viernes, 22 de junio de 2018

HACIA UN ROMANTICISMO BIEN ENTENDIDO



HACIA UN ROMANTICISMO BIEN ENTENDIDO


            El corazón no es lo contrario de la razón; no es su enemigo; por tanto, se puede sentir sin dejar de pensar; una vida emocionante no es una renuncia a pensar con la cabeza; ni con el corazón.
            Tener razón es ordenar los sentimientos; de ninguna manera olvidarse de sentir. La razón es la forma que damos a lo que sentimos; el sentimiento es la materia de la razón; pensar sin sentir es como tener un vaso de agua sin agua: los robots son vasos vacíos; la inteligencia artificial es el manejo hueco de la razón.
            Vivir es organizar los sentimientos; eso significa que sin sentimientos no se puede vivir. Siento que quiero el dinero de Juan pero también siento que quiero a Juan; los sentimientos se imponen unos a otros porque no todos tienen la misma fuerza; y la razón busca razones en las cosas para gozar (entonces es razón cordial), no para vencer y dominar (porque entonces es razón técnica, razón estratégica, razón instrumental).
            La razón decide: el sentimiento también. Una decisión sentimental, o emotiva, es un impulso; una decisión razonada es el resultado de una reflexión. Si decido impulsivamente ir a emborracharme gozaré sólo un rato, y el resto del tiempo ve lo voy a pasar mal; pero si tomo una decisión razonada sabré que todos los malos momentos por los que me decida estarán orientados a gozar; por ejemplo, puedo decidir abstenerme de comer dulces para vivir bien (cuando se me ha diagnosticado un problema de diabetes).
            La razón es orden. Eso no significa que el sentimiento sea desorden, como piensan los románticos extraviados, y hasta el propio Nietzsche, cuando afirman que el sentimiento es lo contrario de la razón. Lo contrario de la razón es el caos. El sentimiento no es un caos y por eso sentir no es incompatible con pensar. Sentir es identificarse con las cosas, y lo contrario es la distancia, que no es razón, sino falta de sensibilidad. La razón necesita poner distancia con las cosas para ordenarlas, pero en sí misma no es distancia; la distancia es un instrumento de la razón.


            Veamos ahora de cuántas maneras podemos acercarnos al mundo; de cuántas maneras podemos vivir:
            1. Razonando sin sentir. Es la lógica pura y descarnada, la maquinaria del pensar, que a veces nos hace comportarnos como máquinas: es orden en la distancia, propio de los ordenadores, los robots, los androides… la inteligencia artificial; también es propio de las personas que actúan como máquinas; y de las personas que carecen de determinados sentimientos, como los psicópatas: aquellos que padecen de personalidad antisocial.
            2. Razonando y sintiendo. Es la cordialidad, o para decirlo de manera más explícita: es la razón cordial. El corazón no se separa nunca de la razón (o de lo contrario se convierte en tripas). Sentir es estar cerca de las personas y las cosas; cada sentimiento es una forma de vivir la cercanía de las cosas, desde las cercanías más tenues hasta las proximidades más íntimas: lo íntimo es lo entrañable, está allí donde las tripas dejan de ser vísceras y se convierten en entrañas; lo entrañable no es lo mismo que lo visceral. Éste es el romanticismo auténtico: el que no confunde la profundidad de los sentimientos con el desorden de la razón.
            3. Sintiendo sin razonar. Es patología. Si la cordialidad genera ontología cuando se acerca más a la razón y patiología cuando está más próxima del sentir (pero siempre con el auxilio de la lógica), la patología es un fallo de la vida, por lo menos en alguno de sus componentes. Es un sentir desordenado, porque los sentimientos menos importantes adquieren más importancia que los que importan más: como Homer Simpson, que valora más una cerveza y un eructo que una muestra de amor. Sucede, sin embargo, que a veces a Homer Simpson se le escapa una vena sensible: lo que indica que tiene sentimientos, pero están sin cultivar; como un diamante en bruto que no ha sido tallado todavía. Cuando el sentimiento desordenado (o, lo que es lo mismo, un sentir arbitrario) procede de la naturaleza, podemos hablar de la patología; cuando es obra de la educación (o de la falta de ella) lo llamaremos incultura. La persona inculta valora más a Torrente que a Eisenstein, aprecia más la cerveza que la pintura, el arte Kistch (o la apariencia de belleza) más que la belleza, y el dinero más que la felicidad. Los afectos incultos o enfermos pueden ser curados: en unos casos bastará con la educación; en otros hará falta una terapia; y en otros, los dos.
            4. Sin pensar y sin sentir. Es la naturaleza inorgánica. Una piedra ni piensa ni siente. Algunos animales están en este caso, sobre todo los inferiores (las células, las algas, las esponjas, los seres sin cerebro, los que no tienen conciencia y hacen las cosas por instinto). El instinto no piensa, pero está ordenado por un pensamiento previo… ¿De dios? ¿O de la naturaleza que se expande en la evolución? La vida instintiva es un cúmulo de razones que no son del individuo, sino de la especie; y que se muestran actuando no ya desde el sistema nervioso, sino del código genético. Entre los animales con cierto grado de conciencia aparece ya un principio de orden en el sentir no distanciado: pues sienten dolor cuando les matan a sus crías, aunque no lo sientan cuando ellos matan a las crías de los demás. Hay, también, estados psíquicos que llevan al ser humano a actuar sin pensar y sin sentir: de manera maquinal (pero sin ser máquinas). No es lo mismo ser una máquina (como les pasaba a los seres que razonaban sin sentir) que actuar de manera maquinal (que es lo que hacen los seres que viven sin sentir y sin pensar).
            La vida no es un caos. Tampoco es solamente un orden lógico. Se vive cuando, al tiempo que la razón no te quita las posibilidades de sentir, las emociones no te quitan las facultades del pensar. Y hay, desde la célula y la esponja hasta el homínido más inteligente, una panoplia de muchas formas de vivir.




sábado, 16 de junio de 2018

POESÍA





PIENSO

   Oigo. Me encuentro solo.
Quieto, guardo la resaca
de querer pensarlo todo.
No hay nadie. Mi destino
se pierde en la existencia
difusa de los destinos.
Y leo y pienso y quiero
una respuesta a la duda:
pero nunca la consigo.
Entre las letras del libro
pierdo esencias que no encuentro.
Pienso. Pero, oculto el lobo
de la psiquis que me come,
quedo sin él. Pienso sólo.


SE HA ROTO

   Cuando un hombre y una mujer se han dejado
se quedan solos.
Cuando un hombre y una mujer se encuentran
sólo hay miedo.
Cuando ya un hombre y una mujer no andan juntos
es que se ha roto
una vez más una estrella en el firmamento.
Es que ya el firmamento mismo se ha roto.
Cuando un hombre y una mujer se quedan solos.



A LOS POETAS ELEGIDOS

   Si escucháis por la noche en el otoño
esa brisa que os devuelve la esperanza.
Si escucháis… ¿A qué miraros? Hay
en el cielo gris de la pereza
mil suspiros entregados a la nada.


NADA

Escuchad los ruidos de la noche
cuando no dice nada.
Escuchad los ecos de las nubes
cuando están lloviendo.
Escuchad los ruidos del silencio
cuando está llorando.
Nada queda ya en la noche.
Yo, que de puro pobre, me he hecho viejo.



viernes, 8 de junio de 2018

EL FLUJO DE LA PASIÓN




EL FLUJO DE LA PASIÓN


1. Deseo.

            El deseo es la atracción por el placer. Ese afán puede ser de dos clases, según que se oriente hacia el cuerpo visible o hacia el alma invisible.

(1) Deseo del cuerpo. “Cuando el alma se sirve del cuerpo para captar cualquier objeto (…) mediante los sentidos (…) ella se siente atraída por él hacia lo cambiante”; entonces “se pierde (…) como si estuviera ebria”.
            (2) Deseo del alma. “Pero cuando examina las cosas por sí misma se inclina hacia las cosas puras, eternas, inmortales, inmutables (…) deja de extraviarse (…) y este estado del alma es lo que llamamos pensamiento.

            El deseo pensante se opone, pues, al deseo sensorial como la orientación es al extravío. Por otra parte, los deseos pueden ser o intensos, o débiles y tranquilos (esto es, de baja intensidad). Pues bien:

a)      Los deseos intensos que proceden del cuerpo (de “las partes del hombre que producen vergüenza”) no obedecen a la razón, e intentan dominarlo todo de manera autónoma.
b)      Los deseos intensos que proceden del alma, liberados de “ese sepulcro que llamamos cuerpo” en el que estamos encarcelados como la ostra en su concha”, producen visiones felices que contemplamos en su puro resplandor. La belleza es “la más manifiesta y la más amable de todas”, resplandeciente entre todas ellas; pero “al llegar a este mundo la aprehendemos por medio (…) de nuestros sentidos”. En efecto “lo divino es bello sabio, bueno” y con él “crecen (…) las alas del alma”.

El deseo corporal produce cólera, y es como si le quitase al corazón la capacidad de controlarse; en efecto, “el buen caballo (…) empapa de sudor a toda el alma” y el otro, el malo, que representa la concupiscencia, prorrumpe en injurias colérico, haciendo mil reproches al auriga y a su compañero de tiro”.


2. Amor.

            Recordemos que, para Platón, “el amor es una especie de deseo”. También lo define como el estado de quien “posee la belleza” como “único médico de sus mayores sufrimientos”. En otro momento habla también de la “amorosa locura”, con lo que el amor es una especie de locura.
            Sabemos también que el amor no es un deseo corporal, sino un deseo celestial, puesto que parece consistir en un “recuerdo” o “añoranza de las cosas de antaño”, entendiendo por antaño las visiones que teníamos en otro mundo, “y al llegar a este mundo “las “aprehendemos por medio de (…) nuestros sentidos”; el estado que produce en nosotros la reminiscencia de la belleza lo llamamos amor y felicidad o placer celestial, pues “felices eran las visiones que (…) contemplábamos en su puro resplandor (…) sin” el “cuerpo”. Esa forma de placer consiste más, como ya hemos visto, en “un sentimiento de veneración” que en una forma de consumir el objeto amado; comer un buen plato es consumir la comida y destruirla mientras la disfrutamos; en cambio al admirar o venerar un cuadro no lo consumimos mientras lo estamos amando; no es lo mismo poseer la belleza que poseer un objeto bello. Pero amar es ser poseído más que poseer; “poseído por un dios”. En otro momento habla Platón de un genio. “Todo lo que es genio, está entre lo divino y lo mortal”, porque el genio “interpreta y transmite a los dioses las cosas humanas y a los hombres las cosas divinas”; así, el “hombre sabio (…) es un hombre genial”. “Estos genios (…) son muchos (…) y uno de ellos es el amor. En otro lugar habla Platón de endiosamiento: ese estado que llamamos entusiasmo y que literalmente podríamos llamar llenarse de dios o llenarse de dioses; o de genio: “eudaimonía”, que en griego significa “felicidad”.
            Ese estado genera en nosotros una corriente irresistible a la que llamamos “flujo de pasión”. El cual incluye una buena dosis de ceguera, porque el enamorado “no puede dar razón de su estado” y se ve a sí mismo reflejado en el amado “como en un espejo”. Por eso estar enamorado es estar loco, y que “el amor es una especie de locura”, pero no producida por “enfermedades humanas”, sino por “la divinidad”. Recordemos que hay cuatro formas de locura divina:
(1)   La inspiración profética (propia de Apolo).
(2)   La inspiración mística (propia de Dionysos).
(3)   La inspiración poética (propia de las Musas).
(4)   La locura amorosa (propia de Afrodita y Eros).
La locura de amor es una forma de pérdida de control: podemos suponer que Platón no la aprecia tanto como a la razón, que es control y conciencia. “Los enamorados reconocen que están más locos que cuerdos, y que saben que no están en su sano juicio, pero que no pueden dominarse”.
Por otra parte el Amor, como la filosofía, “se encuentra en el término medio entre la sabiduría y la ignorancia”, dado que el sabio no necesita saber (porque ya sabe) y el ignorante no sabe que lo necesita (porque no sabe que no sabe, y al no creer que le falte nada “no siente deseo de lo que no cree necesitar”). Por eso “es necesario que el amor sea filósofo”, al ser hijo de Poro (el recurso) y Penía (la pobreza).


A. ¿Cómo se aprende a amar?
Hay un “método de abordar las cuestiones eróticas”; o, como recuerda Antonio Rodríguez Huéscar, “una vía (…) para llegar a la contemplación de lo bello”, un “camino recto”, pero para encontrarlo hace falta “una ‘iniciación’, pues las cosas superiores del amor son un ‘misterio’. Constituye esta iniciación un ascenso erótico” a través de cuatro grados. Sigamos a Platón:
1º. “Empezar por las cosas bellas de este mundo teniendo como fin esa belleza en cuestión y, valiéndose de ellas como de escalas, ir ascendiendo constantemente, yendo de un solo cuerpo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos”. Desembocamos, pues, en un “amor a la belleza corpórea en general” (dice Rodríguez Huéscar).
2º. Ascendemos “de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta”. Llegamos, pues (dice rodríguez Huéscar), “al amor a la belleza de las almas, es decir a la belleza moral”.
3º. “Y de las normas de conducta a las bellas ciencias”. O sea, “amor a los conocimientos”; aquí “el amor se desprende ya de la servidumbre de los seres humanos concretos”.
4º. “Hasta terminar, partiendo de éstas [las bellas ciencias], en esa ciencia (…) de la belleza absoluta” y conseguimos contemplar la belleza en sí”. Es (dice Rodríguez Huéscar) “como una revelación de algo ‘maravilloso’ (thaumastón), a lo cual se ordenan como a su fin todos los grados anteriores”.
Resumiendo: empezamos, “desde la juventud”, a dirigirnos “hacia los cuerpos bellos” hasta enamorarnos “de un solo cuerpo y engendrar en él bellos discursos; comprender luego que la belleza que reside en cualquier cuerpo es hermana de la que reside en (…) otro”, o sea: “hacerse enamorado de todos los cuerpos bellos y sosegar ese vehemente apego a uno sólo”. Después “tener por más valiosa la belleza de las almas que la de los cuerpos” y “contemplar la belleza que hay en las normas de conducta y en las leyes”: ahora sabemos que “la belleza del cuerpo es de escasa importancia”. Pasando por las ciencias para que el iniciador consiga que el iniciado vea la belleza de éstas, quien ha sido “educado en las cuestiones amorosas en este orden”, llegado “al grado supremo de su iniciación en el amor, adquirirá de repente la visión de algo que por naturaleza es admirablemente bello”.
Una objeción muy importante podemos hacer a esta teoría tan atractiva: si la puerta de acceso a la belleza son los cuerpos bellos, ¿ignoraremos esa belleza interior, muchas veces la más excelsa de todas, que hay en los cuerpos feos (por ejemplo en el de Sócrates)? ¿No nos condenaremos a ignorar las que pueden ser las mejores manifestaciones de belleza, que a veces duermen en unos cuerpos horribles? Pensemos en Marianela, en el jorobado de Notre Dame, en los quemados y los heridos y en tantos y tantos casos. Platón dice, con toda razón, que “la belleza del cuerpo es algo de escasa importancia”, pero la belleza del cuerpo es la única puerta de acceso que él mismo ha establecido para la belleza del alma; y aunque anima a que “si alguien es discreto de alma, aunque tenga lozanía, baste ella para amarle”, ¿cómo vamos a entrar en la casa si tenemos la puerta cerrada? ¿Cómo podríamos llegar al núcleo de los átomos si éstos no fueran receptivos en su capa de valencia?



B. ¿Cómo aparece el entusiasmo amoroso? El flujo de la pasión.
1º. “El que acaba de ser iniciado, el que contempló muchas de las realidades de entonces” (en la otra vida), “cuando divisa un rostro divino que es una buena imitación de la Belleza, o bien la hermosura de un cuerpo, siente en primer lugar un escalofrío, y es invadido por uno de sus espantos de antaño. Luego, al contemplarlo, lo reverencia como a una divinidad”.
2º. “A continuación del escalofrío, se opera en él un cambio que le produce un sudor y un acaloramiento inusitado. Pues se calienta al recibir por medio de los ojos la emanación de la belleza”.
3ª. Después “la caña del ala se hincha y se pone a crecer desde su raíz por debajo (…) del ala; pues toda ella era antaño alada (…) y esos síntomas que muestran los que están echando los dientes cuando éstos están a punto de salir, ese prurito y esa irritación en torno a las encías, los ofrece exactamente iguales el alma que está empezando a echar las alas”.
4º. “Siempre que pone su vista en la belleza del amado, al recoger de él unas particulas que vienen a ella en forma de corriente –y por eso precisamente se les da el nombre de ‘flujo de la pasión’-, se reanima y calienta, se alivia en sus penas y se alegra”.
“Pero, cuando queda separada y se seca, secándose con ella los agujeros de salida por donde surge el plumaje, se cierran e impiden el paso a los brotes de las alas. Quedan éstos encerrados juntamente con el ‘flujo de pasión’, brincan como un pulso febril, y golpea cada uno el orificio que tiene frente a sí (…)”.
De esa manera, “aguijoneada el alma (…), se excita como picada del tábano y sufre, en tanto que, al acordarse de aquel bello mancebo, de nuevo se regocija (…) se angustia (…) y (…) se pone rabiosa, y en este frenesí ni puede dormir de noche ni quedarse quieta (…) de día, impulsándole su añoranza a correr adonde cree que ha de ver a quien posee la belleza”. (…)
“Y cuando lo ha visto, y ha canalizado hacia sí el ‘flujo de pasión’, abre lo que entonces estaba obstruido, recobra el aliento, cesa en sus picaduras y dolores, y recoge en ese momento el fruto de un placer  que es el más dulce de todos”.
Platón describe aquí el arrebato amoroso. Que produce un entusiasmo, un estar fuera de sí, una atracción irresistible que escapa al control de la razón y es como si nos hubieran raptado de sus manos; cuando ese rapto se agota en el cuerpo la pasión amorosa consume el cuerpo en vez de venerarlo como digno portador de la bondad, la verdad y la belleza; en cambio cuando lo que se arrebata es el alma es como si la raptaran del cuerpo, y es un rapto sublime que, aunque también escapa a la razón, vuela ahora hacia las cosas maravillosas. El éxtasis corporal, esa desconexión suspendida en el tiempo que es, por ejemplo, el orgasmo, es esa dolencia de amor que no se cura sino “con la presencia y la figura”. Pero San Juan de la Cruz también supo captar el segundo tipo de arrebato: “apártalos, amado, que voy de vuelo”.

            C. ¿De quién nos enamoramos?
            De aquellos que concuerdan con nuestro modo de ser, dice Platón. Así, pues:
a) Quienes se identifican con Zeus buscan como amados a quienes tienen un alma, “amante de la sabiduría” o “dotada para el mando”, que también haya pertenecido al cortejo de Zeus. Al encontrar a alguien así “se enamoran de él (…) para descubrir por sí mismos la naturaleza de su propio dios”; alcanzándolo con el recuerdo y poseídos por él, de él toman sus costumbres”. Y al imputarle estos efectos a su amado, “lo aman todavía más. Y derramando sobre el alma del amado el cántaro que llenan, como las bacantes, en la fuente de Zeus, lo hacen en el mayor grado posible semejantes a su propio dios”.
b) “Cuantos seguían a Hera buscan a un hombre con dotes de rey”.
c) Y, en fin, quienes pertenecían a Apolo y a los demás dioses”:
* Buscan que su amado sea así por naturaleza.
* Y cuando lo tienen, con su propia imitación de la divinidad, con sus consejos persuasivos, y con su dirección, conducen a sus amados al tipo de ocupación” que está acorde con la “manera de ser que son propios de aquel dios”.




viernes, 1 de junio de 2018

DE LA PROPAGANDA





DE LA PROPAGANDA   


             Lo que se dice es verdad cuando concuerda con lo que se hace (por ejemplo, cuando cumplimos una promesa); también lo es cuando concuerda con lo que pasa (a eso se le llama informar); también algo es verdad cuando, sin poderlo comprobar directamente, encaja con la lógica de los hechos, es decir, con otras cosas que ya se han dicho o se han hecho anteriormente (que la policía española entre a saco en Cataluña no encaja con el interés de España por dar una buena imagen internacional ante la deriva catalana); también es verdadero lo que funciona (un reloj en la pared, por ejemplo, no es un reloj, sino un decorado, si no sirve para dar la hora); por último, habría que decir, para ir terminando, que algo es verdad si lo que denotan las palabras no es contradictorio con lo que connotan, ya sea verbalmente, ya con los lenguajes paraverbales (es decir, con el tono o el gesto: Alfredo Amestoy decía con la imagen –unas monjas utilizando en la España de los años 60 una ordeñadora eléctrica que muy pocos ganaderos tenían entonces- lo contrario de lo que las monjas decían con las palabras –a saber, que ellas eran pobres-; y lo hacía en una superposición de mensajes donde la palabra se desdecía en la imagen).
            Los hechos son evidentes cuando concuerdan con lo que pasa; pero a veces los hechos son sustituidos por signos saboteados por los publicistas, y la verdad real se transforma en realidad aparente que ya no concuerda con lo real: Manuel Vázquez Montalbán lo llama la “no-verdad”, y lo escenifica en unas palabras que él mismo atribuye a la madre de Groucho Marx: “pusieron el este al oeste y el norte en el sur. Tampoco estaba en su sitio el centro del cielo, ni el de la tierra. Nos calzaron con zapatos que andaban al revés y nos colocaron en caminos que jamás saldrían del laberinto. Metieron aceite en los acueductos y lágrimas en los oleoductos. Llovía de la tierra hacia las nubes y al respirar morías asfixiado. Era imposible ver el futuro más allá de la cortina de banderas y recuperar la confianza humana”.
            Los hechos llegan a falsearse de tal manera que no tenemos evidencia de la no-verdad, es decir del engaño: evidencia de la ficción de lo evidente. El creador de esas evidencias cuya falsedad no captamos es, según Vázquez Montalbán, el intelectual prostituido. La persona sometida a ideología cree ciegamente en los valores eternos que le son inculcados; tiende a “justificar la última moralidad de lo que hace por la evidencia de lo que ya está hecho”, como dice Pepe Carvalho; niega que se pueda hacer a los demás lo que a uno no le gustaría que le hicieran “salvo si lo haces en interés de la mayoría” (para lo cual es preciso inventarse mayorías inexistentes); y Vázquez Montalbán pone en boca del imaginario señor Phuta las siguientes palabras: “he creado un nuevo estilo de empresario: comercializo mercancía progresista y ayudo a transformar el mundo”, o sea: “cambiar para que nada cambie”. Si la realidad está deformada por los espejos que nos la muestran (uno de esos espejos es la televisión), la única escapatoria es “que se rompan los espejos donde os trucan la imagen” y recuperar “el habla frente al televisor”. 


            Pero Vázquez Montalbán imagina también un extraño personaje al que llama “Bacterioon”. Se trata de una sustancia bactericida pulverizada en el aire cuyo efecto más evidente es la destrucción. “Bacterioon es la sustancia del relativismo y de la duda de la propia duda”, que en el fondo no es más que el miedo al cambio resistiendo al asalto de la razón y constituido en “retaguardia de la no-verdad”; lo más curioso es que, según Vázquez Montalbán, este ente nebuloso es una sustancia “manipulada por un cerebro fanático antihistórico” que de momento “se disfraza de escepticismo, pero pronto sacará su pistola”. Todos aquellos que, desde la derecha o la izquierda, combatan las ficciones propagandísticas de la no-verdad, no son más que agentes de Bacterioon. Ya decía Platón que había que evitar que los jóvenes manejaran la dialéctica, porque la emplean en destruirlo todo mediante una crítica nefasta y raramente la usan para construir nada. Lenin también hablaba de la enfermedad infantil del comunismo, que es el izquierdismo. El problema es que Platón acierta con el diagnóstico, pero no con el tratamiento: pues el remedio contra la razón que se destruye a sí misma no es precisamente la censura, sino más razón y más dialéctica (de lo contrario no nos esperará a la vuelta de la esquina más dialéctica que la de los puños y las pistolas).
            También es verdad lo que se dice cuando concuerda con la lógica de los hechos y de las palabras. No es vedad que las especies evolucionen mejorándose si lo decimos  desde  Darwin, para el cual no existe una evolución lineal, sino ramificada; esa afirmación es incompatible con la teoría y no se pueden admitir simultáneamente las dos; una de las dos está equivocada. Tampoco se puede admitir que la España de 2017 sea un Estado fascista y decirlo desde una televisión (TV3) intervenida por el Estado (cuando una de las características del famoso fascismo es precisamente la censura informativa); o en Cataluña hay libertad de expresión o el Estado español es fascista, pero las dos cosas no se pueden sostener a la vez.
            Pintar en un mismo cuadro cosas incoherentes es como hacer un collage: juntar y pegar trozos de papel que no tienen nada en común, para crear, con mentiras fragmentarias, una verdad en el conjunto; verdad que, al no poder sostenerse sobre sus patas, es también una mentira. Lo que falta es el nexo natural de los fragmentos; lo que sobra, el nexo artificial que le ha puesto la propaganda. Estos collages se caracterizan por una ausencia de sintaxis, como cuando juntamos un caballo y un cuerno para formar un unicornio; y así, yo digo que voy a la capital sin especificar que voy a la de Castilla-La Mancha y los demás me buscarán en Madrid, no en Toledo; o Mao aplaude “a los que aplauden, mientras a su alrededor le abanican con el libro de sus propios pensamientos”; lo propio del populismo es ensalzar al pueblo al que se pisotea aplaudiéndole su ignorancia mientras el pueblo, manipulado, aplaude a quien le está engañando. Al desaparecer las conexiones reales de las cosas se ha formado una amalgama, y sobre esa amalgama crea el publicista conexiones inexistentes para vendernos el producto: transformando la lógica en amalgama, la realidad en collage y la verdad en no-verdad, nadamos en un “archipiélago de signos” donde brilla, como decía Octavio Paz, “el resplandor de lo vacío”.


            La propaganda repite lo que es tan evidente que no hace falta decirlo, convirtiendo la lógica en absurdo (Ionesco tuvo la idea del teatro del absurdo cuando descubrió, aprendiendo francés con el método Assimil, que el techo está arriba y el suelo está abajo). Otras veces repite cosas incompatibles que es evidente que son absurdas, y sin embargo las aprendemos como verdades (como cuando el gran hermano dice en 1974 que “la guerra es la paz”, o el policía le enseña a su prisionero que “2+2=5). Y otras conjugan cosas inconexas que el consumidor repetirá como si estuvieran conectadas (Manuel Vázquez Montalbán las parodia en la siguiente amalgama de consignas publicitarias y patrióticas: “la Virgen del  Pilar dice que no quiere ser francesa. Consuma productos españoles. España es la Patria mía y la patria de mi raza, mira hacia el Nuevo Mundo y al Viejo vuelve la espalda. Las vacas del pueblo ya se han escapao. Asturias patria querida. Vino, sol, Historia… ¿Quién compra?”). Parodiando esos collages Vázquez Montalbán muestra los ingredientes de su identidad catalana: “amb la sang dels castellans ens farem tinta vermella” y “tots som pops, tots som pops, la victòria ens crida a tots”; ingredientes que, como no podía ser menos, cristalizan en el “Club de fútbol Barcelona”. Y se inventa el “novellage”, un estilo de novela enteramente formado por collages con un triple objetivo: el primero, como “un nuevo género literario” para ilustrar literariamente las papelinas de fish and chips de todo el imperio británico”; el segundo, crear un “estilo subnormal” que reproduzca, en una suerte de escritura demente, el sabotaje de los signos perpetrado por la propaganda; y el tercero, que ese estilo sea una vacuna que nos cure de la idiotez inyectando la idiotez misma en dosis críticas.
            Lo que se dice es verdad cuando concuerda con lo que se hace. Para eso quien tiene poder de hablar crea una estructura que le permita dominar mediante la palabra: Vázquez Montalbán la llama “el Sistema”, y la caracteriza como una estructura de instituciones, leyes y doctrinas ordenada racionalmente por la burguesía. A la burguesía la caracteriza como una vieja dama que se niega a envejecer. Y así, el Sistema, sustancia viscosa que imprime carácter a cuanto roza, como Bacterioon, transforma el conflicto en competición; en vez de luchar a muerte con el proletariado, la burguesía juega con él, engañándolo para recuperarlo para el sistema; “allí estaba en apariencia planteado un partido de rugby, con el bolchevismo y la III Internacional”, pero en realidad se jugaba al fútbol con el capitalismo y la cultura de masas. La razón, en el Sistema, ha sido el espejo fiel de la burguesía, pero ella, que ha envejecido y, como la madrastra de Blancanieves, le niega sus vejeces al espejo, cambia de espejo. Ahora truca las respuestas y sólo quiere la mentira, multiplicando “sus afeites para la piel marchita”.
            El resultado es el Supersistema. En el Supersistema se transforma la verdad en no-verdad (la lectura de la prensa diaria nos hace cruzar la frontera de la no-verdad); la lógica se transforma en absurdo, se desconecta y produce amalgama (y, al imponer una normalidad ajena a la lógica, se refugia en una lógica subnormal; de esta manera aparece el intelectual subnormal, peón de la cultura de masas, cuya misión es conectar cosas inconexas sin la menor verosimilitud), y de este modo la noticia se transforma en mito, y el más útil de los mitos es el del final feliz, que se transmite “a través de una red de antenas, radios, periódicos, televisión, anuncios que martillean continuamente las noticias”; así, en el imaginario colectivo del mundo albertzale, cuando se lograra un cambio en el marco legal I(es decir, cuando se lograra la independencia), bruscamente y por arte de magia desaparecerán todos los males de los vascos. La edad de oro injertada en el futuro desde el pasado.
            La información manipulada se convierte en propaganda. También el lenguaje manipulado. La propaganda hace que existen las cosas nombradas, aunque no existan de verdad; y así, bastará con que se nombre una cosa para que exista, y ser será desde entonces ser nombrado: el verbo hecho carne y el dictador, que es quien maneja el lenguaje, será el sustituto de dios, pues sólo podrá existir lo que está en su voluntad.







viernes, 25 de mayo de 2018

LOHENGRIN



LOHENGRIN


Atrás dejaba los campos áridos que empezaban a despertarse. Anchas planicies de tierra parda, casi amarilla, premonición de la paja calcinada que anunciaría el verano. Como manchas desiertas, aquí, allá, islotes de árboles como pinceladas consumidas por la luz; tal los papeles de periódico olvidados en la calle, amarilleados, resecos, calcinados por la vida, sin color. Luego el coche se adentró en el jardín umbrío, allá por Peñalabra; se poblaba el campo, sobre San Juan y Peñalviento, abriéndoles a los ojos otro paisaje; unos campos húmedos, unos pinares que se extendían a ambos lados de la carretera, hasta perderse de vista; la tierra se vestía de troncos rojos y abigarrados y eran palos cruzados en el horizonte; duros hilos tejidos entre las hojas, bajo las hojas afiladas, sobre el humus blando de la tierra, húmedo y mullido, como un colchón.
Era un día diáfano pero en su mente latía la niebla. La niebla, como un ser vivo, avanzaba por los troncos y cubría el suelo, al pie de los árboles, invadiendo el espacio sobre las ramas más bajas. Era un vaho espeso que abría sus brazos, rodeando los claros de luz y abrazándolos, cerrándose sobre ellos como se cierra la serpiente sobre su presa. Poco a poco la bruma escondía los árboles. Y aquella respiración de la tierra, inspirada por el río, extendía su humedad por las altas regiones del espacio; las copas de los árboles se vieron sepultadas por su corporeidad hueca, extraña mezcla de luces y sombras, cuerpo sin cuerpo, pero espacio sin vacío; la penumbra de otoño que humedece los corazones.
Así, así era en sus oídos el preludio de Lohengrin. Era un preludio envuelto en silencio, de voces inaudibles, veladas por el aire. Sonaba en la radio de su coche mientras lo conducía, alargando el viaje, retrasando su llegada, deseando no llegar. El viaje, el viaje era la vida. Cuando llegara se caería de sus pensamientos, se olvidaría de la música, del sentir, del corazón encogido, del alma plena; y saldría a la luz inhóspita, a las paredes donde empezaría el trabajo. El destierro se extendería por las aulas hasta abrazarle el corazón, y él estaría aún ausente, atrapado en el otro mundo, cautivado por la música; encerrado en la magia de Lohengrin. El preludio era una música inaudible, hecha de silencio, que avanzaba hacia el oído llenando el sonido; un sonido pálido, lejano, sin color; un sonido se acercaba con una lentitud eterna, viajando como velado por la faz de la niebla; y al llegar a sus oídos rompía el velo, emergía a la luz como una explosión, y brillaba; después de un momento abandonó la luz y volvería a la niebla. Y fue vagar errante otra vez en el abrazo de la bruma, que lo envolvía todo, hasta perderse en el silencio.
Luego se sentó a su mesa y se puso a escribir. Fue aprovechando una hora entre dos clases, abstrayéndose del ruido, cerrando la puerta del despacho, mirando el patio. Y el árbol, como un chopo mecido por el viento, lo arrullaba; envolvía su pensamiento entre las sábanas del sentir. Y entonces, sumido en sus energías más profundas, escribió lo que había sentido aquella mañana. La niebla que trazaban en su mente, cuando iba sentado en su coche, las pinceladas de Lohengrin.



viernes, 18 de mayo de 2018



PLATÓN:
CUATRO FORMAS DE LOCURA


            Para que podamos fiarnos de la inspiración es preciso criticar los pensamientos inspirados. Platón distingue dos procesos independientes y complementarios:
            (1) La inspiración. “Es un don que nos alcanza en tres ocasiones bien definidas: durante el sueño, o en una enfermedad, o debido al entusiasmo; en todas ellas se detiene el poder de la inteligencia. “No es trabajo propio del que está poseído por un frenesí (…) juzgar lo que se apareció (…), sino que (…) conviene (…) al sensato hacer y conocer sus propias cosas y a sí mismo” (T.116).
            (2) La crítica. “Es propio del sensato tratar de entender lo dicho en sueños o en vigilia por (…) el entusiasmo en el momento que se recuerda, y distinguir con la razón todas las visiones (…), si significan algo” (T.116).
            Esto se parece mucho a la técnica conocida como lluvia o tormenta de ideas, que se desarrolla a lo largo de dos fases separadas y consecutivas: la creación y la crítica; durante la creación se dice todo lo que se nos ocurre, por muy absurdo que parezca, para evitar que la autocensura yugule la creatividad; y durante la fase crítica se divide lo que se ha creado, poniendo a un lado las ideas válidas, acertadas, y a otro las inútiles y absurdas.


1. Adivinación.

            La inspiración profética se somete a las dos fases que hemos descrito al hablar de la inspiración a secas; pero, en lugar de dos momentos protagonizados por una misma persona, dan lugar a dos personas con oficios diferentes: el adivino, que sufre un rapto de inspiración, poseído por un frenesí incontenible e incontrolable; y el intérprete, que, en su calidad de juez de los adivinos inspirados, descubre el sentido “de las palabras dichas mediante enigmas y visiones” (T.116). En el oráculo de Delfos, es la diferencia que hay entre la sibila y el sacerdote.
            Insiste Platón en que la inspiración profética es otra forma de locura (“manía”, en griego): por eso la llamaron “mánica”, aunque alguien introdujo una “t” para convertirla en “mántica” (F’.210). Es, más que investigación del futuro (propia de quienes están en posesión de sus facultades mentales), la predicción del futuro (fruto de un rapto de investigación); y en la primera sugiere Platón que hay dos especies: la de quienes ven el futuro en las aves y otros indicios y señales (augurios), y la de quienes lo ven en la reflexión (predicciones científicas): a ambas se les ha dado, por oposición a mántica, el nombre de oionística (F’.211).
            Por eso el alma, además de ser “lo que se nueve a sí mismo” (F’.214), es también “algo con cierta capacidad de adivinación”; Platón aduce como ejemplo el demonio de Sócrates: “me vino”, dice, “esa señal divina que (…) siempre me detiene cuando estoy a punto de hacer algo (…) y me pareció oír de ella una voz que me prohibía marcharme” (F’.206). Es lo que podríamos llamar corazonada, presentimiento y, en cierto modo, intuición. Junto a la inteligencia puede alcanzar el doble ideal de Platón:
a)      Ser sabio en mi interior”.
b)      Y que lo que me rodea “sea amigo de lo que hay dentro de mi” (F’.274). Una particular versión del yo y la circunstancia de Ortega.


2. Mística.

            La inspiración hace que algunas personas estén sometidas a una fuerza misteriosa que escapa a su voluntad. “Los que están afectados por el frenesí de los coribantes bailan sin estar en su sano juicio” (I.36), dice Platón. Los coribantes, esos sacerdotes de la diosa Cibeles, “danzaban (…) y entraban en un trance místico (…) en el que creían oír la voz de la diosa”. Hay dos cosas que se excluyen:
a)      El furor báquico.
b)      El sano juicio.
Dominadas y poseídas por el furor báquico, las bacantes pierden el juicio. Para llegar a él utilizan la armonía y el ritmo, que es la parte racional, o controlada, del método; al revés que la adivinación (donde la crítica racional viene después del frenesí), aquí la técnica racional de la danza lo precede como instrumento idóneo para provocarlo.             
                                                                

3. Poética.

            Igual que “los que están afectados por el frenesí de los coribantes bailan sin estar en su sano juicio”, así también “los poetas líricos componen esos bellos cantos cuando no están en su sano juicio, es decir, cuando se adentran en la armonía y el ritmo, y están dominados y poseídos por el furor báquico, igual que las bacantes” (I.36). Por eso “los poetas buenos (…) cantan los grandes poemas (…) no gracias a una técnica, sino porque están inspirados y sometidos”; sometidos a una fuerza divina que se mete en ellos y los posee desde dentro. “No son ellos (…) quienes dicen cosas excelentes, sino que es la divinidad misma quien habla (…) a través de ellos” (I.36); y para eso necesita quitarles, durante un momento, la inteligencia.
            Las musas son las diosas que inspiran el delirio báquico en el poeta (Platón habla aquí de la tragedia, pero lo que dice vale también para la poesía lírica). Cada poeta está unido con su musa: a esto lo llamamos estar poseído, estar dominado (I.39). Terpsícore es la musa de la danza y Erato la del amor; pero Calíope, que es la de mayor edad, y Urania, que la sigue, se ocupan del cielo, y en particular de la filosofía y la música (F’.237).
            Y si los poetas, “poseídos cada uno por una divinidad que los gobierna”, son los “intérpretes de los dioses”, los rapsodas, que interpretan a los poetas, son “intérpretes de los intérpretes”; por eso pregunta Platón: “cuando recitas bien los poemas épicos (…) ¿estás (…) en tu juicio o te encuentras fuera de ti y tu alma, entusiasmada, cree que está en los asuntos que canta, en Ítaca, en Troya (…)?” (I.38). La poesía, en efecto, no consiste en decir, sino en mostrar lo que dice, y mostrarlo a través de la palabra. Por eso señala Platón que la expresión mediante imágenes creadas por palabras es, junto a la expresión sentenciosa y la expresión reiterativa, uno de los “modos de expresión” de las Musas (F’.252).
            Y lo mismo que hay una fuerza oculta en la piedra que Eurípides llamó “magnética”, así también hay una fuerza divina en nosotros; y lo mismo que esa fuerza magnética “no sólo une (…) las propias cadenas de hierro”, sino que se introduce en ellas “de tal modo que puedan (…) unir otras cadenas (…) así también la propia Musa hace inspirados, y por (…) ellos forma una gran fila con otros que están inspirados” (I.36).
            Podríamos decir, siguiendo el hilo de Platón, que la creación poética tiene un momento inspirado seguido de un momento crítico; y a veces precede a la inspiración un momento técnico cuando el poeta busca en la armonía, y en el ritmo, el trampolín para saltar hacia la inspiración; sólo que cuando ese salto no se da, el poeta no pasa de poetastro y la rima se queda en ripio. En algún momento lo vislumbra Platón: “aquel que sin la locura de las Musas llegue a las puertas de la poesía (…) será [un poeta] imperfecto, y su creación poética, la de un hombre cuerdo”, dice Platón, “quedará oscurecida por la de los enloquecidos” (F’.212). Este “estado de posesión y de locura” procede “de las Musas que, al apoderarse de un alma (…) la llenan de un báquico transporte” (F’.212). En el Ión 534b, 536c, en el Menón 98b y en la Apología 22b-c Platón deja muy claro que la nota distintiva del verdadero poeta (es) el estar fuera de sí, es decir “el no estar en dominio de su mente, el estar poseído.


4. Amor.

            Es otra forma de locura. “Se produce cuando alguien, contemplando la belleza de este mundo, y acordándose de la verdadera, adquiere alas y (…) anhela remontar el vuelo” (F’.220). En ella las almas “quedan fuera de sí, y ya no son dueñas de sí mismas (…) Pues en las réplicas terrenales tanto de la justicia como de la templanza (…) no hay ningún resplandor” (F’.221).










viernes, 11 de mayo de 2018

PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN: EL CUERPO



PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN:  
EL CUERPO
  


1.

            No se cura el enfermo por la fe, pero la fe es el primer paso para curarse.


2.

            Piensa mejor quien mueve mejor el cuerpo.
            Vive la libertad quien vive en un cuerpo libre.
            Siente alegría quien vida en el cuerpo siente.
            Si sientes la espalda cargada, es que el mundo es una carga.
El banderillero.


            Gritas con fuerza si crees en ti mismo.
            Cuando estás hundido, el cuerpo es una vocecilla.
            Una voz sin voz que se pierde en el aire como un lamento.
            Como una queja que se avergüenza de sí misma.
            Gritar, cuando no es dominio de prepotencia, es dominar el mundo que te domina, borrando el instinto.

            Pensar, sentir, volcar pasiones de vida.
            Domar el sentir los pensamientos de muerte.
            Furor de vida. Rugir de viento.
            Bramar al mundo con la pasión del cuerpo.
            Respeto bramando en los furores vivos. 

            El alma guía al cuerpo. Y el cuerpo es camino del alma.
            Todo camino es guía.
            Y al andar se hace camino.
            Caminandar.


3.

            Pensar desde el cuerpo. Que no es pensar con el pie, la mano o la barriga, sino con la cabeza. Pero la cabeza siente cuando está pensando, y siente con el pie, con la mano, con la barriga; se siente con el cuerpo. La cabeza siente cuando está pensando. Y sus pensamientos son dulces o grises dependiendo en parte de cómo se siente. Una idea feliz no puede surgir en un cuerpo triste.


4.

            La alegría y la tristeza están en la cabeza, pero nacen del cuerpo. La cabeza, como las hojas, hace azúcar en el sol y endulza el cuerpo. Pero el cuerpo le lleva, como la planta, agua y sales para hacer azúcar. Una piedra no puede estar alegre porque no tiene cabeza, pero una cabeza tampoco puede si no tiene cuerpo. Preguntad a los tetrapléjicos: su alegría no es más que esperanza de recobrarlo: para pensar, para sentir, para tener la vida. Los pensamientos vivos no son pensamiento sin cuerpo.


5.
           
            El cuerpo es cuerpo en la anatomía; alma en la fisiología. El alma es principio de movimiento. El cuerpo que se mueve no es desalmado.


6.
           
            No puedes pensar cuando tienes hambre. Tus ideas se mueren si tienen sed, tu pensamiento enferma si no estás satisfecho. Hambre, sed, ocio, sexo. Tus ideas son negras cuando no te mueves, tendido en un sofá, agarrado a la tele o la cerveza. La vida es movimiento. Y aunque muchas veces cueste, es preciso el sacrificio para sentirse vivo. Cuesta más hacer abdominales que entregarse a la pereza.
  


7.
           
            El dinamismo es el alma del cuerpo. El cerebro es cuerpo. El alma es el movimiento del cerebro. Y el cerebro que no se mueve está muerto: tal un alma sin ideas, un sentimiento desalmado, una voluntad parada y triste. El alma es el movimiento de cada parte del cuerpo. Y las ideas, sentidas como abstractas, son el alma del cerebro. Y el obrar. El sentimiento.


8.

            Cuerpo no es sólo la mano que se mueve, sino también la cabeza que le manda moverse.


9.

            ¿Qué es, entonces, el cuerpo? Sustancia en la que crece el alma. La sede del pensamiento.


10.

            El pensamiento vive en la cabeza, que lo crea; pero también en el resto del cuerpo, que lo alimenta. Una casa no se hace sólo con arquitectos, también con albañiles; y con ladrillos; y con cemento. El cuerpo es la sustancia del pensamiento, la masa del pastel, los ladrillos del sentimiento. La voluntad, luego, son las ideas que se imponen al cuerpo. Si las ideas vienen de él, la voluntad es sana; si nacen contra él, es una voluntad enferma. La salud del alma se encuentra, al final, con lo que ella misma ha puesto. Puro kantismo de la vida.


11.

            La razón es lo que da forma a las cosas. El instinto es lo que les da fuerza. Y vida es la fuerza de las formas.


12.

            Lo que hay no es un concurso de razones, sino una relación de ideas; un pulso donde no gana el mejor, sino el más fuerte. El más fuerte es el mejor en cuestiones de músculo, pero el músculo no es lo que más vale; el ímpetu, la fuerza, el músculo, valen sólo cuando los lleva el corazón; y el corazón, que siente, si es músculo es fuerza sensible; pero si no lo es es sentimiento sin fuerza; y el músculo sin corazón es tan sólo fuerza bruta; sin alma; sin vibración en el cuerpo; es cuerpo muerto sin fuerza, sin pulso; es pura inercia; fuerza inerte, cosa que pesa, sin poder moverse, porque le pesa el culo. Sólo es fuerte la fuerza que siente. La energía, no el peso. La vis viva. No es Descartes: es Leibniz.


13.

                                                                        Eso no es fuerza.
                                                               Es peso.
                                                               No es alma corpórea.
                                                               Es cuerpo sin alma.
                                                               No es cuerpo.


14.

                              Al peso la fuerza le viene de fuera:
de la gravedad.
De la atracción de otro cuerpo.
El bulto inerte atraído por una fuerza.
Ese bulto no es fuerza: es peso.
Bulto que no se mueve, porque pesa.