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viernes, 10 de septiembre de 2021

LAS CUATRO NOTAS

 

            Ayer asistí al concierto de la banda sinfónica Tierra de Segovia. En el azoguejo. Entre muchas otras, tocaron el primer movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven y una escena de los carmina burana: la fortuna imperatrix mundi. Me gustaron mucho. Y aquellas notas inspiraron estas notas que escribí anoche. Ahora quiero leerlas. Como despedida.

 

LAS CUATRO NOTAS

 


Cuatro notas retumban como nudillos. Y al otro lado de la puerta está el destino. Cuatro golpes descarga la realidad. Y al otro lado de la realidad están los sueños. Los sueños vuelan, buscando ventanas donde salirse, burlando las estrecheces del mundo, levantando losas con la imaginación, ligera; y rompen las puertas de acero con la fantasía. Esas cuatro notas estallan como manotazos del destino. El destino es para el renacuajo ser rana, aunque no lo quiera. El destino es para nosotros ser otra cosa, si no queremos. El destino es para Beethoven ser sordo, aunque no quiera. Pero el destino no será nunca olvidar la música, si Beethoven no quiere. El destino del ser humano es ser libre. Y la libertad se expande en nosotros, se expande en el mundo, brota del corazón, disuelto en mil acordes que se pierden en el aire entre aldabonazos. Por fuertes que sean esos nudillos de acero, esa armazón de cemento, ese calabozo metálico, esa armadura, esa prisión de cuatro notas que estalla entre la orquesta; por fuerte que sea el peso de la realidad, la realidad no puede con nosotros y nosotros, seres reales, nos escaparemos a lomos de un sueño.

            Somos una orquesta. Nuestra vida es un vendaval de partituras, una tempestad de notas, un huracán de instrumentos y una eternidad de atriles. Cada instrumento suena por su lado, las partituras no están acompasadas; las notas mezclan disonancias, es un auténtico desastre, una algarabía: así son los primeros años de nuestra vida; así es también la adolescencia. Pero luego, no sabemos cómo, sale de nosotros un director de orquesta y ese ruido infame se vuelve música; y ese sonido se vuelve orden, se crean consonancias hasta de lo disonante, y entonces surge, desde lo informe, una sinfonía.

            ¿Dónde está ese director que hay en nosotros? En el corazón… ¿En la cabeza? Sólo sé que la sinfonía es sólo una frase mil veces repetida. Miles de variaciones, miles de apariciones después de haber desaparecido, miles de voces dispares que se ordenan en torno a una misma nota, una tónica dominante, un hilo conductor que vuelve siempre a nosotros, siempre con el rostro cambiado, pero siempre siendo el mismo. En una sinfonía miles de voces son arrojadas por el viento, dispersadas como el polen, y vuelan sin orden enredándose en remolinos, entre los avatares que pasamos, en las mil  caras que tiene la vida. Y un día, de repente, todas esas voces se juntan, como el gato sobre sus cuatro patas, y caen al suelo, abrazadas,  a plomo con la fuerza de la materia, pero con la ligereza que les da el espíritu: materia traspasada de energía como los sueños atraviesan esas cuatro notas, notas pesadas que quieren traspasarnos pero no pueden; los rayos X cruzan el cemento armado y el acero, como la materia acaba siendo traspasada por los sueños; por las ansias de la vida. 


 

           La vida es un sueño, una ilusión, un suspiro, o mejor: la vida son miles de sueños que nos cuidan. Empezamos siendo ruidos caóticos atropellándose en torrentes; pero no son ruidos informes si en el corazón del caos se esconde un hilo conductor: la sinfonía de nuestra vida; Concha se enamoró de la física, Juan Luis de la ciencia, José Antonio de la música, Reyes de la pintura; cada uno tenemos nuestro amor, nuestra pasión, nuestra fuente de inspiración, el hilo (como un hilo de Ariadna) que guía nuestra vida. Y ahora, que vamos a jubilarnos (¡quieran los dioses que yo lo haga pronto!), escuchamos tiempo atrás y entendemos los ecos sordos que nos miran; las voces de nuestra infancia, las de la juventud, las de cuando empezábamos siendo cada vez más viejos. Y los ecos que sonaban sin forma, sin tiempo, sin luz, sin entonación, sin rima; esas voces que parecían un desorden, un despropósito, una algarabía: esas voces se juntan ahora que nos vamos haciendo viejos, pero aún nos quedan muchos años de nuestra vida; y se juntan y se traban como hilos de plata, como hebras de oro de una misteriosa cota de mallas, transfiguradas por el corazón, transidas por el espíritu; esas voces se abrazan, se enroscan en sí mismas, se acarician, son las mil caras de una misma frase que ha sufrido miles de transformaciones, un hilo conductor, una misma nota, un do menor, una vieja tónica, que vuelve lejana de la infancia y es la misma que ahora vibra; en el desorden de la vida, ¡oh misterios de la música!, parecía todo caótico y ahora converge todo juntándose los hilos; forjando nidos de plata, entretejiendo una sinfonía.

            Cada uno tiene una vida. Cada vida suena de un modo. Cada modo es tan bello como los otros, pero distinto. Reyes y Concha no suenan igual, pero las dos son música. Unos se parecen a Wagner, otros a Beethoven, otros a Mozart, otros a Bach, otros a Schumann. Cada uno tiene sus hilos, cada uno sueña a su modo, a cada uno su sinfonía. Pero es lo esencial que la vida, sin orden ni concierto, al final encuentra su orden; cuando éramos niños parecía que el viento había hecho volar las partituras y todo sonaba mal; no nos sentíamos a gusto, no nos gustábamos nunca; pero bien es verdad que el tiempo ha reforzado los atriles, la edad ha sujetado las notas, las partituras están fijas con abrazaderas metálicas, y los instrumentos suenan ahora más sueltos que nunca. Y si la infancia era búsqueda de notas, la madurez es concierto de esas notas encontradas; las notas que definen mi persona; las que resumen las transcendencias de mi vida.

            Levantemos nuestras copas. Hoy, Reyes, Concha, están en el umbral de escribir cada una su sinfonía. Con el tiempo libre que no tuvieron antes, y que ahora se desparramará generosamente sobre sus vidas. ¡Silencio! ¿No oís? Es un estruendo de huracanes. Un rumor lejano de vientos que se atropellan, lejos, en el cielo lejano del mar, en las tierras ignotas de la geografía. Un estallido brutal. Una rueda, una diosa: la rueda de la fortuna. Un imperio nos arrolla queriéndonos aplastar, las fuerzas del azar, el reino de la nada, la necesidad que trina. La fuerza de la realidad se impone: impertinente y testaruda. Cuatro notas que te atrapan con el peso de la vida. Las notas del destino: te quieren agarrar con un aullido, arrastrarte en el torrente ciego, en la espuma de las aguas, arrastrarte en la esperanza y en los sueños, el temblor que vibra.

            Pero no pueden. Que los sueños son fuerza incontenible, espíritu vencedor en los átomos de luz, fotones sin cuerpo, destello sin tiempo, anhelo de inmortalidad, artística sangre, deseo de estudiar, vino que nos aturde, suerte: la suerte que tenemos de vivir en libertad, liberadas las energías de la carcasa de la materia; liberada por fin del corsé que la apretaba (las cuatro notas) cuando la voluntad se impone definitivamente sobre el destino. En el combate de Beethoven los sueños luchan contra la realidad (esas cuatro notas), y ahora vencen los sueños; y que atruenen las prisiones todo el tiempo que quieran. Ahora se nos antoja el trabajo cuatro notas; y la jubilación, victoria que ha liberado nuestros  sueños.

Amigos: levantemos nuestras copas porque ahora pueden echarse a volar los sueños de Reyes y de Concha. Y que esas ilusiones duren mucho tiempo. Ahora que empezáis una nueva vida, brindemos por ella. Y que los dioses os sean propicios. Y que el destino sea únicamente lo que vosotras queráis que sea. Y que no os venzan nunca esas cuatro notas. Y que podáis ser niñas con la sabiduría que da la experiencia. Y que seáis felices. Y que comáis perdices. Y que nos deis con el rabo en las narices. Porque, ¡qué caramba!, os queremos. Brindemos con el vino levantando nuestras copas. Levantemos nuestras copas aquí mismo. Brindemos por ellas ahora que tenemos tiempo. Brindemos por ese sueño. Brindemos.

 


 

viernes, 5 de junio de 2020

LAS VIRTUDES DE LA VIDA




LAS VIRTUDES DE LA VIDA
  

Alma y espíritu.

            Mi alma no es una encrucijada entre el pensar y el sentir, sino una receta, una comida, un plato; cada alma es un plato distinto hecho con los mismos ingredientes, pero en distintas proporciones, y el mundo es un libro de recetas donde cada ser humano ocupa una página; luego cada página se llena en la cocina de la historia y se convierte en espíritu; y si cada alma es una forma distinta de combinar el sentimiento con la razón, cada espíritu es una forma distinta de vivirlos, porque las almas no pasan todas por los mismos sitios y tienen cada una su propia experiencia; y aunque haya personas que estén hechas más o menos de la misma forma, como si fuesen el mismo molde con muchas variantes, y cada molde distinto puede tener sus propias variantes, y encarnarse en personas distintas de distintas maneras: también la vida que llevan hace que las mismas variantes se expresen de forma muy variada; es como los coches, hay muchas marcas, cada marca tiene muchos modelos, y cada ejemplar del mismo modelo tiene su propia historia, y no tiene los mismos roces, sus dueños no tienen la misma forma de conducir, ni tienen las mismas cicatrices, ni han pasado por los mismos talleres.

Prudencia.

            El pensar se mejora buscando la prudencia. La prudencia es el empeño que tienen los pensadores por mejorar el uso que hacen de la razón. Podemos decir que ser prudente es poner los medios adecuados a los fines (ya sabemos que los fines no los pone la cabeza, sino el corazón); pues bien, si quiero un mundo pacifico no puedo buscarlo por medios violentos; si quiero que sea justo no puedo alcanzarlo con la injusticia; y si quiero que esté limpio no puedo hacerlo ensuciándolo.
            También podemos decir que la prudencia consiste en buscar los fines que tengan buenas consecuencias; el corazón busca los fines que están acorde con sus gustos, con sus estructuras motivacionales, con su vocación (y por encima de ellos, con la justicia, con el respeto, con el amor); pero la cabeza busca, partiendo de las metas que el corazón le marca (las metas del corazón son nuestro destino), los fines subordinados que tengan las consecuencias esperadas, aquellas que son acordes con las metas de la vida; si a mí me gusta la música y el corazón me adentra por la senda de la música, mi inteligencia debe buscar metas parciales que me ayuden a realizar mi objetivo: estudiar el lenguaje musical para empezar a tocar un instrumento, o aprender las dos cosas a la vez y mejorar el instrumento a medida que voy aprendiendo el lenguaje musical, escuchar también las cosas que me gustan, y escucharlas junto a las que no conozco para aprender composiciones nuevas que me gustarían ya si yo las conociera… La prudencia nos obliga a conseguir nuestros objetivos de la mejor manera, aprovechando el tiempo y llenándolo de satisfacciones. Y si ser prudente es buscar acciones que tengan buenas consecuencias y si éstas son las consecuencias que esperamos, entonces podemos decir que la prudencia está emparentada con la esperanza.
            Prudencia es también buscar los límites fuera de los cuales ya no es posible, ni sensato, ni razonable, el esfuerzo; ni tampoco el placer. Yo no puedo esforzarme en una carrera cuando estoy cansado, y no cejar en el empeño cuando mi cansancio es mayor, aunque me sienta agotado: hasta conseguirlo; pero nada más llegar a la meta me desplomo fulminado: se me ha partido el corazón; he conseguido llegar, pero forzando mi cuerpo hasta matarlo; la prudencia me dice que hay que tensar la cuerda sin que se rompa; cuál es la zona de peligro en que la cuerda se empieza a romper es algo que tenemos que descubrir (intuir más bien: atisbar o sospechar) después de informarnos.


Templanza.

            Ser prudente es sopesar nuestra conducta fuera del comer y el beber; en el beber, comer y embriagarnos la prudencia se llama templanza; hay que evitar, en el comer, las consecuencias contrarias a la salud; hacer compatibles los placeres con los límites de nuestra naturaleza; huir de la obesidad: también de la anorexia; ser goloso, pero apartarme de la gula, disfrutando de una manera saludable. Y lo mismo pasa con la sexualidad. El placer no debe ser obsesivo para que no nos quite el tiempo de disfrutar de otros placeres; o, si no es sensato disfrutar de todos los placeres por igual, adivinar la jerarquía de placeres que le da sentido a nuestra vida, guiada por nuestra forma particular del sentir, la que viene de nuestra naturaleza, que es nuestra vocación, donde se esconde la felicidad de cada uno en la forma particular que cada uno tiene de vivir la plenitud: de llenar de placer sus vocaciones; sus vocaciones, no sus apetitos; que no es lo mismo alimentar las tentaciones que atacan a nuestros gustos que alimentar la pasión que nos da sentido, las vocaciones que guían nuestro placer.

Justicia.

            Podríamos decir que la prudencia consiste en sopesar el esfuerzo, y la templanza, en sopesar el placer. Ya sabemos que el corazón es la fuente de donde manan la fuerza y el placer (y, en la medida en que los insertamos en el tiempo, la ambición); el espíritu donde se desarrolla nuestra fuerza es el ánimo, la moral alta, la valentía, la fortaleza, el coraje. Pues bien la prudencia, la fortaleza y la templanza son las tres virtudes básicas de Platón; las que constituyen el fundamente de nuestra vida moral; de la actuación coordinada entre ellas surge la justicia: vamos a ver lo que esto quiere decir.
            Si debo corregir un examen lo propio es que lo haga con la razón, intentando ser prudente; si lo hago movido por el placer (por ejemplo aceptando regalos y sobornos) y le pongo un aprobado a quien no se lo merece, esa nota será injusta; y si me mueve el coraje, el odio o el rencor, poniéndole mala nota a quien no me cae bien, aunque el examen sea bueno, mi valoración también será injusta. Los exámenes se deben corregir con la cabeza,  no con el corazón ni con las tripas; el placer como guía de la inteligencia no es buen consejero; ni lo es la fuerza con que sentimos nuestras obsesiones, como la rabia que le tenemos a una persona cuando no hay ninguna razón para odiarla.
            Platón asignaba cada virtud a una función social (no hay que confundir las funciones sociales con las clases sociales, aunque algunas veces se confunden). Los gobernantes deben ser prudentes; los soldados, valientes; y los sectores económicos, templados. Un soldado no debería gobernar, porque su misión no es mandar, sino defender el país: sería injusto, pues, usurpar las funciones de otro, dar un golpe de estado. Tampoco sería justo que gobernaran quienes se ocupan de la economía, porque no mandarían atendiendo a la razón, sino a sus propios intereses: el gobierno no debe pertenecer a ninguna oligarquía. Tampoco deben los ricos usurpar las funciones militares, ocupando los puestos de mando como privilegios, sin estar preparados: el mando debe estar reservado a quien sabe mandar, no a quien tiene dinero para comprarse títulos en las escuelas militares. Por último, también le corresponde al gobierno conducir la guerra; el gobierno debe ordenar la convivencia, pero la estrategia corresponde a los militares, que saben luchar; a menos que los gobernantes hayan aprendido también el arte militar; uno de los ejemplos más patéticos es el presidente Piérola, que, creyéndose soldado, dispuso toda la artillería donde creía que el enemigo iba a atacar, pero no atacó; y el lugar donde se produjo el ataque no tenía cañones para defenderlo.
            La justicia, según Platón, aparece cuando cada cual hace lo que le corresponde, sin meterse en las competencias de los demás. Por eso se puede resumir con la conocida frase: zapatero, a tus zapatos.


Confianza.

            La confianza es la fe. Esa palabra está en su raíz: fianza; nos fiamos de alguien cuando creemos en él, cuando tenemos fe en que no nos defraudará. Había un equipo de fútbol que casi nunca ganaba un partido, pero pensaba siempre que el próximo partido lo ganaría: era el equipo de Alcoy; así se forjó la expresión “tener más moral que el Alcoyano”, donde “moral” significa fuerza de ánimo, confianza en sí mismo, confianza en que el esfuerzo nos recompensará. La fuerza, en este caso, viene de la fe; si creemos que podemos ganar nos esforzaremos en conseguirlo.
            Hay un relato que cuenta cómo Yukón desplazó la montaña: carretilla a carretilla. Algo que parece imposible, como poner una montaña en otro sitio, se puede conseguir poco a poco, día tras día, sin desfallecer; si creemos que es posible, lo conseguiremos; en este caso tener fe es lo mismo que tener paciencia.
            Si quieres, puedes: es lo que se ha dicho siempre; no es verdad. Por mucho que quiera atar el sol con una cuerda (como dicen que hicieron los hermanos Ayar en la fundación del Cuzco, según la leyenda), no lo conseguiré; porque no forma parte de lo posible, y no es sensato perseguir imposibles; a menos que, como sucede muchas veces, llamemos imposibles a las posibilidades que cuestan esfuerzo y nos rendimos antes de empezar. Habría que decir: si quieres después de haberlo pensado, puedes; pero no quieras cosas que no puedes pensar: no las conseguirás; y pensar es razonar, intuir, recordar, sentir, imaginar.
            Un préstamo es un crédito. Los bancos nos prestan dinero si creen que se lo vamos a devolver. Esa creencia es la fe. Pero la fe que nos tienen los bancos es fianza, sólo se fían si les damos garantías de que les vamos a pagar, y una garantía es mucho más que una promesa: es pedirnos autorización para quedarse con nuestro coche, con nuestra casa, si no podemos satisfacer la deuda cuando venza el plazo; los romanos también se cobraban con nuestra libertad. De modo que dar un crédito, para los bancos, no es fiarse, no es creer en quien lo recibe, sino vender: te vendo dinero a cambio de que me pagues intereses o, si no puedes, me pagarás con tu coche, tu casa o tu libertad; la fianza no tiene que ver con la fe (de donde procede), sino con las garantías que tú le das; y recordemos que la garantía aquí no es una promesa sino una venta: un papel firmado que te compromete a cederle tus bienes al banco si no puedes pagar.
            Pero muchas veces los banqueros se fían de la fama, y entonces no necesitan pedir garantías. Si alguien tiene fama de rico y pide un préstamo para montar una empresa, el banquero, convencido de que es rico, se lo prestará sin garantías, convencido, además, de que los beneficios que dará la empresa superarán con creces el dinero que le habrá prestado; prestar, aquí, no es vender, sino confiar.
            ¿Y cuándo podemos confiar? Muchas veces necesitamos garantías para creer. Esas garantías pueden estar en el pasado, en la historia vivida en común: si yo he visto durante muchos años que tal persona es buena, me inclinaré a creer en ella, a confiar; en tales casos la experiencia compartida (la historia que nos une) es el fundamento de la fe. Cuando no hay un conocimiento previo de la persona, como es el caso de los bancos que prestan dinero, la confianza se cimenta en las garantías. Pero cuando no hay experiencia ni garantías no es sensato creer; de modo que la fe se apoya en la razón, en la prudencia. Si un desconocido nos pide que matemos al vecino porque está poseído por el diablo y, si no lo hacemos, nos llama gentes de poca fe; o si nos pide que creamos en dios y nos habla de un dios en cuyo nombre nos pide todos los meses nuestro sueldo, total o parcial; o si nos dice que no estudiemos porque la escuela es el foco del mal: si nos dice cosas como esas, gratuitas y sin explicarse, apelando sólo a la fe, ¿habremos de creerle? ¿No habremos de parapetarnos detrás del escudo de la razón, que es lo que dios, o la naturaleza, nos ha dado para defendernos de los demás? “Guardaos de los falsos profetas”, dice el mismísimo evangelio; porque la confianza no es la fe del fanático; sólo se puede creer apoyándose uno en la experiencia, en la garantía, o en la sensatez.


Esperanza.

            La esperanza es la hija de la confianza, y por tanto, de la fe. Si creo que puedo aprobar, espero aprobar, y mi esperanza será mayor cuanto más haya estudiado. Si crees que el mundo es bueno, confías en él, esperas que nadie te atacará: esperar es lo mismo que confiar y que creer. Cuando nos empeñamos en hacer algo solemos decir: “espero conseguirlo”, porque pondré mis fuerzas en el empeño; y esperar, como signo de confianza, es lo mismo que esforzarse.
            Otras veces tenemos esperanza dependiendo de que haya mayor o menor probabilidad de que se produzcan las cosas; por ejemplo, cuantos más números haya jugado, mayor esperanza tendré de que me toque la lotería. En este ejemplo vemos que la fe en la que se apoya la esperanza a veces contiene riesgos. Tenemos que esperar con prudencia, sí, pero a veces las cosas son probables, y no nos pueden dar mucha seguridad. Si estudio es posible que apruebe; es posible, no seguro; a veces por mucho que estudie todas las veces suspendo, y cuantos más intentos, más fracasos, y cuando hay muchos fracasos sobreviene la desesperación. No es sensato desesperarse si hemos elegido el camino correcto. Pero sí lo es si, valiendo para las matemáticas, hemos elegido estudiar lengua, y en el comentario de textos no tenemos talento; si nos empeñamos en hacer cosas para las que no tenemos vocación seremos infelices y, además, aunque lo logremos, resultará prácticamente difícil destacar. Lo bueno, lo sensato, será ajustar nuestros deseos a nuestra vocación: y entonces podremos tener esperanza, entonces no habrá mayor espejismo que la desesperación.

Amor.

            Muchas cosas se han dicho sobre el amor. Entre la amistad y el erotismo (y la pasión) se han establecido grados; pero también podemos suponer que amarse es lo mismo que desarrollarse, y amar a los demás es lo mismo que ayudarles a andar; yo me quiero tal y como soy, y, dentro de lo que soy, debo procurar ser siempre mejor; y no tenemos por qué querernos tal y como estamos en un momento determinado, porque nuestro estado no siempre coincide con nuestro ser: por ejemplo si estoy enfermo no quiere decir que mi naturaleza consista en estar enfermo; hay veces en que debemos salir de nuestro estado para volver a esa conexión interrumpida que teníamos con nuestro ser. Amar es entonces respetar la naturaleza de las cosas, empezando por la de uno mismo, y la mejor prueba de amor es huir de la degeneración y ser ambicioso con la superación; dentro, claro está, de los límites de la prudencia de los que ya hemos hablado. Lo que llamamos respeto es aceptar la naturaleza, no las jerarquías arbitrarias de la dominación. 


            Así pues, cuando cambiamos la maldad por la bondad estamos amando, y suele suceder que la maldad es la ignorancia: entonces la bondad coincidiría con el saber; pero también con el querer. Amar es querer, y querer es el deseo de realizar una vocación (en eso se distingue del capricho). El amor es un compromiso basado en un sentimiento, pues comprometerse sin sentir es automatismo propio de las máquinas; y el amor se cifra en el corazón, que es el sentir de la naturaleza, la felicidad que surge cuando actuamos como somos, la salud de ser lo que se es, la intimidad, la vida entrañable, el deseo de llenarnos de lo que nos pide nuestra vocación: eso es la plenitud; que se distingue del hartazgo en que en el hartazgo nos llenamos de cosas que nos dan placer sin satisfacer nuestro ser, nuestra naturaleza, nuestro sentimiento, lo que estamos llamados a ser.
El amor, pues, es el compromiso que emana del sentimiento, nos comprometemos porque nos queremos nosotros mismos y queremos a los demás. Porque los demás son nuestro espejo, y al verlos sufrir a ellos nos sentimos sufrir nosotros mismos, aunque no siempre sea con la misma intensidad. Querer a los demás es sentir sus sentimientos, sufrir sus sufrimientos, pensar como ellos aunque no compartamos sus pensamientos, ponernos en su lugar: en querer a quien sufre se cifra la piedad, que no es más que misericordia: de “cordis”, sentir las miserias ajenas con el corazón); es lo mismo que la compasión (“padecer con” los demás), y compadecerse es sentir la necesidad de ser generoso, porque la generosidad (la solidaridad, la caridad, el altruismo) es la necesidad y el deseo de ayudar. Y esto no tiene nada que ver con la compasión entendida como menosprecio (“no quiero tu compasión”), que no es el sentimiento de la pena, sino el deseo de degradar a la gente echándole en cara su pobreza, como si tuviera la culpa de ser pobre; cuando la pobreza no es producto de su pereza, sino de la mala suerte que ha tenido en la lucha por la vida. Eso mismo sucede a veces con la caridad, que se convierte fácilmente en espectáculo, representación en donde quien da construye su grandeza sobre la pequeñez de quien recibe, como si necesitara aplastarlo para sentirse fuerte: eso no tiene que ver con la verdadera caridad, el sentir fraterno que normalmente llamamos generosidad.

Las virtudes de la vida.

            Hay que modificar las cuatro virtudes de Platón: en ellas está la fortaleza que le faltaba a Nietzsche. Y modificar las virtudes teologales: en ellas está el amor que le sobraba a Nietzsche, y que también le faltaba a Platón. El amor y la fuerza son las dos caras del corazón: ninguna de ellas tiene sentido sin la otra; el amor no debe confundirse con la debilidad, con el servilismo, con la sumisión, y en todo caso es mucho más que la caridad; y la fuerza no debe confundirse con la soberbia, ni con la crueldad (como a veces le pasa a Nietzsche). Hay que levantar las virtudes de la vida, que es la reinterpretación de todas las anteriores: prudencia, fortaleza, fe, esperanza y amor. El amor es el vértice del edificio y la fortaleza la base que lo sujeta; la esperanza mana de la fe, que echa sus raíces en la prudencia y en el amor; y la prudencia es la compañera de viaje que se ha convertido en la cabeza del corazón. El corazón, con los pies puestos en la fuerza y provisto de unos ojos que sienten, tiene una cabeza que piensa y por eso puede creer, querer y esperar.
  


viernes, 3 de mayo de 2019

DESPACITO




DESPACITO


             He pensado en una canción que escuchaba hace un año. ¿O fueron dos? Mi esposa me la hizo escuchar con aire dubitativo y después me dijo: ¿qué te parece? Yo le dije: ¡me encanta! Tiene ritmo, tiene letra, tiene vida, tiene gracia… ¡y es auténtica! Ella sonrió, tranquilizándose. ¿Por qué?, le dije; ¿no te gusta? ¡Oh, sí, mucho!, me respondió a su vez; pero es que hay gente que la está criticando. ¿Por qué?, me intrigué. Dicen que esa canción denigra a las mujeres, las trata como objetos… ¿Quééé? No la dejé terminar. ¿Quién dice eso? Algunas asociaciones de mujeres, respondió; algunos políticos; algunos ayuntamientos.
Ante el estupor que me produjo semejante estupidez no supe decir nada. Estaba flipando, me quedé mudo… y volví a escuchar la canción. Escucharla me reafirmó en mis impresiones primeras. En los pelos de mis brazos que se erizaban como escarpias. En su vitalidad. Me quité el sombrero (si no realmente, sí por lo menos de una manera imaginaria) y lo tiré al ruedo. ¡Va por ti, Luis Fonsi! ¡Para que nos vuelvas a encandilar!
            “Despacito”. Así se llamaba la canción. El vídeo empezaba con las olas del mar. Con los barrios pobres de Puerto Rico. Con el chico cuidando de las ocas y las gallinas. Con las casas pintadas de blanco, pintadas de azul, con el sol atravesando el aire y laminando el vacío y el cielo estallando de luz, y en la playa rumor de olas. Gente riendo y conversando, brazos golpeando el hombro y piernas bailando, la luz despedazando la oscuridad, estrellándose en los cuerpos ardientes, bronceados, los viejos agitando en alegrías los mil latidos de sus corazones, chorros de vida, batallas alegres en cuerpos que se asoman a los aires apagados. Los jóvenes. La alegría de la vida, los bailes, las guitarras, las palabras convertidas en sentidos, los sentidos que te ponen a cien, miles de sensaciones y de trotes y de gritos y de coros que se rompen al unísono con los sentidos disparados… He visto vibrar con ráfagas de luz, y olvidar que hace un rato fui humilde, abrasado en los latidos del corazón, bailando.
            Despacito. Cuando el baile te lleva al corazón de un cuerpo, ráfaga de un ritmo frenético, un cuerpo metálico y otro que es imán: despacito. Las pasiones del arrebato que crepitan, sin paciencia, y sólo se pueden desplegar conteniéndolos en una carrera vertiginosa que sólo se siente cuando se corre: despacito. Las ráfagas de la piel te llevan lejos pero no puedes marcharte, tienes que quedarte aquí aunque los bramidos de tu corazón sean potros desbocados; la única forma de disfrutar es contener la furia, soltándola pero conteniéndola, pasito a pasito, la piel de la mujer se abrasa en los besos, besos del sol, del mar, del vientre, de la arena, del fuego, del pecho, besos del abismo que sale del vientre volcado en llamaradas.


            Pasito a pasito. Quiero bailar contigo, me acerco a ti, mi piel vibra y respira sudores de sexo y tú lo sientes y te vuelves erotismo, discreto, abrasado y no lo puedes esconder, hay miles de escarpias en el vello de tu piel, no lo puedes decir pero lo dice tu cuerpo, quiero escribir en tu piel hasta convertirla en manuscrito…
            Pasito a pasito, suave, suavecito, nos vamos acercando, siempre despacito; tu cuerpo es un dardo que sopla en el mío, tu cuerpo es imán y el mío es metal, te busca temblando, te siente en el aire, te huele en la sal, el mar y la playa y el viento del alma deshecho en quejidos, gritando y bailando, buscando el laberinto, tu cuerpo se pierde en tu cuerpo y el mío y mi piel se desguaza, tu rompecabezas se monta en el mío, la pieza que falta ¡yo tengo esa pieza!
            Despacito. Tu cuerpo es un manuscrito. Enseña a mi boca a escribir pronto en ella, quiero descubrir tus lugares favoritos. Nos hemos acercado poquito a poco, tu piel, pegada a mi piel, desgarrando el aire y el vino que estalla y que brama, quiero que me enseñes tus zonas de peligro aquí, en la playa, que griten las olas, se rompa en el aire el imán que me abraza, los dos abrazados, tus brazos me enlazan, estoy apresado y yo a ti te atrapo y siento tus ansias, tus gritos, tus garras, la voz que me estalla, tu boca llenándose de aire del vientre que estalla en tus caderas… Esto pasa en Puerto Rico.
La vida que llama, el sol que se para, el cielo que estalla en jadeos, suspiros. Mi voz que se apaga, respiras ahogando y el aire te abraza, garganta que miro, la nuez de mi cuello, saliva que traga, pasión desbocada, estertores del alma que rompe esa muerte: la que el tiempo para, sentir que no estás mientras estás, abrazado a las lenguas del mar, la arena, la playa, la sal que jugaba, tus piernas, mis brincos.
Despacito. Lentamente, despacito. El ansia no espera, vamos a vivirla despacito. La vida se estrella en las rocas del tedio, se va en la pobreza, disuelve sus aguas, se va entre mis dedos, se va entre los tuyos que se crispa en los míos. Despacito. Es la vida que mana en Puerto Rico. Las ocas, las gallinas, las casas de los pobres, paredes azules, de un azul marino que atraviesa el frío: lo hace calor transfigurando el hielo como transfigura la pobreza en alegría el sol que siembra en ti sus rayos. La risa. La vida. El vuelo de la fuerza. Pasión, alegría, y el ritmo que hace llevadera la desgracia. Estoy en Puerto Rico, estás en mi cuerpo, estoy en tu abismo, la pieza que yo tengo se está abriendo en tu rompecabezas.


Despacito. Te busco, te miro, mi cuerpo que tiembla, impulsos salvajes duermen en mi testosterona. Que vengan políticos defendiendo a la mujer, y dicen que esto que pasó entre nosotros incita a violar y eso es un abuso: que lo digan, si quieren, diles tú lo que has sentido, yo les digo lo que siento, basta ya de confundir el bien con puritanismo. Que incita a la carne, que dicen, nos llama, nos tienta, nos mete de lleno en los rumores del sexo: ¡si! Mas no es violación, que tú te acercas cuando yo me acerco a ti, muy despacito. Un canto a la vida es mi cuerpo en tu cuerpo, tu cuerpo envolviéndome, Igor Stravinski, canción de primavera.
Despacito. Pasito a pasito, yo en ti vivo mis pasiones. Y tú, que las vives, las sientes en mi cuerpo, mi lengua en tu cuerpo esculpiendo un manuscrito: luego en la tuya, mi lengua en la tuya, mis dedos en tus dedos, le estamos haciendo un canto a la vida. Que es incitación, decís. Que es provocaros, decís, instinto sobre instinto: que sois puritanos, confundís el bien con la muerte, la violencia con la energía, el respeto con la vida sin vida, ser desvitalizado, decís que hay que huir de las canciones que incitan al sexo.
¿Y qué? ¿El sexo es malo? ¿Acaso es pecaminoso, exceso y abuso, acaso es malo estirar los músculos? Bien lo decía Brassens: no todos los días se nos quitan las arrugas de las nalgas. ¿Y qué? ¿Está prohibido ligar? ¿Hace daño comunicar tu pasión, despertar pasiones? ¿Acaso es violar compartir los abrazos y los besos? ¡No los confundáis con los besos robados, con abrazos que agarran, con los dedos que se clavan en vez de arañar, y arañazos que son garfios y cadenas! ¡No, no los confundáis! Dos corazones que se disparan, dos pieles que se queman, velo con velo que se erizan: ¡eso no es violar, que es compartir! Y todo empezaba con miles de preludios, el chico a la chica que nunca la forzó a lo bestia, que fue conquistando su piel y su antojo y su voz voluntaria, la voz que te busca, que tú no la fuerzas, que viene y te atrapa, se mete en tu lengua, tu voz y susurros, palabras y gritos.
Despacito. Lentamente despierta en el clímax, se va poco a poco la falta de fuerza, la falta de arrastre, la piel se despierta, las manos sin tono se tonifican hasta el grito. Nadie fuerza a nadie, los cuerpos se atraen, calor de una noche en el sol del Caribe, no es violar el ser salvaje cuando tú ardes también disuelto en salvajismo: salvaje es el macho, salvaje es la hembra, salvaje es el sol que enciende los cuerpos: explota, lo sabes, los cuerpos explotan, la piel que se estira, temblar en el pecho, sudor en las manos, pasión en las piernas, inmenso resplandor ardiendo en las pupilas. Hemos estallado… y al principio fue tierno. Nos hemos acelerado… y empezó despacito. Perdiendo el sentido… y éramos voz al principio que hablaba entre sentidos. Temblor en la frente, pensar sin pensar… y empezaba consintiendo nuestros bríos. No, no es violación lo que estamos haciendo, no hemos forzado, nadie fuerza a nadie, es fulgor que penetra en tu naturaleza. A ti y a ella, señores políticos, defended a la mujer sin quitarle el cuerpo. Que el respeto no es puritano, señores defensores de las mujeres, mujeres defensoras de sí mismas, contra la vida: no confundáis la pasión y el abuso. Que no hay abuso si te dejas llevar, si dejas sentir y decidir, te tomas tu tiempo y al llegar al éxtasis tú eras tu ser y consentir tus latidos, y eso te hace llegar, claro que sí… si haces el amor muy despacito.


Pasito a pasito, suave, suavecito, viva el verano, viva la canción, viva la piel que vibra en el sol latiendo al pensar que es fruto en tus bríos: los bríos de piel, piel y pensamiento, sabor consentido, y no apagar por confundir el descontrol con el latido… Pasito a pasito, suave, suavecito, no es violación si tú lo consientes, y es abandono en una noche ardiente: que viva la vida, que duerma el dolor, revivan las risas, no fuerza el amor si empieza despacito.
Que no es lo mismo respetar que apretar el culo, señores políticos: viva la vida, sagrada pasión, viva Stravinski, y en la primavera vive la danza en el ombligo; despacito; pasito a pasito; esculpiendo la vida, escribir con la boca el cuerpo ardiente convertido en manuscrito.
Despacito.
Cogiendo carrera hasta el estallido: el sol del instinto.
Despacito.
Así se despierta el sentido del ritmo creciendo y creciendo hasta el estallido.
Despacito. Viviendo y soñando, lamiendo la arena allá en Puerto Rico donde viven los pobres, y viven riendo y se alzan gritando en el vuelo del sino.
Poquito a poco. Sintiéndolo apenas, sembrando el olvido sobre el dolor, siguiendo tus pasos que se pierden en la arena.
Y se llevan al mundo donde todo cambia y muy lentamente, esculpiendo el destino, venciendo a la pobreza sin dejar de vivir: ¡nunca!
Despacito, en libertad.  
Besa el sueño y trabaja por despertar y despiértate siempre sin dejar de vivir.
Despacito, Fonsi, ponte a cantar.
Despacito. No dejes nunca de cantar y nunca dejes de reír.
Despacito.
Porque la risa un día estallaba en carcajada y la vida frenética y lenta se desparramó.
Despacito. Disuelta en el mar y libre de amar: la voz del destino.  Despacito.




viernes, 2 de febrero de 2018

EL CANTE JONDO



EL CANTE JONDO


            La oscuridad no era de azabache. Era una oscuridad sin brillo, de un negro seco; tosco como la garganta del cantaor, quebrado como las voces rotas, más allá del corazón: quejíos de allende el pecho; pozo sin fondo de los impulsos más primarios, instintos atávicos. Y en esa tosca negrura, lecho elemental, yace el aliento áspero (papel de periódico) que dice lo importante: no el papel brillante de las vanas revistas, que ciega con su brillo para no ver lo cierto. Lo tosco, lo auténtico, lo simple, es lo trascendente; no el brillo azabache de las hojas que hipnotizan; que lo resuelven todo en apariencias, y lo disuelven en la niebla, y que se esfuma en vanidades.
            Era un cielo negro de sombras invisibles. Tiniebla sin brillo, fondo sin forma, figuras sin perfiles, mentiras y verdades. Una cabeza negra, una figura siniestra, una cabeza con cuernos: la figura del minotauro. Tal los ojos de un gato, el iris fosforescente y la pupila dilatada abren un túnel sobre las cosas, y las absorben en un agujero negro; allí van las realidades, y los sueños, navegando en el tiempo, como un barquito velero, regresando a Camarón: un remolino de boca horrible (tal la espuma de Caribdis, el aliento de Escila).
            El minotauro. Un toro siniestro hiende las tinieblas, un relieve en la noche, apenas esbozado en la penumbra, una amenaza. El cielo es un laberinto y sus caminos angostos lo llenan todo de serpientes; miles de serpientes cruzándose, miles de nudos donde se pierde el conocimiento, telaraña de la voluntad, red de los pasos perdidos, prisión de la esperanza. En el laberinto se enredan las mentes turbias, el entendimiento oscuro, la sencillez atascada en obsesiones, la memoria atrapada en los esquemas, los prejuicios enturbiando el horizonte, la bondad que se nubla en la ignorancia. Gloria, perdida en los caminos como un mar de los sargazos, patina en telarañas pegajosas, nudos y nudos de lianas, los caminos del laberinto, las sendas atascadas, las vías sin salida, las pistas falsas. Miles de prejuicios en su mente atenazada. Sus retinas confundidas, sus oídos desorientados, sus manos perdidas en pieles engañosas, con el tacto cambiado. Sus prejuicios, como nudos, atan la salida de los juicios que se forman en su mente, separando las premisas y las conclusiones; y las razones se quedan paralizadas, los argumentos patinan, el sentimiento naufraga en un mar de arrecifes donde se confunden las emociones más evidentes, los instintos más naturales, los impulsos más claros. Todo es un mar revuelto en la mente de Gloria, y hasta su nombre, que es radiante, le está pareciendo ahora una nube de barro.


            El toro es el signo del destino, que viene inexorable, prefigurado en lo que somos, en las fuerzas que nos arrastran. Unas veces la razón, otras los prejuicios; a veces sin corazón, otras descorazonados. El toro. La sombra del minotauro. Estamos perdidos en el laberinto y necesitamos salir de  él: para eso necesitamos un hilo; un hilo de Ariadna. Y cuando llegamos necesitamos todo nuestro corazón para armarnos de valor, para derrotarlo. Para que el minotauro desaparezca ya de nuestras vidas. Para destruir los motivos de nuestra desgracia, y las rigideces de nuestra mente, que son barreras y hay que saltarlas.


            El amor. El destino. La muerte; que es lado contrario de la vida, y nos arrastra. O la arrastramos. Tres fuerzas irresistibles. Tres temas universales. Tres cosas elementales. Por ser lo más importante lo tenemos ante los ojos, y no lo vemos. Por eso es lo más profundo. De las profundidades del alma, como fuerzas elementales, emergen con dolor a la superficie. Brotan a los labios como una queja; el quejío del cantaor, el cante jondo; las profundidades del alma, los abismos insondables, las fuerzas irresistibles. Salen a la luz con la voz quebrada. Su ímpetu pugna en la garganta, choca con la laringe, rompe las cuerdas. No, no son fuerzas capaces de ser atadas: rompen la voz y la voz se quiebra, se desgarra. La voz sale a la superficie como un quejío. El grito, cuando es arrastrado por la voz, se rompe: la voz del flamenco no puede ser perfecta, tiene que estar cascada. Y como no cabe en la laringe (porque las cuerdas se le rompen), tampoco cabe en el pentagrama: se rompen sus cinco líneas y las notas se pierden, se alejan, se escapan. El cante jondo no puede estar atado. Se rompen las voces del pentagrama y es como la música hindú o el jazz, música que no se puede escribir porque es libre; se escribe su esqueleto, su ritmo, su melodía; pero las rigideces de las voces no son cante jondo como el esqueleto no es la carne; el cante jondo es libertad: por eso nace roto. La música atada es bonita, y el cante jondo no puede ser bonito: es rudo, tosco, quejumbroso, de voces sueltas que suben por el tiempo, ad libitum, sólo esa voz grave, callada y rota (más que voz es un quejío), puede hacer algo más que hablar del amor: lo vive. Las otras voces hablan del amor. No el cante jondo, porque es eso: jondo, profundo. Las otras canciones se quedan en la superficie. Y el quejío que desgarra el aire puede, hiriendo el cielo con su flecha rota, herir y derrotar al minotauro.
            Natalia era un quejío que no salía de su boca. Ingrid sólo hablaba del amor: ella lo vivía. Pero lo vivía desde su profunda ignorancia. El cante jondo es sabiduría. Por eso la voz de Natalia era burda, pero no ruda: no se quebraba. La queja de Natalia salía de las profundidades, pero ella no la comprendía. No podía encerrar en un pentagrama lo que sentía, pero tampoco sabía cantarlo. Su madre, en cambio, estaba llena de pentagramas, pero sólo Ingrid conocía sus canciones: mas como no las sentía en carne propia su voz no se rompía; no era un quejío. Ingrid no sentía por impulso, sino por simpatía. Ni Gloria, ni Ingrid, ni Natalia podían acercarse a las profundidades del cante. Derrotar al minotauro. Soltar la palabra viva.
            Hasta que se acordó de su pasada lejanía. De la sinfonía inacabada. Del tiempo entrecortado. Se acordó de Delibes, de Lola Herrera, del hastío. Y le vino de aquellos tiempos un quejío. La voz, rasgándole las entrañas, le atravesó el pecho y se rompió en su garganta. Fue auténtica. Natalia, estremecida por su pureza, se asomó al abismo. Desde allí tocó el vértigo los sones del flamenco. La voz rota, el sentimiento puro, las profundidades del alma. Habló del amor que sintió, el amor que retenía a Natalia. Y entonces Natalia sintió el dolor convertido en arte: había derrotado al minotauro. Con Ingrid, que había sabido sentir con ella. Y fue el triunfo del amor, la vida sobre la muerte, la libertad sobre el destino. Fue vencer a la fatalidad, hundiéndose en la superficie, hasta lo profundo. Ése fue el poder curativo del cante. Del cante jondo. De lo sublime de la garganta.




viernes, 19 de enero de 2018

EL DIABLO MUNDO






EL DIABLO MUNDO


             -Nosotros somos seres libres. El mundo es como una cueva donde estamos encerrados, y hay un dragón que representa las malas influencias; y un espacio vital. Muchas veces nos dejamos llevar por las amistades: si son buenas, expansionarán nuestro espacio vital; si son malas, se comportarán como un dragón, que nos devora. Nuestro espacio vital es el lugar donde crece la semilla del corazón, y el resto es terreno estéril, tierra sin abonar, humo: cizaña. La cueva es una tierra sin abonar: nuestro espacio es el abono. El humo es la cizaña. Y así como el labrador abona la tierra y corta la cizaña, así también nosotros sembramos nuestro espacio y apagamos el fuego.

            -Todos tenéis amigos. Todos los tenemos. Seguro que más de una vez nos vienen a llamar cuando estamos trabajando.
            Guardó silencio. Nadie hablaba. Volvió a insistir.
            -¿No es así?
            -Sí, sí, muchas veces –irrumpió Pedro-. Que te lo diga Darío.
            -¿Darío? –llamó Juan apuntándole con la mirada.
            -Sí –contestó Darío sonriendo-. Todas las tardes.
            -¿Cómo? –inquirió Juan Luis-. ¿Todas las tardes? ¿A qué hora?
            Después de comer.
            -¿Dónde estás tú a esa hora?
            -En mi cuarto. Me pongo a hacer las tareas.
            -¿Y dónde tienes tu cuarto?
            -¡Ése es el problema! Está a un lado de la casa, alejado de mis padres y de mi hermano, pero da a la calle. Estoy aislado por dentro, pero comunicado con el exterior. A todas horas pasan mis amigos, me empiezan a silbar y a tirar piedras, me dicen que me vaya con ellos y nunca acabo de estudiar. Y aunque yo no vaya ellos siguen ahí, bromeando y haciendo el tonto por la ventana, y tampoco estudio.
            -¡Vaya! –replicó Juan Luis-. Parece que tenemos aquí a un hombre atado. Y a un dragón.
            Todos escuchaban, callados. Pero su silencio ahora era inquisitivo. Era como si esperasen la continuación de un capítulo que decía: “continuará”.
            -Os lo explicaré de nuevo: la calle es como una cueva; Darío, que está libre en casa, se encuentra atado a esa cueva: sus amigos, con su insistencia, lo tienen como encadenado, no puede dejar de mirar allí; y él sólo está libre para jugar con ellos, porque si sigue estudiando lo seguirán distrayendo, que es como si lo volvieran a atar.
            A los ojos de los alumnos les salieron miradas de sorpresa. Y de expectación.
            -Y si además es primavera –prosiguió Luis-, el sol que calienta por la ventana lo distraerá más todavía; como la galbana de mayo; como todos esos días que hace demasiado bueno para poder estudiar. El calor es, a veces, como un veneno: como un fuego que nos intoxica; pero el humo también representa el juego, el entretenimiento, la diversión, que es distracción en un doble sentido: porque nos distrae del aburrimiento y nos distrae también de nuestras obligaciones.


            -Nuestra casa es un terreno favorable para estudiar; un terreno abonado.
            -Así que –preguntó Maia- es el mundo el que nos hace ser como somos. Si Darío no tuviera la ventana mirando a la calle, estudiaría más. Entonces no sería tan vago. Porque la culpa de no estudiar sería de sus amigos, no sería de él.
            -Bueno –contestó Juan Luis-, no sé qué pensáis los demás. ¿Creéis que es el mundo el que nos mueve, o que la fuerza de las cosas está en nuestro interior?
            -¡La fuerza está en nosotros! –exclamó Cristal en una exhalación-. ¡Si tú no quieres dejarte llevar por el mundo, el mundo no te arrastra!
            -¡Yo creo que no! –interrumpió Maia-. Hay veces que quieres hacer las cosas y no puedes. No te dejan.
            -¿No puedes o no te dejan? –inquirió Juan Luis.
            -¿Eh?
            -Hay gente que no puede trabajar aunque le dejen.
            -No entiendo –replicó Maia.
            -¿Tú no te has distraído nunca?
            -Sí, muchas veces.
            -¿Quién más se ha distraído?
            Se levantaron varias manos. Otros hablaron sin pedir permiso. Juan Luis le dio la palabra a Pedro para desliar el barullo.
            -A ver, Pedro, ¿tú qué piensas?
            Pedro miró con su cara de ignorante. Su cara bondadosa temblaba con timidez.
            -Yo es que no me concentro. Me distraigo aunque no haya moscas.
            -Yo no –interrumpió Ilse-. Hay muchas veces que quiero trabajar y me entretienen los amigos. ¡Son ellos los que no me dejan! El ambiente puede más que yo.
            -¡Pues yo, si quiero trabajar, trabajo! ¡Si me molesta la gente me voy a otro sitio y arreglado! ¡Te aíslas y ya está!
            -¡Bueno, bueno, no os peleéis! –zanjó Juan Luis-. Hay opiniones para todos los gustos. Quizá no haya una respuesta única: seguramente todos tenéis razón. Hay quien puede más que el mundo, y hay quien el mundo puede más que él. El mundo es lo que nos rodea: circum-stantia; esta aclaración la hizo un filósofo español cuyo nombre seguro que os suena: Ortega y Gasset.
            -Yo creía que eran dos: Ortega, y Gasset.
            Juan sonrió con benevolencia. En seguida se dispuso a darles su explicación.


            -Yo soy yo y mi circunstancia. Mi circunstancia es el mundo, pero también es mi propia naturaleza; la mía y la de mi especie, que es la especie a la que pertenezco. Yo soy mi libertad. Hay quien, como Rousseau, afirma que tenemos una naturaleza buena rodeada de un ambiente malo; y quien, como Hobbes, sostiene que los malos somos nosotros. La maldad que hay en el ambiente que nos rodea es el propio mundo en el que estamos. Que es un mundo perverso. El diablo mundo.
            -¿Mi circunstancia es mi naturaleza? –inquirió Jaime-. Mi naturaleza soy yo; yo no soy el mundo, estoy en el mundo.
            -No estoy de acuerdo –explicó Juan Luis-. Tú eres lo que controlas, lo que libremente puedes hacer. A tu naturaleza no siempre la controlas; es como un mundo con el que tienes que luchar.
            Se detuvo un poco para buscar un ejemplo; lo encontró en seguida.
            -Si Pedro dice que su naturaleza es distraída, debe ser verdad; él lo sabrá mejor que nadie. Seguramente le gustaría no ser así, pero él es así, no puede cambiarlo. Su naturaleza puede más que su voluntad.
            Y le vino a la mente otro ejemplo.
            -Nuestra naturaleza es humana. Quizá a alguno le hubiera gustado ser pájaro para volar, pero no es un pájaro; no puede volar. La especie a la que pertenece no la ha elegido él, es algo que le ha sido impuesto por la naturaleza.
            Y prosiguió con nuevas ideas.
            -El tiempo en el que vivís es otro mundo en el que tenéis que luchar: no tenéis que luchar contra él, tenéis que luchar en él. ¿Que a alguno le hubiera gustado vivir en la Edad Media? Lo siento: ha nacido en el siglo XX; él no es libre de cambiarlo. Y lo mismo que con el tiempo, pasa también con el espacio. Quizá a alguno le hubiera gustado nacer en Grecia, pero ha nacido en España. Y le hubiera gustado nacer en una familia rica, pero no ha sido así. Y le hubiera gustado... El destino. Todo eso es el destino. No depende de nosotros. Nuestra naturaleza, nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestra clase social, todas esas son realidades que tenemos que admitir aun a pesar nuestro: están ahí. Son mundos en los que tenemos que vivir. Son nuestro mundo. Nuestra circunstancia.
            Se acercó a la mesa y rebuscó entre unos papeles que había traído. Cuando encontró el que buscaba lo leyó para sus alumnos.
            -He pensado en Espronceda, que ve (leo) “el mundo cual magnífico escenario”[1]. El nacimiento es una caída, así lo expresa por boca de Salada, que es uno de los dos protagonistas de El diablo mundo. Salada, que lleva una vida de sinsabores y de desgracias, se vio
                                   arrojada en el mundo una mañana
                                   cuando la luz entre miserias vi[2].
La caída es un tema que procede de la tradición cristiana. Del pecado original. Y el mundo, como imaginara Platón, refugio del engaño.
                                   Mas, ¡ay!, volad, huid, engañadoras
                                   sombras por siempre[3].
Lo que no nos engaña es lo que no se ve: “formas sin forma”[4] lo llama Espronceda; formas que son ideas, y las ideas no se ven: se piensan. Lo que vemos es mentira, y en el pensamiento está la verdad. Alguien hay (alguna fuerza oculta) que se empeña en engañarnos. Espronceda lo materializa en una voz que habla de los humanos.
                                   Yo confundiré a sus ojos
                                   la mentira y la verdad[5].
El mundo que vemos, oímos y tocamos, es un mundo de placeres. Y el placer despierta la ilusión. Vosotros sois jóvenes, estáis llenos de ilusiones y sentís la llamada del placer. Pero cuando pasen los años, dice Espronceda, con la juventud se marcharán las ilusiones:
                                   ¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas
de juventud, de amor y de ventura![6]
Y nos queda el vacío.


                                   Los años, ¡ay!, de la ilusión pasaron[7].
A menos que hayamos sabido buscar los placeres del pensamiento y alejarnos de este mundo, siendo soñadores, y volar:
                                               ¡dame que del mundo
                                   rompa mi alma la prisión sombría,
mis pies desprende de su lodo inmundo,
y en alas de Aquilón álzame y guía![8]
            Porque la vida por encima de los placeres es una ilusión. Y vencemos cuando mantenemos viva la ilusión en nosotros, sin depender de las ilusiones que nos da el mundo. El mundo. Los placeres. El engaño. La materia.
                                   La flaca, vil materia
                                               (...)
                                   y sombras y luces,
                                   la estancia que gira[9].
La materia es el engaño. La sombra; pero las sombras no tienen fuerza para actuar. La fuerza está en la voluntad; en el espíritu.
                                   La materia al espíritu obedece
                                   hasta que, yerta al fin, cede y fallece[10].
La muerte sobreviene cuando desaparece la energía, la voluntad; cuando desaparece el espíritu de la materia, cuando se queda sin fuerzas. El espíritu de la circunstancia se enfrenta a nosotros y nos gobierna, si desfallecemos. ¿Quién puede más: nosotros o el mundo? El que tenga más fuerza de los dos.
                                   Ver todo el mundo que gira
                                   a mi alrededor.
                                               (...)
                                   Tú vendrás donde yo elija[11].
El mundo y yo somos dos fuerzas en contacto. El mundo trata de envolverme, de atraparme. Yo trato de abrirme camino en el mundo. No podré caminar si el mundo es duro como el diamante, ni el mundo me podrá tragar si yo soy un diamante puro. Pero nadie en el mundo es tan duro que no se pueda moldear. El diamante no existe, es un ideal; un límite que ni yo ni el mundo podremos atravesar nunca. La vida se mueve dentro de sus límites, que son la dureza irrompible y la infinita blandura. El mundo y yo somos dos fuerzas que chocan; dos espíritus echando un pulso para abrirse camino, como dos caballeros embistiendo en un puente porque ninguno quiere dejar pasar al otro. ¿Y por qué? ¿Por qué hemos tenido que encontrarnos en el puente?
                                   Juntos tú y yo lanzados en la vida[12].


Hemos nacido sin que nadie nos pida permiso. Hemos sido lanzados a la vida. Arrojados al azar. Y hemos caído allí donde el destino ha querido. El destino es nuestro mundo, nuestra circunstancia; nosotros somos nuestra libertad. Una libertad luchando contra el destino, eso es lo que somos; luchando en el mundo en el que hemos caído, con él o contra él, con el destino o contra el destino, con su ayuda o con su oposición. Ninguna libertad puede oponerse al destino, que ha trazado el marco de nuestra vida; dentro de esos límites lo podremos todo, pero si escapamos a ellos nos destruirá como se destruye la materia al chocar con la antimateria. La libertad es una fuerza dentro del destino; pero si se opone a él, no es más que debilidad.
                                   Rompamos del destino las cadenas[13],
dice Espronceda; y eso quiere decir que la fuerza de nuestra voluntad puede vencer al mundo, no que pueda escaparse de él. Yo puedo salir victorioso de los retos que me plantea mi tiempo, pero no puedo elegir otro tiempo para vivir. La libertad es, más que una fuerza dentro del tiempo, una fuerza dentro de mi tiempo; si se empeña en salir de él, como un cuadro empeñado en salirse de su marco, perdería toda su fuerza y dejaría de ser libertad. La libertad es, en suma, una fuerza dentro del destino. Y eso es reconocer lo que decía el título de la ópera de Verdi: la fuerza del destino; las coordenadas espacio-temporales de nuestra libertad. Sólo si acepta los límites de la historia y de la naturaleza podrá exclamar, con Espronceda:
                                   El hombre aquí ha de enredar
                                   sin que le enrede el enredo[14].
Todas las telarañas del mundo pueden ser vencidas; todos los líos pueden desliarse; todos los obstáculos se pueden salvar. Si aceptamos el punto de partida, si aceptamos los obstáculos que nos ha puesto el destino: sólo entonces podremos elegir nuestras aventuras, nuestros propios obstáculos, dentro del repertorio que tenemos al alcance de la mano. Un ideal es una ilusión forjada entre las cosas de este mundo, pero si buscamos ideales que no están en él, no seremos seres ilusionados, sino ilusos. Es de ilusos plantearse metas inalcanzables. Y entre las que podemos alcanzar, hay que elegir las que nos hacen triunfar en el mundo, no las que hacen que el mundo triunfe sobre nosotros. Si elegimos vivir envenenados por las drogas, nos habrá vencido el mundo; si elegimos resistir al encanto de las drogas, habremos vencido al mundo. El mundo es una cueva. Como todas las cuevas, ésa no es ni buena ni mala. Tiene cosas buenas y cosas malas. El mundo tiene fuerzas positivas y negativas, energías que nos ayudan y energías adversas: en nuestra mano está elegir las que más nos convienen. Y sabemos que lo bueno cuesta trabajo, eso es una ley universal.


            Y entonces dijo Darío:
            -Perdona, ¿no se dice que la naturaleza sigue la ley del mínimo esfuerzo?
            -Sí, así es –repuso Juan Luis.
            -Entonces lo más natural sería ser vago.
            -No –cortó Juan Luis al vuelo-. Lo más natural es ser feliz con el menor esfuerzo posible; que no es lo mismo que esforzarse lo mínimo a costa de la felicidad. Suponte que el esfuerzo sea dinero. Cuando vas a la compra tú no vas buscando lo más barato, porque entonces comprarías siempre vino malo, que es el que cuesta menos. No. Tú lo que buscas es calidad, y dentro de la calidad quieres la que cuesta menos, sin que la bajada del precio signifique una merma en la calidad. En resumidas cuentas, tú lo que buscas es la mejor relación calidad-precio.
            Darío se quedó pensativo, paralizado su pensamiento por esta respuesta. Y Juan Luis aprovechó para sacar conclusiones de ella.
            -No sé si conocéis a Georges Moustaki. Es un cantante francés de origen griego. En una de sus canciones reivindica “el derecho a la pereza”. Yo estoy de acuerdo con él. Ser feliz significa disfrutar de la pereza, pero la felicidad cuesta esfuerzo. Para ser perezoso y desgraciado no hace falta esforzarse, pero para disfrutar verdaderamente de la pereza hay que trabajar. Si no te duchas porque te da pereza aguantarás la roña y te picarán las pulgas, pero si te tomas el trabajo de ducharte disfrutarás de una piel fresca y de una sensación de bienestar: la misma que te invade cuando estás limpio. Si quieres te pongo otro ejemplo. Mira, si no estudias cuando tienes que estudiar y haces el vago, sentirás el pesar de no hacer lo que debes; y cuando suspendas, ese peso te pesará cada vez más. Pero si estudias lo necesario y te diviertes después, la diversión tendrá un sabor más exquisito; además, cuando apruebes te sentirás más ligero, porque te quitarás un peso de encima: de lo que te has examinado ya no tendrás que volverte a examinar; y si te examinas de nuevo te costará menos, porque luego no tendrás que estudiarte todas las cosas, sino solamente repasarlas. Al revés que el vago, que cada vez irá acumulando suspensos y cada vez tendrá más cosas que estudiar. El estudio del vago va pesando como una bola de nieve. El del perezoso feliz pierde peso, como el agua que se evapora, porque ha comprendido que la vida es una carrera y la meta es la pereza; para llegar a la meta hay un punto de partida, que es el esfuerzo, el trabajo, el despliegue de la voluntad.
            Ahora Darío estaba perplejo. Juan Luis había puesto el mundo al revés. Y Juan Luis remató la faena con una guinda que le puso al pastel.
            -Recuerda lo que hemos dicho: divertirse es distraerse del aburrimiento, no de la felicidad. Para disfrutar de la pereza hay que ser feliz, pero el vago piensa lo contrario: piensa que con la pereza alcanzará la felicidad.
            -Explícate un poco mejor.
            -La felicidad la da el trabajo: no la pereza. Lo que da la pereza es el disfrute, el goce, pero gozar sin ser feliz es lo mismo que circular sin gasolina: te durará poco. La felicidad es la gasolina de la pereza. La felicidad requiere trabajo y la pereza produce placer. Pues bien: cuanto más esfuerzo habrá más goce, y el trabajo es la fuerza del placer.










[1] Espronceda, Poesías completas. Edición a cargo de Don Juan  Alcina Franch. Barcelona, Bruguera, 1968;  p. 120. 
[2] Ibídem, p. 335.
[3] Ibídem, p. 156.
[4] Ibídem, p. 225.
[5] Ibídem, p. 216.
[6] Ibídem, p. 244.
[7] Ibídem, p. 250.
[8] Ibídem, p. 375.
[9] Ibídem, p. 196.
[10] Ibídem, p. 223.
[11] Ibídem, p. 347.
[12] Ibídem, p. 335.
[13] Ibídem, p. 335.
[14] Ibídem, p. 299.