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viernes, 25 de marzo de 2022

EL DESTINO DE EUROPA

 

EL DESTINO DE EUROPA 


            Políticamente hoy es Europa una potencia débil. Pero está hecha de esa debilidad que da la fuerza, porque, por respeto a la libertad de todos los Estados que la integran, tiene que pagar el precio de no hablar con una sola voz. Otras potencias hablan con una voz única pero tienen por dentro maniatadas sus voces; la fuerza que ejercen en la escena internacional es aparente, porque en el fondo son inmensamente débiles.

            Europa adolece también de una debilidad militar: sólo Francia es una potencia atómica; Europa tiene ejércitos menos poderosos que Rusia y China, y éstos los tienen aún menos que los Estados Unidos.

            Europa es una enorme potencia cultural. La fuerza de su cultura es descomunal. Los Estados Unidos son un país joven y ni de lejos pueden compararse con la enorme riqueza europea. Rusia tiene una cultura exquisita y la de China es de una riqueza milenaria. Ante mi ignorancia a la hora de compararlas me atrevería a decir que Europa, China y Rusia es posible que tengan sendas culturas de una fuerza equivalente.

            Pero Europa tiene una riqueza moral: eso no lo pueden decir ni Rusia ni China. China tiene filosofías que han marcado hitos en el pensamiento moral del mundo, pero Europa disfruta de un respeto a los derechos humanos como no lo tiene ningún país del planeta; y esto no tiene que ver con el hecho de que, coyunturalmente, promueva la violación de esos derechos un buen número de europeos. Es como el mar, cuyo oleaje puede desbaratarlo todo pero en sus fondos abisales, que son la identidad inconsciente de Europa, hay un sentimiento arraigado de respeto que es su tarjeta de presentación verdadera; que perdura mucho más que las efímeras tarjetas de atropellos que identifican por momentos a muchos europeos. En oposición a ellos, Estados Unidos parecen tener una doble identidad paradójica: en su medalla brillan, por un lado, los nobles ideales de Europa, y por el otro, la sombra de los fanatismos medievales, restos de un pasado que se niega a desaparecer.

            El primer tercio del siglo XXI es el del declive de Europa: militarmente va a ser arrinconada por Estados Unidos, Rusia y China y políticamente tiene escasa trascendencia (aunque la tiene). Pero hay un auge de Europa que viene de su esencia, de aquello que permanece, una riquísima cultura donde convive lo despótico con lo humano y una dimensión ética envidiable para cualquier país de la tierra. Por eso podemos decir que el declive de Europa puede ser una realidad coyuntural a lo largo de décadas, esperemos que no durante siglos; pero Europa es, en la cultura, uno de los grandes faros de la humanidad y en la moral, el único. Puede que las mareas bajas eclipsen los valores de Europa y sus realidades; pero su presencia será permanente en el enorme empuje que siempre tienen sus mareas vivas.

 


 

viernes, 11 de febrero de 2022

CABEZAS SIN CUERPO

 

CABEZAS SIN CUERPO  

 


            ¿Y si fuéramos sólo una cabeza? Una cabeza sin cuerpo, quiero decir. Un cerebro metido en una cuveta que hiciera de pila para cargarlo con electricidad. Un ordenador. Un ordenador es un cerebro electrónico que recibe datos, resuelve problemas y los manda a imprimir. Un ordenador no tiene cuerpo, ni corazón, ni se relaciona con nada que no tenga que ver con el pensar, ni tiene cultura sino sólo datos; el ordenador no lee para enriquecerse, sino para resolver problemas; no va al teatro, al cine, a la ópera, y cuando asiste virtualmente a esos espectáculos lo hace para ser un erudito y no un cerebro culto (¿se puede hablar de cultura donde no hay corazón?)

            Hay jóvenes que se parecen a ese cerebro. A esa cabeza sin cuerpo. Jóvenes que en los estudios sacan las máximas notas, menos en Educación Física. Jóvenes que no leen historias de amor. Que no van a bailar, que no han bebido nunca un trago, que no tienen amigos, que se saben todos los museos y todas las películas y todas las obras de teatro, pero no han disfrutado nunca de ellos; se lo aprenden todo porque se lo han mandado, por pedantería, ni siquiera quieren saber, sólo quieren triunfar sabiendo: ser los mejores de la clase, presumir de excelencia, saberlo todo. Esa gente es un aburrimiento porque, preguntes lo que preguntes, todo lo van a saber.

            Esos jóvenes no tienen amigos. Salen a la calle pero no se mezclan con la calle, no se divierten. No saben relacionarse con la gente, se encuentran a disgusto donde hay gente, muchas veces son tímidos, sienten pero se avergüenzan de sus sentimientos, no saben expresarlos, no saben expresarse, les gustaría confiar a alguien sus cosas pero no pueden contárselas a nadie o no saben, o no quieren, o no se atreven. Viven solitarios y no viven en el mundo, sino en su mundo; que es el mundo donde obedecen a quienes dicen que para ser bueno sólo hay que estudiar: que suelen ser los padres. Esos padres, cuando hablan de sus hijos, no dicen “éste es mi hijo” sino “ésta es mi fábrica de sobresalientes”.

            Hasta que se rompen. Blanco lo sabía todo, contestaba a todo, Blanco era un aburrimiento: no había cosa que le preguntaras que no te supiera responder. No distinguía entre ciencias y letras, era bueno en lengua y en matemáticas, en literatura y en física, en historia y en biología, en dibujo técnico, en inglés, en lo que hiciera falta… Menos en dibujo artístico, que para eso hace falta corazón. Hacía unos dibujos perfectos, pero sin vida; y aun así sacaba la máxima nota en dibujo y en pintura. Era torpe en Educación Física (entonces lo llamábamos gimnasia), pero como sobresalía en todo, también le daban un sobresaliente en gimnasia; porque, ya se sabe, ésa es una asignatura de relleno, la gimnasia es una maría, si eres bueno en lo que de verdad importa ¿cómo vas a suspender la gimnasia? Blanco acabó cum laude en el bachillerato. Estudió el primer año de carrera en matemáticas y antes de pasar a segundo… se rompió. Le dio una depresión que lo mantuvo alejado de los estudios varios años. Hoy es un empleado de oficina, resignado, triste, aburrido, cabizbajo y mal curado. De vez en cuando se acuerda de sus esperanzas frustradas de antaño. 



            Cristina era brillante. A los dieciséis años era la envidia del instituto, máximas notas en todo, educada, modosita y obediente, Cristina era un ejemplo para todos; se la restregaban en las narices a los gamberros. Y el último año de secundaria, a punto de prepararse para la universidad, tuvieron que hospitalizarla: se le metió en la cabeza una especie de tedio; a su cerebro sólo venían ideas negras, había perdido la esperanza, la alegría, la vitalidad, y con los libros ya no podía concentrarse. Sus padres se lamentaron: esta niña, nuestra hija, con lo bien que iba, que iba para comerse el mundo y mira lo que le pasa. ¡Qué mala suerte! Nos ha tenido que tocar a nosotros, ¿por qué nosotros, por qué precisamente a ella? (El destino no es una lluvia que se va regando por azar. Es una semilla que vamos sembrando con nuestras acciones).

            Aurora era la luz de su casa. Estaba acabando la universidad, nunca había conocido una nota que no fuera la máxima. De repente se rompe algo dentro de ella. Se hunde su ánimo, su optimismo desaparece, su moral está por los suelos, le vienen a la mente ideas negras. Un día le dice a su hermano: si yo no estuviera, ¿tú qué pensarías? La tienen que medicar, psiquiatras, hospitales, estudios abandonados, años perdidos. Ahora le ha dado por la poesía y anda por ahí escribiendo y dando recitales. ¿Sus estudios? Ya no le interesan. Nunca llegó a tener un título de nada, ahora es feliz al margen de todos los títulos. Tanto esfuerzo invertido, tanta juventud sacrificada, ¿para qué?

            Algo tienen en común Aurora, Cristina y Blanco. Los tres han sido educados como cerebros. Los tres han despreciado el cuerpo (por donde se desahoga uno), el corazón (por donde uno se llena) y el mundo (en el que uno hace amigos y se siente acompañado). Y como una olla a presión donde hemos acumulado vapor, están con una presión extrema pero ellos, a diferencia de la olla, no tienen válvula de escape; se las han cerrado todas; la válvula del cuerpo, la del dibujo, la de la música, la de las materias que no sirven para nada o mejor no sirven para la nota: pero sirven para soltar los malos humos, convertir la verborrea en enriquecimiento y la erudición en cultura, restablecer el equilibrio y conseguir la plenitud de una persona realizada. Las ollas a presión explotan si no regulamos el escape del gas. Los jóvenes también explotan cuando los convertimos en máquinas de pensar y no en pensamiento que alimenta al corazón, aliciente para la vida: que vivir es empaparse de cultura para flotar y no de datos que nos aplastan contra el suelo; porque no somos máquinas pensantes, sino pensamiento vivo que, apartado del cuerpo, del corazón y del mundo, no hace más que construir ordenadores sin alma y cuerpos robotizados.

            Cuando era tutor me preocupaba, cómo no, por los alumnos que tienen dificultades de aprendizaje. Pero también por los que tienen dificultades para sentir, para vibrar, para relacionarse porque el mucho estudio les quitaba las armas para combatir el tedio. Sus padres me miraban con ironía. ¿Para qué me preocupaba yo, si sus hijos sacaban las máximas notas y tenían que ser los dueños del mundo cuando dejaran de estudiar? Yo, triste, tenía que desistir cuando aquellos padres no querían comprender mis razones. Me preocupaba por los chicos, sí. Porque los chicos no son cerebros sin alma ni cabezas sin cuerpo; y porque, sin corazón y sin cuerpo, los mayores éxitos de la cabeza se acaban convirtiendo en el corazón en el más espantoso de los fracasos. 



 

viernes, 4 de septiembre de 2020

LA REBELIÓN DE LA NATURALEZA



LA REBELIÓN DE LA NATURALEZA

1.

            La lectura de Jack London le había producido un auténtico shock. La llamada del bosque. La voz de la naturaleza. Esa naturaleza que es más profunda que nosotros mismos, “regresando hasta las entrañas del tiempo”[1]. Los instintos: “recuerdos de los antepasados convertidos en costumbres”[2]; adormecidos durante siglos; de repente se despertaban.
            Era la historia de un perro. Un perro que había vivido en casa del hombre, “marcado por generaciones de vida doméstica”[3]; pero no dejaba de ser “una criatura bravía, que llegaba de la naturaleza”[4]; debajo de la lealtad, que nace “junto al fuego y bajo techo”, estaba la astucia y la fiereza; debajo de “la influencia civilizadora” estaba “la fuerza de lo primitivo”; era “más viejo que los días que había vivido”[5]; “no era más que un perro”, pero tras él vivían las sombras de otros perros, “medio lobos y lobos salvajes”: ellos “le imponían sus costumbres, dirigían sus acciones”.
            Y de repente sintió la llamada, una auténtica vocación. “Del bosque le llegaba la llamada”[6], una llamada que no lograba comprender; eran “impulsos irresistibles”[7]. Fue un aullido prolongado… “y le resultó conocido y familiar: como un sonido ya escuchado”[8]; “murmullos del bosque, leyendo signos y sonidos igual que un hombre puede leer un libro; y vio al lobo gris”.
            “Lo llamaban estas sombras”… “Resonaba imperiosamente desde lo más profundo del bosque”[9]. Al fin respondió a la llamada; “los recuerdos de antaño acudían en tropel y lo conmovían como en otros tiempos lo habían conmovido de las realidades de los que en estos eran una sombra”[10]. Pero lo que más le inquietó fue que nosotros también estamos atados a “antiguos instintos”[11]; ellos también llaman a los seres humanos “a salir de las ruidosas ciudades y dirigirse a bosques y llanuras”; por debajo de la humanidad vive también la bestia.


2.

            Se acordó de lo que había enseñado años atrás en Fresneda. Educar era someter lo brutal a lo entrañable, aunque si reprimimos el sentir visceral para dedicarnos al sentir cordial algo en nosotros estará muriendo; es lo que le había pasado al perro de London. Sin embargo no aceptaba que por debajo de la humanidad palpitara la bestia; tenía que haber otros impulsos, otros sentimientos, otros instintos. Durante muchos días estuvo preocupado por este asunto; hasta que un día, hundido en el mundo de Herman Melville, la lectura de Moby Dick le dio la respuesta. 


            El ser humano tiene también su propio instinto. Podremos ser necios, sórdidos, truhanes, asesinos, podremos “ser detestables colectivamente”[12] cuando nos disolvemos en nacionalidades; pero el ser humano “en cuando ideal, es algo tan noble y resplandeciente, una criatura tan elevada y luminosa”, que orienta como un faro la esencia crucial de cada individuo; “esta enmascarada humanidad la sentimos en nuestro interior” y le confiere una dignidad que es igual en todos, por encima de los reyes y vestiduras; es, para Herman Melville, “esa democrática dignidad que, presente en todas las personas”, es la “sustancia y centro de la democracia”[13]; él achaca su origen a dios, pero la depositaria de dios es inevitablemente la naturaleza.
            Así pues, la humanidad, la dignidad, son la sustancia misma de la naturaleza humana. Con ella se nace y la sentimos en nosotros, aunque nos olvidemos de ella y tengamos que volver a aprenderla. Por eso piensa Melville que hasta “los más sórdidos marineros, los renegados y los malhechores”, tienen “altas cualidades, aunque sombrías”; por eso ve posible tener con ellos unas “trágicas indulgencias”; porque “incluso los más sombríos, los más degradados quizá, se elevan a veces por sí mismos a las exaltadas cumbres”; don Juan se salvó a pesar de su depravación, Fausto se salvó con su soberbia, y hasta el temido bandolero se salva por su humanidad en “El condenado por desconfiado”. A pesar de todos los errores siempre hay “un manto de humanidad sobre todos” los de nuestra especie. Podremos degradarnos al existir, pero hay un tesoro inagotable en nuestra esencia.


3.

            Aquello desató la imaginación de Juan. Y le dio sentido a todo lo que había dicho en Fresneda. Todos tenemos una doble naturaleza, un doble instinto. Como animales experimentamos un sentir visceral, y como humanos, ese instinto se llena de cordialidad; el sentir visceral brota del deseo y nos lleva a hacer lo que nos apetece, y el sentir cordial brota de la conciencia moral y nos induce a hacer lo que sentimos que está bien; el primero es la fuerza de lo primitivo, de London; el segundo es el sentimiento de humanidad, de Melville. Ambos son instintos: recuerdos de los antepasados convertidos en costumbres. Lo primitivo es míster Hyde en estado puro; lo segundo es el doctor Jekyll, mezcla de primitivismo y humanidad. Pero lo primitivo no es malo si no se rebela contra la humanidad que contiene (aunque Stevenson se confundiese con la supuesta maldad de mister Hyde). Por eso la ética, que es el control de la parte visceral por la parte entrañable, no debe alimentar al corazón a costa de las tripas: ni viceversa; por eso estaba Nietzsche tan acertado cuando lanzaba sus críticas contra esa inmoralidad de la moral; que ésa y no otra cosa es la humanidad cuando se brutaliza. El espíritu animal es amor a la prole, si me apuras a la tribu; el espíritu humano es amor a todas las tribus sin distinciones ni barreras.
            Es bueno que el instinto viva libre, tanto si es animal como si es humano. Porque si se le encadena pierde su naturalidad, y una naturaleza encadenada ya no es naturaleza. La educación, fruto y fuente de la cultura, tiene que respetar las sanas fuerzas naturales; el deporte sirve para hacernos mejores, no para reprimir nuestro impulso (por ejemplo sexual); de lo contrario la educación no desarrollará nuestras fuerzas sino que las desvirtuará. Se produce entonces la rebelión de la naturaleza. Que es, aparte de una desnaturalización de nuestras fuerzas, un hundimiento en la enfermedad. 






[1] Jack London, La llamada de lo salvaje, Madrid, el país, 2004; p. 50.
[2] Ibídem, p. 60.
[3] Ibídem, p. 88.
[4] Ibídem, p. 38.
[5] Ibídem, p. 89.
[6] Ibídem, p. 106.
[7] Ibídem, p. 105.
[8] Ibídem, p. 106.
[9] Ibídem, p. 89.
[10] Ibídem, pp. 107-108.
[11] Ibídem, p. 50.
[12] Herman Melville, Moby Dick (I). Madrid, El País, 2004; p. 167.
[13] Ibídem, p. 168.

viernes, 7 de febrero de 2020

LA VOLUNTAD

  

LA VOLUNTAD


Cordura.

            Siempre que hacemos algo es por algún motivo. Algunas veces nos mueve el capricho (vemos una pastelería y compramos compulsivamente un dulce, movidos por la tentación); otras lo hacemos porque nos mandan, cumplimos órdenes (el soldado tiene la obligación de hacer lo que le dice el superior); otras, porque estamos acostumbrados a hacer siempre las mismas cosas (atendiendo a los dictados de la moda, las formas de hablar y comportarse de la gente de nuestro pueblo, nuestras propias rutinas adquiridas, etc.); habrá veces que actuemos de manera automática, movidos por nuestro temperamento (unos son impulsivos, otros tímidos, otros pesimistas); otros se dejarán llevar por reflejos aprendidos (cerrar la puerta después de entrar, apagar la luz al salir), por reflejos innatos (taparse la cara cuando nos tiran una piedra); otros, por el contrario, actuarán movidos por fantasías, desvaríos, quimeras (don Quijote dando estocadas a los pellejos de vino porque confundía los pellejos con enemigos y el vino con la sangre); y habrá también quien, desprovisto de toda motivación, se deje llevar por la abulia y no quiera nada; o porque le dé pereza arrancar a andar.
            Nos conviene siempre pensar lo que vamos a hacer para estar seguros de que lo interesante es beneficioso. Me pueden tentar los dulces pero tal vez sea diabético. Mis amigos beben más de la cuenta pero a mi salud no le conviene beber. Me gusta mucho el picante pero acaso mi estómago sufre. El jefe me manda abusar de otro pero eso repugna a mi conciencia. Hay cosas que no me conviene hacer, bien porque me harán daño (como abusar de los dulces), o bien porque chocan con mis instintos morales (como abusar del débil). Llamamos prudencia al arte de elegir siempre lo más conveniente y justicia al arte de elegir lo  que me manda mi conciencia; en ambos casos buscamos felicidad, pues no pueden ser feliz ni el imprudente ni el injusto. Admitamos que la unión de la prudencia, la felicidad y la justicia se llama cordura; que tiene mucho que ver con la cordialidad (“cordis” en latín significa “corazón”).

Eficacia.

            Una vez que hemos visto claro lo que queremos hacer conviene mirar bien cuáles son los mejores medios para conseguirlo. Si me empeño en hacer triplete tal vez lo pierda todo por querer ganarlo todo, quizá mis fuerzas no sean suficientes: ¿hacer triplete o ganar la liga? Acaso me convenga centrarme en la liga y olvidarme del resto, porque “quien mucho abarca poco aprieta”. Acaso sea preferible perder esta batalla si con ello conservo mis fuerzas intactas para ganar la guerra. Tal vez si me empeño en aprobarlo todo suspenda algo porque el nivel de exigencia sea demasiado alto, ¿quién sabe? O tal vez si lo hubiera intentado todo lo habría ganado todo (liga, copa y champions), y valía la pena arriesgar. Yo sé lo que puedo, pero puede que no sea consciente del nivel de lo que me exigen. O sí. Debo elegir lo que me gusta con toda libertad, y dentro de lo que me gusta, debo elegir lo que me conviene, y dentro de lo que me conviene, lo que me hace feliz, que siempre es inseparable de lo que hace felices a los demás; para eso a veces es necesario tener imaginación, pero sin abandonar el realismo; quizá a eso lo podamos llamar utopía; verdadera utopía: un terreno sólido para tomar impulso y una ligereza propia de quien aspira a volar. La utopía tiene que ver poco con la quimera; se trata de imaginar cosas que no existen, pero plantearlas para que puedan echar raíces (y raíces sanas) en la existencia; cosas que no existen pero que podrán existir.
            Buscar los medios más adecuados para conseguir lo que queremos bien puede también llamarse prudencia, pero no es aquí la prudencia de la ética (que tiene mucho que ver con la cordura) sino de la técnica, y es más bien cuestión de estrategia (que apunta a lo que llamamos eficacia). Plantearse metas sin medios o no sopesar los medios es inconsciencia, mientras que plantearse metas sin cordialidad y sin cordura es fanatismo. Contra el fanático no hay nada mejor que la duda, el escepticismo (nunca exagerado, siempre razonable); hay que cuestionar siempre lo que tenemos entre manos hasta borrar cualquier sombra de daño, tanto si nos lo podemos hacer a nosotros como a los demás.


Decisión.

            Ya tenemos claro lo que queremos hacer. Ahora tenemos que pensar en decidirlo. ¿Cuándo hemos terminado de pensar las cosas? ¿Cuándo podemos pasar a la acción? Hay quien lo piensa todo demasiado y no se decide nunca: son personas que disfrazan de prudencia su cobardía; parecen personas sensatas que van al fondo de las cuestiones, porque no paran de darles vueltas a las cosas, pero son en realidad personas indecisas, no se atreven nunca a tomar una decisión; analizar las cosas es como mirar un mapa cuando nos vamos de viaje; decidirse a realizar lo planteado es como encender el motor; mucha gente se pasa la vida viendo mapas e imaginando los viajes que se podrían hacer; pero no todos se atreven a hacer un viaje de verdad.
            Se trata de ser atrevido, tener valor, osadía, fuerza de voluntad. Decidirse es tensar la energía como se tensa el arco, y dispararla como se dispara la flecha después de haber apuntado. Llegar a una conclusión es, más que decidirse, dejarse llevar por la lógica de los hechos, pero decidirse es tomar el camino en el que el análisis ha concluido, para explorarlo y comprobar si es verdad lo que hemos analizado. La duda, que era una virtud mientras estábamos deliberando, ahora se convierte en un lastre; nada es tan pernicioso como vacilar continuamente cuando hemos decidido avanzar por un camino; si debíamos tomar ese camino u otro es algo que hemos sopesado mucho cuando estábamos pensando, pero ahora se trata de explorarlo y ya no hay que dudar sino decidirse; a menos que aparezcan peligros inesperados que hagan necesario reflexionar otra vez. Si hemos llegado a la conclusión de que para estudiar hemos de ajustarnos a un horario y si no hay nada que impida llevarlo a cabo, no sirve de nada contemplar el horario un día tras otro retrasándolo siempre: hay que decidirse a cumplirlo de una vez; hay que empezar a caminar.

            La deliberación requiere prudencia, la decisión requiere valor (que es justamente lo contrario): hay que ser paciente y esperar cuando se piensa, frenando nuestros ímpetus; pero cuando tenemos las cosas claras no hay que esperar más; si confiamos en nuestras razones hay motivos para tener esperanza, y esperar que se cumpla lo que creemos que va a pasar. Ser paciente es lo contrario de ser decidido, pero decidimos ser pacientes y eso es valentía, y después decidimos andar y eso es valentía también: paciencia en el primer caso y atrevimiento en el segundo; atreverse es desafiar a la suerte, enfrentarse a las dificultades, tener el valor y el deseo de vencer. Hay quien necesita obligarse a sí mismo para no sucumbir a la tentación de desfallecer: Cortés quemó las naves y aquel perezoso pagó en la universidad una matrícula muy cara para verse obligado a estudiar, so pena de perder el dinero que había invertido; es bueno nadar y guardar la ropa, pero cuando eso amenaza con derrumbar nuestra valentía es necesario lanzarse al agua sin cubrirse las espaldas: o de lo contrario no nos lanzaremos jamás; si hemos comprobado que el trampolín es seguro no tiene sentido seguir pensándolo veinte veces antes de dejarse caer; cuando la duda es motivada por la prudencia es necesario dudar, pero cuando es espoleada por el miedo, no.


Tenacidad.

            Ya hemos tomado nuestra decisión: ahora es necesario llevarla a cabo. Hay alumnos que deciden estudiar, pero cuando llega el momento de hacerlo siempre lo posponen para otro día: ahora la virtud que necesitamos es la constancia; y, si se presentan dificultades, tenacidad: justo lo contrario de la pereza. Si la falta de ganas de querer hacer cosas era abulia, la falta de ganas de hacer las cosas que queremos es pereza; por lo tanto la pereza no es aquí un ocio creativo, sino un lastre que impide la creación; y ya se sabe que los globos, para poder volar, necesitan arrojar lastre; liberarse de las trabas que los hacen pesados y tiran de ellos hacia abajo, quitándoles ligereza.
La pereza es como un peso que nos impide movernos, que nos quita la energía. El perezoso no es culpable de ser perezoso, sino víctima de su pereza; necesita hacer acopio de grandes dosis de energía para hacer tareas que otros hacen casi sin esfuerzo; puede, es verdad, salir de su inercia, paro le cuesta mucho hacerlo solo; necesita sentir la presión de los plazos que se cumplen (por eso lo hace todo a última hora), del jefe que le obliga (por eso sólo trabaja cuando se ve forzado), de la paga que no cobra (por eso no sabe trabajar si no hay un incentivo, si no lo empujan las amenazas, o los premios, o los castigos). Se acusa al perezoso por vago y no tiene la culpa de serlo; pero la tiene de no hacer nada para combatir su pereza. El vago, con el tiempo, es desgraciado, porque ve que todos van cumpliendo sus objetivos y él se va quedando en la cuneta.
De modo que la pereza es a la vez un castigo y un pecado; un castigo por una culpa que no tenemos, y un pecado que merece castigo cuando no hacemos nada por remediarlo; no somos responsables de estar en el agujero, pero sí lo somos de no salir de él. Eso, por supuesto, si nos referimos a la pereza congénita: la de quienes están en el agujero desde que nacieron. Luego está la pereza adquirida, de aquellos que han adquirido malos hábitos durante toda su vida y se han acostumbrado a la pereza: ellos han caído en el hoyo por preferir siempre lo fácil, cuando lo fácil te quita las fuerzas que tienes y te convierte en un ser desprotegido; el estudio te carga de herramientas que te van a servir porque cada herramienta aumenta tu energía, y el concurso de todas las herramientas coordinadas multiplica la fuerza de cada una, elevándola siempre a su máxima potencia.
El lastre es un peso que te quita la energía. La cultura es un peso que fabrica más energía de la que tienes, y consigue que, siendo cada vez más fuerte, cada vez consigas más ligereza. Hay que arrojar el lastre por la borda. Hay que llenar nuestros almacenes de máquinas culturales que refuercen y dinamicen nuestras capacidades psicológicas. Hay personas muy decididas, pero poco constantes; se emocionan fácilmente, pero se desinflan en seguida; tal estudiante pagó una matrícula cara para obligarse a estudiar, pero la pereza vació su combustible y cada vez flojeaba más, hasta que acabó tirando el dinero que había pagado. Muchas veces hay que cargarse de amigos que tiran de nosotros para salir de la pereza.


A modo de conclusión.

En fin, las cosas que hacemos no debemos hacerlas porque tengamos ganas sino porque pensemos en las ganas que tenemos; midiendo con sensatez los pasos que vamos a dar, y reajustándolos mientras los vamos dando; decidiéndonos con valor, y siendo constantes en el trabajo. Prudencia, crítica, decisión y tenacidad, tales son nuestras virtudes. Preferencia, deliberación, decisión y ejecución, tales son las fases del acto voluntario. Así lo entendía Aristóteles. Si tenemos la cordura de conjugarlas adecuadamente haremos las cosas bien, y pocas veces llegaremos a equivocarnos. La prudencia de la ética: cordura. La prudencia en la técnica: eficacia. La pasión en el valor: decisión. Y la constancia en el trabajo: tenacidad. Con estas virtudes nos enfrentaremos a la abulia, la inconsciencia, la cobardía y la pereza. El éxito nos esperará a la vuelta de la esquina aunque nos equivoquemos a veces. El mérito será nuestro y será obra nuestra cada una de las cosas que hagamos: no del azar; aunque el azar tenga, inevitablemente, una parte del protagonismo que se enfrenta al protagonismo que tenemos; y a veces es el antagonismo fiero al que tenemos que derrotar.







viernes, 14 de diciembre de 2018

DOS FORMAS DE EDUCAR



DOS FORMAS DE EDUCAR
(ENTRE LA MAYÉUTICA Y LA CULTURA)
  

            Se prepara mejor un viaje cuando conocemos la geografía de los lugares por los que queremos pasar; es más rápido cuantos más detalles tenemos en la cabeza de nuestro trayecto; qué otras cosas hay cerca de donde queremos ir, por qué caminos nos podemos desviar, cuándo vale la pena apartarse de la autopista y viajar por carreteras secundarias… También es más fácil pensar adónde queremos ir si tenemos el conocimiento de muchos lugares entre los que elegir; si apenas conocemos nada nos veremos obligados a buscar bibliografía al azar, sin ningún criterio; con el riesgo de tardar mucho en encontrar un destino que encaje con nuestros gustos, con nuestras posibilidades, sabiendo que cambiamos de clima si cambiamos de hemisferio, qué ropa nos tenemos que poner según adonde vayamos, qué medidas sanitarias tenemos que tomar, si hay alimentos que nos gustan o agua potable… También corremos el riesgo, si apenas sabemos cosas de geografía, de ir adonde han ido otros, después de que se nos hayan abierto los ojos al oír el relato de sus viajes.
            También conviene que sepamos cosas de historia; para entender por qué sucede lo que sucede en cada país; por qué insisten los catalanes en conseguir la independencia, a qué se agarran los judíos para quitarles las tierras a los palestinos, con qué se justifican los vascos para atacar y sentirse después víctimas de las gentes a las que atacan; y por qué entre los sudamericanos se ataca tanto a España por haber descubierto su continente. De gastronomía también hay que conocer cosas; y de biología; para saber qué ingredientes debe tener una buena comida, qué debemos hacer para que esté rica, cuándo debemos limitar nuestro consumo de sal, por qué hay que cuidarse mucho con las grasas… Y no sólo nosotros: también los animales a los que cuidamos.
            Siempre es conveniente conocer y dominar la ortografía. Escribir sin faltas, manejar bien la sintaxis para que nos entiendan, conocer el léxico adecuado, los giros de cada sitio, no emplear las palabras en los lugares que no son los idóneos… De que sepamos hablar y escribir correctamente depende a veces que encontremos trabajo; o que nos entiendan nuestros interlocutores: no es lo mismo cábila que cavila, dónde que donde, baca que vaca; y no es lo mismo escribir “la pérdida de tu mujer” que “la perdida de tu mujer”. A veces han surgido conflictos por no haber sabido entender lo que nos decían, o por no haber sabido expresarlo.
            Conocer la historia de la música nos habilita para disfrutarla mejor; y para elegir en cada momento lo que a nuestro espíritu le apetece escuchar; conocer las distintas corrientes musicales es sentir todas las sensibilidades, compararlas y entender los sentimientos de los autores, y no menospreciar lo que no nos gusta, cuando sabemos que es bueno, y no despreciar lo que ignoramos, cuando valoramos cosas de poco valor porque no sabemos que hay cosas más valiosas, y hasta nos gustarían quizá si las conociéramos. Conocer la literatura también nos ayuda a disfrutar más de los libros que leemos, a elegirlos mejor según nuestro estado de ánimo, a entender lo que nos dicen, a comprender, detrás de la historia, su mensaje, criticarlos si no están bien escritos, aunque sean de Víctor Hugo, de Galdós o de Cervantes; y a apreciar formas arcaicas de contar cosas para disfrutar con el Potemkin en vez de Torrente, con Tchaikovsky en vez del disco o el tecno, no tanto con los culebrones como los relatos importantes.
            Hay que saber muchas cosas para enriquecer nuestra vida; adquirir muchos conocimientos para que nuestras experiencias sean fecundas, empaparse del mundo que nos rodea para admirar su belleza, aprovechar sus descubrimientos y protegernos de sus agresiones. Hay que aprender biología cuando no somos biólogos, psicología, arte, sociología, política, gastronomía, idiomas, cultura clásica, saber de todo aunque sólo nos especialicemos en una cosa; saber matemáticas aunque no seamos matemáticos, conocer las culturas de los demás sin tener que abandonar la nuestra, conocer la religión aunque seamos ateos, conocer el pensamiento de los ateos aunque seamos creyentes, y comprender a los unos y a los otros aunque seamos escépticos o agnósticos. Saber de todo, sembrar en nuestra mente conocimientos nuevos, plantar las semillas del mundo que nos rodea para que crezcan en ella. Adquirir sabiduría es la mejor forma de aprender: lo decían los sofistas.


            ¿Pero de qué nos sirve saber cosas si no las entendemos? La erudición no consiste en acumular datos, sino en reflexionar sobre ellos, analizarlos, criticarlos. Aprender cosas sin entenderlas es como comer sin digerir, tragar sin masticar, ahogarse, no tener criterio propio entre las masas de datos. Lo importante no es saber: es saber pensar. Lo importante no es adquirir conocimientos, sino sacarlos de dentro de nosotros; que el maestro no demuestre los teoremas sino que obligue al discípulo a demostrarlos; lo importante no es aprender cosas sino descubrirlas; porque esos conocimientos están ya en nuestra mente y sólo tenemos que ayudar a sacarlos fuera, y por eso el maestro es, más que el que alimenta nuestra mente, quien la despierta; si aprender es dar a luz de lo que tenemos dentro, el aprendizaje no es nutrición sino parto; más que comer cosas de fuera tenemos que sacarlas de nosotros, y el maestro es como la comadrona, es el partero del espíritu.
            Eso lo decía Sócrates. No se  trataba de que el maestro nos diera conocimientos como el pájaro alimenta a sus polluelos; se trata de que el maestro nos ayude a sacarlos porque esos conocimientos ya los tenemos dentro. ¿Para qué aprender mal lo que otros saben en lugar de descubrir con fecundidad lo que sabemos ya, pero no sabemos que lo sabemos? ¿No es preferible hablar con voz propia antes que repetir lo que otros saben y convertirnos en sus ecos? Somos como la lira de Bécquer:

   ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en las ramas
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

            Somos como liras llenas de cuerdas. Cuerdas que apenas han vibrado y esperamos que llegue un maestro que sepa pulsarlas: para arrancar los sonidos que estaban allí, pero estaban dormidas, no habían sonado nunca porque nadie había venido a despertarlos. Observemos que el maestro no pone las notas en la lira; esas notas ya estaban en ella como un niño en gestación, sólo había que ayudarles a nacer.


            La enseñanza de los sofistas se parecía más bien a la guitarra del mesón. Así lo decía Machado:

   Guitarra del mesón
que hoy suenas jota,
mañana petenera,
según quien llega y tañe
las empolvadas cuerdas.

            La música de la guitarra no le sale de dentro: la pone el músico que arranca sus notas. La melodía no está en la guitarra sino en la cabeza del músico; por eso le dice Machado a la guitarra: “no fuiste nunca, ni serás, poeta”. Porque para ser poeta no basta con hacerle eco a la música que ponen otros en ti: tienes   que hablar tú con tu propia voz, sí, pero también con tu música; la voz la pone la guitarra, pero la canción la pone quien la toca. Tampoco la lira de Bécquer tenía dentro la melodía; sólo tenía, para que esa música se oyera, la vibración de sus cuerdas.
            Sacar conocimiento de dentro es ayudar al parto; al parto del espíritu: “mayéutica”, en griego. Pero la mayéutica sólo se puede aplicar a las matemáticas; y a la lógica. Intenta conseguir que tu alumno demuestre un teorema y es posible que lo consigas. Pero no intentes que saque de su cabeza dónde está París sin aprenderlo de su maestro ni sacarlo de los relatos, los viajes y los libros: no lo conseguirá nunca. Intenta aplicar la lógica para deducir el clima de Italia si no conoces su latitud, su altitud, y las corrientes marinas que la rodean: no lo conseguirá nunca.
            Y es que la enseñanza no está ni en Sócrates ni en los sofistas: está en los dos, conjugados a un tiempo. Si aprendes cosas pero no las sabes razonar, eres como un loro que repite cosas sin entenderlas. Y si aprendes a pensar pero no tienes en que aplicar tu pensamiento, serás como un horno perfectamente programado, pero sin carne para hornear. La lógica es como una red que la araña saca de sí misma: la lógica es la telaraña del espíritu. Y la cultura es como las moscas que quedan atrapadas en la telaraña: la cultura es el alimento del espíritu. Sólo que, a diferencia de la araña, las redes del espíritu no sirven para enredar, sino para ayudar. La mayéutica sirve para tañer las cuerdas de la lira, de la guitarra, para sacar las notas que duermen en ella; y la cultura, como erudición, sirve para ponerles melodía a estas notas que sacamos de allí. Enseñar es introducir cosas en la mente del discípulo sacando de ella la inteligencia que sirve para digerirlas; pero poner conocimiento sin despertar las redes del alma haciendo que sus cuerdas vibren es tragar, tragar y tragar, sin que ninguna enseñanza nos alimente. La verdadera enseñanza debe despertar las redes de la inteligencia para entender las cosas y hacerlas vibrar para sentirlas. Pero no es sólo pensar lo que tiene que enseñar la escuela: no sirve de nada si al mismo tiempo no nos enseña a sentir lo que se piensa. La verdadera enseñanza (despertar al dormido) es hacer vibrar las cuerdas de la guitarra y de la lira; pero también (mirar el mundo antes y después de haberlo soñado) es tocar con el alma la melodía que nos enseña el maestro: para que luego podamos nosotros componer nuestras propias canciones. Sócrates y los sofistas a la vez. Conocimiento con sensibilidad. Cultura con mayéutica.
  



sábado, 16 de septiembre de 2017

DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (2)





DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (2)


3.
La voluntad. 

-Os voy a contar una historia. En cierta ocasión iba yo con mi mujer a la compra y estábamos haciendo cola en el mercado. En la cola había una mujer que presumía de lo bueno que era su hijo; “fíjese usted”, nos decía, “le digo que se esté quieto para no pisarme el suelo fregado y es que se está quietecito en un rincón; es que ni se mueve”. Nosotros preguntamos: “¿y se está mucho tiempo así?” Y ella nos contestó: “lo que haga falta; a veces toda la mañana”. Mi mujer y yo nos miramos de hito en hito. Esta historia me ha servido para ilustrar muchas veces el espíritu de lo que no hay que hacer. El espíritu que combate Nietzsche. Para esta mujer su hijo era bueno; para mi mujer y para mí este chico era tonto; lo había atontado su madre, le había quietado la voluntad. Fijaos que en el lenguaje de la calle ser bueno es muchas veces lo mismo que ser obediente; no atreverse a hacer nada, someterse a la voluntad de otro. Estupidez, miedo, cobardía, obediencia, persona sin voluntad; eso es lo que dice la gente cuando usa la palabra “bueno”. Para un maestro de la vieja escuela, para un profesor autoritario, tener niños buenos es tener niños obedientes. –Los miró a todos para leer sus reacciones en la cara, en la forma de su mirada, intentando descubrir si en ella había alegría o sorpresa; o, por el contrario, desgana y aburrimiento, que son la etiqueta del niño obediente: falta de voluntad–. Pensad un poco en lo que os he dicho –prosiguió-. ¿Cómo lo veis?
En la clase brotaba de muchos labios una sonrisa de ironía. Pasaba como pasa siempre: se reciben bien las críticas al amo, pero en ellas no hay voluntad de rebelarse; sólo satisfacción de oír a otro atacar la tiranía sin atreverse a combatirla uno mismo; sólo autocompasión resignada y triste, falta de voluntad. Y miedo: falta de vida.
            -Todo eso es lo que combate Nietzsche. Es como si la bondad fuera una mercancía que hay que vender, promocionada con un envoltorio bonito, que sólo sirve para esconder la fealdad del contenido. El envoltorio atractivo de la bondad es la virtud, la aprobación, el mérito; pero dentro del envoltorio sólo hay estupidez y miedo. El miedo que paraliza, que anula la voluntad. Una persona sin voluntad es una persona sin vida. La bondad, por tanto, atenta contra la vida. La conclusión de Nietzsche es evidente: no hay que ser bueno. Hay que vivir, aunque la  belleza de la vida esté oculta tras un envoltorio malo. La maldad, como el bien, es otro producto que se vende en el mercado. Está en un paquete envuelto con la crueldad, la traición, la perfidia, el castigo; pero dentro hay libertad, hay voluntad, hay alegría: hay vida. Fijaos bien: lo bueno aparece con envoltorio malo, y lo malo con envoltorio bueno. No es extraño que la gente, que se fija en la apariencia (el envoltorio es la apariencia), elija lo malo creyendo que está eligiendo lo bueno. La  sociedad nos induce a ser buenos y nosotros, sin darnos cuenta, aceptamos gato por liebre: queremos ser obedientes, pusilánimes y sumisos; creemos que eso es lo que quiere dios, y nos sometemos a su voluntad. Amén. Así sea. Dios lo quiere. Hágase según tu voluntad. Esas son las expresiones que valoramos y repetimos. Al vivir así, aceptamos vivir renunciando a la vida. Si la vida es resignación, lo mejor que podemos hacer es estar muertos en vida. Y dios nos recompensará. Con la otra vida. Si sacrificamos ésta. Y la sacrificamos en su honor. 


             Juan Luis descansó poco antes de proseguir.
            -Olvidaos ahora de Nietzsche. Pensad en lo que os estoy diciendo. ¿Tiene sentido que dios nos cree inteligentes y libres para matar nuestra inteligencia con la fe (la fe es ciega) y renunciar a la libertad y someternos? Si construimos un coche es para usarlo, no para tenerlo de adorno. ¿Tiene sentido que dios nos dote de inteligencia para que no la usemos? ¿Que castigue como soberbia el atrevimiento de pensar? ¿De atreverse a ser libres?
            -¡No! –dijeron todos. Y en esta respuesta había un espíritu borreguil que no le gustaba. La religión nos había hecho borregos libres por renunciar libremente a nuestra libertad. Y ahora él los estaba haciendo señores borregos porque afirmaban borreguilmente su libertad. La libertad del rebaño, ¡qué paradoja!
            Reflexionó fugazmente sobre lo que estaba ocurriendo en clase. Nietzsche se le escapaba de las manos. O, más bien, se le escapaba lo que quería enseñarles a través de Nietzsche. De todos modos no podía detener la clase para buscar el eslabón en el que se había roto la dialéctica. Tenía que seguir hasta que sonara el timbre, ésas eran las reglas. Y como no podía hacer un alto en el camino para aclarar sus ideas, las tenía que aclarar mientras hablaba. Y prosiguió.
            -Cualquier cosa que afirméis tendrá que venir de vosotros. El profesor dice cosas, pero no hay que admitirlas todas escudándonos en su autoridad. Como dicen algunos anuncios: “anunciado en televisión”; y como sale en la tele, tendrá que ser bueno. Muchas cosas os tragáis porque las leéis en los libros; “si lo dicen los libros”, pensamos todos, “será verdad”. Pues bien, las cosas no son verdaderas ni falsas porque las digan los profesores, la televisión o los libros; las cosas son verdaderas porque vosotros mismos seáis capaces de identificar la verdad.
            Luego continuó, volviendo a Nietzsche.
            -A ver: Nietzsche nos ha mostrado que nuestra cultura nos ha enseñado a valorar las cosas que no tienen valor; por el contrario, las cosas que sí lo tienen nos hemos acostumbrado a despreciarlas. ¿Qué conclusión os parece que sacaría Nietzsche?
            Hubo un silencio pesado; el silencio de un rebaño inteligente que ha perdido la costumbre de pensar; el silencio del protagonista que sólo quiere ser espectador. Al cabo de un rato, Adriana, como siempre, se atrevió a contestar.
            -Que hay que cambiar de valores.
            -¡Exacto! –replicó Juan Luis, porque la mayéutica había funcionado-. Uno de los temas preferidos de Nietzsche es la transmutación de los valores. Y ahora tengo otra pregunta para vosotros. Habéis visto que, para Nietzsche, dios es el escudo en el que se esconde nuestra cultura: para invertir los valores y renunciar a la vida. ¿Qué conclusión sacaría Nietzsche de ahí?
            Adriana, de nuevo:
            -Que el escudo de dios nos esconde la verdad; por lo tanto dios no es necesario; es más, estorba.
            -¿Y...?
            -Pues que debe desaparecer.
            Siempre suele haber un alumno aventajado.
            -Exacto. Otro tema importante en Nietzsche es la muerte de dios. Con Nietzsche dios ha muerto. O mejor habría que decir que lo que muere es esa máscara que les ponemos a las cosas, ese escudo al que llamamos dios. Han caído las máscaras. Su crítica a la cultura es el desenmascaramiento de todas esas cosas que adoramos como ídolos y que en realidad no son más que cosas humanas: demasiado humanas.
            Adriana había sido una persona libre; el resto de la clase, perezosa para pensar, formaba un rebaño. 


            -Pero no todos se atreven a aceptar la muerte de dios. La mayoría se asusta porque cree que, tras la muerte del ídolo, ha muerto dios de verdad. Lo que ha muerto es el engaño de los poderosos, que han utilizado a dios para justificar la obediencia, el desánimo y la renuncia a la vida; pero quitarse esa careta no es quitarse la santidad de los valores que están en dios: tirar el envoltorio no es tirar el contenido. Es como si tú te disfrazaras de rey para carnaval: cuando te quitas el traje no estás quitando al rey; el rey seguirá reinando por mucho que tiremos su traje. Inversamente, si el rey se quita el traje de rey –el manto de armiño, el cetro, la corona- no deja de ser rey; no reina menos por ponerse, como todo el mundo, traje y corbata.
            Juan Luis desenroscó la botella y tomó un trago de agua. Hablar reseca la garganta, y además el médico le había aconsejado beber mucho.
            -Olvidaos otra vez de Nietzsche y extraigamos las consecuencias lógicas de lo que estamos diciendo –prosiguió-. Obedecer es renunciar a mi voluntad para acatar la voluntad de otro. Vivir su vida. Y vivir la vida de otro es sólo contemplarla, sin vivirla verdaderamente. La mujer que compra revistas del corazón contempla cómo viven los ricos; y al hacerlo acepta que ella no está entre ellos, porque es pobre. Cuando el hombre compra una revista de fútbol contempla cómo juegan los futbolistas, que están entrenados; y asume que él no puede ser futbolista porque, independientemente de que tenga o no cualidades, no se entrena. Y el niño que compra revistas porque quiere ser superman, aunque sepa que nunca llegará a serlo. La adolescente se apunta a un club de fans porque quiere seguir la vida de su ídolo, que no es la suya propia. Y así queremos ser ricos, famosos, futbolistas o supermanes, y nos pasamos la vida queriéndolo; porque en el fondo sabemos que nunca llegaremos a serlo. Querer imposibles, a sabiendas de que lo son, es renunciar a vivir la realidad de nuestros ideales; y los vivimos a través de la experiencia de otros; vivimos el fútbol a través de un futbolista: nuestra vida se vuelve contemplación, no presencia. Vivimos las representaciones que nuestra cultura pone a nuestra disposición, para que nos sirvan de modelo; y no actuamos según nuestra voluntad, sino adivinando cuál sería la voluntad del modelo. ¿Verdad que no es lo mismo jugar al fútbol que ver un partido de fútbol?
            El rostro de los chicos reflejaba perplejidad.
            -Cuando gana nuestro equipo decimos: “¡hemos ganado!” Y no es verdad. No hemos ganado nosotros, han ganado ellos: ellos han jugado; nosotros sólo los hemos mirado. ¿Se pueden ganar cosas viendo cómo las ganan los otros? ¿Os imagináis que, al ver ganar a la lotería a uno de los “nuestros”, ganemos nosotros también? España gana una copa: ¿la ganamos también nosotros por ser españoles? Hay dos formas de vivir: viendo las cosas y tocándolas; tenerlas o contemplarlas.
            Hacía tiempo que iba de un lado para otro de la clase. La recorría a lo ancho, de la ventana a la pared, de la pared a la ventana, teniendo a los alumnos a un lado y a otro la pizarra. 


            -Volvamos a Nietzsche. Vivir las cosas con un sentimiento de impotencia es contemplarlas, soñar con ellas, aceptar que no serán nunca tuyas, renunciar a ellas. Pero vivirlas sintiéndote fuerte es tenerlas a tu alcance, convertirlas en tu meta, conquistarlas; luchar por tus ideales. La primera forma de vida es el ensueño; la segunda es la fuerza. Pero la vida es sentimiento de plenitud, energía que desborda, impulso, ambición, instinto. A la ambición la llamó Nietzsche voluntad de poder. Quien quiere las cosas renunciando a ellas no se siente fuerte para conseguirlas: y se pasa la vida soñando. Hay que quererlas con valentía, con coraje, con atrevimiento, luchando por ellas; la voluntad de poder es lo contrario de la renuncia, y no hay nada peor que renunciar a luchar. Entre vosotros hay quien quiere con fuerza ir a la universidad, y estudia para conseguirlo: ¿verdad, Adriana? –Adriana sonrió, complacida-. A otros les gustaría, pero no hacen nada por ello; no os creéis que en el fondo seáis capaces, y habéis dejado ya de estudiar. Vuestro abandono es un acto de debilidad, os habéis rendido; y en el fondo os sentís cobardes-. Miró entre los alumnos de la clase, deteniendo su mirada en algunos rostros, pero sin nombrarlos; se avergonzaron.
            -Apolo. Dionysos. Son dos dioses de la Grecia arcaica en los que Nietzsche se fijó de manera particular. Nietzsche era profesor de griego. La vida contemplativa y el espíritu de renuncia, Nietzsche los personificó en Apolo: el dios de la luz; la mirada; el ensueño. Dionysos, por el contrario (dios del vino), personificaba las fuerzas irracionales escapadas de la oscuridad: la embriaguez; la noche; el instinto de vida; la voluntad de poder.
            Se hizo un silencio que duró breves segundos. Aquel silencio era para Juan Luis una invitación a pensar.
            -Yo no sé si estoy de acuerdo con Nietzsche. A mí me parece que pasarse las tardes soñando no es incompatible con luchar para vivir. Es más, soñar es bueno; a veces soñamos lo que nos gustaría ser, y luego luchamos por conseguirlo; para serlo. El sueño es la antesala de la lucha. No es un obstáculo para vivir.
            Y se calló. La botella se erguía orgullosamente sobre la mesa. Por la ventana se doblaban mansamente las ramas de los árboles. El patio. Los árboles quietos que tenían el viento en la voluntad. Y sonreían.



4. La embriaguez.

            -Vosotros y yo no somos seres distintos. Somos el mismo ser, y aunque no lo parezca, no estamos separados. A vosotros os parece que cada uno tiene brazos y piernas, y que entre uno y otro hay un espacio vacío: ilusión; entre nosotros no hay ningún espacio; todos estamos juntos porque somos una única y misma realidad. Somos un solo cuerpo y nos parece que somos cuerpos distintos. ¿Sabéis por qué?
            -¿Por qué?
            -Porque la apariencia nos hace ver las cosas en plural, pero en realidad estamos todos fundidos en uno. Hay un relato hindú que puede explicarlo: el velo de Maia. La realidad es una sustancia continua que no tiene espacios vacíos, no tiene intersticios. Como un caos, una especie de humo denso, una gelatina. Cuando Maia la cubre con su velo nos hace creer que hay varios cuerpos. Es como si pusiéramos varios trajes a esa gelatina: todos los trajes se llenarían de ella y daría la impresión de que hay varios individuos; pero en realidad no hay una pluralidad de cuerpos, sólo gelatina cubierta de trajes. Vosotros y yo no somos personas distintas; aunque lo parezca.
            -¿Pero entonces no hay individuos en el mundo? ¿No tiene cada uno sus propios pensamientos? ¿Sus propias emociones, su propia voluntad?
            -No. Todos somos la misma voluntad que vive disfrazada de individuos variados. Somos las mismas emociones, los mismos pensamientos, aunque nos parezca que cada uno tiene los suyos. De vez en cuando despierta ese espíritu colectivo y nos sentimos fundidos en él. Eso les pasa a los borrachos. Van abrazados y pierden la razón; pierden la memoria, pierden la conciencia de sí mismos. Los borrachos no se sienten individuos separados, sino una masa amorfa en la que están disueltos. Es la pérdida de la conciencia, pero sólo de la conciencia de sí mismos, no de la conciencia de ser; se sienten todos uno como si sintieran, se movieran y respiraran al unísono. Es el sentimiento de comunión que nos embarga cuando cantamos en coro; cada uno dice su propia voz, y sin embargo nos sentimos disueltos en un murmullo colectivo. O como cuando vamos juntos a ver un partido de fútbol: el triunfo de nuestro equipo ya no lo sentimos cada uno, sino que es un clamor al unísono que sale de muchas voces y llega a ser una sola voz que tiene la potencia de un millón de voces juntas. Y no ha ganado nuestro equipo, hemos ganado nosotros; porque nuestro equipo somos nosotros. El mismo sentimiento de identificación colectiva se fusiona en una manifestación donde todos tienen la misma exigencia y todos tienen el mismo grito; y cuando la policía hiere a uno parece como si nos hubiera herido a todos: tal es la euforia que sale de todos y los arrebata, como si fueran células de un mismo organismo; como si fuera el organismo el que se expresara, no por separado cada una de sus células.
            -¡Qué extrañas sensaciones describes!
            .¡Sí! ¡Transportaos a esos momentos de fusión en que todos cantan, sienten y gritan como un solo hombre! Es una sensación de embriaguez, todos están fuera de sí porque no sienten como individuos separados sino como un mismo cuerpo. Fuera de sí: en éxtasis. Como si hubiéramos sido raptados de nuestros cuerpos y ahora todos fueran el mismo cuerpo. La locura, el delirio, la pérdida de la conciencia, el rapto, el entusiasmo. Ahora somos todos en uno. Somos uno para todos, como decían los mosqueteros, pero era mucho más; es que cada uno no existía sino en el todo. La pérdida de la razón, el vértigo, la euforia, la liberación de nuestros impulsos; los impulsos que se han escapado de la conciencia que los ataba, de la prisión de las ideas, del corsé de las palabras. Como el borracho que pierde la vergüenza y se atreve a actuar espontáneamente, sin pensar en el qué dirán. Es el instinto más primario, el que reprimimos cuando estamos en sociedad, porque la sociedad se empeña en que vivamos como individuos. 


            -¡Qué extraña escena nos recreas!
            -Y nuestra cultura idealiza la colectividad, pero vaciándola de sentimiento; y de pulsiones de vida. El pueblo: pero el pueblo no existe, es sólo una idea abstracta; el pueblo no se siente solidario, y tienen que obligarle a pagar impuestos porque por propia voluntad no le nace el impulso de compartir sus cosas con los demás. La Iglesia vive una comunión de todos: es la eucaristía; mas la eucaristía es un concepto esquemático que muchos practican y pocos sienten. Sólo el deporte es ese foco de fusión colectiva en donde todos sienten al unísono; el deporte y los momentos extremos de la política; y la música que nos cautiva.
            -Es el sentimiento de ser masa y borrarse uno. Cuando todos cantan en un concierto, el ritmo se mete en el cuerpo y todos cantan a la vez, con una sola voz; una voz que, como la de Tarzán, es la suma de un montón de voces juntas. Y no hace falta ningún director que organice a la orquesta; los músicos se compenetran solos, porque les nace un ritmo interno que sincroniza sus movimientos como si, bailando cada uno por separado, todos los que bailan fueran el mismo.
            -Creo que he experimentado esas sensaciones.
            -En ellas, sentir es lo mismo que moverse. Tú no te mueves para expresar tu sentimiento, sino que tus movimientos son el sentimiento mismo que brota del cuerpo.
            -Sí. Y cuando estás borracho ya no te das cuenta de lo que haces. Pierdes la vergüenza y sale el fondo de tu ser. Actúas como eres, no como quisieras parecer. Y hasta que empiezas a marearte parece que flotas; como si tu cuerpo no pesara, como si no tuvieras cuerpo. Como si el cuerpo fuera el espíritu disuelto en las nieblas de la pasión.
            -Veo que lo has experimentado en tu propia carne, Antonio.
            -Sí, porque algunas veces sí que me he emborrachado. Los sábados por la noche, ¿sabes? Sé muy bien lo que es vivir en fusión.
            -Ten cuidado, Antonio. El vino, las drogas y el baile tienen la virtud de ponerte fuera de ti. Pero del baile te recuperas. De la música también. El vino tarda más. Y las drogas te matan lentamente: las neuronas, las manos, el cuerpo; te inutiliza para siempre y dejarás de experimentar la fusión de vida.       
-Todos lo dicen. Tú también.
            -Sí, pero yo no lo digo para desnaturalizar la vida. Lo digo para que puedas vivir. Si ensalzamos la vida es para vivirla intensamente; pero vivirla así puede también amenazarla, pues los excesos conducen a la muerte. Vive la vida  con energía, pero no te mueras de vivir: sería triste. También puede la vitalidad de tus impulsos llevarte a matar: y eso tampoco es vida, porque vivir es dar vida, no quitarla. Sentirte vivo no tiene nada que ver con que otros mueran por tu culpa. Vivir es desbordarse; y cuando la vida se desborda es imposible que se dé la muerte. Todos aquellos que se afirman matando no viven: mueren en los seres que matan. Vivir es aceptar el placer y el dolor; pero morir es negarlos. Ni morir ni matar es síntoma de vida. Los cristianos se niegan a sí mismos. Los brutos niegan a los demás. Pero ninguno de los dos ama la vida.