DICCIONARIO DE FILOSOFÍA
MITO
Al
método conclusivo, considerado como método racional, le falta el último paso y
entonces la ciencia se convierte en filosofía. Ya hemos visto que la filosofía
observa, explica y concluye, pero no contrasta. La filosofía vive de
experiencias pero no hace experimentos. Ahora bien, hay otras formas de pensar
que también explican el mundo sin contar con el experimento: son, además de la
filosofía, el mito, las matemáticas y el conocimiento ordinario. Iremos viendo
una por una estas formas de conocimiento; tomemos ahora el mito: ¿en qué
consiste?
Las
explicaciones filosóficas (a las que hemos llamado especulaciones porque se
sacan del mundo pero no se le devuelven) son pensamiento que duda; el mito, y,
por extensión, la religión, es pensamiento que cree. En el mito la creencia es
obligada, con lo que hay una presión social en el pensamiento mítico; cuando
especula el filósofo y deduce el matemático, y razona la gente de la calle,
expresa creencias y dudas razonables, basadas en probabilidades que buscan el
mayor grado de verosimilitud; diríamos que una creencia poco probable tendería
a ser rechazada por la filosofía y buscaría creencias más firmes, que con el
tiempo serán rechazadas por otras aún más plausibles. En el mito encontramos, por
el contrario, creencias ciegas: una fe sin fisuras, una adhesión total, sin
vacilaciones ni reservas.
La
fe razonable del filósofo nos pone en contacto con la verdad. Sabemos que el
filósofo saca sus conclusiones de la razón, unas veces de la inteligencia
lógica, otras por intuición: y siempre motivado, movido, y hasta arrastrado,
por el entusiasmo. Cuando ese entusiasmo se maravilla sobre todo por la lógica
de las cosas, aunque disfrute también con la analogía, diremos que tiene naturaleza
filosófica. Si por el contrario prima en él la analogía, más que la lógica, y
se transporta al goce de la fantasía o la imaginación, lo que busca más que la
verdad es la belleza, y entonces lo llamamos arte; tanto el filósofo como el
artista creen en sus especulaciones sin creer del todo en ellas, su fe no es
una fe ciega, sino prudente y cautelosa, aunque con ella se eleven hasta el
rapto de los sentidos, el éxtasis, ya sea frenético o de la ensoñación; dicen
los andaluces cuando una cosa es maravillosa que “quita el sentío”; o sea, que
nos lleva más allá de la experiencia cotidiana y eso es el éxtasis: nos saca de
la realidad.
Cuando
la creencia tiene pretensiones de verdad absoluta, el entusiasmo que nos produce
nos lleva a la religión: y como la
naturaleza humana es dudar con la inteligencia y creer con la voluntad, muchas
veces creemos por voluntad de otros cuando nuestra voluntad se debilita por
efecto de la duda; la voluntad ajena es una imposición, una fuerza social, una
obligación coactiva (es decir, que no procede de la conciencia, aunque la
conciencia a veces la adopte, y mucho más si esa adhesión procede del
inconsciente). La creencia impuesta es el fundamento de la religión, y una de
sus expresiones son las explicaciones racionales, es decir filosóficas, palabra
que por fuerza hay que creer aunque no siempre se crea en ella: el mito, que tiene el entusiasmo del arte
pero no la fe dudosa y prudente de la filosofía; el entusiasmo filosófico nos
puede llevar a esa forma de mística que produce el éxtasis propio de una religión personal, caracterizada por
una unión directa del espíritu con dios; pero el entusiasmo religioso produce
delirio colectivo, sustento de una religión
política, fuente de adhesiones más ciegas y hasta fanáticas que de inspiraciones
profundas y sinceras. El mito tiene
un componente racional que busca la verdad, y un componente coactivo, y por lo
tanto contrario a la razón, que busca la emoción, como el arte; pero imponiéndola, y en eso estriba la religión. En el momento en que el mito rompa las cadenas de la
opresión se transformará en filosofía.
Tanto mito como filosofía son palabra, pero el mito (mythos) es palabra que hay
que creer, mientras que la filosofía (logos) es palabra de la que se puede
dudar y a la que se critica.

Cuando
la filosofía se ha desprendido de la emoción se ha convertido, con Platón, en
razón sin sentimientos, en inteligencia seca. Autores como María Zambrano
reivindican la vuelta a los orígenes; a unos orígenes donde la razón emocionada
y la palabra filosófica eran también palabra poética. Ideas parecidas las
reivindican también Pacal o Spinoza, pero sin lenguaje poético; y Nietzsche, y
en menor medida Schopenhauer y Heidegger, reivindican la poesía como contenido
y expresión, como palabra poética; y San Juan de la Cruz la reivindica menos
como filósofo que como poeta. Reivindicar poéticamente la poesía: ése es el
reto del filósofo; cuya palabra, a la vez filosófica y poética, desborda el
concepto con la metáfora y sube peldaños en la dificultad de comprender, un
poco con Nietzsche y Zambrano. De modo que podemos distinguir la inteligencia poética (Zambrano,
Nietzsche, Unamuno) de la inteligencia
seca (Platón, Aristóteles, Descartes, Hume, Kant y muchos otros).
Pero
volvamos al mito. Podríamos decir que el mito es filosofía surgida de las
emociones y atrapada en la opresión. Filosofía: búsqueda de la verdad y, por lo
tanto, duda. Emoción: palabra poética que lleva de la experiencia emotiva de
origen a nuevas y posibles experiencias emocionales. Religión: pérdida de la
libertad que ofrece la duda convirtiendo las conjeturas en leyes, las
especulaciones en dogmas (que, como no pasan por la criba del cuarto paso del
método científico –la contrastación-, están, evidentemente, sin demostrar); no
es lo mismo creer con los ojos cerrados en la caída de los cuerpos graves que
creer ciegamente en la virginidad de María.
Recordemos
que la palabra “religión” significa dos cosas. Por un lado es la experiencia mística del mundo
misterioso, atractivo y enigmático de las fuerzas y sensibilidades que no
podemos entender: y nos entregamos a ellas con un anhelo entusiasta volcando en
lo incomprensible nuestra limitación metafísica, la sustitución de la
inteligencia al sentimiento, nuestra necesidad de goce entregándolo a nuestra
imposibilidad de comprender: que es entregarse a la realidad del enigma, de
quien esperamos la salvación de nuestros anhelos y la liberación de la muerte.
Y por otro lado entendemos por religión la sumisión
al poder político que se presenta como la encarnación de ese enigma
inabarcable al que llamamos divinidad; convertido en poder despótico, el enigma
religioso prescinde de la mística y la sustituye por obediencia temerosa y a
veces aterrada; la prohibición de no creer en los dogmas especulativos crea una
ortodoxia cuya desobediencia es castigada; y ya no nos asusta el enigma de
dios, sino los tormentos que nos promete el poder político del sacerdote si
dejamos de creer en él. La religión
política como poder tiránico no tiene nada que ver con la religión mística que busca el goce
anhelado en manos del entusiasmo salvador; poder
religioso es la religión política, el mito entronizado como dominación
social, la obediencia debida a una palabra que está prohibido cuestionar, que
no es sino especulación convertida en dogma; y eso no tiene nada que ver con la
experiencia personal del misterio metafísico, de la unión mística, que ama la conjetura prometedora y gozosa y vive lo
misterioso como una energía embriagadora que “quita el sentío”, como dicen los
flamencos, que adormece la lógica para despertar las intuiciones de la razón. El mito de los místicos está hecho de
especulaciones embriagadoras; el mito de
los sacerdotes está hecho de especulaciones opresoras; poesía frente a
dogma, sentimiento frente a imposición, voluntad propia de una razón ebria frente a una voluntad que
nos impone el rechazo a la razón:
tales son las dos dimensiones del mito, que son al mismo tiempo las dos
dimensiones de la religión. El mito que nos oprime habla por boca de los
sacerdotes, y el mito que nos embriaga habla a través de la voz de los
profetas: que son, a diferencia de los sacerdotes, intermediarios entre dios y
nosotros, no intermediarios entre nosotros, dios y el emperador. El sacerdote
está integrado en las instituciones religiosas pero el profeta es un marginal;
hay momentos en que la Biblia ensalza a los profetas y presenta a dios,
desobedeciendo el mandato de los rabinos, como un verso libre y un verso
suelto, una voz no integrada en la sociedad; Cristo cura a los enfermos incluso
en sábado, y los sacerdotes quieren recriminarle su desobediencia a los
preceptos religiosos porque en sábado no se puede trabajar. Pero miremos: todos
hemos oído hablar de algún profeta
(Elías, Eliseo, Amós, Daniel, Jonás), pero ¿quién es capaz de recordar el
nombre de un solo sacerdote en la Biblia? El cristianismo, que se ha convertido
en voz de los que mandan, nació
siendo la voz de quienes se deleitaban
uniéndose a dios.

Se
dice que el mito surgió en el siglo –VIII de la mano de Homero y Hesiodo: craso
error; lo que hicieron Hesiodo y Homero fue darles forma literaria a los mitos,
no crearlos; los mitos nacieron mucho antes. En el siglo –XII se produce la
invasión de los dorios; desaparece la escritura juntamente con el universo
micénico y durante cuatrocientos años es el caos, la inseguridad en las casas,
en los caminos, poblados siempre de bandidos; las narraciones son orales y las
cantan los rapsodas, que deben memorizar los versos a falta de poderlos
escribir. La inseguridad produce miedo y con el mido desaparecen las dudas que
pueden tener los poetas: se impone la ortodoxia, que es el arma del poder, el
castigo a los heterodoxos, la fe impuesta y la prohibición de pensar. Los
historiadores llaman a esa época los tiempos oscuros; oscuros no porque reinara
la ignorancia y la superstición, sino porque no había escritura que hablara de
ellos; era una cultura ágrafa. Los únicos pensamientos que se tienen son los de
los mitos: explicaciones verosímiles, tradiciones de las que no se duda porque el
peso de las armas lo sostiene, el peso inerte de la tradición.
Pero
antes de los dorios estuvieron los cretenses. Los cretenses tuvieron una
cultura muy desarrollada junto con una sólida y compleja organización política:
¿estaba permitida la duda? Seguramente tenían escritura, pero no alfabética, ni
siquiera silábica. Debía haber escuelas donde se intercambiaban opiniones, se
creaba controversia, y a eso no podemos llamarlo exactamente pensamiento mítico.
Los mitos eran explicaciones verosímiles, y sobre ellos seguramente había lugares de ortodoxia y lugares de crítica. No, la cultura
cretense no era 100 % mítica, si bien seguramente sus gérmenes filosóficos
ocupaban espacios reducidos; la fe de los cretenses ocupaba el grueso del
pensamiento de las gentes, y debía haber, junto a la ortodoxia del poder,
maestros y escuelas de pensamiento racional.
Así
que el pensamiento mítico no es el que había antes de Homero, sino el que daba
explicaciones que ninguna ciencia podía ni quería cuestionar. Palabra impuesta,
no palabra hallada; y no fue la primera forma de pensar que hubo, antes de que
apareciera el logos, puesto que el logos ya estaba contenido en el mito; el
mito ya contenía lógica, analogía, intuición, y conciencia y experiencia del
mundo; sólo que hubo épocas en que todo eso estaba encadenado y la creación
vivía yugulada por la obediencia, la fe se durmió en el dogma. Lo que llamamos mythos no es un pensamiento anterior a
la lógica, donde los relatos (cuentos, explicaciones, leyendas, poesía lírica y
otras formas narrativas a los que llamamos mitos),
sino un pensamiento que se impone y un pensamiento censurado; el mythos no es
la proliferación de mitos que se oponen a la razón (mitos también los hay en la
razón), sino la adopción de algunos de esos mitos como instrumento represivo
del poder.

El
siglo –VIII es el de la sistematización de los mitos, y en eso tiene más de
pensamiento racional de la ortodoxia que de amputación ortodoxa de la razón,
aunque también la tiene: por eso lo podríamos llamar protofilosófico. El
verdadero pensamiento es aquel donde la arbitrariedad de la violencia está
onmipresente y convierte a los mitos en expresión de la sumisión provocada por
el miedo. Podríamos llamar mythos a
las épocas donde el peso del miedo producido por la violencia (que convierte a
la poesía en instrumento del poder) es mucho mayor que el peso (quizá habría
que decir la ingravidez) del pensamiento
libre; quizás habría que suponer que los poetas pensaron libremente
historias (mitos) que después fueron utilizadas por los políticos para
apuntalar su poder convirtiéndolo en pensamiento
atado. Las épocas en que, por el contrario, el peso de la razón atada es proporcionalmente menor
que el de la razón libre
corresponderían a lo que la historiografía oficial ha venido llamando logos. No es que el mythos contuviera
sólo relatos y el logos sólo abstracciones, sino que la abstracción fue ganando
peso con el relato (y dentro de él) a medida que la creación se fue haciendo
progresivamente más libre.
Antes
de los cretenses quizá hubo alternancias milenarias de periodos de logos y de mythos;
y hasta en la época de las cavernas, donde el mythos seguramente pesaba más,
quizá los maestros que enseñaban a tallar piedras también razonaban con sus
discípulos; y junto a los hechiceros y magos que ejercían su poder a la sombra
de la superstición acaso hubo otros magos que tenían poco de hechiceros y mucho
de sabios; eso significa que posiblemente también hubo filósofos en la época de
las cavernas; pero la oralidad no predispone a la conservación inteligente del
saber, sino a su memorización, entusiasta o mecánica, o las dos cosas a la vez,
más automática que comprensiva, aunque también adoptara simultáneamente estas
dos formas. En la América precolombina hubo sociedades, como la cultura
mochica, donde la vigilancia del ejército imponiendo mitos y miedo no impidió
que hubiera un florecimiento formidable de observadores, pensadores y artistas;
una ilustración parecida a la que Europa conoció en el Renacimiento, paralela,
todo hay que decirlo, a la Inquisición. La cultura paracas desarrolló un
pensamiento metafísico, sabían hacer trepanaciones, y el desarrollo de la
técnica nazca se prolonga después en la formidable maquinaria de los incas,
donde la técnica, la ciencia y el arte
se dieron la mano con el abrazo del oso del imperio, cuyo ombligo era el Cuzco: el
Tahuantinsuyo. Y no nos olvidemos de Chavín, donde el terror de los terremotos
propició un culto fanático, despótico y cruel. Algo de eso debía haber también
en el imperio huari, que se extendió sobre el ardor de los iluminados
portadores del fanatismo; al igual que hizo Almanzor, o el imperio almohade,
ahogando en fe ciega los progresos culturales del islam. El mundo es una
alternancia de mythos y logos. Logos es la derrota de las enfermedades con el
desarrollo de las vacunas; mythos es la superstición disfrazada de razones que
extienden los movimientos antivacunas que quieren retrotraernos a los momentos
anteriores a Pasteur.
Los
mitos utilizan inducciones, deducciones, analogías, valoraciones y virtudes.
Edipo tiene que pensar para resolver el problema de la esfinge. Los egipcios
construyeron pirámides utilizando el teorema de Pitágoras (mucho antes que
Pitágoras). Los griegos explicaron las alternancias de inviernos y veranos con
el mito de Perséfone. Los nórdicos supusieron que el caos primigenio estaba
hecho de hielo y fuego, lo que no dejaba de ser una poetización del paisaje de
Islandia: donde había montañas de hielo que escondían fuego en su interior
porque eran volcanes.

¿Qué
decir de la creencia de los escandinavos en el valhalla y en el crepúsculo de
los dioses? ¿Explicación del mundo surgida en un mundo de guerreros, o
imposición de un espíritu guerrero por medio de relatos para convertir en
salvajes unos pueblos pacíficos? ¿No extienden la creencia, tan supersticiosa
como heroica, en que sus gestas serán recompensadas por las valkirias? ¿A qué
responde la creencia de los griegos en el destino? ¿El culto al erotismo en los
ritos, cánticos y bailes relacionados con Dionysos? ¿Qué representa el orfismo?
Mitos, todos ellos, que florecieron en épocas donde ya se cultivaba la razón.
Mitos en tiempo de logos.
También
en los mitos se encontraban modelos de virtudes, ejemplos edificantes para la
vida. Incitación a la prudencia mediante ejemplos de episodios imprudentes:
imprudencia de Krimilda al contarle a Brunilda el secreto de la hoja de tilo;
imprudencia de Esaú al venderle a Jacob, por un plato de lentejas, su derecho
de primogenitura; imprudencia de los marinos al robarle a Ulises, para abrirlo,
el saco de los vientos. La desgracia producida por la codicia. La desgracia que
nos acompaña si nos dejamos arrebatar por la ira: como le pasó a Heracles
asesinando, en un arrebato de cólera, a su mujer y a sus hijos. La enseñanza de
la astucia a través de Ulises, que lo mismo es capaz de engañar a Polifemo que
de construir el caballo de Troya; de Prometeo, que engaña al mismísimo Zeus
cuando tiene que repartir la carne y los huesos de un buey. El poder
embriagador de la música, que se encarna en Orfeo. Y se inventan suplicios
terribles, como el de Prometeo, condenado a ser devorado eternamente por un
águila, o el de Tántalo, muerto de hambre
y sed y flotando en agua que se retira cada vez que se agacha para
beberla, bajo viandas que se levantan sobre su cabeza cada vez que les quiere
dar un mordisco.
Creo
que queda demostrado que en el mito hay dos ingredientes: los relatos, que no
son incompatibles con la filosofía, y la ortodoxia, violenta e intransigente,
que sí lo es; llamaremos mito a lo primero; a lo segundo, que utiliza el mito
como instrumento de dominación, lo podemos llamar mythos. La filosofía no surge con el paso del mythos al logos. La
filosofía contiene mitos (en Heráclito, en Parménides, en Platón, en Nietzsche,
en Heidegger) perfectamente integrados en la razón. Y el logos convive con el
mythos en épocas de ortodoxia y opresión, como en el Renacimiento europeo. El mythos no es una
existencia irracional que precede al advenimiento de la razón, sino un mar de
despotismo en el que van apareciendo islotes de libertad; llega un momento en
que esos islotes son tan numerosos que el mar desaparece y el agua se incrusta
en la tierra, por la que corre, formando ríos, lagos, corrientes y aguas
subterráneas. No hay un paso del mythos al logos; hay un logos que crece en el
mito, en cuyo interior siempre estuvo desde el principio, pujando por salir a
la superficie sin liberarse del todo de sus ataduras; y los mitos que alimentan
la ortodoxia son los mismos que alimentan la libertad.
