Mostrando entradas con la etiqueta avaricia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta avaricia. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de octubre de 2021

 

 

 

HISTORIAS, FÁBULAS Y MORALEJAS

 


1.

 

            Cuenta la leyenda que un hombre rico segó los campos y tuvo un montón de trigo. Vino otro pidiendo limosna y el avaro se la negó. Entonces el pobre dijo: “ojalá que ese montón de trigo se te convierta en montón de paja”; y así sucedió. La avaricia rompió la ilusión del rico pero también se rompió a sí misma, porque cuando quiere más de lo que puede, inevitablemente, la avaricia rompe el saco.

 

2.

 

            Decía Platón que si nos llenamos la barriga el cuerpo nos pesará, y con su peso acabará atrapando al espíritu, y el espíritu, encarcelado dentro del cuerpo, ya no podrá pensar en salir. Que el mucho comer no va de la mano del mucho pensar. El pensamiento necesita que a nuestra alma le salgan alas y sólo con un vientre ligero puede el alma pensar en volar.

 

3.

 

            Viridiana repartió entre los pobres lo que tenía. Los pobres, acostumbrados a comer sin arar, destrozaron su hacienda.

También los campesinos pobres, si pudieran disponer de las vacas, se las comerían; y no pensarían en el mañana cuando ya no les quedaran vacas por comer.

 

4.

 

            La cigarra se pasaba el día cantando. La hormiga se lo pasaba trabajando. Es de suponer que la cigarra, para poder comer, trabajaría también un poco; y podemos suponer que la hormiga, con tanto trabajar, algo comería también; pero el exceso de trabajo le quitaba tiempo para cantar.

A veces necesitamos ahorrar como las hormigas, pero no tanto como para que, preocupados por el mañana, nos privemos ahora de vivir. El canto es una flor que no crece sin savia y la savia es materia y su espíritu es el canto; el espíritu se divierte cantando pero necesita trabajar para comer: no para que el trabajo le quite las ganas de cantar.

 

5.

 

            Vale más ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho: lo dijo Stuart Mill. Los placeres de la carne sólo valen si no entierran a los del espíritu, o de lo contrario la prosperidad del cuerpo será la ruina de los placeres del alma; y en el alma tengo la marca más importante de lo que soy.

 

6.

 

            Que el placer de comer un plato no te quite nunca el de disfrutar de un cuadro.

 

7.

 

            Las macetas son el decorado de las paredes. La música, las artes plásticas, la danza, el cuento y la poesía son los decorados de la vida. Si no hay ladrillos no hay paredes y si no hay carne el espíritu ya no puede crecer.

Pero si las paredes son muy altas las macetas estarán demasiado lejos y no podríamos verlas; y si el vientre está muy lleno la cabeza se vaciará demasiado; entonces ya no la podría preñar el corazón.

 

8.

 

            Chopin tuvo una casa en la que vivía con George Sand. En ella compuso cosas hermosas y en ella también se inspiró George Sand para componer. Muertos de hambre no habrían podido componer, aunque sí con una vida precaria; con una casa lujosa también; porque el espíritu sólo vuela con la pasión que tiene dentro y no con la posesión de las riquezas del mundo; se alimenta, sí, de las cosas del cielo, pero a esas cosas sólo se llega cuando se impulsa con un trampolín desde la tierra donde está.

 

9.

 

            También Edward Grieg tenía una casa hermosa. En ella, confortablemente, compuso al amor del fuego rodeado de bellísimos paisajes. Pero no componía porque tuviera casa sino porque su casa tenía vida; y también porque había vida en la casa que tenía en el corazón. Allí se calentaba el espíritu, allí se acurrucó para soñar.

La pasión se embellece con el calor del espíritu y el espíritu sólo se enciende donde hay amor de hogar; con los amores dulces; en el confort de la casa que nos despierta las ganas de pensar.

 

10.

 

            También sin casas acogedoras se puede componer, pero sólo si el calor de la inspiración nos arrulla por dentro. Cervantes, Quevedo, Berlioz, Beethoven, Mozart compusieron bellísimas creaciones desde la privación y la necesidad, pero no eran plácidas como las otras sino dolorosas; melancólicas, arrebatadas y tristes, envueltas en lágrimas o a punto de llorar.

 


 

viernes, 31 de julio de 2020

FAUSTINISMO Y FAUSTINIDAD



FAUSTINISMO Y FAUSTINIDAD        


1. Primeras definiciones.

            A) De la fortaleza:

1.1. Esfuerzo.

            Ser esforzado es, lo contrario que la pereza, tener espíritu de sacrificio, sacar de sí lo que se tiene dentro, sacar esa fuerza o energía interior que nos hace ser mejores. Hércules.

1.2. Valor.

            Ser valiente es también tener espíritu de sacrificio, pero esta vez no está enfocado al despliegue de uno mismo, sino al espíritu de lucha para vencer a la adversidad. El valor es algo más que fuerza, es riesgo, es energía en peligro, es no darle la vuelta a la amenaza para no tener que verse obligado a dejar de ser. El símbolo del valor es Héctor.

1.3. Abuso.

            Todo espíritu valiente es fuerte, pero no basta con ser esforzado para ser valiente. Hércules, siendo esforzado, puede ser valiente, pero Aquiles, valiéndose de su fuerza, es, más que un valiente, un presuntuoso, más que una persona que siente el peligro, alguien que es consciente del peligro en el que está su adversario; no es un ser valeroso sino un abusador.

1.4. Aquiles y Héctor.

            Aquiles tiene fuerza corporal, pero esa fuerza física esconde en el fondo una cobardía moral. Y Héctor, por el contrario, detrás de su mayor debilidad física esconde una verdadera valentía, una fortaleza anímica y moral. El desánimo no es propio de Héctor, sino de Aquiles; por eso Aquiles tiene en una cara de la medalla la fortaleza física y en la otra la cobardía: entendida esta última no sólo como falta de carácter (de fuerza para enfrentarse al adversario), sino sobre todo de iniciativa: de fuerza para tomar la decisión de luchar.

Esfuerzo y valor.

            Llamamos esfuerzo al sacrificio por ser uno mismo. Llamamos valor al esfuerzo sacrificado por estar en el mundo, y que el mundo no te quite ninguna de tus posibilidades de ser.


            B) De la flaqueza.

1.5. Miedo.

            El miedo es la falta de fuerza para ser lo que podemos ser, y para salvar los obstáculos que nos impiden estar donde podemos construirnos como somos, y, por tanto, llegar a ser lo que podemos ser. Es lo contrario de la rebeldía. La rebeldía es cuando nuestras fuerzas nos lanzan a combatir los obstáculos que nos impiden crecer (obligándonos a ser como quiere el mundo sin dejarnos, en esa adaptación necesaria de seres que crecen juntos, ser como queremos ser: aunque la realidad sea sólo una parte de lo que queremos).

1.6. Rebeldía.

            La rebeldía es, pues, espíritu de lucha; lo contrario es el miedo, que nos paraliza. Del mismo modo el esfuerzo es espíritu de superación, y lo contrario es la pereza, que nos paraliza también.

1.7. Extravío.

            Podemos ser esforzados perdiendo el norte; emplear nuestras fuerzas en la consecución de objetivos que no valen la pena, como cuando nos empeñamos en el estudio olvidándonos de vivir. El extravío puede ser rebeldía o esfuerzo, no paralizados por la pereza y el miedo pero tampoco empeñados en la vida, sino confundiendo las cosas porque lo que nos guía es la obsesión. Obsesionarse es perderse y tomar un camino que no es el que debíamos tomar.
            A veces tenemos miedo a la vida, miedo al error: y queremos caminar de nuevo para no volver a equivocarnos en lo mismo; corregir lo que hemos fallado. Y a veces ya es tarde, como la vida no tiene ensayo, su único ensayo es al mismo tiempo su única representación; y cuando queremos rectificar ya es contra la naturaleza, firmando tratos con seres que prometen cosas imposibles y las cumplen sin cumplirlas, violando el trato que firmaron con nosotros sin estar capacitados para firmar.

            C) De la dominación.

1.8. Soberbia y envidia.

            Soberbia es creerse más que los otros. Envidia es saberse menos. El soberbio pisa a los inferiores para disfrutar de su superioridad. El envidioso los pisa para quitarles lo que les sobra y así dejar de ser menos que ellos. El poderoso aplasta a quienes no tienen sus poderes para regodearse con ellos: como el forzudo machaca a quienes no tienen su fuerza para sentirse fuerte sobre el débil. El envidioso a quien le falta un brazo les corta el brazo a los otros para no ser menos que ellos. El poderoso disfruta destacando lo que les falta a los demás; el envidioso, suprimiendo lo que les sobra.

1.9. Avaricia.

            ¿Y la avaricia? La avaricia es desear las riquezas de los otros: no su propia riqueza personal. Al avaro no le importa que los otros sean mejores (como le importa al envidioso): pero le importa tener más riquezas y también atesorarlas para no tener que gastarlas nunca, porque si se las gastan las pierden y es preferible siempre tener antes que disfrutar. El avaro (Lucifer, que busca el poder) disfruta contemplando lo que tiene; y el vividor (que es Don Juan disfrutando del placer) disfruta gastando en lugar de contemplar; pero lo que contempla el avaro es el precio de sus riquezas, mientras que el sabio contempla lo que vale tanto que no tiene precio; y el vividor disfruta el oro en lugar de contemplarlo, goza de él, gastándoselo, convirtiéndolo en placeres que, si no lo hacen feliz, por lo menos le hacen gozar.


2. ¿Qué es la vida? Los ingredientes de la vida.

            Si consideramos que la vida es placer, poder, amor, saber y querer, existen diversas amputaciones de la vida; vidas disminuidas que disfrutan solamente de uno de sus ingredientes despreciando los demás: son el donjuanismo, el faustinismo, el progresismo y la faustinidad. Antes de caracterizarlos hagamos un retrato más completo de cada uno de sus ingredientes.
            a) El placer es la juventud en lo que tiene de capacidad de disfrutar del cuerpo, que es el mundo de la sensación. El placer es la vida reducida al disfrute del presente, olvidándose de la trascendencia, de lo que va más allá del estrecho goce del aquí y ahora.
            b) El amor también es la juventud, pero considerada esta vez como disfrute sentimental del cuerpo: es el mundo del sentimiento, de la emoción. También se trata del disfrute del presente, que desea durar; es, valga la paradoja, un presente trascendente donde el momento está lleno de promesas, y por tanto de sueños, que se disfrutan sublimando la sensación sin llegar a destruirla en tanto que sensación.
            c) El poder es el afán de dominio, la pérdida del alma. Si el cuerpo de la vida es el placer, su alma es la naturaleza, la aceptación del dolor para evitar la muerte: en una palabra, la vida tiene alma cuando se respeta a sí misma, cuando respeta a la naturaleza que contiene. La pérdida del alma es la destrucción de la vida, que se convierte en poder: lejos de vivir la trascendencia del presente (como hace el amor), el poder se come el presente y la trascendencia, los domina, los anula y suprime, y, cegado por esa obsesión, ni disfruta del presente ni goza de la trascendencia, pues nos coloca ante el placer de vivir más lejos, más adentro y más allá.
            c) El querer es la definición misma de alma: rebeldía, que rechaza someterse al poder, que no quiere dominar el mundo en lugar de disfrutarlo; el querer, en tanto que la rebeldía, es rechazo de la sumisión, y deseo de disfrutar del cuerpo sin renegar del alma, vivir la vida (si para luchar contra la muerte es preciso, junto al placer, aceptar el dolor).
            c) El saber es la capacidad de vivir el pasado y el futuro renunciando, para ello, a vivir el presente. Como búsqueda de la trascendencia es renuncia al momento y es, por tanto, lo contrario de la juventud: el sabio es el viejo, que compra trascendencia pagándola con juventud, y vive más allá del momento, perdiendo el momento y ganando, en cambio, la vida vacía: llenándose de vejez.
            Resumiendo: la vida tiene un cuerpo, que es la sensación, y un alma, que es el sentimiento; el sentimiento sin sensación es alma sin cuerpo, y no es vida sino vejez; la sensación sin sentimiento es cuerpo sin alma y tampoco lo es, sino gamberrismo; la verdadera vida es cuerpo y alma, sentimiento en la sensación, y eso es el amor. El amor verdadero, sentimiento y sensorialidad juntas, es la juventud.
            La pérdida del alma es el poder. La pérdida del cuerpo es la vejez.
            La pérdida del alma es sensación desnuda, y, dentro de la sensación, es rechazo del dolor y pérdida del placer: eso es el poder.
            La pérdida del cuerpo es la vejez, y ser viejo es tener afán por controlar el pasado y el futuro olvidándose de disfrutar del presente; o sea perdiendo el disfrute de la sensación. En eso se parecen la vejez y el poder.
            La vida, en definitiva, es cuerpo (sensación) y alma (sentimiento), o sea: juventud; y amor. Se pierde en la sensación, en la vejez y en el poder. Y en tanto que lucha contra el placer desnudo, la vejez y el poder, vivir es lo mismo que querer: la vida es rebeldía, lucha, respeto por la naturaleza, y en definitiva rechazo de la sumisión.


3. Las formas de vivir.

3.1. El gamberrismo.

            Consiste en reducir la vida al placer de la sensación, y eso es lo mismo que renunciar al alma para disfrutar del cuerpo, comprar el cuerpo y pagarlo con el alma. Ea el viejo tópico de vender el  alma al cuerpo (que, amputado de esa manera, no es otro que el diablo).
            Esa reducción de la vida al momento presente es vivir el presente sin pensar en la trascendencia, y esa amputación es el gamberrismo. Cuando el gamberro amputa su vida para vivir, y sobre todo para sobrevivir, es el pícaro. Y cuando lo hace sólo para disfrutar, es un donjuán; el donjuán utiliza el engaño para burlar a las mujeres, pero también busca el dinero fácil perdiéndose en la pendencia y el juego.

3.2. El faustinismo.

            Consiste en no ver en la vida más que poder. Sed de poder. Lucha por el poder. Y al confundir la vida con el poder no ve en la naturaleza más que medios que deben ser doblegados en beneficio propio, pero no para vivir, sino para disfrutar de su dominación.
            Es el pecado de soberbia. El faustinismo es el dominio del presente (para hacer en él lo que quiera, para salirse con la suya) y de la trascendencia (para dominar el pasado y el futuro, para que no haya otro futuro más que el querido por él). Es el espíritu luciferino, el de la criatura que no quiere medirse con su creador sino dominarlo, derrotarlo aunque sea empleando las malas artes. Es la envidia de la madrastra de Blancanieves. O el espíritu de Frankestein, que no ve en la naturaleza más que utilidad; y es capaz de torcer el ser de las cosas con tal de dirigirlas hacia la satisfacción de sus intereses, esclavizándolas en su propio beneficio.
            El faustinismo es el vicio de Fausto: el otro es la faustinidad. El faustinismo consiste en vivir el presente y la trascendencia a costa de violar los límites de la naturaleza. Siempre torciendo la naturaleza en beneficio propio.

3.3. La faustinidad.

            Es el otro vicio de Fausto, tal y como lo encontramos en la famosa obra de Goethe. La faustinidad consiste en no ver en la vida más que saber, estudio, alimento del asombro, de la curiosidad; si la vida es juventud, es decir amor y placer, sentimiento y sensación, y si la vida camina hacia la vejez haciéndose cada vez más sabia: entonces obsesionarse por el saber y el estudio es buscar la trascendencia pagándola con la sensibilidad.
            Faustinidad es vivir la trascendencia a costa del presente, la pasión de Fausto: una obsesión por estudiar, un sacrificio de la vida en las bibliotecas, y ese vivir dedicado al estudio es como una falta de ganas de vivir, es una forma de locura intelectual a la que llamamos empollar, no estudiar; el empollón, para enfrascarse en los libros, se olvida de vivir, y luego descubre, cuando ya es tarde, que para secarse el seso se ha olvidado de la juventud y del amor: y no le queda más remedio que comprárselas al diablo cuando ya se ha hecho viejo y lo ha perdido casi todo.
            Pero no sólo nos seca el seso la vida estudiosa. También lo hace la obsesión por las historias; como don Quijote que, obsesionado por las novelas de caballerías, se llena de ideales (alma sin cuerpo) y se olvida de vivir, convirtiéndose en un ser tan bueno como marginal y extraviado.


3.4. El progresismo.

            Consiste en poner el poder al servicio del querer. Es el espíritu prometeico, o, si queremos, baconiano, que no busca el poder por el poder (como le pasaba a Lucifer), sino tan sólo como una herramienta para ser feliz. En su rebeldía contra la postración en que lo han sumido los dioses, Prometeo es capaz de robarles el fuego para entregárselo a los humanos e inaugurar, con ello, la ciencia, la técnica y la cultura. Es el cientificismo, sí, pero también la sabiduría entendida como búsqueda de los medios para vivir mejor. A veces los dioses no lo entienden. En la Biblia se castiga la curiosidad, confundiendo a la gente, en el famosos episodio de la torre de Babel (Aristóteles, en cambio, hace de la curiosidad el motor de la filosofía). Y se castiga severamente la búsqueda del árbol de la ciencia, como un pecado original. Ya hemos visto lo que le pasó a Prometeo. Es como si los dioses hicieran inteligente al ser humano para condenarlo, después, a no usar su inteligencia. Y se confunde, equivocadamente (pero esto no lo hace dios sino sus intérpretes), la curiosidad con la soberbia, la felicidad con el egoísmo, la alegría con la vanidad.

4. En torno al mito de Fausto.

            El espíritu fáustico, que es el propio del faustinismo, ¿es luciferino o prometeico? ¿Quiere adueñarse del mundo, imponerle su voluntad (el poder por el poder) sin necesitarlo para su supervivencia? ¿O pretende dominar a la naturaleza para vivir en ella, vencer la adversidad (el poder para vivir) como medio de superar los retos, para convertirse, así, en dueño del propio destino? Ya hemos visto que es lo primero. Lo segundo, como espíritu prometeico, no es faustinismo, sino progresismo.
            Pero no se trata de vender la vida. Si el faustinismo la vende por sed de poder, por un afán gratuito de dominio, entonces es una obsesión. El progresismo, en principio, no lo hace, porque busca el poder como instrumento de defensa, de protección, no de dominio; pero si algún día el progresismo vendiera la vida para comprar la necesidad de vencer, aunque esa necesidad fuera provocada por los retos de la naturaleza, entonces el progresismo caería, decididamente, en la perversión.
            El espíritu fáustico busca el poder por el poder, y eso es lo propio del faustinismo. El espíritu faustino, por el contrario, busca el saber por el saber, y eso es lo propio de la faustinidad. Cambiar juventud por sabiduría es perder la juventud y recuperar, a costa de la sabiduría, la juventud perdida; es una forma de vender el alma al diablo, de ir contra la naturaleza, de hacer al revés las cosas que son irreversibles, de torcer la flecha del tiempo, de vivir de nuevo lo que no tiene ensayo, lo que es representación única, la vida que no se  puede repetir.
            Dos formas hay de vender el alma al diablo: por amor y por ambición. El faustinismo reniega de la vida por el poder y se vuelve diablo. La faustinidad quiere recuperar la juventud perdida y se pone en manos del diablo. Las dos son formas del fracaso. El espíritu fáustico, como el faustino, son el espíritu del perdedor.



viernes, 8 de noviembre de 2019

LA AVARICIA COMO ADICCIÓN



LA AVARICIA COMO ADICCIÓN


             La avaricia rompe el saco. A veces queremos más cosas de las que podemos conseguir, y quererlas todas es la mejor forma de no obtener ninguna; por ejemplo si estoy en una mina de oro y sólo tengo mis bolsillos para llevarme el mineral, tengo dos opciones: o me llevo sólo lo que cabe en los bolsillos o los lleno hasta que se rompan, y entonces me quedaré sin bolsillos para llevarme nada. Quien quiere más de lo que puede puede menos de lo que tiene.

Deseo.

            Querer cosas que no tenemos es de lo más sano que hay en la vida. Si no tengo comida y quiero comer, lo normal es buscarla: entonces el deseo se identifica con la necesidad; si, por el contrario, deseo cosas que no necesito estoy buscando placeres superfluos, y todo lo superfluo suele ser nocivo (pues tan pernicioso como el defecto es el exceso); morir de hambre no es menos malo que morir de obesidad.

Aspiración.

            Cuando lo que deseamos es más bien espiritual, a los deseos los llamamos aspiraciones. Querer bien es aspirar a una vida mejor. Desear cosas cuerdas y justas es tener ambición, y ser ambicioso, tener aspiraciones, no sólo no es malo sino que es un signo de vida, de fuerza, de salud. Pero cuando queremos más cosas de las razonables caemos en la codicia, y cuando, además de codiciar las cosas, no nos preocupa hacer daño a los demás por quitarles lo que queremos, lo llamamos avaricia; la codicia es exceso en el deseo y la avaricia es un deseo injusto que con frecuencia conduce al robo. La ambición, cuando no es avariciosa ni codiciosa, es sana.

Ambición.

            Vamos a hacer una pequeña recapitulación terminológica. Querer es desear o ambicionar; lo lamamos deseo cuando busca satisfacciones inmediatas, y cuando es capaz de esperar la llegada del placer esforzándose por conseguirlo y merecerlo, lo llamamos ambición.

Gana.

            Hay un segundo sentido en que usamos ambas palabras: cuando buscan cosas exageradas o injustas constituyen esa enfermedad del deseo que llamamos gana: no en el sentido de tener gana de algo (que es lo mismo que tener apetito o sentir necesidad), sino de darle a uno la (real) gana, salirle a uno de las narices (o de las pelotas); ese deseo en sentido estricto es una forma irracional de querer; diríamos que al querer sano o llamamos apetito y al querer enfermo lo llamamos capricho o gana; esta última forma de querer, cuando no tiene límites, es la codicia, y cuando es injusto la llamamos avaricia; a la avaricia y la codicia también las llamamos ambición. 


            Pero ambicionar una cosa, cuando esa cosa es buena, también es aspirar a ella; la aspiración es, como hemos visto, un deseo sano, que sabe esperar y que trabaja por conseguirse; eso era lo que queríamos decir cuando lo llamábamos deseo “espiritual”.
            El querer inmediato es el deseo, el apetito, la gana, que cuando está enfermo lo llamamos capricho (avaricia, codicia) y cuando es sano coincide con la necesidad.
            El querer diferido es la ambición en sentido amplio, que cuando está enferma la llamamos, en sentido estricto, ambición, y cuando es sana la llamamos aspiración; también podemos aspirar a cosas que no merecemos, y esta forma de ambición también se confunde con la codicia y la avaricia.
            Las mismas palabras  se usan en sentido distinto, tanto positiva como negativamente. Veámoslo con algunos ejemplos:
            Cuando llevo tiempo sin comer se me despierta el apetito, y eso es lo mismo que tener ganas: siento muchos deseos de comer y es que tengo hambre; quiero y busco la comida que necesito, sentir deseos es lo mismo que sentir (o padecer) necesidad.
            Cuando ya he comido y veo pasteles en el escaparate se me despiertan las ganas de comer, pero ese deseo, ese apetito, ahora ya no es necesario porque tengo el estómago lleno: es un capricho, sí, y si me aprieta de manera incontrolada, casi adictiva, se convierte en codicia, y si no me importa robárselo al tendero con tal de llevármelo a la boca seré avaricioso.

Del deseo a la obsesión.

            Cuando ambiciono cosas que no tengo (un vestido, un coche, una casa) aspiro a hacerme con ellas, de modo que ese tipo de ambición, en principi,o no es malo; lo malo es obsesionarse uno con ellas, que es esa enfermedad que llamamos codicia: y me vuelvo avaricioso. 
            Si, por el contrario, ambiciono alcanzar cualidades que no tengo (generosidad, sensibilidad, empatía, eficiencia), ya no aspiro a tener mejores cosas, sino a  ser mejor persona; ésa es la ambición que deberíamos tener todos. La ambición nos despierta el ánimo, nos hace ver posibilidades, es un deseo de ser más, no de tener más, y es el motor de la plenitud, que es la vida sana.
            De modo que no es malo querer, desear, apetecer, ambicionar, aspirar, tener ganas; lo malo es sentirlo en exceso y obsesionarse con ello, que eso ya es adicción y dependencia, pérdida de libertad, y someterse a pasiones incontrolables; que las pasiones suelen ser indomables cuando la persona que las padece, atrapada en ellas como si estuviera en una cárcel, está domada: y no es libre. Es el caso del drogadicto, del ludópata, del obseso, del envidioso, del glotón, del ninfómano; y de quien sólo piensa en amasar fortunas sin saber en qué gastarlas, y hasta sufre por no gastar: el avaro.


El ahorro como avaricia.

            Molière dejó una pintura patética del avaro. Y Balzac: papá Goriot lo tenía todo y no gastaba nada, y su hija, que era rica, llevaba una existencia miserable. Stephan Zweig, y Dostoieski, dejaron retratos estremecedores del ludópata: cegados por la pasión del juego, y de la ganancia, arruinaron sus vidas cuando la obsesión de la ruleta borró los mejores sentimientos de sus vidas, los llevó a incumplir sus promesas más nobles, a olvidar sus aspiraciones y compromisos, incapaces de decidir, dejándose llevar por el juego como quien se siente arrastrado por las olas, como un autómata.

La avaricia rompe el saco.

            La codicia es una ambición sin límites. Iñaki Urdangarín tenía un brillante futuro como deportista, su familia no sufría privaciones, se casó con la hija del rey, su porvenir era boyante… pero la ambición le pudo; el deseo de tener cada vez más lo llevó a negocios turbios, perdió su posición, sus títulos nobiliarios, se le cerraron las puertas de la familia real, su esposa también se distanció, pidiendo el divorcio: acabó siendo un apestado. La ambición desmedida, ese deseo de tener más y más, le hizo perder lo que tenía y acabó en la cárcel, fracasado.
            James Maddoz tenía suficiente dinero para vivir en el lujo pero jugó sucio, hundió la bolsa, lo condenaron a la cárcel y acabó suicidándose. La ambición desmedida es una psicodependencia: uno queda atrapado en una pasión, con las manos atadas, y acaba perdiendo el control de sí mismo.                                                                                                                                                                                                                                                           

EL SACO DE LOS VIENTOS

            Eolo era el dios que controlaba todos los vientos; de él dependía que fueran fuertes o suaves, cortos o duraderos, rápidos o lentos. Un día Eolo quiso ayudar a Ulises a volver a Ítaca, donde lo esperaban su mujer y su hijo. Ulises no podía poner rumbo a su tierra porque lo perseguía Poseidón, que estaba enfadado con él y le reservaba su cólera destructiva. Eolo no dio a Ulises los vientos favorables, pero sí accedió a darle todos los vientos adversos; se los dio metidos en un saco para que nunca le pudieran atacar, y desde aquel día Ulises no se separaba del saco, asiéndolo fuertemente para que los vientos estuvieran siempre bien atados.
            Pero los compañeros de Ulises miraban aquel saco con envidia. Se pensaban que estaba lleno de tesoros y que Ulises no los quería compartir con ellos. Y un día que Ulises se quedó dormido, se lo arrebataron y lo abrieron, buscando en su interior los tesoros que les pintaba su insaciable imaginación; pero, lejos de ver tesoros, lo que salió del saco fueron unos vientos terribles que los azotaron sin piedad e hicieron zozobrar la nave. Tres días duró la tormenta, y fue terrible. Cuando volvió la calma se hallaron perdidos en el mar, muy lejos ya de su amada Ítaca. La codicia los había alejado del hogar, que tardarían muchos años en volver a encontrar, y en el camino murieron todos menos Ulises.
          La codicia rompió el saco. El saco de los vientos, donde se encerraba la adversidad y terminaba la aventura de volver a Ítaca.