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domingo, 20 de febrero de 2022

 

 

 

LA SERPIENTE QUE SE ENROSCA

 


            Al principio no había luz. Y tampoco había sombra porque la sombra es el recorte de la luz y la luz se la había tragado la tierra. Lo que había era una tiniebla enorme, una oscuridad donde no se recortaban las formas porque las formas eran tijeras encendidas cortando sombras, y el mundo era oscuro como el fondo de un pozo sin bordes, como el sueño de unos ojos que no sueñan, como un cielo enorme sin estrellas: que parece que se va a caer porque la oscuridad de la noche pesa. Y vino Huiracocha y sacó la luz del mismo vientre de la tierra. Y la luz se derramó en el cielo y las gotas de luz se clavaron y fueron puntos mezclados con tierra, unos más, otros menos, y unos eran luminosos como el sol, otros pálidos como la luna, y en el firmamento, que era un telón negro, figuras de un teatro muerto donde las luces eran focos de la escena.

            El sol fue luz y salió de la tierra. La luna fue luz y salió del mismo lugar que el sol, pero estaba más enterrada y por eso era mortecina y brillaba menos; y luego salieron luces diminutas, diamantes, gemas, unas envueltas en más tierra y brillaban menos, otras, Huiracocha las había limpiado quitándoles el polvo y brillaban más, pero nunca como el sol, y esas piedras diminutas, irisadas, talladas con montones de caras, eran estrellas que se clavaron en el telón del cielo y fue el primer decorado que hubo en el teatro de la tierra.

            Pero las luces eran blancas. No había color y Venus no era azul, Marte no era rojo, el Sol no era amarillo y las nebulosas no eran caleidoscopios ni arco iris, ni era el iris de los ojos sembrado en el cielo como cuadros de Renoir, de Degas, como luces de Sorolla o lluvias de Turner desplomándose en días de tormenta. Todo el cielo era negro. Todas las luces eran blancas. Y entre el blanco y el negro todo era gris, gris blanco o gris negro o gris gris o gris gris y gris, pero el pincel de la oscuridad guardaba intensidades sin colores; sin alegrar el mundo, sin teñirlo de nostalgia, y la luz tenía más vida y las sombras tenían menos, pero no había manchas de colores que pusieran corazón en un mundo de tripas escondiendo cabezas incontables, almacenes de lógica donde dormitaba la inteligencia.

            En un lugar de la tierra había montañas de picos cortados como cráteres; y cada cráter era un pozo de lava fría y cada pozo tenía la lava de un color, y había miles de pozos con miles de colores diferentes; pero como los indios no sabían distinguir todos los colores, Huiracocha quiso que en un rincón de aquella sierra sólo estuvieran los picos del arco iris; que eran muy pocos. Nadie los había explorado y sólo los indios del crepúsculo tenían el color rojo y el amarillo y el rojo y el blanco los tenían los indios de la aurora. Los tenían guardados en cubos y los cubos estaban metidos en un almacén, cerrados con siete llaves. La llave del lunes, la del martes, y del miércoles y el jueves, las llaves de los cinco planetas y del sol y la luna, y de las estrellas.

            La culebra siseaba entre las plantas y el suelo, subiéndose a los árboles y amparándose de las rocas, o escondiéndose bajo ellas. La serpiente miraba al sol, abría sus escamas, aspiraba profundamente y se llenaba de fuerza. Huiracocha, padre del Sol, había dispuesto que todos los animales y las plantas obedecieran al Sol, que era el padre de las fuerzas que se guardaban en ellos. La serpiente, comiéndose al puma, le quitaba la fuerza al puma que se comía; y el puma se la quitaba a la llama; la llama se la quitaba a la hierba; y la hierba se la había quitado al Sol, comiéndose sus rayos con las hojas, que eran de un gris oscuro, a veces brillante, o a veces negro. 



            Pero el Sol sólo brillaba por el día. Inti lo llamaban los indios. El sol Inti se escondía por la noche y nadie podía encontrarlo, si buscaba su luz, para seguir viendo las cosas en los días de insomnio. La serpiente buscó con ahínco la luz de la noche. Anduvo por las selvas, quebradas, picachos, nubes y collados; buscó en la puna. Y encontró un día, amparados al abrigo de las rocas, enfundados en sus chullos y envueltos en sus ponchos, unos indios calentándose al fuego, un fuego que habían encendido arrebatándoselo al rayo, al que habían arrimado un haz de leña para que prendiera; y el fulgor de las llamas brillaba en la suela negra de sus ojotas.

            El fuego tenía luz. Y con su luz podía ver en plena noche como si fuese el día. Pero en la luz tenía calor y vio que si se acercaba mucho se quemaría. Y le dio miedo. Entonces se marchó porque al luz del fuego sólo podía servirle si la veía de lejos. Además, ahora dependía de los indios, que eran quienes encendían el fuego; y no lo encendían cuando quería la serpiente, sino cuando querían ellos; si antes dependía del Sol, ahora dependía de los indios, y ella lo que buscaba era una libertad independiente. ¡Promete, oh, Huiracocha, que encontraré la luz que dependía de mí solo y de nadie más! Huiracocha la miraba con ojos torvos, y pensaba en castigarla por querer ver la luz sin obedecer a sus leyes, porque no quería obedecer más que a sí misma, y lo demás le resultaba del todo indiferente.

            Siguió caminando y vio la luna, que le daba una luz pálida con la que podía ver, dentro de su corazón más que fuera de su pellejo, aunque también veía las cosas que había fuera, pero frías. Y le gustó. Vio que ya no dependía del Sol pero pronto descubrió, también, que ahora dependía de la luna; porque no salía cuando le apetecía a la serpiente sino a ella; y aun así, cuando salía entre las nubes no la podía ver y también dependía de las nubes, las mismas nubes que le ocultaban a veces las estrellas; su voluntad de serpiente no era nada sin la voluntad del Sol, y de la luna, y de las nubes.

            Siguió arrastrándose buscando la luz que dependiera sólo de ella. Anduvo por sendas, bosques, selvas, montes y valles. Estiraba su cuerpo haciendo ondulaciones, como los ríos, y a veces se ondulaba tanto que parecían meandros que quisieran salirse de la serpiente y formar islas, como los ríos. Hasta que llegó a un lugar del bosque. La noche era profunda y la intensidad de la sombra espesaba la bruma del cielo negro. No había sol. No había luna. Detrás de las nubes no brillaban las  estrellas. Y la serpiente vio, en el cuerpo sin cuerpo de la noche, puntos de luz que brillaban en el suelo. Como si fueran estrellas de tierra. No es que viera mucho, pero algo se veía; aunque sólo fuera por no depender del sol ni de la luna ni de las nubes, mirar por aquella luz diminuta, que alumbraba como faros invisibles, valía la pena; hasta que se dio cuenta de que ahora dependía de las luciérnagas; no era libre, no, su voluntad no dependía de sí misma, su voluntad dependía de fuera.

            Se quedó quieta. Estaba cansada y se durmió. Y en sus sueños, vio como un hilo de plata que alumbraba en la noche por los sitios donde había pasado, los sitios donde se había movido; eran como ríos que hubiera sembrado y ahora, si quería avanzar, sería como un río en la noche, un río que se mueve, un río cuyas aguas nunca estaban quietas aunque descansara. Se volvió a dormir. Y una voz, en la luna del sueño, le decía, cavernosa, desde el fondo de sí mismo:

            -¿De dónde viste a Huiracocha sacar la luz?

            Otra voz, en el inconsciente, contestaba:

            -De dentro de la tierra.

            La misma voz le preguntaba:

            -¿De dónde la habrás de sacar tú?

            La conciencia de la serpiente le decía:

            -Del fondo de mí misma. 



            Entonces pudo dormir, con una tranquilidad que no había conocido en toda su vida. En ese sueño vio que tenía dentro de los ojos un cristal, un cristalino; que si en los otros animales el cristalino cambiaba de tamaño, en el ojo de la serpiente se movía hacia adelante y hacia atrás y esto no dependía más que de sí misma. Pero este ojo necesitaba la luz para ver, necesitaba del sol, era esclavo de las nubes, dependía de la luna. A la serpiente le hacía falta un ojo que pudiera ver en la oscuridad. Un ojo capaz de ver el calor, no solamente la luz. Y se le ocurrió ponerse en los bordes de la boca unos ojos para ver el calor. Los ojos luminosos verían por el día y los ojos térmicos le darían visión nocturna. Y así fue. Ya no dependería del sol, ni de la luna, ni de las luciérnagas, ni de las nubes. Y es verdad. La serpiente boa tiene ojos en la cara que detectan las formas y ojos en la boca que detectan la variación del calor; la serpiente, que tiene fría la sangre, detecta la presencia de otros animales que son de sangre caliente aunque sea de noche y ya no se quedará sin ver, aunque no haya luz, como las serpientes subterráneas, las serpientes ciegas.

            Huiracocha se enfadó y su cólera fue profunda. Él había creado todo lo que hay para que dependiera de él, no para que se criaran voluntades ajenas. Y quiso castigar a la serpiente por atreverse a ser libre, a vivir sin él, a vivir su vida. No pudo soportar perder el control de una sola de sus criaturas y así hay padres que quieren a sus hijos bien atados, y les espanta la posibilidad, aunque sea remota, de que sus hijos sean más poderosos y mejores de lo que ellos han sido. Huiracocha lanzó un rayo invisible con su mano. Paralizó a la serpiente, la durmió, la estiró como una soga y la ató con grapas a la tierra; cuando despertó, su voluntad era libre pero estaba atada a su cuerpo, que había sido atado a la tierra, que estaba atada a Huiracocha, que no estaña atado a ninguna voluntad a no ser del dios Con, que reinó en los tiempos pasados, pero que ahora había desaparecido. El único color que había era el de la tierra, que era una variedad del gris, tenebroso, oscuro, que sacaba la luz que tenía dentro dejando una huella brillante cuando se arrastraba por el suelo. El río es una serpiente que camina.

 


            La serpiente, que era del color de la tierra, fue condenada a perder su color. La ataron, estirada sobre el suelo, para que no se moviera. Y aparecieron muchos indios con un cubo de agua y una brocha. Luego apareció una india que transportaba un cubo lleno de intensa pintura roja. Detrás vino un niño que llevaba en su mano un cubo de pintura amarilla.

            Se pusieron en fila todos los que llevaban cubos de agua, mirando a la serpiente, desde el primero, que estaba junto a la cabeza, hasta el último, que estaba junto a la cola. El dios Sol, hijo de Huiracocha, los miraba desde el cielo. Todos los indios tuvieron que vaciar la mitad del agua que había en sus cubos. Luego vino la mujer con su cubo rojo y pasó delante del primer indio sin decirle nada. Fue adonde estaba el segundo y echó en su cubo un vaso de la pintura que traía en el suyo. Luego fue al tercero y le echó dos vasos. En el cuarto cubo echó tres. En el quinto seis. Y el último indio tuvo que vaciar su cubo para dejar sitio a todos los vasos de pintura roja que le estaba echando la india.

            El primer indio mojó su brocha en el cubo y pintó la cabeza de la serpiente; como no había más que agua, la cabeza se quedó como estaba.

            El segundo le pintó el cuello, y como en el agua se había disuelto sólo un vaso de pintura roja, el cuello se tiñó de un rosado lejano, tan lejano que apenas parecía rosa.

            El tercero le pintó el primer anillo que tenía la serpiente después del cuello; un anillo invisible, como si la serpiente estuviera hecha de tubos de carne como vértebras, como cuentas de un collar, y a todas las cubriera una piel viscosa llena de escamas. El indio pintó ese anillo y, como en su cubo se habían disuelto dos vasos de pintura roja, el color rosado ahora se notaba un poco más.

            El cuarto indio le echó con la brocha una pintura rosa que se notaba más todavía.

            El quinto indio pintó el siguiente anillo y le dejó un color rosa todavía más intenso.

            Y así hasta que el último indio, que no tenía más que pintura roja en un cubo sin agua, le dejó el anillo pintado de un rojo tan intenso que parecía encarnado o carmesí, del color de los rubíes, de tonos granates.

            Luego vino el niño y en su mano tenía un cubo de pintura amarilla Pintó él mismo de amarillo el siguiente anillo de la serpiente. Luego vertió un vaso de pintura amarilla en el cubo de agua del primer indio, y le dijo que la removiera hasta que se mezclase toda: y parecía que se había teñido de un amarillo remoto, tan lejano era su parecido con el amarillo y tan grande su parecido con el agua. En el cubo del siguiente indio echó otro vaso, y como ya tenía un vaso de color rojo disuelto en el agua la pintura se volvió lejanamente naranja. En el siguiente cubo echó dos, y en el siguiente tres, y así hasta llegar al último; y en el último el color naranja se volvió pastoso e intenso.

            Los indios, entonces, siguieron pintando los anillos de la serpiente uno tras otro. Y cada anillo que pintaban tenía el color de las naranjas cada vez más fuerte y profundo. Y cuando terminaron, la cola estaba teñida de un color intensísimo mientras que la cabeza no tenía color ninguno, tal era la marca del agua; y en ella fulgían dos ojos vacíos pintados con una raya de miedo.

            Luego la desataron; recogieron sus cubos y se fueron todos; y la serpiente quedó pintada de tantas tonalidades que parecía un arco iris que se arrastraba por tierra bañada de todos los colores cálidos: el rojo, el naranja, el amarillo y el color de la tierra que había en su cabeza; que era, según se la mirase, un color cálido o un color frío; y por la noche la frialdad de su cabeza arrastraba un collar de colores que brillaban a la luz de la luna: así la verían todos los animales y aquellos de los que se alimentaba huirían al verla, y ya no los podría cazar y se moriría de hambre; pero Huiracocha había dispuesto que no se muriera nunca para que el hambre la atenazara durante la noche, mañana y tarde.

            También los animales que la atacaban la podrían ver y le clavarían las zarpas, los picos y los dientes y no se moriría nunca y tendría que arrastrar toda la vida, como un rosario de maldiciones, como una cadena, todos los males que la aquejarían como consecuencia de aquella condena. Y ya para toda la vida no se podría disimular, no se podría proteger y la verían todos: había sido castigada a no esconderse, pues tan grande fue su delito como su castigo.

 


            La serpiente se arrastraba sobre la tierra. Su cuerpo frío iba dejando una estela, una estela de agua como la baba de los caracoles, como una línea que avanzaba por donde ella avanzaba, y se veía brillar a la luz de la luna. Porque su vientre era blanco. Pero su espalda, llena de colores, espantaba a los animales que huían de ella para que ella no los cazara; y atraía a los animales que no huían para que la mordieran con sus colmillos, la pincharan con sus picos, la rajaran con sus zarpas. Un mapa de cicatrices acabó cubriendo la serpiente. Cuando se cansaba, muerta de hambre mientras dormía la selva, se enroscaba alrededor de su cola y ponía la cabeza en la última vuelta de la espiral de su cuerpo, la más grande, y parecía un remolino rojo que se volvía amarillo en el ojo estrecho que tenía en el fondo; allí donde el agua se hunde en las profundidades, atraída por la fuerza irresistible del remolino.

            Se despertó y volvió a dibujar con el vientre brillantes estelas blancas. Allí donde se había enroscado había dejado su huella un círculo brillante, un mar de agua: un lago. El río es una serpiente que camina. Y volvió a pasar hambre. Y volvieron los dientes afilados, los picos puntiagudos y las garras aceradas. La sangre volvió a salir por sus escamas, y era roja donde el cuerpo era rojo y amarilla donde amarillo. En todo su cuerpo se volvieron a abrir, trocha sobre trocha, los filos del machete, los surcos del arado.

            Se enroscó sobre una rama. Vio a unos indios comiendo papaya. Sin poder acercarse a ellos para que no la descubrieran, llena de colores como estaba, condenada a estar lejos y a no cazarlos, los miró. Un indio rajó la piel con su cuchillo y desnudó la papaya. Bajo aquella piel, amarilla teñida de verde, apareció la pulpa; de un amarillo intenso, y el indio la iba cortando y lentamente se la comía; y saboreaba sus jugos. Hasta que el último corte de su cuchillo abrió, bajo la pulpa, un pozo negro, negro como el ojo de un remolino, lleno de semillas que parecían gemas en el interior de una  geoda, como granos iridiscentes de cuarzo; sólo que eran redondos y negros y tapizaban las paredes de la cavidad que tenía la papaya en el núcleo, como ojos sombríos de una oscuridad tenebrosa, sin brillo.

            El otro indio cortó su papaya en dos mitades. Con la punta del cuchillo fue arrancando la pared membranosa del corazón hasta despegar sus tripas, llenas de pepitas, que tiró al suelo y quedó enredado entre las hojas, soltando gotas y jugos filamentosos que aún chorreaban, gota a gota, en las ramas. Entonces el indio empezó a arrancar la pulpa cortándola a trozos y se la iba comiendo y cuando rascó bien las paredes que cubrían la pulpa sólo quedaba una piel, y la tiró. Era la cáscara.

            ¿Ves? Un indio se comió la papaya de fuera adentro y el otro se la comió de dentro afuera; la primera fue del amarillo al negro y la segunda del negro al amarillo; y ahora pensó que se iba a enroscar rodeando la cabeza con su cuerpo y, después de tejer sobre ella un remolino de colores, en la última vuelta dejaría la cola; y sería un remolino amarillo que se volvería rojo hacia el centro de la espiral, allí donde el agua la sorbía desde abajo con su fuerza.

            Los colores estaban cambiados y los cambiaba ella según le apetecía. Levantó los ojos y vio una cascada cubierta por dos arco iris; el primero tenía los colores al derecho y el segundo al revés; y era, allá a lo lejos, donde la selva se hundía en el suelo y el agua se precipitaba como una pulpa hacia el centro de sí misma; en una tormenta de espuma que ponía estruendo sobre la nube líquida se deshacía en gotas, y las gotas en nubes, flotando sobre el suelo con un estrépito ensordecedor.

            También las rocas se hunden en el precipicio de los acantilados. En su caída, se desnudan al viento y todos pueden ver que también están hechas de capas como las papayas; se fueron llenando de abajo arriba y cubriendo los tiempos viejos con los nuevos, tapando, con estratos nuevos, los antiguos. Pero allá al fondo había un trozo de roca que se había plegado, como las hojas que se doblan dejando arriba el envés, y, doblada por la fuerza de la tierra y cortada por el cuchillo del viento, parecía un pastel con las primeras capas arriba dejando al fondo las últimas; como si la roca estuviera boca abajo; como si fuera una papaya cortada por la mitad y el indio la hubiera pelado de dentro afuera, de abajo arriba.

            La serpiente se durmió. Cansada, como estaba, de que todas las fieras le arrancaran los dolores del cuerpo cubriéndola de cicatrices; de que al día siguiente se secaran las cicatrices y nuevamente los dientes, picos y garras la volvieran a rajar. Un día se fijaron los indios en las roscas de la serpiente; se había formado un lago; sus aguas, teñidas de rojo por el sol, eran manchas sangrientas arrebatándose en llamaradas; llamaradas granates, amarillas y naranjas, sangre que manaba de las cicatrices y salpicaba el cielo como una borrachera de vino tinto, negro y morado, ebrio de dolor, rojo de cólera, contra la crueldad de Huiracocha.

            Volvió un nuevo día y las cosas volvieron de nuevo. El vientre de la serpiente, con su hilo blanco que brillaba (tal la tela de una araña) bajo el Sol, cavaba ríos que corrían y se estancaba en lagos en los sitios donde la serpiente había estado. Y un día le brotó una sonrisa malévola a la serpiente. Se le cubrieron los ojos de una mirada cruel, más cruel que Huiracocha, y se expandió su corazón al ver que había vencido. Sí, había vencido. No era el Sol el que pintaba los lagos con las luces del crepúsculo sino al revés: los lagos eran los pinceles del Sol. Agazapado en las sombras, con la pluma en la mano, garabateando en el papel, el poeta lo escribía. La serpiente se enroscó extendiéndose como un lago. Pero el agua del lago era blanca, blanca como el Sol, y no se llenó de colores hasta que la serpiente se hubo enroscado; y allí en el agua los colores de sus escamas brillaron hasta el cielo y en el espejo del Sol se pintaron todos, derramándose en pinceladas y brochazos, como la sangre de una herida (¿quién sabe?, dentelladas, picotazos y zarpazos), golpeada por la mano de un pintor loco. ¡Era la serpiente, que le daba sus colores al Sol! ¡No era el Sol el que pintaba las aguas del lago! ¡Había vencido a Huiracocha! ¡Su voluntad se había impuesto a la voluntad de un dios malo!

            Mira. Que el poeta, desde las sombras, mira. Mío es el triunfo, Huiracocha, no has podido conmigo, por más que sufro, te he vencido. Nada pueden el hambre ni los picos, ni los dientes ni las garras, José Santos Chocano. Soy artífice de la derrota de Huiracocha, del triunfo del río y la serpiente, del brillo de su cólera en el lago. Que el lago es la serpiente que se enrosca; y el río una serpiente que camina.

 


 

viernes, 19 de noviembre de 2021

EL MUNDO DE HOMERO

 

 

EL MUNDO DE HOMERO

VIRTUDES…

 


            No sirve entonces ser astuto en el valor. En el valor hay que ser prudente, como Telémaco[1]. La prudencia (valor templado en la cabeza o cabeza templada en el corazón) no la tuvo Ulises. Ulises se creyó que bastaba con tener razón para ser justo, y la razón fue mala cuando quedó sembrada entre las tripas. Mientras tanto ¿qué hacia Penélope? Esperar: discreta Penélope[2]. Penélope, belleza y juicio[3]; el buen juicio, que al de Ulises lo perdió la vehemencia, y perdió el sentimiento a fuerza de sentir tanto. Penélope, virtuosísima[4], intachable esposa. Conservó la memoria de Ulises y ella perdurará constantemente en nuestra memoria. Lo bueno, lo que vale la pena recordar; la gente buena, será recordada por los siglos de los siglos.

            En el pecho nos gobierna el ánimo; bueno o malo, el ánimo agita el sentimiento en nuestro pecho[5]; y las cosas que resultan feas para los otros pueden ser gratas para mí, por haberme dado la naturaleza esa inclinación; “que no todos hallamos deleite en las mismas acciones”[6]. A unos les gusta el campo, a otros los remos; a unos la casa, a otros la pluma: cada cual tiene sus vocaciones, cada cual tiene sus fuerzas. Pero hay quienes tienen el ánimo excitado y aturdido el entendimiento y no todo es bueno en esos gustos; puede ocurrir que el ánimo esté deformado, y tenemos mal gusto. El vino, el vino vuelve loco nuestro ánimo[7]; el vino puede perturbar el entendimiento[8].

            De entre las cosas que ocurren, unas se recuerdan en nuestro mundo, otras se recuerdan en todos los mundos. Unas se transmiten a través de nuestro pueblo; otras atraviesan el alma de todos los pueblos. Unas son el alma de mi tierra, otras son el alma de la humanidad entera: sólo estas últimas son las virtudes; los vicios yacen escondidos entre ellas en las primeras. La virtud es un esfuerzo por hacernos mejores; pero algunos prefieren más que ser buenas personas, ser buenos guerreros. No se lo podemos reprochar a Ulises: ésa fue su época, y Ulises fue un sarmiento crecido entre las uvas de su tiempo.

            Hospitalidad. Amor. Inteligencia. Astucia. Mando. Fuerza. El ideal de la paz. Tales fueron las virtudes de los tiempos de Homero; que no sabemos si fueron también las virtudes de Ulises. El tiempo es una casa donde vivimos. Podemos mirar el mundo desde nuestra casa, y entonces lo que sucede como ha sucedido siempre es razonable. Pero también podemos mirar las cosas desde fuera de nuestra casa; y desde fuera de las otras casas que se levantan fuera de la mía. Estén cerca o estén lejos; podemos contemplar el mundo desde fuera de todas las épocas y de todos los lugares; es decir, desde ninguna parte; entonces nos parecerá razonable lo que sucede siempre, aunque no sea lo que siempre sucede en nuestra casa. Vivir es estar a caballo entre dos tiempos: el nuestro y el de la eternidad; el nuestro nos da las razones donde hemos crecido; el otro nos da las razones que lo eran antes de nacer. Por eso la vida es un viaje. Vivir es vagar y vagar es estar perdido; unas veces buscamos sin rumbo, otras veces erramos sin rumbo. Y cuando salimos de casa nos sentimos perdidos. Aunque a veces sentirse perdido es la primera señal de que estamos en el camino. La vida es una cuerda perdida entre la soledad y la pereza. 



            Pues las virtudes son las virtudes del mundo que hay fuera de las casas: algunas veces las rodea; otras las penetra. Virtudes de los tiempos homéricos. La hospitalidad. “Tan mal procede con el huésped quien le incita a que se vaya cuando no quiere irse, como el que lo detiene si le cumple partir”[9]. Palabras de Menelao. Antínoo. Los pretendientes quisieron quedarse pero Ulises los estaba echando. ¿Era Ulises poco hospitalario? Hospitalarios eran los feacios. Que, cuando Ulises quiso marcharse, lo acompañaron en uno de sus barcos.

            No. La hospitalidad era una costumbre de la casa de Ulises. Pero se levanta sobre una costumbre que comparten todas las casas. Que el huésped respete a su anfitrión; que si no están esos cimientos universales no podremos construir el edificio; que las virtudes de una época se construyen sobre las que atraviesan todas las épocas, sobre las virtudes de la humanidad.

            Inteligencia: “viendo la paja conoceréis la mies”[10]; veréis en las apariencias lo que late escondido en lo profundo; la inteligencia, unas veces, sirve para convencer; otras es el cemento del engaño. Y ahí se convierte en astucia. Ulises, astuto, engañó al cíclope que los avasallaba; y salió del antro donde los daban por muertos[11]. Pero también mató a inocentes engañándolos con su astucia: niños murieron en Troya junto a los combatientes; y también murieron mujeres y ancianos: atrapados en el caballo de Ulises, pérfido, injusto, desolador, y malvado. Sin embargo el saqueo estaba bien visto. Era una costumbre de su tiempo, y Ulises, al abrir una orgía de sangre, sólo pudo ser un héroe de su tiempo. Y se perdió la ocasión de ser el héroe de todos los tiempos.

            Mandar. Esclavizar. El jefe no es el guía de su pueblo, sino el que lo alimenta para esclavizarlo. “No toleraré que permanezca ocioso quien coma de lo mío”[12]: así vive Telémaco; y en sus palabras late el espíritu de la época y el de todos los tiempos. Como habla desde su época, dice: si quieres comer, obedece; y si hablara fuera de ella diría: si quieres vivir, trabaja: ése es el espíritu de todos los tiempos. Está en la fábula de Esopo. Un labrador dijo a sus hijos en su lecho de muerte: buscad debajo de la tierra, en ella hay un tesoro; los hijos cavaron todo el campo y no lo encontraron, pero aquel año la tierra dio sus mejores frutos; la fábula enseñaba que el trabajo es un tesoro; pero el trabajo es libre, y no se condena a la esclavitud dando la libertad en precio, a cambio de comida, para que obedezcas a quien no sabe mandar.

            Fuerza. La fuerza mana de la inteligencia, nunca contra ella; de lo contrario será violencia, furia, crueldad. La verdadera fuerza no se deja atrapar por la ira (Ulises cayó prisionero de ella). Fuerza del ánimo: los bríos. Fuerza del brazo: el vigor. Así lo dice Telémaco cuando habla con su padre: pues que “dicen que tu consejo es en todas cosas el mas excelente”, nosotros seguiremos tu consejo; “y no han de faltarnos bríos en cuanto lo permitan nuestras fuerzas”[13]. Así lo decía también don Quijote: “sus fueros, sus bríos; sus premáticas, su voluntad”; no hay leyes que no procedan de la fuerza, y no hay fuerza sana si no procede de la voluntad. De la voluntad, no del capricho, ni de la ira; ni de la mediocridad. Penélope nos recuerda que somos de vida corta; y mientras al cruel lo insultan después de muerto, al intachable le dan una fama que alarga su vida después de morir[14]; y si nuestra vida se ha de acabar un día, sólo la del bueno perdurará siempre en nuestra memoria; y hasta traspasará la barrera de nuestro tiempo; y seguirá vivo más allá de nuestro mundo, en los tiempos de los tiempos. Porque no será el héroe de la guerra, sino de la paz. “Ámense los unos a los otros”[15], dice Zeus; y que se olviden todas las matanzas; pero Zeus presupone que algunas matanzas son necesarias; Ulises era necesario en la sociedad de Homero. Nosotros no lo necesitamos hoy. Ulises se convirtió en un magnífico héroe para los griegos, pero perdió la oportunidad de convertirse en el mejor héroe de todos los tiempos.

 


…Y VICIOS

 

            La inteligencia nos sirve para despertar el ánimo, para inervar la fuerza, para cimentar el amor; no para dirigir la astucia en contra de nosotros. En Ítaca los pretendientes, soberbios, pronunciaban buenas palabras “revolviendo en su espíritu cosas malas”[16]; cuando el espíritu no es el reflejo de las palabras: dos caras, una distinta de la otra; hipocresía; para maquinar contra Telémaco “la muerte y el destino”[17]: lo mismo que contra los otros hacía su padre. ¡Oh, Ulises, fecundo en ardides! Cuando tu astucia maquina contra los otros eres sabio, pero cuando te lo hacen los otros a ti son crueles: y vas a jugar siempre con un doble rasero; bueno lo que te favorece, aunque a otros perjudique; malo lo que te perjudica, aunque beneficie a todos.

            Lo contrario de la soberbia es la timidez. Pero “al que está necesitado”, dice Homero, “no le conviene ser vergonzoso”[18]; y hay quien, “obligado por la necesidad”, cantaba ante los pretendientes: como el aedo Femio[19]; el mismo que, defendiéndose ante Ulises, decía:

            -No he entrado yo en esta casa de propio impulso, ni obligado por la penuria; me han forzado a que venga[20].

            Timidez, dignidad, soberbia: la fuerza o la penuria nos arrancan la timidez, el impulso nos lleva entre la dignidad y la soberbia; la pérdida de la dignidad nos lleva a la soberbia, y la ira es el vestíbulo por donde se va; de ahí que Homero nos recomiende paciencia. Hay que contener la cólera en el corazón[21], conservar la fuerza, pero sin perder la inteligencia: la única que puede convencer al ánimo[22]; evitar que el ánimo sea cruel, “más duro que una piedra”[23].

            Ser duro es no sentir, sentir es ablandar el ánimo. La envidia. La envidia es una sensibilidad ciega para lo que no sea nuestro. Arneo. Iro. El mendigo que intentó echar a Ulises de su propia casa, sin saberlo.

            -En este umbral hay sitio para los dos –dijo Ulises- y no hay por qué envidiar las cosas del otro[24].

            Y sin embargo las envidiaba. Quería todo el sitio para sí y no compartirlo con ningún mendigo. Pensar en sí, sin importarle el mundo; pensar en hoy, sin importar mañana; aquel mendigo era verdaderamente pobre; miserable; pobre de comida, y de espacio y tiempo. “¡Rústicos necios que no pensáis más que en lo del día!”[25] Sólo os preocupa lo inmediato, lo importante os deja fríos; no tenéis ideales, ilusiones, ni futuro; sólo os importa el momento, la comida; matáis de hambre vuestro espíritu preocupados sólo de alimentar vuestro cuerpo; os habéis vendido por un plato de lentejas. 



            Ahora se han caído las máscaras, estamos presenciando el ocaso de los ídolos. Penélope era injusta, Ulises cruel. No eran nobles en la fortuna, sino en el infortunio. Ulises era colérico, Penélope despreciativa. Ulises se desnudó de sus andrajos. Tensó el arco, disparó la flecha. La flecha pasó por el ojo de las segures. Y Penélope musitaba:

            -No voy a casarme contigo. No sería razonable.

            Momentos antes se había comprometido a casarse con quien lo hiciera. Y al ver que uno de ellos no era un príncipe, al punto precisó: contigo no. Porque no importaba que fuera bueno, lo importante era que, aunque malvado, fuera hijo de un rey, un príncipe. Penélope no miraba desde lejos para ver el bosque. Miraba desde dentro y sólo veía árboles. Y si lo razonable necesariamente era lo justo, allí, ante todo, tenía que ser la tradición y la costumbre; aunque no fuera lo justo; aunque valiera más un plebeyo que un noble. En la óptica de la nobleza era Penélope un espíritu mediocre: que prefería las cosas de su tiempo, hasta tal punto su tiempo la impregnaba; y su amor por la humanidad palidecía un poco, porque nos cuesta más mirar desde la óptica de todos los tiempos; la tradición es, para el espíritu, el mundo de las preocupaciones del día; la preocupación que vale está en el mundo de la humanidad entera; de las ilusiones puras; de los ideales.

            Todo es fruto de la dedicación. Del esfuerzo. Quien es “ducho en malas obras no querrá aplicarse al trabajo, antes irá mendigando”[26] ; mendigando para su vientre; su vientre insaciable.

 


 



[1] Homero, La Odisea, p. 196.

[2] Ibídem, p. 214.

[3] Ibídem, p. 237.

[4] Ibídem, p. 308.

[5] Ibídem, p. 227.

[6] Ibídem, p. 182.

[7] Ibídem, p. 241.

[8] Ibídem, p. 246.

[9] Ibídem, p. 191.

[10] Ibídem, p. 181.

[11] Ibídem, p. 259.

[12] Ibídem, p. 243.

[13] Ibídem, p. 296.

[14] Ibídem, p. 251.

[15] Ibídem, p. 315.

[16] Ibídem, p. 217.

[17] Ibídem, p. 264.

[18] Ibídem, p. 224.

[19] Idídem, p. 288.

[20] Ibídem, p. 289.

[21] Ibídem, p. 221.

[22] Ibídem, . 298.

[23] Ibídem, p. 295.

[24] Ibídem, pp. 231-232.

[25] Ibídem, p. 271.

[26] Ibídem, p. 221.

viernes, 10 de septiembre de 2021

LAS CUATRO NOTAS

 

            Ayer asistí al concierto de la banda sinfónica Tierra de Segovia. En el azoguejo. Entre muchas otras, tocaron el primer movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven y una escena de los carmina burana: la fortuna imperatrix mundi. Me gustaron mucho. Y aquellas notas inspiraron estas notas que escribí anoche. Ahora quiero leerlas. Como despedida.

 

LAS CUATRO NOTAS

 


Cuatro notas retumban como nudillos. Y al otro lado de la puerta está el destino. Cuatro golpes descarga la realidad. Y al otro lado de la realidad están los sueños. Los sueños vuelan, buscando ventanas donde salirse, burlando las estrecheces del mundo, levantando losas con la imaginación, ligera; y rompen las puertas de acero con la fantasía. Esas cuatro notas estallan como manotazos del destino. El destino es para el renacuajo ser rana, aunque no lo quiera. El destino es para nosotros ser otra cosa, si no queremos. El destino es para Beethoven ser sordo, aunque no quiera. Pero el destino no será nunca olvidar la música, si Beethoven no quiere. El destino del ser humano es ser libre. Y la libertad se expande en nosotros, se expande en el mundo, brota del corazón, disuelto en mil acordes que se pierden en el aire entre aldabonazos. Por fuertes que sean esos nudillos de acero, esa armazón de cemento, ese calabozo metálico, esa armadura, esa prisión de cuatro notas que estalla entre la orquesta; por fuerte que sea el peso de la realidad, la realidad no puede con nosotros y nosotros, seres reales, nos escaparemos a lomos de un sueño.

            Somos una orquesta. Nuestra vida es un vendaval de partituras, una tempestad de notas, un huracán de instrumentos y una eternidad de atriles. Cada instrumento suena por su lado, las partituras no están acompasadas; las notas mezclan disonancias, es un auténtico desastre, una algarabía: así son los primeros años de nuestra vida; así es también la adolescencia. Pero luego, no sabemos cómo, sale de nosotros un director de orquesta y ese ruido infame se vuelve música; y ese sonido se vuelve orden, se crean consonancias hasta de lo disonante, y entonces surge, desde lo informe, una sinfonía.

            ¿Dónde está ese director que hay en nosotros? En el corazón… ¿En la cabeza? Sólo sé que la sinfonía es sólo una frase mil veces repetida. Miles de variaciones, miles de apariciones después de haber desaparecido, miles de voces dispares que se ordenan en torno a una misma nota, una tónica dominante, un hilo conductor que vuelve siempre a nosotros, siempre con el rostro cambiado, pero siempre siendo el mismo. En una sinfonía miles de voces son arrojadas por el viento, dispersadas como el polen, y vuelan sin orden enredándose en remolinos, entre los avatares que pasamos, en las mil  caras que tiene la vida. Y un día, de repente, todas esas voces se juntan, como el gato sobre sus cuatro patas, y caen al suelo, abrazadas,  a plomo con la fuerza de la materia, pero con la ligereza que les da el espíritu: materia traspasada de energía como los sueños atraviesan esas cuatro notas, notas pesadas que quieren traspasarnos pero no pueden; los rayos X cruzan el cemento armado y el acero, como la materia acaba siendo traspasada por los sueños; por las ansias de la vida. 


 

           La vida es un sueño, una ilusión, un suspiro, o mejor: la vida son miles de sueños que nos cuidan. Empezamos siendo ruidos caóticos atropellándose en torrentes; pero no son ruidos informes si en el corazón del caos se esconde un hilo conductor: la sinfonía de nuestra vida; Concha se enamoró de la física, Juan Luis de la ciencia, José Antonio de la música, Reyes de la pintura; cada uno tenemos nuestro amor, nuestra pasión, nuestra fuente de inspiración, el hilo (como un hilo de Ariadna) que guía nuestra vida. Y ahora, que vamos a jubilarnos (¡quieran los dioses que yo lo haga pronto!), escuchamos tiempo atrás y entendemos los ecos sordos que nos miran; las voces de nuestra infancia, las de la juventud, las de cuando empezábamos siendo cada vez más viejos. Y los ecos que sonaban sin forma, sin tiempo, sin luz, sin entonación, sin rima; esas voces que parecían un desorden, un despropósito, una algarabía: esas voces se juntan ahora que nos vamos haciendo viejos, pero aún nos quedan muchos años de nuestra vida; y se juntan y se traban como hilos de plata, como hebras de oro de una misteriosa cota de mallas, transfiguradas por el corazón, transidas por el espíritu; esas voces se abrazan, se enroscan en sí mismas, se acarician, son las mil caras de una misma frase que ha sufrido miles de transformaciones, un hilo conductor, una misma nota, un do menor, una vieja tónica, que vuelve lejana de la infancia y es la misma que ahora vibra; en el desorden de la vida, ¡oh misterios de la música!, parecía todo caótico y ahora converge todo juntándose los hilos; forjando nidos de plata, entretejiendo una sinfonía.

            Cada uno tiene una vida. Cada vida suena de un modo. Cada modo es tan bello como los otros, pero distinto. Reyes y Concha no suenan igual, pero las dos son música. Unos se parecen a Wagner, otros a Beethoven, otros a Mozart, otros a Bach, otros a Schumann. Cada uno tiene sus hilos, cada uno sueña a su modo, a cada uno su sinfonía. Pero es lo esencial que la vida, sin orden ni concierto, al final encuentra su orden; cuando éramos niños parecía que el viento había hecho volar las partituras y todo sonaba mal; no nos sentíamos a gusto, no nos gustábamos nunca; pero bien es verdad que el tiempo ha reforzado los atriles, la edad ha sujetado las notas, las partituras están fijas con abrazaderas metálicas, y los instrumentos suenan ahora más sueltos que nunca. Y si la infancia era búsqueda de notas, la madurez es concierto de esas notas encontradas; las notas que definen mi persona; las que resumen las transcendencias de mi vida.

            Levantemos nuestras copas. Hoy, Reyes, Concha, están en el umbral de escribir cada una su sinfonía. Con el tiempo libre que no tuvieron antes, y que ahora se desparramará generosamente sobre sus vidas. ¡Silencio! ¿No oís? Es un estruendo de huracanes. Un rumor lejano de vientos que se atropellan, lejos, en el cielo lejano del mar, en las tierras ignotas de la geografía. Un estallido brutal. Una rueda, una diosa: la rueda de la fortuna. Un imperio nos arrolla queriéndonos aplastar, las fuerzas del azar, el reino de la nada, la necesidad que trina. La fuerza de la realidad se impone: impertinente y testaruda. Cuatro notas que te atrapan con el peso de la vida. Las notas del destino: te quieren agarrar con un aullido, arrastrarte en el torrente ciego, en la espuma de las aguas, arrastrarte en la esperanza y en los sueños, el temblor que vibra.

            Pero no pueden. Que los sueños son fuerza incontenible, espíritu vencedor en los átomos de luz, fotones sin cuerpo, destello sin tiempo, anhelo de inmortalidad, artística sangre, deseo de estudiar, vino que nos aturde, suerte: la suerte que tenemos de vivir en libertad, liberadas las energías de la carcasa de la materia; liberada por fin del corsé que la apretaba (las cuatro notas) cuando la voluntad se impone definitivamente sobre el destino. En el combate de Beethoven los sueños luchan contra la realidad (esas cuatro notas), y ahora vencen los sueños; y que atruenen las prisiones todo el tiempo que quieran. Ahora se nos antoja el trabajo cuatro notas; y la jubilación, victoria que ha liberado nuestros  sueños.

Amigos: levantemos nuestras copas porque ahora pueden echarse a volar los sueños de Reyes y de Concha. Y que esas ilusiones duren mucho tiempo. Ahora que empezáis una nueva vida, brindemos por ella. Y que los dioses os sean propicios. Y que el destino sea únicamente lo que vosotras queráis que sea. Y que no os venzan nunca esas cuatro notas. Y que podáis ser niñas con la sabiduría que da la experiencia. Y que seáis felices. Y que comáis perdices. Y que nos deis con el rabo en las narices. Porque, ¡qué caramba!, os queremos. Brindemos con el vino levantando nuestras copas. Levantemos nuestras copas aquí mismo. Brindemos por ellas ahora que tenemos tiempo. Brindemos por ese sueño. Brindemos.