabaría expulsando y entonces ya sí que no podría jugar. Y si utilizo un microscopio para mirar el cielo es seguro que no veré ni el cielo ni los microbios, ni las estrellas ni las células, que es para lo que está hecho el microscopio. El primer criterio para usar las cosas es la lógica, que me proporciona utilidad; el segundo, cuando no sabemos qué cosas son útiles, es la empatía. 

            Porque toda la ética se resume en un solo principio: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. No ensucies el váter de la estación porque no te gustaría que quien lo hubiera usado antes que tú te lo hubiera dejado sucio. No te saltes los semáforos en rojo porque no te gustaría que tú, que vas correctamente por tu sitio, te chocaras con un coche que se ha saltado el semáforo cuando tú pasabas. Y no comas mientras lees el libro que te han prestado porque a ti no te gustaría que otros comieran mientras leen el libro que tú les prestaste; y te lo mancharan.

            Ésa es la empatía: ponerte en lugar de los demás para sentir como sienten ellos, para pensar como ellos piensan. Kant lo llamaba imperativo categórico. Pero hay más. El imperativo categórico te dice qué cosas debes hacer. La asertividad te dice cómo debes hacerlas. Debes hacer las cosas (no te digo cuáles) las que a ti te gustaría que te hicieran. Y cuando te piden otras que no están bien debes rechazarlas sin enfadarte. Si insultas a quien te ofrece un cigarro que atenta contra tu salud, estás abusando de él, por insultarlo; le estás diciendo las cosas de mala manera; y si aceptas, estás dejando que abusen de ti porque, por no atreverte a decir que no, permites que los demás te obliguen a hacer cosas que tú no deberías nunca hacer por ellos; lo que tienes que hacer es aprender a decir que no sin ofender a nadie, pero sin dejar tampoco que nadie te ofenda.

            La agresividad le quita paz a la vida, la sumisión le quita libertad, y la única forma de vivir libre y en paz es siendo al mismo tiempo amable y firme: eso es ser asertivo. El imperativo categórico te dice cómo debes hacer las cosas; la asertividad, cómo debes renunciar a hacerlas; recházalas siempre pensando en los demás cuando piensas en ti y no hagas a los demás lo que a ti no te gustaría que te hicieran; y, sabiéndolo, no te hagas a ti lo que sabes que no les gustaría a los demás que les hicieras. Una balanza es un dispositivo que mide un peso con ayuda de otro peso (al que llamamos contrapeso). La balanza de la ética es el saber estar, que tiene la empatía (o dicho de otro modo, el imperativo categórico) como peso y la asertividad como contrapeso; esa conducta que nunca es agresiva, pero tampoco sumisa. Veámoslo ahora con un ejemplo: la persona a la que le gusta sufrir, el masoquista.

            Entre un masoquista y alguien que no lo es hay también un punto de coincidencia: y es que los dos quieren que les hagan cosas que a los dos les gustan, aunque no sea de la misma forma; aunque uno sienta placer sufriendo y otro lo sienta evitando el sufrimiento.  

El masoquista no debe hacer sufrir a los demás so pretexto de que eso es lo que a él le gusta; tiene que dar gusto a los demás con lo que les gusta a ellos, no con lo que le gusta a él. No hacer a nadie lo que a uno no le gustaría que le hicieran significa que si a ti te gusta sufrir, pero a los otros no, no tienes por qué darles ese sufrimiento: debes darles el gusto por el placer que ambos compartís, él sin sufrir y tú sufriendo; es un placer que conseguís ambos por distintos medios; que a mí me guste sufrir no significa que yo te tenga que hacer sufrir a ti, porque a lo mejor a ti no te gusta. Lo que hay que buscar en los demás es la necesidad de estar bien y no los medios con los que cada uno se procura ese bienestar. 

            Ahora bien: no sólo hay que saber estar, sino que también hay que aprender a ser uno mismo: sin intentar adulterarse, como se adultera la mantequilla cuando pasa el tiempo y se pone rancia. ¿Sabéis por qué se pone rancia? Porque no la hemos puesto en su sitio, que es el frigorífico. Saber estar en nuestro lugar es la mejor manera de saber ser lo que cada uno es, sin adulterarse. Quien sabe que vale para la pintura, su sitio es el taller, y quien vale para la música, su sitio es el conservatorio. Hay que aceptarse como se es y no rechazarse a sí mismo, eso es el respeto. O dicho de otro modo: no basta con saber estar, también hay que saber ser en la vida.

 Si yo soy bajo de estatura sería un iluso que pretendiera ser alto, porque tengo la obligación de aceptar lo que la naturaleza me ha dado. Mírate en el espejo: ése eres tú. Acéptalo. Hazte amigo de ése que ves ahí porque él será siempre tu mejor amigo. Acepta a ese ser que tienes dentro, búscalo, encuéntralo y quiérelo mucho, porque él es quien más te va a querer en la vida. No quieras cambiarlo: cualquiera que pongas en su lugar valdrá menos que tú, siempre estará adulterado. Y tú eres quien más vale para ti, que no te quepa duda. Podrás llevar la vida de otro pero nunca la llevarás como si fuera la tuya; podrás fijarte en los demás para mejorar, podrás imitarlos para sacar lo mejor que tienes dentro, los utilizarás a ellos de modelo, pero nunca podrás cambiarte por ellos; puede que quieras ser como Beethoven porque quieres superarte como se superó él, pero sólo te superarás haciendo tus propias cosas, no las que hizo Beethoven.

Así que ya lo sabes: vive tu propia vida y no vivas nunca la de los demás; para ser tú mismo tendrás que mirarte en los demás como en un espejo, sí, y en ese espejo habrá imágenes que seguramente te ayudarán, pero no olvides que esas imágenes no son tuyas aunque te parezcas a ellas; puedes estar en ellas pero tú eres más que una imagen, tú eres tu modelo; mejorarás imitando las virtudes ajenas pero imítalas solamente para que te ayuden a ser tú mismo. Porque si quieres cambiarte por ellos acabarás adulterándote, como la mantequilla, y tu vida se volverá rancia, y no serás auténtico. 

            No me sorprendió que me dieran un aplauso cariñoso a modo de despedida. Me sorprendió, sin embargo, que la persona que más aplaudía fuera la que siempre me había rechazado, o eso era lo que yo creía: siempre seria conmigo, severa, distante, desafiante y hasta agresiva, así la recordaba yo hacía años. Ahora resultaba que, como ella, quienes más se enfrentan a nosotros tal vez sean, a la larga, quienes más se empapan con nuestras palabras; esas palabras severas, inexorables, duras, terriblemente sinceras, y siempre cargadas de cariño que son, en definitiva, las palabras donde se esconde el secreto de la ética.


viernes, 31 de julio de 2020

FAUSTINISMO Y FAUSTINIDAD



FAUSTINISMO Y FAUSTINIDAD        


1. Primeras definiciones.

            A) De la fortaleza:

1.1. Esfuerzo.

            Ser esforzado es, lo contrario que la pereza, tener espíritu de sacrificio, sacar de sí lo que se tiene dentro, sacar esa fuerza o energía interior que nos hace ser mejores. Hércules.

1.2. Valor.

            Ser valiente es también tener espíritu de sacrificio, pero esta vez no está enfocado al despliegue de uno mismo, sino al espíritu de lucha para vencer a la adversidad. El valor es algo más que fuerza, es riesgo, es energía en peligro, es no darle la vuelta a la amenaza para no tener que verse obligado a dejar de ser. El símbolo del valor es Héctor.

1.3. Abuso.

            Todo espíritu valiente es fuerte, pero no basta con ser esforzado para ser valiente. Hércules, siendo esforzado, puede ser valiente, pero Aquiles, valiéndose de su fuerza, es, más que un valiente, un presuntuoso, más que una persona que siente el peligro, alguien que es consciente del peligro en el que está su adversario; no es un ser valeroso sino un abusador.

1.4. Aquiles y Héctor.

            Aquiles tiene fuerza corporal, pero esa fuerza física esconde en el fondo una cobardía moral. Y Héctor, por el contrario, detrás de su mayor debilidad física esconde una verdadera valentía, una fortaleza anímica y moral. El desánimo no es propio de Héctor, sino de Aquiles; por eso Aquiles tiene en una cara de la medalla la fortaleza física y en la otra la cobardía: entendida esta última no sólo como falta de carácter (de fuerza para enfrentarse al adversario), sino sobre todo de iniciativa: de fuerza para tomar la decisión de luchar.

Esfuerzo y valor.

            Llamamos esfuerzo al sacrificio por ser uno mismo. Llamamos valor al esfuerzo sacrificado por estar en el mundo, y que el mundo no te quite ninguna de tus posibilidades de ser.


            B) De la flaqueza.

1.5. Miedo.

            El miedo es la falta de fuerza para ser lo que podemos ser, y para salvar los obstáculos que nos impiden estar donde podemos construirnos como somos, y, por tanto, llegar a ser lo que podemos ser. Es lo contrario de la rebeldía. La rebeldía es cuando nuestras fuerzas nos lanzan a combatir los obstáculos que nos impiden crecer (obligándonos a ser como quiere el mundo sin dejarnos, en esa adaptación necesaria de seres que crecen juntos, ser como queremos ser: aunque la realidad sea sólo una parte de lo que queremos).

1.6. Rebeldía.

            La rebeldía es, pues, espíritu de lucha; lo contrario es el miedo, que nos paraliza. Del mismo modo el esfuerzo es espíritu de superación, y lo contrario es la pereza, que nos paraliza también.

1.7. Extravío.

            Podemos ser esforzados perdiendo el norte; emplear nuestras fuerzas en la consecución de objetivos que no valen la pena, como cuando nos empeñamos en el estudio olvidándonos de vivir. El extravío puede ser rebeldía o esfuerzo, no paralizados por la pereza y el miedo pero tampoco empeñados en la vida, sino confundiendo las cosas porque lo que nos guía es la obsesión. Obsesionarse es perderse y tomar un camino que no es el que debíamos tomar.
            A veces tenemos miedo a la vida, miedo al error: y queremos caminar de nuevo para no volver a equivocarnos en lo mismo; corregir lo que hemos fallado. Y a veces ya es tarde, como la vida no tiene ensayo, su único ensayo es al mismo tiempo su única representación; y cuando queremos rectificar ya es contra la naturaleza, firmando tratos con seres que prometen cosas imposibles y las cumplen sin cumplirlas, violando el trato que firmaron con nosotros sin estar capacitados para firmar.

            C) De la dominación.

1.8. Soberbia y envidia.

            Soberbia es creerse más que los otros. Envidia es saberse menos. El soberbio pisa a los inferiores para disfrutar de su superioridad. El envidioso los pisa para quitarles lo que les sobra y así dejar de ser menos que ellos. El poderoso aplasta a quienes no tienen sus poderes para regodearse con ellos: como el forzudo machaca a quienes no tienen su fuerza para sentirse fuerte sobre el débil. El envidioso a quien le falta un brazo les corta el brazo a los otros para no ser menos que ellos. El poderoso disfruta destacando lo que les falta a los demás; el envidioso, suprimiendo lo que les sobra.

1.9. Avaricia.

            ¿Y la avaricia? La avaricia es desear las riquezas de los otros: no su propia riqueza personal. Al avaro no le importa que los otros sean mejores (como le importa al envidioso): pero le importa tener más riquezas y también atesorarlas para no tener que gastarlas nunca, porque si se las gastan las pierden y es preferible siempre tener antes que disfrutar. El avaro (Lucifer, que busca el poder) disfruta contemplando lo que tiene; y el vividor (que es Don Juan disfrutando del placer) disfruta gastando en lugar de contemplar; pero lo que contempla el avaro es el precio de sus riquezas, mientras que el sabio contempla lo que vale tanto que no tiene precio; y el vividor disfruta el oro en lugar de contemplarlo, goza de él, gastándoselo, convirtiéndolo en placeres que, si no lo hacen feliz, por lo menos le hacen gozar.


2. ¿Qué es la vida? Los ingredientes de la vida.

            Si consideramos que la vida es placer, poder, amor, saber y querer, existen diversas amputaciones de la vida; vidas disminuidas que disfrutan solamente de uno de sus ingredientes despreciando los demás: son el donjuanismo, el faustinismo, el progresismo y la faustinidad. Antes de caracterizarlos hagamos un retrato más completo de cada uno de sus ingredientes.
            a) El placer es la juventud en lo que tiene de capacidad de disfrutar del cuerpo, que es el mundo de la sensación. El placer es la vida reducida al disfrute del presente, olvidándose de la trascendencia, de lo que va más allá del estrecho goce del aquí y ahora.
            b) El amor también es la juventud, pero considerada esta vez como disfrute sentimental del cuerpo: es el mundo del sentimiento, de la emoción. También se trata del disfrute del presente, que desea durar; es, valga la paradoja, un presente trascendente donde el momento está lleno de promesas, y por tanto de sueños, que se disfrutan sublimando la sensación sin llegar a destruirla en tanto que sensación.
            c) El poder es el afán de dominio, la pérdida del alma. Si el cuerpo de la vida es el placer, su alma es la naturaleza, la aceptación del dolor para evitar la muerte: en una palabra, la vida tiene alma cuando se respeta a sí misma, cuando respeta a la naturaleza que contiene. La pérdida del alma es la destrucción de la vida, que se convierte en poder: lejos de vivir la trascendencia del presente (como hace el amor), el poder se come el presente y la trascendencia, los domina, los anula y suprime, y, cegado por esa obsesión, ni disfruta del presente ni goza de la trascendencia, pues nos coloca ante el placer de vivir más lejos, más adentro y más allá.
            c) El querer es la definición misma de alma: rebeldía, que rechaza someterse al poder, que no quiere dominar el mundo en lugar de disfrutarlo; el querer, en tanto que la rebeldía, es rechazo de la sumisión, y deseo de disfrutar del cuerpo sin renegar del alma, vivir la vida (si para luchar contra la muerte es preciso, junto al placer, aceptar el dolor).
            c) El saber es la capacidad de vivir el pasado y el futuro renunciando, para ello, a vivir el presente. Como búsqueda de la trascendencia es renuncia al momento y es, por tanto, lo contrario de la juventud: el sabio es el viejo, que compra trascendencia pagándola con juventud, y vive más allá del momento, perdiendo el momento y ganando, en cambio, la vida vacía: llenándose de vejez.
            Resumiendo: la vida tiene un cuerpo, que es la sensación, y un alma, que es el sentimiento; el sentimiento sin sensación es alma sin cuerpo, y no es vida sino vejez; la sensación sin sentimiento es cuerpo sin alma y tampoco lo es, sino gamberrismo; la verdadera vida es cuerpo y alma, sentimiento en la sensación, y eso es el amor. El amor verdadero, sentimiento y sensorialidad juntas, es la juventud.
            La pérdida del alma es el poder. La pérdida del cuerpo es la vejez.
            La pérdida del alma es sensación desnuda, y, dentro de la sensación, es rechazo del dolor y pérdida del placer: eso es el poder.
            La pérdida del cuerpo es la vejez, y ser viejo es tener afán por controlar el pasado y el futuro olvidándose de disfrutar del presente; o sea perdiendo el disfrute de la sensación. En eso se parecen la vejez y el poder.
            La vida, en definitiva, es cuerpo (sensación) y alma (sentimiento), o sea: juventud; y amor. Se pierde en la sensación, en la vejez y en el poder. Y en tanto que lucha contra el placer desnudo, la vejez y el poder, vivir es lo mismo que querer: la vida es rebeldía, lucha, respeto por la naturaleza, y en definitiva rechazo de la sumisión.


3. Las formas de vivir.

3.1. El gamberrismo.

            Consiste en reducir la vida al placer de la sensación, y eso es lo mismo que renunciar al alma para disfrutar del cuerpo, comprar el cuerpo y pagarlo con el alma. Ea el viejo tópico de vender el  alma al cuerpo (que, amputado de esa manera, no es otro que el diablo).
            Esa reducción de la vida al momento presente es vivir el presente sin pensar en la trascendencia, y esa amputación es el gamberrismo. Cuando el gamberro amputa su vida para vivir, y sobre todo para sobrevivir, es el pícaro. Y cuando lo hace sólo para disfrutar, es un donjuán; el donjuán utiliza el engaño para burlar a las mujeres, pero también busca el dinero fácil perdiéndose en la pendencia y el juego.

3.2. El faustinismo.

            Consiste en no ver en la vida más que poder. Sed de poder. Lucha por el poder. Y al confundir la vida con el poder no ve en la naturaleza más que medios que deben ser doblegados en beneficio propio, pero no para vivir, sino para disfrutar de su dominación.
            Es el pecado de soberbia. El faustinismo es el dominio del presente (para hacer en él lo que quiera, para salirse con la suya) y de la trascendencia (para dominar el pasado y el futuro, para que no haya otro futuro más que el querido por él). Es el espíritu luciferino, el de la criatura que no quiere medirse con su creador sino dominarlo, derrotarlo aunque sea empleando las malas artes. Es la envidia de la madrastra de Blancanieves. O el espíritu de Frankestein, que no ve en la naturaleza más que utilidad; y es capaz de torcer el ser de las cosas con tal de dirigirlas hacia la satisfacción de sus intereses, esclavizándolas en su propio beneficio.
            El faustinismo es el vicio de Fausto: el otro es la faustinidad. El faustinismo consiste en vivir el presente y la trascendencia a costa de violar los límites de la naturaleza. Siempre torciendo la naturaleza en beneficio propio.

3.3. La faustinidad.

            Es el otro vicio de Fausto, tal y como lo encontramos en la famosa obra de Goethe. La faustinidad consiste en no ver en la vida más que saber, estudio, alimento del asombro, de la curiosidad; si la vida es juventud, es decir amor y placer, sentimiento y sensación, y si la vida camina hacia la vejez haciéndose cada vez más sabia: entonces obsesionarse por el saber y el estudio es buscar la trascendencia pagándola con la sensibilidad.
            Faustinidad es vivir la trascendencia a costa del presente, la pasión de Fausto: una obsesión por estudiar, un sacrificio de la vida en las bibliotecas, y ese vivir dedicado al estudio es como una falta de ganas de vivir, es una forma de locura intelectual a la que llamamos empollar, no estudiar; el empollón, para enfrascarse en los libros, se olvida de vivir, y luego descubre, cuando ya es tarde, que para secarse el seso se ha olvidado de la juventud y del amor: y no le queda más remedio que comprárselas al diablo cuando ya se ha hecho viejo y lo ha perdido casi todo.
            Pero no sólo nos seca el seso la vida estudiosa. También lo hace la obsesión por las historias; como don Quijote que, obsesionado por las novelas de caballerías, se llena de ideales (alma sin cuerpo) y se olvida de vivir, convirtiéndose en un ser tan bueno como marginal y extraviado.


3.4. El progresismo.

            Consiste en poner el poder al servicio del querer. Es el espíritu prometeico, o, si queremos, baconiano, que no busca el poder por el poder (como le pasaba a Lucifer), sino tan sólo como una herramienta para ser feliz. En su rebeldía contra la postración en que lo han sumido los dioses, Prometeo es capaz de robarles el fuego para entregárselo a los humanos e inaugurar, con ello, la ciencia, la técnica y la cultura. Es el cientificismo, sí, pero también la sabiduría entendida como búsqueda de los medios para vivir mejor. A veces los dioses no lo entienden. En la Biblia se castiga la curiosidad, confundiendo a la gente, en el famosos episodio de la torre de Babel (Aristóteles, en cambio, hace de la curiosidad el motor de la filosofía). Y se castiga severamente la búsqueda del árbol de la ciencia, como un pecado original. Ya hemos visto lo que le pasó a Prometeo. Es como si los dioses hicieran inteligente al ser humano para condenarlo, después, a no usar su inteligencia. Y se confunde, equivocadamente (pero esto no lo hace dios sino sus intérpretes), la curiosidad con la soberbia, la felicidad con el egoísmo, la alegría con la vanidad.

4. En torno al mito de Fausto.

            El espíritu fáustico, que es el propio del faustinismo, ¿es luciferino o prometeico? ¿Quiere adueñarse del mundo, imponerle su voluntad (el poder por el poder) sin necesitarlo para su supervivencia? ¿O pretende dominar a la naturaleza para vivir en ella, vencer la adversidad (el poder para vivir) como medio de superar los retos, para convertirse, así, en dueño del propio destino? Ya hemos visto que es lo primero. Lo segundo, como espíritu prometeico, no es faustinismo, sino progresismo.
            Pero no se trata de vender la vida. Si el faustinismo la vende por sed de poder, por un afán gratuito de dominio, entonces es una obsesión. El progresismo, en principio, no lo hace, porque busca el poder como instrumento de defensa, de protección, no de dominio; pero si algún día el progresismo vendiera la vida para comprar la necesidad de vencer, aunque esa necesidad fuera provocada por los retos de la naturaleza, entonces el progresismo caería, decididamente, en la perversión.
            El espíritu fáustico busca el poder por el poder, y eso es lo propio del faustinismo. El espíritu faustino, por el contrario, busca el saber por el saber, y eso es lo propio de la faustinidad. Cambiar juventud por sabiduría es perder la juventud y recuperar, a costa de la sabiduría, la juventud perdida; es una forma de vender el alma al diablo, de ir contra la naturaleza, de hacer al revés las cosas que son irreversibles, de torcer la flecha del tiempo, de vivir de nuevo lo que no tiene ensayo, lo que es representación única, la vida que no se  puede repetir.
            Dos formas hay de vender el alma al diablo: por amor y por ambición. El faustinismo reniega de la vida por el poder y se vuelve diablo. La faustinidad quiere recuperar la juventud perdida y se pone en manos del diablo. Las dos son formas del fracaso. El espíritu fáustico, como el faustino, son el espíritu del perdedor.



viernes, 21 de febrero de 2020

EL MÉTODO CONCLUSIVO



LA IMPERTINENCIA DE LA LECHUZA



EL MÉTODO CONCLUSIVO


            Quienes presumen de científicos utilizan el método hipotético-deductivo. Se llama así porque el investigador introduce en la realidad hipótesis de las que puede deducir consecuencias, de tal manera que pasa siempre por cuatro momentos:

1. Realidad de partida (que debemos observar, analizar, describir, ordenar), y sobre esa realidad nosotros hacemos una pregunta: las cosas son así, pero ¿por qué?
2. Hipótesis o respuesta: se da una primera explicación recurriendo a la deducción, a la analogía y al conocimiento previo que tenemos de la realidad. 
3. Consecuencias que  se derivan de la hipótesis, es decir predicciones sobre las cosas que no conocemos exigidas por esa posible explicación hipotética de los fenómenos.
4. Vuelta  a la realidad: comprobación de si existen o no las cosas que predice la hipótesis contrastándolas nuevamente con los datos; la realidad, que ha sido el punto de partida, tiene que ser también el punto de llegada.

Veámoslo con un ejemplo: observo que me duele el dedo; ordenando en mi mente las cosas que me han ocurrido, resulta que me ha empezado a doler después de caminar por unas zarzas: deduzco, pues, que me he pinchado y concluyo que se me pasará dentro de un rato; pero (vuelta a la realidad) no sólo no se me pasa el dolor, sino que me está subiendo la hinchazón del dedo por la mano y amenaza con llegar hasta la muñeca.
Decido ir al médico. Después de observar la evolución de la hinchazón, él busca en su memoria y descubre que cosas parecidas suceden cuando nos pican las víboras; si ésa fuera la causa, concluye que la picadura debería tener dos puntitos en vez de uno, producidos por los dos colmillos del animal; vuelve a mirarme la mano: en efecto, tengo dos pinchazos muy próximos el uno del otro. El médico, entonces, procede a darme el antídoto.

Repasemos los pasos que hemos dado:

1.      Observación: me duele el dedo. Análisis: todo empezó junto a unas zarzas.
2.      Hipótesis: la causa es un pinchazo, probablemente urticante.
3.      Consecuencias: el dolor se me debería pasar en seguida.
4.      Contrastación y refutación: el dolor no se me pasa y la hinchazón sigue en aumento.

Repasemos ahora los pasos que ha dado el  médico:

1.      Observación: la hinchazón progresa sin límite aparente.
2.      Hipótesis: es el picotazo de una víbora (enroscada, probablemente, entre las zarzas que he rozado con la mano).
3.      Deducción: debería haber dos puntitos en la herida.
4.      Contrastación y confirmación: he vuelto a mirar el dedo y acabo de descubrir los dos pinchazos; se trata, seguramente, de una víbora.


Comparémoslo con el razonamiento que hace Antonio Machado en una de sus poesías: la que se titula A un olmo viejo.

1.      Observación: hay un olmo viejo, seco, un tronco sin hojas, hendido por el rayo.
2.      Hipótesis: en semejante estado el olmo está muerto.
3.      Consecuencia: si estuviera muerto no debería volverle a salir ningún brote verde.
4.      Refutación: pero le acaban de salir unos brotes; por lo tanto, en contra de las apariencias, no estaba muerto.

El poema concluye diciendo: “mi corazón espera otro milagro de la primavera”; y eso significa que el poeta espera que le pase a un ser muy querido por él algo muy parecido a lo que le ha sucedido al olmo viejo; veamos qué es:

1.      Observación: por aquel tiempo (tiempo en que compuso su poema) Leonor, la esposa del poeta, estaba gravemente enferma; la tuberculosis cursaba normalmente con la muerte del paciente. De manera análoga, el olmo viejo se estaba muriendo.
2.      Hipótesis: es posible que Leonor experimente una mejoría, igual que le acaba de ocurrir al árbol.
3.      Consecuencia: con suerte, esa mejoría no sería transitoria sino que podría conducir a la curación.
4.      Comprobación: tiempo después murió Leonor; la esperanza quedó frustrada porque la hipótesis acababa de ser refutada.

El ejemplo de la víbora y el del olmo acaban de ser tratados con el mismo método: el método hipotético-deductivo. Sin embargo coincidimos en llamar al primer ejemplo una investigación científica y al segundo un comentario de texto. Ahora bien, se admite que la interpretación de los textos es un proceso distinto de la investigación científica, que, a diferencia de ésta, no busca causas, sino interpretaciones; y, a diferencia de la explicación, se presenta a sí misma como portadora de un método distinto: el de la comprensión.
Pero acabamos de ver que la explicación del dolor en el dedo sigue los mismos pasos que la comprensión del texto: el método hipotético-deductivo parece ser común a la poesía y a la ciencia; no es algo privativo de las ciencias naturales mientras que las humanidades y las ciencias humanas utilizarían un método alternativo, el que llamamos hermenéutico; como cuando los juristas tienen que interpretar las leyes en su aplicación.
            No. El método hipotético-deductivo y el hermenéutico son el mismo; la diferencia está en que el primero trabaja con fenómenos y el segundo con textos, pero los pasos que se siguen en ambos casos, tanto para explicar como para interpretar, son idénticos: se trata de observar, conjeturar, inferir y concluir; análisis empírico, hipótesis, análisis lógico y contrastación.


1.      Análisis empírico. Observo la realidad: en un caso se trata de fenómenos y en el otro de textos; un texto es la huella escrita de un conjunto de fenómenos.
2.      Hipótesis. Es una explicación posible y, a ser posible, plausible; pero no se descartan nunca las explicaciones disparatadas. A las conjeturas (o explicaciones hipotéticas) se llega por inducción, deducción o analogía.
3.      Análisis lógico. Desmenuza las posibles implicaciones contenidas en la hipótesis, ya sea analizando los conceptos, las relaciones entre conceptos o las conexiones entre las ideas, los conceptos y los conocimientos acumulados en la cultura del investigador; estaríamos, respectivamente, ante tres tipos de análisis: conceptual, lógico y de control empírico; este último intenta ver si las ideas y conceptos analizados lógicamente tienen también su correspondencia en el mundo de la experiencia posible.
4.      Contrastación. Se trata de saber si en el mundo real se dan también esas consecuencias posibles que hemos analizado después de sacarlas de la lógica de las cosas; es decir de comprobar si el mundo real está en consonancia con el mundo posible; un mundo de posibilidades que, previamente, nosotros hemos sacado de la realidad.

El método hipotético-deductivo debería llamarse hipotético-conclusivo, porque las conclusiones a las que llega se obtienen por medios deductivos y analógicos además de inductivos. Sirve para explicar cuando se aplica a los fenómenos, y para comprender cuando se aplica a los textos; el método de comprensión no es, en consecuencia, distinto del de la explicación, sino que para lo que algunos llaman comprender y para lo que otros llaman explicar se siguen los mismos caminos. Solemos decir que cuando pesan más las analogías en la obtención de conclusiones su carácter es menos científico, y cuando pesan más las deducciones lo es más; es sólo una cuestión de dosis, de modo que entre todas las ciencias hay unas que lo son más y otras que lo son menos; pero todas las ciencias, incluso las aparentemente menos analógicas, utilizan la analogía; así se obtuvo, por ejemplo, la ley de la carga eléctrica (qq’/d2) por analogía con la ley de la gravedad (mm’/d2).
            Si falta el cuarto paso del método (la contrastación) pueden ocurrir tres cosas:

A.    Que su motor sea la razón, en su doble vertiente lógica y analógica: se trata de filosofía.
B.     Que su motor sea la fe, ya se exprese mediante conclusiones lógicas o mediante analogías: es la religión. O más precisamente, las mentalidades e ideologías.
C.     Que su motor sea la lógica, es decir la razón desprovista de contenidos empíricos: se trata de ciencias formales (lógicas y matemáticas).

La razón, la lógica y la ciencia contienen, en las hipótesis, un mundo de conjeturas; una conjetura es una explicación que esperamos que sea cierta, confiamos en que lo sea: pero no se trata de una fe religiosa, monolítica e inamovible, no es una confianza ciega, propia del fanático, sino una fe racional; una esperanza cuya confirmación dependerá de los hechos; a diferencia de la religión, en la que depende de la voluntad de un ser supremo.



            Poesía es deleitarse en las analogías que generan hipótesis a partir de los datos, pero sin comprobarlas; todas las artes que existen son formas de poesía, aunque las que se pegan mucho a lo observable adoptan un estilo realista que, en último extremo, las acerca a la ciencia.
            La técnica es la búsqueda de conclusiones (lógicas y analógicas) que, además de calcar la realidad, permiten construir artefactos que la imitan para modificarla.
            Y el saber ordinario, al que también solemos llamar sabiduría popular, es un conocimiento más descriptivo que conclusivo, pero también conclusivo, que no se preocupa demasiado por sistematizar la coherencia entre las cosas que dice. Lo llamamos saber cuando está pegado al terreno de manera realista (algunas veces con un realismo ramplón). Y cuando aporta conjeturas interesantes en forma de destellos, tanto para conocer como para vivir, lo llamaremos sabiduría.
            Todo (ciencia, arte, matemáticas, religión y filosofía) deriva del  método conclusivo; que es el que utiliza la razón en contacto con la vida. No hay diferencias fundamentales entre las ciencias naturales y las humanas, salvo en cuanto a su objeto (fenómenos o textos) y en el mayor énfasis que pongamos en los datos o en las hipótesis, por un lado, y entre la deducción y la analogía, por otro; incluso las ciencias de la naturaleza, cuando dependen de la observación de realidades inobservables, pasan a ser más que ciencia: filosofía; y para los científicos ramplones la filosofía no es más que degradación de la ciencia. Por eso la teoría de cuerdas es acogida, por algunos científicos, con desprecio.