Mostrando entradas con la etiqueta justicia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta justicia. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de mayo de 2021

DE LA JUSTICIA

 

LA VENTANA DE CRISTAL

 


10. De la justicia.     

 

            Tener 37 grados de fiebre es mejor que 38, pero no es bueno del todo aunque no sea tan malo. Lo ideal es que un niño nazca a los nueve meses y si nace una semana antes no pasa nada, pero si nace antes de dos meses sí que pasa. Y la persona justa se acerca a la justicia aunque no tanto como para tocarla, porque somos justos si nos acercamos a los límites de las cosas aunque no lleguemos; que entonces el justo se vuelve perfecto y todo lo perfecto es malo.

 

            El color rosa claro es tan rosa como el oscuro pero hay rosas oscuros que más parecen rojos que rosas. El globo más inflado es el que ocupa más espacio antes de explotar, pero nunca sabremos hasta dónde podemos inflarlo sin que explote. El sufrimiento del atleta consiste en sacar de sí todo lo que pueda, pero ninguna receta nos dice hasta dónde tenemos que sufrir antes de que nos dé un infarto. Nunca sabemos cuál es la medida justa de las cosas; sólo nos acercamos a ella sin poder tocarla.

 

            Hay límites que no nos matan al cruzarlos, pero nos cambian: entonces marcan la diferencia entre ser un árbol o un bonsái. Otros límites nos separan de la muerte y entre Circe, que nos destruye, y las sirenas, que nos matan, hay una zona de peligro y es bueno no tentarla. Aunque, como decía Descartes, siempre es mejor ser moderado que vivir en los excesos; la medida de la moderación oscila entre un mínimo y un máximo y no tiene un punto medio exacto: lo que es moderado para mí puede ser excesivo para otros, y no hay una varita mágica que nos diga cuál es la línea de la meta para no pararnos ni antes ni después, sino en la meta justa: después viene el descanso.

            Ser justo es acercarse a la justa medida de las cosas; pero nunca sabemos cuál es la medida más justa de todas.

 


 

 

viernes, 30 de abril de 2021

LA CORRECCIÓN DEL EXAMEN

 

 

LA CORRECCIÓN DEL EXAMEN

 


            El mes pasado comentábamos el caso de Elena: Elena era una alumna brillante que no hizo bien el examen; decíamos que había que saber encajar las derrotas, eso también forma parte del triunfo. Ahora vamos a corregir el examen que hizo, pero primero recordaremos los aforismos que nos guiaban entre la justicia y la bondad.

 

PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN

(AFORISMOS)

 

SOBRE LA JUSTICIA

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito, poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE LA TERNURA

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar, pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo.

 


LA CORRECCIÓN DEL EXAMEN      

 

Juan se puso de acuerdo para hablar con Elena. Quedaron en verse al día siguiente, a la hora del recreo. El timbre acababa de sonar y habían salido todos los compañeros para ir a la calle; otros se quedaban en el patio, como un rosario, o dispersos en grupos como los racimos; habían ido pintando los pasillos y la clase se había quedado vacía en tan sólo unos minutos. Elena esperaba. Pero no tuvo que esperar mucho porque Juan vino en seguida.

          Juntaron dos mesas y se sentaron, uno a cada lado. Juan sacó el ejercicio: eran unas hojas garabateadas con tinta azul, de letra nerviosa y precipitada, redonda, inclinada hacia la izquierda, los rasgos a ratos superpuestos y apretados, fundidos unos con otros como las fotos que, al impresionarse juntas sobre el papel, hacen una cara fantasmagórica de varias caras; y a ratos separados, sin trazos de unión, como si las letras quisieran alejarse de las palabras. En aquellas líneas desparejas, fruto de la precipitación en su lucha contra el tiempo (siempre insuficiente para lo que se quiere escribir), Elena cifraba su examen.

            Era el comentario de un texto; del libro III de la Política de Aristóteles; trataba de definir en qué consiste la ciudad; la ciudad de los griegos, naturalmente: la ciudad-Estado. Juan lo leyó en voz alta. Elena, al oírlo, lo recordó de nuevo. Hablaba de que con un territorio no se construye una ciudad; ni con familias, ni con un número grande de habitantes, ni con un ejército, ni con el comercio; una ciudad necesita todo eso, pero desde luego hace falta que haya más.

            -Mira –dijo Juan; y levantó la vista del papel para mirarla, resuelto a convencerla-. La primera pregunta te pide que identifiques el problema; que digas de qué habla. ¿Habla de ciudades, de números, de plantas, de los astros? ¿De que habla? Mira, Elena, lee lo que has puesto.

            Elena leyó en voz alta la respuesta que había puesto en el papel.

            -“El problema que trata Aristóteles es la necesidad que tienen los seres humanos de vivir en sociedad; si viviéramos aislados, no nos humanizaríamos”.

            -¿Y es de eso de lo que habla?

            Elena se quedó callada, y su mirada era una pregunta más que una respuesta.

            -No –dijo Juan-. Desde luego, habla de la ciudad, de eso no hay duda; es demasiado evidente. ¿Pero qué dice acerca de la ciudad? No dice que sea necesaria para humanizarnos; lo que dice es que para que haya ciudad son necesarios varios requisitos; se trata de definir en qué consiste la ciudad.

            Elena suspiró preocupada y satisfecha; satisfecha porque lo que le decía Juan encajaba con el texto; preocupada porque eso no encajaba con lo que ella había escrito; y suponía una merma importante para su nota.

            -Contestar bien a eso te daba medio puto. Tú has dicho de lo que hablaba, pero no has acertado en lo que decía. Tienes, por lo tanto, 0’15 puntos; lo que te puse ayer cuando lo corregí.

            Elena asentía mudamente, sin mover la cabeza, como con temor

            -Mira ahora la siguiente pregunta: “sitúalo en su contexto”.

            Juan señalaba en el papel.

            -Tú has hablado de la vida de Aristóteles; has dicho que nació en Estágira, que vivió en el siglo –IV, que estudió en la academia de Platón, en Atenas; que Atenas fue arrasada por el rey Filipo, y que Filipo consiguió que Aristóteles le diera clase a su hijo, el futuro rey Alejandro Magno.

            Juan levantó la vista y apartó el dedo de las líneas donde Elena había respondido.

            -Pero eso no tiene nada que ver con el texto, Elena; lo que te pedía era que razonaras sobre la influencia que tuvo en el texto la época que le tocó vivir. Podrías haber puesto, por ejemplo, que Atenas, y toda Grecia, corrían peligro de desaparecer tras la invasión macedonia; y que era inconcebible para un griego vivir fuera de su ciudad, porque estaría tan desprotegido como… como un caracol sin su concha; o como una abeja fuera de su colmena; fíjate si la ciudad sería importante que Sócrates prefirió morir antes que vivir en el destierro. Los griegos se sentía unidos a su cuidad por unos lazos entrañables. 



            Juan suspiró, cogiendo aire antes de proseguir.

            -En ese contexto, pues, Aristóteles se empeñaba en salvar la ciudad, la polis; sin ella ya nadie tendría patria; de ser ciudadanos de su patria pasarían a ser ciudadanos del mundo: cosmopolitas; y el cosmopolitismo no era entonces que el mundo entero fuera su casa, sino que ya no hubiera casa en el mundo; el mundo era tan amplio que un griego se sintiría verdaderamente perdido. Como en una selva. Preocupado, Aristóteles se empeñaba a toda costa en salvar la ciudad; de ahí que escribiera textos como éste.

            Elena levantó el cuello, abriendo un poco la boca en señal de sorpresa: por lo que en ese instante estaba descubriendo.

            -La pregunta valía 0’5 puntos; yo te he puesto 0’1, pero igual me he pasado un poco; quizá he sido demasiado severo; puestos a buscar las relaciones del texto con el contexto, no he valorado suficientemente que también son interesantes los datos biográficos; lo dejaremos, entonces, en 0’25 puntos.

            Juan miró la hoja en el punto donde se enunciaba la tercera pregunta. Decía: “exponer la tesis o las tesis defendidas aquí por el autor (en el caso de que hubiera más de una)”.

            -Mira lo que has contestado -Juan empezó a leer-: “para explicar que el ser humano es un animal racional, político y social, se apoya en diversos ejemplos”. No, ésa no es la tesis que desarrolla el autor en este texto; la desarrolla, sí, pero en otros textos. Lee este fragmento de Aristóteles; léelo detenidamente.

            Elena volvió a leer aquel fragmento en voz alta. Decía así:

 

            Pues, aunque alguien pudiera reunir los territorios en uno solo, de forma que la ciudad de Megara y la de Corinto se juntaran con sus murallas, a pesar de ello no hay una única ciudad. Ni tampoco si contrajeran matrimonios unos con otros, por más que ésta sea una de las sociedades características para las ciudades. Igualmente tampoco, si algunos vivieran por separado, aunque no tan lejos que no pudieran comunicarse, y tuvieran leyes para no perjudicarse en sus intercambios, como por ejemplo, si uno fuera carpintero, otro campesino, otro zapatero y otro algún oficio similar, y fueran unos diez mil en número, pero no se comunicaran para nada más que asuntos como el comercio y la alianza militar, tampoco en ese caso hay una ciudad[1].

 

            -¿Y bien, mi querida neófita? ¿Hay una sola línea donde diga Aristóteles que el ser humano sea un animal racional?

            Elea tuvo que rendirse a la evidencia.

            -No.

            -Pero mira lo que dices después, sigamos tu respuesta: “luego habla de la sociedad que humaniza a los seres; si no viviéramos en sociedad no podríamos practicar el lenguaje, y por el lenguaje nos hacemos racionales, por lo que el ser humano también es un animal social”.

            -Un animal político.

            -Un animal político. –Juan carraspeó-. Desde luego, el texto no habla de eso. Ni de esto –Juan siguió leyendo la respuesta que había dado Elena-: “esto deriva en su política, donde son necesarias unas leyes; así, Aristóteles defiende la república como la mejor forma de gobierno”. Aquí no se habla de república; léelo todas las veces que quieras y no lo encontrarás. 



            El silencio de Elena se parecía al del reo momentos antes de oír la sentencia.

            -Pero hay algo más –prosiguió Juan dejándose ganar por la vehemencia-. Lee, lee aquí; mira lo que dice. –Cambiando el tono de voz, como lo cambia el narrador cuando se pone a hacer de personaje-. “Con ello, nos diferenciamos de los animales en que ellos se dejan llevar por la parte apetitiva del alma, mientras que nosotros buscamos la felicidad mediante la razón. Pero es necesario un término medio que nos aleje de los vicios: y es la justicia; es el término medio de la prudencia, la templanza…” Mira –insistió Juan- mira lo que hay ahí.

            Juan señaló sus propias anotaciones al margen con tinta roja. Elena las leyó con voz trémula:

            -“¡Qué manía con decir que el texto dice cosas que no dice! Como el Pisuerga pasa por Valladolid, hablemos del Pisuerga”.

            Tuvo que rendirse a la evidencia.

            -Lo que dice Aristóteles es esto: primero, que la ciudad requiere una unidad de territorio (pero eso sólo no basta); segundo, que también requiere de la existencia de familias (pero sigue siendo insuficiente); tercero, que la ciudad requiere un número mínimo de habitantes (pero hace falta algo más: las ciudad es más que una suma de aldeas); y cuarto, que para que haya ciudad hace falta que haya comercio y ejército, pero no sólo. Si hay ciudad habrá territorio, familias, multitud, comercio y ejército, pero sólo con estas cinco cosas no construimos una ciudad. ¿Qué otra cosa más hace falta?

            Elena buscaba calladamente la respuesta, dubitativa.

            -No busques –dijo Juan-, el texto no lo dice. El texto enuncia las cinco condiciones necesarias, pero no dice nada de la razón suficiente.

            Calló. Calló y miró a Elena, transmitiendo en su mirada el peso de la convicción. Prosiguió concluyendo.

            -Esta pregunta valía un punto. Yo te he puesto 0’25, y después de volverlo a corregir no veo motivos para cambiar esa nota. ¿Los ves tú?

            El “no” de Elena fue una respuesta insegura, maquinal; lo dijo por decir algo, ya que su profesor la instaba a que contestara; pero Elena estaba abrumada porque, después de lo que oía, ella seguramente se bajaría la nota.

            -Y llegamos –enlazó Juan- a la siguiente pregunta. Se trata de “examinar la consistencia de los argumentos”.

            Juan volvió a leer la respuesta de Elena.

            -“En conclusión, con todos estos argumentos el autor nos hace referencia al animal social, racional y político que es el ser humano”. Error. –Juan bajó la mano, posando la hoja sobre la mesa. Miró a Elena y le dio sus respuestas-. Te empeñas en contar lo que has estudiado, aunque no tenga que ver con el texto. Esto es un comentario: no una pregunta del temario. Acabamos de ver cinco condiciones necesarias, pero el texto no aclara cuál es la condición suficiente; sin embargo deja claro que esa condición existe; por ejemplo en la última línea. Hemos de concluir, por tanto, que el texto es coherente, porque ninguna frase contradice a otra en sus afirmaciones. 



            Juan hizo una pausa didáctica.

            -Medio punto. Aquí te he puesto un cero. Bueno –dijo como corrigiéndose esta vez-, quizá haya sido demasiado severo. Tú haces explícita esa famosa condición suficiente de Aristóteles omite aquí: “la ciudad”, dices, “tiene por misión lograr la felicidad humana”, y decir felicidad es decir perfección: “virtud”, como te encargas de destacar; de modo que quizá te podría poner en esta pregunta un 0’15; sobre el medio punto que vale la pregunta.

Juan volvió a coger la hoja para seguir leyendo.

-Ahora vienen las definiciones. Tenías que definir cinco palabras, y cada una valía medio punto.

Carraspeó un poco.

-Vamos con la primera.

Elena estaba en vilo, sin saber a qué atenerse. Y a pesar de que Juan se lo razonaba todo, su cuerpo no se había desprendido del miedo. Gustaba de aprender cosas nuevas, pero temía que esas cosas le reservaran un suspenso.

-“Matrimonio”. Tú has puesto que se trata de la familia, y es cierto; pero has añadido que la familia es “una de las clases sociales en que se divide la ciudad”, y eso no lo es. –Se paró, mirándola en tono de reproche-. Es una burrada: la familia no es una clase social. –Después, volviendo a las líneas garabateadas, prosiguió-: “el matrimonio es la unidad básica de la sociedad, producida por el enlace de un hombre y una mujer”. Es obvio. Para decir esto no hace falta estudiar filosofía. Pero lo más importante es lo que no has puesto: “para satisfacer las necesidades cotidianas”.

Juan calló. Su silencio no era para buscar ninguna palabra, sino para resaltar su sentencia.

-¡Cero! Bien es verdad que has dado media respuesta, aunque la mitad de la media sea una verdad de Perogrullo. –Se lo pensó empujando con un sonido continuo su pensamiento, como si el pensamiento fuera una melodía y el sonido de la garganta fuera una nota de pedal-. Creo que te podría dar 0’15 puntos; menos quizá sería injusto, y más seguramente también.

 Elena respiró aliviada. Inmediatamente Juan pasó a la segunda definición.

-“Aldea”. Vuelves a decir que Aristóteles divide la sociedad en distintas clases, como la familia y la comunidad; te recuerdo que ni la familia ni la comunidad son clases sociales. –Luego comentó con benevolencia-: creo que utilizas la palabra “clase” como sinónimo de “tipo”, resultado de una clasificación, no para referirte a una clase social. Pero debes manejar bien el vocabulario, que aquí es un vocabulario especializado, pues una cosa es lo que dices y otra lo que quieres decir.

Descansó para respirar.

-No obstante dices, luego, que la aldea es un conjunto de familias para satisfacer las necesidades no cotidianas. –Silencio-. Un cuarto de punto. Creo que es lo que merece tu respuesta.

Pasó a la siguiente palabra:

-“Ciudad”. Has puesto que “es el conjunto de aldeas dentro de una sociedad”. No. Se pueden juntar veinte mil aldeas y reunir en un mismo territorio a dos millones de personas, que eso no formaría una ciudad. Hace falta más. Tú dices después: “se trata de buscar el bienestar general de la polis”. No: no se trata de bienestar, sino de felicidad; y no es la ciudad la que debe ser feliz, sino los hombres que la componen. Te he puesto aquí un 0’15, pero creo que tus medios aciertos merecían algo más: dejémoslo en un 0’25.

Siguiente palabra.

-“Dialéctica”. Lee tú misma tu definición.

Elena giró el papel y empezó a leer.

-“Es el camino a través del cual accedemos del conocimiento sensible al universal. En esto influyen las matemáticas. Así, desde lo particular, de idea en idea, de hipótesis en hipótesis, obtenemos un conocimiento más general…”

-Lee lo que te he puesto en rojo.

Elena lo leyó.

-“Esto es en Platón”.

-Exacto. Esa definición de dialéctica corresponde a Platón. Para Aristóteles es un silogismo que parte de premisas probables.

-¡Ah…!

-Venga, lee lo que has puesto en la última palabra.

-“Silogismo científico: son tres proposiciones, la última de las cuales es demostrada a partir de las dos anteriores”.

-Lee en voz alta mi comentario.

-“Eso es un silogismo, no un silogismo científico”.

-Exacto. Un silogismo puede ser dialéctico si parte de premisas probables; y científico si sus premisas son verdaderas, evidentes y más conocidas que la conclusión.

Elena guardó silencio. El gusto que tenía por aprender se le aguaba con el disgusto de estar suspendiendo.

-Te he puesto un 0’1, y no creo que deba ponerte más. En la definición de la dialéctica te puse un 0’25 y te lo mantengo; he valorado el hecho de que conocieras la dialéctica de Platón, pero debo penalizar el que no conocieras la de Aristóteles.

Elena asintió, conforme; le parecía justo.

-Ahora –prosiguió su profesor –vamos a la siguiente pregunta. Es la pregunta de temario. Dice así: “explica” -Juan remachaba los acentos enfáticos con un golpe de la mano en el aire, la yema del pulgar posada sobre la yema del dedo índice-; “explica”, digo, “cómo desarrolla Platón su teoría política a partir de sus ideas filosóficas”.

Hubo un silencio mientras Juan la miraba, inquisitivo. Estaba desconcertada, porque no tenía ni idea de cómo reaccionaría él; si elogiando, censurando o comprendiendo. El hielo se rompió pronto.

-Mira. Tú respondes haciendo una lista de formas de gobierno según Platón. Hablas de la monarquía, de .la tiranía, de la aristocracia, de la timocracia y de la oligarquía; pero las explicas desordenadamente, sin mostrar cómo derivan naturalmente unas de otras; y además de no mostrar esta curiosa genealogía, defines equivocadamente la monarquía como el gobierno de un sabio. –Juan se paró, mirándola en silencio, poniendo una muda pregunta en la mirada-. Seguramente pensabas en el rey filósofo. Pero ¿aboga Platón por un filósofo-rey, o por varios? ¿Su gobierno ideal es una monarquía o una aristocracia? ¿Lo constituye un sabio o un consejo de sabios?

Elena tenía la mirada clavada en la hoja, cabizbaja. A veces fijamos la vista en un punto abstrayéndonos de todo lo demás, sin que haya concentración; o más bien sin concentración de la conciencia, sólo de la mirada; la mirada se funde en un punto y todo lo demás se vuelve borroso; el espacio se va llenando de oscuridad, como un fundido en negro, primero en el campo visual, luego en el mismo punto, hasta que el punto también se eleva en la región isotrópica donde el vacío se confunde en una turbulencia viva, dinámica, como un magma que flota ante nosotros, como un plasma; y nosotros mismos nos sentimos flotar, al final del todo, como si nuestro propio cuerpo se hubiera fundido en medio de ese plasma. Eso ocurre cuando nuestra concentración no viene del pensar, sino del sentir. Nos sentimos una nada disuelta en el mundo, que gira sobre nosotros como si nosotros estuviéramos inmóviles, con una inmovilidad inerte, contemplativa, como si, meros puntos ingrávidos e insignificantes, nos sintiéramos envueltos sin remisión por las nubes del destino; y uno se entrega, se abandona, se siente objeto de la fatalidad, padeciéndola sin poder reaccionar, tal la succión de un remolino poderoso, impotentes ante ella. Así presentan en el cine el abandono de los personajes ante lo inevitable, con la cámara girando sobre ellos y el paisaje dando vueltas sobre su inmovilidad; como el giro copernicano en el que Kant, dejando el mundo girar sobre nosotros, dejase de estar quieto sobre el observador que giraba. Elena se sentía así juguete del destino, impotente ante la nota que, inexorablemente, Juan, juguete también de la razón, le acabaría poniendo: un suspenso. 



-Mira, Elena –prosiguió tras verla sumida en el silencio, pero sin observar sus ojos nublados-. La pregunta no giraba en torno a la política de Platón, sino en torno a la forma como la política de Platón emerge, con toda naturalidad, de su filosofía; con la misma naturalidad con que el submarino emerge, cuando suelta agua, de los fondos marinos.

Juan cogió el lápiz y echó mano a un folio blanco para escribir la palabra “filosofía”; después hizo una flecha y la conectó con la palabra “política”.

-Mira. Lo que a nosotros nos interesa de su filosofía empieza en la caverna. Los prisioneros no ven la realidad, sólo imágenes deformadas de ella. Uno consigue escaparse y ve la realidad en toda su belleza. El prisionero liberado tiene dos opciones: seguir buscando belleza para disfrutar con su contemplación (y será filósofo), o volver a la caverna para contarles a los prisioneros lo que ha visto (y entonces será político). La política es una paideia: educación pura. En esa dimensión pedagógica de la política hay que tener en cuenta dos cosas: primero, que no basta con que el maestro enseñe para que el discípulo aprenda; hay que adaptarse a su ritmo, como le pasaba al prisionero que, al contemplar la luz por primera vez, no podía ver las cosas aunque las tuviera delante. Porque lo cegaba la luz. El maestro no debe enfadarse porque el alumno no comprenda lo que él explica; tiene que darle su tiempo para que los ojos de la mente estén preparados para comprender: y eso es pedagogía; la mayéutica; aquí, en Platón, se superpone el Sócrates del Menon –uno de sus diálogos de juventud-, guiando con sus preguntas al esclavo hasta que el esclavo acaba comprendiendo las cosas por sí mismo.

Juan hizo una pausa didáctica.

-Y aquí –prosiguió- podemos hablar de la educación tal como la entendía Sócrates (con Platón) y tal como la entendían los sofistas. Para los sofistas educar era meter cosas en la cabeza del discípulo; para Platón era sacarlas, hacer que el discípulo las descubriera, a la manera socrática, por sí mismo. Pues bien, si volvemos a la caverna, los prisioneros, rechazando lo que les dice su compañero, lo matan: ése es el destino del verdadero político; que el pueblo, acostumbrado a oír de sus políticos continuos cantos de sirena, se nieguen a admitir la verdad cuando la verdad es desagradable. Así le pasó a Sócrates; y al propio Platón, en sus continuos viajes a Siracusa.

Carraspeó.

-Así, pues, el político no se confunde con el demagogo. El demagogo utiliza al pueblo por interés; el político conduce al pueblo hacia la sabiduría: y aquí viene el símil de la línea; no voy a detenerme en ello, pero desde las sombras de la caverna hay una progresión en las formas de conocer hasta el verdadero conocimiento de las cosas, de lo que subyace tras la apariencia. Unos se quedarán en el nivel más bajo; es la mayoría del pueblo, que vive de la economía. Unos cuantos alcanzarán a conocer las cosas mejor, y serán soldados y policías. Pero sólo unos pocos alcanzarán en su pureza la visión de la verdad: serán los gobernantes; los reyes filósofos.

Juan se detuvo para respirar. 



-En la república de Platón estos cargos no son hereditarios. Dependen sólo del mérito. Un hijo de la clase trabajadora puede llegar a político filósofo, como un filósofo puede tener hijos que no merezcan el poder y vivan en el mundo de la economía. Acuérdate del mito de los hombres de oro, de plata y de bronce. Aquí puedes poner todo lo que sabes de la política: la igualdad entre hombres y mujeres; la supresión de la familia; el infanticidio; la expulsión de pintores y poetas; la propiedad privada reservada a la clase que se ocupa de economía. Puedes explicar, claro está, cómo las clases sociales dependen de las tres almas, y cómo cada alma tiene su virtud. Y cómo la justicia es el equilibrio, el hecho de que cada cosa esté en su sitio: cómo, por ejemplo, están prohibidos los golpes de Estado, porque la misión del ejército no es gobernar, sino servir al poder político. Y para evitarlo Platón prohíbe a guardianes y gobernantes tener riquezas ni posesiones; ellos viven a cargo del Estado, porque las riquezas nos corrompen, y hay que evitar que los políticos se corrompan.

Juan miró a Elena, como si la conminase a rendirse, como se rendía él, a las conclusiones inexorables de la razón; no era él quien la estaba suspendiendo, era la lógica de las cosas; la propia lógica defectuosa de lo que Elena había escrito.

-A partir de allí –concluyó- puedes hablar de las formas de gobierno, y de cómo se derivan unas de otras, como en una metamorfosis, siguiendo una genealogía política. Pero –volvió a remachar mirándola como un juez justo, pero no severo- lo que no puedes hacer es lo que has hecho: limitarte a hablar de las formas de gobierno sin explicar cómo surgen todas del mito de la caverna, que es la fuente de su filosofía; y sin desarrollar mínimamente la idea de las clases sociales, que procede de su teoría del alma.

Elena volvió en si. No tenía nada que decir. Estaba claro. Pero Juan calló por un momento, su mirada perdida como si, fuera de este mundo de luces y sombras, hubiera penetrado a través del espacio en un mundo de lógica y raciocinio, belleza y justicia, de ideas; y sobre ese mundo luciese, como un sol espléndido, la luz del bien. Tras unos segundos de meditación volvió a hablar.

-Quizá –dijo- he sido un poco severo al ponerte un 1’25 en esta pregunta, sobre un máximo de dos puntos y medio que valía; quizá merecieses algo más… 1’35, por ejemplo; es posible… No sé –dijo finalmente, dudando. Su empeño en no ser injusto le hacía dudar continuamente.

Pasó la hoja y llegó a la última pregunta. Había que relacionar a Aristóteles con otros autores. Estaba dividido en cuatro apartados: el primero valía un punto, los tres restantes valían medio.

-En cuanto a la relación con otros autores –dijo-, veamos lo que nos has puesto. –Sobrevoló el folio leyendo y deteniéndose en las anotaciones en rojo que él mismo había hecho-. Mira, aquí dices que el alma para Aristóteles es la sustancia: lo que da forma al cuerpo. –Levantó la vista-. No es así. La sustancia es la unión de materia y forma, de alma y cuerpo (acuérdate del hilemorfismo). El alma entra en unión sustancial con el cuerpo, pero en sí misma no es una sustancia. –Volvió los ojos al papel-. Aquí hablas de Parménides: lo que dices está bien. Pero, aparte de Parménides y Platón, no has comparado a Aristóteles con nadie más. Podrías haber hablado de Empédocles (por la teoría de los cuatro elementos), de los sofistas (a los que refuta)… Bueno, el 0’65 que te he puesto quizá se quede corto. Has hablado también de la ciencia, del alma, del universo… Lo dejaremos en un 0’75.

Pasó la hoja. Leyó lo que había en el otro folio.

-Después tenías que responder a otra pregunta más: “¿cómo resuelve Aristóteles el problema de Platón?” Platón había partido la realidad en dos mundos, y Aristóteles los vuelve a juntar en el hilemorfismo: materia (sensible) y forma (ideal) no pueden estar separadas; juntas conforman la sustancia: ésa es la solución de Aristóteles. Y tú ¿qué respondes? Dices que Aristóteles “no ve necesario”, leo lo que dices, “tener que inventarse otra realidad para poder explicar lo que hay en ésta”, pero no dices cómo lo evita; luego hablas del conocimiento a priori, de la anamnesis de Platón, rechazada por Aristóteles como filósofo empírico; en fin, das una respuesta pero no la justificas. El cuarto de punto que te he dado aquí creo que es merecido. Vamos a la siguiente pregunta.

Juan leyó el enunciado.

-¿Cómo resuelve Aristóteles el problema de Parménides? –La miró con una sonrisa y dijo: -a esta pregunta sí has contestado; pero no aquí, sino en una pregunta anterior; te la daré por buena.

Y llegó a la última pregunta del último apartado.

-“¿Qué autor de los que has estudiado ha recibido la influencia de la astronomía de Aristóteles? Justifícalo”. Aquí, tú no contestas nada. Se trata de Santo Tomás, quien tomó de Aristóteles la idea del motor inmóvil; el pensamiento que se piensa; dios. Recuerda que a Santo Tomás también lo hemos estudiado.

Juan recogió los folios y puso encima la primera hoja. Sumó las décimas que le había subido y le daba siete; que, sumados al 3’9 inicial, daba aproximadamente 4’6: aprobado. Elena, que había contemplado la corrección con escepticismo, no se lo podía creer.

 


           

 

 

 



[1] Aristóteles. Política. Libro III, capítulo IX, 293-306.

 

viernes, 19 de marzo de 2021

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

 

 

 

 

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

(PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN)

 


SOBRE LA JUSTICIA  

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito. Poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE EL CARIÑO

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS  

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar; pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo. 




ELENA        

 

Se había formado un corrillo en torno a Elena. Después de recoger su examen Elena volvió a su sitio mirando la nota fugazmente: tres con nueve. Se sentó. Estuvo unos segundos petrificada, con la mirada perdida, la cara de mármol. Después Juan sintió sus lágrimas. Las sentía mientras llamaba a los demás alumnos; uno por uno, examen por examen. El pesar de la chica fue tan grande que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, la chica sollozaba. Los sollozos hacían temblar su cuerpo y no pasó medio minuto antes de que Helga se acercara a ella. Juan sintió el brazo de Helga sobre los hombros de Elena, su mano apretándole el brazo, la mejilla junto a la suya, su ademán de consuelo: pero Elena parecía inconsolable. Después vino         Cristina, que se coló tras ella y se agachó poniéndole las manos sobre los hombros. Al cabo de un rato había cinco chicas en torno a Elena. Y los temblores se habían convertido en hipo; un hipo nervioso, incontrolado, convulso, a Juan le parecía que estaba fuera de lugar; y, sobre todo, era exagerado.

Siguió entregando los exámenes a los alumnos. Los alumnos se acercaban a su pupitre, uno por uno. Otras veces era él el que iba, entre las mesas, buscando sitio. Acabó de entregárselos a todos y, de soslayo, siguió escrutando con preocupación el llanto de Elena. Le pareció de mal gusto. Le pareció una presión inadmisible, un chantaje sentimental, un montaje encaminado a forzar la subida de la nota: no estaba dispuesto a transigir. Ningún alumno iba a sacarse el aprobado por su cara bonita. Juan se mantenía firme (con una firmeza férrea: el hierro de la justicia), y era su propósito distribuir los aprobados solamente sobre las bases del mérito. Ningún aprobado había de regalarse. Juan era amigo de sus alumnos, pero por encima de todo quería ser justo. Ninguna amistad debe ir creciendo contra la justicia. La amistad era un campo de flores sobre hierba de respeto, y la hierba no crece lejos del sol: el sol de la bondad, la consideración, el reconocimiento del mérito; no se puede ser bueno engañando a la gente, no se le puede hacer creer que se merece más de lo que se merece; la bondad, la energía, regada por el cariño, tiene en su corazón a la llama de la justicia; no se puede ser un profesor bueno sin ser un profesor justo; mal puede brotar el cariño donde el corazón no es bueno.

Los amigos se ayudan, se dicen las verdades, se quieren de verdad, se gastan bromas. La lealtad nos obliga a corregir, a aceptar las razones cuando uno se equivoca: querer es querer lo mejor para la persona querida, hacerla mejor de lo que es, abrirle los ojos: sólo un amigo puede ayudarte a ver. El profesor saca lo mejor de los alumnos; les dice en qué acertó, en qué se equivocaron; les premia sus aciertos, les castiga sus yerros. Ningún castigo es sufrimiento: sólo es un espejo; en él se reflejan los errores, en él puede el alumno enmendarlos y corregirse. Si él aprobaba a Elena, sería injusto que Elena no los viese: nunca se corregiría. Poner el profesor la respuesta para que el alumno la compare con la suya, como se pone la transparencia sobre el papel para ver que el dibujo es correcto.

No, no podía aprobar a Elena aunque quisiera. Era de justicia. Y Elena sollozaba. Sus amigas, como un coro compacto, la envolvían con sus voces y sus manos le arrullaban el sufrimiento; como si Elena hubiera sido objeto de una agresión injusta; como si hubiera sufrido un ataque despiadado. Juan quería a sus alumnos. Reía con ellos, pero sus bromas crecían sobre el suelo respetuoso donde se reconoce el valor, enemigas del engaño. Algunos alumnos se reían con Juan y decían: “¡qué majo es!” Y luego, si les suspendía, torcían el gesto: “¿y éste qué se ha creído? ¡Menudo impresentable!” La mirada se les volvía torva pero Juan no era simpático ni impresentable: era justo; o sea, bueno; y en justicia debía decir las cosas agradables como decía las desagradables cuando había que decirlas.

Había pasado ya media hora y Elena no paraba de llorar. La mesa de Juan estaba llena de alumnos. Juan los revisaba, ejercicio por ejercicio. Atendía las reclamaciones, unas veces corrigiéndose, las más ratificándose en su nota. Cada uno preguntaba sus dudas, unos porque las tenían realmente, otros porque las fingían para arañar un punto; o unas décimas (que les faltaban para llegar al aprobado). Juan les respondía a todos, ordenadamente, de uno en uno; y el coro que crecía en torno a él lo rodeaba con un halo de confusión parecido a la masa confusa que crecía en torno a Elena. Brazos que se mezclaban, manos que se cruzaban, cuerpos que se abrazaban, susurros superpuestos. Cuarenta y cinco minutos llorando. Juan tenía ya los plomos fundidos, el hígado hecho paté, estaba furioso; molesto, ofuscado, porque la chica no había ido a su mesa para preguntarle por sus dudas; para reclamar los comentarios de Juan, para ver sus fallos. Cuando sonó el timbre y el temblor de la chica persistía en el sollozo, vino una de sus amigas y le dijo:

-Es la que más estudia de nosotras. No se esperaba el suspenso.

Y cuando Juan se disponía a decir que no siempre el trabajo nos garantiza el éxito, vino otra y le dijo.

-Es la que mejor toma tus apuntes. Todo lo que tú explicas lo escribe ella: con esos apuntes hemos estudiado todas.

Pasó entre ellas otra chica y añadió:

-Elena es brillante. Saca sobresalientes en el instituto, en la escuela de idiomas, en el conservatorio. Es realmente trabajadora.

Entonces se  le encogió el alma. Temió que el corazón de ella estuviese asfixiado por el trabajo y su cuerpo, convertido en olla a presión, no estuviese listo para encajar los fracasos; los inevitables fracasos  que de vez en cuando nos depara la vida. Nadie es perfecto y aquí hasta el más brillante falla. Pero sintió preocupación y quiso enmendar sus errores (por si los hubiera tenido). Con preocupación le dijo:

-Dame tu ejercicio. Lo corregiré de nuevo para ver cómo te he calificado.

La chica se lo entregó. Con una sumisión que desarmaba. Estaba dispuesto a ser fuerte porque la ternura es la fuerza del carácter, y un cariño que cede contra la justicia es débil. El cariño, para ser fuerte, había de ser justo.

-¿Por qué no has venido a reclamar la nota? Llorar no es la solución. El que llora se resigna, y si tu reclamación es justa no tienes derecho a resignarte. ¡Hay que luchar!

            Pero el llanto –lo sabía bien- a veces no es signo de debilidad, sino de nerviosismo. Hay personas fuertes con temperamento débil y lloran cuando quieren pelear sin poder evitarlo. Juan deseó que Elena fuese de esos. Y pasó junto a ella, recogiendo su examen, al dirigirse al pasillo para dejar los libros; volvió de la sala de profesores y cambió de clase. Y entonces sonó el timbre.

 


 

 

viernes, 12 de febrero de 2021

 

 

ESTÉTICA DE LA SUCIEDAD

 


            He visto los perros colgados en los árboles y el olor de los arenques, las sardinas de Cuba y los albañales de las aguas sucias. El olor a muerto, el olor a orín, los muladares, el olor de los guarros y el olor a estiércol. Las arañas. Las arañas y las cucarachas me parecen feas; desagradables, sucias; como los filamentos de las telarañas formando algodones grises en la suciedad de los árboles; porque dentro de ellos, si metes la mano, te puede picar la araña, allí está el peligro. He visto los mosquitos, los piojos, las moscas y los grillos; las cucarachas son sucias porque las pisas y se derraman, vertiendo el jugo de su cuerpo asqueroso. El olor a corral y a cuadra, el olor de los burros y las mulas, ver las boñigas y olerlas. El barro entre las casas, en el cerro; el lodazal. Todas esas cosas son sucias como el petróleo, la pizarra o el carbón de Puertollano; están en el mundo idílico de los campos que nos cuentan los cuentos, pero los cuentos nunca nos hablan de la suciedad del campo aunque está en ellos; los cuentos sólo nos hablan de las cosas hermosas, limpias, de lo atractivo: nunca de lo que nos repugna. ¿Pasará lo mismo, pero al revés, con el carbón del Pueblo? ¿No hay un mundo idílico en Puertollano? ¿No hay una belleza escondida en lo sucio?

            Y no sólo hay suciedad en la naturaleza. También la hay en nuestra historia, y en nuestras leyendas, en nuestros cuentos. La bodega en la que se esconde el sosiego puede ser también lugar de borrachos. La escuela de cagones. El papel de estraza en la tienda, que siempre es un papel sucio. El papel de los periódicos huele a petróleo, y hasta hay un papel de dibujar que se llama, ironía de las cosas, papel guarro. Con la goma borramos el lápiz y con el secante quitamos los borrones, o más bien no los borramos, los secamos; quitamos la suciedad de la tinta que emborrona el papel y aunque siga siendo fea (a veces nos gusta) deja de estar sucia porque ya no puede mancharnos; cuando manchar es poner la tinta del papel en la mano, que es contagiarse. Como el chocolate que, por muy rico que esté, no deja de ser sucio porque nos mancha las manos; porque nos llena de sustancia como la tinta del papel, cuando no estaba seca, nos las mojaba. También estaban sucios los zíngaros que pasaban por el pueblo y el perro, y el mono, la pandereta, y el oso. Sucios son los churros, que nos llenan las manos de grasa; las manos y los morros. Pero el tamiz del tiempo vuelve lo sucio limpio y hermoso y los zíngaros, en la repulsión que nos producen, pasan a rodearse de aromas de leyenda, la suciedad del pasado la sentimos limpia y no deja, sin embargo, de estar sucia. ¿También le podría pasar a Puertollano?

            He visto los pollitos, los pastores, tiernas estampas que me parecen bellas. Pero los pastores tienen suciedad en las manos, polvo en el pelo y barro en los zajones; les huelen los pies. He sentido el viento, las hojas de otoño y los árboles floridos: y me parecen bellos. Y he comido algarrobas y espigas y pan con quesito y estaban ricos; el buen sabor es la belleza del gusto, esa belleza que no tenemos en el carbón de Puertollano. Ni en el petróleo. ¿O sí? Bellos son los tebeos, las historias, las leyendas; y Goliath,  y Crispín, y el capitán Trueno; aunque Doble Ron sea un borracho y esté sucio el doctor Salasso. Vulcano, el tártaro, las brujas, el infierno, el porquero Eumes, todos son bellos como la pulcritud de un via crucis; sin embargo son sucios. Son leyendas, son historias bellas, bellas porque las vemos lejos, aunque de cerca sean feas. ¿Acaso también, para encontrar la belleza de Puertollano, haya que marcharse del pueblo? ¿Verlo de lejos, en el tren, o cribarlo con la distancia del recuerdo? 

            Hay cosas feas en la naturaleza. Que son feas sin ser sucias, como por ejemplo la cigarra; porque tiene las alas de un gris blancuzco y desagrada la estridencia de su canto; y sin embargo, gusta. Feos son los grillos, los escorpiones, los cardos, los matojos, el sudor de la tierra, los charcos, el polvo, el barro; fea es la estepa, que es una tierra seca, estéril, llena de caminos pedregosos, polvorientos y bellos; y sin embargo ahora que los describo los estoy haciendo bellos; fea es la polvareda, feos los hierbajos, feo el rostro escuálido de don Quijote; los terraplenes, los gorgojos, la maleza, fea es la naranja con azúcar que no le gustaba a mi hermana. Y hay cosas que a la vez son feas y bellas como el resplandor, la lluvia, los rayos y los truenos; y cosas que, siendo hermosas, también son limpias: como la placa donde mi madre hacía la comida, la lumbre que se escapaba de la chimenea, que en el aire formaba hilos de humo, nubes grises, borrones de niebla; y, siendo humo,  no era feo como el de la fábrica, la locomotora, el carbón de las minas; porque la lumbre que encendía mi madre la encendía con carbón y siempre tenía a su lado la badila, el recogedor. El brasero que soplaba hasta las brasas, la ceniza que lo cubría como si fuera estufa, todo era limpio y bello aunque se ensuciaran las manos. ¿No podría ser igualmente bello el carbón de Puertollano? Como el color de la vida, que en el pueblo es en blanco y negro. Nosotros llevábamos ropa de colores pero los policías vestían de gris, y el gris y el color resultan, cuando se funden en la memoria, un cuadro bello.

            Como también es bella la libertad: que en Puertollano tenía un corsé, el corsé de la disciplina, que no dejaba mandar y sólo la obediencia era posible; el temor, el rumor, el rumor que sale del temor y multiplica el miedo, que se multiplica, a su vez, con el miedo lejano de la guerra; los terrores de la guerra se incrustaron en la memoria y ahora mismo nos han paralizado; y han entronizado la injusticia y han convertido al español en un perdedor.

El miedo está en la casa de baños. En la casa terrible de los golpes y los palos. Donde vino a bañarse el general Narváez y mucho más tarde, cuando Puertollano dejó de ser balneario, se convirtió en comisaría. Las palizas, los correazos, la bofetada de mi padre, los puños y las balas: los rumores. Donde no hubo libertad se agazapó la violencia y con violencia destruyeron el poder creador de la palabra; en la palabra atormentaban el corazón de la gente, machacaron la justicia, que crece en las manos del diálogo al que también destruyeron; todo lo que era bello lo hicieron feo y el color de nuestras ropas se fue volviendo gris; y por eso en Puertollano la vida era en blanco y negro; blanca como la cal, como la leche en polvo, y negra como el carbón. Lo bello es feo. 




viernes, 30 de octubre de 2020

 

 

 

 

DICCIONARIO DE FILOSOFÍA 

FILOSOFÍA 

            El alma. ¿Qué es el alma? Algunos dicen que es el conjunto de todo lo que pensamos, sentimos o recordamos. Pero no, dirán otros. Mis pensamientos están en el alma, pero no son el alma. Mis sentimientos están en el alma, pero no son el alma. Mis recuerdos están en el alma, pero no son el alma. Mis pensamientos son como las guindas de un pastel; mis sentimientos son los trozos de piña; mis recuerdos, pepitas de chocolate; si quito las guindas, la piña y el chocolate, debajo está el bizcocho, que es la base del pastel; y si quito los pensamientos, los sentimientos y los recuerdos debajo está el alma, que es la base de lo que soy. Pero hay una diferencia: el bizcocho lo podemos ver; el alma, no. El alma no es más que una hipótesis cuya presencia no se puede materializar en algo que podamos ver, oler, oír y tocar. El alma no es más que una conjetura que no forma parte de nuestra experiencia, sino de nuestra imaginación; yo no percibo el alma, sino que la imagino; o la pienso y la deduzco, pero no puedo verla. Las cosas que no se pueden ver, oler, probar, oír ni tocar no pueden ser estudiadas por la ciencia, porque no podemos hacer experimentos con ellas: decimos que forman parte de la filosofía. Si nos atenemos al método hipotético-racional, podemos observar cosas animadas y explorarlas, podemos especular sobre ellas iluminándolas con nuestras conjeturas para enfocar nuestros pensamientos con ellas, pero no podemos comprobar si esos pensamientos nuestros corresponden a cosas que estén en la realidad; es decir podemos tener experiencias de las cosas, pero no podemos experimentar con ellas; podemos observar indicios pero no podemos hacer observaciones controladas. No podemos meter el alma en un laboratorio para estudiarla bien, porque el alma no es observable.

            Lo mismo pasa con la muerte. ¿Qué es la muerte? Epicuro decía que es la ausencia de toda sensación; cuando dejamos de ver, oler, gustar, oír y tocar, y sentir placer y dolor y miedo y sentirnos en equilibrio, es que estamos muertos; pero un sordomudo que además haya nacido ciego, y que, por causa de una gripe, haya perdido los sentidos del gusto y del olfato y que además haya sufrido lesiones en el oído interno ¿tendríamos derecho a decir que está muerto? Más tarde se pensó que sólo se podría certificar la muerte mediante un electrocardiograma plano: pero hubo fenómenos catalépticos que incitaron a dar por muertas a personas que luego resucitaron en el momento en que las iban a enterrar. Por eso hoy se piensa que la muerte es un electroencefalograma plano, que sólo se ha producido la muerte de alguien cuando hemos podido constatar que hay muerte cerebral. Pero podríamos seguir pensando que hay algo de nosotros que sigue vivo aunque el cerebro estuviera muerto, algo que sería el alma; y que no dejaría de existir aunque no detectáramos su presencia lo mismo que existe la torre Eiffel aunque yo no la haya visto. Los científicos dirían que esto son cosas de charlatanes, pero los filósofos se seguirían preguntando: ¿y por qué? ¿No hay cosas que existen más allá de los sentidos? ¿Existen percepciones extrasensoriales? ¿Qué es la telepatía? ¿Existen realmente las fuerzas a distancia, como las que postuló, pero no demostró, Newton? 

            Las cuerdas. Hoy día se está intentando unificar la relatividad con los fenómenos cuánticos y lo hacemos con una teoría de cuerdas, pero ¿existen las cuerdas? ¿Alguien las ha visto, oído o tocado? Las partículas subatómicas dejan rastros en las placas fotográficas de los grandes aceleradores, pero ¿alguien ha visto rastros fotográficos, sonoros o de otro tipo dejados por las cuerdas (o, para ser más precisos, las supercuerdas)? No. Las supercuerdas son objetos teóricos forjados por los cálculos, no por la observación; y sirven para iluminar nuevos cálculos que explicarán otras partes de la realidad, pero ningún experimento puede detectarlas hoy. ¿Quizá en el futuro podríamos diseñar experimentos para detectar supercuerdas, aunque fuera de manera indirecta? Es posible. O no. Pero mientras eso ocurra las supercuerdas son entes que no hemos sacado de la experiencia, sino de la especulación matemática; pero de unas matemáticas alejadas de la experiencia, que no son euclídeas, ni tampoco riemannianas, y por tanto podríamos preguntarnos si esas matemáticas tan alejadas de nuestra experiencia sirven para explicar fenómenos empíricos. Mientras tanto los físicos que se ocupan de la teoría de cuerdas serán tachados de charlatanes por los otros físicos, o lo que es lo mismo de teóricos, de metafísicos. Para decirlo con otras palabras: la teoría de cuerdas es hoy filosofía, no ciencia.

            ¿Y qué decir de dios? Hay una canción de Violeta Parra que habla de Valentina Tereshkova, la primera mujer astronauta. Dice que si dios está en el cielo, y si ella viajó al cielo, tendría que haber visto a dios: pero no lo vio; por lo tanto dios no existe. Lo que podría haber sido una prueba irrefutable de que dios no existe no es ni siquiera una broma, porque ¿cómo explicarlo? Si yo llego a Segovia y sólo veo los arrabales no puedo volver a Madrid diciendo que no existe el acueducto; tendría que venir a Segovia otra vez y penetrar en su interior hasta dar con él. Del mismo modo Valentina Tereshkova no puede decir que dios no existe cuando sólo exploró un trozo de espacio que no llega ni a la luna; tendría que ir más lejos: a Saturno, a Plutón, fuera del sistema solar, al ojo de la galaxia, más allá de la Vía Láctea, fuera de nuestro cúmulo de galaxias… ¿hasta dónde? Si el universo fuera finito se tardaría mucho en recorrerlo pero al final tal vez podríamos decir que dios no existe si no lo vemos: a menos que estuviera jugando al escondite con nosotros; pero si fuera infinito nunca terminaríamos de recorrerlo, y por lo tanto nunca lo podríamos demostrar. La cuestión de dios no pertenece a la ciencia porque está fuera de nuestra experiencia, y por tanto nunca podríamos hacer experimentos con él. Pertenece a la filosofía. Ni siquiera a la religión, porque la religión nos obliga a creer en él y con la fe no podemos hacernos preguntas; pero la filosofía (que, al igual que la religión, empieza con el asombro) avanza gracias a la duda, y la duda es esa sed de preguntar que no se sacia.

            ¿Y de la justicia? ¿Qué podríamos decir? Que queda fuera de nuestra experiencia, porque no hay ni un solo juzgado, ni una teoría, ni una experiencia donde podamos observarla. Se ha dicho que justicia es dar a cada uno lo suyo, pero ¿cómo saber lo que es suyo? ¿Nos pertenece lo que ganamos, o también lo que hemos heredado de nuestros padres? Y en este segundo caso ¿es justo que herede el hijo mayor y los menores se queden sin nada? ¿O es más justo que hereden todos a partes iguales? Y si es así, ¿hay que vender la casa para repartirnos su valor? Pero entonces nos quedamos sin casa. Si un alumno hace el vago pero aprieta en el último mes ¿es justo que apruebe? Y si otro alumno con dificultades, pero con tenacidad, consigue aprobar al final pero siempre antes ha estado suspendiendo ¿merece el aprobado? Y si nos atenemos a los hechos, ¿no es lo mismo su expediente que el del alumno vago del que hemos hablado antes? ¿No contienen los dos las mismas notas? Aprobar a uno y suspender al otro ¿sería justo? ¿No sería un agravio comparativo? Una vez más, no parece posible diseñar un experimento con el que podamos comprobar la existencia de la justicia. El derecho no es una ciencia porque la justicia no es observable: sería filosofía; filosofía práctica, porque no se ocupa de lo que son las cosas sino de cómo deben ser. 

            El alma, la muerte, las supercuerdas, dios o la justicia son entes inobservables. No pueden ser estudiados por la ciencia, puesto que de las  cuatro partes del método hipotético-racional (observación, hipótesis, predicciones y contrastación) le falta la última: este método amputado de su último paso da lugar a la filosofía; la filosofía es el estudio de todo lo inobservable y es, por tanto, una actividad especulativa: la que piensa a partir de la realidad pero no puede ver realidad en sus pensamientos; aunque siempre es posible conjeturar si podemos hacerlos realidad; no podemos ver si nuestros pensamientos sobre el alma corresponden a la realidad del mundo, pero sí podemos intentar hacer realidad nuestros pensamientos, nuestros ideales, nuestras utopías; aunque todos los ideales hasta la fecha (Platón, Jesucristo, Don quijote, Marx) hayan fracasado.

            Ya sabemos lo que es la filosofía. La podemos definir por su método y por su objeto de estudio; su método es el de una ciencia sin experimento, y su estudio se ocupa de lo inobservable. ¿Podemos observar el fuego y experimentar con él? Eso es ciencia. ¿Podemos observar el alma y experimentar con ella? Eso es filosofía. Todo lo que hace la ciencia le sirve a la filosofía, pero parece que la filosofía no le sirve a la ciencia para nada. ¿O sí? Lo que hicieron Einstein, Heisenberg, Schrödinger, y hasta el propio Newton ¿no es también filosofía? Todas las ciencias ¿no contienen partes empíricas, propias de la ciencia, y partes inobservables, propias de la filosofía? Es una cuestión de proporción. Podríamos decir a primera vista que en Newton hay más ciencia que filosofía, pero en Einstein la cosa no parece tan clara; la parte especulativa de Einstein probablemente sea mucho mayor, pero sigue siendo una parcela pequeña en comparación con su contenido científico.  

            La filosofía es necesaria para darle ideas a la ciencia. Para darle alas. Cuando la abstracción provocada por la ciencia traspasa la barrera de lo observable debe encomendarse a la filosofía. Y lo que hoy es filosofía puede mañana convertirse en ciencia: o seguir siendo filosofía si su contenido es tan profundo que no hay ciencia que pueda abarcarlo. Los tres rasgos de la filosofía son, de momento, la especulación, lo inobservable y la profundidad. La especulación hace referencia al método; lo inobservable tiene que ver con la naturaleza; y la profundidad es una mezcla de los dos. Donde se ve bien esto es en la filosofía de María Zambrano.

            Los primeros filósofos pensaron que detrás de las apariencias de la naturaleza y dentro de ella hay una naturaleza inobservable. Es como el bizcocho del pastel. La naturaleza está hecha de cosas que se pueden observar (los fenómenos) y cosas que no aparecen en la experiencia (los inobservables). Los mitos ponían todo lo inobservable fuera de la naturaleza, en manos de los dioses: eran cosas sobrenaturales. Pero cuando empezamos a pensar que lo inobservable no era sobrenatural sino que estaba dentro de la naturaleza, entonces empezó la filosofía. La filosofía prescindió de los dioses. Y cuando Tales de Mileto decía que la naturaleza está hecha de dioses lo que quería decir es que se mueve sola: era sólo una metáfora. La naturaleza (physis) está hecha de materia (hylé) dotada de movimiento (zoon): hilozoísmo decimos hoy, y no animismo; porque el animismo da a entender que las fuerzas que hay en las cosas son sobrenaturales; el hilozoísmo no. 

            Los fenómenos de la naturaleza están hechos de partes que se pueden dividir en otras partes. Pero debe llegar un momento en que las partes más pequeñas ya no se pueden dividir más: son los elementos. Hoy sabemos que hay muchos elementos y los hemos identificado en la tabla de Mendeleiev. Pero Tales pensaba que sólo había uno: el agua. ¿Por qué lo pensaba? Porque lo sacó de la experiencia; Tales vivía en Mileto, que era puerto de mar; si se los saca del agua los peces mueren; acaso observó también que envejecer es deshidratarse, porque nos salen arrugas y nos secamos, y los cadáveres al final son cuerpos totalmente secos; además, Tales entró en contacto con Mesopotamia, donde conoció la tradición legendaria del diluvio. Tales se equivocó, porque el agua no es un elemento, sino un compuesto de hidrogeno y oxígeno; pero también nos equivocamos nosotros: porque llamamos elementos a los átomos que se pueden dividir en partes (“a” en griego significa “no”, y “tomos” quiere decir “partes”, como cuando una enciclopedia la dividimos en partes y cada una es un tomo; pues bien, “átomo” quiere decir que no tiene partes, que no se puede dividir; sin embargo los átomos de Mendeleiev los podemos dividir  en electrones, protones y neutrones, y éstos a su vez los dividimos en quarks). De modo que si Tales se equivocó llamando elemento a un compuesto, tampoco nosotros hemos avanzado mucho, porque llamamos átomos a unos trozos de materia que siguen siendo divisibles.

            El agua de Tales no es el agua del mar, ni la que hay en nuestras lágrimas, ni la que tienen los peces; es una naturaleza que hay dentro de nosotros, como la sustancia de la que está hecho nuestro cuerpo, aunque cuando miramos cuerpos no la veamos. El agua de Tales se puede ver en los ríos, mares y lagos, y también en las lluvias, pero es invisible cuando la buscamos dentro de los cuerpos; a este nivel el concepto de agua es una abstracción, casi una metáfora; el pensamiento de Tales dio un salto de gigante al fabricar un concepto con las apariencias. Y eso es la filosofía. Es filosofía porque el concepto de agua surgió de la observación de los fenómenos del agua, pero no dio lugar a otros conceptos que a su vez se pudieran observar: le faltaba, pues, el experimento; por eso no era ciencia.

            Hoy tenemos aparatos para observar lo que en tiempos de Tales era invisible: tenemos microscopios, espectrógrafos, máquinas electrolíticas; Tales no tenía nada de eso. En su caso llamamos filosofía al estudio no científico de las proposiciones científicas, pero en realidad lo que hacía Tales era ciencia sin aparatos; sin los aparatos adecuados; del mismo modo a la técnica rudimentaria la llamaban magia.

            Anaximandro dio un paso al frente y fue más lejos que Tales. Pensó que si el agua que había en los cuerpos era inobservable, no tenía sentido llamarla agua; la llamó naturaleza indefinible (en griego, “ápeiron”; ya hemos visto que “a” significa “no” y “péras” quiere decir “límite”, “fin”; el ápeiron es lo ilimitado, lo indefinible). De modo que la naturaleza tiene dos niveles: por un lado están los fenómenos aparentes y observables (el agua está entre ellos) y por otro lo que no se puede observar (el ápeiron, al que Tales llamaba “agua”). En consecuencia, Tales imaginaba el mundo como una corteza flotando en un mar de agua, y Anaximandro como una esfera flotando en un mar de ápeiron (que no era exactamente el vacío, sino una sustancia sutil parecida al aire; al ápeiron, Anaxímenes lo llamaría aire). Pues bien, el pensamiento de Anaximandro contiene partes científicas y partes que no lo son; es científica su concepción del mundo como una esfera porque hoy podemos mandar naves al espacio y comprobarlo; pero no lo es su conjetura sobre el ápeiron, porque ni los mejores microscopios electrónicos son capaces ce ver ápeiron en los cuerpos). A ambos aspectos de su pensamiento, tanto la ciencia sin aparatos imprescindibles como la parte no científica, nosotros los llamamos filosofía.

            Así se fueron construyendo los primeros sistemas filosóficos, las primeras explicaciones del mundo, las primeras cosmologías: las que habían dejado ya de ser mitológicas, pero tenían, flotando en un mar especulativo, semillas de ciencia que todavía no podían fructificar. Se ha dicho que cuando salgan todos los gérmenes científicos que hay en la filosofía la filosofía dejará de existir: no; porque junto a esos gérmenes hay problemas inexplicables que la ciencia es incapaz de resolver; problemas como el alma, la materia, el infinito, dios, la justicia, la belleza, el universo, la materia, el infinito, la naturaleza oscura… Misterios insondables que van más allá de la ciencia, y que conforman una sabiduría que se construye “toda ciencia trascendiendo”, para decirlo con palabras de San Juan de la Cruz. Dolencias de amor que no se curan sino con la presencia y la figura, pero “apártalas, amor, que voy de vuelo”. Allí nos encontramos con las razones del corazón que la razón no entiende, y nos topamos con Pascal; y con conatos o impulsos o instintos que se juegan en la frontera de lo inexplicable, y nos encontramos con Spinoza, Nietzsche, Schopenhauer y hasta el mismísimo Kant; y si nos acercamos a la comprensión de la naturaleza también nos toparemos con cosas incomprensibles que no pueden explicar ni las fuerzas distantes de Newton, ni los campos de fuerza, ni las discontinuidades cuánticas, ni siquiera la teoría de la relatividad.