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viernes, 1 de abril de 2022

 

 

 

PECHOS SIN CORAZÓN    

 


 El amor es un tipo de atracción. Amar a una persona es sentir la necesidad de que esa persona sea feliz, de que nosotros seamos partícipes de esa felicidad y que la otra persona sea partícipe de esa necesidad. Amar una idea es necesitar que esa idea se realice. Al amor lo llamamos querer. Querer a una persona es lo mismo que amarla, lo mismo que querer que las cosas sean como las ideas buenas; pero querer una cosa es desearla. No es lo mismo el deseo que el querer. Cuando el querer es un deseo no lo llamamos querer porque sólo las cosas del corazón son las cosas del querer; al querer que es un deseo lo llamamos capricho, y el capricho es la necesidad de satisfacer una sensación; al amor, sin embargo, no lo llamamos sensación sino sentimiento; aunque el amor erótico es sensación adosada al sentimiento, o querer agarrado al deseo, que es lo mismo que es el deseo aferrado al querer.

            Dice Unamuno que creer en dios es querer que exista. De manera análoga, querer a una persona es lo mismo que creer en ella: si te quiero es porque creo en ti, creo que en ti hay bondad aunque tú no te portes bien conmigo, y que esa bondad está dormida y puede ser despertada; y creo que tú eres bueno porque eres igual que yo, que siento en mí el instinto de ser bueno; tu naturaleza es la misma que la mía y yo he sentido en mi naturaleza el instinto del amor. Querer a un perro, encariñarse con él es sentir su bondad para conmigo y desear disfrutar de ella al mismo tiempo que sentimos el impulso irresistible de que sea feliz, y de acariciarlo; aunque muchas veces necesitamos acariciarlo sin pensar que al perro pueden molestarle nuestras caricias, pero no sabemos o no queremos ponernos en su lugar: lo mismo sucede con las personas.

            El corazón es la metáfora del amor. Tener corazón es tener capacidad de amar y a veces tener corazón es sentir misericordia: sufrir con los sentimientos ajenos; a eso también lo llamamos piedad; sentir dolor por la miseria de otro cuando esa miseria la provocamos nosotros es apiadarse de él; cuando la provocan otros es ser generoso, solidario, altruista; y cuando ese sentimiento no implica inferioridad hacia los otros, también lo llamamos caridad.

            De modo que hay, como mínimo, tres clases  de amor: amor a nuestros amigos (una de sus variantes es la pasión erótica, que es la exaltación conjunta del deseo y del amor); amar a nuestros semejantes, sean amigos, enemigos o desconocidos (y eso es la piedad, solidaridad, generosidad o fraternidad: caridad bien entendida en sentido cristiano, compartir antes que dar); y amar las ideas (lo que las convierte en ideales). Querer a conocidos, querer a extraños o querer realizar un ideal. Lo contrario de estas tres cosas es, respectivamente, odiar, ser despiadado y no tener ilusión. Estos tres sentimientos nacen de tres instintos que surgen en algún lugar de nuestro cerebro; pero como nos hacen palpitar cuando los sentimos, decimos impropiamente que vienen del corazón.

            Cuando amamos a una persona ponemos la cabeza al servicio del corazón. De ahí que el cariño humano es distinto del que sienten los otros animales, porque nuestro cerebro emocional filtra sus impulsos a través de una enorme corteza de pensamiento, mientras que en el resto de los animales esa corteza es muy delgada; de ahí que algunos sentimientos, como la admiración, sean exclusivamente humanos. Un animal puede experimentar un sentimiento infinito cuando pierde una cría, porque el instinto del amor paterno o materno está profundamente arraigado en su ser, en esa parte de su ser que es su corazón; un gorila hembra llevó en sus brazos durante tres días a su cría muerta negándose a aceptar su muerte; una hiena hembra apartó a su cría, a la que estaban pegando las otras hienas, para ponerse ella en su lugar y que la pegasen a ella; y un león protegió a uno de los cristianos a los que se tenía que comer en el circo de Roma porque ese cristiano, años antes, le había salvado la vida en África. Cuando el ser humano ama puede llegar a experimentar el infinito sentimiento de los animales; pero la conversación le da a ese sentimiento una dimensión intelectual que no tienen los otros animales, porque los otros animales no son capaces de hablar. 



            Cuando amamos una idea sentimos la imperiosa necesidad de luchar por ella. También podemos amarla con las tripas y otras veces con las tripas y el corazón. Decimos que sentimos con las tripas cuando el cuerpo nos arrastra con su fuerza vital, que son las ganas de vivir, y de soltar energías, y de liberar el instinto. Si esa fuerza irresistible se vierte en el corazón, esas dos fuerzas mezcladas desencadenan una fuerza entrañable, impetuosa o tranquila, pero incontenible, acaparadora, potente. Si el corazón se aísla detrás de una corteza impenetrable, esa fuerza es despiadada. Y si el corazón siente y no recibe los vendavales del cuerpo, ese amor, que puede ser inmensamente profundo y doloroso, no puede expresar su júbilo porque le falta el impulso vital: y entonces es un amor impotente, inapetente y esclavo.

            Luchar por una idea que sentimos con el corazón, cuando ese instinto de lucha sale de sí, es luchar por un ideal; un ideal es un instinto, es decir un impulso del cuerpo, que pasa por el corazón. Y luchar por un instinto descorazonado no es amar una idea, porque entonces la palabras que empleamos para nombrarla no designan un ideal, sino la intelectualización del propio instinto: como cuando decimos que nuestro ideal de vida es la violencia, o el orgullo, o el robo disfrazado y sublimado en forma de conquista; cuando ni siquiera disfrazamos nuestros instintos despiadados en forma de ideales decimos que hacemos las cosas por huevos, porque nos da la gana o incluso la real gana, porque nos salen de las tripas, de ese lado del instinto al que el afecto no pone bajo su control.

            También podemos luchar por los demás. No por el ideal de la humanidad, sino por los seres humanos que sufren. Ojos que no ven, corazón que no siente: unas veces luchamos por aquellos a quienes vemos sufrir, aunque no sean de los nuestros. Corazón que siente sin ver: otras veces luchamos por el ideal humano aunque no veamos el sufrimiento de nadie, aunque lo imaginemos. Y a veces el ideal nos puede deshumanizar; pues empezamos luchando por el pobre y acabamos luchando contra él, como le pasó al comunismo de Stalin, de Mao, de Abimael Guzmán. Por eso sentía Miró Quesada que no hay que luchar contra nadie para defender una idea, sino luchar por todos a pesar de todas las ideas.

            El amor al prójimo es, pues, la misericordia, la piedad, la generosidad, el altruismo, la fraternidad. Pero también está el amor a sí mismo. Un amor generoso y bueno que nos dale del corazón. Cuando nos sale también de las tripas lo llamamos dignidad, amor propio, pundonor. Y cuando nos sale sólo ce las tripas pero no del corazón es la soberbia y el orgullo mal entendido, el desprecio, el deseo de aplastar al otro para sentirse superior. Las palabras “orgullo” y “soberbia” las empleamos en dos sentidos totalmente distintos, y lo supo ver bien Gustavo Adolfo Bécquer; unas veces el orgullo es simplemente orgullo, y otras es dignidad.

            La educación debe preocuparse por que en el cuerpo y en la cabeza eche sus raíces el corazón, porque hay mucha gente a quien la vida ha puesto en el corazón una corteza que no le deja expresarse. Gente que no ama porque no sabe amar, nadie le ha enseñado; o le han enseñado más bien a no hacerlo, aunque en su fuero interno, escondida y aplastada bajo toneladas de escombros, mantiene intacta su capacidad de amar. Hay quien ama sólo a quienes tiene al lado: a su familia, a sus amigos, a su tribu; es preciso enseñarles a amar a la humanidad. Otros no se quieren a sí mismos: la autoestima se les ha debilitado, y si no nos queremos nosotros mismos nosotros, tarde o temprano, dejaremos de querer a los demás. Otros no tienen ideales, porque han desarrollado un rencor por el odio que han recibido a lo largo de su vida: hay que enseñarles que también existe la gente buena, aunque ellos no hayan vivido esa experiencia y les parezca que el mundo se reduce sólo a las cosas que ellos han tenido la mala fortuna de vivir; y al revés, como dicen que le pasó a Buda. La educación debería cultivar las cosas del corazón: enseñar a amar, a tener ideales y creer en ellos, a sentirse solidario del mundo. Porque una cabeza sin corazón es maquiavélica y un cuerpo sin corazón es brutalidad; y mal nos iría en el mundo si, aliándose el malvado con el bruto, sólo regáramos en nuestro huerto la fuerzas del mal.

 


 

 

 

viernes, 31 de agosto de 2018

LAS IDEOLOGÍAS



LAS IDEOLOGÍAS


            Quizá el rasgo más característico de toda ideología sea que todo gira en torno a un núcleo sagrado; por sagrado entiendo lo que no se puede tocar, ni criticar, lo que es absoluto e incuestionable, lo que escapa, por tanto, al poder de la razón. Ser sagrado es lo mismo que ser tabú: ni se toca ni se habla de ello, a veces ni siquiera para dorarlo; lo innombrable, lo prohibido. La revolución. La raza. La nación. Dios. Una ideología es una construcción de sensaciones, sentimientos, razones y palabras, que se levanta para apuntalar un sentimiento supremo que le da sentido a todo. Si quitamos ese sentimiento (que está más allá de toda duda) se desmorona todo.
            Una ideología es el retrato de un mundo ideal al que aspiramos. Su punto de partida es el análisis del mundo real, en el que vivimos, y la identificación de lo que queremos que cambie para convertirlo en un mundo mejor. Su meta, el retrato de ese mundo mejor al que queremos llegar. Entre ambos mundos hay un camino que tenemos que trazar para saber cómo llegar del uno al otro. Estas tres facetas de la ideología, que son como sus tres caras, son, respectivamente, la realidad, el ideal y la estrategia. La realidad se estudia mediante la razón que produce deseos, iluminada ella misma por el deseo. El ideal se construye mediante el deseo iluminando a la razón. Y la estrategia puede ser razonable (si la razón le marca el camino al deseo) o delirante (si es el deseo el que conduce a la razón hasta ahogarla).
            Así, una ideología tiene un cuerpo racional obedeciendo a un sentimiento intocable. Es una cabeza al servicio de un corazón, hoy diríamos que un córtex esclavizado por un sistema límbico. El cuerpo racional es la doctrina. El ideal es la luz que la ilumina. Si la doctrina fuera un barco, el ideal sería el faro que lo guía; y si la doctrina fuera filosofía o ciencia, el ideal sería el mito: un mundo crítico sosteniendo a una realidad incuestionable, la ciencia y la técnica al servicio de la magia y el rito, el intelectual obedeciendo al sacerdote, los doctores de la ciencia escuchando a los doctores de la Iglesia, una escuela racional dando cobertura a la escuela de la fe: ambas juntas configuran una escolástica, un entramado de mentalidades y razones al que Kuhn ha llamado paradigma.


            Tomemos, como ejemplo, un  comunismo de ideología marxista: los dioses incuestionables son los grandes apóstoles de la doctrina (Marx, Engels y Lenin o Mao, según venga al caso); el ideal es la revolución socialista, la diosa suprema, dogmáticamente caracterizada por esos apóstoles; la realidad es la sociedad capitalista, que ellos analizaron y criticaron; y la estrategia sería, según los resultados de ese análisis, la alianza de la clase obrera con el campesinado, o bien el campesinado solo: arrancando en las ciudades o batiendo las ciudades desde el campo, según se trate de Lenin o Mao; y en todo caso por la violencia, después de haber comprobado que la vía pacífica siempre es ahogada en sangre por los capitalistas. Una vez conquistado el triunfo, el poder se erige en sacerdote de la diosa, y se limita a glosar la doctrina de los apóstoles con sus intelectuales orgánicos; los otros intelectuales tienen una línea roja que no deben traspasar con la crítica: la que marca la escolástica revolucionaria. Y así, la crítica es buena si sirve para apuntalar los dogmas fundacionales; en caso contrario será perseguida por desviacionista, porque nadie puede desviarse de los principios; por revisionista, porque nadie tiene derecho a revisar esos principios, que deben ser acatados con fe ciega; y por herejía, porque nadie puede salirse de la ortodoxia. Ya lo decían los filósofos en la edad Media: la razón debe estar al servicio de la fe.
            Esa estructura es el retrato robot de todas las ideologías; el esqueleto que todas tienen en común, algo así como el patrón compartido por todas. Lo que varía es la carne que le ponemos a ese esqueleto. La cara que le ponemos a esa calavera, lo particular y accesorio, el folklore; un folklore que puede mostrar grandes diferencias de unos a otros (desde el culto a la vida hasta el culto a la muerte, tal y como lo vemos en la Unión Soviética o en el Estado Islámico); pero todos comparten el mismo culto a la personalidad (en unos casos, del amado líder; en otros, del dios todopoderoso e inagotable). Regímenes como el de Stalin, Franco o Kim Il Sung son del primer tipo; movimientos como la ETA o el independentismo catalán lo son del segundo; en unos casos se adora al caudillo, en otros al dios que está por encima de todos los caudillos.
            Lo propio de la ideología es que persigue, en una primera fase, a la razón que se rebela contra los ídolos, pero en una fase ulterior acaba persiguiendo cualquier manifestación de la razón misma. La ideología se parece mucho a la paranoia: el paranoico puede tener una lucidez asombrosa, pero sus razonamientos giran en torno a una idea delirante y obsesiva, en eso estriba su locura; y es más peligroso cuanta más inteligencia tiene, todo el mundo sabe que el peor enemigo de todos es el más listo. Ahora bien, el paranoico es listo en sus razones y tonto en su delirio: como dice lapidariamente un conocido refrán, el paranoico es listo de la cabeza y tonto del culo. En este sentido las ideologías (laicas o religiosas) son paranoias; y lo más grave es que las razones sirven para justificar los delirios, y en los delirios, junto con los ideales y las ilusiones, está la realidad de las maldades, las crueldades, los atropellos y los abusos; una ideología es una coartada para justificar la violación de los derechos humanos: del derecho natural, como se decía en los tiempos antiguos. Cualquier dolor infligido a un semejante, aunque sea con ardor sádico, si es por la causa, está perdonado, no ya permitido.


            De modo que una ideología es como una mercancía que queremos vender: bella por fuera, fea por dentro. Como una tentación, como el canto de las sirenas, que detrás de la fascinación nos reserva la muerte. O como una medalla o una moneda, que detrás de su cara tiene su cruz. Lo malo de las ideologías es que su núcleo sagrado deslumbra de tal manera que borra en los adeptos la capacidad de razonar, y los lleva al fanatismo;  no es que no sepan pensar, es que no pueden pensar de otro modo: porque el magnetismo los ciega. Y no todos son tontos de la cabeza, pero sí son tontos del culo.
            Sin embargo las ideologías son necesarias. Son el motor de la historia, nada habría sucedido en el mundo sin una ideología que lo sustentara. El científico, el filósofo, estudian la realidad, y cuando proyectan en ella sus deseos siempre son deseos controlados por la razón: ellos ayudan a avanzar los ideales, pero desgraciadamente nadie los escucha. Sólo cuando la ciencia o la filosofía caen en manos de un ideólogo las ideas se encarnan en la sociedad y se ponen en movimiento. De modo que si no hubiera ideologías los científicos y filósofos se escucharían sólo entre ellos, y con reservas, y aparte de ellos no los escucharía nadie; la sociedad se dividiría en una minoría ilustrada y una mayoría embrutecida, la primera que tiene cosas que decir y la segunda que no quiere escucharlas: porque no pueda; porque su fe le ciega el sentimiento. Gracias a la ideología, el embrutecimiento se vuelve ilustrado y la sociedad avanza, por una sucesión de ideologías, desde las más abyectas a las más humanas: no habría habido revolución francesa si no hubiera habido atrocidades ilustradas; el ser humano no habría salido de las cavernas de no saber retrocedido las glaciaciones… y avanzado las ideologías.
            Pero las ideas tienen efectos perversos además de ser sueños bonitos. El más bondadoso de los ideales acaba produciendo crueldad sin límites (durante unos siglos también le pasó al cristianismo): pero también es cierto que del mismo tronco del que salió Torquemada salieron San Francisco, los mercedarios y el propio Jesucristo. Y si las ideologías son necesarias, será preciso limar sus asperezas, ablandarlas en lo que tienen de duro, cuidar las rosas y quitar espinas. No faltará quien diga que las espinas están para proteger a las  rosas, pero si nos atrevemos a quitar cada vez más espinas (no todas de golpe, por supuesto), llegará un momento en que cada vez haya también menos enemigos de los que protegerlas. Dijo Adriano: si quieres la paz, prepárate para la guerra. Quizás haya que decir más bien: si quieres la paz, aleja de la guerra a tu enemigo. Y aunque siga habiendo ejércitos, cada vez serán menos numerosos y agresivos.  Bosnia Herzegovina se desarmó en señal de paz: y se la comieron sus vecinos, que estaban armados hasta los dientes; por eso quizá no sea sensato desarmarse unilateralmente; el desarme debe ser concertado y realista, y hay que ir sentando las bases para ponerse de acuerdo. Pero, como un antídoto, lo que sí tenemos que hacer es ir desarmando las ideologías. Eso se consigue con la clarificación ideológica. En ella deben intervenir la ciencia y la filosofía. “Guardaos de los falsos profetas”, dice Jesús; para saber si un profeta es falso hay que usar la razón, no el fanatismo; y la fe debe ser racional, no una fe ciega; en síntesis, el propio Jesús viene a decirnos que para que nadie hable falsedades en su nombre hay que pensar las cosas desde una fe amorosa, y creer amorosamente desde la razón, no predicar la fe desde el odio ni extender el odio atizándolo racionalmente: que la propia Iglesia puede ser invadida por sus impostores y atacar a los infieles con la espada, cuando el propio Jesús le quitó a San Pedro la misma espada con la que San Pedro le iba a defender. No a la guerra para defender la religión, ése es su mensaje. El verdadero mensaje de Cristo no es matar a los infieles, sino amar a tus enemigos. Y lo que haya que combatir, lo haremos siempre con la razón; y con la fe; pero ambas guiadas por el amor (razón amorosa y fe amorosa, y amor razonable y fiel, en las antípodas del amor ciego: que amar apasionadamente no es lo mismo que cerrar los ojos para amar).


            ¿Y cómo combatiremos con la razón? Sometiendo a su dictamen al núcleo duro de las ideologías. Claro, hay un núcleo duro en esta ideología que estoy planteando: ese núcleo es el amor. Pero la razón tiene argumentos para defenderlo. Y entonces será ya un ideal, no un dogma de fe: lo propio del ideal es que nos anima y entusiasma; lo propio del dogma, que nos obliga con miedo. Necesitamos menos dogmas y más ideales. Hay que dejar que la razón entre en el templo de los ideales. Del mismo modo que en Einstein todo era relativo menos la velocidad de la luz, en la crítica ideológica todo se puede cambiar menos el amor; porque su cordura resiste bien a la crítica y sale siempre airosa de sus ataques, a diferencia del odio, que sale mal parado; como el egoísmo. Imaginemos a un maestro que enseña que cualquier arma es válida con tal de conquistar el poder; entonces su discípulo, siguiendo sus enseñanzas, lo matará para quitarle el poder cuando haya aprendido: éste es el destino de los maestros sith a manos de sus aprendices; de sus padawan. Pero si enseña que el amor es la fuente del poder, crearemos una sociedad donde la gente conquiste cada vez más poder sin necesitad de matar a quien lo detenta: la razón se lo aumentará a unos y se lo disminuirá a otros, y lo hará siempre mediante el diálogo. Una sociedad donde todos se matan acabará destruyéndose a sí misma en una guerra de todos contra todos. Pero una sociedad donde todos se aman se reforzará cada vez más, pues el amor a las personas se reforzará con el amor a la razón: con la crítica.
            Nos hacen falta ideologías, sí. Que analicen la realidad con la cordura, con el auxilio de la razón, con la lucidez del análisis. Y que sepan querer con amor y no con odio, rechazar las crueldades. Y que construyan utopías donde el suelo empírico, que se resquebraja en las visiones del futuro, se refuerce con el ideal de la razón, alimento de los otros ideales. Y que los ideales no se vuelvan dogmas y se puedan discutir. Y que no haya guardianes de la ortodoxia sino vigilantes de su coherencia, para corregirla todas las veces que haga falta. Donde no se llame traición a la crítica ni debilidad al amor, y donde todas las fuerzas sean vitales y no violencias ciegas, que conducen a la muerte, a la que adoran sin pensar: porque sean fuerzas irracionales; brutales y suicidas, y primitivas, sí, y aunque los instintos primitivos son buenos, sólo se desvirtúan si se alejan de la razón, que los vigila. Vigilancia, sí: pero no para meter preso a nadie sino para ser libres. Nuestros únicos ideales, que son el amor y la razón, están en el corazón y en la cabeza, en nuestro córtex y en nuestro sistema límbico. Y, lo mismo que la energía nuclear, las ideologías pueden servir para curar o para hacer bombas, y sólo la razón amorosa puede alejarnos de las bombas y pensar sólo en curarnos: aunque para eso las ideologías deben estar siempre vigilantes, vigilarse a sí mismas para asegurarse de que no se apartan nunca de la razón, que avanza, ni del amor, que, como un faro, las alumbra en el camino. Hacen falta ideologías, sí, pero más falta nos hace la crítica ideológica: para protegernos de los accidentes y de las desgracias.





viernes, 17 de agosto de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA SER DE IZQUIERDA?




¿QUÉ SIGNIFICA SER DE IZQUIERDA?  


             Durante mucho tiempo hemos creído que ser de izquierdas era preocuparse por el pueblo. Y muchas veces, afirmando pertenecer al pueblo de izquierdas, hemos admitido sin darnos cuenta que también existía un pueblo de derechas; con lo que tenemos que concluir, si queremos ser consecuentes, que ser de izquierdas es preocuparse por el pueblo de izquierda y por el de derecha.
            Todo está en saber qué entendemos por pueblo: y ahí empiezan los problemas; en el imaginario popular el pueblo son los pobres; pero en sentido amplio somos todos; podemos decir que la palabra “pueblo” se refiere al conjunto de la población pero connota pobreza; de esa distorsión en su significado arrastra la teoría muchos problemas. Ser de izquierdas puede significar dos cosas: ocuparse de los pobres y ocuparse de todos.

1. El populismo.

            Empecemos por la primera acepción. El sueño de una persona de izquierda sería que desapareciera la pobreza; y si no es un ideal, por lo menos podemos considerarlo como su meta. ¿Cómo se llega a ella? Hay muchos caminos para llegar a un mismo lugar. Sucede con frecuencia que un líder que se dice de izquierda sea una persona provocadora, despreciativa, altanera y chulesca: ahí tenemos el caso de Hugo Chávez, por ejemplo; peor aún, su sucesor en la autoproclamada revolución bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, parece salido literalmente de un concurso de payasos.
            Sus manifestaciones verbales no tienen desperdicio. En cierta ocasión Hugo Chávez interrumpía constantemente al presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y el rey Juan Carlos le tuvo que decir: “¿por qué no te callas?” Lo que quería el rey era que se respetara su turno de palabra. Lo que dijo Chávez que el rey pretendía era mandar callar a la joven república venezolana, en un gesto imperialista que pretendía ningunear a su antigua colonia. Nada que ver con la realidad. Es como si yo te pregunto si tienes agua y tú me acusas de querer quitarte el agua del río.
            Otro ejemplo: Nicolás maduro dijo una vez que iba a ganar las elecciones de España porque, según él, salía más en la televisión española que Rajoy. Una respuesta que denota megalomanía (creerse más que nadie); reduccionismo (presuponer que salir en la televisión es suficiente para ganar una elecciones); y desprecio (les hablaba a sus conciudadanos como si fuesen tontos). Podría haber sido una broma graciosa, nos habríamos reído un poco, pero suele suceder que los déspotas no tienen sentido del humor; el caso es que lo decía completamente en serio; y en todo caso era una broma de mal gusto, como todas bromas que buscan reírse a costa de los demás.
            Lo que vale para políticos de izquierda también vale para quienes se presentan como defensores del pueblo; ésos que utilizan al pueblo de comparsa para jalearlos en lugar de hablar en serio con él. Chulerías y payasadas las encontramos en todos los populismos: Donald Trump, Berlusconi, Musolini, Yirinovski. La primera tarea sería entonces separar el izquierdismo del populismo: ser populista es pretender defender un objetivo popular a cualquier precio; ser de izquierdas es, por el contrario, un ideal: un sueño y un talante (no se puede buscar el bien sin ser bueno); el populismo se preocupa por la pobreza como motor para las masas; la izquierda, porque es injusta. El problema es encontrar un solo movimiento de izquierda que no sea populista (y en el punto de mira está Pablo iglesias, el rutilante líder de “Podemos”).
            Marx lo había dicho hace unos cuantos años: los extremos se tocan. Trump se preocupa por el pueblo desde la derecha más extrema; Marine Le Pen dice querer salvar a Francia desde la extrema derecha; Trump y Berlusconi tienen en común su desprecio por las mujeres (que no debería  ser, en principio, un valor de la izquierda); Lenin y Estalin dieron el poder al pueblo para quedarse con él, desde la izquierda revolucionaria; una entrega nominal que servía de tapadera para concentrar todo el poder en una única persona; se llegó al culto a la personalidad, cuya expresión más patética es el último dictador de Corea del Norte. Incluso Fidel Castro, que fue tomado en serio durante mucho tiempo, obligaba a las multitudes a soportar discursos de cuatro o cinco horas: una extraña y soporífera verborrea.


2. La democracia aristocrática.

            Vayamos a la segunda acepción de la palabra: ser de izquierda sería preocuparse por el bienestar de todo el pueblo, no sólo de los pobres. Esta izquierda no basaría su razón de ser en enfrentar a una parte de la sociedad contra la otra, sino en buscar la justicia sin ignorar a nadie, contando con todos. Dicho de otro modo: sería una izquierda democrática. En democracia hay que preocuparse más por los que más necesitan, y por consiguiente tendría que trabajar necesariamente por sacar a los pobres de su pobreza. Ahora bien, esto puede hacerse de muchos modos; se puede hacer con prisas o con paciencia (siempre que la paciencia no sea una excusa para olvidarse del problema). Imaginemos una reforma agraria: la tierra para quien la trabaja; bien. En Portugal, durante la revolución de los claveles, así se hizo; y los campesinos, que pasaban hambre, se comieron las vacas y la cosecha y después ni quedaban vacas ni se supo hacer la siembra; como se suele decir algunas veces: fue pan para hoy y hambre para mañana.
            Podría haberse hecho de otro modo. Formar a los campesinos para que aprendieran a administrar sus tierras, a cultivarlas racionalmente: a planificar y sopesar los medios, garantía de que el trabajo seguiría siendo eficaz en el futuro. Para eso habría que haber aplazado la privatización; o haberla convertido en cooperativa donde pudiesen seguir trabajando los ingenieros, a ser posible; y evitar que sucedieran cosas que sucedieron en el Perú del general Velasco, donde se nacionalizaron las minas y sus propietarios se llevaron los planos. Se trata de buscar la colaboración y no la confrontación. Y si esto no es posible porque un de las partes no quiere, ir despacito y con pies de plomo. Nelson Mandela quiso hablar, cuando tomó el poder, con la mismísima extrema derecha afrikáner; y se lograron contener las iras de todos.
            Las soluciones radicales no suelen ser buenas. Por “radical” solemos entender inmediato; lo queremos todo, ahora, ya; lo queremos todo, no una parte; y nos olvidamos de que nunca se consiguen las cosas de golpe, sino siempre trabajándolas poco a poco. Recuerdo una piscina que fue privatizada en beneficio del pueblo: antes servía para el descanso de los ricos, después dejó de servir para el descanso de los pobres (porque, precisamente, ¡curiosa paradoja!, ahora podían descansar también los pobres); el caso es que los ricos se fueron y los pobres se desentendieron de su mantenimiento; en poco tiempo tenía las aguas sucias, los desagües atascados, los trampolines rotos, los bordes sin pintar y las paredes desconchadas. Se la habían quitado a los ricos, pero no se la habían dado a los pobres; porque dar no significa sólo entregar, sino preparar a quienes la van a recibir para que quieren, puedan y sepan cuidarla. Nacionalizar no es sólo dárselo a los pobres, sino que los pobres estén preparados para seguirlo cuidando; porque ahora el cuidado no tiene que ser de todos para unos pocos, sino de todos para todos. El problema es que nadie, ni los pobres ni los ricos, quiere ya cuidar de lo que posee con los demás, sino solamente de lo que posee él solo. No sentimos como nuestra la propiedad comunal; sólo cuidamos como propia nuestra propiedad privada.


3. Conclusión.

            Ser de izquierdas no es quitárselo a los ricos para dárselo a los pobres: es acostumbrar a los ricos  a querer compartirlo con los pobres. Si quitamos a los ricos y los pobres no lo cuidan después, es como si hubiéramos roto el juguete del rico para dárselo al niño pobre: el resultado no es que el pobre juega, sino que ahora el rico tampoco puede jugar (pues nadie juega con un juguete roto). Lo mismo pasa con las tierras, el ganado, las granjas y las fábricas.
            Lo popular es contar el dinero de los ricos, dividirlo entre los pobres y repartirlo: a eso lo llaman ser de izquierdas. Pero si alguien dice que repartir dinero no es incentivar las inversiones lo critican como si fuera de derechas; preparar hoy el beneficio de mañana es menos popular que gastar hoy lo que producíamos ayer; perdida en esa confusión o en esa negativa a ver el dinamismo de las cosas, la izquierda pierde el norte; y acabamos confundiendo la política con el bandolerismo romántico.
            Pongamos un ejemplo: un hombre ha puesto una tienda que le reporta unos pingües beneficios; al mismo tiempo a sus empleados les paga unos sueldos de miseria. Llega un gobierno de izquierda y dice: le vamos a quitar la tienda al dueño; ahora los beneficios los vamos a repartir entre todos. Muy bien. ¿Y luego, qué? ¿De quién era la iniciativa de invertir, de rentabilizar la tienda, de emprender mejoras? ¿De quién eran las ideas? ¿De quién era el interés, la ilusión, el empeño? Ahora la tienda no es de nadie. Bueno, sí, es de todos, pero ninguno la siente como suya. No pasará mucho tiempo antes de que la veamos abandonada.


            El mundo es un complejo de materia y energía. La materia es energía almacenada y, por tanto, paralizada; y el movimiento es energía desplegada, activa, materia transformándose. Si decimos: aquí está el dinero, vamos a quitárselo a los ricos, queremos entregárselo a los pobres; si hacemos eso, lo único que hacemos es cambiar de manos unos billetes para que sus nuevos propietarios compren cosas con ellos; y el dinero se gasta: habremos transferido materia destruyendo las energías. Si, por el contrario, buscamos energías para mover ese dinero y crear riqueza, después entregaremos dinero para poner en marcha esas energías y consensuar cómo se va a repartir después. En el primer caso se reparten las existencias. En el segundo los beneficios. Lo primero produce un efecto teatral, muy vistoso por cierto, muy aparatoso, como un teatro que tiene su público y actúa para recibir los aplausos. Lo segundo no se exhibe, sino que trabaja muchas veces lejos de la vista del público y nadie aplaude. ¿Es mejor repartir la riqueza que tenemos o crear riqueza para seguir repartiéndola después? En el primer caso es regalar un pez; en el segundo, enseñar a pescar. En el segundo caso es seguir haciendo pan, y en el primero es pan para hoy y hambre para mañana. También en el segundo caso habría que apañárselas para que mañana siguiera habiendo peces que pescar.
            La gente confunde ser de izquierdas con repartir la riqueza: la tierra para quien la trabaja. Pero la verdadera izquierda tendría que hacer el reparto pensando en que mañana tiene que seguir habiendo riqueza para repartir. A cada uno según sus necesidades; de cada uno según sus capacidades (se dice desde la órbita de Marx). Y Aristóteles, que estaba de acuerdo con ello, añadía también: a cada uno según sus méritos; ése es el tema del que el viejo marxismo se había olvidado; por eso no funcionó; entre las necesidades humanas no está solamente la supervivencia, sino también el éxito y, con los debidos controles y contrapesos, el poder. La izquierda bien entendida no puede identificarse con una dictadura.
            Sucede  que se quiere vencer antes que convencer: lo mismo en la izquierda como en la derecha. La izquierda quiere repartir sin preocuparse tanto por la producción; la derecha quiere producir para ganar, no para repartir; en el término medio estaría la solución; habría que repartir sin dejar de producir, y merecer nuestros beneficios sin olvidarse del reparto. La riqueza de bienes crecería junto a la riqueza de méritos y habría que vigilar las riquezas coyunturales, inmerecidas: sujetarlas, pero no prohibirlas.
            Es difícil. El pueblo quiere soluciones fáciles, vistosas, teatrales, no sabe si eficaces: ése es su ideal. Pero el ideal verdadero es pensar en el mañana, que no se ve, no sólo en el hoy, que tenemos a la vista. El pueblo votaría teatralidad y no cosas reales, y el ideal crecería a costa del talante. Así, tendría líderes presumidos, vistosos, chulos hasta la náusea; y la democracia se convertiría en demagogia olvidándose de que el mismo esfuerzo que exige tenacidad, también requiere paciencia; porque no basta con empeñarse en sembrar para que crezcan las patatas: hace falta también esperar a que crezcan, que cada semilla tiene su ritmo y uno lo puede forzar sin quitarle su poder, sin desnaturalizarla.
            Ser de izquierdas debería ser tener talante para luchar por un ideal, no buscar el ideal a costa del talante: que un ideal sin honradez siempre acaba dejando de ser ideal para convertirse en pesadilla. ¿Fue Jesús de izquierdas, lo fue Sócrates, Salvador Allende, Nelson Mandela o el Mahatma Gandhi? ¿Lo fue Nicolás Maduro, lo fue Hugo Chávez? Cuando se pierde la decencia ya no hay diferencia entre derechas e izquierdas; y lo mismo da Vladimir Putin, Silvio Berlusconi, Donald Trump, Pablo Iglesias (el de la coleta), Fidel Castro o Hugo Chávez. O Esperanza Aguirre o Margarett Thatcher. Cuando perdemos el talante no pasará mucho tiempo entres de que se diluyan las diferencias.