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viernes, 25 de marzo de 2022

EL DESTINO DE EUROPA

 

EL DESTINO DE EUROPA 


            Políticamente hoy es Europa una potencia débil. Pero está hecha de esa debilidad que da la fuerza, porque, por respeto a la libertad de todos los Estados que la integran, tiene que pagar el precio de no hablar con una sola voz. Otras potencias hablan con una voz única pero tienen por dentro maniatadas sus voces; la fuerza que ejercen en la escena internacional es aparente, porque en el fondo son inmensamente débiles.

            Europa adolece también de una debilidad militar: sólo Francia es una potencia atómica; Europa tiene ejércitos menos poderosos que Rusia y China, y éstos los tienen aún menos que los Estados Unidos.

            Europa es una enorme potencia cultural. La fuerza de su cultura es descomunal. Los Estados Unidos son un país joven y ni de lejos pueden compararse con la enorme riqueza europea. Rusia tiene una cultura exquisita y la de China es de una riqueza milenaria. Ante mi ignorancia a la hora de compararlas me atrevería a decir que Europa, China y Rusia es posible que tengan sendas culturas de una fuerza equivalente.

            Pero Europa tiene una riqueza moral: eso no lo pueden decir ni Rusia ni China. China tiene filosofías que han marcado hitos en el pensamiento moral del mundo, pero Europa disfruta de un respeto a los derechos humanos como no lo tiene ningún país del planeta; y esto no tiene que ver con el hecho de que, coyunturalmente, promueva la violación de esos derechos un buen número de europeos. Es como el mar, cuyo oleaje puede desbaratarlo todo pero en sus fondos abisales, que son la identidad inconsciente de Europa, hay un sentimiento arraigado de respeto que es su tarjeta de presentación verdadera; que perdura mucho más que las efímeras tarjetas de atropellos que identifican por momentos a muchos europeos. En oposición a ellos, Estados Unidos parecen tener una doble identidad paradójica: en su medalla brillan, por un lado, los nobles ideales de Europa, y por el otro, la sombra de los fanatismos medievales, restos de un pasado que se niega a desaparecer.

            El primer tercio del siglo XXI es el del declive de Europa: militarmente va a ser arrinconada por Estados Unidos, Rusia y China y políticamente tiene escasa trascendencia (aunque la tiene). Pero hay un auge de Europa que viene de su esencia, de aquello que permanece, una riquísima cultura donde convive lo despótico con lo humano y una dimensión ética envidiable para cualquier país de la tierra. Por eso podemos decir que el declive de Europa puede ser una realidad coyuntural a lo largo de décadas, esperemos que no durante siglos; pero Europa es, en la cultura, uno de los grandes faros de la humanidad y en la moral, el único. Puede que las mareas bajas eclipsen los valores de Europa y sus realidades; pero su presencia será permanente en el enorme empuje que siempre tienen sus mareas vivas.

 


 

viernes, 19 de marzo de 2021

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

 

 

 

 

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

(PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN)

 


SOBRE LA JUSTICIA  

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito. Poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE EL CARIÑO

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS  

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar; pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo. 




ELENA        

 

Se había formado un corrillo en torno a Elena. Después de recoger su examen Elena volvió a su sitio mirando la nota fugazmente: tres con nueve. Se sentó. Estuvo unos segundos petrificada, con la mirada perdida, la cara de mármol. Después Juan sintió sus lágrimas. Las sentía mientras llamaba a los demás alumnos; uno por uno, examen por examen. El pesar de la chica fue tan grande que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, la chica sollozaba. Los sollozos hacían temblar su cuerpo y no pasó medio minuto antes de que Helga se acercara a ella. Juan sintió el brazo de Helga sobre los hombros de Elena, su mano apretándole el brazo, la mejilla junto a la suya, su ademán de consuelo: pero Elena parecía inconsolable. Después vino         Cristina, que se coló tras ella y se agachó poniéndole las manos sobre los hombros. Al cabo de un rato había cinco chicas en torno a Elena. Y los temblores se habían convertido en hipo; un hipo nervioso, incontrolado, convulso, a Juan le parecía que estaba fuera de lugar; y, sobre todo, era exagerado.

Siguió entregando los exámenes a los alumnos. Los alumnos se acercaban a su pupitre, uno por uno. Otras veces era él el que iba, entre las mesas, buscando sitio. Acabó de entregárselos a todos y, de soslayo, siguió escrutando con preocupación el llanto de Elena. Le pareció de mal gusto. Le pareció una presión inadmisible, un chantaje sentimental, un montaje encaminado a forzar la subida de la nota: no estaba dispuesto a transigir. Ningún alumno iba a sacarse el aprobado por su cara bonita. Juan se mantenía firme (con una firmeza férrea: el hierro de la justicia), y era su propósito distribuir los aprobados solamente sobre las bases del mérito. Ningún aprobado había de regalarse. Juan era amigo de sus alumnos, pero por encima de todo quería ser justo. Ninguna amistad debe ir creciendo contra la justicia. La amistad era un campo de flores sobre hierba de respeto, y la hierba no crece lejos del sol: el sol de la bondad, la consideración, el reconocimiento del mérito; no se puede ser bueno engañando a la gente, no se le puede hacer creer que se merece más de lo que se merece; la bondad, la energía, regada por el cariño, tiene en su corazón a la llama de la justicia; no se puede ser un profesor bueno sin ser un profesor justo; mal puede brotar el cariño donde el corazón no es bueno.

Los amigos se ayudan, se dicen las verdades, se quieren de verdad, se gastan bromas. La lealtad nos obliga a corregir, a aceptar las razones cuando uno se equivoca: querer es querer lo mejor para la persona querida, hacerla mejor de lo que es, abrirle los ojos: sólo un amigo puede ayudarte a ver. El profesor saca lo mejor de los alumnos; les dice en qué acertó, en qué se equivocaron; les premia sus aciertos, les castiga sus yerros. Ningún castigo es sufrimiento: sólo es un espejo; en él se reflejan los errores, en él puede el alumno enmendarlos y corregirse. Si él aprobaba a Elena, sería injusto que Elena no los viese: nunca se corregiría. Poner el profesor la respuesta para que el alumno la compare con la suya, como se pone la transparencia sobre el papel para ver que el dibujo es correcto.

No, no podía aprobar a Elena aunque quisiera. Era de justicia. Y Elena sollozaba. Sus amigas, como un coro compacto, la envolvían con sus voces y sus manos le arrullaban el sufrimiento; como si Elena hubiera sido objeto de una agresión injusta; como si hubiera sufrido un ataque despiadado. Juan quería a sus alumnos. Reía con ellos, pero sus bromas crecían sobre el suelo respetuoso donde se reconoce el valor, enemigas del engaño. Algunos alumnos se reían con Juan y decían: “¡qué majo es!” Y luego, si les suspendía, torcían el gesto: “¿y éste qué se ha creído? ¡Menudo impresentable!” La mirada se les volvía torva pero Juan no era simpático ni impresentable: era justo; o sea, bueno; y en justicia debía decir las cosas agradables como decía las desagradables cuando había que decirlas.

Había pasado ya media hora y Elena no paraba de llorar. La mesa de Juan estaba llena de alumnos. Juan los revisaba, ejercicio por ejercicio. Atendía las reclamaciones, unas veces corrigiéndose, las más ratificándose en su nota. Cada uno preguntaba sus dudas, unos porque las tenían realmente, otros porque las fingían para arañar un punto; o unas décimas (que les faltaban para llegar al aprobado). Juan les respondía a todos, ordenadamente, de uno en uno; y el coro que crecía en torno a él lo rodeaba con un halo de confusión parecido a la masa confusa que crecía en torno a Elena. Brazos que se mezclaban, manos que se cruzaban, cuerpos que se abrazaban, susurros superpuestos. Cuarenta y cinco minutos llorando. Juan tenía ya los plomos fundidos, el hígado hecho paté, estaba furioso; molesto, ofuscado, porque la chica no había ido a su mesa para preguntarle por sus dudas; para reclamar los comentarios de Juan, para ver sus fallos. Cuando sonó el timbre y el temblor de la chica persistía en el sollozo, vino una de sus amigas y le dijo:

-Es la que más estudia de nosotras. No se esperaba el suspenso.

Y cuando Juan se disponía a decir que no siempre el trabajo nos garantiza el éxito, vino otra y le dijo.

-Es la que mejor toma tus apuntes. Todo lo que tú explicas lo escribe ella: con esos apuntes hemos estudiado todas.

Pasó entre ellas otra chica y añadió:

-Elena es brillante. Saca sobresalientes en el instituto, en la escuela de idiomas, en el conservatorio. Es realmente trabajadora.

Entonces se  le encogió el alma. Temió que el corazón de ella estuviese asfixiado por el trabajo y su cuerpo, convertido en olla a presión, no estuviese listo para encajar los fracasos; los inevitables fracasos  que de vez en cuando nos depara la vida. Nadie es perfecto y aquí hasta el más brillante falla. Pero sintió preocupación y quiso enmendar sus errores (por si los hubiera tenido). Con preocupación le dijo:

-Dame tu ejercicio. Lo corregiré de nuevo para ver cómo te he calificado.

La chica se lo entregó. Con una sumisión que desarmaba. Estaba dispuesto a ser fuerte porque la ternura es la fuerza del carácter, y un cariño que cede contra la justicia es débil. El cariño, para ser fuerte, había de ser justo.

-¿Por qué no has venido a reclamar la nota? Llorar no es la solución. El que llora se resigna, y si tu reclamación es justa no tienes derecho a resignarte. ¡Hay que luchar!

            Pero el llanto –lo sabía bien- a veces no es signo de debilidad, sino de nerviosismo. Hay personas fuertes con temperamento débil y lloran cuando quieren pelear sin poder evitarlo. Juan deseó que Elena fuese de esos. Y pasó junto a ella, recogiendo su examen, al dirigirse al pasillo para dejar los libros; volvió de la sala de profesores y cambió de clase. Y entonces sonó el timbre.

 


 

 

viernes, 15 de febrero de 2019

LA SOCIEDAD DE LOS DOS INSTINTOS




LA SOCIEDAD DE LOS DOS INSTINTOS    


                                                                       1. 

            La sociedad es un ser vivo que tiene dos instintos: uno de conservación y otro de destrucción. El primero es su cara amable: alegría, confianza, amistad y generosidad. El segundo es su cara aviesa: desconfianza, pesimismo, hostilidad y odio. Hay algo perverso en una naturaleza hostil: vida contra muerte, ayuda contra daño, paz contra guerra, seguridad frente a orgullo, paciencia contra ira, fuerza contra debilidad. Todas las sociedades tienen estas dos caras. Todas.
            Hay una leyenda india que lo ilustra muy bien: “padre,  siento que hay dos lobos dentro de mí, uno bueno y otro malo; los dos están luchando, ¿cuál de ellos vencerá?” El padre le contesta: “aquél que tú alimentes”. Igual sucede en la sociedad; vencerá, de los dos instintos, el que más cuidemos.
Pero sucede que cada uno alimenta al que siente dentro con más fuerza, como si ya hubiésemos sido conquistados por él; entonces entramos en un círculo vicioso: ¿de qué depende que alimentemos a uno u otro? ¿De que hayamos sido conquistados por uno de ellos? Entonces no somos libres. Somos un instinto, bueno o malo, que nació. La naturaleza no tiene poder para domar los instintos, las fuerzas que nos gobiernan son superiores a la fuerza que pugna desde nuestro pensamiento, desde nuestra libertad.
            Esto significaría que unos nacemos buenos y otros malos. Unos de la mano de dios y otros del diablo. Me cuesta aceptar que sea así. Nuestra vida es más bien un campo de batalla donde luchan estos dos instintos, y nosotros tenemos en esa lucha una ayuda inestimable: esa ayuda es la razón; con la razón construimos bondad, y la ponemos en los ladrillos del sentimiento; y sin ella, esos ladrillos se vuelven maléficos. Sentir, en sí mismo, no es bueno ni malo pero los sentimientos, cuando son filtrados, moldeados e  impregnados por la razón (alegría, amistad, confianza: vida), son buenos, mientras que los que sean inaccesibles a ella, herméticos, impenetrables (pesimismo, inseguridad, odio), son malos o lo que es lo mismo: son impulsos destructivos, son las fuerzas que quieren morir.


            Adviértase que no tenemos por qué decir que los sentimientos malos son oscuros (pues la oscuridad es, cuántas veces nos pasa, refugio donde nos acurrucamos para soñar); tampoco hay que decir que los sentimientos buenos son luminosos (pues la luz, aunque nos hace ver y nos vuelve alegres, también nos puede cegar). La luz y la oscuridad son territorios donde pueden morar tanto el sentimiento bueno como el malo; hay maldades tenebrosas pero también centelleantes; y bondades luminosas, sí, pero también de penumbra y acogedoras; a veces hay que cerrar la ventana para que no nos hiera la luz, o para que no nos agobie el sol cuando el calor aprieta.
            Tampoco hay que confundir la fuerza con el mal. La fuerza es vida, no maldad; la maldad no es más que la destrucción, la perversidad, la muerte. Pretender que los buenos son los débiles es empujar a los niños a que sean malos, porque si la fuerza es maldad, ellos, que se sienten fuertes, acaban creyendo de veras que son malos. ¿No ocurre que en las películas pensamos con los buenos pero sentimos con los malos? No; pensamos y sentimos con los buenos, sólo que la bondad es fuerte y nos han enseñado que la fuerza tiene que ser maldad, y por eso hay algo dentro de nosotros que nos empuja no a la maldad, sino a la fuerza: y es la sociedad la que nos engaña. Donde dice fuerza la gente entiende brutalidad, mientras que para la naturaleza es simplemente salud. Nos gustan los villanos porque en las películas a los buenos los pintan como personas débiles, enclenques, pasivas, sin energía, desvitalizadas; los fuertes, vigorosos, activos, alegres, vitales, muchas veces son los villanos; no es que nos gusten los malos, nos gusta la vida que ponen en los malos; pero como en el cine se han creado una moral que asocia la maldad con la vida (es decir lo perverso con lo fuerte), nos han hecho creer que somos perversos y malos cuando en realidad sólo somos fuertes y vitales.
            Hay que aclarar las confusiones de nuestra moral, porque toda la moral está edificada sobre una gran confusión: la fuerza y la bondad no sólo no se excluyen, sino que se necesitan: la clave está en la razón; una fuerza orientada por la razón es buena, las fuerzas irracionales son malas; la razón que brota de nuestra cabeza es la que nos guía en nuestra vida para manejarnos; pero también hay una razón con la que no pensamos, sino con la que piensa la naturaleza misma: con ella se han hecho los instintos buenos; allí donde la naturaleza no ha podido construir las formas de su razón, las fuerzas que han aparecido eran instintos malos.


2.

            Dos son, pues, las fuerzas que nos construyen: una es la fortaleza y otra la debilidad. La persona fuerte que no quiere emplear la fuerza no es una persona débil, sino sensata; mesurada y paciente. Pero la sociedad admira a quienes emplean la fuerza aunque por dentro no sean robustos: ésos son los débiles. Los coléricos, los brutos, los violentos, los malvados, ésos son los que muestran debilidad; y parecen fuertes. Los pacientes, los sensatos, los pacíficos, los buenos, son, por el contrario, fuertes; y parecen débiles; al definir como fuertes a los hombres, cree que son débiles las mujeres, pero también los homosexuales: cuando el sexo posiblemente no tenga que ver con fortaleza, sino con brutalidad; una mujer es fuerte como un hombre, pero la sociedad quiere que la fuerza del hombre sea visible (y la confunde con violencia) y que la de la mujer no se vea nunca (y entonces parece desánimo, obediencia, falta de carácter y debilidad). No nos engañemos: a quienes la sociedad llama fuertes nosotros los podemos llamar brutos, y quienes pasan por débiles son en realidad fuertes. Consecuencia perversa de esta confusión es que hemos creado una imagen de la bondad que no tiene nada de buena: la obediencia, el abandono, la vida arrastrada, pasan por bondades cuando en realidad no son más que el resultado de confundir la resignación con los brazos caídos y la paciencia con la rendición. Hay que tener siempre la moral bien alta: la moral, que persigue la vida buena, es también la vida fuerte; o de lo contrario confundiremos lo bueno con la impotencia y la esclavitud con la felicidad.


3.

            Las dos fuerzas que luchan parece que se escaparon de la naturaleza y ahora están gobernadas por la sociedad. Una sociedad sana cultiva en sus miembros la alegría, la fuerza, la amistad, la confianza, y procura atar las fuerzas de los deprimidos, de los asesinos y ladrones, de los enemigos de la vida, de los envidiosos de la felicidad; no los mete en la cárcel para que sufran, sino para que no puedan hacer daño; hospitales, sanatorios, psiquiátricos, lugares donde los seres agitados por las fuerzas perversas puedan vivir y buscar, en la medida en que eso sea posible, los dulces caminos de la felicidad.
            Pero hay sociedades perversas que liberan las fuerzas destructivas y encadenan a las que son sanas. Los asesinos, los ladrones, los psicópatas, los frustrados; los envidiosos, los vagos, los que nunca han luchado contra la pereza, los que han sucumbido a ella; los rencorosos, los inmaduros, los envidiosos y codiciosos, los coléricos, los que sembraron resentimientos en su vida: ésos son liberados por la fuerzas enfermas que les ponen uniformes y trajes y los convierten en policías y soldados, funcionarios y políticos, mientras los generosos y los fuertes dan con sus huesos en la cárcel. Allí donde los buenos están libres (y los buenos son felices) la sociedad es más feliz. Y donde se libera a los malos (infelices y desgraciados, que ser bruto es a la vez ser tonto porque la fuerza en ellos no viene acompañada de inteligencia), allí, desgraciadamente, la sociedad no es feliz. Las sociedades desgraciadas tienen prisa y persiguen sus objetivos por medios rápidos, confundiendo rapidez con eficacia: es la guerra. La paciencia, por el contrario, se confunde fácilmente con ineficacia y debe luchar contra sus detractores, que piensan que el único movimiento que existe es el que vemos; pero la paciencia, aliada de la fuerza (y de la confianza feliz) es el único camino para la paz.
            El guepardo corre rápido, pero si no alcanza a su presa en cien metros se agota y se para, y se queda sin comer. Pero el águila, que es fuerte en las alas y aguda en la vista, es capaz de volar sin moverse dejando que lo lleve el aire; ella misma ha buscado esas corrientes para surcar el cielo sin agotarse, volando con alegría, empeñada en la tarea de planear. Que es una tarea dulce y sana.





sábado, 23 de enero de 2016

La Fortaleza




            Hace algunos días escribí un artículo titulado “Las tripas de la sociedad”; ésta es su continuación, que continuará, a su vez, en otro texto que también será publicado en este blog.
           
 

LA FORTALEZA

            La fortaleza es la vitalidad que late en el fondo de nuestro ser. Sus manifestaciones son muy variadas, entre ellas la energía y el contacto; detengámonos un poco en ellas.
            La energía es fuerza, el ánimo que surge de nosotros; un ímpetu, un brío, la potencia que rige todos los ámbitos de nuestra capacidad; y que se manifiesta, por tanto, en las capacidades que nos son propias; en el cúmulo de facultades que poseemos, las cuales nos definen.
            El desaliento o desánimo es la falta de energía; falta de fuelle, moral baja, es la antesala de la depresión.
            La alegría es el tono vital que nos hace estar dispuestos a derrocharnos por el mundo: a prodigarnos en él.
            La tristeza es la falta de alegría: aflicción, melancolía, nostalgia, fastidio; la antesala de la depresión. El ser enérgico ser siente pletórico de fuerzas, el ser debilitado no tiene  ganas de vivir.
            Pues bien, la alegría se manifiesta de cuatro modos: como conservación, como aspiración, como satisfacción y como curiosidad.
          El instinto de conservación individual es, como diría Spinoza, esfuerzo permanente por perseverar en el ser. Lo contrario es el abandono, pulsión de muerte, debilidad por el suicidio, falta de ganas de vivir.
La curiosidad es el interés por las cosas, el afán de estar en ellas, del ocio, de la diversión: lo contrario es la ociosidad, el aburrimiento, el vacío, el tedio, la falta de interés; la falta de atracción por las cosas. La curiosidad es un imán que nos atrae hacia las cosas: obsérvese que el ocio (como inactividad creativa) no es lo mismo que la ociosidad (o inactividad vacía, pesada e inerte: el no tener nada que hacer).
            La aspiración es un deseo espiritual, tendencia trascendente, alegría de crear; son los sentimientos noéticos, artísticos, metafísicos y religiosos. Lo contrario es el pasotismo, el vacío, la abulia.
            Y la satisfacción es el triunfo; lo opuesto a la derrota. Después de la lucha sobreviene la alegría de haber luchado: el orgullo de haberse atrevido, que nada tiene que ver con la vanidad; el vanidoso (decimos también: “el orgulloso”, el prepotente, el soberbio) presume de lo que tiene, pero el individuo feliz presume de lo que es: y, más que presumir, lo asume; lo invierte en el mundo, es su capital ontológico, su forma de ser. 

 

1. La paciencia y la ira.
            La paciencia es serenidad. Falta de prisa. Pero no es derrota, no es renuncia, no es sumisión: que eso es entregarse a otro renunciando a sí mismo; esclavitud y servilismo. La verdadera paciencia surge de la fortaleza, es dueña de sí misma. La ira, falta de vitalidad, pérdida de fuerzas, y, aunque tiene fuerza suficiente para realizar muchas funciones, no las tiene, sin embargo, para controlarlas.

2. Valor y cobardía. El miedo.
            El valor (en el sentido de valiente, no de valioso) es osadía, atrevimiento; en exceso es temeridad. Pero el valor también se manifiesta en ausencia de acción; en tal caso es espera, y más concretamente esperanza; la relación que hay entre alegría y esperanza es similar a la que hay entre lucha y paciencia: las dos son formas de energía. No hay que confundir la resignación (que es renuncia) con la paciencia (que es tensión de la espera, pero desafío: reto). En todo caso el valor es también seguridad, y eso es confianza en las propias fuerzas.
            La cobardía es resignación, no atrevimiento; desesperación y no esperanza; frente a la temeridad, es pusilanimidad; y frente a confianza, inseguridad; es, como se ve, falta de fortaleza, alegría convertida en tristeza, pérdida de poder.
            Entre la cobardía y el valor está el miedo; el miedo lo tienen tanto los valientes como los cobardes. Es temor, porque no se está seguro; preocupación, porque no se está tranquilo; y como a veces no conoce su causa, es desconcierto. En todo caso es susto, espanto, pánico, angustia: la gradación va en crescendo y, cuando ha terminado claudicando, es culpa y remordimiento. Como se ve, el miedo es una forma de debilidad, de pérdida de vigor; y por lo tanto de claudicación y de entrega; o más bien tensión ante la posibilidad de claudicar.

3. Humildad y soberbia.
            La humildad consiste en disfrutar de lo que se es sin hacer aspavientos; es renuncia a la ostentación, no a la fortaleza. Su aparición pasa por dos momentos sucesivos: el autoconcepto y la autoestima. El autoconcepto consiste en conocerse a sí mismo, tener una imagen ajustada de sí; es valoración de las cosas en su justa medida, reconocimiento de méritos y errores; es, por lo tanto, aprecio, buen humor. La autoestima es amarnos como somos, tal como nos conocemos: es asertividad, dignidad, fiereza; es aceptación de lo que se es y respeto a sí mismo. Energía.
            La soberbia es falta de energía, sentimiento de ser poca cosa, vivencia de la inferioridad; la vergüenza que se siente por lo poco que se cree uno produce deseo de estimación, porque se combate sintiéndose (o creyéndose) superior; entonces se manifiesta como orgullo, vanidad, amor propio, engrandecimiento de sí mismo; hasta la megalomanía; y se convierte en desprecio y burla hacia los otros: porque uno se agranda artificialmente a costa de achicar a los demás.

4. Ambición y avaricia.
            La ambición es el deseo de ser, tener o hacer cosas. Hay una ambición cordial, muy vital y entusiasta, que es instinto de superación: conquistar cosas, conquistarse a sí mismo, aspiración, deseo de poder, desafío; Nietzsche hablaría de voluntad de poder: despliegue de energía; alegría pletórica de fuerzas en la realidad que se es.
            Y hay una ambición visceral que es pérdida de energía. También es aspiración, pero no a lo que uno puede ser, sino a lo que otros tienen: y por tanto es querer lo que otros quieren, no es querer autónomo; eso nos empobrece. Como deseo de poder, es afán de no ser menos que nadie, o por lo menos menos que nuestro rival; es desafío del adversario sin desafiarse a sí mismo. Es codicia, voluntad de tener: no de ser. Es avaricia, porque ambiciona lo que no es suyo. Y se manifiesta como donjuanismo cuando sacrifica el futuro por vivir el presente; faustinismo cuando sacrifica la vida por el saber; y faustinidad cuando busca saber y poder a costa de la vida, y vende su alma al diablo, y deja de querer lo que tiene que ser. Desafiamos a los demás porque nos sentimos desafiados, y nos creemos débiles; y sentimos como ofensa y agravio el no tener más que los demás, y anhelamos el desquite: la venganza; el sentimiento de que nos han hecho un feo; de que nos han intentado pisotear.