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viernes, 11 de febrero de 2022

CABEZAS SIN CUERPO

 

CABEZAS SIN CUERPO  

 


            ¿Y si fuéramos sólo una cabeza? Una cabeza sin cuerpo, quiero decir. Un cerebro metido en una cuveta que hiciera de pila para cargarlo con electricidad. Un ordenador. Un ordenador es un cerebro electrónico que recibe datos, resuelve problemas y los manda a imprimir. Un ordenador no tiene cuerpo, ni corazón, ni se relaciona con nada que no tenga que ver con el pensar, ni tiene cultura sino sólo datos; el ordenador no lee para enriquecerse, sino para resolver problemas; no va al teatro, al cine, a la ópera, y cuando asiste virtualmente a esos espectáculos lo hace para ser un erudito y no un cerebro culto (¿se puede hablar de cultura donde no hay corazón?)

            Hay jóvenes que se parecen a ese cerebro. A esa cabeza sin cuerpo. Jóvenes que en los estudios sacan las máximas notas, menos en Educación Física. Jóvenes que no leen historias de amor. Que no van a bailar, que no han bebido nunca un trago, que no tienen amigos, que se saben todos los museos y todas las películas y todas las obras de teatro, pero no han disfrutado nunca de ellos; se lo aprenden todo porque se lo han mandado, por pedantería, ni siquiera quieren saber, sólo quieren triunfar sabiendo: ser los mejores de la clase, presumir de excelencia, saberlo todo. Esa gente es un aburrimiento porque, preguntes lo que preguntes, todo lo van a saber.

            Esos jóvenes no tienen amigos. Salen a la calle pero no se mezclan con la calle, no se divierten. No saben relacionarse con la gente, se encuentran a disgusto donde hay gente, muchas veces son tímidos, sienten pero se avergüenzan de sus sentimientos, no saben expresarlos, no saben expresarse, les gustaría confiar a alguien sus cosas pero no pueden contárselas a nadie o no saben, o no quieren, o no se atreven. Viven solitarios y no viven en el mundo, sino en su mundo; que es el mundo donde obedecen a quienes dicen que para ser bueno sólo hay que estudiar: que suelen ser los padres. Esos padres, cuando hablan de sus hijos, no dicen “éste es mi hijo” sino “ésta es mi fábrica de sobresalientes”.

            Hasta que se rompen. Blanco lo sabía todo, contestaba a todo, Blanco era un aburrimiento: no había cosa que le preguntaras que no te supiera responder. No distinguía entre ciencias y letras, era bueno en lengua y en matemáticas, en literatura y en física, en historia y en biología, en dibujo técnico, en inglés, en lo que hiciera falta… Menos en dibujo artístico, que para eso hace falta corazón. Hacía unos dibujos perfectos, pero sin vida; y aun así sacaba la máxima nota en dibujo y en pintura. Era torpe en Educación Física (entonces lo llamábamos gimnasia), pero como sobresalía en todo, también le daban un sobresaliente en gimnasia; porque, ya se sabe, ésa es una asignatura de relleno, la gimnasia es una maría, si eres bueno en lo que de verdad importa ¿cómo vas a suspender la gimnasia? Blanco acabó cum laude en el bachillerato. Estudió el primer año de carrera en matemáticas y antes de pasar a segundo… se rompió. Le dio una depresión que lo mantuvo alejado de los estudios varios años. Hoy es un empleado de oficina, resignado, triste, aburrido, cabizbajo y mal curado. De vez en cuando se acuerda de sus esperanzas frustradas de antaño. 



            Cristina era brillante. A los dieciséis años era la envidia del instituto, máximas notas en todo, educada, modosita y obediente, Cristina era un ejemplo para todos; se la restregaban en las narices a los gamberros. Y el último año de secundaria, a punto de prepararse para la universidad, tuvieron que hospitalizarla: se le metió en la cabeza una especie de tedio; a su cerebro sólo venían ideas negras, había perdido la esperanza, la alegría, la vitalidad, y con los libros ya no podía concentrarse. Sus padres se lamentaron: esta niña, nuestra hija, con lo bien que iba, que iba para comerse el mundo y mira lo que le pasa. ¡Qué mala suerte! Nos ha tenido que tocar a nosotros, ¿por qué nosotros, por qué precisamente a ella? (El destino no es una lluvia que se va regando por azar. Es una semilla que vamos sembrando con nuestras acciones).

            Aurora era la luz de su casa. Estaba acabando la universidad, nunca había conocido una nota que no fuera la máxima. De repente se rompe algo dentro de ella. Se hunde su ánimo, su optimismo desaparece, su moral está por los suelos, le vienen a la mente ideas negras. Un día le dice a su hermano: si yo no estuviera, ¿tú qué pensarías? La tienen que medicar, psiquiatras, hospitales, estudios abandonados, años perdidos. Ahora le ha dado por la poesía y anda por ahí escribiendo y dando recitales. ¿Sus estudios? Ya no le interesan. Nunca llegó a tener un título de nada, ahora es feliz al margen de todos los títulos. Tanto esfuerzo invertido, tanta juventud sacrificada, ¿para qué?

            Algo tienen en común Aurora, Cristina y Blanco. Los tres han sido educados como cerebros. Los tres han despreciado el cuerpo (por donde se desahoga uno), el corazón (por donde uno se llena) y el mundo (en el que uno hace amigos y se siente acompañado). Y como una olla a presión donde hemos acumulado vapor, están con una presión extrema pero ellos, a diferencia de la olla, no tienen válvula de escape; se las han cerrado todas; la válvula del cuerpo, la del dibujo, la de la música, la de las materias que no sirven para nada o mejor no sirven para la nota: pero sirven para soltar los malos humos, convertir la verborrea en enriquecimiento y la erudición en cultura, restablecer el equilibrio y conseguir la plenitud de una persona realizada. Las ollas a presión explotan si no regulamos el escape del gas. Los jóvenes también explotan cuando los convertimos en máquinas de pensar y no en pensamiento que alimenta al corazón, aliciente para la vida: que vivir es empaparse de cultura para flotar y no de datos que nos aplastan contra el suelo; porque no somos máquinas pensantes, sino pensamiento vivo que, apartado del cuerpo, del corazón y del mundo, no hace más que construir ordenadores sin alma y cuerpos robotizados.

            Cuando era tutor me preocupaba, cómo no, por los alumnos que tienen dificultades de aprendizaje. Pero también por los que tienen dificultades para sentir, para vibrar, para relacionarse porque el mucho estudio les quitaba las armas para combatir el tedio. Sus padres me miraban con ironía. ¿Para qué me preocupaba yo, si sus hijos sacaban las máximas notas y tenían que ser los dueños del mundo cuando dejaran de estudiar? Yo, triste, tenía que desistir cuando aquellos padres no querían comprender mis razones. Me preocupaba por los chicos, sí. Porque los chicos no son cerebros sin alma ni cabezas sin cuerpo; y porque, sin corazón y sin cuerpo, los mayores éxitos de la cabeza se acaban convirtiendo en el corazón en el más espantoso de los fracasos. 



 

viernes, 16 de abril de 2021

EL SABER

 


EL SABER

 


            “Saber”, en latín, se dice “ciencia”: “scientia”. En griego utilizamos la palabra “logos”. Y aunque originalmente significaron más o menos lo mismo, hoy llamamos lógica al estudio de las leyes del pensamiento y ciencia al de las leyes de la naturaleza. La misma lógica es una ciencia, la ciencia del pensamiento; la ciencia de la naturaleza se preocupa por saber cómo es el mundo, y como el mundo tiene muchas capas, lo mismo que si fuera una cebolla, cada capa es estudiada por una ciencia distinta; así aparecieron la física, la química, la biología… de modo que no podemos hablar de ciencia natural en singular, sino de una pluralidad de ciencias de la naturaleza. Y cuando queremos estudiar la naturaleza humana aparecen las ciencias humanas, que son ciencias naturales en su origen, pero luego acaban siendo otra cosa.

            Cada ciencia tiene su método. “Método” es una palabra que viene del griego “odos”, que significa “camino”: un método es un camino que recorremos para llegar a algún sitio, y el sitio al que quiere llegar la ciencia es el descubrimiento de la verdad. La ciencia de la lógica, de donde surgen las matemáticas, utiliza el método axiomático. Si la lógica estudia las leyes del pensamiento, podríamos decir que se ocupa de esa parte de nuestra experiencia mental que es nuestra forma de pensar, no los pensamientos que tenemos. Nuestros pensamientos surgen de la experiencia exterior: “experiencia” se dice en griego “empiría”, que significa sensación, o más bien percepción, y que se guarda en la memoria; por eso a las ciencias que estudian la realidad se las llama empíricas. Las cosas que observamos sólo se convierten en ciencia si las guardamos en la memoria; si olvidáramos lo que nos pasa tendríamos sensaciones, pero no recuerdos, y sin recuerdos no es posible estudiar nada; los libros son almacenes donde vamos apuntando, como si fueran memorias de papel, todo lo que descubrimos.

            Pues bien, si la lógica y las matemáticas utilizan el método axiomático, las ciencias de la naturaleza utilizan el método hipotético-deductivo. Pero hay otra clase de ciencias empíricas que son las ciencias humanas: las ciencias humanas pueden utilizar el método axiomático, como hacen también las ciencias de la naturaleza; pueden utilizar incluso el método hipotético-deductivo; pero lo más propio de ellas es el método hermenéutico: que es la interpretación de los textos; podemos buscar en los restos arqueológicos las causas de lo que ha ocurrido, pero sólo comprendemos de verdad cuando comprendemos los pensamientos de las personas: y en la historia, el derecho o la religión los pensamientos están contenidos en los textos que se han conservado a lo largo de los siglos.

            El método hipotético-deductivo es el que utilizan las ciencias naturales. Si el científico fuera un gato, el método sería comparable a un suelo desde el que saltamos para llegar cada vez más alto antes de volver al suelo, y caer nuevamente sobre nuestras cuatro patas; cuanto más alto saltemos mayor será el alcance de nuestra mirada; es más, con cada salto vemos construyendo nuevos balcones desde donde mirar para ver mejor y más ampliamente nuestro mundo

            El suelo desde el que saltamos es la realidad que estamos observando; y el suelo al que volvemos es la realidad a la que estamos probando; si observar es analizar, estudiar, desmenuzar nuestra experiencia, probar es provocar, tentar, obligar a la experiencia a que responda a nuestras preguntas; lo que empieza siendo una experiencia acaba siendo un experimento; es como si la realidad fuera un amigo al que estamos probando continuamente para asegurarnos de su amistad. 


            Pero nosotros no observamos las cosas así porque así; nos interesamos por ellas cada vez que tenemos un problema. Podemos pasar por una calle sin fijarnos en lo que tenemos alrededor; pero si hemos perdido las llaves la volveremos a recorrer prestando atención al suelo para ver si las encontramos; o si nos dicen que en esa calle hay un cine la recorreremos de nuevo fijándonos en los escaparates para ver si encontramos el cine; estudiar no es ver inconscientemente sin darnos cuenta de lo que vemos; sino mirar con atención para ve si encontramos lo que buscamos.

            Así, pues, nuestra experiencia debe ser consciente. Las cosas se guardan en nuestra memoria sólo si las tenemos en la conciencia; nuestra experiencia inconsciente no nos permite hacer ciencia. De modo que si tenemos un problema y nos damos cuenta de que lo tenemos, vamos a estudiar la manera de resolverlo. Yo veo un gato; me doy cuenta de que su piel, sedosa, tiene pelo. Otro día voy a casa de mi amigo y su perro, que me conoce, salta sobre mí y lo acaricio también. En el bosque veo ardillas, nutrias y ratones y todos esos animales tienen pelo. De repente tengo un flash: una luz que se enciende en mi interior y me hace ver lo que tenía delante y no me daba cuenta de que lo veía porque no lo estaba mirando: que todos esos animales amamantan a sus crías; todos son mamíferos; y todos esos mamíferos tienen pelo.

            Entonces me vienen a la mente dos preguntas, una exclusiva y otra inclusiva. Pregunta exclusiva: ¿hay animales que, aunque no sean mamíferos, también tengan pelo? Busco y encuentro: sí, las moscas tienen pelo. Pregunta inclusiva: ¿hay mamíferos que no tengan pelo? Entonces tengo que buscar entre los mamíferos más exóticos, los más alejados de mi experiencia, y comprobarlo. Busco entre los elefantes y los cetáceos, delfines, rorcuales, orcas y ballenas; y descubro que tienen pelo. Entonces se va afianzando poco a poco mi intuición anterior Y cada vez estoy más seguro de mi descubrimiento.

            Rebobinemos la película para ver cómo ha empezado todo. Primero vi, sin mirar (es decir sin observar), el pelo de un gato, un perro, una ardilla y un ratón. Luego descubrí, sin buscar, que aquellos animales peludos tenían mamas: fue un descubrimiento súbito, un flash, una sorpresa, una iluminación; solemos decir vulgarmente que se nos encendió la bombilla; el faro de la atención; a partir de entonces empezamos a fijarnos en las cosas que hemos estado viendo. Esa luz se ha encendido cuando, sin querer, hemos conectado dos hechos que antes percibíamos por separado: el pelo con las mamas; y se nos ha ocurrido la idea de que los animales que tienen mamas también tienen pelo; esos dos hechos se han conectado lo mismo que si hubiéramos conectado dos cables que salen de un generador; al unirse, han creado una corriente y se ha encendido la bombilla; y al unirse el pelo con las mamas se ha encendido una idea que teníamos en la mente, pero sin verla: que todos los mamíferos tienen pelo.

            Esa idea es una hipótesis: algo que sucede con unos cuantos mamíferos que hemos visto, pero no sabemos si sucede con todos; algo probable, pero no probado. La hipótesis, que ha surgido por iluminación, ha sido como una aparición, una revelación, un descubrimiento; y ha surgido en el momento en que hemos unido dos cosas que antes percibíamos por separado: el pelo en la piel y las mamas en la parte inferior (delantera, en el caso de la especie humana) del cuerpo.

            Antes de ocurrírsenos esa idea (esa que llamamos hipótesis) estábamos explorando, viviendo una experiencia (en el ejemplo que nos ocupa, todo ha sucedido casi sin darnos cuenta, pero en muchos otros casos la observación es consciente y premeditada). Pues bien, cuando estamos observando las cosas las separamos para verlas más detenidamente. Ese separar las cosas para verlas mejor de manera aislada, cada una por su lado, es el análisis; lo mismo que en un análisis de sangre separamos las plaquetas, los glóbulos y el plasma para verlos (y estudiarlos) cada uno por su lado. Analizar las cosas es mirarlas con un zoom hacia adelante, para aumentar el tamaño de su imagen y distinguirlas mejor una por una. 



            Pero la hipótesis es otra cosa. Imaginar una hipótesis es como echarnos hacia atrás y mirar las cosas una al lado de otra buscando, entre todas ellas, cuáles podemos juntar: a eso lo llamamos síntesis, es decir unión; si en el análisis separábamos las cosas para ver mejor el detalle, en la síntesis volvemos a juntarlas para ver mejor el conjunto; y el problema de la mente es, basándonos en lo que tenemos almacenado en nuestra experiencia anterior, cuáles son las cosas que deben ir juntas; no olvidemos que la experiencia es la memoria de las cosas que hemos vivido antes, las que hemos percibido y sentido, las que se han acumulado a lo largo de nuestros años. Ya no se trata de inducción, y mucho menos de deducción, se trata ahora de costumbre; de la costumbre de ver las cosas de una manera y no de otra; para dar saltos entre todas las posibilidades, y elegir, entre tantas variables posibles, cuáles son las que tendríamos que conectar, nos resulta muy útil la imaginación; la imaginación, muchas veces auxiliada por la lógica, o al revés; la experiencia anterior, sirviéndonos de modelo para las nuevas experiencias, puede descubrirnos la estructura antigua en la que podemos calcar los nuevos datos; por ejemplo, cuando la fórmula de Newton para la gravedad fue transformada por Coulomb para convertirla en la nueva fórmula que estudiaba el campo eléctrico.

            Y si el análisis de la realidad (es decir de los datos) funcionaba antes como un zoom hacia delante, la síntesis de la hipótesis funciona, ahora, como un zoom hacia atrás. La exploración termina en descubrimiento. Ese descubrimiento, al trabajar como un faro, lo podemos enfocar en direcciones distintas para encontrar nuevas conexiones y ahora no sólo con el dato inicial, sino sobre todo, también, con la hipótesis que hemos encontrado. Es como si la hipótesis abriera un radio de acción que contiene multitud de fenómenos compatibles con ella; entre todos hay que buscar los que, además de ser compatibles, son dependientes de ella; aquellos que son sus efectos, y que tienen, por lo tanto, a la hipótesis como causa. Lo que estamos buscando ahora son nuevos descubrimientos que puedan predecirse a partir de la hipótesis.

            Estos fenómenos pueden corresponder a la parte no visible de la hipótesis (como si estuviéramos viajando a la cara oculta de la luna). Volviendo a nuestro ejemplo: a la hipótesis de que todos los mamíferos tienen pelo hemos llegado a partir de unos cuantos mamíferos (perros gatos, ardillas, ratones) que forman parte de nuestra experiencia; se trata ahora de llegar a mamíferos ignotos: mamíferos extraños que no forman parte de nuestra experiencia; por ejemplo las ballenas; no hemos tocado nunca una ballena, no sabemos si su piel de mamífero tiene algún tipo de pelo. El razonamiento se expondría así:

 

            Si todos los mamíferos tienen pelo (hipótesis)…

            … también las ballenas, que son mamíferos, deberían tenerlo (predicción).

 

            En este ejemplo predecimos cómo deberían ser las características de algunos animales: pero también se pueden predecir acontecimientos nuevos; por ejemplo si se forman arco iris cuando llueve y hace sol (hipótesis), también podríamos construir fuentes donde la luz produjera arco iris (predicción): este descubrimiento se lo debemos a Descartes.

            Una vez que se ha predicho un fenómeno enfocándolo con la hipótesis sólo nos queda cotejarlo con los hechos: y es cuando el gato, que ha saltado desde el suelo, vuelve a él aterrizando sobre sus cuatro patas; como cuando se cae desde las alturas y, aunque tenga que hacer piruetas, se coloca sobre sus patas para caer al suelo sin hacerse daño. Una buena hipótesis produce predicciones que son como piruetas que nos devuelven al suelo sin rompernos ningún hueso; porque cuando eso sucede es porque la hipótesis, o sus predicciones, no eran buenas.

            Este método se desenvuelve, por consiguiente, en cuatro pasos: exploración, iluminación, enfoque y cotejo; o como se dice en la literatura científica: observación, hipótesis, consecuencias y contrastación.  



            Observación: es la exploración de una parte de la realidad; explorar es buscar cosas, o también buscar caminos para llegar a las cosas que nos interesan; cuando exploramos nos vamos acercando a las cosas para verlas bien en sus detalles, y acercarse a algo es como separar sus partes; yo veo una mosca y sus pelos parecen tupidos, pero si la miro con una lupa sus pelos se agrandarán, y también el espacio que hay entre ellos; y el efecto conseguido es como si los pelos se separaran. La observación, o exploración, es como una separación, una división: un análisis.

            Hipótesis: es la iluminación, la fusión de dos realidades (las mamas y el pelo) que parecían separadas pero que ahora descubrimos que van juntas; en esa conexión la realidad que estaba oculta se nos revela; conocíamos las mamas y el pelo, pero no conocíamos la relación que había entre ellos: y es como si apareciera una nueva realidad ante nosotros. Descubrir la unión de dos cosas que antes creíamos separadas es hacer una síntesis entre datos. Y para unir dos cosas tenemos que echarnos hacia atrás para ampliar el campo de visión, para ver el conjunto del que habíamos separado los detalles. Si en el análisis alcanzábamos primeros planos, con la síntesis miramos planos de conjunto.

            Consecuencias: las conseguimos variando el enfoque que damos a la hipótesis según lo que queremos mirar; enfoques que unas veces se hacen al azar y otras son guiadas por la costumbre (auxiliada, según los casos, por la imaginación o la lógica o por las dos a la vez). Si al enfocar en la dirección adecuada descubrimos consecuencias que se derivan de la hipótesis, entonces es como si una realidad (una predicción) se revelara dentro de otra (la hipótesis); como si dentro del bizcocho apareciera el relleno, o como si debajo de las ruinas de Troya aparecieran las ruinas de otra ciudad que era la misma Troya muchos años antes. El descubrimiento de nuevas predicciones se hace analizando la hipótesis y viendo cuáles son sus predicciones; frente a la observación, que es un análisis empírico, la búsqueda de predicciones (o lo que es lo mismo de consecuencias) es un análisis conceptual; pero un análisis conceptual que se inspira en las analogías de la hipótesis con otras experiencias distintas, y por eso su enfoque es una combinación de análisis de ideas (es el territorio de la lógica aplicada a los hechos) y de síntesis de fenómenos ya conocidos en otros lugares de la experiencia (y es aquí el lugar de la analogía).

            Contrastación: es el cotejo de las predicciones con la realidad, el experimento propiamente dicho. Se trata de comprobar si un producto de nuestra mente (la hipótesis), construido con materiales lógicos y analógicos que se añaden a las observaciones de la realidad (los datos), sigue perteneciendo a la realidad o se aleja de ella. Las hipótesis y sus consecuencias contienen una parte observada y otra parte inventada; si la parte inventada también es observada en la realidad, es porque nuestra hipótesis es atinada, acertada, y conforma a los hechos; en caso contrario no habremos tenido acierto. La hipótesis, y sus consecuencias, contienen al mismo tiempo especulaciones y datos; si la parte especulativa es mucho mayor que la parte empírica, las conjeturas serán menos realistas y más fantásticas, menos científicas y más artísticas; eso sólo se puede descubrir probando la hipótesis en el mismo sentido en que hablamos de probar una comida; demostrar una hipótesis, a diferencia de demostrar un teorema, es mucho más que someterla a la lógica, es confrontarla con la realidad: eso es lo que llamamos someterla a prueba.

            La parte del método que se ciñe a la realidad son el punto de partida (la exploración) y el punto de llegada (la prueba). La hipótesis y la deducción de consecuencias que hacemos a partir de ella son la parte especulativa: por eso a este método lo llamamos hipotético-deductivo. Pero habría que advertir que a las consecuencias se llega pensando, y no sólo pensamos deductivamente, sino también por hábito y por analogía; hipotético-racional sería una denominación más acertada. El método contiene, pues, un suelo empírico (la observación y la prueba) y un techo especulativo (constituido por la hipótesis y sus consecuencias).

            Lo que llamamos observación es una exploración de la realidad que se puede desencadenar, espontáneamente o motivada por algún problema que necesita resolverse. Espontáneamente: como el descubrimiento, inesperado, de que los mamíferos tienen pelo (y hasta por accidente, como cuando Fleming descubrió a penicilina). A causa de un problema: como cuando una epidemia obliga a buscar una vacuna. Pero hay una tercera causa que nos impulsa a observar las cosas: la curiosidad. Ya lo decía Aristóteles, la filosofía surge del asombro, de la curiosidad de ver cosas inexplicables que tenemos la necesidad de explicar. Espontaneidad, problema y curiosidad: tales son las motivaciones que nos proyectan hacia el mundo del saber.

 


 

viernes, 31 de julio de 2020

FAUSTINISMO Y FAUSTINIDAD



FAUSTINISMO Y FAUSTINIDAD        


1. Primeras definiciones.

            A) De la fortaleza:

1.1. Esfuerzo.

            Ser esforzado es, lo contrario que la pereza, tener espíritu de sacrificio, sacar de sí lo que se tiene dentro, sacar esa fuerza o energía interior que nos hace ser mejores. Hércules.

1.2. Valor.

            Ser valiente es también tener espíritu de sacrificio, pero esta vez no está enfocado al despliegue de uno mismo, sino al espíritu de lucha para vencer a la adversidad. El valor es algo más que fuerza, es riesgo, es energía en peligro, es no darle la vuelta a la amenaza para no tener que verse obligado a dejar de ser. El símbolo del valor es Héctor.

1.3. Abuso.

            Todo espíritu valiente es fuerte, pero no basta con ser esforzado para ser valiente. Hércules, siendo esforzado, puede ser valiente, pero Aquiles, valiéndose de su fuerza, es, más que un valiente, un presuntuoso, más que una persona que siente el peligro, alguien que es consciente del peligro en el que está su adversario; no es un ser valeroso sino un abusador.

1.4. Aquiles y Héctor.

            Aquiles tiene fuerza corporal, pero esa fuerza física esconde en el fondo una cobardía moral. Y Héctor, por el contrario, detrás de su mayor debilidad física esconde una verdadera valentía, una fortaleza anímica y moral. El desánimo no es propio de Héctor, sino de Aquiles; por eso Aquiles tiene en una cara de la medalla la fortaleza física y en la otra la cobardía: entendida esta última no sólo como falta de carácter (de fuerza para enfrentarse al adversario), sino sobre todo de iniciativa: de fuerza para tomar la decisión de luchar.

Esfuerzo y valor.

            Llamamos esfuerzo al sacrificio por ser uno mismo. Llamamos valor al esfuerzo sacrificado por estar en el mundo, y que el mundo no te quite ninguna de tus posibilidades de ser.


            B) De la flaqueza.

1.5. Miedo.

            El miedo es la falta de fuerza para ser lo que podemos ser, y para salvar los obstáculos que nos impiden estar donde podemos construirnos como somos, y, por tanto, llegar a ser lo que podemos ser. Es lo contrario de la rebeldía. La rebeldía es cuando nuestras fuerzas nos lanzan a combatir los obstáculos que nos impiden crecer (obligándonos a ser como quiere el mundo sin dejarnos, en esa adaptación necesaria de seres que crecen juntos, ser como queremos ser: aunque la realidad sea sólo una parte de lo que queremos).

1.6. Rebeldía.

            La rebeldía es, pues, espíritu de lucha; lo contrario es el miedo, que nos paraliza. Del mismo modo el esfuerzo es espíritu de superación, y lo contrario es la pereza, que nos paraliza también.

1.7. Extravío.

            Podemos ser esforzados perdiendo el norte; emplear nuestras fuerzas en la consecución de objetivos que no valen la pena, como cuando nos empeñamos en el estudio olvidándonos de vivir. El extravío puede ser rebeldía o esfuerzo, no paralizados por la pereza y el miedo pero tampoco empeñados en la vida, sino confundiendo las cosas porque lo que nos guía es la obsesión. Obsesionarse es perderse y tomar un camino que no es el que debíamos tomar.
            A veces tenemos miedo a la vida, miedo al error: y queremos caminar de nuevo para no volver a equivocarnos en lo mismo; corregir lo que hemos fallado. Y a veces ya es tarde, como la vida no tiene ensayo, su único ensayo es al mismo tiempo su única representación; y cuando queremos rectificar ya es contra la naturaleza, firmando tratos con seres que prometen cosas imposibles y las cumplen sin cumplirlas, violando el trato que firmaron con nosotros sin estar capacitados para firmar.

            C) De la dominación.

1.8. Soberbia y envidia.

            Soberbia es creerse más que los otros. Envidia es saberse menos. El soberbio pisa a los inferiores para disfrutar de su superioridad. El envidioso los pisa para quitarles lo que les sobra y así dejar de ser menos que ellos. El poderoso aplasta a quienes no tienen sus poderes para regodearse con ellos: como el forzudo machaca a quienes no tienen su fuerza para sentirse fuerte sobre el débil. El envidioso a quien le falta un brazo les corta el brazo a los otros para no ser menos que ellos. El poderoso disfruta destacando lo que les falta a los demás; el envidioso, suprimiendo lo que les sobra.

1.9. Avaricia.

            ¿Y la avaricia? La avaricia es desear las riquezas de los otros: no su propia riqueza personal. Al avaro no le importa que los otros sean mejores (como le importa al envidioso): pero le importa tener más riquezas y también atesorarlas para no tener que gastarlas nunca, porque si se las gastan las pierden y es preferible siempre tener antes que disfrutar. El avaro (Lucifer, que busca el poder) disfruta contemplando lo que tiene; y el vividor (que es Don Juan disfrutando del placer) disfruta gastando en lugar de contemplar; pero lo que contempla el avaro es el precio de sus riquezas, mientras que el sabio contempla lo que vale tanto que no tiene precio; y el vividor disfruta el oro en lugar de contemplarlo, goza de él, gastándoselo, convirtiéndolo en placeres que, si no lo hacen feliz, por lo menos le hacen gozar.


2. ¿Qué es la vida? Los ingredientes de la vida.

            Si consideramos que la vida es placer, poder, amor, saber y querer, existen diversas amputaciones de la vida; vidas disminuidas que disfrutan solamente de uno de sus ingredientes despreciando los demás: son el donjuanismo, el faustinismo, el progresismo y la faustinidad. Antes de caracterizarlos hagamos un retrato más completo de cada uno de sus ingredientes.
            a) El placer es la juventud en lo que tiene de capacidad de disfrutar del cuerpo, que es el mundo de la sensación. El placer es la vida reducida al disfrute del presente, olvidándose de la trascendencia, de lo que va más allá del estrecho goce del aquí y ahora.
            b) El amor también es la juventud, pero considerada esta vez como disfrute sentimental del cuerpo: es el mundo del sentimiento, de la emoción. También se trata del disfrute del presente, que desea durar; es, valga la paradoja, un presente trascendente donde el momento está lleno de promesas, y por tanto de sueños, que se disfrutan sublimando la sensación sin llegar a destruirla en tanto que sensación.
            c) El poder es el afán de dominio, la pérdida del alma. Si el cuerpo de la vida es el placer, su alma es la naturaleza, la aceptación del dolor para evitar la muerte: en una palabra, la vida tiene alma cuando se respeta a sí misma, cuando respeta a la naturaleza que contiene. La pérdida del alma es la destrucción de la vida, que se convierte en poder: lejos de vivir la trascendencia del presente (como hace el amor), el poder se come el presente y la trascendencia, los domina, los anula y suprime, y, cegado por esa obsesión, ni disfruta del presente ni goza de la trascendencia, pues nos coloca ante el placer de vivir más lejos, más adentro y más allá.
            c) El querer es la definición misma de alma: rebeldía, que rechaza someterse al poder, que no quiere dominar el mundo en lugar de disfrutarlo; el querer, en tanto que la rebeldía, es rechazo de la sumisión, y deseo de disfrutar del cuerpo sin renegar del alma, vivir la vida (si para luchar contra la muerte es preciso, junto al placer, aceptar el dolor).
            c) El saber es la capacidad de vivir el pasado y el futuro renunciando, para ello, a vivir el presente. Como búsqueda de la trascendencia es renuncia al momento y es, por tanto, lo contrario de la juventud: el sabio es el viejo, que compra trascendencia pagándola con juventud, y vive más allá del momento, perdiendo el momento y ganando, en cambio, la vida vacía: llenándose de vejez.
            Resumiendo: la vida tiene un cuerpo, que es la sensación, y un alma, que es el sentimiento; el sentimiento sin sensación es alma sin cuerpo, y no es vida sino vejez; la sensación sin sentimiento es cuerpo sin alma y tampoco lo es, sino gamberrismo; la verdadera vida es cuerpo y alma, sentimiento en la sensación, y eso es el amor. El amor verdadero, sentimiento y sensorialidad juntas, es la juventud.
            La pérdida del alma es el poder. La pérdida del cuerpo es la vejez.
            La pérdida del alma es sensación desnuda, y, dentro de la sensación, es rechazo del dolor y pérdida del placer: eso es el poder.
            La pérdida del cuerpo es la vejez, y ser viejo es tener afán por controlar el pasado y el futuro olvidándose de disfrutar del presente; o sea perdiendo el disfrute de la sensación. En eso se parecen la vejez y el poder.
            La vida, en definitiva, es cuerpo (sensación) y alma (sentimiento), o sea: juventud; y amor. Se pierde en la sensación, en la vejez y en el poder. Y en tanto que lucha contra el placer desnudo, la vejez y el poder, vivir es lo mismo que querer: la vida es rebeldía, lucha, respeto por la naturaleza, y en definitiva rechazo de la sumisión.


3. Las formas de vivir.

3.1. El gamberrismo.

            Consiste en reducir la vida al placer de la sensación, y eso es lo mismo que renunciar al alma para disfrutar del cuerpo, comprar el cuerpo y pagarlo con el alma. Ea el viejo tópico de vender el  alma al cuerpo (que, amputado de esa manera, no es otro que el diablo).
            Esa reducción de la vida al momento presente es vivir el presente sin pensar en la trascendencia, y esa amputación es el gamberrismo. Cuando el gamberro amputa su vida para vivir, y sobre todo para sobrevivir, es el pícaro. Y cuando lo hace sólo para disfrutar, es un donjuán; el donjuán utiliza el engaño para burlar a las mujeres, pero también busca el dinero fácil perdiéndose en la pendencia y el juego.

3.2. El faustinismo.

            Consiste en no ver en la vida más que poder. Sed de poder. Lucha por el poder. Y al confundir la vida con el poder no ve en la naturaleza más que medios que deben ser doblegados en beneficio propio, pero no para vivir, sino para disfrutar de su dominación.
            Es el pecado de soberbia. El faustinismo es el dominio del presente (para hacer en él lo que quiera, para salirse con la suya) y de la trascendencia (para dominar el pasado y el futuro, para que no haya otro futuro más que el querido por él). Es el espíritu luciferino, el de la criatura que no quiere medirse con su creador sino dominarlo, derrotarlo aunque sea empleando las malas artes. Es la envidia de la madrastra de Blancanieves. O el espíritu de Frankestein, que no ve en la naturaleza más que utilidad; y es capaz de torcer el ser de las cosas con tal de dirigirlas hacia la satisfacción de sus intereses, esclavizándolas en su propio beneficio.
            El faustinismo es el vicio de Fausto: el otro es la faustinidad. El faustinismo consiste en vivir el presente y la trascendencia a costa de violar los límites de la naturaleza. Siempre torciendo la naturaleza en beneficio propio.

3.3. La faustinidad.

            Es el otro vicio de Fausto, tal y como lo encontramos en la famosa obra de Goethe. La faustinidad consiste en no ver en la vida más que saber, estudio, alimento del asombro, de la curiosidad; si la vida es juventud, es decir amor y placer, sentimiento y sensación, y si la vida camina hacia la vejez haciéndose cada vez más sabia: entonces obsesionarse por el saber y el estudio es buscar la trascendencia pagándola con la sensibilidad.
            Faustinidad es vivir la trascendencia a costa del presente, la pasión de Fausto: una obsesión por estudiar, un sacrificio de la vida en las bibliotecas, y ese vivir dedicado al estudio es como una falta de ganas de vivir, es una forma de locura intelectual a la que llamamos empollar, no estudiar; el empollón, para enfrascarse en los libros, se olvida de vivir, y luego descubre, cuando ya es tarde, que para secarse el seso se ha olvidado de la juventud y del amor: y no le queda más remedio que comprárselas al diablo cuando ya se ha hecho viejo y lo ha perdido casi todo.
            Pero no sólo nos seca el seso la vida estudiosa. También lo hace la obsesión por las historias; como don Quijote que, obsesionado por las novelas de caballerías, se llena de ideales (alma sin cuerpo) y se olvida de vivir, convirtiéndose en un ser tan bueno como marginal y extraviado.


3.4. El progresismo.

            Consiste en poner el poder al servicio del querer. Es el espíritu prometeico, o, si queremos, baconiano, que no busca el poder por el poder (como le pasaba a Lucifer), sino tan sólo como una herramienta para ser feliz. En su rebeldía contra la postración en que lo han sumido los dioses, Prometeo es capaz de robarles el fuego para entregárselo a los humanos e inaugurar, con ello, la ciencia, la técnica y la cultura. Es el cientificismo, sí, pero también la sabiduría entendida como búsqueda de los medios para vivir mejor. A veces los dioses no lo entienden. En la Biblia se castiga la curiosidad, confundiendo a la gente, en el famosos episodio de la torre de Babel (Aristóteles, en cambio, hace de la curiosidad el motor de la filosofía). Y se castiga severamente la búsqueda del árbol de la ciencia, como un pecado original. Ya hemos visto lo que le pasó a Prometeo. Es como si los dioses hicieran inteligente al ser humano para condenarlo, después, a no usar su inteligencia. Y se confunde, equivocadamente (pero esto no lo hace dios sino sus intérpretes), la curiosidad con la soberbia, la felicidad con el egoísmo, la alegría con la vanidad.

4. En torno al mito de Fausto.

            El espíritu fáustico, que es el propio del faustinismo, ¿es luciferino o prometeico? ¿Quiere adueñarse del mundo, imponerle su voluntad (el poder por el poder) sin necesitarlo para su supervivencia? ¿O pretende dominar a la naturaleza para vivir en ella, vencer la adversidad (el poder para vivir) como medio de superar los retos, para convertirse, así, en dueño del propio destino? Ya hemos visto que es lo primero. Lo segundo, como espíritu prometeico, no es faustinismo, sino progresismo.
            Pero no se trata de vender la vida. Si el faustinismo la vende por sed de poder, por un afán gratuito de dominio, entonces es una obsesión. El progresismo, en principio, no lo hace, porque busca el poder como instrumento de defensa, de protección, no de dominio; pero si algún día el progresismo vendiera la vida para comprar la necesidad de vencer, aunque esa necesidad fuera provocada por los retos de la naturaleza, entonces el progresismo caería, decididamente, en la perversión.
            El espíritu fáustico busca el poder por el poder, y eso es lo propio del faustinismo. El espíritu faustino, por el contrario, busca el saber por el saber, y eso es lo propio de la faustinidad. Cambiar juventud por sabiduría es perder la juventud y recuperar, a costa de la sabiduría, la juventud perdida; es una forma de vender el alma al diablo, de ir contra la naturaleza, de hacer al revés las cosas que son irreversibles, de torcer la flecha del tiempo, de vivir de nuevo lo que no tiene ensayo, lo que es representación única, la vida que no se  puede repetir.
            Dos formas hay de vender el alma al diablo: por amor y por ambición. El faustinismo reniega de la vida por el poder y se vuelve diablo. La faustinidad quiere recuperar la juventud perdida y se pone en manos del diablo. Las dos son formas del fracaso. El espíritu fáustico, como el faustino, son el espíritu del perdedor.



viernes, 22 de mayo de 2020

DE NECIOS E IGNORANTES




DE NECIOS E IGNORANTES
  

            -Pues lo mismo le pasa al ignorante. Él no tiene la culpa de ser ignorante, cuando en su infancia no tuvo a nadie que le enseñara. Pero vos, señor alcalde, que habéis tenido todos los maestros, vos tenéis la culpa de ser grosero porque os enseñaron a ser educado.
            La humanidad pesaba menos que la jerarquía: excepto en el soldado.
            -Yo, señor, no tengo la culpa de ser ignorante; la tendría si me complaciera vivir en la ignorancia. Pues debéis saber que hay dos clases de necios: los que no saben y los que no quieren saber; para los primeros guardo mis respetos, y entre ellos se encuentra el soldado; deberíais elegir entre cuál de ellos os gustaría estar.
            El silencio grave, profundo, dio paso a la ofensa; de la autoridad ofendida se podría esperar cualquier castigo.
            -Entended, señor, todos somos ignorantes aunque unos sepamos más que otros; a pesar de nuestra ciencia, todos somos necios: hasta el más sabio; pero no lo somos todos en el mismo grado. Solamente dios lo sabe todo: ¿alguien puede atreverse a ser más que dios?
            Aquella disertación paralizó cualquier represalia; y el señor Ayzaga, alcalde de la Granja, se vio desarmado en su venganza. El sargento Gómez aprovechó aquella parálisis para proseguir.
            -Somos como los niños que aprenden cosas; nuestra vida es una larga aventura de aprendizaje que no se detiene hasta la muerte; aprendemos con los libros, es verdad, pero también con la experiencia; el gran libro del mundo, que decía Descartes.
            La alusión a Descartes sonó a ofensa en algunos de aquellos oídos que nunca fueron ilustrados. El sargento Gómez los apabullaba, vengaba a su joven soldado, estaba dispuesto a no dejarles respirar; especialmente al alcalde de la Granja.
            -El niño no tiene la culpa de ser pequeño; la tendría si se negara a crecer.
            Años más tarde lo llamarían complejo de Peter Pan.
            -Yo sé muy poco, pero quiero aprender; y hay mucha gente que, sepa o no sepa, considera que no le hace falta estudiar.
            La gravedad de la reina le daba un aire doctoral: por la curiosidad que había en sus ojos. Su gesto serio no era severo, sino amable; en la blancura de su traje irradiaba toda su serena majestad.
            -¡Atrévete a saber! –dijo el sargento-. ¡Ten coraje de servirte de tu propio entendimiento! –Lo dijo mirando a los soldados, para justificar el tuteo; que no paraba de ser, si alguien era lo bastante inteligente para entenderlo, un tuteo didáctico; de ninguna manera desacato-. No te conformes con ser listo: ¡atrévete a pensar! –La mano del sargento se levantaba, sobre el codo doblado a media altura, con los dedos tensados, curvados como una garra; en señal de arenga. –Que la inteligencia sin conocimiento nunca logrará hacernos sabios.
            -Sabes mucho para ser un sargento –dijo el duque de Arteaga, menos con ironía que con fastidio; estaba buscando la manera de provocar.
            -Esas palabras no son mías; son de Kant.
            -¿De Kant?


            -Bueno, no son citas literales. Lo he dicho con mis palabras, pero las ideas son suyas. La ilustración no es conocimiento, es valor; yo puedo ser ignorante, pero tengo el valor de salir de mi ignorancia, tengo el valor de estudiar. Bien es verdad que sólo dios puede llamarse ilustrado, porque él y sólo él lo sabe todo; pero los que queremos saber estamos llenos de curiosidad; la ilustración es la fábrica de ilustrados, sabiendo que cuanto más sepamos, más conscientes seremos de lo que nos falta por aprender. La ilustración es la educación. La instrucción. El estudio. La curiosidad. Primero con maestros; luego solos: autodidactas.
            -Y… ¿dónde has oído hablar de Kant?
            -En Alemania, señor; pasé allí un corto lapso de tiempo.
            Un hombre muy serio se deslizó entre los oyentes. Tenía el pelo sobre la frente, como en desorden, a la manera del rey Fernando y de Napoleón. Las guías de los bigotes estaban levantadas; sobre su cara, unas largas patillas; las gafas le brillaban a la luz de la vela y no era posible verle los ojos.
            -Y ahora –dijo el sargento- voy a demostraros que este soldado no es tonto; aunque sea ignorante.
            Se giró hacia él y lo llamó con su mirada.
            -¿De dónde eres, soldado?
            -De Lugo.
            -De Lugo… ¿Qué recuerdas tú de Lugo?
            El soldado calló intentando recordar.
            -La playa de las catedrales -dijo en seguida.
            El sargento paseó la mirada en un movimiento panorámico.
            -¿Alguien conoce la playa de las catedrales?
            Nadie contestó.
            -Yo tampoco: no he estado allí; ni he leído esos libros. –Una breve pausa-. Y ahora, soldado, dinos algo que te recuerde la playa de las catedrales.
            El soldado dijo sin vacilar.
            -El escarapote.
            -¿Qué es el escarapote?
            -Es un pez que se entierra en la arena. Si lo pisas cuando andas por el agua te puede clavar sus pinchos; duele mucho.
            -¿Y tú cómo lo sabes?
            -Picome uno.
            -¡Ah! –dijo el sargento girándose nuevamente-. ¿Alguien conoce el escarapote?
            -No creo que lo conozcan; fuera de Lugo lo llaman ariego.
            Todos callaban. A los labios del sargento asomaba una sonrisa.
            -De modo que el soldado conoce la playa de las catedrales, que no conoce ninguno de los ilustrados que están aquí presentes; conoce el escarapote, que tampoco conoce nadie aquí; y también sabe que entre nosotros el escarapote es el ariego. ¿Alguien lo sabía?
            Se masticaba el silencio.        
            -Sin embargo eso no me da derecho a llamarte ignorante. A nadie. Las autoridades aquí presentes, ciertamente ilustradas, saben muchas cosas, pero ignoran otras; este soldado ignora cuanto nuestras autoridades han aprendido en los libros, pero sabe otras que le ha enseñado la experiencia; este hombre, pues, aunque ignore cosas, no es ignorante; también, a su manera, es un sabio; también, como nosotros, tiene cultura, pero no es la nuestra, no es la cultura de los libros: es la suya; también él, a su manera, es culto.
            Calló. Fue la suya una pausa didáctica. Aprovechó el silencio. 


            -Creo haber demostrado que este hombre no es ignorante. Ahora voy a demostrar que no es tonto; que no es necio. Soldado, ¿sabes tú lo que es el diámetro?
            -Es el ancho de las ruedas. 
            El sargento sonrió, sorprendido por la sencillez de su respuesta; que fue certera.
            -Muy bien. –Buscó entre las cosas que había en la sala y reparó en un sombrero-. Señor marqués, ¿seríais tan amable de prestarme vuestro sombrero?
            -¡Cómo no! –dijo.
            Luego sacó una cuerda de su bolsillo y se la dio al soldado.
            -Aquí tienes. ¿Podrías medir con esta cuerda el diámetro de este sombrero?
            El soldado la midió y se quedó señalando con el dedo el punto de la cuerda que indicaba aquella longitud.
            -Ahora ten la bondad de medir el borde del sombrero; a ver cuántas veces cabe el diámetro en su circunferencia.
            El soldado lo hizo.
            -Tres y me sobra un cacho –dijo.
            -Bien. Ahora haz lo mismo con esta moneda. –Sacó una moneda y pidió a uno de los presentes un trozo de hilo; el resultado fue el mismo que con el sombrero. Luego lo mandó hacer con un botón ancho, con una rueda que había en una estatua y con un ornamento de la pared.
            -En todos los círculos –concluyó el soldado- el borde mide tres veces lo que mide el diámetro, y a todos les sobra un poco.
            -Mide algo así como 3’1.
            -Más o menos.
            -De acuerdo. Ahora supón que necesites una palabra breve para nombrar a ese número, cuando tengas que nombrarlo: ¿cómo lo llamarías?
            -No sé.
            -Di algo.
            Apremiado varias veces, el soldado replicó.
            -Ro.
            -¿Por qué?
            -Porque así es como llamo a mi hermano Rodrigo.
            El sargento se relajó, abriendo los brazos y girándose hacia todos con una amplia sonrisa. Luego se dirigió otra vez al soldado.
            -¿Ves? Nosotros lo llamamos pi; por puro capricho.
            Inmediatamente aprovechó para dar la lección.
            -¿Dónde has aprendido matemáticas, chaval?
            -En ningún sitio; nunca he ido a la escuela.
            -Y sin embargo sabe matemáticas; a poco que le ayudemos a pensar; por lo tanto no es tonto, porque sin instrucción piensa rectamente por sí solo. Hace un rato demostré que no era ignorante, ahora acabo de demostrar que tampoco es necio; sólo necesita una escuela para igualarnos.
            Ahora se extendió el silencio de admiración. Pero, como es lógico, no se lo celebraron las autoridades, cuya razón yacía presa de su sentimiento de casta; los soldados, sin embargo, aplaudieron.
            -¿Esto también lo has aprendido de Kant? –interrumpió el hombre de las gafas que brillaban.
            -No, señor: de Platón; léase el Menón; se lo recomiendo.



                                               (De La sinfonía del nuevo mundo, páginas 39 a 45).