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viernes, 11 de febrero de 2022

CABEZAS SIN CUERPO

 

CABEZAS SIN CUERPO  

 


            ¿Y si fuéramos sólo una cabeza? Una cabeza sin cuerpo, quiero decir. Un cerebro metido en una cuveta que hiciera de pila para cargarlo con electricidad. Un ordenador. Un ordenador es un cerebro electrónico que recibe datos, resuelve problemas y los manda a imprimir. Un ordenador no tiene cuerpo, ni corazón, ni se relaciona con nada que no tenga que ver con el pensar, ni tiene cultura sino sólo datos; el ordenador no lee para enriquecerse, sino para resolver problemas; no va al teatro, al cine, a la ópera, y cuando asiste virtualmente a esos espectáculos lo hace para ser un erudito y no un cerebro culto (¿se puede hablar de cultura donde no hay corazón?)

            Hay jóvenes que se parecen a ese cerebro. A esa cabeza sin cuerpo. Jóvenes que en los estudios sacan las máximas notas, menos en Educación Física. Jóvenes que no leen historias de amor. Que no van a bailar, que no han bebido nunca un trago, que no tienen amigos, que se saben todos los museos y todas las películas y todas las obras de teatro, pero no han disfrutado nunca de ellos; se lo aprenden todo porque se lo han mandado, por pedantería, ni siquiera quieren saber, sólo quieren triunfar sabiendo: ser los mejores de la clase, presumir de excelencia, saberlo todo. Esa gente es un aburrimiento porque, preguntes lo que preguntes, todo lo van a saber.

            Esos jóvenes no tienen amigos. Salen a la calle pero no se mezclan con la calle, no se divierten. No saben relacionarse con la gente, se encuentran a disgusto donde hay gente, muchas veces son tímidos, sienten pero se avergüenzan de sus sentimientos, no saben expresarlos, no saben expresarse, les gustaría confiar a alguien sus cosas pero no pueden contárselas a nadie o no saben, o no quieren, o no se atreven. Viven solitarios y no viven en el mundo, sino en su mundo; que es el mundo donde obedecen a quienes dicen que para ser bueno sólo hay que estudiar: que suelen ser los padres. Esos padres, cuando hablan de sus hijos, no dicen “éste es mi hijo” sino “ésta es mi fábrica de sobresalientes”.

            Hasta que se rompen. Blanco lo sabía todo, contestaba a todo, Blanco era un aburrimiento: no había cosa que le preguntaras que no te supiera responder. No distinguía entre ciencias y letras, era bueno en lengua y en matemáticas, en literatura y en física, en historia y en biología, en dibujo técnico, en inglés, en lo que hiciera falta… Menos en dibujo artístico, que para eso hace falta corazón. Hacía unos dibujos perfectos, pero sin vida; y aun así sacaba la máxima nota en dibujo y en pintura. Era torpe en Educación Física (entonces lo llamábamos gimnasia), pero como sobresalía en todo, también le daban un sobresaliente en gimnasia; porque, ya se sabe, ésa es una asignatura de relleno, la gimnasia es una maría, si eres bueno en lo que de verdad importa ¿cómo vas a suspender la gimnasia? Blanco acabó cum laude en el bachillerato. Estudió el primer año de carrera en matemáticas y antes de pasar a segundo… se rompió. Le dio una depresión que lo mantuvo alejado de los estudios varios años. Hoy es un empleado de oficina, resignado, triste, aburrido, cabizbajo y mal curado. De vez en cuando se acuerda de sus esperanzas frustradas de antaño. 



            Cristina era brillante. A los dieciséis años era la envidia del instituto, máximas notas en todo, educada, modosita y obediente, Cristina era un ejemplo para todos; se la restregaban en las narices a los gamberros. Y el último año de secundaria, a punto de prepararse para la universidad, tuvieron que hospitalizarla: se le metió en la cabeza una especie de tedio; a su cerebro sólo venían ideas negras, había perdido la esperanza, la alegría, la vitalidad, y con los libros ya no podía concentrarse. Sus padres se lamentaron: esta niña, nuestra hija, con lo bien que iba, que iba para comerse el mundo y mira lo que le pasa. ¡Qué mala suerte! Nos ha tenido que tocar a nosotros, ¿por qué nosotros, por qué precisamente a ella? (El destino no es una lluvia que se va regando por azar. Es una semilla que vamos sembrando con nuestras acciones).

            Aurora era la luz de su casa. Estaba acabando la universidad, nunca había conocido una nota que no fuera la máxima. De repente se rompe algo dentro de ella. Se hunde su ánimo, su optimismo desaparece, su moral está por los suelos, le vienen a la mente ideas negras. Un día le dice a su hermano: si yo no estuviera, ¿tú qué pensarías? La tienen que medicar, psiquiatras, hospitales, estudios abandonados, años perdidos. Ahora le ha dado por la poesía y anda por ahí escribiendo y dando recitales. ¿Sus estudios? Ya no le interesan. Nunca llegó a tener un título de nada, ahora es feliz al margen de todos los títulos. Tanto esfuerzo invertido, tanta juventud sacrificada, ¿para qué?

            Algo tienen en común Aurora, Cristina y Blanco. Los tres han sido educados como cerebros. Los tres han despreciado el cuerpo (por donde se desahoga uno), el corazón (por donde uno se llena) y el mundo (en el que uno hace amigos y se siente acompañado). Y como una olla a presión donde hemos acumulado vapor, están con una presión extrema pero ellos, a diferencia de la olla, no tienen válvula de escape; se las han cerrado todas; la válvula del cuerpo, la del dibujo, la de la música, la de las materias que no sirven para nada o mejor no sirven para la nota: pero sirven para soltar los malos humos, convertir la verborrea en enriquecimiento y la erudición en cultura, restablecer el equilibrio y conseguir la plenitud de una persona realizada. Las ollas a presión explotan si no regulamos el escape del gas. Los jóvenes también explotan cuando los convertimos en máquinas de pensar y no en pensamiento que alimenta al corazón, aliciente para la vida: que vivir es empaparse de cultura para flotar y no de datos que nos aplastan contra el suelo; porque no somos máquinas pensantes, sino pensamiento vivo que, apartado del cuerpo, del corazón y del mundo, no hace más que construir ordenadores sin alma y cuerpos robotizados.

            Cuando era tutor me preocupaba, cómo no, por los alumnos que tienen dificultades de aprendizaje. Pero también por los que tienen dificultades para sentir, para vibrar, para relacionarse porque el mucho estudio les quitaba las armas para combatir el tedio. Sus padres me miraban con ironía. ¿Para qué me preocupaba yo, si sus hijos sacaban las máximas notas y tenían que ser los dueños del mundo cuando dejaran de estudiar? Yo, triste, tenía que desistir cuando aquellos padres no querían comprender mis razones. Me preocupaba por los chicos, sí. Porque los chicos no son cerebros sin alma ni cabezas sin cuerpo; y porque, sin corazón y sin cuerpo, los mayores éxitos de la cabeza se acaban convirtiendo en el corazón en el más espantoso de los fracasos. 



 

viernes, 7 de mayo de 2021

DE LA JUSTICIA

 

LA VENTANA DE CRISTAL

 


10. De la justicia.     

 

            Tener 37 grados de fiebre es mejor que 38, pero no es bueno del todo aunque no sea tan malo. Lo ideal es que un niño nazca a los nueve meses y si nace una semana antes no pasa nada, pero si nace antes de dos meses sí que pasa. Y la persona justa se acerca a la justicia aunque no tanto como para tocarla, porque somos justos si nos acercamos a los límites de las cosas aunque no lleguemos; que entonces el justo se vuelve perfecto y todo lo perfecto es malo.

 

            El color rosa claro es tan rosa como el oscuro pero hay rosas oscuros que más parecen rojos que rosas. El globo más inflado es el que ocupa más espacio antes de explotar, pero nunca sabremos hasta dónde podemos inflarlo sin que explote. El sufrimiento del atleta consiste en sacar de sí todo lo que pueda, pero ninguna receta nos dice hasta dónde tenemos que sufrir antes de que nos dé un infarto. Nunca sabemos cuál es la medida justa de las cosas; sólo nos acercamos a ella sin poder tocarla.

 

            Hay límites que no nos matan al cruzarlos, pero nos cambian: entonces marcan la diferencia entre ser un árbol o un bonsái. Otros límites nos separan de la muerte y entre Circe, que nos destruye, y las sirenas, que nos matan, hay una zona de peligro y es bueno no tentarla. Aunque, como decía Descartes, siempre es mejor ser moderado que vivir en los excesos; la medida de la moderación oscila entre un mínimo y un máximo y no tiene un punto medio exacto: lo que es moderado para mí puede ser excesivo para otros, y no hay una varita mágica que nos diga cuál es la línea de la meta para no pararnos ni antes ni después, sino en la meta justa: después viene el descanso.

            Ser justo es acercarse a la justa medida de las cosas; pero nunca sabemos cuál es la medida más justa de todas.

 


 

 

sábado, 25 de julio de 2015

Rincón del mirador.







RINCÓN DEL MIRADOR
2014 


MARZO


  1.  
Pocas cosas hay en la vida tan insoportables como la perfección; su soberbia no es más que envidia.
                                                           

  1.  
             Un señor que, proclamando su admiración por Sócrates, se declaraba amante de la sabiduría; pero Sócrates no acostumbraba a apabullar con su saber, sino a rebajar los humos de quienes presumían de sabios. Declararse socrático y sentirse superior es ser cualquier cosa menos socrático.


  1.  
 Una persona buena no es perfecta; quienes quieren ser perfectos se creen dioses pero sólo son animales; es decir, que no son personas sanas.


  1.  
 ¿Cuándo podrá ese chico corregir sus errores, si lo mató su padre? Como quien se corta el brazo para que deje de dolerle, así también suprimió el error suprimiendo al que erraba. Ahora Carlos no se equivocará nunca


ABRIL
 
  1.  
 Todo era verdadero, pero nada era auténtico. Como el minero de Antonio Molina, que bajaba a la mina con orgulloso ademán; todo era verdadero, pero así no eran los mineros.


  1.  
Manolo Escobar era el ídolo de las multitudes, pero aquellas multitudes no eran las voces del pueblo; eran el pueblo desnaturalizado.


MAYO

7.

            La ortografía es convención, y está fijada por la costumbre; en cambio la puntuación tiene que ver con la naturaleza, porque lo que codifica es el ritmo.


8.

            Dadme el texto de un escritor analfabeto y yo le corregiré las jotas y las uves; pero no me digáis que le arregle la puntuación porque nunca sabré poner los puntos y las comas; es como si Beethoven hubiera escrito Para Elisa sin indicaciones expresivas.


9.

            Un texto es la expresión de un pensamiento, y no hay texto sin puntuación porque no hay palabra sin ritmo. Escribimos con la mano y la mano es pulso. Es imposible pensar sin sentir porque la cabeza se alimenta del corazón, y mientras respiramos las palabras fluyen: según la respiración sea rápida o lenta, según como venga nuestro ritmo cardiaco. La palabra viene del cuerpo y el cuerpo es ritmo, y por lo tanto música.


10.

            Cantar es respirar. Necesitamos respirar para vivir, por eso el canto alegra. Hoy sabemos que la sede de las emociones no es el corazón sino la cabeza. Tenemos tres partes en el cerebro, como asegura Paul Mac Lean. Tres cerebros imbricados, como tres muñecas rusas. Dentro, en lo más profundo, está la parte reptiliana: en ella duerme lo más mecánico de nosotros, lo que no piensa: el ritmo. Sobre ella se extiende, envolviéndola, el sistema límbico, sede de las emociones: y es la melodía; ya no son sonidos únicos sino sucesivos; un sonido detrás de otro, con principio y final (el ritmo no termina ni empieza, es una secuencia monótona, repetitiva, eterna); y al activarse se activan, con la amígdala y el hipotálamo, la alegría y la tristeza; sobre ellas, como una última cubierta, el neocórtex: la armonía; suma de sonoridades para crear una nueva, otra global; sumas, restas, trabalenguas, sinapsis complejas que activan también lo que hay debajo, en los otros dos cerebros. Luego el área de Broca. El de Wernicke. La palabra. La música. La emoción. La inteligencia creadora. La razón poética.


11.

            Si la emoción musical viene dada por el tempo (la velocidad) o por el modo (mayor o menor), tendremos que admitir que tiene traducciones corporales: el estremecimiento, la taquicardia… Y entonces la música se hace danza.


12.

            Si cada persona tiene una identidad sonora propia (lo que técnicamente se denomina un ISO); y si ésta está conformada por los ISOS gestalt, complementario, grupal y cultural: entonces habría que admitir que existe también un ISO universal, y serían los sonidos que nos han llegado antes de nacer: la respiración, los latidos, la escala pentatónica... El ritmo binario es la vibración del corazón, presente ya en el líquido amniótico. Del líquido amniótico recuerda también nuestro inconsciente el sonido del agua. Por eso los sonidos acuáticos son tan importantes para el autismo. Parece que también la nana es un ISO universal.


13.

            Ésa es la razón poética. Una palabra atenta a su música, a su ritmo. Un neocórtex atento a su sistema límbico, a su hipotálamo. Es la palabra originaria. La que aún no se había disociado entre filósofos y poetas.


14.

            La razón, dice la filósofa, tiene necesidad de hacerse poética, pero hay en estas palabras una coletilla que algunos olvidan: “sin dejar de ser razón”, nos recuerda ella.