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viernes, 8 de enero de 2021

LA VERDAD SOSPECHOSA

 

 

LA VERDAD SOSPECHOSA

 


            ¿Hasta dónde es sensato fiarse de lo que oímos? Antes de dar respuesta a esta pregunta vamos a estudiar el significado de las palabras con que se formula.

            “Hasta” marca un límite.

“Sensatez” se opone a “irreflexión” como “cordura” a “locura”, y “cordura” viene de “cordis”, que significa “corazón”; ser sensato es tener juicio, estar en su sano juicio, saber y querer razonar, pensar desde el corazón (porque cuando las personas están de acuerdo parece que sus corazones laten al unísono, acompasados, acordes o concordantes, al contrario que la “discordia”; de “cor, cordis”, palabra latina que significa “corazón”, también viene “recordar”, que se refiere al conocimiento o experiencia del pasado que regresa de las profundidades de la mente, es decir del corazón, del alma; de esa misma palabra viene “coraje”, que designa al mismo tiempo el esfuerzo, el valor y la ira; y “cordial” significa “afectuoso”).

“Fiarse” significa confiar, creer, dar crédito, que es lo mismo que dar por buenas (por verdaderas, por ciertas) las cosas que oímos.

            Y “oír” significa captar o recibir sonidos, sea de manera intencionada (que es lo que significa “escuchar”) o espontánea.

            Volvamos ahora a nuestra pregunta. ¿Hasta dónde es sensato fiarse de lo que oímos? ¿Cuál es el límite para aceptar como ciertas las cosas? Hay que distinguir entre los ignorantes (que aceptan a ciegas lo que les parece verosímil aunque sea insensato), los incondicionales (que creen lo que dicen quienes son tenidos por ellos por sensatos o, aunque no lo sean, creen a las personas cuyos deseos aparentes comparten) y los sensatos (que necesitan pruebas y razones para creer). Vayamos por partes y razonemos a partir de un ejemplo.

            En las elecciones de 2020 en los Estados Unidos de América se ha proclamado oficialmente a Joe Biden como presidente electo. El candidato saliente, Donald Trump, no acepta ese resultado porque, según él, esas elecciones han sido un fraude. Inmediatamente se plantea la pregunta: ¿a quién creer? ¿Hasta dónde es más sensato creer en la validez de las elecciones que en el fraude?

            Supongamos que la mitad del país cree que ha habido fraude y la otra mitad no. De entre quienes lo creen, hay que descartar a los ignorantes, que se fían sólo de las apariencias y por tanto su testimonio no tiene ningún valor. Descartaremos también a los incondicionales que, sólo por serlo, aceptan cualquier cosa que el presidente les diga sin cuestionar nada por ser él. Quedan los críticos; la mitad de su propio partido (el partido republicano) le da la espalda a Trump por considerar que sus argumentos no se sostienen. Sólo le sostienen en un apoyo con garantías quienes dudan porque tienen motivos para dudar: fijémonos en éstos. 



            Creen que han votado por Biden muchos ciudadanos que no tenían derecho a votar. Que mucha gente haya votado en masa por correos es interpretado por ellos como un fraude organizado a gran escala; suponiendo que votar por correos sea fraudulento. Ellos argumentan que muchos de esos votos han llegado fuera de plazo, a lo que se les responde que el sello de correos estaba puesto en el sobre dentro del plazo convenido en el momento en que se enviaron, aunque la llegada de tales cartas se produjera pasada la fecha límite. Se suele admitir que lo importante es la fecha de salida, no la de llegada, y en todo caso se trata de una formalidad anecdótica, no de una falsedad producida por votantes que no estuvieran censados o ya hubieran fallecido. La explicación de tal cantidad de votos emitida por correo es que, en situación de pandemia, amenazados por el coronavirus, muchos prefirieron no ir a los colegios electorales por miedo a infectarse.

            Dejemos ahora de lado las cuestiones de legitimidad. Centrémonos en el criterio del consenso. Casi toda la prensa escrita, incluida la prensa conservadora, tradicionalmente favorable a Trump, le ha dado la espalda. Y todas las denuncias por fraude presentadas por el presidente perdedor (unas cincuenta) han sido desestimadas. En el tribunal supremo, donde hay una mayoría absoluta favorable al presidente perdedor, tampoco le han dado la razón. Rechazando la opinión de la prensa, los jueces y los políticos, incluida la mitad de su propio partido, sólo sostienen al presidente los tweets presidenciales… que manda él mismo; o sea, que él se sostiene a sí mismo. Concluyendo: estamos ante una situación en la que una persona pretende tener razón frente a todas las demás; si, como decía Aristóteles, es más fácil que se equivoque una persona que no muchas, lo más probable es que al presidente no le asista la razón, sea porque se equivoca o sea porque quiere imponerse a todos mediante mentiras.

            Acudamos ahora al criterio de autoridad. El intento de conseguir que las autoridades no voten al candidato ganador, es decir al que ha recibido mayor número de sufragios, ha fracasado; las autoridades presionadas por Trump no han cedido; pero si hubieran cedido tampoco habrían sido válidas, como no vale el testimonio de quien niega que ha habido un terremoto después de haberlo presenciado con sus propios ojos; decir lo contrario de lo que se ve es mentir y viola el principio de correspondencia, pero aquí no se trata de eso: se trata de si la gente se lo va a creer o no; desgraciadamente, lo que la gente cree no es la verdad que parece mentira, sino la mentira que se disfraza de verdad.

            Decía Berkeley que lo que existe es lo que percibimos; pero los esquizofrénicos y paranoicos perciben cosas que no existen y Berkeley, intuyendo el problema, cambió de criterio y dijo: lo que existe es lo que es percibido por los demás; de modo que si veo monstruos que los otros no ven seguro que esos monstruos no existen, pero si yo, que los percibo, soy percibido por los demás, entonces será verdad que yo existo. Si los votos fraudulentos que denuncia Trump no son vistos por nadie, será que no existen; quienes han sido testigos de ello han visto votos, pero no han visto fraude (lo que no impide que a veces haya habido errores irrelevantes). Este criterio, no obstante, no es definitivo porque se ha dado el caso de que mucha gente viera cosas en el aire que resultaron no ser más que imágenes holográficas.

            Recapitulemos. Ni el criterio de coherencia (y legitimidad), ni el de consenso, ni el de autoridad, ni el de experiencia parecen avalar las denuncias de fraude. Pero supongamos que, a pesar de todo, nos equivocamos. Como don Quijote que, rindiéndose ante la evidencia de que lo que tenían delante no eran gigantes sino molinos, todavía le decía a Sancho para no rendirse que hay un mago que nos hace ver a todos molinos donde hay gigantes; y bien que puede ser, pero entonces sólo una persona conocería la verdad y no podría convencer al mundo entero de que se equivoca; como tampoco podría convencer a nadie de que esa luz es roja el único vidente sano en un mundo de daltónicos. ¿No podría suceder que, creyendo nosotros conocer la verdad, estuviéramos engañados y sólo una persona en el mundo entero la conocería y nosotros la declaráramos unánimemente como falsa? Puede ocurrir, pero es poco probable; es tan poco probable que su grado de verdad infinitamente pequeño sería equivalente a considerarlo como falso. Aunque sí: si todos veían en el mundo antiguo que el sol giraba alrededor de la tierra sólo Aristarco, que decía la verdad, pasaba por embustero ante todos. 



            Pero  hay una diferencia. Aristarco podía demostrar de forma coherente que tenía razón, y lo demostraba invocando la experiencia que hemos tenido todos de que, cuando nos subimos a un vehículo giratorio, vemos girar el mundo cuando los únicos que giramos en realidad somos nosotros. A Aristarco le asistían la coherencia, la experiencia y el consenso, pero no la autoridad (la autoridad la tenía Aristóteles, que se equivocaba diciendo lo contrario). Sus adversarios, entre ellos Aristóteles, lo negaban imponiendo el consenso, la experiencia y la autoridad. Si descartamos lo que ambos tienen en común, ¿qué le queda a Aristarco? La coherencia. ¿Y qué le queda a Aristóteles? La autoridad. Entre la autoridad y la coherencia ya sabemos que la ciencia prefiere coherencia: luego Aristarco tenía razón.

            Trump, sin embargo, no puede imponerse mediante el consenso porque ni siquiera lo apoya buena parte de sus partidarios. Tampoco puede esgrimir la coherencia de lo que dice, porque ésta se ha sometido cincuenta veces a juicio y las cincuenta ha sido derrotada. En cuanto a la experiencia, se reparte entre una multitud de observadores en cada colegio electoral y no la podemos ratificar al cien por cien. Sólo le queda la autoridad. Frente a ella, Biden esgrime coherencias y consensos y, como Aristóteles frente a Aristarco, Trump también sale derrotado.

Conclusión: es altamente improbable que a Trump le asista la razón; también podría ocurrir lo contrario, pero las posibilidades son tan escasas que podríamos considerarlas inexistentes; sobre todo después de haber visto su molesta tendencia a persistir en el error, a favorecer sólo a los suyos, a oponer la ira a las razones y a demostrar falta de compasión o, lo que es lo mismo, de empatía. Porque no se trata sólo de pensar; se trata de pensar desde el corazón y ahí es donde la razón se transforma en cordura.

 


 

 

 

viernes, 5 de junio de 2020

LAS VIRTUDES DE LA VIDA




LAS VIRTUDES DE LA VIDA
  

Alma y espíritu.

            Mi alma no es una encrucijada entre el pensar y el sentir, sino una receta, una comida, un plato; cada alma es un plato distinto hecho con los mismos ingredientes, pero en distintas proporciones, y el mundo es un libro de recetas donde cada ser humano ocupa una página; luego cada página se llena en la cocina de la historia y se convierte en espíritu; y si cada alma es una forma distinta de combinar el sentimiento con la razón, cada espíritu es una forma distinta de vivirlos, porque las almas no pasan todas por los mismos sitios y tienen cada una su propia experiencia; y aunque haya personas que estén hechas más o menos de la misma forma, como si fuesen el mismo molde con muchas variantes, y cada molde distinto puede tener sus propias variantes, y encarnarse en personas distintas de distintas maneras: también la vida que llevan hace que las mismas variantes se expresen de forma muy variada; es como los coches, hay muchas marcas, cada marca tiene muchos modelos, y cada ejemplar del mismo modelo tiene su propia historia, y no tiene los mismos roces, sus dueños no tienen la misma forma de conducir, ni tienen las mismas cicatrices, ni han pasado por los mismos talleres.

Prudencia.

            El pensar se mejora buscando la prudencia. La prudencia es el empeño que tienen los pensadores por mejorar el uso que hacen de la razón. Podemos decir que ser prudente es poner los medios adecuados a los fines (ya sabemos que los fines no los pone la cabeza, sino el corazón); pues bien, si quiero un mundo pacifico no puedo buscarlo por medios violentos; si quiero que sea justo no puedo alcanzarlo con la injusticia; y si quiero que esté limpio no puedo hacerlo ensuciándolo.
            También podemos decir que la prudencia consiste en buscar los fines que tengan buenas consecuencias; el corazón busca los fines que están acorde con sus gustos, con sus estructuras motivacionales, con su vocación (y por encima de ellos, con la justicia, con el respeto, con el amor); pero la cabeza busca, partiendo de las metas que el corazón le marca (las metas del corazón son nuestro destino), los fines subordinados que tengan las consecuencias esperadas, aquellas que son acordes con las metas de la vida; si a mí me gusta la música y el corazón me adentra por la senda de la música, mi inteligencia debe buscar metas parciales que me ayuden a realizar mi objetivo: estudiar el lenguaje musical para empezar a tocar un instrumento, o aprender las dos cosas a la vez y mejorar el instrumento a medida que voy aprendiendo el lenguaje musical, escuchar también las cosas que me gustan, y escucharlas junto a las que no conozco para aprender composiciones nuevas que me gustarían ya si yo las conociera… La prudencia nos obliga a conseguir nuestros objetivos de la mejor manera, aprovechando el tiempo y llenándolo de satisfacciones. Y si ser prudente es buscar acciones que tengan buenas consecuencias y si éstas son las consecuencias que esperamos, entonces podemos decir que la prudencia está emparentada con la esperanza.
            Prudencia es también buscar los límites fuera de los cuales ya no es posible, ni sensato, ni razonable, el esfuerzo; ni tampoco el placer. Yo no puedo esforzarme en una carrera cuando estoy cansado, y no cejar en el empeño cuando mi cansancio es mayor, aunque me sienta agotado: hasta conseguirlo; pero nada más llegar a la meta me desplomo fulminado: se me ha partido el corazón; he conseguido llegar, pero forzando mi cuerpo hasta matarlo; la prudencia me dice que hay que tensar la cuerda sin que se rompa; cuál es la zona de peligro en que la cuerda se empieza a romper es algo que tenemos que descubrir (intuir más bien: atisbar o sospechar) después de informarnos.


Templanza.

            Ser prudente es sopesar nuestra conducta fuera del comer y el beber; en el beber, comer y embriagarnos la prudencia se llama templanza; hay que evitar, en el comer, las consecuencias contrarias a la salud; hacer compatibles los placeres con los límites de nuestra naturaleza; huir de la obesidad: también de la anorexia; ser goloso, pero apartarme de la gula, disfrutando de una manera saludable. Y lo mismo pasa con la sexualidad. El placer no debe ser obsesivo para que no nos quite el tiempo de disfrutar de otros placeres; o, si no es sensato disfrutar de todos los placeres por igual, adivinar la jerarquía de placeres que le da sentido a nuestra vida, guiada por nuestra forma particular del sentir, la que viene de nuestra naturaleza, que es nuestra vocación, donde se esconde la felicidad de cada uno en la forma particular que cada uno tiene de vivir la plenitud: de llenar de placer sus vocaciones; sus vocaciones, no sus apetitos; que no es lo mismo alimentar las tentaciones que atacan a nuestros gustos que alimentar la pasión que nos da sentido, las vocaciones que guían nuestro placer.

Justicia.

            Podríamos decir que la prudencia consiste en sopesar el esfuerzo, y la templanza, en sopesar el placer. Ya sabemos que el corazón es la fuente de donde manan la fuerza y el placer (y, en la medida en que los insertamos en el tiempo, la ambición); el espíritu donde se desarrolla nuestra fuerza es el ánimo, la moral alta, la valentía, la fortaleza, el coraje. Pues bien la prudencia, la fortaleza y la templanza son las tres virtudes básicas de Platón; las que constituyen el fundamente de nuestra vida moral; de la actuación coordinada entre ellas surge la justicia: vamos a ver lo que esto quiere decir.
            Si debo corregir un examen lo propio es que lo haga con la razón, intentando ser prudente; si lo hago movido por el placer (por ejemplo aceptando regalos y sobornos) y le pongo un aprobado a quien no se lo merece, esa nota será injusta; y si me mueve el coraje, el odio o el rencor, poniéndole mala nota a quien no me cae bien, aunque el examen sea bueno, mi valoración también será injusta. Los exámenes se deben corregir con la cabeza,  no con el corazón ni con las tripas; el placer como guía de la inteligencia no es buen consejero; ni lo es la fuerza con que sentimos nuestras obsesiones, como la rabia que le tenemos a una persona cuando no hay ninguna razón para odiarla.
            Platón asignaba cada virtud a una función social (no hay que confundir las funciones sociales con las clases sociales, aunque algunas veces se confunden). Los gobernantes deben ser prudentes; los soldados, valientes; y los sectores económicos, templados. Un soldado no debería gobernar, porque su misión no es mandar, sino defender el país: sería injusto, pues, usurpar las funciones de otro, dar un golpe de estado. Tampoco sería justo que gobernaran quienes se ocupan de la economía, porque no mandarían atendiendo a la razón, sino a sus propios intereses: el gobierno no debe pertenecer a ninguna oligarquía. Tampoco deben los ricos usurpar las funciones militares, ocupando los puestos de mando como privilegios, sin estar preparados: el mando debe estar reservado a quien sabe mandar, no a quien tiene dinero para comprarse títulos en las escuelas militares. Por último, también le corresponde al gobierno conducir la guerra; el gobierno debe ordenar la convivencia, pero la estrategia corresponde a los militares, que saben luchar; a menos que los gobernantes hayan aprendido también el arte militar; uno de los ejemplos más patéticos es el presidente Piérola, que, creyéndose soldado, dispuso toda la artillería donde creía que el enemigo iba a atacar, pero no atacó; y el lugar donde se produjo el ataque no tenía cañones para defenderlo.
            La justicia, según Platón, aparece cuando cada cual hace lo que le corresponde, sin meterse en las competencias de los demás. Por eso se puede resumir con la conocida frase: zapatero, a tus zapatos.


Confianza.

            La confianza es la fe. Esa palabra está en su raíz: fianza; nos fiamos de alguien cuando creemos en él, cuando tenemos fe en que no nos defraudará. Había un equipo de fútbol que casi nunca ganaba un partido, pero pensaba siempre que el próximo partido lo ganaría: era el equipo de Alcoy; así se forjó la expresión “tener más moral que el Alcoyano”, donde “moral” significa fuerza de ánimo, confianza en sí mismo, confianza en que el esfuerzo nos recompensará. La fuerza, en este caso, viene de la fe; si creemos que podemos ganar nos esforzaremos en conseguirlo.
            Hay un relato que cuenta cómo Yukón desplazó la montaña: carretilla a carretilla. Algo que parece imposible, como poner una montaña en otro sitio, se puede conseguir poco a poco, día tras día, sin desfallecer; si creemos que es posible, lo conseguiremos; en este caso tener fe es lo mismo que tener paciencia.
            Si quieres, puedes: es lo que se ha dicho siempre; no es verdad. Por mucho que quiera atar el sol con una cuerda (como dicen que hicieron los hermanos Ayar en la fundación del Cuzco, según la leyenda), no lo conseguiré; porque no forma parte de lo posible, y no es sensato perseguir imposibles; a menos que, como sucede muchas veces, llamemos imposibles a las posibilidades que cuestan esfuerzo y nos rendimos antes de empezar. Habría que decir: si quieres después de haberlo pensado, puedes; pero no quieras cosas que no puedes pensar: no las conseguirás; y pensar es razonar, intuir, recordar, sentir, imaginar.
            Un préstamo es un crédito. Los bancos nos prestan dinero si creen que se lo vamos a devolver. Esa creencia es la fe. Pero la fe que nos tienen los bancos es fianza, sólo se fían si les damos garantías de que les vamos a pagar, y una garantía es mucho más que una promesa: es pedirnos autorización para quedarse con nuestro coche, con nuestra casa, si no podemos satisfacer la deuda cuando venza el plazo; los romanos también se cobraban con nuestra libertad. De modo que dar un crédito, para los bancos, no es fiarse, no es creer en quien lo recibe, sino vender: te vendo dinero a cambio de que me pagues intereses o, si no puedes, me pagarás con tu coche, tu casa o tu libertad; la fianza no tiene que ver con la fe (de donde procede), sino con las garantías que tú le das; y recordemos que la garantía aquí no es una promesa sino una venta: un papel firmado que te compromete a cederle tus bienes al banco si no puedes pagar.
            Pero muchas veces los banqueros se fían de la fama, y entonces no necesitan pedir garantías. Si alguien tiene fama de rico y pide un préstamo para montar una empresa, el banquero, convencido de que es rico, se lo prestará sin garantías, convencido, además, de que los beneficios que dará la empresa superarán con creces el dinero que le habrá prestado; prestar, aquí, no es vender, sino confiar.
            ¿Y cuándo podemos confiar? Muchas veces necesitamos garantías para creer. Esas garantías pueden estar en el pasado, en la historia vivida en común: si yo he visto durante muchos años que tal persona es buena, me inclinaré a creer en ella, a confiar; en tales casos la experiencia compartida (la historia que nos une) es el fundamento de la fe. Cuando no hay un conocimiento previo de la persona, como es el caso de los bancos que prestan dinero, la confianza se cimenta en las garantías. Pero cuando no hay experiencia ni garantías no es sensato creer; de modo que la fe se apoya en la razón, en la prudencia. Si un desconocido nos pide que matemos al vecino porque está poseído por el diablo y, si no lo hacemos, nos llama gentes de poca fe; o si nos pide que creamos en dios y nos habla de un dios en cuyo nombre nos pide todos los meses nuestro sueldo, total o parcial; o si nos dice que no estudiemos porque la escuela es el foco del mal: si nos dice cosas como esas, gratuitas y sin explicarse, apelando sólo a la fe, ¿habremos de creerle? ¿No habremos de parapetarnos detrás del escudo de la razón, que es lo que dios, o la naturaleza, nos ha dado para defendernos de los demás? “Guardaos de los falsos profetas”, dice el mismísimo evangelio; porque la confianza no es la fe del fanático; sólo se puede creer apoyándose uno en la experiencia, en la garantía, o en la sensatez.


Esperanza.

            La esperanza es la hija de la confianza, y por tanto, de la fe. Si creo que puedo aprobar, espero aprobar, y mi esperanza será mayor cuanto más haya estudiado. Si crees que el mundo es bueno, confías en él, esperas que nadie te atacará: esperar es lo mismo que confiar y que creer. Cuando nos empeñamos en hacer algo solemos decir: “espero conseguirlo”, porque pondré mis fuerzas en el empeño; y esperar, como signo de confianza, es lo mismo que esforzarse.
            Otras veces tenemos esperanza dependiendo de que haya mayor o menor probabilidad de que se produzcan las cosas; por ejemplo, cuantos más números haya jugado, mayor esperanza tendré de que me toque la lotería. En este ejemplo vemos que la fe en la que se apoya la esperanza a veces contiene riesgos. Tenemos que esperar con prudencia, sí, pero a veces las cosas son probables, y no nos pueden dar mucha seguridad. Si estudio es posible que apruebe; es posible, no seguro; a veces por mucho que estudie todas las veces suspendo, y cuantos más intentos, más fracasos, y cuando hay muchos fracasos sobreviene la desesperación. No es sensato desesperarse si hemos elegido el camino correcto. Pero sí lo es si, valiendo para las matemáticas, hemos elegido estudiar lengua, y en el comentario de textos no tenemos talento; si nos empeñamos en hacer cosas para las que no tenemos vocación seremos infelices y, además, aunque lo logremos, resultará prácticamente difícil destacar. Lo bueno, lo sensato, será ajustar nuestros deseos a nuestra vocación: y entonces podremos tener esperanza, entonces no habrá mayor espejismo que la desesperación.

Amor.

            Muchas cosas se han dicho sobre el amor. Entre la amistad y el erotismo (y la pasión) se han establecido grados; pero también podemos suponer que amarse es lo mismo que desarrollarse, y amar a los demás es lo mismo que ayudarles a andar; yo me quiero tal y como soy, y, dentro de lo que soy, debo procurar ser siempre mejor; y no tenemos por qué querernos tal y como estamos en un momento determinado, porque nuestro estado no siempre coincide con nuestro ser: por ejemplo si estoy enfermo no quiere decir que mi naturaleza consista en estar enfermo; hay veces en que debemos salir de nuestro estado para volver a esa conexión interrumpida que teníamos con nuestro ser. Amar es entonces respetar la naturaleza de las cosas, empezando por la de uno mismo, y la mejor prueba de amor es huir de la degeneración y ser ambicioso con la superación; dentro, claro está, de los límites de la prudencia de los que ya hemos hablado. Lo que llamamos respeto es aceptar la naturaleza, no las jerarquías arbitrarias de la dominación. 


            Así pues, cuando cambiamos la maldad por la bondad estamos amando, y suele suceder que la maldad es la ignorancia: entonces la bondad coincidiría con el saber; pero también con el querer. Amar es querer, y querer es el deseo de realizar una vocación (en eso se distingue del capricho). El amor es un compromiso basado en un sentimiento, pues comprometerse sin sentir es automatismo propio de las máquinas; y el amor se cifra en el corazón, que es el sentir de la naturaleza, la felicidad que surge cuando actuamos como somos, la salud de ser lo que se es, la intimidad, la vida entrañable, el deseo de llenarnos de lo que nos pide nuestra vocación: eso es la plenitud; que se distingue del hartazgo en que en el hartazgo nos llenamos de cosas que nos dan placer sin satisfacer nuestro ser, nuestra naturaleza, nuestro sentimiento, lo que estamos llamados a ser.
El amor, pues, es el compromiso que emana del sentimiento, nos comprometemos porque nos queremos nosotros mismos y queremos a los demás. Porque los demás son nuestro espejo, y al verlos sufrir a ellos nos sentimos sufrir nosotros mismos, aunque no siempre sea con la misma intensidad. Querer a los demás es sentir sus sentimientos, sufrir sus sufrimientos, pensar como ellos aunque no compartamos sus pensamientos, ponernos en su lugar: en querer a quien sufre se cifra la piedad, que no es más que misericordia: de “cordis”, sentir las miserias ajenas con el corazón); es lo mismo que la compasión (“padecer con” los demás), y compadecerse es sentir la necesidad de ser generoso, porque la generosidad (la solidaridad, la caridad, el altruismo) es la necesidad y el deseo de ayudar. Y esto no tiene nada que ver con la compasión entendida como menosprecio (“no quiero tu compasión”), que no es el sentimiento de la pena, sino el deseo de degradar a la gente echándole en cara su pobreza, como si tuviera la culpa de ser pobre; cuando la pobreza no es producto de su pereza, sino de la mala suerte que ha tenido en la lucha por la vida. Eso mismo sucede a veces con la caridad, que se convierte fácilmente en espectáculo, representación en donde quien da construye su grandeza sobre la pequeñez de quien recibe, como si necesitara aplastarlo para sentirse fuerte: eso no tiene que ver con la verdadera caridad, el sentir fraterno que normalmente llamamos generosidad.

Las virtudes de la vida.

            Hay que modificar las cuatro virtudes de Platón: en ellas está la fortaleza que le faltaba a Nietzsche. Y modificar las virtudes teologales: en ellas está el amor que le sobraba a Nietzsche, y que también le faltaba a Platón. El amor y la fuerza son las dos caras del corazón: ninguna de ellas tiene sentido sin la otra; el amor no debe confundirse con la debilidad, con el servilismo, con la sumisión, y en todo caso es mucho más que la caridad; y la fuerza no debe confundirse con la soberbia, ni con la crueldad (como a veces le pasa a Nietzsche). Hay que levantar las virtudes de la vida, que es la reinterpretación de todas las anteriores: prudencia, fortaleza, fe, esperanza y amor. El amor es el vértice del edificio y la fortaleza la base que lo sujeta; la esperanza mana de la fe, que echa sus raíces en la prudencia y en el amor; y la prudencia es la compañera de viaje que se ha convertido en la cabeza del corazón. El corazón, con los pies puestos en la fuerza y provisto de unos ojos que sienten, tiene una cabeza que piensa y por eso puede creer, querer y esperar.
  


viernes, 6 de marzo de 2020

LAS SOMBRAS DE NUESTRAS IDEAS




LAS SOMBRAS DE NUESTRAS IDEAS


1.

            -En el mundo –dijo Juan- no vemos las mismas cosas con los mismos cristales; para ti son verdes, y es porque llevas gafas verdes; para mí son azules, y no es a causa de las cosas: es a causa de mis gafas.
            -¿Por qué dices eso? –preguntó Beatriz.
            -Es por la pastora Marcela: unos la miraban con gafas acusadoras, otros con gafas comprensivas; pero Marcela, al fin y al cabo, era la misma. ¿No os ha ocurrido que a veces odiáis a las personas sin saber por qué? No os dais cuenta de que las miráis con ojos de odio. Si las mirarais con ojos cariñosos os parecerían simpáticas. –Y de repente Juan pensaba en Kant-. La gente no es como vosotros queréis que sea; la gente es como es.
            -Pero nosotros no queremos que la gente sea de ninguna manera- objetó Pablo.
            -Eso es lo que crees. A las personas las persigue una especie de sombra que hacemos con ellas; y esa sombra es como un retrato manipulado, igual que el fotógrafo retoca las fotos para que las cosas en sus imágenes sean mejores o peores que en la realidad. Nosotros, antes de dirigirnos a alguien, ya tenemos una imagen de él; o una idea; éste es feo, éste es guapo, éste simpático, éste inteligente… Cuando juzgamos a la gente no pensamos en lo que es; la comparamos con la imagen o con la idea que tenemos de ella; queremos que el original se parezca a su retrato, aunque es el retrato el que debería parecerse al original.
            Visi le escuchaba con interés.
            -A veces no miramos con los ojos sino con un espejo; los ojos deberían ser cristales que reflejaran la realidad, cristales transparentes; y que dejaran pasar las imágenes sin impurezas, no como los cristales sucios o ahumados.
            Tosió sujetándose la voz, en la boca, con el puño.
            -Pero a los demás los vemos como espejos; espejos donde proyectamos nuestras imágenes falsas, y queremos que la gente las refleje para nosotros; que se parezca a nuestros clichés, que nos los devuelva; que nos devuelva nuestra imagen para que la realidad sea un calco de nuestras ilusiones; de nuestros prejuicios.
            Volvió a carraspear.
            -Otras veces no miramos con un cliché individual, sino con un estereotipo colectivo. Así Marcela no es Marcela, es una mujer. Y queremos que sea como nos empeñamos que sean todas las mujeres: traidoras, ingratas, calculadoras, malvadas… Pero Marcela no tiene que ser así por ser mujer; es más, la mujer no tiene por qué ser como nosotros queremos que sea. Entonces Marcela, para defenderse, lanza su discurso.
            -Como una lanza que rompe el espejo con el que la miramos.
            -A veces es el único con el que podemos mirar; no sabemos que hay otros.
            Sombras de la caverna.
            -Para que vea don Quijote cómo es en realidad.
            -Y los cabreros, Elisa; y los cabreros.
            Elisa calló, y sus oídos fueron receptivos.
            -Hay que desembarazarse de prejuicios para poder ver. Quitar las sombras que nos nublan la vista. Las sombras, cuando están en los objetos, nos facilitan la visión, pero cuando están en nuestros ojos producen fantasmas, estorban y falsean, crean ilusiones…


            Juan se daba cuenta de que hablaba de las sombras de las ideas. Los prejuicios. Los cabreros no se engañaban con la cara de Marcela: captaban su belleza deslumbrante, sus encantos; pero igual que los cuerpos parecen deformados por el punto de vista, así también se deforman las ideas por la manera de pensar. Los prejuicios nos llevan a conclusiones disparatadas: no nos dejan discurrir; puede que nuestros razonamientos sean correctos, pero nuestras ideas no; y hacemos ideas de desechos como madalenas; cuando echamos basura en los moldes nos salen madalenas buenas, pero nos salen mal.
            Los prejuicios son las sombras de las ideas; de las ideas discutidas; y (pensaba) también hay sombras para todas las ideas que no podemos expresar.
            Ver la realidad es romper los filtros que tenemos en los ojos: los del cuerpo como los del alma. Ver la realidad es tener espejos que no lanzan sombras al interior de nuestra cabeza, imágenes que se confunden con las de los objetos que acabamos de mirar. Y cuando esos fantasmas no son de luz, sino de palabras, la claridad del cuerpo se vuelve transparencia de otro tipo: es, desde luego, una claridad intelectual. Hay tres tipos de sombras: las de la vista, que son sombras en sentido propio; las de las palabras, que son prejuicios; y las de las intuiciones, que son locuras; deformaciones de nuestra vitalidad; son, también, las de nuestra sensibilidad. (No la sensibilidad informativa, sino la expresiva; aquella para la que sentir es segregar sentimientos desde el fondo del alma; aquella para la que el entusiasmo es lo propio de la idea, el sentimiento fundamental).
            Sentir ideas es captar su latido más íntimo, su calidez entrañable; sentir prejuicios es llevarlas al borde de la locura: empaparlas con su visceralidad.


2.

            Unas veces no sabemos ver, otras no sabemos ver bien. Como decía Unamuno[1], unas veces tenemos telarañas en los ojos y otras visiones dentro de ellos. Los carlistas no podían entenderse con los liberales; mutuamente se condenaban a la exclusión. La exclusión es incomunicación por encima de todo.
            Juan pensaba mucho en Arcadio: su mente estaba llena de telarañas (paralizado por el miedo, Arcadio era incapaz de confiar); no confiaba en sí mismo; y, como él se veía en los otros, no confiaba tampoco en los demás. Se sentía bien poca cosa. Le parecía increíble que una chica pudiera fijarse en él. Nuestras intuiciones son al mismo tiempo ilusiones del corazón, porque el ánimo se viste con la alegría de conocer; pero cuando no tenemos confianza nuestra intuición se vuelve ilusa y las alegrías se tornan desilusión. Arcadio sentía visiones y pensaba que era un inocente, incrédulo, un tonto; se sentía desilusionado porque en cada gesto y en cada palabra de cada chica continuamente sentía que lo rechazaban.
            ¡Pobre Arcadio! Su frente abatida denotaba una absoluta falta de entusiasmo. Pero su desengaño no se debía a que sus intuiciones fueran acertadas: por el contrario, eran paranoias; se creía que la gente lo perseguía para reírse y no veía que nadie quería hacerle daño. Pero cuando tenemos corazonadas nos envuelven como la niebla y nos arrastran en su estela, y no tenemos un faro que nos pueda orientar en el océano. ¿Cuándo son obsesiones? ¿Cuándo impulsos del corazón? ¿Cuándo impresiones fieles? ¿Cuándo deformamos en nuestra mente nuestra visión? No hay frontera clara entre la ilusión y la locura, y unas veces soñamos estando cuerdos y otras, entre los sueños, perdemos definitivamente nuestra razón; la ilusión nos hace ilusos y desorientados, perdidos, mezclamos el placer con sufrimiento; no hay nada en nuestra razón que nos ilumine cuando pretendemos, con esa seguridad que tienen los necios, querer hacer el bien regándolo de dolor.





[1] Miguel de Unamuno. Paz en la guerra.

viernes, 5 de enero de 2018

EL DESCUBRIMIENTO DE LOS REYES MAGOS


EL DESCUBRIMIENTO DE LOS REYES MAGOS
  

            A Fernando se le veían los ojillos tristes. Corría y reía con su prima, pero de vez en cuando podían sorprenderle con la mirada perdida. Era sólo un suspiro; en seguida, sin dejar que se le notase el abatimiento, volvía a correr. Sus gritos, unidos a los gritos de la niña, eran un guirigay que retumbaba por la casa. Acababan de ver la cabalgata de reyes. Los pajes habían arrojado caramelos y la gente, apretujada en las aceras, se desvivía por cogerlos. Entre Iñigo y él recogieron unos cuantos. También Doris, ayudada por Ingrid y Juan, había recogido caramelos.
            Tenía nueve años. Aquella navidad fue para el niño el final de la inocencia. Cuando se fueron a acostar, en nochebuena, Ignacio y Alicia no tenían los juguetes en el árbol de navidad. Y eran las doce. A Fernando no se le escapó ese detalle. Alicia se encerró en su dormitorio después de decirle a Ignacio que entretuviese al niño, y allí se estuvo, haciendo los paquetes. Fernando, que era mosca, se escapaba a la habitación contigua pero Ignacio, agarrándolo del brazo, tenía que decirle:
            -¡Ven, Fernandito, tienes que ayudarme!
            -¿A qué?
            -A coger unos vasos para llevarlos al comedor.
            Fernando se los cogía, pero en seguida se escapaba otra vez. Entonces Ignacio, agarrándolo por la cintura, le volvía a decir:
            -¡Que me tienes que ayudar a recoger el pan!
            Fernandito lo hacía. Nueva escapada. Ahora Ignacio lo agarraba de los hombros:
            -Ven conmigo, que quiero darte un besito.
            Y los dos se fundían en un largo abrazo mejilla con mejilla. Pero ya a su padre no se le ocurría nada más que decir y el niño se le escapaba a la habitación de la madre, que veía cerrada a cal y canto y eso le olía a chamusquina. En una de esas abrió la puerta y se topó con ella, rodeada de papeles. Evidentemente, eran papeles de regalo. Fernando se hizo al tonto y preguntaba una y otra vez, lo preguntaba todo. Alicia intentaba disimular.
            -Estoy recogiendo las bolsas de la compra, y se me ha hecho un lío todo aquí, con estos papeles.
            Fernando se dejó engañar. En seguida vino su padre para disimular la evidencia.
            -¡Oye, vente conmigo, ayúdame a recoger los platos! ¡No piensas más que en escaparte!
  

            Y así estuvo tonteando con él, en un juego que ya no engañaba a nadie, hasta que a una señal de Alicia salieron ambos del comedor. Se lo llevó a la habitación del chico para preguntarle cuál de sus libros le gustaba más. Una pregunta absurda. No absurda en sí, sino absurda en ese momento, cuando la mente estaba ocupada en otra cosa. Ignacio vio que Alicia había terminado la faena y ya pudo desentenderse del niño. Evidentemente, Fernando se le escapó.
            Cuando fue al comedor encontró a Fernando dubitativo. No había sido la gran ilusión que se supone que despierta papá Noel, ni se oyó ningún grito de alegría. Fernando estaba serio y comentó con una severidad apabullante.
            -Cuando yo he venido aquí no había paquetes en el árbol.
            Ignacio se quedó mudo. Tuvo que hablar Alicia, porque a él no se le ocurría nada. Alicia dijo que papá Noel aprovecha los momentos en que estamos descuidados, y allí había venido en ese preciso instante. Fernando seguía escéptico. Por fin cogió un paquete, sin ninguna convicción, y mostró el papel amarillo que tenía pegado con papel celo.
            -Ésta es la letra de mamá.
            Alicia lo había hecho todo precipitadamente. También había escrito aquella nota a toda prisa; evidentemente, era su letra. Ante aquel cúmulo de evidencias Alicia se desarmó y tiró la toalla. Se agachó para mirar a su hijo, lo agarró de los brazos y, mirándolo de hito en hito, le confesó un secreto a voces.
            -Fernando, papá Noel son los padres. Son ellos los que compran los juguetes. Los padres los ponen en el árbol, mientras duermen los niños, y al día siguiente les dicen que papá Noel ha venido por la ventana.
            Fernando la miraba con ojos incrédulos. Ni se creía que existiera papá Noel, ni se resignaba que no existiera. De sus ojos nacía una mirada perpleja, mezcla de fantasía y resignación, entre inocencia nostálgica y desengañado escepticismo. Aquel niño vivía en aquellos momentos un drama. Un drama que él mismo había prolongado, porque ya en el colegio comentaba con los amigos el protagonismo navideño que tenían los padres. Lo sabía, hacía un año que Fernando lo sabía todo. Pero  se entregaba al juego de medias tintas entre creerlo y no creerlo, saberlo y fingir que no lo sabía, soñar y abrir los brazos a la madurez desnuda que llamaba a su puerta.
            Eso había sido en navidad. Para reyes iba ya con la conciencia desengañada. Eso le daba una desilusión que lo ponía triste, sabedor de que ya no podía jugar a aquel juego: y eso le inquietaba. Su corazón sentía como un peso y, curiosamente, era porque no pesaba: aquello era el peso del vacío; supo que el vacío podía oprimir como oprime una piedra cuando aprieta; y así supo que, más de lo que oprime la presencia de las cosas, nos puede oprimir su ausencia.
            En aquel momento despertó. Sentía la vida como un hermoso sueño del que había despertado. Ahora conocía la verdad, había salido del engaño; pero era más bonito creer en una ilusión que vivir desengañado. Su corazón sentía nostalgia sin saber aún lo delicado que era el hilo del que pende la ilusión. En eso se convertiría ahora su vida: en un denodado esfuerzo por vivir las ilusiones sin ser iluso. Cuando era niño eso no ocurría. Cuando era niño las ilusiones no eran el engaño. Eran la realidad.
  

            La realidad se había colado por la puerta y le había dado un puñetazo en las narices. Como los cuatro acordes de Beethoven, lo había congelado la llamada del destino. Su destino era ahora vivir en libertad; o sea, vencer al destino. De repente se había hecho mayor. Fernando no entendía estas cosas, pero sentía la pena que se le metía por dentro. Por eso, sin querer, a veces sus ojos se volvían tristes. Y él no quería mostrar su abatimiento, disimulaba como un hombre mayor y correteaba y gritaba mientras jugaba con su prima. La procesión iba por dentro. Fuera estaba la cabalgata. Pero él ya no estaba en el mundo de las cabalgatas. Había sido arrojado al mundo de las procesiones. Había sido expulsado del paraíso. El arcángel miraba severo mientras levantaba su espada de fuego.
            Sin embargo él no había hecho nada. Adán había cometido el pecado original, pero a él le expulsaron sin cometer pecado. Su único pecado era haber crecido. Nuestro destino es crecer. Cuando crecemos, como los cuatro acordes de Beethoven, el destino viene y llama a la puerta. Llega la libertad. Con la libertad llega la expulsión del paraíso, el choque con la realidad, las ilusiones perdidas.
            Ignacio se agachó para mirar a Fernando. Le puso una mano en el hombro, le acarició con la otra su mejilla infantil y le dijo:
            -Fernando, ¿tú quieres que vayamos a ver a los reyes?
            Fernando decía que no con la cabeza.
            -¿No quieres que hagamos cola para llegar hasta ellos? ¿Quieres hablar con ellos? Yo voy contigo.
            Fernando movía negativamente la cabeza, sin mirarle. Otras veces miraba al suelo. Estaba serio. Fernando aceptaba las cosas con resignación, y se negaba a volver a ser niño: lo que se va, no vuelve; la infancia que vivimos con toda naturalidad, cuando dejamos de ser niños, se vuelve quimera; y Fernando no quería vivir en una quimera. En aquella resignación decidida se labraba dolorosamente una grandeza estoica.
            Así era Fernando. Con un corazón a prueba de bombas. Con una voluntad de hierro. A Ignacio, que se le caía el alma, se le puso el corazón en un puño. Le volvió a ofrecer que hicieran cola para ver a los reyes. Y Fernando, más valiente que él, volvió a negar con la cabeza. Mirando al suelo. Serio como un adulto, triste como un niño. Se fueron a cenar. Los juegos de su hermano le ayudaron a salir de la desilusión. Volvió a encontrar la sonrisa. Si la libertad era el destierro, con el tiempo descubriría nuevas tierras donde luchar. Tierra que él mismo conquistaría: con su esfuerzo. Tierras donde echar raíces, plantar su vida, plantando en ella la semilla de la libertad.


*

            Una libertad sin casa es desolación. Abandono. Para vivir libre hace falta una casa. Los liberales que sólo quieren ser libres no saben lo que dicen. Tienen la fortaleza de luchar en el desierto, pero ignoran que no todos son como ellos. Mucha gente es incapaz de ser libre si no siente dentro la fuerza del hogar. Unos pueden disfrutar de la soledad, y otros pueden disfrutar de la casa. No son dos caminos distintos, uno bueno y otro malo. Son dos naturalezas. Dos formas de nacer al mundo. Y ambas tienen que buscar la conciliación de los dos caminos. Nada más.
            La libertad es un motor que necesita gasolina. Unos la tienen dentro. Otros fuera: la fuerza que necesitan la encuentran en el hogar. Ni los unos son valientes ni los otros son cobardes por ello. Es que unos y otros están hechos así. Haber nacido fuerte no es ningún mérito para nadie. Y haber nacido débil tampoco es pecado. El pecado es, para los unos, desperdiciar su fuerza; para los otros, no buscarla siquiera. Unos, despreciando a los otros, incurren en el pecado de soberbia; los otros, despreciando a los primeros, caen en el vicio de la envidia: que no tiene que ver nada con la humildad.

*

            Fernando se acostó muy tarde: mucho después de la una y algo antes de las dos. A las once se levantaba, sigilosamente, para observar el árbol de navidad y comprobar que estaba lleno de paquetes; entonces se tranquilizó y volvió a su cama sin hacer ruido. Sus temores habían sido infundados. A pesar de que no existían los reyes, el árbol seguía llenándose de regalos. Sintió crecer en él la confianza en sus padres.
            Mientras dormitaba, en su mente infantil sentía, acaso aún sin comprenderlo, que se estaba haciendo independiente. Se había liberado de las viejas creencias que le tenían atado a las ilusiones sin base. En su lugar, estaba empezando a creer en otras ilusiones firmemente afianzadas en la realidad. Sentía que las ilusiones reposaban ahora sobre la razón, y que la confianza debía basarse en los hechos, no en las palabras: lo sentía, si bien no lo comprendía aún. Sus padres no le fallaban. Como no le fallarían todas las personas –extraños, amigos, familiares- que estuviesen dispuestos a sostener con los hechos la fuerza de sus palabras.
            Liberado de la fe ciega, el niño se hacía mayor. Ahora descansaba sobre una fe racional. Su rostro dulce dormía con una placidez angelical. Desde la noche anterior, había dudado. La noche de reyes había sido velar las armas como don Quijote en la venta, iluso porque todavía la confundía con un castillo. Pero él, que había dejado de creer en castillos y en reyes magos, había temido que el choque con la realidad significara la pérdida de las ilusiones. Por eso había estado triste. Por eso, entre las carreras y los gritos de su prima, su mirada se perdía en el vacío.


            Ahora se había convencido de que la realidad no es enemiga de la ilusión. Durmió plácidamente hasta que, a las doce, se despertó. Llamó a sus padres y fue a despertar a su hermano. Y ellos se sorprendieron de la frialdad con que abrió los paquetes. Ni un átomo tembló en su cuerpo. Ni el más leve estremecimiento. Pero más tarde, cuando estaban los paquetes abiertos y empezaron a leer las instrucciones, su ánimo se encendía más y más y se llenó de alegría. Entonces su hermano suspiró. Entonces sus padres se sintieron aliviados. La ilusión, que había salido por la puerta, entraba de nuevo por la ventana.
            Por la ventana entran en casa los reyes magos. Se dirigen a los zapatos y en ellos depositan sus juguetes. O bien buscan el árbol de navidad para dejar sus paquetes en él. Aquella noche no habían dejado su tazón de leche. No se la habían bebido los reyes (que venían cansados de trabajar) ni le habían dejado tampoco una nota de agradecimiento. Aquel año también habían llegado los regalos. Sin tazones. Y sin reyes
            Ignacio, que sentía rebosar su cuerpo de una ternura indescriptible, apachurraba a Fernandito y le colmaba de besos. Fernando lo sentía y se dejaba querer. Las muestras de cariño le hicieron acurrucarse contra él y le buscaba todo el día porque en él encontraba protección y alegría. Con él se sentía seguro, y le colmaba la caricia de su mano en la mejilla, las palmaditas que le daba en la espalda, el brazo que reposaba sobre sus hombros. Había perdido a los reyes, pero había ganado a sus padres. La fe en el futuro se había convertido en la nueva ilusión de su vida. La creencia de que tras de las cosas grises había cosas bellas se había convertido en esperanza. Y era la esperanza lo que le hacía vivir. La fe, la esperanza, la voluntad enamorada. Aunque aún no lo sabía, ya sentía que el amor era un esfuerzo que acompañaba siempre al sentimiento. Siempre que lo admitiera, se abriría para él el país de las maravillas. El mundo sería la tierra prometida. Sólo su corazón tendría la llave del secreto. No los reyes. El corazón, liberado de la credulidad y reforzado por la confianza, y la confianza que crece sobre los cimientos del pensamiento; que tira las ilusiones vanas con los martillazos de la crítica y levanta, en su lugar, las ilusiones sabias con la fortaleza de los sueños.






sábado, 17 de septiembre de 2016

Sobre la amistad




SOBRE LA AMISTAD

 

La amistad es el bien más preciado que nos han dado los dioses.
(Cicerón)


            No sé lo que es un amigo, pero lo siento: lo mismo que sentimos la luz aunque no sepamos que es energía electromagnética, y que el burgués de Molière hablaba en prosa sin saberlo, así también nos sentimos amigos sin saber qué es eso. Así que he recurrido al diccionario de latín (donde aparece la palabra “amicitia”) y al de griego (donde me he topado con la palabra “philía”, que utilizaba muchas veces Aristóteles).
            “Amicitia” significa, ante todo, alianza: buenas relaciones. Podemos llevarnos bien con los demás y entonces nos hacemos amigos; o llevarnos mal y seremos enemigos, y pelearemos. En este primer sentido ser amigos es lo mismo que vivir en paz. Pero claro, con esto solo no nos basta: ¿podemos decir que un león es amigo de la hierba sólo porque no se la come ni se pelea con ella? ¿Acaso la vaca es enemiga de la hierba? El granjero cuida a sus animales, pero solamente para comérselos.
            La “philía” griega significa también amistad, y se entiende ahora como benevolencia: de “bene” (bien) y “volo” (querer): ser amigo de alguien es querer el bien para esa persona, y en eso consiste quererlo bien. ¿Pero es que se puede querer mal a alguien? ¿No es lo mismo querer a una persona que quererla bien? Pues no: querer es desear, buscar, y uno lo mismo puede buscar las cosas buenas como las malas. Ser amigo de alguien, o sea quererlo bien, puede significar por lo menos tres cosas.
            Proteger. Querer es proteger, no se puede querer algo o querer a alguien sin preocuparse por su seguridad; los amigos, que nos quieren, nos son favorables, nos son propicios, un amigo es el que siempre te va a ayudar. En ese sentido el pastor no es amigo de su rebaño, porque no lo cuida por el bien del rebaño, sino por el bien del pastor; muchos hombres quieren a sus mujeres para tenerlas como esclavas, para que ellas les sirvan, aunque sean desgraciadas. Pero ¿por qué puede uno querer el bien de los demás aun a costa del bien propio? ¿Por qué llega uno a sacrificarse por el prójimo? ¿Qué tienen los amigos para que les demos nuestra ayuda sin pedir nada a cambio?
            Valor. Querer es valorar. Una persona querida es una persona amada, muy valiosa para nosotros, tan valiosa que sentimos aprecio por ella. Quiero entender el aprecio como lo contrario de poner precio. El pastor vende sus ovejas, las valora más para sacar más tajada de ellas, pero el amigo no vende a sus amigos, no los tasa, no les pone precio, no los utiliza; si alguien viene para aprovecharse de mí es que no es mi amigo. Vender a los seres que queremos es lo mismo que traicionarlos, hacerles creer que los queremos cuando no es así, y traicionar su confianza es hacerles perder la fe que tenían en nosotros: un amigo es alguien en quien podemos tener fe. ¿Qué queremos para los amigos a quienes protegemos porque los valoramos por encima de todo sin ponerles precio?
            Agradarles. Queremos hacerles la vida placentera, queremos para ellos las cosas que les gusten, que les deleiten, todo lo que les encanta y les resulta ameno. Los amigos no nos entristecen nunca, al contrario: nos entretienen. Pero no creamos que un amigo debe ser un payaso cuya única misión es entretenernos; y si tampoco sabe contar chistes, no le vamos a echar la culpa de no ser gracioso; al amigo hay que respetarlo como es, y si de verdad es nuestro amigo procurará hacernos agradables las cosas que requieren su esfuerzo, no evitarnos el esfuerzo nunca; si estamos tristes y no nos apetece reír, él, con toda su buena voluntad nos obligará a buscar la risa y no la ruina, nos empujará por la senda del optimismo aunque se nos haga cuesta arriba, nos mostrará que está medio lleno el vaso que ahora nos parece medio vacío, nos hará sentir que la vida es valiosa y apetecible y combatirá nuestra tendencia a mandarlo todo a paseo porque en ese momento estamos hundidos; un buen amigo, aunque no sea divertido, sabrá mostrarte que la vida es divertida. A veces, para ayudar a la gente que se abandona, hay que obligarla a hacer lo que no le apetece pero necesita: el mal amigo dirá que sí a todo lo que le pides; el buen amigo dirá que no cuando lo que le pides está mal; por eso decimos muchas veces: quien mal te quiere te hará reír, quien bien te quiere te hará llorar. Agradar a una persona a la que no valoramos es tratarla como chusma, como los emperadores agradaban a las muchedumbres dándoles pan y circo. Pero agradar a quien valoramos supone obligarle a ver más allá de sus narices: para que comprenda que lo que ahora le divierte mañana puede causarle daño, y para evitarle que se hunda le obligará a hacer cosas que de momento no le agradan, pero que mañana le harán más libre. Valorar a los amigos es la mejor forma de protegerlos; protegerlos, muchísimas veces, hasta de ellos mismos, porque ellos mismos pueden ser a veces sus peores enemigos.
            Y si obramos así seremos confidentes de nuestros amigos. Confidentes: de confianza. Confiarán en nosotros porque sabrán que no vamos a traicionarles nunca, nos contarán sus cosas para poder salir de los baches, porque las cosas que callamos suelen ser un lastre para nosotros: el lastre que no deja subir al globo, la carga que frena al camión y no le deja avanzar, el peso que abruma al burro y le quita todas sus fuerzas. 

 

            Por eso la amistad es afecto, y el afecto es lo que nos afecta, lo que nos conmueve y emociona. No podemos permanecer insensibles cuando nuestros amigos nos cuentan sus desgracias. Ni podemos dejar de alegrarnos cuando lo que les pasa es bueno. Ser amigo es meterse dentro del pellejo de los otros, reír con ellos, sentir con ellos, pero no hundirse con ellos cuando ellos son incapaces de salir a flote: porque entonces tú deberás quitar la niebla de sus ojos y lograr que vean la salida. Le cuentas tus penas a una máquina y apretarás la palanca para que te dé la solución, pero te quedarás frío; y lo que te diga la máquina, por muy lógico que sea, no te dará alegría, ni te llenará de satisfacción, ni te sentirás amigo suyo; un amigo siente contigo, te escucha y te comprende, pero mira el boquete para que no te hundas, arreglará el barco para hacerte ver los peligros y evitará el naufragio si tú no lo evitas; y sentirá tus penas, pero no desde tus tristezas: las sentirá desde su alegría, porque el amigo no está ahí para hundirse contigo, sino para salvarte con él. Cosa imposible es, como decía Sabina, ayudar a quien no quiere dejarse ayudar.
            Hemos visto cómo el significado de la amistad ha acabado solapándose con el del amor; y es que en el fondo vienen a ser lo mismo. Una amistad con sexo es lo que normalmente llamamos amor (como abreviatura de amor erótico). Y el amor sin el sexo es amistad. Lo que solemos llamar amor incluye los ingredientes de deseo y pasión, y esos ingredientes, cuando no están referidos al sexo, también forman parte de la amistad. Ese amor tranquilo que buscaba Aristóteles es “philía” en griego; y “filius” es, en latín, hijo; todavía hoy, en Puertollano, las madres llaman “filios” a los chicos cuando les quieren regañar. Un amigo, como un hijo, es un hermano que siente y vive como nosotros, un espejo transparente donde todos nos podemos mirar: el amor fraterno es de los más dulces y entrañables que existen; por eso me gusta tanto el saludo que se dan los hombres en Perú; como si fueran espejos donde se miran, y todo lo bueno se lo dieran en un abrazo, y exhalan generosidad aunque no tengan nada, quizá sea por eso, aunque sólo sea de palabra, que se llaman hermanos en vez de amigos.

                  Para mi buena amiga Agustina, que muy bien podría ser mi hermana.