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viernes, 24 de septiembre de 2021

BELLEZA

 

 

VARIA (5)

Belleza.   

 


            Se ha dicho que lo bello es lo que no sirve para nada y, sin embargo, lo buscamos. Todo depende de lo que entendamos por “servir”. Sirve lo que es útil, útil para algo: ¿para qué? Si la belleza produce gusto (el gusto es una forma de placer), entonces es útil porque sirve para disfrutar. La belleza, por lo pronto, ya sirve para algo.

            Pero lo bello es más que lo agradable; es bello aquello que agrada a los sentidos y al pensamiento y, por lo tanto, al espíritu: al sentimiento, al corazón. Lo bello es sensación agradable que, acompañada de pensamientos buenos, produce también sentimientos buenos que agradan. Quien es capaz de experimentarlo tiene el sentido del gusto; quien no es capaz, tiene mal gusto o, simplemente, no tiene gusto.

            Una brisa marina nos resulta agradable cuando hace calor. También es agradable el sonido del lago de los cisnes, pero éste cuenta una historia y, al comprenderla, evoca en nosotros hermosos sentimientos.

Puede que no conozcamos el significado de El Moldava, de Smetana, pero despierta en nuestro pecho sentimientos de nostalgia y de ternura.

La mañana, de Edvard Grieg, nos sugiere, cuando no entendemos su significado, sentimientos de paz, de sosiego, como de un dulce despertar; de alegría suave y lenta; y una sensación agradable de armonía y bienestar.

En el caso de la literatura es al revés: lo primero no es la sensación, ni el sentimiento, sino el entendimiento; por el entendimiento se crean sensaciones en nuestro cuerpo y sentimientos en nuestra alma.

Y en la pintura, como en la escultura, primero es el sentimiento que crea y que conmueve nuestro pecho; a veces, como en la pintura abstracta, la sensación agradable precede al sentimiento, porque no media una clara interpretación del intelecto.

Para captar la belleza hace falta ser capaz de captarla. No puede captarla una piedra porque no tiene cerebro; ni puede ver ni oír porque no tiene ojos ni oídos; como tampoco podría notar los sabores quien careciera de lengua (en la Edad Media era frecuente cortarles la lengua a los ladrones). La capacidad de sentir no la tiene quien ha nacido sin ella (como las piedras) o quien, teniéndola, no la ha desarrollado (como quien no ha podido educar sus sentidos). Hace falta o capacidad innata, o no padecer lesión alguna, o educación.

No conoce las sensaciones quien no tiene sentidos. Ni puede pensar quien no tiene córtex. Ni puede sentir quien no tiene cerebro límbico. Los seres inertes no tienen sensaciones. Los cnidarios y reptiles tienen sensaciones burdas si los receptores sensoriales no tienen un cerebro donde procesarse (como los cnidarios); y tienen sensaciones más elaboradas si tienen cerebros sensoriales y bulbo olfatorio (como los reptiles y mamíferos). Los mamíferos tienen sentimientos (porque tienen hipocampo y amígdala). Los seres humanos, además, tienen sentidos refinados (porque tienen una corteza cerebral muy desarrollada): y también tienen sentido del gusto (capaz de sentir la belleza). 



La belleza, como las tartas, tiene una base sensorial (lo que en las tartas sería el bizcocho) y sobre ella tienen el par coordinado de pensamiento y emoción (lo que en las tartas será la nata, las fresas, el chocolate, tanto sobre el bizcocho como en el relleno). Las emociones sólo pueden refinarse si sobre el cerebro límbico (también llamado emocional) hay una gruesa capa de corteza cerebral: lo que sucede en el ser humano, pero no en los ratones; un ratón puede sentir apego a las crías, pero no admiración y placer de la belleza; y el amor y el sentido del bien no lo experimentan los gatos ni los perros, pero nosotros sí.

Pero del mismo modo que el bebé nace con inteligencia pero no es capaz de usarla hasta que madura, de igual manera no puede apreciar un buen vino quien no desarrolla su paladar sin educarlo. La maduración es inseparable del aprendizaje. Los niños salvajes no aprenden a pensar porque nadie les enseña; sin aprendizaje las capacidades no se desarrollan; de ahí la importancia del juego, que permite aprender imitando lo que nos rodea.

Suponemos que algunos nacen con una predisposición para disfrutar de los sabores dulces más que de los salados; del frío más que del calor; o de los sabores que no son ácidos ni amargos; podemos postular que tales personas no apreciarían un buen vino por mucho que los educaran; es un suponer. De igual manera, hay personas muy sensibles al sufrimiento ajeno y otras que no tienen esa capacidad ni, por tanto, podrían aprenderla. Se puede preferir un vino dulce espumoso o un buen vino lleno de matices o porque no se tiene pituitaria, o porque la pituitaria está dañada, o porque no se ha adquirido una cultura enológica, o porque nuestra pituitaria está cerrada para disfrutar del vino ácido y abierta para el goce del vino dulce.

Con la belleza puede que pase lo mismo. El sentido del gusto no estaría desarrollado en todos de la misma manera porque la naturaleza de todos, siendo esencialmente igual en todos, en cada uno no es exactamente la misma; todos los humanos podemos percibir olores, pero cada uno disfruta más con unos que con otros. Y lo mismo pasa con la música: unos disfrutan más con Verdi y otros con Wagner; a veces eso se debe a que nos hemos criado en ambientes wagnerianos o antiwagnerianos, y la educación imprime carácter; y otras veces se debe a que nuestra sensibilidad está más cerca de Wagner o de Verdi, y es que no todos tenemos la misma sensibilidad para las cosas. Sin embargo, todo wagneriano debería ser capaz de apreciar la calidad de la música de Verdi y viceversa.

A la predisposición para disfrutar más de unas cosas que de otras la podemos llamar aprioris. Hay aprioris de la cultura (cuando la educación ha sido capaz de formarnos el gusto). Y aprioris de la naturaleza (cuando, sin que medie la educación, preferimos instintivamente unas cosas antes que otras). Los aprioris naturales y culturales conforman el sentido del gusto.

Lo mismo pasaría con la ética (suponemos). La mayoría de los seres humanos es capaz de distinguir instintivamente el bien del mal. Muchos no lo sienten porque en su casa les han enseñado otra cosa. Y muchos otros porque tienen algo dañado en su cerebro; los aprioris naturales y culturales serían malformaciones de ese gran a priori de la naturaleza, común a todos, al que bien pudiéramos llamar el de los universales éticos.

 


 

sábado, 15 de junio de 2019

ONTOLOGÍA DEL JUEGO



ONTOLOGÍA DEL JUEGO
  

 1. Definiciones fundamentales.

            Recordemos que existen dos clases de juego, dos estructuras de lucha, dos formas de luchar: la teletaxia y la televida.
            La lucha por la existencia es teletaxia.
            La lucha por nuestra forma de ser es televida.
            La historia es lucha por la existencia temporal.
            La lucha contra el tiempo es la patética. Hay dos formas de patética: la lucha por la existencia impuesta (tragedia) y la lucha por la existencia eterna (mística); el drama de vivir nuestro tiempo interior (nuestra historia) contra un tiempo que nos viene de fuera (el destino) hace que podamos caracterizar la tragedia como erótica y lucha del anacronismo.
            A través de la tragedia buscamos una existencia más acorde con nuestro ser; también lo hacemos a través de la mística; el goce trágico y el goce místico son, por consiguiente, en tanto que reconciliación de nuestro ser con el mundo, una búsqueda de lo esencial; por eso son trascendentes.

2. Definiciones complementarias.

            El descanso es reposo o juego. El reposo es una forma de descansar en la que se detiene la conciencia apartándose de la lucha (por ejemplo durante el sueño). El juego es el descanso consciente. También durante el reposo se puede prolongar la lucha, pero es ya en el inconsciente: sueños, pesadillas y (quizá también) ensoñaciones.
            El juego puede ser laboral o lúdico. Es juego laboral el que sirve a la lucha por la existencia (trabajo en sentido bíblico como maldición o cadena). El juego lúdico sirve al ocio consciente, en su doble aspecto de trabajo por la esencia y diversión (que son conceptos que se solapan): ambas caen bajo la etiqueta de afición (hay aficionados al fútbol y aficionados a la filosofía, al ajedrez, a la baraja, a la música o al teatro). El juego lúdico es entretenimiento. El juego laboral es obligación.
            El juego puede ser de tiempo o de pasatiempo. Es juego de tiempo cuando utiliza el tiempo para vivir en él, y es pasatiempo cuando se sale de él sin ir a ninguna parte (se habla entonces de matar el tiempo o pasar el rato: el pasatiempo llega incluso a llamarse “matarratos”). Como la vida es tiempo, matar el tiempo es morir un poco: si es en busca de la eternidad estaríamos en la mística; pero si es para quedarnos fuera del tiempo y de la eternidad estaremos muertos en vida: tal es el aburrimiento, spleen de los poetas, que lleva a la desesperación y la angustia.
            El juego lúdico es el mundo de la comedia o de la mística; el juego laboral es el de la tragedia o el drama.
            El juego laboral es tentación o compromiso. En la tentación, se captan voluntades mediante la destrucción de la voluntad ajena (convirtiendo el deseo en capricho). En el compromiso, dos rivales compiten en calidad para ganarse el sustento: tal es la competitividad.
            El juego lúdico es exhibición o carácter. Es carácter la superación de sí mismo por el mero placer. La exhibición es, también, superación de sí mismo, solo o frente a otros, pero sólo para recibir el aplauso del público; ganar es aquí ser reconocido como el mejor, y no importa tanto serlo como parecerlo; ganar un partido de tenis puede suponer superioridad real sobre el adversario, pero también marcar un tanto en el momento adecuado; ganar un partido de fútbol puede deberse a haber tenido la suerte de marcar un gol, aunque  el otro equipo sea mejor que nosotros.
            La tentación, la exhibición y el compromiso admiten trampas; el carácter, no.


3. El ocio en el juego: nuevas definiciones.
             
            El esfuerzo, tanto trascendente (concentración) como inmanente (trabajo), produce alegría. Volvamos sobre algunas cuestiones importantes.  
            La vida es ocio. Llamamos ocio al empeño de la esencia por instalarse en la existencia. Tres son las formas fundamentales del ocio: el trabajo por ser nosotros mismos (en él se cifra el carácter, cimentado en la afición, el gusto, el hobby); la diversión (que es distracción del esfuerzo para superar el cansancio); y el descanso.
            Pero todo esfuerzo supone un desgaste que debe ser reparado: y lo hace mediante el descanso. El descanso es un periodo de inactividad durante el cual se llenan las fuerzas perdidas
            Pues bien, hay una forma de descanso proyectado en formas, más que trascendentes, intrascendentes, en el ocio. El ocio generado tras el esfuerzo es diversión; el que genera la pereza es, por el contrario, distracción y pasatiempo. Normalmente el divertirse produce risa, que es una forma agradable de relajarse; el humor es, pues, también una forma de esparcimiento.
            En la conciencia trascendente hay tres formas nobles (arte, ética y ciencia) a las que corresponden otras tres formas devaluadas (respectivamente el juego, el humor y la técnica).
            Ciencia es ver el mundo desde fuera. Esto implica estar fuera del mundo.
La alegría es producto del esfuerzo, y cuesta; el placer es gratis, no requiere trabajar. Entre ambos se sitúa el arte que, por participar de los dos, es a la vez esfuerzo y descanso, alegría y placer, arte y juego, compromiso y evasión; esta doble naturaleza del arte hace que a veces se confunda la tensión artística con el placer ocioso: por ejemplo, a la hora de distinguir entre la danza y el baile.
También vivimos con distancia lo que les pasa a los demás (por el mero hecho de que a nosotros no nos pasa): por eso nos reímos de los males ajenos sin sentirlos en carne propia. Es el mundo de la comedia, del humor, pero también del juego y del arte.
Podemos distinguir entre necesidades de supervivencia y necesidades de realización: las primeras se caracterizan por la competitividad; las segundas, por la competencia. La primera requiere que los seres que interactúan sean compatibles: a esta compatibilidad la llamaremos valencia.
Atendiendo al tipo actitudinal de la valencia (de respeto o de desprecio) se pueden establecer cinco tipos de lucha (agresión, competición, negociación, crítica y plenitud):

a)      Lucha por la existencia (competitividad):
(1)   Agresión: interacción entre dos seres cuyas necesidades son incompatibles.
(2)   Competición: interacción entre dos seres cuyas necesidades convergen en el mismo objeto, y sólo uno lo puede poseer.
(3)   Negociación: lucha desencadenada entre dos contendientes por deseo de ambos y con necesidades compartidas.
b)      Lucha por la esencia (competencia):
(4)   Crítica: relación entre un sujeto guiado por la necesidad y un objeto que introduce una posibilidad: así, yo deseo saber y el mundo tiene capacidad de proporcionarme datos.
(5)   Plenitud: afán de superación, de mejora; eleva el nivel ontológico del individuo (un individuo bueno tiene más ser que uno malo o malvado).

En el capítulo dedicado a la historia aparecían ya caracterizados estos cinco tipos de lucha; los dos últimos tienen que ver con la esencia, cuyas puertas nos adentran en ese tipo de felicidad a que llamamos plenitud; y los tres primeros, de manera especial el segundo, tienen que ver con el juego, particularmente con sus dos dimensiones: aristónica (búsqueda de la perfección) y agónica (lucha por la existencia).


4. Anatomía del espectáculo: pereza y esfuerzo.

            Juego sensorial. Requiere esfuerzo del autor; un esfuerzo corporal en actividades como el montañismo o el esquí, o un esfuerzo mental cuando se trata de crear obras: pues la inspiración se prepara con el trabajo y también requiere trabajo una vez que la hemos despertado; si el público se esfuerza en interpretar la obra mientras la contempla, evita esa pasividad característica de la pereza del consumidor: una pereza corporal cuando nos dejamos llevar por las atracciones o por la comida basura; o mental, cuando consumimos productos, necesariamente superficiales, de inspiración fácil, como los tabloides, los culebrones, la telebasura, y esos productos literarios o musicales propios de la cultura kitsch; que no viene a ser, en el fondo, más que falta de cultura.

            Juego aristónico. Es el mundo de la competencia. Siempre es el autor quien pone el esfuerzo: corporal (velocidad, puntería, la faena del torero, los entrenamientos, las marcas superadas por los atletas, las plusmarcas); o puede ser también esfuerzo mental (en el caso del entrenamiento matemático o de la creación intelectual o artística). El público puede contemplar la superación personal de manera pasiva (como fans, identificándose incondicionalmente con sus autores que son sus ídolos, o siguiendo las banalidades del Guiness de los records); pero también puede ser espectador activo.

            Juego agónico. Es el mundo de la competición. Sus autores ponen esfuerzo (corporal en el deporte: judo, fútbol, creación de jugadas bellas, elegantes y eficaces; y mental, en las creaciones no físicas tales como las que se hacen en los concursos musicales o las justas poéticas). El público puede contemplar el esfuerzo desde la pereza del hincha, que se identifica incondicionalmente, y por lo general de manera acrítica, con su jugador o su equipo; o desde el esfuerzo del espectador activo que trata de entender, criticar, admirar y evidentemente desfrutar con lo que está viendo.

5. Conclusión.

            Juegos de sensación, juegos de ejercicio y juegos de representación. Juegos de trabajo y juegos de ocio. Goce lúdico, goce trágico, goce místico, competencia y competitividad, tentación y compromiso, esfuerzo y descanso, relajación y tensión, elementos todos que se encuentran englobados en el concepto de juego; pero están dispersos en distintos tipos de juego, muy diferentes unos de otros. Diversión, humor, valor, devaluación: placer. La felicidad puede reducirse al placer cuando consume sin producir; pero cuando trasciende los límites dramáticos del aburrimiento y la pereza, el placer se convierte en plenitud.
            Hay juegos para todos: juegos para vagos, juegos para el esfuerzo, juegos de abandono, juegos de superación. Los mejores juegos están en el límite del arte, se adentran en honduras trascendentes, y en esa zona de nadie es difícil saber cuándo una representación es juego y cuándo también es algo más. Habrá que adentrarse en los dominios del arte para conocer, aunque sólo sea de forma nebulosa, esa tierra de nadie, pero más acá de esa zona el juego estaba delimitado en toda su extensión. Hemos intentado estudiar todas sus caras, perfilar sus territorios, explorarlo en todos sus paisajes. Estas páginas han sido un primer intento de clasificación. Si ese intento ha dejado muchas lagunas, el tiempo lo dirá.
  



sábado, 21 de noviembre de 2015

De la Razón a la Vida (2)










DE LA RAZÓN A LA VIDA (2)
  

  
     1. Historia.

            La historia es autoconciencia que transita en el presente por el pasado y el futuro, constituyéndose como una erótica de los tiempos.  
            En la historia esos seres embrutecidos suelen desempeñar los papeles más bajos y miserables, los menos lucrativos: pastores arrancados a la sociedad, peones, pinches, verdugos, donnadies.
            Luego están los que han tenido la suerte de desarrollar sus instintos en el caldo del pensamiento; y por lo tanto sus sentimientos se han vuelto más finos; y se ha vuelto más atinada su capacidad de decidir. Como decía Pascual Duarte, la naturaleza nos cría a unos en campos de piedras y cardos, y a otros con perfumes y arrebol.
Pero hay otro anhelo de existir que transita también por los confines del tiempo. Es la mística aquí una erótica de la eternidad.


     2. Mística.

            Mística debe entenderse como un impulso de comunión para fundirse con el mundo, no una renuncia al mundo para disfrutar de la ausencia de sensaciones (como si el goce místico pudiera ser un goce puramente intelectual).
            El impulso contemplativo de comunión es la mística. El impulso dinámico de comunión es la embriaguez; la embriaguez que se opone al ensueño (como ya Nietzsche nos advirtiera). Pero el borracho también goza de dese desprendimiento de sí mismo que le hace sentir al unísono con los sentimientos de todos los demás. Y el aficionado deportivo celebrando un gol decisivo. Y el que se funde en una manifestación, gritando al unísono con todos, lanzada su alma al vuelo independientemente de que esas ideas puedan ser criticadas por su razón. El entusiasmo no es solamente un éxtasis místico; el rapto del alma tiene hilos que parecen hacerlo indisociable del rapto corporal. La plenitud es una sensación de bienestar creciente, un sentimiento de goce subiendo hasta estallar, pero sin estallido; y es una situación envolvente en donde los sentidos se nublan, todos ellos, y se despierta un sentido holístico que se abre a la totalidad, que siente el mundo con más plenitud al tiempo que los sentidos parciales dejan de percibir los detalles; y entonces el mundo nos mece, como nubes de algodón, la naturaleza nos envuelve, poco a poco nos penetra, dejamos de sentirnos en ella porque hemos empezado a ser ella, nos fundimos en el ser cuando hemos dejado de ser, ya no somos un ser sino que hemos pasado a ser el ser del mundo y eso nos da un bienestar infinito, un placer indescriptible, una presencia que se ha construido sobre el olvido: y nos sentimos transportados por toda la naturaleza, un sentimiento panteísta y místico, sentirse arrastrado, una pasión, un arrebato, el entusiasmo adueñándose del fondo más íntimo de nuestro ser.
            ¿Es la mística un entusiasmo por existir, o por ser? Quiere la existencia, pero se desentiende de la adaptación, porque no le interesa el entorno; también se desentiende del desarrollo, porque no le interesa él mismo. Y también quiere la esencia, pero una esencia universal, que se construye sobre el olvido de mi propio ser. Estamos en el mundo de la trascendencia. La trascendencia tiene sus raíces aquí: aunque no las reconoce.


     3. Tragedia.         

Y cuando transita también por los tiempos paralelos, fijándose en los pasados que pudieron haber sido y en los futuros que habrían podido ser, la erótica del anacronismo se constituye también como tragedia.
            Existen en el mundo parcelas que dependen de nuestra voluntad; otras, por el contrario, no dependen de nosotros, ya lo dijo Epicteto; y en ellas de nada sirve la lucha, sólo cabe la resignación: pues bien, las cosas que se imponen a nosotros in que tengamos posibilidad de evitarlas nos abren a la tragedia; eso que llamamos el destino, o la fatalidad, constituyen el mundo trágico.
            Podemos distinguir dos tipos de determinismos: el genético y el ambiental.
Sólo la historia decide qué cosas son trágicas y cuáles no; y lo trágico no es siempre lo que termina en tragedia: la tragedia es un punto de partida, no un final.


Patética.

Si la historia se centra en lo posible, la tragedia y la mística, en tanto que anhelos imposibles, constituyen la patética. Historia y patética son las dos formas humanas de lucha por la existencia; a esta forma de lucha la llamaremos teletaxia: literalmente, “contacto de la distancia”. No sabemos si los animales superiores (delfines, chimpancés) tienen historia; lo que sí es seguro es que no experimentan vida patética (en el sentido que aquí le hemos dado a este término).


Televida.

            Si la teletaxia es lucha por existir, la televida es lucha por ser; se trata ahora de vivir, no de sobrevivir; de llegar a ser nosotros mismos, no solamente de adaptarnos al mundo. Nuestra naturaleza es un mundo interior lleno de promesas y debe conseguir plantarse en el mundo exterior.


     4. Juego.

            Me aburro y juego al dominó, al parchís, a las cartas: al hacerlo no lleno el tiempo de sentido, sino que me limito a pasar el tiempo; o, como vulgarmente se dice, a matarlo. Suele ocurrir que cuando termino de jugar me siento vacío; lo mismo que cuando veo una película mala.
            El artista, por el contrario, puede pasarlo mal mientras crea, puede estar concentrado, puede estar en tensión, pero cuando termina se siente pleno y realizado. La tensión creadora es alegre y agónica al mismo tiempo, disfrutamos al tiempo que sufrimos; pero es un sufrimiento vivificador, una inyección de vida.


     5. Arte.

            En el arte podemos experimentar un éxtasis casi místico; la diferencia es que el objeto contemplado en el arte no es el sujeto que lo contempla; lo que provoca entusiasmo no es la propia persona que lo siente (sea o no sea a través de dios), aunque en el objeto artístico el artista pone mucho de sí. Pero su percepción puede llegar a ser igualmente sublime.
Todos los juegos tienen estrategia (esto es, creatividad) y todos son rutinarios; pero mientras el parchís tiene un uno por ciento de creatividad y un 99 por ciento de rutina (por decir algo), el ajedrez tiene un uno por ciento de rutina y un 99 por ciento de creatividad. Todos los que juegan piensan; pero unos piensas más y otros menos.
El parchís es un juego monótono, repetitivo, no porque no sea creativo, sino porque lo es muy poco; y el ajedrez es creativo no porque no sea repetitivo, sino porque lo es muy poco.
            El arte es el placer de la esencia y el juego lo es de la existencia.
            El objeto del arte no es, pues, la belleza, sino la perfección. La belleza es un elemento prescindible. Una obra fea, pero perfecta, es artística. Claro que hay quieres consideran que lo bello es lo perfecto.
            No hay, pues, una diferencia tan marcada entre el juego y el arte. El juego es aplicación cerebral de reglas fijas, y el arte aplicación sensible de las mismas reglas; el artista piensa con la sensibilidad, o lo que es lo mismo pone el pensamiento al servicio de la sensibilidad. ¿Hay criterios para saber cuándo es arte y cuándo sólo un juego? Porque la palabra “arte” puede usarse en dos sentidos: como técnica (el arte de amar, el arte de la guerra, el arte de jugar al fútbol) y como inspiración (el arte sin complementos ni adjetivos: por ejemplo la música, el teatro, las bellas artes). No es lo mismo una rima que un ripio. No es lo mismo, recordémoslo otra vez, una obra bien hecha que una obra bien inspirada. 

                                                                        
      6. Ética.      

La unión de esencia y existencia es ética. La existencia es adaptación, y la esencia desarrollo. La historia, como hemos visto, es la aventura de adaptarse al mundo para conseguir que el mundo se adapte a nosotros, y así poder desarrollarnos, volcando en él toda la riqueza de nuestro ser; la historia es, así, la epifanía de los derechos humanos.
En tanto que lucha por el desarrollo la historia es la epifanía del juego y del arte; pero primero ha tenido que ser drama y tragedia, lucha por existir antes de llegar a ser lo que somos; en la mística hemos encontrado un ansia por encontrar la puerta del ser, que se halla en el corazón más profundo del instinto de existir, de perdurar; si existir es buscarnos un hueco en el tiempo, ser es encontrar un hueco en la eternidad; llenemos ese hueco de contenido y tendremos el arte como desarrollo de esa plenitud; y la ética, lo veremos a continuación.
            La diferencia entre la mística y el arte es que el arte es aparición y la mística intensidad; la mística es un sentimiento íntimo, profundo, agarrado en lo más intenso de mis entrañas: pero vacío; cuando el arte adquiere dimensiones místicas se vive con intensidad, una intensidad que puede llegar a ser extrema, indescriptible, sublime; hay momentos así en la sinfonía patética de Tchaikovsky.
            El arte, cuando está inspirado, ve las cosas desde fuera, pero las siente desde dentro; veámoslas también desde dentro y tendremos la ética. En la vida ética yo no sólo veo las cosas desde el sillón del espectador, sino que me meto en ellas para verlas desde allí; ese ponerme en lugar del otro es la empatía, cristalizada en las neuronas- espejo. Veo el mundo como si fuera yo, pero también lo siento como si me sintiera a mí mismo. Sufro con el gato que sufre, con el conejo a punto de ser cazado por el galgo, con mi semejante que abandona su casa por causa de la guerra, me alegro con ellos cuando ellos se alegran, mi sentimiento surge del interior de todos los seres; o más bien surge de mí, pero se refleja como en un espejo en todos los seres de la tierra como si yo fuera ellos, como si el mundo entero estuviera dentro de mí y yo sufriera por el mundo.
            El sentimiento ético es la búsqueda del bien: un instinto primario que sólo se vive en toda plenitud en el interior de los seres humanos; lo llamamos humanidad. La humanidad busca el bien de todos mientras que la animalidad sólo busca el de sus congéneres. Y como pasa en el arte, cuando la intensidad es extrema puede ser un sentimiento casi místico; a la par feliz y doloroso, aunando en el mismo punto el deleite y el sufrimiento. 
La razón, como en el arte, está al servicio del sentimiento.
Por la ética me adueño de la vida universal. La ética, como esencia conjugada en la existencia es erótica de la totalidad.
  


     7. Humor.

Es la degradación de la ética. La ética es cercanía del otro (mi prójimo). El humor, por el contrario, no es cercanía sino distancia. Hay un humor degenerado que no coexiste con la ética, sino que la suprime: es el humor despiadado de la crueldad; no todo humor ácido y corrosivo es despiadado, pero todo humor despiadado sí es corrosivo. El deleite por el sufrimiento ajeno es una violación de la ética; por eso es siempre un humor insano: patológico. En él se esconde la crueldad.
            Pintamos una bola de hierro para que parezca un balón de fútbol. Le decimos a un vecino que vamos a chutar para ver quién la tira más lejos. El vecino golpea con todas sus fuerzas retorciéndonos en ayes de dolor; entonces nosotros nos paramos retorciéndonos de risa.
            Desde el punto de vista del que chuta, se ha roto dedos, metatarsianos y empeine. Desde el punto de vista del que mira sólo hay una situación graciosa; la gracia viene de que al chutar esperaba una cosa y se ha encontrado con otra; una espera defraudada no nos hace reír; una espera equivocada sí; es cómico comprobar que la realidad no corresponde a la apariencia. Siempre que no se sufra. La ignorancia de la falsedad nos hace reír con el engaño; su conocimiento nos hace reír.
            El que descubre el engaño sufriendo descubre una vida dramática; el que lo contempla sin sufrir descubre una vida cómica; si el que sufre siente patetismo el que se ríe siente “apatía”: o sea que uno siente y otro no. El drama estriba en sentir el dolor propio y la comedia en no sentir el dolor ajeno. Basta con ponerse en lugar del que sufre para sentirlo, aunque nos sigamos riendo por inercia. La risa desaparece con la empatía. Con la misericordia. Con la piedad. O lo que es lo mismo: la risa es lo contrario de la comprensión; el humor es la negación de la ética.
            Hay otro tipo de humor que no brota de la contemplación de las desgracias ajenas. Cuando la sorpresa (el descubrimiento inesperado de que las apariencias no corresponden a la realidad) es un valor por sí mismo; o cuando descubrimos entre las cosas conexiones sorpresivas (incluyendo juegos de palabras); o cuando se exponen situaciones paradójicas (que incluyen entre sus ingredientes elementos incompatibles). Ejemplo de esto último: “”esto eran dos y se cae el de en medio”. Ejemplo de lo segundo: “esto era uno que va y se muere; moraleja: no vayas”. Se extraen de las  situaciones lógicas conclusiones disparatadas.
Cuando lo inesperado no hace sufrir a nadie produce un humor sano. Cuando no hace sufrir al espectador pero sí al protagonista produce un humor de mal gusto. Y cuando hace sufrir al protagonista no nos hace ninguna gracia.
 

     8. Ciencia.

            La ciencia es poiesis: creación. La observación de la realidad es experiencia, pero la ciencia va más allá de la experiencia. Explica los fenómenos buscando lo que ocultan. Lo mismo que el público busca el truco que esconden las apariencias cuando ve actuar al prestidigitador, así también el científico busca en la realidad lo que no se ve. Y como lo que no se muestra no puede descubrirse, habrá que inventarlo. Inventamos los átomos para explicar los misterios de la naturaleza. Y así también inventamos las células antes de descubrirlas, y los cielos, y los epiciclos, y la herencia de los caracteres adquiridos, y la selección natural, y la teoría de la relatividad.
            La ciencia es distancia máxima con respecto al mundo. Observa las cosas desde fuera, sin implicarse en ella. La admiración del científico por la belleza de su trabajo tiene mucho de arte. Pero en ciencia mandan los datos. Y si la vida científica es arte, los resultados de la ciencia son monografías donde la fantasía queda fuertemente atada por la tiranía de los datos.


     9. Técnica.

            La técnica, como la ciencia, es distancia máxima entre sujeto y objeto, pero sus reglas son prescriptivas.
            Hacen falta dos ingredientes para que se pueda hablar de arte: la  creación y la técnica (o, como hemos visto antes, la poiesis y la techné); y hay que añadir un tercero: la proximidad con el objeto creado; una proximidad que puede llegar a la identificación. No basta con crear una sinfonía en nuestra cabeza; para ser músico es necesario también saber música. Lo primero que hicieron los Beatles cuando se hicieron famosos fue aprender música, porque sin técnica no podían dar relieve a la creación.
La técnica, a diferencia de la ciencia, no busca saber cómo se mueven las cosas, sino cómo queremos que se muevan. La ciencia busca el ser del objeto.
            La técnica se ocupa de la aplicación; la ética, de la práctica. La virtud ética de la aplicación (diligencia) nada tiene que ver con la virtud técnica de la aplicación (útil);la primera se refiere a personas, y la segunda a herramientas.

Vida.

            Vivir es desarrollar nuestra esencia, es decir tomar del mundo lo que necesitamos para ser lo que somos, para existir sin desnaturalizarnos. Si tomamos del mundo lo que nos perjudica, dejamos de existir; por ejemplo si bebemos agua envenenada. Pero si tomamos lo que nos falta, mejoraremos nuestra existencia: porque realizaremos nuestra esencia.
            La esencia es su naturaleza. Cada ser desarrolla su naturaleza, por ejemplo la naturaleza de la vaca es herbívora, una vaca no puede, o no debe, comer carne. Los ganaderos han alimentado las vacas con un pienso que se ha fabricado triturando el cuerpo de otras vacas muertas; con lo que han hecho que sus vacas no solamente fueran carnívoras, sino también caníbales; la naturaleza se ha vengado creando la enfermedad de las vacas locas.
            Quien puede hacer obras de arte y se contenta con pintar cosas bonitas está desperdiciando su capacidad. Quien puede ser un buen futbolista y se contenta con pasar un rato en el fútbol, desperdiciará sus posibilidades; porque aprovecharlas significa algo más que pasar el rato.

El mundo es la emergencia cronológica de la razón. 



sábado, 9 de agosto de 2014

Nicófagos y Agoniatras








NICÓFAGOS Y AGONIATRAS


 1.

         El mundo estaba lleno de nicófagos y agoniatras. Nicófagos: gentes que se alimentan de victorias. Niké es la victoria en griego. No saben vivir si no ganan, si no vencen no se alegran. Y luego estaban los agoniatras, que buscan la salud en la experiencia de la lucha. Agón: lucha. Médico: iatra. Para ellos, el combate es la mejor medicina. Hay quien vuelve contento de haber jugado bien al fútbol, y quien no puede alegrarse si no gana; para éstos, la victoria es la única medicina.
         Claro, el triunfo tiene un poder estimulante. Uno se deprime cuando el fracaso corona los esfuerzos. Eso es verdad. Pero si lo estimulante es buscar la victoria, no lo es tanto obsesionarse con ella. No es lo mismo ser nicófago que nicópata. El nicópata sólo ve la eclosión del huevo, pero el nicófago es capaz de ver, además, su lenta maduración. En eso estaba cuando se quedó sumido en un sueño profundo y se le cerraron los ojos.


2.

         Los nicófagos quieren ganar los partidos; los agoniatras prefieren jugarlos. Los nicófagos quieren ver ganar a su equipo; los agoniatras prefieren ganar ellos mismos. Los nicófagos quieren que les toque la lotería; los agoniatras eligen el trabajo en serio. Los nicófagos estudian para aprobar; los agoniatras estudian para aprender. Los nicófagos trabajan para cobrar; los agoniatras cobran por trabajar. Los nicófagos pasan el rato; los agoniatras viven y el tiempo pasa. Los nicófagos matan el tiempo; los agoniatras lo llenan de sustancia. Los nicófagos se aburren; los agoniatras se divierten. Los nicófagos copian; los agoniatras estudian. Para los nicófagos es el trabajo inútil; para los agoniatras el trabajo que rinde. Los agoniatras se animan solos; a los nicófagos tienen que los animarlos. Los nicófagos se rinden antes de tiempo; a los agoniatras no los vence ni el destino. El nicófago odia el trabajo; el agoniatra disfruta hasta el trabajo bíblico. El nicófago se queja siempre; el agoniatra saca de lo malo lo bueno. Para el nicófago la vida es un valle de lágrimas; el agoniatra encara la vida con esperanza. El nicófago, porque fracasa, destruye al que triunfa; el agoniatra, aunque fracase, se alegra del triunfo ajeno. El nicófago necesita de un equipo que gane; el agoniatra es su propio equipo. El nicófago no sabe compartir; el agoniatra comparte su trabajo. El agoniatra tira del carro; el nicófago necesita que lo animen. El nicófago sólo tiene ganas; el agoniatra, además de tenerlas, quiere. Los nicófagos necesitan cadenas; los agoniatras quieren ser libres. Los nicófagos necesitan de la técnica; los agoniatras la usan y, si no les vale, también viven. Los nicófagos quieren que los vean guapos; los agoniatras necesitan sentirse guapos aunque nadie mire. Los nicófagos quieren estar buenos; los agoniatras necesitan serlo. Para ser tú mismo hace falta entrar en el mundo; pero estar en él sin ser tú es vivir de vacío. Los nicófagos no se sienten bien aunque estén buenos; los agoniatras, que son buenos, se sienten bien (plenos y realizados). El nicófago se consume en el placer; el agoniatra lo vive sin consumirse. El nicófago vive el terror del más allá; el agoniatra saca, de su miedo, motivos de lucha. Hay perdidos en el mundo muchos nicófagos; ya es hora de que lo pueblen los agoniatras.



3.

         En un mundial de fútbol no ganan siempre los mejores. Ni son los peores siempre los que pierden. Por ejemplo, cuando Nadal perdió la final contra Wawrinka.


         Sin una mota de optimismo, Kant afirma que en esta vida no triunfan los mejores. Los virtuosos no son felices, sino los sinvergüenzas. Los que no son buenos se las apañan para conseguir el éxito, que es el reconocimiento.
         El éxito de una acción es la certeza de haberla hecho bien, pero la mayoría lo identifica con el reconocimiento de ser los mejores.
          

         El mejor triunfo es la convicción de haber sido el mejor, aunque ni te lo reconozcan.
            Pero quien juega bien necesita la satisfacción de su juego, el reconocimiento de su valía: ese reconocimiento que es el triunfo.
         No es malo anhelar el triunfo. Lo que es malo es obsesionarse con él. A costa de no mejorarse.
         El goce de la victoria es un placer del que no nos alimentamos, sino que nos alimenta; no lo tragamos sin digerir, y nos aprovecha.      
         No es lo mismo estudiar por soberbia que por instinto. Los profesores harán bien exponiendo en los torneos los méritos de los alumnos, pero no deben usarlos como fábricas de éxito; haciendo de ellos nicófagos que repriman desde dentro sus impulsos agoniatras.
        

4.

         Ser es desarrollar tus posibilidades; sacar fuera lo que tienes dentro. Estar es desarrollar las posibilidades del mundo: meter dentro lo que tienes fuera. Ganar es una sabia dosificación de ser y estar.


         Esto lo aplicamos al campeonato mundial de fútbol. Año 2014.
         España no mereció ganar, porque ya no era; ni estaba.
         Costa Rica no lo mereció porque todavía no era del todo.
         Ni Argentina: porque estuvo donde hacía falta, pero no acababa de encontrarse en su ser.
         Y Chile era mucho pero aún no lo suficiente. Y estaba donde había que estar.
         Lo hubiera merecido Holanda, porque era; pero se olvidó de estar.
         Alemania mereció la victoria: porque era y estaba.


         La tradición platónica es preformacionista: explica el desarrollo a partir del ser; cada ser tiene su forma, y la vida es el crecimiento de lo que tiene dentro.
         La tradición aristotélica es epigenética: explica el desarrollo a partir del estar; cada ser se desarrolla según el mundo que lo rodea, y es el mundo, que tenemos fuera, el que nos hace nacer o no, según las circunstancias. Las circunstancias mandan en nosotros. Y a veces nos convierten en gusanos o en ranas.
         La copa del nicófago celebra lo que su existencia tiene.
         La copa del agoniatra celebra lo que su existencia vale.
         Sólo vale lo que hay en ti, no lo que te regalan. Tus tesoros sólo pueden salir con el trabajo.
         El triunfo epigenético es nicófago: su éxito consiste en aparecer, nacer, que te reconozcan. El triunfo preformacionista es agoniatra: consiste en desarrollar lo que tienes dentro aunque no te lo reconozca nadie. No importa que te entreguen copas y medallas: la verdadera copa del mundo es la que mide de la calidad de tu existencia.


         Hay quien se entrena para ganar y pierde: Holanda.
         Hay quien entrena para ganarse y pierde, pero se gana: Sócrates.
         Quien se entrena para ganar y gana: el Real Madrid.
         Y quien se entrena para ser y también gana: Alemania.
         El mundo está entre Holanda, Sócrates, Real Madrid y Alemania. A veces nos perdemos para ganarlo todo.
         Porque ganar sin ganarse es perderse al fin y al cabo. ¡Cuánta gente se pierde queriendo ganar!


5.

         El nicófago es una criatura skinneriana, porque no hace nada que no tenga premio; o que no sea bajo amenaza.
         Maslow nos enseña que podemos ser agoniatras llevándonos por el deseo de ser; lo que nos hace humanos. La lucha se vuelve cooperación.


6.

         Están los que fracasan porque no han querido estudiar, ni trabajar, coronando el éxito con el esfuerzo. ¡Qué importa que sus amigos les jaleen las gracias!
         Están quienes fracasan porque han preferido el impulso fácil a la dificultad de las cuestas; y presumen como energúmenos elevando la fuerza bruta a categoría máxima.
         Están los que triunfan estudiando como becerros y cifran su majestad en saber más que los demás, y el saber se queda en repetición erudita de frases huecas. Los escaparates de la virtud se lo celebran.
         Y luego están los que triunfan de verdad, estudiando para saber y no para pasar por sabios; trabajan para ser mejores, no para aparentarlo, y forjan el impulso en vez de dejar que el impulso los arrastre. Los que no sacrifican la vida en aras de los libros, como ratas de biblioteca: ésos son los verdaderos sabios. Pero los nicófagos los desprecian porque huelen a agoniatras.



7.
         Se puede triunfar de tres formas: consiguiendo lo que buscas, consiguiendo que te aplaudan o haciendo bien las cosas; el aplauso es el reconocimiento de que lo que has hecho es bueno.