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viernes, 30 de abril de 2021

LA CORRECCIÓN DEL EXAMEN

 

 

LA CORRECCIÓN DEL EXAMEN

 


            El mes pasado comentábamos el caso de Elena: Elena era una alumna brillante que no hizo bien el examen; decíamos que había que saber encajar las derrotas, eso también forma parte del triunfo. Ahora vamos a corregir el examen que hizo, pero primero recordaremos los aforismos que nos guiaban entre la justicia y la bondad.

 

PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN

(AFORISMOS)

 

SOBRE LA JUSTICIA

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito, poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE LA TERNURA

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar, pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo.

 


LA CORRECCIÓN DEL EXAMEN      

 

Juan se puso de acuerdo para hablar con Elena. Quedaron en verse al día siguiente, a la hora del recreo. El timbre acababa de sonar y habían salido todos los compañeros para ir a la calle; otros se quedaban en el patio, como un rosario, o dispersos en grupos como los racimos; habían ido pintando los pasillos y la clase se había quedado vacía en tan sólo unos minutos. Elena esperaba. Pero no tuvo que esperar mucho porque Juan vino en seguida.

          Juntaron dos mesas y se sentaron, uno a cada lado. Juan sacó el ejercicio: eran unas hojas garabateadas con tinta azul, de letra nerviosa y precipitada, redonda, inclinada hacia la izquierda, los rasgos a ratos superpuestos y apretados, fundidos unos con otros como las fotos que, al impresionarse juntas sobre el papel, hacen una cara fantasmagórica de varias caras; y a ratos separados, sin trazos de unión, como si las letras quisieran alejarse de las palabras. En aquellas líneas desparejas, fruto de la precipitación en su lucha contra el tiempo (siempre insuficiente para lo que se quiere escribir), Elena cifraba su examen.

            Era el comentario de un texto; del libro III de la Política de Aristóteles; trataba de definir en qué consiste la ciudad; la ciudad de los griegos, naturalmente: la ciudad-Estado. Juan lo leyó en voz alta. Elena, al oírlo, lo recordó de nuevo. Hablaba de que con un territorio no se construye una ciudad; ni con familias, ni con un número grande de habitantes, ni con un ejército, ni con el comercio; una ciudad necesita todo eso, pero desde luego hace falta que haya más.

            -Mira –dijo Juan; y levantó la vista del papel para mirarla, resuelto a convencerla-. La primera pregunta te pide que identifiques el problema; que digas de qué habla. ¿Habla de ciudades, de números, de plantas, de los astros? ¿De que habla? Mira, Elena, lee lo que has puesto.

            Elena leyó en voz alta la respuesta que había puesto en el papel.

            -“El problema que trata Aristóteles es la necesidad que tienen los seres humanos de vivir en sociedad; si viviéramos aislados, no nos humanizaríamos”.

            -¿Y es de eso de lo que habla?

            Elena se quedó callada, y su mirada era una pregunta más que una respuesta.

            -No –dijo Juan-. Desde luego, habla de la ciudad, de eso no hay duda; es demasiado evidente. ¿Pero qué dice acerca de la ciudad? No dice que sea necesaria para humanizarnos; lo que dice es que para que haya ciudad son necesarios varios requisitos; se trata de definir en qué consiste la ciudad.

            Elena suspiró preocupada y satisfecha; satisfecha porque lo que le decía Juan encajaba con el texto; preocupada porque eso no encajaba con lo que ella había escrito; y suponía una merma importante para su nota.

            -Contestar bien a eso te daba medio puto. Tú has dicho de lo que hablaba, pero no has acertado en lo que decía. Tienes, por lo tanto, 0’15 puntos; lo que te puse ayer cuando lo corregí.

            Elena asentía mudamente, sin mover la cabeza, como con temor

            -Mira ahora la siguiente pregunta: “sitúalo en su contexto”.

            Juan señalaba en el papel.

            -Tú has hablado de la vida de Aristóteles; has dicho que nació en Estágira, que vivió en el siglo –IV, que estudió en la academia de Platón, en Atenas; que Atenas fue arrasada por el rey Filipo, y que Filipo consiguió que Aristóteles le diera clase a su hijo, el futuro rey Alejandro Magno.

            Juan levantó la vista y apartó el dedo de las líneas donde Elena había respondido.

            -Pero eso no tiene nada que ver con el texto, Elena; lo que te pedía era que razonaras sobre la influencia que tuvo en el texto la época que le tocó vivir. Podrías haber puesto, por ejemplo, que Atenas, y toda Grecia, corrían peligro de desaparecer tras la invasión macedonia; y que era inconcebible para un griego vivir fuera de su ciudad, porque estaría tan desprotegido como… como un caracol sin su concha; o como una abeja fuera de su colmena; fíjate si la ciudad sería importante que Sócrates prefirió morir antes que vivir en el destierro. Los griegos se sentía unidos a su cuidad por unos lazos entrañables. 



            Juan suspiró, cogiendo aire antes de proseguir.

            -En ese contexto, pues, Aristóteles se empeñaba en salvar la ciudad, la polis; sin ella ya nadie tendría patria; de ser ciudadanos de su patria pasarían a ser ciudadanos del mundo: cosmopolitas; y el cosmopolitismo no era entonces que el mundo entero fuera su casa, sino que ya no hubiera casa en el mundo; el mundo era tan amplio que un griego se sintiría verdaderamente perdido. Como en una selva. Preocupado, Aristóteles se empeñaba a toda costa en salvar la ciudad; de ahí que escribiera textos como éste.

            Elena levantó el cuello, abriendo un poco la boca en señal de sorpresa: por lo que en ese instante estaba descubriendo.

            -La pregunta valía 0’5 puntos; yo te he puesto 0’1, pero igual me he pasado un poco; quizá he sido demasiado severo; puestos a buscar las relaciones del texto con el contexto, no he valorado suficientemente que también son interesantes los datos biográficos; lo dejaremos, entonces, en 0’25 puntos.

            Juan miró la hoja en el punto donde se enunciaba la tercera pregunta. Decía: “exponer la tesis o las tesis defendidas aquí por el autor (en el caso de que hubiera más de una)”.

            -Mira lo que has contestado -Juan empezó a leer-: “para explicar que el ser humano es un animal racional, político y social, se apoya en diversos ejemplos”. No, ésa no es la tesis que desarrolla el autor en este texto; la desarrolla, sí, pero en otros textos. Lee este fragmento de Aristóteles; léelo detenidamente.

            Elena volvió a leer aquel fragmento en voz alta. Decía así:

 

            Pues, aunque alguien pudiera reunir los territorios en uno solo, de forma que la ciudad de Megara y la de Corinto se juntaran con sus murallas, a pesar de ello no hay una única ciudad. Ni tampoco si contrajeran matrimonios unos con otros, por más que ésta sea una de las sociedades características para las ciudades. Igualmente tampoco, si algunos vivieran por separado, aunque no tan lejos que no pudieran comunicarse, y tuvieran leyes para no perjudicarse en sus intercambios, como por ejemplo, si uno fuera carpintero, otro campesino, otro zapatero y otro algún oficio similar, y fueran unos diez mil en número, pero no se comunicaran para nada más que asuntos como el comercio y la alianza militar, tampoco en ese caso hay una ciudad[1].

 

            -¿Y bien, mi querida neófita? ¿Hay una sola línea donde diga Aristóteles que el ser humano sea un animal racional?

            Elea tuvo que rendirse a la evidencia.

            -No.

            -Pero mira lo que dices después, sigamos tu respuesta: “luego habla de la sociedad que humaniza a los seres; si no viviéramos en sociedad no podríamos practicar el lenguaje, y por el lenguaje nos hacemos racionales, por lo que el ser humano también es un animal social”.

            -Un animal político.

            -Un animal político. –Juan carraspeó-. Desde luego, el texto no habla de eso. Ni de esto –Juan siguió leyendo la respuesta que había dado Elena-: “esto deriva en su política, donde son necesarias unas leyes; así, Aristóteles defiende la república como la mejor forma de gobierno”. Aquí no se habla de república; léelo todas las veces que quieras y no lo encontrarás. 



            El silencio de Elena se parecía al del reo momentos antes de oír la sentencia.

            -Pero hay algo más –prosiguió Juan dejándose ganar por la vehemencia-. Lee, lee aquí; mira lo que dice. –Cambiando el tono de voz, como lo cambia el narrador cuando se pone a hacer de personaje-. “Con ello, nos diferenciamos de los animales en que ellos se dejan llevar por la parte apetitiva del alma, mientras que nosotros buscamos la felicidad mediante la razón. Pero es necesario un término medio que nos aleje de los vicios: y es la justicia; es el término medio de la prudencia, la templanza…” Mira –insistió Juan- mira lo que hay ahí.

            Juan señaló sus propias anotaciones al margen con tinta roja. Elena las leyó con voz trémula:

            -“¡Qué manía con decir que el texto dice cosas que no dice! Como el Pisuerga pasa por Valladolid, hablemos del Pisuerga”.

            Tuvo que rendirse a la evidencia.

            -Lo que dice Aristóteles es esto: primero, que la ciudad requiere una unidad de territorio (pero eso sólo no basta); segundo, que también requiere de la existencia de familias (pero sigue siendo insuficiente); tercero, que la ciudad requiere un número mínimo de habitantes (pero hace falta algo más: las ciudad es más que una suma de aldeas); y cuarto, que para que haya ciudad hace falta que haya comercio y ejército, pero no sólo. Si hay ciudad habrá territorio, familias, multitud, comercio y ejército, pero sólo con estas cinco cosas no construimos una ciudad. ¿Qué otra cosa más hace falta?

            Elena buscaba calladamente la respuesta, dubitativa.

            -No busques –dijo Juan-, el texto no lo dice. El texto enuncia las cinco condiciones necesarias, pero no dice nada de la razón suficiente.

            Calló. Calló y miró a Elena, transmitiendo en su mirada el peso de la convicción. Prosiguió concluyendo.

            -Esta pregunta valía un punto. Yo te he puesto 0’25, y después de volverlo a corregir no veo motivos para cambiar esa nota. ¿Los ves tú?

            El “no” de Elena fue una respuesta insegura, maquinal; lo dijo por decir algo, ya que su profesor la instaba a que contestara; pero Elena estaba abrumada porque, después de lo que oía, ella seguramente se bajaría la nota.

            -Y llegamos –enlazó Juan- a la siguiente pregunta. Se trata de “examinar la consistencia de los argumentos”.

            Juan volvió a leer la respuesta de Elena.

            -“En conclusión, con todos estos argumentos el autor nos hace referencia al animal social, racional y político que es el ser humano”. Error. –Juan bajó la mano, posando la hoja sobre la mesa. Miró a Elena y le dio sus respuestas-. Te empeñas en contar lo que has estudiado, aunque no tenga que ver con el texto. Esto es un comentario: no una pregunta del temario. Acabamos de ver cinco condiciones necesarias, pero el texto no aclara cuál es la condición suficiente; sin embargo deja claro que esa condición existe; por ejemplo en la última línea. Hemos de concluir, por tanto, que el texto es coherente, porque ninguna frase contradice a otra en sus afirmaciones. 



            Juan hizo una pausa didáctica.

            -Medio punto. Aquí te he puesto un cero. Bueno –dijo como corrigiéndose esta vez-, quizá haya sido demasiado severo. Tú haces explícita esa famosa condición suficiente de Aristóteles omite aquí: “la ciudad”, dices, “tiene por misión lograr la felicidad humana”, y decir felicidad es decir perfección: “virtud”, como te encargas de destacar; de modo que quizá te podría poner en esta pregunta un 0’15; sobre el medio punto que vale la pregunta.

Juan volvió a coger la hoja para seguir leyendo.

-Ahora vienen las definiciones. Tenías que definir cinco palabras, y cada una valía medio punto.

Carraspeó un poco.

-Vamos con la primera.

Elena estaba en vilo, sin saber a qué atenerse. Y a pesar de que Juan se lo razonaba todo, su cuerpo no se había desprendido del miedo. Gustaba de aprender cosas nuevas, pero temía que esas cosas le reservaran un suspenso.

-“Matrimonio”. Tú has puesto que se trata de la familia, y es cierto; pero has añadido que la familia es “una de las clases sociales en que se divide la ciudad”, y eso no lo es. –Se paró, mirándola en tono de reproche-. Es una burrada: la familia no es una clase social. –Después, volviendo a las líneas garabateadas, prosiguió-: “el matrimonio es la unidad básica de la sociedad, producida por el enlace de un hombre y una mujer”. Es obvio. Para decir esto no hace falta estudiar filosofía. Pero lo más importante es lo que no has puesto: “para satisfacer las necesidades cotidianas”.

Juan calló. Su silencio no era para buscar ninguna palabra, sino para resaltar su sentencia.

-¡Cero! Bien es verdad que has dado media respuesta, aunque la mitad de la media sea una verdad de Perogrullo. –Se lo pensó empujando con un sonido continuo su pensamiento, como si el pensamiento fuera una melodía y el sonido de la garganta fuera una nota de pedal-. Creo que te podría dar 0’15 puntos; menos quizá sería injusto, y más seguramente también.

 Elena respiró aliviada. Inmediatamente Juan pasó a la segunda definición.

-“Aldea”. Vuelves a decir que Aristóteles divide la sociedad en distintas clases, como la familia y la comunidad; te recuerdo que ni la familia ni la comunidad son clases sociales. –Luego comentó con benevolencia-: creo que utilizas la palabra “clase” como sinónimo de “tipo”, resultado de una clasificación, no para referirte a una clase social. Pero debes manejar bien el vocabulario, que aquí es un vocabulario especializado, pues una cosa es lo que dices y otra lo que quieres decir.

Descansó para respirar.

-No obstante dices, luego, que la aldea es un conjunto de familias para satisfacer las necesidades no cotidianas. –Silencio-. Un cuarto de punto. Creo que es lo que merece tu respuesta.

Pasó a la siguiente palabra:

-“Ciudad”. Has puesto que “es el conjunto de aldeas dentro de una sociedad”. No. Se pueden juntar veinte mil aldeas y reunir en un mismo territorio a dos millones de personas, que eso no formaría una ciudad. Hace falta más. Tú dices después: “se trata de buscar el bienestar general de la polis”. No: no se trata de bienestar, sino de felicidad; y no es la ciudad la que debe ser feliz, sino los hombres que la componen. Te he puesto aquí un 0’15, pero creo que tus medios aciertos merecían algo más: dejémoslo en un 0’25.

Siguiente palabra.

-“Dialéctica”. Lee tú misma tu definición.

Elena giró el papel y empezó a leer.

-“Es el camino a través del cual accedemos del conocimiento sensible al universal. En esto influyen las matemáticas. Así, desde lo particular, de idea en idea, de hipótesis en hipótesis, obtenemos un conocimiento más general…”

-Lee lo que te he puesto en rojo.

Elena lo leyó.

-“Esto es en Platón”.

-Exacto. Esa definición de dialéctica corresponde a Platón. Para Aristóteles es un silogismo que parte de premisas probables.

-¡Ah…!

-Venga, lee lo que has puesto en la última palabra.

-“Silogismo científico: son tres proposiciones, la última de las cuales es demostrada a partir de las dos anteriores”.

-Lee en voz alta mi comentario.

-“Eso es un silogismo, no un silogismo científico”.

-Exacto. Un silogismo puede ser dialéctico si parte de premisas probables; y científico si sus premisas son verdaderas, evidentes y más conocidas que la conclusión.

Elena guardó silencio. El gusto que tenía por aprender se le aguaba con el disgusto de estar suspendiendo.

-Te he puesto un 0’1, y no creo que deba ponerte más. En la definición de la dialéctica te puse un 0’25 y te lo mantengo; he valorado el hecho de que conocieras la dialéctica de Platón, pero debo penalizar el que no conocieras la de Aristóteles.

Elena asintió, conforme; le parecía justo.

-Ahora –prosiguió su profesor –vamos a la siguiente pregunta. Es la pregunta de temario. Dice así: “explica” -Juan remachaba los acentos enfáticos con un golpe de la mano en el aire, la yema del pulgar posada sobre la yema del dedo índice-; “explica”, digo, “cómo desarrolla Platón su teoría política a partir de sus ideas filosóficas”.

Hubo un silencio mientras Juan la miraba, inquisitivo. Estaba desconcertada, porque no tenía ni idea de cómo reaccionaría él; si elogiando, censurando o comprendiendo. El hielo se rompió pronto.

-Mira. Tú respondes haciendo una lista de formas de gobierno según Platón. Hablas de la monarquía, de .la tiranía, de la aristocracia, de la timocracia y de la oligarquía; pero las explicas desordenadamente, sin mostrar cómo derivan naturalmente unas de otras; y además de no mostrar esta curiosa genealogía, defines equivocadamente la monarquía como el gobierno de un sabio. –Juan se paró, mirándola en silencio, poniendo una muda pregunta en la mirada-. Seguramente pensabas en el rey filósofo. Pero ¿aboga Platón por un filósofo-rey, o por varios? ¿Su gobierno ideal es una monarquía o una aristocracia? ¿Lo constituye un sabio o un consejo de sabios?

Elena tenía la mirada clavada en la hoja, cabizbaja. A veces fijamos la vista en un punto abstrayéndonos de todo lo demás, sin que haya concentración; o más bien sin concentración de la conciencia, sólo de la mirada; la mirada se funde en un punto y todo lo demás se vuelve borroso; el espacio se va llenando de oscuridad, como un fundido en negro, primero en el campo visual, luego en el mismo punto, hasta que el punto también se eleva en la región isotrópica donde el vacío se confunde en una turbulencia viva, dinámica, como un magma que flota ante nosotros, como un plasma; y nosotros mismos nos sentimos flotar, al final del todo, como si nuestro propio cuerpo se hubiera fundido en medio de ese plasma. Eso ocurre cuando nuestra concentración no viene del pensar, sino del sentir. Nos sentimos una nada disuelta en el mundo, que gira sobre nosotros como si nosotros estuviéramos inmóviles, con una inmovilidad inerte, contemplativa, como si, meros puntos ingrávidos e insignificantes, nos sintiéramos envueltos sin remisión por las nubes del destino; y uno se entrega, se abandona, se siente objeto de la fatalidad, padeciéndola sin poder reaccionar, tal la succión de un remolino poderoso, impotentes ante ella. Así presentan en el cine el abandono de los personajes ante lo inevitable, con la cámara girando sobre ellos y el paisaje dando vueltas sobre su inmovilidad; como el giro copernicano en el que Kant, dejando el mundo girar sobre nosotros, dejase de estar quieto sobre el observador que giraba. Elena se sentía así juguete del destino, impotente ante la nota que, inexorablemente, Juan, juguete también de la razón, le acabaría poniendo: un suspenso. 



-Mira, Elena –prosiguió tras verla sumida en el silencio, pero sin observar sus ojos nublados-. La pregunta no giraba en torno a la política de Platón, sino en torno a la forma como la política de Platón emerge, con toda naturalidad, de su filosofía; con la misma naturalidad con que el submarino emerge, cuando suelta agua, de los fondos marinos.

Juan cogió el lápiz y echó mano a un folio blanco para escribir la palabra “filosofía”; después hizo una flecha y la conectó con la palabra “política”.

-Mira. Lo que a nosotros nos interesa de su filosofía empieza en la caverna. Los prisioneros no ven la realidad, sólo imágenes deformadas de ella. Uno consigue escaparse y ve la realidad en toda su belleza. El prisionero liberado tiene dos opciones: seguir buscando belleza para disfrutar con su contemplación (y será filósofo), o volver a la caverna para contarles a los prisioneros lo que ha visto (y entonces será político). La política es una paideia: educación pura. En esa dimensión pedagógica de la política hay que tener en cuenta dos cosas: primero, que no basta con que el maestro enseñe para que el discípulo aprenda; hay que adaptarse a su ritmo, como le pasaba al prisionero que, al contemplar la luz por primera vez, no podía ver las cosas aunque las tuviera delante. Porque lo cegaba la luz. El maestro no debe enfadarse porque el alumno no comprenda lo que él explica; tiene que darle su tiempo para que los ojos de la mente estén preparados para comprender: y eso es pedagogía; la mayéutica; aquí, en Platón, se superpone el Sócrates del Menon –uno de sus diálogos de juventud-, guiando con sus preguntas al esclavo hasta que el esclavo acaba comprendiendo las cosas por sí mismo.

Juan hizo una pausa didáctica.

-Y aquí –prosiguió- podemos hablar de la educación tal como la entendía Sócrates (con Platón) y tal como la entendían los sofistas. Para los sofistas educar era meter cosas en la cabeza del discípulo; para Platón era sacarlas, hacer que el discípulo las descubriera, a la manera socrática, por sí mismo. Pues bien, si volvemos a la caverna, los prisioneros, rechazando lo que les dice su compañero, lo matan: ése es el destino del verdadero político; que el pueblo, acostumbrado a oír de sus políticos continuos cantos de sirena, se nieguen a admitir la verdad cuando la verdad es desagradable. Así le pasó a Sócrates; y al propio Platón, en sus continuos viajes a Siracusa.

Carraspeó.

-Así, pues, el político no se confunde con el demagogo. El demagogo utiliza al pueblo por interés; el político conduce al pueblo hacia la sabiduría: y aquí viene el símil de la línea; no voy a detenerme en ello, pero desde las sombras de la caverna hay una progresión en las formas de conocer hasta el verdadero conocimiento de las cosas, de lo que subyace tras la apariencia. Unos se quedarán en el nivel más bajo; es la mayoría del pueblo, que vive de la economía. Unos cuantos alcanzarán a conocer las cosas mejor, y serán soldados y policías. Pero sólo unos pocos alcanzarán en su pureza la visión de la verdad: serán los gobernantes; los reyes filósofos.

Juan se detuvo para respirar. 



-En la república de Platón estos cargos no son hereditarios. Dependen sólo del mérito. Un hijo de la clase trabajadora puede llegar a político filósofo, como un filósofo puede tener hijos que no merezcan el poder y vivan en el mundo de la economía. Acuérdate del mito de los hombres de oro, de plata y de bronce. Aquí puedes poner todo lo que sabes de la política: la igualdad entre hombres y mujeres; la supresión de la familia; el infanticidio; la expulsión de pintores y poetas; la propiedad privada reservada a la clase que se ocupa de economía. Puedes explicar, claro está, cómo las clases sociales dependen de las tres almas, y cómo cada alma tiene su virtud. Y cómo la justicia es el equilibrio, el hecho de que cada cosa esté en su sitio: cómo, por ejemplo, están prohibidos los golpes de Estado, porque la misión del ejército no es gobernar, sino servir al poder político. Y para evitarlo Platón prohíbe a guardianes y gobernantes tener riquezas ni posesiones; ellos viven a cargo del Estado, porque las riquezas nos corrompen, y hay que evitar que los políticos se corrompan.

Juan miró a Elena, como si la conminase a rendirse, como se rendía él, a las conclusiones inexorables de la razón; no era él quien la estaba suspendiendo, era la lógica de las cosas; la propia lógica defectuosa de lo que Elena había escrito.

-A partir de allí –concluyó- puedes hablar de las formas de gobierno, y de cómo se derivan unas de otras, como en una metamorfosis, siguiendo una genealogía política. Pero –volvió a remachar mirándola como un juez justo, pero no severo- lo que no puedes hacer es lo que has hecho: limitarte a hablar de las formas de gobierno sin explicar cómo surgen todas del mito de la caverna, que es la fuente de su filosofía; y sin desarrollar mínimamente la idea de las clases sociales, que procede de su teoría del alma.

Elena volvió en si. No tenía nada que decir. Estaba claro. Pero Juan calló por un momento, su mirada perdida como si, fuera de este mundo de luces y sombras, hubiera penetrado a través del espacio en un mundo de lógica y raciocinio, belleza y justicia, de ideas; y sobre ese mundo luciese, como un sol espléndido, la luz del bien. Tras unos segundos de meditación volvió a hablar.

-Quizá –dijo- he sido un poco severo al ponerte un 1’25 en esta pregunta, sobre un máximo de dos puntos y medio que valía; quizá merecieses algo más… 1’35, por ejemplo; es posible… No sé –dijo finalmente, dudando. Su empeño en no ser injusto le hacía dudar continuamente.

Pasó la hoja y llegó a la última pregunta. Había que relacionar a Aristóteles con otros autores. Estaba dividido en cuatro apartados: el primero valía un punto, los tres restantes valían medio.

-En cuanto a la relación con otros autores –dijo-, veamos lo que nos has puesto. –Sobrevoló el folio leyendo y deteniéndose en las anotaciones en rojo que él mismo había hecho-. Mira, aquí dices que el alma para Aristóteles es la sustancia: lo que da forma al cuerpo. –Levantó la vista-. No es así. La sustancia es la unión de materia y forma, de alma y cuerpo (acuérdate del hilemorfismo). El alma entra en unión sustancial con el cuerpo, pero en sí misma no es una sustancia. –Volvió los ojos al papel-. Aquí hablas de Parménides: lo que dices está bien. Pero, aparte de Parménides y Platón, no has comparado a Aristóteles con nadie más. Podrías haber hablado de Empédocles (por la teoría de los cuatro elementos), de los sofistas (a los que refuta)… Bueno, el 0’65 que te he puesto quizá se quede corto. Has hablado también de la ciencia, del alma, del universo… Lo dejaremos en un 0’75.

Pasó la hoja. Leyó lo que había en el otro folio.

-Después tenías que responder a otra pregunta más: “¿cómo resuelve Aristóteles el problema de Platón?” Platón había partido la realidad en dos mundos, y Aristóteles los vuelve a juntar en el hilemorfismo: materia (sensible) y forma (ideal) no pueden estar separadas; juntas conforman la sustancia: ésa es la solución de Aristóteles. Y tú ¿qué respondes? Dices que Aristóteles “no ve necesario”, leo lo que dices, “tener que inventarse otra realidad para poder explicar lo que hay en ésta”, pero no dices cómo lo evita; luego hablas del conocimiento a priori, de la anamnesis de Platón, rechazada por Aristóteles como filósofo empírico; en fin, das una respuesta pero no la justificas. El cuarto de punto que te he dado aquí creo que es merecido. Vamos a la siguiente pregunta.

Juan leyó el enunciado.

-¿Cómo resuelve Aristóteles el problema de Parménides? –La miró con una sonrisa y dijo: -a esta pregunta sí has contestado; pero no aquí, sino en una pregunta anterior; te la daré por buena.

Y llegó a la última pregunta del último apartado.

-“¿Qué autor de los que has estudiado ha recibido la influencia de la astronomía de Aristóteles? Justifícalo”. Aquí, tú no contestas nada. Se trata de Santo Tomás, quien tomó de Aristóteles la idea del motor inmóvil; el pensamiento que se piensa; dios. Recuerda que a Santo Tomás también lo hemos estudiado.

Juan recogió los folios y puso encima la primera hoja. Sumó las décimas que le había subido y le daba siete; que, sumados al 3’9 inicial, daba aproximadamente 4’6: aprobado. Elena, que había contemplado la corrección con escepticismo, no se lo podía creer.

 


           

 

 

 



[1] Aristóteles. Política. Libro III, capítulo IX, 293-306.

 

viernes, 19 de marzo de 2021

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

 

 

 

 

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

(PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN)

 


SOBRE LA JUSTICIA  

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito. Poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE EL CARIÑO

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS  

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar; pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo. 




ELENA        

 

Se había formado un corrillo en torno a Elena. Después de recoger su examen Elena volvió a su sitio mirando la nota fugazmente: tres con nueve. Se sentó. Estuvo unos segundos petrificada, con la mirada perdida, la cara de mármol. Después Juan sintió sus lágrimas. Las sentía mientras llamaba a los demás alumnos; uno por uno, examen por examen. El pesar de la chica fue tan grande que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, la chica sollozaba. Los sollozos hacían temblar su cuerpo y no pasó medio minuto antes de que Helga se acercara a ella. Juan sintió el brazo de Helga sobre los hombros de Elena, su mano apretándole el brazo, la mejilla junto a la suya, su ademán de consuelo: pero Elena parecía inconsolable. Después vino         Cristina, que se coló tras ella y se agachó poniéndole las manos sobre los hombros. Al cabo de un rato había cinco chicas en torno a Elena. Y los temblores se habían convertido en hipo; un hipo nervioso, incontrolado, convulso, a Juan le parecía que estaba fuera de lugar; y, sobre todo, era exagerado.

Siguió entregando los exámenes a los alumnos. Los alumnos se acercaban a su pupitre, uno por uno. Otras veces era él el que iba, entre las mesas, buscando sitio. Acabó de entregárselos a todos y, de soslayo, siguió escrutando con preocupación el llanto de Elena. Le pareció de mal gusto. Le pareció una presión inadmisible, un chantaje sentimental, un montaje encaminado a forzar la subida de la nota: no estaba dispuesto a transigir. Ningún alumno iba a sacarse el aprobado por su cara bonita. Juan se mantenía firme (con una firmeza férrea: el hierro de la justicia), y era su propósito distribuir los aprobados solamente sobre las bases del mérito. Ningún aprobado había de regalarse. Juan era amigo de sus alumnos, pero por encima de todo quería ser justo. Ninguna amistad debe ir creciendo contra la justicia. La amistad era un campo de flores sobre hierba de respeto, y la hierba no crece lejos del sol: el sol de la bondad, la consideración, el reconocimiento del mérito; no se puede ser bueno engañando a la gente, no se le puede hacer creer que se merece más de lo que se merece; la bondad, la energía, regada por el cariño, tiene en su corazón a la llama de la justicia; no se puede ser un profesor bueno sin ser un profesor justo; mal puede brotar el cariño donde el corazón no es bueno.

Los amigos se ayudan, se dicen las verdades, se quieren de verdad, se gastan bromas. La lealtad nos obliga a corregir, a aceptar las razones cuando uno se equivoca: querer es querer lo mejor para la persona querida, hacerla mejor de lo que es, abrirle los ojos: sólo un amigo puede ayudarte a ver. El profesor saca lo mejor de los alumnos; les dice en qué acertó, en qué se equivocaron; les premia sus aciertos, les castiga sus yerros. Ningún castigo es sufrimiento: sólo es un espejo; en él se reflejan los errores, en él puede el alumno enmendarlos y corregirse. Si él aprobaba a Elena, sería injusto que Elena no los viese: nunca se corregiría. Poner el profesor la respuesta para que el alumno la compare con la suya, como se pone la transparencia sobre el papel para ver que el dibujo es correcto.

No, no podía aprobar a Elena aunque quisiera. Era de justicia. Y Elena sollozaba. Sus amigas, como un coro compacto, la envolvían con sus voces y sus manos le arrullaban el sufrimiento; como si Elena hubiera sido objeto de una agresión injusta; como si hubiera sufrido un ataque despiadado. Juan quería a sus alumnos. Reía con ellos, pero sus bromas crecían sobre el suelo respetuoso donde se reconoce el valor, enemigas del engaño. Algunos alumnos se reían con Juan y decían: “¡qué majo es!” Y luego, si les suspendía, torcían el gesto: “¿y éste qué se ha creído? ¡Menudo impresentable!” La mirada se les volvía torva pero Juan no era simpático ni impresentable: era justo; o sea, bueno; y en justicia debía decir las cosas agradables como decía las desagradables cuando había que decirlas.

Había pasado ya media hora y Elena no paraba de llorar. La mesa de Juan estaba llena de alumnos. Juan los revisaba, ejercicio por ejercicio. Atendía las reclamaciones, unas veces corrigiéndose, las más ratificándose en su nota. Cada uno preguntaba sus dudas, unos porque las tenían realmente, otros porque las fingían para arañar un punto; o unas décimas (que les faltaban para llegar al aprobado). Juan les respondía a todos, ordenadamente, de uno en uno; y el coro que crecía en torno a él lo rodeaba con un halo de confusión parecido a la masa confusa que crecía en torno a Elena. Brazos que se mezclaban, manos que se cruzaban, cuerpos que se abrazaban, susurros superpuestos. Cuarenta y cinco minutos llorando. Juan tenía ya los plomos fundidos, el hígado hecho paté, estaba furioso; molesto, ofuscado, porque la chica no había ido a su mesa para preguntarle por sus dudas; para reclamar los comentarios de Juan, para ver sus fallos. Cuando sonó el timbre y el temblor de la chica persistía en el sollozo, vino una de sus amigas y le dijo:

-Es la que más estudia de nosotras. No se esperaba el suspenso.

Y cuando Juan se disponía a decir que no siempre el trabajo nos garantiza el éxito, vino otra y le dijo.

-Es la que mejor toma tus apuntes. Todo lo que tú explicas lo escribe ella: con esos apuntes hemos estudiado todas.

Pasó entre ellas otra chica y añadió:

-Elena es brillante. Saca sobresalientes en el instituto, en la escuela de idiomas, en el conservatorio. Es realmente trabajadora.

Entonces se  le encogió el alma. Temió que el corazón de ella estuviese asfixiado por el trabajo y su cuerpo, convertido en olla a presión, no estuviese listo para encajar los fracasos; los inevitables fracasos  que de vez en cuando nos depara la vida. Nadie es perfecto y aquí hasta el más brillante falla. Pero sintió preocupación y quiso enmendar sus errores (por si los hubiera tenido). Con preocupación le dijo:

-Dame tu ejercicio. Lo corregiré de nuevo para ver cómo te he calificado.

La chica se lo entregó. Con una sumisión que desarmaba. Estaba dispuesto a ser fuerte porque la ternura es la fuerza del carácter, y un cariño que cede contra la justicia es débil. El cariño, para ser fuerte, había de ser justo.

-¿Por qué no has venido a reclamar la nota? Llorar no es la solución. El que llora se resigna, y si tu reclamación es justa no tienes derecho a resignarte. ¡Hay que luchar!

            Pero el llanto –lo sabía bien- a veces no es signo de debilidad, sino de nerviosismo. Hay personas fuertes con temperamento débil y lloran cuando quieren pelear sin poder evitarlo. Juan deseó que Elena fuese de esos. Y pasó junto a ella, recogiendo su examen, al dirigirse al pasillo para dejar los libros; volvió de la sala de profesores y cambió de clase. Y entonces sonó el timbre.

 


 

 

viernes, 15 de febrero de 2019

LA SOCIEDAD DE LOS DOS INSTINTOS




LA SOCIEDAD DE LOS DOS INSTINTOS    


                                                                       1. 

            La sociedad es un ser vivo que tiene dos instintos: uno de conservación y otro de destrucción. El primero es su cara amable: alegría, confianza, amistad y generosidad. El segundo es su cara aviesa: desconfianza, pesimismo, hostilidad y odio. Hay algo perverso en una naturaleza hostil: vida contra muerte, ayuda contra daño, paz contra guerra, seguridad frente a orgullo, paciencia contra ira, fuerza contra debilidad. Todas las sociedades tienen estas dos caras. Todas.
            Hay una leyenda india que lo ilustra muy bien: “padre,  siento que hay dos lobos dentro de mí, uno bueno y otro malo; los dos están luchando, ¿cuál de ellos vencerá?” El padre le contesta: “aquél que tú alimentes”. Igual sucede en la sociedad; vencerá, de los dos instintos, el que más cuidemos.
Pero sucede que cada uno alimenta al que siente dentro con más fuerza, como si ya hubiésemos sido conquistados por él; entonces entramos en un círculo vicioso: ¿de qué depende que alimentemos a uno u otro? ¿De que hayamos sido conquistados por uno de ellos? Entonces no somos libres. Somos un instinto, bueno o malo, que nació. La naturaleza no tiene poder para domar los instintos, las fuerzas que nos gobiernan son superiores a la fuerza que pugna desde nuestro pensamiento, desde nuestra libertad.
            Esto significaría que unos nacemos buenos y otros malos. Unos de la mano de dios y otros del diablo. Me cuesta aceptar que sea así. Nuestra vida es más bien un campo de batalla donde luchan estos dos instintos, y nosotros tenemos en esa lucha una ayuda inestimable: esa ayuda es la razón; con la razón construimos bondad, y la ponemos en los ladrillos del sentimiento; y sin ella, esos ladrillos se vuelven maléficos. Sentir, en sí mismo, no es bueno ni malo pero los sentimientos, cuando son filtrados, moldeados e  impregnados por la razón (alegría, amistad, confianza: vida), son buenos, mientras que los que sean inaccesibles a ella, herméticos, impenetrables (pesimismo, inseguridad, odio), son malos o lo que es lo mismo: son impulsos destructivos, son las fuerzas que quieren morir.


            Adviértase que no tenemos por qué decir que los sentimientos malos son oscuros (pues la oscuridad es, cuántas veces nos pasa, refugio donde nos acurrucamos para soñar); tampoco hay que decir que los sentimientos buenos son luminosos (pues la luz, aunque nos hace ver y nos vuelve alegres, también nos puede cegar). La luz y la oscuridad son territorios donde pueden morar tanto el sentimiento bueno como el malo; hay maldades tenebrosas pero también centelleantes; y bondades luminosas, sí, pero también de penumbra y acogedoras; a veces hay que cerrar la ventana para que no nos hiera la luz, o para que no nos agobie el sol cuando el calor aprieta.
            Tampoco hay que confundir la fuerza con el mal. La fuerza es vida, no maldad; la maldad no es más que la destrucción, la perversidad, la muerte. Pretender que los buenos son los débiles es empujar a los niños a que sean malos, porque si la fuerza es maldad, ellos, que se sienten fuertes, acaban creyendo de veras que son malos. ¿No ocurre que en las películas pensamos con los buenos pero sentimos con los malos? No; pensamos y sentimos con los buenos, sólo que la bondad es fuerte y nos han enseñado que la fuerza tiene que ser maldad, y por eso hay algo dentro de nosotros que nos empuja no a la maldad, sino a la fuerza: y es la sociedad la que nos engaña. Donde dice fuerza la gente entiende brutalidad, mientras que para la naturaleza es simplemente salud. Nos gustan los villanos porque en las películas a los buenos los pintan como personas débiles, enclenques, pasivas, sin energía, desvitalizadas; los fuertes, vigorosos, activos, alegres, vitales, muchas veces son los villanos; no es que nos gusten los malos, nos gusta la vida que ponen en los malos; pero como en el cine se han creado una moral que asocia la maldad con la vida (es decir lo perverso con lo fuerte), nos han hecho creer que somos perversos y malos cuando en realidad sólo somos fuertes y vitales.
            Hay que aclarar las confusiones de nuestra moral, porque toda la moral está edificada sobre una gran confusión: la fuerza y la bondad no sólo no se excluyen, sino que se necesitan: la clave está en la razón; una fuerza orientada por la razón es buena, las fuerzas irracionales son malas; la razón que brota de nuestra cabeza es la que nos guía en nuestra vida para manejarnos; pero también hay una razón con la que no pensamos, sino con la que piensa la naturaleza misma: con ella se han hecho los instintos buenos; allí donde la naturaleza no ha podido construir las formas de su razón, las fuerzas que han aparecido eran instintos malos.


2.

            Dos son, pues, las fuerzas que nos construyen: una es la fortaleza y otra la debilidad. La persona fuerte que no quiere emplear la fuerza no es una persona débil, sino sensata; mesurada y paciente. Pero la sociedad admira a quienes emplean la fuerza aunque por dentro no sean robustos: ésos son los débiles. Los coléricos, los brutos, los violentos, los malvados, ésos son los que muestran debilidad; y parecen fuertes. Los pacientes, los sensatos, los pacíficos, los buenos, son, por el contrario, fuertes; y parecen débiles; al definir como fuertes a los hombres, cree que son débiles las mujeres, pero también los homosexuales: cuando el sexo posiblemente no tenga que ver con fortaleza, sino con brutalidad; una mujer es fuerte como un hombre, pero la sociedad quiere que la fuerza del hombre sea visible (y la confunde con violencia) y que la de la mujer no se vea nunca (y entonces parece desánimo, obediencia, falta de carácter y debilidad). No nos engañemos: a quienes la sociedad llama fuertes nosotros los podemos llamar brutos, y quienes pasan por débiles son en realidad fuertes. Consecuencia perversa de esta confusión es que hemos creado una imagen de la bondad que no tiene nada de buena: la obediencia, el abandono, la vida arrastrada, pasan por bondades cuando en realidad no son más que el resultado de confundir la resignación con los brazos caídos y la paciencia con la rendición. Hay que tener siempre la moral bien alta: la moral, que persigue la vida buena, es también la vida fuerte; o de lo contrario confundiremos lo bueno con la impotencia y la esclavitud con la felicidad.


3.

            Las dos fuerzas que luchan parece que se escaparon de la naturaleza y ahora están gobernadas por la sociedad. Una sociedad sana cultiva en sus miembros la alegría, la fuerza, la amistad, la confianza, y procura atar las fuerzas de los deprimidos, de los asesinos y ladrones, de los enemigos de la vida, de los envidiosos de la felicidad; no los mete en la cárcel para que sufran, sino para que no puedan hacer daño; hospitales, sanatorios, psiquiátricos, lugares donde los seres agitados por las fuerzas perversas puedan vivir y buscar, en la medida en que eso sea posible, los dulces caminos de la felicidad.
            Pero hay sociedades perversas que liberan las fuerzas destructivas y encadenan a las que son sanas. Los asesinos, los ladrones, los psicópatas, los frustrados; los envidiosos, los vagos, los que nunca han luchado contra la pereza, los que han sucumbido a ella; los rencorosos, los inmaduros, los envidiosos y codiciosos, los coléricos, los que sembraron resentimientos en su vida: ésos son liberados por la fuerzas enfermas que les ponen uniformes y trajes y los convierten en policías y soldados, funcionarios y políticos, mientras los generosos y los fuertes dan con sus huesos en la cárcel. Allí donde los buenos están libres (y los buenos son felices) la sociedad es más feliz. Y donde se libera a los malos (infelices y desgraciados, que ser bruto es a la vez ser tonto porque la fuerza en ellos no viene acompañada de inteligencia), allí, desgraciadamente, la sociedad no es feliz. Las sociedades desgraciadas tienen prisa y persiguen sus objetivos por medios rápidos, confundiendo rapidez con eficacia: es la guerra. La paciencia, por el contrario, se confunde fácilmente con ineficacia y debe luchar contra sus detractores, que piensan que el único movimiento que existe es el que vemos; pero la paciencia, aliada de la fuerza (y de la confianza feliz) es el único camino para la paz.
            El guepardo corre rápido, pero si no alcanza a su presa en cien metros se agota y se para, y se queda sin comer. Pero el águila, que es fuerte en las alas y aguda en la vista, es capaz de volar sin moverse dejando que lo lleve el aire; ella misma ha buscado esas corrientes para surcar el cielo sin agotarse, volando con alegría, empeñada en la tarea de planear. Que es una tarea dulce y sana.





sábado, 16 de septiembre de 2017

DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (2)





DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (2)


3.
La voluntad. 

-Os voy a contar una historia. En cierta ocasión iba yo con mi mujer a la compra y estábamos haciendo cola en el mercado. En la cola había una mujer que presumía de lo bueno que era su hijo; “fíjese usted”, nos decía, “le digo que se esté quieto para no pisarme el suelo fregado y es que se está quietecito en un rincón; es que ni se mueve”. Nosotros preguntamos: “¿y se está mucho tiempo así?” Y ella nos contestó: “lo que haga falta; a veces toda la mañana”. Mi mujer y yo nos miramos de hito en hito. Esta historia me ha servido para ilustrar muchas veces el espíritu de lo que no hay que hacer. El espíritu que combate Nietzsche. Para esta mujer su hijo era bueno; para mi mujer y para mí este chico era tonto; lo había atontado su madre, le había quietado la voluntad. Fijaos que en el lenguaje de la calle ser bueno es muchas veces lo mismo que ser obediente; no atreverse a hacer nada, someterse a la voluntad de otro. Estupidez, miedo, cobardía, obediencia, persona sin voluntad; eso es lo que dice la gente cuando usa la palabra “bueno”. Para un maestro de la vieja escuela, para un profesor autoritario, tener niños buenos es tener niños obedientes. –Los miró a todos para leer sus reacciones en la cara, en la forma de su mirada, intentando descubrir si en ella había alegría o sorpresa; o, por el contrario, desgana y aburrimiento, que son la etiqueta del niño obediente: falta de voluntad–. Pensad un poco en lo que os he dicho –prosiguió-. ¿Cómo lo veis?
En la clase brotaba de muchos labios una sonrisa de ironía. Pasaba como pasa siempre: se reciben bien las críticas al amo, pero en ellas no hay voluntad de rebelarse; sólo satisfacción de oír a otro atacar la tiranía sin atreverse a combatirla uno mismo; sólo autocompasión resignada y triste, falta de voluntad. Y miedo: falta de vida.
            -Todo eso es lo que combate Nietzsche. Es como si la bondad fuera una mercancía que hay que vender, promocionada con un envoltorio bonito, que sólo sirve para esconder la fealdad del contenido. El envoltorio atractivo de la bondad es la virtud, la aprobación, el mérito; pero dentro del envoltorio sólo hay estupidez y miedo. El miedo que paraliza, que anula la voluntad. Una persona sin voluntad es una persona sin vida. La bondad, por tanto, atenta contra la vida. La conclusión de Nietzsche es evidente: no hay que ser bueno. Hay que vivir, aunque la  belleza de la vida esté oculta tras un envoltorio malo. La maldad, como el bien, es otro producto que se vende en el mercado. Está en un paquete envuelto con la crueldad, la traición, la perfidia, el castigo; pero dentro hay libertad, hay voluntad, hay alegría: hay vida. Fijaos bien: lo bueno aparece con envoltorio malo, y lo malo con envoltorio bueno. No es extraño que la gente, que se fija en la apariencia (el envoltorio es la apariencia), elija lo malo creyendo que está eligiendo lo bueno. La  sociedad nos induce a ser buenos y nosotros, sin darnos cuenta, aceptamos gato por liebre: queremos ser obedientes, pusilánimes y sumisos; creemos que eso es lo que quiere dios, y nos sometemos a su voluntad. Amén. Así sea. Dios lo quiere. Hágase según tu voluntad. Esas son las expresiones que valoramos y repetimos. Al vivir así, aceptamos vivir renunciando a la vida. Si la vida es resignación, lo mejor que podemos hacer es estar muertos en vida. Y dios nos recompensará. Con la otra vida. Si sacrificamos ésta. Y la sacrificamos en su honor. 


             Juan Luis descansó poco antes de proseguir.
            -Olvidaos ahora de Nietzsche. Pensad en lo que os estoy diciendo. ¿Tiene sentido que dios nos cree inteligentes y libres para matar nuestra inteligencia con la fe (la fe es ciega) y renunciar a la libertad y someternos? Si construimos un coche es para usarlo, no para tenerlo de adorno. ¿Tiene sentido que dios nos dote de inteligencia para que no la usemos? ¿Que castigue como soberbia el atrevimiento de pensar? ¿De atreverse a ser libres?
            -¡No! –dijeron todos. Y en esta respuesta había un espíritu borreguil que no le gustaba. La religión nos había hecho borregos libres por renunciar libremente a nuestra libertad. Y ahora él los estaba haciendo señores borregos porque afirmaban borreguilmente su libertad. La libertad del rebaño, ¡qué paradoja!
            Reflexionó fugazmente sobre lo que estaba ocurriendo en clase. Nietzsche se le escapaba de las manos. O, más bien, se le escapaba lo que quería enseñarles a través de Nietzsche. De todos modos no podía detener la clase para buscar el eslabón en el que se había roto la dialéctica. Tenía que seguir hasta que sonara el timbre, ésas eran las reglas. Y como no podía hacer un alto en el camino para aclarar sus ideas, las tenía que aclarar mientras hablaba. Y prosiguió.
            -Cualquier cosa que afirméis tendrá que venir de vosotros. El profesor dice cosas, pero no hay que admitirlas todas escudándonos en su autoridad. Como dicen algunos anuncios: “anunciado en televisión”; y como sale en la tele, tendrá que ser bueno. Muchas cosas os tragáis porque las leéis en los libros; “si lo dicen los libros”, pensamos todos, “será verdad”. Pues bien, las cosas no son verdaderas ni falsas porque las digan los profesores, la televisión o los libros; las cosas son verdaderas porque vosotros mismos seáis capaces de identificar la verdad.
            Luego continuó, volviendo a Nietzsche.
            -A ver: Nietzsche nos ha mostrado que nuestra cultura nos ha enseñado a valorar las cosas que no tienen valor; por el contrario, las cosas que sí lo tienen nos hemos acostumbrado a despreciarlas. ¿Qué conclusión os parece que sacaría Nietzsche?
            Hubo un silencio pesado; el silencio de un rebaño inteligente que ha perdido la costumbre de pensar; el silencio del protagonista que sólo quiere ser espectador. Al cabo de un rato, Adriana, como siempre, se atrevió a contestar.
            -Que hay que cambiar de valores.
            -¡Exacto! –replicó Juan Luis, porque la mayéutica había funcionado-. Uno de los temas preferidos de Nietzsche es la transmutación de los valores. Y ahora tengo otra pregunta para vosotros. Habéis visto que, para Nietzsche, dios es el escudo en el que se esconde nuestra cultura: para invertir los valores y renunciar a la vida. ¿Qué conclusión sacaría Nietzsche de ahí?
            Adriana, de nuevo:
            -Que el escudo de dios nos esconde la verdad; por lo tanto dios no es necesario; es más, estorba.
            -¿Y...?
            -Pues que debe desaparecer.
            Siempre suele haber un alumno aventajado.
            -Exacto. Otro tema importante en Nietzsche es la muerte de dios. Con Nietzsche dios ha muerto. O mejor habría que decir que lo que muere es esa máscara que les ponemos a las cosas, ese escudo al que llamamos dios. Han caído las máscaras. Su crítica a la cultura es el desenmascaramiento de todas esas cosas que adoramos como ídolos y que en realidad no son más que cosas humanas: demasiado humanas.
            Adriana había sido una persona libre; el resto de la clase, perezosa para pensar, formaba un rebaño. 


            -Pero no todos se atreven a aceptar la muerte de dios. La mayoría se asusta porque cree que, tras la muerte del ídolo, ha muerto dios de verdad. Lo que ha muerto es el engaño de los poderosos, que han utilizado a dios para justificar la obediencia, el desánimo y la renuncia a la vida; pero quitarse esa careta no es quitarse la santidad de los valores que están en dios: tirar el envoltorio no es tirar el contenido. Es como si tú te disfrazaras de rey para carnaval: cuando te quitas el traje no estás quitando al rey; el rey seguirá reinando por mucho que tiremos su traje. Inversamente, si el rey se quita el traje de rey –el manto de armiño, el cetro, la corona- no deja de ser rey; no reina menos por ponerse, como todo el mundo, traje y corbata.
            Juan Luis desenroscó la botella y tomó un trago de agua. Hablar reseca la garganta, y además el médico le había aconsejado beber mucho.
            -Olvidaos otra vez de Nietzsche y extraigamos las consecuencias lógicas de lo que estamos diciendo –prosiguió-. Obedecer es renunciar a mi voluntad para acatar la voluntad de otro. Vivir su vida. Y vivir la vida de otro es sólo contemplarla, sin vivirla verdaderamente. La mujer que compra revistas del corazón contempla cómo viven los ricos; y al hacerlo acepta que ella no está entre ellos, porque es pobre. Cuando el hombre compra una revista de fútbol contempla cómo juegan los futbolistas, que están entrenados; y asume que él no puede ser futbolista porque, independientemente de que tenga o no cualidades, no se entrena. Y el niño que compra revistas porque quiere ser superman, aunque sepa que nunca llegará a serlo. La adolescente se apunta a un club de fans porque quiere seguir la vida de su ídolo, que no es la suya propia. Y así queremos ser ricos, famosos, futbolistas o supermanes, y nos pasamos la vida queriéndolo; porque en el fondo sabemos que nunca llegaremos a serlo. Querer imposibles, a sabiendas de que lo son, es renunciar a vivir la realidad de nuestros ideales; y los vivimos a través de la experiencia de otros; vivimos el fútbol a través de un futbolista: nuestra vida se vuelve contemplación, no presencia. Vivimos las representaciones que nuestra cultura pone a nuestra disposición, para que nos sirvan de modelo; y no actuamos según nuestra voluntad, sino adivinando cuál sería la voluntad del modelo. ¿Verdad que no es lo mismo jugar al fútbol que ver un partido de fútbol?
            El rostro de los chicos reflejaba perplejidad.
            -Cuando gana nuestro equipo decimos: “¡hemos ganado!” Y no es verdad. No hemos ganado nosotros, han ganado ellos: ellos han jugado; nosotros sólo los hemos mirado. ¿Se pueden ganar cosas viendo cómo las ganan los otros? ¿Os imagináis que, al ver ganar a la lotería a uno de los “nuestros”, ganemos nosotros también? España gana una copa: ¿la ganamos también nosotros por ser españoles? Hay dos formas de vivir: viendo las cosas y tocándolas; tenerlas o contemplarlas.
            Hacía tiempo que iba de un lado para otro de la clase. La recorría a lo ancho, de la ventana a la pared, de la pared a la ventana, teniendo a los alumnos a un lado y a otro la pizarra. 


            -Volvamos a Nietzsche. Vivir las cosas con un sentimiento de impotencia es contemplarlas, soñar con ellas, aceptar que no serán nunca tuyas, renunciar a ellas. Pero vivirlas sintiéndote fuerte es tenerlas a tu alcance, convertirlas en tu meta, conquistarlas; luchar por tus ideales. La primera forma de vida es el ensueño; la segunda es la fuerza. Pero la vida es sentimiento de plenitud, energía que desborda, impulso, ambición, instinto. A la ambición la llamó Nietzsche voluntad de poder. Quien quiere las cosas renunciando a ellas no se siente fuerte para conseguirlas: y se pasa la vida soñando. Hay que quererlas con valentía, con coraje, con atrevimiento, luchando por ellas; la voluntad de poder es lo contrario de la renuncia, y no hay nada peor que renunciar a luchar. Entre vosotros hay quien quiere con fuerza ir a la universidad, y estudia para conseguirlo: ¿verdad, Adriana? –Adriana sonrió, complacida-. A otros les gustaría, pero no hacen nada por ello; no os creéis que en el fondo seáis capaces, y habéis dejado ya de estudiar. Vuestro abandono es un acto de debilidad, os habéis rendido; y en el fondo os sentís cobardes-. Miró entre los alumnos de la clase, deteniendo su mirada en algunos rostros, pero sin nombrarlos; se avergonzaron.
            -Apolo. Dionysos. Son dos dioses de la Grecia arcaica en los que Nietzsche se fijó de manera particular. Nietzsche era profesor de griego. La vida contemplativa y el espíritu de renuncia, Nietzsche los personificó en Apolo: el dios de la luz; la mirada; el ensueño. Dionysos, por el contrario (dios del vino), personificaba las fuerzas irracionales escapadas de la oscuridad: la embriaguez; la noche; el instinto de vida; la voluntad de poder.
            Se hizo un silencio que duró breves segundos. Aquel silencio era para Juan Luis una invitación a pensar.
            -Yo no sé si estoy de acuerdo con Nietzsche. A mí me parece que pasarse las tardes soñando no es incompatible con luchar para vivir. Es más, soñar es bueno; a veces soñamos lo que nos gustaría ser, y luego luchamos por conseguirlo; para serlo. El sueño es la antesala de la lucha. No es un obstáculo para vivir.
            Y se calló. La botella se erguía orgullosamente sobre la mesa. Por la ventana se doblaban mansamente las ramas de los árboles. El patio. Los árboles quietos que tenían el viento en la voluntad. Y sonreían.



4. La embriaguez.

            -Vosotros y yo no somos seres distintos. Somos el mismo ser, y aunque no lo parezca, no estamos separados. A vosotros os parece que cada uno tiene brazos y piernas, y que entre uno y otro hay un espacio vacío: ilusión; entre nosotros no hay ningún espacio; todos estamos juntos porque somos una única y misma realidad. Somos un solo cuerpo y nos parece que somos cuerpos distintos. ¿Sabéis por qué?
            -¿Por qué?
            -Porque la apariencia nos hace ver las cosas en plural, pero en realidad estamos todos fundidos en uno. Hay un relato hindú que puede explicarlo: el velo de Maia. La realidad es una sustancia continua que no tiene espacios vacíos, no tiene intersticios. Como un caos, una especie de humo denso, una gelatina. Cuando Maia la cubre con su velo nos hace creer que hay varios cuerpos. Es como si pusiéramos varios trajes a esa gelatina: todos los trajes se llenarían de ella y daría la impresión de que hay varios individuos; pero en realidad no hay una pluralidad de cuerpos, sólo gelatina cubierta de trajes. Vosotros y yo no somos personas distintas; aunque lo parezca.
            -¿Pero entonces no hay individuos en el mundo? ¿No tiene cada uno sus propios pensamientos? ¿Sus propias emociones, su propia voluntad?
            -No. Todos somos la misma voluntad que vive disfrazada de individuos variados. Somos las mismas emociones, los mismos pensamientos, aunque nos parezca que cada uno tiene los suyos. De vez en cuando despierta ese espíritu colectivo y nos sentimos fundidos en él. Eso les pasa a los borrachos. Van abrazados y pierden la razón; pierden la memoria, pierden la conciencia de sí mismos. Los borrachos no se sienten individuos separados, sino una masa amorfa en la que están disueltos. Es la pérdida de la conciencia, pero sólo de la conciencia de sí mismos, no de la conciencia de ser; se sienten todos uno como si sintieran, se movieran y respiraran al unísono. Es el sentimiento de comunión que nos embarga cuando cantamos en coro; cada uno dice su propia voz, y sin embargo nos sentimos disueltos en un murmullo colectivo. O como cuando vamos juntos a ver un partido de fútbol: el triunfo de nuestro equipo ya no lo sentimos cada uno, sino que es un clamor al unísono que sale de muchas voces y llega a ser una sola voz que tiene la potencia de un millón de voces juntas. Y no ha ganado nuestro equipo, hemos ganado nosotros; porque nuestro equipo somos nosotros. El mismo sentimiento de identificación colectiva se fusiona en una manifestación donde todos tienen la misma exigencia y todos tienen el mismo grito; y cuando la policía hiere a uno parece como si nos hubiera herido a todos: tal es la euforia que sale de todos y los arrebata, como si fueran células de un mismo organismo; como si fuera el organismo el que se expresara, no por separado cada una de sus células.
            -¡Qué extrañas sensaciones describes!
            .¡Sí! ¡Transportaos a esos momentos de fusión en que todos cantan, sienten y gritan como un solo hombre! Es una sensación de embriaguez, todos están fuera de sí porque no sienten como individuos separados sino como un mismo cuerpo. Fuera de sí: en éxtasis. Como si hubiéramos sido raptados de nuestros cuerpos y ahora todos fueran el mismo cuerpo. La locura, el delirio, la pérdida de la conciencia, el rapto, el entusiasmo. Ahora somos todos en uno. Somos uno para todos, como decían los mosqueteros, pero era mucho más; es que cada uno no existía sino en el todo. La pérdida de la razón, el vértigo, la euforia, la liberación de nuestros impulsos; los impulsos que se han escapado de la conciencia que los ataba, de la prisión de las ideas, del corsé de las palabras. Como el borracho que pierde la vergüenza y se atreve a actuar espontáneamente, sin pensar en el qué dirán. Es el instinto más primario, el que reprimimos cuando estamos en sociedad, porque la sociedad se empeña en que vivamos como individuos. 


            -¡Qué extraña escena nos recreas!
            -Y nuestra cultura idealiza la colectividad, pero vaciándola de sentimiento; y de pulsiones de vida. El pueblo: pero el pueblo no existe, es sólo una idea abstracta; el pueblo no se siente solidario, y tienen que obligarle a pagar impuestos porque por propia voluntad no le nace el impulso de compartir sus cosas con los demás. La Iglesia vive una comunión de todos: es la eucaristía; mas la eucaristía es un concepto esquemático que muchos practican y pocos sienten. Sólo el deporte es ese foco de fusión colectiva en donde todos sienten al unísono; el deporte y los momentos extremos de la política; y la música que nos cautiva.
            -Es el sentimiento de ser masa y borrarse uno. Cuando todos cantan en un concierto, el ritmo se mete en el cuerpo y todos cantan a la vez, con una sola voz; una voz que, como la de Tarzán, es la suma de un montón de voces juntas. Y no hace falta ningún director que organice a la orquesta; los músicos se compenetran solos, porque les nace un ritmo interno que sincroniza sus movimientos como si, bailando cada uno por separado, todos los que bailan fueran el mismo.
            -Creo que he experimentado esas sensaciones.
            -En ellas, sentir es lo mismo que moverse. Tú no te mueves para expresar tu sentimiento, sino que tus movimientos son el sentimiento mismo que brota del cuerpo.
            -Sí. Y cuando estás borracho ya no te das cuenta de lo que haces. Pierdes la vergüenza y sale el fondo de tu ser. Actúas como eres, no como quisieras parecer. Y hasta que empiezas a marearte parece que flotas; como si tu cuerpo no pesara, como si no tuvieras cuerpo. Como si el cuerpo fuera el espíritu disuelto en las nieblas de la pasión.
            -Veo que lo has experimentado en tu propia carne, Antonio.
            -Sí, porque algunas veces sí que me he emborrachado. Los sábados por la noche, ¿sabes? Sé muy bien lo que es vivir en fusión.
            -Ten cuidado, Antonio. El vino, las drogas y el baile tienen la virtud de ponerte fuera de ti. Pero del baile te recuperas. De la música también. El vino tarda más. Y las drogas te matan lentamente: las neuronas, las manos, el cuerpo; te inutiliza para siempre y dejarás de experimentar la fusión de vida.       
-Todos lo dicen. Tú también.
            -Sí, pero yo no lo digo para desnaturalizar la vida. Lo digo para que puedas vivir. Si ensalzamos la vida es para vivirla intensamente; pero vivirla así puede también amenazarla, pues los excesos conducen a la muerte. Vive la vida  con energía, pero no te mueras de vivir: sería triste. También puede la vitalidad de tus impulsos llevarte a matar: y eso tampoco es vida, porque vivir es dar vida, no quitarla. Sentirte vivo no tiene nada que ver con que otros mueran por tu culpa. Vivir es desbordarse; y cuando la vida se desborda es imposible que se dé la muerte. Todos aquellos que se afirman matando no viven: mueren en los seres que matan. Vivir es aceptar el placer y el dolor; pero morir es negarlos. Ni morir ni matar es síntoma de vida. Los cristianos se niegan a sí mismos. Los brutos niegan a los demás. Pero ninguno de los dos ama la vida.