viernes, 25 de octubre de 2019

LOS APRIORIS DE LA SENSIBILIDAD



TEORÍA DEL ARTE (1):
LOS APRIORIS DE LA SENSIBILIDAD
  

 1. Introducción.

            Lo que los griegos llamaban poiesis está muy cerca de lo que llamaban techné; ellos no distinguían claramente entre arte y artesanía. El trabajo se confunde a veces con la técnica, puesto que lo segundo es necesario para lo primero; pero entre fabricar unos zapatos y construir un poema ¿dónde está la diferencia? Cualquiera diría que en la inspiración. El trabajador utiliza las técnicas propias del oficio pero el poeta, además, está inspirado. Eso es verdad para la época industrial donde prolifera el trabajo en cadena; el trabajador no es el creador de su producto, sino el agente pasivo que copia una y otra vez los mismos zapatos, que se limita, mecánicamente, a seguir las instrucciones que le ha dado el ingeniero para fabricar toda la vida infinitas copias del mismo zapato; sólo se le pide que se ajuste al modelo; lo cual no es, desgraciadamente, similar al joven estudiante de bellas artes que mira a un modelo para pintar un desnudo; el estudiante de bellas artes hace una copia creativa; el primero, una copia mecánica; el segundo se fija en la meta, el primero, sólo en el procedimiento; el estudiante pone algo de sí mismo en el espíritu de su cuadro, y el trabajador, ausente de sí mismo, se limita a seguir las instrucciones sin preocuparse por lo que hace.
            Entre el trabajador moderno y el artista está el artesano. El primero es un productor alienado, porque hace algo que no le interesa; no pone más interés en lo que hace que el necesario para ejecutar mecánicamente la misma rutina, los mismos pasos, y tiene detrás al jefe para comprobar que lo que hace no se aparta de los estándares. El artista, sin embargo, pone algo de sí mismo en la obra y hay algo de realización propia, de entretenimiento, de motivación, de empeño, en la obra que está realizando. Pero un producto del trabajo no es lo mismo que una obra de arte: tanto el producto como la obra son, al fin y al cabo, mercancías, porque los dos se hacen para ser vendidos; pero la obra de arte es, además, espíritu que se plasma en la materia mientras que el producto es mercancía sin espíritu. ¿Qué diferencia hay entre los dos? ¿En qué notamos que el producto de nuestras manos es una obra de arte? ¿Quizá en que antes de llegar a las manos ha pasado por la cabeza, por el corazón? ¿También en que los sentidos se han despertado? ¿Que, como decía Beethoven, la obra es el trabajo del espíritu que pasa siempre por la sensación? 


2. Los tres ingredientes del arte.

            Una obra de arte resulta agradable si contiene alguna de las formas a priori del deleite (en alemán: gestalten); formas que dependen de la percepción, pero que no se reducen a ellas; en pintura tienen que ver, más que con la perspectiva, con la armonía, con ese aspecto de la composición que se ocupa de ordenar las imágenes para que sean agradables. Las leyes de la perspectiva ordenan el espacio; son, por decirlo de algún modo, materialización del espacio euclídeo que tenemos metido en nuestro oído medio; de la misma manera que las limaduras de hierro visualizan el campo magnético, así también las líneas de perspectiva visualizan el campo estético. Y al hacerlo producen agrado. Por eso las visualizaciones de las leyes geométricas son tan bonitas; entre las últimas que se han descubierto están los fractales. En música esas gestalten son melodías, ritmos, armonías naturalmente agradables al oído. Las canciones de éxito suelen serlo porque han conectado con esas gestalten.
            Pero luego viene la elaboración. Una canción que no contiene elaboración de sus formas puede ser llamada canción ligera. Las canciones densas suelen tener un trabajo, a veces complejo, que acompaña a esas gestalten. Las gestalten suelen funcionar como motor para la inspiración. Un compositor que ha encontrado una hermosa gestalt casi no tiene que esforzarse por elaborarla: se deja llevar por ella, que lo conduce, como un tren en el que viaja, a través de un paisaje por el que desfila la belleza.
Y luego está la trascendencia. La elaboración en el arte tiene un fuerte componente intelectual, incluso matemático; pero fluye brotando del instinto, de la inspiración, con la mente pensando fuera de la conciencia, igual que fluye de la roca el cuerpo del manantial. Ese tipo de actividad, que surge también en el deporte cuando los jugadores se sienten conectados de manera magnética, se produce, dicen los psicólogos, en estado de flujo. El artista no produce la obra, sino que se deja llevar por ella, flotando en un universo embriagador, como si la obra fluyese de sí misma pero fluyese a través de él. El artista es un medio a través del cual fluye el espíritu. Como un medium sin una ouija.

2.1. Los aprioris de la sensibilidad.

            A veces ocurre que, cuando uno escucha una canción por primera vez, experimenta una suerte de flechazo: es como si se desencadenara un amor a primera vista; nada más escuchar las primeras notas se siente uno, más que movido, conmovido, como si tuviera un poder magnético que lo atrae a uno a su magia y uno se deja llevar. Me ha sucedido con Greensleaves (esa canción supuestamente compuesta por Enrique VIII durante su juventud); con la Danza de las hachas, estupendamente adaptada por Joaquín Rodrigo; con Girl, de Paul MacCartney y John Lennon, y también con The long and winding road; con el Lamento di Tristano, de un desconocido autor del trecento italiano; me lo ha hecho sentir Wagner con La cabalgata de las valkirias; Tchaikovsky con su engañoso Concierto número 1, el Moldava de Smetana, y qué sé yo…
            Más tarde, examinando la cuestión de cerca, caí en la cuenta de un par de cosas: la Danza de las hachas la oí muchas veces, casi sin darme cuenta, como cabecera de un programa que daba la televisión española sobre la zarzuela y el Siglo de Oro; lo mismo sucedió con la Sinfonía del nuevo mundo, de Dvorak; el Concierto nº 1 de Thcaikovsky sin duda lo debí oír muchas veces no sé cuándo, pero me suena; y lo mismo debió suceder con Greensleaves; son canciones que uno escucha, como ruido de fondo, como un líquido amniótico cultural, o, si se quiere, intrahistórico, del que se impregna uno sin ser consciente de ello; también sucede con melodías fáciles y pegadizas de menor calidad; no son pegadizas porque la costumbre inconsciente de escucharlas nos las haga agradables, sino al revés: nos resultan agradables porque previamente eran pegadizas.  
            Son los aprioris de la cultura. No son aprioris, pero funcionan como si lo fueran. Si nacer es cambiar las sensaciones del líquido amniótico por las del mundo exterior, esos aprioris musicales son como una gestación en la cultura inconsciente antes de nacer a la conciencia que tenemos de ella; un vivir amniótico anterior al vivir exterior; y conocemos, sin saber que ya las hemos oído, músicas que creemos estar oyendo por primera vez; y despiertan en nuestro inconsciente ecos lejanos, resonancias primitivas; eso era lo que me sucedía cuando escuché por primera vez (hablo de escuchar, no de oír) la Cabalgata de las valkirias, el Concierto de Aranjuez o la Danza de las hachas


            Con el Lamento di Tristano ya es otra cosa. Las voces que su escucha despertó por primera vez en mi  interior no procedían del mundo, sino de mí mismo; de mi propia sensibilidad; una sensibilidad receptiva magnéticamente a la tonalidad menor, a los sones entrañables y tiernos, melancólicos y tristes. Hay personas que son más sensibles a la tonalidad mayor, o a escalas misteriosas (dóricas, frigias, mixolidias), orientales o antiguas… El eco de fondo que despierta la música en nosotros no viene del mundo que nos ha empapado, filtrándose, como el agua de las cuevas, en nuestra sensibilidad inconsciente, sino de la naturaleza misma de nuestra sensibilidad: los podríamos llamar aprioris de nuestra psicología personal; son ellos los que a unos les hacen vibrar con el Lamento di Tristano y a otros con La flauta mágica; o, dentro de un mismo autor, a unos con la Pequeña música nocturna y a otros con el Requiem, a unos con una partita y a otros con la sinfonía número 40. Aprioris de nuestra personalidad.
            Pero hay otros aprioris que son anteriores a nuestro nacimiento, y, quién sabe, quizá también anteriores a nuestra gestación: los podríamos llamar aprioris de nuestra naturaleza; de la naturaleza humana, porque, quién sabe, quizá los otros animales tengan otros aprioris. Son como caminos musicales grabados en nuestro cerebro emocional, canales rítmicos y melódicos prefigurados en la sensibilidad de nuestra especie que, al reconocer como idénticas a sí mismas cadenas sonoras que vienen del exterior, experimentan un sobresalto, se sienten atraídos y producen placer. Más que de un inconsciente colectivo tendríamos que hablar, hipotéticamente, no de unos contenidos, sino de unos esquemas primigenios compartidos por todo el mundo.

2.2. Los aprioris de la cultura. Las modas.

            Los griegos intentaron identificar los que, según ellos, eran esos aprioris de nuestra naturaleza. Los ángulos rectos, los cánones de belleza, la sección áurea, eran elementos formales (es decir moldes o esquemas) que, cuando los encontrábamos en los seres de la naturaleza, provocaban un sentimiento de paz, armonía, sosiego, equilibrio. Dos objeciones le podemos hacer al clasicismo de los griegos.
            La primera es que quizá se hayan convertido en aprioris de la cultura, y por eso vemos en ellos lo que nuestra cultura quiere ver; en otras palabras, no es hermoso el Partenón porque esté calcado sobre el molde de la sección áurea, sino que la sección áurea produce armonía porque siempre la encontramos en los otros edificios, en el formato de las tarjetas de crédito, y en el Partenón.
            Un antropólogo convivió una larga temporada con unos indígenas de la selva amazónica. Cuando le llegó el momento de marcharse quiso despedirse ofreciéndoles un suculento pollo en pepitoria: a los indígenas no les gustó; pero ellos, a su vez, quisieron agasajarlo con el manjar más exquisito que tenían: unos gusanos gordos, gelatinosos y con lustre, que al antropólogo, no hace falta repetirlo, le producían un tremendo asco. El gusto de unos y otros había sido forjado por sus respectivos aprioris sociales; o culturales, si preferimos llamarlos así.
            Cada época, además, tiene sus aprioris, sus gustos; cada generación tiene los suyos. Pero no serían aprioris cuando surgen de la costumbre conscientemente asumida (por el contrario, antes hemos dicho que para ser aprioris debían ser previos a la conciencia, haberse gestado antes y al margen de ella). Hay que distinguir, pues, entre las modas que educan el gusto y el sustrato inconsciente y misterioso donde se educa el gusto antes de que podamos darnos cuenta.
            Me gusta Delacroix. Géricault. Los cuadros geométricos donde se retrata el movimiento, los cruces, las diagonales, el instinto de querer salirse continuamente del cuadro. La poesía de Santos Chocano. Y si esto es así, no deberían atraerme Jean-Louis David, ni Courbet, empeñados, el uno en dar una belleza fría a las composiciones perfectas, y el otro en aplastar contra la tierra lo que para los otros eran elevaciones (piénsese, por ejemplo, en El ángelus). Turner. Las alturas vertiginosas pobladas por vientos, por tempestades, en la frontera casi de la pintura abstracta. Aníbal cruzando los Alpes. 


            Y si me arrastra la gnossienne con su melodía ¿qué hay en la música de Satie? ¿Por qué me siento arrebatado en el ritmo de ske marazule kelule, como con otras músicas del Renacimiento? ¿Es un instinto universal? ¿Es un a priori de nuestra naturaleza? ¿O lo es más bien de nuestra sensibilidad, e incluso de nuestra cultura? ¿Qué hace que algunas obras nos conmuevan con la primera contemplación? ¿Por qué, a primera vista, nos sobreviene a veces el escalofrío? ¿Tienen algunas composiciones un estilete que se mete instantáneamente en nuestra naturaleza, atraído por nuestros esquemas del gusto? ¿O se trata solamente del gusto que es atraído, como un imán, sólo por la estructura de nuestra personalidad, y no la de los otros? ¿O es el inconsciente ignoto que nos invade desde los arcanos de nuestra cultura? ¿Nuestra niebla difusa de sensibilidad? ¿Nuestro mundo ancestral, nuestro líquido amniótico colectivo y magnético? 

3. Recapitulación.

            En resumen: definimos aprioris como moldes de contenido (gestalten) que no son previos a la experiencia, sino a la conciencia; y existen tres clases de esos aprioris: de la personalidad, de la cultura y de la naturaleza.
            Los aprioris de la personalidad son una evidencia corroborada por la experiencia cotidiana. No todos tenemos los mismos gustos, incluso hay un refrán que confirma el consenso que tenemos sobre la falta de consenso. Ya en el siglo XIX el mundo musical se dividía en dos grupos: los partidarios de Verdi y los de Wagner; ambos compartían el amor a la música, el gusto por la buena música, la costumbre de apreciar y criticar, pero a unos no les gustaba Wagner. Hay quien es sensible a una visión romántica de la vida y aprecian a Bécquer y Espronceda; otros prefieren a Campoamor, y, en el espectro realista de la sensibilidad, a Cervantes; unos gustan de mostrar el sentimiento con palabras y otros con silencios; unos aprecian las manifestaciones extremas del sentir y otros huyen de la exageración.
            Los aprioris de la cultura tampoco plantean demasiados problemas. Hay épocas juveniles y épocas envejecidas, como mostraba Ortega: en unas los viejos se muestran como jóvenes, y en otras los jóvenes se envejecen; en unas los viejos se ponen peluca y visten de colorines, y en otras los jóvenes se visten de negro, con levita y chistera y una palidez enfermiza en el rostro. Hay que distinguir los aprioris culturales de las modas, si bien las segundas pueden contener como ingredientes a los primeros; pues los aprioris son sensibilidades inconscientes y las segundas no; incluso en una época puede haber, y de hecho hay, sensibilidades dominantes conviviendo con sensibilidades de épocas anteriores. Los partidarios de Wagner o de Verdi ¿lo son desde una sensibilidad colectiva o desde una sensibilidad personal? Es posible que lo segundo se construya con los ladrillos de lo primero; o quizás es al revés; ¿sienten las épocas como siente la mayoría de sus individuos, o quizás la sensibilidad individual ha sido moldeada por la época? Muchos dicen tatuarse el cuerpo porque les gusta, no porque esté de moda; y hay jóvenes musulmanas que aseguran ponerse el velo por elección personal y no por imposición de su cultura; pero suele suceder que lo que llamamos elecciones libres son decisiones que tomamos entre las opciones que nos ofrece nuestra sociedad; diríase que somos libres dentro del espectro de opciones que nos impone nuestra tradición, o nuestra cultura, y no lo somos de salirnos de él; a nadie de cuantos se dicen libres se le ocurriría elegir entre la chaqueta, el chándal, el taparrabos, la falda escocesa o la toga romana; la gente anda por la calle con sudadera o chaqueta, no con toga; nuestro mundo casi se ha quedado reducido a elegir entre el chándal y los vaqueros; y cada tribu urbana tiene su indumentaria, pero esas modas son elecciones que no siempre están condicionadas por aprioris de la cultura: porque las más de las veces no son inconscientes.
            Los aprioris de la naturaleza son los más problemáticos. La idea de una estructura del gusto común a todas las personas ya ha sido postulada por Kant; si existieran tales aprioris, tales gestalten, se encontrarían algún día en el entramado biológico de nuestro cerebro; o en los receptores alguedónicos, vestibulares, o viscerotónicos, o en cualquier otro lugar de nuestra fisiología: nada es menos seguro. Si se comprobara esta hipótesis, buena parte del inconsciente colectivo contendría estructuras innatas, universales; hoy por hoy, la mayoría procede de gestalten culturales, pero hay una extraña coincidencia en algunos de ellos; suficiente para postular una base intercultural, un sustrato biológico, más que cultural, común a todos ellos.





sábado, 19 de octubre de 2019

A VUELTAS CON SÓCRATES


  

A VUELTAS CON SÓCRATES   


 1. Sócrates.

            Para obrar bien hay que conocer el bien. “Conocer” significa varias cosas:

            a) Saber lo que pasa: a eso lo llamamos tener conciencia. Si yo me doy cuenta de que estoy en clase puedo decir que tengo conciencia de dónde estoy; si por el contrario no me doy cuenta de nada es porque estoy inconsciente (me he dormido, estoy bebido o me he mareado).
            b) Saber lo que debo hacer: a eso lo llamamos tener conciencia moral. Si me doy cuenta de que estoy copiando en un examen y sé que no debo hacerlo, tengo conciencia de dónde estoy pero también tengo conciencia moral; y si robo pero no sé que robar es malo es porque soy un inocente; y si sé que robar es malo y a pesar de todo robo soy un inconsciente. Somos inconscientes porque estamos enfermos (por ejemplo, porque somos psicópatas), o porque nos hemos distraído, o porque nos han educado mal o porque estamos mal acostumbrados.
            Sócrates seguramente se refería a lo segundo: conocer el bien es tener conciencia moral. Aunque también puede entenderse en dos sentidos:
(1) Saber hacer las cosas: son las destrezas adquiridas; saber montar en bicicleta, saber construir un puente, saber escribir. Se trata de conocer los medios necesarios para alcanzar el fin que buscamos (como saber leer y escribir para entender las cartas que nos manda nuestra familia).
(2) Saber qué cosas tenemos que hacer: éste es el conocimiento moral o, como diríamos igualmente, la conciencia moral. Todos tenemos este tipo de conocimiento pero a veces nos distraemos y no nos fijamos cuando hacemos las cosas, por eso Sócrates también decía:

            No existe gente malvada, sino gente ignorante.

            Ser malvado es olvidarse de pensar las cosas antes de hacerlas, perder la costumbre de pensarlas, o no haber sido enseñado de niños para reflexionar sobre todo; tener conciencia moral es sentir en nuestro fuero interno lo bueno y lo malo, con lo que darse cuenta de lo que está bien no es otra cosa que experimentar el goce de hacer el bien o el remordimiento (el arrepentimiento) que sentimos cuando hacemos cosas malas. Conocer es sentir.

2. Agustín de Hipona.

            Para obrar bien no basta con conocer el bien: además hay que quererlo.

            a) La conciencia puede ser de dos tipos: conciencia de lo que pasa y de lo que hacemos (por ejemplo, que estoy fumando) o conciencia de lo que puede pasar (por ejemplo, que si sigo fumando puedo enfermar de los pulmones; a esto último lo llamamos conocer las consecuencias de nuestros actos). Puede ocurrir que yo no conozca esas consecuencias (entonces si fumo es por ignorancia); y que, conociéndolas, siga fumando (porque me parecen tan lejanas que piense que nunca me van a pasar: “¡tan largo me lo fiáis!”, que dice Tirso de Molina): comportarse así es ser inconsciente.


b) La conciencia moral la tenemos cuando tenemos uso de razón; los niños pequeños parece que son inconscientes. Pero también hay inconscientes entre los adultos porque se han acostumbrado a hacer las cosas sin pensarlas, y son brutos; porque no sienten la diferencia entre el bien y el mal, y están enfermos. Hasta los brutos que tienen pocas luces tienen sentimiento moral, y son buenos.
Podemos distinguir, así, entre la inconsciencia perezosa (propia de quien sigue fumando aunque conozca los efectos del tabaco, sólo porque le da pereza dejar de fumar); y la inconsciencia afectiva (propia de quien no siente que algunas cosas están mal, como matar para el psicópata).
¿De cuál de estas dos formas de inconsciencia hablaba Agustín de Hipona? Tener conciencia afectiva es lo mismo que sentir el impulso de hacer el bien, como decía Sócrates: entonces con sólo conocerlo ya tenemos ganas de hacerlo, en eso consiste el instinto de hacer el bien, el instinto moral. Pero la conciencia perezosa no es un instinto, por eso conocer las consecuencias de las cosas no nos da un deseo irrefrenable de obrar bien; y fumamos aunque sepamos que no nos va a hacer bien.
¿De cuál de estas cosas hablaba Agustín de Hipona: de la conciencia perezosa o del instinto moral?

3. La conciencia.

            En resumen, podemos tener conciencia:

1. De lo que pasa (es decir, de los hechos). Estamos conscientes cuando nos damos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor; de lo contrario nos habremos desmayado, o estaremos borrachos, con fiebre, o drogados… en una palabra: estaremos inconscientes.
2. De lo que hacemos (o sea, de nuestros actos). Se trata de todo lo que hacemos de manera consciente: comer, estudiar, pasear, ducharnos, ir al teatro… Como en el caso anterior, estar consciente y sobrio es lo contrario de perder conciencia.
3. De lo que debe pasar (o sea, de las consecuencias de lo que nos pasa y de lo que hacemos). Consecuencias de los hechos: si hay actividad volcánica es señal de que temblará la tierra; si cae algo en un vaso de ácido sulfúrico se disolverá; si llueve olerá después a tierra mojada. Consecuencias de nuestros actos: si nos acostamos tarde nos levantaremos tarde; si le dedicamos demasiado tiempo a los juegos electrónicos no nos quedará tiempo para leer; si cenamos tarde tendremos el sueño pesado; si no miramos donde pisamos nos caeremos. No pensar en las consecuencias es propio de la inconsciencia perezosa: nos resulta más cómodo no pensar.
4. De lo que sabemos hacer (es decir de nuestras capacidades y destrezas). Si somos conscientes de nuestra pericia o nuestra torpeza sabremos en todo momento lo que podemos intentar o no; si no sé que debo protegerme las manos con guantes o quitar los plomos, no será prudente empalmar dos cables para que haya corriente eléctrica; si no sé conducir no será prudente ponerme al volante; si no sé cantar no tendrá sentido meterme en un coro.
5. De lo que debemos hacer (es decir tener conciencia de nuestro deber). Todos tenemos el instinto de hacer las cosas buenas, el instinto de hacer el bien: ayudar al necesitado, desarrollar nuestro potencial, ser felices, llevar una vida placentera sin dejarnos dominar por el placer, ser los dueños de nuestras vidas: a eso lo llamamos tener conciencia moral.


Cuando alguien hace las cosas sin medir sus consecuencias, o hace cosas que no sabe hacer o cosas que no debe, decimos que es un inconsciente; el inconsciente se mete a hacer mal las cosas o a hacer cosas malas; tampoco es previsor, porque no tiene costumbre de ver las cosas antes de que se produzcan (sobre todo cuando esas cosas son consecuencia de sus actos). No es lo mismo estar inconsciente que ser un inconsciente; en el primer caso no nos damos cuenta de las cosas que hacemos ni de las  que nos pasan; y en el segundo no nos damos cuenta de lo que puede ocurrir, ni de que no sabemos hacer bien las cosas ni que no sabemos hacer cosas buenas. Los inconscientes no deben confundirse con los dormidos; y estar dormido es lo mismo que desorientarse, delirar, estar desvanecido o haberse desmayado.

4. Ejemplos.

            Vivimos una época de crisis: crisis económica (desde 2008); crisis política (desde hace unas décadas); crisis cultural y crisis social (sobre todo en los últimos años). Podemos pensar que la razón de la crisis es nuestra inconsciencia; veámoslo con algunos ejemplos.
            James Maddoz estaba consciente y en sus cabales; conocía perfectamente el mundo de la bolsa y se daba cuenta de lo que hacía, pero no midió sus consecuencias; sabía, sí, que ganaría un dinero considerable y eso fue lo que sucedió; sabía también que se hundiría la economía del mundo y eso no le importó: porque le faltaba el instinto moral (actuó, aquí, como el ser inconsciente que era); pero no supo prever que lo encarcelarían ni que acabaría suicidándose, dejándoles a sus hijos una herencia bien penosa; por quererlo todo se quedó sin nada y por perder habrá perdido hasta la vida (y, por supuesto, hasta el honor).
            Donald Trump es consciente de lo que hace y a veces de las consecuencias de sus actos; actúa como si conociera toda la realidad y sólo conoce una mínima parte, y por esa fisura se le escapa buena parte de las consecuencias de lo que hace; sabe también cuáles son las destrezas que maneja y conoce sus capacidades, pero le falta el instinto moral; no tiene olfato, no tiene buen gusto, no tiene el sentimiento de su deber aunque sí lo tiene en lo referido a sus deseos y a su actos; es un egoísta en quien los niveles éticos están muy por debajo de lo que necesita la realidad.
            La gente que no tiene trabajo tiende a pensar que es por culpa del extranjero. Le gustaría cerrar sus fronteras y que no pasara nadie. Ve al de fuera como un enemigo, alguien que va a allanar su morada, que le va a robar en la calle, a quitarle su trabajo, y por quitar, le quita hasta el seguro de desempleo y la asistencia sanitaria. Si viviéramos aislados, si no pasara nadie, si las puertas estuvieran cerradas y nos quedáramos solos: entonces estaríamos protegidos de los de fuera.
            Vienen entonces políticos que levantan vallas. Construyen muros para que no se pueda pasar, alambradas de espino, patrullas de policía, y volvemos a la gran muralla. No nos damos cuenta de que los mismos muros que les impiden a ellos entrar nos impiden salir a nosotros; y nos quedamos solos, sin vecinos y sin amigos, sin poder salir de casa, encerrados entre nuestras cuatro paredes, aislados del mundo, sin poder viajar, cautivos de las puertas que les poníamos a los demás; porque mientras protegíamos nuestro hogar no nos dábamos cuenta de que con tanto muro lo estábamos convirtiendo en nuestra cárcel.


            Vivir seguros, aislados de todos; o vivir comunicados y por consiguiente libres. Ser libre no es ponerse vallas para que no pasen los que, amenazándote, nos van a quitar la libertad. Ser libre es diluir las fronteras para que pasen nuestros vecinos: porque si ven que les damos confianza, lo más normal es que nos la devuelvan; sólo nos quieren atacar quienes se sienten rechazados; aunque también hay, por desgracia, gentes rechazadas por otras y que nos atacan a nosotros; pero si acabamos rechazando a todo el mundo resultará que al final no nos atacarán de vez en cuando unos pocos: nos acabarán atacando todos. Si vamos por el mundo tratando a los demás como malvaos, todos los demás acabarán tratándonos como malvados también; no es lo mismo encerrar los brotes malvados en un mundo de bondad que construir un mundo malo donde quedarán atrapados algunos brotes buenos.
            La gente siente temor en tiempos de crisis. Sus buenos instintos conviven en su alma con el temor de los peligros que producen los tiempos malos. En medio de la gente que siente las cosas sin decidirse entre ellas, hay gente que decide sin sentir o, peor aún, decide habiendo sentido en su vida cosas malas; unos pocos deciden habiendo sentido también cosas buenas: son los líderes; los caudillos, los jefes, los que saben mandar; son las voluntades que guían a quien no tiene mucha voluntad, los guías.
            Los guías pueden movilizar los sentimientos buenos que hay en nosotros: son los buenos líderes, los que tienen conciencia del deber. También los hay que movilizan los bajos instintos que duermen entre la población y son líderes que carecen de conciencia del deber: los que ponen su voluntad al servicio de su pasiones brutas; brutas y, las más de las veces, brutales; esos líderes conectan su sed de poder con el hambre que tienen los pueblos de ser guiados; Atila, Hitler, Moussolini, Lundendorff, Borgia, Almanzor, Calvino, Puigdemont, Trump, Boris Johnson… o Salvini. O Stalin. Muchos de ellos sufrieron de niños y aprendieron a llenar el mundo con los abusos que ellos mismos padecieron: Saddam Husein, el propio Hitler, Franco. El dolor sufrido por culpa ajena lo riegan entre los demás porque es lo único que tienen, lo único que les enseñaron. “Por qué acusarme?”, dice Bécquer; “¿puedo dar más de lo que a mí me dieron?”

5. Hacer bien las cosas y hacer cosas buenas.

            Cuando dice Sócrates que para obrar bien hay que conocer el bien ¿a qué tipo de cocimiento se refiere? ¿Es un conocimiento teórico? (No hay que tocar el enchufe con las manos mojadas porque las sales del agua son buenas conductoras de la electricidad). ¿Técnicos? (Para cortar los racimos de uvas hay que tirar del pedúnculo hacia arriba). ¿Se trata, por el contrario, de conocer los principios éticos? (No está bien matar). Los conocimientos teóricos y técnicos se adquieren estudiando, pero los principios éticos se aprenden sin estudio, solo como mirar dentro de sí y ver lo que tenemos escrito dentro. La ciencia y la técnica se aprenden mirando fuera; los principios éticos, mirando dentro; la experiencia como fuente de conocimiento debe ser completada con la conciencia. Ahora bien, la teoría y la técnica se aprenden en la escuela, pero la ética ¿puede también aprenderse en la escuela? No, si lo que se aprende en la escuela procede del mundo exterior.
            Muchos estudiantes están sensibilizados con los problemas medioambientales: y muchos de ellos se olvidan de vivir de acuerdo con esta sensibilidad. Todos sabemos buscar la papelera, pero a la entrada de las escuelas hay muchas papeleras vacías y papeles en el suelo. Hay técnicas para dejar de fumar, pero aunque conocemos los efectos del tabaco, nos falta fuerza de voluntad para usarlas. Y sabemos también que copiar en los exámenes es desleal e insolidario, pero resulta más cómodo copiar que estudiar. El mundo no echará a andar correctamente mientras no aprendamos a comportarnos con corrección; es decir según nuestros principios, no según nuestros deseos (los principios son los deseos del espíritu; los llamados deseos, deseos del cuerpo; los primeros son en sí mismos fuerza de voluntad; los segundos, voluntad dormida cuando vislumbramos la sombra de los primeros); el desarrollo sostenible viene de quienes, pensando globalmente, son capaces de actuar localmente; y esa capacidad sólo la tienen quienes saben lo que está escrito en su corazón, lo mismo que en su cerebro; y quienes, sabiéndolo, saben también cómo hay que hacerlo; pero saber cómo hay que hacer las cosas no sirve de nada si no sabemos qué cosas tenemos que hacer; y eso es imposible sin mirar dentro de nosotros, puesto que hay gente que no puede mirar porque tiene tapados los orificios por donde salen las cosas buenas que tenemos dentro.


6. Consecuencias para la enseñanza de la moral.

            Para estar consciente hace falta estar despierto; despierto de cuerpo (que es lo que comúnmente se entiende por estado de vigilia); y despierto mentalmente (o sea, aparte de no estar dormido, eso significa no estar alterado, drogado ni bebido). A eso lo llamamos tener conciencia, y es necesario para tener conciencia moral, pero no es suficiente; tener conciencia moral es otra cosa.
            Ser un inconsciente es lo contrario de ser responsable. Una persona responsable se adelanta a los acontecimientos leyéndolos antes de que ocurran; ve en las cosas que ocurren (nubes bajas, viento, pájaros que vuelan bajo) signos de lo que va a suceder (lluvia). Pero también se preocupa de prever las consecuencias de sus actos (si robo, violo los derechos de otro y me pueden meter en la cárcel). Y le preocupa sobre todo si sus propios actos son buenos o malos (es decir, le debería preocupar más faltarles al respeto a los demás que ir a la cárcel).
            Uno aprende a leer en la naturaleza conociéndola y estudiándola; nos sirven para ello la experiencia y la enseñanza; es necesaria la enseñanza para ampliar nuestra experiencia, como un buen complemento del aprendizaje.
            Uno aprende a cambiar la naturaleza teniendo ideas propias y aprendiendo tecnología y matemáticas; la creatividad se desarrolla hasta que se topa con unos límites; para desarrollarla más hacen falta las escuelas técnicas, aunque ya se empiezan a aprender cosas en la enseñanza general, tanto en la escuela media como en la escuela secundaria.
            Pero es más difícil aprender en la escuela el sentido del deber. El deber es un sentimiento que procede, en parte, de las cosas que sabemos, pero sobre todo de nuestros sentimientos anteriores; la conciencia moral es semejante a un átomo cuya atmósfera electrónica se configura en sociedad, pero su núcleo está en el corazón, y ese corazón viene ya prefigurado antes de ir a la escuela; Hitler aprendió a pintar, pero el escaso valor que les dieron en Viena a sus pinturas no hizo de él un ser rencoroso, sino el sufrimiento que había vivido en su casa, lo mismo que le pasaba a Franco; los sucesivos dictadores norcoreanos se volvieron implacables porque los acostumbraron desde niños a que era bueno imponer su voluntad sagrada; los incas creían natural matar a toda la familia de su adversario, como hizo Atahualpa con Huáscar, eliminando a las más de mil personas que constituían su panaca y bebiendo, sin ningún tipo de remordimiento, en el cráneo vaciado de su hermano. Octavio Augusto tampoco tuvo remordimiento en sembrar de crucificados los caminos que llevaban a Roma; y los talibanes más crueles fueron aquellos niños desamparados, huérfanos de la guerra, que habían sido recogidos en las madrasas; los mismos que, en manos de maestros fanáticos (niños desamparados igual que ellos), comieron un trozo de pan y tuvieron un sitio donde dormir a cambio de aprender el Corán y perforar con dios su corazón vacío: vaciándolo de cualquier sentimiento de compasión o misericordia.
            La educación moral puede dar forma al sentimiento del deber, pero no puede crear ese sentimiento. Ese sentimiento germina en el corazón de los niños que han sufrido privaciones y excesos; la privación del abandono y la desolación; el exceso de poder que han recibido desde que nacieron, y que tapó, probablemente para siempre, su capacidad de amar y respetar a sus semejantes.
            En otras palabras, la conciencia moral no se crea, pero se desarrolla. La escuela puede esculpirla con bellas formas en quienes ya la tienen, pero no puede inocularla en quienes carecen de ella: unos porque están enfermos (como los que son psicópatas)  y otros porque han cegado sus sentimientos desde su más tierna infancia (ya sabemos que lo primero que aprendemos queda grabado en nuestro corazón con tinta indeleble: como los patos de Lorenz).
            Educar la conciencia moral es tarea imposible si no se viene a clase con una conciencia embrionaria; por eso Platón no pudo hacerlo con el hijo del tirano de Siracusa. Hay, en quienes han sufrido, corazones capaces de amar a pesar de todo y por eso tienen suerte; pero la mayoría han sentido cegarse en ellos los poros del corazón y ya no pueden cambiar aunque quieran. Es como el alfarero, que sólo puede moldear la arcilla tierna; con la arcilla seca ya no puede hacer nada. Para esculpir el granito hace falta cincel y martillo y el escultor puede romper, voluntariamente o por error, el granito dándole un mal golpe en un lugar donde ya no es posible rectificarlo; tampoco puede cincelar nada donde los detalles esenciales de la figura tenían que surgir de las partes del granito que estaban rotas. Las familias pueden cuidar el granito o romperlo. Luego la escuela lo cincela. Y ninguna escuela puede cincelar la conciencia moral de los niños, si sus familias han roto irremediablemente el material del que estaban hechos sus sentimientos.




viernes, 11 de octubre de 2019







LIRAS



                                                           VIDA

   La vida es libertad, fuerza,
pasión y melancolía,
vértigo:
es el agua de la fuente,
es el mar que se volvía
gélido.

  Río, agua y paz que brilla
reflejando bajo el sol
sus escamas;
lo sujetan las orillas,
porque explota el corazón
donde mana.


                                                           LIBERTAD

   Libertad: mar donde viene
la fuerza hecha en la tierra
a dormirse;
y se calma cuando tiene
la voz disuelta en la arena
que la viste.


                                                           FUERZA

   Torrente. Peñasco, suelo
arrancado en el clamor de
la montaña;
y es la piedra que se quema,
es la fuerza que brotó de
tanta llama.




                                                           PASIÓN

   Volcán. Pasiones abrasadas
en el magma incandescente,
la cascada
que desborda con el viento
los temblores que la fiebre
derramaba.

   Tú me miras, cataratas
arrojando en la montaña,
vendavales;
y te nubla el huracán
cuando sopla con las ganas
de abrasarte.

   No es la muerte: son pasiones,
terremotos, avalanchas,
cataratas;
es un fuego: corazones
que se vienen, que se abrazan
y se marchan.


                                                           VÉRTIGO

   Vértigo. En los abismos
tiemblan gélidas quebradas
de peñascos,
y levantan seísmos
vomitando cataratas
de barrancos.

   ¡Oh, tu! ¡Vértigo que arrancan
las ventiscas! Dime tú,
corazón,
¿los temblores desparramas
entre flores que relucen
bajo el sol?

   Roto estás. Sol despeñado
en las grandes sacudidas
de la vida;
pues se queman tus entrañas,
corazón, porque destilas
fantasías.

  
                                                           MELANCOLÍA

   Tanto amor, tanto agitarse,
las entrañas están frías
de cansancio;
y ahora duermen, quieren darse,
con tanta melancolía,
dos abrazos:
uno para desatar
los hielos que encadenaban
sus destinos;
y otro abrazo para atar
las paredes donde hablaban
convencidos.

   Atadlas a la razón.
Que la tierra no nos haga
seres vivos
y nos ciegue la pasión
y se hielen en las casas,
derretidos.

   Libertad. Cae la nieve
sobre el ichu congelado
de la puna;
corazones que no hierven,
si en el pecho no han pensado,
no se curan.

   Melancolía. Son temblores
que hacen daño. Melancolía.


                                                           AMOR

   Si la vida es libertad,
si ser libre es ir al mar
de la fuerza,
la pasión será pensar,
la razón será pasión
cuando quema.

   Fuerza viva. Y en el vértigo
melancólico de las noches
de ventisca,
tras la  ventana, amar
es un vendaval, y es calor
y es llama fría.

   El amor es la pasión.
El vértigo de pensar,
el dolor
de ser libre, la razón,
la fuerza y la nostalgia,
porque brota.



                                                           LA MUERTE

   Agazapada en el llano,
y en las aguas pantanosas
donde hay frío,
va la muerte silenciosa,
atrapada entre los barros
de los ríos.


                                                           AMOR

   La vida es amor. Los lagos
que los aires acarician
son los valles;
y flotan en los tejados,
y aparecen chimeneas
humeantes.

   En los bosques y los prados,
en los campos y en las sendas
de los valles
hay calor y humo cansado
que respiran por el techo
los hogares.

   Fuego. Hay vapor de viento
en los sabios corazones
que se aman.
   Fiebre. Hay un flujo eterno
que se esfuma donde el tiempo
se desata.

   Aire, valle, bruma, fuego.
Vendavales de pasiones
sosegadas.
   Cataratas sobre el suelo,
huracán que tiene amores
con la llama,

   yo os conjuro.
Desatad esos volcanes
que me abrasan.






viernes, 4 de octubre de 2019

CÓMO TOMAR APUNTES EN CLASE



CÓMO TOMAR APUNTES EN CLASE


             Con frecuencia el ponente introduce su charla (verbalmente o mediante diapositivas) enumerando y nombrando las partes en que va a dividir su discurso; cuando tomamos apuntes convine e escribirlas al principio y enumerarlas; luego, cuando empieza con cada una de ellas, escribimos su título y, si no nos ha dado tiempo, ponemos el número, dejamos la línea en blanco y ya la escribiremos al final.
            Suele ocurrir que cada una de esas partes se subdivide a su vez en varias partes más pequeñas: hagamos lo mismo. Una forma de hacerlo es introducir sangrías mayores a medida que las subdivisiones van siendo menos importantes. Por ejemplo, supongamos que el ponente empieza así:

Voy a hablar de los trastornos psicológicos. Después de una breve introducción histórica iré exponiendo uno a uno cada uno de esos trastornos: la tristeza, la ansiedad, las fobias, las TOC, el estrés postraumático, la esquizofrenia y los problemas alimentarios.
            Antiguamente se pensaba que los trastornos eran envenenamientos del alma y los producía el demonio metiéndose dentro de nosotros; por consiguiente la única cura posible era el exorcismo. Después Hipócrates rechazó su origen sobrenatural y los estudió únicamente como fenómenos de la naturaleza. Para Platón, en cambio, estos trastornos en parte eran divinos y en parte tenían un origen ético. Nosotros los dividiremos en cuatro categorías: depresión, ansiedad, esquizofrenia y problemas alimentarios; dentro de la ansiedad incluiremos las fobias, los TOC, el estrés postraumático y la ansiedad generalizada.
            La depresión es una tristeza que en un treinta por ciento tiene origen genético; también intervienen factores ambientales (como las drogas, el tabaco, el alcohol) y otros más fisiológicos o personales. Sus síntomas suelen ser un estado anímico bajo, dificultad para dormir, cambios bruscos de peso (a más o a menos) y dificultad para el placer; se trata con antidepresivos (que afectan a la serotonina) y psicoterapia.
            La ansiedad se caracteriza por preocupaciones diarias intensas y ataques de pánico (o, como se dice generalmente, ataques de ansiedad). Entre sus síntomas encontramos el nerviosismo, las sensaciones de peligro y los problemas para concentrarse; puede tener causas genéticas, sobre todo físicas (un desequilibrio químico en el cerebro), pero también ambientales (como distintos tipos de presiones, por ejemplo en los exámenes). Se cura con psicoterapia, sobre todo terapia cognitivo-conductual, y también con fármacos. Hablemos ahora de las distintas manifestaciones de la ansiedad, como las fobias, el TOC o el estrés postraumático…

            La charla sigue: detengámonos ahí; se trata sólo de un ejemplo. Desde los primeros momentos nos hemos dado cuenta de que el problema de los trastornos empieza con una clasificación muy precisa; y que para cada categoría el orador considera, sistemáticamente, tres apartados: síntomas, causas y tratamiento; puede que al principio hayamos vacilado un poco, pero rápidamente las cosas se ordenan en nuestra cabeza. Nuestros apuntes se ordenarían así:

  
LOS TRASTORNOS PSICOLÓGICOS

  1. Introducción.
Antiguamente sólo se curaban con el exorcismo.
Hipócrates pensaba que tenían un origen natural.
Para Platón eran, en parte, trastornos divinos, y en parte eran éticos.

  1. Clasificación: depresión, ansiedad, esquizofrenia y problemas alimentarios.
2.1.Depresión: es una tristeza que en un 30% puede tener origen genético.
a)      Síntomas:
Estado anímico bajo.
Dificultad para dormir.
Cambios bruscos de peso (a menos o a más).
Dificultad para el placer.
b)      Causas:
Genéticas en un 30% de los casos.
Factores ambientales (drogas, tabaco, alcohol).
Fisiológicas.
Personales.
c)      Tratamiento:
Antidepresivos (inciden en la serotonina).
Psicoterapia.
2.2.Ansiedad:
a)      Síntomas:
Nerviosismo.
Sensaciones de peligro.
Problemas para concentrarse.
b)      Causas:
Genéticas.
Físicas (desequilibrio químico en el cerebro).
Ambientales (distintos tipos de presiones, por ejemplo en los exámenes).
c)      Tratamiento:
Psicoterapia (sobre todo cognitivo-conductual).
Fármacos.
                                               Tipos de ansiedad:
·         Fobias.
·         TOC.
·         Estrés postraumático.
·         (Ansiedad generalizada).
(Fig. 3)

Con lo que hemos escuchado de la conferencia habremos podido, incluso antes de empezar a tomar apuntes, hacer un esquema de toda la charla. Lo hizo el ponente al principio de su presentación. El esquema es el siguiente:

LOS TRASTORNOS PSICOLÓGICOS

A.- Introducción histórica.
B.- Clasificación de los trastornos.
1. Depresión (tristeza):
            I. Fobias.
            II. TOC.
            III. Estrés postraumático.
            IV. Ansiedad generalizada.
2. Ansiedad:
3. Esquizofrenia.
4. Problemas alimentarios.

C.- Conclusión.


            Si tenernos a mano ese esquema durante la toma de apuntes no nos perderemos en ningún momento; cada vez que el ponente empiece un punto nuevo nosotros lo marcaremos en el esquema de la charla con un punto o una raya y lo escribiremos en el cuerpo de nuestros apuntes. Si es posible ir ordenando las subdivisiones de cada uno de esos puntos, podremos utilizar sangrías, y así tendremos un esquema sinóptico. Por ejemplo:

  1. Introducción.
·         Antiguamente los trastornos psicológicos sólo se curaban con el exorcismo.
·         Hipócrates pensaba que tenían un origen natural.
·         Para Platón eran trastornos divinos en parte, y en parte éticos.
  1. Clasificación… etc.
(Fig. 1)

Pero si no conseguimos separar en nuestra mente las distintas partes que tiene cada epígrafe lo podremos hacer de forma redactada. El anterior fragmento quedaría así:

  1. Introducción.
Antiguamente los trastornos psicológicos sólo se curaban con el exorcismo; después Hipócrates pensaba que tenían un origen natural, pero para Platón eran trastornos en parte divinos y en parte éticos.
  1. Clasificación… etc.
(Fig. 4)

¿Qué diferencia hay entre la primera forma de trabajar y la segunda, entre el esquema y el resumen? Resumir es tomar las palabras del conferenciante en el tiempo que podamos; teniendo en cuenta que él siempre hablará más rápido de lo que nosotros escribimos, y está claro que por lo menos la mitad de lo que dice no lo podemos escribir; la cuestión es entonces distinguir lo importante (y apuntarlo) de lo superfluo (y omitirlo). Sin esta habilidad (distinguir lo importante de lo accesorio) no podemos tomar apuntes. Esta habilidad se desarrolla acostumbrándose uno a pensar; no dejando que los demás piensen por nosotros (para copiarlo nosotros después). Habría que inventar un juego que consistiese en dar instrucciones con muchas cosas superfluas mezcladas con lo importante, como se suele decir: con mucha paja envuelta en el grano; y que los ganadores de ese juego serían quienes hicieran lo que se les dice: para lo cual tienen que distinguir lo principal de lo accesorio. Otra forma de acostumbrarse a distinguir las ideas importantes es acostumbrarse a leer mucho. Centrarse en lo importante es como poner una lupa sobre el follaje para enfocar el insecto que estamos buscando. Es como si nuestra mente fuera un teatro, y en ella pusiéramos un vigilante que pusiese el foco en la parte del escenario que queremos que vea el público, valiéndonos para ello del texto que contiene las instrucciones del autor.


      De modo que la primera habilidad es distinguir lo importante de lo accesorio. La segunda es ordenarlo. Ordenar es colocar las cosas separándolas por temas (a esto último se le llama clasificar); y luego juntar cada grupo o clase de cosas que se parecen entre sí. Por ejemplo, meto los tornillos en una caja. Las tuercas en otra, los lápices en otra, en otra los destornilladores, en otra los cuadernos, en otra las gomas… Luego junto las cajas que contienen lápices, cuadernos y gomas y los meto en un armario y lo identifico como material escolar; lo mismo hago con los tornillos, tuercas y destornilladores y los junto, debidamente clasificados, en el almacén de mecánica. Clasificar y ordenar son respectivamente separar y juntar. Y haciéndolo establezco jerarquías: por ejemplo, las novelas las meto dentro del armario de literatura, que contendrá también poesía y teatro; y ordenaré los libros de ciencias en otro armario en el que separaré la física, la química o la psicología. El orden (todo orden jerárquico) quedaría así:

  1. Libros.
1.1. De literatura.
1.1.1. Novela.
1.1.2. Teatro.
1.1.3. Poesía.
1.2. De ciencias.
1.2.1. Física.
1.2.2. Química.
1.2.3. Psicología.
  1. Almacén de mecánica.
2.1. Accesorios y piezas.
2.1.1. Tornillos.
2.1.2. Tuercas.
2.2. Herramientas.
2.2.1. Destornilladores.
2.2.2. Martillos… etc.

            Volvamos nuevamente sobre el texto que nos ocupa. El discurso del que estamos tomando apuntes es como un armario que contiene tres cajones (y tendríamos entonces la fig. 5, que quedaría como sigue):

            A.- Introducción histórica.
            B.- Clasificación de los trastornos.
            C.- Conclusión.

            Sabemos que el segundo cajón (o, si lo preferimos así, el segundo armario) contiene cuatro estanterías, y lo sabemos porque lo ha dicho el autor. Estas cuatro estanterías son (y ésta sería la fig. 6):

  1. Depresión.
  2. Ansiedad.
  3. Esquizofrenia.
  4. Problemas alimentarios.

También sabemos que en la segunda estantería hay tres separaciones (tres tablas o baldas) que delimitan cuatro compartimentos (sería la fig. 7):

I.                   Fobias.
II.                TOC.
III.             Estrés postraumático.
IV.             Ansiedad generalizada.


Todo eso lo sabemos porque nos lo ha dicho el autor. Su discurso, pues, está jerarquizado en recipientes cada vez más pequeños: almacén, armario, estante, compartimento. Cuando el autor anuncia cada una de las partes de su discurso (un discurso es como un almacén de palabras, cada armario es un párrafo (en este caso, numerado) y, dentro de cada párrafo, cada subdivisión (estante, compartimento) se marca con una sangría dentro del párrafo donde está (ésta sería la fig. 1).
Pero cuando al autor no dice cuáles son las partes de su discurso (sería la fig. 4) hay que adivinarlos; mejor dicho, hay que descubrirlas, hay que mirarlas, hay que encontrar dónde están; el párrafo de la fig. 4 es semejante a un cajón donde hay mezclados melocotones, naranjas y tomates, y nosotros tenemos que separarlos en cajas distintas; es como si en la fig. 3 la primera línea dentro del epígrafe “introducción” fuera la de los melocotones, la segunda la de las naranjas y la tercera la de los tomates.
      ¿Cómo hace el vendedor? Muy fácil: él sabe distinguir los melocotones de las naranjas y los tomates. ¿Cómo hace, para convertir la figura 4 en la figura 3, la persona que está tomando apuntes? Muy fácil: aprendiendo a distinguir unas ideas de otras. ¿Y eso como se hace? Prestando atención. Muchos no saben tomar apuntes porque no prestan atención a lo que oyen; oyen, pero no escuchan; el problema de mucha gente que está tomando apuntes es que no se fija en lo que se dice; o se fija en otras cosas, quizá porque éstas no le interesan, su mente no se centra; si la atención tiene su punto de arranque en el interés, la distracción brota del desinterés, es decir del aburrimiento. No hay esquema de trabajo que pueda enseñar apuntes a quien no pone interés ¿Y cómo puede poner interés alguien que tiene que prestar atención a algo que no le interesa? Obligándose. Poniendo fuerza de voluntad. Sacando energía de donde no la tiene, ¿y por qué no la tiene? Porque ha decidido dedicar sus fuerzas a jugar a las cartas y no a centrarse en un discurso del que tiene que sacar apuntes.
      El punto de arranque es, pues, una simple decisión: quien decide dedicar sus energías a tomar apuntes aprenderá a tomar apuntes, es lo que Daniel Goleman llama automotivarse: obligarse a sí mismo a coger gusto a las cosas que no le gustan, si considera que valen la pena; si no me gusta la música clásica y sé, porque lo intuyo, que la música clásica es buena, debo obligarme a escucharla y, entre escucha y escucha, procurar informarme sobre ella y hablar con gente que entienda; y así, obligándome un día sí y otro también, llegará un día en que ya no tendré que obligarme: me acabará gustando; la fuerza de la costumbre me habrá familiarizado con esos sonidos y la comprensión de lo que oigo le habrá ido dando sentido a lo que escucho; al final, el gusto será una combinación de la familiarización con la música y el pensamiento que habrá encontrado densidad en ella; no es lo mismo que familiarizarse con cosas vanas y simplonas (que no simples), que será acostumbrarme a lo fácil y en lo fácil se esconde el mal gusto.
Aristóteles pensaba que los hábitos se adquieren por la repetición de los mismos actos, pero esta repetición tiene que brotar de un acto de la voluntad la cual, a su vez, surge de la razón. Los hábitos razonables son virtudes (Aristóteles los llama hábitos buenos); pero acostumbrarse a lo fácil es vicio, porque lo fácil nos quita las ganas de esforzarnos y la falta de esfuerzo es falta de vida (ya que la vida se potencia haciendo frente a la adversidad, superando los retos cuando los retos son obstáculos que dificultan el vivir).
      Tomar apuntes, en suma, requiere dos cosas: una es prestar atención, poner empeño, esforzarse, y otra es saber distinguir el orden de las ideas y la jerarquía de los conceptos. La segunda es, para algunos, una capacidad innata que hay quien ha tenido la suerte de tener (suerte que no han tenido quienes han nacido con síndrome de Down, por ejemplo); pero la mayoría consigue aprenderla con ejercicio, esforzándose en poner interés si consideramos que vale la pena aunque no nos interese; sería inútil pretender que el profesor nos lo enseñara como por ciencia infusa sin que nosotros moviéramos un solo dedo; no se puede aprender ninguna técnica de trabajo abandonándose uno a la pereza; el dominio de las técnicas, si bien es preciso que alguien te las enseñe cuando tú no sabes aprenderlas solo, en el fondo es simplemente tener fuerza de voluntad.