viernes, 25 de septiembre de 2020

 

 

LA NATURALEZA HUMANA

 


-He pensado que al nacer todos somos como los coches. Venimos al mundo con las mismas capacidades, pero unos las tienen más limitadas y otros menos; igual que los coches tienen más o menos caballos dependiendo del modelo que sean. La naturaleza nos ha hecho iguales porque todos somos coches, pero no todos somos de la misma marca; y aun siendo de la misma marca, no todos somos del mismo modelo, de fábrica.

Luis se hallaba sumido en una meditación profunda.

-Sigue.

-También hay coches potentes que han perdido fuerza con el tiempo. Con la edad. A nosotros nos pasa lo mismo, cuando envejecemos perdemos facultades.

-Hm… Habría una psicología de la esencia, que se ocupa de cómo podemos ser al nacer; y una psicología de la existencia, que se ocuparía de la evolución de nuestras facultades por el mundo, de cómo se pueden desarrollar o atrofiar dependiendo de la educación que reciban; y de cómo se pueden deteriorar o potenciar con el paso de los años.

-A la primera pertenecerían todas las tipologías de la personalidad; todas las caracterologías; y la relación entre determinismo y libertad.

-Así es. Libertad es lo que yo puedo hacer con lo que la naturaleza me ha dado. No es realizar deseos que no correspondan a mis posibilidades.

-Y a la segunda pertenecerían todas las psicologías de la edad, de las experiencias ambientales, del desarrollo; que también plantearían una libertad condicionada.

-Libertad sería, aquí, lo que dice Sartre: lo que yo puedo hacer con lo que han hecho de mí.

Luis gemía alargando una m con la boca cerrada.

-Hmm… Claro.

-Pero –dijo Luis, corrigiéndose de repente- es muy peligroso embarcarse en una psicología de la esencia. Podríamos acabar clasificándonos en seres superiores y seres inferiores, desembocando en darwinismos excluyentes e incurriendo en el racismo.

-Ya. Eso puede ser pero que muy, muy peligroso.

-La única opción sería admitir que hay inteligencias múltiples, sensibilidades múltiples, múltiples formas de ser; unas no son superiores a otras, sino que desarrollan, a niveles equivalentes, distintos modos de existir. Las pérdidas de grado, como de casta o naturaleza (Juan se acordaba de Calipso y de Circe) no se deberían a la naturaleza misma, sino al tipo de educación que hayamos recibido: no haría lo mismo de nosotros una educación socrática que una educación de Heathcliff.

-Sí, desde luego. Aunque también la naturaleza podría traer piezas falladas. Un síndrome de Down, por ejemplo.

Juan se hallaba sumido en una profunda perplejidad. Su cabeza lo obligaba a admitir todas esas posibilidades, pero su corazón (Luis) se rebelaba contra ellas.

 

 

            La naturaleza humana era una fábrica de coches. Pero también un juego de cartas. Todos estábamos hechos de lo mismo (espadas, copas, oros, bastos), pero no robábamos del mazo las mismas cartas. Todos robábamos tres, o siete, según el juego que fuera; pero unos tenían más copas, otros más oro y menos espadas, y aun teniendo varias cartas del mismo palo, unos tenían el 7 y otros tenían el as. Sí, todos estábamos hechos de lo mismo; pero no teníamos de todo en las mismas proporciones. Todo está en todo: eso mismo dijo Anaxágoras; nosotros estamos hechos de tres semillas, tres palos: la inteligencia, los afectos y la voluntad; con ellos construimos los pensamientos; la voluntad está hecha de libertad; la inteligencia y los afectos, de condiciones (como los nucleones están hechos de quarks). Nacemos cuando la naturaleza nos da siete cartas, por lo que algunos palos pueden estar repetidos; y las cartas que nos tocan de cada palo pueden ser más afortunadas o serlo menos; ésa es la dotación con que venimos a la vida.

            -Somos como un arpa –dijo Luis-. No somos notas, pero las podemos producir porque estamos hechos de cuerdas. Hay, decía Bécquer, mucha nota dormida en tus cuerdas: “como el pájaro duerme en las ramas”; esperando al maestro, al músico, la mano “que sabe arrancarlas”. Para tocar hace falta un músico, un buen maestro; pero sin arpa no habría música: nosotros somos el arpa.

            -El maestro no nos enseñaría sentimientos si nosotros no fuéramos capaces de sentirlos.

            -Ni nos enseñaría cosas si no fuéramos capaces de aprenderlas.

            -De reconocerlas en nosotros.

            -Ni nos podría enseñar pensamientos si no fuéramos capaces de pensarlos.

            -Ni, por último, podría enseñarnos a manejar la voluntad si nosotros no tuviéramos, en nuestra propia fuerza de voluntad, un instrumento.

            -Eso es mayéutica: sacar de ti lo que tienes dentro.

            -Sacar a la luz los tesoros que guardas. Y dejar dentro, enterrados, los desechos, las basuras, lo que más puede estorbarnos.

            Dijo entonces Luis descubriendo una luz en sus ideas:

            -¡Sócrates se había equivocado! Creía que sólo podíamos fabricar pensamientos, como el esclavo de Menon que dibuja, en la cera prefigurada del espacio abstracto, la relación de la diagonal del cuadrado con respecto a su superficie; Sócrates saca afuera su capacidad de pensar, y lo hace tendiéndole puentes por donde encontrar caminos.

            -¿Y en qué se equivocó Sócrates?

            -En que se olvidaba de que también podíamos fabricar conocimientos. La información que le da el maestro, como cualquier otra información que nos viene del entorno, dibuja, en la cera prefigurada de nuestra mente, formas compatibles con ellas y con ella; la figura es similar a lo prefigurado, y por eso la podemos asimilar; aprender cosas es, verdaderamente, digerir la realidad: asimilar el mundo exterior para convertirlo en nuestro propio nutriente. Si sacar cosas es desarrollar nuestra inteligencia, asimilarlas es también desarrollar nuestra memoria; también podemos sacar estos recuerdos desarrollando nuevamente nuestra inteligencia, y nuestra imaginación.

            -Y todo eso es mayéutica.

            -Claro; pulsar nuestras fibras sensibles para sacar las notas que duermen en ellas.

            A Juan le picó la curiosidad.

            -Desarrollar tus capacidades es aprender: ejercitar la inteligencia, la memoria, la fantasía.

            -Claro. Para despertar una cuerda dormida y arrancarle notas hace falta pulsarla; estimularla, hacerla vibrar, introducirle datos. Unas veces introduces un problema que excita su curiosidad, sus ganas de resolverlo; otras introduces una solución que, excitando también su curiosidad, le dan ganas de seguir preguntando.

            -¿Y qué consigues con eso?

            -¿Con qué?

            -Con excitar las facultades que tienes.

            -Ser feliz.

            -¿Cómo?

            -Uno es feliz ejercitando sus propias capacidades. Como si fueran moldes para fabricar cosas. Y cuantas mejores cosas fabricamos, más felices somos fabricándolas.

            -Eso decía Aristóteles.

            -Exactamente. No basta con tener buenas facultades, además hay que emplearlas bien. Y así, haciendo las cosas que se nos dan mejor, somos más felices. Aristóteles llamaba virtud a la costumbre de hacer bien las cosas. Y cuanto mejor las hacemos mejor nos sentimos. La virtud, el esfuerzo por el trabajo bien hecho, está conectado con la felicidad; una actividad plena refuerza nuestra plenitud; el bien hacer incrementa nuestro bienestar y una persona plena, y realizada, desarrolla plenamente todas las potencias de su ser. 



 

viernes, 18 de septiembre de 2020

LA VENTANA DE CRISTAL (2): DE LA IGNORANCIA

 

 

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL  

 2. De la ignorancia.

 


            Las masas de ignorantes salen a la calle a manifestarse contra los médicos, contra los físicos, contra la ciencia. Saben que no hay cambio climático aunque lo digan los físicos. Saben que no existe el coronavirus aunque lo digan los médicos. Saben que las vacunas son malas a pesar de las evidencias. Insisten en que todo lo que vemos y oímos son espejismos y falsedades.

            Un médico es un científico y el científico sabe que es ignorante; pero estos ignorantes no saben que lo son y por lo tanto nunca podrán hacer ciencia; hoy los ignorantes dictan lo que debemos saber y creer y son como sacerdotes que imponen doctrina, como teólogos que fijan los dogmas. Me miro en ellos y no me reconozco: esas gentes no pueden ser nunca espejos que me ayuden a conocerme.

            Los pueblos entran en crisis cuando la élite no sabe mandar y la masa no quiere obedecer: ésa es una idea que le debemos a Ortega y Gasset. Masa es el fondo de los cuadros donde no destaca nada y las élites son como figuras destacadas. Un médico es la élite de la salud pero en la construcción de un edificio un médico sería masa; mientras que un albañil, que poco sabe de medicina, en la construcción sería élite y allí debería mandar más que un médico. Es masa quien no sabe ni poco ni nada y élite quien entiende mucho de algo y un poco de todo; pero es muy difícil encontrar en la vida a gente que no sepa nada de nada. 

 


 

 

 

viernes, 11 de septiembre de 2020

LAS CUERDAS DE SU GUITARRA




LAS CUERDAS DE SU GUITARRA


            Sentí un aire que me cruzaba el pecho. Un aire que no soplaba, indefinible y extraño, era, más que aire, la sensación de una presencia; una presencia inmaterial, aire que no sacudía, sensación que no sentía, soplo que no tenía cuerpo: era, ingrávida y sutil, la sensación de una nostalgia. La sentí cuando me acercaba a la verja. Cuando vi a los viejos plantados en la acera de enfrente, esperando sin esperar, más bien sintiendo pasar el tiempo, con la mascarilla puesta. Rodrigo estaba junto a mí, me daba calor en el alma y me producía tranquilidad, con él me sentía acompañado. Me acerqué a la verja y vi que había dos o tres personas, como si estuvieran en la cárcel, hablando con otras dos o tres que estaban al otro lado. Toqué el timbre. Y mientras esperaba se juntaron en mí ecos de recuerdos que no tenían forma.
            Me habían llamado a casa. Podía ir a recoger la ropa de mamá. La idea de recibir objetos que yo no imaginaba separados de la persona que los llevaba me resultó extraña. Y fue cuando me sentí flotar sobre la realidad, como si estuviera en un lugar en el que no estaba, viviendo en una nube en donde la vida estaba suspendida: fue un suspiro; apenas un momento y luego volví al mundo real; sí, mamá no estaba; mi presencia en aquel lugar sólo tenía sentido para visitarla, pero ahora que yo estaba allí y ella no estaba, ¿para qué estaba entonces? Una iglesia sin altar, un jardín sin flores, un árbol sin hojas, eso era todo aquello; en primavera ya crecían las hojas en los enormes castaños, aquellos gigantes que surcaban el cielo, pero era como si sus ramas estuviesen desnudas; unas ramas robustas y nudosas, como manos abiertas con sus dedos retorcidos: yo no los vi; no me fijé en los árboles y no vi si estaban desnudos o frondosos, pero sé que tenían hojas; lo supe porque me lo decía la lógica, aunque no lo vieran mis ojos, ni lo sintiera mi cara, insensible al aire, volcada en mi mundo interior: en ese mundo donde no hay aire que sopla y vive fuera de las sensaciones, con la sensación rara de no sentir, mis sentidos abiertos al mundo pero cerrados al exterior, no sé, una ausencia de la materia que yo sabía que estaba a mi alrededor pero estaba sin estar; como si los sentidos estuviesen dormidos y el espíritu no se hubiese despertado aún; una sensación extraña, ausente para lo que tenía fuera pero no sensible aún a lo que tenía dentro; esa sensación de estar suspendido, pero no en el aire, sino en un espacio sin aire, se esfumó cuando vino la chica, vestida de blanco, y me habló sin abrir la verja, deteniéndose a cierta distancia sobre mí, yo en la calle y ella al otro lado; en una silla de ruedas había una viejecita ausente, que yo había visto pasearse el alma mientras paseaba yo, en cuerpo y alma, con mi madre; una mujer a la que paseaban sus hijos y yo no sabía hasta qué punto podían hablar con ella, tan fuera estaba de la realidad; sus ojos veían sin mirar, porque quizá tuvieran las mientes volcadas hacia adentro y lo que veían afuera era lo mismo que sus oídos sentían, sensaciones sin forma, pinceladas deshilachadas como esos cuadros que parecen manchas de colores; de colores sin formas o con formas que para nosotros no tienen ningún significado.
            -Date la vuelta detrás de la esquina y espera a la puerta de la lavandería. 


            Le di las gracias y miré a Rodrigo. Rodrigo lo miraba todo como si estuviera en un lugar extraño. Había venido unas cuantas veces a ver a mi madre, conocía el patio, la verja, conocía el salón donde la visitábamos, conocía las otras estancias, la capilla, las sillas de ruedas; los lugares donde se apostaban los viejos a ver pasar el tiempo, silenciosos, mirando por los ventanales como quien mira pasar los aviones en el aeropuerto; veía pasar las cuidadoras, las  enfermeras, por la tarde no estaba la médica, a veces venía la fisio, que iba de mesa en mesa jugando con los viejos para sacarles las risas, contándoles bromas; Rodrigo sentía la capilla, fría, impersonal y austera, con el altar donde unos curas cantaban mientras otros pontificaban; y podría imaginar el salón donde había tocado para la abuela, dedicándole todas las canciones de su guitarra, pero no había micrófono y las cuerdas no se oían en condiciones, y los viejos miraban, unos ausentes, otros presentes, unos sonriendo y otros bendiciendo. Rodrigo fue feliz el día que tocó para su abuela, y su abuela reía, contenta, feliz, presumiendo de nieto, sin comprenderlo del todo pero encantada de que su nieto tocara para ella; Rodrigo recordaba a su abuela, siempre sonriente, excepto cuando el cuerpo le dolía y le jugaba una mala pasada y entonces protestaba y se volvía quejosa. Más allá estaba el comedor, Rodrigo se acordaba bien; y se imaginaba los miradores donde, sentados en los sillones, ante la enorme cristalera, habían pasado alguna tarde celebrando su cumpleaños; y veía en su mente las mesas de la biblioteca donde, con la televisión apagada, habían partido el pastel y habían tomado chocolate; todo bien caliente: se habían gastado bromas y habían roto el tiempo celebrando cosas que normalmente no se celebraban. Sí, Rodrigo lo recordaba todo, pero no recordaba dónde estaba la lavandería.
            Ante su puerta llevábamos un rato hasta que se abrió y apareció María José empujando una silla de ruedas: era la silla de mi madre; sobre ella había un par de bolsas y pude ver que eran los retratos, los pañuelos, las dos mantitas que mi madre quería tanto, las que ella había dado a Mari Jose y a Rodrigo cuando eran pequeños; y que era la que le gustaba que le pusiera en las piernas, para sacarla a pasear, los días de primavera y de otoño; cuando todavía hacía frío pero ya se podía salir al jardín, a la pradera, y perderse en las casas del pueblo, y a veces sentarse en un banco a contar muchas cosas o a cantar canciones, mientras las cigüeñas, con su tableteo, animaban los nidos que había en el tejado de la fábrica; la real fábrica de vidrio, que antaño fabricaba las arañas de palacio, entre las casas a dos aguas de La Granja. 


            Cogí la silla y al tocarla me invadió una sensación indefinible, como si estuviera tocando una realidad que no era mía, y era la nostalgia que la embargaba. Tenía que devolver la silla al centro de salud. Y conservaríamos los pañuelos que Mariano le había traído, del Perú y de Argentina, con los que a ella le gustaba presumir, llenos de colorido que eran la envidia de las mujeres. Y nosotros, y María José, con las mascarillas puestas, a distancia unos de otros, nos contábamos cómo estábamos pasando la pandemia. Que había viejos con muchas enfermedades que, milagrosamente, la habían superado. Que otros, que anunciaban firmeza, habían caído, como mi madre, de manera fulminante, en unas cuantas horas. Que habían pasado momentos muy duros, pero ahora empezaban a levantar cabeza como si todo lo gordo hubiera pasado. Que les habían hecho las pruebas y unos habían sufrido el virus y otros no lo tenían, y otros, en fin, habían sido asintomáticos. Y que se habían hecho los fuertes porque si ellas se hundían ¿quién iba a cuidar de los viejos? Los habían aislado para protegerlos, hacía dos meses que no los podíamos visitar para evitar que les pasáramos la infección, esperando y desesperando, en caso de que la tuviéramos. Y ahora temía el momento en que iba a terminar todo porque entonces sentiría que vendrían juntas todas las lágrimas que no habían llorado. Se me hizo un nudo en la garganta y me fui, sintiendo no poderle dar un beso y un abrazo. Rodrigo me miraba, o estaba observándolo todo, y fuimos a dejar las cosas en el coche y después fuimos a pasear para sentir la libertad que flotaba sobre los montes, allí por donde la epidemia había pasado. Y tuve en el recuerdo a aquella señora de Toledo que cantaba canciones de lagarteranas y cantaba también la fuente del avellano; y a aquel otro señor que gruñía, en su silla de ruedas, cuando alguien se ponía delante y no le dejaba ver la televisión; y parecía muy serio pero se le escapaban sonrisas, socarronas y cándidas, pero socarronas, cuando menos te lo esperabas; tuve en mi mente a la señora que ya había perdido el juicio, y que me apretaba las manos y me las besaba porque me confundía con su hijo, que también tenía barba; y aquella otra señora, cariñosa hasta la médula, que me sonreía y me quería, mucho lo sentía yo, y le gustaba que me acercase a ella y le hablase y entonces me contaba cosas y me enseñaba su lupa, que sus ojos estaban manchados por la mácula; todos habían muerto, y no quise pensar más, porque tantos viejos se habían hecho amigos míos que los tenía dentro de mí y me dolía el corazón cuando los recordaba. 


            Caminamos hacia la salida del pueblo. Dejamos atrás el campo de fútbol, la pradera, las casas de la ciudad, señalé con mi mano al cerro que había ante nosotros, pelado, terroso, con una antena puesta en la cima, donde habían volado los buitres sobre el cuerpo de una vaca, o de una oveja, ¿te acuerdas, Rodrigo, lo reconoces? No, decía él, y entonces yo le decía: el pico de la Atalaya. Entonces abría los ojos y se acordaba de cuando lo había subido con su hermano, y allí, a dos palmos de la cima, tuvieron que darse la vuelta porque él era niño y ya se había cansado.
            -¿Cuántos años tenías entonces?
            -No sé… ¿Ocho, quizá?
            -Puede que ocho.
            Le señalé un peñasco que se asomaba al pueblo por otro lado. Había una roca que parecía una  atalaya, un cuadrado que sobresalía, y yo le dije: ¿sabes lo que es eso? Él negó con la cabeza. Yo le dije que no estaba seguro, pero creía que era el diente del diablo; y le conté la historia de Tomás Segura, y de la cueva del monje, leyendas, todas ellas, que daban nombre a los lugares en los que Rodrigo había estado; y seguimos hablando de los Asientos, y del pinar de Valsaín, donde habíamos ido tantas veces, siendo él niño, y del cerro Matabueyes, el pico de la Gallega, la Boca del Asno; que venía del Montón de Trigo donde nacía el Eresma, y más allá, poblado de lagunas, estaba, entre neveros y riscos, el paraje de Peñalara.
            -Mira, Rodrigo, por aquí he traído a la abuela unas cuantas veces.
            Y le enseñaba un camino, silvestre y pedregoso, que baja por una cuesta hasta un puente bajo el que corría un riachuelo de aguas transparentes; y venía de algún lugar que se perdía, tierra arriba, junto al pico de la Atalaya.
            -¡Hala! ¿La has traído por aquí?
            Asentí con la cabeza.
            -Sudaba la gota gorda con la silla de ruedas. Cuando bajaba la tenía que frenar y cuando volvía a subir chorreaba literalmente de sudor; mira, ¿ves esta cuesta? Por aquí la traía.
            Rodrigo se hacía cruces.
            -¡Pues sí que has paseado con la abuela saliéndote del pueblo!
            -Sí. –Yo señalaba con la mano, a distancia de nosotros-. ¿Ves aquellas casas que hay a lo lejos? La llevaba detrás de ellas y salíamos al campo, allí, por el camino de las Calderas, y luego, volviendo por ese otro lado, regresábamos a la residencia; y cuando llegábamos ya era la hora de tomar el autobús. Otras veces la he llevado allí, hasta los jardines de palacio, y subir por esas cuestas me costaba sudar tinta.
            -¿Empujando la silla de ruedas?
            -Empujando la silla de ruedas.
            Rodrigo hizo un gesto de admiración.
            -La abuela no se puede quejar. ¡Por cuántos sitios la has traído, cuántos paseos habéis dado!
            -Sí –dije sonriendo, satisfecho de haber compartido tantos momentos con mi madre-. Y la fábrica de vidrios, y las cosas de la feria, y los bosques que se abren detrás de la residencia, y que nos llevan directamente al pantano.
            -¿Hasta allí habéis ido? 


            -Hasta allí. Bueno, la mayoría de los días los hemos pasado en la pradera, o allí, en la explanada de la fábrica, junto al estanque, en la fuerte del infante, paseando, sentados en aquellos bancos, o bien tomando un helado; y de vez en cuando la llevaba de excursión. He pasado muchas tardes con la abuela, hemos hablado mucho, hemos recordado canciones, también las hemos cantado. 


            -¿Hablabais de muchas cosas?
            -De cosas de su infancia, sí. De Segovia, del acueducto, de cuando iba a los pueblos en burra, de cuando cosía, de los tiempos del estraperlo, de la parada de caballos… En los últimos años se olvidaba de las cosas y no me podía contar ya las mismas cosas que en otro tiempo me había contado. Se le olvidaron los lugares, las personas, a mí me confundía con mi padre, y a mi padre con el suyo, y a la perra Chuli con Toni, que era el perro que habíamos tenido en Puertollano.
            Rodrigo escuchaba todo lo que le decía. Disfrutaba del sol de la tarde, pues aquél era un día entre lluvias, y luego, señalando encima del palacio, decía:
            -Esa mancha parda y negra ¿es el incendio del año pasado?
            Sí. Habían ardido los árboles que había encima de palacio. Muy cerca de las últimas casas del pueblo. Los vecinos, con las llamas prácticamente a la puerta, debieron estar asustados. El espectáculo debía ser dantesco.
            La tarde declinaba y el sol, en el ocaso, pintaba rayones azules y rojos en el cielo. Rodrigo quiso que fuéramos por el bosque, detrás de la residencia por donde había ido con la abuela al pantano.
            -Ahora no se puede –dije-. Está prohibido.
            -Sí –dijo él-, veo el letrero de refilón.
            -Pero no importa: te llevaré hasta el pantano y después, cuando lleguemos al camino, tomaremos la desviación y llegaremos nuevamente a la residencia; de ahí, luego, volveremos a casa.
            Y así lo hicimos. Rodrigo supo adónde iba ese camino que salía desde la carretera y por el que tantas veces se había peguntado. Y enfilamos luego, dejando el pantano atrás, por las tierras de Robledo, que se perdían por la Mujer Muerta, y luego llegaba la estepa, la tierra estéril, sin árboles, y el cielo tinto en sangre, y el espacio que nos separaba de la ciudad. Fue un hermoso día para mí. La nostalgia de mi madre se unió al placer de estar con mi hijo, la presencia de lo ausente en el calor de su abrazo se hizo presencia, y fui tremendamente feliz: como si hubiera transitado por el camino donde los vivos se juntan con los muertos; donde los tiempos que fueron se prolongan en los que son, y serán, y donde la semilla de aquellos que pasaron crece en los frutos de los que están pasando ahora: mi hijo, cuyo cariño remueve hasta el tuétano las cuerdas que hay al fondo de mis entrañas, las hace vibrar como un violín: que es mi hijo mayor y que tengo ganas de verlo; y en este hijo pequeño que ya se ha hecho grande vibran también, con la misma intensidad y el mismo brío, que no ceja en sus ganas de vivir, unas veces ensueño y otras pasión, saliendo de las otras cuerdas a las que Rodrigo hace hablar cuando las toca: las cuerdas de su guitarra. 




viernes, 4 de septiembre de 2020

LA REBELIÓN DE LA NATURALEZA



LA REBELIÓN DE LA NATURALEZA

1.

            La lectura de Jack London le había producido un auténtico shock. La llamada del bosque. La voz de la naturaleza. Esa naturaleza que es más profunda que nosotros mismos, “regresando hasta las entrañas del tiempo”[1]. Los instintos: “recuerdos de los antepasados convertidos en costumbres”[2]; adormecidos durante siglos; de repente se despertaban.
            Era la historia de un perro. Un perro que había vivido en casa del hombre, “marcado por generaciones de vida doméstica”[3]; pero no dejaba de ser “una criatura bravía, que llegaba de la naturaleza”[4]; debajo de la lealtad, que nace “junto al fuego y bajo techo”, estaba la astucia y la fiereza; debajo de “la influencia civilizadora” estaba “la fuerza de lo primitivo”; era “más viejo que los días que había vivido”[5]; “no era más que un perro”, pero tras él vivían las sombras de otros perros, “medio lobos y lobos salvajes”: ellos “le imponían sus costumbres, dirigían sus acciones”.
            Y de repente sintió la llamada, una auténtica vocación. “Del bosque le llegaba la llamada”[6], una llamada que no lograba comprender; eran “impulsos irresistibles”[7]. Fue un aullido prolongado… “y le resultó conocido y familiar: como un sonido ya escuchado”[8]; “murmullos del bosque, leyendo signos y sonidos igual que un hombre puede leer un libro; y vio al lobo gris”.
            “Lo llamaban estas sombras”… “Resonaba imperiosamente desde lo más profundo del bosque”[9]. Al fin respondió a la llamada; “los recuerdos de antaño acudían en tropel y lo conmovían como en otros tiempos lo habían conmovido de las realidades de los que en estos eran una sombra”[10]. Pero lo que más le inquietó fue que nosotros también estamos atados a “antiguos instintos”[11]; ellos también llaman a los seres humanos “a salir de las ruidosas ciudades y dirigirse a bosques y llanuras”; por debajo de la humanidad vive también la bestia.


2.

            Se acordó de lo que había enseñado años atrás en Fresneda. Educar era someter lo brutal a lo entrañable, aunque si reprimimos el sentir visceral para dedicarnos al sentir cordial algo en nosotros estará muriendo; es lo que le había pasado al perro de London. Sin embargo no aceptaba que por debajo de la humanidad palpitara la bestia; tenía que haber otros impulsos, otros sentimientos, otros instintos. Durante muchos días estuvo preocupado por este asunto; hasta que un día, hundido en el mundo de Herman Melville, la lectura de Moby Dick le dio la respuesta. 


            El ser humano tiene también su propio instinto. Podremos ser necios, sórdidos, truhanes, asesinos, podremos “ser detestables colectivamente”[12] cuando nos disolvemos en nacionalidades; pero el ser humano “en cuando ideal, es algo tan noble y resplandeciente, una criatura tan elevada y luminosa”, que orienta como un faro la esencia crucial de cada individuo; “esta enmascarada humanidad la sentimos en nuestro interior” y le confiere una dignidad que es igual en todos, por encima de los reyes y vestiduras; es, para Herman Melville, “esa democrática dignidad que, presente en todas las personas”, es la “sustancia y centro de la democracia”[13]; él achaca su origen a dios, pero la depositaria de dios es inevitablemente la naturaleza.
            Así pues, la humanidad, la dignidad, son la sustancia misma de la naturaleza humana. Con ella se nace y la sentimos en nosotros, aunque nos olvidemos de ella y tengamos que volver a aprenderla. Por eso piensa Melville que hasta “los más sórdidos marineros, los renegados y los malhechores”, tienen “altas cualidades, aunque sombrías”; por eso ve posible tener con ellos unas “trágicas indulgencias”; porque “incluso los más sombríos, los más degradados quizá, se elevan a veces por sí mismos a las exaltadas cumbres”; don Juan se salvó a pesar de su depravación, Fausto se salvó con su soberbia, y hasta el temido bandolero se salva por su humanidad en “El condenado por desconfiado”. A pesar de todos los errores siempre hay “un manto de humanidad sobre todos” los de nuestra especie. Podremos degradarnos al existir, pero hay un tesoro inagotable en nuestra esencia.


3.

            Aquello desató la imaginación de Juan. Y le dio sentido a todo lo que había dicho en Fresneda. Todos tenemos una doble naturaleza, un doble instinto. Como animales experimentamos un sentir visceral, y como humanos, ese instinto se llena de cordialidad; el sentir visceral brota del deseo y nos lleva a hacer lo que nos apetece, y el sentir cordial brota de la conciencia moral y nos induce a hacer lo que sentimos que está bien; el primero es la fuerza de lo primitivo, de London; el segundo es el sentimiento de humanidad, de Melville. Ambos son instintos: recuerdos de los antepasados convertidos en costumbres. Lo primitivo es míster Hyde en estado puro; lo segundo es el doctor Jekyll, mezcla de primitivismo y humanidad. Pero lo primitivo no es malo si no se rebela contra la humanidad que contiene (aunque Stevenson se confundiese con la supuesta maldad de mister Hyde). Por eso la ética, que es el control de la parte visceral por la parte entrañable, no debe alimentar al corazón a costa de las tripas: ni viceversa; por eso estaba Nietzsche tan acertado cuando lanzaba sus críticas contra esa inmoralidad de la moral; que ésa y no otra cosa es la humanidad cuando se brutaliza. El espíritu animal es amor a la prole, si me apuras a la tribu; el espíritu humano es amor a todas las tribus sin distinciones ni barreras.
            Es bueno que el instinto viva libre, tanto si es animal como si es humano. Porque si se le encadena pierde su naturalidad, y una naturaleza encadenada ya no es naturaleza. La educación, fruto y fuente de la cultura, tiene que respetar las sanas fuerzas naturales; el deporte sirve para hacernos mejores, no para reprimir nuestro impulso (por ejemplo sexual); de lo contrario la educación no desarrollará nuestras fuerzas sino que las desvirtuará. Se produce entonces la rebelión de la naturaleza. Que es, aparte de una desnaturalización de nuestras fuerzas, un hundimiento en la enfermedad. 






[1] Jack London, La llamada de lo salvaje, Madrid, el país, 2004; p. 50.
[2] Ibídem, p. 60.
[3] Ibídem, p. 88.
[4] Ibídem, p. 38.
[5] Ibídem, p. 89.
[6] Ibídem, p. 106.
[7] Ibídem, p. 105.
[8] Ibídem, p. 106.
[9] Ibídem, p. 89.
[10] Ibídem, pp. 107-108.
[11] Ibídem, p. 50.
[12] Herman Melville, Moby Dick (I). Madrid, El País, 2004; p. 167.
[13] Ibídem, p. 168.