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sábado, 15 de junio de 2019

ONTOLOGÍA DEL JUEGO



ONTOLOGÍA DEL JUEGO
  

 1. Definiciones fundamentales.

            Recordemos que existen dos clases de juego, dos estructuras de lucha, dos formas de luchar: la teletaxia y la televida.
            La lucha por la existencia es teletaxia.
            La lucha por nuestra forma de ser es televida.
            La historia es lucha por la existencia temporal.
            La lucha contra el tiempo es la patética. Hay dos formas de patética: la lucha por la existencia impuesta (tragedia) y la lucha por la existencia eterna (mística); el drama de vivir nuestro tiempo interior (nuestra historia) contra un tiempo que nos viene de fuera (el destino) hace que podamos caracterizar la tragedia como erótica y lucha del anacronismo.
            A través de la tragedia buscamos una existencia más acorde con nuestro ser; también lo hacemos a través de la mística; el goce trágico y el goce místico son, por consiguiente, en tanto que reconciliación de nuestro ser con el mundo, una búsqueda de lo esencial; por eso son trascendentes.

2. Definiciones complementarias.

            El descanso es reposo o juego. El reposo es una forma de descansar en la que se detiene la conciencia apartándose de la lucha (por ejemplo durante el sueño). El juego es el descanso consciente. También durante el reposo se puede prolongar la lucha, pero es ya en el inconsciente: sueños, pesadillas y (quizá también) ensoñaciones.
            El juego puede ser laboral o lúdico. Es juego laboral el que sirve a la lucha por la existencia (trabajo en sentido bíblico como maldición o cadena). El juego lúdico sirve al ocio consciente, en su doble aspecto de trabajo por la esencia y diversión (que son conceptos que se solapan): ambas caen bajo la etiqueta de afición (hay aficionados al fútbol y aficionados a la filosofía, al ajedrez, a la baraja, a la música o al teatro). El juego lúdico es entretenimiento. El juego laboral es obligación.
            El juego puede ser de tiempo o de pasatiempo. Es juego de tiempo cuando utiliza el tiempo para vivir en él, y es pasatiempo cuando se sale de él sin ir a ninguna parte (se habla entonces de matar el tiempo o pasar el rato: el pasatiempo llega incluso a llamarse “matarratos”). Como la vida es tiempo, matar el tiempo es morir un poco: si es en busca de la eternidad estaríamos en la mística; pero si es para quedarnos fuera del tiempo y de la eternidad estaremos muertos en vida: tal es el aburrimiento, spleen de los poetas, que lleva a la desesperación y la angustia.
            El juego lúdico es el mundo de la comedia o de la mística; el juego laboral es el de la tragedia o el drama.
            El juego laboral es tentación o compromiso. En la tentación, se captan voluntades mediante la destrucción de la voluntad ajena (convirtiendo el deseo en capricho). En el compromiso, dos rivales compiten en calidad para ganarse el sustento: tal es la competitividad.
            El juego lúdico es exhibición o carácter. Es carácter la superación de sí mismo por el mero placer. La exhibición es, también, superación de sí mismo, solo o frente a otros, pero sólo para recibir el aplauso del público; ganar es aquí ser reconocido como el mejor, y no importa tanto serlo como parecerlo; ganar un partido de tenis puede suponer superioridad real sobre el adversario, pero también marcar un tanto en el momento adecuado; ganar un partido de fútbol puede deberse a haber tenido la suerte de marcar un gol, aunque  el otro equipo sea mejor que nosotros.
            La tentación, la exhibición y el compromiso admiten trampas; el carácter, no.


3. El ocio en el juego: nuevas definiciones.
             
            El esfuerzo, tanto trascendente (concentración) como inmanente (trabajo), produce alegría. Volvamos sobre algunas cuestiones importantes.  
            La vida es ocio. Llamamos ocio al empeño de la esencia por instalarse en la existencia. Tres son las formas fundamentales del ocio: el trabajo por ser nosotros mismos (en él se cifra el carácter, cimentado en la afición, el gusto, el hobby); la diversión (que es distracción del esfuerzo para superar el cansancio); y el descanso.
            Pero todo esfuerzo supone un desgaste que debe ser reparado: y lo hace mediante el descanso. El descanso es un periodo de inactividad durante el cual se llenan las fuerzas perdidas
            Pues bien, hay una forma de descanso proyectado en formas, más que trascendentes, intrascendentes, en el ocio. El ocio generado tras el esfuerzo es diversión; el que genera la pereza es, por el contrario, distracción y pasatiempo. Normalmente el divertirse produce risa, que es una forma agradable de relajarse; el humor es, pues, también una forma de esparcimiento.
            En la conciencia trascendente hay tres formas nobles (arte, ética y ciencia) a las que corresponden otras tres formas devaluadas (respectivamente el juego, el humor y la técnica).
            Ciencia es ver el mundo desde fuera. Esto implica estar fuera del mundo.
La alegría es producto del esfuerzo, y cuesta; el placer es gratis, no requiere trabajar. Entre ambos se sitúa el arte que, por participar de los dos, es a la vez esfuerzo y descanso, alegría y placer, arte y juego, compromiso y evasión; esta doble naturaleza del arte hace que a veces se confunda la tensión artística con el placer ocioso: por ejemplo, a la hora de distinguir entre la danza y el baile.
También vivimos con distancia lo que les pasa a los demás (por el mero hecho de que a nosotros no nos pasa): por eso nos reímos de los males ajenos sin sentirlos en carne propia. Es el mundo de la comedia, del humor, pero también del juego y del arte.
Podemos distinguir entre necesidades de supervivencia y necesidades de realización: las primeras se caracterizan por la competitividad; las segundas, por la competencia. La primera requiere que los seres que interactúan sean compatibles: a esta compatibilidad la llamaremos valencia.
Atendiendo al tipo actitudinal de la valencia (de respeto o de desprecio) se pueden establecer cinco tipos de lucha (agresión, competición, negociación, crítica y plenitud):

a)      Lucha por la existencia (competitividad):
(1)   Agresión: interacción entre dos seres cuyas necesidades son incompatibles.
(2)   Competición: interacción entre dos seres cuyas necesidades convergen en el mismo objeto, y sólo uno lo puede poseer.
(3)   Negociación: lucha desencadenada entre dos contendientes por deseo de ambos y con necesidades compartidas.
b)      Lucha por la esencia (competencia):
(4)   Crítica: relación entre un sujeto guiado por la necesidad y un objeto que introduce una posibilidad: así, yo deseo saber y el mundo tiene capacidad de proporcionarme datos.
(5)   Plenitud: afán de superación, de mejora; eleva el nivel ontológico del individuo (un individuo bueno tiene más ser que uno malo o malvado).

En el capítulo dedicado a la historia aparecían ya caracterizados estos cinco tipos de lucha; los dos últimos tienen que ver con la esencia, cuyas puertas nos adentran en ese tipo de felicidad a que llamamos plenitud; y los tres primeros, de manera especial el segundo, tienen que ver con el juego, particularmente con sus dos dimensiones: aristónica (búsqueda de la perfección) y agónica (lucha por la existencia).


4. Anatomía del espectáculo: pereza y esfuerzo.

            Juego sensorial. Requiere esfuerzo del autor; un esfuerzo corporal en actividades como el montañismo o el esquí, o un esfuerzo mental cuando se trata de crear obras: pues la inspiración se prepara con el trabajo y también requiere trabajo una vez que la hemos despertado; si el público se esfuerza en interpretar la obra mientras la contempla, evita esa pasividad característica de la pereza del consumidor: una pereza corporal cuando nos dejamos llevar por las atracciones o por la comida basura; o mental, cuando consumimos productos, necesariamente superficiales, de inspiración fácil, como los tabloides, los culebrones, la telebasura, y esos productos literarios o musicales propios de la cultura kitsch; que no viene a ser, en el fondo, más que falta de cultura.

            Juego aristónico. Es el mundo de la competencia. Siempre es el autor quien pone el esfuerzo: corporal (velocidad, puntería, la faena del torero, los entrenamientos, las marcas superadas por los atletas, las plusmarcas); o puede ser también esfuerzo mental (en el caso del entrenamiento matemático o de la creación intelectual o artística). El público puede contemplar la superación personal de manera pasiva (como fans, identificándose incondicionalmente con sus autores que son sus ídolos, o siguiendo las banalidades del Guiness de los records); pero también puede ser espectador activo.

            Juego agónico. Es el mundo de la competición. Sus autores ponen esfuerzo (corporal en el deporte: judo, fútbol, creación de jugadas bellas, elegantes y eficaces; y mental, en las creaciones no físicas tales como las que se hacen en los concursos musicales o las justas poéticas). El público puede contemplar el esfuerzo desde la pereza del hincha, que se identifica incondicionalmente, y por lo general de manera acrítica, con su jugador o su equipo; o desde el esfuerzo del espectador activo que trata de entender, criticar, admirar y evidentemente desfrutar con lo que está viendo.

5. Conclusión.

            Juegos de sensación, juegos de ejercicio y juegos de representación. Juegos de trabajo y juegos de ocio. Goce lúdico, goce trágico, goce místico, competencia y competitividad, tentación y compromiso, esfuerzo y descanso, relajación y tensión, elementos todos que se encuentran englobados en el concepto de juego; pero están dispersos en distintos tipos de juego, muy diferentes unos de otros. Diversión, humor, valor, devaluación: placer. La felicidad puede reducirse al placer cuando consume sin producir; pero cuando trasciende los límites dramáticos del aburrimiento y la pereza, el placer se convierte en plenitud.
            Hay juegos para todos: juegos para vagos, juegos para el esfuerzo, juegos de abandono, juegos de superación. Los mejores juegos están en el límite del arte, se adentran en honduras trascendentes, y en esa zona de nadie es difícil saber cuándo una representación es juego y cuándo también es algo más. Habrá que adentrarse en los dominios del arte para conocer, aunque sólo sea de forma nebulosa, esa tierra de nadie, pero más acá de esa zona el juego estaba delimitado en toda su extensión. Hemos intentado estudiar todas sus caras, perfilar sus territorios, explorarlo en todos sus paisajes. Estas páginas han sido un primer intento de clasificación. Si ese intento ha dejado muchas lagunas, el tiempo lo dirá.
  



viernes, 3 de mayo de 2019

DESPACITO




DESPACITO


             He pensado en una canción que escuchaba hace un año. ¿O fueron dos? Mi esposa me la hizo escuchar con aire dubitativo y después me dijo: ¿qué te parece? Yo le dije: ¡me encanta! Tiene ritmo, tiene letra, tiene vida, tiene gracia… ¡y es auténtica! Ella sonrió, tranquilizándose. ¿Por qué?, le dije; ¿no te gusta? ¡Oh, sí, mucho!, me respondió a su vez; pero es que hay gente que la está criticando. ¿Por qué?, me intrigué. Dicen que esa canción denigra a las mujeres, las trata como objetos… ¿Quééé? No la dejé terminar. ¿Quién dice eso? Algunas asociaciones de mujeres, respondió; algunos políticos; algunos ayuntamientos.
Ante el estupor que me produjo semejante estupidez no supe decir nada. Estaba flipando, me quedé mudo… y volví a escuchar la canción. Escucharla me reafirmó en mis impresiones primeras. En los pelos de mis brazos que se erizaban como escarpias. En su vitalidad. Me quité el sombrero (si no realmente, sí por lo menos de una manera imaginaria) y lo tiré al ruedo. ¡Va por ti, Luis Fonsi! ¡Para que nos vuelvas a encandilar!
            “Despacito”. Así se llamaba la canción. El vídeo empezaba con las olas del mar. Con los barrios pobres de Puerto Rico. Con el chico cuidando de las ocas y las gallinas. Con las casas pintadas de blanco, pintadas de azul, con el sol atravesando el aire y laminando el vacío y el cielo estallando de luz, y en la playa rumor de olas. Gente riendo y conversando, brazos golpeando el hombro y piernas bailando, la luz despedazando la oscuridad, estrellándose en los cuerpos ardientes, bronceados, los viejos agitando en alegrías los mil latidos de sus corazones, chorros de vida, batallas alegres en cuerpos que se asoman a los aires apagados. Los jóvenes. La alegría de la vida, los bailes, las guitarras, las palabras convertidas en sentidos, los sentidos que te ponen a cien, miles de sensaciones y de trotes y de gritos y de coros que se rompen al unísono con los sentidos disparados… He visto vibrar con ráfagas de luz, y olvidar que hace un rato fui humilde, abrasado en los latidos del corazón, bailando.
            Despacito. Cuando el baile te lleva al corazón de un cuerpo, ráfaga de un ritmo frenético, un cuerpo metálico y otro que es imán: despacito. Las pasiones del arrebato que crepitan, sin paciencia, y sólo se pueden desplegar conteniéndolos en una carrera vertiginosa que sólo se siente cuando se corre: despacito. Las ráfagas de la piel te llevan lejos pero no puedes marcharte, tienes que quedarte aquí aunque los bramidos de tu corazón sean potros desbocados; la única forma de disfrutar es contener la furia, soltándola pero conteniéndola, pasito a pasito, la piel de la mujer se abrasa en los besos, besos del sol, del mar, del vientre, de la arena, del fuego, del pecho, besos del abismo que sale del vientre volcado en llamaradas.


            Pasito a pasito. Quiero bailar contigo, me acerco a ti, mi piel vibra y respira sudores de sexo y tú lo sientes y te vuelves erotismo, discreto, abrasado y no lo puedes esconder, hay miles de escarpias en el vello de tu piel, no lo puedes decir pero lo dice tu cuerpo, quiero escribir en tu piel hasta convertirla en manuscrito…
            Pasito a pasito, suave, suavecito, nos vamos acercando, siempre despacito; tu cuerpo es un dardo que sopla en el mío, tu cuerpo es imán y el mío es metal, te busca temblando, te siente en el aire, te huele en la sal, el mar y la playa y el viento del alma deshecho en quejidos, gritando y bailando, buscando el laberinto, tu cuerpo se pierde en tu cuerpo y el mío y mi piel se desguaza, tu rompecabezas se monta en el mío, la pieza que falta ¡yo tengo esa pieza!
            Despacito. Tu cuerpo es un manuscrito. Enseña a mi boca a escribir pronto en ella, quiero descubrir tus lugares favoritos. Nos hemos acercado poquito a poco, tu piel, pegada a mi piel, desgarrando el aire y el vino que estalla y que brama, quiero que me enseñes tus zonas de peligro aquí, en la playa, que griten las olas, se rompa en el aire el imán que me abraza, los dos abrazados, tus brazos me enlazan, estoy apresado y yo a ti te atrapo y siento tus ansias, tus gritos, tus garras, la voz que me estalla, tu boca llenándose de aire del vientre que estalla en tus caderas… Esto pasa en Puerto Rico.
La vida que llama, el sol que se para, el cielo que estalla en jadeos, suspiros. Mi voz que se apaga, respiras ahogando y el aire te abraza, garganta que miro, la nuez de mi cuello, saliva que traga, pasión desbocada, estertores del alma que rompe esa muerte: la que el tiempo para, sentir que no estás mientras estás, abrazado a las lenguas del mar, la arena, la playa, la sal que jugaba, tus piernas, mis brincos.
Despacito. Lentamente, despacito. El ansia no espera, vamos a vivirla despacito. La vida se estrella en las rocas del tedio, se va en la pobreza, disuelve sus aguas, se va entre mis dedos, se va entre los tuyos que se crispa en los míos. Despacito. Es la vida que mana en Puerto Rico. Las ocas, las gallinas, las casas de los pobres, paredes azules, de un azul marino que atraviesa el frío: lo hace calor transfigurando el hielo como transfigura la pobreza en alegría el sol que siembra en ti sus rayos. La risa. La vida. El vuelo de la fuerza. Pasión, alegría, y el ritmo que hace llevadera la desgracia. Estoy en Puerto Rico, estás en mi cuerpo, estoy en tu abismo, la pieza que yo tengo se está abriendo en tu rompecabezas.


Despacito. Te busco, te miro, mi cuerpo que tiembla, impulsos salvajes duermen en mi testosterona. Que vengan políticos defendiendo a la mujer, y dicen que esto que pasó entre nosotros incita a violar y eso es un abuso: que lo digan, si quieren, diles tú lo que has sentido, yo les digo lo que siento, basta ya de confundir el bien con puritanismo. Que incita a la carne, que dicen, nos llama, nos tienta, nos mete de lleno en los rumores del sexo: ¡si! Mas no es violación, que tú te acercas cuando yo me acerco a ti, muy despacito. Un canto a la vida es mi cuerpo en tu cuerpo, tu cuerpo envolviéndome, Igor Stravinski, canción de primavera.
Despacito. Pasito a pasito, yo en ti vivo mis pasiones. Y tú, que las vives, las sientes en mi cuerpo, mi lengua en tu cuerpo esculpiendo un manuscrito: luego en la tuya, mi lengua en la tuya, mis dedos en tus dedos, le estamos haciendo un canto a la vida. Que es incitación, decís. Que es provocaros, decís, instinto sobre instinto: que sois puritanos, confundís el bien con la muerte, la violencia con la energía, el respeto con la vida sin vida, ser desvitalizado, decís que hay que huir de las canciones que incitan al sexo.
¿Y qué? ¿El sexo es malo? ¿Acaso es pecaminoso, exceso y abuso, acaso es malo estirar los músculos? Bien lo decía Brassens: no todos los días se nos quitan las arrugas de las nalgas. ¿Y qué? ¿Está prohibido ligar? ¿Hace daño comunicar tu pasión, despertar pasiones? ¿Acaso es violar compartir los abrazos y los besos? ¡No los confundáis con los besos robados, con abrazos que agarran, con los dedos que se clavan en vez de arañar, y arañazos que son garfios y cadenas! ¡No, no los confundáis! Dos corazones que se disparan, dos pieles que se queman, velo con velo que se erizan: ¡eso no es violar, que es compartir! Y todo empezaba con miles de preludios, el chico a la chica que nunca la forzó a lo bestia, que fue conquistando su piel y su antojo y su voz voluntaria, la voz que te busca, que tú no la fuerzas, que viene y te atrapa, se mete en tu lengua, tu voz y susurros, palabras y gritos.
Despacito. Lentamente despierta en el clímax, se va poco a poco la falta de fuerza, la falta de arrastre, la piel se despierta, las manos sin tono se tonifican hasta el grito. Nadie fuerza a nadie, los cuerpos se atraen, calor de una noche en el sol del Caribe, no es violar el ser salvaje cuando tú ardes también disuelto en salvajismo: salvaje es el macho, salvaje es la hembra, salvaje es el sol que enciende los cuerpos: explota, lo sabes, los cuerpos explotan, la piel que se estira, temblar en el pecho, sudor en las manos, pasión en las piernas, inmenso resplandor ardiendo en las pupilas. Hemos estallado… y al principio fue tierno. Nos hemos acelerado… y empezó despacito. Perdiendo el sentido… y éramos voz al principio que hablaba entre sentidos. Temblor en la frente, pensar sin pensar… y empezaba consintiendo nuestros bríos. No, no es violación lo que estamos haciendo, no hemos forzado, nadie fuerza a nadie, es fulgor que penetra en tu naturaleza. A ti y a ella, señores políticos, defended a la mujer sin quitarle el cuerpo. Que el respeto no es puritano, señores defensores de las mujeres, mujeres defensoras de sí mismas, contra la vida: no confundáis la pasión y el abuso. Que no hay abuso si te dejas llevar, si dejas sentir y decidir, te tomas tu tiempo y al llegar al éxtasis tú eras tu ser y consentir tus latidos, y eso te hace llegar, claro que sí… si haces el amor muy despacito.


Pasito a pasito, suave, suavecito, viva el verano, viva la canción, viva la piel que vibra en el sol latiendo al pensar que es fruto en tus bríos: los bríos de piel, piel y pensamiento, sabor consentido, y no apagar por confundir el descontrol con el latido… Pasito a pasito, suave, suavecito, no es violación si tú lo consientes, y es abandono en una noche ardiente: que viva la vida, que duerma el dolor, revivan las risas, no fuerza el amor si empieza despacito.
Que no es lo mismo respetar que apretar el culo, señores políticos: viva la vida, sagrada pasión, viva Stravinski, y en la primavera vive la danza en el ombligo; despacito; pasito a pasito; esculpiendo la vida, escribir con la boca el cuerpo ardiente convertido en manuscrito.
Despacito.
Cogiendo carrera hasta el estallido: el sol del instinto.
Despacito.
Así se despierta el sentido del ritmo creciendo y creciendo hasta el estallido.
Despacito. Viviendo y soñando, lamiendo la arena allá en Puerto Rico donde viven los pobres, y viven riendo y se alzan gritando en el vuelo del sino.
Poquito a poco. Sintiéndolo apenas, sembrando el olvido sobre el dolor, siguiendo tus pasos que se pierden en la arena.
Y se llevan al mundo donde todo cambia y muy lentamente, esculpiendo el destino, venciendo a la pobreza sin dejar de vivir: ¡nunca!
Despacito, en libertad.  
Besa el sueño y trabaja por despertar y despiértate siempre sin dejar de vivir.
Despacito, Fonsi, ponte a cantar.
Despacito. No dejes nunca de cantar y nunca dejes de reír.
Despacito.
Porque la risa un día estallaba en carcajada y la vida frenética y lenta se desparramó.
Despacito. Disuelta en el mar y libre de amar: la voz del destino.  Despacito.




viernes, 23 de noviembre de 2018

EL JARDÍN SECRETO





EL JARDÍN SECRETO   


             Es un niño enfermo. Lo cuidan con mimo para que no se muera. Le cierran las ventanas para que no entren las esporas, que le tapan los pulmones: y vive en su casa, apartado de la luz, sin sentir el aire, condenado a no ver el cielo, ni las flores, ni las hojas, prisionero en su caverna.
            Un día llega una niña que se escapa de la caverna. De ese mundo de sombras donde no se puede salir, gobernado por un ama de llaves, implacable y férrea, empeñada en aislarlos de la vida para que sigan vivos. Para que su vida no corra peligro. La niña, al escapar, se mete en un jardín prohibido; un jardín donde algún día murió su tía, y su tío, sumido en la melancolía desde entonces, lo mandó cerrar a cal y canto y esconder la llave. En el jardín descubre que la naturaleza está viva. No hay flores, pero las ramas están creciendo: y brotarán cuando brote la naturaleza; cuando eso sucede todo es una borrachera de colores, un chorro de luz, una explosión de vida.
            El niño enfermo no conoce la luz: sólo a través de los cristales oscuros de su ventana. No conoce el aire: sino el aire viciado que oxida las paredes, encerrado y rancio, que rezuma por la casa. No conoce los colores: sino los tonos grises y duros que salen de los muebles, los volúmenes pesados, los espacios recargados, las maderas macizas, la vida marrón y oscura que gravita inmóvil en torno a las tinieblas.
            En el jardín, afuera, bailan los pétalos y pían los pájaros; de los capullos salen mariposas bellas, sublimes y alegres, con sus alas sin peso, con su danza etérea; las ovejas paren corderos que no saben andar, y tienen que aprender solos, renqueando, tropezando, desfalleciendo y cayendo, hasta que salen a la carrera. Pero uno imagina que entre el follaje hay arañas, culebras y escorpiones, ortigas y escolopendras; también hay cuervos y águilas, libres y bellas, pero cazadoras, agazapadas y aciagas; el peligro acecha tras la alegría, la libertad tiene un riesgo, hay setas de bellos colores cargadas de veneno, la muerte acecha entre la belleza.
            Mientras tanto el niño enfermo vive, protegiéndose de la vida, encerrado en un palacio, pesado, mortecino y ciego. Le tapan la boca con una máscara para no respirar aire puro, porque tiene esporas; lo tienen siempre en la cama porque no puede andar, y cuando anda lo hace, prisionero en su propia casa, atado en una silla de ruedas; apenas le dejan salir y cuando sale, asustados, mandan llenar la bañera de hielo y lo meten para que sufra porque es así como logrará vivir, dejando de vivir, alejándolo de los peligros y temiendo que le fallen las fuerzas. Porque ese niño morirá, lo saben todos; no llegará a mayor porque nació con la enfermedad, nació para ser enfermizo y vive para esperar, guardándolo de todos los peligros, la certeza inminente de la guadaña.
            Es la caverna de Platón. En ella está la falsedad, la pálida apariencia de las cosas, las sombras que son reflejos, una vida sin vivir, una vida atenuada, pesada y huera. Afuera está la verdad, el mundo  verdadero cuyas sombras penetran por las ventanas para oscurecerlas, no para reflejarlas como son, el mundo lleno de colores y de luz, y de espacios y libertad, y de alegría. Pero, ¡ay!, en ese mundo tan hermoso también hay peligros. Y en el mundo oscuro de la habitación no hay peligro alguno. Unos han elegido vivir a pleno pulmón aunque respiren los peligros de la vida, y otros prefieren aislar al niño de esos peligros aunque lo condenen a una vida disminuida. Hay que elegir. ¿No vivir por miedo a morir, o vivir aunque la vida sea riesgo? La vida sin peligros es una vida apagada, disminuida y velada, ensombrecida, mortecina.
            Porque el niño que descubre la realidad, la que le cierran el ama de llaves y los muros de su casa, ya no quiere volver al mundo de sombras en que lo criaron desde que nació; y, qué curioso, empieza a andar en cuanto prescinde de su silla de ruedas; a respirar a pleno pulmón en cuanto se libra de la máscara que lo protegía de las esporas; y su cuerpo se llena de energía en cuanto sale del mundo mortecino que lo protegía de la luz. Igual que el prisionero de Platón; el que se escapa de la caverna. El exceso de protección es un sinvivir, que es la vida que se atasca entre los muros de la cueva; porque vivir, vivir, es estallar de alegría en un mundo abierto donde los peligros acechan; que aislarse de la vida por no morir es mala solución para el peligro de vivir soltando todas las fuerzas; o morir en vida por miedo a la muerte, o vivir la vida aun a riesgo de perderla.
            Es el mundo de Alicia. Alicia en el país de las maravillas. Sólo que el mundo de Alicia está lleno de peligros. Su vida es un sueño de aventuras en lucha contra la locura y la arbitrariedad: también la arbitrariedad de la reina que corta cabezas. Si vives, tienes que luchar contra la vida: precisamente para vivir. De lo contrario estás condenado a no luchar para no arriesgar la vida y esto sí que es, desgraciadamente, un sinvivir; hay prisioneros que tienen miedo a salir de su caverna; porque les falta fuerza; porque tienen la poca energía que da la sombra, adonde no llega el sol, y los microorganismos fermentan o pudren las cosas creando una energía disminuida y de poco rendimiento; a diferencia del sol, que alimenta a las plantas produciendo en ellas borracheras de color y derroches energéticos.
            Es como el mito de Orfeo. Sólo que Eurídice entra en la cueva para no volver y aquí, cuando se sale al mundo, ya no se quiere volver a la cueva. La vida nos ha enseñado a reír, pero también a llorar, lo vemos al final de la historia: puro Nietzsche al final del cuento. Por eso esta película, además de estimulante, entretenida y hermosa, tiene su moraleja. Se llama El jardín secreto. De Agnieszka Holland. Una directora polaca que acabo de descubrir en el festival MUCES de Segovia. Recomendable por todos los conceptos. Y quien tenga luces, que la vea.  





viernes, 21 de septiembre de 2018

LA VALENTÍA




            Virtudes, vicios, impulsos y estados de ánimo. 


LA VALENTÍA


             Ser valiente es atreverse, pero no todo el que se atreve es valiente. Hay jóvenes que terminan las fiestas apostando mucho dinero, cada uno pone un billete encima del coche y se reúnen, al final, grandes cantidades: “esto para quien se atreva a circular por la autopista en sentido contrario a la marcha”. Quienes aceptan el reto pasan por valientes, e incluso por hombres; “¡qué huevos tienes!”, le dicen. Sucede, sin embargo, que arriesgar la propia vida, y poner en riesgo la de los demás, es una cobardía; esa familia que circulaba tranquilamente por la carretera ha perdido a uno de sus miembros sin tener culpa de nada; por culpa de unos cobardes.
            Para ser valiente hay que ser atrevido, pero eso solo no basta; hace falta también que el reto sea sensato: que tenga sentido; arriesgar la vida por un capricho es una insensatez; arriesgarla por salvar otra vida es valentía; la adrenalina que sueltan los jóvenes circulando en sentido contrario es criminal; la que suelta el bombero que se mete en la boca del lobo para salvar a alguien de las llamas es valentía; muchos crímenes producen emoción y requieren atrevimiento; también muchos actos heroicos; el heroísmo y la criminalidad comparten estos ingredientes, pero sólo el heroísmo es sensato y generoso; a la osadía del cobarde Aristóteles no la llamaba valor, sino temeridad; poner en peligro la vida propia o ajena: pero sin necesidad.
            Si eres solamente atrevido no eres valiente, todo lo contrario: eres un cobarde. El valiente, además de decidido (eso que llaman “tener huevos”), ha de ser sensato y generoso; respetuoso; el cobarde que se atreve, elevando las pulsaciones a cien y poniendo la adrenalina al máximo, para vivir una emoción a costa de una vida, ése no es decidido, sino impulsivo; se atreve en un arranque de fogosidad, no en un relámpago de lucidez, como quien se  lanza a hacer lo que no quiere porque sabe que es necesario; el héroe es un espíritu trágico; el héroe rompe con la comodidad cotidiana porque la vida le exige el sacrificio de renunciar; valiente no es Aquiles que sabe que va a ganar porque es el más fuerte, sino Héctor, que sabe que va a perder y, sin embargo, acepta el reto: no para descargar adrenalina, sino para batirse por los suyos.
            Decisión, sensatez, generosidad y espíritu trágico: ésos son los ingredientes del valor. Donde el valiente se decide, el cobarde se deja arrastrar; donde el valiente piensa, el cobarde lucha a ciegas; donde el valiente es generoso, el cobarde pone desprecio; y donde el cobarde busca placer (adrenalina, sensaciones fuertes, emoción a tope), el valiente asume retos no siempre buscados por él, sino impuestos por la vida; y, como decía Ortega y Gasset, si no soy capaz de salvar mi circunstancia no me salvo yo.


            Así que no es lo mismo ser valiente que tener huevos. En primer lugar porque hay mujeres valientes y no los tienen. Y en segundo porque, como decía Unamuno siguiendo a San Agustín, la voluntad quiere las cosas, la fanfarronería no; la voluntad es valiente y el fanfarrón no lo es, aunque asuma peligros; la fanfarronería sale de los huevos, la voluntad del corazón; de hecho, “voluntad” viene de “volo”, que en latín significa “querer”; lo propio del fanfarrón y el temerario es la “noluntad” (sigo en esto a Unamuno), de “nolo”, que significa “no querer”. Nosotros a la noluntad la llamamos derrotismo; nihilismo; palpitar de una vida vacía, sin sentido, un luchar aparente sin ningún motivo, un estar ahí sin saber por qué; “rebeldes sin causa”, por tomar el título de una película, son esas personas que se retan para pasar el rato: con retos absurdos que no sacan de nosotros lo mejor que tenemos, y juegan al filo de la navaja, en busca de emociones, porque su vida no es emocionante; arriesgando la muerte porque, de hecho, se sienten muertos ya.
            Lo que le falta al cobarde que se cree valiente es energía para vivir. Alegría. Todas las fuerzas, todos los impulsos, todos los instintos que sienten, son tristes: no les producen felicidad aunque les proporcionen placer. Quien no tiene fuerza se deja llevar. Quien la tiene se lleva  a sí mismo. Una cosa es que te manejen las cosas y otra muy distinta que las manejes tú a ellas. Quien no tiene fuerza para manejarse se deprime con facilidad, puesto que la sensación de no poder resistir las tentaciones, de no hacer frente a las dificultades, nos baja el ánimo y nos hace descender el tono vital; uno se siente como un muñeco, juguete de los elementos, cuando no se siente con fuerza para tomar las riendas de su destino y mandar en él.
            Cuando uno se deja llevar por sus instintos, que son su naturaleza, deja que los instintos le gobiernen: no puede ser señor de sí mismo. Ya decía Hipócrates que no podemos dejar que nos lleve nuestro temperamento, sino que lo tenemos que llevar nosotros a él: en eso consiste forjar el propio carácter, la libertad. Dejarse llevar por un impulso emocionante, aunque nos dé miedo, es pensarse mucho las cosas hasta que nos lanzamos al agua: hasta que nos atrevemos; hasta que tenemos huevos.
            Cuando tomamos una decisión alimentando ese impulso que nos pide emoción y atrevimiento lo que hacemos, según decimos, es “echarle huevos”; lo pensamos, con miedo, montones de veces hasta que nos lanzamos: ¡ya! Si ese impulso es sensato, generoso, respetuoso consigo mismo y con los demás, seremos valientes; y la valentía contiene un ingrediente más que es el heroísmo: ese espíritu de sacrificio en que consiste el espíritu trágico. Lo veremos con un ejemplo.


            Hay un joven que necesita estudiar; sabe que quiere, pero no tiene ganas. Si llama a sus amigos para salir a pasear cuando debería estar estudiando, no se comporta como un valiente; no es un héroe: lo sería si luchara contra sus inercias (en este caso contra la pereza) y las venciera. Ser valiente es saber sacrificarse con sensatez, obligándote a hacer lo que de momento no quieres, pero a la larga quieres; la falta de ganas es un freno para las ilusiones que alimentan tus grandes proyectos. Ser valiente es tomar decisiones que no te emocionan ahora pero que, al final, te acabarán emocionando; y que son más valiosas que lo que haces cuando te dejas llevar por los impulsos del momento.
            Uno puede decidirse de tres maneras: o porque le gustan las cosas que no sirven para nada, o porque le gustan las cosas valiosas, o porque lucha contra la facilidad (y lo fácil son las cosas que gustan, pero que no sirven). En el primer caso soy un fracasado, en el segundo he nacido con estrella y en el tercero soy un valiente. Lo fácil te divierte ahora, pero te quita de hacer cosas que a la larga te harían feliz. Lo valioso también te divierte cuando buscas, de modo natural, lo que merece la pena, y huyes naturalmente de lo fatuo y de lo vano. Y lo difícil te obliga a luchar contra lo fácil y requiere de ti un gran despliegue de fuerzas. Hay muchos amantes de la vanidad, unos cuantos amantes de lo noble y algunos que aman la vanidad pero se empeñan en luchar por lo noble; estos últimos no aman realmente la vanidad, pero se sienten atraídos por ella; en realidad aman la nobleza aunque la nobleza no les atraiga; por eso experimentan un impulso hacia lo bueno, y ese impulso  contrarresta de sobra las fuerzas que los mueven hacia lo malo; por eso tienen que renunciar a lo que les agrada, tirando ellos de las cosas nobles; si la montaña no viene a mí, seré yo quien tenga que ir a la montaña.
            Resumiendo: ser valiente es atreverse a gobernarse uno mismo, aunque sea  bogando a contracorriente. El valor siempre requiere sacrificio, es decir, heroísmo: capacidad de elegir, si fuera preciso, lo contrario de lo que nos apetece. Pero cuando a uno le gustan las cosas buenas ya no se trata de valentía sino de buena educación, que es el buen gusto; y debe tener la humildad de reconocer que sabe hacer bien las cosas sin necesidad de valentía. Aunque el espíritu educado, que todo lo ha vuelto fácil, también se ha ido construyendo poco a poco: superando retos, obligándose siempre y derrochando valor.





viernes, 11 de mayo de 2018

PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN: EL CUERPO



PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN:  
EL CUERPO
  


1.

            No se cura el enfermo por la fe, pero la fe es el primer paso para curarse.


2.

            Piensa mejor quien mueve mejor el cuerpo.
            Vive la libertad quien vive en un cuerpo libre.
            Siente alegría quien vida en el cuerpo siente.
            Si sientes la espalda cargada, es que el mundo es una carga.
El banderillero.


            Gritas con fuerza si crees en ti mismo.
            Cuando estás hundido, el cuerpo es una vocecilla.
            Una voz sin voz que se pierde en el aire como un lamento.
            Como una queja que se avergüenza de sí misma.
            Gritar, cuando no es dominio de prepotencia, es dominar el mundo que te domina, borrando el instinto.

            Pensar, sentir, volcar pasiones de vida.
            Domar el sentir los pensamientos de muerte.
            Furor de vida. Rugir de viento.
            Bramar al mundo con la pasión del cuerpo.
            Respeto bramando en los furores vivos. 

            El alma guía al cuerpo. Y el cuerpo es camino del alma.
            Todo camino es guía.
            Y al andar se hace camino.
            Caminandar.


3.

            Pensar desde el cuerpo. Que no es pensar con el pie, la mano o la barriga, sino con la cabeza. Pero la cabeza siente cuando está pensando, y siente con el pie, con la mano, con la barriga; se siente con el cuerpo. La cabeza siente cuando está pensando. Y sus pensamientos son dulces o grises dependiendo en parte de cómo se siente. Una idea feliz no puede surgir en un cuerpo triste.


4.

            La alegría y la tristeza están en la cabeza, pero nacen del cuerpo. La cabeza, como las hojas, hace azúcar en el sol y endulza el cuerpo. Pero el cuerpo le lleva, como la planta, agua y sales para hacer azúcar. Una piedra no puede estar alegre porque no tiene cabeza, pero una cabeza tampoco puede si no tiene cuerpo. Preguntad a los tetrapléjicos: su alegría no es más que esperanza de recobrarlo: para pensar, para sentir, para tener la vida. Los pensamientos vivos no son pensamiento sin cuerpo.


5.
           
            El cuerpo es cuerpo en la anatomía; alma en la fisiología. El alma es principio de movimiento. El cuerpo que se mueve no es desalmado.


6.
           
            No puedes pensar cuando tienes hambre. Tus ideas se mueren si tienen sed, tu pensamiento enferma si no estás satisfecho. Hambre, sed, ocio, sexo. Tus ideas son negras cuando no te mueves, tendido en un sofá, agarrado a la tele o la cerveza. La vida es movimiento. Y aunque muchas veces cueste, es preciso el sacrificio para sentirse vivo. Cuesta más hacer abdominales que entregarse a la pereza.
  


7.
           
            El dinamismo es el alma del cuerpo. El cerebro es cuerpo. El alma es el movimiento del cerebro. Y el cerebro que no se mueve está muerto: tal un alma sin ideas, un sentimiento desalmado, una voluntad parada y triste. El alma es el movimiento de cada parte del cuerpo. Y las ideas, sentidas como abstractas, son el alma del cerebro. Y el obrar. El sentimiento.


8.

            Cuerpo no es sólo la mano que se mueve, sino también la cabeza que le manda moverse.


9.

            ¿Qué es, entonces, el cuerpo? Sustancia en la que crece el alma. La sede del pensamiento.


10.

            El pensamiento vive en la cabeza, que lo crea; pero también en el resto del cuerpo, que lo alimenta. Una casa no se hace sólo con arquitectos, también con albañiles; y con ladrillos; y con cemento. El cuerpo es la sustancia del pensamiento, la masa del pastel, los ladrillos del sentimiento. La voluntad, luego, son las ideas que se imponen al cuerpo. Si las ideas vienen de él, la voluntad es sana; si nacen contra él, es una voluntad enferma. La salud del alma se encuentra, al final, con lo que ella misma ha puesto. Puro kantismo de la vida.


11.

            La razón es lo que da forma a las cosas. El instinto es lo que les da fuerza. Y vida es la fuerza de las formas.


12.

            Lo que hay no es un concurso de razones, sino una relación de ideas; un pulso donde no gana el mejor, sino el más fuerte. El más fuerte es el mejor en cuestiones de músculo, pero el músculo no es lo que más vale; el ímpetu, la fuerza, el músculo, valen sólo cuando los lleva el corazón; y el corazón, que siente, si es músculo es fuerza sensible; pero si no lo es es sentimiento sin fuerza; y el músculo sin corazón es tan sólo fuerza bruta; sin alma; sin vibración en el cuerpo; es cuerpo muerto sin fuerza, sin pulso; es pura inercia; fuerza inerte, cosa que pesa, sin poder moverse, porque le pesa el culo. Sólo es fuerte la fuerza que siente. La energía, no el peso. La vis viva. No es Descartes: es Leibniz.


13.

                                                                        Eso no es fuerza.
                                                               Es peso.
                                                               No es alma corpórea.
                                                               Es cuerpo sin alma.
                                                               No es cuerpo.


14.

                              Al peso la fuerza le viene de fuera:
de la gravedad.
De la atracción de otro cuerpo.
El bulto inerte atraído por una fuerza.
Ese bulto no es fuerza: es peso.
Bulto que no se mueve, porque pesa.