jueves, 28 de octubre de 2021

 

 

 

HISTORIAS, FÁBULAS Y MORALEJAS

 


1.

 

            Cuenta la leyenda que un hombre rico segó los campos y tuvo un montón de trigo. Vino otro pidiendo limosna y el avaro se la negó. Entonces el pobre dijo: “ojalá que ese montón de trigo se te convierta en montón de paja”; y así sucedió. La avaricia rompió la ilusión del rico pero también se rompió a sí misma, porque cuando quiere más de lo que puede, inevitablemente, la avaricia rompe el saco.

 

2.

 

            Decía Platón que si nos llenamos la barriga el cuerpo nos pesará, y con su peso acabará atrapando al espíritu, y el espíritu, encarcelado dentro del cuerpo, ya no podrá pensar en salir. Que el mucho comer no va de la mano del mucho pensar. El pensamiento necesita que a nuestra alma le salgan alas y sólo con un vientre ligero puede el alma pensar en volar.

 

3.

 

            Viridiana repartió entre los pobres lo que tenía. Los pobres, acostumbrados a comer sin arar, destrozaron su hacienda.

También los campesinos pobres, si pudieran disponer de las vacas, se las comerían; y no pensarían en el mañana cuando ya no les quedaran vacas por comer.

 

4.

 

            La cigarra se pasaba el día cantando. La hormiga se lo pasaba trabajando. Es de suponer que la cigarra, para poder comer, trabajaría también un poco; y podemos suponer que la hormiga, con tanto trabajar, algo comería también; pero el exceso de trabajo le quitaba tiempo para cantar.

A veces necesitamos ahorrar como las hormigas, pero no tanto como para que, preocupados por el mañana, nos privemos ahora de vivir. El canto es una flor que no crece sin savia y la savia es materia y su espíritu es el canto; el espíritu se divierte cantando pero necesita trabajar para comer: no para que el trabajo le quite las ganas de cantar.

 

5.

 

            Vale más ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho: lo dijo Stuart Mill. Los placeres de la carne sólo valen si no entierran a los del espíritu, o de lo contrario la prosperidad del cuerpo será la ruina de los placeres del alma; y en el alma tengo la marca más importante de lo que soy.

 

6.

 

            Que el placer de comer un plato no te quite nunca el de disfrutar de un cuadro.

 

7.

 

            Las macetas son el decorado de las paredes. La música, las artes plásticas, la danza, el cuento y la poesía son los decorados de la vida. Si no hay ladrillos no hay paredes y si no hay carne el espíritu ya no puede crecer.

Pero si las paredes son muy altas las macetas estarán demasiado lejos y no podríamos verlas; y si el vientre está muy lleno la cabeza se vaciará demasiado; entonces ya no la podría preñar el corazón.

 

8.

 

            Chopin tuvo una casa en la que vivía con George Sand. En ella compuso cosas hermosas y en ella también se inspiró George Sand para componer. Muertos de hambre no habrían podido componer, aunque sí con una vida precaria; con una casa lujosa también; porque el espíritu sólo vuela con la pasión que tiene dentro y no con la posesión de las riquezas del mundo; se alimenta, sí, de las cosas del cielo, pero a esas cosas sólo se llega cuando se impulsa con un trampolín desde la tierra donde está.

 

9.

 

            También Edward Grieg tenía una casa hermosa. En ella, confortablemente, compuso al amor del fuego rodeado de bellísimos paisajes. Pero no componía porque tuviera casa sino porque su casa tenía vida; y también porque había vida en la casa que tenía en el corazón. Allí se calentaba el espíritu, allí se acurrucó para soñar.

La pasión se embellece con el calor del espíritu y el espíritu sólo se enciende donde hay amor de hogar; con los amores dulces; en el confort de la casa que nos despierta las ganas de pensar.

 

10.

 

            También sin casas acogedoras se puede componer, pero sólo si el calor de la inspiración nos arrulla por dentro. Cervantes, Quevedo, Berlioz, Beethoven, Mozart compusieron bellísimas creaciones desde la privación y la necesidad, pero no eran plácidas como las otras sino dolorosas; melancólicas, arrebatadas y tristes, envueltas en lágrimas o a punto de llorar.

 


 

viernes, 22 de octubre de 2021

LOS CAMINOS DE LA FILOSOFÍA

 

 

 

LOS CAMINOS DE LA FILOSOFÍA 

 


            A la filosofía se llega por dos caminos: pensando con la cabeza o pensando con el cuerpo. Con la cabeza piensan Sócrates, Platón, Parménides, San Agustín, San Anselmo o Descartes; con el cuerpo piensan Aristóteles, Demócrito, Santo Tomás, Occam, Locke, Hume, Carnap o Wittgenstein. Hay, por supuesto, variantes e incluso intentos de conciliación para que andar por un camino no tenga por qué significar renunciar al otro; pero si tuviéramos que simplificar al máximo podríamos decir que toda la filosofía no es más que un diálogo entre esas dos voces; una disputa entre esos dos puntos de vista.

 

            Pensar con la cabeza. Perménides, Sócrates y Platón desconfiaban de todo lo que podemos conocer con el cuerpo. El lápiz que aparece torcido dentro del agua está derecho, las sombras chinescas parecen cocodrilos o conejos sin serlo, un helado puede saber a fresa sin tener fresa (porque tiene potenciadores del sabor), a los amputados les duele el brazo que no tienen y hasta los daltónicos ven los colores cambiados: ¿cómo fiarnos de nuestras sensaciones? La única forma de conocer cómo son de verdad las cosas es la inteligencia; el sol se ve como un disco pequeño, pero razonando puedo descubrir que en realidad es una esfera muy grande; desde lo alto veo a la gente muy pequeña, pero sé, aplicando la inteligencia, que es un efecto de la perspectiva; y sé de sobra que yo no soy capaz de soportar el peso de un coche, pero lo levanto con una grúa que he construido aplicando el principio de Pascal. En resumen: todo lo que podemos conocer con el cuerpo (la vista, el oído, mis músculos, el tacto, la lengua) es engañoso; sólo podemos fiarnos de lo que podemos descubrir por la razón.

            Por eso hay que desconfiar de nuestros conocimientos. Sócrates no enseñaba cosas (“yo sólo sé que no sé nada”), sólo enseñaba a pensar. Platón pensaba que la inteligencia es una luz atrapada entre las mentiras del cuerpo (“el cuerpo es la cárcel del alma”). Parménides enseñaba a prescindir de la observación de las cosas y a fijarnos sólo en el pensamiento (dos segmentos que parecen distintos resulta que tienen la misma longitud, como se comprueba en el experimento, o ilusión, de Müller-Lyer). San Agustín enseñaba que no estamos seguros de nada pero que si nos engañamos, existimos, y por lo tanto tenemos al menos esa seguridad. Descartes, en la misma línea, dudaba de todo lo que podemos captar con los sentidos pero no de que existo, porque no podría pensar si no existiera; y la razón contradice a la experiencia, porque los cuerpos son inertes aunque parezcan moverse (eso le hizo descubrir el principio de la inercia); otro platónico famoso, Galileo, descubrió que, en contra de la experiencia, un trozo de hierro tarda en caer al suelo lo mismo que tarda una pluma (eliminando, en el vacío, la resistencia del aire). Y hasta Leibniz, otro famoso cartesiano, descubrió los infinitésimos y que en un intervalo infinitesimal una curva se puede confundir con su derivada.

            A la costumbre de fiarse sólo de la inteligencia (o sea, de pensar sólo con la cabeza) se la conoce  como platonismo, intelectualismo, realismo exagerado y racionalismo o pensamiento a priori.

 


            Pensar con el cuerpo. Aristóteles aseguraba que lo único de lo que podemos estar seguros es de la experiencia, nuestra cabeza sólo puede pensar sobre lo que observamos; y así, por mucho que le hablemos a un ciego de las longitudes de onda que tienen los colores, nunca conocerá el color rojo si no lo ha visto antes. También Demócrito pensaba que sólo podemos conocer las cosas gracias a las sensaciones; para el empirismo, si naciéramos ciegos, sordos, mudos, sin ningún tipo de sensibilidad y hasta sin poder movernos, nuestra mente estaría vacía y no podríamos conocer nada. Descartes, que casi no hacía experimentos porque desconfiaba de la experiencia, se equivocó en casi todo y Newton, que no paraba de experimentar, casi siempre acertaba. Todo está lleno de signos, de sensaciones (Decía Guillermo de Occam), y sólo tenemos que estar atentos a lo que nos rodea (Guillermo de Occam es Sean Connery en El nombre de la rosa y en esa película se muestra siempre atento y observador). Santo Tomás afirmaba que sólo se podía demostrar la existencia de dios a través de sus criaturas, dicho de otro modo: sólo podemos conocer al creador a través de su creación. Carnap, como Francis Bacon, sólo admitía el conocimiento inductivo (experimental) y Wittgenstein decía tajantemente: vale más no hablar de lo que no podemos decir con palabras.

            En efecto: un marciano que no hubiera estado nunca en la tierra no podría conocer cómo es la naturaleza de la tierra, no la podría sacar sólo de su pensamiento. No podemos saber cómo el peso puede hacer que nos duelan los músculos si no hemos ido a un gimnasio. Ni sabrá cómo duele el corte de un cuchillo quien no se haya cortado. El adolescente inexperto no conocerá lo que es la sexualidad mientras no haya estado con una mujer. Y no sabremos cómo es la tierra desde el espacio hasta que no hayamos viajado en una nave espacial. Nadie sabrá de verdad lo que es la gravedad si no la experimenta en carne propia, y si no ha ido a la luna o no se sumerge en el mar, no sabrá tampoco lo que es una gravedad disminuida. En realidad no pensamos con el cuerpo, sino desde él; el órgano del pensamiento no deja de ser la cabeza.

            Pero el pensamiento abstracto nos deja vacíos y por eso algunos pensadores, como Nietzsche o Heidegger, creyeron que la vida debía ser el eje de la filosofía y no la razón: vitalismo y no racionalismo. Ya Hume había dicho desde el empirismo que no existen las ideas innatas pero sí los sentimientos innatos; por eso el empirismo puede ser considerado como uno de los precursores del romanticismo. Luego Freud nos recordará que el inconsciente puede ser más importante que la conciencia y que el noventa por ciento de nuestra vida escapa al control racional.

            A la costumbre ce observar las cosas para conocerlas la llamamos aristotelismo o empirismo; en una de sus variantes es también nominalismo, y otros hablan de sensualismo y pensamiento a posteriori.

 


            Hay quien ha intentado conciliar estas dos posturas pensando que cada una por sí sola se queda coja, y es incompleta; así Kant, que era racionalista, quiso criticar a la tazón para demostrar que sólo podíamos pensar a partir de la experiencia (lo de Kant es un pensamiento crítico). También Ortega y Gasset pensaba que la razón sin la vida es poca cosa, lo mismo que es poca cosa la vida sin la razón: por eso las puso a las dos juntas inventándose aquello de la razón vital; pera él, la vida era historia y para María Zambrano, que era discípula suya, poesía; por eso Ortega es el padre de la razón histórica y Zambrano la madre de la razón poética; Ortega quiso juntar a Descartes con Nietzsche, a Platón con Aristóteles, a San Agustín con Santo Tomás de Aquino.

            Quien quiera acercarse a la filosofía se verá abocado a elegir entre racionalismo o empirismo; o a permanecer entre ellos, como hiciera un su día Ortega y Gasset; aunque el verdadero genio que quiso conciliar estas dos posturas fue, desde una postura grandiosa, junto a Platón y Aristóteles, un verdadero monstruo de la filosofía: estamos hablando de Immanuel Kant.

 


 

viernes, 15 de octubre de 2021

LA VEJEZ

 

 

LA VEJEZ

 


            Inclinado sobre la mesa, con los ojos agachados, escribía. Llevaba así no sé cuánto tiempo. Durante un momento levantó la vista. Se frotó los ojos y se vistieron de oscuridad, y eso le dio una sensación de descanso. Miraba a la pared y veía, como en una pantalla, los años pasados. Ingrid dormía. Al lavarse la cara se había visto en el espejo y se quedó mirando: si, ya había pasado el tiempo; ahora tenía cincuenta y siete años. Su barba se había vuelto blanca por los lados, y la barbilla se le partía en dos por otro reguero blanco que la cortaba como un cuchillo. Sus ojos se habían llenado de arrugas. Su pelo, poblado de canas, todavía era negro. Ahora sus mejillas se habían hundido, muchos le hacían comentarios sobre su delgadez: pero él sabía que era porque se hacía viejo; en la báscula pesaba más o menos lo mismo pero las marcas de la edad, como una losa, le estaban apretando el cuerpo: las mejillas hundidas le recordaban, en aquel libro que tenía su padre, al Cid Campeador; en los ojos le habían salido bolsas y su mirada se había vuelto profunda, y en eso sabía que era más filósofo. La lechuza de Minerva levanta el vuelo al anochecer.

            Estaba pensativo. Hacía apenas nada (y habían pasado quince años) llegaba a Baba. Tenía la barba tupida, como ahora, pero entonces su pelo era negro. Tan sólo por los lados, rodeando la barbilla, tenía irisaciones rojas. Tenía cuarenta años. Cuarenta, y ya le parecía viejo. Viejo empezaba a ser ahora (pensaba), y no supo en qué momento había empezado todo, pero ahora veía la culminación de un lento proceso. No era anciano, claro que no, pero ya tenía aspecto venerable. Un viejo joven. Pero viejo. Cuando llegó a Baba, con una mirada esbelta, dejó en el suelo la cartera y miró estoicamente al instituto. Su mirada transparente veía pasar el tiempo. Y el tiempo no pasaba. Era cuando la edad adulta se revestía de una respetable juventud. Las jóvenes todavía lo miraban como a uno  de los suyos, y en el patio y en las clases, recorriendo los pasillos, se sentía fuerte y pletórico. Ahora empezaba a ser viejo. Cuando escribía mucho le dolía la espalda, y tenía que poner un cojín sobre ella cuando se sentaba en el sillón. El cuello había perdido elasticidad y no lo giraba como antes. A veces le había dolido el lumbago. Ya no podía levantar grandes cargas, como cuando subía aquellos cubos de carbón hasta el descansillo de su casa. Y hasta en el dedo se le había deformado una articulación, que le dolía cuando la tocaba, y que parecía ya una avanzadilla de la artrosis. Hacía más de diez años que había dejado de jugar al tenis por el menisco. En verano, con Ingrid, se daban largos paseos en bicicleta. También ella había renunciado al tenis por la epicondilitis. Un año había nadado en la piscina y le fue muy bien. Y de vez en cuando, más en cuando que de vez, caminaban por las lastras, rodeando el hospital por fuera, y se acercaban al valle del tejadilla; luego cruzaban la carretera, respiraban por el pinarillo a pleno pulmón, bajaban hasta el alcázar y subían por la hontanilla.

            Ahora, a marchas forzadas, envejecía. Pero no sentía que envejeciera por dentro. La sed de justicia, el anhelo de bondad, el hambre de sabiduría, lo alimentaban. Tenía ante sí las hojas garabateadas y pensaba en la sensibilidad, en el pensamiento, en la noia y en la eikasía. Y volaban sus pensamientos por el espacio y por el tiempo: hacia otros pinos, otras casas, otros vientos, y hacia las superficies nevadas. Hacia las lomas cargadas de abetos que subían por la sierra. Hacia los ovillos de nieve que arrastraba el viento. Hacia los aullidos lejanos de la ventisca. Hacia el colegio de San Rafael. Allí recordaba las viejas historias de su juventud. De cuando Doris apenas tenía años, y ahora pasaba de veinte. De cuando descubrió que Pedro se movía menos en la noia que en la paranoia. De cuando Pablo le traía noticias de Filo. De cuando Elisa y Beatriz, como dos copos de algodón, vagaban desamparadas en los resquicios del tiempo. De todas las mujeres que había tenido en su clase, por las tardes. Y de Arcadio: del pobre Arcadio que era para él como una espina clavada, como un hijo; del joven descarriado que no pudo llegar a entender del todo por más que lo intentaba. Arcadio. Arcadio era para él una herida abierta. Un camino frustrado que, por las muchas espinas que tenía, no pudo nunca llegar a recorrer.

 


 

viernes, 8 de octubre de 2021

ENTRE ESCILA Y CARIBDIS

 

 

ENTRE ESCILA Y CARIBDIS

 


1.

 

            A un lado hay unas enormes peñas: son las Erráticas[1]. Ninguna embarcación pudo escapar de las tempestades[2]. Al otro lado hay dos escollos, a cual más terrible el uno que el otro. En el primero mora Escila. En el segundo Caribdis.

            Escila. Un pico agudo que se hunde en el cielo, cuyos pardos nubarrones no dejan nunca de cubrirlo. Ningún hombre podría subirse, tan lisa es la roca que desciende a pique. En medio, un antro sombrío. Una cueva que mira hacia el ocaso: al Érebo. Nadie podría llegar a la profunda cueva, ni siquiera un arquero la alcanzaría con sus tiros. Allí mora Escila. Tiene doce pies, seis largos cuellos con seis cabezas, cada cabeza con una boca y cada boca con tres hileras de dientes. Está hundida hasta la cintura. Jamás pasará ninguna embarcación por allí si no se lleva a la boca algunos de sus hombres.

            Caribdis. Hay otro escollo más abajo que se distingue fácilmente. Caribdis está allí, sorbiendo el agua turbia. Tres veces la echa fuera y otras tantas al día la sorbe. Es un agujero negro. Traga lo que sorbe, y lo que traga no vuelve a salir ya nunca más de allí. No vayas[3]cuando aspira el agua salobre, pues desaparecerías en el infinito irremediablemente. Es preferible pasar por Escila aunque pierdas a seis de los tuyos.

            Estamos entre Escila y Caribdis. Un callejón sin salida. Contra ellas no hay que defenderse: huid. Surcad el océano perdido en la tormenta. Huid a toda prisa, alejaos de allí. Peer Gynt surca el mar azotado por las nubes. Rachas furiosas golpean el barco. La quilla cabalga sobre las olas y se sume en ellas, el agua se abate por la borda. La vela sopla con furia, zozobra la nave. Una sacudida, un rayo. El cielo, como un fantasma, se abate con el trueno. Suenan los timbales. Las trompas, las baquetas, las trompetas del miedo. Surca las aguas cabalgándolas desesperadamente, salta chocando de ola en ola como quien se estrella de nube en nube. La dulce melodía de Solveig suena a lo lejos. El mar se hunde, las cuerdas de la lluvia, golpeando furiosas, se clavan en la cara de los marineros. El cielo se enciende y estalla el trueno. Estás pasando entre Escila y Caribdis. Escila se lleva a unos cuantos marineros. Enfrente, Caribdis, hundiendo el agua, los arrastra sorbiéndola furiosamente. Un ojo terrible, como el de un calamar, es el fondo del remolino. Lejano, en el alma, como un eco, susurra la canción de Solveig; halo de esperanza, clamor en el cielo. Un canto como una niebla flota a lo lejos. Mano donde agarrarse, prominencia sin aristas. Faro en las olas que se intuye sin ver. Una fuerza, elevada, entre arrecifes. Entre las peñas arrojadas por el agua, terribles murallas; los escollos te despedazan con sus aristas. Es el naufragio: Escila; Caribdis.

            La espuma zozobrando sobre la quilla. La borda naufragando inexorablemente. El barco arrastrado por la corriente. Las nubes oscuras, la proa enfilada hacia el abismo, velocidad de vértigo. Rayos que se abaten a babor, a estribor, la popa llena de agua, el agua llena de nubes. Trompas y timbales. Luces fantasmagóricas, rayos y centellas, las olas del juicio. Peer Gynt como un nuevo Odiseo. La tierra de Ulises. Al fondo susurra, como una caricia, hermosa, lejana, la dulce Penélope; la áspera Ítaca, la canción de Solveig, la casa de Ulises. 




            Ha pasado la nave escorada en el estrecho. Escila, azar inevitable[4], pétrea Caribdis. Dos huecos en el mar, dos agujeros que te arrastran, dos espacios vacíos. Uno manda en sus cabezas, viene a buscarte. El otro te atrae para que tú lo busques. Estás perdido, estás entre Escila y Caribdis: no puedes salvarte sin perder parte de tu equipaje. Al pie de las rocas, dos lugares hendidos: dos agujeros. Ulises pasó por allí y sintió el caos sacudir la madera del barco. Y el barco crujía; el mar golpeaba el mástil, los remos, el cordaje, desgarrando el velamen. Fue un aliento de perdición el que soplaba con furia; y su soplo era casi material, cortaba las olas, tocaba la nave. Un terremoto emergiendo desde el fondo del océano. Caribdis sorbiendo el agua salobre[5], vomitándola luego entre sordos murmullos, como una caldera sobre el fuego; y la espuma caía sobre las cumbres.

            En lo hondo la tierra se mezcla con arena: el peñasco, el espantoso ruido. Seis compañeros arrebatados por Escila mientras huíamos de Caribdis. Que estando en un callejón sin salida siempre dejamos plumas, si salimos. Que somos arrojados por el estrecho, por él tenemos que lanzarnos si queremos salir a flote. No volveremos a ser los mismos: el mar ha dejado en nosotros profundas cicatrices, pero no es un callejón sin salida: estamos entre Escila y Caribdis.

 

 

2.

 

            Entre Escila y Caribdis se sufre, pero se sale. El ojo del remolino todo lo absorbe pero lo vomita después, no es un agujero negro: aunque vomite cadáveres. En el océano de la vida hay callejones sin salida y desfiladeros terribles, parece que no vas a salir, pero se sale; aunque te dejes en ellos muchísimas plumas. No te rindas entre Escila y Caribdis, nunca des las batallas por perdidas sin saber si estás en un callejón sin salida o si has entrado solamente entre Escila y Caribdis; porque el destino no lo sabe, y nunca lo sabrá.  



 

 

 



[1] Odisea, p. 154.

[2] Ibídem, p. 155.

[3] Ibídem, p. 156.

[4] Ibídem, p. 156.

[5] Ibídem, p. 159.

viernes, 1 de octubre de 2021

ACA FALA

 

ACA FALA. 

 


1.

 

            La estrella titilaba en el firmamento. Aca Fala estaba de pie, la cabeza levantada y los ojos dormitando, en el espacio lleno de estrellas: una llanura inmensa que no era llana sino profunda; y era un vientre de luces pálidas, plateadas como la luna, algunas con un brillo intenso, pero frío, brillo que no despertaba reflejos en la piel, sin calentar el cuerpo.  

            Miró aquella estrella. El mar batía el suelo y mojaba sus tobillos, en lentas oleadas, que iban y venían como lenguas; la sal se había metido en el aire y se impregnaba en el espacio invisible, lleno de humedad en la tierra mientras en el cielo titilaba más arriba, inabarcable, enigmático y seco.

            Caminó lentamente por la playa. La brisa le acariciaba la cara, la luna encendía pálidas voces iluminando el suelo y encima de ella, incrustadas en la lejanía, las estrellas; algunas eran faros cegadores que llenaban, con sus reflejos pálidos, el cielo.

Se detuvo.  Algo había rozado sus pies descalzos. Una lengua de mar depositaba hilos de sal entre sus dedos. Cercos de arena. Bajó los ojos y descubrió, varado en la playa, atenazado e inmóvil, sin atreverse a respirar, el cuerpo redondo de una estrella. Se había caído del cielo perdiendo su fulgor, convertida en cuerpo granuloso, anaranjado y áspero, una estrella de mar, una estrella sin techo. Ya no podría brillar. Sus brazos no tenían luz y les habían salido, ya que no flotaban, miríadas de patas para caminar sobre la tierra. La estrella de mar no flotaba ni en el agua ni en el cielo; y tenía que estar entre nosotros, pegada a la triste realidad donde tiene que pasear, en un mundo de fealdades, la belleza.

 

2.

 

            Aca Fala era bella. Demasiado bella para vivir entre cosas feas. Sus antepasados eran los antiguos soberanos yungas, dueña y señora de Túcume, entre el mar de agua y el de la selva, entre Chiclayo y Moyobamba, allí están las olas inmensas que sostienen Cajamarca y Chachapoyas, las olas de los Andes, las olas de piedra.

            Era la princesa de los yungas; de los habitantes de la tierra cálida, en la costa y en los valles profundos. La tierra del Perú es una columna que desciende de norte a sur como un tuétano de frío, desolación y piedra (la puna), rodeada de montañas como médula cubierta por vértebras (la quechua) sobre un cuerpo que se vierte al mar por un lado mientras por el otro anuncia la llegada de la selva: ésa es la yunga. Aca Fala era hermosa y todos suspiraban por sus ojos y sus labios, convertidos en palabras, cuando hablaba dulcemente; palabras que eran, más que palabras, el aliento de la música.

            Había suspirado por ella el rico dueño de Motupe, el joven Pono Rendo: Aca Fala lo había ignorado, ya cuando las palabras no eran conversación, sino cortejo. La había pretendido Fanquizán, bravo cacique  de Lambayeque, que tampoco tuvo mejor suerte. Aca Fala, esculpida en su belleza, era una estrella brillante entre los yungas; su brillo eran rayos de puntas majestuosas, la belleza, sí, por supuesto, la simpatía, la bondad, el deseo de libertad, el deleite de irradiar, los anhelos de estar en el cielo, alejada de las ruines mezquindades, entre las estrellas. Aca Fala ambicionaba un ideal y los ideales no están con nosotros en la tierra; quería vivirlo donde amar sólo fuera contemplar sin desgastarse, sin mezclarse con el mundo, porque el mundo mancillaba todas las cosas que tocaba, y las rompía.

 


3.

 

            Se puede sentir con el corazón y sentir con la piel. Con la piel sentimos por fuera, con el corazón por dentro; placer que viene de fuera o placer interior, ¿cuál es el placer del alma, cuál el del cuerpo? Las fuerzas del alma son deseos íntimos, instintos que calzamos sobre lo que tenemos fuera; también tiene fuerzas para el placer que duerme en el mundo y es capaz de despertarlos en nosotros, lo mismo que el cuerpo. Con el corazón sentimos amor y con los sentidos placer. La princesa Aca Fala tenía simpatía y era buena, y tenía, por qué lo íbamos a negar, un corazón de oro. Y los ojos, los oídos, las manos, los olores, los sabores los era capaz de disfrutar pero ella misma no los buscaba. Disfrutaba con el placer de amar, con el placer de apiadarse de las miserias ajenas, disfrutaba ayudando a quien lo necesitaba y amando a quien la quería; y es que el amor se vierte en los demás y es misericordia, se vierte en uno mismo y es supervivencia, se vierte en quienes tenemos ahí y entonces es cariño, y la primera persona a quien queremos somos nosotros mismos. Aca Fala era piadosa y su corazón era un paisaje de ríos, afluentes y manantiales que se podían atropellar en las rocas de la sierra o amansarse, cerca ya de la desembocadura, a punto de verter sus aguas.

            Su capacidad de amar no tenía límites. Ni de gozar. No gozaba de lo que tenía cerca como cuando se iba lejos, a lo más alto de los cerros, para disfrutar desde las alturas la majestad del paisaje. Sus ojos disfrutaban de los pocos árboles que la rodeaban, oía los escasos pájaros que tenía cerca, la embriagaban las flores del metro cuadrado donde estaba pero se embelesaba más con todas las cosas que había en la amplitud de la mirada; con el tordo que tenía cerca, sí, pero también con el cóndor que vencía las distancias, los aromas cercanos los disfrutaba y los más lejanos, si no traspasaban sus sentidos, los sentía ella misma con el alma. El latido sensorial fue placentero pero el corazón lo fecundaban sus placeres interiores, y entonces era más que placer, era belleza contemplada; embeleso y arrebato, el delirio de los artistas inspirados.

            Aca Fala estaba apegada a la belleza. Al placer que despertaban en su pecho las cosas que contemplaba. Dentro tenemos el corazón (el suspiro de eso que llamamos alma), y el mismo corazón que se deshacía en belleza cuando contemplaba las cosas se volvía amor si era a la gente a la que contemplaba; a la que no conocía y a la que la rodeaba. Amaba el paisaje humano que tenía al lado y también amaba al que estaba lejos; igual que gozaba, ya estuviese cerca, ya lejos, de las cosas bellas del alma. Las cosas nos dan placer o el placer nos lo da el alma, allí donde nacen los escalofríos de la belleza, los del amor: el deleite, la misericordia y el cariño,

            El amor suscita ternura. La belleza, admiración. Puede ser amor torrencial cuando tiemblan las entrañas o un amor tranquilo, cercano a la desembocadura de los ríos, cuando el mar está cerca. La belleza también nos puede arrebatar en el delirio o temblar pausadamente, bogando en una admiración serena, en los hogares del alma.

            Aca Fala amaba a la humanidad, y era buena. Pero no había conocido a nadie que supiera despertar en ella el temblor de la admiración, del arrebato. Aca Fala no se había enamorado: ni de Pono Rendo, ni de Fanquizán, ni de ninguno de los jóvenes que suspiraban por ella. Y no sintiéndose atrapada en los lazos del amor, ¿quién podría reprocharle no amar cuando la amaban y no corresponder, si la querían?

            Aca Fala amaba la belleza. Y no habiendo conocido el temblor de la obra de arte, si nadie compuso nunca ni música, ni cuadro, ni escultura ni templo que la satisficieran, si no había visto belleza mayor que la suya propia, ¿los había de engañar a todos diciendo que temblaba si no temblaba y que tiritaba de admiración, si no se conmovía?

 


4.

 

            En la tierra de los yungas los buitres se ensañaban con los lobos. He visto bandadas de buitres atacar a un lobo marino, acorralándolo entre las rocas, hundiéndole las garras, clavándoles el pico y arrancándole los ojos.

            En la tierra de los yungas los pescadores se ahogaban y se los comían los tiburones. Nadaban mar adentro y luego volvían, braceando y gritando y haciendo ruido, para que los peces huyeran hacia la orilla y se quedaran atrapados en las redes; y mientras los hombrees pescaban peces los peces pescaban hombres.

            En la tierra de los yungas había unas aves muy grandes que no tenían plumas. Salían al mar y andaban encima del agua, criándose entre peñascos con los buitres, con los peces y con los lobos marinos. Eran murciélagos. Los indios hacían telas con su pelo y se abrigaban como si ellos mismos fueran vampiros.

            A la tierra de los yungas llegó un hombre venido del mar. No tenía padre ni madre y fue engendrado por el mar, y les enseñó las formas de pescar y aprendieron a llamar a la abundancia arrancándoles los ojos, y comiéndoselos, a los primeros peces que habían pescado. Se llamaba Huiracocha.

            En la tierra de los yungas las casas no tenían techo. Eran unos cercados de caña bajo los árboles y por la noche, si alguien quería soñar, miraba entre las ramas y se veían las estrellas.

            En la tierra de los yungas había sacerdotes. Velaban sobre el cielo y la tierra y se cernían como buitres picando los ojos, tiburones comiendo pescadores, murciélagos oscuros volando sin plumas, como si no tuvieran alas. En la tierra de los yungas la mirada inquietante de los sacerdotes se cernía sobre tu vida y la de los otros. Su tiranía.

            En la tierra de los yungas los sacerdotes llamaron a Aca Fala.

 

5.

 

            -Han llegado a nuestros oídos cosas inquietantes sobre ti.

            La bella princesa se amaba a sí misma y su pensamiento se convirtió en palabras. Las palabras, como las lleva el viento, habían volado por todas partes y acabaron en los oídos de los sacerdotes.

            -Dicen las lenguas que no quieres a nadie, que sólo te amas a ti misma.

            -Yo, señor, siento cariño por mis vecinos y siento por quienes sufren. Quiero a mis padres y los respeto, adoro a mis hermanos y siento devoción por nuestro pueblo; pero desgraciadamente no he encontrado a un hombre que me atraiga tanto como para que pueda quererle.

            -¿No niegas, entonces, que no has amado a ninguno de tus pretendientes?

            -No lo niego, señor.

            -¿Ni haber dicho que no hay en el mundo belleza capaz de encandilar tus ojos?

            -No, señor, no lo niego.

            -¿Sabes que eres bella?

            -Eso dice la gente.

            -¿Y tú lo crees?

            -Con toda humildad, creo ser bella.

            -¿No has dicho que te gustaría ser como las estrellas y brillar en el cielo, luminaria entre las luces?

            -¡Y cómo me gustaría! Sueño por las noches con las estrellas, cuando las miro, antes de dormirme, echada en la cama, mirando hacia el cielo mientras pienso.

            El viejo sacerdote arrugó la frente, apretó los dientes, tensó el mentón y lanzó chispas por los ojos.

            -Has caído en la soberbia, princesa. Has caído en lo más bajo, te has hundido. No hay en tu belleza más que vanidad y no hay humanidad en tu hermosura. Te crees igual que la luna, semejante a Venus, tu luz natural no es luz de estrella pero te lo crees; no hay nadie fuera de ti, eres una mariposa sin sustancia, y un cóndor: dominas el espacio y no conoces la humildad, no tienes alma: princesa, tu amor no vale nada. ¡Te casarás irremediablemente antes de que salga la una!

            Su corazón se estremeció, su pecho se hizo más pequeño y sintió encogérsele hasta el aire. ¿Cómo hacerle comprender lo que sentía por la humanidad, por su destino, aunque no la viera? ¿El temblor del corazón por quienes sufren? Y si eso sentía por quienes ni oye ni ve ni toca, ¿qué no sentiría por quienes ve y oye y acaricia, por quienes viven con ella? Un sentimiento indescriptible, una pasión infinita, una ternura de porcelana, unas cuerdas que vibran dentro de sí, tan frágiles que pueden romperse, delicadas como el mismo corazón, tan dulces y entrañables, tan tiernas? ¿Cómo decir que lo mismo sentía hacia ella misma? ¿Cómo decir, sin que la condenaran, que lo mimo que sentía hacia los demás lo sentía también hacia ella?

            ¿Y cómo decir que le agradaba la lluvia, el color de mariposas y flores, el sabor del agua del mar, el olor de la tierra? ¿Y la belleza de una puesta de sol, de una noche estrellada, de los bosques frondosos, del vuelo del cóndor planeando sobre la sierra? ¿Cómo explicar que no había encontrado entre la gente la belleza que encontraba en la naturaleza? ¿Y cómo decir que ella, cuando se miraba en el espejo, se sentía bella? ¿Cómo decirlo sin que la condenaran? ¿Sin que convirtieran en vanidad lo que ella sentía que era instinto natural, una admiración inocente, una corazonada buena?

            Entonces se acordó de la flor blanca, abierta y delicada, como una campanilla; de su dulce elegancia, tan dulce como fatal, de su cuello de cisne; del fruto verde lleno de púas, como un erizo de mar creciendo en tierra; el mismo fruto abierto, con los tabiques rotos, amarillo y seco, mostrando las semillas: y llena de alcaloides como estaba, la planta era una invitación a la muerte; un viaje a través de un sueño alucinado hasta las puertas del sueño eterno; la datura.

            La tomaría y tardaría en morir menos de un día. Hierbas de las brujas. Convulsiones, depresión, arritmia, taquicardia, necesidad de respirar, colapso, todo… Todo lo que no quería pero tenía que tomar, puesto que atarla era, con la libertad, quitarle la vida. Y ¡qué ironía!, que por falta de amar muriera envenenada por un filtro de amor, el mismo que utilizaban en los tiempos oscuros, sacándolos de la datura. De la datura se saca la burundanga que te lleva a la amnesia; y ella quería amnesia, no quería acordarse de nada de este mundo, ahora sólo pensaba en la eternidad, mirando a las estrellas.

 


6.

 

            Aca Fala se había vestido con sus mejores joyas. Había serenidad en su rostro. Sus labios, carnosos como una estrella roja, atraían voluntades y corazones como la música de las sirenas. Sus ojos. Su piel tersa. Como el aire que no toca, como la brisa que acaricia, como el aturdimiento que adormece las voluntades ajenas. Su pelo negro. El color de la noche. Brillante como el sol, luz embriagadora, la luz más hermosa, luz que brilla en las tinieblas. Su hermoso penacho de plumas, torso delgado de formas puras, esculpidas en el taller de las nubes, cintura estrangulada bajo la suavidad de la falda, negra y larga, que bailaba con un vaivén en sus tobillos. Aca Fala se había recostado sobre el lecho de las emperatrices. La princesa Aca Fala, en toda su majestad, dulce y suave y tierna y adorable, amada, eterna, era, había sido siempre, la emperatriz de la belleza.

            Descansó. Dejó reposar su nuca sobre almohadones. Miró al cielo. Desde allí veía, inteligente y soñadora, el parpadeo de las estrellas. Puntos de luz, como puntos redondos, como luces, destellos; que salían del fondo de sí mismos formando una corona de rayos que iluminaban sin quemar. Eran luces frías, pero radiantes; fantasmagóricas e ignotas. Aca Fala las miraba y soñaba con convertirse en una de ellas. Así lo había querido toda la vida. Lejana, inaccesible, para que su luz fuera imposible de tocar, su piel fuera caricia del ojo y no de la mano y así flotando, sin consumirse, su belleza fuera un templo de los templos.

            Notó un leve temblor en su mano. En su vientre, en su cuello, sus piernas estaban temblando. Quiso levantarse pero no podía. Apartó las almohadas para que sus ojos, boca arriba, miraran las estrellas. ¿Cuánto tiempo estuvo así? No sabía. De repente entró en un sopor, se hundió su voluntad por debajo del sentimiento y en el pecho quedó un vacío sembrado de temblores y de dudas: el vacío de la nada. La invadió el sueño. Sus párpados se cerraban pero los restos de su voluntad los mantenían entreabiertos, o quién sabe, tal vez cerrados a medias; el mundo se vino abajo como una bóveda que se desplomaba dentro de su pecho. Durmió. Durmió sin dormir, su alegría se había ido, su fantasía se había hundido, su energía la había abandonado. Su cuerpo ingrávido como una pluma se vencía al venirse abajo el esqueleto de su voluntad; que flotaba derrotado, hundido, o más que flotar se arrastraba, sobre los restos de su vigor que reptaban por el suelo. Estaba sumida en una profunda depresión: su ánimo no era capaz de reír, sus piernas no eran capaces de andar, la pasión se le había ido y el corazón no sabía ya si respirar o detenerse.

            Aquel corazón se desbocaba como un corcel que no obedece a la brida, que no escucha razones. Luego se paraba cuando quería latir. Y se movía como las piernas que quieren correr cuando las frena la  lentitud del viejo que te lleva de su brazo; más que caminar, vacilaba. Entre latidos frenéticos y palpitares lentos aquel corazón, que había perdido el norte, se consumía.

            ¿Cuánto tiempo pasó? ¡Y cómo saberlo! Pero el cielo pintaba de rosa y las estrellas se habían marchado y ya la princesa Aca Fala, acercándose a la aurora, desaparecía en el crepúsculo de sus latidos. Había respirado con agitación pero ahora su pecho se movía apenas, respirando sin respirar, con la serenidad y parsimonia con que respiran los muertos. Aca Fala dejó de existir. Después de una noche de agonía, sangrando en su interior, tras ingerir aquel veneno.

 

7.

 

            Dice la leyenda que Aca Fala se convirtió en estrella. En estrella de  mar. Los astros, los más brillantes de los dioses, la castigaron. La volvieron estrella de mar para que necesitara patas puesto que no flotaba, estrella sin luz, sin gracia, sin belleza. Que lo hicieron para castigar su vanidad. Pero yo creo que lo hicieron por envidia: porque Aca Fala superaba en hermosura, rebosante de luz, hasta a las estrellas.