Mostrando entradas con la etiqueta ciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciencia. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de febrero de 2022

DE LAS VACUNAS

  

DE LAS VACUNAS  

 


            Hubo un tiempo en que las máquinas hicieron el trabajo de la gente y la gente empezó a quedarse en paro. Fue en el siglo XIX. Entonces Jacques Ludd empezó a soliviantar a los obreros en contra de las máquinas. Y se formaron comandos que iban a las fábricas por la noche, cuando todo el mundo dormía, armados con mazos para destrozar todas las máquinas que encontraban: fueron los ludditas. Si a un luddita le hubieran preguntado para qué sirven las máquinas habría respondido: para no usarlas. O quizá hubiera preferido responder: para romperlas a martillazos; para destruirlas.

            Hace mucho que en los libros de historia el siglo XIX queda retratado en las estadísticas; la mortalidad infantil era enorme. Las estadísticas del siglo XX muestran, por el contrario, que ahora se mueren muy pocos niños. La razón hay que buscarla en la mejora de la higiene, en la mejora de las condiciones de trabajo, pero, sobre todo, en las vacunas; desde que hay vacunas ya no se muere la gente; la vacuna fue un gran salto adelante en la mejora de la humanidad.

            Sucede, sin embargo, que la ciencia no suele ser exacta; uno se toma un analgésico y es muy probable que desaparezca el dolor, pero no es seguro; lo que es casi seguro es que si no se lo toma le seguirá doliendo; eso no significa que sea un cobaya en manos del médico, como no es un cobaya quien usa un martillo averiado y se le rompe. La ciencia puede fallar a veces pero acierta casi siempre; pero el rechazo de la ciencia falla  casi siempre aunque a veces acierte; la diferencia es de talla.

            Se ha puesto de moda hacerle caso a cualquiera menos al médico; miles de personas creen con los ojos cerrados a cualquiera que no sea un especialista; le hacemos más caso al vecino que al mecánico, creemos más al peluquero que al maestro, oímos los consejos de un aficionado antes que los del arquitecto; y cómo no, de vacunas sabe más la calle que el hospital; si la calle dice que la vacuna es mala de poco servirá la opinión del médico; aunque en la calle se confunda el ARN con el ADN. Para no hacerle caso al experto nos inventamos la excusa perfecta: la vacuna le interesa a la industria farmacéutica, que se hace rica a costa nuestra; por lo tanto, ya no vamos a oír hablar de vacunas a quien entienda de vacunas, preferimos escuchar al ignorante porque él, claro, no trabaja para la industria farmacéutica.

            “Yo no vacuno a mis hijos bajo mi responsabilidad”, dice el ignorante. “Usted no los vacuna bajo su irresponsabilidad”, dice el médico. Pero, claro, como la ciencia no es perfecta, sólo el ignorante tiene la arrogancia de presumir de informaciones perfectas. Y, como los nuevos ludditas del siglo XXI, saca los martillos para destruir los laboratorios; como destruyen los talibanes las estatuas que no han hecho sus sacerdotes. Cuando les preguntamos para qué sirven las vacunas responderán, ufanos: para no usarlas. Y después de habérselo pensado responderán, más ufanos todavía: para destruirlas. Se cargarán, con la alegría del ignorante, los logros de miles de años de historia de la humanidad. Ya hubiera querido Miguelón, que tuvo la suerte de nacer y morir en el paleolítico lejos de la industria farmacéutica, ya hubiera querido tener, no una triste vacuna, sino una pequeña dosis de antibiótico; porque Miguelón murió de septicemia sólo porque alguien le había dado un golpe en la mandíbula.

 


 

viernes, 30 de octubre de 2020

 

 

 

 

DICCIONARIO DE FILOSOFÍA 

FILOSOFÍA 

            El alma. ¿Qué es el alma? Algunos dicen que es el conjunto de todo lo que pensamos, sentimos o recordamos. Pero no, dirán otros. Mis pensamientos están en el alma, pero no son el alma. Mis sentimientos están en el alma, pero no son el alma. Mis recuerdos están en el alma, pero no son el alma. Mis pensamientos son como las guindas de un pastel; mis sentimientos son los trozos de piña; mis recuerdos, pepitas de chocolate; si quito las guindas, la piña y el chocolate, debajo está el bizcocho, que es la base del pastel; y si quito los pensamientos, los sentimientos y los recuerdos debajo está el alma, que es la base de lo que soy. Pero hay una diferencia: el bizcocho lo podemos ver; el alma, no. El alma no es más que una hipótesis cuya presencia no se puede materializar en algo que podamos ver, oler, oír y tocar. El alma no es más que una conjetura que no forma parte de nuestra experiencia, sino de nuestra imaginación; yo no percibo el alma, sino que la imagino; o la pienso y la deduzco, pero no puedo verla. Las cosas que no se pueden ver, oler, probar, oír ni tocar no pueden ser estudiadas por la ciencia, porque no podemos hacer experimentos con ellas: decimos que forman parte de la filosofía. Si nos atenemos al método hipotético-racional, podemos observar cosas animadas y explorarlas, podemos especular sobre ellas iluminándolas con nuestras conjeturas para enfocar nuestros pensamientos con ellas, pero no podemos comprobar si esos pensamientos nuestros corresponden a cosas que estén en la realidad; es decir podemos tener experiencias de las cosas, pero no podemos experimentar con ellas; podemos observar indicios pero no podemos hacer observaciones controladas. No podemos meter el alma en un laboratorio para estudiarla bien, porque el alma no es observable.

            Lo mismo pasa con la muerte. ¿Qué es la muerte? Epicuro decía que es la ausencia de toda sensación; cuando dejamos de ver, oler, gustar, oír y tocar, y sentir placer y dolor y miedo y sentirnos en equilibrio, es que estamos muertos; pero un sordomudo que además haya nacido ciego, y que, por causa de una gripe, haya perdido los sentidos del gusto y del olfato y que además haya sufrido lesiones en el oído interno ¿tendríamos derecho a decir que está muerto? Más tarde se pensó que sólo se podría certificar la muerte mediante un electrocardiograma plano: pero hubo fenómenos catalépticos que incitaron a dar por muertas a personas que luego resucitaron en el momento en que las iban a enterrar. Por eso hoy se piensa que la muerte es un electroencefalograma plano, que sólo se ha producido la muerte de alguien cuando hemos podido constatar que hay muerte cerebral. Pero podríamos seguir pensando que hay algo de nosotros que sigue vivo aunque el cerebro estuviera muerto, algo que sería el alma; y que no dejaría de existir aunque no detectáramos su presencia lo mismo que existe la torre Eiffel aunque yo no la haya visto. Los científicos dirían que esto son cosas de charlatanes, pero los filósofos se seguirían preguntando: ¿y por qué? ¿No hay cosas que existen más allá de los sentidos? ¿Existen percepciones extrasensoriales? ¿Qué es la telepatía? ¿Existen realmente las fuerzas a distancia, como las que postuló, pero no demostró, Newton? 

            Las cuerdas. Hoy día se está intentando unificar la relatividad con los fenómenos cuánticos y lo hacemos con una teoría de cuerdas, pero ¿existen las cuerdas? ¿Alguien las ha visto, oído o tocado? Las partículas subatómicas dejan rastros en las placas fotográficas de los grandes aceleradores, pero ¿alguien ha visto rastros fotográficos, sonoros o de otro tipo dejados por las cuerdas (o, para ser más precisos, las supercuerdas)? No. Las supercuerdas son objetos teóricos forjados por los cálculos, no por la observación; y sirven para iluminar nuevos cálculos que explicarán otras partes de la realidad, pero ningún experimento puede detectarlas hoy. ¿Quizá en el futuro podríamos diseñar experimentos para detectar supercuerdas, aunque fuera de manera indirecta? Es posible. O no. Pero mientras eso ocurra las supercuerdas son entes que no hemos sacado de la experiencia, sino de la especulación matemática; pero de unas matemáticas alejadas de la experiencia, que no son euclídeas, ni tampoco riemannianas, y por tanto podríamos preguntarnos si esas matemáticas tan alejadas de nuestra experiencia sirven para explicar fenómenos empíricos. Mientras tanto los físicos que se ocupan de la teoría de cuerdas serán tachados de charlatanes por los otros físicos, o lo que es lo mismo de teóricos, de metafísicos. Para decirlo con otras palabras: la teoría de cuerdas es hoy filosofía, no ciencia.

            ¿Y qué decir de dios? Hay una canción de Violeta Parra que habla de Valentina Tereshkova, la primera mujer astronauta. Dice que si dios está en el cielo, y si ella viajó al cielo, tendría que haber visto a dios: pero no lo vio; por lo tanto dios no existe. Lo que podría haber sido una prueba irrefutable de que dios no existe no es ni siquiera una broma, porque ¿cómo explicarlo? Si yo llego a Segovia y sólo veo los arrabales no puedo volver a Madrid diciendo que no existe el acueducto; tendría que venir a Segovia otra vez y penetrar en su interior hasta dar con él. Del mismo modo Valentina Tereshkova no puede decir que dios no existe cuando sólo exploró un trozo de espacio que no llega ni a la luna; tendría que ir más lejos: a Saturno, a Plutón, fuera del sistema solar, al ojo de la galaxia, más allá de la Vía Láctea, fuera de nuestro cúmulo de galaxias… ¿hasta dónde? Si el universo fuera finito se tardaría mucho en recorrerlo pero al final tal vez podríamos decir que dios no existe si no lo vemos: a menos que estuviera jugando al escondite con nosotros; pero si fuera infinito nunca terminaríamos de recorrerlo, y por lo tanto nunca lo podríamos demostrar. La cuestión de dios no pertenece a la ciencia porque está fuera de nuestra experiencia, y por tanto nunca podríamos hacer experimentos con él. Pertenece a la filosofía. Ni siquiera a la religión, porque la religión nos obliga a creer en él y con la fe no podemos hacernos preguntas; pero la filosofía (que, al igual que la religión, empieza con el asombro) avanza gracias a la duda, y la duda es esa sed de preguntar que no se sacia.

            ¿Y de la justicia? ¿Qué podríamos decir? Que queda fuera de nuestra experiencia, porque no hay ni un solo juzgado, ni una teoría, ni una experiencia donde podamos observarla. Se ha dicho que justicia es dar a cada uno lo suyo, pero ¿cómo saber lo que es suyo? ¿Nos pertenece lo que ganamos, o también lo que hemos heredado de nuestros padres? Y en este segundo caso ¿es justo que herede el hijo mayor y los menores se queden sin nada? ¿O es más justo que hereden todos a partes iguales? Y si es así, ¿hay que vender la casa para repartirnos su valor? Pero entonces nos quedamos sin casa. Si un alumno hace el vago pero aprieta en el último mes ¿es justo que apruebe? Y si otro alumno con dificultades, pero con tenacidad, consigue aprobar al final pero siempre antes ha estado suspendiendo ¿merece el aprobado? Y si nos atenemos a los hechos, ¿no es lo mismo su expediente que el del alumno vago del que hemos hablado antes? ¿No contienen los dos las mismas notas? Aprobar a uno y suspender al otro ¿sería justo? ¿No sería un agravio comparativo? Una vez más, no parece posible diseñar un experimento con el que podamos comprobar la existencia de la justicia. El derecho no es una ciencia porque la justicia no es observable: sería filosofía; filosofía práctica, porque no se ocupa de lo que son las cosas sino de cómo deben ser. 

            El alma, la muerte, las supercuerdas, dios o la justicia son entes inobservables. No pueden ser estudiados por la ciencia, puesto que de las  cuatro partes del método hipotético-racional (observación, hipótesis, predicciones y contrastación) le falta la última: este método amputado de su último paso da lugar a la filosofía; la filosofía es el estudio de todo lo inobservable y es, por tanto, una actividad especulativa: la que piensa a partir de la realidad pero no puede ver realidad en sus pensamientos; aunque siempre es posible conjeturar si podemos hacerlos realidad; no podemos ver si nuestros pensamientos sobre el alma corresponden a la realidad del mundo, pero sí podemos intentar hacer realidad nuestros pensamientos, nuestros ideales, nuestras utopías; aunque todos los ideales hasta la fecha (Platón, Jesucristo, Don quijote, Marx) hayan fracasado.

            Ya sabemos lo que es la filosofía. La podemos definir por su método y por su objeto de estudio; su método es el de una ciencia sin experimento, y su estudio se ocupa de lo inobservable. ¿Podemos observar el fuego y experimentar con él? Eso es ciencia. ¿Podemos observar el alma y experimentar con ella? Eso es filosofía. Todo lo que hace la ciencia le sirve a la filosofía, pero parece que la filosofía no le sirve a la ciencia para nada. ¿O sí? Lo que hicieron Einstein, Heisenberg, Schrödinger, y hasta el propio Newton ¿no es también filosofía? Todas las ciencias ¿no contienen partes empíricas, propias de la ciencia, y partes inobservables, propias de la filosofía? Es una cuestión de proporción. Podríamos decir a primera vista que en Newton hay más ciencia que filosofía, pero en Einstein la cosa no parece tan clara; la parte especulativa de Einstein probablemente sea mucho mayor, pero sigue siendo una parcela pequeña en comparación con su contenido científico.  

            La filosofía es necesaria para darle ideas a la ciencia. Para darle alas. Cuando la abstracción provocada por la ciencia traspasa la barrera de lo observable debe encomendarse a la filosofía. Y lo que hoy es filosofía puede mañana convertirse en ciencia: o seguir siendo filosofía si su contenido es tan profundo que no hay ciencia que pueda abarcarlo. Los tres rasgos de la filosofía son, de momento, la especulación, lo inobservable y la profundidad. La especulación hace referencia al método; lo inobservable tiene que ver con la naturaleza; y la profundidad es una mezcla de los dos. Donde se ve bien esto es en la filosofía de María Zambrano.

            Los primeros filósofos pensaron que detrás de las apariencias de la naturaleza y dentro de ella hay una naturaleza inobservable. Es como el bizcocho del pastel. La naturaleza está hecha de cosas que se pueden observar (los fenómenos) y cosas que no aparecen en la experiencia (los inobservables). Los mitos ponían todo lo inobservable fuera de la naturaleza, en manos de los dioses: eran cosas sobrenaturales. Pero cuando empezamos a pensar que lo inobservable no era sobrenatural sino que estaba dentro de la naturaleza, entonces empezó la filosofía. La filosofía prescindió de los dioses. Y cuando Tales de Mileto decía que la naturaleza está hecha de dioses lo que quería decir es que se mueve sola: era sólo una metáfora. La naturaleza (physis) está hecha de materia (hylé) dotada de movimiento (zoon): hilozoísmo decimos hoy, y no animismo; porque el animismo da a entender que las fuerzas que hay en las cosas son sobrenaturales; el hilozoísmo no. 

            Los fenómenos de la naturaleza están hechos de partes que se pueden dividir en otras partes. Pero debe llegar un momento en que las partes más pequeñas ya no se pueden dividir más: son los elementos. Hoy sabemos que hay muchos elementos y los hemos identificado en la tabla de Mendeleiev. Pero Tales pensaba que sólo había uno: el agua. ¿Por qué lo pensaba? Porque lo sacó de la experiencia; Tales vivía en Mileto, que era puerto de mar; si se los saca del agua los peces mueren; acaso observó también que envejecer es deshidratarse, porque nos salen arrugas y nos secamos, y los cadáveres al final son cuerpos totalmente secos; además, Tales entró en contacto con Mesopotamia, donde conoció la tradición legendaria del diluvio. Tales se equivocó, porque el agua no es un elemento, sino un compuesto de hidrogeno y oxígeno; pero también nos equivocamos nosotros: porque llamamos elementos a los átomos que se pueden dividir en partes (“a” en griego significa “no”, y “tomos” quiere decir “partes”, como cuando una enciclopedia la dividimos en partes y cada una es un tomo; pues bien, “átomo” quiere decir que no tiene partes, que no se puede dividir; sin embargo los átomos de Mendeleiev los podemos dividir  en electrones, protones y neutrones, y éstos a su vez los dividimos en quarks). De modo que si Tales se equivocó llamando elemento a un compuesto, tampoco nosotros hemos avanzado mucho, porque llamamos átomos a unos trozos de materia que siguen siendo divisibles.

            El agua de Tales no es el agua del mar, ni la que hay en nuestras lágrimas, ni la que tienen los peces; es una naturaleza que hay dentro de nosotros, como la sustancia de la que está hecho nuestro cuerpo, aunque cuando miramos cuerpos no la veamos. El agua de Tales se puede ver en los ríos, mares y lagos, y también en las lluvias, pero es invisible cuando la buscamos dentro de los cuerpos; a este nivel el concepto de agua es una abstracción, casi una metáfora; el pensamiento de Tales dio un salto de gigante al fabricar un concepto con las apariencias. Y eso es la filosofía. Es filosofía porque el concepto de agua surgió de la observación de los fenómenos del agua, pero no dio lugar a otros conceptos que a su vez se pudieran observar: le faltaba, pues, el experimento; por eso no era ciencia.

            Hoy tenemos aparatos para observar lo que en tiempos de Tales era invisible: tenemos microscopios, espectrógrafos, máquinas electrolíticas; Tales no tenía nada de eso. En su caso llamamos filosofía al estudio no científico de las proposiciones científicas, pero en realidad lo que hacía Tales era ciencia sin aparatos; sin los aparatos adecuados; del mismo modo a la técnica rudimentaria la llamaban magia.

            Anaximandro dio un paso al frente y fue más lejos que Tales. Pensó que si el agua que había en los cuerpos era inobservable, no tenía sentido llamarla agua; la llamó naturaleza indefinible (en griego, “ápeiron”; ya hemos visto que “a” significa “no” y “péras” quiere decir “límite”, “fin”; el ápeiron es lo ilimitado, lo indefinible). De modo que la naturaleza tiene dos niveles: por un lado están los fenómenos aparentes y observables (el agua está entre ellos) y por otro lo que no se puede observar (el ápeiron, al que Tales llamaba “agua”). En consecuencia, Tales imaginaba el mundo como una corteza flotando en un mar de agua, y Anaximandro como una esfera flotando en un mar de ápeiron (que no era exactamente el vacío, sino una sustancia sutil parecida al aire; al ápeiron, Anaxímenes lo llamaría aire). Pues bien, el pensamiento de Anaximandro contiene partes científicas y partes que no lo son; es científica su concepción del mundo como una esfera porque hoy podemos mandar naves al espacio y comprobarlo; pero no lo es su conjetura sobre el ápeiron, porque ni los mejores microscopios electrónicos son capaces ce ver ápeiron en los cuerpos). A ambos aspectos de su pensamiento, tanto la ciencia sin aparatos imprescindibles como la parte no científica, nosotros los llamamos filosofía.

            Así se fueron construyendo los primeros sistemas filosóficos, las primeras explicaciones del mundo, las primeras cosmologías: las que habían dejado ya de ser mitológicas, pero tenían, flotando en un mar especulativo, semillas de ciencia que todavía no podían fructificar. Se ha dicho que cuando salgan todos los gérmenes científicos que hay en la filosofía la filosofía dejará de existir: no; porque junto a esos gérmenes hay problemas inexplicables que la ciencia es incapaz de resolver; problemas como el alma, la materia, el infinito, dios, la justicia, la belleza, el universo, la materia, el infinito, la naturaleza oscura… Misterios insondables que van más allá de la ciencia, y que conforman una sabiduría que se construye “toda ciencia trascendiendo”, para decirlo con palabras de San Juan de la Cruz. Dolencias de amor que no se curan sino con la presencia y la figura, pero “apártalas, amor, que voy de vuelo”. Allí nos encontramos con las razones del corazón que la razón no entiende, y nos topamos con Pascal; y con conatos o impulsos o instintos que se juegan en la frontera de lo inexplicable, y nos encontramos con Spinoza, Nietzsche, Schopenhauer y hasta el mismísimo Kant; y si nos acercamos a la comprensión de la naturaleza también nos toparemos con cosas incomprensibles que no pueden explicar ni las fuerzas distantes de Newton, ni los campos de fuerza, ni las discontinuidades cuánticas, ni siquiera la teoría de la relatividad.


                                            

viernes, 21 de agosto de 2020

VERDI SOBRE LOS PASOS DE MACHADO

  

VERDI SOBRE LOS PASOS DE MACHADO 

            Unos días más tarde reanudó esta conversación que había sido interrumpida por el timbre; y lo hizo con un poema de Antonio Machado.

   Al olmo viejo hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo,

algunas hojas verdes le han salido.

            -¿Qué dice? Está describiendo el viejo árbol. Lo pinta en el Duero, cuyas orillas tanto ha cantado el corazón del poeta; lo pinta con un ejército de hormigas trepando por sus ramas secas; cubierto de telarañas en su hueco corazón, abierto el pecho al abismo de sus entrañas huecas; cubierto de musgo en su corteza blanca, el tronco carcomido; lo pinta desolado, solitario y desierto, sin los pájaros que anidan en su regazo con sus hermosos trinos. Lo derribará el hacha, el carpintero lo convertirá en yugo; arderá en la hoguera de alguna mísera caseta; lo arrancará la tormenta, lo tronchará el vendaval; lo arrancará el río, atravesando los valles, y lo empujará hacia el mar. Pero le han salido brotes verdes en su retorcida corteza, en el corazón abierto, en el pecho herido; y eso ha hecho temblar el corazón del poeta.

   Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

            Levantó la vista con el libro todavía abierto. Volvió a mirar a los chicos, que miraban, unos con brotes verdes en los ojos, otros con la mirada seca, el pecho mudo, el corazón vacío.

            -Ya hemos visto lo que nos dice el poeta. Pero ahora nos preguntamos: ¿qué es lo que nos quiere decir? Para responder a esta pregunta tenemos que saber lo que hace. Y lo que hace es estremecerse con las palabras. No escribe describiendo simplemente las cosas que ve, como lo haría un científico; escribe poniendo sentimiento en ellas, de modo que cada una le haga vibrar; y el lector vibra, al leer, como vibraba el poeta en el momento en que lo escribía. No es un científico, es un poeta; en sus palabras no hay que buscar la verdad, sino la belleza. La verdad pudo ser sólo un punto de partida. ¿Vio realmente este olmo cuando se puso a escribir sobre él? Probablemente sí, pero no lo sabemos; pudo ser una idea que se había ocurrido; o un olmo antiguo, que le vino a la memoria a instancias del corazón. Vete a saber… Pero lo que importa no es si vio de verdad este olmo; lo que importa es si se acercó a él con la belleza en la mano; si consiguió estremecer con sus palabras cuando la visión del árbol a él mismo lo estremecía.

            -Desde luego –contestó Ilse; y su voz parecía tímida.

            -¿Cómo lo consigue? ¿Qué hace con las palabras? Las distribuye armoniosamente, como si fueran manchas de color, y su pluma es el pincel que va ordenándolas en un cuadro; las cosas, hechas sustantivos, se llenan de adjetivos porque tienen luz, color, relieve, sonido, y oímos el silencio como una manta invisible extendida por el campo. Describe los más mínimos detalles capaces de despertar el sentimiento: el rayo, el musgo, el polvo, el tronco carcomido, los pájaros que no están y las hormigas y arañas que sí están; no describe el árbol con la sequedad del científico, limitándose a presentar las cosas tal y como son; lo describe convirtiéndolo en portavoz de sus sentimientos, despertando la melancolía en el crescendo de su evocación. Y luego, con la imaginación, anticipa lo que será de él cuando pase el tiempo; en lo que quedará convertido el tronco seco del árbol. ¿Y para qué lo hace? 

             Guardó silencio esperando a que los alumnos contestaran. Pero los alumnos (algunos de ellos) aguardaban suspendidos en una nube a que fuese él mismo quien lo hiciera.

            -Para que sintamos en el tronco la presencia de la muerte –prosiguió-. Y en medio de ella, como un milagro, apareen unas hojas con las lluvias de abril. Esas hojas son el refugio de la esperanza. En las situaciones difíciles, cuando parece que todo está perdido, no hay que desesperar. Siempre hay brotes verdes.

            Sus palabras fueron interrumpidas por un suspiro.

            -¿Qué hace el poeta? Describe un árbol. ¿Qué quiere hacer? Despertar la esperanza. ¿Y cómo lo hace? Creando emoción y belleza. El crítico, cuando tiene ante los ojos este poema, ya ha contestado a estas preguntas. La primera, desde luego, era la primera: ¿qué dice? El crítico ha comparado lo que dice el autor con lo que ocurre en la realidad: y no ha podido responder; no sabe si el olmo del que habla ha existido de  verdad; no se trata, pues, de juicios de hecho. Si la verdad aristotélica no nos interesa ¿qué es entonces lo que nos interesa aquí? La esperanza. Y la belleza. Se trata, por lo tanto, de juicios de valor. ¿Y qué valores son los que aquí aparecen? No se trata de valores morales, no; Machado no nos dice, como en las fábulas, lo que debemos hacer. Ni nos habla tampoco de lo que es conveniente, no son valores pragmáticos los que afloran aquí, ni técnicos tampoco; tampoco nos dice cómo hay que hacer las cosas, como si fuera una receta o un manual de instrucciones. No. Aquí nos habla de la esperanza; y de la belleza; son valores vitales.

            Carraspeó quedamente.

            -Estamos analizando un poema, y al hacerlo nos hemos convertido en críticos. Hemos descubierto que había que relacionar lo que dice el poeta con lo que quiere decir, y para eso hemos tenido que observar cómo lo dice. Dice (habla) del olmo y en el fondo quiere hablar de la esperanza; lo dice con imágenes, con epítetos, más que con referencias. Y ahora nos preguntamos: ¿por qué habla del olmo para hablar de la esperanza? ¿No será que la referencia está en la esperanza y no en el tronco? ¿Será verdad que está necesitado de esperanza? Y si la necesita, es porque está sufriendo. ¿Por qué sufre Antonio Machado? Busquemos en su biografía. Veamos lo que le ocurría hacia la época misma en que compuso el poema. Buscamos y encontramos. Leonor. Leonor era una chica joven que se casó con el poeta. Y el poeta la quería, la adoraba. Tenía apenas dieciocho años cuando se casó con ella. Y enfermó de tuberculosis. Los médicos eran muy pesimistas con respecto a su salud, y el poeta estaba desesperado. Necesitaba esperanza. Necesitaba creer. Y ahora comprendemos verdaderamente el poema.

   Mi corazón espera.

            Esperaba estremecido el corazón de Machado:

otro milagro de la primavera.

            Sonaron, dentro de la clase, algunos aplausos. Después sonaron otros y el sonido de las palmas fue en crescendo. Juan acalló los ruidos bajando repetidamente los brazos, meciéndolos en el aire, con las palmas hacia abajo.

            -¡Silencio! –lo dijo como un grito amortiguado por su propio susurro-. ¡Chst! ¡Silencio! ¡Están dando clase en las aulas de al lado! ¡No debemos molestar!

            Y por su pecho corría una nebulosa de placer, sorprendido él mismo y repentinamente halagado. La sorpresa de haber llegado al corazón de los chicos. Lo inundó de plenitud. Por su barriga le subió un cosquilleo.

             Se sobrepuso el deber al placer, la suspensión de la conciencia al deseo de que no les llamaran la atención; y lo hizo recurriendo a otro ejemplo que rompía, posiblemente, con el instante mágico.

            -¿Conocéis a Giuseppe Verdi? –Juan sabía que no-. Verdi era un compositor italiano. Entre sus óperas más famosas está “Nabucco”, que es la palabra italiana para decir “Nabucodonosor”. En ella relata la cautividad de Babilonia. El pueblo hebreo camina al destierro, perdida la esperanza, abandonando sus casas y el país donde creció, y el pensamiento se llena de tristeza con la evocación emocionada de la patria: este episodio se retrata en un fragmento que lleva por título “Va pensiero”.

            Juan había llevado un radiocassette y lo tenía sobre la mesa. Pulsó un botón y sonó un lamento. Las sillas de los alumnos enmudecieron de repente. La magia de Machado resurgió en las voces del pueblo desterrado, se extendió por todo el espacio y ocupó los corazones, rezumando por las ventanas. Las palabras de Juan, explicando la atmósfera del coro, prendió la llama del sentimiento y los chicos se mecían de manera casi imperceptible al son de las voces soñolientas. Acabó el coro. Y la magia, como jirones de una nube retenida en el cielo, permaneció flotando. Y Juan aprovechó ese momento de duende para rematar la faena.

            -¿Qué dice Verdi? Cuenta la cautividad del pueblo hebreo. ¿Ocurrieron realmente aquellos hechos? Sí; era una verdad histórica. Pero ¿qué hace Verdi con las palabras, como las dice? Despertando el sentimiento. Y ¿qué quiere conseguir, qué pretende hacer?

            Aquí Juan hizo un silencio poético sujetando la emoción. Lo hizo sujetar un rato, no demasiado, como el que está encendiendo fuego para que prenda la llama. Y cuando lo hubo conseguido reanudó el hilo de su explicación, el hilo de su pensamiento.         

-Le pasó algo parecido a lo que le había pasado a Machado. La verdad de Verdi no era interesante por lo que le pasó al pueblo judío sino por lo que le estaba pasando al pueblo italiano. Italia estaba invadida por los austriacos. Y cuando la gente escuchaba en la ópera el “Va pensiero” se levantaba al unísono reflejando, en su identificación con el pueblo judío, su rebeldía contra el yugo austriaco. El “Va pensiero” se convirtió en una canción de protesta, en una canción patriótica. Y la verdad de los personajes se convirtió en la voz del público, la voz del autor, y la cautividad de Babilonia se convirtió en un lamento de la cautividad que estaba padeciendo por aquel entonces el pueblo italiano.

            Un silencio estremecedor paralizó los corazones. Los alumnos se sintieron, por un momento, los hebreos que caminaban apesadumbrados hacia Babilonia. Y Juan demostró así que, en contra de lo que ellos mismos creían, cuando se explica bien a los jóvenes de entonces, analfabetos de la música, también les gustaba la ópera.

            Juan dejó durar las emociones que habían estado suspendidas, flotando en el aire, hasta que fueron disolviendo sus últimos ecos. Poco a poco volvió la realidad a la clase. Todavía resonaban en el silencio, como cantos de sirena, las voces yertas de la poesía. Sólo que no eran cantos de sirena. Eran los cantos que, en vez de matar, resucitaban; los cantos que llenaban el espacio de placer,  cargando las baterías de la vida y alimentando las fuerzas que impulsaban el desarrollo; el hechizo, la magia de la que no había que huir, sino que salvaba; los hermosos cantos que nunca encontraríamos en Homero.

viernes, 24 de julio de 2020

LA VENTANA DE CRISTAL (1) DEL ERROR





LA VENTANA DE CRISTAL  
  

            Eso eres tú, amigo mío, un trozo de cristal; pero no sé si eres espejo o ventana. A veces te miro y me veo, otras veces en ti veo el mundo exterior. Converso contigo porque eres mi otro yo, mi sombra, tú tienes reflejos de lo que soy, qué digo reflejos, ¡si las sombras no tienen luz!: eres un reflejo opaco y entonces me devuelves mi silueta y las siluetas no tienen nada, sólo contornos: porque dentro de ellas no hay más que oscuridad; lo que hay dentro lo adivino y si no puedo me aguanto y entonces me pongo a buscar. Mi vida es una búsqueda continua en el misterio permanente de mi sombra.
            Mi sombra se proyecta en la pared pero delante de ti tú eres yo si eres opaco y, si no, tendrás que ser el mundo; mi mundo; el otro trozo de realidad; por eso hablo contigo, tú, que eres un trozo de cristal y a veces, como un espejo, me muestras lo que tengo dentro y otras veces, al mirarte, ya puedo ver lo que hay al otro lado, el mundo que hay más allá; lo que hay más allá de esa sombra, lo que hay enfrente de mí, el mundo que me rodea, el que me envuelve, el que arroja luces para desvelarse, el que me desvela también.
            Por eso quiero hablarte, amigo mío, porque me ayudas a verme en mi circunstancia y no sé cuándo eres circunstancia y cuándo soy yo; como enigma me hablas con la verdad, pero no sé si la verdad está cerca o lejos, y si eres, misterioso y sublime, tal vez reflejo o transparencia, espejo o ventana, descubrimiento de lo que soy y de lo que hay, de lo que fui y lo que seré; soy dentro de ti lo que tú mismo eres puesto que me descubres a mí mismo, yo, que no me sé entender; sereno, callado, amigo sin condiciones y  cariñoso, fiel como un perro, tal vez ventana o tal vez espejo; pero sé que en el cuerpo roto de mi alma, seas espejo o seas ventana, no eres, a fin de cuentas, más que un cristal.
  

1. Del error

            Hoy te miro y en ti veo al mundo que me rodea. Quiero que seas la bola de una pitonisa, el cristal del tiempo, que me digas con certeza qué es lo que va a pasar; porque lo que pasa yo ya lo veo, quiero ver el futuro en tu cristal.
            En lo que hubo hay una vacuna, lo que hay es una pandemia y el error o el acierto están en lo que viene. Un coronavirus ha invadido el mundo. Nadie sabe cómo ha sido, su naturaleza es opaca para los ojos del científico y el científico, andando a ciegas, tiene que encontrar un tratamiento sin apenas tiempo para investigar: le pedimos encima que acierte porque si se equivoca lo llamaremos inútil, ignorante, inepto, carcamal. ¿Qué es un médico? Alguien que llama resfriado a lo que tú tienes pero si no se te pasa, te dice que a lo mejor no era resfriado, habrá sido otra cosa: para descubrirlo primero tiene que buscar. Busca en los análisis, encuentra un diagnóstico y luego te cura, eso es lo que hace el médico: primero, busca; luego, descubre; por último, cura; pero si, empujado por las prisas, se ve condenarlo a curar antes de encontrar y a encontrar antes de buscar, entonces le estarán pidiendo cosas que no se pueden hacer juntas; que no se puede hacer la que hay delante si no has hecho antes la que hay detrás, y si te equivocas es porque no vales pa ná.
            Como los médicos, los políticos del coronavirus actúan a ciegas. La oposición debería ayudar criticando pero aturde en realidad para que nunca salga nada; es como en esos partidos de baloncesto donde, para evitar que el contrario haga canasta, le silba y abuchea el público local. Tal es la táctica: desconcentrar para que no haya acierto. También los hinchas de fútbol se plantaron una noche delante del hotel del equipo visitante: su intención era impedir, a gritos, que durmieran; que la falta de sueño los aturdiera y los cansara y que al día siguiente perdieran el partido; y que encajaran goles y estuvieran tan espesos que no tuvieran el acierto de marcar.
            Cuando la oposición no critica al gobierno para ayudarle sino para estorbar; cuando la crítica es abucheo que desconcentra, cuando el fallo de quien anda a ciegas se convierte en muchos fallos más; y cuando multiplicamos las posibilidades de error para derribar al gobierno arriesgándonos a que empeoren las cosas: entonces es que la crítica no sirve para corregir, sino para frenar; y debería ayudar a hacer las cosas, no a insultar. En tiempo de crisis es bueno remar todos en la misma dirección. Si por lograr que caiga el gobierno se nos cae el país, mala faena; es como cuando le disparamos al enemigo y mueren también amigos que no tenían que haber muerto. Llamar inútil a quien se equivoca es como culpar al médico de que la medicina no sea ciencia exacta; a veces el paciente (impaciente más bien: la impaciencia es una característica de la ignorancia) le echa al médico la culpa de estar enfermo, como si curar sin que el enfermo sane es como si el médico tuviera la culpa de haber fracasado; porque la medicina es una ciencia y no puede fallar, como las matemáticas (o como el papa), y confundir el error con la ignorancia es castigar al reo antes de juzgarlo, llamar inutilidad al error. Lo propio de la naturaleza humana es equivocarse. Quien no se equivoca, decía Aristóteles, sólo puede ser una bestia o un dios y evidentemente los políticos no son dioses: sean éstos del gobierno o de la oposición.
            El drama de los médicos del coronavirus es que tienen que trabajar contra reloj, curar a los enfermos sin saber lo que les pasa, probar fármacos por instinto por si funcionan; su tragedia es verlos morir sin poder evitarlo, darles la mano y transmitirles cariño, encomendarse, si llegara el caso, al protomédico celestial. Curan sin medios para curar, se aíslan sin medios para aislarse y por eso se contagian; sin mascarillas, sin escafandras, sin barreras que les defiendan, los médicos enferman; algunos mueren.
            Por eso les aplaudimos todas las tardes en señal de agradecimiento: luego los aplausos fueron de cacerolada. Importa menos querer a los médicos que insultar al adversario porque el gobierno no puede equivocarse (y sin embargo, falla). ¿Nadie tiene derecho a errar? Y el error ¿siempre ha de ser patrimonio de los inútiles? La ignorancia (dicen) no está en el acierto, sino en el error: pero el verdadero científico ¿no es aquel que reconoce su ignorancia? ¿No es la ciencia un pequeño acierto en un mar de errores cuando tropezar es caminar? Caminamos, a veces, por las piedras, también a veces por la oscuridad, y avanzar sin ver suele ser lo mismo que no poder adelantarse uno al dolor. En lugar de unir separan, en lugar de sumar dividen, se arriesgan a que se hunda el barco porque quienes manejan los remos tiran cada uno por su lado. En tiempo de crisis lo menos que puede pedirse es que rememos todos en la misma dirección.
  



viernes, 19 de junio de 2020

CIENCIA Y CREATIVIDAD



CIENCIA Y CREATIVIDAD


            El método hipotético-racional empieza con la observación de fenómenos: por ejemplo, cuando yo veo que los perros, los gatos, las nutrias y los ratones tienen pelo, dedos, esqueleto, mamas y dientes. Me llama la atención que todos tienen pelo. Mi pregunta es: ¿qué tipo de animales tienen pelo? Viene aquí una tanda de ejemplos y contraejemplos; en ella voy examinando las distintas características que se me ocurren.
            El esqueleto. Los animales que tienen huesos tienen pelo. Pero los lagartos también tienen huesos y no tienen pelo: esta hipótesis no me vale.
            Los dedos. Los animales con dedos en las extremidades tienen pelo. Pero los pájaros tienen patas con dedos y sin embargo no tienen pelo: esta hipótesis tampoco me vale.
            Las mamas. Los mamíferos tienen pelo. Ahora sí: todos los animales con pelo que he observado (perros, gatos, nutrias y ratones) tienen en común el ser mamíferos.
            Ahora tengo que hacer la pregunta al revés: ¿todos los animales que tienen pelo son mamíferos? Busco entre los animales con pelo hasta dar con alguno que no sea mamífero: las moscas.
            De modo que todos los mamíferos tienen pelo, aunque no todos los animales que tengan pelo son mamíferos. Me voy a quedar con los mamíferos: ése es el fenómeno que voy a estudiar.
            Recapitulemos. Lo que hemos hecho se puede condensar en los siguientes pasos:
            Primero: hemos observado que algunos animales que forman parte de nuestra experiencia (perros, gatos, nutrias y ratones) tienen pelo.
            Segundo: hemos hecho una lista de características que comparten esos animales; todos ellos tienen dedos, esqueleto, mamas y dientes.
            Tercero: hemos asociado una a una estas características con el pelo en la piel y hemos descartado estas asociaciones por medio de contraejemplos.
            Cuarto: cuando hemos encontrado alguna asociación sin contraejemplos la hemos convertido en nuestra hipótesis: los mamíferos tienen pelo.
            Quinto: ahora vamos a poner la oración al revés y preguntarnos si todos los animales con pelo son mamíferos, y hemos encontrado que no; porque las moscas, que tienen pelo, no son mamíferos. Decidimos estudiar todo lo que dice la hipótesis (que los mamíferos tienen pelo), pero nada más (es decir, no nos vamos a interesar por animales que, como la mosca, tienen pelo sin ser mamíferos). Vamos a buscar mamíferos desconocidos (o que no forman parte de nuestra experiencia) y buscar pelos en su piel. Nos fijaremos en los leones, los tigres, los elefantes, los hipopótamos y los cetáceos y estudiaremos su piel: a ver si tienen pelo.
            Si para formar la hipótesis hemos conectado la característica de tener pelo con alguna otra característica (tener huesos, dedos, dientes o mamas) y hemos postulado el binomio pelo-mamas, ahora debemos averiguar si este binomio se da también en animales desconocidos como los cetáceos, el dragón de Komodo, los hipopótamos o el pangolín.
            Hemos observado cierta cantidad de animales que compartían una cualidad: ser peludos.
            Hemos relacionado esta cualidad con otra: la de ser mamíferos.
            Ahora tenemos que ampliar la cantidad de animales observados para ver si la relación entre estas dos cualidades se mantiene. 


            Es decir que tenemos que pasar de unos pocos animales observados (algunos mamíferos tienen pelo) al conjunto de todos ellos (todos los mamíferos tienen pelo). O sea que junto a los animales que conocemos bien (el perro y el gato, por ejemplo) tenemos que observar animales que o bien no los conocemos (como el pangolín) o bien los conocemos mal (como el rinoceronte y los delfines). Si se comprueba que todos tienen pelo habremos comprobado (demostrado) nuestra hipótesis.
            Pero esta demostración no es definitiva, porque siempre nos quedarán mamíferos por conocer.
            Los pocos animales con pelo que tenemos a la vista comparten una serie de cualidades (dientes, pelo, huesos, mamas): ésa es la parte conocida. Luego hemos tenido que buscar cuál o cuáles de esas cualidades están relacionadas con el pelo: es la parte desconocida, que cuando acabamos conociéndola se convierte en descubrimiento (es la asociación pelo-mamas: descubrimos que la característica de tener pelo en la piel corresponde a los mamíferos). Y entonces el conocimiento de que mamíferos como el perro, el gato, la nutria o el ratón tienen pelo se convierte en la parte observada; a partir de ella tenemos que llegar a un nuevo descubrimiento, esta vez cuantitativo (decimos también: en extensión): descubrir mamíferos nuevos y comprobar si tienen pelo; cuantos más descubramos más corroborada estará la hipótesis, aunque nunca estará demostrada del todo (nunca sabremos si ya no nos quedan mamíferos por descubrir).
            A la parte conocida, tanto si es cuantitativa o en extensión (número de animales observados) como en comprensión, es decir cualitativa (cualidades o características observadas en esos animales), la podemos llamar de varias maneras: parte observada, datos, parte empírica o suelo empírico, realismo, exploración.
            A la parte desconocida, tanto cuantitativamente (número de animales que nos quedan por observar) como cualitativamente (cuáles son las cualidades que tenemos que relacionar, en este caso pelo-mamas), también la podemos llamar de varias maneras: parte inventada, especulación o parte especulativa, creación racional o incluso fantasía; techo especulativo, en definitiva.
            Al descubrimiento cuantitativo lo llamamos inducción, y normalmente las inducciones científicas suelen ser incompletas porque el número de individuos y de especies es potencialmente infinito: por muchos cuervos negros que hayamos visto siempre nos quedarán muchos otros por ver, y no sabemos si algún día aparecerá alguno que no sea negro.
            Al descubrimiento cualitativo lo llamamos creación o construcción especulativa, y podemos llegar a él por intuición, deducción, hábito o analogía; en todos estos casos puede ser de manera consciente (razonamiento) o inconsciente (imaginación, inteligencia intuitiva). El pensamiento inconsciente responde seguramente a lo que los psicólogos llaman insight o comprensión súbita y los metafísicos prefieren llamar iluminación, que es como una fulguración mental, una inspiración, una corazonada, un destello. 


            La observación con la que empiezan las investigaciones empíricas es la exploración previa de la realidad, y puede ser intencional o espontánea. Intencional: cuando quiero resolver un problema. Espontánea: cuando la realidad me plantea problemas percibiendo, en mi experiencia cotidiana, cosas por las que inicialmente no tenía ningún interés. Cuando nos fijamos mucho en las cosas lo que hacemos es escrutarlas, acercarlas a nuestra vista, desmenuzarlas: y eso es lo que habitualmente llamamos análisis.
            Lo que hemos llamado hipótesis viene a ser una iluminación, una revelación donde la realidad oculta se nos aparece, que puede tener más de creación (si la idea ha sido construida por nosotros) o de descubrimiento (si nos es más bien impuesta por la realidad, dada por los hechos). Se trata de síntesis a partir de los fenómenos observados, como cuando juntamos las características “pelo” y “mamas” para formar la proposición “todos los mamíferos tienen pelo”.
            Las predicciones son consecuencias deducidas de la hipótesis, a menudo como efectos causados por ella. Puede ser inductiva o creativa.
            a) Inducción. También se trata aquí de una revelación, pero mientras que en la hipótesis lo que se revela es una relación entre dos cualidades (pelo-mamas), en la predicción lo que se revela son cantidades nuevas de individuos, por ahora desconocidos, que comparten este binomio: y esto es lo que hemos llamado inducción.
            b) Creación. También, como en la hipótesis, pueden hacerse deducciones, inducciones, asociaciones creadas por el hábito y analogías; sólo que, en vez de partir de una característica (el pelo) para buscar otra (las mamas), aquí partimos de un par de características (pelo-mamas) para buscar una tercera (por ejemplo la crianza: los mamíferos crían a sus hijos, los reptiles y los peces no). El aspecto creativo, intuitivo, racional o imaginativo está en que no sabemos, de entre todas las cualidades en número elevado y a veces infinito, cuál es la que tenemos que elegir; y por eso la imaginación interviene tanto o más que la lógica en la creatividad; lo conseguimos variando el enfoque para mirar, porque si la hipótesis funciona como un faro que nos deja ver, la intuición (más que la inducción) nos va diciendo, razonadamente o por tanteo, hacia dónde tenemos que enfocarlo.
            Lo que llamamos contrastación es el cotejo de las hipótesis (o, si no se puede, de algunas de las consecuencias predichas por la hipótesis) con la realidad: esto es el experimento. Si la factura de la luz es menos cara en verano puedo suponer que es porque en invierno consume mucho la calefacción eléctrica; de ahí puedo predecir que cuando vuelva el invierno volveré a consumir más, y si eso sucede, será que mi previsión era acertada. Y si la lluvia quema los campos puedo imaginar que tal vez sea por el humo de las fábricas; dependiendo de los productos de desecho de la fábrica que hay al lado puedo anticipar que, analizada en el laboratorio, una gota de lluvia tendrá rastros del ácido correspondiente: si el resultado es conforme a lo predicho, el experimento habrá sido concluyente.
            Las predicciones que han sido comprobadas las vamos almacenando en un libro de leyes de la naturaleza. Cuando vamos descubriendo relaciones de dependencia entre unas leyes y otras descubrimos también unas pocas de las que se pueden deducir todas las demás, y entonces formamos una teoría; una teoría es un conjunto de conocimientos ordenados según una estructura determinada. Las teorías científicas se están comprobando continuamente. A menudo construimos estructuras matemáticas para ordenarlas mejor y las convertimos en teorías axiomáticas. Una teoría es un sistema que contiene un conjunto de elementos dotados de una estructura que los ordena; la teoría de Newton recoge las leyes de la mecánica de los sólidos; la de Darwin estudia la evolución de las especies explicada por selección natural; la de Fernand Braudel ordena los acontecimientos históricos a partir de la estructura de las tres temporalidades; y así sucesivamente.


viernes, 21 de febrero de 2020

EL MÉTODO CONCLUSIVO



LA IMPERTINENCIA DE LA LECHUZA



EL MÉTODO CONCLUSIVO


            Quienes presumen de científicos utilizan el método hipotético-deductivo. Se llama así porque el investigador introduce en la realidad hipótesis de las que puede deducir consecuencias, de tal manera que pasa siempre por cuatro momentos:

1. Realidad de partida (que debemos observar, analizar, describir, ordenar), y sobre esa realidad nosotros hacemos una pregunta: las cosas son así, pero ¿por qué?
2. Hipótesis o respuesta: se da una primera explicación recurriendo a la deducción, a la analogía y al conocimiento previo que tenemos de la realidad. 
3. Consecuencias que  se derivan de la hipótesis, es decir predicciones sobre las cosas que no conocemos exigidas por esa posible explicación hipotética de los fenómenos.
4. Vuelta  a la realidad: comprobación de si existen o no las cosas que predice la hipótesis contrastándolas nuevamente con los datos; la realidad, que ha sido el punto de partida, tiene que ser también el punto de llegada.

Veámoslo con un ejemplo: observo que me duele el dedo; ordenando en mi mente las cosas que me han ocurrido, resulta que me ha empezado a doler después de caminar por unas zarzas: deduzco, pues, que me he pinchado y concluyo que se me pasará dentro de un rato; pero (vuelta a la realidad) no sólo no se me pasa el dolor, sino que me está subiendo la hinchazón del dedo por la mano y amenaza con llegar hasta la muñeca.
Decido ir al médico. Después de observar la evolución de la hinchazón, él busca en su memoria y descubre que cosas parecidas suceden cuando nos pican las víboras; si ésa fuera la causa, concluye que la picadura debería tener dos puntitos en vez de uno, producidos por los dos colmillos del animal; vuelve a mirarme la mano: en efecto, tengo dos pinchazos muy próximos el uno del otro. El médico, entonces, procede a darme el antídoto.

Repasemos los pasos que hemos dado:

1.      Observación: me duele el dedo. Análisis: todo empezó junto a unas zarzas.
2.      Hipótesis: la causa es un pinchazo, probablemente urticante.
3.      Consecuencias: el dolor se me debería pasar en seguida.
4.      Contrastación y refutación: el dolor no se me pasa y la hinchazón sigue en aumento.

Repasemos ahora los pasos que ha dado el  médico:

1.      Observación: la hinchazón progresa sin límite aparente.
2.      Hipótesis: es el picotazo de una víbora (enroscada, probablemente, entre las zarzas que he rozado con la mano).
3.      Deducción: debería haber dos puntitos en la herida.
4.      Contrastación y confirmación: he vuelto a mirar el dedo y acabo de descubrir los dos pinchazos; se trata, seguramente, de una víbora.


Comparémoslo con el razonamiento que hace Antonio Machado en una de sus poesías: la que se titula A un olmo viejo.

1.      Observación: hay un olmo viejo, seco, un tronco sin hojas, hendido por el rayo.
2.      Hipótesis: en semejante estado el olmo está muerto.
3.      Consecuencia: si estuviera muerto no debería volverle a salir ningún brote verde.
4.      Refutación: pero le acaban de salir unos brotes; por lo tanto, en contra de las apariencias, no estaba muerto.

El poema concluye diciendo: “mi corazón espera otro milagro de la primavera”; y eso significa que el poeta espera que le pase a un ser muy querido por él algo muy parecido a lo que le ha sucedido al olmo viejo; veamos qué es:

1.      Observación: por aquel tiempo (tiempo en que compuso su poema) Leonor, la esposa del poeta, estaba gravemente enferma; la tuberculosis cursaba normalmente con la muerte del paciente. De manera análoga, el olmo viejo se estaba muriendo.
2.      Hipótesis: es posible que Leonor experimente una mejoría, igual que le acaba de ocurrir al árbol.
3.      Consecuencia: con suerte, esa mejoría no sería transitoria sino que podría conducir a la curación.
4.      Comprobación: tiempo después murió Leonor; la esperanza quedó frustrada porque la hipótesis acababa de ser refutada.

El ejemplo de la víbora y el del olmo acaban de ser tratados con el mismo método: el método hipotético-deductivo. Sin embargo coincidimos en llamar al primer ejemplo una investigación científica y al segundo un comentario de texto. Ahora bien, se admite que la interpretación de los textos es un proceso distinto de la investigación científica, que, a diferencia de ésta, no busca causas, sino interpretaciones; y, a diferencia de la explicación, se presenta a sí misma como portadora de un método distinto: el de la comprensión.
Pero acabamos de ver que la explicación del dolor en el dedo sigue los mismos pasos que la comprensión del texto: el método hipotético-deductivo parece ser común a la poesía y a la ciencia; no es algo privativo de las ciencias naturales mientras que las humanidades y las ciencias humanas utilizarían un método alternativo, el que llamamos hermenéutico; como cuando los juristas tienen que interpretar las leyes en su aplicación.
            No. El método hipotético-deductivo y el hermenéutico son el mismo; la diferencia está en que el primero trabaja con fenómenos y el segundo con textos, pero los pasos que se siguen en ambos casos, tanto para explicar como para interpretar, son idénticos: se trata de observar, conjeturar, inferir y concluir; análisis empírico, hipótesis, análisis lógico y contrastación.


1.      Análisis empírico. Observo la realidad: en un caso se trata de fenómenos y en el otro de textos; un texto es la huella escrita de un conjunto de fenómenos.
2.      Hipótesis. Es una explicación posible y, a ser posible, plausible; pero no se descartan nunca las explicaciones disparatadas. A las conjeturas (o explicaciones hipotéticas) se llega por inducción, deducción o analogía.
3.      Análisis lógico. Desmenuza las posibles implicaciones contenidas en la hipótesis, ya sea analizando los conceptos, las relaciones entre conceptos o las conexiones entre las ideas, los conceptos y los conocimientos acumulados en la cultura del investigador; estaríamos, respectivamente, ante tres tipos de análisis: conceptual, lógico y de control empírico; este último intenta ver si las ideas y conceptos analizados lógicamente tienen también su correspondencia en el mundo de la experiencia posible.
4.      Contrastación. Se trata de saber si en el mundo real se dan también esas consecuencias posibles que hemos analizado después de sacarlas de la lógica de las cosas; es decir de comprobar si el mundo real está en consonancia con el mundo posible; un mundo de posibilidades que, previamente, nosotros hemos sacado de la realidad.

El método hipotético-deductivo debería llamarse hipotético-conclusivo, porque las conclusiones a las que llega se obtienen por medios deductivos y analógicos además de inductivos. Sirve para explicar cuando se aplica a los fenómenos, y para comprender cuando se aplica a los textos; el método de comprensión no es, en consecuencia, distinto del de la explicación, sino que para lo que algunos llaman comprender y para lo que otros llaman explicar se siguen los mismos caminos. Solemos decir que cuando pesan más las analogías en la obtención de conclusiones su carácter es menos científico, y cuando pesan más las deducciones lo es más; es sólo una cuestión de dosis, de modo que entre todas las ciencias hay unas que lo son más y otras que lo son menos; pero todas las ciencias, incluso las aparentemente menos analógicas, utilizan la analogía; así se obtuvo, por ejemplo, la ley de la carga eléctrica (qq’/d2) por analogía con la ley de la gravedad (mm’/d2).
            Si falta el cuarto paso del método (la contrastación) pueden ocurrir tres cosas:

A.    Que su motor sea la razón, en su doble vertiente lógica y analógica: se trata de filosofía.
B.     Que su motor sea la fe, ya se exprese mediante conclusiones lógicas o mediante analogías: es la religión. O más precisamente, las mentalidades e ideologías.
C.     Que su motor sea la lógica, es decir la razón desprovista de contenidos empíricos: se trata de ciencias formales (lógicas y matemáticas).

La razón, la lógica y la ciencia contienen, en las hipótesis, un mundo de conjeturas; una conjetura es una explicación que esperamos que sea cierta, confiamos en que lo sea: pero no se trata de una fe religiosa, monolítica e inamovible, no es una confianza ciega, propia del fanático, sino una fe racional; una esperanza cuya confirmación dependerá de los hechos; a diferencia de la religión, en la que depende de la voluntad de un ser supremo.



            Poesía es deleitarse en las analogías que generan hipótesis a partir de los datos, pero sin comprobarlas; todas las artes que existen son formas de poesía, aunque las que se pegan mucho a lo observable adoptan un estilo realista que, en último extremo, las acerca a la ciencia.
            La técnica es la búsqueda de conclusiones (lógicas y analógicas) que, además de calcar la realidad, permiten construir artefactos que la imitan para modificarla.
            Y el saber ordinario, al que también solemos llamar sabiduría popular, es un conocimiento más descriptivo que conclusivo, pero también conclusivo, que no se preocupa demasiado por sistematizar la coherencia entre las cosas que dice. Lo llamamos saber cuando está pegado al terreno de manera realista (algunas veces con un realismo ramplón). Y cuando aporta conjeturas interesantes en forma de destellos, tanto para conocer como para vivir, lo llamaremos sabiduría.
            Todo (ciencia, arte, matemáticas, religión y filosofía) deriva del  método conclusivo; que es el que utiliza la razón en contacto con la vida. No hay diferencias fundamentales entre las ciencias naturales y las humanas, salvo en cuanto a su objeto (fenómenos o textos) y en el mayor énfasis que pongamos en los datos o en las hipótesis, por un lado, y entre la deducción y la analogía, por otro; incluso las ciencias de la naturaleza, cuando dependen de la observación de realidades inobservables, pasan a ser más que ciencia: filosofía; y para los científicos ramplones la filosofía no es más que degradación de la ciencia. Por eso la teoría de cuerdas es acogida, por algunos científicos, con desprecio.