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viernes, 15 de febrero de 2019

LA SOCIEDAD DE LOS DOS INSTINTOS




LA SOCIEDAD DE LOS DOS INSTINTOS    


                                                                       1. 

            La sociedad es un ser vivo que tiene dos instintos: uno de conservación y otro de destrucción. El primero es su cara amable: alegría, confianza, amistad y generosidad. El segundo es su cara aviesa: desconfianza, pesimismo, hostilidad y odio. Hay algo perverso en una naturaleza hostil: vida contra muerte, ayuda contra daño, paz contra guerra, seguridad frente a orgullo, paciencia contra ira, fuerza contra debilidad. Todas las sociedades tienen estas dos caras. Todas.
            Hay una leyenda india que lo ilustra muy bien: “padre,  siento que hay dos lobos dentro de mí, uno bueno y otro malo; los dos están luchando, ¿cuál de ellos vencerá?” El padre le contesta: “aquél que tú alimentes”. Igual sucede en la sociedad; vencerá, de los dos instintos, el que más cuidemos.
Pero sucede que cada uno alimenta al que siente dentro con más fuerza, como si ya hubiésemos sido conquistados por él; entonces entramos en un círculo vicioso: ¿de qué depende que alimentemos a uno u otro? ¿De que hayamos sido conquistados por uno de ellos? Entonces no somos libres. Somos un instinto, bueno o malo, que nació. La naturaleza no tiene poder para domar los instintos, las fuerzas que nos gobiernan son superiores a la fuerza que pugna desde nuestro pensamiento, desde nuestra libertad.
            Esto significaría que unos nacemos buenos y otros malos. Unos de la mano de dios y otros del diablo. Me cuesta aceptar que sea así. Nuestra vida es más bien un campo de batalla donde luchan estos dos instintos, y nosotros tenemos en esa lucha una ayuda inestimable: esa ayuda es la razón; con la razón construimos bondad, y la ponemos en los ladrillos del sentimiento; y sin ella, esos ladrillos se vuelven maléficos. Sentir, en sí mismo, no es bueno ni malo pero los sentimientos, cuando son filtrados, moldeados e  impregnados por la razón (alegría, amistad, confianza: vida), son buenos, mientras que los que sean inaccesibles a ella, herméticos, impenetrables (pesimismo, inseguridad, odio), son malos o lo que es lo mismo: son impulsos destructivos, son las fuerzas que quieren morir.


            Adviértase que no tenemos por qué decir que los sentimientos malos son oscuros (pues la oscuridad es, cuántas veces nos pasa, refugio donde nos acurrucamos para soñar); tampoco hay que decir que los sentimientos buenos son luminosos (pues la luz, aunque nos hace ver y nos vuelve alegres, también nos puede cegar). La luz y la oscuridad son territorios donde pueden morar tanto el sentimiento bueno como el malo; hay maldades tenebrosas pero también centelleantes; y bondades luminosas, sí, pero también de penumbra y acogedoras; a veces hay que cerrar la ventana para que no nos hiera la luz, o para que no nos agobie el sol cuando el calor aprieta.
            Tampoco hay que confundir la fuerza con el mal. La fuerza es vida, no maldad; la maldad no es más que la destrucción, la perversidad, la muerte. Pretender que los buenos son los débiles es empujar a los niños a que sean malos, porque si la fuerza es maldad, ellos, que se sienten fuertes, acaban creyendo de veras que son malos. ¿No ocurre que en las películas pensamos con los buenos pero sentimos con los malos? No; pensamos y sentimos con los buenos, sólo que la bondad es fuerte y nos han enseñado que la fuerza tiene que ser maldad, y por eso hay algo dentro de nosotros que nos empuja no a la maldad, sino a la fuerza: y es la sociedad la que nos engaña. Donde dice fuerza la gente entiende brutalidad, mientras que para la naturaleza es simplemente salud. Nos gustan los villanos porque en las películas a los buenos los pintan como personas débiles, enclenques, pasivas, sin energía, desvitalizadas; los fuertes, vigorosos, activos, alegres, vitales, muchas veces son los villanos; no es que nos gusten los malos, nos gusta la vida que ponen en los malos; pero como en el cine se han creado una moral que asocia la maldad con la vida (es decir lo perverso con lo fuerte), nos han hecho creer que somos perversos y malos cuando en realidad sólo somos fuertes y vitales.
            Hay que aclarar las confusiones de nuestra moral, porque toda la moral está edificada sobre una gran confusión: la fuerza y la bondad no sólo no se excluyen, sino que se necesitan: la clave está en la razón; una fuerza orientada por la razón es buena, las fuerzas irracionales son malas; la razón que brota de nuestra cabeza es la que nos guía en nuestra vida para manejarnos; pero también hay una razón con la que no pensamos, sino con la que piensa la naturaleza misma: con ella se han hecho los instintos buenos; allí donde la naturaleza no ha podido construir las formas de su razón, las fuerzas que han aparecido eran instintos malos.


2.

            Dos son, pues, las fuerzas que nos construyen: una es la fortaleza y otra la debilidad. La persona fuerte que no quiere emplear la fuerza no es una persona débil, sino sensata; mesurada y paciente. Pero la sociedad admira a quienes emplean la fuerza aunque por dentro no sean robustos: ésos son los débiles. Los coléricos, los brutos, los violentos, los malvados, ésos son los que muestran debilidad; y parecen fuertes. Los pacientes, los sensatos, los pacíficos, los buenos, son, por el contrario, fuertes; y parecen débiles; al definir como fuertes a los hombres, cree que son débiles las mujeres, pero también los homosexuales: cuando el sexo posiblemente no tenga que ver con fortaleza, sino con brutalidad; una mujer es fuerte como un hombre, pero la sociedad quiere que la fuerza del hombre sea visible (y la confunde con violencia) y que la de la mujer no se vea nunca (y entonces parece desánimo, obediencia, falta de carácter y debilidad). No nos engañemos: a quienes la sociedad llama fuertes nosotros los podemos llamar brutos, y quienes pasan por débiles son en realidad fuertes. Consecuencia perversa de esta confusión es que hemos creado una imagen de la bondad que no tiene nada de buena: la obediencia, el abandono, la vida arrastrada, pasan por bondades cuando en realidad no son más que el resultado de confundir la resignación con los brazos caídos y la paciencia con la rendición. Hay que tener siempre la moral bien alta: la moral, que persigue la vida buena, es también la vida fuerte; o de lo contrario confundiremos lo bueno con la impotencia y la esclavitud con la felicidad.


3.

            Las dos fuerzas que luchan parece que se escaparon de la naturaleza y ahora están gobernadas por la sociedad. Una sociedad sana cultiva en sus miembros la alegría, la fuerza, la amistad, la confianza, y procura atar las fuerzas de los deprimidos, de los asesinos y ladrones, de los enemigos de la vida, de los envidiosos de la felicidad; no los mete en la cárcel para que sufran, sino para que no puedan hacer daño; hospitales, sanatorios, psiquiátricos, lugares donde los seres agitados por las fuerzas perversas puedan vivir y buscar, en la medida en que eso sea posible, los dulces caminos de la felicidad.
            Pero hay sociedades perversas que liberan las fuerzas destructivas y encadenan a las que son sanas. Los asesinos, los ladrones, los psicópatas, los frustrados; los envidiosos, los vagos, los que nunca han luchado contra la pereza, los que han sucumbido a ella; los rencorosos, los inmaduros, los envidiosos y codiciosos, los coléricos, los que sembraron resentimientos en su vida: ésos son liberados por la fuerzas enfermas que les ponen uniformes y trajes y los convierten en policías y soldados, funcionarios y políticos, mientras los generosos y los fuertes dan con sus huesos en la cárcel. Allí donde los buenos están libres (y los buenos son felices) la sociedad es más feliz. Y donde se libera a los malos (infelices y desgraciados, que ser bruto es a la vez ser tonto porque la fuerza en ellos no viene acompañada de inteligencia), allí, desgraciadamente, la sociedad no es feliz. Las sociedades desgraciadas tienen prisa y persiguen sus objetivos por medios rápidos, confundiendo rapidez con eficacia: es la guerra. La paciencia, por el contrario, se confunde fácilmente con ineficacia y debe luchar contra sus detractores, que piensan que el único movimiento que existe es el que vemos; pero la paciencia, aliada de la fuerza (y de la confianza feliz) es el único camino para la paz.
            El guepardo corre rápido, pero si no alcanza a su presa en cien metros se agota y se para, y se queda sin comer. Pero el águila, que es fuerte en las alas y aguda en la vista, es capaz de volar sin moverse dejando que lo lleve el aire; ella misma ha buscado esas corrientes para surcar el cielo sin agotarse, volando con alegría, empeñada en la tarea de planear. Que es una tarea dulce y sana.





viernes, 13 de julio de 2018

MÁS PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN



MÁS PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN
  

1. La escuela.

            Hay quien dice que lo principal es el amor de madre; ningún padre puede sustituir a una madre en casa; la madre se ha convertido en el símbolo del hogar.
            No es verdad. Lo que sí es verdad es que si la madre está en casa mientras el padre está en el bar, los hijos sólo le hacen caso a la madre. Pero si una madre se obsesiona con la casa y la cuida más que a sus hijos, no es extraño que ella cuente tan poco como el padre que está en el bar. Los hijos escuchan a quien juega con ellos; a quien habla con ellos; a quien los ayuda cuando hace falta; no a quien está sin preocuparse por ellos, esté en el bar o esté en la casa; mucho menos cuando no está.

            La mano que mece la cuna es la mano que  maneja el mundo.
                                                                                                                                             (Proverbio norteamericano)

            La escuela es el lugar donde se imparte la enseñanza; desde la infancia hasta la universidad. La primera escuela es la familia, aunque acostumbremos a distinguir entre familia y escuela por comodidad. El padre y la madre son los primeros maestros. Y cualquiera que está con ellos cuando el padre y la madre no están.
            Hay madres ansiosas de tener hijos: pero la naturaleza no se los ha dado. Hay padres que no han nacido porque sus hijos tampoco han nacido: y tienen nostalgia de niño. Mecer la cuna es una forma de imaginar al niño; es anhelo y es engaño; y es, en los dos sentidos de la palabra, ilusión.

            La pobre loca cuidaba la cuna, lavaba la ropa, limpiaba pañales. Preparaba biberones, calentaba la leche, hacía papillas... pero no tenía niño. Así también hay maestros que cuidan la escuela y se olvidan del alumno. Pero cuidar la cuna no es cuidar al niño.

            Y hay padres y madres que sólo quieren niño para mostrarlo. Para pasearlo ante la mirada de todos, dándole el biberón, jugando con él mientras parece que juegan para él, llevando el carrito. Un muñeco, no más, es el bebé; o una muñeca; hay madres que juegan con él como quien juega con la muñeca; y padres que ven machotes donde no hay más que niños; si son niñas las dejan con su madre, se marchan al bar y se olvidan de ser.

            Adoran la educación y no educan. Obligan a leer y no animan. Animan a disfrutar y desaniman. También se odia la lectura haciéndola presencia vacía, tarea olvidada, enseñanza vana; y es un ídolo lejano, un mito. El tiempo que se emplea en adorarla no es tiempo que se invierte en vivirla.


            Ha habido madres que han sido mujeres de su casa; y han tenido sujetos a los hijos mientras fregaban con tal de que no pisaran el suelo; les han prohibido sentarse en el sofá para no estropearlo; y no les han dejado salir a jugar porque ¿qué tendrá la calle que todos queréis salir?
            Se han olvidado de cuidar al niño para cuidar la casa. De enseñarle a hablar por reír sus gracias. De dejarle jugar por no manchar el vestido. De correr y trotar para no llenarse de tierra, ni arrugar la ropa planchada, ni deshacer el lacito en el pelo. Hay quien trata a los niños como si fueran un escaparate.
            Y hay escuelas que se ponen bonitas cuando llega el inspector. Para quedar bien cuando vienen a mirarlas. Para deslumbrar a los padres. Se acuerdan de enseñar cuando compiten por un premio; cuando enseñar no es más que ganar títulos; cuando ser maestro no es más que un diploma. A diferencia de aquellos otros que, enseñando bien, les da por apuntarse a concursos; y ganar no es el sustituto de enseñar; los papeles no sustituyen a la realidad; la realidad no es falsificada por representaciones; enseñar no es sólo tener un diploma; y preocupa más el niño que su vestido; el juego más que los lazos; la escuela no se pone guapa sólo para mostrarse; el mundo no se convierte sólo en escaparate; y el maestro no se olvida del niño porque está cuidando la escuela o porque se haya ido al bar.

            Enseñan la escuela tan limpia y bonita... pero es una momia. Es un armazón de huesos y pellejo cubierto de cristal y pintado con mimo... pero no tiene cuerpo. Tiene el pulso frío.



2. La maldad.

            Ser malo es no tener empatía. Hacer a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Estando sano. Ser malo es no ponerse en el pellejo de los demás. No sentirte tú en el otro. No tener misericordia, que misericordia es el corazón que late y sufre por las miserias ajenas; que son nuestras  propias miserias. Sentir es comprender el mal de los demás, es querer curarlo: no deleitarse morosamente en el sufrimiento, como hace la gente de televisión cuando muestra historias desgraciadas; como hacen los melodramas explotando nuestros sentimientos bajos: que es bajo querer llorar sin querer ayudar al desgraciado; como hace esa falsa solidaridad que es la caridad espectáculo.  
            Hay quien no se siente reflejado en los demás porque su egoísmo enturbia la visión del espejo que tiene en el alma: y en un espejo que no es transparente no se puede ver. Algunos tienen corazones translúcidos y opacos. Y son insensibles al sentimiento ajeno. Son fríos. Son impenetrables.
            Otros no sienten el dolor del prójimo porque los ciega su propio dolor. Tienen en su alma un espejo transparente, pero no miran en él. Están demasiado preocupados con mirarse a sí mismos. No, no tienen tiempo para mirarse; si se miraran verían al prójimo en sus propias carnes, se compadecerían de él. (Eso que ahora llamamos empatía se llamó en un tiempo compasión. Com-padecerse: sufrir con el sufrimiento de los demás. Y querer suprimirlo como queremos suprimir nuestro propio sufrimiento).
            Y entre las muchas clases de maldad está la del vago. La pereza es falta de energía para actuar, cuando queremos. Es como el coche que tiene el motor intacto, pero le falta gasolina. La pereza sabe que tiene que hacer las cosas, pero no puede; el motor de su cabeza le dice lo que tiene que hacer, pero a su cabeza le falta gasolina. Cuando quieres y no puedes porque tu voluntad es floja, te engañas y engañas a los demás diciendo que no quieres nada; y disfrazas la pereza con la abulia, como la fábula de la zorra; pero queremos las uvas aunque finjamos despreciarlas.
            El perezoso ve que otros consiguen lo que quieren porque su deseo es fuerte, pero su poder es flojo; y sienten envida. El envidioso quiere rebajar al poderoso a su impotencia ya que él no puede alcanzar el poder que el otro tiene: y, a falta de construir su mundo, quiere destruir el mundo de los demás; para que no sean el espejo en el que se mire, viendo que él no ha hecho cosas que los otros han podido. Por eso el envidioso es malo. Porque tiene cegado el espejo de la compasión: es despiadado con los demás a falta de ser compasivo consigo mismo; y entonces compadecerse no es salir de la desgracia, sino hundirse en ella.

            Son dos clases de maldad: la maldad de los vagos, la maldad de los malos. El vago se porta mal aunque sea bueno; el otro es malo.




domingo, 8 de enero de 2017

Pensamientos sobre la educación (3)




PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN (3)

 
 
1.

            El profesor debe ser un fiscal cuando plantea retos, un abogado cuando ayuda a resolverlos, un juez cuando los sanciona y un notario cuando apunta los resultados. A muchos profesores les gusta el papel de fiscal, juez y notario; a muy pocos el de abogado.


2.

            El instituto ha parasitado a los alumnos. Nació para ayudarles a vivir y ha acabado viviendo a costa de ellos. El cuaderno de lectura debía animarles a leer, y ahora leen para presumir de cuaderno de lectura. Los programas nacieron para servir al alumno, y ahora los alumnos están para servir al programa; deberían premiarlos por educar, pero sólo educan para que los premien; ¿qué tipo de educación es ésa? Una escuela, tan sólo, que les chupa las ganas de aprender como los parásitos nos chupan la sangre. Y a fuerza de forzar la educación ya no queda de la educación más que el nombre. Un fantasma, no más, es ya la escuela: una realidad prostituida. Los maestros nos han robado la educación, ¡que nos la devuelvan!


3.

            La educación está montada al servicio de un ídolo. Y el ídolo está sediento de sangre, de sangre joven para alimentarse. Profesores hay a su servicio. Al frente, viene en perfecta formación la dirección del instituto. La carne para el sacrificio son los propios alumnos; allí están, dispuestos para el holocausto. Detrás vienen las familias. Las madres y los padres desfilan como comparsas, metidos en su papel de padres, vestidos con él como en un disfraz. Todos juegan el papel que les tienen asignado: burdos personajes de un retablo, sombras de ficción suplantando la verdad. El tótem se levanta como una figura imponente, de redención a la par que amenazadora, extendiendo su sombra sobre los muñecos que lo adoran. Y nada se mueve si no lo quiere el tótem, convertido en ideal, hermosa máscara de un monstruo que se alimenta de nosotros; el colmo de las perversiones es hacernos creer que nos alimenta con su fuerza.
            El ídolo al que adoramos se llama selectividad. Se cierne como una amenaza sobre los estudiantes, condenados a vagar sin rumbo si no aceptan el sacrificio. Sus sacerdotes, los profesores, custodian las formas sagradas en el santo de los santos; los ritos, los exámenes, los sufrimientos, la sumisión al espíritu del tótem, la entrega de la vida por el ideal de la vida... Todo, en este templo maldito, conspira contra la vida para que nadie respire.
            Antaño había un pequeño tótem que estaba en el altar con él, acompañándolo como si fuera un dios menor: era la formación profesional. Hoy se ha ido desmoronando hasta desaparecer casi. Los sacerdotes del bachillerato han ido socavando su figura, se han comido a los dioses menores que le hacían sombra al gran ideal. El dios supremo, el sagrado bachillerato que es eso: un ser sagrado, cruel, intocable, un mito y un tabú. Y ha extendido su mano como un pantocrátor implacable, severo; un dios del antiguo testamento que castiga con fuego a los sodomitas, con ira y con rabia a los desobedientes, diluvios devastadores que se llevan a las gentes que se atrevieron a vivir. Y fueron todos, curiosidad castigada, un ansia de atravesar los límites para conocer el más allá; castigados fueron todos por ser la vida con soberbia; castigados por el hambre, para el parto con dolor; y fue el trabajo entonces no más que una cadena. Expulsados del paraíso, excomulgados; exiliados en el mundo por haberse atrevido a sentir, a querer; por haberse atrevido a pensar; por haberse atrevido a vivir.
            
 

4.

            La mano que mece la cuna es la mano que  maneja el mundo.


5.

            La pobre loca cuidaba la cuna, lavaba la ropa, limpiaba pañales. Preparaba biberones, calentaba la leche, hacía papillas... pero no tenía niño. Así también hay maestros que cuidan la escuela y se olvidan del alumno. Pero cuidar la cuna no es lo mismo que cuidar al niño.


6.

            Adoran la educación y no educan. Obligan a leer y no animan. Animan a disfrutar y desaniman. También se odia la lectura haciéndola presencia vacía, tarea olvidada, enseñanza vana; y es un ídolo lejano, un mito. El tiempo que se emplea en adorarla es tiempo que no se invierte en servirla.


7.

            Enseñan la escuela tan limpia y bonita... pero es una momia. Es un armazón de huesos y pellejo cubierto de cristal y pintado con mimo... pero no tiene cuerpo. Tiene el pulso frío.


8.

            Son dos clases de maldad: la maldad de los vagos, la maldad de los malos. El vago se porta mal, aunque sea bueno; el otro es malo.


9.

            Saber es poder, porque los conocimientos facilitan la acción. Pero reconocer que alguien sabe, a través de un título o un diploma, es darle derecho a trabajar, a cobrar un sueldo, a tener sustento; y así, cuanto más elaborado sea el saber mayor será el reconocimiento: mayor será el sueldo; dinero y estatus es lo que ganamos con estudiar.
            Estudiamos para ganar un sueldo: no para saber. El maestro quiere que sus discípulos se ganen la vida y su reto es aprobar. ¿Pero y si no pueden? ¿No tienen derecho a vivir bien los que no le tienen apego al estudio?
            Luego están los que estudian para aprender. Con ellos el maestro no tiene por qué sufrir si no aprueban; no les va en ello la vida.
            Enseñar para competir. Enseñar para ser competente. A veces hay gente competente y competitiva, pero los más compiten con un título que les reconoce competencias que no tienen. He aquí el dilema del educador.

 

10.

            Desde hace diez años vengo proponiendo en este centro cosas que mejoran la educación, y ahora las hacéis todas para que mejore el centro: a costa de la educación.


11.

            Al centro educativo lo habéis vaciado de contenido, y sólo es un órgano vacío. Ahora no es más que el centro, pero ¿el centro de qué?
            La educación era el centro de la escuela, y ahora la escuela es el centro de la educación. La escuela, nacida para educar, ha suplantado a la educación y eso es un golpe de estado. El educador es una paradoja porque vive a costa de su cometido; se alimenta de ella y es ella la que de él se tenía que alimentar.
            La escuela es una impostura, una impostora que está en un sitio que no es el suyo; un actor que se interpreta a sí mismo y no interpreta su papel, un parásito que vive a costa de los otros; un engaño que da gato por liebre, un teatro que ahoga la realidad para convertirla en ficción. La escuela, que no educa sino que vive de mostrarse sin hacer, es, en realidad, una mentira. Hace cosas que realzan su figura: no las cosas que realzan su misión.


12.

            La cosecha del maestro es puro sentimiento kantiano: una parte le es dada; la otra la pone él. El alumno le da su trabajo, y él pone el resto; si el maestro no abona bien la tierra, ¿cómo va a fructificar el alumno? ¿De quién es la culpa si el alumno no trabaja? Y si trabaja ¿de quién es el mérito?
            La culpa es del alumno que no trabaja. Pero si trabaja, el mérito es del maestro. Eso es lo que dice el maestro.
            Pera otros, más rigurosos y consecuentes, dicen que los éxitos son, como el fracaso, la responsabilidad exclusiva del alumno.
             Yo os digo que los méritos y los fracasos son un trabajo conjunto. El maestro pone el abono. El discípulo la semilla. El esfuerzo del discípulo nace de su naturaleza recogida en un óvulo, fecundada por el maestro; de la semilla del que aprende, brotando del abono del que enseña. El esfuerzo es la acción conjunta del maestro y el discípulo. Aunque hay discípulos que pueden esforzarse sin necesidad de maestro.
            Y maestros que sólo saben sembrar teoría, y no son capaces de sembrar esfuerzo.