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viernes, 25 de marzo de 2022

EL DESTINO DE EUROPA

 

EL DESTINO DE EUROPA 


            Políticamente hoy es Europa una potencia débil. Pero está hecha de esa debilidad que da la fuerza, porque, por respeto a la libertad de todos los Estados que la integran, tiene que pagar el precio de no hablar con una sola voz. Otras potencias hablan con una voz única pero tienen por dentro maniatadas sus voces; la fuerza que ejercen en la escena internacional es aparente, porque en el fondo son inmensamente débiles.

            Europa adolece también de una debilidad militar: sólo Francia es una potencia atómica; Europa tiene ejércitos menos poderosos que Rusia y China, y éstos los tienen aún menos que los Estados Unidos.

            Europa es una enorme potencia cultural. La fuerza de su cultura es descomunal. Los Estados Unidos son un país joven y ni de lejos pueden compararse con la enorme riqueza europea. Rusia tiene una cultura exquisita y la de China es de una riqueza milenaria. Ante mi ignorancia a la hora de compararlas me atrevería a decir que Europa, China y Rusia es posible que tengan sendas culturas de una fuerza equivalente.

            Pero Europa tiene una riqueza moral: eso no lo pueden decir ni Rusia ni China. China tiene filosofías que han marcado hitos en el pensamiento moral del mundo, pero Europa disfruta de un respeto a los derechos humanos como no lo tiene ningún país del planeta; y esto no tiene que ver con el hecho de que, coyunturalmente, promueva la violación de esos derechos un buen número de europeos. Es como el mar, cuyo oleaje puede desbaratarlo todo pero en sus fondos abisales, que son la identidad inconsciente de Europa, hay un sentimiento arraigado de respeto que es su tarjeta de presentación verdadera; que perdura mucho más que las efímeras tarjetas de atropellos que identifican por momentos a muchos europeos. En oposición a ellos, Estados Unidos parecen tener una doble identidad paradójica: en su medalla brillan, por un lado, los nobles ideales de Europa, y por el otro, la sombra de los fanatismos medievales, restos de un pasado que se niega a desaparecer.

            El primer tercio del siglo XXI es el del declive de Europa: militarmente va a ser arrinconada por Estados Unidos, Rusia y China y políticamente tiene escasa trascendencia (aunque la tiene). Pero hay un auge de Europa que viene de su esencia, de aquello que permanece, una riquísima cultura donde convive lo despótico con lo humano y una dimensión ética envidiable para cualquier país de la tierra. Por eso podemos decir que el declive de Europa puede ser una realidad coyuntural a lo largo de décadas, esperemos que no durante siglos; pero Europa es, en la cultura, uno de los grandes faros de la humanidad y en la moral, el único. Puede que las mareas bajas eclipsen los valores de Europa y sus realidades; pero su presencia será permanente en el enorme empuje que siempre tienen sus mareas vivas.

 


 

viernes, 10 de septiembre de 2021

LAS CUATRO NOTAS

 

            Ayer asistí al concierto de la banda sinfónica Tierra de Segovia. En el azoguejo. Entre muchas otras, tocaron el primer movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven y una escena de los carmina burana: la fortuna imperatrix mundi. Me gustaron mucho. Y aquellas notas inspiraron estas notas que escribí anoche. Ahora quiero leerlas. Como despedida.

 

LAS CUATRO NOTAS

 


Cuatro notas retumban como nudillos. Y al otro lado de la puerta está el destino. Cuatro golpes descarga la realidad. Y al otro lado de la realidad están los sueños. Los sueños vuelan, buscando ventanas donde salirse, burlando las estrecheces del mundo, levantando losas con la imaginación, ligera; y rompen las puertas de acero con la fantasía. Esas cuatro notas estallan como manotazos del destino. El destino es para el renacuajo ser rana, aunque no lo quiera. El destino es para nosotros ser otra cosa, si no queremos. El destino es para Beethoven ser sordo, aunque no quiera. Pero el destino no será nunca olvidar la música, si Beethoven no quiere. El destino del ser humano es ser libre. Y la libertad se expande en nosotros, se expande en el mundo, brota del corazón, disuelto en mil acordes que se pierden en el aire entre aldabonazos. Por fuertes que sean esos nudillos de acero, esa armazón de cemento, ese calabozo metálico, esa armadura, esa prisión de cuatro notas que estalla entre la orquesta; por fuerte que sea el peso de la realidad, la realidad no puede con nosotros y nosotros, seres reales, nos escaparemos a lomos de un sueño.

            Somos una orquesta. Nuestra vida es un vendaval de partituras, una tempestad de notas, un huracán de instrumentos y una eternidad de atriles. Cada instrumento suena por su lado, las partituras no están acompasadas; las notas mezclan disonancias, es un auténtico desastre, una algarabía: así son los primeros años de nuestra vida; así es también la adolescencia. Pero luego, no sabemos cómo, sale de nosotros un director de orquesta y ese ruido infame se vuelve música; y ese sonido se vuelve orden, se crean consonancias hasta de lo disonante, y entonces surge, desde lo informe, una sinfonía.

            ¿Dónde está ese director que hay en nosotros? En el corazón… ¿En la cabeza? Sólo sé que la sinfonía es sólo una frase mil veces repetida. Miles de variaciones, miles de apariciones después de haber desaparecido, miles de voces dispares que se ordenan en torno a una misma nota, una tónica dominante, un hilo conductor que vuelve siempre a nosotros, siempre con el rostro cambiado, pero siempre siendo el mismo. En una sinfonía miles de voces son arrojadas por el viento, dispersadas como el polen, y vuelan sin orden enredándose en remolinos, entre los avatares que pasamos, en las mil  caras que tiene la vida. Y un día, de repente, todas esas voces se juntan, como el gato sobre sus cuatro patas, y caen al suelo, abrazadas,  a plomo con la fuerza de la materia, pero con la ligereza que les da el espíritu: materia traspasada de energía como los sueños atraviesan esas cuatro notas, notas pesadas que quieren traspasarnos pero no pueden; los rayos X cruzan el cemento armado y el acero, como la materia acaba siendo traspasada por los sueños; por las ansias de la vida. 


 

           La vida es un sueño, una ilusión, un suspiro, o mejor: la vida son miles de sueños que nos cuidan. Empezamos siendo ruidos caóticos atropellándose en torrentes; pero no son ruidos informes si en el corazón del caos se esconde un hilo conductor: la sinfonía de nuestra vida; Concha se enamoró de la física, Juan Luis de la ciencia, José Antonio de la música, Reyes de la pintura; cada uno tenemos nuestro amor, nuestra pasión, nuestra fuente de inspiración, el hilo (como un hilo de Ariadna) que guía nuestra vida. Y ahora, que vamos a jubilarnos (¡quieran los dioses que yo lo haga pronto!), escuchamos tiempo atrás y entendemos los ecos sordos que nos miran; las voces de nuestra infancia, las de la juventud, las de cuando empezábamos siendo cada vez más viejos. Y los ecos que sonaban sin forma, sin tiempo, sin luz, sin entonación, sin rima; esas voces que parecían un desorden, un despropósito, una algarabía: esas voces se juntan ahora que nos vamos haciendo viejos, pero aún nos quedan muchos años de nuestra vida; y se juntan y se traban como hilos de plata, como hebras de oro de una misteriosa cota de mallas, transfiguradas por el corazón, transidas por el espíritu; esas voces se abrazan, se enroscan en sí mismas, se acarician, son las mil caras de una misma frase que ha sufrido miles de transformaciones, un hilo conductor, una misma nota, un do menor, una vieja tónica, que vuelve lejana de la infancia y es la misma que ahora vibra; en el desorden de la vida, ¡oh misterios de la música!, parecía todo caótico y ahora converge todo juntándose los hilos; forjando nidos de plata, entretejiendo una sinfonía.

            Cada uno tiene una vida. Cada vida suena de un modo. Cada modo es tan bello como los otros, pero distinto. Reyes y Concha no suenan igual, pero las dos son música. Unos se parecen a Wagner, otros a Beethoven, otros a Mozart, otros a Bach, otros a Schumann. Cada uno tiene sus hilos, cada uno sueña a su modo, a cada uno su sinfonía. Pero es lo esencial que la vida, sin orden ni concierto, al final encuentra su orden; cuando éramos niños parecía que el viento había hecho volar las partituras y todo sonaba mal; no nos sentíamos a gusto, no nos gustábamos nunca; pero bien es verdad que el tiempo ha reforzado los atriles, la edad ha sujetado las notas, las partituras están fijas con abrazaderas metálicas, y los instrumentos suenan ahora más sueltos que nunca. Y si la infancia era búsqueda de notas, la madurez es concierto de esas notas encontradas; las notas que definen mi persona; las que resumen las transcendencias de mi vida.

            Levantemos nuestras copas. Hoy, Reyes, Concha, están en el umbral de escribir cada una su sinfonía. Con el tiempo libre que no tuvieron antes, y que ahora se desparramará generosamente sobre sus vidas. ¡Silencio! ¿No oís? Es un estruendo de huracanes. Un rumor lejano de vientos que se atropellan, lejos, en el cielo lejano del mar, en las tierras ignotas de la geografía. Un estallido brutal. Una rueda, una diosa: la rueda de la fortuna. Un imperio nos arrolla queriéndonos aplastar, las fuerzas del azar, el reino de la nada, la necesidad que trina. La fuerza de la realidad se impone: impertinente y testaruda. Cuatro notas que te atrapan con el peso de la vida. Las notas del destino: te quieren agarrar con un aullido, arrastrarte en el torrente ciego, en la espuma de las aguas, arrastrarte en la esperanza y en los sueños, el temblor que vibra.

            Pero no pueden. Que los sueños son fuerza incontenible, espíritu vencedor en los átomos de luz, fotones sin cuerpo, destello sin tiempo, anhelo de inmortalidad, artística sangre, deseo de estudiar, vino que nos aturde, suerte: la suerte que tenemos de vivir en libertad, liberadas las energías de la carcasa de la materia; liberada por fin del corsé que la apretaba (las cuatro notas) cuando la voluntad se impone definitivamente sobre el destino. En el combate de Beethoven los sueños luchan contra la realidad (esas cuatro notas), y ahora vencen los sueños; y que atruenen las prisiones todo el tiempo que quieran. Ahora se nos antoja el trabajo cuatro notas; y la jubilación, victoria que ha liberado nuestros  sueños.

Amigos: levantemos nuestras copas porque ahora pueden echarse a volar los sueños de Reyes y de Concha. Y que esas ilusiones duren mucho tiempo. Ahora que empezáis una nueva vida, brindemos por ella. Y que los dioses os sean propicios. Y que el destino sea únicamente lo que vosotras queráis que sea. Y que no os venzan nunca esas cuatro notas. Y que podáis ser niñas con la sabiduría que da la experiencia. Y que seáis felices. Y que comáis perdices. Y que nos deis con el rabo en las narices. Porque, ¡qué caramba!, os queremos. Brindemos con el vino levantando nuestras copas. Levantemos nuestras copas aquí mismo. Brindemos por ellas ahora que tenemos tiempo. Brindemos por ese sueño. Brindemos.

 


 

viernes, 6 de agosto de 2021

PENSAMIENTOS (3)

 

 

PENSAMIENTOS (3)

 


1. Ocio.

 

            Ocio era para los romanos el tiempo libre, mientras que el tiempo que se dedicaba a las tareas obligatorias era la negación del ocio (negotium, de donde deriva “negocio”). Aristóteles concibió el ocio como cultivo del espíritu; un tiempo en el que, disfrutando de libertad, se descansaba aprendiendo; hoy llamamos aburrimiento, más que ocio, a la ociosidad; el tiempo en el que se descansa sin aprender nada, con lo que ni somos verdaderamente libres ni tenemos un descanso verdadero.

            Solemos contraponer el ocio al trabajo. Trabajar es hacer cosas (en física llaman trabajo al movimiento causado por una fuerza); el trabajo, en sentido amplio, puede ser obligatorio o libre; llamamos “trabajo” en sentido estricto al trabajo obligatorio; y al trabajo libre lo llamamos “afición”, “hobby” o, simplemente, “ocio”.

 

2. Placer.

 

            Es una sensación de bienestar; es decir de estar bien, de encontrarse uno a gusto donde está y como está. No se puede explicar con palabras. Pero si no se puede decir qué es el placer, sí se pueden describir sus efectos, y es que se abre nuestro cuerpo; abrimos la boca, abrimos los brazos, las piernas, nos dan ganas de saltar, correr, reír, el resultado es que nos sentimos cargados de energía, que es lo mismo que sentirse pletóricos.

            Hay dos momentos cruciales en el placer: la concentración y la relajación. Cuando bebemos un buen vino inspiramos profundamente y cerramos los ojos, como si necesitáramos aislarnos del mundo para concentrarnos sólo en nuestro placer; y luego chasqueamos los labios, abrimos la boca, abrimos los ojos y hasta extendemos los brazos.

            Cuando llegamos al orgasmo nos concentramos en dejar fluir el placer y cerramos los ojos, para que entre bien dentro de nosotros y explote y se expanda; y cuando crispamos los miembros, tensándolos mucho para llenarnos de placer durante el tiempo que dure; luego se relajan nuestros miembros y abrimos los ojos para soltar la paz que se nos ha metido dentro.

            El placer tiene, como mínimo, tres fases o momentos: concentración (nos aislamos mientras el cuerpo busca); explosión (nos encerramos profundamente para sentirnos estallar olvidándonos de todo); y relajación (nos invade una paz que irradia de dentro como si la energía que hemos absorbido en esa súbita descarga nos alimentara poco a poco). Concentrarse es aislarse de lo que no es la tarea de buscar placer, aunque todavía podemos sentir lo que pasa alrededor; la concentración es un crescendo que alcanza un clímax: ese clímax es el orgasmo, el estallido, el punto de máxima fruición. Explotar es cargarse súbitamente de energía olvidando completamente lo que pasa a nuestro alrededor. Y relajarse es consumir poco a poco ese chorro de energía que hemos producido, y que hemos almacenado dentro, en una sensación de paz que es plenitud, y que produce ensoñación; uno también se siente pletórico de fuerzas, que mientras la plenitud las siente lentamente hacia adentro, el aliento pletórico las descarga hacia afuera de manera rápida y expansiva.

            La tensión que se concentra se rompe bruscamente si, cuando uno inicia el crescendo, alguien rompe la fijación destruyéndola con bromas extemporáneas, como cuando nos cortan un bostezo. 



            El clímax, una vez iniciado, ya no se puede romper. Es una descarga tan fuerte que ya nada la distrae desde el mundo exterior.

            La relajación es más fuerte que todos los estímulos mundanos; aunque si éstos son fuertes y se prolongan, la pueden romper y entonces su magia desaparece, o se debilita.

            Una persona expansiva se siente pletórica después del clímax; una persona contenida se siente plena y se abandona, como cuando la música pone sordina en los momentos fuertes y convierte los gritos en lamentos. La felicidad pletórica es muy distinta de la felicidad plena: la primera es un alarde de fuerza, la segunda de delicadeza; la delicadeza es la fuerza contenida en el recuerdo; el frenesí, fuerza que se despliega en el instante.

            Probar una comida es concentrarse en el sabor, dejarse subyugar por la expresión que se produce en el paladar y espirar soltando el placer; saborear, transportarse y volver.

            Puede suceder con la lectura de un libro. Con la audición de una sinfonía. Con la contemplación de un cuadro, una escultura, un edificio, un ballet, con el embrujo de una conversación, disfrutando de una buena película o creando una obra de arte. Algunos dicen que lo sienten cuando hace estragos en ellos el aliento de dios (y es la mística). Y otros dicen que el éxtasis les sobreviene cuando los abruma la naturaleza, exaltación increíble, cuando los posee, o es poseída por ellos, una fuerza inspiradora: el entusiasmo de la creación.

 

3. Dolor.

 

            El dolor es el extremo de un continuo que empieza en el disgusto o simple desagrado; tampoco lo podemos definir con palabras. Nos duele algo cuando no  nos encontramos bien.

            O sea cuando estamos mal. En Francia al sentir dolor lo llaman “tener mal”. En España al daño lo llaman “mal”, que se usa como sinónimo de enfermedad: “el mal ha avanzado mucho”, decimos a veces, por ejemplo cuando empeora o aumenta una infección, cuando el veneno de una mordedura sube por la sangre, o cuando los tumores se extienden por el cuerpo. Aunque solemos distinguir entre el mal y el dolor: el mal, los tejidos dañados, o la parte del cuerpo que no funciona bien, es la causa del dolor, aunque a veces hay males o daños que no duelen.

            El dolor es una pena, un pesar. Puede ser físico o psicológico. También se da por grados, desde un simple malestar hasta el tormento más terrible, pasando por diversidades que van del malestar o desagrado al pesar, el dolor o el daño, la mortificación… El mal psicológico es un pesar, una pena, una tristeza que va en aumento hasta la rabia, el miedo, el asco o la desesperación.

            Al contrario de lo que sucede con el placer, en el dolor no nos concentramos sino que nos desconcentra; nos distrae de las cosas placenteras. Es quien nos inflige dolor quien debe concentrarse en saber dónde nos duele más. El dolor aumenta por grados hasta llegar al clímax o punto máximo, y entonces se hace insoportable. 




 

viernes, 11 de junio de 2021

LA MURALLA

 

 

 

LA MURALLA

 


1.

 

            A veces buscamos la aventura para huir de nosotros mismos. A veces nos vamos de viaje para huir de la pereza y no es el viaje una meta, sino huida ante el destino: energía sin voluntad, río sin cauce, fuerza sin camino, o camino sin fuerza.

 

2.

 

Hay un mundo al otro lado de la pared. Podemos llegar saltando por distintos sitios, sin embargo no todos llevan, en el otro mundo, al mismo lugar; por unas zonas lleva a un suelo muy bajo desde el que vemos muy pocas cosas; por otras se va a otro suelo alto desde el que se divisa un amplio horizonte.

La muralla crece como si fuera una escalera. Tiene diez peldaños. Cada uno la salta según sus fuerzas y el mundo que encontrará más allá será siempre mejor que éste en el que está; sin embargo, no todos lo disfrutarán con la misma fuerza; cada peldaño que suban es un grado más en la intensidad del goce, pero sólo se llega al otro lado a partir del quinto peldaño. Por debajo de él te quedarás en este mundo y no podrás traspasar la barrera para ver el otro: el que hay al otro lado, el que hay más allá.

Por encima del quinto, cada peldaño lleva a una llanura por la que podrás caminar largo rato y al final de esa llanura habrá un mirador: el paisaje que se ve desde allí es magnífico.

A la derecha del mirador encontrarás otro peldaño: que te conducirá a otra llanura más alta con un mirador más hermoso que el primero y a su lado habrá otro peldaño.

Éste te llevará a un mirador todavía más grandioso que dominará un paisaje mayor; y a su derecha habrá otro peldaño que accederá a otra altura desde la que los dominios que contemplas aún serán mayores.

El peldaño más alto será el décimo; desde allí verás el paisaje más poderoso de todos; el de horizontes más lejanos que quepa imaginar; desde esa altura planearás verdaderamente a lo grande: en esos horizontes podrás echar a volar sacando el máximo poder de tu libertad.  

 

Así que las cinco últimas alturas del muro dan acceso a cinco plataformas de diferentes alturas; algo así como cinco mesetas desde las que se va ampliando el horizonte a medida que subimos.

 


Visto de lejos, hay muchas paredes, muchas barreras, muchas murallas; como si la misma muralla estuviese separada por compartimentos que limitasen varios recintos distintos y cada recinto fuese un palacio. Si no puedes entrar por una entrarás por otra, siempre que camines lo suficiente por la senda que une a todas estas murallas. Pero las que vienen luego ya no son como las primeras.

En la primera muralla, sólo con atravesar el quinto peldaño ya estaremos al otro lado; y el sexto y el séptimo y el octavo y el noveno y el décimo te abrirán cada uno a una plataforma desde la que contemplar el mundo dominándolo siempre más que desde el piso anterior.

 

Las que vienen luego dan todas a la plataforma número cinco. Si llegas a la diez al final no te encontrarás con una meseta más alta, sino con un tobogán por donde caerás hasta la mitad de lo que has subido por este lado, es decir hasta el quinto piso; será como un adarve que se encuentra siempre al mismo nivel.

No podrás pasar del quinto nivel aunque saltes por el seis, por el ocho o por el diez. Quedarás condenado a no ver horizontes más altos si saltas por la segunda muralla; esos sólo se ven por la primera; desde la segunda llegarás al otro mundo, sí, y en ese mundo será mejor que en éste; pero ya no podrás disfrutarlo al más allá del quinto piso pues cada piso te llevará a toboganes por los que te caerás irremediablemente hasta el quinto.

 

Por debajo del quinto peldaño no podrás pasar al otro lado. Lo mismo da que saltes cuatro, que dos, que tres; te quedarás en éste. Y todos lo verán. Porque entre el primer peldaño y el quinto la muralla es transparente y aunque no puedas atravesarla todos verán a qué altura has chocado. Y se reirán de quienes han chocado en el primero mucho más que de quienes han chocado con el cuarto.

 


El mundo que hay a este lado es tu nivel de estudios. Al otro lado está el nivel superior. La muralla es el examen. Los peldaños, las notas. La primera muralla es el primer examen. La segunda es la recuperación. Si recuperas por haber suspendido en el primero, ya no tienes derecho a sacar más de cinco. Aunque estudies para diez. Sin embargo si suspendes con menos de cuatro tendrás la nota que saques. Estarás nivelado por arriba, pero diferenciado por debajo; ésa será tu condena. El resultado es que te desanimarán de estudiar si recuperando no vas a sacar de todas maneras más de cinco; y te hundirán la moral si sacas menos de cuatro. Todo por haber suspendido la primera vez.

 

Y luego dicen que hay que aprender de los errores. Pero si yerras, ya no tienes derecho a rectificar. Ya no tendrás las mismas oportunidades. Las mismas que hay para los demás. Hay quien saca montones de ochos en recuperaciones y sólo le ponen cincos; y hay quien saca ocho sólo una vez y, por ser la primera, ésa será la nota definitiva. Todo por ser virgen. Por haberlo sacado la primera vez. El primer suspenso será como una deuda externa que te obligará a pagar intereses todo lo que ganes por encima de cinco.

Hay que desterrar para siempre la virginidad pedagógica. Esa que te hace aprobar mucho estudiando poco. La misma que castiga el estudiar mucho con premiárselo poco. La que castiga el error con la deuda externa. La que acumula déficits haciendo que los retos sean cada vez más difíciles de superar. La misma que pone en el tiempo más tareas de las que el tiempo puede consumir. La que lo pone todo fácil para el que puede, y se ceba en poner palos en las ruedas de los que tienen dificultades. La que hace que el estudio se vuelva la antienzima perfecta. La que pone cada vez más alta, a medida que pasa el tiempo, la energía de activación.


3.

 

            En la Rusia soviética ningún obrero se esmeraba en trabajar, porque todos cobraban lo mismo. En el mundo capitalista los repetidores no se esmeran en estudiar, porque siempre les ponen la misma nota.

            La virginidad pedagógica impide que los orgasmos suban de nivel. No puede ascender en el éxito quien ha probado el suspenso antes de tiempo. No hay alegría en los estudios para quien ha suspendido la primera vez.

 

            En algunos lugares acostumbran a no poner de nota más que un suficiente, aunque te saques un sobresaliente, si te lo has sacado en un examen de recuperación. 



 


viernes, 12 de febrero de 2021

 

 

ESTÉTICA DE LA SUCIEDAD

 


            He visto los perros colgados en los árboles y el olor de los arenques, las sardinas de Cuba y los albañales de las aguas sucias. El olor a muerto, el olor a orín, los muladares, el olor de los guarros y el olor a estiércol. Las arañas. Las arañas y las cucarachas me parecen feas; desagradables, sucias; como los filamentos de las telarañas formando algodones grises en la suciedad de los árboles; porque dentro de ellos, si metes la mano, te puede picar la araña, allí está el peligro. He visto los mosquitos, los piojos, las moscas y los grillos; las cucarachas son sucias porque las pisas y se derraman, vertiendo el jugo de su cuerpo asqueroso. El olor a corral y a cuadra, el olor de los burros y las mulas, ver las boñigas y olerlas. El barro entre las casas, en el cerro; el lodazal. Todas esas cosas son sucias como el petróleo, la pizarra o el carbón de Puertollano; están en el mundo idílico de los campos que nos cuentan los cuentos, pero los cuentos nunca nos hablan de la suciedad del campo aunque está en ellos; los cuentos sólo nos hablan de las cosas hermosas, limpias, de lo atractivo: nunca de lo que nos repugna. ¿Pasará lo mismo, pero al revés, con el carbón del Pueblo? ¿No hay un mundo idílico en Puertollano? ¿No hay una belleza escondida en lo sucio?

            Y no sólo hay suciedad en la naturaleza. También la hay en nuestra historia, y en nuestras leyendas, en nuestros cuentos. La bodega en la que se esconde el sosiego puede ser también lugar de borrachos. La escuela de cagones. El papel de estraza en la tienda, que siempre es un papel sucio. El papel de los periódicos huele a petróleo, y hasta hay un papel de dibujar que se llama, ironía de las cosas, papel guarro. Con la goma borramos el lápiz y con el secante quitamos los borrones, o más bien no los borramos, los secamos; quitamos la suciedad de la tinta que emborrona el papel y aunque siga siendo fea (a veces nos gusta) deja de estar sucia porque ya no puede mancharnos; cuando manchar es poner la tinta del papel en la mano, que es contagiarse. Como el chocolate que, por muy rico que esté, no deja de ser sucio porque nos mancha las manos; porque nos llena de sustancia como la tinta del papel, cuando no estaba seca, nos las mojaba. También estaban sucios los zíngaros que pasaban por el pueblo y el perro, y el mono, la pandereta, y el oso. Sucios son los churros, que nos llenan las manos de grasa; las manos y los morros. Pero el tamiz del tiempo vuelve lo sucio limpio y hermoso y los zíngaros, en la repulsión que nos producen, pasan a rodearse de aromas de leyenda, la suciedad del pasado la sentimos limpia y no deja, sin embargo, de estar sucia. ¿También le podría pasar a Puertollano?

            He visto los pollitos, los pastores, tiernas estampas que me parecen bellas. Pero los pastores tienen suciedad en las manos, polvo en el pelo y barro en los zajones; les huelen los pies. He sentido el viento, las hojas de otoño y los árboles floridos: y me parecen bellos. Y he comido algarrobas y espigas y pan con quesito y estaban ricos; el buen sabor es la belleza del gusto, esa belleza que no tenemos en el carbón de Puertollano. Ni en el petróleo. ¿O sí? Bellos son los tebeos, las historias, las leyendas; y Goliath,  y Crispín, y el capitán Trueno; aunque Doble Ron sea un borracho y esté sucio el doctor Salasso. Vulcano, el tártaro, las brujas, el infierno, el porquero Eumes, todos son bellos como la pulcritud de un via crucis; sin embargo son sucios. Son leyendas, son historias bellas, bellas porque las vemos lejos, aunque de cerca sean feas. ¿Acaso también, para encontrar la belleza de Puertollano, haya que marcharse del pueblo? ¿Verlo de lejos, en el tren, o cribarlo con la distancia del recuerdo? 

            Hay cosas feas en la naturaleza. Que son feas sin ser sucias, como por ejemplo la cigarra; porque tiene las alas de un gris blancuzco y desagrada la estridencia de su canto; y sin embargo, gusta. Feos son los grillos, los escorpiones, los cardos, los matojos, el sudor de la tierra, los charcos, el polvo, el barro; fea es la estepa, que es una tierra seca, estéril, llena de caminos pedregosos, polvorientos y bellos; y sin embargo ahora que los describo los estoy haciendo bellos; fea es la polvareda, feos los hierbajos, feo el rostro escuálido de don Quijote; los terraplenes, los gorgojos, la maleza, fea es la naranja con azúcar que no le gustaba a mi hermana. Y hay cosas que a la vez son feas y bellas como el resplandor, la lluvia, los rayos y los truenos; y cosas que, siendo hermosas, también son limpias: como la placa donde mi madre hacía la comida, la lumbre que se escapaba de la chimenea, que en el aire formaba hilos de humo, nubes grises, borrones de niebla; y, siendo humo,  no era feo como el de la fábrica, la locomotora, el carbón de las minas; porque la lumbre que encendía mi madre la encendía con carbón y siempre tenía a su lado la badila, el recogedor. El brasero que soplaba hasta las brasas, la ceniza que lo cubría como si fuera estufa, todo era limpio y bello aunque se ensuciaran las manos. ¿No podría ser igualmente bello el carbón de Puertollano? Como el color de la vida, que en el pueblo es en blanco y negro. Nosotros llevábamos ropa de colores pero los policías vestían de gris, y el gris y el color resultan, cuando se funden en la memoria, un cuadro bello.

            Como también es bella la libertad: que en Puertollano tenía un corsé, el corsé de la disciplina, que no dejaba mandar y sólo la obediencia era posible; el temor, el rumor, el rumor que sale del temor y multiplica el miedo, que se multiplica, a su vez, con el miedo lejano de la guerra; los terrores de la guerra se incrustaron en la memoria y ahora mismo nos han paralizado; y han entronizado la injusticia y han convertido al español en un perdedor.

El miedo está en la casa de baños. En la casa terrible de los golpes y los palos. Donde vino a bañarse el general Narváez y mucho más tarde, cuando Puertollano dejó de ser balneario, se convirtió en comisaría. Las palizas, los correazos, la bofetada de mi padre, los puños y las balas: los rumores. Donde no hubo libertad se agazapó la violencia y con violencia destruyeron el poder creador de la palabra; en la palabra atormentaban el corazón de la gente, machacaron la justicia, que crece en las manos del diálogo al que también destruyeron; todo lo que era bello lo hicieron feo y el color de nuestras ropas se fue volviendo gris; y por eso en Puertollano la vida era en blanco y negro; blanca como la cal, como la leche en polvo, y negra como el carbón. Lo bello es feo. 




viernes, 29 de enero de 2021

LA TRAMPA DE LAS METÁFORAS

 

LA TRAMPA DE LAS METÁFORAS



            La semana pasada publiqué un artículo sobre Miguel Hernández. Su objetivo era comparar sus metáforas con las que Nietzsche había utilizado en su obra magna, Así habló Zaratustra. El bestiario de ambos autores tiene puntos en común, pero diverge también en algunos aspectos. El artículo de esta semana intenta explicar, en cada uno de esos autores, el simbolismo de los animales.

 

1. Nietzsche.

 

            El camello representa la sumisión; el espíritu que tiene miedo a la libertad y prefiere someterse a lo que le digan que piense o que haga. Contrariamente a las apariencias, es muy cómodo ser esclavo. Pero se puede ser esclavo de dos maneras: o perdiendo la libertad después de haber luchado o entregándola sin lucha; en el primer caso se trata de gente deseosa de ser libre, y en el segundo de gente que prefiere no tener responsabilidades; los negros que fueron arrancados de África para trabajar en las plantaciones son gente libre, sometida por otra gente que tiene más armas que ellos; y los capataces que les dan latigazos en las plantaciones suelen ser negros al servicio de los negreros, han comprado la libertad de moverse sirviendo a los amos que esclavizan a los otros negros. Llamaremos esclavos vencidos a los primeros y esclavos vendidos a los segundos.

            Los soldados derrotados en las batallas, los cautivos atormentados y deportados, los autóctonos encadenados por los colonos, los leones cazados en lucha agónica, los niños maltratados por sus padres, los obreros explotados en la revolución industrial, los ciudadanos chantajeados por las maffias, los seres libres que no pueden con la ley del más fuerte, los estudiantes que luchan contra el fracaso aunque suspendan los exámenes: todos esos son los esclavos vencidos.

            Quienes se rinden sin luchar en las batallas, quienes se venden al amo para ser cautivos ricos antes que pobres y libres, quienes traicionan a los amigos para obtener un beneficio, quienes se dejan cazar para no meterse en líos, quienes obedecen a sus padres cuando les mandan hacer cosas indignas, quienes (como los asesinos de Viriato o como Judas) traicionan a sus amigos por unas cuantas monedas, quienes resisten al chantaje y pierden la partida, quienes pisan al débil para servir al fuerte, quienes se rinden al fracaso y renuncian a seguir, sólo porque han suspendido un examen, y quienes, en fin, prefieren ser mayores en casa de sus padres antes que salir al mundo para ganarse la vida, quienes viven a costa de otros y se someten antes que tomar las riendas y salir adelante: ésos son los esclavos vendidos


            Nietzsche utiliza la figura del camello para representar a los esclavos vendidos. A todos aquellos que prefieren depender de la pereza antes que liberarse son su esfuerzo. A quienes están más cómodos chateando que conversando, copiando en el examen antes que estudiando, viendo la televisión antes que leyendo un libro, viendo una mala película antes que una buena, a quienes prefieren acosar a un amigo débil antes que enfrentarse al fuerte, a quienes prefieren pensar como los demás antes que  tener criterio propio y a quienes, en fin, prefieren ser veleta que mueve el viento antes que torre que se le resiste: a todos esos Nietzsche los llama camellos. El camello es el que dobla el espinazo y se inclina, servil, a que le pongan encima las cargas más pesadas, que él puede con todas; que resulta más fácil, aunque cueste más, cargar con lo que nos mandan que mandarse a uno mismo, ser capitán de nuestra alma, como decía William Henley, ser dueño de nuestro propio destino. Muchos prefieren seguir los caminos trillados antes que abrirse camino: abrir trocha, como se dice, y vencer al follaje con el machete; o, como decía Antonio Machado, hacer camino al andar.

            El león representa el espíritu indomable, infatigable y libre. Puede ser indómito cuando nadie le vence; pero, cuando no ha podido alzarse con la victoria, nunca será un arrastrado sino solamente un esclavo vencido: que perder una batalla no es perder la dignidad, sino solamente dar un paso atrás antes de saltar de nuevo; coger impulso. Nadal ha perdido algunas batallas pero ha ganado muchas; y ha sido tan indómito en las derrotas como generoso en el triunfo. Rafa Nadal es un león esforzado, un corazón agónico, un espíritu libre. El león representa para Nietzsche, más que la libertad, la liberación: la vida que se enfrenta a la muerte con valentía, el brío que no se rinde ante las adversidades y lucha, el espíritu que no baja la guardia y, como sucede en tiempos de pandemia, acepta al coronavirus como única forma de combatirlo: los negacionistas no son unos leones, sino unos camellos; son, como el avestruz, gentes que piensan que enterrando la cabeza para no ver el peligro desaparece, con la cabeza, el peligro.

            Pero Nietzsche nos advierte de un problema: que el león está tan empeñado en luchar que no sabe qué hacer con la victoria cuando la consigue. Hay locos que, como Nerón, quieren destruir el viejo mundo para construir un mundo nuevo y una vez que lo han destruido ya no saben qué hacer; han empleado sus energías en luchar y quemar y cuando han conquistado la libertad no saben usarla; por eso dice Nietzsche que el león es un señor, sí, pero un señor en su propio desierto; está solo y no tiene mundo en el que mandar, en el que ser su propio señor sin que nadie mande en él, pero sin que él tenga tampoco necesidad de mandar en nadie: eso sólo lo puede hacer un espíritu inocente que vea al mundo como un juego, que sepa crear, una mente limpia, enérgica, generosa y fuerte y al mismo tiempo delicada; que sepa amar sin odiar, corazón que diga sí a la vida y la convierta en obra de arte: un niño.

            Por eso Nietzsche nos dice que el espíritu fue primero un camello, rendido y traidor, y después fue un león liberándose de sus cadenas antes de convertirse al final, con la fuerza de la inocencia, en un niño.

 


2. Miguel Hernández.

 

            El gran poeta español tiene un poema en el que pinta el espíritu indómito y libre a través de la figura de los animales: se llama “Vientos del pueblo”. En un principio se ve que el buey incorpora el simbolismo del camello: 

 

Los bueyes doblan la frente

impotentemente mansa;

delante de los castigos

los leones la levantan.

 

            Está claro que para hablar del espíritu libre utiliza al león: la sintonía con Nietzsche es absoluta. Esto le da pie para sentenciar:

 

No soy de un pueblo de bueyes,

sino de un pueblo que embargan

yacimientos de leones,

desfiladeros de águilas

y cordilleras de toros

con el orgullo en el asta.

 

            Ahora la libertad se encarna en el león, el águila y el toro. Sólo que el águila, además de ser un animal libre, es un animal rapaz; y la rapacidad es un rasgo moral que asocia la libertad del vuelo (enseñoreándose majestuosamente de los desfiladeros) con la avaricia, la codicia, la ambición desmedida, y el robo. Hay aquí un desliz semántico por el que el poeta, sin darse cuenta, ensalza a un pueblo libre y sin escrúpulos. El águila también es un símbolo en Nietzsche. Y la serpiente, que representa la astucia. Y si en un principio nos sentíamos identificados con las palabras de Miguel Hernández, ahora sentimos que no es eso, no es eso. El significado se ha deslizado hacia asociaciones caprichosas que dicen cosas contrarias a las que queremos decir. Si seguimos leyendo el poema aparecerán otras cosas extrañas.

 

Nunca medraron los bueyes

en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo

sobre el cuello de esta raza?

 

            Hasta ahí, todo bien: el buey ara los campos en parejas uncidas por un yugo; en la medida en que está asociado al yugo, el buey representa la esclavitud del camello y se opone a su versión libre de yugos: al toro. Pero resulta que el toro es un animal esclavo destinado por su dueño a morir en la plaza en agonía trágica; el toro representa, pues, una versión del camello transida de patetismo, que si se manifiesta como buey aparece asociado a los yugos (es decir, a las cadenas) y si se manifiesta como toro, a las picas, estoques y banderillas (es decir a la muerte). Apelar al toro bravo es reivindicar la esclavitud hecha tragedia. España tiene forma de toro y su destino es glosado así por Rafael Alberti: “a aquel país se lo venían diciendo desde hace tanto tiempo… Tienes forma de toro, de piel de toro  abierto, tenido sobre el mar”. Miguel Hernández prosigue con su alegoría:

 

Crepúsculo de los bueyes,

está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos

De humildad y olor de cuadra;

las águilas, los leones

y los toros de arrogancia,

y detrás de ellos, el cielo

ni se enturbia ni se acaba.

La agonía de los bueyes

tiene pequeña la cara,

la del animal varón

toda la creación agranda.

 


            La cualidad propia del buey es la humildad; la del toro, la arrogancia. Al asociar humildad con esclavitud el poeta identifica libertad con arrogancia y previamente había dicho que España era el “crepúsculo de los bueyes”, cuando acaba diciendo lo contrario de lo que quiere decir: las metáforas lo han traicionado. Quería decir que prefiere la libertad a la esclavitud y dice, por el contrario, que prefiere la arrogancia a la humildad; siendo la arrogancia un vicio, como sabemos (la soberbia: un pecado capital) y la humildad una virtud, la virtud de no creerse más que los demás, la virtud de no ser arrogante; pero como resulta que a veces llamamos humildes a los que no se atreven (es decir a los cobardes) y arrogantes a los valientes, el buey, en tanto que humilde, puede parecer un esclavo vendido cuando es en realidad un esclavo vencido: lo mismo que el toro; la alegoría del poeta se derrumba como un castillo de naipes.

            Pero hay más. El poeta identifica a las águilas, los leones y los toros (que representan la fuerza y la valentía) con el animal varón; con lo que se supone que el buey (es decir la sumisión y la cobardía) pasa a ocupar el campo semántico referido a la mujer: la que sufre, la que llora, la que aguanta, la que esgrime, contrariamente a la lucha, la virtud de la mansedumbre (entendida ésta como claudicación) y la paciencia. Un sesgo sexista en línea con buena parte de la literatura, en este caso española; no olvidemos lo que se le dice a Boabdil cuando pierde Granada a manos de los Reyes Católicos: “no llores como mujer lo que no has sabido defender como hombre”. Está claro: la naturaleza del hombre es ser valiente; la de la mujer, ser cobarde. Esto no lo piensa, pero lo dice, Miguel Hernández; el poeta se halla cogido en su propia trampa.

            Matiza, claro; pero no puede evitar contradecirse. Admira las lágrimas  entre los andaluces, pero son torrenciales; rechaza la cuadra donde viven los bueyes, pero representan la paz mientras que los leones y los toros encarnan la guerra; ensalza la braveza de los asturianos, la piedra blindada de la que están hechos los vascos, el relámpago de los andaluces, la firmeza de los catalanes, la casta de los aragoneses, la dinamita de los murcianos: todos ellos valores varoniles, fuertes, valientes y libres.

            Pero también ensalza la alegría de los valencianos, el alma, la tierra y las alas de los castellanos, las guitarras de los andaluces, y las lágrimas; el centeno (la labranza) de los extremeños, y la lluvia, la calma de los gallegos, cualidades femeninas en lo que tienen de sensibilidad y delicadeza, pero se pueden volver masculinas si las asociamos con la fuerza: las alas de los castellanos se vuelven fuertes en el águila, las lágrimas, ya lo hemos visto, pueden ser torrenciales, la alegría puede ser eufórica, la calma de los gallegos puede llegar a ser firmeza… Pero hay una cualidad que le falta a la mujer: la fuerza; como si ser sensible fuera lo mismo que no ser fuerte. Aunque Miguel Hernández, atrapado en la trampa de sus metáforas, la ensalza en otro de sus poemas: “Rosario la dinamitera”.

            Pero lo que no admite el poeta es la esclavitud:

 

Yugos os quieren poner

gentes de la hierba mala,

yugos que habéis de dejar

rotos sobre sus espaldas.

 

            Y aquí está el simbolismo del  buey: el yugo. Sin embargo hay un doble campo semántico asociado al buey: el del yugo, claro está, que representa la  mansedumbre entendida como cobardía, el vivir arrastrado; pero también está el de la humildad, el de la cuadra, el de la vida pacífica y sin violencias, sin claudicaciones; y está en el alma de los castellanos, “airosos como las alas”: que no son las alas del águila (cualquiera diría que del buitre), sino del ruiseñor:

 

que hay ruiseñores que cantan

encima de los fusiles

y en medio de las batallas.

 

            No lo dice Miguel Hernández, pero así lo entendemos nosotros: el ruiseñor vendrá después del águila, como en Nietzsche al león le sucedía el niño; en los dos casos a la guerra le seguirá la paz, al no a la esclavitud le seguirá el sí a la vida, y la creación, y la libertad del artista, reinarán después de que reinara el león, en su desierto, solo. Miguel Hernández está diciendo lo mismo que Nietzsche: sólo le han traicionado las metáforas.

 


 

 

viernes, 1 de enero de 2021

CONOCIMIENTO ORDINARIO

  

DICCIONARIO DE FILOSOFÍA

CONOCIMIENTO ORDINARIO  

 


            Toda la lógica de Aristóteles gira en torno al término medio; su ética, a la virtud entendida como término medio entre dos extremos (que son, respectivamente, el vicio por defecto y el vicio por exceso); y su filosofía política, en torno a las clases medias. Podemos decir que Aristóteles tiene espíritu de sistema; que lo que dice en un sitio es coherente con lo que dice en otro; y que, en definitiva, no se contradice.

            La gente de la calle puede decir un día que “a quien madruga dios le ayuda” y si alguien responde que de nada sirve esperar la ayuda de dios, que “ayúdate y dios te ayudará”, le damos en seguida la razón sin caer en la cuenta de que antes habíamos dicho lo contrario; y si una tercera viene a decir que “no por mucho madrugar amanece más temprano” le damos la razón igualmente. Es decir que la gente de la calle puede decir una cosa y acto seguido decir lo contrario. Y luego lo llamamos sabiduría popular.

            La gente culta huye de la contradicción, evitando pensar inconsecuencias; no suele aceptar en física una teoría y en química otra que contradiga a la primera; y cuando descubre contradicciones en el sistema de sus conocimientos intenta siempre eliminarlas para que todo sea coherente. No tendría sentido que en ética Aristóteles buscara los excesos. Eso que llamamos experiencia popular y cotidiana, conocimiento ordinario o, simplemente, sabiduría popular, no es más que el intento de que todas nuestras ideas se apoyen unas en otras y se sujeten entre sí para mantenerse unidas y en equilibrio: pero no lo consigue; la gente de la calle se contradice sin darse cuenta y a veces, aunque se dé cuenta, tampoco le importa mucho.

            Otra característica del saber cotidiano es que toma sus deseos por realidades. Cuando los hinchas ven un gol en la tele dirán que es legal si lo ha marcado su equipo, y que ha habido falta si lo ha marcado el equipo contrario. Y cuando gana su partido las elecciones legislativas dirá que el pueblo es sabio y hay una racionalidad colectiva, pero si pierde dirá, por el contrario, que lo han engañado o que se ha equivocado y que la democracia, a veces, no funciona. Como podemos ver, la gente de la calle llama verdad a lo que coincide con sus intereses y a eso, con frecuencia, lo llamamos sabiduría popular.

            Un día hablaban dos campesinos y uno le decía al otro cosas que sabíamos por medio de refranes: “en abril, las aguas mil” (los refranes ponen en forma de proverbio o sentencia las experiencias que se repiten año tras año; si compruebo que todos los años llueve en primavera, lo convierto en refrán). Suelen ser los refranes producto de una inducción, como cuando observo que si llueve por la mañana la tarde es apacible, y si veo que año tras año sucede lo mismo, entonces lo convierto en refrán y digo: “mañanita de lluvia, tarde de paseo”. Y así, muchos refranes tienen naturaleza inductiva: “perro ladrador, poco mordedor”, “dime con quién andas y te diré quién eres”, o “quien mal anda mal acaba”.

            La sabiduría popular es inductiva, y sin embargo hay quien menosprecia las inducciones empíricas: “aquellos hombres no eran empíricos, sabían de lo que hablaban”, oí un día que le decía un vecino a otro; de modo que el verdadero saber no está en conocer las costumbres de la naturaleza (el conocimiento empírico), sino en tener conocimiento de la causa; la gente de la calle sabe que si tocas esa piedra te quemarás la mano, pero no sabe por qué; el porqué los saben los científicos, no la gente de la calle. Y, puestos a hablar de inducciones, las inducciones populares suelen ser precipitadas; si llueve dos o tres días seguidos se suele decir: “mañana lloverá” (lo que es una falacia); así surgen los estereotipos, que resisten, como los irreductibles galos, con ojos ciegos a todas las evidencias; los españoles son ardientes aunque yo haya visto que muchos de ellos son parados, y los catalanes serán siempre agarrados aunque todos los catalanes con los que he salido hayan pagado religiosamente las rondas que les correspondían. 



            La cultura popular es interesada, empírica y asistemática: esos son los rasgos que hemos venido viendo hasta ahora. Pero le falta uno: la cultura popular es el pensamiento conclusivo al que le falta el último paso del método, la contrastación; observa, especula y razona, pero no comprueba, no contrasta, no pone a prueba sus pensamientos; en esto se parece a la filosofía y al pensamiento mítico. Son tres formas de pensar que no tienen acceso a la contrastación aunque quisieran, pero con matices. Vamos a ver en lo que se diferencian.

            La filosofía se caracteriza por la libertad. Es libre de aceptar la duda cuando no tiene seguridad en lo que cree, y de esa duda se pueden buscar certezas racionales y empíricas, pero sus certezas empíricas no proceden de la experimentación, sino de la experiencia. Descartes, cuando llegó a la certeza del cogito, lo hizo pensando: no experimentando.

            El mito se caracteriza por la opresión. No tiene acceso a los experimentos, pero si los tuviera los rechazaría. Le tiene miedo a la verdad porque lo que busca no es la verdad, sino el poder; no el control de la realidad, sino el control de las mentes como forma de despotismo; si la filosofía es un pensamiento libre, el mito es un pensamiento atado.

            La cultura popular se caracteriza por la pereza. Se conforma con lo plausible aun pudiendo llegar a lo seguro, y es porque busca lo cómodo, lo que no supone esfuerzo, lo fácil. La gente de la calle se traga todas las noticias sin apenas criticar las fuentes, las garantías racionales, la fiabilidad; en el mundo de internet cree todos los bulos sin fundamento y, cuando ve que unos contradicen a otros, también los rechaza sin fundamento porque es un pensamiento pasivo, que pide certezas ya hechas, incapaz de construir las suyas propias; y vive la contradicción como un problema, no como una oportunidad; dispuesto siempre a dudar de todo por pura pereza, no por imposibilidad de alcanzar la verdad; pero es una duda dispuesta siempre a echarse en brazos de cualquier creencia; a diferencia de la filosofía y la ciencia que practican una duda razonada, el saber popular practica una duda fácil, una duda perezosa, que puede ser también una duda absurda: pues es absurdo dudar de todo por pereza para acto seguido creer en cualquier cosa, por pura pereza, solamente por comodidad (duda cómoda, y por lo tanto claudicante, pensamiento que se rinde, pensamiento que se niega a pensar). La consecuencia de todo esto es que el pensamiento popular es asistemático, ya que no tiene ningún problema en rechazarlo todo para luego creer en cualquier cosa por infundada que sea, y al mismo tiempo tolera las contradicciones sin inmutarse y sin excesivo sentido crítico; dispuesto a pensar, no ya con lógicas contradictoriales (que rechaza), sino con lógicas absurdas (con las que juega sin el menor pudor).

            Por eso no podríamos hablar de sabiduría popular, sino de saber popular; y más precisamente tendríamos que hablar de cultura popular, que es continua vacilación entre cultura y culto. La filosofía y la ciencia crean sus propias culturas, el mito se entrega al culto, pero el vulgo se mueve entre la cultura y el culto sin preocuparse demasiado, o adoptando para sí mismo cultos propios y rechazando la cultura de los otros: es lo que ocurre, por ejemplo, en el caso de los toros. Hay grandes sistemas científicos, filosóficos y religiosos, pero el pensamiento popular carece de sistema: es ecléctico, crédulo, cómodo y fragmentario. 



            Existe la sabiduría popular, sí: pero no se refiere al conocimiento ordinario; lo que llamamos sabiduría popular son filosofías anónimas y descubrimientos científicos de cuyos autores no sabemos nada. Los refranes, relatos didácticos, cuentos o fábulas son filosofías diversas que a veces están enfrentadas entre sí; y el vulgo, en lugar de considerarlos como teorías diversas, las adopta todas como si fueran parte de un mismo sistema, y por eso se contradice.

            En el saber popular podemos distinguir dos cosas: una cultura popular formada por el conjunto de filosofías, descubrimientos y hasta mitos antiguos que ya han perdido su poder coactivo; y el culto que eso que llamamos pueblo les rinde a los hábitos vitales, reflejos o automatismos que están vigentes (y que por eso, en vez de culturas, habría que llamarlos tradiciones): la obligación, acrítica y ciega, de obedecer al padre, concebido como pater familias o como jefe intocable; la censura para los hombres que llevan falda y las mujeres que llevan pantalón (hoy día las costumbres han cambiado, aunque no del todo); la obligación para las niñas de vestir de rosa y los niños de azul. La cultura es permeable a la crítica, las tradiciones (al igual que los cultos), no.

            De modo que el vulgo es un ente híbrido que oscila entre la cultura y el culto. Hasta en las universidades los mismos estudiantes que aprenden la ciencia creen, sin sonrojarse, o sonrojándose, en supersticiones, prejuicios y ocultismos. Por eso se llaman así: prejuicios; ideas que se toman por verdaderas antes de someterlas a juicio. Kepler, cuando creía en la astrología, lo hacía después de juzgar las especulaciones platónicas y pitagóricas; pero el vulgo cree en las cartas astrales sin preocuparse demasiado por su fundamento.

            El saber popular no incluye sólo conocimientos, sino también hábitos: costumbres; costumbres arraigadas en la sociedad y que se justifican a través de los mitos (mentalidades); y costumbres que alguien quiere introducir y se justifican mediante historias y teorías transformadoras (ideologías). La religión, la filosofía y hasta la ciencia pueden apuntalar mitos sociales (como que antes de bañarnos tenemos que hacer la digestión si no queremos morirnos); mitos que forman parte de las mentalidades; pero también de las ideologías (como el marxismo, el racismo y el darwinismo social).

            Lo que llamamos conocimiento ordinario o saber popular funciona, pues, como una esponja: lo absorbe todo; experiencias variadas, filosofías diversas, muchas de ellas obsoletas, conocimientos científicos refutados o no y hasta sincretismos religiosos; todo eso unido a un universo cotidiano de experiencias que depende de la geografía, la sociedad y los contactos culturales entre pueblos diversos; experiencias que destilan muchas veces costumbres diversas. Todo ese magma constituye lo que llamamos conocimiento ordinario o saber popular; que contiene, ya lo hemos visto, culturas y cultos.

            Llamamos cultura a cualquier conocimiento que admite la crítica. Una crítica que puede ser lógica (coherencia) o empírica (contrastación). Como en esta estrofa del acervo flamenco:

  Reniegas de ser cristiana

y te jincas de roílla

en cuanto suenan campanas.

            Llamamos culto (o tradición) a cualquier conocimiento, normalmente soporte de costumbres viejas y ancestrales, que rechaza la crítica. Hablamos de culto a los toros, culto al naturismo, a la muerte, no sólo a dios; y entre ellos se mueven las corrientes sociales, las modas y las diferentes tribus urbanas. Lo propio de los cultos no es que sean coherentes, sino que estén vigentes; uno puede demostrar que las vacunas ayudan a salvar millones de vidas, pero hay muchas personas que creen que la vacuna es perjudicial para la salud, y militan activamente en contra de ella. 



             Hay aforismos y refranes que forman parte de la sabiduría popular (“más vale tarde que nunca”; “antes de hacer algo piénsalo dos veces y después de haberlo pensado, vuélvelo a pensar”). Otros, sin embargo, forman parte de las tradiciones (“el hombre es como el oso: cuanto más feo, más hermoso”; “el buen paño en el arca se vende”).

            El buen paño en el arca se vende: la mujer es el paño y la casa es el arca donde se tiene que guardar, sin salir a la calle, si quiere casarse (el matrimonio aparece caracterizado entonces como una venta). Hay prejuicios contra la mujer que se transmiten a través de la música, como en la canción que lleva por título El preso número nueve; y hasta se presentan en forma atenuada, seudocrítica, aparentando rechazar lo que tiene connotaciones de vigencia (como las peleas en broma de Juanito Valderrama y Dolores Abril).

            Otros prejuicios valoran la velocidad como algo beneficioso (y se tiende a marginar a las personas lentas); o valoran el amor y el perdón como cosas preferibles al castigo (parábola del hijo pródigo). Hay enseñanzas,  fábulas y relatos que dan consejos (las moscas y la miel, la serpiente y la lima), otras sirven para el proselitismo (el grano de mostaza, el buen samaritano). Los refranes prácticos (“vale más pájaro en mano que ciento volando”) conviven con otros que reflejan actitudes ante la vida (“quien quiera peces, que se moje el culo”). Hay actitudes que, como ya hemos visto, se transmiten mediante canciones; como la misoginia, cuando se dicen de las mujeres cosas como ésta: 

  La que no es buena

lo parece algunas veces

y la que es buena

no lo parece.

            Cantares de gesta:

  Por besar mano de rey

no me tengo por honrado;

porque la besó mi padre

me tengo por afrentado.

            Obras de teatro:

  El honor es patrimonio del alma

y el alma sólo es de Dios.

            Novelas:

Sus fueros, sus bríos.

            La petenera:

  Al pie de un árbol sin fruto

me puse a considerar

qué pocos amigos tiene

el que no tiene que dar.

            Los equívocos, los juegos de palabras, las adivinanzas, la visión de los escritores en el acervo popular:

  Entre flores y rosas

su majestad escoja [es coja].

            Inducciones que sirven para dar nombre, como el de aclaradores; los aclaradores son esos insectos que, cuando se les ve en el agua de los ríos, son señal de que el agua está limpia. O que sirven para aprender de la experiencia; como el chiste aquel donde un hombre que se muere quiere fumarse un último pitillo pero no sabe encenderlo sin quemarse, y entonces llega un pastor y coge en su mano un poco de ceniza, luego pone sobre la ceniza un ascua y después se la ofrece al hombre para que encienda el cigarro; el hombre, después de una vida creyendo que los pastores eran ignorantes, muestra su sorpresa al decir:

                                               Muriendo y aprendiendo.

            La música. La literatura. Las bellas artes. El cine. Todas las manifestaciones culturales, unidas a las de los autores anónimos (los refranes, el romancero, el folklore), forman parte del saber popular: que unas veces es cultura, otras sabiduría y otras, decididamente, culto.

            Como vemos, el conocimiento ordinario es un batiburrillo donde cabe todo; si la cultura fuera comparable a un libro de recetas, el culto sería un almacén de ingredientes o una farmacia: la farmacia contiene medicinas para la hipertensión y la hipotensión, pero son el farmacéutico y el médico quienes nos dicen qué medicina debemos tomar. En la farmacia del saber popular a veces el vulgo tiene sus médicos y sus farmacéuticos; pero otras veces tales médicos tienen que venir de la filosofía y la ciencia, y hasta muchas veces de la religión.

            Pero es preferible hablar de conocimiento ordinario antes que de saber popular. Sobre todo porque no sabemos exactamente lo que es el pueblo. Para unos el pueblo estaría formado por todo el mundo, pero entonces los ricos también formarían parte del pueblo (y no se justificaría que se llamara pueblo sólo a quienes son explotados por los ricos; es decir sólo a los pobres y a los humildes); sin embargo en el lenguaje cotidiano suele ser lo que sucede. Otras veces se llama pueblo al conjunto de habitantes de un país, y como se admite que cada país tiene su espíritu, hay teóricos que han empezado a hablar del “espíritu del pueblo”: su existencia es más que dudosa, pero ha servido para fundamentar nacionalismos agresivos, de pueblos que menosprecian a otros pueblos: a los que llaman metecos, charnegos o maquetos. Y como no es posible saber a qué se refiere la televisión cuando dice que “ha votado el pueblo”, habrá que suponer que quienes se abstienen no forman parte del pueblo. En fin, para sortear esta palabra tan escurridiza habría que evitar la expresión “saber popular”; sería preferible hablar de “conocimiento ordinario”; de esta manera sortearíamos muchos equívocos y nos ahorraríamos los malentendidos.