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viernes, 5 de febrero de 2021

DEL DESCONFINAMIENTO

  

 

DEL DESCONFINAMIENTO


Primera ola de la pandemia.

            Después de haber confinado a la gente en sus casas, hay señales de que estamos venciendo a la enfermedad. La crisis del coronavirus ha obligado a aislar a la población, a confinarnos sin salir de casa, y hemos dejado de ir al trabajo: los hoteles, los bares y restaurantes han cerrado, lo mismo que las peluquerías, las librerías, las tiendas de ropa, los transportes por tierra, mar y aire, las oficinas, las escuelas, todo lo que no es esencial para la vida: y esenciales son las tiendas que venden las cosas que comemos. Quien ha podido, se ha apuntado al trabajo telemático y quien no, está en paro. Hay que pagar a los parados, ayudar a las empresas con pérdidas, lograr que cobren los acreedores, ¿y quién lo hará? No la empresa privada. Porque el interés privado se mueve por codicia, no por solidaridad, ya a lo dijo Adam Smith; y en la crisis actual la economía se hundirá si no nos ayudamos entre todos, si no somos solidarios. No son tiempos para el liberalismo. Son los tiempos de Keynes, de la socialdemocracia, o si no, lo serán de la dictadura, de la xenofobia, de las imposibles soluciones fáciles: y acabaremos hundiéndonos más. Luego, cuando esto acabe, volverán otra vez los liberales a decirnos que les estorba el mismo Estado que nos habrá salvado: cuando no lo quiera ya la iniciativa privada.

            El caso es que en lo más profundo de la crisis debemos encerrarnos en casa. Pero cuando empecemos a salir de ella podremos volver a la calle, eso sí: no todos están de acuerdo sobre el ritmo que debemos llevar; si en una pareja de baile cada uno baila a su ritmo lo que hay no será baile, sino cacofonía y caos. Salir de casa para volver al trabajo es lo que se ha dado en llamar desconfinamiento. Si seguimos confinados la economía se hundirá todavía más, y por eso algunos tienen mucha prisa por volver al trabajo. Pero si volvemos antes de haber vencido al virus podríamos infectarnos de nuevo y tendríamos que volver a confinarnos: el impacto sobre la economía sería entonces más terrible de lo que ya lo es.

            Las prisas son malas consejeras. La disyuntiva es: o curar la enfermedad dejando enferma la economía, o curar la economía dejando que vuelva la enfermedad: los dos términos del dilema son inaceptables pues la salvación de uno conlleva la destrucción del otro. Hay que buscar soluciones intermedias que permitan curar la economía al mismo tiempo que curamos la enfermedad; mas para hacer compatibles cosas incompatibles es necesaria la paciencia. Frente a los rupturistas, Adolfo Suárez tuvo que construir una democracia sin haber demolido la dictadura; que era, según metáfora que él mismo acuñó, lo mismo que cambiar las cañerías sin cortar el agua: lo consiguió. Si hubieran vencido los rupturistas, los impacientes, los puristas, es muy posible que el país se hubiera venido abajo. Y si él lo consiguió entonces, ¿por qué no lo vamos a conseguir nosotros ahora? Si se logró un consenso para que remáramos todos en la misma dirección, ¿por qué vamos a remar ahora cada uno por su lado? Quien quería república aceptó la monarquía. Quien quería monarquía aceptó la democracia. Así cedieron todos y cada uno aceptó perder un poco de lo que era para que, entre todos, tuviéramos todos mucho que ganar. 



            Hay que luchar contra la impaciencia. Si tú, espejo o ventana, fueras una bola de cristal, no te miraría para ver el presente sino el futuro. Pero ni tú eres bola de cristal ni yo soy pitoniso ni mago. El futuro no está escrito, el futuro es enigmático; es imprevisible y, más que certezas, tenemos probabilidades. ¡Si pudiéramos tener alguna seguridad! No nos queda más remedio que ir tanteando. Hacer como hace el alpinista que tantea en la roca para encontrar puntos seguros a los que agarrarse: que no es tantear a ciegas sino con conocimiento de causa. La paciencia nos da seguridad en el agarre y la intuición, que es una forma de inteligencia, nos marca el camino: igual que un faro. El camino que nos lleva a la meta pasa por arreglar las tuberías y la paciencia es el gobierno del flujo del agua (porque no olvidemos que el agua no la hemos cortado). El camino, todos estamos de acuerdo, es el desconfinamiento: la paciencia es el control del virus cuando salimos de casa. Tenemos que volver a la economía sin dejar que vuelva el virus, porque si nos juntamos en el trabajo quienes están enfermos pueden contagiárselo a los sanos, y podría crecer de nuevo el virus de manera salvaje. ¿Quién nos salvaría entonces de la muerte? ¿Quién salvaría la economía si volvemos a confinarnos?

            Por eso no hay otro camino, el desconfinamiento debe ser suave, lento, gradual. Hay que salir poco a poco escalonando sabiamente la vuelta al trabajo; controlar al virus controlando al trabajo, usar mascarillas y respetar la distancia social de seguridad; limitar los contagios para que no haya más enfermos graves que camas en el hospital, ni menos respiradores que enfermos que no respiran. Eso requiere tacto, cuidado, lentitud. ¿Se le ocurriría a alguien correr mientras cruza un río de cuyo lecho no sabemos nada? ¿Sabemos si hay pozas, corrientes, arenas corredizas, bestias peligrosas, piedras que resbalan? No: debe ir metiendo un pie detrás de otro, despacio, con cuidado, tantear el suelo con cada pie antes de apoyarlo como el alpinista asegura sus apoyos en la roca antes de agarrarse. Buscar seguridad en la mano, para de subir. Asegurar el pie antes de pensar en seguir avanzando. Sería de locos correr en el río y caer: o agarrarse a las peñas sin comprobar si son sólidas: nos ahogaríamos sin escalar el río, nos despeñaríamos sin vadear la roca. Y ¿cuál es el antídoto contra el fracaso? La paciencia. Huir de las prisas. Ya decía Descartes que llega más lejos quien avanza seguro, aunque vaya despacio, que quien se da prisa corriendo a ciegas. El reto de salvar dos cosas que no pueden salvarse juntas, de unir cosas que se excluyen, es lo mismo que hacer magia; y el único truco que tiene el mago, su única varita, es la paciencia. Y no nos engañemos: se trata de buscar un truco, no de hacer magia.

            Fijémonos en lo que pasó con la generación espontánea. Decía Aristóteles que del agua de lluvia nacían las ranas y gusanos, y que la materia viva nace de la materia inerte, y eso no era verdad: lo demostraron Redi y Pasteur. Pero no era verdad si queremos que se haga en el momento, como cuando Pouchet pretendía sacar gusanos poniendo en un frasco ropa sucia y esperar unos días. Pero si dejamos correr mucho tiempo entre la materia inerte y la vida (digamos millones de años), entonces el milagro es posible: del metano y del rayo salieron unos aminoácidos y de los aminoácidos salieron los primeros seres vivos. No basta con esperar unos días, hay que esperar más. El único truco es el tiempo, la paciencia es la única varita mágica que tenemos, la única que puede convertir la naturaleza en magia. Los gusanos no salían del agua inmediatamente después de la lluvia, tuvieron que pasar millones de años. Tampoco del desconfinamiento saldrá de golpe y porrazo la solución de la crisis económica. Habrá que tener paciencia. Así se llegó a la evolución desde la generación espontánea. Mas para pasar de la recesión al crecimiento sólo nos llevará unos meses poner a punto la maquinaria. No tendremos que esperar millones de años. Ésa es nuestra suerte. Y ése es nuestro reto. Aunque si nos precipitamos todo se puede ir al garete: todo se puede derrumbar de golpe como cuando rozamos una carta con otra mientras levantamos un castillo de naipes.

            Esto también vale para la tercera ola. Y estamos en la misma pandemia.

 


 

viernes, 7 de febrero de 2020

LA VOLUNTAD

  

LA VOLUNTAD


Cordura.

            Siempre que hacemos algo es por algún motivo. Algunas veces nos mueve el capricho (vemos una pastelería y compramos compulsivamente un dulce, movidos por la tentación); otras lo hacemos porque nos mandan, cumplimos órdenes (el soldado tiene la obligación de hacer lo que le dice el superior); otras, porque estamos acostumbrados a hacer siempre las mismas cosas (atendiendo a los dictados de la moda, las formas de hablar y comportarse de la gente de nuestro pueblo, nuestras propias rutinas adquiridas, etc.); habrá veces que actuemos de manera automática, movidos por nuestro temperamento (unos son impulsivos, otros tímidos, otros pesimistas); otros se dejarán llevar por reflejos aprendidos (cerrar la puerta después de entrar, apagar la luz al salir), por reflejos innatos (taparse la cara cuando nos tiran una piedra); otros, por el contrario, actuarán movidos por fantasías, desvaríos, quimeras (don Quijote dando estocadas a los pellejos de vino porque confundía los pellejos con enemigos y el vino con la sangre); y habrá también quien, desprovisto de toda motivación, se deje llevar por la abulia y no quiera nada; o porque le dé pereza arrancar a andar.
            Nos conviene siempre pensar lo que vamos a hacer para estar seguros de que lo interesante es beneficioso. Me pueden tentar los dulces pero tal vez sea diabético. Mis amigos beben más de la cuenta pero a mi salud no le conviene beber. Me gusta mucho el picante pero acaso mi estómago sufre. El jefe me manda abusar de otro pero eso repugna a mi conciencia. Hay cosas que no me conviene hacer, bien porque me harán daño (como abusar de los dulces), o bien porque chocan con mis instintos morales (como abusar del débil). Llamamos prudencia al arte de elegir siempre lo más conveniente y justicia al arte de elegir lo  que me manda mi conciencia; en ambos casos buscamos felicidad, pues no pueden ser feliz ni el imprudente ni el injusto. Admitamos que la unión de la prudencia, la felicidad y la justicia se llama cordura; que tiene mucho que ver con la cordialidad (“cordis” en latín significa “corazón”).

Eficacia.

            Una vez que hemos visto claro lo que queremos hacer conviene mirar bien cuáles son los mejores medios para conseguirlo. Si me empeño en hacer triplete tal vez lo pierda todo por querer ganarlo todo, quizá mis fuerzas no sean suficientes: ¿hacer triplete o ganar la liga? Acaso me convenga centrarme en la liga y olvidarme del resto, porque “quien mucho abarca poco aprieta”. Acaso sea preferible perder esta batalla si con ello conservo mis fuerzas intactas para ganar la guerra. Tal vez si me empeño en aprobarlo todo suspenda algo porque el nivel de exigencia sea demasiado alto, ¿quién sabe? O tal vez si lo hubiera intentado todo lo habría ganado todo (liga, copa y champions), y valía la pena arriesgar. Yo sé lo que puedo, pero puede que no sea consciente del nivel de lo que me exigen. O sí. Debo elegir lo que me gusta con toda libertad, y dentro de lo que me gusta, debo elegir lo que me conviene, y dentro de lo que me conviene, lo que me hace feliz, que siempre es inseparable de lo que hace felices a los demás; para eso a veces es necesario tener imaginación, pero sin abandonar el realismo; quizá a eso lo podamos llamar utopía; verdadera utopía: un terreno sólido para tomar impulso y una ligereza propia de quien aspira a volar. La utopía tiene que ver poco con la quimera; se trata de imaginar cosas que no existen, pero plantearlas para que puedan echar raíces (y raíces sanas) en la existencia; cosas que no existen pero que podrán existir.
            Buscar los medios más adecuados para conseguir lo que queremos bien puede también llamarse prudencia, pero no es aquí la prudencia de la ética (que tiene mucho que ver con la cordura) sino de la técnica, y es más bien cuestión de estrategia (que apunta a lo que llamamos eficacia). Plantearse metas sin medios o no sopesar los medios es inconsciencia, mientras que plantearse metas sin cordialidad y sin cordura es fanatismo. Contra el fanático no hay nada mejor que la duda, el escepticismo (nunca exagerado, siempre razonable); hay que cuestionar siempre lo que tenemos entre manos hasta borrar cualquier sombra de daño, tanto si nos lo podemos hacer a nosotros como a los demás.


Decisión.

            Ya tenemos claro lo que queremos hacer. Ahora tenemos que pensar en decidirlo. ¿Cuándo hemos terminado de pensar las cosas? ¿Cuándo podemos pasar a la acción? Hay quien lo piensa todo demasiado y no se decide nunca: son personas que disfrazan de prudencia su cobardía; parecen personas sensatas que van al fondo de las cuestiones, porque no paran de darles vueltas a las cosas, pero son en realidad personas indecisas, no se atreven nunca a tomar una decisión; analizar las cosas es como mirar un mapa cuando nos vamos de viaje; decidirse a realizar lo planteado es como encender el motor; mucha gente se pasa la vida viendo mapas e imaginando los viajes que se podrían hacer; pero no todos se atreven a hacer un viaje de verdad.
            Se trata de ser atrevido, tener valor, osadía, fuerza de voluntad. Decidirse es tensar la energía como se tensa el arco, y dispararla como se dispara la flecha después de haber apuntado. Llegar a una conclusión es, más que decidirse, dejarse llevar por la lógica de los hechos, pero decidirse es tomar el camino en el que el análisis ha concluido, para explorarlo y comprobar si es verdad lo que hemos analizado. La duda, que era una virtud mientras estábamos deliberando, ahora se convierte en un lastre; nada es tan pernicioso como vacilar continuamente cuando hemos decidido avanzar por un camino; si debíamos tomar ese camino u otro es algo que hemos sopesado mucho cuando estábamos pensando, pero ahora se trata de explorarlo y ya no hay que dudar sino decidirse; a menos que aparezcan peligros inesperados que hagan necesario reflexionar otra vez. Si hemos llegado a la conclusión de que para estudiar hemos de ajustarnos a un horario y si no hay nada que impida llevarlo a cabo, no sirve de nada contemplar el horario un día tras otro retrasándolo siempre: hay que decidirse a cumplirlo de una vez; hay que empezar a caminar.

            La deliberación requiere prudencia, la decisión requiere valor (que es justamente lo contrario): hay que ser paciente y esperar cuando se piensa, frenando nuestros ímpetus; pero cuando tenemos las cosas claras no hay que esperar más; si confiamos en nuestras razones hay motivos para tener esperanza, y esperar que se cumpla lo que creemos que va a pasar. Ser paciente es lo contrario de ser decidido, pero decidimos ser pacientes y eso es valentía, y después decidimos andar y eso es valentía también: paciencia en el primer caso y atrevimiento en el segundo; atreverse es desafiar a la suerte, enfrentarse a las dificultades, tener el valor y el deseo de vencer. Hay quien necesita obligarse a sí mismo para no sucumbir a la tentación de desfallecer: Cortés quemó las naves y aquel perezoso pagó en la universidad una matrícula muy cara para verse obligado a estudiar, so pena de perder el dinero que había invertido; es bueno nadar y guardar la ropa, pero cuando eso amenaza con derrumbar nuestra valentía es necesario lanzarse al agua sin cubrirse las espaldas: o de lo contrario no nos lanzaremos jamás; si hemos comprobado que el trampolín es seguro no tiene sentido seguir pensándolo veinte veces antes de dejarse caer; cuando la duda es motivada por la prudencia es necesario dudar, pero cuando es espoleada por el miedo, no.


Tenacidad.

            Ya hemos tomado nuestra decisión: ahora es necesario llevarla a cabo. Hay alumnos que deciden estudiar, pero cuando llega el momento de hacerlo siempre lo posponen para otro día: ahora la virtud que necesitamos es la constancia; y, si se presentan dificultades, tenacidad: justo lo contrario de la pereza. Si la falta de ganas de querer hacer cosas era abulia, la falta de ganas de hacer las cosas que queremos es pereza; por lo tanto la pereza no es aquí un ocio creativo, sino un lastre que impide la creación; y ya se sabe que los globos, para poder volar, necesitan arrojar lastre; liberarse de las trabas que los hacen pesados y tiran de ellos hacia abajo, quitándoles ligereza.
La pereza es como un peso que nos impide movernos, que nos quita la energía. El perezoso no es culpable de ser perezoso, sino víctima de su pereza; necesita hacer acopio de grandes dosis de energía para hacer tareas que otros hacen casi sin esfuerzo; puede, es verdad, salir de su inercia, paro le cuesta mucho hacerlo solo; necesita sentir la presión de los plazos que se cumplen (por eso lo hace todo a última hora), del jefe que le obliga (por eso sólo trabaja cuando se ve forzado), de la paga que no cobra (por eso no sabe trabajar si no hay un incentivo, si no lo empujan las amenazas, o los premios, o los castigos). Se acusa al perezoso por vago y no tiene la culpa de serlo; pero la tiene de no hacer nada para combatir su pereza. El vago, con el tiempo, es desgraciado, porque ve que todos van cumpliendo sus objetivos y él se va quedando en la cuneta.
De modo que la pereza es a la vez un castigo y un pecado; un castigo por una culpa que no tenemos, y un pecado que merece castigo cuando no hacemos nada por remediarlo; no somos responsables de estar en el agujero, pero sí lo somos de no salir de él. Eso, por supuesto, si nos referimos a la pereza congénita: la de quienes están en el agujero desde que nacieron. Luego está la pereza adquirida, de aquellos que han adquirido malos hábitos durante toda su vida y se han acostumbrado a la pereza: ellos han caído en el hoyo por preferir siempre lo fácil, cuando lo fácil te quita las fuerzas que tienes y te convierte en un ser desprotegido; el estudio te carga de herramientas que te van a servir porque cada herramienta aumenta tu energía, y el concurso de todas las herramientas coordinadas multiplica la fuerza de cada una, elevándola siempre a su máxima potencia.
El lastre es un peso que te quita la energía. La cultura es un peso que fabrica más energía de la que tienes, y consigue que, siendo cada vez más fuerte, cada vez consigas más ligereza. Hay que arrojar el lastre por la borda. Hay que llenar nuestros almacenes de máquinas culturales que refuercen y dinamicen nuestras capacidades psicológicas. Hay personas muy decididas, pero poco constantes; se emocionan fácilmente, pero se desinflan en seguida; tal estudiante pagó una matrícula cara para obligarse a estudiar, pero la pereza vació su combustible y cada vez flojeaba más, hasta que acabó tirando el dinero que había pagado. Muchas veces hay que cargarse de amigos que tiran de nosotros para salir de la pereza.


A modo de conclusión.

En fin, las cosas que hacemos no debemos hacerlas porque tengamos ganas sino porque pensemos en las ganas que tenemos; midiendo con sensatez los pasos que vamos a dar, y reajustándolos mientras los vamos dando; decidiéndonos con valor, y siendo constantes en el trabajo. Prudencia, crítica, decisión y tenacidad, tales son nuestras virtudes. Preferencia, deliberación, decisión y ejecución, tales son las fases del acto voluntario. Así lo entendía Aristóteles. Si tenemos la cordura de conjugarlas adecuadamente haremos las cosas bien, y pocas veces llegaremos a equivocarnos. La prudencia de la ética: cordura. La prudencia en la técnica: eficacia. La pasión en el valor: decisión. Y la constancia en el trabajo: tenacidad. Con estas virtudes nos enfrentaremos a la abulia, la inconsciencia, la cobardía y la pereza. El éxito nos esperará a la vuelta de la esquina aunque nos equivoquemos a veces. El mérito será nuestro y será obra nuestra cada una de las cosas que hagamos: no del azar; aunque el azar tenga, inevitablemente, una parte del protagonismo que se enfrenta al protagonismo que tenemos; y a veces es el antagonismo fiero al que tenemos que derrotar.







viernes, 15 de febrero de 2019

LA SOCIEDAD DE LOS DOS INSTINTOS




LA SOCIEDAD DE LOS DOS INSTINTOS    


                                                                       1. 

            La sociedad es un ser vivo que tiene dos instintos: uno de conservación y otro de destrucción. El primero es su cara amable: alegría, confianza, amistad y generosidad. El segundo es su cara aviesa: desconfianza, pesimismo, hostilidad y odio. Hay algo perverso en una naturaleza hostil: vida contra muerte, ayuda contra daño, paz contra guerra, seguridad frente a orgullo, paciencia contra ira, fuerza contra debilidad. Todas las sociedades tienen estas dos caras. Todas.
            Hay una leyenda india que lo ilustra muy bien: “padre,  siento que hay dos lobos dentro de mí, uno bueno y otro malo; los dos están luchando, ¿cuál de ellos vencerá?” El padre le contesta: “aquél que tú alimentes”. Igual sucede en la sociedad; vencerá, de los dos instintos, el que más cuidemos.
Pero sucede que cada uno alimenta al que siente dentro con más fuerza, como si ya hubiésemos sido conquistados por él; entonces entramos en un círculo vicioso: ¿de qué depende que alimentemos a uno u otro? ¿De que hayamos sido conquistados por uno de ellos? Entonces no somos libres. Somos un instinto, bueno o malo, que nació. La naturaleza no tiene poder para domar los instintos, las fuerzas que nos gobiernan son superiores a la fuerza que pugna desde nuestro pensamiento, desde nuestra libertad.
            Esto significaría que unos nacemos buenos y otros malos. Unos de la mano de dios y otros del diablo. Me cuesta aceptar que sea así. Nuestra vida es más bien un campo de batalla donde luchan estos dos instintos, y nosotros tenemos en esa lucha una ayuda inestimable: esa ayuda es la razón; con la razón construimos bondad, y la ponemos en los ladrillos del sentimiento; y sin ella, esos ladrillos se vuelven maléficos. Sentir, en sí mismo, no es bueno ni malo pero los sentimientos, cuando son filtrados, moldeados e  impregnados por la razón (alegría, amistad, confianza: vida), son buenos, mientras que los que sean inaccesibles a ella, herméticos, impenetrables (pesimismo, inseguridad, odio), son malos o lo que es lo mismo: son impulsos destructivos, son las fuerzas que quieren morir.


            Adviértase que no tenemos por qué decir que los sentimientos malos son oscuros (pues la oscuridad es, cuántas veces nos pasa, refugio donde nos acurrucamos para soñar); tampoco hay que decir que los sentimientos buenos son luminosos (pues la luz, aunque nos hace ver y nos vuelve alegres, también nos puede cegar). La luz y la oscuridad son territorios donde pueden morar tanto el sentimiento bueno como el malo; hay maldades tenebrosas pero también centelleantes; y bondades luminosas, sí, pero también de penumbra y acogedoras; a veces hay que cerrar la ventana para que no nos hiera la luz, o para que no nos agobie el sol cuando el calor aprieta.
            Tampoco hay que confundir la fuerza con el mal. La fuerza es vida, no maldad; la maldad no es más que la destrucción, la perversidad, la muerte. Pretender que los buenos son los débiles es empujar a los niños a que sean malos, porque si la fuerza es maldad, ellos, que se sienten fuertes, acaban creyendo de veras que son malos. ¿No ocurre que en las películas pensamos con los buenos pero sentimos con los malos? No; pensamos y sentimos con los buenos, sólo que la bondad es fuerte y nos han enseñado que la fuerza tiene que ser maldad, y por eso hay algo dentro de nosotros que nos empuja no a la maldad, sino a la fuerza: y es la sociedad la que nos engaña. Donde dice fuerza la gente entiende brutalidad, mientras que para la naturaleza es simplemente salud. Nos gustan los villanos porque en las películas a los buenos los pintan como personas débiles, enclenques, pasivas, sin energía, desvitalizadas; los fuertes, vigorosos, activos, alegres, vitales, muchas veces son los villanos; no es que nos gusten los malos, nos gusta la vida que ponen en los malos; pero como en el cine se han creado una moral que asocia la maldad con la vida (es decir lo perverso con lo fuerte), nos han hecho creer que somos perversos y malos cuando en realidad sólo somos fuertes y vitales.
            Hay que aclarar las confusiones de nuestra moral, porque toda la moral está edificada sobre una gran confusión: la fuerza y la bondad no sólo no se excluyen, sino que se necesitan: la clave está en la razón; una fuerza orientada por la razón es buena, las fuerzas irracionales son malas; la razón que brota de nuestra cabeza es la que nos guía en nuestra vida para manejarnos; pero también hay una razón con la que no pensamos, sino con la que piensa la naturaleza misma: con ella se han hecho los instintos buenos; allí donde la naturaleza no ha podido construir las formas de su razón, las fuerzas que han aparecido eran instintos malos.


2.

            Dos son, pues, las fuerzas que nos construyen: una es la fortaleza y otra la debilidad. La persona fuerte que no quiere emplear la fuerza no es una persona débil, sino sensata; mesurada y paciente. Pero la sociedad admira a quienes emplean la fuerza aunque por dentro no sean robustos: ésos son los débiles. Los coléricos, los brutos, los violentos, los malvados, ésos son los que muestran debilidad; y parecen fuertes. Los pacientes, los sensatos, los pacíficos, los buenos, son, por el contrario, fuertes; y parecen débiles; al definir como fuertes a los hombres, cree que son débiles las mujeres, pero también los homosexuales: cuando el sexo posiblemente no tenga que ver con fortaleza, sino con brutalidad; una mujer es fuerte como un hombre, pero la sociedad quiere que la fuerza del hombre sea visible (y la confunde con violencia) y que la de la mujer no se vea nunca (y entonces parece desánimo, obediencia, falta de carácter y debilidad). No nos engañemos: a quienes la sociedad llama fuertes nosotros los podemos llamar brutos, y quienes pasan por débiles son en realidad fuertes. Consecuencia perversa de esta confusión es que hemos creado una imagen de la bondad que no tiene nada de buena: la obediencia, el abandono, la vida arrastrada, pasan por bondades cuando en realidad no son más que el resultado de confundir la resignación con los brazos caídos y la paciencia con la rendición. Hay que tener siempre la moral bien alta: la moral, que persigue la vida buena, es también la vida fuerte; o de lo contrario confundiremos lo bueno con la impotencia y la esclavitud con la felicidad.


3.

            Las dos fuerzas que luchan parece que se escaparon de la naturaleza y ahora están gobernadas por la sociedad. Una sociedad sana cultiva en sus miembros la alegría, la fuerza, la amistad, la confianza, y procura atar las fuerzas de los deprimidos, de los asesinos y ladrones, de los enemigos de la vida, de los envidiosos de la felicidad; no los mete en la cárcel para que sufran, sino para que no puedan hacer daño; hospitales, sanatorios, psiquiátricos, lugares donde los seres agitados por las fuerzas perversas puedan vivir y buscar, en la medida en que eso sea posible, los dulces caminos de la felicidad.
            Pero hay sociedades perversas que liberan las fuerzas destructivas y encadenan a las que son sanas. Los asesinos, los ladrones, los psicópatas, los frustrados; los envidiosos, los vagos, los que nunca han luchado contra la pereza, los que han sucumbido a ella; los rencorosos, los inmaduros, los envidiosos y codiciosos, los coléricos, los que sembraron resentimientos en su vida: ésos son liberados por la fuerzas enfermas que les ponen uniformes y trajes y los convierten en policías y soldados, funcionarios y políticos, mientras los generosos y los fuertes dan con sus huesos en la cárcel. Allí donde los buenos están libres (y los buenos son felices) la sociedad es más feliz. Y donde se libera a los malos (infelices y desgraciados, que ser bruto es a la vez ser tonto porque la fuerza en ellos no viene acompañada de inteligencia), allí, desgraciadamente, la sociedad no es feliz. Las sociedades desgraciadas tienen prisa y persiguen sus objetivos por medios rápidos, confundiendo rapidez con eficacia: es la guerra. La paciencia, por el contrario, se confunde fácilmente con ineficacia y debe luchar contra sus detractores, que piensan que el único movimiento que existe es el que vemos; pero la paciencia, aliada de la fuerza (y de la confianza feliz) es el único camino para la paz.
            El guepardo corre rápido, pero si no alcanza a su presa en cien metros se agota y se para, y se queda sin comer. Pero el águila, que es fuerte en las alas y aguda en la vista, es capaz de volar sin moverse dejando que lo lleve el aire; ella misma ha buscado esas corrientes para surcar el cielo sin agotarse, volando con alegría, empeñada en la tarea de planear. Que es una tarea dulce y sana.





viernes, 19 de octubre de 2018

PERSEVERANCIA




            PERSEVERANCIA


            Ser constante es seguir esforzándose sin desfallecer. Hay quien, de manera decidida, emprende una tarea y al poco tiempo se ha cansado. Uno puede ser decidido sin perseverar, y hay quien no se decide y es flojo; pero el más flojo de todos es quien no termina las cosas que empieza.
            Ser capaz de hacer las cosas hasta el final es tener tesón, pues el mero hecho de perseverar requiere una fuerza que muchas veces no tenemos; pero quien, terminando todo lo que empieza, lo hace sin ganas, no lo tiene. Hay dos formas de tener tesón: una consiste en no abandonar la tarea, la segunda en hacerla con empeño. Se puede empeñar uno en hacer las cosas porque se siente ilusionado, pero también por disciplina: surge la disciplina cuando uno siente la obligación de trabajar y es capaz de cumplir aunque no le ilusione.
Procedamos, según esto, a precisar nuestras definiciones:
Constancia es mantener el esfuerzo.
Perseverancia es mantenerlo cuando nos tenemos que esforzar más.
Tesón es persistir en el empeño con una fuerza mucho mayor; entre la constancia, la perseverancia y el tesón habría una diferencia de grado, de menor a mayor.
El empeño son las ganas que tenemos de terminar una tarea, aunque no nos guste; el empeño puede ser constante, perseverante o hacerse con tesón, y puede estar motivado por la ilusión o por la disciplina.
Ilusión es la energía que evita que el esfuerzo se haga pesado; por el contrario, lo vuelve alegre, agradable y ligero.
Disciplina es la energía que nos mueve a terminar las cosas aunque no disfrutemos con ellas; la disciplina es una forma de sacrificio.
Sacrificio es renunciar a una cosa que nos gusta por otra que nos conviene, o que vale más, aunque no nos guste o nos guste menos.


Ejemplo 1. La inactividad. La abulia. El nihilismo.

            Hay quien empieza a leer una novela y, como no se siente enganchado por ella, la abandona: ha tomado la decisión de leerla, con lo que estaba decidido; pero no ha sido constante porque no ha podido seguir leyendo si la novela no lo cautivaba, si no lo atrapaba en sus redes como atrapan las arañas a la mosca; esa persona no puede hacer las cosas que no le ilusionan, incapaz de obligarse si no siente placer, y no puede someterse a disciplina. Algunos psicólogos dirán que es una persona inactiva; las personas no activas no paran cuando hacen cosas que las apasionan, pero demoran siempre la tarea si tienen que hacer algo que no les gusta; un alumno apasionado por la biología puede sacar sobresaliente en biología y suspender en todo lo demás.

Ejemplo 2. El tedio, el hastío. El spleen.

            Después de una arenga puede uno sentirse arrastrado a trabajar, pero en menos de un día pierde la energía acumulada y se esfuman las ganas; y lo que tan apasionadamente ha empezado cae en la inactividad y degenera en abulia; y en aburrimiento, que es el tono anímico que tenemos cuando no queremos hacer nada.

Ejemplo 3. Dueños de nuestro destino.

            Final de la champions. El Real Madrid perdía por uno a cero: faltaban tres minutos para terminar. Si hubieran dado el partido por perdido lo habrían perdido. Pero no se rindieron: y empataron en el tiempo de descuento. Forzaron la prórroga y se hundió el Atlético de Madrid y el Real Madrid se alzó con el triunfo.
            “Hasta el rabo todo es toro”, dice el refrán popular. Si nos rendimos antes de que acabe la batalla renunciamos a vencer. Si abandonamos, podremos achacar la derrota a nuestra mala suerte, pero perderemos, en realidad, porque no hemos querido seguir luchando; en el último minuto podemos cambiarlo todo aunque todo parezca perdido, sólo hay que persistir en el empeño: sólo tenemos que perseverar.

Ejemplo 4. El abandono.

            Hay alumnos que estudian y suspenden y eso sucede montones de veces. Y algunos que piensan que si, después de estudiar, han suspendido, entonces ¿para qué estudiar? Sucede sin embargo que el estudio no te garantiza el aprobado, pero la falta de estudio sí te asegura el suspenso: con total seguridad.
            Si el estudio no te garantiza el éxito al menos te lo hace más probable; y si persistes es más probable todavía que acabes aprobando, sólo tienes que ser constante; si de tanto ir el cántaro a la fuente se acaba rompiendo, también es cierto que de tanto esperar en la cola tiene que llegar el momento en que te toque. Es, simplemente, una cuestión de paciencia: de no abandonar nunca por mucho que tarde en llegar el éxito; mantenerse en la lucha es el único secreto, a veces la lucha ha de ser paciente: y perseverar.



viernes, 30 de septiembre de 2016

Sobre la tolerancia






SOBRE LA TOLERANCIA

 

  1.  

            Uno se siente orgulloso del dinero que ha ganado con su esfuerzo, con su trabajo. Muchos consideran justo disponer de él en beneficio propio; a otros, sin embargo, les perece bueno destinar una parte a aliviar la vida de quien no ha podido ganarlo. Los primeros valoran sobre todo la libertad de disfrutar, como les parezca, de lo que han ganado; un goce basado en el mérito, y un mérito obtenido a base de esfuerzo y sacrificio, que muchas veces consiste en tener iniciativa y audacia; pues tener iniciativa es ser creativo, tener ideas, ocurrencias, y realizarlas de forma responsable; y ser audaz, ya se sabe, es asumir riesgos. Los segundos, por el contrario, valoran más la solidaridad independientemente de que su dinero sea o no fruto de la iniciativa; lo más importante es que el necesitado también tenga posibilidades de disfrutarlo: llamo necesitado a quien no ha tenido oportunidades para ser audaz, no a quien carece de dinero (y aunque lo primero lleva necesariamente a lo segundo, lo segundo no siempre desemboca en lo primero).
            Los valores de la iniciativa se atribuyen tradicionalmente a la derecha (en el universo liberal); y los de la solidaridad suelen ser las señas de identidad de la izquierda: así, la derecha es más sensible al esfuerzo por crear riqueza, y la izquierda al esfuerzo por repartirla; y ambas (derecha e izquierda) son igualmente capaces de crear ideas.
Pero hay gente buena y gente mala. Llamo gente buena a quien es incapaz de hacer a los demás lo que sanamente no se haría a sí misma; y gente mala a quien es capaz de hacerlo. Hay una falacia, y es pensar que la búsqueda de la solidaridad es propia de la gente buena (y por tanto la izquierda es siempre buena); con lo que la búsqueda de la riqueza sería propia de la gente mala (y a la derecha no le quedaría más remedio que ser mala): nada más lejos de la realidad. Hay buenas personas en la derecha (yo no sé si Bill Gates sería buen ejemplo de ello) y buenas personas en la izquierda (por ejemplo Olof Palme). Y en la derecha ha habido gente mala y hasta muy mala (Hitler) como también la ha habido en la izquierda (Stalin).
Con esto intento hacer caer un viejo tópico: que la derecha siempre ha procurado explotar a los trabajadores y perseguirlos y matarlos y exterminarlos y esclavizarlos; afirmar esto supone no distinguir entre derecha moderada, derecha pura y extrema derecha; durante la transición española el líder comunista Santiago Carrillo solía distinguir entre derecha cavernícola y derecha civilizada; con la primera no se puede pactar (decía él) y con la segunda sí. Decir, ahora, que toda la derecha es igual y pretender taparle la boca es hacer gala de una intransigencia que no promete nada bueno; esa actitud desembocó en su día en la persecución a la Iglesia y en la quema de conventos; lo cual es comprensible porque la Iglesia también había llamado a los militares a reprimir cualquier aspiración de la gente pobre a ser feliz. Aquella derecha se entregó a una represión sangrienta y despiadada; pero hoy no todos son así. Aunque a algunos les gustaría volver a las andadas.
¿Qué es la intolerancia? No dejar hablar a quien no piensa igual que nosotros; el siguiente paso es no dejarle vivir. El intolerante divide el mundo en blancos y negros, y actúa como si los que no son blancos fueran negros: craso error, que reposa sobre una confusión lógica, la confusión entre contrariedad y contradicción. Lo negro es lo contrario de lo blanco: lo rojo, no; lo rojo no es su contrario, sino su contradictorio; los extremos se odian a muerte, lo que hay entre ellos convive sin odiarse: hay entre el blanco y el negro una infinita variedad de grises; y lo que no es blanco ni negro (es decir la contradicción) es inmensamente rico y permite el enriquecimiento recíproco. La intolerancia surge cuando pensamos que lo que no es blanco tiene por fuerza que ser negro, y que quien no está conmigo tiene necesariamente que estar contra mí. Pero cuando reconocemos que en medio de los extremos está la variedad de la vida, entonces la diferencia no nos empujará a la guerra, sino al diálogo: y estaremos viviendo en la tolerancia. La vida es lucha, sí, pero no con balas, sino con palabras; que a la dialéctica de Sócrates no sé quién le opuso la dialéctica de los puños y las pistolas. 

 

Contaba Buñuel una vieja broma. Decía que al salir a la calle vio un día un cura, y ante semejante provocación no pudo menos que darle un puñetazo. Aquella broma retrataba muy bien lo que es ser intolerante: el intolerante no sabe dirigirse al adversario si no es insultándolo y mandándole callar, cuando no matándolo. Pero quien no es intolerante sabe apreciar la infinita variedad de la vida; y quienes no piensan como él no son sus enemigos, sino sus adversarios; un adversario es el que saca de ti lo mejor que tienes, enfrentándose a ti con todas sus fuerzas; un enemigo es el que te mata. No hay cosa más enternecedora que dos deportistas dándose la mano después de haber luchado a brazo partido; en el tenis; en el rugby; y así debía ser en la política.
Yo pienso que las víctimas del franquismo deben ser sacadas del olvido, rescatadas en su dignidad, ya que fueron idealistas, leales y no forajidos. Tú piensas que ya está bien de remover el pasado, que el pasado está muerto. Yo te digo que no podemos dejar en paz a los muertos, como decía Gabriel Celaya, porque los muertos no están enterrados, sino desaparecidos. Tú me contestas con Celaya: “¡allá los muertos, que entierren como Dios manda a sus muertos!” Y yo te digo: “estamos de acuerdo, porque eso es precisamente lo que queremos: enterrarlos; para eso tenemos que encontrarlos primero, y luego conseguir que todo el mundo reconozca que no fueron traidores, sino leales al gobierno”. ¿Ves? Nos hemos puesto de acuerdo. Hablando. No disparando ni una sola bala. Aceptándonos, sin descalificaciones ni peleas. A esa actitud nosotros la llamamos tolerancia.
No estoy de acuerdo con lo que tú dices (decía Voltarie): pero me batiré hasta la muerte, si es preciso, hasta conseguir que puedas decirlo. La esencia de la democracia es el diálogo; y la esencia del diálogo no está en hablar, sino en escuchar. Si hablo yo solo y mando callar a quien no está de acuerdo conmigo eso ya no será diálogo, sino monólogo: o sea, tiranía; porque mis razones se estarán imponiendo por exclusión del otro. Dialogar es no excluir a nadie, sino aceptar al otro, escucharlo, porque todos tenemos derecho a la palabra: isegoría; ése es el lema de la democracia ateniense; nadie tiene por qué mandar callar a nadie, siempre que nadie impida que hablen los otros. Y no hablar con insultos, sino con razones.
Alguien ha dicho que la razón es lo contrario de la arbitrariedad. Hay que defender nuestras ideas con palabras: para eso necesitamos un adversario. Si tapamos la boca del adversario ya no tendremos con quién hablar: y entonces nos quedaremos solos; y acabaremos por parecernos a Hitler o a Stalin. Un adversario es alguien que nos aporta ideas que no habíamos pensado antes, porque nosotros pensábamos de otro modo. Un adversario es un espejo donde mirarnos, y al mirarnos nos vemos a nosotros mismos, y si no hay espejo no tendremos donde mirarnos. Un adversario es un amigo: que con sus críticas nos muestra lo que no veíamos, y gracias a él lo vemos ya, y desaparece la cara oculta de la luna. ¿Cuál es el mejor padre, la mejor madre: quienes  hacen lo que dicen sus hijos, o quien los critica cuando se equivocan para darles la posibilidad de cambiar? La crítica es lo contrario de la intolerancia. Criticamos lo que más queremos, porque silenciar nuestras críticas no seria amor verdadero.
¿Y qué ocurre  cuando nos tapan la boca? Que dejamos de ser libres. Los amigos, como los padres y los hijos, si dejan de ser libres de decir lo que piensan ya no son verdaderos amigos. Si, por no incomodar al otro, hacemos como si no hubiera pasado nada, la herida se estará cerrando en falso. ¿Debe cicatrizar una herida antes de limpiarla, cuando aún no hemos vencido el foco de la infección? Seguir como si nada hubiera pasado es dejar de ser amigos y dejamos de ser libres: porque el único límite que le ponemos a nuestra libertad son los derechos de los otros; mi libertad termina donde empieza la tuya.
Muchas veces he pensado en lo que sería un mundo libre. Antaño no podíamos hablar porque nos lo impedía el despotismo. Y ahora que no hay déspota nos convertimos en déspotas nosotros mismos. Lo decía Unamuno: tenemos a la inquisición metida en nuestra cabeza. Le hacía coro ortega y Gasset cuando nos animaba a desconfiar de aquel que no se esforzaba en comprender a sus enemigos. Y es que amar a sus amigos lo hace cualquiera; todos comulgan con su equipo y denigran al adversario, nos identificamos con nuestro partido, nuestro sindicato, y vapuleamos a los demás. Un Capuleto sólo puede amar a un Capuleto, y por eso Julieta siempre tendrá prohibido amar a Romeo. Ahora bien, amar a nuestros amigos es cosa fácil, lo difícil es amar a nuestros enemigos, y ése es el camino por el que debemos dirigir nuestros esfuerzos: lo decía un tal Jesús de Nazaret; por lo menos es lo que cuenta el evangelio.

 

2.

            Otra forma de intolerancia que tienen los jóvenes es la manía de etiquetar: éste es un friki, un hipster, un pijo, un sharpero, un skin, un grunge, una tribu urbana de tal y tal… y entonces, inmediatamente, queda marginado; ponerle una etiqueta a alguien es meterlo en un cajón con otras personas similares a él y tratarlos a todos por igual; y si esa categoría de personas no nos gusta, inmediatamente queda excluido de nuestro trato: excomulgado, incomunicado, aislado, solo. Pepe no es Pepe, es un pijo; Beatriz no es Beatriz, es una mujer; poner etiquetas es meter a una persona dentro de un grupo y juzgarla igual que juzgamos a todos los que pertenecen a ese grupo; querer que reaccione como todos los miembros de su grupo (no de manera personal, sino estereotipada); debe ajustarse a su cliché, como si todos los miembros del grupo fueran copias fieles del mismo cliché, clones idénticos unos a otros, individuos indiferenciados, no personas distintas; porque yo, aunque sea un hombre, no me comporto igual que todos los hombres, como supone el viejo cliché femenino: “todos los hombres sois iguales”.  
Acosar a una persona es aislarla, y la mejor forma de aislamiento es ponerle una etiqueta, que es como un muro o una valla con la que la separamos de los demás; con la etiqueta juntamos a todos los que se parecen en un campo de concentración, los tratamos como si fueran iguales y nos olvidamos de ese pequeño detalle que importa tanto: porque en ese casi nada está toda la diferencia. Y si tú eres un empollón y no te comportas como tal, recibirás burla y escarnio, porque una persona que estudia debe comportarse como un empollón (por cierto, ¿cómo se comportan los empollones?). Pero si te comportas como un empollón también recibirás burla y escarnio: no tienes escapatoria, vayas por donde vayas estás pillado. No sólo te catalogan con una etiqueta, sino que si no te ajustas a la etiqueta no pintas nada; y si te ajustas tampoco. Tienes una cruz: eres cristiano. Una estrella de David: eres un judío. Un martillo y una hoz: eres un comunista. O tienes una svástica: eres un nazi. Dejas de ser persona, te conviertes en una definición, un estereotipo, uno de tantos; en adelante sólo serás una etiqueta; ya eres un objeto, una cosa sin derechos, no una persona (que es un ideal que quiere realizarse), sino un individuo (que es uno más en un grupo donde todos son iguales); no eres un ideal, un sueño, sino una realidad que ya no puede soñarse. La persona ama, el individuo compra el amor en un prostíbulo. Cuando la prostituta ha acabado contigo en seguida te dice: “¡el siguiente!” Y Jacques Brel, cuando le cantaba al joven fracasado que había dejado los estudios para enrolarse en el ejército, lo mostraba formando en fila delante de los prostíbulos; y cuando por fin encuentra a una chica que le quiere, aún se despierta por las noches atacado por la fiebre, soñando que le dice, después de hacer el amor: “¡el siguiente!” Todos los siguientes del mundo deberían darse la mano, es lo que se dice el recluta en su deliro; y llorando su fracaso el poeta lo viene a compadecer, reivindicando a los individuos que sólo son uno de tantos, los que son iguales a los demás como madalenas sacadas del mismo molde, los que tienen una etiqueta como hormigas condenadas a ser números anónimos dentro del hormiguero, los que nunca serán ellos sino sólo una copia de los demás: eso es lo que nos dice Jacques Brel. Todos somos iguales en derecho, porque todos valemos lo mismo: valemos lo máximo; por eso nadie vale más que nadie, como dice el viejo refrán castellano; porque no se nos puede comprar ni con todo el oro del mundo, por eso tenemos valor, no precio; y como somos tan valiosos todos tenemos derecho a desarrollar nuestra vida siguiendo nuestro propio camino, sin que ese camino nos lo impongan nuestra tribu, nuestro sexo o nuestra religión. Lo decía Antonio Machado: se hace camino al andar; y por eso, iguales en derechos, somos profundamente diferentes en nuestros hechos, en nuestra naturaleza, en nuestras acciones; y ninguna etiqueta puede reflejar fielmente nuestra verdadera identidad. 

 

Lo que nos impide comprendernos es la distancia. Vemos las cosas desde lejos y es porque los toros se ven muy bien desde la barrera. Un poema tiene Machado donde se mete en el pellejo de un condenado a muerte, y se esfuerza en sentir como él debe sentirse y se compadece de él; y mientras tanto las turbas, tratándolo como asesino, lo insultan e increpan, y hasta algún exaltado, si le dejaran, le gustaría también tirarle piedras. A esta falta de corazón, a esta crueldad con el que se le hemos puesto la etiqueta de asesino (como aquel otro asesino al que le pusieron un INRI en la frente), abruma y desconcierta. Lo bueno es que el que más se exalta con el ataque al condenado suele ser el que tiene el corazón más sucio. Por eso dijo Jesús: “el que esté libre de culpa que tire la primera piedra”. Y esos culpables que se pasean con dignidad, porque nadie les ha puesto la etiqueta de culpables, son capaces de ver la paja en el ojo ajeno pero no pueden ver la viga que tienen en el suyo. O lo que es lo mismo, no son sensibles a la crítica; porque lo primero que debemos criticar es a nosotros mismos. Criticar es ver las cosas y para ver hay que mirar, y el intolerante no quiere mirar porque teme verlo todo de manera diferente a como él quiere verlo.
El terrorismo es deleznable, pero ¿nos hemos puesto alguna vez en la mente de un terrorista? Antes de condenarlo ¿sabemos por qué piensa como piensa, siente como siente, reza como reza? Nadie dice que haya que justificarlo, pero sí tenemos que comprenderlo. “Camada negra” es una interesante película de Manuel Gutiérrez Aragón; en ella se muestran las vivencias, frustraciones y desvaríos de un terrorista de extrema derecha: interesante ejercicio de comprensión. No se trata de tolerar la violencia: se trata de comprenderla; si la comprendemos, pondremos las bases de su erradicación, como cuando el médico que comprende una enfermedad ya está empezando a curarla. ¿Cómo voy a curar un melanoma igual que un grano? ¿Cómo podría yo curar ese lunar sangrante si no he comprendido el origen de esa sangre?
Tolerancia es aceptar las opiniones de los demás, y el límite de la tolerancia es cuando las opiniones incitan a la violencia. Y si con la violencia no debemos ser tolerantes, sí debemos ser comprensivos. Tolerar es respetar y respetar es aceptar, y no aislar ni a las personas ni a las ideas. Aceptamos a los demás cuando los escuchamos, no cuando los obligamos a que nos escuchen ellos. La mejor forma de respeto es el diálogo: un intercambio de ideas, sentimientos y experiencias desde la escucha.
Un sofista de nuestra época ha desarrollado un curioso argumento contra la tolerancia. “¿Os imagináis que yo le diga a mi mujer: te tolero? Sería absurdo. Tolerar a las personas no es amarlas, y yo a mi mujer la amo”. Por lo tanto concluía, muy ufano: “yo soy intolerante”. Y la gente aplaudía a rabiar. Luego, cuando salieron a la calle, se produciría un salto semántico; y de la tolerancia que es menos que amar desembocarían en la tolerancia que es lo contrario del amor. Conclusión insoslayable: si yo quiero amar, debo ser intolerante; o sea que debo practicar la violencia. La violencia es lo mismo que el amor: ésa es la paradoja que le gusta al intolerante.
Pero cuando nosotros hablamos de tolerancia no nos referimos a eso. La tolerancia de la que estamos hablando no consiste en soportar, apechugar o aguantarse. La tolerancia de la que queremos hablar consiste en respetar, y cuando la otra persona no nos respeta, lo que debemos hacer es comprenderla como única terapia. “¡No tolero tus insolencias!”, decimos a veces. Es verdad: no hay que tolerar la falta de respeto. Pero sí debemos tolerar las opiniones respetuosas que se dicen de forma respetuosa: tolerar, que en este segundo sentido (ya lo hemos visto) significa respetar, es lo mismo que aceptar a los demás, aceptarlos como son, sin obligarlos a que sean iguales que nosotros, como si nos sintiéramos inseguros y amenazados cuando todos los que nos rodean no están vestidos con nuestro mismo uniforme. Pero aún hay más: debemos aceptar también que los demás no son un bloque monolítico, sino que ellos también son diferentes entre ellos. Sin prejuzgarlos. Sin estereotipos. Sin querer que todos se comporten de la misma manera, sin obligarlos a todos a ajustarse al mismo modelo. Sin etiquetas. Que yo, antes que ser cristiano o judío o comunista o musulmán o liberal, soy y he sido yo mismo, y el grupo al que pertenezco me coloreará de manera diferente que a mi vecino, aunque mi vecino y yo tengamos el mismo credo: como el pintor no pone tampoco el mismo rojo en todos sus cuadros. No todos los cristianos son iguales. No todas las izquierdas son iguales. No lo son tampoco todas las derechas. Afortunadamente, yo no soy una hormiga idéntica a las demás hormigas, soy un ser humano, y como todos mis semejantes, humano, pero al igual que ellos, distinto: cada uno de nosotros es un mundo que tiene su propia forma de ver el mundo; el de los demás, sí, pero sobre todo nuestro mundo propio.

 
 
Epílogo

            Dos hombres caminan por la calle. Uno es viejo, encorvado y lento, y se apoya en la garrota y su andar es vacilante; el otro es su hijo. El hijo es fuerte, y su andar despacito le pone nervioso; al principio tiene paciencia pero luego, al cabo de dar pasos lentos con sus piernas rápidas, se cansa; no aguanta, se irrita, se enfada con su padre: acaba levantándole la voz y se molesta con él. Lo mismo le sucede a ese padre y esa madre que caminan con el niño que está empezando a andar: su espalda se curva, sus pasos son irregulares, de ritmo cambiante, tan pronto son lentos como atropellados, y andan agachados para evitar las caídas del niño. Y ese otro joven, flaco, alto y desgarbado, que lleva el carro de la compra y se enfada porque el carro es muy bajo y le obliga mucho a agacharse. El hombre, los padres y el joven son buenas personas, su corazón es justo y saben querer: pero cuando se les agota la paciencia ya se vuelven irritables, intolerantes y violentos.
Y es que a veces la tolerancia es paciencia; y quien, o porque es nervioso o porque está cansado, se impacienta, tiene ya poco aguante y entonces se vuelve intolerante. Otros se ponen así porque están tristes; o porque les ha ido mal, o porque les han enfadado, o porque están hundidos anímicamente y han perdido la moral, o porque les toca aguantar a gente muy pesada: entonces pierden los estribos, están fuera de sí y ya no pueden controlarse. También la tristeza o la cólera pueden volvernos intolerantes.
Somos intolerantes cuando no aguantamos, y si no aguantamos es porque hemos perdido fuerza: el intolerante es una persona debilitada, dominada por sus emociones; diríamos, más bien, que nos volvemos irritables. Pero cuando esta impaciencia se alimenta de ideas excluyentes y violentas, la intolerancia deja de ser un estado de ánimo para convertirse en un impulso moral: y entonces nos volvemos malos. No te dejes llevar por la impaciencia. Por el impulso. Por la intransigencia. Por la cólera. Por el odio. Una persona de natural impaciente puede llegar a convertirse, si no se sabe gobernar, en una bestia salvaje. No es lo mismo tener un natural intolerante que practicar la intolerancia moral; como no es lo mismo el temperamento que el carácter. Hay una leyenda india que lo explica muy bien.
Un niño le dijo a su padre: “padre, a veces siento que hay dos lobos que luchan dentro de mí; uno es bueno y otro malo. ¿Cuál de ellos vencerá?” El padre le contestó: “aquél que tú alimentes; el que tú quieras que se convierta en tu compañero de viaje”.