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viernes, 31 de julio de 2020

FAUSTINISMO Y FAUSTINIDAD



FAUSTINISMO Y FAUSTINIDAD        


1. Primeras definiciones.

            A) De la fortaleza:

1.1. Esfuerzo.

            Ser esforzado es, lo contrario que la pereza, tener espíritu de sacrificio, sacar de sí lo que se tiene dentro, sacar esa fuerza o energía interior que nos hace ser mejores. Hércules.

1.2. Valor.

            Ser valiente es también tener espíritu de sacrificio, pero esta vez no está enfocado al despliegue de uno mismo, sino al espíritu de lucha para vencer a la adversidad. El valor es algo más que fuerza, es riesgo, es energía en peligro, es no darle la vuelta a la amenaza para no tener que verse obligado a dejar de ser. El símbolo del valor es Héctor.

1.3. Abuso.

            Todo espíritu valiente es fuerte, pero no basta con ser esforzado para ser valiente. Hércules, siendo esforzado, puede ser valiente, pero Aquiles, valiéndose de su fuerza, es, más que un valiente, un presuntuoso, más que una persona que siente el peligro, alguien que es consciente del peligro en el que está su adversario; no es un ser valeroso sino un abusador.

1.4. Aquiles y Héctor.

            Aquiles tiene fuerza corporal, pero esa fuerza física esconde en el fondo una cobardía moral. Y Héctor, por el contrario, detrás de su mayor debilidad física esconde una verdadera valentía, una fortaleza anímica y moral. El desánimo no es propio de Héctor, sino de Aquiles; por eso Aquiles tiene en una cara de la medalla la fortaleza física y en la otra la cobardía: entendida esta última no sólo como falta de carácter (de fuerza para enfrentarse al adversario), sino sobre todo de iniciativa: de fuerza para tomar la decisión de luchar.

Esfuerzo y valor.

            Llamamos esfuerzo al sacrificio por ser uno mismo. Llamamos valor al esfuerzo sacrificado por estar en el mundo, y que el mundo no te quite ninguna de tus posibilidades de ser.


            B) De la flaqueza.

1.5. Miedo.

            El miedo es la falta de fuerza para ser lo que podemos ser, y para salvar los obstáculos que nos impiden estar donde podemos construirnos como somos, y, por tanto, llegar a ser lo que podemos ser. Es lo contrario de la rebeldía. La rebeldía es cuando nuestras fuerzas nos lanzan a combatir los obstáculos que nos impiden crecer (obligándonos a ser como quiere el mundo sin dejarnos, en esa adaptación necesaria de seres que crecen juntos, ser como queremos ser: aunque la realidad sea sólo una parte de lo que queremos).

1.6. Rebeldía.

            La rebeldía es, pues, espíritu de lucha; lo contrario es el miedo, que nos paraliza. Del mismo modo el esfuerzo es espíritu de superación, y lo contrario es la pereza, que nos paraliza también.

1.7. Extravío.

            Podemos ser esforzados perdiendo el norte; emplear nuestras fuerzas en la consecución de objetivos que no valen la pena, como cuando nos empeñamos en el estudio olvidándonos de vivir. El extravío puede ser rebeldía o esfuerzo, no paralizados por la pereza y el miedo pero tampoco empeñados en la vida, sino confundiendo las cosas porque lo que nos guía es la obsesión. Obsesionarse es perderse y tomar un camino que no es el que debíamos tomar.
            A veces tenemos miedo a la vida, miedo al error: y queremos caminar de nuevo para no volver a equivocarnos en lo mismo; corregir lo que hemos fallado. Y a veces ya es tarde, como la vida no tiene ensayo, su único ensayo es al mismo tiempo su única representación; y cuando queremos rectificar ya es contra la naturaleza, firmando tratos con seres que prometen cosas imposibles y las cumplen sin cumplirlas, violando el trato que firmaron con nosotros sin estar capacitados para firmar.

            C) De la dominación.

1.8. Soberbia y envidia.

            Soberbia es creerse más que los otros. Envidia es saberse menos. El soberbio pisa a los inferiores para disfrutar de su superioridad. El envidioso los pisa para quitarles lo que les sobra y así dejar de ser menos que ellos. El poderoso aplasta a quienes no tienen sus poderes para regodearse con ellos: como el forzudo machaca a quienes no tienen su fuerza para sentirse fuerte sobre el débil. El envidioso a quien le falta un brazo les corta el brazo a los otros para no ser menos que ellos. El poderoso disfruta destacando lo que les falta a los demás; el envidioso, suprimiendo lo que les sobra.

1.9. Avaricia.

            ¿Y la avaricia? La avaricia es desear las riquezas de los otros: no su propia riqueza personal. Al avaro no le importa que los otros sean mejores (como le importa al envidioso): pero le importa tener más riquezas y también atesorarlas para no tener que gastarlas nunca, porque si se las gastan las pierden y es preferible siempre tener antes que disfrutar. El avaro (Lucifer, que busca el poder) disfruta contemplando lo que tiene; y el vividor (que es Don Juan disfrutando del placer) disfruta gastando en lugar de contemplar; pero lo que contempla el avaro es el precio de sus riquezas, mientras que el sabio contempla lo que vale tanto que no tiene precio; y el vividor disfruta el oro en lugar de contemplarlo, goza de él, gastándoselo, convirtiéndolo en placeres que, si no lo hacen feliz, por lo menos le hacen gozar.


2. ¿Qué es la vida? Los ingredientes de la vida.

            Si consideramos que la vida es placer, poder, amor, saber y querer, existen diversas amputaciones de la vida; vidas disminuidas que disfrutan solamente de uno de sus ingredientes despreciando los demás: son el donjuanismo, el faustinismo, el progresismo y la faustinidad. Antes de caracterizarlos hagamos un retrato más completo de cada uno de sus ingredientes.
            a) El placer es la juventud en lo que tiene de capacidad de disfrutar del cuerpo, que es el mundo de la sensación. El placer es la vida reducida al disfrute del presente, olvidándose de la trascendencia, de lo que va más allá del estrecho goce del aquí y ahora.
            b) El amor también es la juventud, pero considerada esta vez como disfrute sentimental del cuerpo: es el mundo del sentimiento, de la emoción. También se trata del disfrute del presente, que desea durar; es, valga la paradoja, un presente trascendente donde el momento está lleno de promesas, y por tanto de sueños, que se disfrutan sublimando la sensación sin llegar a destruirla en tanto que sensación.
            c) El poder es el afán de dominio, la pérdida del alma. Si el cuerpo de la vida es el placer, su alma es la naturaleza, la aceptación del dolor para evitar la muerte: en una palabra, la vida tiene alma cuando se respeta a sí misma, cuando respeta a la naturaleza que contiene. La pérdida del alma es la destrucción de la vida, que se convierte en poder: lejos de vivir la trascendencia del presente (como hace el amor), el poder se come el presente y la trascendencia, los domina, los anula y suprime, y, cegado por esa obsesión, ni disfruta del presente ni goza de la trascendencia, pues nos coloca ante el placer de vivir más lejos, más adentro y más allá.
            c) El querer es la definición misma de alma: rebeldía, que rechaza someterse al poder, que no quiere dominar el mundo en lugar de disfrutarlo; el querer, en tanto que la rebeldía, es rechazo de la sumisión, y deseo de disfrutar del cuerpo sin renegar del alma, vivir la vida (si para luchar contra la muerte es preciso, junto al placer, aceptar el dolor).
            c) El saber es la capacidad de vivir el pasado y el futuro renunciando, para ello, a vivir el presente. Como búsqueda de la trascendencia es renuncia al momento y es, por tanto, lo contrario de la juventud: el sabio es el viejo, que compra trascendencia pagándola con juventud, y vive más allá del momento, perdiendo el momento y ganando, en cambio, la vida vacía: llenándose de vejez.
            Resumiendo: la vida tiene un cuerpo, que es la sensación, y un alma, que es el sentimiento; el sentimiento sin sensación es alma sin cuerpo, y no es vida sino vejez; la sensación sin sentimiento es cuerpo sin alma y tampoco lo es, sino gamberrismo; la verdadera vida es cuerpo y alma, sentimiento en la sensación, y eso es el amor. El amor verdadero, sentimiento y sensorialidad juntas, es la juventud.
            La pérdida del alma es el poder. La pérdida del cuerpo es la vejez.
            La pérdida del alma es sensación desnuda, y, dentro de la sensación, es rechazo del dolor y pérdida del placer: eso es el poder.
            La pérdida del cuerpo es la vejez, y ser viejo es tener afán por controlar el pasado y el futuro olvidándose de disfrutar del presente; o sea perdiendo el disfrute de la sensación. En eso se parecen la vejez y el poder.
            La vida, en definitiva, es cuerpo (sensación) y alma (sentimiento), o sea: juventud; y amor. Se pierde en la sensación, en la vejez y en el poder. Y en tanto que lucha contra el placer desnudo, la vejez y el poder, vivir es lo mismo que querer: la vida es rebeldía, lucha, respeto por la naturaleza, y en definitiva rechazo de la sumisión.


3. Las formas de vivir.

3.1. El gamberrismo.

            Consiste en reducir la vida al placer de la sensación, y eso es lo mismo que renunciar al alma para disfrutar del cuerpo, comprar el cuerpo y pagarlo con el alma. Ea el viejo tópico de vender el  alma al cuerpo (que, amputado de esa manera, no es otro que el diablo).
            Esa reducción de la vida al momento presente es vivir el presente sin pensar en la trascendencia, y esa amputación es el gamberrismo. Cuando el gamberro amputa su vida para vivir, y sobre todo para sobrevivir, es el pícaro. Y cuando lo hace sólo para disfrutar, es un donjuán; el donjuán utiliza el engaño para burlar a las mujeres, pero también busca el dinero fácil perdiéndose en la pendencia y el juego.

3.2. El faustinismo.

            Consiste en no ver en la vida más que poder. Sed de poder. Lucha por el poder. Y al confundir la vida con el poder no ve en la naturaleza más que medios que deben ser doblegados en beneficio propio, pero no para vivir, sino para disfrutar de su dominación.
            Es el pecado de soberbia. El faustinismo es el dominio del presente (para hacer en él lo que quiera, para salirse con la suya) y de la trascendencia (para dominar el pasado y el futuro, para que no haya otro futuro más que el querido por él). Es el espíritu luciferino, el de la criatura que no quiere medirse con su creador sino dominarlo, derrotarlo aunque sea empleando las malas artes. Es la envidia de la madrastra de Blancanieves. O el espíritu de Frankestein, que no ve en la naturaleza más que utilidad; y es capaz de torcer el ser de las cosas con tal de dirigirlas hacia la satisfacción de sus intereses, esclavizándolas en su propio beneficio.
            El faustinismo es el vicio de Fausto: el otro es la faustinidad. El faustinismo consiste en vivir el presente y la trascendencia a costa de violar los límites de la naturaleza. Siempre torciendo la naturaleza en beneficio propio.

3.3. La faustinidad.

            Es el otro vicio de Fausto, tal y como lo encontramos en la famosa obra de Goethe. La faustinidad consiste en no ver en la vida más que saber, estudio, alimento del asombro, de la curiosidad; si la vida es juventud, es decir amor y placer, sentimiento y sensación, y si la vida camina hacia la vejez haciéndose cada vez más sabia: entonces obsesionarse por el saber y el estudio es buscar la trascendencia pagándola con la sensibilidad.
            Faustinidad es vivir la trascendencia a costa del presente, la pasión de Fausto: una obsesión por estudiar, un sacrificio de la vida en las bibliotecas, y ese vivir dedicado al estudio es como una falta de ganas de vivir, es una forma de locura intelectual a la que llamamos empollar, no estudiar; el empollón, para enfrascarse en los libros, se olvida de vivir, y luego descubre, cuando ya es tarde, que para secarse el seso se ha olvidado de la juventud y del amor: y no le queda más remedio que comprárselas al diablo cuando ya se ha hecho viejo y lo ha perdido casi todo.
            Pero no sólo nos seca el seso la vida estudiosa. También lo hace la obsesión por las historias; como don Quijote que, obsesionado por las novelas de caballerías, se llena de ideales (alma sin cuerpo) y se olvida de vivir, convirtiéndose en un ser tan bueno como marginal y extraviado.


3.4. El progresismo.

            Consiste en poner el poder al servicio del querer. Es el espíritu prometeico, o, si queremos, baconiano, que no busca el poder por el poder (como le pasaba a Lucifer), sino tan sólo como una herramienta para ser feliz. En su rebeldía contra la postración en que lo han sumido los dioses, Prometeo es capaz de robarles el fuego para entregárselo a los humanos e inaugurar, con ello, la ciencia, la técnica y la cultura. Es el cientificismo, sí, pero también la sabiduría entendida como búsqueda de los medios para vivir mejor. A veces los dioses no lo entienden. En la Biblia se castiga la curiosidad, confundiendo a la gente, en el famosos episodio de la torre de Babel (Aristóteles, en cambio, hace de la curiosidad el motor de la filosofía). Y se castiga severamente la búsqueda del árbol de la ciencia, como un pecado original. Ya hemos visto lo que le pasó a Prometeo. Es como si los dioses hicieran inteligente al ser humano para condenarlo, después, a no usar su inteligencia. Y se confunde, equivocadamente (pero esto no lo hace dios sino sus intérpretes), la curiosidad con la soberbia, la felicidad con el egoísmo, la alegría con la vanidad.

4. En torno al mito de Fausto.

            El espíritu fáustico, que es el propio del faustinismo, ¿es luciferino o prometeico? ¿Quiere adueñarse del mundo, imponerle su voluntad (el poder por el poder) sin necesitarlo para su supervivencia? ¿O pretende dominar a la naturaleza para vivir en ella, vencer la adversidad (el poder para vivir) como medio de superar los retos, para convertirse, así, en dueño del propio destino? Ya hemos visto que es lo primero. Lo segundo, como espíritu prometeico, no es faustinismo, sino progresismo.
            Pero no se trata de vender la vida. Si el faustinismo la vende por sed de poder, por un afán gratuito de dominio, entonces es una obsesión. El progresismo, en principio, no lo hace, porque busca el poder como instrumento de defensa, de protección, no de dominio; pero si algún día el progresismo vendiera la vida para comprar la necesidad de vencer, aunque esa necesidad fuera provocada por los retos de la naturaleza, entonces el progresismo caería, decididamente, en la perversión.
            El espíritu fáustico busca el poder por el poder, y eso es lo propio del faustinismo. El espíritu faustino, por el contrario, busca el saber por el saber, y eso es lo propio de la faustinidad. Cambiar juventud por sabiduría es perder la juventud y recuperar, a costa de la sabiduría, la juventud perdida; es una forma de vender el alma al diablo, de ir contra la naturaleza, de hacer al revés las cosas que son irreversibles, de torcer la flecha del tiempo, de vivir de nuevo lo que no tiene ensayo, lo que es representación única, la vida que no se  puede repetir.
            Dos formas hay de vender el alma al diablo: por amor y por ambición. El faustinismo reniega de la vida por el poder y se vuelve diablo. La faustinidad quiere recuperar la juventud perdida y se pone en manos del diablo. Las dos son formas del fracaso. El espíritu fáustico, como el faustino, son el espíritu del perdedor.



viernes, 5 de junio de 2020

LAS VIRTUDES DE LA VIDA




LAS VIRTUDES DE LA VIDA
  

Alma y espíritu.

            Mi alma no es una encrucijada entre el pensar y el sentir, sino una receta, una comida, un plato; cada alma es un plato distinto hecho con los mismos ingredientes, pero en distintas proporciones, y el mundo es un libro de recetas donde cada ser humano ocupa una página; luego cada página se llena en la cocina de la historia y se convierte en espíritu; y si cada alma es una forma distinta de combinar el sentimiento con la razón, cada espíritu es una forma distinta de vivirlos, porque las almas no pasan todas por los mismos sitios y tienen cada una su propia experiencia; y aunque haya personas que estén hechas más o menos de la misma forma, como si fuesen el mismo molde con muchas variantes, y cada molde distinto puede tener sus propias variantes, y encarnarse en personas distintas de distintas maneras: también la vida que llevan hace que las mismas variantes se expresen de forma muy variada; es como los coches, hay muchas marcas, cada marca tiene muchos modelos, y cada ejemplar del mismo modelo tiene su propia historia, y no tiene los mismos roces, sus dueños no tienen la misma forma de conducir, ni tienen las mismas cicatrices, ni han pasado por los mismos talleres.

Prudencia.

            El pensar se mejora buscando la prudencia. La prudencia es el empeño que tienen los pensadores por mejorar el uso que hacen de la razón. Podemos decir que ser prudente es poner los medios adecuados a los fines (ya sabemos que los fines no los pone la cabeza, sino el corazón); pues bien, si quiero un mundo pacifico no puedo buscarlo por medios violentos; si quiero que sea justo no puedo alcanzarlo con la injusticia; y si quiero que esté limpio no puedo hacerlo ensuciándolo.
            También podemos decir que la prudencia consiste en buscar los fines que tengan buenas consecuencias; el corazón busca los fines que están acorde con sus gustos, con sus estructuras motivacionales, con su vocación (y por encima de ellos, con la justicia, con el respeto, con el amor); pero la cabeza busca, partiendo de las metas que el corazón le marca (las metas del corazón son nuestro destino), los fines subordinados que tengan las consecuencias esperadas, aquellas que son acordes con las metas de la vida; si a mí me gusta la música y el corazón me adentra por la senda de la música, mi inteligencia debe buscar metas parciales que me ayuden a realizar mi objetivo: estudiar el lenguaje musical para empezar a tocar un instrumento, o aprender las dos cosas a la vez y mejorar el instrumento a medida que voy aprendiendo el lenguaje musical, escuchar también las cosas que me gustan, y escucharlas junto a las que no conozco para aprender composiciones nuevas que me gustarían ya si yo las conociera… La prudencia nos obliga a conseguir nuestros objetivos de la mejor manera, aprovechando el tiempo y llenándolo de satisfacciones. Y si ser prudente es buscar acciones que tengan buenas consecuencias y si éstas son las consecuencias que esperamos, entonces podemos decir que la prudencia está emparentada con la esperanza.
            Prudencia es también buscar los límites fuera de los cuales ya no es posible, ni sensato, ni razonable, el esfuerzo; ni tampoco el placer. Yo no puedo esforzarme en una carrera cuando estoy cansado, y no cejar en el empeño cuando mi cansancio es mayor, aunque me sienta agotado: hasta conseguirlo; pero nada más llegar a la meta me desplomo fulminado: se me ha partido el corazón; he conseguido llegar, pero forzando mi cuerpo hasta matarlo; la prudencia me dice que hay que tensar la cuerda sin que se rompa; cuál es la zona de peligro en que la cuerda se empieza a romper es algo que tenemos que descubrir (intuir más bien: atisbar o sospechar) después de informarnos.


Templanza.

            Ser prudente es sopesar nuestra conducta fuera del comer y el beber; en el beber, comer y embriagarnos la prudencia se llama templanza; hay que evitar, en el comer, las consecuencias contrarias a la salud; hacer compatibles los placeres con los límites de nuestra naturaleza; huir de la obesidad: también de la anorexia; ser goloso, pero apartarme de la gula, disfrutando de una manera saludable. Y lo mismo pasa con la sexualidad. El placer no debe ser obsesivo para que no nos quite el tiempo de disfrutar de otros placeres; o, si no es sensato disfrutar de todos los placeres por igual, adivinar la jerarquía de placeres que le da sentido a nuestra vida, guiada por nuestra forma particular del sentir, la que viene de nuestra naturaleza, que es nuestra vocación, donde se esconde la felicidad de cada uno en la forma particular que cada uno tiene de vivir la plenitud: de llenar de placer sus vocaciones; sus vocaciones, no sus apetitos; que no es lo mismo alimentar las tentaciones que atacan a nuestros gustos que alimentar la pasión que nos da sentido, las vocaciones que guían nuestro placer.

Justicia.

            Podríamos decir que la prudencia consiste en sopesar el esfuerzo, y la templanza, en sopesar el placer. Ya sabemos que el corazón es la fuente de donde manan la fuerza y el placer (y, en la medida en que los insertamos en el tiempo, la ambición); el espíritu donde se desarrolla nuestra fuerza es el ánimo, la moral alta, la valentía, la fortaleza, el coraje. Pues bien la prudencia, la fortaleza y la templanza son las tres virtudes básicas de Platón; las que constituyen el fundamente de nuestra vida moral; de la actuación coordinada entre ellas surge la justicia: vamos a ver lo que esto quiere decir.
            Si debo corregir un examen lo propio es que lo haga con la razón, intentando ser prudente; si lo hago movido por el placer (por ejemplo aceptando regalos y sobornos) y le pongo un aprobado a quien no se lo merece, esa nota será injusta; y si me mueve el coraje, el odio o el rencor, poniéndole mala nota a quien no me cae bien, aunque el examen sea bueno, mi valoración también será injusta. Los exámenes se deben corregir con la cabeza,  no con el corazón ni con las tripas; el placer como guía de la inteligencia no es buen consejero; ni lo es la fuerza con que sentimos nuestras obsesiones, como la rabia que le tenemos a una persona cuando no hay ninguna razón para odiarla.
            Platón asignaba cada virtud a una función social (no hay que confundir las funciones sociales con las clases sociales, aunque algunas veces se confunden). Los gobernantes deben ser prudentes; los soldados, valientes; y los sectores económicos, templados. Un soldado no debería gobernar, porque su misión no es mandar, sino defender el país: sería injusto, pues, usurpar las funciones de otro, dar un golpe de estado. Tampoco sería justo que gobernaran quienes se ocupan de la economía, porque no mandarían atendiendo a la razón, sino a sus propios intereses: el gobierno no debe pertenecer a ninguna oligarquía. Tampoco deben los ricos usurpar las funciones militares, ocupando los puestos de mando como privilegios, sin estar preparados: el mando debe estar reservado a quien sabe mandar, no a quien tiene dinero para comprarse títulos en las escuelas militares. Por último, también le corresponde al gobierno conducir la guerra; el gobierno debe ordenar la convivencia, pero la estrategia corresponde a los militares, que saben luchar; a menos que los gobernantes hayan aprendido también el arte militar; uno de los ejemplos más patéticos es el presidente Piérola, que, creyéndose soldado, dispuso toda la artillería donde creía que el enemigo iba a atacar, pero no atacó; y el lugar donde se produjo el ataque no tenía cañones para defenderlo.
            La justicia, según Platón, aparece cuando cada cual hace lo que le corresponde, sin meterse en las competencias de los demás. Por eso se puede resumir con la conocida frase: zapatero, a tus zapatos.


Confianza.

            La confianza es la fe. Esa palabra está en su raíz: fianza; nos fiamos de alguien cuando creemos en él, cuando tenemos fe en que no nos defraudará. Había un equipo de fútbol que casi nunca ganaba un partido, pero pensaba siempre que el próximo partido lo ganaría: era el equipo de Alcoy; así se forjó la expresión “tener más moral que el Alcoyano”, donde “moral” significa fuerza de ánimo, confianza en sí mismo, confianza en que el esfuerzo nos recompensará. La fuerza, en este caso, viene de la fe; si creemos que podemos ganar nos esforzaremos en conseguirlo.
            Hay un relato que cuenta cómo Yukón desplazó la montaña: carretilla a carretilla. Algo que parece imposible, como poner una montaña en otro sitio, se puede conseguir poco a poco, día tras día, sin desfallecer; si creemos que es posible, lo conseguiremos; en este caso tener fe es lo mismo que tener paciencia.
            Si quieres, puedes: es lo que se ha dicho siempre; no es verdad. Por mucho que quiera atar el sol con una cuerda (como dicen que hicieron los hermanos Ayar en la fundación del Cuzco, según la leyenda), no lo conseguiré; porque no forma parte de lo posible, y no es sensato perseguir imposibles; a menos que, como sucede muchas veces, llamemos imposibles a las posibilidades que cuestan esfuerzo y nos rendimos antes de empezar. Habría que decir: si quieres después de haberlo pensado, puedes; pero no quieras cosas que no puedes pensar: no las conseguirás; y pensar es razonar, intuir, recordar, sentir, imaginar.
            Un préstamo es un crédito. Los bancos nos prestan dinero si creen que se lo vamos a devolver. Esa creencia es la fe. Pero la fe que nos tienen los bancos es fianza, sólo se fían si les damos garantías de que les vamos a pagar, y una garantía es mucho más que una promesa: es pedirnos autorización para quedarse con nuestro coche, con nuestra casa, si no podemos satisfacer la deuda cuando venza el plazo; los romanos también se cobraban con nuestra libertad. De modo que dar un crédito, para los bancos, no es fiarse, no es creer en quien lo recibe, sino vender: te vendo dinero a cambio de que me pagues intereses o, si no puedes, me pagarás con tu coche, tu casa o tu libertad; la fianza no tiene que ver con la fe (de donde procede), sino con las garantías que tú le das; y recordemos que la garantía aquí no es una promesa sino una venta: un papel firmado que te compromete a cederle tus bienes al banco si no puedes pagar.
            Pero muchas veces los banqueros se fían de la fama, y entonces no necesitan pedir garantías. Si alguien tiene fama de rico y pide un préstamo para montar una empresa, el banquero, convencido de que es rico, se lo prestará sin garantías, convencido, además, de que los beneficios que dará la empresa superarán con creces el dinero que le habrá prestado; prestar, aquí, no es vender, sino confiar.
            ¿Y cuándo podemos confiar? Muchas veces necesitamos garantías para creer. Esas garantías pueden estar en el pasado, en la historia vivida en común: si yo he visto durante muchos años que tal persona es buena, me inclinaré a creer en ella, a confiar; en tales casos la experiencia compartida (la historia que nos une) es el fundamento de la fe. Cuando no hay un conocimiento previo de la persona, como es el caso de los bancos que prestan dinero, la confianza se cimenta en las garantías. Pero cuando no hay experiencia ni garantías no es sensato creer; de modo que la fe se apoya en la razón, en la prudencia. Si un desconocido nos pide que matemos al vecino porque está poseído por el diablo y, si no lo hacemos, nos llama gentes de poca fe; o si nos pide que creamos en dios y nos habla de un dios en cuyo nombre nos pide todos los meses nuestro sueldo, total o parcial; o si nos dice que no estudiemos porque la escuela es el foco del mal: si nos dice cosas como esas, gratuitas y sin explicarse, apelando sólo a la fe, ¿habremos de creerle? ¿No habremos de parapetarnos detrás del escudo de la razón, que es lo que dios, o la naturaleza, nos ha dado para defendernos de los demás? “Guardaos de los falsos profetas”, dice el mismísimo evangelio; porque la confianza no es la fe del fanático; sólo se puede creer apoyándose uno en la experiencia, en la garantía, o en la sensatez.


Esperanza.

            La esperanza es la hija de la confianza, y por tanto, de la fe. Si creo que puedo aprobar, espero aprobar, y mi esperanza será mayor cuanto más haya estudiado. Si crees que el mundo es bueno, confías en él, esperas que nadie te atacará: esperar es lo mismo que confiar y que creer. Cuando nos empeñamos en hacer algo solemos decir: “espero conseguirlo”, porque pondré mis fuerzas en el empeño; y esperar, como signo de confianza, es lo mismo que esforzarse.
            Otras veces tenemos esperanza dependiendo de que haya mayor o menor probabilidad de que se produzcan las cosas; por ejemplo, cuantos más números haya jugado, mayor esperanza tendré de que me toque la lotería. En este ejemplo vemos que la fe en la que se apoya la esperanza a veces contiene riesgos. Tenemos que esperar con prudencia, sí, pero a veces las cosas son probables, y no nos pueden dar mucha seguridad. Si estudio es posible que apruebe; es posible, no seguro; a veces por mucho que estudie todas las veces suspendo, y cuantos más intentos, más fracasos, y cuando hay muchos fracasos sobreviene la desesperación. No es sensato desesperarse si hemos elegido el camino correcto. Pero sí lo es si, valiendo para las matemáticas, hemos elegido estudiar lengua, y en el comentario de textos no tenemos talento; si nos empeñamos en hacer cosas para las que no tenemos vocación seremos infelices y, además, aunque lo logremos, resultará prácticamente difícil destacar. Lo bueno, lo sensato, será ajustar nuestros deseos a nuestra vocación: y entonces podremos tener esperanza, entonces no habrá mayor espejismo que la desesperación.

Amor.

            Muchas cosas se han dicho sobre el amor. Entre la amistad y el erotismo (y la pasión) se han establecido grados; pero también podemos suponer que amarse es lo mismo que desarrollarse, y amar a los demás es lo mismo que ayudarles a andar; yo me quiero tal y como soy, y, dentro de lo que soy, debo procurar ser siempre mejor; y no tenemos por qué querernos tal y como estamos en un momento determinado, porque nuestro estado no siempre coincide con nuestro ser: por ejemplo si estoy enfermo no quiere decir que mi naturaleza consista en estar enfermo; hay veces en que debemos salir de nuestro estado para volver a esa conexión interrumpida que teníamos con nuestro ser. Amar es entonces respetar la naturaleza de las cosas, empezando por la de uno mismo, y la mejor prueba de amor es huir de la degeneración y ser ambicioso con la superación; dentro, claro está, de los límites de la prudencia de los que ya hemos hablado. Lo que llamamos respeto es aceptar la naturaleza, no las jerarquías arbitrarias de la dominación. 


            Así pues, cuando cambiamos la maldad por la bondad estamos amando, y suele suceder que la maldad es la ignorancia: entonces la bondad coincidiría con el saber; pero también con el querer. Amar es querer, y querer es el deseo de realizar una vocación (en eso se distingue del capricho). El amor es un compromiso basado en un sentimiento, pues comprometerse sin sentir es automatismo propio de las máquinas; y el amor se cifra en el corazón, que es el sentir de la naturaleza, la felicidad que surge cuando actuamos como somos, la salud de ser lo que se es, la intimidad, la vida entrañable, el deseo de llenarnos de lo que nos pide nuestra vocación: eso es la plenitud; que se distingue del hartazgo en que en el hartazgo nos llenamos de cosas que nos dan placer sin satisfacer nuestro ser, nuestra naturaleza, nuestro sentimiento, lo que estamos llamados a ser.
El amor, pues, es el compromiso que emana del sentimiento, nos comprometemos porque nos queremos nosotros mismos y queremos a los demás. Porque los demás son nuestro espejo, y al verlos sufrir a ellos nos sentimos sufrir nosotros mismos, aunque no siempre sea con la misma intensidad. Querer a los demás es sentir sus sentimientos, sufrir sus sufrimientos, pensar como ellos aunque no compartamos sus pensamientos, ponernos en su lugar: en querer a quien sufre se cifra la piedad, que no es más que misericordia: de “cordis”, sentir las miserias ajenas con el corazón); es lo mismo que la compasión (“padecer con” los demás), y compadecerse es sentir la necesidad de ser generoso, porque la generosidad (la solidaridad, la caridad, el altruismo) es la necesidad y el deseo de ayudar. Y esto no tiene nada que ver con la compasión entendida como menosprecio (“no quiero tu compasión”), que no es el sentimiento de la pena, sino el deseo de degradar a la gente echándole en cara su pobreza, como si tuviera la culpa de ser pobre; cuando la pobreza no es producto de su pereza, sino de la mala suerte que ha tenido en la lucha por la vida. Eso mismo sucede a veces con la caridad, que se convierte fácilmente en espectáculo, representación en donde quien da construye su grandeza sobre la pequeñez de quien recibe, como si necesitara aplastarlo para sentirse fuerte: eso no tiene que ver con la verdadera caridad, el sentir fraterno que normalmente llamamos generosidad.

Las virtudes de la vida.

            Hay que modificar las cuatro virtudes de Platón: en ellas está la fortaleza que le faltaba a Nietzsche. Y modificar las virtudes teologales: en ellas está el amor que le sobraba a Nietzsche, y que también le faltaba a Platón. El amor y la fuerza son las dos caras del corazón: ninguna de ellas tiene sentido sin la otra; el amor no debe confundirse con la debilidad, con el servilismo, con la sumisión, y en todo caso es mucho más que la caridad; y la fuerza no debe confundirse con la soberbia, ni con la crueldad (como a veces le pasa a Nietzsche). Hay que levantar las virtudes de la vida, que es la reinterpretación de todas las anteriores: prudencia, fortaleza, fe, esperanza y amor. El amor es el vértice del edificio y la fortaleza la base que lo sujeta; la esperanza mana de la fe, que echa sus raíces en la prudencia y en el amor; y la prudencia es la compañera de viaje que se ha convertido en la cabeza del corazón. El corazón, con los pies puestos en la fuerza y provisto de unos ojos que sienten, tiene una cabeza que piensa y por eso puede creer, querer y esperar.
  


viernes, 15 de febrero de 2019

LA SOCIEDAD DE LOS DOS INSTINTOS




LA SOCIEDAD DE LOS DOS INSTINTOS    


                                                                       1. 

            La sociedad es un ser vivo que tiene dos instintos: uno de conservación y otro de destrucción. El primero es su cara amable: alegría, confianza, amistad y generosidad. El segundo es su cara aviesa: desconfianza, pesimismo, hostilidad y odio. Hay algo perverso en una naturaleza hostil: vida contra muerte, ayuda contra daño, paz contra guerra, seguridad frente a orgullo, paciencia contra ira, fuerza contra debilidad. Todas las sociedades tienen estas dos caras. Todas.
            Hay una leyenda india que lo ilustra muy bien: “padre,  siento que hay dos lobos dentro de mí, uno bueno y otro malo; los dos están luchando, ¿cuál de ellos vencerá?” El padre le contesta: “aquél que tú alimentes”. Igual sucede en la sociedad; vencerá, de los dos instintos, el que más cuidemos.
Pero sucede que cada uno alimenta al que siente dentro con más fuerza, como si ya hubiésemos sido conquistados por él; entonces entramos en un círculo vicioso: ¿de qué depende que alimentemos a uno u otro? ¿De que hayamos sido conquistados por uno de ellos? Entonces no somos libres. Somos un instinto, bueno o malo, que nació. La naturaleza no tiene poder para domar los instintos, las fuerzas que nos gobiernan son superiores a la fuerza que pugna desde nuestro pensamiento, desde nuestra libertad.
            Esto significaría que unos nacemos buenos y otros malos. Unos de la mano de dios y otros del diablo. Me cuesta aceptar que sea así. Nuestra vida es más bien un campo de batalla donde luchan estos dos instintos, y nosotros tenemos en esa lucha una ayuda inestimable: esa ayuda es la razón; con la razón construimos bondad, y la ponemos en los ladrillos del sentimiento; y sin ella, esos ladrillos se vuelven maléficos. Sentir, en sí mismo, no es bueno ni malo pero los sentimientos, cuando son filtrados, moldeados e  impregnados por la razón (alegría, amistad, confianza: vida), son buenos, mientras que los que sean inaccesibles a ella, herméticos, impenetrables (pesimismo, inseguridad, odio), son malos o lo que es lo mismo: son impulsos destructivos, son las fuerzas que quieren morir.


            Adviértase que no tenemos por qué decir que los sentimientos malos son oscuros (pues la oscuridad es, cuántas veces nos pasa, refugio donde nos acurrucamos para soñar); tampoco hay que decir que los sentimientos buenos son luminosos (pues la luz, aunque nos hace ver y nos vuelve alegres, también nos puede cegar). La luz y la oscuridad son territorios donde pueden morar tanto el sentimiento bueno como el malo; hay maldades tenebrosas pero también centelleantes; y bondades luminosas, sí, pero también de penumbra y acogedoras; a veces hay que cerrar la ventana para que no nos hiera la luz, o para que no nos agobie el sol cuando el calor aprieta.
            Tampoco hay que confundir la fuerza con el mal. La fuerza es vida, no maldad; la maldad no es más que la destrucción, la perversidad, la muerte. Pretender que los buenos son los débiles es empujar a los niños a que sean malos, porque si la fuerza es maldad, ellos, que se sienten fuertes, acaban creyendo de veras que son malos. ¿No ocurre que en las películas pensamos con los buenos pero sentimos con los malos? No; pensamos y sentimos con los buenos, sólo que la bondad es fuerte y nos han enseñado que la fuerza tiene que ser maldad, y por eso hay algo dentro de nosotros que nos empuja no a la maldad, sino a la fuerza: y es la sociedad la que nos engaña. Donde dice fuerza la gente entiende brutalidad, mientras que para la naturaleza es simplemente salud. Nos gustan los villanos porque en las películas a los buenos los pintan como personas débiles, enclenques, pasivas, sin energía, desvitalizadas; los fuertes, vigorosos, activos, alegres, vitales, muchas veces son los villanos; no es que nos gusten los malos, nos gusta la vida que ponen en los malos; pero como en el cine se han creado una moral que asocia la maldad con la vida (es decir lo perverso con lo fuerte), nos han hecho creer que somos perversos y malos cuando en realidad sólo somos fuertes y vitales.
            Hay que aclarar las confusiones de nuestra moral, porque toda la moral está edificada sobre una gran confusión: la fuerza y la bondad no sólo no se excluyen, sino que se necesitan: la clave está en la razón; una fuerza orientada por la razón es buena, las fuerzas irracionales son malas; la razón que brota de nuestra cabeza es la que nos guía en nuestra vida para manejarnos; pero también hay una razón con la que no pensamos, sino con la que piensa la naturaleza misma: con ella se han hecho los instintos buenos; allí donde la naturaleza no ha podido construir las formas de su razón, las fuerzas que han aparecido eran instintos malos.


2.

            Dos son, pues, las fuerzas que nos construyen: una es la fortaleza y otra la debilidad. La persona fuerte que no quiere emplear la fuerza no es una persona débil, sino sensata; mesurada y paciente. Pero la sociedad admira a quienes emplean la fuerza aunque por dentro no sean robustos: ésos son los débiles. Los coléricos, los brutos, los violentos, los malvados, ésos son los que muestran debilidad; y parecen fuertes. Los pacientes, los sensatos, los pacíficos, los buenos, son, por el contrario, fuertes; y parecen débiles; al definir como fuertes a los hombres, cree que son débiles las mujeres, pero también los homosexuales: cuando el sexo posiblemente no tenga que ver con fortaleza, sino con brutalidad; una mujer es fuerte como un hombre, pero la sociedad quiere que la fuerza del hombre sea visible (y la confunde con violencia) y que la de la mujer no se vea nunca (y entonces parece desánimo, obediencia, falta de carácter y debilidad). No nos engañemos: a quienes la sociedad llama fuertes nosotros los podemos llamar brutos, y quienes pasan por débiles son en realidad fuertes. Consecuencia perversa de esta confusión es que hemos creado una imagen de la bondad que no tiene nada de buena: la obediencia, el abandono, la vida arrastrada, pasan por bondades cuando en realidad no son más que el resultado de confundir la resignación con los brazos caídos y la paciencia con la rendición. Hay que tener siempre la moral bien alta: la moral, que persigue la vida buena, es también la vida fuerte; o de lo contrario confundiremos lo bueno con la impotencia y la esclavitud con la felicidad.


3.

            Las dos fuerzas que luchan parece que se escaparon de la naturaleza y ahora están gobernadas por la sociedad. Una sociedad sana cultiva en sus miembros la alegría, la fuerza, la amistad, la confianza, y procura atar las fuerzas de los deprimidos, de los asesinos y ladrones, de los enemigos de la vida, de los envidiosos de la felicidad; no los mete en la cárcel para que sufran, sino para que no puedan hacer daño; hospitales, sanatorios, psiquiátricos, lugares donde los seres agitados por las fuerzas perversas puedan vivir y buscar, en la medida en que eso sea posible, los dulces caminos de la felicidad.
            Pero hay sociedades perversas que liberan las fuerzas destructivas y encadenan a las que son sanas. Los asesinos, los ladrones, los psicópatas, los frustrados; los envidiosos, los vagos, los que nunca han luchado contra la pereza, los que han sucumbido a ella; los rencorosos, los inmaduros, los envidiosos y codiciosos, los coléricos, los que sembraron resentimientos en su vida: ésos son liberados por la fuerzas enfermas que les ponen uniformes y trajes y los convierten en policías y soldados, funcionarios y políticos, mientras los generosos y los fuertes dan con sus huesos en la cárcel. Allí donde los buenos están libres (y los buenos son felices) la sociedad es más feliz. Y donde se libera a los malos (infelices y desgraciados, que ser bruto es a la vez ser tonto porque la fuerza en ellos no viene acompañada de inteligencia), allí, desgraciadamente, la sociedad no es feliz. Las sociedades desgraciadas tienen prisa y persiguen sus objetivos por medios rápidos, confundiendo rapidez con eficacia: es la guerra. La paciencia, por el contrario, se confunde fácilmente con ineficacia y debe luchar contra sus detractores, que piensan que el único movimiento que existe es el que vemos; pero la paciencia, aliada de la fuerza (y de la confianza feliz) es el único camino para la paz.
            El guepardo corre rápido, pero si no alcanza a su presa en cien metros se agota y se para, y se queda sin comer. Pero el águila, que es fuerte en las alas y aguda en la vista, es capaz de volar sin moverse dejando que lo lleve el aire; ella misma ha buscado esas corrientes para surcar el cielo sin agotarse, volando con alegría, empeñada en la tarea de planear. Que es una tarea dulce y sana.





sábado, 30 de enero de 2016

La Vida Entrañable




            La semana pasada nos acercábamos a los sentimientos de la fuerza; toca ahora acercarse a los del amor. El amor es un espejo que descubrimos en los demás cuando tú, al verlos, te ves reflejado.  


LA VIDA ENTRAÑABLE

            Si la fortaleza es vida en sí misma, la piedad es vida relacionada con otra vida: lo entrañable del otro que late en mí; y en el fondo está lo más profundo, lo íntimo. Esta vida volcada en el otro es amor: que expresada con ímpetu es eros, rapto, arrebato, y expresada en su intimidad es ternura (casi dan ganas de forzar la palabras para decir: melancolía).
            Como la piedad es un sentimiento cordial, está atravesada, cómo no, por el entusiasmo; todo lo que supone el amor contiene todo lo que representa la fortaleza: y hablamos de nobleza, o grandeza, para designar a la piedad llena de vitalidad, de alegría, de fuerza.
            Pero hay una piedad desvitalizada, la que criticó Nietzsche: esa bondad volcada en destruirse a sí misma para construir al otro; no es lo mismo que por amor al otro perdamos algo de nuestro ser, a que queramos perderlo con la excusa de amar al otro; no es lo mismo el sacrificio amoroso que el egoísmo sacrificado: que es la forma más sibilina, y más vanidosa, de egoísmo.
            Se suele utilizar el término “piedad” para designar el respeto, la devoción y la entrega a los dioses; aquí lo utilizaremos como sinónimo de “compasión”. Si descomponemos la palabra significará “padecer con los demás”, lo que no significa que tengamos que sufrir con ellos sino comprender su sufrimiento; o lo que es lo mismo, ponerse en su lugar (que no es quitarle el sitio, sino intentar mirar las cosas como él las mira).
            También se utiliza como sinónimo de compasión la palabra “misericordia”. Literalmente sería dolerle a uno el corazón por el destino de los miserables, por las desgracias ajenas; pero la compasión va más allá: se trata de sentir las alegrías, no sólo las penas. No estamos, pues, ante un sentido cristiano de la compasión, sino ante un sentido vital: sería más bien lo que hoy entendemos por empatía. La compasión, para ser viva, debe incluir todo lo que contiene la fortaleza.
            Cuando la piedad pierde vigor se vuelve débil y se manifiesta con más fuerza, pero con fuerza desvitalizada; descontrolada, destructiva y hueca. La impiedad hace que las personas sean implacables, desalmadas (“sin alma”); el alma es el equilibrio que forja la fuerza que reposa sobre la coordinación de todas las fuerzas.


3.1. Amor y odio.
            La fuerza piadosa es amor; el odio es su debilidad. El amor es energía que nos impulsa a vivir el entusiasmo con los demás, pero desde el respeto; no es el entusiasmo de unas masas que gritan y actúan al unísono como cuerpo sin alma; es el entusiasmo de un alma que comunica su fuerza al cuerpo.
            Por “respeto” entendemos la aceptación de los demás. La empatía es aceptar los sentimientos ajenos para comprenderlos; el respeto es mucho más: es aceptar a los demás rechazando las circunstancias que provocan que sientan dolor, y eso es ir más lejos; es aceptarlo en su ser pero rechazar las causas que amargan su existencia.
            Hay varias formas de amor: el filial, el conyugal, el amor paterno; el amor a dios, el amor al arte, del amor al cuerpo. La filantropía o altruismo: amor a la humanidad a través de todos los seres humanos; la solidaridad o fraternidad, el corazón generoso, pero fuerte; no olvidemos que la fortaleza es esencial para que la piedad no se desvitalice.
            El odio, por el contrario, es “antipatía” (literalmente, experimentar sentimientos contra alguien): eso es desprecio, quitarles valor a las personas (el amor, por el contrario, las apreciaba). Pero desprecia a los otros quien previamente se ha estado despreciando a sí mismo; por eso siente rencor, resentimiento; echarles a los demás la culpa de tus propias culpas, atacar a quien no es tu adversario, y aunque no lo sea, hacerlo enemigo tuyo. Esa aversión es, por tanto, hostilidad, y quiere destruir al otro primeramente degenerándolo (como Circe); y por último matándolo (las sirenas). Y acaba sintiendo repugnancia hacia el otro porque lo ha hecho semejante a sí mismo.
            Hay un amor malsano que tiene menos de amor que de odio. Como amor a la tribu, sólo ama a los suyos, extendiéndoles a los demás su odio. Y como degradación del ser amado es amar la imagen que tenemos de él rechazando su realidad valiosa, como Calipso; arrancándole su libertad, que es la capacidad de hacer cosas buenas; capacidad de crecer con la fuerza que hay en su alma.

3.2. Admiración y envidia.
            La fuerza piadosa también es admiración; y su contrario es la envidia. Hay admiración en el amor: que es estima, simpatía y respeto. Ya hemos hablado de la estima: aprobación, consideración, aprecio, veneración; y todo ello supone estima de sí, pues no puede apreciar a los demás quien no se aprecia a sí mismo. La simpatía es más que una empatía humanitaria: es cordialidad de apego por el individuo concreto por el que tenemos cariño; por eso es amistad, ingrediente del amor. Ya hemos hablado del respeto.
            La envidia es, por el contrario, alegría por el daño ajeno, y eso no es alegría más que en apariencia, pues se alimenta de quitar a otros lo que a ti te falta; y te hace depender de la deuda moral que has contraído al hacerlo; la que algún día te dará mala conciencia, malestar espiritual, remordimiento. La envidia son los celos (no hay que olvidar que estos dos sentimientos se expresan en francés con la misma palabra: jalousie). Y la envidia, o sea los celos, no es más que inseguridad o falta de confianza en sí mismo; al desconfiar de ti desconfías también de los demás, y como dudas de ti, también dudas del mundo. Este sentimiento te atenaza las tripas produciendo nudos y vacíos y va, a la postre, de la mano del orgullo; de la falta de respeto.

3.3. Templanza y lujuria.
            Y, por último, la fuerza piadosa también es sabiduría; su contrario es la lujuria. Lujuria es exceso, como la vegetación de las selvas que los escritores llaman lujuriosa; y la templanza es la justa medida de cada cosa: la medida que hace falta, que no hay que confundir con el término medio; para unas cosas la justa medida está próxima a la escasez; para otras, toca en la abundancia sin acercarse al exceso; y para otras es el equilibrio. Pues bien, la templanza es una de las formas de sabiduría.
            Pues la templanza, que es equilibrio, proporciona plenitud: satisfacción. Equilibrar es poner lo que hace falta, unas veces poniendo pesos fuertes y otras alargando el brazo de la palanca; y se trata de mantener el estado de excitación, que en unos es más y en otros menos; unos necesitan hacer mucho deporte, a otros les hace falta tranquilidad; para una persona nerviosa buscar el equilibrio es descargar la adrenalina que le sobra; para una persona tranquila es vivir sin apenas adrenalina. La lujuria, en este caso, es el exceso, cada cual en su nivel de tensión, y el exceso produce hartazgo, saciedad, tanto de carencias como de sobreabundancia.