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viernes, 12 de febrero de 2021

 

 

ESTÉTICA DE LA SUCIEDAD

 


            He visto los perros colgados en los árboles y el olor de los arenques, las sardinas de Cuba y los albañales de las aguas sucias. El olor a muerto, el olor a orín, los muladares, el olor de los guarros y el olor a estiércol. Las arañas. Las arañas y las cucarachas me parecen feas; desagradables, sucias; como los filamentos de las telarañas formando algodones grises en la suciedad de los árboles; porque dentro de ellos, si metes la mano, te puede picar la araña, allí está el peligro. He visto los mosquitos, los piojos, las moscas y los grillos; las cucarachas son sucias porque las pisas y se derraman, vertiendo el jugo de su cuerpo asqueroso. El olor a corral y a cuadra, el olor de los burros y las mulas, ver las boñigas y olerlas. El barro entre las casas, en el cerro; el lodazal. Todas esas cosas son sucias como el petróleo, la pizarra o el carbón de Puertollano; están en el mundo idílico de los campos que nos cuentan los cuentos, pero los cuentos nunca nos hablan de la suciedad del campo aunque está en ellos; los cuentos sólo nos hablan de las cosas hermosas, limpias, de lo atractivo: nunca de lo que nos repugna. ¿Pasará lo mismo, pero al revés, con el carbón del Pueblo? ¿No hay un mundo idílico en Puertollano? ¿No hay una belleza escondida en lo sucio?

            Y no sólo hay suciedad en la naturaleza. También la hay en nuestra historia, y en nuestras leyendas, en nuestros cuentos. La bodega en la que se esconde el sosiego puede ser también lugar de borrachos. La escuela de cagones. El papel de estraza en la tienda, que siempre es un papel sucio. El papel de los periódicos huele a petróleo, y hasta hay un papel de dibujar que se llama, ironía de las cosas, papel guarro. Con la goma borramos el lápiz y con el secante quitamos los borrones, o más bien no los borramos, los secamos; quitamos la suciedad de la tinta que emborrona el papel y aunque siga siendo fea (a veces nos gusta) deja de estar sucia porque ya no puede mancharnos; cuando manchar es poner la tinta del papel en la mano, que es contagiarse. Como el chocolate que, por muy rico que esté, no deja de ser sucio porque nos mancha las manos; porque nos llena de sustancia como la tinta del papel, cuando no estaba seca, nos las mojaba. También estaban sucios los zíngaros que pasaban por el pueblo y el perro, y el mono, la pandereta, y el oso. Sucios son los churros, que nos llenan las manos de grasa; las manos y los morros. Pero el tamiz del tiempo vuelve lo sucio limpio y hermoso y los zíngaros, en la repulsión que nos producen, pasan a rodearse de aromas de leyenda, la suciedad del pasado la sentimos limpia y no deja, sin embargo, de estar sucia. ¿También le podría pasar a Puertollano?

            He visto los pollitos, los pastores, tiernas estampas que me parecen bellas. Pero los pastores tienen suciedad en las manos, polvo en el pelo y barro en los zajones; les huelen los pies. He sentido el viento, las hojas de otoño y los árboles floridos: y me parecen bellos. Y he comido algarrobas y espigas y pan con quesito y estaban ricos; el buen sabor es la belleza del gusto, esa belleza que no tenemos en el carbón de Puertollano. Ni en el petróleo. ¿O sí? Bellos son los tebeos, las historias, las leyendas; y Goliath,  y Crispín, y el capitán Trueno; aunque Doble Ron sea un borracho y esté sucio el doctor Salasso. Vulcano, el tártaro, las brujas, el infierno, el porquero Eumes, todos son bellos como la pulcritud de un via crucis; sin embargo son sucios. Son leyendas, son historias bellas, bellas porque las vemos lejos, aunque de cerca sean feas. ¿Acaso también, para encontrar la belleza de Puertollano, haya que marcharse del pueblo? ¿Verlo de lejos, en el tren, o cribarlo con la distancia del recuerdo? 

            Hay cosas feas en la naturaleza. Que son feas sin ser sucias, como por ejemplo la cigarra; porque tiene las alas de un gris blancuzco y desagrada la estridencia de su canto; y sin embargo, gusta. Feos son los grillos, los escorpiones, los cardos, los matojos, el sudor de la tierra, los charcos, el polvo, el barro; fea es la estepa, que es una tierra seca, estéril, llena de caminos pedregosos, polvorientos y bellos; y sin embargo ahora que los describo los estoy haciendo bellos; fea es la polvareda, feos los hierbajos, feo el rostro escuálido de don Quijote; los terraplenes, los gorgojos, la maleza, fea es la naranja con azúcar que no le gustaba a mi hermana. Y hay cosas que a la vez son feas y bellas como el resplandor, la lluvia, los rayos y los truenos; y cosas que, siendo hermosas, también son limpias: como la placa donde mi madre hacía la comida, la lumbre que se escapaba de la chimenea, que en el aire formaba hilos de humo, nubes grises, borrones de niebla; y, siendo humo,  no era feo como el de la fábrica, la locomotora, el carbón de las minas; porque la lumbre que encendía mi madre la encendía con carbón y siempre tenía a su lado la badila, el recogedor. El brasero que soplaba hasta las brasas, la ceniza que lo cubría como si fuera estufa, todo era limpio y bello aunque se ensuciaran las manos. ¿No podría ser igualmente bello el carbón de Puertollano? Como el color de la vida, que en el pueblo es en blanco y negro. Nosotros llevábamos ropa de colores pero los policías vestían de gris, y el gris y el color resultan, cuando se funden en la memoria, un cuadro bello.

            Como también es bella la libertad: que en Puertollano tenía un corsé, el corsé de la disciplina, que no dejaba mandar y sólo la obediencia era posible; el temor, el rumor, el rumor que sale del temor y multiplica el miedo, que se multiplica, a su vez, con el miedo lejano de la guerra; los terrores de la guerra se incrustaron en la memoria y ahora mismo nos han paralizado; y han entronizado la injusticia y han convertido al español en un perdedor.

El miedo está en la casa de baños. En la casa terrible de los golpes y los palos. Donde vino a bañarse el general Narváez y mucho más tarde, cuando Puertollano dejó de ser balneario, se convirtió en comisaría. Las palizas, los correazos, la bofetada de mi padre, los puños y las balas: los rumores. Donde no hubo libertad se agazapó la violencia y con violencia destruyeron el poder creador de la palabra; en la palabra atormentaban el corazón de la gente, machacaron la justicia, que crece en las manos del diálogo al que también destruyeron; todo lo que era bello lo hicieron feo y el color de nuestras ropas se fue volviendo gris; y por eso en Puertollano la vida era en blanco y negro; blanca como la cal, como la leche en polvo, y negra como el carbón. Lo bello es feo. 




viernes, 31 de julio de 2020

FAUSTINISMO Y FAUSTINIDAD



FAUSTINISMO Y FAUSTINIDAD        


1. Primeras definiciones.

            A) De la fortaleza:

1.1. Esfuerzo.

            Ser esforzado es, lo contrario que la pereza, tener espíritu de sacrificio, sacar de sí lo que se tiene dentro, sacar esa fuerza o energía interior que nos hace ser mejores. Hércules.

1.2. Valor.

            Ser valiente es también tener espíritu de sacrificio, pero esta vez no está enfocado al despliegue de uno mismo, sino al espíritu de lucha para vencer a la adversidad. El valor es algo más que fuerza, es riesgo, es energía en peligro, es no darle la vuelta a la amenaza para no tener que verse obligado a dejar de ser. El símbolo del valor es Héctor.

1.3. Abuso.

            Todo espíritu valiente es fuerte, pero no basta con ser esforzado para ser valiente. Hércules, siendo esforzado, puede ser valiente, pero Aquiles, valiéndose de su fuerza, es, más que un valiente, un presuntuoso, más que una persona que siente el peligro, alguien que es consciente del peligro en el que está su adversario; no es un ser valeroso sino un abusador.

1.4. Aquiles y Héctor.

            Aquiles tiene fuerza corporal, pero esa fuerza física esconde en el fondo una cobardía moral. Y Héctor, por el contrario, detrás de su mayor debilidad física esconde una verdadera valentía, una fortaleza anímica y moral. El desánimo no es propio de Héctor, sino de Aquiles; por eso Aquiles tiene en una cara de la medalla la fortaleza física y en la otra la cobardía: entendida esta última no sólo como falta de carácter (de fuerza para enfrentarse al adversario), sino sobre todo de iniciativa: de fuerza para tomar la decisión de luchar.

Esfuerzo y valor.

            Llamamos esfuerzo al sacrificio por ser uno mismo. Llamamos valor al esfuerzo sacrificado por estar en el mundo, y que el mundo no te quite ninguna de tus posibilidades de ser.


            B) De la flaqueza.

1.5. Miedo.

            El miedo es la falta de fuerza para ser lo que podemos ser, y para salvar los obstáculos que nos impiden estar donde podemos construirnos como somos, y, por tanto, llegar a ser lo que podemos ser. Es lo contrario de la rebeldía. La rebeldía es cuando nuestras fuerzas nos lanzan a combatir los obstáculos que nos impiden crecer (obligándonos a ser como quiere el mundo sin dejarnos, en esa adaptación necesaria de seres que crecen juntos, ser como queremos ser: aunque la realidad sea sólo una parte de lo que queremos).

1.6. Rebeldía.

            La rebeldía es, pues, espíritu de lucha; lo contrario es el miedo, que nos paraliza. Del mismo modo el esfuerzo es espíritu de superación, y lo contrario es la pereza, que nos paraliza también.

1.7. Extravío.

            Podemos ser esforzados perdiendo el norte; emplear nuestras fuerzas en la consecución de objetivos que no valen la pena, como cuando nos empeñamos en el estudio olvidándonos de vivir. El extravío puede ser rebeldía o esfuerzo, no paralizados por la pereza y el miedo pero tampoco empeñados en la vida, sino confundiendo las cosas porque lo que nos guía es la obsesión. Obsesionarse es perderse y tomar un camino que no es el que debíamos tomar.
            A veces tenemos miedo a la vida, miedo al error: y queremos caminar de nuevo para no volver a equivocarnos en lo mismo; corregir lo que hemos fallado. Y a veces ya es tarde, como la vida no tiene ensayo, su único ensayo es al mismo tiempo su única representación; y cuando queremos rectificar ya es contra la naturaleza, firmando tratos con seres que prometen cosas imposibles y las cumplen sin cumplirlas, violando el trato que firmaron con nosotros sin estar capacitados para firmar.

            C) De la dominación.

1.8. Soberbia y envidia.

            Soberbia es creerse más que los otros. Envidia es saberse menos. El soberbio pisa a los inferiores para disfrutar de su superioridad. El envidioso los pisa para quitarles lo que les sobra y así dejar de ser menos que ellos. El poderoso aplasta a quienes no tienen sus poderes para regodearse con ellos: como el forzudo machaca a quienes no tienen su fuerza para sentirse fuerte sobre el débil. El envidioso a quien le falta un brazo les corta el brazo a los otros para no ser menos que ellos. El poderoso disfruta destacando lo que les falta a los demás; el envidioso, suprimiendo lo que les sobra.

1.9. Avaricia.

            ¿Y la avaricia? La avaricia es desear las riquezas de los otros: no su propia riqueza personal. Al avaro no le importa que los otros sean mejores (como le importa al envidioso): pero le importa tener más riquezas y también atesorarlas para no tener que gastarlas nunca, porque si se las gastan las pierden y es preferible siempre tener antes que disfrutar. El avaro (Lucifer, que busca el poder) disfruta contemplando lo que tiene; y el vividor (que es Don Juan disfrutando del placer) disfruta gastando en lugar de contemplar; pero lo que contempla el avaro es el precio de sus riquezas, mientras que el sabio contempla lo que vale tanto que no tiene precio; y el vividor disfruta el oro en lugar de contemplarlo, goza de él, gastándoselo, convirtiéndolo en placeres que, si no lo hacen feliz, por lo menos le hacen gozar.


2. ¿Qué es la vida? Los ingredientes de la vida.

            Si consideramos que la vida es placer, poder, amor, saber y querer, existen diversas amputaciones de la vida; vidas disminuidas que disfrutan solamente de uno de sus ingredientes despreciando los demás: son el donjuanismo, el faustinismo, el progresismo y la faustinidad. Antes de caracterizarlos hagamos un retrato más completo de cada uno de sus ingredientes.
            a) El placer es la juventud en lo que tiene de capacidad de disfrutar del cuerpo, que es el mundo de la sensación. El placer es la vida reducida al disfrute del presente, olvidándose de la trascendencia, de lo que va más allá del estrecho goce del aquí y ahora.
            b) El amor también es la juventud, pero considerada esta vez como disfrute sentimental del cuerpo: es el mundo del sentimiento, de la emoción. También se trata del disfrute del presente, que desea durar; es, valga la paradoja, un presente trascendente donde el momento está lleno de promesas, y por tanto de sueños, que se disfrutan sublimando la sensación sin llegar a destruirla en tanto que sensación.
            c) El poder es el afán de dominio, la pérdida del alma. Si el cuerpo de la vida es el placer, su alma es la naturaleza, la aceptación del dolor para evitar la muerte: en una palabra, la vida tiene alma cuando se respeta a sí misma, cuando respeta a la naturaleza que contiene. La pérdida del alma es la destrucción de la vida, que se convierte en poder: lejos de vivir la trascendencia del presente (como hace el amor), el poder se come el presente y la trascendencia, los domina, los anula y suprime, y, cegado por esa obsesión, ni disfruta del presente ni goza de la trascendencia, pues nos coloca ante el placer de vivir más lejos, más adentro y más allá.
            c) El querer es la definición misma de alma: rebeldía, que rechaza someterse al poder, que no quiere dominar el mundo en lugar de disfrutarlo; el querer, en tanto que la rebeldía, es rechazo de la sumisión, y deseo de disfrutar del cuerpo sin renegar del alma, vivir la vida (si para luchar contra la muerte es preciso, junto al placer, aceptar el dolor).
            c) El saber es la capacidad de vivir el pasado y el futuro renunciando, para ello, a vivir el presente. Como búsqueda de la trascendencia es renuncia al momento y es, por tanto, lo contrario de la juventud: el sabio es el viejo, que compra trascendencia pagándola con juventud, y vive más allá del momento, perdiendo el momento y ganando, en cambio, la vida vacía: llenándose de vejez.
            Resumiendo: la vida tiene un cuerpo, que es la sensación, y un alma, que es el sentimiento; el sentimiento sin sensación es alma sin cuerpo, y no es vida sino vejez; la sensación sin sentimiento es cuerpo sin alma y tampoco lo es, sino gamberrismo; la verdadera vida es cuerpo y alma, sentimiento en la sensación, y eso es el amor. El amor verdadero, sentimiento y sensorialidad juntas, es la juventud.
            La pérdida del alma es el poder. La pérdida del cuerpo es la vejez.
            La pérdida del alma es sensación desnuda, y, dentro de la sensación, es rechazo del dolor y pérdida del placer: eso es el poder.
            La pérdida del cuerpo es la vejez, y ser viejo es tener afán por controlar el pasado y el futuro olvidándose de disfrutar del presente; o sea perdiendo el disfrute de la sensación. En eso se parecen la vejez y el poder.
            La vida, en definitiva, es cuerpo (sensación) y alma (sentimiento), o sea: juventud; y amor. Se pierde en la sensación, en la vejez y en el poder. Y en tanto que lucha contra el placer desnudo, la vejez y el poder, vivir es lo mismo que querer: la vida es rebeldía, lucha, respeto por la naturaleza, y en definitiva rechazo de la sumisión.


3. Las formas de vivir.

3.1. El gamberrismo.

            Consiste en reducir la vida al placer de la sensación, y eso es lo mismo que renunciar al alma para disfrutar del cuerpo, comprar el cuerpo y pagarlo con el alma. Ea el viejo tópico de vender el  alma al cuerpo (que, amputado de esa manera, no es otro que el diablo).
            Esa reducción de la vida al momento presente es vivir el presente sin pensar en la trascendencia, y esa amputación es el gamberrismo. Cuando el gamberro amputa su vida para vivir, y sobre todo para sobrevivir, es el pícaro. Y cuando lo hace sólo para disfrutar, es un donjuán; el donjuán utiliza el engaño para burlar a las mujeres, pero también busca el dinero fácil perdiéndose en la pendencia y el juego.

3.2. El faustinismo.

            Consiste en no ver en la vida más que poder. Sed de poder. Lucha por el poder. Y al confundir la vida con el poder no ve en la naturaleza más que medios que deben ser doblegados en beneficio propio, pero no para vivir, sino para disfrutar de su dominación.
            Es el pecado de soberbia. El faustinismo es el dominio del presente (para hacer en él lo que quiera, para salirse con la suya) y de la trascendencia (para dominar el pasado y el futuro, para que no haya otro futuro más que el querido por él). Es el espíritu luciferino, el de la criatura que no quiere medirse con su creador sino dominarlo, derrotarlo aunque sea empleando las malas artes. Es la envidia de la madrastra de Blancanieves. O el espíritu de Frankestein, que no ve en la naturaleza más que utilidad; y es capaz de torcer el ser de las cosas con tal de dirigirlas hacia la satisfacción de sus intereses, esclavizándolas en su propio beneficio.
            El faustinismo es el vicio de Fausto: el otro es la faustinidad. El faustinismo consiste en vivir el presente y la trascendencia a costa de violar los límites de la naturaleza. Siempre torciendo la naturaleza en beneficio propio.

3.3. La faustinidad.

            Es el otro vicio de Fausto, tal y como lo encontramos en la famosa obra de Goethe. La faustinidad consiste en no ver en la vida más que saber, estudio, alimento del asombro, de la curiosidad; si la vida es juventud, es decir amor y placer, sentimiento y sensación, y si la vida camina hacia la vejez haciéndose cada vez más sabia: entonces obsesionarse por el saber y el estudio es buscar la trascendencia pagándola con la sensibilidad.
            Faustinidad es vivir la trascendencia a costa del presente, la pasión de Fausto: una obsesión por estudiar, un sacrificio de la vida en las bibliotecas, y ese vivir dedicado al estudio es como una falta de ganas de vivir, es una forma de locura intelectual a la que llamamos empollar, no estudiar; el empollón, para enfrascarse en los libros, se olvida de vivir, y luego descubre, cuando ya es tarde, que para secarse el seso se ha olvidado de la juventud y del amor: y no le queda más remedio que comprárselas al diablo cuando ya se ha hecho viejo y lo ha perdido casi todo.
            Pero no sólo nos seca el seso la vida estudiosa. También lo hace la obsesión por las historias; como don Quijote que, obsesionado por las novelas de caballerías, se llena de ideales (alma sin cuerpo) y se olvida de vivir, convirtiéndose en un ser tan bueno como marginal y extraviado.


3.4. El progresismo.

            Consiste en poner el poder al servicio del querer. Es el espíritu prometeico, o, si queremos, baconiano, que no busca el poder por el poder (como le pasaba a Lucifer), sino tan sólo como una herramienta para ser feliz. En su rebeldía contra la postración en que lo han sumido los dioses, Prometeo es capaz de robarles el fuego para entregárselo a los humanos e inaugurar, con ello, la ciencia, la técnica y la cultura. Es el cientificismo, sí, pero también la sabiduría entendida como búsqueda de los medios para vivir mejor. A veces los dioses no lo entienden. En la Biblia se castiga la curiosidad, confundiendo a la gente, en el famosos episodio de la torre de Babel (Aristóteles, en cambio, hace de la curiosidad el motor de la filosofía). Y se castiga severamente la búsqueda del árbol de la ciencia, como un pecado original. Ya hemos visto lo que le pasó a Prometeo. Es como si los dioses hicieran inteligente al ser humano para condenarlo, después, a no usar su inteligencia. Y se confunde, equivocadamente (pero esto no lo hace dios sino sus intérpretes), la curiosidad con la soberbia, la felicidad con el egoísmo, la alegría con la vanidad.

4. En torno al mito de Fausto.

            El espíritu fáustico, que es el propio del faustinismo, ¿es luciferino o prometeico? ¿Quiere adueñarse del mundo, imponerle su voluntad (el poder por el poder) sin necesitarlo para su supervivencia? ¿O pretende dominar a la naturaleza para vivir en ella, vencer la adversidad (el poder para vivir) como medio de superar los retos, para convertirse, así, en dueño del propio destino? Ya hemos visto que es lo primero. Lo segundo, como espíritu prometeico, no es faustinismo, sino progresismo.
            Pero no se trata de vender la vida. Si el faustinismo la vende por sed de poder, por un afán gratuito de dominio, entonces es una obsesión. El progresismo, en principio, no lo hace, porque busca el poder como instrumento de defensa, de protección, no de dominio; pero si algún día el progresismo vendiera la vida para comprar la necesidad de vencer, aunque esa necesidad fuera provocada por los retos de la naturaleza, entonces el progresismo caería, decididamente, en la perversión.
            El espíritu fáustico busca el poder por el poder, y eso es lo propio del faustinismo. El espíritu faustino, por el contrario, busca el saber por el saber, y eso es lo propio de la faustinidad. Cambiar juventud por sabiduría es perder la juventud y recuperar, a costa de la sabiduría, la juventud perdida; es una forma de vender el alma al diablo, de ir contra la naturaleza, de hacer al revés las cosas que son irreversibles, de torcer la flecha del tiempo, de vivir de nuevo lo que no tiene ensayo, lo que es representación única, la vida que no se  puede repetir.
            Dos formas hay de vender el alma al diablo: por amor y por ambición. El faustinismo reniega de la vida por el poder y se vuelve diablo. La faustinidad quiere recuperar la juventud perdida y se pone en manos del diablo. Las dos son formas del fracaso. El espíritu fáustico, como el faustino, son el espíritu del perdedor.



viernes, 1 de mayo de 2020

HELA



HELA  
  

En tiempo de coronavirus mucha gente se ha acostumbrado a querer a los médicos, hombres y mujeres; a las enfermeras, mujeres y hombres; a los encargados de la limpieza, a los celadores, a quienes están en las oficinas, a quienes trabajan en los laboratorios, a todos. Todos trabajan en los hospitales Y todos, en la difícil tarea de curarnos, se exponen a quedar infectados. Ya han muerto varias mujeres que abrazaron la medicina; varios hombres; enfermeras, muchas; como si de una guerra se tratara, ellos están en primera línea; cubiertos de disfraces, máscaras, guantes, y por más aislantes que se pongan, el virus se cuela por las rendijas; por las rendijas más inverosímiles. Por eso todas las tardes, cuando llegan las ocho, la gente sale por las ventanas y comienza a aplaudir; en señal de agradecimiento; para quererlos.
Suena también la canción del Dúo Dinámico, ésa que se ha convertido en símbolo de resistencia; “Resistiré”. Son unas palmas que se oyen al principio. A esas palmas se unen otras. El aplauso se va volviendo más intenso y es un clamor que hace temblar las calles con sus golpes cantarines. Después de un buen rato, suena una sirena. Todas las tardes se oye la ambulancia y entonces los aplausos redoblan en intensidad. Antes de que el aplauso se extinga suena, a veces, el himno de la legión. El novio de la muerte. Muchas veces me he preguntado qué pinta el canto a la muerte en una explosión de vida. 


Pero los médicos tienen casas. Los hombres y mujeres que se han dedicado a la medicina. Los enfermeros y enfermeras. En sus casas, manos anónimas deslizan papeles por debajo de las puertas Y de los dependientes y cajeros que trabajan todos los días en las tiendas. “Estás infectado. Estás haciendo una buena labor, pero a tu lado todos los vecinos corren peligro. Por favor, vete de casa. No vuelvas. Hay dormitorios que pone el ayuntamiento para la gente, vete allí, duerme allí fuera, déjanos vivir tranquilos. Luego, cuando todo haya pasado, puedes volver pero ahora no, por favor, que no queremos morir por tu culpa”. Algunos papeles están subidos de tono, con el miedo convertido en desconfianza, la desconfianza en recelo, y el recelo en odio. Aquella médica que bajó al garaje se encontró escrito en su coche, con letras bien grandes, unas palabras infamantes: “rata infectada”.
Muchas veces me pregunto si quienes escriben eso son los mismos que aplauden. Creo que no. O puede que sí. La sociedad se parece a Hela, la diosa escandinava de los infiernos, que tenía la cara partida en dos mitades: en una tenía pintada la noche; en otra, el resplandor del sol; como si los mismos corazones estuvieran bañados por el bien y por el mal; o dos caras, como Hermes; los dos lobos. “Siento que hay dos lobos dentro de mí”, decía el joven indio, “uno bueno y otro malo: ¿cuál de ellos vencerá?”; el viejo le contestó: “el que tú alimentes”. Dos lobos yacen en el fondo de la sociedad. En el corazón de cada uno. Uno aúlla y está dispuesto para las dentelladas. Otro se conmueve con la ternura de los lobeznos. ¿Cuál de ellos somos nosotros? Nosotros somos los dos.
Hay gente que destila desconfianza y mira con recelo. Y gente llena de fe: rezuma generosidad. La gente que cree se llena de esperanza, la que no, se baña en la desesperación. Muy pocos quieren mal, muy pocos tienen odio; pero hay muchos que, por miedo, son capaces de odiar y son crueles; la violencia es un arrebato de amor a la propia vida que, asustada, es capaz de anular a quienes supongan peligro; aunque sea para querernos. El amor, como el odio, también tiene dos caras, y en una se presta a salvarnos; mas para salvar al enfermo tiene que ponerse cerca de él y puede que se contagie; el médico infectado se pone en peligro para curar a quien está en peligro y, para que no suponga una amenaza (ni para sí ni para el otro) se pone máscara y coraza, se protege con las ropas, se aísla; y no toca a quien necesita que lo abracen porque el peligro acecha. 


Es muy fácil ser bueno desde lejos. Escribir en las cartulinas palabras como “solidaridad”, “paz”, “amor”, poner citas de gente famosa y cantar himnos contra la guerra. Todo eso queda bien, pero es muy fácil; demasiado fácil. Lo difícil es meterse en la realidad, mezclarse con la gente, tomar riesgos y, en medio del peligro, seguir siendo buenos. Alguien dijo que mezclarse con las cosas se dice, en latín, “inter esse”: de ahí viene la palabra “interés”, pero también “interesante”; uno puede hacer campaña contra el tabaco siempre que su padre no trabaje en una fábrica de tabaco, porque ahí lo interesante choca con nuestros intereses; porque si conseguimos que prohíban el tabaco y que cierren la fábrica, mi padre puede perder el empleo. Es muy fácil ser bueno desde la distancia; pero cuando las cosas buenas tienen consecuencias malas, entonces nos pensamos dos veces si nos conviene ser buenos; ahí se encierra todo el meollo de la educación moral.
Es muy fácil defender a los judíos cuando no se vive en la Alemania nazi. Preocuparse por los negros cuando no tienes cerca al Ku-Kux-Klan. Proteger a los armenios cuando no vives en la Turquía de la persecución. Mirar por los que señalan como brujos cuando no sientes en tu aliento la amenaza de la Inquisición. Preocuparse por los perseguidos desde lejos es bien fácil, no cuesta asentir en la iglesia cuando se dicen las bienaventuranzas de quienes padecen persecución por la justicia. Hacer el bien es cosa fácil desde lejos: lo difícil es mojarse; entonces queremos lavarnos las manos, como Pilatos.
Lavarse las manos. Dejar que triunfe el mal, pero desentenderse de él. No hacer nada por evitarlo porque tenemos miedo. Yo lo entiendo. Hay que ser valiente para enfrentarse con el peligro, no es fácil arriesgarse. Pero si hemos de vivir y la vida es estar mezclados entre las cosas, y si no basta con escribir palabras fáciles en los murales y regarlas con canciones, si vivir es estar entre las cosas, entonces no tenemos más remedio que comprometernos. Pero hay que ser comprensivos y aceptar que se puede comprometer uno de varias maneras, y no tenemos derecho a imponerle a nadie su grado de compromiso. Unos se atreverán a arriesgar su vida para proteger a los demás, para luchar contra la injusticia: no todos pueden. Otros podrán, en cambio, acompañar las buenas acciones sin hacer nada para fomentarlas, pero sin impedirlas tampoco: ésas también son personas buenas aunque los domine el miedo. Hacer proclamas en el vacío es muy fácil; bueno, tampoco hace daño. Pero lo que no se puede hacer es hacerlas por el día y desmentirlas con el gesto  por la noche. Y aquí es donde vuelven las gentes que trabajan en el hospital.
Está bien aplaudir a los médicos por el día y demostrarles nuestro cariño; pero no está bien deslizar papeles bajo sus puertas cuando nadie nos ve. Hacer a solas lo contrario de lo que hacemos a la luz pública es hipocresía, y permitir que unos discriminen a los médicos mientras otros les aplauden es vivir en una sociedad hipócrita. Ni las personas ni la sociedad deberían tener dos caras. La que se muestra es alegre, bondadosa, radiante y a menudo valiente. La que se esconde no sólo es cobarde sino también triste, y la domina el miedo. Las dos caras de Hela, la diosa de los infiernos. Las dos caras de Hermes. Los dos lobos. Es muy fácil aplaudir a los médicos cuando eso está bien visto; lo difícil es enfrentarse a los desaprensivos y seguir haciéndolo. Lo difícil es nadar contra la corriente. Y hay que sentir que nuestro mundo no debería ser un infierno.


viernes, 7 de febrero de 2020

LA VOLUNTAD

  

LA VOLUNTAD


Cordura.

            Siempre que hacemos algo es por algún motivo. Algunas veces nos mueve el capricho (vemos una pastelería y compramos compulsivamente un dulce, movidos por la tentación); otras lo hacemos porque nos mandan, cumplimos órdenes (el soldado tiene la obligación de hacer lo que le dice el superior); otras, porque estamos acostumbrados a hacer siempre las mismas cosas (atendiendo a los dictados de la moda, las formas de hablar y comportarse de la gente de nuestro pueblo, nuestras propias rutinas adquiridas, etc.); habrá veces que actuemos de manera automática, movidos por nuestro temperamento (unos son impulsivos, otros tímidos, otros pesimistas); otros se dejarán llevar por reflejos aprendidos (cerrar la puerta después de entrar, apagar la luz al salir), por reflejos innatos (taparse la cara cuando nos tiran una piedra); otros, por el contrario, actuarán movidos por fantasías, desvaríos, quimeras (don Quijote dando estocadas a los pellejos de vino porque confundía los pellejos con enemigos y el vino con la sangre); y habrá también quien, desprovisto de toda motivación, se deje llevar por la abulia y no quiera nada; o porque le dé pereza arrancar a andar.
            Nos conviene siempre pensar lo que vamos a hacer para estar seguros de que lo interesante es beneficioso. Me pueden tentar los dulces pero tal vez sea diabético. Mis amigos beben más de la cuenta pero a mi salud no le conviene beber. Me gusta mucho el picante pero acaso mi estómago sufre. El jefe me manda abusar de otro pero eso repugna a mi conciencia. Hay cosas que no me conviene hacer, bien porque me harán daño (como abusar de los dulces), o bien porque chocan con mis instintos morales (como abusar del débil). Llamamos prudencia al arte de elegir siempre lo más conveniente y justicia al arte de elegir lo  que me manda mi conciencia; en ambos casos buscamos felicidad, pues no pueden ser feliz ni el imprudente ni el injusto. Admitamos que la unión de la prudencia, la felicidad y la justicia se llama cordura; que tiene mucho que ver con la cordialidad (“cordis” en latín significa “corazón”).

Eficacia.

            Una vez que hemos visto claro lo que queremos hacer conviene mirar bien cuáles son los mejores medios para conseguirlo. Si me empeño en hacer triplete tal vez lo pierda todo por querer ganarlo todo, quizá mis fuerzas no sean suficientes: ¿hacer triplete o ganar la liga? Acaso me convenga centrarme en la liga y olvidarme del resto, porque “quien mucho abarca poco aprieta”. Acaso sea preferible perder esta batalla si con ello conservo mis fuerzas intactas para ganar la guerra. Tal vez si me empeño en aprobarlo todo suspenda algo porque el nivel de exigencia sea demasiado alto, ¿quién sabe? O tal vez si lo hubiera intentado todo lo habría ganado todo (liga, copa y champions), y valía la pena arriesgar. Yo sé lo que puedo, pero puede que no sea consciente del nivel de lo que me exigen. O sí. Debo elegir lo que me gusta con toda libertad, y dentro de lo que me gusta, debo elegir lo que me conviene, y dentro de lo que me conviene, lo que me hace feliz, que siempre es inseparable de lo que hace felices a los demás; para eso a veces es necesario tener imaginación, pero sin abandonar el realismo; quizá a eso lo podamos llamar utopía; verdadera utopía: un terreno sólido para tomar impulso y una ligereza propia de quien aspira a volar. La utopía tiene que ver poco con la quimera; se trata de imaginar cosas que no existen, pero plantearlas para que puedan echar raíces (y raíces sanas) en la existencia; cosas que no existen pero que podrán existir.
            Buscar los medios más adecuados para conseguir lo que queremos bien puede también llamarse prudencia, pero no es aquí la prudencia de la ética (que tiene mucho que ver con la cordura) sino de la técnica, y es más bien cuestión de estrategia (que apunta a lo que llamamos eficacia). Plantearse metas sin medios o no sopesar los medios es inconsciencia, mientras que plantearse metas sin cordialidad y sin cordura es fanatismo. Contra el fanático no hay nada mejor que la duda, el escepticismo (nunca exagerado, siempre razonable); hay que cuestionar siempre lo que tenemos entre manos hasta borrar cualquier sombra de daño, tanto si nos lo podemos hacer a nosotros como a los demás.


Decisión.

            Ya tenemos claro lo que queremos hacer. Ahora tenemos que pensar en decidirlo. ¿Cuándo hemos terminado de pensar las cosas? ¿Cuándo podemos pasar a la acción? Hay quien lo piensa todo demasiado y no se decide nunca: son personas que disfrazan de prudencia su cobardía; parecen personas sensatas que van al fondo de las cuestiones, porque no paran de darles vueltas a las cosas, pero son en realidad personas indecisas, no se atreven nunca a tomar una decisión; analizar las cosas es como mirar un mapa cuando nos vamos de viaje; decidirse a realizar lo planteado es como encender el motor; mucha gente se pasa la vida viendo mapas e imaginando los viajes que se podrían hacer; pero no todos se atreven a hacer un viaje de verdad.
            Se trata de ser atrevido, tener valor, osadía, fuerza de voluntad. Decidirse es tensar la energía como se tensa el arco, y dispararla como se dispara la flecha después de haber apuntado. Llegar a una conclusión es, más que decidirse, dejarse llevar por la lógica de los hechos, pero decidirse es tomar el camino en el que el análisis ha concluido, para explorarlo y comprobar si es verdad lo que hemos analizado. La duda, que era una virtud mientras estábamos deliberando, ahora se convierte en un lastre; nada es tan pernicioso como vacilar continuamente cuando hemos decidido avanzar por un camino; si debíamos tomar ese camino u otro es algo que hemos sopesado mucho cuando estábamos pensando, pero ahora se trata de explorarlo y ya no hay que dudar sino decidirse; a menos que aparezcan peligros inesperados que hagan necesario reflexionar otra vez. Si hemos llegado a la conclusión de que para estudiar hemos de ajustarnos a un horario y si no hay nada que impida llevarlo a cabo, no sirve de nada contemplar el horario un día tras otro retrasándolo siempre: hay que decidirse a cumplirlo de una vez; hay que empezar a caminar.

            La deliberación requiere prudencia, la decisión requiere valor (que es justamente lo contrario): hay que ser paciente y esperar cuando se piensa, frenando nuestros ímpetus; pero cuando tenemos las cosas claras no hay que esperar más; si confiamos en nuestras razones hay motivos para tener esperanza, y esperar que se cumpla lo que creemos que va a pasar. Ser paciente es lo contrario de ser decidido, pero decidimos ser pacientes y eso es valentía, y después decidimos andar y eso es valentía también: paciencia en el primer caso y atrevimiento en el segundo; atreverse es desafiar a la suerte, enfrentarse a las dificultades, tener el valor y el deseo de vencer. Hay quien necesita obligarse a sí mismo para no sucumbir a la tentación de desfallecer: Cortés quemó las naves y aquel perezoso pagó en la universidad una matrícula muy cara para verse obligado a estudiar, so pena de perder el dinero que había invertido; es bueno nadar y guardar la ropa, pero cuando eso amenaza con derrumbar nuestra valentía es necesario lanzarse al agua sin cubrirse las espaldas: o de lo contrario no nos lanzaremos jamás; si hemos comprobado que el trampolín es seguro no tiene sentido seguir pensándolo veinte veces antes de dejarse caer; cuando la duda es motivada por la prudencia es necesario dudar, pero cuando es espoleada por el miedo, no.


Tenacidad.

            Ya hemos tomado nuestra decisión: ahora es necesario llevarla a cabo. Hay alumnos que deciden estudiar, pero cuando llega el momento de hacerlo siempre lo posponen para otro día: ahora la virtud que necesitamos es la constancia; y, si se presentan dificultades, tenacidad: justo lo contrario de la pereza. Si la falta de ganas de querer hacer cosas era abulia, la falta de ganas de hacer las cosas que queremos es pereza; por lo tanto la pereza no es aquí un ocio creativo, sino un lastre que impide la creación; y ya se sabe que los globos, para poder volar, necesitan arrojar lastre; liberarse de las trabas que los hacen pesados y tiran de ellos hacia abajo, quitándoles ligereza.
La pereza es como un peso que nos impide movernos, que nos quita la energía. El perezoso no es culpable de ser perezoso, sino víctima de su pereza; necesita hacer acopio de grandes dosis de energía para hacer tareas que otros hacen casi sin esfuerzo; puede, es verdad, salir de su inercia, paro le cuesta mucho hacerlo solo; necesita sentir la presión de los plazos que se cumplen (por eso lo hace todo a última hora), del jefe que le obliga (por eso sólo trabaja cuando se ve forzado), de la paga que no cobra (por eso no sabe trabajar si no hay un incentivo, si no lo empujan las amenazas, o los premios, o los castigos). Se acusa al perezoso por vago y no tiene la culpa de serlo; pero la tiene de no hacer nada para combatir su pereza. El vago, con el tiempo, es desgraciado, porque ve que todos van cumpliendo sus objetivos y él se va quedando en la cuneta.
De modo que la pereza es a la vez un castigo y un pecado; un castigo por una culpa que no tenemos, y un pecado que merece castigo cuando no hacemos nada por remediarlo; no somos responsables de estar en el agujero, pero sí lo somos de no salir de él. Eso, por supuesto, si nos referimos a la pereza congénita: la de quienes están en el agujero desde que nacieron. Luego está la pereza adquirida, de aquellos que han adquirido malos hábitos durante toda su vida y se han acostumbrado a la pereza: ellos han caído en el hoyo por preferir siempre lo fácil, cuando lo fácil te quita las fuerzas que tienes y te convierte en un ser desprotegido; el estudio te carga de herramientas que te van a servir porque cada herramienta aumenta tu energía, y el concurso de todas las herramientas coordinadas multiplica la fuerza de cada una, elevándola siempre a su máxima potencia.
El lastre es un peso que te quita la energía. La cultura es un peso que fabrica más energía de la que tienes, y consigue que, siendo cada vez más fuerte, cada vez consigas más ligereza. Hay que arrojar el lastre por la borda. Hay que llenar nuestros almacenes de máquinas culturales que refuercen y dinamicen nuestras capacidades psicológicas. Hay personas muy decididas, pero poco constantes; se emocionan fácilmente, pero se desinflan en seguida; tal estudiante pagó una matrícula cara para obligarse a estudiar, pero la pereza vació su combustible y cada vez flojeaba más, hasta que acabó tirando el dinero que había pagado. Muchas veces hay que cargarse de amigos que tiran de nosotros para salir de la pereza.


A modo de conclusión.

En fin, las cosas que hacemos no debemos hacerlas porque tengamos ganas sino porque pensemos en las ganas que tenemos; midiendo con sensatez los pasos que vamos a dar, y reajustándolos mientras los vamos dando; decidiéndonos con valor, y siendo constantes en el trabajo. Prudencia, crítica, decisión y tenacidad, tales son nuestras virtudes. Preferencia, deliberación, decisión y ejecución, tales son las fases del acto voluntario. Así lo entendía Aristóteles. Si tenemos la cordura de conjugarlas adecuadamente haremos las cosas bien, y pocas veces llegaremos a equivocarnos. La prudencia de la ética: cordura. La prudencia en la técnica: eficacia. La pasión en el valor: decisión. Y la constancia en el trabajo: tenacidad. Con estas virtudes nos enfrentaremos a la abulia, la inconsciencia, la cobardía y la pereza. El éxito nos esperará a la vuelta de la esquina aunque nos equivoquemos a veces. El mérito será nuestro y será obra nuestra cada una de las cosas que hagamos: no del azar; aunque el azar tenga, inevitablemente, una parte del protagonismo que se enfrenta al protagonismo que tenemos; y a veces es el antagonismo fiero al que tenemos que derrotar.







viernes, 31 de agosto de 2018

LAS IDEOLOGÍAS



LAS IDEOLOGÍAS


            Quizá el rasgo más característico de toda ideología sea que todo gira en torno a un núcleo sagrado; por sagrado entiendo lo que no se puede tocar, ni criticar, lo que es absoluto e incuestionable, lo que escapa, por tanto, al poder de la razón. Ser sagrado es lo mismo que ser tabú: ni se toca ni se habla de ello, a veces ni siquiera para dorarlo; lo innombrable, lo prohibido. La revolución. La raza. La nación. Dios. Una ideología es una construcción de sensaciones, sentimientos, razones y palabras, que se levanta para apuntalar un sentimiento supremo que le da sentido a todo. Si quitamos ese sentimiento (que está más allá de toda duda) se desmorona todo.
            Una ideología es el retrato de un mundo ideal al que aspiramos. Su punto de partida es el análisis del mundo real, en el que vivimos, y la identificación de lo que queremos que cambie para convertirlo en un mundo mejor. Su meta, el retrato de ese mundo mejor al que queremos llegar. Entre ambos mundos hay un camino que tenemos que trazar para saber cómo llegar del uno al otro. Estas tres facetas de la ideología, que son como sus tres caras, son, respectivamente, la realidad, el ideal y la estrategia. La realidad se estudia mediante la razón que produce deseos, iluminada ella misma por el deseo. El ideal se construye mediante el deseo iluminando a la razón. Y la estrategia puede ser razonable (si la razón le marca el camino al deseo) o delirante (si es el deseo el que conduce a la razón hasta ahogarla).
            Así, una ideología tiene un cuerpo racional obedeciendo a un sentimiento intocable. Es una cabeza al servicio de un corazón, hoy diríamos que un córtex esclavizado por un sistema límbico. El cuerpo racional es la doctrina. El ideal es la luz que la ilumina. Si la doctrina fuera un barco, el ideal sería el faro que lo guía; y si la doctrina fuera filosofía o ciencia, el ideal sería el mito: un mundo crítico sosteniendo a una realidad incuestionable, la ciencia y la técnica al servicio de la magia y el rito, el intelectual obedeciendo al sacerdote, los doctores de la ciencia escuchando a los doctores de la Iglesia, una escuela racional dando cobertura a la escuela de la fe: ambas juntas configuran una escolástica, un entramado de mentalidades y razones al que Kuhn ha llamado paradigma.


            Tomemos, como ejemplo, un  comunismo de ideología marxista: los dioses incuestionables son los grandes apóstoles de la doctrina (Marx, Engels y Lenin o Mao, según venga al caso); el ideal es la revolución socialista, la diosa suprema, dogmáticamente caracterizada por esos apóstoles; la realidad es la sociedad capitalista, que ellos analizaron y criticaron; y la estrategia sería, según los resultados de ese análisis, la alianza de la clase obrera con el campesinado, o bien el campesinado solo: arrancando en las ciudades o batiendo las ciudades desde el campo, según se trate de Lenin o Mao; y en todo caso por la violencia, después de haber comprobado que la vía pacífica siempre es ahogada en sangre por los capitalistas. Una vez conquistado el triunfo, el poder se erige en sacerdote de la diosa, y se limita a glosar la doctrina de los apóstoles con sus intelectuales orgánicos; los otros intelectuales tienen una línea roja que no deben traspasar con la crítica: la que marca la escolástica revolucionaria. Y así, la crítica es buena si sirve para apuntalar los dogmas fundacionales; en caso contrario será perseguida por desviacionista, porque nadie puede desviarse de los principios; por revisionista, porque nadie tiene derecho a revisar esos principios, que deben ser acatados con fe ciega; y por herejía, porque nadie puede salirse de la ortodoxia. Ya lo decían los filósofos en la edad Media: la razón debe estar al servicio de la fe.
            Esa estructura es el retrato robot de todas las ideologías; el esqueleto que todas tienen en común, algo así como el patrón compartido por todas. Lo que varía es la carne que le ponemos a ese esqueleto. La cara que le ponemos a esa calavera, lo particular y accesorio, el folklore; un folklore que puede mostrar grandes diferencias de unos a otros (desde el culto a la vida hasta el culto a la muerte, tal y como lo vemos en la Unión Soviética o en el Estado Islámico); pero todos comparten el mismo culto a la personalidad (en unos casos, del amado líder; en otros, del dios todopoderoso e inagotable). Regímenes como el de Stalin, Franco o Kim Il Sung son del primer tipo; movimientos como la ETA o el independentismo catalán lo son del segundo; en unos casos se adora al caudillo, en otros al dios que está por encima de todos los caudillos.
            Lo propio de la ideología es que persigue, en una primera fase, a la razón que se rebela contra los ídolos, pero en una fase ulterior acaba persiguiendo cualquier manifestación de la razón misma. La ideología se parece mucho a la paranoia: el paranoico puede tener una lucidez asombrosa, pero sus razonamientos giran en torno a una idea delirante y obsesiva, en eso estriba su locura; y es más peligroso cuanta más inteligencia tiene, todo el mundo sabe que el peor enemigo de todos es el más listo. Ahora bien, el paranoico es listo en sus razones y tonto en su delirio: como dice lapidariamente un conocido refrán, el paranoico es listo de la cabeza y tonto del culo. En este sentido las ideologías (laicas o religiosas) son paranoias; y lo más grave es que las razones sirven para justificar los delirios, y en los delirios, junto con los ideales y las ilusiones, está la realidad de las maldades, las crueldades, los atropellos y los abusos; una ideología es una coartada para justificar la violación de los derechos humanos: del derecho natural, como se decía en los tiempos antiguos. Cualquier dolor infligido a un semejante, aunque sea con ardor sádico, si es por la causa, está perdonado, no ya permitido.


            De modo que una ideología es como una mercancía que queremos vender: bella por fuera, fea por dentro. Como una tentación, como el canto de las sirenas, que detrás de la fascinación nos reserva la muerte. O como una medalla o una moneda, que detrás de su cara tiene su cruz. Lo malo de las ideologías es que su núcleo sagrado deslumbra de tal manera que borra en los adeptos la capacidad de razonar, y los lleva al fanatismo;  no es que no sepan pensar, es que no pueden pensar de otro modo: porque el magnetismo los ciega. Y no todos son tontos de la cabeza, pero sí son tontos del culo.
            Sin embargo las ideologías son necesarias. Son el motor de la historia, nada habría sucedido en el mundo sin una ideología que lo sustentara. El científico, el filósofo, estudian la realidad, y cuando proyectan en ella sus deseos siempre son deseos controlados por la razón: ellos ayudan a avanzar los ideales, pero desgraciadamente nadie los escucha. Sólo cuando la ciencia o la filosofía caen en manos de un ideólogo las ideas se encarnan en la sociedad y se ponen en movimiento. De modo que si no hubiera ideologías los científicos y filósofos se escucharían sólo entre ellos, y con reservas, y aparte de ellos no los escucharía nadie; la sociedad se dividiría en una minoría ilustrada y una mayoría embrutecida, la primera que tiene cosas que decir y la segunda que no quiere escucharlas: porque no pueda; porque su fe le ciega el sentimiento. Gracias a la ideología, el embrutecimiento se vuelve ilustrado y la sociedad avanza, por una sucesión de ideologías, desde las más abyectas a las más humanas: no habría habido revolución francesa si no hubiera habido atrocidades ilustradas; el ser humano no habría salido de las cavernas de no saber retrocedido las glaciaciones… y avanzado las ideologías.
            Pero las ideas tienen efectos perversos además de ser sueños bonitos. El más bondadoso de los ideales acaba produciendo crueldad sin límites (durante unos siglos también le pasó al cristianismo): pero también es cierto que del mismo tronco del que salió Torquemada salieron San Francisco, los mercedarios y el propio Jesucristo. Y si las ideologías son necesarias, será preciso limar sus asperezas, ablandarlas en lo que tienen de duro, cuidar las rosas y quitar espinas. No faltará quien diga que las espinas están para proteger a las  rosas, pero si nos atrevemos a quitar cada vez más espinas (no todas de golpe, por supuesto), llegará un momento en que cada vez haya también menos enemigos de los que protegerlas. Dijo Adriano: si quieres la paz, prepárate para la guerra. Quizás haya que decir más bien: si quieres la paz, aleja de la guerra a tu enemigo. Y aunque siga habiendo ejércitos, cada vez serán menos numerosos y agresivos.  Bosnia Herzegovina se desarmó en señal de paz: y se la comieron sus vecinos, que estaban armados hasta los dientes; por eso quizá no sea sensato desarmarse unilateralmente; el desarme debe ser concertado y realista, y hay que ir sentando las bases para ponerse de acuerdo. Pero, como un antídoto, lo que sí tenemos que hacer es ir desarmando las ideologías. Eso se consigue con la clarificación ideológica. En ella deben intervenir la ciencia y la filosofía. “Guardaos de los falsos profetas”, dice Jesús; para saber si un profeta es falso hay que usar la razón, no el fanatismo; y la fe debe ser racional, no una fe ciega; en síntesis, el propio Jesús viene a decirnos que para que nadie hable falsedades en su nombre hay que pensar las cosas desde una fe amorosa, y creer amorosamente desde la razón, no predicar la fe desde el odio ni extender el odio atizándolo racionalmente: que la propia Iglesia puede ser invadida por sus impostores y atacar a los infieles con la espada, cuando el propio Jesús le quitó a San Pedro la misma espada con la que San Pedro le iba a defender. No a la guerra para defender la religión, ése es su mensaje. El verdadero mensaje de Cristo no es matar a los infieles, sino amar a tus enemigos. Y lo que haya que combatir, lo haremos siempre con la razón; y con la fe; pero ambas guiadas por el amor (razón amorosa y fe amorosa, y amor razonable y fiel, en las antípodas del amor ciego: que amar apasionadamente no es lo mismo que cerrar los ojos para amar).


            ¿Y cómo combatiremos con la razón? Sometiendo a su dictamen al núcleo duro de las ideologías. Claro, hay un núcleo duro en esta ideología que estoy planteando: ese núcleo es el amor. Pero la razón tiene argumentos para defenderlo. Y entonces será ya un ideal, no un dogma de fe: lo propio del ideal es que nos anima y entusiasma; lo propio del dogma, que nos obliga con miedo. Necesitamos menos dogmas y más ideales. Hay que dejar que la razón entre en el templo de los ideales. Del mismo modo que en Einstein todo era relativo menos la velocidad de la luz, en la crítica ideológica todo se puede cambiar menos el amor; porque su cordura resiste bien a la crítica y sale siempre airosa de sus ataques, a diferencia del odio, que sale mal parado; como el egoísmo. Imaginemos a un maestro que enseña que cualquier arma es válida con tal de conquistar el poder; entonces su discípulo, siguiendo sus enseñanzas, lo matará para quitarle el poder cuando haya aprendido: éste es el destino de los maestros sith a manos de sus aprendices; de sus padawan. Pero si enseña que el amor es la fuente del poder, crearemos una sociedad donde la gente conquiste cada vez más poder sin necesitad de matar a quien lo detenta: la razón se lo aumentará a unos y se lo disminuirá a otros, y lo hará siempre mediante el diálogo. Una sociedad donde todos se matan acabará destruyéndose a sí misma en una guerra de todos contra todos. Pero una sociedad donde todos se aman se reforzará cada vez más, pues el amor a las personas se reforzará con el amor a la razón: con la crítica.
            Nos hacen falta ideologías, sí. Que analicen la realidad con la cordura, con el auxilio de la razón, con la lucidez del análisis. Y que sepan querer con amor y no con odio, rechazar las crueldades. Y que construyan utopías donde el suelo empírico, que se resquebraja en las visiones del futuro, se refuerce con el ideal de la razón, alimento de los otros ideales. Y que los ideales no se vuelvan dogmas y se puedan discutir. Y que no haya guardianes de la ortodoxia sino vigilantes de su coherencia, para corregirla todas las veces que haga falta. Donde no se llame traición a la crítica ni debilidad al amor, y donde todas las fuerzas sean vitales y no violencias ciegas, que conducen a la muerte, a la que adoran sin pensar: porque sean fuerzas irracionales; brutales y suicidas, y primitivas, sí, y aunque los instintos primitivos son buenos, sólo se desvirtúan si se alejan de la razón, que los vigila. Vigilancia, sí: pero no para meter preso a nadie sino para ser libres. Nuestros únicos ideales, que son el amor y la razón, están en el corazón y en la cabeza, en nuestro córtex y en nuestro sistema límbico. Y, lo mismo que la energía nuclear, las ideologías pueden servir para curar o para hacer bombas, y sólo la razón amorosa puede alejarnos de las bombas y pensar sólo en curarnos: aunque para eso las ideologías deben estar siempre vigilantes, vigilarse a sí mismas para asegurarse de que no se apartan nunca de la razón, que avanza, ni del amor, que, como un faro, las alumbra en el camino. Hacen falta ideologías, sí, pero más falta nos hace la crítica ideológica: para protegernos de los accidentes y de las desgracias.