DICCIONARIO DE FILOSOFÍA
CONOCIMIENTO ORDINARIO
Toda
la lógica de Aristóteles gira en torno al término medio; su ética, a la virtud
entendida como término medio entre dos extremos (que son, respectivamente, el
vicio por defecto y el vicio por exceso); y su filosofía política, en torno a
las clases medias. Podemos decir que Aristóteles tiene espíritu de sistema; que
lo que dice en un sitio es coherente con lo que dice en otro; y que, en
definitiva, no se contradice.
La
gente de la calle puede decir un día que “a quien madruga dios le ayuda” y si
alguien responde que de nada sirve esperar la ayuda de dios, que “ayúdate y
dios te ayudará”, le damos en seguida la razón sin caer en la cuenta de que
antes habíamos dicho lo contrario; y si una tercera viene a decir que “no por
mucho madrugar amanece más temprano” le damos la razón igualmente. Es decir que
la gente de la calle puede decir una cosa y acto seguido decir lo contrario. Y
luego lo llamamos sabiduría popular.
La
gente culta huye de la contradicción, evitando pensar inconsecuencias; no suele
aceptar en física una teoría y en química otra que contradiga a la primera; y
cuando descubre contradicciones en el sistema de sus conocimientos intenta
siempre eliminarlas para que todo sea coherente. No tendría sentido que en
ética Aristóteles buscara los excesos. Eso que llamamos experiencia popular y
cotidiana, conocimiento ordinario o, simplemente, sabiduría popular, no es más
que el intento de que todas nuestras ideas se apoyen unas en otras y se sujeten
entre sí para mantenerse unidas y en equilibrio: pero no lo consigue; la gente
de la calle se contradice sin darse cuenta y a veces, aunque se dé cuenta,
tampoco le importa mucho.
Otra
característica del saber cotidiano es que toma sus deseos por realidades.
Cuando los hinchas ven un gol en la tele dirán que es legal si lo ha marcado su
equipo, y que ha habido falta si lo ha marcado el equipo contrario. Y cuando
gana su partido las elecciones legislativas dirá que el pueblo es sabio y hay
una racionalidad colectiva, pero si pierde dirá, por el contrario, que lo han
engañado o que se ha equivocado y que la democracia, a veces, no funciona. Como
podemos ver, la gente de la calle llama verdad a lo que coincide con sus
intereses y a eso, con frecuencia, lo llamamos sabiduría popular.
Un
día hablaban dos campesinos y uno le decía al otro cosas que sabíamos por medio
de refranes: “en abril, las aguas mil” (los refranes ponen en forma de
proverbio o sentencia las experiencias que se repiten año tras año; si compruebo
que todos los años llueve en primavera, lo convierto en refrán). Suelen ser los
refranes producto de una inducción, como cuando observo que si llueve por la
mañana la tarde es apacible, y si veo que año tras año sucede lo mismo,
entonces lo convierto en refrán y digo: “mañanita de lluvia, tarde de paseo”. Y
así, muchos refranes tienen naturaleza inductiva: “perro ladrador, poco
mordedor”, “dime con quién andas y te diré quién eres”, o “quien mal anda mal
acaba”.
La
sabiduría popular es inductiva, y sin embargo hay quien menosprecia las
inducciones empíricas: “aquellos hombres no eran empíricos, sabían de lo que
hablaban”, oí un día que le decía un vecino a otro; de modo que el verdadero
saber no está en conocer las costumbres de la naturaleza (el conocimiento
empírico), sino en tener conocimiento de la causa; la gente de la calle sabe
que si tocas esa piedra te quemarás la mano, pero no sabe por qué; el porqué
los saben los científicos, no la gente de la calle. Y, puestos a hablar de
inducciones, las inducciones populares suelen ser precipitadas; si llueve dos o
tres días seguidos se suele decir: “mañana lloverá” (lo que es una falacia);
así surgen los estereotipos, que resisten, como los irreductibles galos, con
ojos ciegos a todas las evidencias; los españoles son ardientes aunque yo haya
visto que muchos de ellos son parados, y los catalanes serán siempre agarrados
aunque todos los catalanes con los que he salido hayan pagado religiosamente
las rondas que les correspondían.

La
cultura popular es interesada, empírica y asistemática:
esos son los rasgos que hemos venido viendo hasta ahora. Pero le falta uno: la
cultura popular es el pensamiento conclusivo al que le falta el último paso del
método, la contrastación; observa, especula y razona, pero no comprueba, no contrasta, no pone a prueba sus
pensamientos; en esto se parece a la filosofía
y al pensamiento mítico. Son
tres formas de pensar que no tienen acceso a la contrastación aunque quisieran,
pero con matices. Vamos a ver en lo que se diferencian.
La filosofía se caracteriza por la libertad. Es libre de aceptar la
duda cuando no tiene seguridad en lo que cree, y de esa duda se pueden buscar
certezas racionales y empíricas, pero sus certezas empíricas no proceden de la
experimentación, sino de la experiencia. Descartes, cuando llegó a la certeza
del cogito, lo hizo pensando: no experimentando.
El mito se caracteriza por la opresión. No tiene acceso a los
experimentos, pero si los tuviera los rechazaría. Le tiene miedo a la verdad
porque lo que busca no es la verdad, sino el poder; no el control de la
realidad, sino el control de las mentes como forma de despotismo; si la filosofía es un pensamiento libre, el mito es
un pensamiento atado.
La cultura popular se caracteriza por la pereza. Se conforma con lo plausible
aun pudiendo llegar a lo seguro, y es porque busca lo cómodo, lo que no supone
esfuerzo, lo fácil. La gente de la calle se traga todas las noticias sin apenas
criticar las fuentes, las garantías racionales, la fiabilidad; en el mundo de
internet cree todos los bulos sin fundamento y, cuando ve que unos contradicen
a otros, también los rechaza sin fundamento porque es un pensamiento pasivo, que
pide certezas ya hechas, incapaz de construir las suyas propias; y vive la contradicción
como un problema, no como una oportunidad; dispuesto siempre a dudar de todo
por pura pereza, no por imposibilidad de alcanzar la verdad; pero es una duda
dispuesta siempre a echarse en brazos de cualquier creencia; a diferencia de la
filosofía y la ciencia que practican una duda
razonada, el saber popular practica
una duda fácil, una duda perezosa, que puede ser también
una duda absurda: pues es absurdo
dudar de todo por pereza para acto seguido creer en cualquier cosa, por pura
pereza, solamente por comodidad (duda
cómoda, y por lo tanto claudicante, pensamiento que se rinde, pensamiento
que se niega a pensar). La consecuencia de todo esto es que el pensamiento
popular es asistemático, ya que no tiene ningún problema en rechazarlo todo
para luego creer en cualquier cosa por infundada que sea, y al mismo tiempo
tolera las contradicciones sin inmutarse y sin excesivo sentido crítico;
dispuesto a pensar, no ya con lógicas
contradictoriales (que rechaza), sino con lógicas absurdas (con las que juega sin el menor pudor).
Por
eso no podríamos hablar de sabiduría popular, sino de saber popular; y más
precisamente tendríamos que hablar de cultura popular, que es continua
vacilación entre cultura y culto. La filosofía y la ciencia crean sus propias
culturas, el mito se entrega al culto, pero el vulgo se mueve entre la cultura
y el culto sin preocuparse demasiado, o adoptando para sí mismo cultos propios
y rechazando la cultura de los otros: es lo que ocurre, por ejemplo, en el caso
de los toros. Hay grandes sistemas científicos, filosóficos y religiosos, pero
el pensamiento popular carece de sistema: es ecléctico, crédulo, cómodo y
fragmentario.

Existe
la sabiduría popular, sí: pero no se refiere al conocimiento ordinario; lo que
llamamos sabiduría popular son filosofías anónimas y descubrimientos
científicos de cuyos autores no sabemos nada. Los refranes, relatos didácticos,
cuentos o fábulas son filosofías diversas que a veces están enfrentadas entre
sí; y el vulgo, en lugar de considerarlos como teorías diversas, las adopta
todas como si fueran parte de un mismo sistema, y por eso se contradice.
En
el saber popular podemos distinguir
dos cosas: una cultura popular
formada por el conjunto de filosofías, descubrimientos y hasta mitos antiguos
que ya han perdido su poder coactivo; y el culto
que eso que llamamos pueblo les rinde a los hábitos vitales, reflejos o
automatismos que están vigentes (y que por eso, en vez de culturas, habría que
llamarlos tradiciones): la
obligación, acrítica y ciega, de obedecer al padre, concebido como pater
familias o como jefe intocable; la censura para los hombres que llevan falda y
las mujeres que llevan pantalón (hoy día las costumbres han cambiado, aunque no
del todo); la obligación para las niñas de vestir de rosa y los niños de azul.
La cultura es permeable a la crítica, las tradiciones (al igual que los
cultos), no.
De
modo que el vulgo es un ente híbrido que oscila entre la cultura y el culto.
Hasta en las universidades los mismos estudiantes que aprenden la ciencia
creen, sin sonrojarse, o sonrojándose, en supersticiones, prejuicios y
ocultismos. Por eso se llaman así: prejuicios;
ideas que se toman por verdaderas antes de someterlas a juicio. Kepler, cuando
creía en la astrología, lo hacía después de juzgar las especulaciones platónicas
y pitagóricas; pero el vulgo cree en las cartas astrales sin preocuparse
demasiado por su fundamento.
El
saber popular no incluye sólo conocimientos, sino también hábitos: costumbres;
costumbres arraigadas en la sociedad y que se justifican a través de los mitos
(mentalidades); y costumbres que
alguien quiere introducir y se justifican mediante historias y teorías
transformadoras (ideologías). La
religión, la filosofía y hasta la ciencia pueden apuntalar mitos sociales (como que antes de bañarnos tenemos que hacer la
digestión si no queremos morirnos); mitos que forman parte de las mentalidades;
pero también de las ideologías (como el marxismo, el racismo y el darwinismo
social).
Lo
que llamamos conocimiento ordinario o saber popular funciona, pues, como una
esponja: lo absorbe todo; experiencias variadas, filosofías diversas, muchas de
ellas obsoletas, conocimientos científicos refutados o no y hasta sincretismos
religiosos; todo eso unido a un universo cotidiano de experiencias que depende
de la geografía, la sociedad y los contactos culturales entre pueblos diversos;
experiencias que destilan muchas veces costumbres diversas. Todo ese magma
constituye lo que llamamos conocimiento ordinario o saber popular; que
contiene, ya lo hemos visto, culturas y cultos.
Llamamos
cultura a cualquier conocimiento que
admite la crítica. Una crítica que
puede ser lógica (coherencia) o empírica (contrastación). Como en esta estrofa
del acervo flamenco:
Reniegas de ser cristiana
y te jincas de roílla
en cuanto suenan campanas.
Llamamos
culto (o tradición) a cualquier conocimiento, normalmente soporte de
costumbres viejas y ancestrales, que rechaza la crítica. Hablamos de culto a
los toros, culto al naturismo, a la muerte, no sólo a dios; y entre ellos se mueven
las corrientes sociales, las modas y las diferentes tribus urbanas. Lo propio
de los cultos no es que sean coherentes, sino que estén vigentes; uno puede
demostrar que las vacunas ayudan a salvar millones de vidas, pero hay muchas
personas que creen que la vacuna es perjudicial para la salud, y militan
activamente en contra de ella.
Hay aforismos y
refranes que forman parte de la sabiduría popular (“más vale tarde que nunca”;
“antes de hacer algo piénsalo dos veces y después de haberlo pensado, vuélvelo
a pensar”). Otros, sin embargo, forman parte de las tradiciones (“el hombre es
como el oso: cuanto más feo, más hermoso”; “el buen paño en el arca se vende”).
El
buen paño en el arca se vende: la mujer es el paño y la casa es el arca donde
se tiene que guardar, sin salir a la calle, si quiere casarse (el matrimonio
aparece caracterizado entonces como una venta). Hay prejuicios contra la mujer
que se transmiten a través de la música, como en la canción que lleva por
título El preso número nueve; y hasta
se presentan en forma atenuada, seudocrítica, aparentando rechazar lo que tiene
connotaciones de vigencia (como las peleas en broma de Juanito Valderrama y
Dolores Abril).
Otros
prejuicios valoran la velocidad como algo beneficioso (y se tiende a marginar a
las personas lentas); o valoran el amor y el perdón como cosas preferibles al
castigo (parábola del hijo pródigo). Hay enseñanzas, fábulas y relatos que dan consejos (las
moscas y la miel, la serpiente y la lima), otras sirven para el proselitismo
(el grano de mostaza, el buen samaritano). Los refranes prácticos (“vale más
pájaro en mano que ciento volando”) conviven con otros que reflejan actitudes
ante la vida (“quien quiera peces, que se moje el culo”). Hay actitudes que,
como ya hemos visto, se transmiten mediante canciones; como la misoginia,
cuando se dicen de las mujeres cosas como ésta:
La que no es buena
lo parece algunas veces
y la que es buena
no lo parece.
Cantares
de gesta:
Por besar mano de rey
no me tengo por honrado;
porque la besó mi padre
me tengo por afrentado.
Obras
de teatro:
El honor es patrimonio del alma
y el alma sólo es de Dios.
Novelas:
Sus fueros, sus bríos.
La
petenera:
Al pie de un árbol sin fruto
me puse a considerar
qué pocos amigos tiene
el que no tiene que dar.
Los
equívocos, los juegos de palabras, las adivinanzas, la visión de los escritores
en el acervo popular:
Entre flores y rosas
su majestad escoja [es coja].
Inducciones
que sirven para dar nombre, como el de aclaradores; los aclaradores son esos
insectos que, cuando se les ve en el agua de los ríos, son señal de que el agua
está limpia. O que sirven para aprender de la experiencia; como el chiste aquel
donde un hombre que se muere quiere fumarse un último pitillo pero no sabe
encenderlo sin quemarse, y entonces llega un pastor y coge en su mano un poco
de ceniza, luego pone sobre la ceniza un ascua y después se la ofrece al hombre
para que encienda el cigarro; el hombre, después de una vida creyendo que los
pastores eran ignorantes, muestra su sorpresa al decir:
Muriendo
y aprendiendo.
La
música. La literatura. Las bellas artes. El cine. Todas las manifestaciones
culturales, unidas a las de los autores anónimos (los refranes, el romancero,
el folklore), forman parte del saber popular: que unas veces es cultura, otras
sabiduría y otras, decididamente, culto.
Como
vemos, el conocimiento ordinario es un batiburrillo donde cabe todo; si la
cultura fuera comparable a un libro de recetas, el culto sería un almacén de
ingredientes o una farmacia: la farmacia contiene medicinas para la
hipertensión y la hipotensión, pero son el farmacéutico y el médico quienes nos
dicen qué medicina debemos tomar. En la farmacia del saber popular a veces el
vulgo tiene sus médicos y sus farmacéuticos; pero otras veces tales médicos
tienen que venir de la filosofía y la ciencia, y hasta muchas veces de la
religión.
Pero
es preferible hablar de conocimiento
ordinario antes que de saber popular.
Sobre todo porque no sabemos exactamente lo que es el pueblo. Para unos el
pueblo estaría formado por todo el mundo, pero entonces los ricos también
formarían parte del pueblo (y no se justificaría que se llamara pueblo sólo a
quienes son explotados por los ricos; es decir sólo a los pobres y a los humildes);
sin embargo en el lenguaje cotidiano suele ser lo que sucede. Otras veces se
llama pueblo al conjunto de habitantes de un país, y como se admite que cada
país tiene su espíritu, hay teóricos que han empezado a hablar del “espíritu
del pueblo”: su existencia es más que dudosa, pero ha servido para fundamentar
nacionalismos agresivos, de pueblos que menosprecian a otros pueblos: a los que
llaman metecos, charnegos o maquetos. Y como no es posible saber a qué se
refiere la televisión cuando dice que “ha votado el pueblo”, habrá que suponer
que quienes se abstienen no forman parte del pueblo. En fin, para sortear esta
palabra tan escurridiza habría que evitar la expresión “saber popular”; sería
preferible hablar de “conocimiento ordinario”; de esta manera sortearíamos
muchos equívocos y nos ahorraríamos los malentendidos.
